A mediados de la década de los sesenta, el fútbol de la comarca de Bergantiños vivió su particular siglo de oro. Eran los años gloriosos del laracha, Payosaco, Bergantiños, e incluso del Club del Mar de Cayón, nacido por aquellas fechas. Este último equipo destacaba, incluso sobremanera, por ser el más aguerrido, aun dentro de la belicosidad general.
Mostraba su potencial en el minúsculo campo de fútbol, en un lugar conocido como Campo da Costa, muy próximo a la ermita de los Milagros. Allí, los pobres jugadores del equipo visitante, cuando salían de aquellos vestuarios hechos de troncos de pino, parecían reses encaminadas al matadero.
La plantilla del conjunto cayonés estaba formada por una veintena de mozos que, aunque siguiendo los cánones de la época, eran bastante cortos de talla, sí denotaban una gran fortaleza física, rememorando nuestra raza autóctona de caballos, retacos pero llenos de potencia como si estuvieran alimentados de chorizos y jamones en lugar de hierba. En la forma de jugar también se podían establecer comparaciones con los nobles brutos. Pero en el medio de aquella especie de atleta rústico, relucía como flor en la nieve Andrés Calvete García, apodado el Miñocas por ser tan escurridizo como el citado gusano. Metro y medio de jugador, que demostraba la gran verdad de que las esencias más preciadas vienen en frasco pequeño. Su inteligencia en el campo, velocidad, clase y olfato de gol eran tan desmesurados que parecía un gigante delante de los contrarios, y auténticamente llevaba en volandas a sus compañeros hacia la senda del triunfo.
Miñocas había aprendido a jugar al fútbol en las brañas cercanas a su casa, en Leira, cuando él y su primo Venancio llevaban las vacas a pastar. Para aquellos menesteres utilizaban un balón marca Ceplástica que habían encontrado tirado en la carretera, con una rajadura que lo hacía inservible para cualquier otro mortal, pero ellos, inasequibles al desaliento, rellenaron el esférico con paja de la cuadra a presión, terminando de completar el trabajo con la ayuda de la vieja máquina Sigma con la que la madre de Andrés zurcía. Los botes falsos que daba el balón comenzaron siendo un impedimento, pero terminaron convirtiéndose en una inestimable ayuda para lograr una envidiable técnica de control.
Un buen día acertó a pasar por donde estaban un directivo del Club del Mar, que quedó impresionado con la calidad que mostraban ambos primos, y ante el temor de que algún otro equipo de la zona se les anticipara, prácticamente los secuestró para que ficharan por su equipo. La carrera de Venancio en el club del mar fue ciertamente efímera, tanto que pese a su calidad tuvo que volverse para casa, debido a que calzaba el 44, y aquella talla, y aún alguna inferior, no estaba entre las existencias del vestuario de los cayoneses.
Durante un tiempo, las galopadas por la banda izquierda de Miñocas la sucesión de fintas y caracoleos y los inverosímiles remates en posición acrobática se antojaban interminables, tanto que agigantaron hasta límites insospechados la fama del menudo jugador, hasta el punto de que ya no solo eran los vecinos de Cayón los que asistían a los partidos, sino que los aficionados procedían de zonas limítrofes, como Baldayo, Payosaco o Laracha, e incluso se llegaban a organizar excursiones para presenciar los encuentros. Aquello era como una romería. Miñocas era una auténtica pesadilla para los adversarios. Sus constantes idas y venidas por la banda izquierda convirtieron el carril en un sendero desprovisto de hierba -por otra parte bastante escasa en el terreno de juego del Campo da Costa- hasta el punto de que parecía que le iban a conceder la servidumbre de paso. Es sobradamente conocida la anécdota de un aficionado que acostumbraba a situarse cerca de él para deleitarse con sus rápidas galopadas. Cada vez que Miñocas cogía un balón no dejaba de animarlo con gritos enfervorizados: -¡vamos Moisés, vamos Moisés, a por eles que xa son nosos!-. Y así hasta una gloriosa tarde en la que transcurrió una histórica jugada que dejó bien a las claras la vertiginosa velocidad de Miñocas. Un balón largo despejado por la defensa del Club del Mar traspasó la línea de medio campo, donde lo esperaba nuestro protagonista, quien tenía a un defensor contrario soplándole, como quien dice, en el cogote. Por tal motivo, en lugar de dominar la pelota, amagó su control y en el último instante la dejó pasar, volviéndose rápidamente con el consiguiente desconcierto del contrario e iniciando un veloz sprint pegado a la banda. En esas, el citado espectador, emocionado, comenzó con sus gritos habituales: -¡Vamos Moisés, vamos Moisés, directo pa á portería!- Miñocas ya no pudo más. Frenó en seco justo delante del seguidor, desentendiéndose del balón, que siguió rodando, y poniendo los brazos en jarras, bramó: -¡¡¡Qué non son Moisés, que son Andrés!!!-. Dicho esto reanudó su carrera hasta alcanzar el balón, ya en las inmediaciones de la línea de fondo. El contrario que lo perseguía, ya nada. Ni con esas fue capaz de cogerlo, y mucho menos de evitar que el esférico acabara dentro de su portería. Una tarde de verano, Rodrigo García Vizoso, que desempeñaba labores técnicas en el Deportivo de La Coruña, venía en un turismo desde Carballo en dirección a la capital, y decidió desviarse hasta Cayón para tomar unas sardinas asadas. Al pasar junto al campo de fútbol, le llamó la atención la aglomeración de gente que allí había, y picado por la curiosidad, decidió hacer un alto en el camino para ver lo que allí se cocía. Se trataba de un encuentro de 1a copa de La Coruña entre el Club del Mar y el Vioño. Como tampoco tenía prisa, y le picaba el gusanillo del fútbol, decidió quedarse a ver un poco el partido. Pronto quedó impresionado al ver las evoluciones por la banda izquierda de un minúsculo jugador que cada vez que tocaba el balón levantaba murmullos de admiración entre la parroquia. Miñocas acabó redondeando una fabulosa actuación, que mereció la total complacencia de un maestro del fútbol como el viejo Rodrigo. Merced a la favorable información que éste presentó en el Deportivo, la maquinaria del club herculino comenzó a moverse en la procura de su fichaje. Este se llevó a cabo, ya que tras duras negociaciones finalmente hubo fumata blanca para el pase del habilidoso extremo, a cambio de diez mil pesetas y una docena de balones, dada la precariedad que el club del mar tenía de ellos debido a la facilidad con que los jugadores las embarcaban en las fincas próximas plagadas de tojo, y por contra la dificultad de que aparecieran hasta la llegada del verano, con la tradicional quema de los montes.
Miñocas, arrimando el ascua a su sardina, pidió también a mayores un par de botas del 44, para que con ello su primo Nemesio pudiera cumplir su viejo sueño de jugar en el Club del Mar. El día que apareció el par de botas, Nemesio estaba, nunca mejor dicho, como un niño con zapatos nuevos. Tras admirar largamente los borceguíes, se dispuso a estrenarlos en el entrenamiento del equipo, que estaba a punto de dar comienzo. Nada más calzarlos, notó que el izquierdo le quedaba como un guante, pero el derecho, precisamente el de la pierna que sabía manejar, jodía más que un cristal en un ojo. Pero como era sufrido, y además tenía miedo de que si decía que no le servían lo mandasen otra vez para casa, decidió resistir y tratar de que el propio pie hiciera de horma. Pero el intento fue en vano, ya que cuanto más utilizaba el pie derecho más insufrible era el dolor, y consecuentemente ello se reflejaba en las actuaciones de Nemesio en los entrenamientos, que eran deplorables. No daba ni bola, y como erre que erre seguía reacio a manifestar e1 origen de su bajo rendimiento, su calidad futbolística quedaba cada vez más en entredicho, hasta el punto de agotar la paciencia y buena voluntad de los responsables del club, que finalmente optaron por desestimar su concurso; así que, llegado el último día de la prueba, estaban preparados para darle la mala noticia. Parecía que la suerte de Nemesio en el Club del Mar estaba echada, cuando sucedió el milagro que nadie, incluido el propio Nemesio, contaba. En un momento dado de la pachanga que estaban jugando, tras un control de balón de Nemesio en su línea defensiva, la bota derecha de éste reventó como un globo, quedando completamente descalzo. Aprovechando el desconcierto general, inició una veloz carrera al más puro estilo de su primo. Cuando se aproximó al borde del área, sin pensárselo mucho soltó un trallazo que se alojó como una exhalación por la escuadra izquierda de la portería. Fue el inicio de un gran recital del que hasta ese momento consideraban un inútil para el fútbol. Nadie encontraba una explicación razonable para semejante cambio. Terminado el entrenamiento, el encargado de material, José García, conocido como Pepe o Espantoso por sus peculiaridades físicas, se acercó a recoger la bota rota para ver las posibilidades de arreglo que tenía, percatándose de que aquello no había quien lo arreglara. Estaba hecha trizas; también notó algo extraño. El estaba presenciando el entrenamiento y hubiese jurado que le faltaba a Nemesio era la derecha, y aquello que tenía en la mano eran los restos de una bota izquierda. Quedó tan desconcertado que cuando se lo quiso explicar al entrenador, no era capaz de emitir más que balbuceos. Todo quedó subsanado adquiriendo en Cuenca y Botana, por cuenta del Deportivo, un par de botas nuevas, quedando las otras, la rota y la entera, en lugar preferente entre los trofeos del club, como ejemplo de sacrificio y constancia por amor a unos colores.
Nemesio se convirtió desde ese instante y por muchos años en una pieza básica del Club del Mar.
En cuanto a Miñocas, tras su flamante fichaje, pasó a engrosar las filas del Fabril, filial del Deportivo que militaba en la tercera división, teniendo como entrenador a Arsenio iglesias, el zorro de Arteixo -en aquella época todavía le quedaba lejos tal apelativo, pero indudablemente ya lo era-. Los comienzos no fueron nada fáciles, por razones de adaptación a su nuevo entorno a pesar de la indudable receptividad de sus compañeros, salvo alguna excepción, que siempre las hay, que aprovechaba la aparente ignorancia de Miñocas para llamarle desertor del arado e intentar reírse de él, pero con poco éxito ya que nuestro hombre destilaba retranca y no era fácil de vacilar. Pronto hizo buenas migas con los "caciques" de la plantilla del filial: Seoane -el Iribar de San Roque-, Seijas, Canedo -la araña de Malpica-, Tonecho, Cubiche, etc.
Después de los entrenamientos vespertinos, se acercaban hasta las tascas del centro de la ciudad a tomar las tazas en ambiente de camaradería. Daba gusto ver a Seoane y Canedo, que se disputaban a muerte un puesto en la portería, y parecían hermanos. Hasta cuando compraron sendos coches fueron juntos a un taller de Arteixo que era especialista en trucar los asientos del acompañante del conductor, haciéndolo reclinable con alguna aviesa intención.
Lo que más le gustaba del ambiente coruñés eran los bailes del jueves rosa de La Granja, junto al mercado de San Agustín. Para llegar a la sala de fiestas tenían que dar un considerable rodeo para evitar pasar por delante de la lavandería que Arsenio tenía en la calle Pontejos, pero una vez superado ese obstáculo empezaba la caza de las "modistillas", en la que nuestro personaje tenía escaso éxito pese a su animosidad.
Otra de las artes en las que Miñocas era maestro consumado era la picaresca en el terreno de juego. Era algo innato en él, pero con el tiempo y la experiencia que fue adquiriendo perfeccionó hasta límites insospechados. Sirva como ejemplo lo acaecido en el estadio de Riazor una tarde en la que el Fabril se medía al Turista de Vigo. Quedaban escasos instantes para la finalización del derby, y el equipo local vencía por un solitario gol a cero, cuya autoría se la había adjudicado precisamente Miñocas. En un momento dado, la caída de un atacante vigués al borde del área fue interpretada por el colegiado de turno como golpe franco. Se mont6 la correspondiente barrera para defender la falta, y un delantero visitante, con el afán de incordiar y desconcertar a los defensores, se incrustó en el medio de ella. Comenzaron a surgir los correspondientes empellones por parte de éstos para ganar la posición, pero el tío era fuerte y bravo, y no lo daban echado de allí. De repente, Miñocas, que permanecía al margen de la tangana -su talla no hacía recomendable su incorporación habitual a las barreras, se acercó a la zona del conflicto y tomó la iniciativa: -Deíxademo a min, que a este o fago salir eu-. Sus compañeros, aunque incrédulos le dejaron un hueco entre la barrera, justo al lado del "tocacarallos" aquel. Un instante después, el incordiante salía de allí escopetado. Se fue directo cara al árbitro con la clara actitud de decirle algo, pero finalmente se contuvo. La falta se sacó sin consecuencias para el marcador y el partido terminó con victoria local. Los compañeros de Miñocas, aunque contentos por el triunfo obtenido, no dejaban de estar picados en su curiosidad por la fórmula mágica utilizada por éste para deshacerse del incordiante, y nada más llegar al vestuario lo primero que hicieron fue inquirirle sobre el método, tan expeditivo a la vista del resultado obtenido. Miñocas les dijo calmosamente:
-Coño, pois muy fácil. Metín a man por detrás, e fun metiendo un dedo entre as cachas do fulano. Calculei donde tiña o burato do cu, e empuxei o dedo con forza, meténdollo ata o final. O fulano poderá ser un cabrón, pero maricón seguro que non e, porque xa víchedes como saiu. Parecía un foguete. Fixo o amago de chivarse ó árbitro, pero que lle iba a decir, ¿expulse a este tío por maricón?. Así que non lle quedou outra que achantar.
El sueldo que ganaba jugando al fútbol era escaso y como diariamente, por unas u otras razones, siempre terminaba perdiendo el coche de línea, tenía que retornar andando a Cayon para no tener que pagar un taxi. La idea no era muy brillante, ya que cuando, entrada la noche, llegaba al alto de Villarrodís y pasaba por el Quinto Pino -una especie de antecesor de las barras americanas-, no podía sustraerse a la tentación de entrar en el establecimiento, y una vez atravesada la puerta de entrada, su fuerza de voluntad sufría un serio revés y ya era hombre al agua, totalmente incapaz de sustraerse a los requerimientos de las "pebetas" que deambulaban por el local, con el consiguiente perjuicio para su pecunio. Cuando llegaba a casa pasaba de las 7 de la mañana, y su madre estaba despierta, intranquila por si le había ocurrido algo. El le decía que no se preocupara, que salía tarde de entrenar. La madre le replicaba:
-Tes que deixar o fútbol e aprender un oficio, que por ahí non vas a ningunha parte-
Sabio consejo, al que Miñocas no hizo caso alguno. Futbolísticamente, las cosas no le podían ir mejor. El periodista Orestes Vara Calzada, director del semanario deportivo Riazor, que por aquellas fechas se imprimía en los rotativos de La Voz de Galicia, lo bautizó con el cariñoso apelativo de El Séneca del fútbol, por la sabiduría y la elegancia con que se desenvolvía dentro del terreno de juego. En una entrevista concedida al citado semanario, a una pregunta sobre lo duro que era para un chico joven perder los mejores años de su vida sacrificando las diversiones por exigencia del fútbol, Miñocas respondía:
-Eso non e duro. Duro era o que facía eu antes, que me levantaba as seis da mañán para ir a sachar ás leiras, e cando terminaba había que ir cas vacas, diarios e domingos-
Desgraciadamente, esa sabia filosofía no fue capaz de aplicarla para solucionar su futuro. Mientras sus compañeros se buscaban la vida estudiando o trabajando, pensando con razón que la élite del fútbol está solo destinada a unos pocos privilegiados, el se dedicó a sestear y a fundir sus ahorros, metiéndose en ambientes poco recomendables y a sacar de apuros a nuevas amistades a base de préstamos cuya devolución nunca se hacía efectiva.
Mostrando entradas con la etiqueta RELATO CORTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATO CORTO. Mostrar todas las entradas
jueves, 11 de marzo de 2010
PEPE CORUÑA
Pepe Coruña pasaba por ser el mejor pescador de costa, en cualquiera de sus artes, de toda la región noroeste. Era un individuo de unos cincuenta años, corpulento, aunque no muy alto, y de pelo canoso, que contrastaba con el perenne color tostado de sus marcadas facciones, que se entremezclaba con las coloradas venitas que surcaban sus mejillas y su nariz, delatando su más que notable afición por el vino clarete. Y que decir de sus manos, completamente encallecidas y llenas de pequeñas cicatrices producidas por las numerosas picaduras de anzuelos, que dejaban bien clara cual era su profesión. Con estas características, no debe extrañar a nadie que su lugar de residencia fuese el puente de un viejo pesquero, abandonado desde hacía años en el puerto de Sada.
En los veranos de los años 50 y 60, era público y notorio que durante la estancia del Caudillo en el Pazo de Meirás, los servicios de Pepe eran requeridos para colaborar con su excelencia en las jornadas de pesca a bordo del Azor. Como quiera que su adicción etílica era sobradamente conocida por los servicios de seguridad del Jefe del Estado, como medida precautoria se le recluía en uno de los camarotes del yate con tres días de antelación, estando durante ese período bien comido y con todas las atenciones, pero mal "bebido", toda vez que no le dejaban ni ver de lejos el alcohol, manteniéndole además bajo una vigilancia especial.
No obstante, en una de aquellas ocasiones, Pepe estaba aburrido dentro del camarote, y se le ocurrió meter la mano por uno de los ojos de buey que en él había, encontrándose con la agradable sorpresa de que comunicaba directamente con el bar, y las botellas de excelentes vinos y licores estaba completamente a su alcance. A pesar de que el Coes brillaba por su ausencia, tampoco le iba a hacer ascos a aquellas botellas de Napoleón y Chivas de 21 años, ni siquiera a las reservas de Rioja que allí había, así que los "viajes" que recibieron durante los tres días que Pepe presumiblemente estuvo a "secar" en el camarote se los puede uno imaginar. Moraleja: Cuando llegó la hora de venir a buscarlo para comenzar la pesca, Pepe tenía una castaña más grande que el ministro de Marina -en aquel entonces Castañón de Mena-.
Como ya no había forma de evitarlo, al carecer de argumentos para dejar a Franco sin su ayudante so pena de meterse en un grave compromiso, el responsable de seguridad decidió echar pelillos a la mar, en la suposición de que el respeto por su excelencia y el miedo a las consecuencias de una actuación desafortunada, colaborarían a despejarlo rápidamente de la tremenda tajada que llevaba encima. Craso error, porque aunque al principio todo fue bien, el problema surgió cuando, ya en alta mar, picó la primera pieza. Se trataba de un túnido de respetable tamaño, tanto que Franco -contra todo lo que se ha comentado al respecto, un excelente pescador- trató de izarlo a bordo con la manivela, pero el excesivo peso de la pieza no le permitía maniobrar con comodidad, y en un momento dado estuvo a punto de perderla. En ese instante, a Pepe no se le ocurrió otra cosa que quitárselo de delante con un empellón que a punto estuvo de arrojarlo por la borda: -Quita de ahi, "atontao", que non tes nin puta idea. Vai tomar po lo cu- exclamó exaltado al tiempo que agarraba fuertemente la manivela. En un abrir y cerrar de ojos, un número de pistolas que no pudo determinar le estaban apuntando directamente a la cabeza. Ya se veía perdido -aun ni por esas soltó la manivela- cuando la aflautada voz del Caudillo, que a él le sonó a música celestial, paró la más que probable ejecución: -No, déjenlo tranquilo, que sabe bien lo que hace- Y siguieron pescando como si tal cosa.
En los veranos de los años 50 y 60, era público y notorio que durante la estancia del Caudillo en el Pazo de Meirás, los servicios de Pepe eran requeridos para colaborar con su excelencia en las jornadas de pesca a bordo del Azor. Como quiera que su adicción etílica era sobradamente conocida por los servicios de seguridad del Jefe del Estado, como medida precautoria se le recluía en uno de los camarotes del yate con tres días de antelación, estando durante ese período bien comido y con todas las atenciones, pero mal "bebido", toda vez que no le dejaban ni ver de lejos el alcohol, manteniéndole además bajo una vigilancia especial.
No obstante, en una de aquellas ocasiones, Pepe estaba aburrido dentro del camarote, y se le ocurrió meter la mano por uno de los ojos de buey que en él había, encontrándose con la agradable sorpresa de que comunicaba directamente con el bar, y las botellas de excelentes vinos y licores estaba completamente a su alcance. A pesar de que el Coes brillaba por su ausencia, tampoco le iba a hacer ascos a aquellas botellas de Napoleón y Chivas de 21 años, ni siquiera a las reservas de Rioja que allí había, así que los "viajes" que recibieron durante los tres días que Pepe presumiblemente estuvo a "secar" en el camarote se los puede uno imaginar. Moraleja: Cuando llegó la hora de venir a buscarlo para comenzar la pesca, Pepe tenía una castaña más grande que el ministro de Marina -en aquel entonces Castañón de Mena-.
Como ya no había forma de evitarlo, al carecer de argumentos para dejar a Franco sin su ayudante so pena de meterse en un grave compromiso, el responsable de seguridad decidió echar pelillos a la mar, en la suposición de que el respeto por su excelencia y el miedo a las consecuencias de una actuación desafortunada, colaborarían a despejarlo rápidamente de la tremenda tajada que llevaba encima. Craso error, porque aunque al principio todo fue bien, el problema surgió cuando, ya en alta mar, picó la primera pieza. Se trataba de un túnido de respetable tamaño, tanto que Franco -contra todo lo que se ha comentado al respecto, un excelente pescador- trató de izarlo a bordo con la manivela, pero el excesivo peso de la pieza no le permitía maniobrar con comodidad, y en un momento dado estuvo a punto de perderla. En ese instante, a Pepe no se le ocurrió otra cosa que quitárselo de delante con un empellón que a punto estuvo de arrojarlo por la borda: -Quita de ahi, "atontao", que non tes nin puta idea. Vai tomar po lo cu- exclamó exaltado al tiempo que agarraba fuertemente la manivela. En un abrir y cerrar de ojos, un número de pistolas que no pudo determinar le estaban apuntando directamente a la cabeza. Ya se veía perdido -aun ni por esas soltó la manivela- cuando la aflautada voz del Caudillo, que a él le sonó a música celestial, paró la más que probable ejecución: -No, déjenlo tranquilo, que sabe bien lo que hace- Y siguieron pescando como si tal cosa.
REQUIEM POR UNA CARCASA
El señor Casimiro era un viudo que frisaba los 70 años. Vivía en una Casa de labranza situada en la cima del outeiro, sobre la ermita de los Milagros. Su carácter desconfiado y fama de avaricioso le habían granjeado pocas simpatías entre sus convecinos. Unos cuantos años antes había estado emigrado en Cuba, y aunque no permaneció demasiado tiempo, había quien decía que había hecho mucho dinero allí, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta, ni siquiera su familia, que no le había visto jamás gastar una perra chica, y lo único que se había traído de Cuba, junto con una anticuada maleta llena de remiendos, era un viejo aparato de radio con carcasa de madera, que ni siquiera funcionaba -y aunque lo hiciera de poco iba a servir, porque carecían de corriente eléctrica-. A poco de retornar de la emigración su mujer falleció, dejándole a cargo de sus tres hijos, por aquel entonces menores de edad. Entre los cuatro lograron ir sobreviviendo malamente con el producto de las labores agrícolas en las escasas leiras que tenían arrendadas y una piara con media docena de cerdos famélicos que mantenían en el cortello cercano a la casa. Un buen día el señor Casimiro empezó a encontrarse mal. Fue el principio del fin; lo que inicialmente era un pequeño malestar se agudizó, y los dolores fueron yendo a más hasta hacerse insoportables. Cuando llamaron al médico, lo único que hizo el galeno fue confirmar que estaba sentenciado. Sabiéndose, pues, en las últimas, el señor Casimiro reunió a sus hijos para hacerles la última encomienda: -Meus fillos, teño que decirvos algo. Como xa me queda muy pouco tempo de vida, quero despedirme de vos e pedirvos un último favor. Cando morra, quero que metades no féretro o aparato de radio que trouxen cando viñen de Cuba- A los hijos, aun pareciéndoles extraño aquello -su padre no era precisamente un hombre dado a sentirnentalismos- consideraron que no costaba nada cumplir el capricho del viejo, al fin y al cabo el trasto aquel no servía para nada. Jamás había funcionado. Así que cuando murió, prepararon el féretro e introdujeron en él al difunto. Este era bastante corpulento, de tal modo que cuando fueron a introducir el aparato de radio, la tapa del ataúd no cerraba. Buscaron la forma más idónea de encajarlo, pero era bastante voluminoso y no había manera. Ya iban a optar por no meterlo e incumplir la voluntad de su padre, cuando a Pepe, el hijo mayor, se le ocurrió algo.
-Si a partimos polo medio colle, e total a él lle vai a dar o mismo- -Tes razón, dijo Teodoro, el pequeño, vamos a serrala-.
Se dirigieron al pequeño almacén de herramientas ubicado bajo el hórreo, depositando la radio sobre una artesa que allí había, y comenzaron a serrarla. La delgada capa de madera que formaba la carcasa del aparato apenas opuso resistencia a los afilados dientes de la sierra, de tal modo que en pocos instantes se partió en dos como si fuese un melón. Los atónitos ojos de los tres hermanos apenas daban crédito a lo que apareció ante sus ojos. La radio no tenía en su interior ni una sola pieza. Alguien habla vaciado por completo la carcasa, pero por dentro no estaba hueca ¡estaba completamente llena de billetes!. El viejo avaro no quería llevársela a la tumba por razones sentimentales. Prefería que el dinero fuera comido por los gusanos a que sus hijos lo disfrutasen.
Aquella misma tarde, un cortejo fúnebre compuesto por no más de una veintena de personas acompañó al ataúd hasta el Camposanto de la Insua. Como era habitual, para evitar el cansancio, se iban turnando de cuatro en cuatro para cargarlo, sin embargo, contra la costumbre, no se agotaban en absoluto. Lo notaban tan ligero que parecía increíble que un cadáver pudiera tener tan poco peso. Uno de los acompañantes se acercó a Paco, el segundo de los hijos del difunto, y le dijo: -Muy consumido debía estar teu pai da enfermedad, porque pouco pesa a caixa- Paco le contestó con aire compungido: -Non me fales. Quedou como a carcasa de unha radio- Dicho esto, y aprovechando que el otro no le veía, esbozó una maliciosa sonrisa de satisfacción. En aquellos momentos, la media docena de cerdos de la piara del señor Casimiro, se estaban dando un auténtico festín, mientras muy cerca de allí, en una oquedad de la pared de la lareira de la casa de labranza, doce mil dólares americanos divididos en tres fajos, esperaban a que sus nuevos propietarios regresaran del cementerio a recogerlos.
-Si a partimos polo medio colle, e total a él lle vai a dar o mismo- -Tes razón, dijo Teodoro, el pequeño, vamos a serrala-.
Se dirigieron al pequeño almacén de herramientas ubicado bajo el hórreo, depositando la radio sobre una artesa que allí había, y comenzaron a serrarla. La delgada capa de madera que formaba la carcasa del aparato apenas opuso resistencia a los afilados dientes de la sierra, de tal modo que en pocos instantes se partió en dos como si fuese un melón. Los atónitos ojos de los tres hermanos apenas daban crédito a lo que apareció ante sus ojos. La radio no tenía en su interior ni una sola pieza. Alguien habla vaciado por completo la carcasa, pero por dentro no estaba hueca ¡estaba completamente llena de billetes!. El viejo avaro no quería llevársela a la tumba por razones sentimentales. Prefería que el dinero fuera comido por los gusanos a que sus hijos lo disfrutasen.
Aquella misma tarde, un cortejo fúnebre compuesto por no más de una veintena de personas acompañó al ataúd hasta el Camposanto de la Insua. Como era habitual, para evitar el cansancio, se iban turnando de cuatro en cuatro para cargarlo, sin embargo, contra la costumbre, no se agotaban en absoluto. Lo notaban tan ligero que parecía increíble que un cadáver pudiera tener tan poco peso. Uno de los acompañantes se acercó a Paco, el segundo de los hijos del difunto, y le dijo: -Muy consumido debía estar teu pai da enfermedad, porque pouco pesa a caixa- Paco le contestó con aire compungido: -Non me fales. Quedou como a carcasa de unha radio- Dicho esto, y aprovechando que el otro no le veía, esbozó una maliciosa sonrisa de satisfacción. En aquellos momentos, la media docena de cerdos de la piara del señor Casimiro, se estaban dando un auténtico festín, mientras muy cerca de allí, en una oquedad de la pared de la lareira de la casa de labranza, doce mil dólares americanos divididos en tres fajos, esperaban a que sus nuevos propietarios regresaran del cementerio a recogerlos.
miércoles, 10 de marzo de 2010
CONACHON
Allá por los años cuarenta del pasado siglo, en una pequeña vivienda unifamiliar del pueblo, muy cercana a la plaza mayor, vivía una familia compuesta por un matrimonio, tres hijos y cinco hijas, todos ellos adolescentes. Éstas últimas eran famosas en todo el contorno por su hermosura y su prestancia.
Con ocasión del fallecimiento de un vecino, toda la familia acudió, como venía siendo habitual, al velatorio que se celebraba en la casa del difunto, a dar el pésame y presentar sus respetos, y de paso –por qué no decirlo- a ponerse las botas con la comida y bebida con que la familia del finado tradicionalmente obsequiaba a los asistentes, que los tiempos no estaban como para dejar pasar ese tipo de oportunidades.
Otros muchos convecinos tuvieron la misma idea, y en el lugar del velatorio, una casa de labradores en la que normalmente residían cuatro personas –ahora tres-, se amontonaban más de cuarenta. En medio de aquel ambiente, no muy apropiado, por festivo, para el acto que allí se celebraba, nadie se había percatado de que la madera del piso estaba desacostumbrada a soportar semejante peso, a lo que había que unir el deterioro provocado por los efectos de la carcoma.
Como consecuencia de ello, de repente el suelo comenzó a crujir, como si se tratara de un lastimero quejido por el maltrato recibido, y ese fue el preludio del gran desastre que sobrevino a continuación, porque sin que nadie tuviera tiempo de ponerse a salvo, el suelo se abrió bajo los pies de los presentes, lo que inevitablemente hizo que todos ellos, muerto incluido, cayesen a la parte baja de la vivienda, justo sobre la cuadra del ganado.
Los gemidos lastimeros de las víctimas se mezclaban en la oscuridad con los mugidos de las reses, no menos asustadas que las personas; el finado era allí el único que no se quejaba. Las lesiones resultaron ser de diversa consideración, aunque la persona que resultó peor parada fue una de las hijas de la familia a la que antes aludíamos, creo recordar que la más pequeña, que a la sazón no sobrepasaba los quince años de edad.
Tuvo esta joven la desdichada suerte de caer justo sobre el cuerno de una vaca, empitonándoselo en el sitio que probablemente menos hubiera deseado, porque la pobre, que hasta entonces era doncella, tuvo que enfrentarse a una dolorosa y traumática desfloración, y aunque la cosa afortunadamente no pasó a mayores, desde ese mismo instante, su nombre, que no recuerdo cual era en realidad, tuvo una inmediata transformación, porque el vecindario, siempre al quite, decidió bautizarla con el delicado nombre de CONACHÓN.
No se sabe si fue la mortificación que le produjo su nuevo apelativo, o fueron otros los motivos, pero el caso es que no mucho tiempo después de aquel desgraciado suceso se decidió a emigrar a la Argentina, de donde ya nunca regresó.
Hay quien dice, no se sabe si con fundamento o no, que en el país gaucho le suavizaron ligeramente el apelativo restándole una “A”, con lo que éste quedó transformado en CONCHÓN, palabra cuyo significado en el léxico de aquellas tierras no se aleja demasiado de la filosofía del que le habían puesto por estos pagos.
martes, 9 de marzo de 2010
LA BODA DE JAIME
Lucía el sol aquella mañana de septiembre de 1974, cuando a las 12 y media el flamante Woshall (el coche de Starsky y Hutch) con motor Braham de Suso Pardiñas quedó aparcado en plena Avenida de la Marina coruñesa, frente a la cafetería Lumar. El color blanco del coche relucía como si lo acabara de sacar del concesionario.
Suso contaba por aquella época con 25 años, y era un individuo de mediana estatura, delgado y fibroso, con una característica física que lo hacía inconfundible, que se centraba en su minúsculo, casi inexistente, apéndice nasal, producto de un golpe que había recibido a la tierna edad de 4 años. En un gran alarde de originalidad le apodaban “el chato”. Los que le apreciábamos, que éramos muchos, le incitábamos constantemente a contar mentiras, por si entre bromas y veras la leyenda de Pinocho era cierta, pero nada, por mucho que se esmeraba no tenía el más mínimo efecto.
Su única actividad era la práctica del noble arte del boxeo, que ejercía con notable estilo, aunque los ingresos que generaban sus combates eran totalmente insuficientes para mantener su alto ritmo de vida, que estaba financiado mas bien por sus padres, propietarios de un local de alterne en la calle Hospital, en las inmediaciones del Papagayo. Otra cosa no hacía, aunque las malas lenguas, que siempre las hay, decían, no sin fundamento, que un par de “pebetas” que trabajaban en el negocio familiar tenían bastante que ver en su habitualmente próspera situación económica.
Suso descendió del vehículo, y tras admirar su deslumbrante carrocería, fruto del esmero con el que se lo acababan de limpiar en el taller de lavado de la calle de la Torre, se decidió a traspasar el umbral de la cafetería. A aquellas horas prácticamente no había clientela, solo un par de personas charlaban en la barra, y en la única mesa ocupada, el propietario, Luis Martínez “el barón”, con la ayuda de unas gafas que le habían resbalado casi hasta la punta de su nariz, examinaba concienzudamente unas facturas. Levantó la vista hacia la entrada y correspondió al saludo de Pardiñas. Este le preguntó:
-¿No vinieron por aquí Alberto y Domingo?
-No, pero de momento no creo que te aparezcan. Es muy temprano. Lo que me extraña es verte a ti por aquí a estas horas de la madrugada- respondió con sorna Luis.
El chato hizo caso omiso de la puya recibida y replicó:
-Que va, si es que nos vamos ahora a Madrid, a la boda de Jaime, y quedamos de vernos aquí-
-Es verdad, ya no me acordaba de que se casaba Jaime. Si estaba yo también invitado a la boda y no puedo ir-
Pardiñas echó un vistazo a lo largo del desértico local y quiso aprovechar la oportunidad para devolverle la andanada:
-No me extraña. Bien se ve que solo con los empleados el chollo no se da hecho-
Y sin esperar contestación, que a buen seguro se hubiera producido, dio media vuelta y se situó junto a la terraza, esperando divisar a sus acompañantes. Estos no aparecían, pero vio llegar a Pepe Pistones, de la Ciudad Vieja. Venía bien maqueado, con un terno Príncipe de Gales gris que, dicho sea de paso, no le pegaba ni con cola, aunque había que reconocer que los zapatos negros, casi tan relucientes como el coche de Pardiñas, y la corbata roja sobre camisa blanca impecable, ayudaban a disimularlo un poco.
-Coño, Suso, y tú por aquí a estas horas-
-Outro con a hora; joder que son plastas- pensó Suso, pero prefirió dejar la cosa así, y le dijo con amabilidad:
-No, es que quedé aquí con Alberto y Domingo, que nos vamos ahora a Madrid a la boda de Jaime Corral-
-Joder, a Madrid, no tengo yo ganas ni nada de ir a Madrid-
-Pues vente que sitio en el coche hay- le dijo, aunque más por compromiso que por otra cosa
-Bueno, pues no se hable más, voy con vosotros-
-Si hombre- respondió Pardiñas con escasa convicción.
A unos 50 metros, a la altura del Teatro Rosalía, divisó a dos personajes que avanzaban apresuradamente por la acera con sendas maletas en la mano. Eran Alberto Novo Díaz y Domingo Naveira. El primero era alto, moreno, con buen porte, mientras que Domingo era rubio, más bajo que alto y algo metido en carnes. Lucía una pequeña pero visible cicatriz junto a la ceja izquierda, fruto de un encontronazo con el puño derecho de un trapecista del Circo Americano, con quien un par de años atrás había tenido unas discrepancias acerca de la conveniencia o no de estar en silencio mientras cantaba Pucho Boedo, un sábado de madrugada en la cafetería Torre Esmeralda de Cuatro Caminos, incidente en el que también se había visto involucrado Lelo, el hijo de Don Pepe de las Siete Puertas, quien al tratar de auxiliar a Domingo, había obtenido un resultado idéntico al de éste, es decir, la misma cicatriz, y en el mismo ojo.
Cuando llegaron a la puerta del Lumar, saludaron a Pardiñas, que les presentó a Pistones y les dijo que les acompañaba, lo que aceptaron sin mucho entusiasmo. Y sin más dilación montaron en el vehículo, que arrancó rumbo a la capital de España. Según comenzaban a avanzar, vieron a Luis, que desde la puerta del Lumar se despedía de ellos agitando la mano, con una sonrisa de oreja a oreja cargada de sorna.
Apenas abrieron la boca hasta llegar a la gasolinera de Lavedra, donde llenaron el depósito. El ambiente estaba algo enrarecido por la presencia atípica de Pistones, con quien nadie contaba.
Una vez reanudado el viaje se fueron soltando y la conversación se fue haciendo distendida entre los cuatro. Decidieron no parar hasta la llegar al Bierzo, así que después de cruzar las provincias de la Coruña y Lugo, hicieron un alto en Cacabelos, y con objeto de meterse algo entre pecho y espalda, entraron en Casa Gato, un restaurante muy conocido de la localidad.
Después de devorar unas judías pintas con chorizo, aprovecharon la parada para hacer un fondo común que cubriera los gastos del desplazamiento. Decidieron que con mil duros cada uno habría más que suficiente para llegar a Madrid, aun teniendo en cuenta que iban a hacer noche en Salamanca, donde tenían que recoger a la novia de Domingo. En ese momento fue cuando Pistones, con cara muy seria, les espetó:
-pois eu non levo un chú-
Los otros tres se miraron entre sí, y después dirigieron la vista hacia Pistones. Este debió leer algo en sus miradas que le hizo intuir que se quedaba en tierra, así que no tuvo más remedio que aclarar que tenía una cuenta en el Banco de Bilbao, de la que iba a retirar dinero en Salamanca. Los otros tres aceptaron a regañadientes, y reanudaron el viaje.
Sobre las 9 de la noche hicieron su entrada en la Plaza Mayor de Salamanca. Ya tenían una reserva de hotel en las proximidades, pero cuando llegaron al establecimiento y vieron las tres estrellas que adornaban la fachada, Domingo, militarófilo perdido y al tiempo consciente de las estrecheces económicas del grupo, dijo:
-A min non me facía falta un coronel, con un sargento me chegaba ben-
Poco después, una vez instalados, salieron a dar un garbeo por las cafeterías de la zona, todos excepto Domingo, que había ido a buscar a su novia. Para los tres restantes, la noche fue movida, hasta las 5 de la mañana, en que retornaron al hotel, con unos cuantos wiskis de más y unos cuantos billetes de menos. Abandonaron el hotel a las 12 de la mañana, percatándose, una vez pasada la euforia de la noche, que la situación financiera del grupo estaba bastante deteriorada. Se encontraron con Domingo y su novia en una terraza de la plaza Mayor, donde se habían citado el día anterior, e inmediatamente localizaron la Sucursal del Banco de Bilbao, situada en la misma plaza Mayor.
Para no dar mucho el cante, Pistones entró en el Banco con Pardiñas, mientras Alberto, Domingo y la novia de éste, esperaban en la puerta. Dentro había una cola tan grande, que parecía que regalaban los cuartos, así que tuvieron que esperar un buen rato. Se armaron de paciencia, mientras los que esperaban fuera se impacientaban tanto, que finalmente Alberto se decidió a entrar, justo en el momento que el cajero atendía a Pistones.
-¿Cuánto quiere retirar?- preguntó el funcionario
-Como que cuanto quiero retirar. ¡Todo, démelo usted todo!-
-¿Pero no va a dejar nada en la cuenta?-
-¡Le dije que me lo diera todo!- exclamó Pistones, en un tono que no admitía réplica-
Alberto no esperó más. Salió del banco frotándose las manos y le dijo a Domingo:
Bufff, non debe ter guita o Pistones. Non vexas como lle rogaba o Cajero pa que deixara pasta na cuenta-
No hubo tiempo para seguir hablando. Pistones salió, lleno de razón, acompañado de Pardiñas, que venía muy serio. En un aparte, Alberto inquirió a este último:
-Que, ¿sacou moita pasta?-
-Toda a que había-
-Eso xa o sei, pero canto era-
-Mil cen-
-Joder, e para mil cen duros, tanto rollo-
Pardiñas lo miró muy fijo, con una cara de asesino que asustaba:
-No, mil cen duros no, mil cen pesetas, me cago hasta na madre que pareu ó delincuente ese-
Pistones no era consciente de que estaba a punto de quedarse a vivir en Salamanca. Iba con gesto altanero, parecía un capitán general, mientras apretaba firmemente bajo el brazo la cartilla del Banco de Bilbao entre cuyas hojas guardaba todo su capital, las mil cien pesetas. Ni tan siquiera se percató de que los otros tres hacían un aparte en el que estaban decidiendo su destino.
La verdad es que lo discutieron mucho, pero al final, con todo lo bravos que parecían, no fueron capaces de dejarlo en tierra, así que se subieron al coche y arrancaron camino de la capital.
No hay mucho que contar de esa parte del viaje, porque había poco dinero para andar haciendo paradas por el camino, el tiempo para llegar tampoco daba para mucho, y la mala uva de todos los componentes de la expedición -excepto Pistones, que iba mas feliz y más chulo que un ocho-, hizo que el trayecto se convirtiera en un viaje silencioso, que hubiera parecido la escena de una película muda, de no ser porque el radiocasete de Pardiñas hacía resonar dentro del habitáculo la espectacular voz de La Niña de Antequera:
“No había lobo que se asercara
Por lo corderooo
De la ribera
No había otro perro como mi perro
Y el era siempre mi sentinelaaaa”
Y eso después de haber escuchado las obras completas de Rafael Farina, aprovechando el paso por Salamanca, tierra natal del artista. Alberto y Domingo pedían a gritos que pusiera algo de Pucho Boedo, pero la sangre andaluza del chato, natural de Santa Eulalia de Castro, en el Ayuntamiento de Coristanco, le pedía Cante Jondo, y como al fin y al cabo era el capitán del barco, pudo más.
Entraron en Madrid por la Puerta de Hierro a las 5 de la tarde, hora taurina donde las haya, y atravesaron Moncloa, Princesa y Gran Vía, desviándose -quizás por continuar con referencias al noble arte de la tauromaquia- por la calle de la Montera hasta la Puerta del Sol, y allí, a pocos metros del célebre anuncio de Tío Pepe, ya en la calle del Arenal, se ubicaba un pequeño Hostal, carente de nombre comercial, donde Suso Pardiñas solía hospedarse cada vez que se desplazaba a la capital de España.
Por hacer un aparte en esta historia, decir que era persona conocida y celebrada en un restaurante existente en la calle de la Ballesta, denominado La Gran Tasca, donde publicitaban la magnificencia, más por la cantidad que por la calidad, del cocido madrileño de la casa, ofreciendo su degustación gratuita a quien fuese capaz de comerse uno completo.
El caso es que un buen día, el Chato acertó a pasar por allí y se fijó en el cartel pegado al cristal del escaparate, con la susodicha oferta. Entró en el local, y pidió una caña en la barra. Cuando se la estaban sirviendo, Suso preguntó, señalando el cartel:
-Oiga, ¿eso que pone ahí es cierto?-
-¿Lo del cocido? Si señor, si se lo come todo, le sale gratis
- Bueno, pues vamos a probar, me prepara usted una mesa para mí, y pide un cocido, y me abre una botella de Campo Viejo
El barman se lo quedó mirando fijamente, como calibrando su capacidad para meterse entre pecho y espalda todo aquello que le tenía que traer, y con cierta cara de escepticismo, acompañada de un tono de voz ligeramente guasón, le espetó:
-Como no, señor, ahora mismo se lo sirvo-
Mientras se le montaba la mesa, se tomó tranquilamente la caña en la barra, acompañada por un pincho invitación de la casa, que previsiblemente no se lo pusieron para restarle apetito, porque estaba compuesto por una aceituna y un boquerón.
A continuación se sentó. Pasaba poco de la una de la tarde, y no había nadie más en el restaurante. Casi sin dilación, vio como un camarero salía de la cocina con una perola humeante que casi tenía que hacer esfuerzos para poder transportarla. El barman, desde dentro de la barra buscaba con ojillos maliciosos la expresión de sorpresa de Suso cuando viera aquello, pero se llevó un chasco, porque éste ni pestañeó cuando le colocaron la gigantesca sopera encima de la mesa.
-Ahí tiene usted, señor, la sopa-
Con ademán calmoso, se sirvió y empezó a comer con parsimonia. Tardó un buen rato, pero se despachó todo el contenido de la perola, que llenó hasta seis veces el plato sopero del comensal. El barman y el camarero no le sacaban la vista de encima, aunque sus expresiones fueron dejando paulatinamente de ser burlonas para acabar convirtiéndose en confundidas.
Cuando terminó la sopa, se había ventilado más de la mitad de la botella de vino, así que, previendo que todavía le quedaba el plato fuerte, no se cortó en pedir otra botella, que le fue servida de inmediato. Casi al instante, el camarero salió de la cocina con una bandeja tan grande que la tenía que sujetar con las dos manos. Cuando la puso sobre la mesa, Suso vio que allí había más de medio kilo de carne fresca, un cuarto de gallina, un chorizo, una morcilla, un buen trozo de lacón, otro de tocino y media docena de algo parecido a albóndigas. Suso, imperturbable, hizo ademán de servirse, pero el camarero le frenó:
-Espere, señor, que ahora mismo le traigo el resto-
El resto era otra fuente igual que la anterior, atiborrada de garbanzos, repollo, zanahorias y patatas. Mientras se la traía, el camarero venía canturreando con mucha guasa:
Cooocidito madrileño
Ay, reeeepicando en la buhardilla
Que me sabe a hierbabuena
Y aaaaaa verbena en la Vistilla
Cuando llegó a la mesa, interrumpió su homenaje al gran Pepe Blanco, para decir:
-Ahí tiene usted, señor. Buen Provecho-
-Muchas gracias- y se metió en faena
A ritmo pausado, comenzó a ingerir todo aquello. Un poco de aquí, un poco de allá, el caso es que las viandas iban desapareciendo de la vista de los dos empleados del restaurante, que con cierto disimulo no perdían detalle de aquella exhibición, mudos espectadores que pronto fueron acompañados por un par de nuevas caras que asomaban discretamente por el ventanuco de la cocina. Pronto, no se sabe muy bien si casualmente o no, la concurrencia fue aumentando gradualmente, y a las dos y media de la tarde más de veinte personas, musitando en voz baja comentarios admirativos sobre la capacidad gastronómica de aquel comensal, que no paraba de masticar lentamente y tragar, casi llenaban un local en el que solo se oían murmullos.
A las tres en punto, Pardiñas zanjó el asunto sirviéndose con un cucharón la última media docena de garbanzos que bailoteaban en solitario dentro de la inmensa fuente y se los tragó, añadiendo para apoyar un último sorbo de vino que le quedaba en la copa.
A continuación pidió un café solo, un chupito de whisky y la cuenta.
-No señor, como ya le dijimos, está usted invitado- Le contestó el camarero con solicitud no exenta de respeto
-Ah, pues muy bien. Por cierto, muy bueno el cocido- replicó el chato con gesto altanero
y se marchó con viento fresco.
Al día siguiente, a la una y media en punto de la tarde, Pardiñas volvió a entrar por la puerta de La Gran Tasca. Prefirió no tomar ningún aperitivo y se sentó directamente frente a la misma mesa de la víspera. El camarero, un poco mosqueado, se le aproximó de inmediato.
-¿va a comer el señor?¿le traigo la carta?-
-no, tráigame un cocido-
-Es que... verá Vd. señor....es que lo del cartel se refiere solo a una vez.... no vale repetir-
-No pasa nada, hombre, usted tráigalo, que estaba muy bueno y se lo voy a pagar-
Y se volvió a despachar otro cocido completo, ante la incredulidad de todos los allí presentes.
Pero volvamos a nuestra historia. Los viajeros se instalaron en el hostal de la calle del Arenal, y ocuparon dos habitaciones, una para Domingo y su novia, y otra para los otros tres.
Como ya era hora, salieron para la iglesia, a donde llegaron con el tiempo justo. Saludaron a Jaime, que estaba delante de la puerta del templo acompañado por sus familiares, y después estuvieron charlando con algunos conocidos, gente de La Coruña pero residente en Madrid, como Pepe el Gordo, propietario del mesón Breogán, en las inmediaciones de la Plaza de España, y cuya familia había explotado en la Coruña, durante muchos años, el Negresco, un local dedicado a bodas y banquetes en la Calle Torreiro. También estaba Perillo, batería de Los Tamara, otro coruñés de pro. La tertulia fue corta, porque enseguida llegó la novia y entraron todos en la iglesia. Eran en total unos 150 invitados.
Al terminar la ceremonia, se fueron directamente al lugar del banquete, que era en los bajos del hotel Norte, frente a la Estación del mismo nombre, un edificio en cuyo frente lucían al menos una veintena de banderas de distintos países, lo que le daba cierto aire de distinción.
Una vez aparcado el coche en las cercanías del hotel, miraron el reloj y se dieron cuenta de que faltaba una media hora para que llegaran el grueso de invitados y los novios, así que aprovecharon para hacer un arqueo de efectivo, y se dieron cuenta de que la cosa no estaba para muchas alegrías. Aun así, temiendo que las bebidas del convite de boda estuvieran excesivamente tasadas (todos ellos eran gente de buen beber, aunque alguno de mala bebida, como veremos más adelante), decidieron adquirir tres botellas de Whisky en un supermercado de las proximidades. Eligieron una de cada marca, para contentar a todos: White Label, Johny Walker y White Horse.
Entraron en el local del convite, y tomaron asiento, situándose estratégicamente en el extremo de una de las tres alargadas mesas dispuestas en paralelo, lugar más alejado de la mesa presidencial, previendo, y con razón, que esa lejanía les permitiría hacer un poco más el indio, en caso de que eso fuera menester, sin dar mucho cante. Las botellas de whisky quedaron bajo la mesa, y empezó el ágape. No se trataba de una comida fuerte, sino de un “lunch”, compuesto por embutidos y un par de platos ligeros. El ambiente era festivo, tal y como correspondía a la ocasión, y enseguida fueron cogiendo confianza con sus vecinos de mesa, que aparte de los consabidos Pepe el Gordo y Perillo, eran amigos madrileños de Jaime. Al terminar el segundo plato, los chistes iniciales ya habían pasado a mejor vida, y en espera de la tarta nupcial, el mundo de la canción española se abrió paso encarnado en la talentosa voz de Suso Pardiñas, que abrió veda con un clásico de Antonio Molina:
Soy cantante, soy torero
Soy torero soy cantante
Soyyyyyyyyy de España
Que más quievevevevero
Con esoooooo
Con eso tengo bastaaaaante
Una atronadora salva de aplausos premió la acertada intervención del espontáneo cantador, y le dio impulso a éste para continuar el recital. Lo malo es que sus acompañantes se envalentonaron y se atrevieron a imitarlo. Cuando terminaron su intervención, los aplausos de la concurrencia ya no eran tan entregados, y en el medio de éstos ya se insinuaba algún abucheo, pero ello no restó ni un ápice de animosidad a los intérpretes, que fortalecidos por las dosis de Valdepeñas que habían trasegado durante el refrigerio, se siguieron entregando al arte de la copla, contando cada vez con más voluntarios, que se iban incorporando a la coral.
En el medio de todo, habían llegado al café. Tal y como habían sospechado desde un principio, las bebidas estaban extremadamente tasadas, tanto que al que pedía repetir, que eran todos, el camarero le servía medio a regañadientes. Tanto fue así, que Alberto echó mano a una de las botellas que tenían ocultas bajo la mesa.
Con mucha discreción, amparados en la clandestinidad del mantel, se sirvieron la bebida. Invitaron a los más próximos, tasando al máximo la botella para dejar las otras dos para después.
Al cabo de un rato, Alberto tanteó bajo la mesa buscando otra botella. No la encontró. Sorprendido, se agachó para localizarla, pero allí no había más que frías baldosas. Se incorporó para preguntar a sus acompañantes quien había cambiado las botellas de sitio, y vio que el asiento de Pistones estaba vacío. Alzó la vista para localizarlo, y lo vio unos metros más allá sentado en otra zona de la mesa, charlando animadamente con unos matrimonios desconocidos. Las botellas estaban en la mesa, delante de él, pero completamente vacías.
El rostro de Alberto empalideció. Quiso decírselo a Pardiñas y a Domingo, pero estaba tan indignado que las palabras se negaban a salir de su boca. Cuando la cólera fue amainando, les contó la situación. Al principio no se lo creían pensando que estaba de coña, pero cuando verificaron la situación, querían matar a Pistones. Éste, que tonto no era, se percató enseguida de que aquello no pintaba bien para él, y se cuidó muy mucho de acercarse al entorno de sus compañeros durante el resto del convite.
Cuando terminó el lunch eran cerca de las diez de la noche. Jaime, pese a ser el día de su boda, tenía ganas de tomar unas copas con sus amigos. Como tanto él como su mujer tenían que cambiarse de ropa, quedaron de verse un par de horas después en la cafetería Morrison, de la Gran Via.
Allí se juntaron Alberto, Pardiñas, Domingo, Pepe el Gordo, Perillo, y Jaime, junto con la mujer de éste último y la novia de Domingo. Pistones, claro, no estaba. Y que no se le ocurriera aparecer por allí.
Decidieron ir a la sala de fiestas El Biombo Chino, que estaba muy cerca, y en la que actuaba Andrés Pajares con la obra “el embarazado”.
La sala, pese a sus grandes dimensiones, estaba atestada de gente hasta tal punto que ante la falta de sitio en las mesas y barra tuvieron que acomodarse en las escaleras.
Tomaron un par de copas antes de que comenzase la actuación. El que más y el que menos estaba “puesto”, pero ya se sabe que unos se lo toman de una forma y otros de otra. Domingo era de los que se lo tomaba de la otra, tanto es así, que no bien había empezado la función cuando la tomó con el pobre Pajares.
-Pajares, fillo de puta, retrátate, que non tes nin puta idea-
Pajares, con más tablas que la Piquer, no dio mayor importancia a los comentarios y siguió con su actuación, pero eso no hizo más que enaltecer a Domingo, que incrementó sus improperios pensando que no eran suficientes.
-Pajares, maricón, corta o rollo que estás facendo o ridículo-
Pero el actor, haciendo gala de una paciencia que parecía inagotable, permanecía inalterable a los exabruptos y seguía interpretando dignamente su papel, circunstancia que no concurría en los espectadores, que poco a poco fueron apartando su atención del escenario para centrarla en Domingo, que sabiéndose protagonista, redoblaba sus esfuerzos en los insultos y descalificaciones dedicados al cómico.
Pero el público, poco comprensivo con el intruso, comenzó a abuchearlo, primero con timidez y después ya con improperios, Los acompañantes de Domingo, perfectamente identificables por estar junto a él, estaban tan avergonzados que ya no sabían donde meterse. De buena gana se hubieran marchado, pero el abarrote era tan grande que no tenían por donde escapar sin provocar una hecatombe.
Pero Domingo seguía en sus trece. Estaba empeñado, por algún oscuro motivo, en acabar con la carrera artística de Andrés Pajares y no tenía previsto claudicar.
Entonces ocurrió lo inesperado. Jaime, el novio, estaba tan desesperado que no pudo resistir más y se lanzó a por Domingo como una fiera. Consiguió agarrarlo por la pechera, y tras perder el equilibrio ambos rodaron por las escaleras, provocando un efecto dominó con los espectadores que había sentados en las escaleras, que se llevó por delante a todo bicho viviente, provocando un espantoso tumulto.
Aquel escándalo fue la espoleta definitiva para interrumpir la función. Las más de trescientas personas que habían pagado su localidad querían, con toda la razón, asesinar a Domingo, que una vez superada la fase más crítica de la trompa que llevaba, comenzó a verle las orejas al lobo, y procedió a recular protegido por sus acompañantes, quienes tuvieron que hacer de tripas corazón para impedir que el resto de los espectadores se tomasen la justicia por su mano, cosa que ellos mismos estaban tentados a hacer.
Tras algunos apuros, consiguieron finalmente ganar la calle. Una vez en la puerta, Domingo se dio la vuelta con dignidad y dijo a voz en grito, ante la admiración de propios y extraños:
-¡Como no me pidan perdón, no vuelvo a poner los pies en este local!
La noche continuó deambulando por esos locales que nunca tienen prisa por cerrar. Amanecía cuando, exhaustos, Alberto y Pardiñas entraron en la habitación de la pensión de la calle Arenal, que compartían con Pistones, que a aquella hora llevaba un buen rato durmiendo, tal y como reflejaban los sonoros ronquidos que emitía. Pese a lo avanzado –o temprano, según se mire- de la hora, y el cansancio acumulado, aun hubo tiempo para que Alberto, indignado por la actuación de Pistones durante el convite nupcial, lo despertara para llamarle la atención, lo que degeneró en un conato de pelea que no llegó a mayores.
Durmieron hasta bien entrada la tarde. Habían decidido marchar ese mismo día, y Pardiñas, mientras los otros hacían la maleta, decidió hacer una gestión que tenía pendiente, aprovechando el viaje a Madrid, y quedaron de verse a las diez de la noche en la puerta de la pensión, en plena acera. Allí estaba Alberto como un clavo, y clavado permaneció durante más de dos horas, completamente solo –Pistones, que debió olerse la tostada, se había evaporado como el humo, y de Domingo y su novia, ni rastro, aunque éstos no iban a marchar con ellos, ya que se iban a quedar un par de días más en Madrid-.
Al sereno del barrio le llamó la atención verle allí durante tanto tiempo con las maletas al lado, así que le preguntó si lo que quería era entrar en la pensión, y tuvo que explicarle que no, que lo que pretendía era precisamente lo contrario, pero que el amigo al que estaba esperando era un informal y un cantamañanas, que lo había dejado plantado. Al verle tan angustiado, el vigilante nocturno sintió lástima por él y decidió acompañarle y darle un poco de conversación para aliviarle la soledad mientras no aparecía su amigo; durante la charla, Alberto le explicó que la persona que esperaba era cliente habitual de la pensión, y por los datos que le dio, el sereno, beneficiario de buenas propinas por parte de Pardiñas, le identificó al momento.
-Pero si ese que me dice usted es don Jesús. Pues no se preocupe, si don Jesús le dijo que venía, es que viene. Es un auténtico caballero-
Cerca de la una de la mañana, Pardiñas aparcó delante de Alberto, sin percatarse de que éste lo fulminaba con la mirada. El sereno acudió solícito a abrirle la puerta del coche, previendo una gratificación que no llegó, dado el depauperado estado de las arcas de “don Jesús”.
Pese a ello, al descender del vehículo, lo saludó solícitamente:
-Don Jesús, que alegría verle de nuevo por aquí- y dirigiéndose a Alberto, le dijo:
-Ya se lo dije yo. Si don Jesús le dice que viene, es que viene-
Alberto, rebosante de indignación, le contestó:
-¿Ese es don Jesús? ¡Ese lo que es, es don Mierda!-
La única satisfacción, ciertamente morbosa, que le quedaba a Alberto, era que Pistones aun no había dado señales de vida, y se iba a quedar en tierra, pero su gozo en un pozo. Cuando se habían montado en el coche y Pardiñas estaba girando la llave para arrancar, le vieron aparecer por la esquina de la Puerta del Sol, corriendo como un gamo.
Durante el viaje de vuelta, que fue realizado de un tirón, nadie abrió la boca. Alberto, porque estaba enfadado con los otros dos, Pardiñas porque no tenía ganas de aguantar el mosqueo de Alberto, y Pistones, porque había hecho tantas en tan poco tiempo, que presumía que a la más mínima, esta vez sí, se quedaba en tierra.
Suso contaba por aquella época con 25 años, y era un individuo de mediana estatura, delgado y fibroso, con una característica física que lo hacía inconfundible, que se centraba en su minúsculo, casi inexistente, apéndice nasal, producto de un golpe que había recibido a la tierna edad de 4 años. En un gran alarde de originalidad le apodaban “el chato”. Los que le apreciábamos, que éramos muchos, le incitábamos constantemente a contar mentiras, por si entre bromas y veras la leyenda de Pinocho era cierta, pero nada, por mucho que se esmeraba no tenía el más mínimo efecto.
Su única actividad era la práctica del noble arte del boxeo, que ejercía con notable estilo, aunque los ingresos que generaban sus combates eran totalmente insuficientes para mantener su alto ritmo de vida, que estaba financiado mas bien por sus padres, propietarios de un local de alterne en la calle Hospital, en las inmediaciones del Papagayo. Otra cosa no hacía, aunque las malas lenguas, que siempre las hay, decían, no sin fundamento, que un par de “pebetas” que trabajaban en el negocio familiar tenían bastante que ver en su habitualmente próspera situación económica.
Suso descendió del vehículo, y tras admirar su deslumbrante carrocería, fruto del esmero con el que se lo acababan de limpiar en el taller de lavado de la calle de la Torre, se decidió a traspasar el umbral de la cafetería. A aquellas horas prácticamente no había clientela, solo un par de personas charlaban en la barra, y en la única mesa ocupada, el propietario, Luis Martínez “el barón”, con la ayuda de unas gafas que le habían resbalado casi hasta la punta de su nariz, examinaba concienzudamente unas facturas. Levantó la vista hacia la entrada y correspondió al saludo de Pardiñas. Este le preguntó:
-¿No vinieron por aquí Alberto y Domingo?
-No, pero de momento no creo que te aparezcan. Es muy temprano. Lo que me extraña es verte a ti por aquí a estas horas de la madrugada- respondió con sorna Luis.
El chato hizo caso omiso de la puya recibida y replicó:
-Que va, si es que nos vamos ahora a Madrid, a la boda de Jaime, y quedamos de vernos aquí-
-Es verdad, ya no me acordaba de que se casaba Jaime. Si estaba yo también invitado a la boda y no puedo ir-
Pardiñas echó un vistazo a lo largo del desértico local y quiso aprovechar la oportunidad para devolverle la andanada:
-No me extraña. Bien se ve que solo con los empleados el chollo no se da hecho-
Y sin esperar contestación, que a buen seguro se hubiera producido, dio media vuelta y se situó junto a la terraza, esperando divisar a sus acompañantes. Estos no aparecían, pero vio llegar a Pepe Pistones, de la Ciudad Vieja. Venía bien maqueado, con un terno Príncipe de Gales gris que, dicho sea de paso, no le pegaba ni con cola, aunque había que reconocer que los zapatos negros, casi tan relucientes como el coche de Pardiñas, y la corbata roja sobre camisa blanca impecable, ayudaban a disimularlo un poco.
-Coño, Suso, y tú por aquí a estas horas-
-Outro con a hora; joder que son plastas- pensó Suso, pero prefirió dejar la cosa así, y le dijo con amabilidad:
-No, es que quedé aquí con Alberto y Domingo, que nos vamos ahora a Madrid a la boda de Jaime Corral-
-Joder, a Madrid, no tengo yo ganas ni nada de ir a Madrid-
-Pues vente que sitio en el coche hay- le dijo, aunque más por compromiso que por otra cosa
-Bueno, pues no se hable más, voy con vosotros-
-Si hombre- respondió Pardiñas con escasa convicción.
A unos 50 metros, a la altura del Teatro Rosalía, divisó a dos personajes que avanzaban apresuradamente por la acera con sendas maletas en la mano. Eran Alberto Novo Díaz y Domingo Naveira. El primero era alto, moreno, con buen porte, mientras que Domingo era rubio, más bajo que alto y algo metido en carnes. Lucía una pequeña pero visible cicatriz junto a la ceja izquierda, fruto de un encontronazo con el puño derecho de un trapecista del Circo Americano, con quien un par de años atrás había tenido unas discrepancias acerca de la conveniencia o no de estar en silencio mientras cantaba Pucho Boedo, un sábado de madrugada en la cafetería Torre Esmeralda de Cuatro Caminos, incidente en el que también se había visto involucrado Lelo, el hijo de Don Pepe de las Siete Puertas, quien al tratar de auxiliar a Domingo, había obtenido un resultado idéntico al de éste, es decir, la misma cicatriz, y en el mismo ojo.
Cuando llegaron a la puerta del Lumar, saludaron a Pardiñas, que les presentó a Pistones y les dijo que les acompañaba, lo que aceptaron sin mucho entusiasmo. Y sin más dilación montaron en el vehículo, que arrancó rumbo a la capital de España. Según comenzaban a avanzar, vieron a Luis, que desde la puerta del Lumar se despedía de ellos agitando la mano, con una sonrisa de oreja a oreja cargada de sorna.
Apenas abrieron la boca hasta llegar a la gasolinera de Lavedra, donde llenaron el depósito. El ambiente estaba algo enrarecido por la presencia atípica de Pistones, con quien nadie contaba.
Una vez reanudado el viaje se fueron soltando y la conversación se fue haciendo distendida entre los cuatro. Decidieron no parar hasta la llegar al Bierzo, así que después de cruzar las provincias de la Coruña y Lugo, hicieron un alto en Cacabelos, y con objeto de meterse algo entre pecho y espalda, entraron en Casa Gato, un restaurante muy conocido de la localidad.
Después de devorar unas judías pintas con chorizo, aprovecharon la parada para hacer un fondo común que cubriera los gastos del desplazamiento. Decidieron que con mil duros cada uno habría más que suficiente para llegar a Madrid, aun teniendo en cuenta que iban a hacer noche en Salamanca, donde tenían que recoger a la novia de Domingo. En ese momento fue cuando Pistones, con cara muy seria, les espetó:
-pois eu non levo un chú-
Los otros tres se miraron entre sí, y después dirigieron la vista hacia Pistones. Este debió leer algo en sus miradas que le hizo intuir que se quedaba en tierra, así que no tuvo más remedio que aclarar que tenía una cuenta en el Banco de Bilbao, de la que iba a retirar dinero en Salamanca. Los otros tres aceptaron a regañadientes, y reanudaron el viaje.
Sobre las 9 de la noche hicieron su entrada en la Plaza Mayor de Salamanca. Ya tenían una reserva de hotel en las proximidades, pero cuando llegaron al establecimiento y vieron las tres estrellas que adornaban la fachada, Domingo, militarófilo perdido y al tiempo consciente de las estrecheces económicas del grupo, dijo:
-A min non me facía falta un coronel, con un sargento me chegaba ben-
Poco después, una vez instalados, salieron a dar un garbeo por las cafeterías de la zona, todos excepto Domingo, que había ido a buscar a su novia. Para los tres restantes, la noche fue movida, hasta las 5 de la mañana, en que retornaron al hotel, con unos cuantos wiskis de más y unos cuantos billetes de menos. Abandonaron el hotel a las 12 de la mañana, percatándose, una vez pasada la euforia de la noche, que la situación financiera del grupo estaba bastante deteriorada. Se encontraron con Domingo y su novia en una terraza de la plaza Mayor, donde se habían citado el día anterior, e inmediatamente localizaron la Sucursal del Banco de Bilbao, situada en la misma plaza Mayor.
Para no dar mucho el cante, Pistones entró en el Banco con Pardiñas, mientras Alberto, Domingo y la novia de éste, esperaban en la puerta. Dentro había una cola tan grande, que parecía que regalaban los cuartos, así que tuvieron que esperar un buen rato. Se armaron de paciencia, mientras los que esperaban fuera se impacientaban tanto, que finalmente Alberto se decidió a entrar, justo en el momento que el cajero atendía a Pistones.
-¿Cuánto quiere retirar?- preguntó el funcionario
-Como que cuanto quiero retirar. ¡Todo, démelo usted todo!-
-¿Pero no va a dejar nada en la cuenta?-
-¡Le dije que me lo diera todo!- exclamó Pistones, en un tono que no admitía réplica-
Alberto no esperó más. Salió del banco frotándose las manos y le dijo a Domingo:
Bufff, non debe ter guita o Pistones. Non vexas como lle rogaba o Cajero pa que deixara pasta na cuenta-
No hubo tiempo para seguir hablando. Pistones salió, lleno de razón, acompañado de Pardiñas, que venía muy serio. En un aparte, Alberto inquirió a este último:
-Que, ¿sacou moita pasta?-
-Toda a que había-
-Eso xa o sei, pero canto era-
-Mil cen-
-Joder, e para mil cen duros, tanto rollo-
Pardiñas lo miró muy fijo, con una cara de asesino que asustaba:
-No, mil cen duros no, mil cen pesetas, me cago hasta na madre que pareu ó delincuente ese-
Pistones no era consciente de que estaba a punto de quedarse a vivir en Salamanca. Iba con gesto altanero, parecía un capitán general, mientras apretaba firmemente bajo el brazo la cartilla del Banco de Bilbao entre cuyas hojas guardaba todo su capital, las mil cien pesetas. Ni tan siquiera se percató de que los otros tres hacían un aparte en el que estaban decidiendo su destino.
La verdad es que lo discutieron mucho, pero al final, con todo lo bravos que parecían, no fueron capaces de dejarlo en tierra, así que se subieron al coche y arrancaron camino de la capital.
No hay mucho que contar de esa parte del viaje, porque había poco dinero para andar haciendo paradas por el camino, el tiempo para llegar tampoco daba para mucho, y la mala uva de todos los componentes de la expedición -excepto Pistones, que iba mas feliz y más chulo que un ocho-, hizo que el trayecto se convirtiera en un viaje silencioso, que hubiera parecido la escena de una película muda, de no ser porque el radiocasete de Pardiñas hacía resonar dentro del habitáculo la espectacular voz de La Niña de Antequera:
“No había lobo que se asercara
Por lo corderooo
De la ribera
No había otro perro como mi perro
Y el era siempre mi sentinelaaaa”
Y eso después de haber escuchado las obras completas de Rafael Farina, aprovechando el paso por Salamanca, tierra natal del artista. Alberto y Domingo pedían a gritos que pusiera algo de Pucho Boedo, pero la sangre andaluza del chato, natural de Santa Eulalia de Castro, en el Ayuntamiento de Coristanco, le pedía Cante Jondo, y como al fin y al cabo era el capitán del barco, pudo más.
Entraron en Madrid por la Puerta de Hierro a las 5 de la tarde, hora taurina donde las haya, y atravesaron Moncloa, Princesa y Gran Vía, desviándose -quizás por continuar con referencias al noble arte de la tauromaquia- por la calle de la Montera hasta la Puerta del Sol, y allí, a pocos metros del célebre anuncio de Tío Pepe, ya en la calle del Arenal, se ubicaba un pequeño Hostal, carente de nombre comercial, donde Suso Pardiñas solía hospedarse cada vez que se desplazaba a la capital de España.
Por hacer un aparte en esta historia, decir que era persona conocida y celebrada en un restaurante existente en la calle de la Ballesta, denominado La Gran Tasca, donde publicitaban la magnificencia, más por la cantidad que por la calidad, del cocido madrileño de la casa, ofreciendo su degustación gratuita a quien fuese capaz de comerse uno completo.
El caso es que un buen día, el Chato acertó a pasar por allí y se fijó en el cartel pegado al cristal del escaparate, con la susodicha oferta. Entró en el local, y pidió una caña en la barra. Cuando se la estaban sirviendo, Suso preguntó, señalando el cartel:
-Oiga, ¿eso que pone ahí es cierto?-
-¿Lo del cocido? Si señor, si se lo come todo, le sale gratis
- Bueno, pues vamos a probar, me prepara usted una mesa para mí, y pide un cocido, y me abre una botella de Campo Viejo
El barman se lo quedó mirando fijamente, como calibrando su capacidad para meterse entre pecho y espalda todo aquello que le tenía que traer, y con cierta cara de escepticismo, acompañada de un tono de voz ligeramente guasón, le espetó:
-Como no, señor, ahora mismo se lo sirvo-
Mientras se le montaba la mesa, se tomó tranquilamente la caña en la barra, acompañada por un pincho invitación de la casa, que previsiblemente no se lo pusieron para restarle apetito, porque estaba compuesto por una aceituna y un boquerón.
A continuación se sentó. Pasaba poco de la una de la tarde, y no había nadie más en el restaurante. Casi sin dilación, vio como un camarero salía de la cocina con una perola humeante que casi tenía que hacer esfuerzos para poder transportarla. El barman, desde dentro de la barra buscaba con ojillos maliciosos la expresión de sorpresa de Suso cuando viera aquello, pero se llevó un chasco, porque éste ni pestañeó cuando le colocaron la gigantesca sopera encima de la mesa.
-Ahí tiene usted, señor, la sopa-
Con ademán calmoso, se sirvió y empezó a comer con parsimonia. Tardó un buen rato, pero se despachó todo el contenido de la perola, que llenó hasta seis veces el plato sopero del comensal. El barman y el camarero no le sacaban la vista de encima, aunque sus expresiones fueron dejando paulatinamente de ser burlonas para acabar convirtiéndose en confundidas.
Cuando terminó la sopa, se había ventilado más de la mitad de la botella de vino, así que, previendo que todavía le quedaba el plato fuerte, no se cortó en pedir otra botella, que le fue servida de inmediato. Casi al instante, el camarero salió de la cocina con una bandeja tan grande que la tenía que sujetar con las dos manos. Cuando la puso sobre la mesa, Suso vio que allí había más de medio kilo de carne fresca, un cuarto de gallina, un chorizo, una morcilla, un buen trozo de lacón, otro de tocino y media docena de algo parecido a albóndigas. Suso, imperturbable, hizo ademán de servirse, pero el camarero le frenó:
-Espere, señor, que ahora mismo le traigo el resto-
El resto era otra fuente igual que la anterior, atiborrada de garbanzos, repollo, zanahorias y patatas. Mientras se la traía, el camarero venía canturreando con mucha guasa:
Cooocidito madrileño
Ay, reeeepicando en la buhardilla
Que me sabe a hierbabuena
Y aaaaaa verbena en la Vistilla
Cuando llegó a la mesa, interrumpió su homenaje al gran Pepe Blanco, para decir:
-Ahí tiene usted, señor. Buen Provecho-
-Muchas gracias- y se metió en faena
A ritmo pausado, comenzó a ingerir todo aquello. Un poco de aquí, un poco de allá, el caso es que las viandas iban desapareciendo de la vista de los dos empleados del restaurante, que con cierto disimulo no perdían detalle de aquella exhibición, mudos espectadores que pronto fueron acompañados por un par de nuevas caras que asomaban discretamente por el ventanuco de la cocina. Pronto, no se sabe muy bien si casualmente o no, la concurrencia fue aumentando gradualmente, y a las dos y media de la tarde más de veinte personas, musitando en voz baja comentarios admirativos sobre la capacidad gastronómica de aquel comensal, que no paraba de masticar lentamente y tragar, casi llenaban un local en el que solo se oían murmullos.
A las tres en punto, Pardiñas zanjó el asunto sirviéndose con un cucharón la última media docena de garbanzos que bailoteaban en solitario dentro de la inmensa fuente y se los tragó, añadiendo para apoyar un último sorbo de vino que le quedaba en la copa.
A continuación pidió un café solo, un chupito de whisky y la cuenta.
-No señor, como ya le dijimos, está usted invitado- Le contestó el camarero con solicitud no exenta de respeto
-Ah, pues muy bien. Por cierto, muy bueno el cocido- replicó el chato con gesto altanero
y se marchó con viento fresco.
Al día siguiente, a la una y media en punto de la tarde, Pardiñas volvió a entrar por la puerta de La Gran Tasca. Prefirió no tomar ningún aperitivo y se sentó directamente frente a la misma mesa de la víspera. El camarero, un poco mosqueado, se le aproximó de inmediato.
-¿va a comer el señor?¿le traigo la carta?-
-no, tráigame un cocido-
-Es que... verá Vd. señor....es que lo del cartel se refiere solo a una vez.... no vale repetir-
-No pasa nada, hombre, usted tráigalo, que estaba muy bueno y se lo voy a pagar-
Y se volvió a despachar otro cocido completo, ante la incredulidad de todos los allí presentes.
Pero volvamos a nuestra historia. Los viajeros se instalaron en el hostal de la calle del Arenal, y ocuparon dos habitaciones, una para Domingo y su novia, y otra para los otros tres.
Como ya era hora, salieron para la iglesia, a donde llegaron con el tiempo justo. Saludaron a Jaime, que estaba delante de la puerta del templo acompañado por sus familiares, y después estuvieron charlando con algunos conocidos, gente de La Coruña pero residente en Madrid, como Pepe el Gordo, propietario del mesón Breogán, en las inmediaciones de la Plaza de España, y cuya familia había explotado en la Coruña, durante muchos años, el Negresco, un local dedicado a bodas y banquetes en la Calle Torreiro. También estaba Perillo, batería de Los Tamara, otro coruñés de pro. La tertulia fue corta, porque enseguida llegó la novia y entraron todos en la iglesia. Eran en total unos 150 invitados.
Al terminar la ceremonia, se fueron directamente al lugar del banquete, que era en los bajos del hotel Norte, frente a la Estación del mismo nombre, un edificio en cuyo frente lucían al menos una veintena de banderas de distintos países, lo que le daba cierto aire de distinción.
Una vez aparcado el coche en las cercanías del hotel, miraron el reloj y se dieron cuenta de que faltaba una media hora para que llegaran el grueso de invitados y los novios, así que aprovecharon para hacer un arqueo de efectivo, y se dieron cuenta de que la cosa no estaba para muchas alegrías. Aun así, temiendo que las bebidas del convite de boda estuvieran excesivamente tasadas (todos ellos eran gente de buen beber, aunque alguno de mala bebida, como veremos más adelante), decidieron adquirir tres botellas de Whisky en un supermercado de las proximidades. Eligieron una de cada marca, para contentar a todos: White Label, Johny Walker y White Horse.
Entraron en el local del convite, y tomaron asiento, situándose estratégicamente en el extremo de una de las tres alargadas mesas dispuestas en paralelo, lugar más alejado de la mesa presidencial, previendo, y con razón, que esa lejanía les permitiría hacer un poco más el indio, en caso de que eso fuera menester, sin dar mucho cante. Las botellas de whisky quedaron bajo la mesa, y empezó el ágape. No se trataba de una comida fuerte, sino de un “lunch”, compuesto por embutidos y un par de platos ligeros. El ambiente era festivo, tal y como correspondía a la ocasión, y enseguida fueron cogiendo confianza con sus vecinos de mesa, que aparte de los consabidos Pepe el Gordo y Perillo, eran amigos madrileños de Jaime. Al terminar el segundo plato, los chistes iniciales ya habían pasado a mejor vida, y en espera de la tarta nupcial, el mundo de la canción española se abrió paso encarnado en la talentosa voz de Suso Pardiñas, que abrió veda con un clásico de Antonio Molina:
Soy cantante, soy torero
Soy torero soy cantante
Soyyyyyyyyy de España
Que más quievevevevero
Con esoooooo
Con eso tengo bastaaaaante
Una atronadora salva de aplausos premió la acertada intervención del espontáneo cantador, y le dio impulso a éste para continuar el recital. Lo malo es que sus acompañantes se envalentonaron y se atrevieron a imitarlo. Cuando terminaron su intervención, los aplausos de la concurrencia ya no eran tan entregados, y en el medio de éstos ya se insinuaba algún abucheo, pero ello no restó ni un ápice de animosidad a los intérpretes, que fortalecidos por las dosis de Valdepeñas que habían trasegado durante el refrigerio, se siguieron entregando al arte de la copla, contando cada vez con más voluntarios, que se iban incorporando a la coral.
En el medio de todo, habían llegado al café. Tal y como habían sospechado desde un principio, las bebidas estaban extremadamente tasadas, tanto que al que pedía repetir, que eran todos, el camarero le servía medio a regañadientes. Tanto fue así, que Alberto echó mano a una de las botellas que tenían ocultas bajo la mesa.
Con mucha discreción, amparados en la clandestinidad del mantel, se sirvieron la bebida. Invitaron a los más próximos, tasando al máximo la botella para dejar las otras dos para después.
Al cabo de un rato, Alberto tanteó bajo la mesa buscando otra botella. No la encontró. Sorprendido, se agachó para localizarla, pero allí no había más que frías baldosas. Se incorporó para preguntar a sus acompañantes quien había cambiado las botellas de sitio, y vio que el asiento de Pistones estaba vacío. Alzó la vista para localizarlo, y lo vio unos metros más allá sentado en otra zona de la mesa, charlando animadamente con unos matrimonios desconocidos. Las botellas estaban en la mesa, delante de él, pero completamente vacías.
El rostro de Alberto empalideció. Quiso decírselo a Pardiñas y a Domingo, pero estaba tan indignado que las palabras se negaban a salir de su boca. Cuando la cólera fue amainando, les contó la situación. Al principio no se lo creían pensando que estaba de coña, pero cuando verificaron la situación, querían matar a Pistones. Éste, que tonto no era, se percató enseguida de que aquello no pintaba bien para él, y se cuidó muy mucho de acercarse al entorno de sus compañeros durante el resto del convite.
Cuando terminó el lunch eran cerca de las diez de la noche. Jaime, pese a ser el día de su boda, tenía ganas de tomar unas copas con sus amigos. Como tanto él como su mujer tenían que cambiarse de ropa, quedaron de verse un par de horas después en la cafetería Morrison, de la Gran Via.
Allí se juntaron Alberto, Pardiñas, Domingo, Pepe el Gordo, Perillo, y Jaime, junto con la mujer de éste último y la novia de Domingo. Pistones, claro, no estaba. Y que no se le ocurriera aparecer por allí.
Decidieron ir a la sala de fiestas El Biombo Chino, que estaba muy cerca, y en la que actuaba Andrés Pajares con la obra “el embarazado”.
La sala, pese a sus grandes dimensiones, estaba atestada de gente hasta tal punto que ante la falta de sitio en las mesas y barra tuvieron que acomodarse en las escaleras.
Tomaron un par de copas antes de que comenzase la actuación. El que más y el que menos estaba “puesto”, pero ya se sabe que unos se lo toman de una forma y otros de otra. Domingo era de los que se lo tomaba de la otra, tanto es así, que no bien había empezado la función cuando la tomó con el pobre Pajares.
-Pajares, fillo de puta, retrátate, que non tes nin puta idea-
Pajares, con más tablas que la Piquer, no dio mayor importancia a los comentarios y siguió con su actuación, pero eso no hizo más que enaltecer a Domingo, que incrementó sus improperios pensando que no eran suficientes.
-Pajares, maricón, corta o rollo que estás facendo o ridículo-
Pero el actor, haciendo gala de una paciencia que parecía inagotable, permanecía inalterable a los exabruptos y seguía interpretando dignamente su papel, circunstancia que no concurría en los espectadores, que poco a poco fueron apartando su atención del escenario para centrarla en Domingo, que sabiéndose protagonista, redoblaba sus esfuerzos en los insultos y descalificaciones dedicados al cómico.
Pero el público, poco comprensivo con el intruso, comenzó a abuchearlo, primero con timidez y después ya con improperios, Los acompañantes de Domingo, perfectamente identificables por estar junto a él, estaban tan avergonzados que ya no sabían donde meterse. De buena gana se hubieran marchado, pero el abarrote era tan grande que no tenían por donde escapar sin provocar una hecatombe.
Pero Domingo seguía en sus trece. Estaba empeñado, por algún oscuro motivo, en acabar con la carrera artística de Andrés Pajares y no tenía previsto claudicar.
Entonces ocurrió lo inesperado. Jaime, el novio, estaba tan desesperado que no pudo resistir más y se lanzó a por Domingo como una fiera. Consiguió agarrarlo por la pechera, y tras perder el equilibrio ambos rodaron por las escaleras, provocando un efecto dominó con los espectadores que había sentados en las escaleras, que se llevó por delante a todo bicho viviente, provocando un espantoso tumulto.
Aquel escándalo fue la espoleta definitiva para interrumpir la función. Las más de trescientas personas que habían pagado su localidad querían, con toda la razón, asesinar a Domingo, que una vez superada la fase más crítica de la trompa que llevaba, comenzó a verle las orejas al lobo, y procedió a recular protegido por sus acompañantes, quienes tuvieron que hacer de tripas corazón para impedir que el resto de los espectadores se tomasen la justicia por su mano, cosa que ellos mismos estaban tentados a hacer.
Tras algunos apuros, consiguieron finalmente ganar la calle. Una vez en la puerta, Domingo se dio la vuelta con dignidad y dijo a voz en grito, ante la admiración de propios y extraños:
-¡Como no me pidan perdón, no vuelvo a poner los pies en este local!
La noche continuó deambulando por esos locales que nunca tienen prisa por cerrar. Amanecía cuando, exhaustos, Alberto y Pardiñas entraron en la habitación de la pensión de la calle Arenal, que compartían con Pistones, que a aquella hora llevaba un buen rato durmiendo, tal y como reflejaban los sonoros ronquidos que emitía. Pese a lo avanzado –o temprano, según se mire- de la hora, y el cansancio acumulado, aun hubo tiempo para que Alberto, indignado por la actuación de Pistones durante el convite nupcial, lo despertara para llamarle la atención, lo que degeneró en un conato de pelea que no llegó a mayores.
Durmieron hasta bien entrada la tarde. Habían decidido marchar ese mismo día, y Pardiñas, mientras los otros hacían la maleta, decidió hacer una gestión que tenía pendiente, aprovechando el viaje a Madrid, y quedaron de verse a las diez de la noche en la puerta de la pensión, en plena acera. Allí estaba Alberto como un clavo, y clavado permaneció durante más de dos horas, completamente solo –Pistones, que debió olerse la tostada, se había evaporado como el humo, y de Domingo y su novia, ni rastro, aunque éstos no iban a marchar con ellos, ya que se iban a quedar un par de días más en Madrid-.
Al sereno del barrio le llamó la atención verle allí durante tanto tiempo con las maletas al lado, así que le preguntó si lo que quería era entrar en la pensión, y tuvo que explicarle que no, que lo que pretendía era precisamente lo contrario, pero que el amigo al que estaba esperando era un informal y un cantamañanas, que lo había dejado plantado. Al verle tan angustiado, el vigilante nocturno sintió lástima por él y decidió acompañarle y darle un poco de conversación para aliviarle la soledad mientras no aparecía su amigo; durante la charla, Alberto le explicó que la persona que esperaba era cliente habitual de la pensión, y por los datos que le dio, el sereno, beneficiario de buenas propinas por parte de Pardiñas, le identificó al momento.
-Pero si ese que me dice usted es don Jesús. Pues no se preocupe, si don Jesús le dijo que venía, es que viene. Es un auténtico caballero-
Cerca de la una de la mañana, Pardiñas aparcó delante de Alberto, sin percatarse de que éste lo fulminaba con la mirada. El sereno acudió solícito a abrirle la puerta del coche, previendo una gratificación que no llegó, dado el depauperado estado de las arcas de “don Jesús”.
Pese a ello, al descender del vehículo, lo saludó solícitamente:
-Don Jesús, que alegría verle de nuevo por aquí- y dirigiéndose a Alberto, le dijo:
-Ya se lo dije yo. Si don Jesús le dice que viene, es que viene-
Alberto, rebosante de indignación, le contestó:
-¿Ese es don Jesús? ¡Ese lo que es, es don Mierda!-
La única satisfacción, ciertamente morbosa, que le quedaba a Alberto, era que Pistones aun no había dado señales de vida, y se iba a quedar en tierra, pero su gozo en un pozo. Cuando se habían montado en el coche y Pardiñas estaba girando la llave para arrancar, le vieron aparecer por la esquina de la Puerta del Sol, corriendo como un gamo.
Durante el viaje de vuelta, que fue realizado de un tirón, nadie abrió la boca. Alberto, porque estaba enfadado con los otros dos, Pardiñas porque no tenía ganas de aguantar el mosqueo de Alberto, y Pistones, porque había hecho tantas en tan poco tiempo, que presumía que a la más mínima, esta vez sí, se quedaba en tierra.
UN ERROR DE CALCULO
Nadie me mandó. Puede que fuera la suerte o cualquier otra clase de los numerosos imponderables que tiene la vida, pero lo cierto es que no puedo culpar a nadie de lo que me ocurrió.
Llevaba casi una semana sin evacuar, No es que tuviera molestias, salvo una casi imperceptible inflamación en el vientre, pero estaba preocupado, y algo de mis inquietudes debía exteriorizar, porque mi amigo Paco acabó advirtiéndolo.
-Te noto muy pensativo ¿te ocurre algo?-
- Que va, no es nada. Solo que estoy algo incómodo, porque hace unos cuantos días que no hago de vientre. Precisamente iba a acercarme hasta la farmacia para que me dieran algún laxante-
-¿Laxante, dices? no vayas a la farmacia, que te digo yo un remedio infalible. Te vas al Café Principal y pides un cafelito bien cargado. Eso sí, tómatelo cerca del servicio-
El consejo, aunque me pareció exagerado, no cayó en saco roto, máxime cuando ese día se extinguió sin que mi capacidad evacuadora hiciese acto de aparición. Al día siguiente, nada más levantarme, salí de mi casa en ayunas con rumbo al café Principal, del que distaban poco más de cien metros. Entré en el local, me acerqué a la barra y la dueña se acercó a atenderme solícitamente.
-Póngame un café solo doble. Bien cargado- pedí, tajante, tratando de no dejar flecos sueltos, con la firme decisión de solucionar mi problema de una vez por todas.
Al cabo de medio minuto tenía ante mí, humeante, un tazón lleno a rebosar con el negro y aromático elixir.
Se me hizo eterna la espera hasta que la hirviente temperatura del brebaje descendió, haciéndolo asumible para poder ingerirlo sin grave riesgo de quemadura en mi aparato digestivo.
Me lo tomé casi de penalti. Tan pronto como el último sorbo reposó en el fondo de mi estómago, me pareció notar un retortijón, pero lo achaqué a un espejismo provocado por la impaciencia de verme aliviado definitivamente.
Craso error, porque casi al instante la convulsión interna se repitió, y eso fue el inicio de una serie de espasmos en cadena que hicieron que me percatase de que la liberación de la aflicción que había sufrido en los últimos días era inminente.
Miré hacia mi derecha, y el rótulo de WC que había sobre una puerta tuvo sobre mí el mismo efecto que una tabla de salvación para un náufrago. Con paso firme, entre esperanzado y nervioso, abandoné la barra del local para dirigirme a mi providencial destino.
Abrí la puerta y mi gozo en un pozo, nunca tan bien dicho. El inodoro que esperaba mi ofrenda era del modelo arcaico, el de agacharse, al que muchos llaman 111 en un intento bastante acertado de simbolismo gráfico. No podía permitir que un momento tan anhelado se frustrase por elegir un lugar inadecuado para un acto que las circunstancias habían convertido en casi místico. Decidí descartarlo, al fin y al cabo mi casa estaba a dos minutos de allí.
Tras abonar el café, salí del establecimiento y enfilé hacia mi casa. No habían transcurrido 50 metros cuando comencé a darme cuenta de que la situación había pasado de delicada a desesperada. Hice un amago de dar la vuelta y volver al incómodo, pero seguro, retrete del café, pero finalmente, pensando que estaba casi a mitad de camino, me incliné por proseguir mi camino a casa.
A medida que avanzaba, la urgencia se iba transformando en emergencia, pero al mismo tiempo, cada vez veía la salvación más próxima. Cuando me quedaban unos veinte metros para alcanzar el portal de mi domicilio, sentía en mi interior el apremio de mis necesidades, pero tenía la seguridad de que iba a alcanzar mi objetivo. Un retortijón mayor que los que había sentido hasta ese momento hizo que las dudas me invadiesen, pero todavía creía en el milagro de llegar sano y salvo a la taza del inodoro.
Ya me consideraba vencedor en el duelo a muerte entre el triunfo, que consistía en alcanzar a tiempo mi objetivo, y el fracaso de pasar la vergüenza y el oprobio de hacérmelo en plena calle, cuando, casi a punto de empuñar el pomo de la puerta de entrada de mi edificio, una potente voz hizo que me detuviese.
-¡Hombre, a ti te quería ver yo!-
¡Joder! Era Ricardo. Si a alguien no quería ver en ese momento era a Ricardo. Era buen amigo y mejor persona, pero también el tío más plasta que te pudieras encontrar como mínimo en cien kilómetros a la redonda. Para más inri, las virtudes mencionadas superaban con mucho a sus defectos, circunstancia que minaba mi moral, impidiéndome despedirlo con cualquier exabrupto. Estaba entre la espada y la pared.
Afortunadamente, el motivo del abordaje era una cena que Ricardo estaba organizando para el sábado siguiente, y conseguí sacármelo de encima aceptando de inmediato y sin ningún tipo de negociación el menú, el restaurante y hasta el precio del cubierto.
Casi podía tocar la puerta con la punta de los dedos, cuando mis ojos se posaron en el cristal que tenía enfrente, donde se estaba reflejando un individuo semidoblado, con los muslos apretados y cara de susto, y fue en ese momento cuando mi sentido del humor me traicionó de forma inicua: el ataque de risa que me sobrevino fue el que me derrotó definitivamente.
Dos minutos después, el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo. Bueno, no solo sobre mi cuerpo, porque entré en la bañera incluso con los zapatos puestos.
Llevaba casi una semana sin evacuar, No es que tuviera molestias, salvo una casi imperceptible inflamación en el vientre, pero estaba preocupado, y algo de mis inquietudes debía exteriorizar, porque mi amigo Paco acabó advirtiéndolo.
-Te noto muy pensativo ¿te ocurre algo?-
- Que va, no es nada. Solo que estoy algo incómodo, porque hace unos cuantos días que no hago de vientre. Precisamente iba a acercarme hasta la farmacia para que me dieran algún laxante-
-¿Laxante, dices? no vayas a la farmacia, que te digo yo un remedio infalible. Te vas al Café Principal y pides un cafelito bien cargado. Eso sí, tómatelo cerca del servicio-
El consejo, aunque me pareció exagerado, no cayó en saco roto, máxime cuando ese día se extinguió sin que mi capacidad evacuadora hiciese acto de aparición. Al día siguiente, nada más levantarme, salí de mi casa en ayunas con rumbo al café Principal, del que distaban poco más de cien metros. Entré en el local, me acerqué a la barra y la dueña se acercó a atenderme solícitamente.
-Póngame un café solo doble. Bien cargado- pedí, tajante, tratando de no dejar flecos sueltos, con la firme decisión de solucionar mi problema de una vez por todas.
Al cabo de medio minuto tenía ante mí, humeante, un tazón lleno a rebosar con el negro y aromático elixir.
Se me hizo eterna la espera hasta que la hirviente temperatura del brebaje descendió, haciéndolo asumible para poder ingerirlo sin grave riesgo de quemadura en mi aparato digestivo.
Me lo tomé casi de penalti. Tan pronto como el último sorbo reposó en el fondo de mi estómago, me pareció notar un retortijón, pero lo achaqué a un espejismo provocado por la impaciencia de verme aliviado definitivamente.
Craso error, porque casi al instante la convulsión interna se repitió, y eso fue el inicio de una serie de espasmos en cadena que hicieron que me percatase de que la liberación de la aflicción que había sufrido en los últimos días era inminente.
Miré hacia mi derecha, y el rótulo de WC que había sobre una puerta tuvo sobre mí el mismo efecto que una tabla de salvación para un náufrago. Con paso firme, entre esperanzado y nervioso, abandoné la barra del local para dirigirme a mi providencial destino.
Abrí la puerta y mi gozo en un pozo, nunca tan bien dicho. El inodoro que esperaba mi ofrenda era del modelo arcaico, el de agacharse, al que muchos llaman 111 en un intento bastante acertado de simbolismo gráfico. No podía permitir que un momento tan anhelado se frustrase por elegir un lugar inadecuado para un acto que las circunstancias habían convertido en casi místico. Decidí descartarlo, al fin y al cabo mi casa estaba a dos minutos de allí.
Tras abonar el café, salí del establecimiento y enfilé hacia mi casa. No habían transcurrido 50 metros cuando comencé a darme cuenta de que la situación había pasado de delicada a desesperada. Hice un amago de dar la vuelta y volver al incómodo, pero seguro, retrete del café, pero finalmente, pensando que estaba casi a mitad de camino, me incliné por proseguir mi camino a casa.
A medida que avanzaba, la urgencia se iba transformando en emergencia, pero al mismo tiempo, cada vez veía la salvación más próxima. Cuando me quedaban unos veinte metros para alcanzar el portal de mi domicilio, sentía en mi interior el apremio de mis necesidades, pero tenía la seguridad de que iba a alcanzar mi objetivo. Un retortijón mayor que los que había sentido hasta ese momento hizo que las dudas me invadiesen, pero todavía creía en el milagro de llegar sano y salvo a la taza del inodoro.
Ya me consideraba vencedor en el duelo a muerte entre el triunfo, que consistía en alcanzar a tiempo mi objetivo, y el fracaso de pasar la vergüenza y el oprobio de hacérmelo en plena calle, cuando, casi a punto de empuñar el pomo de la puerta de entrada de mi edificio, una potente voz hizo que me detuviese.
-¡Hombre, a ti te quería ver yo!-
¡Joder! Era Ricardo. Si a alguien no quería ver en ese momento era a Ricardo. Era buen amigo y mejor persona, pero también el tío más plasta que te pudieras encontrar como mínimo en cien kilómetros a la redonda. Para más inri, las virtudes mencionadas superaban con mucho a sus defectos, circunstancia que minaba mi moral, impidiéndome despedirlo con cualquier exabrupto. Estaba entre la espada y la pared.
Afortunadamente, el motivo del abordaje era una cena que Ricardo estaba organizando para el sábado siguiente, y conseguí sacármelo de encima aceptando de inmediato y sin ningún tipo de negociación el menú, el restaurante y hasta el precio del cubierto.
Casi podía tocar la puerta con la punta de los dedos, cuando mis ojos se posaron en el cristal que tenía enfrente, donde se estaba reflejando un individuo semidoblado, con los muslos apretados y cara de susto, y fue en ese momento cuando mi sentido del humor me traicionó de forma inicua: el ataque de risa que me sobrevino fue el que me derrotó definitivamente.
Dos minutos después, el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo. Bueno, no solo sobre mi cuerpo, porque entré en la bañera incluso con los zapatos puestos.
domingo, 7 de marzo de 2010
EL PROYECTO IMPOSIBLE
PRIMERA PARTE
En febrero de 2003 presenté en un ayuntamiento de La provincia de La Coruña un proyecto relativo a la construcción de tres viviendas más bajo cubierta y local comercial en una localidad de dicho ayuntamiento, para edificar en un solar de mi propiedad. Por estar en vías de aprobación el nuevo plan urbanístico no me lo recogieron hasta julio de ese año, sin admitirlo, toda vez que en base al nuevo plan debía incluir una serie de modificaciones en el bajo cubierta que limitaban bastante la superficie de éste, por lo que decidí modificar el proyecto, ampliando el número de viviendas a siete, para lo que incluí un solar anejo, también de mi propiedad. Dicho proyecto fue presentado en el ayuntamiento en febrero de 2004, pagando las tasas correspondientes.
Por estar ubicada la obra en zona protegida -entorno de una iglesia y un Pazo considerados de alto interés patrimonial-, el proyecto debía contar con el visto bueno de la Delegación de Patrimonio histórico-artístico. El ayuntamiento me solicitó un estudio de detalle relativo a los voladizos, que fue aprobado a finales de julio 2004. Con posterioridad, el propio ayuntamiento, a través de su aparejadora me dijo, de palabra, que Patrimonio no admitía la existencia de dichos voladizos –pese a estar dentro de la ley- y que para que el proyecto pudiera salir adelante, debía renunciar al estudio de detalle. Actuando con toda mi buena fe, firmé una carta de renuncia, contando con que con ello se acabarían las trabas y podría empezar a edificar.
Pero por otra parte, el ayuntamiento me comunicó –verbalmente, como siempre- que para que la obra siguiese adelante debía incluir en el proyecto la superficie de un galpón de 5,29 m2 que está anejo al segundo solar incluido en el proyecto, y que es propiedad de unos vecinos, para lo cual debía hacerme con esa propiedad. Dicho galpón consta de bajo y un piso superior. El bajo está dividido en dos, una parte de unos 2 m2, que utilizan los propietarios como despensa, y el resto se viene utilizando desde tiempos inmemoriales para el servicio de mi casa. La misma circunstancia concurre con el piso superior, a la que solo hay acceso desde mi casa y se viene utilizando como cuarto de baño de la misma.
Traté de comprar dicho galpón a los vecinos, pero se negaron a venderlo aduciendo que lo necesitaban. Entonces negocié una permuta, que consistía en cambiar el galpón por un trozo de bajo completamente terminado del futuro edificio, de superficie sin concretar. Aceptaron la posibilidad de dicha permuta, y a instancias mías –bajo ningún concepto quería que se sintiesen engañados- hablaron con la aparejadora del ayuntamiento de Laracha para informarse convenientemente.
Según me informaron los propietarios con posterioridad, mientras se encontraban haciendo antesala a la espera de la entrevista, un señor al que no conocían pero indudablemente perteneciente al funcionariado del Ayuntamiento, les preguntó por quien esperaban. Al decirles que por la aparejadora, quiso saber de que asunto se trataba, y se lo explicaron. Como quiera que justo en ese momento la aparejadora quedó libre, les acompañó al despacho, y cuando la técnica informó de la situación, este señor, actuando como consejero aparentemente gratuito, les recomendó que pidieran a cambio del galpón la totalidad del bajo del futuro edificio –unos 90 m2-. Por la descripción que me dieron de esa persona, es indudable que se trataba del secretario del ayuntamiento, aunque desconozco los motivos que le movieron a una actuación tan poco ética. Puedo imaginarlos, por comentarios que oí posteriormente sobre su persona y su peculiar manera de cobrar favores, pero carezco de prueba alguna de ello. Ante tal injerencia, los propietarios, pese a manifestarme que consideraban desproporcionada tamaña petición, decidieron contratar un perito para ver lo que podían sacar de provecho.
Dicho perito se desplazó a la localidad que nos ocupa y, sin molestarse siquiera en efectuar una medición, calculó “a ojo de buen cubero” que el galpón tendría una superficie de 7 m2, y les dijo que como eran 7 metros pidieran a cambio una superficie del bajo de 7 por 7 m., es decir, 49 metros cuadrados. Y se quedó tan tranquilo.
Yo no estaba presente cuando se produjo esa situación, y como cuando me lo indicaron los propietarios me pareció una petición realmente absurda, llegué a pensar incluso que se trataba de un error, por lo que me dijeron que si quería aclararlo me entrevistara con el perito. Así lo hice, y ante mi incredulidad, me confirmó la alucinante petición, y cuando le pregunté en que se había basado para hacerla, me indicó que se basaba en que sin ese galpón yo no podría construir. Aparte de hacer referencia a que si para llegar a esa conclusión había tenido que hacer algún master, le contesté que no me explicaba como no me pedía la totalidad del bajo, o quizás algún piso.
Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo razonable, decidí renunciar al proyecto de los dos solares y retomar el proyecto inicial. Los propietarios del galpón siguen metiendo en el espacio que utilizan sus patatas y sus cebollas en lugar de tener un local de quince metros cuadrados, en el que podrían disponer de, por ejemplo, bodega y garaje, o incluso un pequeño local de negocio, pero bueno, ellos están en su derecho a negarse a negociar con lo que es suyo, que yo la propiedad privada la respeto.
SEGUNDA PARTE
En abril de 2005 presenté el nuevo proyecto. Tras esperar un tiempo más que prudencial, telefoneé a la aparejadora en Julio. Estaba de vacaciones, así que, dado que el Ayuntamiento de Laracha es uno de los pocos centros de trabajo en los que cuando el personal marcha de vacaciones, las tareas pendientes también descansan hasta su vuelta, tuve que esperar hasta primeros de agosto para enterarme de cómo evolucionaba el asunto.
Me dijo que había revisado el proyecto antes de las vacaciones y que había que hacer unas modificaciones. Ya había intentado ponerse en contacto conmigo entonces, pero no lo consiguió. Mis teléfonos fijo y móvil obraban en el expediente, pero por algún misterio de las nuevas tecnologías le fue imposible localizarme.
Me instó a agilizar las modificaciones necesarias, porque tenía que informar a Patrimonio y lo necesitaba. Yo, aunque ciertamente perplejo, actué con toda la diligencia de la que fui capaz. Contacté con mi arquitecto, éste a su vez con la aparejadora del ayuntamiento, y a los 15 días el asunto estaba solventado. O eso creía yo, puesto que la técnica me dijo que así era.
Ahora solo quedaba enviar el informe a Patrimonio. Recuérdese que estamos en mitad de agosto. Y que según la aparejadora era urgente. De alguna manera dejó de serlo, porque el informe entró en patrimonio a mediados de enero del siguiente año 2006.
Tras lidiar con Patrimonio, cosa que puedo jurar que no es fácil, conseguí que resolvieran favorablemente en abril. Para ello, como resulta obvio, tuve que puentear descaradamente al ayuntamiento.
Llegado a este punto, estaba harto. Tuve algunas ofertas de permuta y acepté una de ellas en junio de 2006, suponiendo que los responsables de la empresa con la que llegué a un acuerdo, como profesionales que son de la construcción, agilizarían los escasos trámites que quedaban. Craso error.
Tras toparse con los problemas burocráticos habituales (vacaciones, semiparalización de actividades en agosto, etc), apareció un nuevo problema -o viejo, según se mire-. El proyecto de derribo que se presentó con el proyecto inicial había caducado. Había que hacer uno nuevo, y presentarlo en Patrimonio. Vuelta a empezar. Patrimonio resolvió favorablemente y el ayuntamiento otorgó la licencia de demolición a finales de diciembre de 2006; los constructores así me lo dijeron, e incluso manifestaron que la aparejadora les había dicho que si querían podían proceder al derribo, porque no iba a haber problema alguno para aprobar la licencia de construcción del nuevo edificio, hecho que se produciría en el pleno del concello del 19 de enero.
Con buen criterio –excelente criterio, diría yo- los constructores y yo decidimos conjuntamente no derribar antes de tener permiso para edificar, sobre todo teniendo en cuenta que siempre aparecía alguna nueva incidencia que entorpecía la marcha normal del asunto. Tampoco esta vez hubo excepción. Parece ser, y digo parece ser porque a mi no me llegó constancia de ello, que las famosas modificaciones de agosto de 2005 no se habían llevado a cabo al completo por parte del arquitecto, y que la aparejadora iba a informar negativamente al pleno, salvo que finalmente se llevaran a cabo las modificaciones.
Así se hizo, y por fin en febrero de 2007, ya estaba todo solucionado. Todo? no, porque tras diversos atrasos de la aparejadora alegando falta de tiempo –supongo que lo que respecta a mi proyecto la técnica no debe considerarlo parte de su trabajo- y así transcurrieron los meses de marzo y abril sin que el proyecto entrase en el pleno del ayuntamiento.
Y entramos en mayo. Tras no incluirlo en el pleno del dia 4, prometió que el día 18 entraría con total seguridad. En este caso hubo cierto suspense, porque, aunque parezca increíble, no hubo forma de ponerse en contacto con ella hasta el día 23, en que dijo que tampoco había tenido tiempo, y que con posterioridad comprobó que todavía quedaba una nueva deficiencia por subsanar, y es que en sus anteriores revisiones del proyecto no se había percatado de que las medidas de los tendederos no se ajustaban a las autorizadas.
Por fin, el día 1 de julio se me concedió la ansiada licencia. La primera petición con la que se descolgó el ayuntamiento, nuevamente de forma verbal –que así nadie se compromete- fue que no empezara el derribo hasta el mes de setiembre, después de las fiestas patronales, debido a la afluencia de veraneantes en julio y agosto y la de romeros durante la celebración de dichas fiestas. Accedí, dando otra muestra de buena fe, pese a que el plazo que ellos mismos me habían concedido para iniciar la obra prescribía el 1 de setiembre.
Pasé un verano tranquilo, considerando que ya había superado las cribas con el Ayuntamiento y Patrimonio, dos huesos duros de roer. Pero aun me quedaba un tercero, con el que ni por asomo contaba: ni más ni menos que Unión FENOSA. Para que les voy a contar. La fachada de mi casa soporta todo cuanto cable eléctrico circula por el pueblo, para lo cual nadie jamás me ha pedido permiso ni a mí ni a ninguno de mis predecesores en la propiedad del inmueble, aunque la recíproca ya es otra cosa, y claro, para poder iniciar el derribo había que separarlos de la fachada y colocar unos postes para que los soportaran.
El 10 de setiembre, después de dar de baja mi contador y solicitar el pertinente permiso para que la fachada quedara libre de cableado, me encuentro con que no es tan fácil, porque el ayuntamiento se niega a que se instalen los postes, toda vez que el propio ayuntamiento había instalado hacía un par de años un cableado subterráneo, y justo se acordó de reclamárselo a FENOSA cuando a mí se me ocurre tirar la casa. Casualidades de la vida. Si no es por joder, que alguien me lo aclare. Tras varios dimes y diretes entre los dos organismos, conmigo en medio, claro está, se descubre que la instalación subterránea que mandó hacer el ayuntamiento es un desastre, porque la empresa instaladora olvidó hacer una arqueta para la toma de tierra que es indispensable para que aquello funcione, con lo que al Concello no le queda otra que ponerse colorado por su descontrol en las obras, y acceder a la instalación de los postes. A todo esto ya estamos a mediados de octubre (y yo con estos pelos).
Ahora le toca a FENOSA mover ficha. Y en eso estamos.
Por otra parte, como parte paralela de esta rocambolesca historia, aparecen los vecinos. Supongo que hay muchos a los que yo haga con mis propiedades y sin perjudicar a nadie, les da exactamente igual, pero hay otros que deben tener tan pocas cosas que hacer, que están más preocupados de que les vaya mal al vecino que bien a ellos.
Sus protestas se fundamentan en que lo que se va a hacer es una aberración urbanística que va a romper el entorno –como si los restantes edificios construidos de varias alturas, mayoritarios en le plaza, no lo rompieran ya-.
Si fuera mal pensado, que no lo soy, llegaría a la conclusión de que lo que realmente les afecta en ambos casos es que el edificio que se va a construir les quitará vista, y casi me alegraría de que así fuera, porque al menos sería indicativo de que no son estúpidos, que es el caso de los que tratan de causar daño a otra persona sin obtener a cambio ningún provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio, y pasan a la categoría de malvados, que son los que logran beneficios de este tipo de actos. Y la verdad, de tener que elegir prefiero tener vecinos malos que tontos, que los tontos son todavía más peligrosos.
Y me queda un último pensamiento. Puesto que el solar figura a mi nombre en el Registro de la Propiedad, pero sin embargo Ayuntamiento, Patrimonio, FENOSA y algunos vecinos tienen tanta vela o más que yo en este entierro ¿alguien puede decirme si me van a ayudar a pagar la contribución?
TERCERA PARTE
Como se recordará, hay una petición a FENOSA pendiente desde el 10 de setiembre para que retire los cables de la fachada, y no solo eso sino que hubo que apoquinar 2000 eurazos, porque FENOSA, lógicamente, no va a cargar con unos gastos de un trabajo en el que no tiene responsabilidad (o tal vez sería más exacto decir que no le reporta ningún beneficio).
El miércoles 24 de Octubre, un representante de la empresa eléctrica alega que todavía no tuvieron tiempo de hacer el trabajo, pero promete que el día 31 del mismo mes aquello estará hecho. Debió decirlo con buena intención, porque el lunes 29 aparecieron por allí una cuadrilla de operarios de una empresa auxiliar de FENOSA, que con gran ánimo se pusieron a cavar un agujero, se supone que para proceder a instalar un poste que no se veía por ningún sitio, pero cabe suponer que éstos eran los del agujero, y luego vendrían los del poste, y finalmente los que les correspondía desenganchar los cables. Yo no estaba, pero testigos presenciales fiables me dijeron que tan pronto como terminaron, y tras realizar varias llamadas por el móvil no se sabe muy bien a quien (está claro que hemos pasado directamente de la España de charanga y pandereta a la España del Mancontro), recogieron sus bártulos y se marcharon de allí tan rápido como habían venido. Pero bueno, no tengo por que criticarlos siendo como fueron un ejemplo de profesionalidad, porque los del poste y los cables no se dignaron a aparecer por allí. Me queda la duda si todos pertenecen a la misma compañía o bien son de diferentes empresas cada una con su especialización, a saber, -y que se me disculpe la reiteración- agujero, poste y cables.
El 2 de noviembre, el constructor que va a realizar la obra, se presentó en las oficinas de FENOSA para pedir explicaciones al autor de la promesa de que iba a hacerse todo antes del 31 de octubre, pero éste no pudo aclararle nada porque la empresa auxiliar a la que se le había encargado el trabajo, estaba cerrada porque habían hecho puente. Finalmente el trabajo se hizo.
Bueno, pues ahora ya estaba solucionado, por fin, y la obra podía comenzar. Ah, pero la crisis era otro obstáculo que habría que salvar ¡y menudo obstáculo!
El constructor, todavía no sé si con malicia o sin ella, pero me inclino a pensar en lo primero, llevó a cabo el derribo del edificio a finales de noviembre, indicando que los trabajos de construcción del nuevo edificio se iniciarían tras el puente de la Constitución.
Pero empezaron a pasar los días y los trabajos no se iniciaban, y empezaron a surgir las disculpas: que si antes de nada había que hacer un estudio geológico del terreno y la empresa que lo iba a hacer tenía a sus operarios en Madrid, que si Diciembre era prácticamente época vacacional, etc. Me prometió que después de Reyes se iniciaría la obra y no tuve más remedio que aceptar, aunque ya con la mosca detrás de la oreja.
Tal y como intuía, pasó la festividad de Reyes y se hizo el famoso estudio geológico, pero nada más. Puesto en contacto con el constructor, me dijo que era cuestión de pocos días, porque estaba manteniendo contactos con un banco para lograr la financiación. Me quedé estupefacto. El propio constructor siempre había mantenido que poseía recursos propios para poder realizar la obra. Así se lo recordé y me dijo que como tenía facilidad para conseguir financiación, había invertido el dinero que pensaba destinar a la obra en la compra una propiedad, y aunque ahora se habían complicado un poco las cosas por la crisis, estaba pendiente que le autorizasen el préstamo, lo que ocurriría en breves fechas. Cualquiera puede imaginar como me sentí al oir aquello, y lo que le dije.
A partir de entonces, prometió mantenerme al corriente, pero en esos momentos, finales de enero de 2008, ya se veía claramente que rehuía contactar conmigo. Pese a que cada vez que lo llamaba ponía alguna disculpa poco admisible sobre los motivos por los que se prolongaba la espera y prometía llamarme a principios de semana, era yo el que tenía que volver a llamarlo y me contestaba que justo lo llamé en el momento en que iba a hacerlo él.
Pues bien, ya estamos en marzo de 2010, y continúo siendo propietario de un hermoso solar. La última promesa del constructor, efectuada hace pocos días, emplaza el inicio de la obra para mediados de este mes. Como es de suponer, volverá a incumplirla y me obligará a volver a la carga, pero al menos me da argumentos para continuar escribiendo esta historia kafkiana, , pero al menos me da argumentos para continuar escribiendo esta historia kafkiana, que si no hubiera sucedido mi imaginación jamás sería lo suficientemente fecunda para conseguir inventarla.
En febrero de 2003 presenté en un ayuntamiento de La provincia de La Coruña un proyecto relativo a la construcción de tres viviendas más bajo cubierta y local comercial en una localidad de dicho ayuntamiento, para edificar en un solar de mi propiedad. Por estar en vías de aprobación el nuevo plan urbanístico no me lo recogieron hasta julio de ese año, sin admitirlo, toda vez que en base al nuevo plan debía incluir una serie de modificaciones en el bajo cubierta que limitaban bastante la superficie de éste, por lo que decidí modificar el proyecto, ampliando el número de viviendas a siete, para lo que incluí un solar anejo, también de mi propiedad. Dicho proyecto fue presentado en el ayuntamiento en febrero de 2004, pagando las tasas correspondientes.
Por estar ubicada la obra en zona protegida -entorno de una iglesia y un Pazo considerados de alto interés patrimonial-, el proyecto debía contar con el visto bueno de la Delegación de Patrimonio histórico-artístico. El ayuntamiento me solicitó un estudio de detalle relativo a los voladizos, que fue aprobado a finales de julio 2004. Con posterioridad, el propio ayuntamiento, a través de su aparejadora me dijo, de palabra, que Patrimonio no admitía la existencia de dichos voladizos –pese a estar dentro de la ley- y que para que el proyecto pudiera salir adelante, debía renunciar al estudio de detalle. Actuando con toda mi buena fe, firmé una carta de renuncia, contando con que con ello se acabarían las trabas y podría empezar a edificar.
Pero por otra parte, el ayuntamiento me comunicó –verbalmente, como siempre- que para que la obra siguiese adelante debía incluir en el proyecto la superficie de un galpón de 5,29 m2 que está anejo al segundo solar incluido en el proyecto, y que es propiedad de unos vecinos, para lo cual debía hacerme con esa propiedad. Dicho galpón consta de bajo y un piso superior. El bajo está dividido en dos, una parte de unos 2 m2, que utilizan los propietarios como despensa, y el resto se viene utilizando desde tiempos inmemoriales para el servicio de mi casa. La misma circunstancia concurre con el piso superior, a la que solo hay acceso desde mi casa y se viene utilizando como cuarto de baño de la misma.
Traté de comprar dicho galpón a los vecinos, pero se negaron a venderlo aduciendo que lo necesitaban. Entonces negocié una permuta, que consistía en cambiar el galpón por un trozo de bajo completamente terminado del futuro edificio, de superficie sin concretar. Aceptaron la posibilidad de dicha permuta, y a instancias mías –bajo ningún concepto quería que se sintiesen engañados- hablaron con la aparejadora del ayuntamiento de Laracha para informarse convenientemente.
Según me informaron los propietarios con posterioridad, mientras se encontraban haciendo antesala a la espera de la entrevista, un señor al que no conocían pero indudablemente perteneciente al funcionariado del Ayuntamiento, les preguntó por quien esperaban. Al decirles que por la aparejadora, quiso saber de que asunto se trataba, y se lo explicaron. Como quiera que justo en ese momento la aparejadora quedó libre, les acompañó al despacho, y cuando la técnica informó de la situación, este señor, actuando como consejero aparentemente gratuito, les recomendó que pidieran a cambio del galpón la totalidad del bajo del futuro edificio –unos 90 m2-. Por la descripción que me dieron de esa persona, es indudable que se trataba del secretario del ayuntamiento, aunque desconozco los motivos que le movieron a una actuación tan poco ética. Puedo imaginarlos, por comentarios que oí posteriormente sobre su persona y su peculiar manera de cobrar favores, pero carezco de prueba alguna de ello. Ante tal injerencia, los propietarios, pese a manifestarme que consideraban desproporcionada tamaña petición, decidieron contratar un perito para ver lo que podían sacar de provecho.
Dicho perito se desplazó a la localidad que nos ocupa y, sin molestarse siquiera en efectuar una medición, calculó “a ojo de buen cubero” que el galpón tendría una superficie de 7 m2, y les dijo que como eran 7 metros pidieran a cambio una superficie del bajo de 7 por 7 m., es decir, 49 metros cuadrados. Y se quedó tan tranquilo.
Yo no estaba presente cuando se produjo esa situación, y como cuando me lo indicaron los propietarios me pareció una petición realmente absurda, llegué a pensar incluso que se trataba de un error, por lo que me dijeron que si quería aclararlo me entrevistara con el perito. Así lo hice, y ante mi incredulidad, me confirmó la alucinante petición, y cuando le pregunté en que se había basado para hacerla, me indicó que se basaba en que sin ese galpón yo no podría construir. Aparte de hacer referencia a que si para llegar a esa conclusión había tenido que hacer algún master, le contesté que no me explicaba como no me pedía la totalidad del bajo, o quizás algún piso.
Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo razonable, decidí renunciar al proyecto de los dos solares y retomar el proyecto inicial. Los propietarios del galpón siguen metiendo en el espacio que utilizan sus patatas y sus cebollas en lugar de tener un local de quince metros cuadrados, en el que podrían disponer de, por ejemplo, bodega y garaje, o incluso un pequeño local de negocio, pero bueno, ellos están en su derecho a negarse a negociar con lo que es suyo, que yo la propiedad privada la respeto.
SEGUNDA PARTE
En abril de 2005 presenté el nuevo proyecto. Tras esperar un tiempo más que prudencial, telefoneé a la aparejadora en Julio. Estaba de vacaciones, así que, dado que el Ayuntamiento de Laracha es uno de los pocos centros de trabajo en los que cuando el personal marcha de vacaciones, las tareas pendientes también descansan hasta su vuelta, tuve que esperar hasta primeros de agosto para enterarme de cómo evolucionaba el asunto.
Me dijo que había revisado el proyecto antes de las vacaciones y que había que hacer unas modificaciones. Ya había intentado ponerse en contacto conmigo entonces, pero no lo consiguió. Mis teléfonos fijo y móvil obraban en el expediente, pero por algún misterio de las nuevas tecnologías le fue imposible localizarme.
Me instó a agilizar las modificaciones necesarias, porque tenía que informar a Patrimonio y lo necesitaba. Yo, aunque ciertamente perplejo, actué con toda la diligencia de la que fui capaz. Contacté con mi arquitecto, éste a su vez con la aparejadora del ayuntamiento, y a los 15 días el asunto estaba solventado. O eso creía yo, puesto que la técnica me dijo que así era.
Ahora solo quedaba enviar el informe a Patrimonio. Recuérdese que estamos en mitad de agosto. Y que según la aparejadora era urgente. De alguna manera dejó de serlo, porque el informe entró en patrimonio a mediados de enero del siguiente año 2006.
Tras lidiar con Patrimonio, cosa que puedo jurar que no es fácil, conseguí que resolvieran favorablemente en abril. Para ello, como resulta obvio, tuve que puentear descaradamente al ayuntamiento.
Llegado a este punto, estaba harto. Tuve algunas ofertas de permuta y acepté una de ellas en junio de 2006, suponiendo que los responsables de la empresa con la que llegué a un acuerdo, como profesionales que son de la construcción, agilizarían los escasos trámites que quedaban. Craso error.
Tras toparse con los problemas burocráticos habituales (vacaciones, semiparalización de actividades en agosto, etc), apareció un nuevo problema -o viejo, según se mire-. El proyecto de derribo que se presentó con el proyecto inicial había caducado. Había que hacer uno nuevo, y presentarlo en Patrimonio. Vuelta a empezar. Patrimonio resolvió favorablemente y el ayuntamiento otorgó la licencia de demolición a finales de diciembre de 2006; los constructores así me lo dijeron, e incluso manifestaron que la aparejadora les había dicho que si querían podían proceder al derribo, porque no iba a haber problema alguno para aprobar la licencia de construcción del nuevo edificio, hecho que se produciría en el pleno del concello del 19 de enero.
Con buen criterio –excelente criterio, diría yo- los constructores y yo decidimos conjuntamente no derribar antes de tener permiso para edificar, sobre todo teniendo en cuenta que siempre aparecía alguna nueva incidencia que entorpecía la marcha normal del asunto. Tampoco esta vez hubo excepción. Parece ser, y digo parece ser porque a mi no me llegó constancia de ello, que las famosas modificaciones de agosto de 2005 no se habían llevado a cabo al completo por parte del arquitecto, y que la aparejadora iba a informar negativamente al pleno, salvo que finalmente se llevaran a cabo las modificaciones.
Así se hizo, y por fin en febrero de 2007, ya estaba todo solucionado. Todo? no, porque tras diversos atrasos de la aparejadora alegando falta de tiempo –supongo que lo que respecta a mi proyecto la técnica no debe considerarlo parte de su trabajo- y así transcurrieron los meses de marzo y abril sin que el proyecto entrase en el pleno del ayuntamiento.
Y entramos en mayo. Tras no incluirlo en el pleno del dia 4, prometió que el día 18 entraría con total seguridad. En este caso hubo cierto suspense, porque, aunque parezca increíble, no hubo forma de ponerse en contacto con ella hasta el día 23, en que dijo que tampoco había tenido tiempo, y que con posterioridad comprobó que todavía quedaba una nueva deficiencia por subsanar, y es que en sus anteriores revisiones del proyecto no se había percatado de que las medidas de los tendederos no se ajustaban a las autorizadas.
Por fin, el día 1 de julio se me concedió la ansiada licencia. La primera petición con la que se descolgó el ayuntamiento, nuevamente de forma verbal –que así nadie se compromete- fue que no empezara el derribo hasta el mes de setiembre, después de las fiestas patronales, debido a la afluencia de veraneantes en julio y agosto y la de romeros durante la celebración de dichas fiestas. Accedí, dando otra muestra de buena fe, pese a que el plazo que ellos mismos me habían concedido para iniciar la obra prescribía el 1 de setiembre.
Pasé un verano tranquilo, considerando que ya había superado las cribas con el Ayuntamiento y Patrimonio, dos huesos duros de roer. Pero aun me quedaba un tercero, con el que ni por asomo contaba: ni más ni menos que Unión FENOSA. Para que les voy a contar. La fachada de mi casa soporta todo cuanto cable eléctrico circula por el pueblo, para lo cual nadie jamás me ha pedido permiso ni a mí ni a ninguno de mis predecesores en la propiedad del inmueble, aunque la recíproca ya es otra cosa, y claro, para poder iniciar el derribo había que separarlos de la fachada y colocar unos postes para que los soportaran.
El 10 de setiembre, después de dar de baja mi contador y solicitar el pertinente permiso para que la fachada quedara libre de cableado, me encuentro con que no es tan fácil, porque el ayuntamiento se niega a que se instalen los postes, toda vez que el propio ayuntamiento había instalado hacía un par de años un cableado subterráneo, y justo se acordó de reclamárselo a FENOSA cuando a mí se me ocurre tirar la casa. Casualidades de la vida. Si no es por joder, que alguien me lo aclare. Tras varios dimes y diretes entre los dos organismos, conmigo en medio, claro está, se descubre que la instalación subterránea que mandó hacer el ayuntamiento es un desastre, porque la empresa instaladora olvidó hacer una arqueta para la toma de tierra que es indispensable para que aquello funcione, con lo que al Concello no le queda otra que ponerse colorado por su descontrol en las obras, y acceder a la instalación de los postes. A todo esto ya estamos a mediados de octubre (y yo con estos pelos).
Ahora le toca a FENOSA mover ficha. Y en eso estamos.
Por otra parte, como parte paralela de esta rocambolesca historia, aparecen los vecinos. Supongo que hay muchos a los que yo haga con mis propiedades y sin perjudicar a nadie, les da exactamente igual, pero hay otros que deben tener tan pocas cosas que hacer, que están más preocupados de que les vaya mal al vecino que bien a ellos.
Sus protestas se fundamentan en que lo que se va a hacer es una aberración urbanística que va a romper el entorno –como si los restantes edificios construidos de varias alturas, mayoritarios en le plaza, no lo rompieran ya-.
Si fuera mal pensado, que no lo soy, llegaría a la conclusión de que lo que realmente les afecta en ambos casos es que el edificio que se va a construir les quitará vista, y casi me alegraría de que así fuera, porque al menos sería indicativo de que no son estúpidos, que es el caso de los que tratan de causar daño a otra persona sin obtener a cambio ningún provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio, y pasan a la categoría de malvados, que son los que logran beneficios de este tipo de actos. Y la verdad, de tener que elegir prefiero tener vecinos malos que tontos, que los tontos son todavía más peligrosos.
Y me queda un último pensamiento. Puesto que el solar figura a mi nombre en el Registro de la Propiedad, pero sin embargo Ayuntamiento, Patrimonio, FENOSA y algunos vecinos tienen tanta vela o más que yo en este entierro ¿alguien puede decirme si me van a ayudar a pagar la contribución?
TERCERA PARTE
Como se recordará, hay una petición a FENOSA pendiente desde el 10 de setiembre para que retire los cables de la fachada, y no solo eso sino que hubo que apoquinar 2000 eurazos, porque FENOSA, lógicamente, no va a cargar con unos gastos de un trabajo en el que no tiene responsabilidad (o tal vez sería más exacto decir que no le reporta ningún beneficio).
El miércoles 24 de Octubre, un representante de la empresa eléctrica alega que todavía no tuvieron tiempo de hacer el trabajo, pero promete que el día 31 del mismo mes aquello estará hecho. Debió decirlo con buena intención, porque el lunes 29 aparecieron por allí una cuadrilla de operarios de una empresa auxiliar de FENOSA, que con gran ánimo se pusieron a cavar un agujero, se supone que para proceder a instalar un poste que no se veía por ningún sitio, pero cabe suponer que éstos eran los del agujero, y luego vendrían los del poste, y finalmente los que les correspondía desenganchar los cables. Yo no estaba, pero testigos presenciales fiables me dijeron que tan pronto como terminaron, y tras realizar varias llamadas por el móvil no se sabe muy bien a quien (está claro que hemos pasado directamente de la España de charanga y pandereta a la España del Mancontro), recogieron sus bártulos y se marcharon de allí tan rápido como habían venido. Pero bueno, no tengo por que criticarlos siendo como fueron un ejemplo de profesionalidad, porque los del poste y los cables no se dignaron a aparecer por allí. Me queda la duda si todos pertenecen a la misma compañía o bien son de diferentes empresas cada una con su especialización, a saber, -y que se me disculpe la reiteración- agujero, poste y cables.
El 2 de noviembre, el constructor que va a realizar la obra, se presentó en las oficinas de FENOSA para pedir explicaciones al autor de la promesa de que iba a hacerse todo antes del 31 de octubre, pero éste no pudo aclararle nada porque la empresa auxiliar a la que se le había encargado el trabajo, estaba cerrada porque habían hecho puente. Finalmente el trabajo se hizo.
Bueno, pues ahora ya estaba solucionado, por fin, y la obra podía comenzar. Ah, pero la crisis era otro obstáculo que habría que salvar ¡y menudo obstáculo!
El constructor, todavía no sé si con malicia o sin ella, pero me inclino a pensar en lo primero, llevó a cabo el derribo del edificio a finales de noviembre, indicando que los trabajos de construcción del nuevo edificio se iniciarían tras el puente de la Constitución.
Pero empezaron a pasar los días y los trabajos no se iniciaban, y empezaron a surgir las disculpas: que si antes de nada había que hacer un estudio geológico del terreno y la empresa que lo iba a hacer tenía a sus operarios en Madrid, que si Diciembre era prácticamente época vacacional, etc. Me prometió que después de Reyes se iniciaría la obra y no tuve más remedio que aceptar, aunque ya con la mosca detrás de la oreja.
Tal y como intuía, pasó la festividad de Reyes y se hizo el famoso estudio geológico, pero nada más. Puesto en contacto con el constructor, me dijo que era cuestión de pocos días, porque estaba manteniendo contactos con un banco para lograr la financiación. Me quedé estupefacto. El propio constructor siempre había mantenido que poseía recursos propios para poder realizar la obra. Así se lo recordé y me dijo que como tenía facilidad para conseguir financiación, había invertido el dinero que pensaba destinar a la obra en la compra una propiedad, y aunque ahora se habían complicado un poco las cosas por la crisis, estaba pendiente que le autorizasen el préstamo, lo que ocurriría en breves fechas. Cualquiera puede imaginar como me sentí al oir aquello, y lo que le dije.
A partir de entonces, prometió mantenerme al corriente, pero en esos momentos, finales de enero de 2008, ya se veía claramente que rehuía contactar conmigo. Pese a que cada vez que lo llamaba ponía alguna disculpa poco admisible sobre los motivos por los que se prolongaba la espera y prometía llamarme a principios de semana, era yo el que tenía que volver a llamarlo y me contestaba que justo lo llamé en el momento en que iba a hacerlo él.
Pues bien, ya estamos en marzo de 2010, y continúo siendo propietario de un hermoso solar. La última promesa del constructor, efectuada hace pocos días, emplaza el inicio de la obra para mediados de este mes. Como es de suponer, volverá a incumplirla y me obligará a volver a la carga, pero al menos me da argumentos para continuar escribiendo esta historia kafkiana, , pero al menos me da argumentos para continuar escribiendo esta historia kafkiana, que si no hubiera sucedido mi imaginación jamás sería lo suficientemente fecunda para conseguir inventarla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)