PROLOGO
Mientras las vacas pastaban en el prado como todos los días de todas las semanas de todos los meses de todos los años, yo, Guzmán Montero, encaramado a la piedra, contemplaba el océano desde lo alto de la colina y dejaba que mis pensamientos vagaran por aquellas aguas, se sumergiesen en sus profundidades y salieran de nuevo a la superficie, recorriendo luego en un instante la distancia entre las rompientes rodeadas de blanca espuma hasta allá enfrente, donde el cielo se unía a la mar. Como siempre, me paré a cavilar en lo que se escondería tras aquella misteriosa línea pero, como siempre, mi mente no halló una respuesta adecuada a las dudas que albergaba.
Cada día desde hacía más de diez años -la mitad de mi vida-, sentado sobre la piedra enclavada en medio del prado comunitario y rodeado por las mismas vacas que pacían al sol, me habían embargado idénticas inquietudes y nunca había sido capaz de llegar a una conclusión satisfactoria. Aquella lejana línea por donde el sol desaparecía poco a poco para dar paso a la oscuridad había llegado a representar una obsesión para mí. Algunos lugareños solían decir que allí había un inmenso precipicio a donde iban a caer las almas de los ahogados en el mar, y aun había quien pensaba que aquella línea marcaba la frontera con los infiernos. Yo no creía en nada de eso, pero tampoco sabía dar una réplica adecuada a esas supersticiones.
Pero en aquella jornada, los cotidianos sueños de viajes imaginarios con los que me entretenía y mataba el tiempo mientras pastoreaba habían pasado a un segundo plano. Faltaban solo tres días para que me uniese en matrimonio a Clara, la doncella más dulce y hermosa de la comarca. Me tenía tan cautivado que no veía llegada la hora de que el padre Bernabé hiciese oficial nuestra unión. Solamente había algo que condicionaba, y mucho, la intensa sensación de felicidad que me inundaba: la larga y negra sombra del derecho de pernada. En mis conversaciones con el padre Bernabé, quien desde que siendo yo muy niño me aconsejaba y educaba, éste me había tranquilizado, diciéndome que aquella malhadada y ancestral costumbre, consistente en un derecho de la nobleza sobre el pueblo llano a disfrutar de las desposadas en su primera noche, había sido abolida en 1486, hacía ya tres años, tras una resolución del Juez Real, a instancias de nuestro monarca Fernando II de Aragón, en las lejanas tierras de Cataluña, por la denominada Sentencia de Guadalupe, en la que se había concluido que dicho servicio era abusivo y deshonesto, y por tanto no se debía cumplir.
Pero yo no estaba ni mucho menos convencido de ello. El sacerdote era un pozo de sabiduría, pero su innata bondad y su inexperiencia en asuntos mundanos hacían que fuese un poco inocente y crédulo. Yo, por el contrario, había sido testigo directo, pese a mi corta edad, de demasiados atropellos por parte de los condes de Fuente Seca -quienes ostentaban el señorío de aquellos contornos- hacia sus vasallos, entre los cuales se encontraba mi familia, como para fiarme de su buena voluntad.
Desde mi perspectiva actual, ahora que han pasado muchos años desde esa etapa de mi vida, puedo contemplar con más rigor que en aquel entonces, y porque no, también con el mayor criterio que me otorgan la experiencia y la erudición adquiridas a lo largo del tiempo, la idiosincrasia de la época y lugar en que se desarrolló mi adolescencia.
Los campesinos éramos gentes sencillas, y nuestro mundo era elemental; las variables las establecían las estaciones del año y nuestra preocupación cotidiana era la de lograr comida y leña para calentarnos. La única diferencia entre las jornadas se establecía en los domingos y fiestas de guardar, en los que había que cumplir con el precepto, sin que por ello pudiésemos evadirnos del esfuerzo cotidiano.
Nada nos garantizaba el sustento. El éxito de la cosecha dependía exclusivamente de la evolución de los elementos meteorológicos, y si éstos no eran propicios el hambre era tan segura como atroz. El cultivo de las tierras y la cría del ganado concentraban nuestra preocupación, y todos los miembros de las familias nos afanábamos en obtener rendimiento aportando un ímprobo trabajo.
Todos los esfuerzos se volcaban en garantizar el sostenimiento de una menguada economía doméstica. Pero existía un problema añadido, pues formábamos parte de una sociedad feudal, estando al amparo, arbitrio y sobre todo al servicio del Señorío de aquellas tierras, situación servil que se traducía en que, fuera cual fuera el resultado de las cosechas, una parte muy importante de los productos de los campesinos pasaba a manos de los Señores, lo que evidentemente suponía una gravosa carga para la economía familiar. El señor feudal disfrutaba de todas las ventajas, pero no se sentía en obligación alguna con respecto a sus siervos.
Las viviendas eran precarias y estaban mínimamente acondicionadas para proteger tanto a personas como a animales de las inclemencias meteorológicas. En cuanto a la alimentación, el simple pan amasado con trigo se llegaba a convertir en un lujo, solo al alcance de unos pocos privilegiados.
Carecíamos del menor asomo de instrucción; nadie sabía leer, ni tan siquiera el noble de la zona. No poseíamos riqueza cultural alguna. En realidad, sólo conocíamos aquello que nuestros padres o los curas nos habían explicado, aunque yo en ese aspecto podía considerarme excepcionalmente afortunado, puesto que el padre Bernabé llevaba muchos meses instruyéndome en la lectura, habiendo adquirido por mi parte bastantes nociones, que no se limitaban solamente a descifrar individualmente los signos, sino que conseguía hilvanarlos y encontrar sentido al significado de lo que allí estaba transcrito. El buen sacerdote me animaba a seguir aprendiendo, diciéndome que aquello iba a servirme de mucho provecho en la vida, pensamiento que yo no contradecía, aunque tampoco estaba muy seguro de que así fuera.
Considerábamos artículos de fe las supersticiones de todas clases y aun las creencias más absurdas. Al nacer ingresábamos en un mundo en el que ya se habían diseñado para nosotros todas las posibles respuestas que necesitaríamos escuchar hasta el momento de morir. La religión lo explicaba todo: era la ciencia universal. No éramos más que unos simples campesinos. Nunca llegaríamos a comprender las sutiles normas que rigen el mundo. Para nosotros las cosas eran como eran y nada más: vivíamos en la ignorancia, como los animales silvestres, aunque nuestra inocencia era tal que ni siquiera nos parábamos a pensar en eso.
La voluntad divina era la única razón última y suprema, y el miedo a un más allá de tormentos infinitos el freno a cualquier asomo de rebelión a nuestro destino. El diablo andaba suelto por el mundo y además, el imaginativo colectivo le había asignado toda suerte de familiares cercanos, como aparecidos, espíritus, brujas, hechiceros, nigromantes y duendes, mimbres con los que se tejían desde la infancia terroríficas fantasías en las conciencias populares, de manera que, al llegar a adultos, creíamos firmemente en el mal de ojo, los ensalmos, la magia negra, la posesión o la brujería.
Por si las amenazas del otro mundo no fueran suficientes, los poderes terrenales se encargaban de purgar cualquier exceso cometido en éste. Las leyes eran muy duras y se aplicaban con celo y rigor. A sus infractores, en un mayor o menor grado les cabía esperar mutilaciones, grilletes, palos, azotes, mazmorras, tormentos y, al final del camino, el sencillo y lúgubre perfil de la horca. Claro que, de cara a la ley, todo dependía del puesto que uno ocupara en la escala social. El Señor lo era por su cuna, y muy mal le tenían que ir las cosas para que dejara de serlo. En cuanto al siervo, no tenía la menor posibilidad de mejorar su estado. Su destino ya estaba marcado a fuego: siervo nacía y siervo moría, lo mismo que sus abuelos, sus padres y sus hijos. A los siervos, la inteligencia les servía de muy poco. El amo prefería unas buenas manos ágiles y encallecidas que una buena cabeza. En cuanto a las siervas, la belleza solía ser, por razones obvias, más un inconveniente que una ventaja para ellas. Entonces, los hijos bastardos eran mucho más numerosos que los descendientes legítimos.
Con el crepúsculo llegó la hora de devolver las vacas a la cuadra y alejar de mi cabeza las suspicacias que llenaban mi mente de desazón, así que, tras ordenar a mi fiel perro Pincho -poco más que un cachorro pero listo como una ardilla- que agrupara las reses, tomé el camino hacia casa.
El sendero se iluminó con la aparición de Clara portando sobre su cabeza una sella llena de agua que había ido a buscar al manantial de las Xesteiras. Era lo más hermoso y hechicero que encontrarse podía en estampa y carácter de mujer, además de lista, sensible, buena y hacendosa. La mujer que cualquier hombre, incluso el más exigente, ambicionaría tener como compañera.
La saludé, acariciándole una mejilla con ternura, y ella correspondió a mi galantería con una sonrisa. Nuestras casas estaban una junto a la otra, así que nos aprestamos a hacer el resto del camino en mutua compañía. Me paré a pensar que en aquel sendero estaba todo lo que yo necesitaba para ser feliz: mis vacas, mi perro, mi cayado y sobre todo Clara. En aquellos momentos el resto del mundo no existía para mí, ni siquiera lo que había tras aquella insondable línea que marcaba el final del océano y que a mí habitualmente me tenía tan intrigado.
Seguimos caminando por el sendero que bordeaba el bosque, y poco antes de llegar a una encrucijada, oímos el ruido de cascos de caballos que se aproximaban a un trote ligero. Eran un grupo de cuatro jinetes, que se detuvieron al vernos. Se trataba de hombres jóvenes, aunque de edad algo superior a la mía. Uno de ellos, el que iba en cabeza y había ordenado parar la comitiva, usaba ropas más distinguidas que las del resto, con una toga en cuyas mangas llevaba bordada una representación de un escudo de armas que conocíamos muy bien: el del condado de Fuente Seca. Ello hizo que le reconociera al instante: era el heredero de aquel señorío, Enrique de Fuente Seca, que había retornado a casa después de haber pasado varios años en la capital, Valladolid, donde pretendían que se forjase como hombre de armas, al tiempo que adquiría una formación encaminada a consolidar su experiencia como cortesano, rodeado de gentilhombres, fundamentalmente viejos camaradas de armas de su padre en la cruzada contra el moro, para conseguir encaminar su futuro hacia una carrera política plagada de éxitos, que a tenor de su regreso, no debían haberse producido.
El heredero se nos quedó mirando desde lo alto de su caballo mientras avanzábamos hacia ellos. Era un joven apuesto y elegante, pero en la expresión fría, distante y altiva de su rostro escuálido, se reflejaba una innata perversidad. En cuanto a sus acompañantes, tanto la poca calidad de sus ropajes de telas burdas como sus monturas, cuyo aspecto poco tenía que ver con la soberbia estampa del blanco alazán que él cabalgaba, indicaban claramente que se trataba de sirvientes.
Los caballos ocupaban casi todo el ancho del camino, lo que nos impidió el paso, obligándonos a detener la marcha. Yo fui a alinear las reses para permitir a los jinetes continuar su camino, para lo que tuve que darles la espalda. Tras hacerlo, me volví, y observé como don Enrique contemplaba fija y descaradamente a Clara, cuya turbación la había obligado a bajar la vista hacia sus pies.
Aquella insolente mirada del noble, mezcla de prepotencia, soberbia y lujuria, me recordó al ave de rapiña contemplando desde lo alto al gazapo que va a servirle de alimento, sin prisa alguna, en la seguridad de que no tiene escapatoria. Ello hizo que me invadiese un terrible sentimiento de rabia e impotencia, y a punto estuve de cometer una imprudencia y decir algo inconveniente, pero conseguí contenerme a tiempo; no obstante, no desvié ni un ápice mis ojos de los suyos.
-¿Quiénes sois?- preguntó
-Mi nombre es Guzmán Montero, mi señor, y ella es Clara, mi prometida- contesté con respeto pero sin amabilidad. No pareció darse cuenta de ello.
-¿Y de donde sois?-
-Ambos vivimos muy cerca de aquí, al final del bosque, en las casas del lugar de Carballeda-
-Vaya, no sabía que contara con una doncella tan lucida entre mis propiedades-
-Ella no es propiedad de nadie, señor, ni siquiera mía, pese a que vamos a desposarnos en tres días-
Soltó una despectiva carcajada al oir aquello, y sin decir nada más, azuzó a su caballo y reemprendió la marcha, siendo seguido por sus disciplinados criados.
Al quedarnos solos, yo estaba muy alterado. Hubiese deseado desmontar a aquel cerdo de su corcel y emprenderla a golpes con él, pero sabía que aquello no nos hubiese traído sino desgracia. Clara estaba tan asustada, que respiraba agitadamente y sus mejillas estaban completamente arreboladas. Pese a saberse hermosa, era una joven humilde y sencilla que no estaba acostumbrada a ser centro de atención, y menos blanco del descaro mostrado por aquel presunto caballero, cuya educación distaba mucho de la que le correspondería por su linaje.
Traté de consolarla, y solo conseguí arrancarle una tímida sonrisa; después seguimos camino. Nos separamos al llegar a nuestras casas, y yo, tras meter a las vacas en la cuadra, me fui a tomar la frugal cena que mi madre me había preparado, consistente en un humilde caldo de berzas y una jícara de leche, y me tumbé en el camastro, dispuesto a soñar despierto, tratando de olvidar el enojoso encuentro que Clara y yo habíamos tenido con don Enrique.
Finalmente me quedé dormido, pero no fue durante mucho rato, porque grandes voces truncaron mi descanso al poco tiempo, haciendo que me despertase sobresaltado.
En el exterior se oían gritos y sollozos por doquier. Salté del lecho y me asomé a la ventana, y desde allí contemplé el resplandor de las antorchas que zigzagueaba rompiendo la negrura de la noche.
En medio de los lastimeros alaridos destacó de pronto el seco repiqueteo de los cascos de una caballería, justo un instante antes de ver pasar fugazmente bajo mi ventana un caballo blanco con un jinete en su grupa. Lo reconocí sin dificultad: era el heredero de la casa de Fuente Seca. Un horrible presentimiento se apoderó de mí en ese instante, y descalzo y en paños menores como estaba, salté directamente por la ventana yendo a caer sobre un montón de paja que había en la era.
Corrí hacia la luz de las antorchas, donde varias personas se acuclillaban formando un corrillo alrededor de algo que había en el suelo, delante mismo de la casa de Clara. A medida que me acercaba a donde se hallaban, el mal augurio que me invadía iba tomando más cuerpo. Algo me decía que lo que allí me esperaba iba a romperme el corazón. Las miradas que me dirigieron los primeros vecinos que me vieron llegar me confirmaron que algo terrible ocurría, pero lo que me esperaba superaba mis peores expectativas: allí, tendida sobre el camino, en medio de un gran charco de sangre, yacía la mujer a quien yo amaba, que me miraba con los negros ojos desmesuradamente abiertos. Mi dolor fue tan hondo al ver aquello, que aun hoy es el día en que me pregunto como pude resistirlo. Sin embargo, por mor de algún insondable misterio de la naturaleza humana, no caí en la desesperación y el llanto, sino que por el contrario una extraña calma se apoderó de mí.
Pregunté que había pasado y Águeda, la hermana de Clara, haciendo un gran esfuerzo para reprimir el llanto, me contó que cuando la familia estaba dispuesta para irse a dormir, había irrumpido con muy malos modos en el interior de la vivienda un caballero que dijo llamarse Enrique de Fuente Seca, señor de aquellos contornos, y que Clara tenía que irse con él. Ella se negó, pero asiéndola de un brazo, la arrastró al exterior, con la intención de subirla a su caballo y llevársela por la fuerza. Clara seguía resistiéndose como una fiera acorralada, y en un intuitivo acto de defensa arañó la cara de su acosador, dejando las uñas marcadas en el rostro de éste, que rabioso por aquel inesperado ataque, sacó un puñal que portaba al cinto y lo enterró hasta la empuñadura en las entrañas de la desgraciada joven, que cayó al suelo agonizante. Luego, el asesino, sin un resquicio de piedad ni arrepentimiento, y sin molestarse tampoco en socorrer a su víctima, montó en su caballo y se alejó al galope de allí, mientras Clara fallecía a los pocos instantes presa de terribles dolores.
No recuerdo ahora con claridad si mi intelecto participó en los actos que desarrollé a partir de ese momento o todo fue fruto del impulso de mi corazón, que rezumaba odio. Lo cierto es que me hice con una de las antorchas y dirigiéndome a la vieja caseta de madera que había bajo el hórreo de mi casa, donde guardábamos los útiles para la matanza del cerdo, cogí el más largo y afilado cuchillo que encontré, tras lo cual salí corriendo de allí, haciendo caso omiso a los ruegos de mis familiares y vecinos, que veían en mi actitud que me iba en búsqueda de la perdición.
En mi frenética carrera a lo largo de los caminos que se dirigían hacia la casa señorial de los condes de Fuente Seca, a donde suponía que se había dirigido quien yo buscaba, acerté a pasar por delante de la posada, y viendo al hermoso corcel blanco que estaba amarrado junto a la puerta del albergue, me di cuenta que ya no tenía que buscar más. Mi objetivo estaba allí.
Me acerqué a la posada con el mayor sigilo y me situé junto a uno de los ventanales, apartando a un lado la antorcha para que su luz no me delatase. Miré hacia el interior de la hostería y lo vi. Estaba de pie y tenía una jarra de vino en la mano. Sus ropas estaban todavía manchadas con la sangre de quien yo tanto amaba. Le rodeaban unos cuantos lugareños, en cuyos ojos pude leer el odio, pero también un miedo atroz a quien les hablaba. El silencio de la noche me permitió oir con nitidez lo que decía, con una voz en la que se percibía claramente la embriaguez que lo dominaba.
-La maté porque me pertenecía. No podía permitir que me despreciara. Además, mirad lo que me ha hecho- y señalándose el rostro, en el que se distinguían visiblemente los surcos producidos por las uñas de Clara, concluyó:
-Lo único que lamento es no haber podido disfrutar carnalmente de ella antes de acabar con su vida- y estalló en una feroz risotada que hizo que el resto de los presentes bajaran la vista, temerosos y avergonzados.
Si en ese momento yo hubiese tenido una mínima duda en mis intenciones, que no la tenía, aquel cruel comentario hubiera bastado para disiparla de inmediato. Pensé en entrar y apuñalarlo, pero mis propias ansias de venganza me otorgaron la lucidez suficiente como para pensar que si hacía eso mis planes de tomarme la justicia por mi mano podían irse al traste, al hallarse rodeado de gente que podía interponerse para protegerle. Me dispuse, pues, a esperar pacientemente hasta que viese llegada mi oportunidad, para lo que busqué un escondrijo adecuado entre unos matorrales próximos al edificio, en cuya parte trasera dejé la antorcha, todavía ardiente, dado que pretendía utilizarla para mis propósitos.
La ocasión no tardó en llegar. Pronto los parroquianos, ante lo intempestivo de la hora y –supuse- la ingrata compañía de aquel malvado, que no tenían valor para repudiar abiertamente, fueron abandonando la posada, y cuando ya no quedaba casi nadie en su interior, salió él. Con cautela abandoné mi escondite y rodeé el edificio sin que me viera. Tomé la antorcha y regresé hasta donde él se hallaba. Estaba desatando a su caballo presto a partir de allí. Sus movimientos lentos y torpes dejaban bien a las claras que estaba completamente borracho. Me aproximé por su espalda y ni siquiera la luz de la antorcha hizo que se percatara de mi presencia.
Al llegar junto a él, arrimé la tea encendida a sus ropajes y los rocé a conciencia con ella para que quedasen bien embreados. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Sus ropas ardían como la yesca. Se dio la vuelta, horrorizado, y me vio, lo que aproveché para embadurnar también su parte delantera. En pocos instantes se había convertido en una antorcha humana, y sus lastimeros aullidos de dolor rompían el silencio de la noche. Éstos alertaron a la gente que todavía quedaba en el interior de la posada, que salió a ver lo que ocurría y quedaron horrorizados.
Alguien, con piadosas intenciones, quiso acudir en su ayuda, pero yo, cuchillo en mano, me interpuse amenazador. Después, me dediqué a contemplar como se abrasaba. La furia que me dominaba en esos momentos no dejaba hueco en mi corazón para la piedad, pero aun así fui incapaz de soportar la visión de aquel tormento hasta el final; un tajo de mi cuchillo le rajó la garganta, y sus aullidos se convirtieron de inmediato en estertores ahogados, cayendo muerto a los pocos instantes.
Los testigos estaban paralizados por el horror, y casi sin que se dieran cuenta, escapé de allí tan rápido como pude sin que nadie me siguiera. No me fui muy lejos, sino que me interné en el cercano bosque a la procura de un lugar donde esconderme, que no era otro que una gruta en medio de la espesura que tan solo yo conocía, por haberla descubierto casualmente en medio de una gran tormenta y utilizado para resguardarme de la lluvia y los relámpagos.
Me interné en su interior, seguro de que allí nadie me localizaría, alumbrándome con la antorcha, que no había abandonado. La cueva era bastante profunda. Hacía tiempo que no entraba allí, y lo hice con precaución por el riesgo de que se hubiese convertido en la guarida de algún animal salvaje. Cuando comprobé que no había peligro salí al exterior. Necesitaba leña para protegerme del frío de la noche, que descalzo y semidesnudo como estaba, comenzaba a aterirme. Tras conseguir trozos de madera y piñas por los alrededores de la cueva, regresé a su interior y encendí una hoguera.
Tenía los pies doloridos y llagados por los guijarros que me encontré por el camino en mi frenética carrera, pero apenas le daba importancia. Lo que realmente me causaba dolor era la pérdida de Clara.
Me paré a pensar en lo desesperado de mi situación: no podía regresar a mi casa so pena de ser detenido por las mesnadas del conde e irremisiblemente ejecutado de la manera más brutal. No tenía más opciones que huir de allí lo más lejos posible, pero ¿Cómo iba a conseguirlo, desnudo, descalzo y herido?
La extenuación hizo que me quedase dormido junto al fuego. Cuando desperté, una débil claridad procedente del exterior iluminaba tenuemente el fondo de la caverna. Sentí frío porque el fuego se había apagado durante mi sueño, pero eso tenía una solución relativamente fácil; solo había que localizar pedernal y yerbas secas y prender una nueva hoguera. Lo peor era el previsible desfallecimiento que empezaría a sentir cuando hubiese pasado más tiempo sin probar comida ni agua. Necesitaba solucionar eso para no agravar todavía más mi situación.
Pronto, aun dentro de mi natural aturdimiento por la terrible pesadilla que estaba viviendo, recordé que estábamos en otoño y había abundancia de castaños por los alrededores, por lo que comprendí que mi manutención estaría aliviada, aunque precariamente. En cuanto al agua, la solución era algo más peliaguda, pues la fuente más próxima, si bien no estaba lejos, me obligaba a abandonar el bosque y salir a terreno descampado para llegar hasta ella, con el riesgo que ello conllevaba a que me localizasen, pero evidentemente era un trance que tenía que pasar para no morir de sed.
Y así transcurrieron tres días, en los que si bien mis necesidades más elementales estaban cubiertas, la incertidumbre sobre mi futuro y el desconocimiento sobre la suerte sufrida por mis seres queridos como consecuencia de mi terrible e impulsiva acción, a lo que había que añadir la desazón por la trágica e injusta muerte de la mujer a quien amaba, me habían inundado de un desánimo rayano en la desesperación. Mi mente estaba sumida en un enorme caos.
Pero en la mañana del cuarto día, agazapado en mi escondite, oí unos sonidos que me causaron profunda alarma. Quedé inmóvil en el fondo de la cueva, a la espera de conocer el origen de aquellos ruidos, con el cuchillo en la mano, presto a vender cara mi vida, cuando oí que una voz familiar pronunciaba mi nombre. Me tranquilicé al identificarla como la de mi padre. Aunque éste desconocía el emplazamiento del lugar donde me hallaba, yo en alguna ocasión le había hablado de él. Había intuido acertadamente que buscaría aquel refugio y no había parado hasta localizarme.
Salí al exterior y me abracé a él. Las lágrimas, mezcla de alivio, dolor y emoción, afloraron a mis ojos, y me encontré llorando convulsivamente sobre su hombro. Mi padre también se notaba emocionado, pero siendo más avezado que yo, consiguió dominar el llanto. Observé que portaba un fardo.
-Hijo, tienes que marcharte de aquí cuanto antes. Te persiguen para matarte y están removiendo cielo y tierra para dar contigo. Te he traído ropas y calzado, además de algunos alimentos y los pocos dineros que tu madre y yo poseemos. Parte de inmediato hacia la ciudad, que está a unas seis leguas en la dirección del nacimiento del sol. Si logras llegar a ella, te resultará más fácil pasar desapercibido, y una vez allí vete al puerto e intenta embarcarte en el primer navío que te acepte como marinero, sea cual sea su rumbo. Lo único que importa es que te vayas muy lejos de aquí-
Apesarado, le dije:
-Padre, perdonad por no haber sabido contener mi arrebato y atraer la desgracia sobre toda la gente a la que quiero-
Me miró fijamente, con mucha seriedad en el semblante:
-No es así. Has hecho exactamente lo que debías. Te has levantado contra la injusticia y la ignominia, y me decepcionaría que te hubieses acobardado y no hubieses plantado cara a aquel mal nacido. Tanto la familia de tu prometida como tu madre y yo estamos muy orgullosos de ti. Incluso el padre Bernabé, hombre como sabes piadoso y contrario a todo acto de violencia, ha estado en nuestra casa y me ha manifestado que comprende tu proceder y te manda su bendición con el deseo de que te alejes cuanto antes de la persecución a que estás sometido -
El hecho de sentirme tan apoyado me alivió grandemente. Me despedí de él y de nuevo afloraron las lágrimas en mis ojos, y esta vez también en los suyos. Ambos sabíamos que, pasara lo que pasara, no íbamos a volver a vernos.
Tras vestirme y calzarme adecuadamente, partí de inmediato de allí. El camino hacia la ciudad se hizo eterno porque, ya siendo largo de por sí, tuve que dar multitud de rodeos e ir por los senderos más recónditos para no ser localizado por nadie, teniendo incluso que retroceder muchas veces al hallarme ante barreras de vegetación o precipicios que me impedían el paso. Paré a descansar un par de veces en medio de la espesura, y una tercera para hacer noche junto a un manantial, al no poder orientar mi camino debido a la oscuridad reinante, lo que aproveché para saciarme de agua y dar adecuada cuenta de una buena ración de pan y carne seca, dejando para más adelante las morcillas, queso y tortas de castañas que completaban las viandas que mi padre me había traído.
Reemprendí la marcha con las primeras luces del alba, y poco después divisaba desde un promontorio las murallas de la ciudad por primera vez en mi vida. El padre Bernabé me había hablado de ella muchas veces: se llamaba La Coruña. Estaba situada en una península, en cuya parte izquierda y más elevada, se alzaba majestuoso un erecto monumento que no podía ser otro que el que tantas veces me había descrito el sacerdote, el faro denominado “de Hércules”; por la otra parte, en zona más protegida de los elementos, estaban las murallas que salvaguardaban la zona habitada, y un gran puerto en el que se divisaban las numerosas embarcaciones allí resguardadas, y que en aquellos momentos eran para mí el principal objetivo para conseguir la ansiada -pero triste- huida de la tierra que me había visto nacer y crecer.
La Coruña
En poco tiempo entraba por una de las puertas de acceso a la urbe y lo primero que me encontré fue un gran templo dedicado al apóstol Santiago, donde entré a rezar una oración y aproveché para descansar un poco sentado en uno de sus bancos; después me interné por sus estrechas callejuelas, atestadas de gente. Sus atuendos eran diferentes a los rústicos atavíos que vestíamos en la zona rural, donde eran confeccionados burdamente por las mujeres de cada familia, pensando exclusivamente en el servicio que nos prestaban para combatir el frío, el calor o la humedad, mientras que en la ciudad los complementaban con la elegancia de las ropas y los colores, y solían ser fabricados por sastres y costureras.
Observé también algo que me llamó poderosamente la atención, y era que cada una de aquellas enlosadas calles estaba ocupada por un gremio profesional: en una los zapateros, en otra las herrerías, y también las hilanderas, curtidores, carpinteros, pescadores, fabricantes de tinajas, taberneros y cualesquiera oficio que fuese susceptible de agrupación. También había una calle, la de la Sinagoga, en la que se concentraban los judíos residentes en la ciudad.
Llegué a una gran plaza, denominada de la harina por venderse allí este producto en tenderetes. Pese a que todo lo que veía era nuevo para mí y me mantenía entretenido, estaba algo desconcertado por no saber muy bien que hacer.
Iba a dirigirme al puerto para, siguiendo los consejos de mi progenitor, tratar de enrolarme en algún barco, cuando llamó mi atención una aglomeración de gente que formaba un gran corro. Me acerqué a curiosear, preguntando a uno de los mirones que allí se hallaban de qué se trataba aquello.
-Están reclutando soldados de fortuna para ayudar a los reyes Isabel y Fernando en el asedio a la ciudad de Granada-
Esta aclaración me hizo ver que aquella podía ser una buena oportunidad para poner tierra de por medio. Me abrí paso como pude hasta ver a un hombre ataviado con lo que parecía ser un uniforme militar, sentado ante una mesa en la que había unos objetos pequeños que identifiqué como útiles de escribir, y ante él, unos diez o doce muchachos de edades parecidas a la mía esperaban pacientemente a que les llegase su turno para alistarse. Me puse a la cola, deseando fervientemente no ser rechazado. Me iba la vida en ello.
El que estaba delante de mí, que dijo llamarse Lope Cantero, a mis requerimientos me explicó muy amablemente que si superábamos la selección de reclutamiento, seríamos embarcados en un navío que zarpaba aquella misma tarde del puerto con destino a las lejanas tierras andaluzas. Era un joven más bajo que yo, bien parecido, de pelo ensortijado, ojos vivarachos y aire pícaro.
Mientras duraba la espera, Lope, muy dicharachero, me contó que era natural de allí mismo y vivía en las cercanías, y que siendo huérfano desde muy temprana edad, había aprendido el oficio de barbero y tenía un buen trabajo, pero su carácter resuelto e inquieto le había llevado a emprender aquella aventura. Además, todo hay que decirlo, el salario mensual de un real y medio de plata, amén de ropa y manutención gratuita, eran argumentos que reforzaban su voluntad de incorporarse al ejército.
Yo le respondí algo parecido, y aun sin ocultar mis auténticos orígenes callé por cautela el motivo que me forzaba a tomar aquella decisión, mintiendo también como un bellaco sobre mi nombre verdadero. Desde ese mismo instante pasé a llamarme Santiago y a apellidarme Fariña, que fue lo primero que se me ocurrió, al recordar el nombre de la iglesia a la que había entrado y a la vista del producto que se dispensaba los tenderetes instalados en la plaza donde nos hallábamos. Ese día empecé a descubrir, entre otras cosas, que se me daba bien mentir, aunque nunca lo había hecho en mi vida.
Pronto llegó nuestro turno. El hombre uniformado, que supe que se trataba de un suboficial del ejército del Rey Fernando, me hizo una serie de preguntas sobre mi identidad, edad, lugar de origen y preparación en el manejo de las armas, que fui contestando como buenamente pude y con el grado de sinceridad que aconsejaban mis particulares circunstancias. Pese a mi inexperiencia fui admitido de inmediato, presumiendo por ello que la necesidad de efectivos debía ser tan apremiante que harían lo mismo con todo el mundo, salvo que el voluntario en cuestión se tratase de un tullido.
Pasado el mediodía, la lista de reclutamiento se había completado con 43 hombres. El suboficial, tras presentarse como el sargento Pedro Méndez, de infantería, con ademán marcial nos mandó formar en dos hileras y seguirle. Cada uno portábamos nuestros enseres en fardos. Yo me situé junto a Lope, mi nuevo amigo, buscando inconscientemente su apoyo. Formábamos una curiosa pareja; yo, alto y fuerte, y él menudo y flaco. Caminábamos con rumbo al puerto cuando de repente, tras la muralla observé que una nube de espeso humo se elevaba hacia las alturas, al tiempo que mi olfato comenzó a llenarse de un desagradable olor a carne quemada y a mis oídos llegaron unos alaridos que inicialmente confundí con graznidos de gaviota. Imágenes recientes vinieron a mi mente y adiviné lo que nos íbamos a encontrar al salir del recinto amurallado.
Y así fue. Al acceder a la gran explanada que había en el exterior, un espantoso espectáculo me dejó petrificado. Una gran multitud rodeaba una pira en la que, entre la intensa humareda, se vislumbraba a una mujer de mediana edad, atada a un poste rodeado de leña ardiente profería unos aullidos de dolor tan pavorosos que parecía que a uno le taladraban el alma. Próximo a ella, un personaje ataviado con hábitos religiosos, y que a mí se me antojó siniestro, observaba sin el menor asomo de piedad como las carnes de aquella desgraciada se iban ennegreciendo a medida que el fuego hacía su feroz trabajo, y a una distancia prudencial, un vociferante gentío contemplaba aquella horrible ejecución como si de un espectáculo de feria se tratara.
Enseguida vinieron a mi mente las imágenes de Enrique de Fuente Seca en una situación parecida, pero esta vez mi corazón se llenó de piedad y deseó que aquella pobre mujer dejase de soportar de una vez aquella infernal tortura y que la llegada de la muerte le trajese la paz.
Pregunté a Lope que era aquello y me dijo que la mujer, acusada de brujería por el Santo Oficio, y confesa tras aplicarle tortura, había sido condenada a la hoguera, y estaba siendo ajusticiada ante el inquisidor, que era el personaje de los hábitos que había llamado mi atención. Volví a fijarme en él. Una torva sonrisa adornaba su rostro, componiendo una maligna expresión de deleite ante el dolor del prójimo que me quedaría grabada en la retina durante el resto de mis días.
Llegamos al puerto y un barco nos esperaba presto a zarpar. Era la carabela Esmeralda, un magnífico navío fabricado, según nos manifestó el suboficial que nos capitaneaba, en los astilleros portugueses de Rivera das Naus, en Lisboa. Era un tipo de barco adecuado para enfrentarse a vientos variables, aguas costeras de escaso calado e internarse incluso por el cauce de los ríos; óptimo para expediciones a lugares desconocidos como las que poco después se desarrollaron. Pero no quiero anticiparme relatando acontecimientos posteriores. Lo que ahora importa es que era el mejor velero de la época, con un casco bien proporcionado y gran velamen, superior a los restantes navíos de similares dimensiones que estaban atracados en el puerto. Su tripulación constaba de veinte hombres, pero en esta ocasión íbamos a ser 64.
Bajo estas condiciones, no es difícil adivinar que la travesía que iniciamos al poco de embarcar, y cuyo destino era Sevilla, fuese incómoda para todos nosotros, pues apenas teníamos espacio para movernos holgadamente, dormíamos sobre las tablas del barco y el rancho era infame, aun para un hombre como yo, poco habituado a exquisiteces. Lentejas, garbanzos y judías conformaban nuestro menú, en el que no había lugar para carne ni pescado, y el marmitón se esmeraba menos que poco en su elaboración culinaria, por lo que tuve que hacer uso del queso, las morcillas y las tortas de castañas que quedaban en mi zurrón, compartiéndolas con mi amigo Lope.
Solo tuvimos suerte en una cosa, que a mí particularmente me preocupaba mucho: durante todo el trayecto el mar se mantuvo calmo, lo que unido a los vientos favorables y a la pericia del piloto, hizo que se acortara el tiempo de singladura en más de un día con respecto a las previsiones. Tras cinco jornadas de navegación arribábamos a la urbe sevillana a través del Guadalquivir.
Si el tamaño de La Coruña me había impresionado vivamente, la vista de aquella ciudad sobrepasó todas mis expectativas. Era inmensa. El sargento Méndez, cuyo carácter, forjado en las milicias, no era demasiado amable, pero a veces se mostraba locuaz, nos explicó poco antes de desembarcar que el puente que quedaba a nuestra derecha era el de Triana y los dos monumentos más destacados de la ciudad, la Giralda y la Torre del Oro, estaban respectivamente mirando al frente y a nuestra derecha, y se trataba de dos torres que, aun sin la majestuosidad de la de Hércules, eran de gran belleza.
Descendimos del Esmeralda a los muelles formando una comitiva encabezada por el sargento Méndez, que nos condujo hasta una gran explanada que había en las inmediaciones, donde vimos que se hacinaban cientos, o quizá miles, de hombres, que supimos que, al igual que nosotros, habían sido reclutados en diferentes ciudades de la península. Aquel viernes, día de Todos los Santos de 1489, ha quedado grabado para siempre en mi memoria como la fecha en que mi vida cambió definitivamente.
PRIMERA PARTE
LA GUERRA DE GRANADA
En medio de la explanada había una gran tienda cubierta, hacia la que nos dirigimos, comprobando que era la destinada a la intendencia y reparto de pertrechos entre la nueva tropa. Bajo la atenta supervisión del sargento Méndez, los intendentes nos fueron surtiendo uno a uno de los más variados objetos, tanto para la vestimenta –todos los accesorios del uniforme militar, incluido calzado-, manutención –tocino, carne seca y galletas de pan-, protección contra los elementos -una manta- y armamento – espada, pica, ballesta y espingarda-. A ello se unía un saco petate con el que acarrear los útiles que provisionalmente no necesitásemos.
Pasamos allí tres semanas, durmiendo al raso y familiarizándonos con el manejo de las armas, para lo cual recibimos el aprendizaje correspondiente por parte de instructores experimentados. No pasó nada destacable, excepto un enfrentamiento a puñetazos que Lope y yo sostuvimos en una taberna con un par de soldados veteranos de rostros rubicundos en los que el vino debía tener bastante que ver, que tuvieron a gala burlarse de nuestra forma de hablar, y que solventamos con bastante éxito.
Durante nuestra estancia en Sevilla tuvimos ocasión de conocer los pormenores de la contienda en la que nos íbamos a ver involucrados.
La paz se había roto hacía ya 11 largos años, cuando el rey Fernando, cansado de las demoras del rey Muley Hacén de Granada en el pago de los tributos señalados, había mandado a éste un ultimátum. El rey moro contestó: -en Granada ya no se labra oro y plata para pagar tributos, sino lanzas, saetas y alfanjes contra sus enemigos-. Al recibir tal respuesta, Fernando montó en cólera y gritó: -Yo arrancaré uno a uno los granos de esa Granada-.
La toma de Zahara por parte de los moros dio inicio definitivamente a las hostilidades, que se incrementaron cuando los castellanos tomaron la ciudad de Alhama en represalia.
Por aquel tiempo, el rey Muley Hacén había incorporado a su harén a una cristiana llamada Isabel de Solís, que se había convertido al Islam con el nombre de Soraya (Lucero del Alba). La hasta entonces favorita del rey, Aixa, volvió contra éste a sus hijos, y Muley-Hacén trató de asesinarlos, pero sólo tuvo éxito con el mayor, Yusuf. Su hermano, Muhammad abú Abd Allah, más conocido entre los cristianos por una deformación de su nombre, Boabdil, logró escapar y buscó el apoyo de los Abencerrajes, la familia más poderosa de la política del reino de Granada.
Cuando Muley-Hacén salió de Granada para reconquistar Alhama, Boabdil regresó y se hizo proclamar rey (Muhammad XI). Alhama resistió el asedio, defendida por dos nobles castellanos, hasta entonces enemigos irreconciliables: el marqués de Cádiz y el duque de Medina Sidonia. Finalizado el ataque, ambos se abrazaron dando fin a su enemistad.
Derrotado en Alhama y no pudiendo retornar a Granada, Muley-Hacén se vio obligado a huir a Málaga, donde estaba su hermano, Muhammad al-Zagall (el Valiente). Los cristianos deformaron el nombre de al-Zagall convirtiéndolo en el Zagal. Ambos hermanos lograron recuperar Granada, pero entonces el Zagal, traicionando a su hermano, se proclamó rey (Muhammad XII). Así, Granada tuvo que hacer frente al mismo tiempo a la contienda contra los cristianos y a una guerra civil entre los tres pretendientes al trono: Muley-Hacén, el Zagal y Boabdil. El rey Fernando II de Aragón se ocupó de avivar las rencillas entre los tres. Esta desunión fue bien aprovechada por Fernando, que decidió reforzar sus ejércitos para tratar de asestar el golpe definitivo.
El rey Muley Hacén, ciego y enfermo, murió en 1485, y poco después, Fernando convocó a todos sus caballeros para que se presentaran en Córdoba el 25 de marzo; alistaron también campesinos e incluso garantizaron inmunidad para todos los criminales que decidieran colaborar en la campaña de ese año. El resultado fue la conquista de toda la zona de Málaga. La propia capital cayó en agosto, después de un largo asedio. El rey Muhammad XII el Zagal se tuvo que retirar a Guadix, cerca de Granada. Fernando firmó tratados generosos con los defensores de las plazas que se rindieron inmediatamente, mientras que en aquellas que ofrecieron resistencia hizo esclavos a sus pobladores y colgó de las murallas a sus jefes. Además del éxito estratégico de la campaña, también fue un éxito desde el punto de vista económico: 192 esclavos musulmanes fueron vendidos por una cuantiosa suma, 683 fueron regalados a eclesiásticos y caballeros, 100 fueron enviados al Papa como obsequio, y otros fueron liberados previo pago de un rescate. Las tierras conquistadas se repartieron entre las gentes que habían participado en la campaña.
Todo el occidente del reino de Granada estaba ya bajo el yugo cristiano, pero todavía quedaba la capital e importantes plazas fuertes y numerosas poblaciones dominadas por los musulmanes.
Cuando terminó la etapa de instrucción y llegó la hora de desplazarnos hacia la parte oriental del reino de Granada, donde persistía la refriega contra los infieles, ya nos defendíamos medianamente en aquellos menesteres. El resto de aquel aprendizaje sería a costa de poner en juego nuestra vida contra el moro.
Partimos hacia Granada al amanecer del 27 de noviembre para unirnos al ejército de sus majestades y reforzarlo numéricamente. El camino, exceptuando a los afortunados que formaban parte de la caballería, había que hacerlo a pie, aunque nos acompañaban numerosos carros tirados por bueyes en los que se portaba el armamento de artillería –básicamente bombardas de enorme peso- o por caballos, donde iban acumuladas nuestras armas, las de infantería. Formábamos un batallón de más de 2500 hombres, entre los que figuraban un buen número de oficiales y suboficiales, encargados de dirigir y coordinar la marcha.
Al no tener que soportar individualmente demasiado peso, el itinerario se hizo llevadero al principio, mientras cruzábamos la gran llanura del valle del Guadalquivir, sobre todo porque el ritmo de la caminata venía marcado por los bueyes, cuya lentitud agradecíamos sobremanera, porque la temperatura, cálida, poco tenía que ver con la que habíamos dejado en tierras de Galicia, donde comenzaba a recrudecer el invierno.
Pero poco después apareció frente a nosotros el sistema montañoso y el recorrido comenzó a hacerse más duro, al tener que cruzar por estrechas sendas y coronar y descender cerros de respetable altitud. La climatología fue cambiando y no tardamos en empezar a sufrir los rigores de la estación, con ventisca y aguaceros que entorpecían grandemente nuestra marcha.
Durante aquellas jornadas fuimos recorriendo camino y haciendo altos para descansar en diferentes poblaciones -Alcalá de Guadaira, Puebla de Cazalla, Osuna, Estepa, Archidona- hasta que llegamos a Loja, antesala de la capital nazarí del reino de Granada y ciudad que el rey moro Boabdil habían entregado al rey Fernando en 1486, tras un asedio de varios días.
Allí nos esperaba el grueso del ejército de nuestro soberano. Lo primero que hicieron a nuestra llegada, fue repartir a los recién llegados entre los diferentes batallones que constituían las tropas. Mi amigo Lope y yo conseguimos que no nos separaran y pasamos a formar parte de la compañía capitaneada por un singular personaje: Hernán Pérez del Pulgar.
Hernán Pérez del Pulgar
Era un hombre de edad cercana a los 40 años cuya estampa imponía; alto y corpulento, con unos rasgos que denotaban a un tiempo nobleza y determinación, adornados con un recio bigote que le confería, si cabe, más virilidad. Su apostura y donaire no impedían que una sola mirada suya infundiera a todos un respeto rayano en el temor, así como el tono de su voz, tan profunda y grave que no necesitaba elevarla para que cualquiera se diese cuenta de quien mandaba donde él estuviese presente.
Por si lo que dejaba entrever su figura fuera poco, todo el mundo se hacía lenguas sobre las hazañas que había protagonizado desde el inicio de la contienda con los moros, y aun antes. Muchos de los presentes habían sido testigos de las proezas de aquel guerrero, y por ellas le veneraban.
Uno de nuestros compañeros, con quien pronto adquirimos confianza, era su escudero. Se llamaba Pedro del Pulgar, y era un moro converso cuya coincidencia de apellido con nuestro caudillo no era casual, como luego supimos. Conocía al dedillo todas las gestas protagonizadas por Hernán, así como los avatares de su intensa vida.
-Todo lo que se pueda explicar sobre las hazañas de ese hombre es poco- solía decir con devoción.
Durante las noches, que ya empezaban a ser frías, Pedro se sentaba con nosotros alrededor del fuego y sus relatos siempre giraban sobre la vida de nuestro adalid. Una noche se decidió a contarnos todo lo que sabía acerca de él, y le escuchamos embebidos sin interrumpirle ni una sola vez.
-Hernán Pérez del Pulgar nació en Ciudad Real en 1451 en noble cuna, recibiendo por ello durante su infancia una educación esmerada, tanto que el manejo de la pluma poco podía envidiar al de la lanza o la espada, siendo destacable su gran afán por las obras de los filósofos de la antigüedad; buscaba con ello tesoros de doctrina en las ruinas de Grecia y Roma, así como el ejemplo de aquellos héroes, cuya virtud y grandeza admiraba, despertando desde muy temprano en su pecho el deseo de imitarlos, aunque el mejor espejo para aquel mozo eran sus propios antepasados, leales a sus monarcas y dispuestos a derramar su sangre en defensa de la patria.
Como ejemplo del fiero carácter del que está forjado, os diré que a los 17 años se enfrentó él solo en un duelo a espada con seis hombres que se burlaban de él por ser ciudarrealeño, llamándolo chungo y culipardo. Del enfrentamiento, resultaron dos heridos y un muerto.
Siempre fue fiel a la reina Isabel de Castilla, tanto que siendo aun muy joven, huérfano y dueño de una más que mediana fortuna, así como cabecera de su ilustre casa, tomó partido por ella cuando empezaron a cernirse nubarrones sobre aquella monarquía hasta el punto de dividirse la nobleza en dos bandos, uno de los cuales apoyaba a su sobrina Juana la Beltraneja de Portugal -así apodada por decirse que no era hija del rey Enrique IV, sino de don Beltrán de la Cueva, mayordomo real- como propietaria del trono de Castilla.
Fue entonces cuando por primera vez salió Hernán del Pulgar a probar en el campo sus armas como simple escudero, y con tanto éxito que sin más recomendación que su espada, logró llamar la atención de los reyes, que prestos a galardonar el merecimiento, le nombraron Continuo de su casa.
Cuando todo aquello pasó, y Portugal reconoció a la reina proclamada en Castilla, tornó a su hogar, honrado y satisfecho, pero atento siempre a correr con su espada a donde oyese la voz de sus soberanos.
Poco tiempo después, cuando toda España se conmocionó al quebrantar los moros las treguas firmadas con los reyes, tomando a rebato la ciudad de Zahara y poniendo a hierro y fuego casas y pobladores, provocó que Castilla se alzase en armas contra ellos.
Sin tregua ni respiro voló el Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de Leon, sin esperar siquiera las Órdenes Reales, a tomar cabal venganza de los infieles, y en una sola noche ganó la ciudad de Alhama, haciendo que Castilla rebosase de contento al correr de boca en boca la inesperada nueva.
Pero los prudentes monarcas, previendo las consecuencias de aquel suceso, demandaron auxilio a los caballeros principales, a quienes ordenaron acudir con presteza en socorro de Alhama, circundada por todas partes de pueblos enemigos.
Recordaron entonces los reyes a aquel mancebo que tanto les había ayudado en la guerra contra Portugal. Llamarle y presentarse allí fue todo uno, aunque no fue el único que acudió a la llamada: el Duque de Medina Sidonia, enemigo acérrimo del libertador de Alhama, ahogó antiguos resentimientos y acudió con sus huestes en defensa de su rival.
Pulgar, por el contrario, venía solo, sin más compañía que un fiel escudero, armadura lisa pero de buen temple, un caballo con sencillos arreos y la espada de su padre.
-A esta guerra van a acudir- decía hablando consigo mismo –los caballeros más ilustres, lo más granado del reino. Turno tienes, Pulgar, por la gloria de tus antepasados, para morir en la demanda o ganar más fama que todos los caballeros de Castilla-
Y con ese anhelo y propósito entró resuelto en la ciudad de Alhama, cuando más arreciaba el peligro, acosados los cristianos por la sed y el hambre, sitiados por la hueste enemiga, y sin más esperanza que la de Dios para librarse del cautiverio o de la muerte.
Por instantes iba apremiando el riesgo. Desfallecía el ánimo de los más famosos guerreros con tantos trabajos, vigilias y necesidades de toda especie. A punta de espada y con riesgo de la propia vida, tenían que salir de la ciudad a buscar agua en la corriente del río, teniendo que beberla no pocas veces mezclada con sangre.
Supieron que el rey de Granada, Muley Hacén, en persona había cercado la ciudad con numerosa hueste, resuelto a recobrar a todo trance aquella joya de su corona.
En tamaño apuro, se ofreció Pulgar a salir solo, amparado en la noche, en demanda de auxilios para regresar con ellos a la ciudad.
La fortuna se le mostró propicia, allanándole el camino para salir de Alhama y pasar por el medio de las tropas enemigas, y trepando de monte en monte sin más escolta que su espada, logró llegar a Antequera, reducto cristiano, donde se aprestaban auxilios para socorrer a los sitiados de Alhama, aunque no con tanta presteza como el caso requería.
A los pocos días salió de allí con abundantes provisiones cargadas en acémilas y unos cuantos guerreros, los pocos que se atrevieron a acompañarle. No aconteció nada notable durante algunas leguas, con excepción de lo agreste y estrecho de las sendas, que les causaba no pocas contrariedades.
Pero al desembocar en los llanos de Cantaril, apareció una nube de moros. Los cristianos, al saberse en inferioridad, se arredraron y comenzaron a desordenarse y retroceder. Hernán del Pulgar acudió a animarlos con su voz y su ejemplo, pero aquellos hombres miraban más por conservar la vida que por la quiebra de la honra.
Hernán se indignó:
-Que hacéis, cobardes. Desde cuando los moros han visto a un castellano de espaldas. Pero si huís de la muerte, más cerca la tenéis- y diciendo esto arremetió con la lanza contra sus propios hombres, empujándolos contra el enemigo.
El arrojo del caudillo y su ejemplo, restauraron el ánimo de aquellos guerreros, quienes se revolvieron como un torbellino contra los moros, barrieron la llanura y los arrojaron contra los montes.
Continuaron después su camino, con Pulgar al frente, avanzando con rostro sereno, y como advirtiese que los suyos no osaban mirarle, avergonzados y pesarosos, les animó con afable ademán, llamándolos por sus nombres y celebrando su valor y esfuerzo.
Pronto llegaron al pie del muro de Alhama, donde fueron recibidos por el conde de Tendilla, alcaide de la fortaleza, que salió a su encuentro, abrazándose a Pulgar. Tal fue el regocijo popular, que parecía que se les hubiesen borrado de la memoria todos los males padecidos.
El conde, exento de rivalidad y envidia, que no caben en pecho hidalgo, concedió a Pulgar como recompensa de tan señalado servicio, en nombre de los reyes, ciento cincuenta yugadas de tierra, calles, casas y heredamientos en aquella misma ciudad que había salvado con su esfuerzo, merced que fue confirmada luego por los propios monarcas en términos tan lisonjeros que valían más que los propios dones.
Otra de las renombradas gestas de Pulgar fue la toma de la fortaleza del Salar, en el camino de Granada a Loja. Se presentó en sus puertas con ochenta hombres e instó al alcaide moro a que se rindiese, siendo respondido con altivez y menosprecio, como mofándose de él. Pulgar, poco avezado a burlas, le contestó a voz en grito: -Allá voy yo a por las llaves-, y ordenó a sus hombres atacar la fortaleza, recibiendo un sinfín de piedras y armas arrojadizas por parte de los infieles, pero ni aun así cejaron en su empeño, y cuando los moros vieron caer desplomado a Hernán del Pulgar por efecto de una pedrada, seguros de la victoria, salieron en tropel a recoger sus frutos, pero el caudillo, volviendo en sí, atajó con un lienzo la sangre que manaba de su frente y respondió: -ya están fuera de su guarida y no han de volver a ella- y con la ayuda de sus hombres atacó con tal furia que los hizo retroceder y ni lugar tuvieron para cerrar las puertas tras de sí, quedando la fortaleza rendida a Pulgar y sus compañeros.
Mucho se regocijó el rey Fernando cuando por las albricias del día de su santo recibió en Loja las llaves que Pulgar le enviaba. Se las mandó devolver con el mensaje de que nadie guardaría mejor aquellas llaves que el que con tanto riesgo de su vida las había ganado.
Quedó, pues, Pulgar como alcaide de aquella fortaleza, recuperándose de sus heridas. Pero solo fue durante unos meses, porque no pudiendo avenirse a dejar ociosas las armas, volvió a correr azares y peligros, saliendo airoso de arriesgadas empresas.
Aconteció un día que, dando aviso un atalaya de que a lo lejos se divisaba una turba de moros que al parecer llevaban cautivos, saltó Pulgar sobre su caballo sin peto ni armadura ni más defensa que su espada, y dando escaso tiempo para que sus fieles le siguieran, se echó contra los moros, que solo con reconocerle comenzaron a huir desaforadamente, dejando libres a los infelices cristianos, quienes quedaron custodiados por unos cuantos escuderos, mientras el resto perseguía a los moros casi hasta las mismas puertas de Granada, hiriendo y arrollando a los que se quedaban rezagados.
Un grupo de moros quedaron bloqueados al borde del caudaloso Genil. Muchos se arrojaron al agua, muriendo algunos ahogados, y solo permaneció sin dar la espalda un moro principal, que no habiendo podido conseguir que los suyos siquiera volviesen el rostro, sonrojado por tal villanía, se acercó a Pulgar y le dijo: -prefiero ser tu cautivo que adalid de cobardes. Dispón de mi libertad y de mi vida-
-Una y otra te devuelvo- dijo Pulgar –y mi amistad, si la tienes en precio- y le estrechó la mano, dejando al moro tan prendado de aquella generosidad, que en ese mismo momento tomó la decisión de servirle fielmente durante todos los días de su vida.
Aquel moro era yo, y a fe que cumplí con mi promesa, no solo peleando bravamente a su lado, sino que también decidí convertirme a la ley que me ofrecía un ejemplo tan cabal de virtud y heroísmo. Se alegró enormemente de ello Pulgar, y se ofreció a ser mi padrino, a lo que yo demandé honrarme con el mismo apellido, y Pedro del Pulgar me nombraron-
La guerra, mientras tanto, proseguía, y Fernando, en su política de ir conquistando poco a poco fortalezas y ciudades hasta poner cerco a Granada, determinó ir contra Vélez y el famoso puerto de Málaga.
Cuando llegaron a Granada los ecos de aquellas intenciones, y que el mismo Fernando en persona capitaneaba a sus huestes, el Zagal trató de pactar con su sobrino Boabdil –el padre de éste, Muley Hacén, ya había muerto- para dejar de lado la cruel guerra que mantenían entre sí y unir sus armas para hacer frente al enemigo común, pero el Rey Chico –así llamado por la cortedad de su estatura- alimentaba tal encono contra su tío que no se avino a pacto alguno.
El zagal se vio entonces solo, pero aun así consiguió reunir un numeroso ejército y marchó al frente de batalla, resuelto a defender su corona mediante el trance de las armas.
El rey Fernando consiguió llegar a Vélez y cercar la ciudad, pero el Zagal llegó con una gran muchedumbre en socorro de ésta, asentándose en las sierras de los contornos mientras que las banderas cristianas ondeaban en la espaciosa vega.
El ejército del Rey Católico estaba ávido de entrar en combate, pero el monarca, cauto y prudente, prefirió aguardar una ocasión oportuna antes que caminar a ciegas dejándose llevar por los ímpetus de su corazón. Decidió conocer antes la posición y las fuerzas del enemigo y si éste presentaba algún punto flaco por donde acometerlo.
No era empresa fácil acercarse a una hueste bien aprovisionada y en alerta, con un caudillo experto, numerosos exploradores de campo y con profusión de escuchas y atalayas en los cerros y colinas, pero el rey respiró tranquilo cuando vino a su pensamiento el nombre de Pulgar. Lo llamó a su presencia y le manifestó su designio, aunque sin utilizar para ello autoridad alguna. Apenas se lo dijo, Pulgar le contestó:
-Allá voy, señor, a ver lo que hace el rey moro. Y si se descuida, os lo traigo-
El rey, con afable sonrisa, le encargó que no aventurase mucho una vida de la que todavía esperaba muchos días de gloria. Le recomendó que se llevase consigo algunos escuderos, los que él mismo tuviese a bien, y el resto lo dejó a su esfuerzo y prudencia. Tuve el profundo orgullo de ser uno de sus acompañantes.
Pulgar salió a cumplir con su misión, y cuando retornó al campo cristiano, había rastreado la posición y fuerzas de los moros hasta convencerse por una y otra señal de que preparaban alguna acometida.
Cuando Fernando conoció aquellas nuevas, ordenó reunir en su tienda a los capitanes más experimentados, y allí estaban el Marqués de Cádiz, alma de aquella guerra; Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, y los maestres de Calatrava y Santiago, con Alonso de Aguiar y otros esclarecidos capitanes.
Todos ellos oyeron de boca de Pulgar lo que éste había visto. Hubo discrepancia en los pareceres, ya que unos consideraban más seguro esperar a pie firme los embates del enemigo y otros salir a su encuentro, cogiéndolo por sorpresa. Pulgar, que estaba entre éstos últimos, hizo gala de su persuasión, y consiguió que todos se arrimaran a este dictamen, pese a ser el que más riesgo entrañaba, logrando de ese modo llevar tras de sí la voluntad del rey.
-Yo iré delante, que sé el camino -dijo Pulgar- y en el mismo punto y hora que bajen los infieles al llano, daré el grito de cierra España y no queda más que acabar con ellos-
Se dio instrucciones con sigilo para alzar los reales y acometer de improviso a los moros antes de que alborease. Se encendieron los mismos fuegos de siempre, para no delatar que se había levantado el campamento, y el ejército comenzó a avanzar con cautela sin que se oyese el rumor de los pasos.
Comenzaron a bajar los moros desde las cumbres en la creencia de que los cristianos estaban desapercibidos y con la intención de cebarse en ellos como lobos en un rebaño, pero nada más llegar a la llanura, y sin que la escasa luz del alba les permitiese distinguir con claridad objeto alguno, oyeron de repente un gran clamor, sonido de trompetas y estruendo de caballos y de armas.
Los infieles se vieron perdidos pero no por ello desmayaron. El Zagal se puso al frente de ellos y se fue directamente contra la hueste cristiana como quien va en busca de la muerte.
Muchos valientes de uno y otro bando perecieron en la refriega. A hernán del Pulgar, que iba con ciego arrojo delante del ejército, le arrollaron los infieles, quedando como muerto a los pies de su caballo. Pero se levantó, cubierto de sudor y sangre, y montando de nuevo volvió a la refriega, buscando a los enemigos, que ya rotos y dispersos buscaban la salvación en la huida.
Gloria y renombre ganó Pulgar en aquella jornada, tanto por poner sobre aviso a los suyos de la trama del enemigo como por haber confirmado en el campo de batalla los argumentos con los que persuadió al Consejo del rey.
Destruido el ejército moro y puesto en fuga el Zagal, mientras que Boabdil permanecía dentro de los muros de Granada, la ciudad de Vélez tuvo que abrir las puertas y en sus torres ondeó el pendón de Castilla. Antes de dar tiempo a que el enemigo se recuperase, dispuso el Rey Católico emprender la conquista de Málaga, la ciudad más poblada del reino de Granada y punto de alto valor estratégico por ser puerto de mar.
Contaba el rey con la pronta rendición de la ciudad, pero se topó con la firmeza del alcaide moro, que digno de mejor suerte, mantuvo en pie la ciudad frente a las fuerzas y el poder de Castilla, determinando, contra la opinión de la población, sepultarse en las ruinas de la ciudad antes que rendir las llaves a los pies de sus enemigos.
Cuando Fernando supo que la barrera que se oponía al logro de sus fines era la voluntad de un solo hombre y comprobó que no podía torcerla, decidió enviar a la ciudad a alguien que tantease los ánimos, portando una carta de su puño y letra en la que amenazaba con cautiverio y muerte a quien no se diese por vencido, al tiempo que llevaba en secreto recados y promesas para algunos moros principales, que a priori se mostraban menos reacios que el obstinado alcaide.
Pero entrar en una ciudad enemiga, inquieta y desasosegada y ponerse un cristiano en manos del infiel, cuando hervían en el recinto tan encontradas pasiones, requería tal aliento y arrojo que no era cosa de encomendarlo sino a persona de gran ánimo.
Pulgar, que parecía tener como sino encargarse de empresas arriesgadas, fue el elegido para aquella, y poniendo el rey en sus manos la carta, le dio secretamente otra dirigida a Alí Dordux, moro de gran riqueza que se había mostrado de antemano inclinado a tratos de paz.
Aquella carta aludía al buen criterio de Dordux para que mediara en los pactos que pretendía, ofreciéndole mercedes a cambio de sus servicios.
Acompañado de un solo escudero, que era yo, Pedro del Pulgar, se presentó a las puertas de Málaga. Tras mostrar a los centinelas la carta que portaba, tardaron en abrirnos las puertas más de una hora, durante la cual, según luego supimos, hubo largos debates sobre la conveniencia de recibir al nuncio del rey católico.
Entramos sin mostrar temor, pero tampoco arrogancia, por el medio de una apiñada y amenazadora turba, mientras que desde puertas, ventanas y terrazas, la gente seguía nuestros pasos con la mirada. El silencio era roto por algún grito aislado de alguien que instaba a los demás a acabar con nosotros, pero Pulgar, prudente, nunca volvió el rostro para ver de donde partía.
Tiempo tardamos en llegar hasta donde nos esperaban los próceres de la ciudad, encargados de su gobierno y custodia. Pulgar les entregó la carta al tiempo que les exhortaba a que desistiesen de tan inútil resistencia, pero por más que se sintieran inclinados a entablar conversaciones de paz, sentían temor hacia el alcaide de la fortaleza, que amenazaba con arrasar la ciudad antes que verla esclava de los cristianos.
A duras penas consiguió que dos de aquellos moros principales se arriesgasen a subir a la fortaleza para presentar al alcaide los pactos que ofrecía el rey de Castilla. Uno de aquellos mensajeros era Alí Dordux, a quien dio con el mayor recato la carta que traía para él. Al recibirla, denotó una gran turbación, y su única respuesta fue alzar los ojos al cielo.
Tardaron varias horas en regresar, y cuando lo hicieron trajeron la siguiente respuesta:
-Vuelve caballero a tu rey y dile que Málaga se defenderá a todo trance, y si Alá ha decretado su ruina, sufrirá resignada su suerte-
Sin admitir réplica alguna por parte de Pulgar, Alí Dordux y unos cuantos ancianos nos acompañaron por el medio del bullicio hasta que quedamos fuera de los muros, junto al cauce del Guadalmedina, cerca de su desembocadura en el mar. Tras despedirnos de ellos, galopamos hacia nuestro campamento.
De él había salido el rey Fernando acompañado por algunos caballeros, temeroso por nuestra suerte. Nadie osaba mencionar el nombre de Pulgar, para no acrecentar la inquietud del monarca. Solo Gonzalo de Córdoba, el más joven y resuelto, no pudo contenerse por más tiempo y dijo:
-Mucho tarda mi amigo, y quisiera, antes de que cerrase la noche, ir a buscarlo a esa ciudad-
Fernando no respondió, si bien admiró para sus adentros los bríos de aquel mozo. Pero como quiera que el mancebo insistiera para que accediese a su ruego, el rey exclamó:
-Ahí viene Pulgar, si mi deseo no me engaña. Pero yo empeño mi palabra y fe real de otorgarte en otra ocasión la primera merced que me demandes-
El rey fue al encuentro de Pulgar, y descabalgando ambos de sus monturas, éste se postró a sus pies, pero Fernando le ayudó a levantarse para honrarle ante los que allí se encontraban, que se apartaron en señal de respeto. Pulgar dio cuenta al rey de lo ocurrido en la ciudad y de las escasas esperanzas de lograr su rendición más que entrando a viva fuerza.
Y así ocurrió. Málaga fue conquistada por las armas, al igual que los pueblos de la sierra, siendo con ello allanada toda la parte del reino de Granada que da al poniente. Tras ello, decidieron los reyes católicos suspender momentáneamente la acción armada, para rehacer la hueste y acometer después con mayor ímpetu las regiones de levante, donde reina el Zagal, que acecha desde los muros de Guadix como un león en su guarida, persistiendo en su lucha contra su sobrino Boabdil.
Aquel relato nos llenó a Lope y a mí de profunda emoción. Estábamos vivamente impresionados. En mi caso, no pude por menos que cambiar el concepto que tenía acerca de la nobleza, de la que, si bien el difunto Enrique de Fuente Seca y su familia eran genuinos representantes, Hernán del Pulgar también lo era, aun con las irreconciliables diferencias que entre ellos había, que hacían que fuesen como la cara y la cruz de una moneda. Eso hizo que tomara la decisión de que a partir de entonces no enjuiciaría nunca a las personas por su condición social.
Si ya anteriormente Pulgar nos inspiraba un profundo respeto, al conocer sus proezas ese sentimiento pasó a ser de auténtica devoción. Lope y yo, ávidos de gloria, nos conjuramos para servir dignamente a aquel héroe que el destino nos había deparado como adalid para darnos cumplido ejemplo, cuya impresionante estampa se quedaba corta en comparación con su obstinación y sus atributos viriles. Y ocasión tuve de comprobarlo por mí mismo no mucho tiempo después.
Me había adaptado bien a mi nueva vida y trataba de intensificar al máximo mi preparación para el combate con un doble objetivo: conseguir cuanto antes aptitudes para batirme y alejar de mi mente la tristeza y el dolor que las desgracias acaecidas en los últimos tiempos. Esto último solo lo conseguía en parte, puesto que cuando quedaba inactivo, aquellas terribles imágenes acudían en tropel a mi mente.
Pedro del Pulgar era un buen observador y, pese a que yo trataba de disimular mostrándome lo más alegre y locuaz posible, de alguna manera supo leer en mis ojos la tristeza que me embargaba. Con el paso de los días en el campamento, hablaba mucho conmigo y se preocupaba especialmente de que aprendiese, percibiéndose con claridad que me había cobrado afecto.
Consiguió que depositase plenamente mi confianza en él, hasta el punto de que una noche desnudé mi corazón y le conté los motivos que me habían llevado hasta allí desde tan lejanas tierras, sin dejar ningún cabo suelto. Ni una sola vez interrumpió la historia que le estaba contando. Si en algún momento se sorprendió o escandalizó por la dureza de los hechos narrados, la expresión de su rostro no hizo que trascendiese, cosa en cierto modo lógica, al ser persona acostumbrada a presenciar y protagonizar sucesos de intensa brutalidad.
Cuando terminé de relatar mi odisea, se me quedó mirando en silencio a los ojos durante unos instantes, y luego dijo:
-Veo que no me equivoqué al proponerte a Hernán del Pulgar como mi futuro paje de lanza. Eres la clase de hombre que necesitamos él y yo. Alguien que no se arredra ante la injusticia, y no duda en exponer su vida para repararla-
Y advirtiendo mi desazón por la gravedad de las declaraciones que acababa de realizar, añadió: -no temas que te delate. No solo te juro solemnemente que jamás lo haría, sino que puedes contar con mi amparo, y te garantizo que teniendo mi apoyo, dispones del patrocinio de Hernán del Pulgar, que no es poco-
Aquellas lisonjas me llenaron de orgullo, sobre todo por proceder de alguien que, en mi opinión, no las regalaba, y su última manifestación tuvo además el efecto de tranquilizarme, quitándome un gran peso de encima.
Un buen día, Pedro del Pulgar se me acercó y me dijo:
-Acompáñame a presencia de Hernán del Pulgar, que ya le he hablado de ti y va siendo hora de que te conozca-
Yo no tenía por que, pero no pude evitar sentirme acongojado, aunque no dije nada por prudencia. No obstante, Pedro notó descompuesto mi semblante y quiso tranquilizarme:
-No temas, Santiago. Detrás de la aparente fiereza de nuestro adalid hay un corazón de oro. Será como un padre para ti al igual que ya lo es para mí, te lo garantizo-
Más calmado, le seguí obedientemente hasta la tienda de nuestro capitán, que no era ni con mucho la más lujosa del campamento. Allí estaba Hernán, plantado en la entrada, esperándonos. Calzaba borceguíes de cuero y vestía ropajes de campaña, que aunque rudos, eran portados con prestancia. Contrariamente a lo que esperaba, su imponente presencia no me infundió desasosiego, aunque sí un profundo respeto. Sus ojos eran limpios y de mirada penetrante pero noble.
Nos invitó a pasar al interior de su morada. Yo iba tras él y comprobé con cierta sorpresa que no era más alto ni corpulento que yo, pese a lo cual no podía evitar considerarme ínfimo a su lado, y comprendí al instante que lo que imponía de él no era solamente su formidable estampa, sino la fortaleza de espíritu que emanaba del interior de aquel hombre extraordinario.
Se sentó sobre el camastro que había dentro de la tienda mientras Pedro y yo permanecíamos en pie, y se dirigió a mí, con voz amable.
-Así que tú eres Santiago Fariña. Sé que no es tu verdadero nombre pero nosotros seguiremos llamándote así. También conozco tu historia, y no puedo menos que sentirme satisfecho de tomar a mi servicio a un joven con el valor y el sentido de la justicia que has demostrado. Sé pues bienvenido a formar parte de mi casa, que es ésta, y ponte a las órdenes de Pedro, que con un aprendizaje intensivo no creo que tarde mucho en curar tu bisoñez. Presiento que voy a sentirme orgulloso de tí, pero por el momento tus funciones se limitarán a mantener nuestro armamento en perfecto estado, labor sumamente importante, porque nos esperan con inmediatez jornadas muy duras, y las armas deben estar siempre prestas para entrar en combate-
Es difícil describir el profundo halago y satisfacción que sentí al escuchar aquellas palabras, máxime al ser dichas por tan gran hombre. Juré para mis adentros que jamás le decepcionaría.
Tras algunas jornadas de duros entrenamientos en los que continuamos adiestrándonos en la disciplina de las armas, y yo aprendí a través de Pedro todos los secretos de su limpieza y puesta a punto; y no solo eso, puesto que al tratarse de un personaje de vasta cultura y advertir mis inquietudes por aprender, en las horas de asueto me ayudaba a mejorar mis pobres conocimientos de la lectura y la escritura, e incluso algunos conceptos matemáticos, que yo trataba de asimilar con entusiasmo.
Llegó la hora de trasladarse al campo de batalla, siendo el objetivo la conquista de los dominios de El Zagal, y lo hicimos hasta llegar frente a los muros de Baza, ciudad que junto con Guadix y Almería y sus respectivas comarcas circundantes, comprendían los territorios regidos por éste.
Las cadenas de montes que por allí se cruzaban formando las ásperas sierras de la Alpujarra para después ir declinando hacia la zona costera, y tres ciudades fuertemente amuralladas y resueltas a defenderse hasta el último trance, infundían tanta seguridad al rey moro, animoso y valiente de por sí y alentado además por su aguerrido ejército, que ya pensaba en cerrar el paso a las tropas castellanas, arrollándolas hasta la frontera del reino, para después atacar a Boabdil para arrojarle del trono que ambicionaba y ser aclamado de nuevo como monarca de Granada.
Baza estaba custodiada por el alcaide Cidi Hiaya, de estirpe real y grandes méritos, quien gozaba de la máxima confianza de El Zagal, tanta que éste prefirió, pese al asedio, permanecer en Guadix, presto para acudir a donde fuese menester a acometer al enemigo en cualquiera de los frentes de batalla abiertos, tanto contra los cristianos como contra su propio sobrino.
Fueron siete largos meses los que duró el asedio que sufrió Baza. Hubo lances y escaramuzas por doquier, y raro era el día que no se producía un duelo entre valientes de uno y otro lado, poco dispuestos a dejar en descanso sus armas, con diferentes resultados.
El ejército cristiano se había enseñoreado del llano y la sierra, pero nuestros capitanes veían con impaciencia como se prolongaba aquel durísimo asedio, y algunos de ellos, con el consentimiento tácito del monarca, decidieron llevar a cabo algunas correrías por la comarca de Guadix. Pulgar, como no, estaba entre ellos, y acompañándole, Pedro y yo, aunque mis humildes funciones estaban alejadas del manejo de las armas, teniendo que conformarme con cumplir con mi deber de acarrearlas y mantenerlas siempre a punto.
Con sigilo y recato partimos al alba, tomando la ruta de Guadix. La expedición iba capitaneada por dos caballeros, Francisco de Bazán y Antonio de la Cueva, hijo del conde de Alburquerque, si bien Pulgar, aun careciendo del título de caballero, inspiraba tanto respeto y sumisión por parte del resto como ellos.
Tanta fue nuestra diligencia que, acompañados de la buena suerte, caímos como el rayo sobre la comarca del Zenete, y cuando los moros se dieron cuenta, los cristianos habían asolado aquellos territorios, incendiando pueblos, tomando cautivos y llevando la desolación y el espanto hasta las mismas puertas de la ciudad de Guadix. Fui testigo directo de ello, y puedo asegurar que, ante los continuos abusos, violaciones de mujeres y tropelías, efectuadas no por todos, pero por muchos más de los que hubiera deseado, mi percepción fue de que la guerra era mucho menos romántica y heroica de lo que yo me suponía.
La furia se apoderó de El Zagal cuando fue informado de que los cristianos habían venido a provocarle hasta las mismas puertas de su fortaleza; ávido por vengar tamaña afrenta y esperanzado de que tanto los cautivos como el importante botín que acarreaban harían más lenta su huida y les entorpecerían el uso de las armas, envió tras ellos un numeroso tropel de fieros alarbes, siguiéndolos él mismo muy de cerca, ansioso por ser testigo del triunfo.
Los cristianos trataban de retornar a su campamento con la mayor celeridad, pero el hecho de llevar en medio numerosos cautivos y rebaños, debiendo prestar tanta atención a su custodia como a defenderse de un posible ataque enemigo, hacía que el paso fuera lento y descoordinado.
Cuando desde un altozano divisamos a lo lejos, en la llanura, una gran nube de polvo que se nos aproximaba, nuestros capitanes se percataron de que venían en nuestra busca y, dando media vuelta, se prepararon para presentar batalla a los perseguidores.
Me esmeré en preparar las armas de mi capitán, lanza, espada y escudo, quedando únicamente en mi poder la ballesta y las flechas, inútiles para Pulgar, al situarse en primera línea y servirle más como estorbo que como apoyo para la lucha cuerpo a cuerpo.
Yo me había instruido en el manejo de aquel artefacto, e incluso puedo decir que era el arma que mejor manejaba, así que desde el puesto que ocupaba en la retaguardia como mero observador, pensé que si fuera menester, bien podría, a pesar de mi inexperiencia, ayudar a los míos si los moros se ponían al alcance.
Pronto se inició la refriega. Los infieles habían ido avanzando por la llanura hasta el inicio de la pendiente en cuyo promontorio nos hallábamos, y en ese momento los nuestros comenzaron a descender contra ellos al grito de cierra España en una maniobra ciertamente arriesgada, pero bien calculada, porque cogió al enemigo por sorpresa y al menos inicialmente neutralizó la ventaja numérica de los alarbes.
Mezclados peleaban guerreros con guerreros, e hiriéndose con espadas y alfanjes, dagas y puñales, mataban y morían.
Tras los primeros embates, una vez repuestos de la sorpresa, la superioridad de los moros se hizo notar. Lo cristianos empezaban a retraerse, y la lucha comenzó a encauzarse a favor de ellos; no era difícil suponer hacia quien se iba a inclinar la victoria.
Yo permanecía junto a otros pajes contemplando desde lo alto el desarrollo de la batalla, impotente para intervenir en el combate y ayudar a los míos al carecer de armas para ello, y sin que la distancia me permitiese hacer un uso adecuado de la ballesta. La sangre me hervía al sentirme completamente estéril.
De repente me percaté de que a medio camino entre nuestra posición y el punto donde se desarrollaba la pelea, sobresalía un peñasco de considerables dimensiones, adecuado para ocultarse. En ese momento me ocurrió lo mismo que no mucho tiempo atrás me había sucedido muy lejos de allí, tras el asesinato de mi prometida: no pensé, y me dejé llevar exclusivamente por los impulsos de mi corazón.
Desmonté de mi corcel y me acerqué hasta la roca con la mayor presteza para poder pasar desapercibido, puesto que el lugar donde se ubicaba quedaba cercano a la refriega, y el hecho de hallarme inerme para la lucha cuerpo a cuerpo me acarrearía una muerte segura en caso de ser descubierto. Con fortuna, conseguí llegar hasta allí y ocultarme.
Desde mi escondite, me asomé con cautela; ahora sí que tenía a tiro los objetivos. Busqué con la mirada a Pedro y a Hernán del Pulgar, para ver como les iba. Observé con preocupación como, no muy lejos de mí, a éste último lo rodeaban tres guerreros moros, con quienes luchaba a brazo partido. Estaba en un grave aprieto, así que no me paré a meditar, y armando la ballesta con una saeta y engatillándola, acerqué el ojo al extremo del carril saetero para alinearlo en el blanco. El problema era acertar a objetivos en movimiento; toda mi experiencia se limitaba a lanzar la saeta contra dianas fijas, y en aquello tenía bastante acierto, pero esto era diferente, y corría el riesgo de herir a los míos. No obstante, y ante la desesperada situación en que se encontraba Hernán, no vi mas opción que la de disparar.
Para ello, y con objeto de minimizar el riesgo en caso de desacierto, elegí como blanco al moro que estaba más alejado de él, y accioné el mecanismo de tiro. No sé si fue porque se movió, o que a mí en última instancia me tembló el pulso, pero el caso es que el intento se malogró. Eso me desmoralizó, pero no por eso cejé en mi empeño. Volví a cargar el arma y repetí el intento. Esta vez el éxito me sonrió y la flecha atravesó la garganta de mi objetivo. Hernán, al ver caer al moro, desvió la vista durante un instante hacia donde yo estaba, y al percatarse de lo ocurrido, sus ojos me enviaron un mudo mensaje de gratitud.
Ahora las fuerzas estaban equilibradas, porque con dos bien podía, pero aun así, animado, recargué la ballesta y volví a dispararla, con igual acierto, solo que en esta ocasión la flecha quedó enterrada en el corazón del infiel.
Salvado Pulgar, busqué nuevos objetivos entre los moros, y tuve la fortuna de hacer caer a otros cuatro.
Pero las cosas no pintaban bien para los nuestros. Había habido bastantes bajas, tanto en nuestras filas como en las de los moros, pero ellos lo notaban menos al constituir una tropa mucho más numerosa. Por si fuera poco, los infieles se replegaron un breve trecho, sabedores de que iban a recibir refuerzos de forma inminente para exterminarnos a mansalva, y los nuestros aprovecharon para retroceder y ponerse a salvo.
Pulgar, mientras subía, dirigió su caballo hacia mi posición y me invitó a subir a su grupa para llevarme a lugar seguro. Monté tras él y me dijo:
-Supe reconocerte en cuanto te vi y sabía que no me decepcionarías. Tu iniciativa me ha salvado la vida. No hace falta que te diga que tienes mi agradecimiento, pero a ello añado mi inquebrantable amistad-
Palabras estas que a mi me llenaron de complacencia y ¿por qué no? También de vanidad, al ser ensalzado por aquel gran hombre a quien tanto admiraba.
Al llegar al alto, iniciamos apresuradamente la retirada por las ásperas y estrechas sendas de los montes, afanándonos en apurar el paso todo lo que podíamos. Tras un largo recorrido, alcanzamos una garganta entre dos altísimas sierras, y creyéndonos momentáneamente a salvo paramos a tomar aliento, pero fue por poco tiempo, pues los moros podían presentarse en cualquier momento, y era necesario salir sin demora de aquella estrechura.
Pero allí era donde nos aguardaba nuestra mayor desdicha, porque al haber corrido por la comarca el rumor de nuestras andanzas, nada más ampliarse el sendero y divisar la llanura, nos encontramos con un ejército de infieles que nos cerraba el paso. Venían capitaneados por los alcaides más famosos de la tribu de los Zenetes, de condición belicosa y ánimo tan levantado que presumían de bastar ellos solos para custodiar aquellas tierras, a las que habían dado nombre.
Se nos heló la sangre al ver aquello. No podíamos detenernos, ni tampoco avanzar ni retroceder. Los caudillos trataron de animarnos, exhortándonos a alcanzar al menos una muerte gloriosa, pero a algunos de los nuestros se les caían las armas de las manos. Hasta un soldado de gran cuenta, que como tal llevaba encomendada la enseña de la hueste, volvió la espalda llevando definitivamente la desmoralización a los suyos.
Viendo esto Pulgar, se desciñó una toca que llevaba en la cabeza, y anudándola al extremo de su lanza, se lanzó como un rayo contra el enemigo al tiempo que gritaba: -seguidme, compañeros, seguidme; aquí va el pendón de Castilla-
Maravillados por su arrojo, todos, caballeros, escuderos y pajes, seguimos su ejemplo y volamos en su defensa. Yo continuaba portando la ballesta, y no llevando encima más armamento, me dispuse a desarrollar la misma tarea que con tanta ventura había realizado poco antes.
Solo Dios sabe como tan pocos hombres pudieron arrollar a enemigo tan numeroso durante aquella jornada, pero lo cierto es que fue tal el desconcierto de los infieles ante tan feroz e inesperado ataque, que incapaces de reaccionar fueron arrollados. Todavía hoy veo la imagen de Pulgar, quien cercado por la turba enemiga, abriéndose paso con la lanza y revolviendo su caballo hacia donde arreciaba la pelea, gritaba a los mismos infieles: -Ahí va el pendón de Castilla-
Yo, por mi parte, colaboré como pude en aquella gloriosa gesta, consiguiendo derribar a no menos de una docena de infieles.
La noche y el cansancio pusieron fin a la refriega, y Pulgar, tan prudente como esforzado, previendo que si permanecían en aquel paraje cuando abriese el día, volverían los moros y los acometerían con el apoyo de los que venían de Guadix, aconsejó a sus compañeros, que ya como a caudillo le acataban, encaminarse sin tregua ni respiro a los reales de Baza, llevando a los cautivos y despojos como trofeo de aquella victoria.
Llegó el rumor al campamento antes que los propios guerreros, pero tan extraño y peregrino parecía aquel suceso, que el rey Fernando temía dar vuelo a la esperanza para no llevar luego mayor desengaño. Sonaron gritos de júbilo cuando de lejos divisaron al reducido tercio de Castilla, que se acercaba lentamente al llegar rendidos jinetes y caballos con tanto esfuerzo y fatiga.
Venían encabezados por un caballero que blandía en su diestra una lanza y en el remate de ésta una enseña desconocida; y como dudasen los capitanes de quien era aquel soldado que parecía acaudillar la escasísima hueste, dijo el conde de Cabra: -que no vuelva yo a ver a Boabdil en mis manos si aquel no es Hernán del Pulgar, que ha vuelto a hacer alguna de las suyas-
y en aquel mismo instante resonó en nombre de Pulgar por todo el ámbito del campamento.
Al llegar ante el rey, descabalgó el guerrero y echó pie a tierra, pero sin acertar a moverse ni a articular palabra, alzando solamente una mano a los alcaides y demás cautivos para que se postrasen a los pies del monarca.
Durante un largo rato no pudo saberse con certeza lo que había acontecido, pero en cuanto se supo por boca de los propios guerreros que solo al valor de Pulgar se debía la salvación y el triunfo, se agolparon a su alrededor los capitanes más famosos, y el rey, con el gozo rebosante en el pecho, le dijo:
-ni una hora ni un instante quiero estar sin pagar esta deuda-
Y apenas pronunció estas palabras, ordenó a los capitanes que formasen un cerco y dejasen en medio a Pulgar. Éste, en su modestia, no adivinaba la merced que el rey quería concederle, pero estaba tan turbado al verse rodeado por la flor de Castilla y con el monarca ante él, que su rostro se tornó pálido y hubo de apoyarse en la lanza.
-¿Qué te pasa, Pulgar?- dijo el monarca con una afable sonrisa en los labios –no te asusta el ejército moro y te causa temor el rey de Castilla cuando va a armarte caballero-
-¿a mí, señor?-
-sí, hernán, ahora mismo y con mis propias manos, en presencia de estos valientes; para que te sirva a ti de galardón y a los demás de ejemplo-
Se arrodilló Pulgar a sus pies, sin poder contener las lágrimas que brotaban de sus ojos, y el rey dijo:
-¿Quién de estos caballeros quiere ser tu padrino?-
Aun no hubo bien pronunciado estas palabras cuando todos a un tiempo reclamaron para sí aquella honra. Pero como cada cual alegase su título y no era cosa fácil ponerlos de acuerdo, el rey determinó que fuesen don Francisco de Bazán y don Antonio de la Cueva, que habían sido testigos de tan gran hazaña, compartiendo con Pulgar el peligro y la gloria.
Ambos caballeros se situaron a su lado, cubiertos aun con la misma armadura que habían traído del combate. La profunda admiración de todos los presentes se hizo patente al permanecer toda la hueste inmóvil y en respetuoso silencio sin que para ello mediara ruego ni mandato.
Demandó el rey una espada al capitán Diego de Agüero, criado de su casa, y dando con ella a Pulgar tres golpes en la cabeza, dijo en voz alta, con noble majestad y compostura:
-Dios nuestro Señor y el Apóstol Santiago os hagan buen caballero, que yo os armo-
Y dicho esto, su alteza ordenó al duque de Escalona, don Diego López de Pacheco, que calzase a Pulgar la espuelas, cosa que aquel bizarro caudillo hizo de buen talante, poniéndole unas hermosas espuelas de color dorado que él mismo traía, hecho lo cual, mandó el rey a todos los capitanes presentes que guardasen a Pulgar las honras, mercedes y privilegios que como a caballero correspondían.
No dieron lugar los caudillos a escuchar cumplidamente el mandato Real, porque todos se apresuraron a estrechar a Pulgar entre sus brazos, y muy particularmente el famoso maestre de Santiago, don Alonso de Cárdenas, el mencionado duque de Escalona y el insigne conde de Cabra, que autorizaron como testigos aquel solemne acto.
No transcurrió mucho tiempo desde que Pulgar había recibido tan señalada honra, cuando hallándose todavía el rey católico en aquel lugar, como si le punzase el deseo de premiarle con mayor largueza, le dijo:
-Demándame la merced que más desees, para que quede eternamente memoria de tan gran hazaña-
No contestó el guerrero hasta que por segunda vez se lo ordenó el rey, y alentado por su afable ademán, le dijo al fin con sumiso comedimiento:
-Puesto que os empeñáis, Señor, en halagar a vuestro criado, me gustaría tener por emblema la misma toca blanca que me sirvió de enseña y legarla a mis descendientes-
-De muy buen grado- contestó el rey –pero es menester que tu lanza sea un león quien la sustente-
Pulgar se sonrojó al oir de boca del rey tan cortés alabanza, y haciendo éste venir a su secretario Fernando de Álvarez, le mandó extender a favor de Pulgar el título más honroso y cumplido “para que quedase memoria de sus méritos y virtudes”, y concediéndole a él y a sus hijos y sucesores “para siempre jamás” el escudo de armas con que había de honrarse su linaje.
Desde aquel mismo día llevó Pulgar por divisa, y la vinculó a su familia, un león de oro con fondo azul, levantando una lanza con sus garras, y ondeando al aire en un extremo de ellas una toca blanquísima, y por orla del escudo once castillos, en memoria de los once alcaides moros que venció en la batalla, y por lema esta máxima, que el mismo Pulgar eligió, y en la que lejos de hacer alarde de su valor y esfuerzo, cuidó solo de recordar cual debía ser la pauta del varón honrado: “tal debe el hombre ser como quiere parecer”.
Cuando cayó la noche y, tras retirarse el rey a sus aposentos, lo hicieron los capitanes. Pulgar se volvió hacia donde estábamos Pedro y yo, que habíamos estado contemplando embebidos y orgullosos los honores que había recibido nuestro mentor:
-No quisiera terminar esta jornada sin compartir mi felicidad con quienes me han apoyado con tanta fidelidad: mi fiel escudero y mi….ballestero: mis amigos- dijo con sonrisa de complicidad. A continuación nos invitó a su tienda, y juntos compartimos varias jarras de vino y exquisitas viandas, entre las que había quesos, embutidos y platos de caza, enviados por el monarca para festejar a Pulgar. Fue un banquete increíble, no ya por la excelsa calidad de los manjares, a los cuales no estaba acostumbrado, sino por el ambiente de compañerismo que se respiraba, pese a la diferencia de clases. Fui tan feliz durante aquel ágape, que hasta me olvidé por unos instantes de todas mis desventuras.
Hablamos largo y tendido sobre lo divino y lo humano, incluidos nuestros proyectos para cuando terminase la contienda. En mi caso tuve que confesar que no tenía nada previsto para hacer, puesto que carecía de oficio salvo las labores del campo, pero para poder dedicarme a eso había que poseer tierras, algo de lo que yo carecía. Y con respecto a mi habilidad para el manejo de la ballesta, pocas opciones tenía yo de sacarle provecho en los tiempos de paz que indudablemente se avecinaban.
-No estés preocupado. Ya buscaremos algo para ti cuando todo esto termine- dijo Pulgar sin dar más explicaciones
Había una duda que me corroía, y no dudé en plantearla. Y era que la impresionante valía demostrada por el rey Fernando para dirigir a sus tropas, siempre en el frente de batalla dando ejemplo a sus guerreros no se veía, al menos en apariencia, acompañada por el apoyo de la reina Isabel, que no estaba cercana al ejército.
Pulgar me miró con cierta conmiseración por mi inocencia, y me dijo:
-Si la labor del rey es plausible, no lo es menos la de su esposa, porque mientras el monarca no sale de los frentes de batalla, aportando moral a sus hombres, Isabel tampoco está ociosa, sino que con gran celo y actividad se preocupa de que no falten alimentos en los campamentos cristianos, como bien habrás podido comprobar, cuidando junto a su consejero el cardenal Mendoza de la adquisición de víveres. Compró todos los cereales de Andalucía y la Mancha, y los está haciendo transportar con una admirable regularidad. Con ese fin ordenó abrir un camino de siete leguas de mal terreno, por el cual transitan las catorce mil acémilas que contrató para los transportes y están en continuo movimiento.
Y no solo eso, sino que cuando le faltaron recursos a las arcas reales, no dudó en vender sus aderezos y vajilla para atender a la manutención de los guerreros, y hasta las damas de la corte, que no fueron insensibles al ejemplo de su reina, vendieron sus joyas para que nunca faltase manutención a los guerreros-
Aquello aplacó mi incertidumbre, y no pude más que pedir perdón por haber dudado de actitud de la reina Isabel, a quien Pulgar veneraba.
Cayó poco después la ciudad de Baza, tras siete meses de durísimo asedio, justo tras la llegada de la reina, como si la simple presencia de aquella singular mujer hiciese caer las armas de manos de los infieles.
Cuando El zagal se enteró, se le quebrantó el ánimo para plantar cara por más tiempo a los castellanos, y entregó a los reyes católicos las ciudades de Almería y Guadix, así que rendidas las tres ciudades y sujeta al poder de Castilla la dilatada costa, el cerco de Granada se iba estrechando cada vez más. Pero ocurrió que la propia desesperanza de los moros, que veían que sus días al mando de la ciudad estaban contados, les proporcionó fuerzas para contraatacar, aprovechando además la confianza de los cristianos, quienes seguros de la victoria, se habían descuidado.
Comenzaron levantándose contra el yugo de Castilla algunas villas y aldeas, en tanto que el ejército cristiano, expandido por un vastísimo espacio, no daba abasto para controlarlo todo. Hasta el propio Rey Fernando se hallaba lejos de allí. Boabdil, aprovechando la coyuntura, intentó un último esfuerzo a la desesperada. Salió con su ejército de la ciudad y, tomando la fortaleza de Alhendín, se dirigió camino de la costa hacia el puerto de Almuñécar, con objeto de dominar cuando menos una parte de la ribera del mar y poder recibir los socorros que aguardaba de África. Pero no había llegado a la mitad del camino, cuando le llegaron noticias de que la fortaleza de Salobreña se hallaba desguarnecida y escasa de víveres y de agua, de tal modo que con solo presentarse con su hueste ante las puertas, era previsible que aquel castillo se rindiese.
No dudó ni un instante en encaminarse hacia allí, puesto que la fortaleza estaba situada en un punto de alto valor estratégico, en la cima de un monte, con una áspera subida por un lado, y protegida por el otro por las olas del mar.
La villa que rodeaba la fortificación cayó en sus manos con facilidad, al recibir el apoyo de unos cuantos mudéjares que allí residían, y solo quedaban unos cuantos cristianos dentro del castillo que no habían tenido tiempo de proveerse de alimentos, y no teniendo para apagar la sed más que una cisterna con escaso contenido de agua.
Rodeó los muros, y no queriendo exponer a su ejército al difícil asalto de aquella fortaleza, prefirió esperar a que el hambre y la sed de los sitiados la pusiesen en sus manos. Entre tanto, ya se hallaban en poder del rey moro las fortalezas de Padul y Alhendín, sin que el rey Fernando acudiese a tiempo para socorrerlas; Gonzalo de Córdoba se había encerrado con escasa tropa tras los flacos muros de la Mala, en un desesperado afán de evitar a su soberano nuevas pérdidas y sinsabores, y aunque el conde de Tendilla, Adelantado de la frontera, entró por la Vega con osada resolución para atraer sobre sí las tropas enemigas, supo con desconsuelo que no llegaría a tiempo de socorrer a los puertos amenazados.
Uno de los caballeros que acompañaban a aquel capitán general era Pulgar, quien al conocer aquellas noticias se presentó ante él y le dijo:
-La causa que llevó al rey moro a Salobreña fue la certeza de la falta de agua y alimentos, así como la escasez de tropa guarnecida en el interior del castillo. Si me lo permitís, yo iré, y con la ayuda de Dios entraré en la fortaleza-
Partió Pulgar con setenta hombres, la mayoría espingarderos y ballesteros –incluyéndome a mí, que ya me contaba entre estos últimos- y los restantes, escuderos, a los que encabezaba Pedro del Pulgar.
Avanzamos hacia la fortaleza de Salobreña, y desde un alto pudimos comprobar que la hueste mora que la sitiaba era tan numerosa que impedía que pudiéramos acceder a ella por la fuerza.
Pulgar, haciendo uso de su astucia, se entretuvo en pergeñar una idea que nos permitiese entrar en el castillo sin sufrir daños. Finalmente, ordenó que nos dirigiéramos al cercano puerto de Motril, donde fletó un barco, que nos llevó hasta las inmediaciones de Salobreña. Los moros desconocían nuestra presencia, suponiendo que el navío en que estábamos era un pesquero que andaba faenando por aquellas aguas. Con el amanecer, saltamos sigilosamente a tierra, y aprovechando el cambio de guardia de los moros, conseguimos entrar por un postigo, portando un cántaro de agua, de la que tan necesitados estaban los defensores de la fortificación.
Una de las tácticas que el rey moro utilizaba para minar la moral de los cercados era enviar todos los días un emisario a las puertas de la ciudad para conminarlos a rendirse, profiriendo toda clase de amenazas de cautiverio y muerte si no lo hacían, y recordándoles que pronto morirían de sed.
Enterado Pulgar de aquella táctica, subió a lo alto de las murallas junto con el alcaide Iñigo Manrique y mostró al enviado de Boabdil el cántaro que él mismo había traído junto con una copa de plata, como invitándole a beber, y después arrojó ambos objetos al vacío, partiéndose el cántaro en mil pedazos y derramando el agua ante las narices del moro, táctica que dio como resultado que los infieles creyeran que la presunta falta de agua no era tal, lo que les imposibilitaba entrar en la fortaleza, y tras continuar con el asedio durante unos días, al enterarse de que el rey Fernando acudía con numerosa hueste en su defensa, no tuvieron más opción que volverse a Granada.
Esta contrariedad supuso que a Boabdil le quedaran definitivamente cerradas las puertas al mar, y con ello cercenadas de forma irreversible las esperanzas de recibir refuerzos de África, con lo que su situación se tornó tan débil que la pérdida de su reino solo era cuestión de tiempo.
Así es que el rey Fernando decidió definitivamente poner cerco a Granada, pero no quiso hacerlo inmediatamente, pues el invierno empezaba a hacerse notar, y no era aconsejable iniciar el ataque contra una ciudad fuertemente armada, populosa y ceñida por una triple defensa de muro, en unas condiciones meteorológicas desfavorables. Pospuso pues el sabio monarca la conquista de la ciudad para cuando mediaran circunstancias más favorables.
La noticia del aplazamiento no agradó a los capitanes que habían seguido el pendón real hasta las mismas puertas de la ciudad. Uno de ellos era Pulgar, que no estaba en su elemento si no escuchaba el fragor de las armas. Se retiró cariacontecido a la ciudad de Alhama. Soñaba con ser el primero que tomase posesión de Granada, si la ciudad era entrada por la fuerza, y ahora, viendo alejarse tan grata perspectiva, andaba triste y meditabundo, y con la mente embebida en un solo pensamiento.
Una tarde, en la que el sol ya se estaba ocultando tras los montes, se encontró Pulgar a las puertas de la antigua mezquita, ahora convertida en iglesia, pero conservando aun su primitiva forma y estructura. Penetró en aquel recinto, impulsado por la intención y el deseo de dirigir al Cielo sus plegarias, y permaneció allí largo tiempo encerrado en sí mismo rodeado de la soledad y el silencio.
Algo en su cabeza le hizo vincular la mezquita donde se hallaba, que actualmente estaba consagrada a su Dios, con la de Granada, donde se tributaba culto al del falso profeta, con lo que su sentimiento, profundamente religioso, quedó sumido en el desconsuelo. En ese mismo instante su mente comenzó a preparar la forma de subsanar aquella afrenta.
Estuvo toda la noche meditando, y cuando apenas despuntaba el día, Pulgar ya lo tenía todo decidido. Reunió a todos sus amigos, entre los que yo tenía la inmensa honra de contarme, aunque la mayoría eran hidalgos. Allí estaban, entre otros, su cuñado Francisco de Bedmar, Jerónimo Aguilera, Pedro del Pulgar, Diego de Baena, Tristán de montemayor y Ramiro de Guzmán. Éramos un total de quince hombres, curiosos por conocer el motivo de la convocatoria.
Nos recibió en su tienda con un semblante más grave de lo habitual y nos hizo sentar a su alrededor, y a continuación comenzó a hablarnos:
-Conozco vuestra lealtad y esfuerzo, de los que me habéis dado tantas pruebas, y por eso os he elegido para confiaros mis intenciones: mañana voy a entrar en Granada-
Quedamos atónitos al oir aquellas palabras, mirándonos los unos a los otros. Pulgar, como si no se hubiese apercibido de nuestra extrañeza, repitió:
-Mañana voy a entrar en Granada con el favor de Dios y de su Santísima Madre, pero debido al riesgo de encontrarme con infieles por el camino que me impedirían llevar a cabo mi empresa, quisiera pediros vuestra ayuda. No os lo exijo y mucho menos os lo ordeno, pero si lo hacéis de buen grado os lo agradeceré eternamente-
No hicieron falta palabras para darle a entender que todos los presentes estábamos dispuestos a seguirle a donde hiciera falta, y él así lo entendió.
-Ya lo sé, amigos míos. Como podría dudarlo. Me acompañaréis a las puertas de la ciudad, y allí me aguardaréis-
Viendo en nuestras miradas que dudábamos del éxito de su empresa, y por tanto de que entregara su vida en el empeño, añadió:
-¿Tan poca confianza ponéis en Dios que me contáis ya entre los muertos?-
Francisco de Bedmar, con la confianza que le otorgaba su parentesco, quiso rebatirle:
-Tu voluntad es nuestra ley, Hernán, pero mal cumpliríamos con lo que te debemos si viéndote correr hacia una muerte cierta, no tratáramos de convencerte de que no lo hicieras-
-No os he pedido consejos. Solo os he rogado que me acompañéis hasta Granada-
Su firme propósito hizo que todos los que estábamos allí enmudeciésemos, sabedores de que ningún obstáculo ni riesgo haría mella en su voluntad. Se aprestó para la partida, y nos recomendó llevar vestidos oscuros para pasar más desapercibidos en la negrura de la noche.
-Y si alguno no posee espada, que me la pida a mí, que del mismo Toledo las tengo-
Aquella misma tarde, al ponerse el sol, todos estábamos a las puertas de Alhama, esperando por Pulgar. Éste llegó pronto. Un anciano que se hallaba asomado a la ventana de su casa, al vernos, y como si adivinase nuestras intenciones, dijo en voz alta con un tono no exento de gracia:
-¿Con Pulgar vais?: la cabeza lleváis pegada con alfileres-
No pudimos menos que reírnos todos ante la ocurrencia del viejo. Hasta el propio Pulgar fue incapaz de mantener la gravedad en el rostro; y tan atinado fue aquel dicho, que quedó desde entonces convertido en adagio.
Cabalgamos toda la noche, una de las más ásperas del invierno, por montes y barrancos. Ya alboreaba cuando nos encontramos a pocas leguas de Granada, y allí determinó Pulgar buscar resguardo para ocultarnos de la vista de los transeúntes, con la intención de aguardar a que cerrase de nuevo la noche, para cruzar rápidamente la Vega y llegar a la ciudad sin ser vistos.
Largo se nos antojó el día, pese a ser uno de los más cortos del año. Lo aprovechamos para departir sobre todos los sucesos de aquella guerra. Para entretenernos, propuso Pulgar como vía de esparcimiento buscar en aquellos campos cualquier cosa que se pudiese recoger.
-Si lo que quieres son flores- repuso Jerónimo Aguilera –en la Vega hay las que necesites, pero por estos vericuetos no se ven nada más que algunas retamas que podemos recoger por si fuera menester extraer el veneno de las heridas-
-Has acertado, amigo. Quisiera que cogieseis algunas retamas, pero de las más secas, porque no se trata de sacar jugo, sino de pegar fuego-
-¿Vas a pegar fuego a Granada?- repuso Aguilera desconcertado
-Ni más ni menos- fue la lacónica respuesta de Pulgar.
Nos quedamos boquiabiertos, sin acertar con las palabras adecuadas para disuadirle de tan arriesgada empresa. Después, nos separamos para cumplir el mandato de nuestro capitán de buscar retamas secas, pero tan pronto quedamos fuera del alcance de su vista, volvimos a reunirnos. Nadie estaba de acuerdo en abandonar a Pulgar en aquel duro trance.
Diego de Baena fue el primero en hablar:
-¿Qué se diría de nosotros si volvemos sin nuestro capitán?-
-Antes muertos que deshonrados- contestó Montemayor, y lo mismo repetimos todos, al tiempo que nos juramentábamos para sacar de allí sano y salvo a Pulgar o morir en el intento.
Cuando volvimos a donde nos aguardaba el caudillo, le hallamos embebido preparando los aprestos para entrar en la ciudad: un hacha de cera, alquitrán y cuerda; al acercarnos nos pidió que nos dedicásemos a aparejar manojillos de retama.
-Según sopla el viento de la sierra- nos dijo –ha de ser mejor esta noche que la de San Juan para fuegos y candeladas-
Y así pasamos las pocas horas que nos quedaban del día, viendo como el sol se iba ocultando mientras de los montes bajaba una espesa niebla.
Alhambra de Granada
Amparados con ella y con la oscuridad de la noche, descendimos al llano y tomamos la vía de Granada, esquivando con especial cuidado la cercanía de los pueblos. Era casi media noche cuando llegamos a las inmediaciones de las puertas de la ciudad.
Paramos a tomar aliento, redoblando las precauciones. Poco después, Pedro, conocedor de la zona, nos guió por el cauce del Darro hasta localizar un punto de escasa profundidad, por donde cruzamos el río, y continuamos hasta llegar a un puente. Allí, Pulgar se dispuso a despedirse de nosotros.
-Dadme un abrazo, amigos míos, y esperadme aquí a que regrese-
Y se dispuso a partir. Pero en ese momento ocurrió lo que Pulgar no esperaba, y es que por primera vez vio como se desobedecía su mandato, porque todos los presentes queríamos acompañarle. Tras un larguísimo debate, finalmente accedió a que le acompañásemos algunos, para no ser descubiertos, quedando los demás aguardando bajo el puente, justo donde el Darro afluye al Genil.
Tras varias disquisiciones para ver en quienes recaería el honor de acompañarle, finalmente Pulgar decidió zanjar el asunto:
-Tú, Pedro, que eres quien mejor conoce la ciudad, puesto que te criaste en ella, vendrás conmigo. Tú, Bedmar, también. Y otros cuatro más. Decididlo vosotros mismos, pero rápido, que el tiempo se nos echa encima-
Pedro del Pulgar me hizo una seña para que me incorporase al grupo, discreta pero que fue perfectamente entendida por todos los presentes. Quedaban tres más por unirse a nosotros, y éstos fueron finalmente Tristán de Montemayor, Jerónimo Aguilera y Diego de Baena.
Salimos de allí a pie, encabezados por Pedro, que nos condujo por el borde del río hasta llegar a un estrecho paso por el que fluía un arrollo de desagüe, y tras dejar escondidas en un rincón oscuro las lanzas que portábamos –que más nos hubieran servido de estorbo que de ayuda- accedimos sigilosamente al interior de la ciudad, accediendo a una pequeña plaza.
Reinaba un silencio tan profundo como si la ciudad estuviese desierta, interrumpido solamente por el ulular de las rachas de viento.
-Aquella debe ser la gran mezquita- dijo Pulgar dirigiéndose a Pedro
-Así es, Hernán, y esa que ves en medio es la puerta principal, vuelta hacia el oriente-
A instancias de Pulgar avanzamos hasta la puerta principal de la mezquita. Al llegar allí, prendió el hacha de cera que portaba, y a continuación se arrodilló. Sacó del pecho un pergamino, lo besó tres veces y nos dijo:
-Aquí tenéis mi escudo; esta empresa no es mía, es de la reina de los ángeles-
Vimos entonces con asombro que en el pergamino figuraba a grandes letras la leyenda Ave María, y bajo ella otras letras más menudas, que apenas se distinguían.
-Sed testigos de cómo tomo posesión de esta mezquita, en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde ahora a la Virgen del cielo, que nos ha servido de guía-
Al pronunciar esas palabras, todos nos arrodillamos. Pulgar se puso en pie, sacó un puñal y, situando el pergamino que portaba contra el madero de la puerta, lo atravesó, dejándolo allí clavado, y dijo:
-En poder de los infieles te dejamos, dulcísimo nombre de María. Concédenos la gloria de volver a rescatarte-
Después se acercó a otra de las puertas, y nos mandó que arrimásemos allí las retamas.
-No basta, amigos míos, haber tomado posesión de la mezquita. Esta misma noche tiene que arder Granada-
y con el hacha encendida, les plantó fuego.
A continuación, si sin perder un instante, guiados por Pedro nos encaminamos a un sitio cercano, llamado la Alcaicería, donde se custodiaban para el mercado ingentes cantidades de costosas telas y sedería. La intención de Pulgar era reducirlo todo a cenizas, para conseguir enconar hacia Boabdil los ánimos de sus súbditos y apresurar tal vez la rendición de la ciudad.
Pero cuando se disponía a llevar a cabo sus propósitos, pidiéndole a Tristán de Montemayor la cuerda alquitranada ya encendida, éste le contestó que se la había olvidado en la mezquita.
Los ojos de Pulgar centellearon al oir aquello. Sin pensárselo, tiró de su espada y de un mandoble hirió a aquel escudero en una mejilla, al tiempo que decía:
-¿Qué has hecho, mal hombre? Esta noche Granada quedaría abrasada, y me has privado de la mayor hazaña que en el mundo se hubiera oído-
Hizo ademán de volver a acometerle, pero los restantes nos interpusimos para proteger a Tristán, y Diego de Baena dijo:
-sosiégate, Señor, y aguarda solo un instante, que he de traerte fuego para abrasar mil veces Granada-
Y nos pidió a Pedro y a mí que le acompañáramos de nuevo a la mezquita.
Regresábamos ya con la cuerda ardiente, cuando al doblar una esquina nos topamos de frente con una patrulla de seis o siete moros que ejercía la vigilancia de aquel opulento barrio.
Pedro y Diego de Baena portaban espadas, y yo únicamente un puñal, así que mientras ellos se lanzaban espada en mano contra los moros, yo desde media distancia comencé a arrojarles piedras, consiguiendo derribar a uno de ellos.
El consiguiente barullo provocado por la pelea alertó a nuestros compañeros, que estaban en las proximidades y acudieron con presteza en nuestra ayuda, trabándose una gran refriega entre ambos bandos. Pero Pulgar, temeroso de que la algarabía de la pelea atrajese contra nosotros a una nube de moros, nos dijo:
-Volvamos por el mismo camino, amigos míos y que la espada nos abra paso si es menester-
Corrimos hacia el mismo punto por el que habíamos entrado, recuperando las lanzas que habíamos ocultado, y al llegar al cauce del río, al no ver otro medio de salvación, nos arrojamos a él, oyendo a nuestras espaldas el griterío de los moros. Avanzamos en la oscuridad como pudimos.
La rápida corriente y los remolinos que se formaban en el río representaban un grave peligro para nuestras vidas. Jerónimo Aguilera quedó atrapado en uno de los pozos, sin que la corriente le permitiera salir de él. En la oscuridad, identificó la voz de Pulgar cerca de él, y previendo los horribles tormentos que le esperaban si caía vivo en manos enemigas, exclamó:
-Por el amor de Dios, Hernán, no me dejes con vida-
Éste, percatándose de la desesperada situación de su amigo, accedió con dolor a su petición y le tiró una lanzada que solo la oscuridad reinante impidió que le acertara. Casi al instante llegué yo, y tuve la suerte de vislumbrar en las cercanías de donde Aguilera estaba atrapado, un lugar donde se hacía pie. Me aproximé hacia allí y extendí la lanza hasta él, que consiguió asirse a ella. Con mucho esfuerzo por ambas partes, conseguimos que saliera de allí.
Pronto, y de forma casi milagrosa, todos nos hallábamos a salvo junto a nuestros compañeros, que habiendo permanecido a la espera bajo el puente, acudieron prestos a socorrernos en cuanto se percataron de las dificultades por las que atravesábamos.
Nuestras fuerzas estaban desgastadas por la humedad, el frío y el cansancio, pero estábamos felices de habernos librado, aunque solo provisionalmente, de ser muertos o apresados por el enemigo.
Pulgar fue el último en llegar al refugio.
-No hay que perder ni un instante- nos dijo –y ya que Dios nos ha sacado con bien de tan aventurada empresa, no ahorremos afán y diligencia hasta ponernos a salvo-
Y a continuación fue el primero en montar, y lo mismo hicimos los demás. Ya era inútil el silencio y la discreción, lo único que importaba era la premura. Cabalgamos por el cauce del río, oyendo el griterío y el estruendo que resonaban en el interior de la ciudad, y temiendo que de un momento a otro un tropel de enemigos saliesen en nuestra persecución.
Pero quiso la buena suerte que eso no aconteciera. Los moros estaban lejos de imaginar que aquel inmenso caos estuviera provocado por un grupo de siete cristianos que habían penetrado en la ciudad, y no precisamente en un suburbio apartado y despoblado, con miedo, a hurtadillas y amparados por las tinieblas, sino en el barrio más rico y populoso, pasando por medio de guardias y custodias, y con teas encendidas en la mano.
Así que no es de extrañar que creyesen que aquel suceso lo habían tramado gentes descontentas de la propia ciudad, en la pretensión de provocar disturbios para dar pie al inicio de una nueva guerra civil. Incluso los que habían tropezado con nosotros, aun extrañándose por nuestra indumentaria, apenas daban crédito a sus ojos, y dudaban de lo que habían visto.
Corrían de boca en boca diversos rumores, y se tardó en aclararlos hasta que el rótulo con el AVE MARIA apareció en la puerta de la mezquita, ya a plena luz del día.
Mientras la ciudad andaba confusa y revuelta, nosotros cabalgábamos a brida suelta, dejando atrás los dos ríos y cruzando como una exhalación la inmensa llanura de la Vega, y al romper el alba, nos encontrábamos seguros en la fortaleza de Alhendín –recuperada pocos meses antes-, extenuados de fatiga y medio muertos de frío, con los caballos jadeantes y sin casi sostenerse en pie. Tales fueron las lisonjas y agasajos que nos prodigaron los moradores de aquel castillo al saber que habíamos conseguido entrar en Granada, y aun siendo conocedores de las hazañas de Pulgar, como si no diesen crédito a lo que les contamos, no paraban de preguntarle hasta los menores detalles de la incursión.
A la mañana siguiente, una vez descansados y repuestos, tomamos el camino de Alhama. Cuando llegamos ya se había corrido la noticia de nuestra empresa, y la recepción fue muy parecida a la de Alhendín.
El rumor llegó también a oídos de los reyes, quienes apenas se atrevieron a darle crédito, pero cuando les fue confirmada la noticia, nos llamaron a todos a su presencia. Pese a considerar un gran orgullo presentarme junto a mis compañeros ante los monarcas, no las tenía todas conmigo, porque era tal la veneración que me inspiraban, que rayaba en el temor.
Pulgar comprendió mi angustia, que debía reflejarse en mi rostro, y antes de que entrásemos en la tienda real, donde Isabel y Fernando nos esperaban me llamó aparte.
-Santiago -me dijo- ¿no te tiembla la mano para enfrentarte a los moros y temes enfrentarte a tus bondadosos reyes, que lo que pretenden es agasajarte?- aquellas eran casi las mismas palabras que el rey había empleado con él cuando lo había armado caballero.
-Señor- le contesté –solo soy un pobre aldeano, y no me considero digno de ser recibido por tan altos personajes-
-Estás equivocado. La dignidad no se lleva en el origen, por muy humilde que éste sea, sino en el valor y la hombría de bien, y a tí de eso te sobra-
Aquellas palabras, procedentes de alguien como él, tuvieron en mí un efecto balsámico, y así lo debí exteriorizar, porque no insistió más en sus comentarios.
Entramos en la tienda real. Al fondo, rodeados de los principales caballeros del reino, estaban los monarcas., sentados en dos lujosos sillones de madera labrada. Tras avanzar unos pasos, Pulgar, que encabezaba la comitiva, se arrodilló ante ellos, y los demás seguimos su ejemplo.
El rey tomó la palabra:
-Empeño mi palabra y fe real en que a vosotros quince, que habéis acompañado a Pulgar en esa heroica causa, os otorgaré bienes y haciendas en la misma ciudad de Granada, cuando con la ayuda de Dios se vea reducida a mi servicio. Y a ti, Pulgar, que has sido el alma de esa empresa, poniendo en gran riesgo tu persona, en recompensa por esta hazaña y muchos otros buenos y continuos servicios, no solo te ofrecemos heredades y haciendas cuando Granada se reduzca al poder de Castilla, sino que para más honrarte con una merced a ningún otro caudillo concedida, te prometo que en la catedral que se labre sobre las ruinas de la mezquita, tendrás el privilegio de asiento y honrada sepultura-
Mientras tanto, la guerra permanecía en suspenso por lo crudo del invierno, dedicándose el rey a aprovisionar convenientemente a su ejército para la primavera, quebrando así la resistencia del enemigo, sumido en la incertidumbre de no saber cuando le sería asestado el golpe definitivo. Trajo consigo tan numerosa hueste –diez mil a caballo y cuarenta mil infantes-, y tal cantidad de máquinas, ingenios y pertrechos de guerra como no se recordaban en España.
El 23 de abril de 1491, cuando las lluvias primaverales hicieron su aparición, el ejército de Castilla apareció en la Vega, asentándose en la llanura, no lejos de la sierra de Elvira, junto a un abundantísimo manantial. Estábamos frente a Granada. Desde nuestra posición divisábamos a legua y media de distancia la ciudad extendida entre jardines y asentada parte en llano y parte sobre dos collados, entre los cuales pasaba el río Darro, antes de dejar sus aguas en el Genil; en el inmenso ámbito que abarcaba la vista, se distinguían pequeños pueblos, lugares y alquerías en medio de la frescura de los sembrados; era una bellísima panorámica, magnificada por las blancas montañas que, trabadas entre sí, conformaban tras la ciudad la sierra nevada.
Se instaló un campamento provisional, pero al poco tiempo se produjo de forma accidental un pavoroso incendio que destruyó los pabellones reales y otras construcciones de modestos materiales; ese incidente motivó que el rey Fernando, quien sabiamente preveía además que el cerco se iba a prolongar por bastante tiempo –no quería exponerse a efectuar un ataque directo en el que, aunque la victoria estaría asegurada, las fuertes defensas de la ciudad expondrían a su ejército a numerosísimas bajas-, decidiese construir en ese mismo asentamiento una ciudad en piedra y ladrillo.
Expertos constructores de todo el país fueron contratados para edificar la ciudad-campamento. Muchos de los soldados, hartos de permanecer inactivos, nos presentamos voluntarios para aportar nuestro esfuerzo para llevar a cabo aquella empresa. Me enorgullezco de haber participado en ella, aunque de modo casi testimonial, dada mi ínfima pericia para la albañilería.
Tras ochenta días de ingentes trabajos, la ciudad estaba levantada, para orgullo y jactancia tanto de los constructores como de quienes colaboramos con ellos, y para satisfacción de los monarcas –La reina Isabel había llegado al campamento, acompañada de sus damas de honor, ya antes de que se iniciasen los trabajos-
La ciudad, que recibió el nombre de Santa Fe, tenía una fosa torreada y murada, con dos calles principales rectas, dispuestas en forma de cruz, que iban a dar a cuatro puertas de entrada orientadas a los cuatro vientos, tenía un foso a su alrededor, y sus casas eran sencillas pero sólidas, tanto como para perdurar durante muchos años. En el cruce de las dos calles, se dejó un amplio espacio destinado a ser una plaza de armas ancha y extensa, punto de reunión de la gente del ejército.
Aquella obra representó un tremendo golpe moral para los sitiados en la ciudad de Granada, y fue de gran importancia para conseguir su capitulación.
En virtud de una antigua promesa hecha por el rey a Gonzalo Fernández de Córdoba, este capitán, hábil espía y negociador, tuvo el honor de ser quien pactase con Boabdil las condiciones de la rendición.
Tras llegar a un acuerdo definitivo, regresó al campamento. El rey y la reina, una vez vista la carta y embajada de Boabdil, se prepararon para la toma de Granada; partieron del campamento el lunes día dos de enero, con numerosa hueste y, llegando cerca de la Alhambra, salió el rey Muley Boabdil, acompañado de muchos caballeros moros, con las llaves en las manos, montado a caballo.
Se quiso apear a besar la mano del rey Fernando, pero éste no se lo consintió y el rey moro le entregó las llaves y dijo:
-Toma, señor, las llaves de tu ciudad; que yo y los que estamos dentro somos tuyos-
El rey don Fernando recibió las llaves y se las dio a la reina, ésta las entregó a su hijo Juan, y el príncipe, al conde de Tendilla; el cual, con el duque de Escalona, el marqués de Villena y otros muchos caballeros, con tres mil de a caballo y dos mil espingarderos, ordenó entrar en la ciudad y apoderarse de ella.
Y el rey moro Muley Boabdil, acompañado por los caballeros mayores de Granada y otros muchos moros, partió de la ciudad y se fue a vivir al valle de Purchena, junto al río Almanzora, ocupado por mudéjares, donde el rey le dió señorío, renta y muchos vasallos.
Los siguientes días fueron de grandes festejos y alharacas por parte de la tropa castellana. Las celebraciones por la victoria tuvieron lugar inicialmente en el campamento de Santa Fe y después se fueron trasladando a Granada, a medida que las tropas iban entrando de forma paulatina en la ciudad. Yo puse los pies allí por segunda vez formando parte de la guarnición comandada por Hernán del Pulgar el 4 de enero de 1492.
Dos días después, en plena celebración de la Epifanía, los reyes se reunieron con los principales caudillos que habían estado prestando sus servicios durante aquella larga contienda en la casa real de Santa Fe. Allí se encontraban desde el conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, que iba a ser el primer capitán general de Granada, hasta nuestro capitán Hernán Pérez del Pulgar, pasando por todos los héroes que se habían ido engrandeciendo durante el transcurso de la guerra. El rey se dirigió a ellos con voz cargada de emoción, que la solemnidad que trataba de dar al acto era incapaz de aplacar:
-Todos y cada uno de vosotros formáis parte del pedestal en que se ha apoyado nuestro reino en esta dura y larga pero gloriosa guerra, y los que finalmente habéis decidido que la victoria se incline de nuestro lado. Tanto la reina como yo queremos haceros partícipes de nuestro mayor reconocimiento, pero consideramos que nuestras palabras de gratitud, aunque sinceras, son insuficientes para pagaros vuestra lealtad, esfuerzo y valor. Por ello, es nuestro deseo otorgaros bienes y haciendas, y no con intención de afianzar nuestra generosidad, sino simple y llanamente porque os lo merecéis sobradamente. Y que mejor premio que entregaros el patrimonio de la propia ciudad que con tanto sacrificio nos habéis ayudado a conquistar-
Seguidamente los fue llamando uno por uno, y entregándoles un legajo en el que se reflejaban las propiedades que a cada uno correspondían. Cuando le llegó el turno a Pulgar, el monarca sacó dos pliegos. Le hizo entrega del primero y dijo:
-Pulgar, esto es para ti, que bien merecido lo tienes- y mostrándole el segundo, añadió –y aquí van incluidas propiedades que deseo que entregues a los quince valientes que te acompañaron en tu incursión por Granada. Repártelo entre ellos como mejor consideres-
Hernán, agradecido, quiso arrodillarse ante el rey Fernando, pero el monarca no se lo permitió:
-Un hombre como tú solo debe arrodillarse ante Dios, así que a partir de ahora y para siempre quedas eximido de hacerlo ante mí-
Ese mismo día, Pulgar se reunió con los quince en la plaza de armas de Santa Fe, para comunicarnos la decisión de los reyes de otorgarnos bienes como premio a nuestros esfuerzos, haciendo firme una antigua promesa. De su puño y letra, nuestro caudillo había firmado cartas de propiedad para cada uno de nosotros y sellado con su escudo, pero si el título no fuera suficiente, lo había corroborado con el sello real.
Nos fue entregando a cada uno el legado que nos correspondía, mencionando a viva voz ante todos los demás, para evitar suspicacias, en que consistía cada cupo. Llegó mi turno y dijo:
-En tu caso, mi fiel Santiago, voy a hacer una excepción. Eres un hombre de naturaleza campestre, y sé que no te habituarías a la vida en la ciudad- era como si me hubiese leído el pensamiento –y es por ello que he decidido otorgarte la propiedad de una alquería, en realidad un señorío, en tierras de Huelva, que perteneció a mi buen amigo Salvador de Hinojosa, muerto durante la batalla de El Zenete sin descendientes ni herederos, quien me legó todos sus bienes, que yo ahora te cedo a tí. Se trata de una casa señorial con tierras fértiles y numerosas cabezas de ganado, y actualmente está atendida por la servidumbre. Habrás de personarte allí cuanto antes para tomar posesión. No tengo duda alguna de que sabrás administrar los bienes que se te conceden y serás allí todo lo feliz que te mereces. En cuanto tenga oportunidad iré a visitarte-
Estaba tan entusiasmado que las palabras de agradecimiento se negaban a salir de mis labios. Los ojos se me llenaron de lágrimas, fruto de la felicidad que me embargaba. Pulgar, comprensivo, me abrazó.
-Que el Señor te acompañe, Santiago-
-Y a vos, capitán. Bienaventurado seáis-
-Y recuerda siempre: si eres valiente, la suerte acudirá siempre en tu ayuda. Tú lo eres en grado sumo, y superarás todas las adversidades que encuentres en tu camino por la vida, tal y como has hecho hasta ahora.
SEGUNDA PARTE
TIEMPOS DE PAZ
Tras una emotiva despedida de todos mis compañeros, y muy particularmente de Pedro, a quien tanto debía, abandoné la morada de Pulgar inundado de felicidad, apretando fuertemente entre mis manos el legado que me había correspondido, como temiendo que alguien me lo quisiese arrebatar.
Estaba ansioso por partir, y para ello tenía que buscar a Lope, pues tenía previsto que me acompañara a compartir mi destino y mi hacienda, porque aunque los avatares de la guerra habían hecho que nos separásemos, nuestra profunda amistad persistía, y considerándome más afortunado que él quería que también disfrutara de lo que la ventura me había deparado.
Lo localicé en una taberna acompañado de varios compañeros de su batallón. Le conté como la fortuna me había sonreído y se alegró por mí. Cuando le ofrecí venir conmigo, no lo dudó ni un instante. La guerra había terminado y ya nada le quedaba allí por hacer.
La Corona, además de liquidarnos puntualmente los sueldos correspondientes al tiempo de servicio, nos obsequió con todos los pertrechos, ropas y armamento que habíamos utilizado durante la guerra, y lo que es más importante, las caballerías.
Partimos de Granada el 8 de enero, con un largo camino por recorrer. Sabíamos únicamente que teníamos que llegar a Huelva, y desde allí buscar nuestro destino, que no estaba demasiado lejos de aquella ciudad. Conocíamos, aunque nuestro recuerdo era muy vago, el camino a seguir, que era el mismo que nos había llevado hasta allí hacía ya más de dos años, la ruta de Sevilla, aunque el itinerario era más largo, ya que debíamos continuar hasta Huelva, y desde allí proseguir rumbo hacia nuestro destino definitivo, que estaba, según las indicaciones que poseíamos, al pie de la sierra de Aracena, en una comarca bastante alejada de la ciudad de Huelva.
Aunque nada ni nadie nos apuraba, excepto nuestra curiosidad por conocer lo que nos había deparado el destino, cabalgábamos con toda la prontitud que podíamos, ansiosos por llegar cuanto antes.
Solo interrumpíamos nuestro itinerario cuando el hambre comenzaba a acuciarnos o el cansancio de nuestras monturas así lo aconsejaba, y no desaprovechábamos la oportunidad de degustar en las tabernas o ventas donde lo hacíamos, los platos tradicionales de cada comarca, de los que disfrutamos ávidamente después de más de dos años alimentándonos a base de tragar un rancho que solo el hambre hacía apetecible.
Pese a la presteza con la que intentábamos avanzar, lo crudo del invierno fue un gran obstáculo para hacerlo, sobre todo debido al largo camino que tuvimos que atravesar por entre montañas, así que lo que en condiciones normales hubiésemos logrado en cuatro jornadas, llegar a Sevilla, primera etapa de nuestro viaje, nos llevó una semana, al cuyo término hicimos noche en una posada de Alcalá de Guadaira, prácticamente a las puertas de la urbe sevillana. La climatología había cambiado radicalmente con respecto a nuestro recorrido a través de la sierra, donde habíamos soportado ventiscas, aguaceros e incluso la nieve, y la temperatura pasó a ser templada y agradable.
Decidimos hacer un alto en el camino en la capital, para vencer el cansancio acumulado desde nuestra partida de Granada. Todavía recordábamos la ciudad por nuestra estancia allí, así que no nos costó trabajo alguno orientarnos a través de sus calles.
Tras localizar una cuadra donde dejar a buen recaudo a nuestros caballos para que descansaran, Lope se obstinó en acercarse hasta una taberna que conocíamos de entonces, con la disculpa de que el vino que allí se expendía era excelente y la comida sabrosa. Yo no pude menos que sonreír ante su insistencia, porque pese al tiempo transcurrido recordé el verdadero motivo de su interés. La mesonera tenía una hija adolescente de gran belleza que colaboraba con su madre en atender a la clientela, y ya entonces había advertido que a mi amigo, solo con verla, los ojos estaban a punto de salírsele de las órbitas, y cuando la tenía cerca, su proverbial facilidad de palabra se convertía como por ensalmo en un irregular tropel de tartamudeos, algo que la joven percibía con claridad y ella misma se abochornaba, aunque también se notaba ufana y divertida por el efecto que producía en mi amigo.
Entramos en la cantina, que estaba casi repleta de parroquianos a aquella hora –sobrepasaba ya el mediodía-, pero todavía quedaban mesas libres, una de las cuales pasamos a ocupar. Era un local amplio, cuyo fondo estaba ocupado por inmensos toneles donde se conservaba el vino.
La joven mesonera, que estaba ocupada sirviendo en otra de las mesas, nos vio y nos reconoció al instante, a tenor de la agradable sonrisa que se dibujó en sus labios y el inmediato enrojecimiento de sus mejillas, algo que hizo que intuyese de alguna manera que el camino de Lope quedaría interrumpido en Sevilla.
Vino presta a atendernos. Como mi amigo había enmudecido completamente, cosa habitual en él ante la presencia de aquella moza, le pedí una jarra de vino y algo de comer. Sin dejar de mirarnos de soslayo, marchó diligentemente a cumplir el pedido, y pronto apareció con una gran jarra de vino de Jerez, que ya habíamos catado con anterioridad y era exquisito, y poco después nos trajo, junto con platos y cucharas, una marmita de barro que contenía un humeante y aromático guiso, muy especiado, tan apetitoso que hubiera despertado nuestra voracidad aun en el caso de que no la trajésemos ya con nosotros.
Era una caldereta de cordero, condimentada con hierbas y hortalizas, y estaba todavía más sabrosa de lo que prometían su presencia y su olor. La engullimos con avidez, despachándola con tal prontitud que Sara, que así se llamaba aquella hermosa y diligente joven, se percató de nuestro buen apetito y nos preguntó si queríamos repetir, algo a lo que accedimos sin que tuviera que insistir.
Cuando por fin estuvimos saciados, Lope, quizás animado por el efecto del vino que había ingerido, comenzó a vencer paulatinamente su inicial timidez y a entablar conversación con Sara, que apenas tenía ya ocupación al haber abandonado la taberna la mayoría de los clientes.
Aquel coloquio, del cual me sentía completamente excluido, fue reafirmando mi anterior impresión de que Lope estaba muy lejos de querer alejarse de allí, cosa que yo, aunque deseoso de continuar gozando de su compañía y amistad, comprendía perfectamente, al ser sus deseos idénticos a los que yo había sentido hacía tiempo en mis propias carnes. Éstos habían sido salvajemente truncados, y al recordarlo, las lágrimas acudieron durante un instante a mis ojos, y tuve que esforzarme por reprimirlas.
Lope inquirió a Sara sobre las posibilidades de encontrar trabajo en la ciudad, y ésta le contestó que no era difícil, puesto que gran parte de los hombres jóvenes de Sevilla se habían incorporado, al igual que nosotros, al ejército de los reyes y todavía no habían regresado de la recién terminada guerra de Granada, y había escasez de mano de obra en todos los oficios. En ese momento me di cuenta de que definitivamente la suerte estaba echada y el resto de la ruta me tocaba hacerla solo.
Tras salir de allí, fuimos a la procura de una posada donde pasar la noche. Notaba a mi amigo algo reservado, como temeroso de darme una noticia que yo ya conocía de antemano. No me gustaba verlo tan mustio, así que quise facilitarle las cosas.
-Creo, amigo Lope, que vas a engordar-
Me miró sorprendido, sin saber de donde había sacado semejante teoría.
-Lo digo porque tu futura suegra cocina como los ángeles, y te va a ser muy difícil resistir a la tentación de la gula-
Al percatarse de que había adivinado sus intenciones, sus mejillas se arrebolaron, y de pronto se puso a reír desaforadamente, celebrando mi ocurrencia. Su contagiosa risa hizo efecto en mí, tanto que íbamos llamando la atención de los viandantes, que nos miraban escandalizados, como si estuviésemos locos.
Cuando conseguimos tranquilizarnos, me habló abiertamente sobre sus planes. Desde que conoció a Sara, había soñado con pasar el resto de su vida junto a ella, pero esa tarde se había dado cuenta de que la muchacha también se sentía atraída por él, y no quería dejar escapar aquella oportunidad. Con el dinero de la paga del ejército, a lo que había que añadir lo que sacase por la venta de su caballo, pensaba establecerse como barbero y sacamuelas, oficio en el que era ya experto. Definitivamente, su destino estaba allí.
A la mañana siguiente, Lope me acompañó hasta la cuadra, y tras despedirme de él con un emocionado abrazo y desearnos mutuamente suerte, partí hacia tierras de Huelva.
El camino entre Sevilla y Huelva era poco accidentado, al transcurrir en su mayor parte por la llanura; esa circunstancia facilitó mi avance hasta una población llamada la Palma del Condado, a la que llegué tras jornada y media de camino, y donde me informé que para llegar a mi destino no era necesario continuar hasta Huelva, sino que debía desviar mi camino hacia el norte, en dirección a Facanías, a una jornada de donde me hallaba, y después continuar durante otra más.
Ansioso por llegar cuanto antes, partí de inmediato hacia donde me indicaban. Los días eran cortos –mediados de enero- y la noche me sorprendió a las pocas horas, a la altura de una pequeña aldea llamada Tumbalejo, donde tuve la suerte de encontrar un lugar donde cenar y pasar la noche.
A primeras horas de la tarde siguiente alcanzaba Facanías*, ya en las primeras estribaciones de la sierra; era un pueblo perteneciente al condado de Niebla, situado entre los valles de los ríos Tinto y Odiel. Hice un alto para reparar fuerzas y saciar mi apetito e informarme adecuadamente de la ruta a seguir, y que iba presumiblemente a constituir la última etapa de mi viaje.
Tras devorar un sabroso pastel de carne, y al tiempo que pagaba el almuerzo, se me ocurrió preguntarle al hospedero, un hombre de edad madura, por donde había que ir para llegar al señorío de Hinojosa. Me indicó que debía dirigirme al norte, y que para llegar al lugar debía emplear todo un día, puesto que, aun no estando demasiado lejos –unas cinco leguas-, el camino se iba a hacer a partir de entonces bastante duro y agreste, al tener que atravesar varias montañas antes de llegar al valle donde estaba la alquería que buscaba. Me recomendó que pasase allí la noche, porque desde allí y hasta el final de mi ruta no iba a encontrar ninguna posada ni venta donde pernoctar.
Acepté su ofrecimiento de mil amores, porque una cosa eran las ganas que tenía de llegar y otra exponerme a pasar toda una noche a merced de las inclemencias del tiempo, sin hallar lugar donde guarecerme. Continuamos la conversación y me preguntó por los motivos que me llevaban a un sitio tan remoto, algo extrañado al notar por mi deje en el hablar que no era oriundo de aquellas tierras.
Al contestarle que me dirigía allí para tomar posesión de las tierras del finado Salvador de Hinojosa, la amabilidad de su expresión se tornó en un gesto de extrañeza y desconfianza.
-que yo sepa, esa heredad ya tiene dueño-
-claro que tiene dueño, y ese soy yo-
-perdonad, pero el propietario al que me refiero es Florencio de Valderrama, que ostenta la posesión del señorío vecino, y se ha hecho cargo de la casa y las tierras desde que llegaron noticias de la muerte de Salvador de Hinojosa en la guerra, hace ya muchos meses-
Quedé muy sorprendido y preocupado al oir aquello.
-¿Y sabéis, acaso, en que título se basa para hacerse cargo de algo que no es suyo?-
-Lo ignoro, pero suponía que habrían firmado algún pacto en caso de fallecimiento para que no se produjese un vacío en la propiedad y esas tierras quedasen en manos de la servidumbre y los colonos-
-Pues mucho me temo que va a tener que renunciar a ellas, porque el título que yo poseo está legitimado por el propio rey Fernando, y difícil me resulta creer que Florencio de Valderrama haga valer mejor derecho-
El hombre me miró con una sonrisa de aquiescencia.
-Eso es cierto. Lo que dispone el buen rey, nadie puede rebatirlo, pero debéis tener cuidado. El señor de Valderrama es mal enemigo y cuenta además con poderosos aliados. Sin ir más lejos, el inquisidor de este condado es tío suyo. Os sugiero que os andéis con ojo y sepáis el terreno que pisáis antes de dar un paso, para que éste no sea en falso-
-Lo único que pretendo es tomar posesión de lo que nuestro rey y mi señor Hernán Pérez del Pulgar han decidido para mí, y eso es exactamente lo que voy a hacer- dije con obstinación, intentando aparentar una tranquilidad que estaba lejos de poseer, muy particularmente desde que el posadero había mencionado al inquisidor. Desde el lejano día de mi partida de la Coruña en que vi como quemaban a aquella pobre mujer, el Santo Oficio formaba una parte importante de mis pesadillas. De todas formas, me alivió recordar que si Valderrama tenía poderosos aliados, yo también los tenía. Pensaba en Pulgar y en Pedro, ya sin tener en cuenta al rey Fernando, que avalaba con su sello mis derechos sobre aquellas tierras.
Aquella noche dormí poco y pensé mucho. Sobre mi futuro, que desde el día que finalizó la guerra se preveía halagüeño, se había cernido un inesperado nubarrón que amenazaba con oscurecerlo peligrosamente y lo convertía en inseguro. No quedaba otra opción que culminar mi viaje y comprobarlo personalmente.
Partí con el alba y me adentré en las montañas a través de un camino estrecho y peligroso, bordeando simas de gran profundidad, lo que convertía el avance en lento y fatigoso –las cuestas eran tan pronunciadas que tenía que descabalgar para no agotar a mi caballo, obligándome a parar a descansar cuando culminaba alguna de ellas. El aire de la sierra, procedente del norte, era gélido, y al estar los montes despoblados de arbolado no existía protección contra él y mis articulaciones estaban entumecidas por el frío.
Parecía que nunca se iba a terminar aquella travesía, pero finalmente, cuando el sol se hallaba cerca de su ocaso, desde lo alto de una montaña divisé un hermoso valle. En primer término se apreciaba un grupo de unas veinte casas y al fondo –calculé que a una legua de distancia de la pequeña aldea-, junto a un río, un edificio de considerables dimensiones, rodeado de lo que parecían ser cuadras. A mi derecha, junto un frondoso bosque y sin que la distancia me permitiera reconocerlos con claridad, se veían pequeños puntos de color oscuro, algunos de los cuales se movían, y que identifiqué como reses, aunque era incapaz de discernir a que especie pertenecían.
Descendí de la montaña y pronto llegué a la aldea. Me crucé con un anciano que portaba un haz de leña y lo abordé, preguntándole por la alquería que había sido de Salvador de Hinojosa. Me confirmó que, tal y como yo ya presumía, era la gran casa que poco antes había divisado al fondo del valle.
Hacia allá me dirigí, llegando a sus puertas cuando la noche aun no había caído.
Atravesando la zona porticada, entré en la hacienda. El edificio señorial era todavía más grande de lo que aparentaba desde la lejanía. Su arquitectura no era demasiado lujosa, al carecer de adornos y ostentaciones, a excepción del escudo de armas de la casa dibujado en azulejos que estaba sobre la puerta, y una representación religiosa pintada en el mismo material en la pared exterior, pero era una sólida casa de dos plantas, construida en ladrillo tosco y macizo, y con techumbre de tejas. Me llamó la atención el hecho de que no estuviese circundada por una muralla sólida, uso que se estilaba en Galicia en ese tipo de edificaciones, sino que lo que la rodeaba era una línea de recios olivos, tan juntos entre sí que aparentaban no poder traspasarse.
Tras desmontar, y con objeto de justificar el motivo de mi visita, extraje de las alforjas el título de propiedad y me acerqué a la puerta, accionando el picaporte. Tras esperar unos instantes, la puerta se abrió y me encontré con una doncella hermosísima de unos dieciocho años que me miró extrañada por mi inesperada presencia a horas intempestivas.
-Desearía hablar con la persona responsable de la hacienda- le dije
Sin contestarme, volvió a desaparecer, y al momento se presentó un hombre de edad avanzada. Era alto y de pelo canoso, y su gesto era adusto, cosa en cierto modo lógica al hallarse ante la inesperada visita de un desconocido a aquellas horas.
-Soy Alonso, administrador de esta heredad ¿qué deseáis?
Me presenté:
-Mi nombre es Santiago Fariña y vengo a tomar posesión de estas tierras en nombre del rey Fernando-
Mi anuncio le dejó perplejo.
-Pero… este señorío ya tiene propietario. Se trata de Florencio de Valderrama, a quien mi difunto señor legó todos sus bienes antes de partir para la guerra, en caso de que le sucediera algo durante el transcurso de la contienda, cosa que desgraciadamente aconteció-
-Eso he oído cuando venía para aquí, pero resulta bastante extraño, porque me consta que, hallándose moribundo en el campo de batalla, tuvo tiempo para legar sus bienes a mi capitán, Hernán Pérez del Pulgar, que fue quien me los cedió a mí con el beneplácito del rey Fernando, tal y como atestiguan los documentos que porto. De todas formas, creo que lo adecuado sería entrevistarme con el señor de Valderrama y aclarar las dudas que se ciernen sobre la titularidad de este señorío. ¿Dónde se encuentra?-
-Está en su casa, a pocas leguas de aquí, en el siguiente valle-
-Pues tendré que visitarle-
El administrador pareció percibirse del cansancio que sentía y se dio cuenta de que era poco humanitario hacerme partir en medio de la noche, porque me obligaba a dormir al raso, al no poder acceder a aquellas horas a visitar a Valderrama, así que repuso:
-Señor, esta noche no vais a arreglar ya nada, así que es mejor que os quedéis aquí a descansar y mañana yo mismo os acompañaré allí. Miriam –dijo señalando a la joven que me había abierto la puerta -os servirá algo de cenar y preparará el cuarto de invitados para que paséis la noche-
Acepté agradecido su hospitalidad, y me acompañó hasta la cocina, una gran pieza situada muy cerca de la entrada. Me fijé en el recinto con detalle. Constaba de una enorme chimenea, en la que el fuego permanecía encendido, supuse que con el objetivo de dotar de calor a la estancia. Los innumerables cachivaches que allí había, ordenadamente colgados de las paredes o, en el caso de la vajilla, dispuesta en el interior de un lujoso mueble de madera y cristal que hacía las veces de alacena. Aunque yo desconocía la auténtica utilidad de la mayoría de aquellos objetos, denotaban a mi juicio el poderío económico de la hacienda, a lo que había que añadir la proverbial limpieza que allí imperaba, y cuyos méritos achaqué a la diligencia de la doncella.
La cocinera ya se había acostado, así que Miriam, que supe que era su hija, se encargó de atenderme. Era una joven amable, aunque muy tímida. Alonso y yo nos sentamos ante una larga mesa, capaz al menos para doce comensales; él ya había cenado, pero quiso hacerme compañía mientras yo lo hacía, no sé si guiado por la cortesía o la desconfianza. Miriam, tras acceder a un recinto contiguo –Alonso me dijo que era la despensa-, regresó con una gran rebanada de pan blanco y una jarra de aromático vino tostado, de la propia cosecha de la hacienda, según supe. Era excelente, como pude comprobar antes de que me sirviese el refrigerio, que consistía en un buen plato de huevos cocidos y embutido frío. Éste último era de un paladar tan extraordinario que puedo asegurar que jamás había probado nada que se le equiparase. Estaba ligeramente regado con aceite, lo que realzaba su sabor. Cuando terminé, me trajo un trozo de queso muy curado, de fuerte sabor, que nada tenía que envidiar a lo que anteriormente había ingerido.
En la sobremesa, mientras Alonso y yo degustábamos un fuerte licor que me recordó al aguardiente que se paladeaba en mi Galicia natal, se interesó sobre mi historia. Se la conté con detalle, omitiendo únicamente los verdaderos motivos de la marcha de mi hogar paterno. Cuando le referí la muerte de Salvador de Hinojosa en la batalla del Zenete, de la cual había sido testigo directo, no pudo evitar emocionarse, al punto de que se quedó sin habla debido a la honda pena que le causaban mis palabras, trasluciendo claramente el profundo afecto que sentía por su difunto patrón.
La tertulia se prolongó hasta bien entrada la noche, y cuando nos despedimos para dirigirnos a nuestros aposentos, ya se había establecido una mutua corriente de simpatía entre nosotros.
La habitación que me correspondió no era de gran tamaño, pero resultaba francamente acogedora. Estaba presidida por un retrato ecuestre, en el que reconocí al antiguo dueño, y solo constaba de una gran cama de hierro forjado, sobre cuya cabecera había colgado en la encalada pared un crucifijo de madera, y un armario. Me senté sobre la cama para comenzar a desvestirme, y pude comprobar que el colchón, de plumas de ave, era tan cómodo que me hizo pensar en que no iba a poder conciliar el sueño, acostumbrado como estaba a dormir en lechos duros y ásperos.
Pero no fue así. Mi agotamiento era tan grande que no recuerdo lo sucedido desde el mismo instante de embutirme en las blancas sábanas de lino; pero mi sueño no fue plácido, sino que se convirtió en una terrible pesadilla durante la cual me sentía perseguido por dos siniestros personajes: un caballero, con un lívido color en sus facciones y una extrema delgadez que le conferían un aspecto fantasmal, y un fraile vestido con blancos hábitos, cuya fisonomía coincidía con la del inquisidor al que había visto en La Coruña presidiendo la ejecución en la hoguera de aquella pobre mujer; me perseguían con saña por aquellas despobladas sierras, alrededor del barranco, y cada vez se acercaban más, amenazadores. Estaban a punto de darme alcance, cuando mi caballo tropezó y no pude evitar que nos hundiésemos en un profundo precipicio. Sentí el vacío y la oscuridad del abismo, y repentinamente todo cambió: sin saber como, me encontré en medio del mar, a bordo de un barco muy parecido al Esmeralda.
La luz del alba, que penetraba por las rendijas del ventanal, hizo que abriese los ojos, agradecido al amanecer por haberme liberado de aquella tortura. Tras unos momentos acostumbrándome a la realidad, recordé mi cita con Alonso, y salté de la cama.
Bajé a la cocina y me lo encontré sentado a la mesa, frente a una escudilla repleta de queso y dulce de membrillo, y un cuenco de leche. Le acompañé y de inmediato se presentó una mujer, Carmen, cuyo parecido con Miriam me hizo adivinar que era su madre, la cocinera, que me traía el mismo apetitoso menú, del que di buena cuenta agradecido, comprobando que la espeluznante pesadilla que había sufrido no había restado ni un ápice de mi voracidad.
Partimos ambos poco después. El día era soleado, aunque la temperatura era todavía muy fresca, al carecer el sol de la fuerza necesaria para imponerse a la helada nocturna. Mientras cabalgábamos al trote, Alonso, ya convencido de la veracidad de mis afirmaciones sobre la propiedad de la alquería, había abandonado cualquier atisbo de su inicial actitud huraña y me iba explicando todo lo concerniente a ella.
-El señorío de este valle, constituido por la hacienda y la aldea cercana, así como las tierras que las separan, ha sido desde tiempos inmemoriales propiedad de la familia Hinojosa, extinguiéndose con la muerte de Salvador, último miembro de la estirpe, ya que aunque llegó a casarse, se quedó viudo siendo muy joven y no tuvo descendientes. La explotación agrícola y ganadera es muy próspera, constituyendo sus principales soportes la almazara –donde se produce la transformación del fruto de los olivos, la aceituna, en el preciado aceite- y la piara de cerdos que se cria en montanera –a su libre albedrío- alimentándose de las bellotas caídas de las encinas que pueblan la dehesa.
También, aunque en menor medida, colaboran a la prosperidad de la hacienda los cultivos de cereales y hortalizas, la cría del rebaño de ovejas y un gallinero. Todo ello, además de autoabastecer a los habitantes de la alquería de alimentos que cubren holgadamente nuestras necesidades, procura jugosos dividendos al señorío, puesto que una vez al mes yo mismo me encargo de acudir al mercado de Niebla a vender los cerdos, el aceite, la lana y los excedentes de las cosechas.
La servidumbre, además de las cinco personas que residimos en la planta baja de la casa señorial –aparte de mí y las dos mujeres también está Antonio, el capataz, a quien vos aun no conocéis, y su esposa- está constituida por dos palafreneros, encargados de domar, alimentar y cuidar los corceles que componen la cuadra de caballos árabes y mantenerlos siempre a punto, y cuatro porqueros; todos ellos viven en una casa de menor tamaño separada de la principal por el patio de labor, y son los responsables de cuidar el rebaño de cerdos, preocupándose de que tengan suficientes bellotas para comer, y en caso de que no sea así arrancándolas de las encinas por medio de unas largas varas de mimbre; les procuran además agua suficiente para su subsistencia, anegando cuando hay carencia de lluvias las charcas donde los animales suelen beber, por medio de barriles que llenan en el río Odiel y que cargan en un carro de bueyes. También son los encargados de sacrificarlos para fabricar embutidos o llevarlos al mercado en mi compañía cuando alcanzan el tamaño adecuado para su venta, tarea que entraña cierta dificultad al estar los puercos habituados a gozar de libertad y lejos de los seres humanos, a los que suelen rehuir.
Los demás son jornaleros residentes en la aldea, cuya ocupación principal consiste en el cultivo de las tierras del señorío, a las órdenes del capataz, quien supervisa y coordina el trabajo, y cuyo cometido es también colaborar con el administrador en la comercialización de las cosechas de cereales recolectadas.
La evolución de estas propiedades siempre ha sido floreciente, y continúa siéndolo, puesto que pese a la pérdida del señor, los siervos seguimos persistiendo en las directrices marcadas por éste. Solo hay un pero: La situación financiera de la hacienda se ha ido deteriorando paulatinamente, puesto que el nuevo propietario, desde su toma de posesión, fue apropiándose de los fondos depositados en las arcas, y los ingresos que se producen pasan directamente a poder de éste, al parecer para hacer frente a las cuantiosas deudas que mantenía su propio señorío –y que supongo están ya saldadas- y efectuar mejoras en la casa. Ello ha creado un profundo malestar en los trabajadores, que aunque hasta ahora han percibido puntualmente el pago de salarios, están hondamente preocupados por el cobro de sus jornales en el futuro, pues perciben que la economía está tocando fondo-
Me indignó tanto oir aquello, que estaba deseando echarme en cara a Valderrama, a quien en mi fuero interno califiqué como un indeseable, para solucionar aquel desagradable asunto.
Tras rebasar una llanura en la que se alternaban viñedos, almendros, campos de cereales y olivares, nos internamos a través de un frondoso bosque de encinas, donde gran cantidad de ganado porcino campaba a sus anchas, en la procura del fruto de aquellos árboles, la bellota.
Llamaron mi atención las peculiaridades de aquellos animales, tan extraños para mí que vistos desde lejos no había podido identificarlos: eran muy delgados -supuse que eso se debía a que al gozar de plena libertad se movían más que los de mi tierra, que vivían metidos en las cochiqueras, permaneciendo prácticamente inmóviles- , de capa negra, y con tan pocos pelos que casi eran lampiños, tenían el hocico largo y recto y un esqueleto fino. Alonso me aclaró que se trataba de una raza originaria de África, diferente a la que yo estaba acostumbrado a ver, dado mi lugar de origen. Su carne y sus chacinas eran las más preciadas, contribuyendo a ello su alimentación a base de bellotas, que le otorgaba un extraordinario sabor, como yo había tenido el placer de comprobar.
Caminábamos a través de un sendero entre el encinar, cuando unos fuertes chillidos interrumpieron la conversación. Procedían de nuestra derecha entre la espesura. Alarmados, nos dirigimos hacia allí para conocer su origen.
Atamos nuestras monturas y caminamos entre los árboles. Pronto llegamos a un calvero, en el que vimos una imagen ciertamente dramática y brutal: dos hombres tenían sujeto por los brazos a un muchacho, casi un niño, desnudo de cintura para arriba, mientras un tercero golpeaba su espalda con una fusta, haciendo caso omiso a los lastimeros gritos de dolor que exhalaba el joven, cuya espalda estaba llena de cardenales.
Alonso se quedó pálido. Con tono respetuoso, aunque sin poder disimular demasiado la indignación que sentía por la crueldad de aquel acto, dijo:
-¿Qué ocurre, señor? ¿Que ha hecho el muchacho?-
El que portaba la fusta se volvió hacia nosotros. Era un hombre de unos treinta años, alto y de buen porte, aunque excesivamente delgado, casi esquelético, y elegantemente vestido, de facciones correctas, pero afeadas por la máscara de odio que ensombrecía su expresión. Su estampa se me hizo familiar, aun a sabiendas de que era imposible que lo conociera. A juzgar por el tono que utilizó para contestar, no le había gustado nuestra interrupción.
-Este ladronzuelo estaba cazando en el bosque, y lo va a pagar muy caro. Lo voy a fustigar hasta que me canse, y después lo ahorcaremos-
El joven, con voz lastimera, dijo entre lágrimas:
-Por favor, señor, no me matéis. Solo estaba intentando conseguir sustento para mi familia, que se muere de hambre. Mi padre ha muerto, y tengo que mantener a mi madre y dos hermanos pequeños-
-pues te has equivocado de lugar para buscar comida. Aquí a los cazadores furtivos los castigamos con la pena de muerte-
Adiviné que se trataba de Florencio de Valderrama. Harto de las sandeces que estaba oyendo, me decidí a intervenir. Hablé sin elevar el tono, pero con firmeza:
-Señor, creo que estáis equivocado. En este señorío no se matará a nadie por el mero hecho de pasar hambre-
Me fulminó con la mirada.
-Como te atreves a hablarme así ¿Quién te has creído que eres? –
-Pues ni más ni menos que el dueño de estas tierras, y os exijo que dejéis libre al muchacho inmediatamente-
La fiera expresión que mostraba se fue tornando en estúpida al oir aquella inesperada noticia. Tras permanecer unos instantes en silencio, asaltado por la duda, finalmente recuperó el ánimo:
-El señor de estas tierras soy yo desde hace tiempo. Recibí el legado de mi amigo Salvador de Hinojosa cuando partió para la guerra-
-Pues espero que tengáis títulos de propiedad que avalen tal afirmación, de lo contrario no me quedaría otro remedio que pensar que os habéis apropiado de este señorío arteramente y sin derecho alguno, aprovechando el vacío de poder provocado por la muerte del propietario, y eso no tiene otro nombre que robar- y apuntillé –y el que roba es un ladrón, y merece mil veces más la muerte que alguien que caza para comer-
Trató de encajar el golpe
-Mi palabra es suficiente aval, y aquí el ladrón que merece la muerte eres tú, que llegas no se sabe de donde pretendiendo apoderarte de lo que no es tuyo-
Antes de responder, miré de soslayo a Alonso. Vi que su atención estaba fija en uno de los dos hombres que todavía sujetaban al muchacho, como si esperara que interviniese. Finalmente, al ver que no lo hacía, el propio Alonso se decidió a hablar:
-Señor, este hombre es Santiago Fariña, y porta documentos, a mi juicio auténticos, que le acreditan como dueño de estas tierras, firmados por Hernán Pérez del Pulgar, quien se dice heredero de Salvador de Hinojosa, y avalados por el sello real del mismo rey Fernando. Respetuosamente, creo que sería aconsejable que, antes de continuar la discusión, vos y el alguacil del condado de Niebla, aquí presente, revisaseis los títulos de propiedad que traemos con nosotros-
El aludido, que no era otro que el hombre al que Alonso había mirado tan atentamente, soltó el brazo del chico, quien aprovechando su parcial liberación y la poca atención que se le prestaba, al estar imbuidos en la discusión, pegó un fuerte tirón y salió corriendo como una exhalación, sin que nadie se molestara en perseguirle.
El alguacil no debía estar acostumbrado a terciar en cuestiones de esa índole, a tenor del gesto malhumorado que ensombreció su cara. De todos modos, no le quedaba otra opción que intervenir, al tratarse del representante de la ley en aquel señorío.
-dejadme ver esos documentos, quiero verificarlos-
-aguardad unos instantes. Los llevo en las alforjas de mi caballo- le respondí, y a continuación abandoné el calvero para acercarme hasta el borde del camino, donde habíamos dejado nuestras monturas. Regresé al cabo de un momento, portando el pliego que acreditaba la propiedad.
Entregué al alguacil el documento. Lo leyó concienzudamente y dijo, dirigiéndose a Valderrama, al tiempo que le extendía el pliego para que este lo revisara:
-Parece estar en orden. Tiene la firma y el escudo de armas del caballero Hernán Pérez del Pulgar y el sello real lo avala- dijo como disculpándose.
-No estoy conforme- respondió Valderrama, añadiendo –estas tierras me pertenecen por voluntad de su antiguo dueño, que me las cedió cuando marchó a la guerra. Es mi palabra, y vale más que cualquier documento, y estoy dispuesto a jurarlo ante Dios Nuestro Señor-
-Estáis contradiciendo la voluntad del rey, y eso os aseguro que es muy peligroso- repuse
Palideció al oir aquello. Era consciente de que lo que yo decía era cierto. El rey Fernando era poco amigo de que se le contrariase en sus dictámenes, y su cabeza corría peligro en caso de hacerlo. No obstante, aun intentó una última maniobra, con objeto de ganar tiempo.
-El título de propiedad debe ser autentificado por el corregidor del condado de Niebla, porque puede ser falso. A buen seguro que lo es- dijo, desautorizando descaradamente a su amigo el alguacil, que no se atrevió a contradecirle.
El corregidor del condado residía en Niebla, localidad que distaba bastantes leguas de allí. Me di cuenta de que esa circunstancia le otorgaría un tiempo durante el cual podría expoliar el señorío, vaciando por completo sus arcas y vendiendo todos los bienes susceptibles de ello.
-No estoy en desacuerdo, pero impongo la condición de que mientras no se confirma la titularidad de las tierras, el señorío quede a cargo del administrador, sin que ninguno de nosotros intervenga-
El alguacil se vio obligado a asentir, y Valderrama, viendo que su treta no le había dado resultado, no tuvo otra opción que aceptar, con gesto adusto y torva mirada.
Decidí apuntillarlo.
-Por cierto: espero que cuando se confirme mi propiedad devolváis todo el dinero que os habéis llevado de las arcas del señorío sin que os correspondiese-
Su tez se tornó pálida al oir aquello.
-No tengo ese dinero por haberlo utilizado en mejoras de la hacienda-
Aquello era cierto a medias, porque los fondos de los que se había apropiado los había usado en provecho del señorío, pero del suyo propio.
-supongo que podréis demostrarlo. De lo contrario mucho me temo que tendréis que aportar pruebas de ello ante la justicia –
-No necesito justificar nada. Mi honestidad es sobradamente conocida en estos valles y puedo conseguir los testigos que sean necesarios para demostrar mi buena fe-
-Pues espero que lo hagáis, aunque tengo mis dudas sobre si la corona dará validez a unos testimonios a los que no acompañan pruebas tangibles-
Después, Alonso y yo retornamos a la alquería. Ambos cabalgábamos satisfechos, en mi caso por haber dejado medianamente aclarada la legalidad de mis derechos sobre aquellas propiedades, pendiente únicamente de un trámite meramente burocrático ante el corregidor, y Alonso porque se había librado de un patrón como Valderrama, que lo único que buscaba era la ruina de la hacienda en provecho propio.
Recordé al mozalbete al que nuestra oportuna presencia había librado de la horca, y le pregunté por él.
-es una triste historia- me dijo –su padre era uno de nuestros jornaleros, y falleció hace unos meses tras una dura enfermedad, dejando viuda y tres hijos, dos de ellos unos gemelos de muy corta edad. El hijo mayor, que es el que hemos visto, fue a pedirme el trabajo de su padre, y yo pretendía dárselo, no solo por piedad, sino porque se trata de un muchacho diligente y trabajador, pero el señor de Valderrama, que ya se había hecho cargo de la hacienda, me lo prohibió al considerar que no podíamos permitirnos el pago de más salarios. Por más que le insistí se mostró intransigente y no hubo vuelta atrás en su decisión. La infeliz familia tuvo además que abandonar la casa que habitaban, perteneciente al señorío, y ahora viven precariamente en una cueva del bosque, al final del encinar-
-Ahora eso tiene fácil solución. Mientras se aclara lo de la propiedad, tú eres el responsable y estás facultado para contratar trabajadores-
-En eso había pensado, pero quería contar previamente con vuestra conformidad-
-pues ya la tienes. Vamos cuanto antes a solucionar esa injusticia-
Retrocedimos, internándonos de nuevo en el bosque, del que ya habíamos salido. Lo cruzamos a través del sendero, y llegamos a la cueva, enclavada en la falda de la montaña. Desmontamos y entramos en la gruta. Al fondo había un fuego que cumplía la doble función de iluminar y aportar calor al recinto. La caverna era profunda. Avanzamos un trecho y comenzamos a oir gemidos procedentes del interior. Al pasar un recodo, pudimos comprobar el origen de los quejidos. Una mujer de poco más de treinta años, con los ojos llorosos, se afanaba en aplicar con amorosa suavidad ungüento en la espalda de un joven que se hallaba tendido en un camastro, que no era otro que el que habíamos visto en dramáticas circunstancias en el vecino bosque. Muy cerca, dos niños que apenas andaban jugueteaban entre ellos, ajenos al doloroso trance por el que estaba pasando su hermano.
Al vernos, la mujer se asustó, pensando que pretendíamos causar algún daño a su hijo, pero éste, reconociéndonos, le dijo:
-Tranquilízate, madre, estos son los señores que salvaron mi vida-
La mujer se calmó.
-os agradezco de todo corazón lo que habéis hecho por mi hijo, evitándole una muerte cierta-
-Lo único que hemos hecho ha sido impedir una injusticia, señora- repuse
Ella asintió y con voz sollozante dijo:
-Lo estamos pasando mal. Desde la muerte de mi esposo hemos ido de mal en peor. Lo único que pretendía mi hijo Diego era cazar un par de conejos para poder alimentarnos con algo que no fuesen las bellotas que caen de las encinas. Ni siquiera se le ocurrió robar un cerdo de la piara y sin embargo pretendían acabar con su vida. No puedo comprender tanta maldad-
-Dejad de preocuparos, señora. A partir de ahora se os acabaron las privaciones; regresaréis a vuestra casa, que nunca debisteis abandonar, y Diego trabajará para la alquería como jornalero. Ahora veníos con nosotros. Os llevaremos a la casa del señorío para que vuestro hijo se recupere de sus heridas y podáis tomar un plato de comida-
La pobre mujer no pudo evitar derramar lágrimas de felicidad y gratitud. Se abrazó a su hijo con tal fuerza que le hizo daño.
Abandonamos la cueva, dirigiéndonos a donde estaban nuestros caballos, que cedimos a la familia, mientras Alonso y yo hacíamos el camino a pie. Diego iba en uno, mientras su madre y las dos criaturas montaban el otro. Ello hizo que el camino transcurriese con lentitud, pero finalmente llegamos a la hacienda sin contratiempos.
Nada más llegar, ayudamos a acomodar a Diego, que venía exhausto y dolorido, en la habitación que yo había ocupado la víspera, pasando en mi caso a ocupar el dormitorio que había utilizado en vida Salvador de Hinojosa. Para que le atendiese una mano experta, Alonso partió para la aldea a avisar a Rodrigo, un vecino que, sin ser galeno, tenía bastante práctica en esos menesteres.
Era un hombre muy mayor, de figura oronda. Traía con él varios frascos que supuse que contenían algún tipo de remedios. Revisó las heridas con cautela, observando que muchas de ellas eran abiertas y sangraban.
-Antes de nada es necesario higienizar a fondo las heridas y después aplicarles alcohol. Te va a doler, muchacho, pero hay que evitar el riesgo de que se infecten, porque eso agravaría tu situación hasta poner en peligro tu vida-
Diego asintió, con aire amedrentado, y Rodrigo pidió un barreño con agua templada. Cuando se lo trajeron, procedió a limpiar cuidadosamente las heridas con mano experta. Después, empapó un paño en alcohol y con suma delicadeza, comenzó a aplicarlo a la zona contusionada, no sin antes hacer que Diego mordiese un trozo de madera con fuerza, previendo la intensidad del sufrimiento que iba a padecer. Las lágrimas de dolor que rodaban por las mejillas del muchacho reflejaban el tremendo esfuerzo que éste hacía para no chillar. Cuando terminó aquel suplicio, extendió un bálsamo por toda la espalda dañada. Al finalizar, dijo:
-Este ungüento hará que las heridas cautericen en pocos días- entregó un frasco de barro que contenía aquella pócima a la madre, y añadió –cada mañana aplícale a tu hijo la pomada hasta que cure por completo-
A la mañana siguiente tomé rumbo al suroeste, camino de Niebla. Alonso había insistido en acompañarme, pero decliné su ofrecimiento al considerar que no debía abandonar sus funciones, dando con ello facilidades a Valderrama para cualquier maniobra artera. La ruta transcurría por un camino al borde del río Tinto, que me llevaría hasta las mismas puertas de aquella población. Alonso me advirtió que fuese bien armado para protegerme de un posible asalto, ya que era una ruta de escaso tránsito a excepción de las fechas próximas al mercado mensual, y en algunas ocasiones había habido agresiones a los viajeros por parte de facinerosos. Seguí su consejo y me pertreché con una espada y mi ballesta.
El sendero era cómodo en comparación con el accidentado recorrido por la sierra que había tomado para llegar al señorío. Hacia el mediodía, cabalgando junto a un espeso bosque de hayas, me pareció ver un reluciente destello entre los árboles. Me puse en vilo, y tiré de las riendas, haciendo parar a mi montura, y tomé la ballesta, que previsoramente llevaba cargada con una saeta, dispuesta para ser utilizada. Tras pocos instantes, un ruido de ramas precedió a la aparición de dos jinetes, procedentes de la espesura. Iban embozados, espada en mano y venían directamente hacia mí, aunque les quedaba un buen trecho para llegar a mi posición. Calculé mis posibilidades: solo podía derribar a uno de ellos, porque no tendría tiempo para poder cargar nuevamente el arma. Pero después era uno contra uno, y mi manejo de la espada, tras el aprendizaje adquirido junto a Pedro del Pulgar, era bastante notable.
Preparé la ballesta y apunté cuidadosamente hacia el más corpulento de los dos, con el doble objetivo de tener más opciones de acierto y enfrentarme luego en un duelo a espada al más débil, al menos en apariencia.
Cuando la distancia me pareció adecuada, disparé la saeta, comprobando con alivio que daba en el blanco. El malhechor vio su pecho traspasado por el dardo y cayó del caballo, malherido. Su compañero quedó desconcertado al quedar anuladas las ventajas del factor sorpresa y la superioridad numérica, pero ya era tarde para retroceder, así que continuó avanzando en mi dirección. Me deshice de la ballesta y empuñé la espada cuando estaba a punto de llegar junto a mí. Las espadas chocaron y comenzó el duelo. Desde el primer instante me percaté de la superioridad de que gozaba con respecto a mi oponente, puesto que éste apenas poseía habilidad en el manejo del arma y físicamente era mucho más débil que yo. Tras varios mandobles, el también se apercibió de su desventaja y emprendió la huida hacia la espesura.
Me limité a dejar que huyera y me aproximé al caído, comprobando que estaba muerto. Le desenmascaré el rostro y descubrí, con gran sorpresa, que era el hombre a quien había visto el día anterior en el encinar, acompañando a Valderrama y al alguacil. En ese momento lo vi todo con claridad: no eran simples salteadores, sino que Valderrama los había enviado para robarme los documentos de propiedad que llevaba y de paso, acabar con mi vida, con lo que sus problemas quedarían definitivamente solucionados y todo volvería a ser como antes.
Estaba tan enfurecido contra aquel maldito insidioso que a punto estuve de darme la vuelta e ir en su búsqueda para acabar con él, pero me di cuenta de que lo único que conseguiría con eso era agravar mis problemas poniendo a la justicia en mi contra, así que decidí proseguir mi viaje.
No tuve más contratiempos durante el recorrido. Al término de esa jornada hice noche en la posada de una aldea de la ruta, y a primeras horas de la tarde del día siguiente llegué a Niebla. Era una próspera población situada en plena llanura, junto al río, y para acceder a ella había que cruzar un hermoso y antiquísimo puente de piedra.
Nada más llegar, pregunté a un transeúnte por la casa del corregidor, y me señaló una gran casa, casi un palacio, que se hallaba al fondo de la calle principal. Hacia allí me dirigí. Desmonté de mi caballo y me encaminé a la puerta principal, donde un centinela hacía guardia. Tras identificarme ante él y exponerle a lo que venía, me dijo que tendría que hacer antesala allí mismo, pues don Pablo de Zamalloa, que tal era el nombre del corregidor, estaba ocupado atendiendo a una importante visita.
Esperé durante varias horas que se me antojaron eternas, y finalmente vi salir de la casa a un hombre de bastante edad, de antipático gesto, vestido con hábitos religiosos de color blanco. Me miró descaradamente de arriba abajo, como estudiándome, y se marchó.
El centinela se introdujo en la casa, y al cabo de unos instantes regresó, acompañado de otro personaje:
-podéis pasar; don Pablo os espera. Su secretario os acompañará-
Hice lo que me decía y seguí al secretario, que me guió a través un largo pasillo de la planta baja hasta llegar a una gran puerta. Tras tocar con los nudillos, alguien desde el interior nos mandó pasar. Me encontré en una gran pieza lujosamente decorada con tapices y cuadros. Sentado tras una mesa de madera labrada estaba un hombre de edad otoñal; era inmenso, casi un gigante, de espesa y negra barba y mirada feroz.
Me presenté a él dando mi nombre, al tiempo que le entregaba los títulos de propiedad que traía y mi carta de identidad. A continuación me dispuse a aclararle los motivos de mi visita, pero no me permitió que continuase:
-Sé perfectamente lo que os ha traído aquí. De hecho, la visita que os precedió y os habréis cruzado en vuestro camino, es Nicolás de Berruelo, representante del santo oficio en este condado, quien venía también en relación con el señorío de Hinojosa. Al parecer hay un conflicto de intereses entre vos y su sobrino, ya que considera que aquel tiene mejores derechos. Pero veamos esos documentos. Tomad asiento-
Durante un buen rato, revisó concienzudamente los pergaminos que le había entregado. Cuando terminó de hacerlo, me los devolvió y dijo:
-No hay ninguna duda sobre la autenticidad de estos títulos, y dos cosas han quedado claras: en primer lugar podéis tomar posesión de inmediato del señorío, para lo que os extenderé un escrito reconociendo sin lugar a dudas vuestra propiedad. Por otra parte, la honestidad de Valderrama ha quedado en entredicho: está perfectamente demostrado que mintió. Esta última circunstancia puede tener unas connotaciones negativas para vos, puesto que os habéis ganado su animadversión, y os aseguro que es un mal enemigo, sobre todo por contar con el apoyo de su tío, el inquisidor, que goza de un enorme poder. Debéis andar con sumo cuidado y estar preparado para defenderos de las maniobras que van a intentar contra vos, porque os aseguro que lo harán-
-De hecho, ya han hecho la primera intentona- y le referí el encuentro que tuve durante mi viaje con los dos jinetes embozados y lo relacionado con la identidad del que resultó muerto.
Quedó hondamente preocupado al oir aquello.
-Me disgustaría que os ocurriese algo, sobre todo porque estos documentos revelan que sois amigo de Hernán del Pulgar, y quien es amigo de ese gran hombre goza de todas mis simpatías, porque Hernán no regala su afecto a cualquiera-
-Gracias, señor, vuestras palabras me llenan de orgullo-
A continuación redactó la carta por la que, como representante de la ley en el condado, revalidaba mis derechos sobre la propiedad del señorío de Hinojosa. Cuando terminó le relaté el problema de los dineros detraidos por Valderrama de las arcas del señorío, pidiéndole consejo sobre como proceder al respecto.
-Es mejor que lo dejéis correr. Jamás recuperaríais esos fondos y lo único que os acarrearía entrar en ese conflicto serían más complicaciones-
Tras finalizar la entrevista, Pablo de Zamalloa tuvo la deferencia de invitarme a pasar la noche en su casa, obviando mi tímida negativa y obligándome literalmente a aceptar su hospitalidad. Tras aquella máscara de hombre terrible había una persona bondadosa, que en muchos aspectos me recordaba a nuestro común amigo Hernán del Pulgar.
Por la mañana, tras despedirme de él agradeciendo sus atenciones, inicié el retorno. El viaje fue tranquilo, sin que sufriese percance alguno; incluso cuando pasé por la arboleda donde había sufrido el intento de asalto, comprobé que el cuerpo del agresor había desaparecido –supuse que aquello era obra de su secuaz-. Mientras pensaba en todo lo que estaba pasando, me vino a la mente la imagen del inquisidor, con sus hábitos blancos, conformando una estampa muy similar a la del fraile imaginario que me perseguía en la pesadilla que sufrí la noche de mi llegada al valle, acompañado por aquel esquelético caballero, y en ese momento me di cuenta de lo familiar que me había resultado la escuálida figura de Florencio de Valderrama: era idéntico, sin lugar a dudas, al caballero que acompañaba al fraile durante mi sueño. ¿Sería acaso una premonición?
Al inicio de la tarde siguiente, llegaba de regreso a la hacienda. Diego ya estaba restablecido completamente de sus heridas gracias a los buenos oficios del viejo Rodrigo, y la familia se había trasladado a su antigua casa, en la aldea. Esa misma mañana, el joven había comenzado a trabajar en los campos del señorío a las órdenes de Antonio, el capataz.
Cené con Alonso, y mientras dábamos cuenta de unas suculentas perdices, le expliqué todos los pormenores de mi exitoso y accidentado viaje. Se quedó muy sorprendido al enterarse del asalto, y sobre todo de quien era el hombre que había muerto en la intentona, cuya identidad yo desconocía, aun a sabiendas de la estrecha vinculación que le unía con Valderrama. Alonso me la aclaró.
-Se trata de Francisco, su capataz y mano derecha. Mucho interés demuestra en perjudicaros cuando le ha mandado precisamente a él, su hombre de confianza. No obstante, aquí no ha trascendido su muerte, lo que significa que quiere ocultarla para evitar que le relacionen con el asalto-
El administrador se mostró muy satisfecho cuando le mostré la carta expedida por el corregidor, que daba carácter oficial a mi propiedad por parte del condado.
A partir de entonces, con los problemas definitivamente solucionados –o al menos eso creía- centré mi interés en hacerme con las riendas del señorío, intentando adquirir a través del administrador y el capataz los conocimientos necesarios para alcanzar el suficiente criterio y poder ejercer la toma de decisiones, aun dada mi escasa experiencia. Poco a poco la fui adquiriendo, y aun no habían transcurrido dos meses cuando ya controlaba a la perfección las distintas actividades agrícolas y administrativas que se ejercían en la hacienda.
Mi relación con los habitantes de la casa y el resto de los trabajadores era sumamente cordial; quizás el hecho de proceder, a igual que ellos, de humilde cuna, lograba un mayor acercamiento con aquella gente, que además de ser grato redundaba en beneficio de la alquería, que se iba recuperando rápidamente de la delicada situación en que la había dejado Florencio de Valderrama durante su mandato.
A consecuencia de la carencia de productos alimenticios debido a la recién terminada guerra, durante el último mercado de Niebla se habían vendido a buen precio más de veinte toneles de aceite y una buena parte del rebaño ovino, así como todos los cerdos que habían alcanzado un tamaño adecuado. Ello había supuesto un gran respiro para la maltrecha economía del señorío.
La única persona de la hacienda con la que no sabía muy bien a que atenerme era Miriam, la doncella, que si bien cumplía sus funciones con presteza y diligencia, apenas me dirigía la palabra y cuando creía que no la estaba viendo me miraba de una forma extraña. Aquella absurda manera de comportarse me llenaba de turbación, puesto que mi actitud hacia ella era amable, o al menos eso creía.
-¿Qué mosca le habrá picado a esta muchacha?- Me preguntaba, sin encontrar respuesta.
Esa circunstancia hizo que empezase a pasar las horas muertas pensando en ella con un sentimiento de desconcierto que pronto, y de forma insólita, se transformó en ternura, y finalmente en una devoción que me recordaba a la que había profesado por la trágicamente desaparecida Clara. ¿Estaría enamorándome de ella?
La vida continuaba en la alquería con tranquilidad y sosiego, y muy particularmente para mí, acostumbrado como estaba a los avatares de la lucha y a no permanecer demasiado tiempo en ningún sitio, pero había muchas cosas que anulaban cualquier atisbo de aburrimiento o apatía. La primavera había hecho su aparición, y la transformación experimentada por el valle durante aquel inicio de estación era sorprendente, debido a los prodigios de la naturaleza; los almendros habían florecido, grandes bandadas de aves migratorias anunciaban con graznidos su llegada a los humedales cercanos al río, y las tonalidades grisáceas del invierno se habían transformado en un intenso verdor.
Una noche de mediados de abril, después de haber compartido mesa con Alonso y Antonio, aprovechando la cena, como era habitual, para despachar diversos asuntos concernientes a la alquería en un ambiente distendido y cordial, me retiré a mi cuarto. Me metí en la cama y pronto me adormilé. Al cabo de un rato, entre sueños, llegó a mis oídos un leve ruido. Abrí los ojos, inquieto, y en la penumbra pude ver que la puerta de la habitación se abría y una figura furtiva se introducía en la estancia. Al principio, no la identifiqué y precavido, me disponía a empuñar una daga que guardaba bajo el colchón en previsión de un ataque nocturno, cuando, gracias a la luz de la luna que entraba por el ventanal, reconocí la oscura melena y las formas voluptuosas de Miriam, quien ataviada únicamente con un ligero camisón de dormir, se aproximaba a mi lecho silenciosamente, pero con decisión.
Mi sorpresa fue tan grande que me quedé completamente inmóvil. Cuando llegó junto a mí y pudo comprobar que estaba despierto, se me quedó mirando con una sonrisa, tímida pero seductora, y me dijo:
-Buenas noches, señor ¿me permitís que os haga compañía?-
Y sin esperar mi aquiescencia, levantó las sábanas y se introdujo en el lecho, arrebujándose contra mí. El contacto de su cuerpo me excitó, algo de lo que ella se percató claramente, y antes de que pudiese reaccionar sus labios se habían unido a los míos en un apasionado beso.
Yo carecía por completo de experiencia en las artes amatorias, y a ella le ocurría lo mismo, según pude comprobar, pero pese a nuestra torpeza, la naturaleza y el instinto guiaron nuestro camino y no tardamos en consumar por completo nuestra unión. Durante aquellos mágicos momentos, que deseaba que no concluyesen nunca, me percaté claramente de que, además de desearla hasta la saciedad, la amaba con todo mi corazón, y me di cuenta de lo estúpido que había sido: tuvo que ser ella la que, haciendo un gran acopio de valor, diese el paso definitivo, al haber confundido yo su impaciencia por acercarse a mí con una antipatía por su parte que nunca había sentido. Cuando exhaustos y satisfechos, finalizamos aquel acto de inmensa ternura, permanecíamos abrazados y sudorosos. De mis labios salieron palabras de amor que ni siquiera habían acudido a mi mente desde la muerte de Clara. Finalmente, el sopor me venció y caí en un profundo y grato sueño.
Al despertar me sentí decepcionado al comprobar que ella no se encontraba a mi lado, incluso llegué a pensar si se había tratado de un sueño, pero tras meditarlo llegué a la conclusión de que probablemente se había marchado por discreción, para no dar motivos de escándalo ante el resto de habitantes de la casa.
Cuando bajé a almorzar, vino a atenderme solícita, sin decir o hacer nada relacionado con lo que había pasado esa noche, excepto obsequiarme con una leve sonrisa de la cual nadie más que yo se percató, lo cual me pareció un plausible acto de discreción por su parte.
Las imágenes de lo que había pasado estuvieron deambulando por mi mente durante toda la jornada. Aquella misma mañana, mientras hacía una visita rutinaria por las tierras de labor, orillando el río Odiel, medité mucho y, finalmente, llegué a la conclusión de que lo que realmente deseaba era pasar el resto de mi vida junto a Miriam. Decidí pedirle que se casara conmigo. Aunque pudiese parecer una decisión precipitada, me di cuenta de que inconscientemente llevaba largo tiempo madurándola.
Mi vida transcurría felizmente, olvidados ya pasados sinsabores. Mi única preocupación consistía en buscar la forma de traer a mis padres a compartir conmigo aquella prosperidad, pero yo no podía desplazarme a mi tierra sin que mi vida corriese un grave riesgo, y aquellos en quienes confiaba no estaban preparados para acometer aquel largo viaje, por lo que tuve que posponer la empresa para cuando localizase a la persona adecuada para realizarla.
No estaría tan tranquilo y confiado si supiese que en aquellos instantes Florencio de Valderrama recibía un mensaje de su tío, el inquisidor, para que se reuniese con él en su casa de Niebla.
Partió de inmediato a caballo, y abandonó el valle donde estaban sus posesiones, entrando en las del señorío de Hinojosa, que tenía que atravesar para tomar la ruta de Niebla. Era un soleado día de primavera, y los fértiles campos del valle ya comenzaban a reflejar la abundancia de la futura cosecha. Sus tierras eran tan fructíferas como aquellas, pero estaban mal trabajadas y los cultivos eran miserables, tanto que estaban a punto de convertirse en un baldío. Eso le enfureció, corroído por la envidia. Había tenido aquel emporio en sus manos y lo había dejado escapar para entregárselo a un advenedizo. En ese instante decidió poner toda la carne en el asador para destruirle, pasando por encima de hombres como Hernán del Pulgar o el propio rey. Su tío era un hombre de recursos, y cuando le había hecho llamar con tanta urgencia era porque alguna idea había pergeñado su taimada mente.
Por el camino se cruzó con una comitiva de gente del señorío de Hinojosa, que supuso regresarían del mercado mensual de Niebla. Le saludaron con fría cortesía sin que ninguno hiciese ademán alguno de parar sus monturas. Se dio cuenta de que le aborrecían. Con ellos iba aquel mancebo que poco tiempo antes había fustigado al descubrirlo cazando en el encinar, y que al verlo le dirigió una torva mirada que reflejaba el profundo odio que sentía hacia él. Poco después se tropezó con una docena de jinetes fuertemente armados.
Llegó a Niebla bien entrada la noche, y se dirigió a la casa de su tío, un lujoso palacio cercano a la casa del corregidor. Pese a lo intempestivo de la hora, Nicolás de Berruelo le esperaba en el despacho inquisitorial, acompañado de un desconocido, con una triunfal sonrisa que auguraba buenas noticias.
-tengo novedades alentadoras para tus intereses. Como sabes, hace un tiempo envié un mensajero a Galicia para recabar informes de Santiago Fariña en su lugar de origen. El emisario, aquí presente, ha regresado recientemente-
Florencio se dirigió al desconocido:
-¿Habéis descubierto algo que le comprometa?-
-Nada en absoluto- fue la lacónica respuesta del enviado.
Contra lo que hacía prever la optimista actitud de su tío, las pesquisas no habían dado resultado. Florencio no pudo evitar un gesto de hastío. ¿Y para eso lo habían llamado con tanto apresuramiento?
Nicolás de Berruelo se dirigió a su sobrino, como quien habla a un niño incapaz de comprender.
-Florencio, sigues sin ver más allá de tus narices. ¿No te das cuenta de que la mejor noticia que podemos tener es no tener noticia alguna? Nadie sabe nada de Santiago Fariña en la tierra donde declara haber nacido y vivido toda su existencia hasta que se incorporó a las tropas del rey. ¿Qué puede significar eso?: que esa no es su verdadera identidad y por lo tanto, tiene algo que ocultar. Y esa es nuestra principal baza. Puesto que no conseguimos averiguar su verdadero origen, tendremos que imaginarlo. Mucho me temo que Santiago Fariña va a tener muchos problemas, porque se me ha ocurrido que decidió inventarse una nueva personalidad para que nadie descubra que es judío, y de eso va a ser acusado por la santa inquisición-
Aquella era una jugada maestra digna de una mente tan retorcida como la del hermano de su madre. Lo contempló con admiración.
-Entonces, está en nuestras manos, ¿no es así?-
-Lo estará tan pronto como llegue al señorío de Hinojosa el escuadrón de hombres armados que he enviado a prenderle, y que le custodiarán hasta los calabozos del santo oficio, situados en esta misma casa, donde tenemos los suficientes “argumentos” para que hacer que declare exactamente lo que queremos oir-
Mientras eso sucedía, yo, desconociendo por completo la conspiración que se había gestado contra mí, estaba tendido en el lecho junto a Miriam. Tras hacer el amor, como cada noche desde que ella había tenido la feliz idea de introducirse furtivamente en mi alcoba, estábamos discutiendo nuestros planes de futuro:
-Creo que deberíamos casarnos cuanto antes. La próxima semana estaría bien. Deseo que no tengamos que disimular para estar juntos-
-No seas impaciente. Deja que antes vaya revelándoselo poco a poco a mi madre, que si se lo digo de golpe le da un pasmo-
Finalmente, la discusión quedó zanjada con la decisión salomónica y consensuada de aplazar la boda hasta el primer domingo de julio, para lo que quedaban poco más de dos meses.
En una aldea a medio camino entre el señorío y Niebla, siete personas se hallaban sentadas alrededor de una de las mesas de la posada; eran Alonso, Antonio, los cuatro porqueros de la alquería y el joven Diego, que les había acompañado por primera vez al mercado de la capital del condado. Atacaban con voracidad un apetitoso asado mientras charlaban animadamente sobre el desarrollo del mercado recientemente celebrado, en el que de nuevo habían obtenido pingües beneficios para las arcas de la hacienda.
De repente, un fuerte estruendo de cascos de caballos rompió la tranquilidad del entorno, y al cabo de unos instantes, una docena de hombres fuertemente armados irrumpieron en la posada. Buscaron acomodo y pidieron sendas jarras de vino que bebieron con avidez. Eran jóvenes y ruidosos, y hablaban a grandes voces.
Alonso no prestó en principio gran atención a los comentarios de los recién llegados, pero al captar casualmente un par de frases sueltas en las que se mencionaba al señorío de Hinojosa y a Santiago Fariña, puso todo su empeño en seguir la conversación, descubriendo horrorizado la misión que aquellos guerreros pretendían llevar a cabo.
Hizo un gesto disimulado a Diego, señalándole la puerta, algo que el muchacho captó a la perfección, saliendo al exterior del recinto. Alonso le siguió y cuando se encontraron fuera le dijo:
-Diego, nuestro patrón corre un grave peligro. Esos hombres de ahí dentro se dirigen al señorío con la intención de apresarle siguiendo órdenes del inquisidor del condado, que como sabes es tío de Florencio de Valderrama, su enemigo. Le acusan falsamente de ser judío, lo que puede significar para él la muerte en la hoguera. Debemos advertirle para que ponga tierra de por medio y tú, que eres el más joven de nosotros, me pareces la persona adecuada para ponerle sobre aviso. Deberás partir de inmediato y prevenirlo; todavía es tiempo, porque es de suponer que pasarán la noche aquí. Dile que lo mejor que puede hacer es acogerse a sagrado, y para ello deberá desplazarse al monasterio de la Rábida. Indícale que tome el camino del sur, a través de la sierra, y que se dirija hacia el mar. Cuando logre dar con el monasterio, deberá preguntar por fray Antonio de Marchena, con quien me une una gran amistad, y contarle lo que le sucede. Él con toda seguridad le acogerá y aconsejará lo que debe hacer. Explícale también que debe llevarse todo el dinero que pueda, pues es posible que el monasterio le exija el pago de un canon para que pueda albergarse en él-
Diego le miró, con aire preocupado pero con la decisión pintada en el semblante.
-No os preocupéis, Alonso. Todo lo que pueda hacer por mi buen señor, a quien tanto debemos mi familia y yo, es poco. Mi caballo volará hasta llegar a la hacienda-
-Eso es lo que quería oírte decir. Yo, por mi parte, al amanecer regresaré a Niebla y trataré de entrevistarme con el corregidor, que tiene a Santiago en gran estima, aunque mucho me temo que ni siquiera él pueda enfrentarse con éxito al poderío del Santo Oficio. Dile eso también-
Se despidieron deseándose suerte, y Diego, prudentemente, desató su caballo y se alejó de la posada sin montar hasta que llegó a una distancia prudencial de la hostería, para no alertar a quienes estaban en su interior. Después, se subió a la grupa y comenzó a cabalgar con denuedo. La luna llena aportaba una claridad que facilitaba el avance por el sendero.
Me había levantado hacía ya un buen rato, y me disponía a salir a dar mi cotidiano paseo a caballo por el valle, cuando a lo lejos divisé a un jinete que se acercaba a la hacienda cabalgando velozmente. Tardé unos instantes en identificarle: era Diego. La rapidez de su galope me hizo intuir que algo grave sucedía.
Cuando llegó junto a mí y desmontó, comprobé que llegaba exhausto y jadeante. Habló atropelladamente:
-Señor, urge que os alejéis de aquí cuanto antes. El inquisidor ha enviado una patrulla de hombres armados para prenderos, y vienen en camino-
-¿de que se me acusa?- pregunté sorprendido
-de ser judío-
Enseguida me hice una composición de lugar. A buen seguro que el inquisidor había hecho indagaciones sobre mis orígenes, y al no dar con ellos debido al cambio de nombre que había adoptado unos años antes, supuso mi pertenencia al pueblo sefardí, perseguido con saña por el Santo Oficio. No era difícil desmentir la acusación, pero para ello debía revelar mi verdadera identidad, cosa que todavía podía perjudicarme más, porque se me perseguía por asesinato. Estaba entre la espada y la pared, y no me quedaba más recurso que la huida ¿pero hacia donde?; los brazos de la inquisición eran largos y no veía la forma de evitarlos.
Como si adivinase mis pensamientos, Diego me hizo partícipe de las instrucciones que le había dado Alonso para mi fuga, explicándome a donde debía dirigirme. Me pareció una buena idea. Si lograba llegar al monasterio, estaría a salvo y en disposición de contraatacar, porque sabía que podía contar con la inestimable ayuda de Hernán y Pedro, así como otros amigos, y para ello solo era necesario hacérselo saber.
Tenía que partir lo más pronto posible, pero antes tenía que pasar por el amargo trago de despedirme de mi amada Miriam. ¿Volvería a verla alguna vez?
Después de agradecer a Diego sus desvelos, entré en la casa. Miriam se afanaba en sus tareas de limpieza de la vivienda. Estaba tan hermosa que sentí ganas de llorar. La llamé y le expliqué lo que sucedía. Su sonrisa se fue borrando a medida que le relataba el grave problema que se cernía sobre mí, así como mi forzosa marcha. Finalmente, se abrazó a mí y rompió a llorar convulsivamente, lo que convirtió la honda pena que me afligía en un insufrible tormento. El pesimismo me invadía y mis ánimos estaban por los suelos. Por segunda vez me veía obligado a emprender la huida cuando la felicidad se encontraba al alcance de mi mano.
Muy apesarado, logré reunir la fuerza de voluntad necesaria para desasirme de su abrazo.
-Te juro por lo más sagrado que volveré, y entonces nada ni nadie logrará separarnos- le dije con firmeza.
Me miró intensamente, percatándose de la sinceridad de mis palabras, y repuso:
-Te esperaré el tiempo que sea necesario. Vete, y que Dios te ayude-
Tras llenar las alforjas de mi caballo con los aprestos más elementales para el viaje, decidí seguir el consejo de Alonso y accedí al cofre donde se guardaba el caudal de la hacienda. Los últimos tiempos habían sido fecundos, y aunque el arca no estaba llena a rebosar, la suma que contenía era muy elevada, máxime al tratarse en su mayoría de monedas de real y medio real de plata. Supuse que con cien reales sería más que suficiente para los gastos del viaje y el pago de mi estadía en el monasterio de la Rábida, y con ese importe llené un pequeño saco de cuero. No olvidé tampoco llevarme el título de propiedad del señorío y la carta del corregidor que lo ratificaba, aunque no sabía si iban a servirme de algo.
Poco después partía al galope rumbo a la cordillera, dejando atrás mis sueños.
El viaje duró tres días, durante los cuales solo paré para atender a mis necesidades más elementales, haciéndolo en sitios aislados, en un intento de evitar que nadie me siguiera la pista, pues me iba la vida en ello. Solo cuando creí estar cerca de mi destino, me atreví a preguntar a una posadera el camino del monasterio.
-Al rebasar la siguiente aldea, que está a unas dos leguas de aquí en dirección sur, os encontraréis con una encrucijada. Debéis tomar el camino hacia el suroeste, que os llevará directamente al monasterio, que está a menos de media jornada a caballo de allí, en lo alto de un cerro denominado la peña de Saturno-
Tras agradecer a la mesonera su amable información, tomé el rumbo que me indicaba, y a media tarde el monasterio se hallaba ante mi vista, flanqueado por dos ríos que confluían tras rodearlo. Era un edificio de silueta humilde y sencilla, pero el hecho de estar enclavado en un alto lo engrandecía a la vista, a pesar de que la loma donde se hallaba no era demasiado elevada.
Tras subir el sendero que transcurría a través de la ladera, coroné el cerro y llegué ante la puerta principal del recinto religioso, llamando a la aldaba. Poco después sentía descorrer los cerrojos y apareció ante mí un viejo fraile de aspecto cansino. Supuse que era el portero del monasterio.
-A la paz de Dios, joven. ¿Qué os trae por aquí?- preguntó con voz cascada.
- Buenas tardes, padre. Deseo ver a fray Antonio de Marchena. Traigo un mensaje de un amigo suyo, Alonso de Carmona, y querría dárselo personalmente-
-Pasad a la antecámara, acomodaos en un asiento, y aguardad mientras voy a buscarle-
Al cabo de unos instantes, regresó acompañado por otro fraile de una edad algo menor. Era un hombre recio y de elevada estatura, a quien la calvicie le hacía aparentar mayor edad de la que posiblemente tenía, al igual que la hirsuta barba que poblaba su rostro. Tomó asiento frente a mí y antes de hablarme esperó a que el portero desapareciese prudentemente.
-¿Qué es lo que quiere de mí mi querido amigo Alonso? Hace mucho tiempo que no tengo noticias suyas ¿se encuentra bien?-
-Está perfectamente, gracias a Dios. Me ha enviado a vos con la intención de que me ayudéis a acogerme a sagrado en este monasterio, puesto que sufro una injusta persecución por parte del santo oficio, que me acusa de ser judío, y por tanto hereje, para poder apropiarse de las tierras del señorío de Hinojosa, que actualmente me pertenece y, como creo que no ignoráis, Alonso es su administrador-
-Contadme todo eso con más detalle. Comprenderéis que debo asegurarme de que decís la verdad antes de tomar una decisión que no es solo mía, sino del consejo del monasterio, que preside el prior, quien acaba de regresar de Santa Fe, tras una audiencia que le concedieron los reyes-
Le referí mi historia desde mi llegada a tierras andaluzas para participar en la guerra de Granada, haciendo hincapié en el patrimonio que me había otorgado Pulgar con el beneplácito Real, y después relaté todas las peripecias por las que había pasado desde mi llegada al señorío. Mis palabras, dichas con toda la sinceridad de que fui capaz, acabaron convenciéndole.
-Debo consultar con mi superior la conveniencia de concederos asilo en este monasterio. Contáis con mi apoyo, no solo por deferencia a nuestro común amigo Alonso de Carmona, sino también porque creo que se está intentando cometer una injusticia con vos. Trataré de convencerle de que acepte concederos nuestra hospitalidad. Es lo que puedo prometer. Esperadme aquí hasta que os traiga noticias-
Quedé haciendo antesala tratando de superar la impaciencia y el desasosiego que sentía, pero no solo no lo conseguí, sino que ese sentimiento iba acentuándose a medida que el tiempo transcurría.
Pasó un buen rato antes de que fray Antonio regresase, haciéndolo en compañía de otro religioso, de aspecto afable y cordial.
-Santiago, te presento a Fray Juan Pérez, prior de este monasterio. Le he contado cual es tu situación, y tiene algo que decirte-
El prior continuó:
-Fray Antonio me ha explicado cuales son tus vicisitudes, y tras debatir largamente la conveniencia de ayudarte, finalmente nos hemos decidido a hacerlo, pero lamentablemente no puedes permanecer aquí por mucho tiempo, porque la inquisición, al estar regida por miembros de la comunidad religiosa, no tiene impedimentos para acceder al monasterio y apresarte. Puedes quedarte, pero ten en cuenta que tan pronto como se enteren de tu presencia aquí vendrán a por ti. Mientras tanto, tenemos una celda en la que acostumbramos a alojar a nuestros visitantes que acaba de quedar libre al abandonarnos un marino italiano que ocupó durante un tiempo. Puedes instalarte en ella-
Tras esperar a que recogiera mi exiguo equipaje de las alforjas y metiera mi caballo en la cuadra, ambos religiosos me acompañaron por un angosto pasillo en el que había múltiples puertas a ambos lados que presumí que correspondía a las celdas que ocupaba la comunidad franciscana que ocupaba el monasterio. Al final del corredor, Fray Antonio abrió una puerta y me invitó a pasar.
-dentro de poco sonará la campanilla para la cena. Descansa mientras tanto-
Era un reducido recinto, en el que apenas había sitio para un camastro y un reclinatorio para la oración. Me tumbé en el lecho y me puse a pensar en la difícil situación por la que estaba atravesando. El sentimiento que me embargaba con mayor intensidad era el desaliento. Estaba cansado de huir, pero tenía que seguir haciéndolo si quería conservar la vida. Quizás la fortuna volviera a acompañarme y consiguiera escapar muy lejos de allí, pero en mi fuero interno no quería estar alejado de Miriam. Tenía que hallar la forma de regresar junto a ella.
Tras la cena, que fue ciertamente frugal, hablé con fray Antonio y le expuse mi intención de comunicarme con Hernán del Pulgar, enviándole un misiva a Granada, donde suponía que se encontraba, y le pedí que me aconsejase sobre la forma de llevarlo a cabo, toda vez que yo no podía abandonar el claustro y los monjes tampoco acostumbraban a salir de allí. Me explicó que hacía ya algún tiempo que había comenzado a funcionar una cadena de postas y se habían creado las estafetas, un servicio que consistía en que los postillones trasladaban la correspondencia de los particulares de una posta a la siguiente, siendo después relevados, con lo que el recorrido de cada mensajero se reducía considerablemente, facilitando con ello una mayor celeridad en el envío. Para custodiar los caminos y salvaguardar las remesas, los reyes habían creado la Santa Hermandad, un grupo de gente armada pagada por los concejos para perseguir a los malhechores y criminales, lo que otorgaba una sólida seguridad al servicio.
Una de las estafetas se había establecido en las inmediaciones de la Rábida, por lo que no sería dificultoso enviar el mensaje. Solo había un inconveniente: la carestía del envío, mucho más elevada que cualquier otro servicio.
-Eso no supone problema alguno, padre. Llevo encima casi cien reales de plata, con los que pretendía hacer un donativo al monasterio, aunque en este caso he de detraer algo para pagar el servicio que me decís-
Fray Antonio se negó a aceptar la dádiva, alegando que ni siquiera habían podido complacer mi petición, pero ante mi insistencia, terminó por aceptar una cantidad casi simbólica, diez reales de plata.
Le pedí asimismo que me facilitase espacio y adminículos donde pudiera escribir la carta a Hernán, y me acompañó a la biblioteca del monasterio, una gran estancia, cuyas paredes estaban completamente recubiertas de volúmenes, y donde un grupo de monjes, en el más absoluto de los silencios, escribían, dibujaban o leían. Me facilitó un pergamino y pluma, y me dispuse a redactar mi carta a Pulgar.
Querido capitán:
Lamento que las noticias que tengo que daros llenarán de tristeza vuestro noble corazón, pero debo hacerlo, puesto que mi situación es desesperada.
Actualmente me encuentro enclaustrado en el monasterio de la Rábida, tras verme obligado a acogerme a sagrado para poder burlar la persecución a que me veo sometido por el Santo Oficio, que me acusa falsamente de ser judío.
El auténtico motivo de ese acosamiento es privarme de los bienes que vos graciosamente me concedisteis al término de la guerra con la anuencia de su majestad el rey Fernando, toda vez que a mi llegada a la propiedad, Florencio de Valderrama, señor de las tierras vecinas, se había adueñado ilegalmente de ella. Después de que conseguí recuperarla con la ayuda del corregidor del condado, don Pablo de Zamalloa, amigo personal vuestro, el tío de Valderrama, Nicolás de Berruelo, quien ostenta el cargo de inquisidor en la comarca, de forma insidiosa se ha inventado la falsa acusación que actualmente pesa sobre mí, poniendo mi vida en grave peligro.
Os ruego que me auxiliéis si ello os es posible, señor.
Vuestro fiel siervo
Santiago Fariña
A la mañana siguiente, la carta fue entregada en la vecina estafeta por uno de los monjes, y aquel mismo día inició el viaje a la búsqueda de su destinatario. Al cabo de cuatro días, un mensajero llegó a la puerta de la vivienda que Hernán del Pulgar poseía en Granada, un hermoso palacete en el centro de la capital.
Un miembro de la servidumbre le atendió, comunicándole que su señor se hallaba ausente de la ciudad desde hacía algún tiempo y no sabía cuando retornaría, pues se encontraba en tierras africanas, empeñado en conquistar nuevos dominios para engrandecer el nombre de sus monarcas. De todas formas, el sirviente se hizo cargo de la misiva, prometiendo entregarla a su señor tan pronto como éste regresara.
Ajeno al infortunio que nuevamente volvía a cebarse sobre mí con aquella inesperada ausencia, que me dejaba sin apoyos frente a mis enemigos, los días en el monasterio eran tranquilos mientras esperaba impaciente nuevas sobre mi capitán. Para amenizar el tiempo de espera y no caer en el tedio, me pasaba horas enteras enfrascado en los volúmenes de la biblioteca, actividad que, junto con la sabiduría de Fray Antonio de Marchena, relevante científico, muy versado en astronomía y reputado geógrafo, me aclararon algunas de las incertidumbres que padecía sobre aquellas complejas ramas de la ciencia.
Una de las afirmaciones que más llamaron mi atención era que la tierra era redonda, algo que yo jamás hubiera imaginado, pero que respondía adecuadamente a la pregunta que durante toda mi vida me había hecho en torno a la misteriosa desaparición del sol al alcanzar aquella línea que marcaba el límite donde el cielo se unía al mar, y a la que el buen fraile mencionó como horizonte.
Me explicó que el hombre que me había precedido en la celda del claustro, un genovés llamado Cristóbal Colón, llevaba años preparando una expedición marítima mediante la cual pretendía llegar a las lejanas islas de Cipango*, la India y las tierras del Gran Khan.
Colón había trabado gran amistad con el prior y fray Antonio, y era tal el grado de confianza que tenía con ellos que, pese a tratarse de una persona de naturaleza hermética, no había dudado en contarles su historia, aunque dejando algunos puntos oscuros sobre su juventud.
Les había relatado que, nacido y criado en Génova, desde muy joven se dedicó a la navegación. En 1476, cuando contaba con 24 años de edad, viajaba con rumbo a Inglaterra cuando su nave naufragó en el transcurso de una batalla entre mercantes de caucho y los corsarios del capitán Guillaume de Casenove, por mal nombre Coullón, vicealmirante del rey de Francia, de cuya tripulación el genovés formaba parte. Se salvó a nado del naufragio, alcanzando las costas del Algarve.
Desde allí partió a Lisboa, buscando la ayuda de su hermano Bartolomé, que residía en esa ciudad, y de otros conocidos. Se arraigó en la capital lusa, hasta el punto de que en 1479 contrajo matrimonio con Felipa Perestrello e Moniz, hija del Adelantado de las islas Madeira, Bartolomé de Perestrello y al año siguiente nació su hijo Diego.
Hasta 1485 vivió en Portugal como agente de la casa Centurione de Madeira, realizando numerosos viajes con destinos variados, incluidas Génova e Inglaterra, donde visitó Irlanda y llegó a las lejanas tierras de Islandia; allí escuchó leyendas de un camino hacia un lugar llamado Tierra Nueva, a donde se llegaba viajando hacia el oeste. Ese mismo año, falleció su esposa y abandonó Portugal para dirigirse a Palos.
En 1480 había tenido conocimiento de los informes del matemático y médico florentino Paolo dal Pozo Toscanelli sobre la posibilidad de llegar a las indias por el oeste, redactados a instancias del rey Juan II de Portugal, vivamente interesado en el asunto.
Colón mantuvo correspondencia con Toscanelli, y éste llegó a enviarle un mapa en el que se trazaba el itinerario a seguir hacia el oriente asiático, incluidas todas las islas que se suponían debían estar en el trayecto. Este mapa y las noticias de Toscanelli estaban basados principalmente en los viajes de Marco Polo, quien señalaba que entre el extremo occidental de Europa y Asia la distancia no era excesiva, estimando unas 6.500 leguas marinas el espacio entre Lisboa y Quinsay, la fabulosa ciudad de los tejados de oro y los interminables puentes de mármol que describió Marco Polo tras su estancia en China.
En 1483 presentó su proyecto de llegar a las indias por occidente a Juan II de Portugal. Cristóbal Colón afirmaba que por la vía de Poniente hacia el Oeste o el Mediodía descubriría grandes tierras, islas y tierra firme, felicísimas de oro, plata, perlas, piedras preciosas y gentes infinitas, y que por aquel camino consideraba que iba a alcanzar tierras de Indias, las grandes islas de Cipango y los reinos del Gran Kan.
El proyecto terminó siendo rechazado por varios motivos: en primer lugar, porque jamás nadie había hecho peticiones tan desmesuradas y extravagantes a un rey, ya que a cambio de los medios para llevar a cabo su plan pedía que lo honrasen armándolo caballero de Espuelas Doradas -los únicos que podían estar cubiertos ante el monarca-, que le diesen el título de Almirante Mayor del Océano, con todas las prerrogativas, preeminencias, privilegios, derechos, rentas e inmunidades que tenía el almirante de Castilla; que se le nombrase virrey y gobernador perpetuo de todas las islas y tierras firmes que descubriera por su persona o que fueran descubiertas por su industria. Se le daría también la décima parte de las rentas que el rey percibiese de todas las cosas, ya fueran oro, plata, piedras preciosas, perlas, metales, especierías y mercaderías de cualquier especie, que fuesen susceptibles de compra o troco y que se hallasen o ganasen dentro de su almirantazgo. Reclamaba el derecho a que, contribuyendo con un octavo a los gastos de toda la expedición, del provecho que de ello saliese, se llevaría también la octava parte.
De todos modos, al margen de una eventual negociación posterior que dejaba una puerta abierta al proyecto de Colón, Juan II lo remitió a la Xunta dos matemáticos, una academia de cosmografía recientemente constituida, que no tardó en desestimarlo. No se sabía con qué información concreta contaban los portugueses acerca del tamaño de la Tierra, pues todos los datos que obtenían sus exploradores se guardaban con el máximo secreto, pero si no disponían de información sobre el tamaño del ecuador, sí tenían los datos necesarios para hacerse una idea aproximada de la longitud de los meridianos. Sólo tenían que comparar la distancia que recorrían al navegar hacia el sur con la variación de latitud que ello conllevaba y que se reflejaba en la posición del Sol y las estrellas en la esfera celeste. Así, a menos que la tierra, en lugar de ser esférica, tuviera forma ovalada, las estimaciones de Colón tenían que ser descaradamente falsas.
Por otra parte, los esfuerzos de la corona portuguesa se concentraban en alejar a Castilla de sus colonias, al estar ésta a punto de terminar la conquista de los reinos moros andaluces y poseer un poder suficiente como para competir en ventaja con Portugal, y en esos momentos ya se había negociado una división del mundo entre los dos reinos ibéricos, que se ultimó mediante el Tratado de Alcáçoba, en virtud del cual Portugal obtenía el dominio sobre las Azores, Madeira, Cabo Verde y Guinea, y se dejaba a Castilla, además de las islas Canarias, el viaje por occidente como posibilidad, aunque incierta, lo que por otro lado avalaba el dictamen de los sabios portugueses, que habían analizado en profundidad el proyecto, considerándolo quimérico.
Por tanto, no le quedó otro remedio que acudir a Castilla. En 1485 se dirigió con su hijo Diego Colón al puerto de Palos de la Frontera, donde vivían unos familiares de su difunta esposa. A los pocos días de llegar, se presentó en el monasterio, donde conoció al prior, fray Juan Pérez, que escuchó con atención las ideas revolucionarias del frustrado Almirante Mayor del Océano. Al cabo de unos días todos los frailes eran fervorosos partidarios del genovés. Eso sí, no tenían dinero para apoyar el proyecto. El monasterio se convirtió en hogar y escuela para el pequeño Diego.
Uno de los monjes con quien Colón alcanzó mayor grado de amistad fue precisamente fray Antonio de Marchena, a quien confió sus planes. Fray Antonio lo apoyó y recomendó a fray Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel. Colón se dirigió a la corte, establecida por entonces en Córdoba, entablando relaciones con importantes personajes del entorno real.
Si bien el Real Consejo rechazó su proyecto, consiguió, gracias al valimiento de fray Hernando de Talavera, ser recibido, en enero de 1486, por la reina Isabel, a quien expuso sus planes. La reina se interesó por la idea, pero quiso que previamente un consejo de doctos varones, presidido por Talavera, diera un dictamen sobre la viabilidad del proyecto, mientras asignaba a Colón, escaso de recursos, una subvención de la corona.
El Consejo se reunió en la universidad de Salamanca y, basándose en la circunferencia aceptada de la tierra desde Eratóstenes, que era de 252.000 estadios, dictaminó que la distancia que había a las Indias era excesiva, y determinó la viabilidad del proyecto cómo absolutamente imposible. También influyeron en esta negativa las exigencias económicas y políticas de Colón, que al igual que en Portugal, se consideraron muy altas.
No obstante, la reina había llamado entonces a Colón, diciéndole que, aunque tenía asuntos más urgentes que atender -la conquista de Granada-, no descartaba totalmente su plan. Mientras el navegante esperaba, se vio en la necesidad de vender mapas y libros para sobrevivir.
Colón viajó a Portugal a intentar suerte de nuevo, pero sin resultado. Talavera le recomendó ofrecer su proyecto a Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, quien lo vio con buenos ojos y se mostró interesado. Dio alojamiento a Colón y empezó a construir tres carabelas para el viaje, pero su lealtad a los reyes le impidió atribuirse el honor de la empresa. En su lugar, le abrió las puertas de la Cancillería Real de Castilla, y desde ese momento el navegante ingresó en la servidumbre de la reina, que prometió llevar su proyecto ante una comisión de sabios, letrados y marineros. Colón se instaló en Córdoba a la espera de noticias. Para amenizar la espera se buscó una amante: Beatriz Enríquez de Arana, con quien tuvo un hijo al que bautizó como Hernando.
En diciembre de 1491, Colón llegaba al campamento real de Santa Fe de Granada. Su proyecto fue sometido a una nueva junta, convocada por la reina, pero nuevamente fue rechazado. Parte importante de la oposición estaba motivada por las exigencias desmedidas de Colón. En esos momentos intervinieron Luis de Santángel, un escribano judío converso de gran prestigio en la corte, y Diego de Deza, dominico también con influencia en la corona, al tratarse del encargado de la educación del príncipe Juan, hijo de los reyes. Entre ambos ganaron para la causa al rey consorte de Castilla, Fernando, consiguiendo su apoyo. En el transcurso de las negociaciones, Colón rebajó sus exigencias, comprometiéndose además a aportar parte del dinero y a dirigir la expedición, lo que constituía una garantía.
Las negociaciones entre Colón y los reyes se realizaron a través del secretario de la Corona de Aragón, Juan de Coloma, y fray Juan Pérez, en representación de Colón. El resultado de aquellas gestiones fueron las denominadas Capitulaciones de Santa Fe, documento por el que Colón obtuvo las siguientes prebendas:
El título de Almirante en todas las tierras que descubriese o ganase en la mar Océana, con carácter hereditario y con el mismo rango que el Almirante de Castilla.
El título de Virrey y Gobernador General en todas las islas o tierras firmes que descubriera o ganara en dichos mares, recibiendo el derecho de proponer ternas para el gobierno de cada una de ellas.
El diezmo del producto neto de la mercadería comprada, ganada, hallada o trocada dentro de los límites del Almirantazgo, quedando el resto para la corona.
La jurisdicción comercial de los pleitos derivados del comercio en la zona de su almirantazgo, según correspondiese a tal oficio.
El derecho a contribuir con un octavo de la expedición y participar de las ganancias en esa misma proporción.
Las Capitulaciones fueron firmadas en Santa Fe de Granada el 30 de abril de 1492, concediendo además a Colón el título de Don y haciendo hereditario el de Virrey.
Se despacharon diversas cédulas para la organización del viaje. Según una de ellas, Colón sería Capitán Mayor de una armada constituida por tres navíos. Otra cédula decía que los vecinos de Palos debían proporcionar dos carabelas equipadas y tripuladas.
Cuando Colón llegó a al puerto de Palos, se encontró con la oposición de los vecinos, que desconfiaban de él al tratarse de un extraño. También hubo problemas en el reclutamiento de marineros, pero los religiosos de La Rábida lograron solucionarlo, al poner en contacto a Colón con Martín Alonso Pinzón, destacado navegante local, que apoyó la posibilidad del viaje, contra lo que la gente pensaba del proyecto.
Martín Alonso Pinzón, natural de la propia localidad de Palos, era el hijo mayor de una rica familia de larga tradición marinera, y propietario de un barco con el que hacía frecuentes viajes comerciales por aguas del Mediterráneo y del Atlántico.
Se decía que junto con su hermano y socio Vicente Yáñez Pinzón, ejerció alguna vez de corsario.
En los años precedentes, no había en toda la comarca de la ría formada por la desembocadura común de los ríos Tinto y Odiel un armador y navegante más famoso que Martín Alonso Yáñez Pinzón, por lo que conseguir su apoyo y participación era imprescindible para el éxito de la empresa colombina. El encargado de convencerle para que acompañase a Colón fue precisamente Fray Antonio de Marchena, lo que ocurrió durante la primavera 1492.
Martín Alonso Yáñez Pinzón
Cuando se propagó por toda la zona que Martín Alonso iba a participar en el viaje como capitán de la carabela Pinta y su hermano Vicente como capitán de la Niña, muchos amigos y familiares se enrolaron inmediatamente y pudieron completarse las tripulaciones. Dado que Colón era un desconocido, la sabiduría náutica y la experiencia marinera de los Pinzón eran el mejor aval.
Y en aquellos momentos, principios de julio de 1492, la ambiciosa expedición estaba a punto de llevarse a cabo.
Aquella historia extraordinaria, contada por un entusiasta Fray Antonio, traslucía tal fe en el genovés, que mientras me hacía partícipe de sus andanzas daba la sensación de estar metido en el pellejo del propio Cristóbal Colón, hasta el punto de que lograba contagiarme su fervor, consiguiendo incluso que en aquellos instantes me olvidase de mis sinsabores.
Esa misma noche, mientras trataba de conciliar el sueño en mi celda, una peregrina idea me asaltó la mente:
-¿y si yo pudiera formar parte de la tripulación?-
A la mañana siguiente, tras el oficio de maitines, hice partícipe a Fray Antonio de aquella reflexión. Contra lo que yo podía suponer, no puso objeción alguna, antes al contrario me dijo que le parecía una excelente idea y que iba a hacer todo lo posible para que pudiera llevarla a cabo, actitud que consiguió que recuperase un tanto mi alicaído optimismo.
Poco después de aquella conversación, Fray Antonio me hizo llamar para que acudiese a la celda del prior. Allí me esperaban ambos religiosos, que me dieron un hábito para disfrazarme y un mensaje escrito, que debía entregar a Cristóbal Colón en Palos de la Frontera. En él iba la petición de que me permitiese enrolarme a sus órdenes para acompañarle en su empresa.
Tras mostrar mi gratitud, emocionado por los desvelos de aquellos dos grandes hombres para ayudarme, me despedí de ellos y partí rumbo a Palos. Previamente, entregué la bolsa donde guardaba mi dinero al anciano portero del monasterio, indicándole que se la entregara al prior, para evitar una previsible negativa de éste a aceptarlo si se lo daba directamente.
Me fui caminando, pues no era aconsejable llevar mi caballo por el doble motivo de que, por una parte, mis perseguidores hubiesen podido identificarme por él, y de otra, en caso de que el navegante me aceptase en su tripulación, debería venderlo o regalarlo, algo a lo que era reacio al haberme encariñado con el animal, y aun confiaba en recuperarlo a mi regreso. Era el día dos de agosto de 1492.
El camino no era largo y llegué pronto al puerto de Palos, que era en aquellos momentos un auténtico hervidero de actividad. Una ingente cantidad de hombres se afanaban en la carga de tres grandes navíos atracados en su muelle, cuyo tamaño destacaba sobremanera sobre las pequeñas embarcaciones de pesca arribadas a puerto.
Tras indagar entre los trabajadores acerca del paradero de quien buscaba, finalmente lo localicé en el muelle. Estaba hablando con varios hombres, y a juzgar por la forma de dirigirse a ellos y el respeto que les inspiraba, debían tratarse de subordinados suyos. Mientras me aproximaba, me fijé en su aspecto. Era un hombre de unos cuarenta años, bastante fornido y de estatura mediana; tenía nariz aguileña y ojos claros, y su larga melena era completamente blanca. Vestía con distinción, aunque debido a lo caluroso de la tarde, su indumentaria era muy simple, solo una camisa de lino y calzas.
Cristobal Colón
Me presenté respetuosamente a él y le dije que portaba un mensaje enviado por fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena. Al oir esto, su inicial actitud desconfiada mutó en un gesto sumamente amable. Le entregué la carta, que se puso a leer atentamente. En ella los religiosos relataban las vicisitudes por las que estaba atravesando, y en aras de su íntima amistad le solicitaban que, si ello estaba en su mano, me aceptara como tripulante en el viaje que iba a emprender. Cuando terminó de leer, me miró con simpatía y cierta conmiseración, como apenándose por mi situación, y me dijo, con un deje peculiar, aunque a mí no me pareció extraño, al semejarse mucho al mío:
-Has tenido mucha suerte por dos cosas. La primera, gozar del aprecio de esos dos hombres santos, a quienes yo nada puedo negar, y la segunda, llegar aquí en el momento adecuado: zarpamos mañana al amanecer. Lleva tus bártulos a la nave de mayor tamaño, que es la que yo capitanearé, y no salgas de ella hasta que zarpemos, para evitarte dificultades-
Loco de contento, tras agradecerle atropelladamente su buena disposición, me dirigí a la nave, la más grande de las tres que iban a componer la expedición, en cuya proa estaba transcrita a grandes letras la leyenda Santa María, y subí a bordo.
Unos cuantos marineros estaban embarcando pertrechos para el viaje con gran laboriosidad, y se quedaron bastante sorprendidos por el inesperado embarque de un religioso. Al percibirme de ello, me quité el hábito de fraile y lo dejé en un rincón, junto con el resto de mi equipaje, y anunciándome como nuevo tripulante, me ofrecí a ayudar en el trabajo, algo que gustosamente aceptaron.
El que parecía dirigir el grupo me encargó que ayudase a bajar los suministros que estaban introduciendo en el barco, a la bodega, cosa que me apresuré a cumplir. Eran básicamente víveres, lógicamente muy abundantes, ante la larga travesía que previsiblemente nos esperaba.
Al margen de la gran abundancia de barriles de agua y vino que se embarcaron, las viandas estaban constituidas por todo tipo de comestibles, entre los que los más abundantes eran las carnes de vacuno y porcino saladas, pescado curado, legumbres secas y cereales, así como naranjas y limones frescos para combatir el escorbuto. Me llamaron la atención unas galletas de gran dureza al tacto, que uno de mis nuevos compañeros, marinero veterano, dijo que se llamaban galletas de barco. Estaban cocidas dos veces para facilitar su conservación, pero eso las endurecía de tal manera que había que hacer un gran esfuerzo para masticarlas y eran de pesada digestión para todos excepto para ciertas moscas azuladas, que mientras que las galletas permanecían en espera de ser empaquetadas, o cuando se abrían a bordo del barco, las atacaba poniendo sus huevos en ellas, y con el paso del tiempo nacían las larvas. Los marineros veteranos solían golpear las galletas contra la mesa antes de comerlas, con la esperanza de que saliesen los gorgojos y se marchasen, pero éstos no siempre los complacían.
TERCERA PARTE
LA RUTA DE CIPANGO
Salida del puerto de Palos
En la madrugada del tres de agosto de 1492, poco antes de romper el alba, el pequeño puerto de Palos de la Frontera estaba completamente atestado de gentío. Ningún vecino de la población había querido perderse aquel acontecimiento; unos, los más, eran parientes de algún miembro de la tripulación de las naves, y los restantes habían acudido por mera curiosidad, ya que nunca habían sido testigos de un hecho tan grandioso.
La nave en la que yo había embarcado, la nao capitana de la expedición, a la que habían rebautizado recientemente como Santa María, ya que con anterioridad se llamaba La Gallega, era con diferencia la mayor de las tres. Se trataba de una carraca y había sido construida en unos astilleros de Cantabria. Era propiedad de Juan de la Cosa, un navegante experimentado que había participado en numerosas expediciones a la costa occidental de África. Se había acordado que Colón fuese al mando, embarcando también su propietario como maestre.
Las dos naves restantes eran carabelas. Una de ellas, denominada La Pinta, navegaba bajo las órdenes de Martín Alonso Pinzón, quien llevaba como maestre a su hermano Francisco, mientras que un tercer hermano, Vicente, iría al frente del navío restante, La Niña.
La tripulación de la Santa María constaba de casi un centenar de hombres, mientras que las dos carabelas llevaban unos veinticinco cada una. Todos eran originarios de la costa andaluza, excepto tres italianos, un portugués y unos diez vascos y gallegos llegados con la Santa María. También embarcaron el escribano Rodrigo de Escobedo y el veedor real Rodrigo Sánchez de Segovia, así como un intérprete conocedor del árabe y el hebreo. Además, Colón llevaba unas credenciales de los reyes con objeto de entregárselas al gran Khan.
Poco después de zarpar, amaneció un hermoso día de agosto, caluroso y soleado. Tomamos rumbo hacia las islas Canarias, ya que según los cálculos de Colón, se encontraban en la misma latitud que Cipango.
Mis funciones a bordo no estaban definidas, al carecer por completo de los conocimientos de marinería necesarios para hacerme cargo de ningún trabajo concreto, pero trataba de colaborar al máximo con el resto de la tripulación, que viendo la buena actitud que mostraba, solicitaban mi ayuda para las tareas más simples. Cristóbal Colón apenas prestó atención en mí durante la primera jornada de navegación, pero al amanecer del siguiente día me hizo llamar al castillo de popa, donde estaba el timonel.
Me presenté ante él, que en ese momento estaba dando instrucciones al piloto, en función de lo que marcaba la aguja de un extraño artefacto, que después supe que se llamaba brújula y su utilidad era la de orientar.
Cuando se percató de mi presencia, se acercó a mí. Apenas habíamos cruzado unas palabras cuando nos conocimos, y quiso saber algo más acerca de mi vida. Se la conté, con mi habitual reserva sobre los terribles sucesos que motivaron la huida de mi hogar. Cuando se enteró de que, gracias a las enseñanzas adquiridas del padre Bernabé y complementadas por Pedro del Pulgar, sabía leer y escribir con soltura, y poseía además algunos conocimientos de matemáticas, se le notó satisfecho:
-Me vienes como anillo al dedo. Necesito a mi lado a alguien que pueda transcribir el diario de a bordo y eres la persona idónea. A partir de ahora estarás cerca de mí y serás mi escribano-
El hecho de saberme útil me llenó de profunda satisfacción. A partir de ese momento, armado de pluma de ave, tinta y pergamino, no me apartaba del almirante, quien a cada instante me iba dictando con su peculiar acento, tan parecido al mío que me hacía dudar en mi fuero interno de la veracidad de su origen genovés, notas sobre los más mínimos detalles del viaje, que yo cada noche me encargaba de dar sentido confeccionando el diario de cada jornada.
A los cinco días de nuestra partida empezaron los problemas, al ser sorprendidos por un formidable temporal que afectó, aunque no gravemente, a las dos carabelas, provocando una rotura parcial en el timón de la Pinta y un desgarro en el velamen de la Niña.
Al día siguiente llegamos a Gran Canaria, donde se repararon ambas averías, aunque para ello hubo que esperar casi un mes.
El 6 de setiembre nos hicimos nuevamente a la mar y, luego de navegar tres días con vientos desfavorables, las naves dejaron atrás las Canarias y se adentraron en el océano. Delante iba la Pinta, que era la más rápida de las tres. Cuando perdimos las islas de vista y estuvimos en pleno océano, muchos de mis compañeros empezaron a llorar y a gemir, temerosos de no volver a divisar tierra. Colón consiguió calmarlos prometiéndoles tierras y riqueza para aumentar su esperanza y disminuir el temor que sentían ante el largo viaje que se les avecinaba.
Pero a medida que transcurrían los días, las murmuraciones de los marineros iban en aumento, viéndose lejos de todo socorro en una travesía tan larga y peligrosa, sin contemplar otra cosa que el agua y el cielo. Jamás nadie había estado tan lejos de tierra firme.
Colón no ignoraba estas protestas, a las que trataba de hacer frente, unas veces tratando de convencernos con palabras suaves, prometiendo que la tierra y las riquezas estaban ya a nuestro alcance, y otras mediante amenazas de castigo a quien contrariase sus órdenes, con lo que de algún modo lograba templar los ánimos.
El treinta de setiembre nos cruzamos con una gran bandada de peces voladores que surcaban el aire a grandes saltos en un espectáculo maravilloso, y poco después con un rabí ahorcado, que aunque es ave de mar no se posa en él, sino que vuela tras los alcatraces hasta que éstos descargan de vientre, recogiendo su inmundicia para mantenerse.
Mientras esto ocurría en medio del mar, a mediados de setiembre Hernán Pérez del Pulgar, su cuñado Francisco de Bedmar y su fiel escudero Pedro entraban en Granada encabezando un grupo de más de doscientos hombres. Venían de realizar una victoriosa campaña en el norte de África, durante la cual consiguieron conquistar algunas plazas fuertes, arrebatándoselas a los sarracenos.
Tras despedirse en las puertas de la ciudad, cada uno tomó el camino de su casa. Pulgar fue recibido cariñosamente por sus familiares y siervos, y al poco uno de éstos le hizo entrega de un pliego que se había recibido en su ausencia, hacía ya unas cuantas semanas.
Comenzó a leer aquel mensaje, y a medida que avanzaba en su lectura su rostro iba palideciendo y su semblante, afable por la felicidad del regreso a casa, se tornó iracundo. Cuando terminó, sin dar explicaciones, les dijo a sus familiares con un tono tan frío que traslucía que algo no iba bien:
-tengo que ver al rey urgentemente-
Y a continuación ensillo de nuevo su corcel y se dirigió al galope hacia el campamento de Santa Fe.
Tenía previsto pedir audiencia al día siguiente para presentar sus respetos a los reyes y confirmarles los éxitos de la campaña de África, pero las noticias que había recibido no admitían demora. Debía obtener el permiso real para enmendar el baldón que había caído sobre uno de sus mejores hombres, y sobre todo de los más apreciados.
Pronto llegó a la ciudad-campamento; sin perder un solo instante, se entrevistó con Juan de Coloma, secretario del rey. Éste, que conocía bien a Pulgar y sabía que la evidente urgencia que le atosigaba tenía que estar más que justificada, se movió para conseguirle el permiso con inmediatez, y pocos instantes después entraba en la vivienda real.
El rey Fernando le esperaba, sentado en un lujoso sillón, y le recibió dando muestras del profundo afecto y simpatía que sentía por aquel caudillo. Pronto se dio cuenta de que el ademán de Pulgar, en contra de lo habitual, denotaba una gran afectación.
-Que te ocurre, Pulgar. Vienes a visitarme después de realizar una de tus habituales hazañas y te veo triste y melancólico. ¿Qué es lo que ha pasado para que te muestres así?-
-Señor, os juro por mi honor que hasta hace poco más de dos horas estaba gozoso, tras haber cumplido con mi deber en el campo de batalla y regresar sano y salvo junto a los míos, pero nada más entrar en mi casa me han llegado unas noticias que han roto mi estado de ánimo y me han hundido en el pesimismo y el resentimiento. En mi ausencia, se ha cometido una gravísima injusticia contra uno de mis amigos y subordinados, que requiere una pronta reparación, esperando, Dios lo quiera, que no sea demasiado tarde para enmendarla-
El monarca se mostró sumamente interesado en aquel asunto que tanto afectaba a uno de sus súbditos favoritos, y Hernán le mostró la misiva que poco antes había recibido. Cuando el rey Fernando la leyó, ni siquiera hizo falta que Pulgar le refrescase la memoria sobre el particular. Recordaba perfectamente haber dado su conformidad a aquella dádiva, e incluso a la persona que la recibió, uno de los valientes que habían acompañado a Pulgar en su incursión en Granada cuando la ciudad todavía estaba gobernada por Boabdil.
-Y que es lo que pretendes hacer- repuso el rey.
-obtener vuestro permiso para viajar hasta el monasterio de la Rábida y rescatar a mi amigo si aun es tiempo, y después acompañarle hasta las tierras que legítimamente le pertenecen, y reparar la injusticia que se ha cometido con él ayudando a que las recupere-
-Pues vete, Pulgar. Lleva contigo los hombres que consideres necesarios y haz lo que tu noble corazón te dicte. Confío plenamente en tu criterio y sentido de la justicia y se que harás lo mismo que haría tu rey. Emitiré un documento que te sirva de salvoconducto para facilitar tu labor-
-Os agradezco vuestra confianza, señor, y os prometo que así lo haré-
Tras ponerse en contacto con Bedmar y Pedro del Pulgar, y reunir una partida de veinte hombres más de entre los más válidos y arrojados, partieron aquella misma noche rumbo a la Rábida.
El grupo de jinetes que capitaneaba Pulgar divisó el monasterio de la Rábida cuatro jornadas después de partir de Granada.
Mientras el resto esperaba en las inmediaciones, el caudillo se dirigió a la puerta del convento acompañado por sus hombres de máxima confianza, Pedro y Bedmar. Tras preguntar al viejo portero por Santiago, les manifestó que hacía ya unos cuantos días que se había ausentado de allí y desconocía con que destino, pero el prior del monasterio o fray Antonio de Marchena quizás pudiesen aportarles alguna noticia sobre su paradero.
No tuvieron que esperar demasiado, ya que ambos religiosos se presentaron al poco tiempo; por su gesto preocupado, Pulgar adivinó que temían que los recién llegados formasen parte de los perseguidores de Santiago, y les aclaró inmediatamente que eran amigos suyos y lo que pretendían era ayudarle. Se identificó ante ellos y pudo comprobar que la fama de sus hazañas había llegado hasta aquel lejano rincón, quizás a través del propio Santiago.
Los religiosos explicaron a los visitantes que el joven había abandonado el convento a instancias de ellos mismos, temerosos que de un momento a otro sus perseguidores llegaran con aviesas intenciones y le prendieran o acabaran con su vida, y aprovechando que la expedición del almirante Colón zarpaba por aquellas fechas del puerto de Palos, decidieron que lo mejor que podía hacer para mantenerse a salvo era enrolarse en la tripulación.
Pulgar y sus compañeros quedaron consternados por la partida de su amigo, lamentando haber llegado demasiado tarde, pero al mismo tiempo se alegraron de que no corriera peligro.
Allí ya no tenían nada que hacer. Agradeciendo a los monjes sus desvelos y la hospitalidad que habían mostrado hacia su camarada, abandonaron el monasterio. Todavía les quedaba mucho camino por recorrer.
Tras sopesar largamente sobre la dirección que debían tomar para llevar a cabo su misión, Pulgar determinó la conveniencia de encaminarse primero a Niebla, donde podría entrevistarse con el corregidor, amigo personal suyo desde la lejana guerra contra Portugal, en la que habían sido compañeros de armas, y que éste le esclareciera algunos puntos de aquel endemoniado embrollo que no habían quedado claros mediante la carta recibida, para poder hacerse una idea de la verdadera situación. Aunque en realidad, pese a lo conciso de la misiva, todo resultaba bastante evidente.
El grupo de guerreros entró en los polvorientos caminos que conducían a Niebla, divididos en grupos de tres jinetes a instancias de Pulgar, que pretendía causar la menor alerta posible para llegar por sorpresa, aunque sin perderse demasiado de vista los unos a los otros, previniendo un hipotético ataque por sorpresa, puesto que sospechaba que iban a enfrentarse a gentes muy astutas, peligrosas y carentes de escrúpulos, miembros del temido Santo Oficio, contra las que muy probablemente habría que utilizar algo más que el mero uso de la fuerza física.
La Santa Inquisición de Castilla estaba causando estragos, según la información que poseía Hernán del Pulgar. Siguiendo la tradición, las confesiones se arrancaban mediante la tortura, y cualquier acusación anónima servía de base para capturar e interrogar a un sospechoso. Las torturas eran tan crueles que no se sabía de nadie que las hubiera soportado sin declarar lo que sus verdugos querían que dijera; los tormentos más populares eran los cordeles, que se apretaban en las articulaciones, y la toca, un paño que se metía por la boca hasta la garganta y al que se le echaba agua para dejar al borde de la asfixia al presunto hereje. Ambos eran muy dolorosos, aunque difícilmente provocaban muerte o mutilaciones.
Los acusados que no eran absueltos tenían que participar en una procesión pública vestidos con el sambenito, un capote de lana amarilla con la cruz de san Andrés y llamas de fuego. Además de esto, las sentencias oscilaban entre la reconciliación pública -el reo abjuraba de sus errores, aunque en realidad no los hubiese cometido, y era perdonado-, la inhabilitación para cargos públicos, el uso de por vida del sambenito, la prisión y la hoguera. A los que se retractaban a última hora en el patíbulo se les conmutaba la hoguera por el garrote, con lo que morían estrangulados. Había discrepancia entre las cifras de víctimas, pero había quien hablaba de unos dos mil reos, entre quemados, desaparecidos y huidos en los tres primeros años de actuación del santo tribunal.
El Papa Sixto IV había recibido quejas por la actuación del Santo Oficio, pero, a pesar de lo espeluznante de las denuncias, no se había atrevido a destituir a los inquisidores ni a desautorizar sus actuaciones. Lo único que hizo fue dictar unas normas de actuación: en adelante, los inquisidores tendrían que actuar con el obispo del lugar y dentro de los cauces del derecho canónico.
La Santa Inquisición era uno de los principales pilares que proporcionaban a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón un poder absoluto sin precedentes en el reino de Castilla ya que nadie osaba solidarizarse públicamente con un acusado por el Santo Tribunal, por miedo a ser considerado también como sospechoso. Por ello se dispusieron a introducirla también en la Corona de Aragón, para lo cual sugirieron al general de los dominicos, Salvo Casseta, una lista de nombres de su agrado para que éste nombrara a los inquisidores generales de Aragón, pero Sixto IV trató de que, esta vez, la situación no se le escapara de las manos, y nombró él mismo ocho inquisidores dominicos. Eso había tensado las relaciones entre el Papa y los soberanos, que en aquellos momentos distaban mucho de ser amistosas.
Aunque el trayecto estaba calculado en dos jornadas, cabalgaban con tal presteza, sin apenas mediar descanso, que en día y medio tenían ante su vista la capital del condado. Los primeros en llegar, que era el grupo compuesto por Pulgar, Bedmar y Pedro, esperaron a que viniese el resto de sus compañeros, que lo hicieron escalonadamente, y una vez recompuesto el grupo avanzaron hacia la casa del corregidor.
Hacía más de quince años que Hernán del Pulgar y Pablo de Zamalloa no se veían, pero éste, sin necesidad de que el lacayo que le había franqueado la puerta le anunciase, le reconoció al instante en cuanto lo tuvo frente a sí. Zamalloa no disimuló la gran alegría que le produjo el reencuentro con su viejo compañero de armas y le abrazó efusivamente. Una vez que terminaron aquellas muestras de sincera amistad, y sabedor, tanto de que aquello no se trataba de una visita de cortesía como de su verdadera razón, no quiso perder tiempo en rodeos:
-Hernán, conozco el motivo por el que estás aquí; vienes a reparar una injusticia, algo que yo no pude hacer, pese a desearlo fervientemente. A pesar de que soy el representante de la ley en el condado, el poder de la inquisición, auspiciado por los reyes, es tan grande, que no he podido evitar que la voluntad del inquisidor prevalezca sobre mía, so pena de ser acusado de alta traición. He conocido a tu protegido y te aseguro que cuenta con mi apego y simpatía. Es un joven honesto y tenaz, y cuenta además con otras virtudes que le honran, y el señorío bajo su mandato se había recuperado de su anterior declive y comenzaba a prosperar. Ahora, ha vuelto a caer en manos de quien nunca debió estar, y yo no puedo hacer nada por evitarlo-
Pulgar le miró fijamente y le dijo:
-sí, pero esos abusos se han terminado, cuando menos en este condado-
Aun cuando no dió aclaración alguna sobre ese intrigante comentario, Zamalloa, que le conocía bien, sabía que no hablaba en balde.
Poco después, ambos abandonaban la casa del corregidor y se encaminaban a la del santo oficio, ya acompañados de Bedmar y Pedro, que quienes se les habían unido tras esperar en el exterior, respetando la intimidad del reencuentro de dos viejos amigos.
El palacio inquisitorial estaba muy próximo y enseguida llegaron a sus puertas. El centinela reconoció al corregidor y no puso impedimentos para que accediesen al interior del edificio, y pronto se hallaban ante Nicolás de Berruelo, inquisidor del condado de Niebla.
Pulgar le observó. Era un hombre de modales exquisitos y refinada elegancia en los hábitos religiosos que vestía, de delicado paño, pero desagradaba a la vista. Había algo artero en su presencia y en su mirada taimada. Suponía que no sabía quienes eran ni a lo que venían, pero todo en su persona traslucía desconfianza.
El ambiente era tenso. Pulgar prefirió no andarse con rodeos. Después de que el corregidor le diese a conocer, dijo:
-Venimos de Granada a interesarnos por los motivos de la persecución a que se está viendo sometido nuestro camarada Santiago Fariña, fiel servidor del rey Fernando-
-Está acusado de herejía. El santo oficio ha sabido que pertenece a la religión judía y se hace pasar por cristiano-
-Puedo jurar por Dios crucificado que Santiago no es menos cristiano que vos mismo, y a fe que ha dado buenas muestras de ello; los tres que estamos aquí podemos corroborarlo. No sé en que burdas patrañas se habrá basado esa acusación, pero exigimos que se retire-
-Las decisiones del santo oficio son infalibles y no admiten réplica. Cuidad vuestra lengua si no queréis que os la corten-
Pulgar prefirió hacer caso omiso a la amenaza y replicó:
-¿puedo saber que pruebas hay de la acusación que existe contra nuestro amigo?-
El inquisidor exhibió una astuta sonrisa.
-mucho me temo que estáis errado en vuestro planteamiento. Es vuestro amigo quien debe presentar pruebas de su inocencia-
Pulgar no era solo un guerrero, sino que, pese a su fiera apariencia, era también un erudito, docto en muchas materias, entre ellas las leyes.
-in dubita pro reo- dijo
-¿y eso que significa?-
-Perdonad. Suponía que, siendo hombre de la Iglesia, tendríais conocimientos del latín, pero veo que me he equivocado- replicó con mordacidad, añadiendo –significa que según el derecho romano, en el cual está basado el derecho canónico, que supongo que no refutaréis, la duda ineludiblemente favorece al acusado-
El inquisidor palideció ligeramente, turbado tanto por haber sido descubierta su ignorancia como por darse cuenta de que tenía ante sí a un enemigo de cuidado; no obstante, quiso persistir en su intento de intimidarle:
-el poder del Santo Oficio ha sido otorgado por el rey y nuestras decisiones cuentan con su beneplácito y nadie puede oponerse a ellas-
Y quiso remachar, aunque sin demasiada convicción:
-Además, la propia fuga del acusado confirma su culpabilidad-
Pulgar demostró entonces que cuando menos era tan astuto como el inquisidor. Su pregunta pareció extraña a los presentes:
-¿vos creéis que el suicidio es pecado?-
-Por supuesto; los suicidas arden en el infierno-
-Pues eso es lo que hubiese hecho Santiago en caso de quedarse: incurrir en suicidio, y por tanto en pecado mortal, así que su fuga demuestra que es buen cristiano, y además debo deciros, por si no lo sabéis, que en su huida pidió - y obtuvo- la acogida a sagrado en un recinto religioso, cosa que confirma su búsqueda de santidad y eso resultaría ciertamente insólito en un practicante de la religión judía-
El inquisidor se estaba poniendo nervioso por momentos, al percatarse de que su oponente estaba intelectualmente a bastante más altura que él cuando había creído que podía ser un juguete en sus manos. Pero todavía le quedaba una baza: el santo oficio contaba con el favor real, y sabía que Pulgar y sus compañeros jamás contrariarían las decisiones del soberano. Simplemente con oponerse a lo que pretendiesen, no lograrían hacer nada. Se sintió triunfador.
Pero Pulgar tenía un arma secreta que no había mostrado –ni siquiera sus compañeros la conocían- y creyó llegado el momento de exhibirla. Con un gesto tan solemne que tenía mucho de teatral, introdujo una mano entre los pliegues de su camisa y sacó un manuscrito, que desenrolló y dejó a la vista de los presentes, al tiempo que decía:
-Esto, señor inquisidor, es un salvoconducto a mi favor, firmado y lacrado por el rey Fernando, pero se trata, como vais a comprobar, de un salvoconducto muy especial- y pasó a leer el manuscrito:
“Yo, Fernando segundo, rey de Aragón y regente de Castilla por el poder que Dios Nuestro Señor me otorga, concedo a mi fiel súbdito y caballero, Hernán Pérez del Pulgar, licencia para viajar libremente por mis reinos, y le nombro embajador plenipotenciario de mi soberanía a donde quiera que vaya, con las mismas atribuciones que yo mismo ostento, tomando las decisiones que considere oportunas sin que nadie, cualquiera que sea el cargo político, militar o religioso que disfrute, pueda desautorizarlo ni desobedecerlo, bajo pena de muerte.
Y es lo que mando en Santa Fe, a dia quince de setiembre de 1492”
El inquisidor quedó desconcertado al ver aquello. Perdió la sonrisa y su rostro adquirió tal lividez que parecía que iba a darle un vahído. Reaccionó cambiando de táctica y su actitud soberbia se convirtió como por ensalmo en servil.
-creo que lo de vuestro amigo todavía puede arreglarse, señor. Daré órdenes de que cese inmediatamente su persecución-
-Ya es tarde para eso. Desde el sitio a donde vais a ir, os será difícil dar orden alguna. Además, quedáis destituido por deshonrar con vuestras acciones, falsas acusaciones y abuso de poder, el cargo que ocupáis- y dirigiéndose al corregidor, le dijo: -Pablo, haz que encierren a este miserable en la celda más lóbrega que haya en este palacio, y que le interroguen haciéndole probar la misma medicina que él pensaba aplicar a mi amigo Santiago-
El terror se apoderó del inquisidor, al saber que estaba definitivamente perdido. El corregidor, que había estado disfrutando maliciosamente con la dura lección que su amigo dio al inquisidor, no tuvo vacilación alguna en acatar las órdenes de Pulgar y avisar al sargento de guardia del palacio, que a la vista del documento que acreditaba a aquel caballero como representante real, apresó a Berruelo y le condujo a la prisión, no sin mostrar discretamente su satisfacción por el correctivo que le acaban de dar a aquel cruel y malévolo personaje, que temblaba y respiraba agitadamente, dejando a su paso el suelo mojado y una estela de fuerte olor a orina.
Ante el vacío de poder que se iba a producir en el Santo Oficio del condado debido a la destitución de Nicolás de Berruelo, el corregidor tomó provisionalmente las riendas de la institución, siguiendo instrucciones del embajador plenipotenciario del rey Fernando, Hernán del Pulgar. Por otra parte, Zamalloa iba a ser también el juez que sancionase los graves delitos de los que estaba acusado.
Pulgar, aun cuando la caída en desgracia de aquel malvado personaje no le provocaba ni un asomo de piedad, no era partidario de la tortura, así que indicó al provisional inquisidor que no utilizase aquellos métodos y se limitase a mostrarle los instrumentos sin necesidad de explicarle, como era habitual, su funcionamiento al acusado, por conocerlo éste a la perfección. Eso sería, a su juicio, suficiente argumento para que confesase sus delitos sin necesidad de aplicarle suplicio.
La labor en Niebla estaba cumplida y ahora había que desplazarse al señorío de Hinojosa. Tras cambiar impresiones con Bedmar y Pedro, sus lugartenientes, tomaron la decisión de dejar un retén de diez hombres en Niebla a las órdenes de su cuñado Bedmar para evitar cualquier intento de rebelión por parte de los aliados de Nicolás de Berruelo, mientras él y Pedro partían hacia el señorío con los restantes.
Dos alcatraces que se posaron en la Santa María el 25 de setiembre dieron esperanzas de hallar tierra, en la creencia de que estas aves no se alejarían mucho de ella, pero aprovechando que el mar estaba en calma, sondearon doscientas brazas y no tocaron fondo.
También se vieron otras aves y algún cangrejo, pero todo eran ilusiones vanas, lo que fue haciendo que el miedo creciese aun más, al igual que las murmuraciones sobre el almirante, que en su loca fantasía habría resuelto convertirse en gran señor a costa de nuestras vidas, no faltando quien decía que deberíamos echarle al mar y después dar la vuelta en pos de nuestra tierra.
El 6 de octubre Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo hacia el sur pero Colón, de acuerdo con sus cálculos, se negó a ello. En ese momento la Pinta dio a la Santa María la señal convenida para indicar el avistamiento de tierra, pero fue un error. La tensión en los barcos iba en aumento.
El 8 de octubre se divisó una bandada de aves que se dirigía hacia el sur, y Colón no tuvo más remedio que tragarse su orgullo y cambiar el rumbo atendiendo a la sugerencia de Martín Alonso Pinzón.
El 11 de octubre, a primera hora de la mañana, los tripulantes de la Santa María recogieron del mar una caña, un palo labrado con hierro y un matojo de hierbas. Entre la tripulación cundió el entusiasmo cuando Colón comunicó el hallazgo. El almirante recordó que los reyes habían prometido diez mil maravedíes al primero que avistara tierra. Dos horas antes de media noche, Colón afirmó haber visto una luz en la lejanía. Así se lo comunicó al contramaestre, Pedro Gutiérrez, que salió corriendo a avisar al veedor, pero cuando éste llegó ya había desaparecido la luz, y no pudo dar fe del acontecimiento.
Fue a la mañana del día siguiente, 12 de octubre, cuando el vigía de la Pinta avistó tierra por primera vez. Su nombre era Juan Rodríguez Bermejo, más conocido como Rodrigo de Triana. Lamentablemente para él, Colón no hizo efectiva la recompensa, al atribuirse a sí mismo el avistamiento de tierra por la luz que había divisado la noche anterior en la lejanía. Este hecho le hizo perder ante sus hombres gran parte de la popularidad que había recobrado debido al descubrimiento de tierra.
Pero lo que realmente importaba era que frente a nosotros, a unas dos leguas de distancia, había una isla, llana y sin montes, con una gran laguna en medio. Ante esa panorámica, a mi mente acudieron imágenes lejanas de cuando, encaramado a aquella gran piedra, divisaba el horizonte mientras cuidaba de las vacas de mi padre y me hacía siempre las mismas preguntas sobre lo que habría más allá del mar: pues bien, mi curiosidad había sido colmada, y la realidad superaba con creces mis mayores fantasías.
Tras echar el áncora, desembarcamos, unos montados en las chalupas auxiliares, y otros, entre los que me contaba, a bordo de la barca armada del almirante, quien desplegando el estandarte real encabezaba la comitiva marítima.
Llegamos a una playa de blanca arena y saltamos a tierra. Todos, arrodillados en la arena, dimos gracias a Dios, besando el suelo entre lágrimas de alegría.
Desembarco de Colón en América
El almirante fue el primero en ponerse en pie, y quiso bautizar la isla, poniéndole por nombre San Salvador, para después tomar posesión en nombre de los reyes católicos con la solemnidad que el momento requería.
Pronto, al principio con cierta timidez y después con mayor atrevimiento, comenzaron a aparecer a nuestro alrededor los habitantes de la isla, que denotaban una profunda sorpresa por nuestro aspecto y admiración por la grandeza de los navíos, que contemplaban maravillados.
Era curioso el contraste de ver a los indígenas curioseando a nuestro alrededor mientras Rodrigo de Escobedo y Rodrigo Sánchez de Segovia daban fe del acto jurídico; después, todos los que habían desembarcado saludaron a Colón como almirante y virrey de las Indias y a continuación Rodrigo de Escobedo notificó a los indígenas presentes que acababan de convertirse en súbditos de los reyes de Castilla y, como se lo comunicó en castellano, los afectados no presentaron ninguna objeción, evidentemente porque no entendían ni una palabra.
La mayor parte de los componentes de la expedición, viendo que no había peligro a tenor del carácter pacífico de los pobladores de la isla, se internaron entre la espesura, deseosos de explorarla, unos pocos por simple curiosidad, otros por la ambición de encontrar posibles tesoros, y la mayoría, impacientes por no haber visto a una sola mujer durante la larga travesía, con la intención de saciar sus instintos carnales con la primera nativa con la que se encontrasen. Yo no sentía ninguna de esas inquietudes y no quise moverme de allí; me quedé solo y di un paseo por la playa, recordando los momentos felices que había pasado junto a Miriam.
El sol del mediodía azotaba con dureza y busqué refugio a la agradable sombra de un árbol cercano a la orilla. Me senté, apoyando mi espalda en el robusto tronco, y cerré los ojos, comenzando a dormitar. Al poco tiempo, un leve ruido me hizo abrir los ojos, y lo que vi me hizo creer que estaba soñando: una nativa de sonriente rostro se hallaba de pie ante mí. Se trataba apenas de una adolescente y estaba completamente desnuda. Era hermosísima, de rostro ovalado y negros ojos, y un cuerpo maravilloso. Tendió su mano hacia mí en una clara invitación que fui incapaz de rechazar. El deseo se había apoderado de mí y estaba como embrujado. Tomé su mano y ella tiró hacia arriba, como indicándome que me levantase, cosa que no dudé en hacer.
La nativa comenzó a correr a lo largo de la playa, arrastrándome hacia la espesura, posiblemente buscando intimidad. Solo habíamos avanzado unos pasos, cuando distinguí algo entre la arena que llamó mi atención. Me detuve en seco, lo que hizo que me desasiera de su mano, y me paré a mirar aquel extraño objeto, cuya naturaleza desconocía. Tenía el tamaño aproximado de la palma de mi mano, y era alargado, con algunos salientes que me recordaron a las ramas de un árbol en miniatura. Su tacto era similar al de un hueso, y su color, un blanco inmaculado. Era precioso, tanto que me invadió un profundo deseo de obsequiárselo a Miriam cuando volviese a verla. Ella era la razón por la que perseveraba, la que me infundía fortaleza de ánimo en los momentos en que el pesimismo me invadía con más intensidad.
Esos pensamientos hicieron que de inmediato se rompiese el hechizo que me unía a la nativa. Ella debió intuirlo en mi mirada; estaba a pocos pasos de mí y noté que su expresión perdía alegría y el brillo de sus ojos se apagaba, y a continuación, dio la espalda y se alejó corriendo de la playa, perdiéndose entre los árboles.
Cuando, poco después, volví a ver al almirante, le mostré el objeto que había encontrado, y me dio una muestra de su sapiencia como hombre de mar.
-es un trozo de esqueleto de coral marino-
-¿que es el coral marino?
-un animal que vive en las profundidades del mar. Tiene forma de planta y se mantiene adherido a las rocas. Bajo el agua, es hermosísimo y tiene unos colores muy vivos que desaparecen sin que nadie sepa por qué al estar en tierra firme. Y sus virtudes no se limitan a la belleza, sino que además los arrecifes de coral constituyen una defensa contra la erosión de las costas al protegerlas contra el oleaje de las tormentas-
Esa explicación hizo que evocase de nuevo a Miriam. Ella también era hermosa, pero sus virtudes sobrepasaban ampliamente la superficialidad de la belleza física.
Colón me sacó de mi ensimismamiento al requerir mis servicios como escribano, y me dictó la siguiente carta:
Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Todos los que yo vi eran mancebos, y ninguno de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras. Los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos. Los traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás, tan largos que creo jamás se los cortan. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban por ignorancia. No tienen ningún tipo de hierro. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos y les pregunté por señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, pues pronto repiten todo lo que se les enseña a decir y creo que fácilmente se harían cristianos, pues me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis de ellos a Vuestra Alteza para que aprendan a hablar. No vi ninguna clase de animal, salvo papagayos, en esta isla.
Indígenas ofreciendo presentes
El 13 de octubre el almirante decía:
Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos como dicho tengo. Después, ellos vinieron a la nao con almadías que están hechas del pie de un árbol, y son como un barco luengo y todo de una pieza, labradas de maravilla, y grandes, pues en algunas de ellas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres; otras eran más pequeñas, y hasta había algunas en las que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero y que las hace avanzar rápido y si se les vuelca, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen. Traían ovillos de algodón hilado, y papagayos y azagayas y otras cosas que sería tardío de escribir y todo lo trocaban por cualquier cosa que se les diese. Yo estaba atento y trataba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz, y por señas pude entender que yendo al sur o volviendo la isla por el sur que estaba un gran rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía mucho. Traté de que allí fuesen y después vi que no entendían la idea. Determiné aguardar hasta mañana en la tarde y después partir para el sudoeste, ya que según muchos de ellos decían había tierra al sur, al sudoeste y al noroeste, y que estas gentes del noroeste les venían a combatir muchas veces, y así ir al sudoeste a buscar el oro y las piedras preciosas. Ahora como se hizo noche todos se fueron a tierra con sus almadías.
De acuerdo con que había decidido, Colón dejó San Salvador el 14 de octubre. Previamente rodeó la isla, y pudo comprobar que su popularidad iba en aumento:
Cuando amaneció mandé aderezar el batel de la nao y las barcas de las carabelas y fui al luengo de la isla, en el camino del nordeste, para ver la otra parte, qué era de la otra parte del este, qué había y también para ver las poblaciones, y vide luego dos o tres y la gente que venían todos a la playa llenándonos y dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua, otros cosas que comer; otros, cuando veían que yo no iba a tierra, se echaban a la mar nadando y venían y entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo. Y uno viejo subió en el batel y otros a voces grandes llamaban todos hombres y mujeres. Supuse que les decían: "Venid a ver a los hombres que vinieron del cielo, traedles de comer y beber". Vinieron muchos y muchas mujeres, cada uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo y levantando las manos al cielo y después a voces nos llamaban para que fuésemos a tierra.
Desde San Salvador visitamos otras dos pequeñas islas, a las que Colón llamó Fernandina e Isabela, en honor a los reyes, y el 28 de octubre encontró una isla de grandes dimensiones a la que llamó Juana, si bien los indígenas la llamaban Cobba, y este nombre, deformado en Cuba, fue el que al final prevaleció. Estaba habitada por tres pueblos: en la parte occidental estaban los guanajatabeys, pueblo primitivo y nómada, en el centro estaban los ciboneys, de cultura basada en la agricultura y la pesca, y en la parte oriental estaban los taínos, que habían llegado a la isla recientemente.
El 21 de noviembre Martín Alonso Pinzón se separó de las otras dos naves para explorar por su cuenta. A principios de diciembre Colón llegó a otra isla de gran tamaño a la que llamó La Española, aunque los indígenas la llamaban Haití. Al interior de la isla lo llamaban Cibao, de lo que el almirante dedujo por similitud fonética que habíamos llegado a Cipango. Pronto comprendió su error, desilusión que quedó compensada por un interesante descubrimiento: allí había oro. Los indígenas eran pacíficos y no fue difícil convencerlos para que lo cambiaran por baratijas.
La noche del 24 de diciembre la Santa María encalló en unos arrecifes. Ante la imposibilidad de poner a flote la nao, la tripulación se trasladó a la Niña. Colón, tal vez movido por los celos, acusó a Juan de la Cosa de haber hundido su nave intencionadamente. Con los restos de la Santa María construyeron un fuerte que, por la fecha en que se produjo su naufragio, recibió el nombre de Fuerte Navidad.
La Niña había sido construida en los antiguos astilleros del puerto de la Ribera de Moguer entre 1487 y 1490, y en su botadura sobre el río Tinto, la nave había recibido inicialmente el nombre de Santa Clara, aunque posteriormente adoptó el nombre de sus propietarios, los hermanos Niño.
Cristóbal Colón, en presencia del escribano Alonso Pardo ejecutó en Moguer una real provisión que, en nombre de los Reyes Católicos, le daba poderes para requisar tres carabelas en:
"las ciudades, villas y lugares, tanto de la costa de la mar de Andalucía como de todos los nuestros Reinos y Señoríos"
Confiscó dos naves que después fueron desechadas por no hallarse en buen estado de conservación. Finalmente los Pinzón eligieron a La Niña junto con La Pinta por ser muy maniobrable. La costeó el concejo de Palos como le fue ordenado en la real provisión enviada por los monarcas a esta localidad.
Fabricada con maderas de pino y chaparro, La Niña iba capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, con Juan Niño como maestre y pilotada por Sancho Ruiz de Gama.
Su primitivo velamen latino había sido transformado a velas cuadradas en la escala que la flotilla realizó en las Canarias, y ya en la isla de La Española se le instaló, junto a sus palos de trinquete, mayor y contramesana, un nuevo palo de mesana, pasando a convertirse tras el hundimiento de la carabela Santa María en la nave capitana de la expedición. Las velas de La Niña carecían de rizos, por lo que no tenían un sistema de cabos que permitiera reducir la superficie en caso de fuerte viento. Las jarcias que sostenían los palos estaban enganchadas en los costados del buque. La carabela carecía de castillo de proa, mientras que el alcázar era bastante pequeño.
Vicente Yáñez Pinzón
Vicente Yáñez, pese a su juventud –apenas tenía treinta años- tenía fama entre los marinos andaluces de una gran experiencia en las artes de navegación, que había adquirido desde su juventud acompañando a su hermano Martín Alonso en viajes comerciales realizados por la costa atlántica y mediterránea. Este último era el más importante armador y navegante de la comarca situada en la ría formada por la desembocadura común de los ríos Tinto y Odiel, y su personalidad hizo que Vicente Yáñez permaneciera en un segundo plano durante los preparativos y el desarrollo de aquel viaje.
Actuó siempre con lealtad a Colón, y nunca tuvo discrepancias con el Almirante, contrariamente a su hermano Martín Alonso
CUARTA PARTE
REGRESO AL HOGAR
El 3 de enero de 1493 Colón dejó treinta y nueve hombres en La Española y se dispuso a regresar a Castilla. Antes de partir pagó a toda la marinería los salarios pendientes y entregó a cada uno, a modo de gratificación, una pequeña parte del oro obtenido. A todos menos a los de la Pinta, porque Martín Alonso Pinzón debería haberse reunido ya con él y no daba señales de vida. Colón empezó a sospechar que le había traicionado y que había decidido continuar por su cuenta la expedición, pero la Pinta y la Niña se encontraron el 6 de enero y Martín no parecía tener ninguna intención de traicionar a nadie. A pesar de ello, el recelo de Colón enfrió la relación entre ambos. Martín trató de retrasar el regreso para continuar con las exploraciones, pero acató la negativa tajante del genovés, regresando hacia España las dos naves.
Un nuevo error de cálculo de Colón hizo que la expedición no entrara en la zona de los alisios, que hubiera dificultado el regreso. El 13 de febrero una tempestad separó a las dos carabelas. La Pinta fue la primera en llegar a puerto, en la población gallega de Bayona, donde Martín Alonso Pinzón y sus hombres dieron la primicia del descubrimiento, mientras que la Niña arribó a las Azores con grandes dificultades. El 4 de marzo alcanzó la costa de Portugal y poco después llegábamos a Lisboa. Mientras la tripulación reparaba la nave, Colón se entrevistó con el rey Juan II, que lo recibió ceremoniosamente y disimuló su disgusto con toda la diplomacia de la que supo hacer gala. Tras oír la relación del viaje, el monarca portugués reclamó la posesión de todas las tierras descubiertas en virtud de una interpretación muy generosa para sus intereses del tratado de Alcáçobas, que, desde su punto de vista, asignaba a Portugal el monopolio de la navegación hacia Oriente. En cualquier caso, Colón le manifestó que no era con él con quien tenía que discutir eso, y el 13 de marzo la Niña abandonó Lisboa. Llegamos al puerto de Palos al día siguiente, 14 de marzo. La entrada fue triunfal. Todavía había más gente para recibirnos que el día de nuestra partida.
Cuando descendimos de La Niña, todos los tripulantes corrieron a abrazar a los suyos, viviéndose inenarrables escenas de alegría. Todos, excepto yo, a quien nadie había acudido a recibir, y no sabía a donde ir. Desconocía lo que había pasado en el señorío durante mi ausencia, hacía casi diez meses, pero sabiendo que Pulgar no había acudido en mi ayuda, lo más seguro era que mi cabeza siguiera corriendo peligro. Me quedaban dos opciones, una era regresar a Granada a pedir auxilio a los amigos que me quedasen todavía allí, y la otra dirigirme al monasterio de la Rábida. Y aun había una tercera, que era la de regresar a mi tierra natal, confiando en que de algún modo el tiempo hubiera solucionado el problema y no corriese peligro, pero comprendí al instante que aquello era una utopía.
Pero no fue necesario tomar una decisión, porque poco después de saltar a tierra distinguí entre el gentío a dos personajes vestidos con hábitos religiosos que charlaban animadamente con el almirante Colón: eran fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, que en contra de lo habitual, habían abandonado el recinto religioso para dar la bienvenida a la expedición. Me acerqué hasta donde se hallaban, y al reconocerme, me abrazaron de forma efusiva. Colón se despidió de nosotros a los pocos instantes, pues su familia le esperaba en las proximidades, y quedé solo con los dos religiosos. Estaba impaciente por enterarme de novedades, y no tardaron en dármelas a conocer.
Me comentaron la visita de Pulgar al monasterio, lo que me llenó de alegría, haciendo renacer mis esperanzas. Aunque por prudencia se había mostrado hermético con ellos y no les había revelado sus inmediatas intenciones, no dudé ni un instante de que éstas consistían de enmendar el mal que se me había hecho, y conociendo a Pulgar, si a esas alturas aquello todavía no se había solucionado, estaba en vías de ello.
Les hice ver mi propósito de ir a comprobarlo personalmente, y Fray Antonio me pidió que no lo hiciera:
-En primer lugar, no tienes garantía alguna de que al llegar te encuentres con que se hayan solucionado tus problemas, y por lo tanto, tu vida pende de un hilo si te diriges allí. Por otra parte, las cosas han cambiado mucho en el reino desde el final de la guerra, y las rutas de viaje no son seguras-
Y a continuación me explicó que las cosas no habían mejorado desde mi marcha, sino todo lo contrario.
El término de la guerra había significado la ansiada paz y la expulsión de España de los musulmanes después de ocho siglos de contumaz dominación, pero no todo era prosperidad. Antes al contrario, paradójicamente muchos de los problemas de los súbditos de los reyes católicos se acentuaron con la llegada del armisticio. Por una parte, el reclutamiento de gran parte de la juventud había restado mano de obra a la agricultura, principal medio para la subsistencia, y gran parte de los campos, ante la falta de cultivo, se habían convertido en yermos.
En los primeros tiempos de concordia, escaseaban los trabajadores, con lo que los mozos recién licenciados del ejército no habían tenido dificultad alguna para encontrar ocupación, pero fue un engañoso espejismo. Era tal la cantidad de desocupados, que pronto se agotaron las posibilidades de hallar empleo, tanto en el campo como en las ciudades. Así pues, multitud de jóvenes se encontraron de repente sin saber que hacer, máxime teniendo en cuenta que la mayoría de ellos carecían de experiencia en oficio alguno, excepto el de guerrear.
Poco a poco se fueron agotando los ahorros de los salarios que habían percibido durante su servicio en el ejército y las necesidades comenzaron a acuciarles, y como lo único que dominaban era el manejo de las armas, muchos de ellos se proscribieron, convirtiéndose en salteadores de caminos. Todas las rutas de Andalucía estaban infestadas de malhechores en aquel tiempo, y por seguridad no era aconsejable transitar los caminos.
Me recomendaron que si tenía previsto partir, no lo hiciera solo, puesto que las gentes que tenían la imperiosa necesidad de viajar, en lugar de hacerlo individualmente, esperaban a coincidir en la misma ruta con otros viajeros, para apoyarse mutuamente ante cualquier asalto, reforzando de ese modo su seguridad. Seguramente en pocos días uno de esos grupos seguiría la ruta que yo tenía prevista, y sería el momento de partir. Ellos se encargarían de averiguarlo y hacérmelo saber.
Me pareció una idea razonable y me dispuse a esperar a que eso sucediera. Mientras tanto, considerando que ya no necesitaba protección, me negué en redondo a aceptar la oferta de los religiosos de volver a asilarme en el monasterio, para no abusar de su hospitalidad, y ellos mismos me ayudaron a buscar acomodo en una posada de las proximidades del puerto.
Pocos días después la Pinta arribó al puerto de Palos. Martín Alonso Pinzón llegaba gravemente enfermo y tardó poco tiempo en morir.
Llegaron noticias de que a finales de abril, Colón, quien durante dos semanas había permanecido en La Rábida descansando junto con su familia a la espera de tener audiencia con los reyes, finalmente había sido recibido por Fernando e Isabel en Barcelona.
La recepción había sido grandiosa. La ciudad se engalanó como para una fiesta, y cuando el Almirante y su séquito llegaron a las afueras de la urbe, fueron recibidos por altos cortesanos. Al penetrar en el salón del trono se levantaron los soberanos, y cuando Colón quiso arrodillarse y besarles la mano, le hicieron que se levantara y sentara en una silla cerca de ellos. Colón fue el único al que se permitió permanecer sentado en su presencia.
Entonces les relató el viaje y habló de las islas, con su fresca vegetación y sus habitantes desnudos, entre otras descripciones. Les presentó a los indios que les acompañaban, quienes rezaron el Ave María y se santiguaron. Sus hombres traían jaulas con cacatúas, grandes ratas indias y pequeños perros que no podían ladrar. Abrieron barriles con extraños pescados en salazón y arcas con algodón, áloe, especias y
Recibimiento de los reyes a Colón
pieles de grandes iguanas. Les mostraron arcos, flechas y porras, y el Almirante les habló de los caribes devoradores de carne humana o caníbales, pero aseguró que no había visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían existentes en las islas al final de la tierra. Luego les mostró las riquezas que portaba: coronas de oro, grandes máscaras decoradas con oro y ornamentos de oro batido, así como pepitas y polvo de oro. Los soberanos se arrodillaron, y con ellos todos los presentes, dando gracias a Dios por haber puesto todo eso en sus manos. El coro cantó un Te Deum, y los ojos de todos los asistentes se llenaron con lágrimas de indescriptible alegría.
A principios de mayo, un joven religioso me trajo nuevas del monasterio: al día siguiente, un grupo de viajeros emprendía viaje hacia Facanías, relativamente a pocas leguas de mi punto de destino, lo cual era una coincidencia idónea para unirme a ellos. Tras pertrecharme adecuadamente con armas y otros avíos, me acerqué al monasterio para recuperar mi caballo, pasando allí la noche.
Al alba del día siguiente, iniciábamos el viaje desde la estafeta cercana al monasterio. El grupo lo constituíamos un total de quince personas, la mayoría mercaderes, unos que trasladaban allí toda clase de géneros y otros con el cometido de recogerlos en ese destino; una familia que viajaba a bordo de una carreta tirada por dos palafrenes y tres gentilhombres, sin contarme a mí, suponiendo que me considerase como tal.
Al cabo de tres días de tensión por temor a ser abordados por facinerosos, llegamos a Facanías sin novedad.
Desde allí continué solo mi camino, dirigiéndome al valle a través de la serranía. Era una ruta agreste, pero la ausencia de arboleda era en este caso más una ventaja que un inconveniente, puesto que al tratarse de una comarca desértica y pedregosa, avanzaba con una buena perspectiva de lo que me rodeaba, imposibilitando que nadie pudiese cogerme por sorpresa. Iba con el alma en vilo por saber lo que me deparaba el destino, pero esperanzado de que todo estuviera solucionado. El mero hecho de saber que tenía posibilidades de ver a Miriam era suficiente acicate para compensar las amarguras del duro viaje.
Cuando alcancé el alto desde donde había divisado el valle por primera vez, algo llamó mi atención: la hacienda había sido rodeada por una empalizada, que a todas luces, y pese a la lejanía, parecía ser de piedra. Me sorprendió aquella circunstancia, pues recordaba perfectamente los olivos alineados que la circundaban anteriormente, y que supuse habían quedado ocultos por el nuevo recinto.
Descendí por la ladera y crucé la aldea, camino de la casa señorial. Era una hermosa tarde primaveral. Los campos de cultivo se veían prósperos, circunstancia que reforzó de algún modo mi optimismo. Pese a ello, a medida que iba acercándome al que durante algún tiempo había sido mi hogar, las dudas sobre lo que podía encontrarme me asaltaban y mis temores iban en aumento, pero si había llegado hasta allí, tenía que seguir.
Pronto me encontré ante una muralla de piedra que ocultaba la vista de la casa por completo desde el exterior. El único acceso era un gran portón de madera que permanecía cerrado.
Tras desmontar, llamé a la aldaba y poco después, un disimulado ventanuco que había en el portón, casi a la altura de mi cabeza, se abrió y grande fue mi alegría al contemplar ante mí la moruna faz de Pedro del Pulgar. Al instante no me reconoció, al haberme crecido la barba desde mi licenciatura del ejército, pero en cuando me oyó nombrarle identificó al instante el tono de mi voz, quedando mudo de la sorpresa.
Sentí el descorrer de un cerrojo y la puerta se franqueó. Pedro se me unió en un abrazo, profundamente emocionado por mi regreso. Después, viendo como yo empezaba a inquirirle atropelladamente sobre todo lo acontecido durante mi ausencia, me miró con aquellos profundos ojos oscuros y dijo con tono ciertamente enigmático:
-hay tantas cosas que tienes que saber, que es mejor que me acompañes a la casa y las vayas digiriendo poco a poco-
Hice lo que él me decía y caminamos hacia el edificio principal. Estábamos llegando cuando me alertó un extraño sonido procedente del interior; quedé muy sorprendido al identificarlo con el llanto de un niño.
La puerta estaba entornada y pasamos al interior. La escena con la que me encontré fue tan entrañable que la recordaré mientras viva: Miriam, sentada en un banco de la cocina junto con su madre, acunaba amorosamente a una criatura, casi un recién nacido.
Al verme, se quedó boquiabierta, tan sorprendida como yo, pero se repuso enseguida, y mirándome amorosamente me dijo:
-bienvenido a casa, Santiago; aquí tienes a tu hijo-
Una extraña mezcla de asombro, emoción y ternura me embargó e hizo que las lágrimas rodasen por mis mejillas.
Tanto Pedro como Carmen optaron por desaparecer discretamente, dejándonos solos.
Tras abrazarnos amorosamente, me ofreció al niño, y tuve el profundo deleite de cogerlo por primera vez en mis brazos. Me costaba hacerme a la idea de que era padre, pero la satisfacción era inmensa. Era un niño precioso. Le pregunté como se llamaba.
-Todavía no lo hemos bautizado, pero teníamos previsto llamarle Santiago, igual que su padre-
-En ese caso, le llamaremos Guzmán-
-¿Guzmán?-
-Sí, ese es mi verdadero nombre. Hay cosas sobre mí que no tuve tiempo a contarte, pero voy a hacerlo ahora-
Y le referí todos los avatares anteriores a mi incorporación a las tropas del rey.
Noté que se sorprendía, pero en su limpia y afectuosa mirada no aprecié ni el más mínimo asomo de crítica. Por el contrario, se mostró comprensiva con la actitud reservada que yo había mantenido con anterioridad.
Después, le relaté los acontecimientos de la expedición a las Indias, describiéndole las maravillas que había contemplado y los peligros que habíamos sufrido durante el largo viaje. Llegó el momento de entregarle a Miriam el regalo que le había traído de lejanas tierras. Durante el viaje de regreso, había pedido a un marinero de la Santa María que tenía algunos conocimientos de orfebrería, que con la pequeña parte del oro que me había correspondido como componente de la expedición, me hiciese una pulsera, en la que quedara engarzado el trozo de coral. El resultado, con un agradable contraste entre el dorado metal y la blancura del coral, había sido primoroso, y así se lo pareció a Miriam, que lo recibió emocionada, más que por el obsequio en sí, por saber que me había acordado de ella en tierras tan lejanas.
-esta es una prueba de mi amor por ti, insignificante ante el inmenso regalo que me has hecho tú a mí- le dije señalando a la criatura que llevaba en brazos.
Y llegó la hora de conocer lo acontecido durante mi larga ausencia. Miriam me lo contó.
Tras mi improvisada huida, los hombres de la inquisición se habían presentado en la hacienda. El hecho de no encontrarme los había contrariado profundamente, pero la suerte estuvo de nuestro lado, al no atreverse a causar daño alguno, ya que no sabían a que atenerse por carecer de órdenes concretas del inquisidor al respecto. Ese mismo día, Florencio de Valderrama llegó de Niebla para hacerse cargo de la propiedad del señorío.
Los primeros días en la nueva situación fueron sumamente difíciles, tanto para los pobladores del valle como para los habitantes de la casa principal. Alonso, que había demorado su llegada para entrevistarse con el corregidor en una tentativa de impedir que la ruin trama urdida por el inquisidor y sus secuaces diese resultado –acción que, tal y como se preveía, resultó totalmente infructuosa, pero había que intentarlo- apareció en la hacienda al día siguiente.
Pocos días después, Miriam empezó a sentirse indispuesta. En principio lo achacó a una desazón pasajera causada en cierto modo por los malos momentos por los que estaba pasando debido a mi marcha y a la desagradable situación que se estaba viviendo en la hacienda, pero el malestar persistía. Su madre empezó a notarlo, y preguntándole lo que le sucedía, y al explicarle los síntomas de la extraña enfermedad que la aquejaba, grande fue la sorpresa de Carmen al percatarse de que su hija estaba encinta y, posteriormente, de que el responsable era yo.
Los meses que siguieron fueron realmente difíciles; los habitantes de la hacienda estaban sumidos en la congoja y el temor, sin saber a que atenerse ante la incomunicación y el aislamiento a que estaban sometidos, y lo que es peor, con la espada de Damocles de la inquisición suspendida sobre sus cabezas. Valderrama se había instalado en la hacienda, y era frecuentes sus juergas en compañía del alguacil y otras amistades de similar pelaje, vaciando tanto las arcas como la despensa. Y así transcurrió el verano.
Una tarde de finales de setiembre, desde la hacienda divisaron a lo lejos una nube de polvo y poco después identificaron un grupo de doce jinetes que se acercaba. El que iba delante portaba una enseña blanca que ondeaba al viento, lo que evidenciaba su condición de caballero.
Pronto llegaron ante la puerta. El que encabezaba el grupo preguntó a Alonso, que salió a recibirles, por Florencio de Valderrama. Era un hombre fornido, con gesto adusto y un tono imperioso en la voz, que denotaba claramente que estaba acostumbrado a mandar.
-Está descansando, señor, pero enseguida lo aviso. ¿A quien tengo que anunciar?-
-A Hernán del Pulgar, enviado del rey Fernando, y sus hombres-
Alonso quedó gratamente sorprendido por aquella manifestación, y se apresuró a cumplir el requerimiento de aquel guerrero.
Los visitantes, tras desmontar, tuvieron que esperar pacientemente un buen rato, tras el cual se presentó Valderrama, acompañado del alguacil, que a la sazón se hallaba en la casa.
-¿Qué es lo que se os ofrece?- preguntó, evidentemente malhumorado por haberle obligado a interrumpir la placentera siesta que estaba disfrutando.
Pulgar, poco amigo de contemplaciones, le espetó:
-venimos en nombre de nuestro soberano a expulsaros de la hacienda que habéis usurpado, y a llevaros preso a Niebla para que respondáis por vuestros delitos ante el corregidor-
Valderrama quedó algo desconcertado por la seguridad con la que hablaba su interlocutor, pero el alguacil acudió en su ayuda.
-Yo soy aquí la ley y nadie viene a este señorío a imponer su voluntad, así que guardad vuestras palabras antes de que os salgan caras-
-Sois vos el que debe mantener la boca cerrada, no vaya a ser que corráis la misma suerte que vuestro amigo. En este momento estáis cesado como alguacil, así que coged vuestro caballo y largaos de aquí, y os aconsejo que sea lo más lejos posible-
-y quien me ha cesado. ¿Acaso vos?- preguntó con un deje de ironía.
-Lo habéis adivinado. Si, he sido yo, el embajador plenipotenciario de su majestad el rey Fernando-
-No sé lo que pensará sobre esto el inquisidor, Nicolás de Berruelo-
-Pues si queréis preguntárselo, no tenéis más que acudir a la celda en que está encerrado a la espera de juicio en el palacio inquisitorial de Niebla, donde muy pronto le hará compañía su sobrino, aquí presente, y vos mismo, si seguís por ese camino-
El alguacil, demudado, no volvió a abrir la boca. En cuanto a Valderrama, estaba aterrorizado. Pulgar ordenó a dos de sus hombres que lo custodiasen hasta Niebla, donde quedaría ingresado en prisión.
Poco después, el prisionero partía junto con sus guardianes. El alguacil también lo hizo, pero en distinta dirección. Iba cabizbajo, y a buen seguro que con el pánico metido en el cuerpo.
Pulgar se reunió después con todo el personal de la hacienda para informarse adecuadamente de todo lo acontecido desde mi marcha. Alonso le explicó lo ocurrido durante ese tiempo, tranquilizándose al conocer que no había habido desgracias personales.
Se despidió al día siguiente para retornar a Niebla, pues quería estar presente en el juicio contra el inquisidor y su sobrino.
Tardó más de dos semanas en regresar de la capital del condado, y lo hizo acompañado de mayor número de hombres, casi el doble. A su llegada, se reunió con Alonso y le manifestó que nunca más tendrían que preocuparse por el inquisidor y su sobrino: en el juicio, durante el cual habían surgido nuevos testimonios sobre las tropelías de aquellos dos miserables en toda la comarca, que anteriormente no habían visto la luz por temor a represalias, ambos habían sido condenados a muerte y ejecutados en la horca.
Pero ahora existía un nuevo peligro para el señorío y sus habitantes: tropas de bandidos asolaban el condado, y el riesgo no se limitaba solo a posibles emboscadas en los caminos, sino que en gran número y armados hasta los dientes, asaltaban incluso pueblos y aldeas, en un alarde de conocimientos sobre la táctica militar que hacía adivinar que se trataba de hombres curtidos en el arte de la guerra.
En su afán de preservar aquel señorío del peligro de cualquier asalto, Pulgar había decidido quedarse durante un tiempo, y así lo hizo. Como primera medida, acometió la construcción de una empalizada de piedra alrededor de la hacienda, a sabiendas de que la carencia de defensas que evidenciaba la misma sería un peligroso reclamo para los malhechores que proliferaban por la comarca.
Aprovechando la materia prima, más que suficiente, que había en una cantera cercana al valle, los propios hombres de Pulgar, con la colaboración de los trabajadores del señorío, fueron los encargados de ejecutar la obra, que se prolongó por espacio de cinco meses, habiéndose rematado recientemente.
Mientras Miriam llevaba al niño a descansar a su cuna, quise saludar a los restantes habitantes de la casa y me encontré con Alonso, que acababa de llegar y acompañaba a Pedro; me dio una bienvenida que no correspondía al recibimiento de un patrón, sino del hijo pródigo. El buen hombre estaba radiante de felicidad. No tuvimos mucho tiempo para cambiar impresiones, porque un grupo de jinetes se aproximaba.
-Es Pulgar- dijo Pedro –que regresa de una partida de caza-
Efectivamente, al frente de aquellos jinetes destacaba el porte majestuoso de aquel paladín, que en su galopar hacía saltar varias piezas de caza menor que llevaba colgadas de la silla de montar.
Cuando me distinguió, una profunda satisfacción se pintó en su rostro. Nada más saltar de su caballo, se ciñó conmigo en un abrazo que me resultó entrañable y me dijo:
-Bienvenido a tu casa, Santiago. Como verás, la hemos guardado para ti-
-Y puedo jurar que lo habéis hecho bien, señor; os estaré eternamente agradecido, a vos y a vuestros hombres, y no hace falta que os diga estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que me demandéis, incluyendo dar la vida por vuestra causa-
-Con seguir contando con tu amistad me doy por bien pagado, y lo único que te pido es que hagas feliz a esa mujer y a ese precioso niño-
Aquella misma noche se celebró un gran banquete en la hacienda. Los mejores manjares y los más delicados caldos se consumieron con profusión dentro de un ambiente de lo más festivo. La conversación tuvo como foco principal la expedición en la que yo había participado. Todos querían saber hasta el más mínimo detalle y me acribillaban a preguntas que contesté como buenamente podía.
Al día siguiente me dispuse a retomar las riendas de la hacienda y me reuní con Alonso. Valderrama había vuelto a hacer de las suyas, apropiándose de todo lo que pudo, pero en este caso la llegada de Pulgar, que había hecho que las aguas volvieran a su cauce, logró evitar la completa ruina y al menos no tendríamos que partir de cero.
Pulgar, una vez solucionado el vacío de poder que había durante mi ausencia, y siendo conocedor de que la problemática relativa a los salteadores de caminos estaba prácticamente solucionada, al haber montado la corona un sistema de control por medio de patrullas, reforzando a las ya existentes de la Santa Hermandad, que estaban asestando duros golpes a las bandas de forajidos, empezó a preparar su marcha y la de sus hombres. Le pedí que pospusiera su partida, puesto que en breve iba a casarme y a bautizar a mi hijo en una ceremonia conjunta, y deseaba que él y Pedro apadrinasen la boda y el bautizo. Accedió a ello y la ceremonia se celebró el 15 de junio en la capilla de la aldea, y Pulgar eligió ser el padrino del pequeño Guzmán, mientras que Pedro, junto con Carmen, fueron los del enlace.
Al día siguiente de la ceremonia, abandonaron el señorío, aunque prometieron volver en cuanto sus obligaciones hacia los monarcas se lo permitiesen.
QUINTA PARTE
LAS SOMBRAS DEL PASADO
Los meses que siguieron fueron realmente apacibles. Ni una sombra se cernía sobre mi placentera vida, pero había algo que me reconcomía por dentro y no me permitía disfrutar tanto como quisiera: recordaba a mis padres, allá en Galicia, y las privaciones que estarían pasando mientras yo nadaba en la abundancia, eso sin contar las más que probables represalias que los condes de Fuente Nueva habrían tomado contra ellos a causa de mi acción.
Estuve pensando que hacer durante un tiempo y finalmente tomé una decisión: iría a buscarles. Quería traerlos al señorío para que conociesen a su nieto y su nuera, y se quedasen a vivir con nosotros, que bien merecido lo tenían.
Comuniqué a Miriam mi resolución, y se mostró comprensiva, sin el más mínimo asomo de contrariedad. Así es que a mediados de agosto, tras despedirme de los míos, partía rumbo a mi tierra natal en compañía del joven Diego, que nada más tener noticias sobre el viaje, se brindó a acompañarme en calidad de ayudante, y fue tan insistente que no tuve más remedio que acceder.
El viaje, siguiendo los consejos de Alonso, buen conocedor de aquellas rutas, lo hicimos a través de tierras portuguesas, a caballo. Desde el señorío nos desplazamos, tras cruzar la frontera, hasta la ciudad lusa de Mertola, población amurallada en la ribera del Guadiana.
De allí continuamos viaje hacia el norte, y durante doce jornadas pasamos por las principales ciudades de Portugal. No tuvimos contratiempo alguno, y tras hacer un alto de un día completo en la ciudad de Oporto, entramos de nuevo en España por la frontera con Galicia de la población de Tuy. Sentí algo especial al encontrarme nuevamente en mi tierra después de tanto tiempo, pero todavía quedaba mucho para llegar a nuestro destino.
Tres días después, entrábamos en La Coruña. A partir de allí, continuaría solo, puesto que no quería exponer a Diego a un peligro innecesario, y además el problema era mío y yo lo tenía que resolver. Entramos en la ciudad, que apenas había cambiado en aquellos cuatro años. Tras localizar una hostería donde quedó aposentado, le pedí que esperase mi regreso, pero tuve la prevención de indicarle que si al cabo de diez días no estaba de vuelta, retornase al valle por el mismo camino por donde habíamos venido. Era un joven despierto, que no tendría problemas para realizar solo el viaje, en caso de que fuese necesario. Tras darle la mitad del dinero que llevaba en mi bolsa, cantidad más que suficiente para pagar la posada y el viaje de regreso, me despedí de él y partí hacia mi aldea.
Por el camino iba pensando muchas cosas y mis sentimientos eran confusos, ya que a la emoción que sentía ante el inminente reencuentro con mis queridos padres, se oponía el temor a ser descubierto por los hombres del conde de Fuente Nueva. Tenía una importante baza a mi favor, y era mi apariencia, que poco tenía que ver con la del mozalbete casi lampiño que había abandonado su casa hacía cuatro años. Mi fisonomía había experimentado un profundo cambio en ese tiempo, fruto de las duras experiencias vividas y del paso de la adolescencia a la madurez. Además, tenía una bien poblada barba que confería un aspecto distinto a mi rostro.
Cuando llegué a las inmediaciones del lugar donde había vivido mis primeros diecinueve años, la emoción se sobrepuso a cualquier otro sentimiento ¡cuantos recuerdos afloraron de golpe en mi interior!
Me acerqué a mi antigua casa y no hallé a nadie en la humilde vivienda, algo que me sorprendió, pues mi madre apenas solía salir de casa excepto para ir a la iglesia, y no era domingo.
A lo lejos distinguí un grupo de unas veinte personas que se esforzaban en las labores de labranza de una finca, y hacia aquel lugar me dirigí, deseoso de que alguien me diese noticias de mi familia.
Cabalgué hasta allí. Al advertir mi presencia, el grupo abandonó momentáneamente sus ocupaciones, extrañados por la aparición de un forastero, algo ciertamente insólito en un lugar tan remoto como aquel.
Desmonté de mi caballo y me dirigí a ellos. De inmediato se me puso un nudo en la garganta: a pocos pasos de mí estaba mi padre, mucho más viejo de lo que recordaba, pero no me cupo la más mínima duda de que era él, aunque se apreciaba claramente que aquellos cuatro años habían pesado como una losa en su aspecto físico, cercano a la decrepitud. El resto eran los vecinos del lugar; allí estaban los padres y la hermana de Clara y el resto de lugareños, gente a cuyo alrededor me había criado. Entre ellos estaba Ambrosio, el único de mis vecinos por el que nunca había sentido ni el más mínimo aprecio, al tratarse de un personaje huraño que en numerosas ocasiones había dado muestras de egoísmo y mezquindad.
No me reconocieron, según pude notar en su expresión, y yo, en mi afán de permanecer de incógnito –sobre todo desde que me percaté de la presencia de Ambrosio-, tampoco hice nada por evitarlo, así que me dirigí a ellos, preguntando:
-Buenos días tengáis, buena gente. ¿Alguien puede informarme de donde puedo localizar a Manuel Montero?-
-Soy yo, señor. Qué es lo que deseáis de mí- Dijo mi padre, con la suspicacia pintada en el semblante.
-Soy portador de un mensaje para vos, y quisiera entregároslo en privado- le respondí tratando de disimular la emoción que me embargaba.
-En ese caso, os ruego que me acompañéis a mi casa-
Y nos dispusimos a marcharnos; pero en ese mismo instante se produjo el desastre.
Por el rabillo del ojo percibí que algo se abalanzaba sobre mí, pero no tuve tiempo a reaccionar. Un perro, llegado de improviso, saltaba agitadamente a mi alrededor, tratando de darme lametazos en la cara.
Había tomado todo tipo de precauciones, pero no tuve en cuenta a mi fiel perro Pincho, que dando muestras de una perspicacia mucho mayor que la de todas las personas allí reunidas, incluido mi padre, me había reconocido al instante. Traté de disimular y lo acaricié tratando de calmarlo, diciendo a los presentes que poseía una especie de don con los animales, que se encariñaban enseguida conmigo, pero aquello no funcionó. Mi padre, fijándose atentamente en mis facciones, finalmente me reconoció, y haciendo caso omiso a lo que le indicaba la prudencia, no dudó en abrazarme cariñosamente, al tiempo que las lágrimas surcaban sus mejillas.
Yo tampoco pude resistir a la emoción y correspondí a su abrazo, mientras Pincho danzaba a nuestro alrededor sobre dos patas.
Los vecinos acabaron percatándose de mi identidad y se acercaron a donde estábamos mi padre y yo para darme la bienvenida. Pero no estaban todos; faltaba Ambrosio, que había desaparecido como por ensalmo. Se lo hice saber a mi padre y una sombra de preocupación surcó su rostro. Hizo un aparte conmigo y me dijo en voz baja.
-Es necesario que te escondas; corres peligro. Cuando huiste el conde ofreció una fuerte recompensa a quien ayudara en tu captura, y conociendo a Ambrosio, a buen seguro que en este momento corre hacia la casa señorial para delatarte. Vete, y escóndete en la cueva; nadie la conoce más que tú y yo. Iré allí más tarde a verte, en cuanto haya pasado el peligro-
Seguí su consejo y, tras despedirme de mis decepcionados vecinos, que esperaban que les contara lo que había sido de mi vida durante aquel tiempo –ni siquiera remotamente podían imaginar hasta que punto quedarían sorprendidos si hubieran escuchado mi relato, tanto que les costaría mucho darle crédito-, cogí mi caballo y partí de inmediato hacia mi escondite.
Me costó más trabajo del previsto dar con la gruta. La maleza había crecido en sus inmediaciones y ello dificultaba mi orientación, pero acabé dando con ella. Aquello me otorgó cierta seguridad, dentro del temor a que me apresaran; si a mí, que conocía la ubicación de la cueva, me costaba trabajo localizarla, mis posibles perseguidores nunca serían capaces de llegar a ella.
Estaba impaciente por estar con mis padres después de tan larga separación, y maté el tiempo de espera pensando en lo que había sido mi niñez y juventud en aquellos parajes, donde fui feliz hasta los tristes sucesos acaecidos cuatro años antes, que significaron un punto de inflexión en mi vida.
Pasaron las horas y cayó la noche. Comenzaba a impacientarme por la tardanza de mi padre y la incertidumbre de lo que estaba sucediendo, que convertían la espera en un suplicio. Pasaba de medianoche cuando me pareció escuchar unos ladridos que poco a poco se iban acercando hacia donde me encontraba. Eran indudablemente los de Pincho, que pronto apareció ante mí meneando la cola. En ese momento no tuve que ocultar la ternura que me inspiraba aquel animal y me agaché a esperar a que se arrojase en mis brazos. Advertí en ese instante lo sincero y desinteresado que es el amor de los animales.
Poco después apareció mi padre, pertrechado con una manta y comida. Volvimos a abrazarnos. Después, le pregunté por mi madre, a quien no había visto a mi llegada.
Su gesto se ensombreció:
-Siento decírtelo, hijo, pero tu madre no superó tu marcha, y a partir de entonces comenzó a marchitarse, muriendo a los pocos meses-
Si en ese momento me hubiesen aguijoneado, no habría salido una sola gota de sangre. Tras unos instantes de vacilación, en los que mi mente estuvo digiriendo la fatal noticia que acababa de recibir, rompí a llorar como un niño. Mi madre, aquella buena mujer que se había desvivido por su familia, ya no estaba. Se me hacía tan duro saber que nunca más la vería, que no podría contarle lo feliz que era, que nunca conocería a su nieto, que estaba completamente desconsolado.
Mi progenitor respetó mi duelo con el silencio. Bien sabía que no había palabras de consuelo adecuadas para la situación que yo estaba viviendo.
Cuando consideró que me había desahogado lo suficiente, me contó los sucesos de aquella tarde. Había acertado en sus vaticinios; poco después de que yo marchase, aparecieron los hombres del conde en mi búsqueda, indudablemente alertados por el miserable de Ambrosio. Pero le salió mal la maniobra, porque todos los vecinos declararon que la persona que Ambrosio había identificado como Guzmán no era él, y además se había ido hacía tiempo. Inquirido mi padre sobre el particular, puesto que eran conocedores de que el forastero había venido a traerle un mensaje, les dijo que era un emisario del propio Guzmán que le traía noticias acerca de él. Mi padre, que era hombre muy imaginativo, improvisó una historia sobre lo que le había relatado aquel mensajero. Su hijo se encontraba ejerciendo el pastoreo de ovejas en tierras de Castilla. Mis perseguidores finalmente se marcharon malhumorados, pero convencidos.
De todos modos, me recomendó que no me dejase ver y permaneciese en la comarca el menor tiempo posible. Después, me pidió que le relatase todo lo que me había acontecido durante el tiempo que estuve ausente de aquellos pagos, y eso hice.
A medida que transcurría mi relato, mi padre se iba quedando más boquiabierto. Cuando le conté el viaje con Colón a aquellas lejanas tierras, fue el punto álgido: estaba a punto de darle un pasmo. Pero eso no fue nada comparado con el momento en que supo que me había casado, tenía un hijo, y era definitivamente el propietario de un floreciente señorío en Andalucía.
Le manifesté mi intención de que se viniese a vivir conmigo y no lo dudó ni un instante; aquel hombre era inmensamente feliz.
Casi amanecía cuando salió camino de nuestra casa, a recoger sus avíos más indispensables y un caballo -lo elemental para emprender la marcha-, prometiendo regresar en cuanto lo hiciera. Pincho, que no quería separarse de mí, se quedó en la gruta, moviendo la cola como si fuese un abanico.
Mi padre tardó en regresar más de lo previsto, hacia el mediodía. Se disculpó por la demora. Se había entretenido en regalarle a la familia de Clara las vacas, el cerdo, las gallinas y los aperos de labranza, únicos bienes que poseía, puesto que la casa, como todas las del lugar, pertenecía al señor feudal, el conde de Fuente Nueva.
Salimos poco después hacia a la Coruña. Mi padre y yo montados a caballo y Pincho siguiéndonos alegremente, aunque pronto se agotó y tuve que subirlo a la grupa. Durante el camino, observaba disimuladamente a mi padre. Solo tenía 52 años pero estaba realmente avejentado; si a mí, con 23 años y a Diego, con diecisiete, el desplazamiento desde el señorío nos había parecido agotador, era previsible que mi padre no lo resistiera. La envidiable fortaleza física de que había hecho gala durante toda su vida, se había consumido durante aquellos cuatro años de sufrimiento y desesperación. Era necesario buscar una alternativa para que el viaje fuese más llevadero. Felizmente, recordé como había marchado de allí cuatro años antes, y decidí que había que conseguir pasajes en algún barco que nos llevase a un puerto cercano a nuestro destino.
Llegamos a media tarde a la ciudad y localicé a Diego, que no se había movido de la posada durante mi corta ausencia. Tras presentarle a mi progenitor y guardar los caballos en la cuadra de la posada, nos dirigimos los tres, acompañados de Pincho, que no quería separarse de nosotros, a los muelles. El perro había hecho buenas migas con Diego –la intuición de los animales es prodigiosa- y por el camino no paraba de saltar a su alrededor.
Había numerosos barcos anclados junto al puerto. Tras preguntar aquí y allá, localizamos uno que zarpaba al amanecer con una carga de grano con destino a Sevilla.
Me entrevisté con el capitán y le comuniqué mis intenciones. Demostró ser un personaje bastante taimado, porque intuyendo nuestras urgencias por embarcar, nos pidió treinta reales de plata, una cantidad tan desorbitada que, pese a ir con la bolsa bien provista de fondos, no nos alcanzaba para pagar la travesía. Hubo que vender los tres caballos para poder embarcar, quedándonos un pequeño remanente con el que tendríamos que afrontar la parte final del viaje, desde Sevilla al señorío, que tendríamos que hacer a pie.
El navío era un velero de gran tamaño llamado Nuestra Señora de los Remedios, construido, como tantos otros, en el varadero de Ribera das Naus, en Portugal. Era un modelo de barco que yo, pese a mi relativa experiencia en navegación, no conocía ni había oído hablar de él. Se denominaba galeón y era una combinación entre la carraca, embarcación pesada con la proa y la popa terminadas en punta, y la esbelta galera veneciana, con la proa cuadrada lo que le otorgaba una línea mucho más elegante que aquellas.
Nos hicimos a la mar según las previsiones. Mi padre y Diego no habían navegado ni en un bote de remos, por lo que se notaban un tanto desconcertados y temerosos por su seguridad. Desafortunadamente, el inicio de la travesía no fue nada tranquilo, puesto que a las pocas horas de zarpar, los vaivenes del galeón hicieron presagiar un fuerte temporal, que se inició poco después. El capitán demostró ser un marino experto y plegó velas para evitar que la tremenda fuerza del viento imposibilitase el control de la nave, por lo que tuvimos que navegar a la deriva durante bastante tiempo.
Finalmente amainó, y pudimos continuar la travesía con tranquilidad, pero con el susto metido en el cuerpo, sobre todo mis dos acompañantes.
A los dos días hicimos una pequeña escala en Lisboa para reparar algunos pequeños desperfectos que el temporal había causado en el galeón, cuyo arreglo apenas duró media jornada, que aprovechamos para recorrer la parte de la ciudad más próxima a los muelles. Lisboa era una urbe bulliciosa y fabril, con un impresionante movimiento portuario.
Sin el menor asomo de exageración, bien podría decirse que los navegantes portugueses eran los señores de la mar Océana. La ubicación de Portugal, aislada por tierra del resto de Europa, hizo del mar la natural proyección de su vida comercial. Sus marineros acumulaban una experiencia oceánica y unos conocimientos geográficos que se convirtieron en tesoro codiciado por otros reinos. Y los más prestigiosos cartógrafos del mundo, como había sucedido con Toscanelli, hallaron en Lisboa el escenario y la información necesarios para desarrollar la tarea de representar en sus mapas el nuevo rostro del mundo, tal y como se iba dibujando a golpe de viajes.
Ese proceso colectivo de descubrimiento no era, sin embargo, una mera cuestión de curiosidad intelectual, sino el soporte para la gran guerra comercial que libraban las dos primeras potencias marítimas del mundo: Portugal y España. Europa tenía los ojos puestos en el lejano Oriente, en sus riquezas cantadas por viajeros como el veneciano Marco Polo. Pero hasta entonces, el único modo de alcanzar aquellos reinos había sido por vía terrestre, un camino lento y peligroso que obligaba a atravesar territorios dominados por turcos y árabes. La posibilidad de llegar hasta la remota India por vía marítima, ya fuera rodeando el continente africano, ya atravesando la mar océana, como había propuesto acertadamente Cristóbal Colón, era el reto al que se enfrentaban aquellos marinos. Y en esa carrera hacia la tierra de las especias, los portugueses dieron los primeros pasos decisivos, al explorar antes que nadie la costa africana.
No obstante, había sido Castilla, tal vez acompañada de la suerte, quien gracias a la confianza que Colón había ofrecido a reina, había ganado la primera batalla de aquella incruenta, pero dura, guerra comercial. Portugal, sin embargo, aun no había dicho su última palabra y se sabía que estaba preparando expediciones como la de Colón, para lo que se estaba redactando un tratado de repartición de tierras por descubrir que suscribirían ambas naciones.
En nuestro recorrido por las calles de la ciudad, que yo ya conocía superficialmente por haber arribado allí a bordo de la Niña, entramos en una taberna, donde paladeamos un vino de Oporto de gran calidad, dulce y aromático. Diego y yo ya lo habíamos probado a nuestro paso por aquella ciudad en el viaje de ida, pero para mi padre era una gran novedad, que disfrutó entusiasmado.
Zarpamos cuando comenzaba a anochecer, en esta ocasión con un mar tranquilo y una favorable brisa que facilitaba la alimentación de las velas. Tres días más tarde, arribábamos a Sevilla.
Íbamos muy ajustados de presupuesto para sufragar nuestra manutención durante el resto del viaje, pero recordé a mi amigo Lope, y suponiendo que aun permanecería en la ciudad, decidí acercarme hasta la taberna de Sara para tratar de localizarlo y recabar su ayuda.
Nos internamos por las callejuelas del barrio de Triana, en la orilla occidental del Guadalquivir, y pronto llegamos a la taberna y accedimos a su interior. Allí estaba Sara, activa y dispuesta como siempre, pero con un considerable cambio en su aspecto: su estado de buena esperanza era tan evidente que parecía que iba a dar a luz de un momento a otro.
Me reconoció al instante, pese al tiempo transcurrido desde la última vez que nos vimos y mi cambio de aspecto –las mujeres tienen una intuición semejante a la de los animales, y además se fijan en detalles que los hombres no perciben- y vino a darme un abrazo. Al preguntarle por Lope, me contestó que estaba trabajando en la barbería de su propiedad, en las inmediaciones de la taberna. Me contó que se habían casado hacía más de un año y esperaba un hijo suyo, algo que saltaba a la vista.
Nos dijo que le esperáramos allí, puesto que ya se aproximaba la hora del almuerzo y estaba a punto de llegar, y les acompañaríamos. Acepté agradecido, puesto que la manutención durante el viaje había sido bastante mezquina, tanto en calidad como en cantidad, y necesitábamos con cierta urgencia un buen plato de comida para no desfallecer.
Ocupamos una mesa libre y Sara nos sirvió una jarra de vino de jerez para hacer más llevadera la espera.
Pronto apareció Lope. Tal y como yo mismo le había pronosticado la última vez que nos vimos, un año y medio antes, había engordado. La plácida y sedentaria vida de casado, y sobre todo la experta mano de su suegra en la elaboración de guisos, habían obrado el milagro.
Como suponía, no me reconoció, así que no tuve más remedio que acercarme a él e identificarme. Se llevó una grata sorpresa ante mi inesperada visita y me abrazó efusivamente. Tras aquella muestra de cariño, se sentó a nuestro lado y le presenté a mi padre y a Diego.
Esperamos un buen rato a que la taberna se vaciase de clientes, para que Sara y su madre pudiesen acompañarnos a la mesa.
Comimos sábalo en adobo y unas codornices albardadas que nos supieron a gloria, tanto a los comensales como a Pincho, que gustosamente se hizo cargo de los despojos, con un perenne movimiento de cola que reflejaba su alegría.
Mientras comíamos, Sara y Lope se mostraron vivamente interesados por lo que había sido de mi vida desde nuestro último encuentro. Sacié su curiosidad, y después contesté a toda la retahíla de preguntas que me hicieron sobre la expedición del almirante Colón. Estaban francamente impresionados por el hecho de que quien se lo contaba fuera un testigo directo de aquel suceso extraordinario, del que tanto habían oído hablar. Supe a través de ellos que Colón había iniciado un segundo viaje a aquellas lejanas tierras pocos días antes, el 26 de setiembre.
La tertulia se prolongó hasta bien entrada la tarde. Después, le expliqué a Lope de forma confidencial mi principal preocupación: necesitábamos monturas, y el caudal que traía no alcanzaba para su adquisición.
Tenía la certeza de que no me iba a dejar en el atolladero. Burlándose de mi congoja, me dijo que no me moviese de allí hasta su regreso, y poco después estaba ante la puerta de la taberna con tres hermosos caballos, con la montura dispuesta. Agradecido, le pregunté el precio que había pagado por ellos, para restituírselo cuanto antes.
-No tienes que devolverme nada. La amistad que nos profesamos tú y yo vale mil veces más que estos tres caballos, y sé que tú habrías hecho lo mismo por mí-
No pude menos que abrazarle, emocionado ante tan sincera muestra de afecto y generosidad.
Pernoctamos en casa de Lope y Sara, cuya hospitalidad parecía no tener límites. A la mañana siguiente, nos despedimos de ellos para emprender la etapa final de nuestro largo itinerario.
Subí a Pincho conmigo e iniciamos el recorrido. Cabalgamos durante tres jornadas, haciendo altos, al igual que en mi primer viaje, en Palma del Condado, Tumbalejo y Facanías. A principios de la tarde del cuarto día, desde lo alto de una montaña divisábamos el valle, que a mi padre, agricultor experto, le pareció hermoso y fértil. Estaba entusiasmado y paradójicamente, a tenor del brillo de sus ojos, parecía haber rejuvenecido durante el viaje, sin denotar que estuviese afectado por el cansancio.
Cuando entramos en la aldea, la madre de Diego salió de su casa a recibirnos acompañada de sus dos hijos pequeños; la mujer estaba gozosa. Pincho, al que los sentimientos humanos parecían contagiar su estado de ánimo, saltó de mi regazo y se puso a danzar sobre dos patas y a celebrar con estrepitosos ladridos el reencuentro familiar, mientras los dos niños reían las gracias del chucho, que parecía un saltimbanqui de feria.
Diego, a quien regalé el caballo que montaba, quedó con su familia, mientras mi padre y yo continuábamos camino de la hacienda. Nuestra llegada no había pasado desapercibida, y ya estaban todos los habitantes de la casa esperando ante la puerta para darnos la bienvenida.
Miriam llevaba al pequeño Guzmán, de la mano. Estaba preciosa. La acompañaban su madre, Alonso, Antonio y la esposa de éste. Desmontamos de los caballos y nos acercamos al grupo.
-Padre, te presento a tu nuera y a tu nieto- dije con ceremonia, en un fallido intento de disimular la emoción que sentía.
Mi padre los abrazó a los dos. Sus ojos eran reveladores de la felicidad y la ternura que sentía en aquellos momentos, emociones a las que yo tampoco era ajeno. Tras presentarle al resto del grupo, todos entramos en la casa para festejar la llegada de mi padre y el reencuentro.
Nos sentamos a la mesa y, mientras dábamos buena cuenta de queso y embutidos regados con buen vino, mi suegra se esmeraba en preparar uno de sus suculentos guisos, que en esta ocasión consistió en una apetitosa caldereta de cordero. Mi padre, poco acostumbrado a aquellas exquisiteces, comía con voracidad, algo en lo que yo tampoco le iba a la zaga. En un ambiente distendido y feliz, les relatamos a los presentes los avatares de nuestro viaje.
El transcurso de los siguientes meses fue realmente placentero, sin que ni siquiera una sombra de tristeza enturbiase nuestra felicidad. Mi padre, a quien yo adoraba, se adaptó a su nueva vida con suma facilidad; había hecho buenas migas con Alonso y Antonio, y no queriendo estar ocioso, ayudaba a éste último en las tareas agrícolas.
Guzmán pronto comenzó a dar sus primeros pasos y Pincho se había convertido en su fiel escudero. Era como si le hubiésemos encomendado su custodia, porque no se separaba del niño ni un instante, durmiendo incluso junto a su cuna.
Y los meses se fueron transformando en años. En mayo de 1495 Guzmán tuvo una hermana, Carmen, una niña preciosa que había heredado la belleza de su madre.
A veces pensaba en todos los sinsabores que había pasado, y viendo la prosperidad de que disfrutaba y la inmensa felicidad que sentía en mi corazón, comprendía que estaban sobradamente compensados.
SEXTA PARTE
LAS GUERRILLAS SARRACENAS
A raíz de la conquista del reino de Granada por los reyes católicos y la puesta en vigor de las capitulaciones, en un principio se adoptó una actitud tolerante con la población musulmana que continuó establecida en esas tierras, pero pronto comenzó una labor de adoctrinamiento, en un principio por métodos pacíficos, que de forma paulatina fue desembocando en numerosas conversiones al cristianismo.
En julio de 1499 los Reyes visitaron Granada y se asombraron del aire tan musulmán que aún conservaba la ciudad, incluso en sus vestidos y costumbres. Decidieron por ello encomendar al cardenal Cisneros, que ya había participado en la conquista del reino de Granada, la tarea de persuadirlos con más dureza para lograr su cristianización. Éste comenzaría a forzar las conversiones mediante un plan de tres puntos: devolver a la fe cristiana a los elches o renegados, cristianos convertidos al Islam; presionar a los jefes musulmanes para fomentar la conversión. Normalmente los medios de presión eran económicos: exención de deudas y sobornos, aunque también hubo malos tratos físicos; la otra táctica utilizada era la de presentar al pueblo el ejemplo de los jefes convertidos.
Estos medios de presión fueron efectivos. Los métodos represivos empleados por el cardenal cumplieron su objetivo, ya que fueron varios miles los musulmanes que recibieron el agua del bautismo, convirtiéndose en cristianos. También se confiscaron gran cantidad de libros, que se dividieron en dos lotes, unos de temática religiosa, como el Corán, que fueron quemados en una hoguera en la céntrica plaza de Bibarrambla, y el resto de volúmenes incautados, de materias científicas, fue enviado a la universidad de Alcalá. Estos hechos se produjeron en ausencia de los Reyes Católicos. Posteriormente, a la vista de los resultados, los Reyes declararon que no eran esas sus instrucciones.
La fórmula empleada para lograrlo no había respetado en todo su alcance, ni mucho menos, las cláusulas de la capitulación; la respuesta a ello fue una postura de fuerza adoptada por los musulmanes, que acabó provocando sublevaciones armadas como la rebelión del Albaicín y la de las Alpujarras en 1500 o la de la Serranía de Ronda en 1501.
Muchos mudéjares* del Albaicín se habían sentido estafados al comprobar cómo los estaban engañando los cristianos, ya que en un principio les habían garantizado que iban a poder seguir con su religión y después los estaban «convenciendo» para que se convirtieran. Los musulmanes granadinos comenzaron a protestar y a pedir la destitución de Cisneros, y como respuesta a estas quejas, éste ordenó encarcelar a los mudéjares más respetados de Granada, acusándolos de instigar a los revoltosos, y pensando que si aquéllos dejaban de sermonear a la gente, todos acabarían convirtiéndose al cristianismo.
En enero de 1500, los revoltosos mataron a un oficial de Cisneros, hecho que inició el alzamiento de musulmanes y conversos. De este modo comenzó la insurrección popular del Albaicín. Este levantamiento se extendió por toda la sierra de las Alpujarras, llegando hasta Almería y Ronda. Los reyes respondieron con una fuerte opresión militar de la mano del conde de Tendilla.
Después de sofocar los levantamientos, en 1501, Tendilla pidió «pasar a cuchillo a todos los moros que habían participado en las revueltas», a lo que el rey Fernando le contestó: «Cuando vuestro caballo hace alguna desgracia no echáis mano de la espada para matarle, antes le dais una palmada en las ancas, y le echáis la capa sobre los ojos; pues mi voto y el de la Reina es que estos moros se bauticen, y si ellos no llegan a ser verdaderos cristianos, al menos lo serán sus hijos o sus nietos».
Con el motivo del levantamiento de las Alpujarras, los cristianos aprovecharon para afirmar que los musulmanes habían quebrantado el pacto alcanzado en 1491. Por ello dictaron la Pragmática de 14 de febrero de 1502, que ordenaba la conversión o expulsión de todos los musulmanes del reino de Granada, exceptuando a los varones de menos de 14 años y las niñas menores de 12, antes de abril del citado año. Esta Pragmática supuso un quebrantamiento definitivo de los compromisos firmados por los Reyes Católicos con el rey Boabdil en las Capitulaciones para la entrega de Granada, en las que los vencedores castellanos y aragoneses garantizaban a los musulmanes granadinos la preservación de su lengua, religión y costumbres.
Los mudéjares de toda España tuvieron que ir a las iglesias a bautizarse. Se les preguntaba qué nombre querían tener, y si alguno no entendía bien el castellano, cosa frecuente en el antiguo reino de Granada, o no se le ocurría ningún nombre, se le ponía Fernando si era hombre e Isabel si era mujer. La conversión fue general en todas partes. A partir de esta cristianización forzada, los mudéjares dejaron oficialmente de serlo, ya que estaban bautizados y se les llamaba moriscos, expresión que tenía un matiz claramente peyorativo.
Para evitar el exilio, la mayoría de los musulmanes optaron por la conversión al cristianismo, que fue general en todo el Reino de Granada.
Muchos de los musulmanes residentes en la ciudad de Granada se habían trasladado a Sevilla forzados por la situación, al no cumplirse los pactos de paz establecidos y aplicarse con ellos una política que no tenía nada de integradora, sino de persecución religiosa y cultural.
Obligados por la fuerza a abrazar el catolicismo a causa de las iniciativas del Cardenal Jiménez de Cisneros, los granadinos musulmanes fueron objeto de discriminaciones crecientes por parte de la Inquisición, de la Iglesia y de la Administración Real. Mientras tanto, se les quitaban las tierras y padecían la crisis de la industria sedera.
Por otra parte, la sociedad cristiana no se fiaba de la sinceridad de su conversión y creía mayoritariamente que continuaban con su fe en secreto. Este mito provocó un fuerte sentimiento de discriminación contra ellos, al establecerse la distinción entre cristianos viejos y nuevos (los moriscos y los judíos convertidos), hasta el punto de que, con objeto de tenerlos controlados, se creó un registro de cristianos nuevos. Esto se tradujo en una situación de aislamiento que significó, entre otras cosas la exclusión, por ley, de ciertos oficios.
Si la inquisición tomaba medidas contra los moriscos no era en su condición de musulmanes, puesto que en ese caso hubiese carecido de poder para perseguirlos, sino de cristianos sospechosos de herejía. Los moriscos de las Alpujarras trataron de encontrar los puntos de coincidencia entre la religión musulmana y el cristianismo, pero eso se consideraba un anatema.
Finalmente, el triste resultado de tanta opresión se tradujo en que muchos moros pacíficos, justamente indignados ante tanta injusticia y atropello, se echaron a los montes convirtiéndose en proscritos.
El domingo de Ramos de 1502, un jinete apareció en el valle, cabalgando hacia la hacienda. Se trataba un emisario que traía un mensaje dirigido a mi persona, hecho que me causó cierta sorpresa por infrecuente.
Le pedí que esperase por si procedía alguna respuesta, y desenrollé el pliego. Pese a lo escueto de lo que allí había escrito, al leerlo mi corazón se llenó de incertidumbre y tristeza.
Querido Santiago:
Nuestro capitán ha sido hecho prisionero por las guerrillas musulmanas en los montes de La Alpujarra, e ignoramos su paradero y estado de salud. Estoy tratando de reunir a los 15 de Granada para intentar su liberación, y os emplazo para congregarnos en Granada.
Sé que con esta noticia te pongo en un compromiso, pero también el cariño y la fidelidad que sientes hacia Hernán, y no dudo que vendrás. Te esperamos, amigo.
Firmado
Pedro del Pulgar
Por supuesto que iba a ir, pese a que eso significase ver truncada mi felicidad, al menos durante un tiempo. Pero nunca olvidaría que el bienestar y prosperidad de que disfrutaba se lo debía a Hernán del Pulgar por muchos motivos, y jamás me perdonaría a mí mismo si por egoísmo le hubiese fallado cuando más me necesitaba.
Se lo expliqué a Miriam, que como siempre se mostró comprensiva y no puso el más mínimo reproche ni objeción, al comprender que acudir a aquella cita era una obligación ineludible, aunque la tristeza y el temor se reflejase en sus ojos, y partí tras despedirme de mi familia y amigos.
Galopé tan rápido como nunca lo había hecho, sin apenas paradas, y al cabo de una semana llegaba a la ciudad granadina, que tantos recuerdos me traía. Estaba al borde del agotamiento.
Preguntando a los viandantes, no tardé en localizar la casa de Pedro. Estaban todos allí y un halo de pesimismo flotaba en el ambiente. Yo había sido el último en llegar, algo lógico dado el largo recorrido que había tenido que realizar.
Hacía mucho tiempo que no estábamos juntos, y fui recibido con muestras de afecto por parte de mis antiguos camaradas. Pero lo que en realidad importaba era lo que habíamos ido a hacer allí.
Pedro tomó la palabra, relatándonos lo sucedido.
-Hace un mes, el rey Fernando hizo llamar a Hernán del Pulgar, y éste acudió a la convocatoria tan raudo como siempre. Contrariamente a lo habitual, lo que pretendía de él no era que realizase acción guerrera alguna, sino todo lo contrario: era una misión de paz. El monarca estaba hondamente preocupado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos en las relaciones con los moros de Granada, debido a la extrema dureza con que fueron reprimidos tras las rebeliones del Albaicín, las Alpujarras y la Serranía de Ronda, al haberse sobrepasado el cardenal Cisneros y el conde de Tendilla en las atribuciones conferidas por la Corona, exagerando la represión.
El propio monarca reconoció en la entrevista sus propios errores al no cumplir lo convenido en las Capitulaciones de Granada y haber accedido a la solicitud del Consejo Real de dictar la Pragmática de expulsión de los mudéjares, aunque esto último lo hizo en la creencia de que sería una maniobra favorable a la obtención definitiva de la ansiada paz, al considerar la Pragmática un instrumento para poder diferenciar a quienes entre los moros eran merecedores de la confianza de la sociedad cristiana y los que no lo eran.
Pero todo ello supuso un empeoramiento de la situación, que era muy probable que desembocase en el estallido de una nueva guerra, algo que los reyes no deseaban, y menos con el reino aun sin recuperarse totalmente de la anterior.
En esa disyuntiva, la misión encomendada a Pulgar era localizar a los cabecillas de la rebelión y tratar de convencerles de que la corona de Castilla estaba dispuesta a dialogar, para evitar nuevos derramamientos de sangre.
Hernán vino a mi casa y me contó lo que el rey deseaba de él, pidiéndome consejo sobre el lugar a donde debía dirigirse para localizar a los cabecillas y poder negociar con ellos, pues como todos sabéis, mi pertenencia a la raza mora me facilita la obtención de ciertas informaciones vedadas a los cristianos.
Me ofrecí a acompañarle, pero rechazó mi ayuda alegando que se trataba de una misión diplomática en la que no correría ningún riesgo. Le pedí que esperase a que me informase y utilizando un contacto supe que a donde tenía que dirigirse era al último refugio del rey Boabdil antes de partir hacia África, la población de Orjiva, situada entre los ríos Chico y Guadalfeo, en la Alta Alpujarra.
Desde ese día nada se ha sabido de él. Poco tiempo después, alertado por su tardanza, acudí en su búsqueda desplazándome hasta Orjiva, pero para mi consternación me informaron de que nunca llegó allí.
Conseguí obtener audiencia real, y participé al monarca mi honda preocupación, que éste hizo también suya. Se brindó a enviar las tropas que fuesen necesarias para descubrir su paradero, algo que me atreví a desaconsejarle, puesto que si todavía –Dios lo quiera- se encuentra con vida, ello no haría más que alertar a sus posibles captores, que no dudarían en matarle para no ser descubiertos. Consecuentemente, me dio carta blanca para actuar como considerase conveniente con objeto de localizar por cualquier medio a nuestro capitán y liberarle. Creo sinceramente que los aquí presentes estamos capacitados para intentar con éxito una misión de rescate en cuanto tengamos alguna noticia sobre su situación.
He enviado a varios moros de mi confianza por aquellas inmediaciones para que se informen discretamente donde puede hallarse, pero sigo a la espera de noticias.
Necesito vuestra ayuda, pero nada conseguiríamos dando palos de ciego. Lo que os pido a todos es que os mantengáis a la expectativa para que, una vez nos lleguen noticias sobre su paradero, ponernos en marcha hacia allí sin dilación-
Todos los presentes acatamos sin reservas la decisión de Pedro, deseosos de participar en la liberación de nuestro caudillo si, como todo parecía indicar, se encontraba prisionero de los guerrilleros sarracenos que pululaban por aquellos montes.
A instancias de Pedro, me acomodé en su casa mientras duraba mi estancia en Granada a la espera de novedades sobre la suerte que había corrido Hernán. Esa noche me acosté sin siquiera cenar, puesto que el cansancio no me permitía permanecer en pie por más tiempo.
Al día siguiente, y con objeto de relajar la tensión de la espera, mi anfitrión me invitó a dar un paseo por la ciudad, que yo apenas conocía. Me guió por las callejuelas del centro, mostrándome rincones de gran belleza. Finalmente subimos a la alhambra, en el margen izquierdo del río Darro. Ascendimos por una amplia alameda hasta lo alto de la colina de Al-Sabika, donde estaba situada la egregia fortaleza, denominada alhambra* por sus muros de tonalidad rojiza. Si el exterior impresionaba por su magnificencia, su interior me maravilló por la belleza y el lujo de todos sus rincones, desde unos jardines que daban complacencia a los cinco sentidos hasta los palacios llenos de patios y recodos que invitaban al recogimiento. Desde una de las siete torres de aquella ciudadela, frente a los barrios del Albaicín y la Alcazaba, contemplamos la extraordinaria panorámica que se divisaba, dominando toda la ciudad y la Vega.
Cuando regresamos a casa de Pedro, alguien lo esperaba. Era uno de los confidentes que había enviado para tratar de localizar a Hernán del Pulgar, un moro joven, y traía novedades. A solicitud de Pedro, estuve presente durante la entrevista que mantuvieron.
-En la población de Bubión me dieron noticias de que un grupo de guerrilleros tienen retenido desde hace tiempo a un cristiano cerca de allí. Se halla en un campamento situado en pleno bosque, en las inmediaciones del barranco de Poqueira. Parece que son unos veinte rebeldes y están fuertemente armados-
Cuando aquel hombre marchó, Pedro sopesó la noticia que acababa de recibir.
-A buen seguro que el cristiano a quien se refiere el informador es Hernán, puesto que no se tienen noticias de ningún otro secuestro, y además la zona en que presuntamente se encuentra está relativamente próxima a la de su desaparición. Probablemente lo mantienen cautivo para, llegado el momento, pedir algún canje o rescate por su liberación-
Si la información era correcta, los guerrilleros nos superaban ligeramente en número, pero contábamos con el factor sorpresa, por lo que consideró que no era necesario pedir refuerzos al rey, toda vez que un grupo demasiado numeroso de guerreros pondría en guardia a los raptores, con el riesgo que ello conllevaba, tanto para la seguridad del prisionero como para la nuestra, ante la posibilidad de sufrir una emboscada si se enteraban de nuestra presencia.
En ese momento, Pedro hizo una reflexión en voz alta:
-Dios sabe que mi fidelidad al rey Fernando está fuera de toda duda, pero no puedo evitar pensar que la dramática situación en que se encuentra nuestro capitán no se hubiera producido si se hubiesen cumplido los pactos de la capitulación de Granada y se evitasen las injusticias y falacias que aquí se han cometido, obligando a muchos moros de paz a echarse al monte impulsados por la desesperación. Vamos a intentar liberar a Hernán, pero me dolería derramar una sola gota de sangre de los hombres que lo tienen secuestrado-
Decidió que debíamos partir de inmediato a intentar su rescate, y mandó aviso al resto de compañeros. Una hora después, convenientemente pertrechados para la acción armada y acarreando un caballo de más en previsión de que lográsemos liberar a Hernán, abandonábamos la ciudad. Era una soleada tarde de mayo.
Para evitar alertar al enemigo, cabalgábamos por separado, formando cinco grupos de tres hombres y manteniendo una distancia prudencial; la marcha iba encabezada por Pedro, Bedmar y Tristán de Montemayor.
Pronto cayó la noche y, aunque habíamos cabalgado escasas leguas, Pedro, que evidentemente se había erigido en líder del grupo –algo que nadie cuestionó-, tomó la decisión de acampar en una explanada cercana al sendero.
El día amaneció con una espesa niebla que, si bien dificultaba ligeramente el avance, era propicia a nuestros planes de pasar lo más desapercibidos posible. A mediodía ya había clareado y lucía un sol esplendoroso, y a media tarde habíamos alcanzado nuestra meta, al divisar desde un alto el profundo barranco de Poqueira, un tajo cortado por la cara sur de Sierra Nevada desde el pico del Veleta. Por él bajaba el río Poqueira, llevando al mar las nieves derretidas de la Sierra, pasando al lado del pueblo de Bubión, colgado en la ladera, como si se deslizase por el barranco.
A instancias de Pedro del Pulgar, dejamos nuestros caballos ocultos entre la espesura y seguimos a pie, dividiéndonos de nuevo, aunque esta vez en grupos de dos hombres, excepto, por una simple cuestión matemática –éramos quince- el del propio Pedro, constituido por los tres que habían venido cabalgando juntos.
Yo me uní a Diego de Baena. Pedro nos reunió a todos para darnos instrucciones:
-A partir de aquí nos separaremos e iremos en distintas direcciones con toda la cautela posible, porque si nos localizan podría ser un desastre. Cada grupo deberá buscar posibles pistas sobre presencia humana en los alrededores. Nos encontraremos en este mismo punto en cuanto empiece a oscurecer-
Acto seguido nos dispersamos. Diego de Baena y yo nos internamos entre la espesura de cara al este. No había zona arbolada, pero la vegetación era alta y tupida, tanto que en ocasiones necesitamos hacer uso de nuestra espada para abrirnos paso y poder continuar.
Aun no había transcurrido una hora cuando localizamos un sendero entre la espesura y descubrimos algo interesante: la vegetación que lo bordeaba había sido pisoteada recientemente. Aquella era la pista definitiva; estábamos en el buen camino. Nos orientamos convenientemente para poder regresar a aquel punto y retornamos al lugar donde debíamos encontrarnos con nuestros compañeros.
Fuimos los primeros en llegar, puesto que aun faltaba bastante para que oscureciera. Una hora más tarde, fueron apareciendo los demás, y en pocos minutos estábamos todos reunidos. Cuando revelamos el descubrimiento que habíamos hecho, todo el mundo estuvo de acuerdo en que debíamos seguir aquel revelador indicio, y que la noche podría ser nuestra mejor aliada para coger desprevenido al enemigo. Pedro hizo hincapié en que, en la medida de lo posible, evitásemos causar daño a los que nos íbamos a enfrentar, salvo –claro está- que ellos se lo hubiesen inflingido a Hernán. Para ello adujo las mismas razones que yo ya había oído en su casa de Granada.
Así pues, nos pusimos en camino de forma inmediata. Íbamos a pie, para que el sonido de los cascos de los caballos no delatase nuestra presencia, y las únicas armas que portábamos eran nuestras espadas y dagas, además de varias cuerdas y vendas en previsión de vernos obligados a atar y amordazar a alguien. Al estar previamente abierto el camino, tardamos mucho menos que la primera vez en alcanzar el sendero pisoteado.
La luz de la luna favorecía nuestra orientación. Avanzamos con el mayor sigilo y pronto la luz de una hoguera nos reveló que habíamos dado con el lugar que buscábamos.
Anduvimos a la procura de un punto donde pudiésemos observar los movimientos del campamento sin ser vistos. Un pequeño altozano de las proximidades nos pareció el más adecuado, y hacia allí nos dirigimos.
Había media docena de tiendas formando un círculo alrededor del fuego. Eran de dimensiones apropiadas para que las ocupasen tres o cuatro hombres. No se divisaba presencia humana, a excepción de dos centinelas que montaban guardia a la entrada de una de las tiendas. Supusimos que era la que alojaba a Hernán del Pulgar, y que el resto de moros estaría descansando tranquilamente, al sentirse completamente seguros en su escondite.
Pedro, en un tono de voz apenas audible, nos explicó la estrategia que acababa de improvisar.
-Bedmar y yo, seguidos de cerca por Santiago y Diego, que llevarán varios trozos de cuerda lo suficientemente largos para maniatar a una persona y vendas para amordazarlos, iremos por delante para intentar neutralizar a los centinelas. Trataremos de llegar sin hacer el menor ruido y de forma simultánea desde detrás de la tienda, cada uno por un flanco. Les taparemos la boca con una mano y con la otra les pondremos una daga en el cuello para obligarles a permanecer en silencio. Una vez que lo consigamos, aparecerán Diego y Santiago, que se encargarán de atarlos de pies y manos y amordazarlos. Si como creo Hernán se encuentra en el interior de la tienda, solo se trata de liberarlo. Los demás debéis manteneros a la expectativa por si surgen complicaciones y es necesaria nuestra ayuda-
A todos nos pareció una táctica, ya no adecuada, sino idónea para conseguir nuestros propósitos sin derramar, tal como pretendíamos, una sola gota de sangre, así que nos dispusimos a llevarla a cabo sin demora.
El silencio de la noche solo era interrumpido por los estridentes cantos de grillos y cigarras. Avanzamos despacio, con todo el sigilo de que éramos capaces, y pronto nos situamos en la parte trasera de la tienda presuntamente ocupada por Hernán del Pulgar. Bedmar y Pedro, moviéndose como serpientes, se aproximaron a los dos guardianes por su espalda, y en un gesto simultáneo, taparon sus bocas con la mano izquierda mientras apoyaban la punta de la daga que portaban en la diestra en sus gargantas.
De inmediato, de forma igualmente silenciosa pero con mayor rapidez, pues el momento lo requería, Diego y yo llegamos y en menos de un minuto los vigilantes estaban atados de pies y manos y fuertemente amordazados.
Mientras los demás esperábamos cuidando de los guardianes, Pedro se introdujo en la tienda. Allí estaba Hernán, durmiendo tranquilamente tendido en un camastro. Lo único que reflejaba su condición de prisionero era que uno de sus tobillos estaba oprimido por una argolla, inicio de una cadena de hierro que en su otro extremo estaba sujeta a un poste de madera fuertemente clavado en el suelo. Eso representaba un problema de difícil solución, puesto que carecíamos de útiles para cortar el hierro, al no haber previsto esa situación.
Pedro acudió a despertarlo, tapando previsoramente su boca para evitar que un posible grito de Hernán a causa de la sorpresa les delatara.
-mantente en silencio, vamos a sacarte de aquí- le dijo Pedro.
Hernán asintió con un gesto y Pedro le destapó la boca. Le explicó el problema de la argolla, y Hernán le dijo que uno de los centinelas tenía la llave en su poder.
Registramos concienzudamente a los dos guardianes y efectivamente, localizamos la llave entre las ropas de uno de ellos. En breves instantes quedó liberado.
No estaba herido y podía andar, aunque cojeaba ligeramente debido al entumecimiento producido por la presión de la argolla en su tobillo.
Abandonamos el campamento con toda la celeridad que pudimos, y pronto llegamos junto a nuestros compañeros, donde todos pudimos abrazar a nuestro capitán.
-Gracias, amigos. Sabía que no me dejaríais en la estacada. Os estoy agradecido además por el hecho de que hayáis podido liberarme sin derramamiento de sangre, porque esos hombres no me han hecho daño alguno durante mi cautiverio y lo que pretendían era canjearme por amigos suyos que están presos en Granada. Por otra parte, creo que se ha cometido con esta gente una gran injusticia, que seguiré intentando paliar mientras me quede una gota de sangre-
Sin tomar un respiro, retrocedimos hasta el lugar donde habíamos dejado nuestros caballos, y partimos hacia Granada.
En media jornada, aun de mañana, entrábamos de nuevo en la ciudad sin haber sufrido sobresalto alguno durante el viaje; todos estábamos reventados, pero felices de haber sacado adelante aquella delicada misión, algo que yo particularmente achaqué a la astucia de Pedro del Pulgar.
Aquella misma noche, la familia de Hernán, agradecida por la recuperación del ser querido, nos obsequió a todos con una fiesta para celebrar el feliz acontecimiento.
Llegamos a casa de Pulgar a la hora convenida para la celebración del convite, y nos encontramos con una inesperada, pero grata, sorpresa. El propio rey Fernando, acompañado de dos de sus más célebres cortesanos, don Francisco de Bazán y don Antonio de la Cueva -los mismos que habían apadrinado a Hernán cuando fue nombrado caballero-, se encontraba presente. Nada más verle, nos dispusimos a arrodillarnos en señal de respeto y pleitesía, pero el soberano nos lo impidió.
-Todos vosotros merecéis sobradamente permanecer en pie ante mí, porque representáis el mejor ejemplo de las virtudes que un rey puede esperar de sus súbditos: honradez, tenacidad, lealtad y un valor a toda prueba-
Y a continuación, nos abrazó uno por uno.
Es difícil describir las sensaciones que en aquellos mágicos momentos pasaron por nuestros corazones. En mi caso puedo decir que me embargó tal emoción que no pude reprimir las lágrimas, y a tenor de lo que observé a mi alrededor puedo decir que no fui el único.
El banquete fue de los que hacen época. Los más delicados pescados, carnes y piezas de caza, cocinados con esmero, fueron devorados con una avidez que bordeaba los límites de la urbanidad, si es que en algún momento no los sobrepasó, en una velada alegre y distendida pese a la presencia real, pues el monarca se notaba tan regocijado en nuestra compañía que parecía uno más de nosotros.
Cuando el evento parecía estar tocando a su fin y el rey Fernando se había ausentado unos momentos de la mesa, Hernán, que había estado departiendo con su majestad durante todo el convite, me llamó discretamente para que me acercase a él. Así lo hice.
-El rey quiere hablar contigo en privado, Santiago. No estés preocupado, porque aunque no me ha dicho que es lo que pretende de ti, puedo garantizarte que no es para nada que pueda perjudicarte en lo más mínimo. Se encuentra en la estancia contigua y te espera. Solo un último consejo: contesta a sus preguntas sin ocultarle absolutamente nada, porque sabe más sobre tu vida de lo que crees-
Aun sabiendo que Pulgar jamás me engañaría, no por ello dejaron de temblarme las piernas ante aquella inminente entrevista, pero no me quedaba otra opción que cumplir con lo que se me requería. Así pues, me acerqué a la puerta de la pieza que se me había indicado, y la abrí.
El soberano se hallaba sentado en un lujoso sillón tapizado. Me hizo una seña para que me acercara a él. Quise hincarme de rodillas pero me lo impidió, y por el contrario me pidió que tomara asiento en una silla que estaba frente a él. Así lo hice y esperé a que empezase a hablar.
-Soy conocedor de todas las desventuras por las que has pasado desde hace años. Sé que llegaste a Granada como soldado de fortuna huyendo de algo que ignoro, que fuiste uno de mis más fieles y valientes servidores durante la guerra y que al término de ésta volviste a tener problemas derivados de una injusticia cometida contra ti por un falaz inquisidor y sus aliados, que han tenido el final que se merecían, y te viste forzado a huir de nuevo, esta vez a formando parte de la expedición de Cristobal Colón. Mis deseos son que, tal y como mereces, no vuelvas a pasar por vicisitudes. Por lo tanto, estoy interesado en conocer toda tu historia para poder solucionar de una vez por todas los problemas que te atañen-
No las tenía todas conmigo, pero le conté todos mis avatares, iniciando el relato con una timidez que fue desapareciendo a medida que, mientras le contaba los motivos de la huida de mi tierra natal, el monarca mostraba una expresión comprensiva y tolerante, que tácitamente aprobaba mi actuación. Eso me animó a superar definitivamente mi turbación y continuar la narración con mucho más desparpajo.
Estaba sumamente interesado, tanto que solo me interrumpió mientras le contaba los principales acontecimientos de la expedición de Cristóbal Colón. Percibí un interés en sus inquisiciones al respecto que me pareció un tanto desproporcionado, puesto que su afán por informarse rebasaba la mera curiosidad. Llegué a la conclusión de que sentía cierta animadversión hacia la figura del Almirante, pues personalizaba siempre sus preguntas en él. De cualquier manera, no logró sacar de mí ni una sola crítica al genovés, porque yo nada tenía que reprocharle, sino todo lo contrario.
Al término de mi entrevista con el soberano, que se prolongó por espacio de unas dos horas, me emplazó para que me presentase la tarde siguiente en la Casa Real de Santa Fe.
-Para entonces tendré preparado algo que solucione definitivamente tus tribulaciones- me dijo a modo de despedida.
Al día siguiente, a la hora acordada acudí a la ciudad-campamento. Me entrevisté con el Secretario Real, Juan de Coloma, que ya era conocedor de la audiencia y no me obligó a hacer antesala, sino que me acompañó personalmente a los aposentos reales.
La reina Isabel acompañaba a su esposo, quien en esta ocasión y tal vez por deferencia hacia la reina, que me miraba con curiosidad, sí admitió que me postrase de rodillas, aunque me pidió que me levantara de inmediato.
-Isabel, te presento a… digamos Santiago Fariña, aunque no sea su verdadero nombre. Se trata del único testigo de los dos acontecimientos más grandes que se han registrado en la época en que vivimos, la conquista de Granada y el descubrimiento del camino occidental de las Indias. Le hecho venir para resarcirle de todas las injusticias e ignominias que ha padecido durante estos últimos años-
Tuve el inmenso placer de que aquellas palabras hicieran que la expresión de la reina pasase de la curiosidad a la simpatía.
-¿De verdad habéis formado parte de la expedición de Colón?-
-Sí, mi señora, tuve la honra de participar como marinero en esa gran empresa-
-y no solo eso- añadió el rey –también intervino, y muy activamente en la guerra de Granada, siendo uno de los célebres quince de Granada que acompañaron a Pulgar en su incursión a la ciudad. Y ahora acaba de acudir al rescate de su antiguo capitán, que ha sido liberado por sus hombres de las garras del enemigo-
Tanta lisonja por parte de las personalidades más grandes del reino me satisfizo, pero al mismo tiempo provocó en mí un azoramiento y embarazo que no pasaron desapercibidos al monarca, que apiadándose de mí zanjó la entrevista haciendo llamar a su secretario, que se había ausentado hacía unos instantes.
Enseguida se presentó, portando varios pliegos que entregó al monarca para que los firmase de su puño y letra. Cuando lo hubo hecho, el rey volvió a poner su atención en mí, y me dijo:
-Santiago, voy a hacerte entrega de dos documentos: uno es la cesión del señorío que perteneció a Florencio de Valderrama, que murió careciendo de sucesores o herederos, y desde este mismo instante pasa a ser de tu propiedad. Tómate esta decisión Real como una compensación por los sinsabores que has sufrido a causa de su propietario.
El otro es un salvoconducto válido para todo el territorio que abarcan nuestros reinos, que te permitirá acudir libremente a donde te plazca sin correr peligro alguno.
Además, se ha redactado una carta dirigida al conde de Fuente Nueva, ordenándole taxativamente que, como protegido de los reyes que eres, bajo ningún concepto podrá tomar represalia alguna en tu contra, y la desobediencia a este mandato significará inexorablemente la pena de muerte. Estoy convencido de que con esta medida podrás viajar a tu tierra natal cuando lo consideres oportuno sin temor a hostilidades. Hay un mensajero a la puerta esperando para partir al galope hacia Galicia y entregarla a su destinatario -
Apenas podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Sus majestades no solo me obsequiaban con algo muy valioso que ni siquiera había pedido, aunque estaba profundamente agradecido de que se me concediese, sino que se molestaban en mantenerme bajo su poderosa protección sin que ninguna autoridad, ya fuera civil, eclesiástica o militar, pudiese causarme el más mínimo daño. Mi agradecimiento no podía expresarse con palabras; aun así intenté hacerlo, pero los sonidos se negaban a salir de mi boca, bloqueados por la emoción.
Cuando abandoné la Casa Real portando los documentos recibidos de los monarcas, iba tan impresionado que apenas podía pensar con claridad.
Pasé aquella noche en casa de Pedro, a quien participé las buenas nuevas, y al día siguiente tras despedirme de él y el resto de mis camaradas, tomé el camino de regreso a casa, aunque no para quedarme; en mi mente ya bullía la idea de iniciar de inmediato un nuevo viaje, pero esta vez acompañado de toda mi familia: quería que mi mujer y mis hijos conocieran mi tierra natal, y poder adornar con un ramo de rosas la tumba de mi querida madre.
EPÍLOGO
Han pasado muchos años desde entonces. En la actualidad tengo más de sesenta a mis espaldas. Mi padre hace ya más de veinte años que me abandonó, pero sigo echándole de menos, al igual que a mis fieles amigos Alonso y Antonio, que también nos dejaron hace ya tiempo.
La hacienda, cuya prosperidad es cada vez mayor, está administrada por Diego, que con los años fue demostrándome, con su fidelidad y valía, que no me había equivocado al confiar en él desde que era prácticamente un niño.
Mi vida transcurre plácidamente junto a mi dulce esposa Miriam, que ha ido envejeciendo sin perder un ápice de su belleza, y mis dos hijos, que ya hace años que contrajeron matrimonio y me han dado cuatro nietos, que el buen Dios permite que vea crecer. Ambos residen con sus respectivas familias en el vecino valle que un día fue propiedad de Florencio de Valderrama, de infausto recuerdo, y cuya pertenencia pasó a mis manos gracias a la generosidad del rey Fernando.
Hoy me ha llegado una noticia que me ha roto el corazón: mi antiguo capitán, Hernán Pérez del Pulgar, a quien tanto quería, ha fallecido en Granada a la avanzada edad de ochenta años. Era el último superviviente, exceptuándome a mí, de quienes protagonizamos aquella gloriosa incursión en Granada, entre los cuales estaba mi idolatrado Pedro del Pulgar, cuya muerte, acaecida hace ya algunos años, lloré amargamente. Que el Señor los tenga a todos en su gloria.
Nuestro actual soberano, Carlos I, nieto de los reyes católicos, en un acto que le honra, fue fiel a la voluntad de sus difuntos abuelos y Hernán ha sido inhumado en el interior la catedral de Granada. Descanse en paz ese gran hombre, y que Dios lo acoja en su seno.
En mi corazón, y pese al largo tiempo transcurrido desde su temprana desaparición, siempre habrá un lugar para Clara, a quien tanto amé y lloré por su trágica pérdida.
Y cuando el atardecer comienza a extinguirse, mi mirada se eleva en dirección al crepúsculo para ver como el sol viaja hacia aquellas lejanas tierras que un día pisé, y mis pensamientos y recuerdos, como absorbidos por el sol que se aleja tiñendo de color rojizo el horizonte, vuelan con él hacia esos remotos lugares.
Bibliografía
-Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas, bosquejo histórico, de Francisco Martínez de La Rosa
-Historia General de España de Juan de Mariana
-Historia General de España, de Modesto Lafuente
-Historia del Almirante don Cristóbal Colón, de Fernando Colón
-Vida en Graxos en el siglo XIV, de Pedro Carpintero
domingo, 7 de marzo de 2010
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