martes, 9 de marzo de 2010

LA BODA DE JAIME

Lucía el sol aquella mañana de septiembre de 1974, cuando a las 12 y media el flamante Woshall (el coche de Starsky y Hutch) con motor Braham de Suso Pardiñas quedó aparcado en plena Avenida de la Marina coruñesa, frente a la cafetería Lumar. El color blanco del coche relucía como si lo acabara de sacar del concesionario.

Suso contaba por aquella época con 25 años, y era un individuo de mediana estatura, delgado y fibroso, con una característica física que lo hacía inconfundible, que se centraba en su minúsculo, casi inexistente, apéndice nasal, producto de un golpe que había recibido a la tierna edad de 4 años. En un gran alarde de originalidad le apodaban “el chato”. Los que le apreciábamos, que éramos muchos, le incitábamos constantemente a contar mentiras, por si entre bromas y veras la leyenda de Pinocho era cierta, pero nada, por mucho que se esmeraba no tenía el más mínimo efecto.
Su única actividad era la práctica del noble arte del boxeo, que ejercía con notable estilo, aunque los ingresos que generaban sus combates eran totalmente insuficientes para mantener su alto ritmo de vida, que estaba financiado mas bien por sus padres, propietarios de un local de alterne en la calle Hospital, en las inmediaciones del Papagayo. Otra cosa no hacía, aunque las malas lenguas, que siempre las hay, decían, no sin fundamento, que un par de “pebetas” que trabajaban en el negocio familiar tenían bastante que ver en su habitualmente próspera situación económica.

Suso descendió del vehículo, y tras admirar su deslumbrante carrocería, fruto del esmero con el que se lo acababan de limpiar en el taller de lavado de la calle de la Torre, se decidió a traspasar el umbral de la cafetería. A aquellas horas prácticamente no había clientela, solo un par de personas charlaban en la barra, y en la única mesa ocupada, el propietario, Luis Martínez “el barón”, con la ayuda de unas gafas que le habían resbalado casi hasta la punta de su nariz, examinaba concienzudamente unas facturas. Levantó la vista hacia la entrada y correspondió al saludo de Pardiñas. Este le preguntó:

-¿No vinieron por aquí Alberto y Domingo?

-No, pero de momento no creo que te aparezcan. Es muy temprano. Lo que me extraña es verte a ti por aquí a estas horas de la madrugada- respondió con sorna Luis.

El chato hizo caso omiso de la puya recibida y replicó:

-Que va, si es que nos vamos ahora a Madrid, a la boda de Jaime, y quedamos de vernos aquí-

-Es verdad, ya no me acordaba de que se casaba Jaime. Si estaba yo también invitado a la boda y no puedo ir-

Pardiñas echó un vistazo a lo largo del desértico local y quiso aprovechar la oportunidad para devolverle la andanada:

-No me extraña. Bien se ve que solo con los empleados el chollo no se da hecho-

Y sin esperar contestación, que a buen seguro se hubiera producido, dio media vuelta y se situó junto a la terraza, esperando divisar a sus acompañantes. Estos no aparecían, pero vio llegar a Pepe Pistones, de la Ciudad Vieja. Venía bien maqueado, con un terno Príncipe de Gales gris que, dicho sea de paso, no le pegaba ni con cola, aunque había que reconocer que los zapatos negros, casi tan relucientes como el coche de Pardiñas, y la corbata roja sobre camisa blanca impecable, ayudaban a disimularlo un poco.

-Coño, Suso, y tú por aquí a estas horas-

-Outro con a hora; joder que son plastas- pensó Suso, pero prefirió dejar la cosa así, y le dijo con amabilidad:

-No, es que quedé aquí con Alberto y Domingo, que nos vamos ahora a Madrid a la boda de Jaime Corral-

-Joder, a Madrid, no tengo yo ganas ni nada de ir a Madrid-

-Pues vente que sitio en el coche hay- le dijo, aunque más por compromiso que por otra cosa

-Bueno, pues no se hable más, voy con vosotros-

-Si hombre- respondió Pardiñas con escasa convicción.

A unos 50 metros, a la altura del Teatro Rosalía, divisó a dos personajes que avanzaban apresuradamente por la acera con sendas maletas en la mano. Eran Alberto Novo Díaz y Domingo Naveira. El primero era alto, moreno, con buen porte, mientras que Domingo era rubio, más bajo que alto y algo metido en carnes. Lucía una pequeña pero visible cicatriz junto a la ceja izquierda, fruto de un encontronazo con el puño derecho de un trapecista del Circo Americano, con quien un par de años atrás había tenido unas discrepancias acerca de la conveniencia o no de estar en silencio mientras cantaba Pucho Boedo, un sábado de madrugada en la cafetería Torre Esmeralda de Cuatro Caminos, incidente en el que también se había visto involucrado Lelo, el hijo de Don Pepe de las Siete Puertas, quien al tratar de auxiliar a Domingo, había obtenido un resultado idéntico al de éste, es decir, la misma cicatriz, y en el mismo ojo.

Cuando llegaron a la puerta del Lumar, saludaron a Pardiñas, que les presentó a Pistones y les dijo que les acompañaba, lo que aceptaron sin mucho entusiasmo. Y sin más dilación montaron en el vehículo, que arrancó rumbo a la capital de España. Según comenzaban a avanzar, vieron a Luis, que desde la puerta del Lumar se despedía de ellos agitando la mano, con una sonrisa de oreja a oreja cargada de sorna.

Apenas abrieron la boca hasta llegar a la gasolinera de Lavedra, donde llenaron el depósito. El ambiente estaba algo enrarecido por la presencia atípica de Pistones, con quien nadie contaba.

Una vez reanudado el viaje se fueron soltando y la conversación se fue haciendo distendida entre los cuatro. Decidieron no parar hasta la llegar al Bierzo, así que después de cruzar las provincias de la Coruña y Lugo, hicieron un alto en Cacabelos, y con objeto de meterse algo entre pecho y espalda, entraron en Casa Gato, un restaurante muy conocido de la localidad.

Después de devorar unas judías pintas con chorizo, aprovecharon la parada para hacer un fondo común que cubriera los gastos del desplazamiento. Decidieron que con mil duros cada uno habría más que suficiente para llegar a Madrid, aun teniendo en cuenta que iban a hacer noche en Salamanca, donde tenían que recoger a la novia de Domingo. En ese momento fue cuando Pistones, con cara muy seria, les espetó:

-pois eu non levo un chú-

Los otros tres se miraron entre sí, y después dirigieron la vista hacia Pistones. Este debió leer algo en sus miradas que le hizo intuir que se quedaba en tierra, así que no tuvo más remedio que aclarar que tenía una cuenta en el Banco de Bilbao, de la que iba a retirar dinero en Salamanca. Los otros tres aceptaron a regañadientes, y reanudaron el viaje.

Sobre las 9 de la noche hicieron su entrada en la Plaza Mayor de Salamanca. Ya tenían una reserva de hotel en las proximidades, pero cuando llegaron al establecimiento y vieron las tres estrellas que adornaban la fachada, Domingo, militarófilo perdido y al tiempo consciente de las estrecheces económicas del grupo, dijo:

-A min non me facía falta un coronel, con un sargento me chegaba ben-

Poco después, una vez instalados, salieron a dar un garbeo por las cafeterías de la zona, todos excepto Domingo, que había ido a buscar a su novia. Para los tres restantes, la noche fue movida, hasta las 5 de la mañana, en que retornaron al hotel, con unos cuantos wiskis de más y unos cuantos billetes de menos. Abandonaron el hotel a las 12 de la mañana, percatándose, una vez pasada la euforia de la noche, que la situación financiera del grupo estaba bastante deteriorada. Se encontraron con Domingo y su novia en una terraza de la plaza Mayor, donde se habían citado el día anterior, e inmediatamente localizaron la Sucursal del Banco de Bilbao, situada en la misma plaza Mayor.

Para no dar mucho el cante, Pistones entró en el Banco con Pardiñas, mientras Alberto, Domingo y la novia de éste, esperaban en la puerta. Dentro había una cola tan grande, que parecía que regalaban los cuartos, así que tuvieron que esperar un buen rato. Se armaron de paciencia, mientras los que esperaban fuera se impacientaban tanto, que finalmente Alberto se decidió a entrar, justo en el momento que el cajero atendía a Pistones.

-¿Cuánto quiere retirar?- preguntó el funcionario

-Como que cuanto quiero retirar. ¡Todo, démelo usted todo!-

-¿Pero no va a dejar nada en la cuenta?-

-¡Le dije que me lo diera todo!- exclamó Pistones, en un tono que no admitía réplica-

Alberto no esperó más. Salió del banco frotándose las manos y le dijo a Domingo:

Bufff, non debe ter guita o Pistones. Non vexas como lle rogaba o Cajero pa que deixara pasta na cuenta-

No hubo tiempo para seguir hablando. Pistones salió, lleno de razón, acompañado de Pardiñas, que venía muy serio. En un aparte, Alberto inquirió a este último:

-Que, ¿sacou moita pasta?-

-Toda a que había-

-Eso xa o sei, pero canto era-

-Mil cen-

-Joder, e para mil cen duros, tanto rollo-

Pardiñas lo miró muy fijo, con una cara de asesino que asustaba:

-No, mil cen duros no, mil cen pesetas, me cago hasta na madre que pareu ó delincuente ese-

Pistones no era consciente de que estaba a punto de quedarse a vivir en Salamanca. Iba con gesto altanero, parecía un capitán general, mientras apretaba firmemente bajo el brazo la cartilla del Banco de Bilbao entre cuyas hojas guardaba todo su capital, las mil cien pesetas. Ni tan siquiera se percató de que los otros tres hacían un aparte en el que estaban decidiendo su destino.

La verdad es que lo discutieron mucho, pero al final, con todo lo bravos que parecían, no fueron capaces de dejarlo en tierra, así que se subieron al coche y arrancaron camino de la capital.

No hay mucho que contar de esa parte del viaje, porque había poco dinero para andar haciendo paradas por el camino, el tiempo para llegar tampoco daba para mucho, y la mala uva de todos los componentes de la expedición -excepto Pistones, que iba mas feliz y más chulo que un ocho-, hizo que el trayecto se convirtiera en un viaje silencioso, que hubiera parecido la escena de una película muda, de no ser porque el radiocasete de Pardiñas hacía resonar dentro del habitáculo la espectacular voz de La Niña de Antequera:


“No había lobo que se asercara
Por lo corderooo
De la ribera
No había otro perro como mi perro
Y el era siempre mi sentinelaaaa”

Y eso después de haber escuchado las obras completas de Rafael Farina, aprovechando el paso por Salamanca, tierra natal del artista. Alberto y Domingo pedían a gritos que pusiera algo de Pucho Boedo, pero la sangre andaluza del chato, natural de Santa Eulalia de Castro, en el Ayuntamiento de Coristanco, le pedía Cante Jondo, y como al fin y al cabo era el capitán del barco, pudo más.


Entraron en Madrid por la Puerta de Hierro a las 5 de la tarde, hora taurina donde las haya, y atravesaron Moncloa, Princesa y Gran Vía, desviándose -quizás por continuar con referencias al noble arte de la tauromaquia- por la calle de la Montera hasta la Puerta del Sol, y allí, a pocos metros del célebre anuncio de Tío Pepe, ya en la calle del Arenal, se ubicaba un pequeño Hostal, carente de nombre comercial, donde Suso Pardiñas solía hospedarse cada vez que se desplazaba a la capital de España.

Por hacer un aparte en esta historia, decir que era persona conocida y celebrada en un restaurante existente en la calle de la Ballesta, denominado La Gran Tasca, donde publicitaban la magnificencia, más por la cantidad que por la calidad, del cocido madrileño de la casa, ofreciendo su degustación gratuita a quien fuese capaz de comerse uno completo.
El caso es que un buen día, el Chato acertó a pasar por allí y se fijó en el cartel pegado al cristal del escaparate, con la susodicha oferta. Entró en el local, y pidió una caña en la barra. Cuando se la estaban sirviendo, Suso preguntó, señalando el cartel:

-Oiga, ¿eso que pone ahí es cierto?-
-¿Lo del cocido? Si señor, si se lo come todo, le sale gratis
- Bueno, pues vamos a probar, me prepara usted una mesa para mí, y pide un cocido, y me abre una botella de Campo Viejo

El barman se lo quedó mirando fijamente, como calibrando su capacidad para meterse entre pecho y espalda todo aquello que le tenía que traer, y con cierta cara de escepticismo, acompañada de un tono de voz ligeramente guasón, le espetó:

-Como no, señor, ahora mismo se lo sirvo-

Mientras se le montaba la mesa, se tomó tranquilamente la caña en la barra, acompañada por un pincho invitación de la casa, que previsiblemente no se lo pusieron para restarle apetito, porque estaba compuesto por una aceituna y un boquerón.
A continuación se sentó. Pasaba poco de la una de la tarde, y no había nadie más en el restaurante. Casi sin dilación, vio como un camarero salía de la cocina con una perola humeante que casi tenía que hacer esfuerzos para poder transportarla. El barman, desde dentro de la barra buscaba con ojillos maliciosos la expresión de sorpresa de Suso cuando viera aquello, pero se llevó un chasco, porque éste ni pestañeó cuando le colocaron la gigantesca sopera encima de la mesa.

-Ahí tiene usted, señor, la sopa-

Con ademán calmoso, se sirvió y empezó a comer con parsimonia. Tardó un buen rato, pero se despachó todo el contenido de la perola, que llenó hasta seis veces el plato sopero del comensal. El barman y el camarero no le sacaban la vista de encima, aunque sus expresiones fueron dejando paulatinamente de ser burlonas para acabar convirtiéndose en confundidas.

Cuando terminó la sopa, se había ventilado más de la mitad de la botella de vino, así que, previendo que todavía le quedaba el plato fuerte, no se cortó en pedir otra botella, que le fue servida de inmediato. Casi al instante, el camarero salió de la cocina con una bandeja tan grande que la tenía que sujetar con las dos manos. Cuando la puso sobre la mesa, Suso vio que allí había más de medio kilo de carne fresca, un cuarto de gallina, un chorizo, una morcilla, un buen trozo de lacón, otro de tocino y media docena de algo parecido a albóndigas. Suso, imperturbable, hizo ademán de servirse, pero el camarero le frenó:

-Espere, señor, que ahora mismo le traigo el resto-

El resto era otra fuente igual que la anterior, atiborrada de garbanzos, repollo, zanahorias y patatas. Mientras se la traía, el camarero venía canturreando con mucha guasa:

Cooocidito madrileño
Ay, reeeepicando en la buhardilla
Que me sabe a hierbabuena
Y aaaaaa verbena en la Vistilla

Cuando llegó a la mesa, interrumpió su homenaje al gran Pepe Blanco, para decir:

-Ahí tiene usted, señor. Buen Provecho-
-Muchas gracias- y se metió en faena

A ritmo pausado, comenzó a ingerir todo aquello. Un poco de aquí, un poco de allá, el caso es que las viandas iban desapareciendo de la vista de los dos empleados del restaurante, que con cierto disimulo no perdían detalle de aquella exhibición, mudos espectadores que pronto fueron acompañados por un par de nuevas caras que asomaban discretamente por el ventanuco de la cocina. Pronto, no se sabe muy bien si casualmente o no, la concurrencia fue aumentando gradualmente, y a las dos y media de la tarde más de veinte personas, musitando en voz baja comentarios admirativos sobre la capacidad gastronómica de aquel comensal, que no paraba de masticar lentamente y tragar, casi llenaban un local en el que solo se oían murmullos.

A las tres en punto, Pardiñas zanjó el asunto sirviéndose con un cucharón la última media docena de garbanzos que bailoteaban en solitario dentro de la inmensa fuente y se los tragó, añadiendo para apoyar un último sorbo de vino que le quedaba en la copa.

A continuación pidió un café solo, un chupito de whisky y la cuenta.

-No señor, como ya le dijimos, está usted invitado- Le contestó el camarero con solicitud no exenta de respeto

-Ah, pues muy bien. Por cierto, muy bueno el cocido- replicó el chato con gesto altanero


y se marchó con viento fresco.

Al día siguiente, a la una y media en punto de la tarde, Pardiñas volvió a entrar por la puerta de La Gran Tasca. Prefirió no tomar ningún aperitivo y se sentó directamente frente a la misma mesa de la víspera. El camarero, un poco mosqueado, se le aproximó de inmediato.

-¿va a comer el señor?¿le traigo la carta?-

-no, tráigame un cocido-

-Es que... verá Vd. señor....es que lo del cartel se refiere solo a una vez.... no vale repetir-

-No pasa nada, hombre, usted tráigalo, que estaba muy bueno y se lo voy a pagar-

Y se volvió a despachar otro cocido completo, ante la incredulidad de todos los allí presentes.


Pero volvamos a nuestra historia. Los viajeros se instalaron en el hostal de la calle del Arenal, y ocuparon dos habitaciones, una para Domingo y su novia, y otra para los otros tres.

Como ya era hora, salieron para la iglesia, a donde llegaron con el tiempo justo. Saludaron a Jaime, que estaba delante de la puerta del templo acompañado por sus familiares, y después estuvieron charlando con algunos conocidos, gente de La Coruña pero residente en Madrid, como Pepe el Gordo, propietario del mesón Breogán, en las inmediaciones de la Plaza de España, y cuya familia había explotado en la Coruña, durante muchos años, el Negresco, un local dedicado a bodas y banquetes en la Calle Torreiro. También estaba Perillo, batería de Los Tamara, otro coruñés de pro. La tertulia fue corta, porque enseguida llegó la novia y entraron todos en la iglesia. Eran en total unos 150 invitados.



Al terminar la ceremonia, se fueron directamente al lugar del banquete, que era en los bajos del hotel Norte, frente a la Estación del mismo nombre, un edificio en cuyo frente lucían al menos una veintena de banderas de distintos países, lo que le daba cierto aire de distinción.




Una vez aparcado el coche en las cercanías del hotel, miraron el reloj y se dieron cuenta de que faltaba una media hora para que llegaran el grueso de invitados y los novios, así que aprovecharon para hacer un arqueo de efectivo, y se dieron cuenta de que la cosa no estaba para muchas alegrías. Aun así, temiendo que las bebidas del convite de boda estuvieran excesivamente tasadas (todos ellos eran gente de buen beber, aunque alguno de mala bebida, como veremos más adelante), decidieron adquirir tres botellas de Whisky en un supermercado de las proximidades. Eligieron una de cada marca, para contentar a todos: White Label, Johny Walker y White Horse.
Entraron en el local del convite, y tomaron asiento, situándose estratégicamente en el extremo de una de las tres alargadas mesas dispuestas en paralelo, lugar más alejado de la mesa presidencial, previendo, y con razón, que esa lejanía les permitiría hacer un poco más el indio, en caso de que eso fuera menester, sin dar mucho cante. Las botellas de whisky quedaron bajo la mesa, y empezó el ágape. No se trataba de una comida fuerte, sino de un “lunch”, compuesto por embutidos y un par de platos ligeros. El ambiente era festivo, tal y como correspondía a la ocasión, y enseguida fueron cogiendo confianza con sus vecinos de mesa, que aparte de los consabidos Pepe el Gordo y Perillo, eran amigos madrileños de Jaime. Al terminar el segundo plato, los chistes iniciales ya habían pasado a mejor vida, y en espera de la tarta nupcial, el mundo de la canción española se abrió paso encarnado en la talentosa voz de Suso Pardiñas, que abrió veda con un clásico de Antonio Molina:


Soy cantante, soy torero
Soy torero soy cantante
Soyyyyyyyyy de España
Que más quievevevevero
Con esoooooo
Con eso tengo bastaaaaante


Una atronadora salva de aplausos premió la acertada intervención del espontáneo cantador, y le dio impulso a éste para continuar el recital. Lo malo es que sus acompañantes se envalentonaron y se atrevieron a imitarlo. Cuando terminaron su intervención, los aplausos de la concurrencia ya no eran tan entregados, y en el medio de éstos ya se insinuaba algún abucheo, pero ello no restó ni un ápice de animosidad a los intérpretes, que fortalecidos por las dosis de Valdepeñas que habían trasegado durante el refrigerio, se siguieron entregando al arte de la copla, contando cada vez con más voluntarios, que se iban incorporando a la coral.

En el medio de todo, habían llegado al café. Tal y como habían sospechado desde un principio, las bebidas estaban extremadamente tasadas, tanto que al que pedía repetir, que eran todos, el camarero le servía medio a regañadientes. Tanto fue así, que Alberto echó mano a una de las botellas que tenían ocultas bajo la mesa.

Con mucha discreción, amparados en la clandestinidad del mantel, se sirvieron la bebida. Invitaron a los más próximos, tasando al máximo la botella para dejar las otras dos para después.

Al cabo de un rato, Alberto tanteó bajo la mesa buscando otra botella. No la encontró. Sorprendido, se agachó para localizarla, pero allí no había más que frías baldosas. Se incorporó para preguntar a sus acompañantes quien había cambiado las botellas de sitio, y vio que el asiento de Pistones estaba vacío. Alzó la vista para localizarlo, y lo vio unos metros más allá sentado en otra zona de la mesa, charlando animadamente con unos matrimonios desconocidos. Las botellas estaban en la mesa, delante de él, pero completamente vacías.

El rostro de Alberto empalideció. Quiso decírselo a Pardiñas y a Domingo, pero estaba tan indignado que las palabras se negaban a salir de su boca. Cuando la cólera fue amainando, les contó la situación. Al principio no se lo creían pensando que estaba de coña, pero cuando verificaron la situación, querían matar a Pistones. Éste, que tonto no era, se percató enseguida de que aquello no pintaba bien para él, y se cuidó muy mucho de acercarse al entorno de sus compañeros durante el resto del convite.

Cuando terminó el lunch eran cerca de las diez de la noche. Jaime, pese a ser el día de su boda, tenía ganas de tomar unas copas con sus amigos. Como tanto él como su mujer tenían que cambiarse de ropa, quedaron de verse un par de horas después en la cafetería Morrison, de la Gran Via.
Allí se juntaron Alberto, Pardiñas, Domingo, Pepe el Gordo, Perillo, y Jaime, junto con la mujer de éste último y la novia de Domingo. Pistones, claro, no estaba. Y que no se le ocurriera aparecer por allí.

Decidieron ir a la sala de fiestas El Biombo Chino, que estaba muy cerca, y en la que actuaba Andrés Pajares con la obra “el embarazado”.

La sala, pese a sus grandes dimensiones, estaba atestada de gente hasta tal punto que ante la falta de sitio en las mesas y barra tuvieron que acomodarse en las escaleras.

Tomaron un par de copas antes de que comenzase la actuación. El que más y el que menos estaba “puesto”, pero ya se sabe que unos se lo toman de una forma y otros de otra. Domingo era de los que se lo tomaba de la otra, tanto es así, que no bien había empezado la función cuando la tomó con el pobre Pajares.

-Pajares, fillo de puta, retrátate, que non tes nin puta idea-

Pajares, con más tablas que la Piquer, no dio mayor importancia a los comentarios y siguió con su actuación, pero eso no hizo más que enaltecer a Domingo, que incrementó sus improperios pensando que no eran suficientes.

-Pajares, maricón, corta o rollo que estás facendo o ridículo-

Pero el actor, haciendo gala de una paciencia que parecía inagotable, permanecía inalterable a los exabruptos y seguía interpretando dignamente su papel, circunstancia que no concurría en los espectadores, que poco a poco fueron apartando su atención del escenario para centrarla en Domingo, que sabiéndose protagonista, redoblaba sus esfuerzos en los insultos y descalificaciones dedicados al cómico.

Pero el público, poco comprensivo con el intruso, comenzó a abuchearlo, primero con timidez y después ya con improperios, Los acompañantes de Domingo, perfectamente identificables por estar junto a él, estaban tan avergonzados que ya no sabían donde meterse. De buena gana se hubieran marchado, pero el abarrote era tan grande que no tenían por donde escapar sin provocar una hecatombe.

Pero Domingo seguía en sus trece. Estaba empeñado, por algún oscuro motivo, en acabar con la carrera artística de Andrés Pajares y no tenía previsto claudicar.

Entonces ocurrió lo inesperado. Jaime, el novio, estaba tan desesperado que no pudo resistir más y se lanzó a por Domingo como una fiera. Consiguió agarrarlo por la pechera, y tras perder el equilibrio ambos rodaron por las escaleras, provocando un efecto dominó con los espectadores que había sentados en las escaleras, que se llevó por delante a todo bicho viviente, provocando un espantoso tumulto.
Aquel escándalo fue la espoleta definitiva para interrumpir la función. Las más de trescientas personas que habían pagado su localidad querían, con toda la razón, asesinar a Domingo, que una vez superada la fase más crítica de la trompa que llevaba, comenzó a verle las orejas al lobo, y procedió a recular protegido por sus acompañantes, quienes tuvieron que hacer de tripas corazón para impedir que el resto de los espectadores se tomasen la justicia por su mano, cosa que ellos mismos estaban tentados a hacer.

Tras algunos apuros, consiguieron finalmente ganar la calle. Una vez en la puerta, Domingo se dio la vuelta con dignidad y dijo a voz en grito, ante la admiración de propios y extraños:

-¡Como no me pidan perdón, no vuelvo a poner los pies en este local!

La noche continuó deambulando por esos locales que nunca tienen prisa por cerrar. Amanecía cuando, exhaustos, Alberto y Pardiñas entraron en la habitación de la pensión de la calle Arenal, que compartían con Pistones, que a aquella hora llevaba un buen rato durmiendo, tal y como reflejaban los sonoros ronquidos que emitía. Pese a lo avanzado –o temprano, según se mire- de la hora, y el cansancio acumulado, aun hubo tiempo para que Alberto, indignado por la actuación de Pistones durante el convite nupcial, lo despertara para llamarle la atención, lo que degeneró en un conato de pelea que no llegó a mayores.

Durmieron hasta bien entrada la tarde. Habían decidido marchar ese mismo día, y Pardiñas, mientras los otros hacían la maleta, decidió hacer una gestión que tenía pendiente, aprovechando el viaje a Madrid, y quedaron de verse a las diez de la noche en la puerta de la pensión, en plena acera. Allí estaba Alberto como un clavo, y clavado permaneció durante más de dos horas, completamente solo –Pistones, que debió olerse la tostada, se había evaporado como el humo, y de Domingo y su novia, ni rastro, aunque éstos no iban a marchar con ellos, ya que se iban a quedar un par de días más en Madrid-.

Al sereno del barrio le llamó la atención verle allí durante tanto tiempo con las maletas al lado, así que le preguntó si lo que quería era entrar en la pensión, y tuvo que explicarle que no, que lo que pretendía era precisamente lo contrario, pero que el amigo al que estaba esperando era un informal y un cantamañanas, que lo había dejado plantado. Al verle tan angustiado, el vigilante nocturno sintió lástima por él y decidió acompañarle y darle un poco de conversación para aliviarle la soledad mientras no aparecía su amigo; durante la charla, Alberto le explicó que la persona que esperaba era cliente habitual de la pensión, y por los datos que le dio, el sereno, beneficiario de buenas propinas por parte de Pardiñas, le identificó al momento.

-Pero si ese que me dice usted es don Jesús. Pues no se preocupe, si don Jesús le dijo que venía, es que viene. Es un auténtico caballero-

Cerca de la una de la mañana, Pardiñas aparcó delante de Alberto, sin percatarse de que éste lo fulminaba con la mirada. El sereno acudió solícito a abrirle la puerta del coche, previendo una gratificación que no llegó, dado el depauperado estado de las arcas de “don Jesús”.

Pese a ello, al descender del vehículo, lo saludó solícitamente:

-Don Jesús, que alegría verle de nuevo por aquí- y dirigiéndose a Alberto, le dijo:

-Ya se lo dije yo. Si don Jesús le dice que viene, es que viene-

Alberto, rebosante de indignación, le contestó:

-¿Ese es don Jesús? ¡Ese lo que es, es don Mierda!-

La única satisfacción, ciertamente morbosa, que le quedaba a Alberto, era que Pistones aun no había dado señales de vida, y se iba a quedar en tierra, pero su gozo en un pozo. Cuando se habían montado en el coche y Pardiñas estaba girando la llave para arrancar, le vieron aparecer por la esquina de la Puerta del Sol, corriendo como un gamo.

Durante el viaje de vuelta, que fue realizado de un tirón, nadie abrió la boca. Alberto, porque estaba enfadado con los otros dos, Pardiñas porque no tenía ganas de aguantar el mosqueo de Alberto, y Pistones, porque había hecho tantas en tan poco tiempo, que presumía que a la más mínima, esta vez sí, se quedaba en tierra.

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