miércoles, 10 de marzo de 2010

CONACHON






Allá por los años cuarenta del pasado siglo, en una pequeña vivienda unifamiliar del pueblo, muy cercana a la plaza mayor, vivía una familia compuesta por un matrimonio, tres hijos y cinco hijas, todos ellos adolescentes. Éstas últimas eran famosas en todo el contorno por su hermosura y su prestancia.


Con ocasión del fallecimiento de un vecino, toda la familia acudió, como venía siendo habitual, al velatorio que se celebraba en la casa del difunto, a dar el pésame y presentar sus respetos, y de paso –por qué no decirlo- a ponerse las botas con la comida y bebida con que la familia del finado tradicionalmente obsequiaba a los asistentes, que los tiempos no estaban como para dejar pasar ese tipo de oportunidades.

Otros muchos convecinos tuvieron la misma idea, y en el lugar del velatorio, una casa de labradores en la que normalmente residían cuatro personas –ahora tres-, se amontonaban más de cuarenta. En medio de aquel ambiente, no muy apropiado, por festivo, para el acto que allí se celebraba, nadie se había percatado de que la madera del piso estaba desacostumbrada a soportar semejante peso, a lo que había que unir el deterioro provocado por los efectos de la carcoma.

Como consecuencia de ello, de repente el suelo comenzó a crujir, como si se tratara de un lastimero quejido por el maltrato recibido, y ese fue el preludio del gran desastre que sobrevino a continuación, porque sin que nadie tuviera tiempo de ponerse a salvo, el suelo se abrió bajo los pies de los presentes, lo que inevitablemente hizo que todos ellos, muerto incluido, cayesen a la parte baja de la vivienda, justo sobre la cuadra del ganado.

Los gemidos lastimeros de las víctimas se mezclaban en la oscuridad con los mugidos de las reses, no menos asustadas que las personas; el finado era allí el único que no se quejaba. Las lesiones resultaron ser de diversa consideración, aunque la persona que resultó peor parada fue una de las hijas de la familia a la que antes aludíamos, creo recordar que la más pequeña, que a la sazón no sobrepasaba los quince años de edad.

Tuvo esta joven la desdichada suerte de caer justo sobre el cuerno de una vaca, empitonándoselo en el sitio que probablemente menos hubiera deseado, porque la pobre, que hasta entonces era doncella, tuvo que enfrentarse a una dolorosa y traumática desfloración, y aunque la cosa afortunadamente no pasó a mayores, desde ese mismo instante, su nombre, que no recuerdo cual era en realidad, tuvo una inmediata transformación, porque el vecindario, siempre al quite, decidió bautizarla con el delicado nombre de CONACHÓN.

No se sabe si fue la mortificación que le produjo su nuevo apelativo, o fueron otros los motivos, pero el caso es que no mucho tiempo después de aquel desgraciado suceso se decidió a emigrar a la Argentina, de donde ya nunca regresó.

Hay quien dice, no se sabe si con fundamento o no, que en el país gaucho le suavizaron ligeramente el apelativo restándole una “A”, con lo que éste quedó transformado en CONCHÓN, palabra cuyo significado en el léxico de aquellas tierras no se aleja demasiado de la filosofía del que le habían puesto por estos pagos.





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