miércoles, 10 de marzo de 2010

EL VIAJERO

Este extraordinario suceso tuvo lugar a principios de verano de 1921, cuando un viajero apareció inesperadamente en el pequeño pueblo costero del norte de Galicia. Los primeros que se percataron de su presencia lo localizaron sentado en una de las mesas de la taberna del lugar, sin que nadie le hubiese visto llegar.

Era un hombre relativamente joven –no aparentaba alcanzar los 40 años-, de rasgos atractivos y bien vestido, pero algo en su semblante que irradiaba malignidad le hacía desagradable. Los vecinos, ansiosos de novedades al tratarse de un pueblo remoto y de difícil acceso por tierra –la vestimenta y estado higiénico del forastero, bien aseado y peripuesto, indicaban bien a las claras que no se trataba de un marinero- trataron de informarse de quien era, pero las contestaciones del desconocido, llenas de ambigüedades, y el tono que utilizó, que parecía llevar implícita una velada amenaza, dieron al traste con la curiosidad de los lugareños, que, aunque solo fuera por esa vez, decidieron dejarle en paz y dedicarse a sus cosas.

Tal y como apareció, desapareció sin que nadie le viera marchar de la taberna.



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Pocos instantes después, ocurrió algo extraño en los alrededores de la población. Una mujer había ido a la fuente, como hacía todos los días, a llenar una sella de agua, para lo que había tenido que remontar una de las corredoiras que por allí se entretejían. Aquella soleada tarde la primavera estaba en su esplendor, y los vivos y verdeantes colores del vergel que la rodeaba estaban amenizados por el canto de los grillos y el armonioso trino de los pájaros de diferentes especies que por allí pululaban. Cuando hubo llenado la sella y la depositó sobre su cabeza para descender de nuevo hacia su casa, notó que un repentino y absoluto silencio se adueñaba de los alrededores, rompiendo completamente el encanto de la bucólica estampa. Sintió un súbito acceso de terror al intuir con inequívoca certeza que no estaba sola: notaba como una presencia invisible la acompañaba, llenándola de zozobra. Inmediatamente apresuró el paso para alejarse de allí cuanto antes camino de su casa, mientras, con los nervios a flor de piel, musitaba una oración.



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Cerca de donde esto sucedía, en lo alto de la colina que dominaba el pueblo, se hallaba la casa de los Hidalgos. Se trataba de un edificio bicentenario de cantería de considerables dimensiones, ubicado en el interior de una amplia propiedad, completamente cerrada al exterior por un grueso y alto muro de piedra, teniendo como únicos accesos los dos portones de entrada, en dirección a la salida y el ocaso del sol.



Esa misma noche, una de las criadas de la casa, María, se percibió que los animales estaban inquietos en la cuadra, y aunque no era muy amiga de salir sola en plena noche enfrentándose a la oscuridad, se vio en la obligación de acudir a ver que era lo que ocurría. No era la primera vez que una culebra se colaba en la cuadra para mamar la leche de las vacas.

Alumbrándose con un candil, cruzó la era; los sonidos nocturnos de la lechuza, que asemejaban una agitada respiración humana, la acongojaron aun a sabiendas de que conocía el origen de aquellos jadeos espasmódicos, y finalmente entró en la cuadra. La luz de la farola iluminó el interior, primero de forma tenue y posteriormente con más claridad. Nada más introducirse en el pesebre, y como si se tratase de un ritual, elevó intuitivamente la vista hacia el techo para confirmar la presencia de los murciélagos que permanecían allí colgados hibernando, y se asombró por su ausencia: habían desaparecido sin dejar rastro.

Cuando bajó la vista, sorpresivamente se percató de la presencia de un hombre en medio de las vacas. No reaccionó de inmediato, sino que se quedó completamente paralizada y muda, invadida por un terror extraño que se acentuó cuando el desconocido, luciendo una aviesa sonrisa, comenzó a aproximarse a ella, que sintió la mirada de sus ojos centelleantes y malignos que la escudriñaban como si quisieran taladrarla, y finalmente observó, ya en el paroxismo del horror, que el cuerpo del hombre solo constaba de cabeza, brazos y tronco, que flotaban en el aire.

La aterrorizada criada perdió el conocimiento y cayó de bruces al suelo.

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En el ala izquierda de la primera planta del edificio, Francisco y Elvira, los dueños de la propiedad –un matrimonio entrado en años-, estaban tratando de conciliar el sueño. De repente, procedente de la parte de la casa que utilizaban los criados, comenzó a oírse una voz masculina, que, aún sin elevar demasiado el tono –el sonido era sordo, casi como si no se tratase de una voz humana- llevaba implícita una violencia que logró suscitar en el matrimonio un profundo desasosiego, provocando incluso, sin motivo aparente, una zozobra inexplicable que alcanzaba a provocarles un malestar muy próximo a lo físico.

Francisco, al reconocer aquella voz como masculina, y sabiendo que en la casa no había nadie exceptuando al resto de la servidumbre, el matrimonio formado por Manuel Varela y su esposa Lola, identificó al primero como autor de aquellas frases irreconocibles pero plenas de agresividad. No pudo evitar emitir un comentario:

-Que malo es este Varela, mira como le riñe a su mujer, que es una santa-

Elvira, también consciente de la gresca que se adivinaba en la otra ala de la casa, quiso quitarle hierro al asunto, más que nada por evitar que su marido se metiera en cuestiones que no les afectaban directamente.

-Déjalo estar, Paco, que con nosotros no va. Si tienes algo que decirle se lo dices mañana, cuando nos levantemos-

-Sí, eso haré-

A la mañana siguiente, todos los habitantes de la casa madrugaron como siempre para dedicarse a las labores del campo. Se reunieron en la imponente cocina, que abarcaba por completo la planta baja una de las dos alas de la casa. Francisco se percató de que algo raro ocurría, porque la servidumbre, tanto María como el matrimonio se notaban pálidos y desencajados, y contra la costumbre habitual, no estaban dicharacheros, sino extrañamente taciturnos y callados.

Mientras María servía a los comensales los pertinentes tazones de leche caliente con sopas de pan de maíz, Francisco se dirigió a Varela con seriedad:

-Manolo, ¿Qué pasó esta noche?-

El interpelado tardó un largo rato en responder, y antes de hacerlo miró a su mujer, como pidiéndole permiso para contestar. Ésta estaba muda y atemorizada, y ni siquiera le hizo el lógico gesto de asentimiento para que su esposo le contara al patrón cuales eran sus congojas, que era evidente que existían. Finalmente, Varela empezó a hablar:

-Estábamos mi mujer y yo metidos en la cama, y antes de quedarnos dormidos -que sueño ya había-, comentamos lo extraño que nos parecía que María no hubiera pasado a su cuarto, pues como usted bien sabe, señor Francisco, para hacerlo tiene que cruzar por nuestro dormitorio, y por recato siempre trata de hacerlo antes de que nosotros nos acostemos. Sabíamos que había ido a revisar al ganado, que estaba inquieto esta noche, pero de eso ya habían pasado un par de horas. Estaba a punto de levantarme para comprobar si le había ocurrido algo, mientras Lola, mi mujer, entre bromas y veras me decía que la dejara tranquila, que seguramente que tenía la visita de algún mozo y lo único que iba a conseguir era incordiar a la pareja, cuando oímos un ruido de alguien que subía las escaleras: -ahí está- me dije. Efectivamente. Sentimos los crujidos de las tablas del suelo en la entrada de la habitación y apareció María. A la luz del candil que portaba pudimos ver que iba muy pálida, y ni siquiera nos dio las buenas noches, cosa extraña en ella, tan atenta y educada.

Pasó, como siempre, por detrás de la cabecera de nuestra cama para dirigirse a su cuarto, pero cuando lo estaba haciendo oí un fuerte grito de mi mujer: por entre los barrotes de la cama, María le había agarrado el pelo y le estaba dando un fuerte tirón. Miré hacia ella con la idea de reprenderla por lo que había hecho, y al hacerlo quedé estupefacto: era María, pero aquella expresión, y sobre todo aquellos ojos no eran los de María. Todo ello poco tenía que ver con la mirada limpia y el semblante virginal de nuestra compañera. Su rostro componía una mueca en la que se reflejaba un profundo odio. Al instante me di cuenta que estaba poseída por algo desconocido, y sentí un miedo insuperable que me hizo enmudecer.


Aun dentro de mi intimidación y desconcierto, hice un ademán de levantarle de la cama para solventar aquella incómoda situación, pero una mano ¡de María! se cernió sobre mi brazo como una garra, provocándome lágrimas de dolor, y me impidió incorporarme.

De repente, empezó a hablar, pero aquella no era la voz de María, sino que ésta se había trastocado en una voz de hombre, grave y penetrante. Además, como usted bien sabe, patrón, ella solo conoce nuestro idioma, y aquella voz hablaba un castellano perfecto. Esto fue lo que nos dijo:

Me llamo Faustino Garrido, y soy secretario del juzgado de Medina de Rioseco, en la provincia de Valladolid. Tengo 37 años, y hace dos días asesiné a mi mujer y a sus padres. Únicamente quería deshacerme de ella, porque tenía intención de irme a vivir con mi amante, una vecina, y no quería separarme para no perder la cuantiosa fortuna que habían acumulado mis suegros, ya que siendo hija única, a buen seguro que me hubiera correspondido a mí. Quise ahogarla con la almohada mientras dormía para simular que había sufrido un ataque durante la noche –su salud era extremadamente delicada-, pero al despertar consiguió escurrirse y empezó a gritar pidiendo auxilio, por lo que eché mano a un abrecartas que había sobre la mesita de noche y la apuñalé con saña, hasta que dejó, primero de gritar y después de moverse. Pero ya era demasiado tarde. La puerta de la habitación se abrió, y en el umbral aparecieron mis suegros, que dormían en el piso de arriba, a quienes habían alertado los gritos de su hija. Iban vestidos con ropas de dormir, y la expresión de sus rostros conformaba una máscara de espanto y estupefacción.

Todavía armado con el abrecartas, salté rápidamente hacia ellos para no darles tiempo a reaccionar, pero no era necesario: estaban tan paralizados, que no me fue difícil terminar la siniestra tarea que había iniciado, y en breves instantes yacían tan muertos como lo estaba su hija. Toda la habitación estaba cubierta de sangre, al igual que parte del pasillo. Tenía que limpiar aquello y deshacerme de los cuerpos. Necesitaba ganar tiempo para hacerme con todo su dinero y poner después tierra de por medio –ya me había hecho a la idea de tener que renunciar a la mujer con la que estaba obsesionado-

Vivíamos en una casa aislada en las afueras del pueblo, y no recibíamos más visitas que la de la de la doncella que se ocupaba de las labores de hogar, por lo que tenía tiempo hasta el amanecer –unas siete horas- para desembarazarme de los cadáveres y limpiar todo aquello.

Lo primero que hice fue arrastrar los cadáveres hasta el pozo que había en la finca y arrojarlos a su interior. Después, acumulé toda la ropa de la cama y mis propias vestimentas, manchadas de sangre, y tras hacer un fuego, las arrojé a él hasta que quedaron totalmente convertidas en cenizas. Limpié concienzudamente la habitación y el pasillo y sustituí la ropa de la cama por sábanas, colcha y almohada limpias, y luego me acosté un rato sobre el lecho con el doble objetivo de simular que había sido utilizada durante la noche y descansar un rato, puesto que la frenética labor me había agotado, pero teniendo buen cuidado de no quedarme dormido, pues eso hubiera mandado al traste todos mis planes.

Al amanecer, me levanté y lo primero que hice fue cubrir un cheque con el que pretendía retirar del banco todos los ahorros de mi suegro, que se elevaban a más de tres millones de pesetas. Para ello, falsifiqué la firma de éste, lo que no implicaba riesgo alguno, porque yo era quien habitualmente llevaba a cabo sus operaciones financieras. Sabía que la sucursal bancaria no tenía en sus arcas semejante cantidad de dinero, pero no me importaba esperar durante toda la mañana hasta que la recibieran, y me daba igual que me echaran de menos en el juzgado, porque al fin y al cabo, no iba a volver a poner los pies allí.

Salí de casa sobre las ocho de la mañana, y me crucé con la doncella, que acudía puntualmente, como cada día, a cumplir con sus obligaciones. Tras saludarla cortésmente, como siempre, le indiqué que mi mujer y sus padres habían salido muy de mañana a pasar quince días a Valladolid, a casa de unos parientes, y que no era necesario que volviera en ese período.

Acto seguido, me encaminé al banco, que ya había abierto sus puertas. Presenté el cheque al empleado, que tal y como suponía me dijo que no disponían de semejante cantidad. Le indiqué que la necesitábamos para poder efectuar una importantísima operación y que estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario hasta que recibieran el dinero, por lo que, aun a contra gusto, se vio forzado a iniciar las gestiones para que los fondos le fueran enviados desde la capital de provincia.

Me senté a esperar pacientemente la llegada del caudal. Tenía mucho tiempo para pensar fríamente cuales iban a ser mis siguientes pasos, que se concretaban en huir cuanto más lejos mejor y sin dejar el menor rastro, una vez que el dinero obrase en mi poder. Transcurrió así más de una hora, hasta que súbitamente me sentí invadido por un sentimiento de alarma. Era como si un sexto sentido me estuviese advirtiendo que algo había hecho mal. Revisé mentalmente todos los pasos que había dado desde el principio de la noche anterior, y de repente me di cuenta de algo en lo que no había caído en su momento: me había preocupado de hacer desaparecer los cadáveres, quemar la ropa manchada de sangre y limpiar la habitación del crimen, pero no me había dado cuenta de que al arrastrar los cuerpos por el exterior de la casa hasta el pozo, forzosamente tenían que haber quedado rastros de sangre de los que no me percaté hasta ese mismo instante, y a buen seguro que la doncella los había visto con la luz del día.



Viéndome perdido, decidí ponerme a salvo cuanto antes sin esperar por el dinero, y me levanté de mi asiento para salir del banco. Al hacerlo, miré instintivamente hacia el exterior, y vi que cuatro hombres se acercaban a la sucursal. Les identifiqué de inmediato: eran policías a quienes conocía por mi trabajo en el juzgado, y estaba claro a lo que venían. Me dispuse a escapar, y antes de que llegaran a la puerta del banco, salí a toda velocidad. Ellos, al verme, salieron en mi persecución. La desesperación me daba alas, y conseguí poner tierra de por medio, pero estaba tan concentrado en mi huida, que al cruzar una calle no me percaté de que un carro de reparto se me echaba encima hasta que fue demasiado tarde.

Después, no sé nada más. Este mediodía me encontré sentado en una taberna de este pueblo, y después deambulé hasta llegar a las cuadras de esta casa.

Y dicho esto, María, o más bien el ser que la poseía, soltó los cabellos de mi mujer y se encaminó a su cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Como comprenderá, no conseguimos pegar ojo en toda la noche, pero ni aun así nos atrevimos a levantarnos de la cama. Cuando amaneció, María salió de su habitación como todos los días para preparar el desayuno. Aunque la palidez de su rostro, habitualmente lozano, demostraba que algo no andaba bien, no recordaba absolutamente nada de lo sucedido durante la noche, quedando muy sorprendida cuando se lo contamos-

Mientras el matrimonio de propietarios no paraba de santiguarse, María corroboró su absoluto desconocimiento sobre el particular. Únicamente recordaba haber ido a la cuadra a apaciguar a los animales y encontrarse con un extraño ser, aunque cuando se despertó pensó que se había tratado de una pesadilla.

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Aquella misma mañana, dejando las labores del campo para otro momento, los cinco habitantes de la casa bajaron al pueblo y se dirigieron a la iglesia para hablar con el párroco, don José. Éste, un hombre de mediana edad, de extrema delgadez, al que la negra sotana en que estaba embutido hacía parecer todavía más menudo, nada más conocer su presencia, los atendió solícitamente, puesto que se trataba de buenos cristianos, todos ellos escrupulosos cumplidores de los preceptos religiosos, y en el caso de los amos -gente acaudalada- de probada adicción a la parroquia a tenor de los generosos donativos de fondos que aportaban para colaborar al mantenimiento de ésta.

Percibiendo la honda preocupación de los visitantes, los hizo pasar a la sacristía, donde tras acomodarse todos los presentes relataron al sacerdote todo lo acontecido durante la noche anterior.

La expresión de don José se fue tornando paulatinamente sombría a medida que se iba enterando de los pormenores de lo acaecido. Cuando el relato llegó a su término, el sacerdote estaba sumamente preocupado. Ordenó que los criados desalojasen la sacristía y esperaran fuera, para hacer un aparte con Francisco y su mujer:

-Francisco, esto no me gusta nada- musitó con gesto lúgubre –si esto me lo contasen otras personas, sinceramente no lo creería, pero en este caso no me queda otra opción que otorgar credibilidad a este suceso por tratarse de vosotros. Una cosa tengo clara: María estuvo poseída, y eso no es posible salvo que esté en pecado mortal-

El hacendado protestó enérgicamente:

-María en pecado? Imposible. Es la criatura más virtuosa que vi en mi vida. Desde que entró a nuestro servicio, siendo aun muy niña, no se ha movido de nuestro lado, y mi mujer, celosa de preservar su virtud, la vigila constantemente sin que halla percibido nada que lleve a pensar en lo que usted dice-

-Francisco, sabes bien que a veces se peca con el pensamiento-

-Pero es que para hacerlo, son necesarias las tentaciones, y ni eso tiene-

El empecinado cura aun replicó:

-Pues si no pecó, pecará. Las artes del demonio se adelantan a los acontecimientos. Y no se hable más. Es necesario que se confiese inmediatamente, y esta misma tarde me pasaré por vuestra casa para bendecir todos los aposentos, incluyendo por supuesto la cuadra del ganado donde tuvo lugar la diabólica aparición-

Francisco no se opuso a la petición del cura. María, a instancias de éste, lo acompañó al confesionario, donde recibió el sacramento, y aquella tarde don José subió hasta la casa de los Hidalgos para llevar a cabo la bendición, sin que nada extraño ocurriera.

Dos días después, un vecino que había viajado a la capital a hacer unas compras, entró en la taberna del pueblo preso de una gran agitación. Llevaba en su mano un periódico, y llamó la atención de todos los parroquianos para que se enterasen de la noticia que traía, y que leyó en voz alta:


TRAGEDIA EN MEDINA DE RIOSECO (VALLADOLID)
EL SECRETARIO DEL JUZGADO DE ESTA LOCALIDAD
ASESINA A PUÑALADAS A SU MUJER Y A SUS SUEGROS
Y MUERE CUANDO HUÍA DE LA POLICÍA AL SER
ARROLLADO POR UN CARRO, UNA DE CUYAS RUEDAS
PARTIÓ SU CUERPO POR LA MITAD.


La información continuaba, relatando pormenorizadamente todos los datos del macabro suceso, pero el portador de la noticia no quiso pararse en detalles, y sí quiso hacer hincapié en una foto del asesino que acompañaba a la información escrita. Cuando se la mostró a los presentes, éstos comprobaron aterrados que el hombre de la foto era sin ningún género de dudas el viajero que tres días antes había ocupado una de las mesas de la taberna.

Otro tanto ocurrió con María, que además, al conocer la forma en que aquel hombre había encontrado la muerte, tuvo un estremecimiento de pánico al recordar el macabro y revelador detalle de que la aparición que vio solo tenía medio cuerpo, que flotaba en el aire.

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Los habitantes de la casa de los Hidalgos, y muy particularmente María, no olvidaron nunca el malhadado suceso que el destino -¿o era algo más?- les había hecho vivir en primera persona. No obstante, la pujante juventud de la criada hizo que poco a poco se fuese recuperando, y su semblante mustio y taciturno se fue transformando de nuevo en la imagen de viveza y alegría que caracteriza a los adolescentes.

Así transcurrió un año, al cabo del cual, la vida en la casa había recuperado la normalidad, al irse disipando las sombras de lo acaecido durante el año anterior. A primeros de setiembre de 1922, las fiestas en honor a la Virgen de los Milagros estaban en su apogeo, y cientos de romeros invadían la ermita, situada a escasa distancia de la casa de los Hidalgos, y todo era ambiente festivo y alboroto, tanto en los habitualmente solitarios caminos que se dirigían hacia el templo, como en la explanada que lo circundaba, que, salpicada de tenderetes, era el epicentro de la romería.

La principal preocupación del vecindario del pueblo en aquellos momentos era un malhechor que llevaba muchos meses cebándose con la comarca, y rara era la noche en que algún caminante no era atacado por el bandido, quien también había asaltado algunas casas solitarias de los contornos. Iba embozado, por lo que nadie conocía su verdadera identidad.

Aquella soleada tarde de setiembre, el frío viento del nordés se dejaba sentir en la plaza mayor del pueblo, como un anticipo del otoño que estaba por llegar. La incomodidad provocada por el ligero vendaval no restaba siquiera un ápice de animación al ambiente festivo. Las vendedoras de rosquillas, la tómbola, los gaiteros, el tiovivo o el comediante que asombraba a la concurrencia con sus juegos malabares, todo ello entremezclado con el agudo sonido de la flauta del afilador, conformaban un conjunto de alharaca y jolgorio que preludiaba la verbena que iba a celebrarse poco tiempo después, amenizada por una charanga modesta, pero suficiente para mantener viva la ilusión del vecindario, deseoso de disfrutar de algo que les era negado durante el resto del año: la música y el baile.


María había acudido acompañada del matrimonio formado por Lola y Manuel. Todos ellos iban vestidos con el tradicional traje de fiesta, que realzaba la hermosura de la joven hasta el punto de que era el centro de atención de todos los solteros –y alguno que no lo era- del pueblo.


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José Rozamontes no siempre había sido un malhechor. Nacido y criado en el municipio asturiano de Sama de Langreo, entró a trabajar desde muy niño como aprendiz en una ebanistería de la localidad, donde poco a poco consiguió labrarse un porvenir ejerciendo el oficio.

Pronto se convirtió en un joven alegre y apuesto que consiguió ganarse el corazón de Azucena, que era hija del notario y además la joven más atractiva del pueblo, pero eso significó la caída en desgracia de José, a quien había salido un duro oponente en Antonio Menéndez, el cabo de carabineros, quien también pretendía a Azucena, y se tomó el noviazgo de los dos jóvenes con escasa caballerosidad, puesto que desde ese momento el panadero pasó a ser blanco de todo tipo de presiones y ofensas por parte de su uniformado oponente.

José era de carácter impulsivo y peleón, y no era difícil que se colmara el vaso de su paciencia, aunque hasta la fecha no se le conocían pendencias de consideración. Y así fue: una noche de farra, el encuentro de los dos rivales en una taberna a altas horas de la noche con el sentido común empapado en alcohol, y un cuchillo que nadie sabía muy bien de donde había salido quedó enterrado en el pecho del carabinero, que murió instantáneamente.

Todas las expectativas de futuro que tenía se fueron al traste en un instante de irreflexión, como el cántaro de la lechera del cuento. José tuvo que huir de allí para salvar el pellejo, pues era más que seguro que en caso de ser atrapado hubiera sido condenado a la ejecución en el garrote vil. Tuvo el tiempo justo de ir a su casa y coger lo más imprescindible antes de que acudieran a detenerlo.

Consiguió llegar a Galicia, donde anduvo una larga temporada a salto de mata hasta que finiquitó los escasos ahorros que poseía, circunstancia que concurrió a los dos o tres días de llegar a La Coruña. Con sus últimos céntimos adquirió una navaja albaceteña de las denominadas “capaoras” y, embozándose mediante bufanda y sombrero para no ser reconocido, asaltó al primer transeúnte que se topó en un lugar solitario, amparado por la oscuridad de la noche. Y de esa forma tan simple tuvo su inicio una carrera de salteador que llegó a llenar portadas de periódicos.

Pronto empezó a ser famoso en la capital, por lo que su busca y captura era tema prioritario para la policía, preocupación incrementada porque ya había dejado una estela de un par de muertos tras de sí, así que llegó a la conclusión de que había que cambiar de aires, y pensó que lo mejor era hacerlo al medio rural, donde la vigilancia policial era menos intensiva.

Como no tenía prisa por dar nuevos golpes, porque su cartera estaba repleta para una buena temporada, decidió tomarse un descanso en sus correrías y se instaló en un pueblo de la comarca de Bergantiños, que en el futuro iba a ser su centro de operaciones.

Se dedicó durante un par de meses a conocer el terreno, recorriendo los caminos de los contornos, y conociendo poco a poco los atajos y vericuetos que le servirían para llevar a cabo sus acciones delictivas y facilitarle una posterior huida.

Pronto reinició sus ataques. Sus primeras víctimas fueron campesinos a quienes seleccionaba cuidadosamente vigilando las transacciones realizadas en las ferias y mercados de la comarca, y al poco tiempo decidió cambiar de estrategia asaltando, ya con armas de fuego, varias casas aisladas pertenecientes a terratenientes y labradores de buena posición.

La cifra de muertos se fue incrementando en similar medida al caudal de José.

Pero a éste también le gustaba divertirse, y por ello acudió aquella tarde a la celebración de las fiestas en honor a la Virgen de los Milagros.

La plaza Mayor estaba repleta de gente, y la algarabía era más que notable, con la verbena a punto de comenzar. José se fijó en una joven que estaba acompañada de una pareja de más edad, y se quedó prendado al instante: era tan hermosa como la añorada Azucena. No le sacó ojo hasta que se inició la música, momento que aprovechó para invitarla a bailar.

María, al ver ante sí a aquel hombre elegante y de buena estampa, no dudó en aceptar la invitación, previo beneplácito de Manuel y Lola, que ejercían de carabinas en ausencia de sus amos.

Estuvieron bailando durante toda la velada, y aunque el matrimonio acompañante no les quitaba la vista de encima, tuvieron tiempo de decirse muchas cosas. José, evidentemente forzado a mentir, le dijo que vivía en una localidad de las proximidades, donde había heredado una propiedad de unos tíos suyos, que tenía a la venta, aunque estaba pensando ya en quedarse a vivir allí. Ella, por su parte, le contó que desde niña estaba sirviendo en una casa de los alrededores, perteneciente a unos acaudalados labradores.

Este dato no cayó en saco roto. José, viendo posibilidades de sacar una buena tajada, con mucha habilidad comenzó a sonsacar a María datos sobre la seguridad establecida en la casa, los dineros y alhajas que podía haber en ella, y su posible localización. La inocencia de la sirvienta hizo que se enterase de todo lo que le convenía y, percatándose de que aquello podía llegar a ser un golpe más que viable y con un elevado botín, comenzase a trazar un plan para asaltar la propiedad.

Cuando terminó la fiesta y se despidieron, no sin que antes el malhechor, a quien los acontecimientos de la vida habían trastocado su carácter hasta convertirlo en un personaje cínico, le hiciera mil promesas de amor, mientras que por la mente le pasaban cosas totalmente distintas, teniendo ya su asechanza perfectamente maquinada, amén del firme propósito de llevarla a cabo cuanto antes.

Pocos días después, María y José pensaban mutuamente el uno en el otro. Ella, que se había enamorado perdidamente a lo largo de una sola velada, solo anhelaba volver a ver a su amado. Él, a quien la joven no interesaba en absoluto, salvo para un posible rato de esparcimiento, lo único que en realidad pretendía era desvalijar la casa de los Hidalgos.

Así que esperó hasta que oscureciera, y pasada ya la medianoche, embozado como era su costumbre cuando practicaba la depredación, saltó la muralla tras encaramarse a ella por la parte más accesible de la misma, de la que se había informado previamente a través de la sirvienta, con el firme propósito de saquear en aquella casa todo lo de valor que encontrase.

Armado de pistola y con un cuchillo al cinto, arrojó varios trozos de carne y huesos que previsoramente llevaba, a los perros guardianes, que acudieron al sentir ruido, con objeto de que se mantuvieran entretenidos y no ladraran, cosa que logró sin dificultad.

Se aproximó sigilosamente a la casa, presumiendo que sus habitantes estaban durmiendo, a la vista del silencio total y no percibir asomo de luz. Las puertas y ventanales de la planta baja estaban cerradas a cal y canto, pero pudo comprobar que en el piso de arriba una de las ventanas estaba entreabierta.

Tanteó las paredes de la casa. Eran de gruesos bloques de granito, entre los cuales había junturas cuyo desgaste propiciaba, para una persona ágil como él, la posibilidad de trepar hasta alcanzar el ventanal.

Fue ascendiendo lentamente pero sin mayores dificultades. Pero había algo con lo que él no contaba. En aquellos días habían procedido a la matanza y el despiece de varios ejemplares porcinos, como era costumbre hacer cuando el invierno se avecinaba, y esa misma noche, María estaba cocinando los tocinos del cerdo para hacer grasa líquida, necesaria para usos culinarios.

Aquello ya estaba a punto, y la sirvienta se preparó para sacarlo de la lumbre cuando, en la quietud de la noche, sintió un extraño ruido en el exterior; era como si fuera un roce. Miró por la ventana de la cocina, sita en el piso bajo, y no vio nada, por lo que se dispuso a seguir con su labor. Nuevamente volvió a oir ruidos y le pareció que éstos se producían un poco más arriba, por lo que se decidió a subir a las habitaciones del primer piso. Lo hizo con sigilo, algo atemorizada por lo que se podía encontrar –aunque no lo suficiente como para despertar a los restantes moradores de la casa-. Llegó al lugar a cuya altura le pareció haber identificado aquellos leves sonidos. Era una pequeña habitación desocupada, que se venía utilizando para guardar ropa vieja. Penetró en ella con el corazón en vilo, y vio que la ventana estaba entreabierta. Se asomó a ella, y contempló horrorizada como un hombre, con la cara tapada, trepaba por la pared y estaba casi a punto de alcanzar el alfeizar. Huyó de allí despavorida, sin saber que hacer, hasta que recordó la grasa que se estaba cocinando en el piso de abajo.

Mientras tanto, José acababa de comprobar que había sido descubierto cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo. Se tranquilizó un tanto al ver que se trataba de María, y que bien podía hacerla creer que la finalidad de su visita obedecía a motivos románticos y no criminales, así que decidió acceder a la casa a cara descubierta, y procedió a desembozarse.

Se asió al borde de la ventana, y se encaramó hacia el interior de la habitación, pero en ese mismo instante vio la cara de la criada, justo en el momento en que se vio invadido por el más horrible de los dolores: le había arrojado el contenido una olla llena de hirviente grasa.

El sufrimiento le venció y cayó desde lo alto, aunque apenas notó el dolor de las magulladuras, absorbido por el tormento de las quemaduras. Los gritos de horror de María, que en última instancia le había identificado, aunque demasiado tarde, se mezclaban con los alaridos de dolor que José lanzaba mientras huía lejos de allí, dejando tras de sí una estela de intenso olor a carne quemada. Cuando los restantes habitantes de la casa, alertados, llegaron a donde estaba María, ésta se hallaba en el paroxismo de la locura y decía frases incongruentes.

El cuerpo de José fue descubierto dos días más tarde al borde de la playa, bañado por la barba de la marea. Se llegó a la conclusión de que, no pudiendo resistir el rabioso dolor inflingido por las quemaduras, se había arrojado al mar para no tener que soportar más aquel tormento.

María, por su parte, quedó completamente trastornada por el horror del acontecimiento que le había tocado vivir en primera persona. Por eso, a nadie le sorprendió que una mañana apareciera ahorcada en una de las cuadras de la casa, justo aquella en la que, un año antes, había tenido el encuentro con aquel desconocido.

Lo que nadie sabía era que durante la noche anterior había acudido allí al percibir un intenso olor a carne quemada, y sin que sus manos portasen cuerda alguna.

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