TERCERA PARTE
LA CIUDAD LIBERAL
INTRODUCCIÓN
En 1808, La situación política de España estaba pasando por momentos de incertidumbre. Reinaba a la sazón Carlos IV de Borbón, que se había hecho con las riendas del país hacía casi veinte años. No era un mal monarca, pero durante su reinado, aparte de errores propios, que los hubo y muchos, se dieron una serie de circunstancias sumamente adversas que hicieron que España se fuese sumiendo en una y otra crisis, provocadas incluso por sucesos ajenos a la política propia, tales como el estallido de la revolución francesa, que en 1789 había provocado el nerviosismo de la corona, la cual, ante el riesgo de que se propagasen las ideas revolucionarias nacidas en el país vecino, llegó incluso a establecer un riguroso control de fronteras, al tiempo que ejercía una fuerte presión diplomática en apoyo a Luis XVI, que a la larga resultó completamente estéril, pues tanto el monarca francés como su esposa María Antonieta fueron finalmente ejecutados.
El mayor error de Carlos IV, que marcó los principales fracasos de su reinado, había sido confiar en las personas equivocadas, aunque en ello tuvo bastante que ver su propia esposa, María Luisa de Parma, que prácticamente le había impuesto ceder todo el poder al presunto amante de ésta, Manuel Godoy, que era en realidad quien tomaba las decisiones.
Godoy, antiguo guardia de Corps, había ido creciendo en la corte y asumiendo cada vez mayor poder gracias al favor de la reina, lo que le impulsó a situarse rápidamente en la cumbre del gobierno
Su política fue contradictoria y de grandes claroscuros, ya que a gravísimos errores hay que sumar grandes aciertos; siempre se advirtió en él el deseo de racionalizar el sistema económico y social de su país. La muerte de Luis XVI en la guillotina hizo inevitable la guerra con Francia, desarrollada con diferente fortuna hasta la paz de Basilea, en 1795, lo que valió a Godoy el título de Príncipe de la Paz. Los cambios ocurridos en Francia con el Directorio facilitaron una política de alianza entre España y esta potencia, sellada con el tratado de San Ildefonso, en 1796. Durante esta alianza, Godoy dirigió la victoriosa guerra contra Portugal, conocida con el nombre de Guerra de las Naranjas. Otras circunstancias esclarecedoras de que no todo puede considerarse negativo durante su gobierno, fueron que impulsó la desamortización de bienes de manos muertas y abolió la inquisición.
En 1798, Godoy cayó en desgracia, siendo sustituido en el poder por el nuevo amante de la reina, Mariano Luis de Urquijo, pero dos años después lo recuperó, valiéndose de numerosas intrigas y pactos contra natura con el Directorio francés, pactos que a la larga se volvieron en su contra, pues en 1806, ya con Napoleón Bonaparte en la cúspide del poder, deseoso de convencer a París de su lealtad, no solo tuvo que cumplir escrupulosamente una serie de compromisos previos, con pagos de subsidios que sumieron al país en una delicada situación económica, sino que se vio forzado a adherirse al bloqueo continental exigido por Bonaparte -un embargo comercial consistente en la prohibición del comercio de productos británicos en el continente europeo-, con lo cual se alineó con los franceses contra los intereses de la Gran Bretaña, decisión completamente errónea, pues su enemistad con el gobierno británico desembocó en uno de los desastres bélicos de consecuencias más graves de toda la historia de España, la derrota de Trafalgar.
Batalla de Trafalgar
Estos hechos redundaron en un empobrecimiento y desgobierno de España y la transformaron en presa fácil para la ambición de Napoleón, que consiguió que pasase a ser un país satélite de Francia.
Pero en medio de tanta sumisión por parte del gobierno, algo se estaba gestando entre el pueblo. Un movimiento inicialmente perezoso, pero que poco a poco fue despertando como una fiera dormida.
El mes de octubre de 1807 fue crucial para el futuro de España. Godoy había descubierto y puesto en conocimiento del rey Carlos la conspiración urdida por su hijo, el príncipe de Asturias, y una parte importante de la nobleza, para arrebatarle el trono. Ello provocó un proceso contra los conjurados que se celebró en El Escorial a principios de dicho mes.
El príncipe Fernando, tras admitir su culpabilidad, solicitó y obtuvo el perdón Real a cambio de delatar a sus cómplices, actitud que dejaba entrever la catadura moral del infante. A pesar de ello, todos fueron declarados inocentes por el Consejo de Castilla, órgano máximo del poder judicial en España, lo que da una idea de los importantes apoyos con que contaba la conjura y la magnitud de ésta.
El 27 de octubre, Godoy y Napoleón Bonaparte firmaron el tratado de Fontainebleau, que estipulaba el paso de las tropas francesas por territorio español para invadir Portugal, aliado de Inglaterra, que se había posicionado en la negativa a participar en el bloqueo continental. Según el tratado, tras la invasión Portugal quedaría dividido en tres partes, de las cuales la situada más al sur quedaría para Godoy, quien ostentaría el título de rey, y la del centro bajo el dominio de España.
Aquella maniobra fue muy similar a la del legendario Caballo de Troya. Las tropas francesas, al mando de Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, entraron por los Pirineos y fueron ocupando las plazas que iban encontrando a su paso, entre ellas Barcelona y Pamplona, llaves de la frontera.
Ante esto, los miembros de la nobleza adversarios de Godoy, dirigidos por el Príncipe de Asturias, vieron llegada su oportunidad y aprovecharon el descontento popular, consiguiendo enfocarlo hábilmente contra su oponente.
El 17 de marzo de 1808, el enardecido populacho asaltó el palacio de Godoy en Aranjuez y fueron quemados todos sus enseres. El propio Godoy tuvo que permanecer durante día y medio oculto en un rollo de esteras en la buhardilla para no ser linchado, siendo posteriormente descubierto y estando a punto de perecer a manos de la muchedumbre, fue finalmente salvado por guardias de Corps que le condujeron a su cuartel. Finalmente el rey pidió a su hijo Fernando que le protegiera, y a cambio de ello dos días después Carlos IV fue obligado a abdicar en su persona, que pasó a ocupar el trono como Fernando VII.
Pero aquello no era más que la agonía de un régimen que daba sus últimos estertores. Cuando el nuevo monarca se presentó en Madrid como rey de España, la capital ya se encontraba ocupada por el ejército de Murat, que tomó como prisioneros tanto al nuevo rey como a su padre y al resto de la familia, a quienes envió a Francia.
Esa circunstancia encendió la mecha de la rebelión. El dos de mayo de 1808, día en que el último miembro de la familia real, el infante Francisco, partía hacia el exilio, al grito de: ¡Que nos lo llevan!, el gentío penetró en el palacio. El infante se asomó a un balcón aumentando el bullicio en la plaza. Este tumulto fue aprovechado por Murat, el cual despachó rápidamente a un batallón de granaderos de la Guardia Imperial al palacio, acompañado de artillería, que disparó contra la multitud. Al deseo del pueblo de impedir la salida del infante, se unió la de vengar a los muertos y la de deshacerse de los franceses, y la lucha se extendió por todo Madrid.
Los madrileños descubrieron en ese instante las exigencias de la guerra callejera: constitución de partidas de barrio comandadas por caudillos espontáneos; obligación de proveerse de armas -luchaban navajas frente a sables- y sobre todo, la necesidad de impedir la llegada de nuevas tropas francesas.
Todo esto no fue suficiente y Murat pudo poner en práctica una táctica tan sencilla como eficaz. Cuando los madrileños quisieron hacerse con las puertas de la cerca de Madrid para impedir la llegada de las fuerzas francesas acantonadas en las afueras de la capital, el grueso de las tropas de Murat -unos 30.000 hombres- ya había penetrado en la ciudad, tras efectuar un movimiento concéntrico para adentrarse en Madrid.
Si bien la resistencia al avance francés fue mucho más eficaz de lo que Murat había previsto, especialmente en la Puerta de Toledo, la Puerta del Sol y el Parque de Artillería de Monteleón, esta operación permitió a Murat someter a Madrid bajo la jurisdicción militar. Esto se tradujo en tratar a los madrileños como rebeldes. Puso igualmente bajo sus órdenes a la Junta de Gobierno.
Poco a poco, los focos de resistencia fueron cayendo. Acuchillamientos, degollamientos, detenciones... Mamelucos y Lanceros napoleónicos extremaron su crueldad con el pueblo madrileño. Cientos de españoles, hombres y mujeres, y soldados franceses murieron en esta refriega. Mientras tanto, los militares españoles permanecieron, siguiendo órdenes del capitán general Francisco Javier Negrete, acuartelados y pasivos. Sólo los artilleros del parque de Artillería sito en el Palacio de Monteleón desobedecieron las órdenes y se unieron a la insurrección. Los héroes de mayor graduación fueron los capitanes Luis Daoíz y Torres -que asumió el mando de los insurrectos por ser el más veterano- y Pedro Velarde Santillán. Con sus hombres se encerraron en el Parque de Artillería de Monteleón y, tras repeler una primera ofensiva francesa al mando del general Lefranc, murieron luchando heroicamente ante los refuerzos enviados por Murat.
El Dos de Mayo de 1808 no fue la rebelión del Estado español contra los franceses, sino la del pueblo español contra el ocupante tolerado -por indiferencia, miedo o interés- por gran cantidad de miembros de la Administración. De hecho, la entrada de las tropas francesas se había producido legalmente, al amparo del Tratado de Fontainebleau, cuyos límites sin embargo pronto vulneraron, excediendo el cupo de fuerzas permitido y ocupando plazas que no estaban en camino hacia Portugal, su supuesto objetivo.
La Carga de los Mamelucos antes citada, era el fiel ejemplo de las características de la confrontación: profesionales perfectamente equipados -los mamelucos o los coraceros- frente a una multitud prácticamente desarmada, con presencia activa en el combate de mujeres, algunas de las cuales perdieron incluso la vida, como Manuela Malasaña o Clara del Rey. En definitiva, que estos enfrentamientos estaban representados casi exclusivamente por el pueblo de un lado y el ejército francés por el otro.
La represión fue cruel. Murat, no conforme con haber aplacado el levantamiento, se planteó tres objetivos: controlar la administración y el ejército español; aplicar un riguroso castigo a los rebeldes para escarmiento del resto de los españoles; y confirmar que era él quien gobernaba España. La misma tarde del 2 de mayo firmó un decreto por el que se creó una comisión militar, presidida por el general Grouchy, para sentenciar a muerte a quienes hubiesen sido cogidos con las armas en la mano, siendo arcabuceados todos cuantos durante la rebelión habían caído prisioneros.
El Consejo de Castilla publicó una proclama en la que se declaró ilícita cualquier reunión en sitios públicos y se ordenó la entrega de todas las armas, blancas o de fuego. Militares españoles colaboraron con Grouchy en la comisión militar. En estos primeros momentos, las clases pudientes se inclinaron por el triunfo de las armas de Murat antes que el de los patriotas, compuestos únicamente de las clases populares.
En el Salón del Prado y en los campos de La Moncloa se fusiló a centenares de patriotas. Alrededor de mil españoles perdieron la vida en el levantamiento y los fusilamientos subsiguientes.
Murat pensaba, sin duda, haber acabado con los ímpetus revolucionarios del pueblo español, habiéndole infundido un miedo pavoroso. Sin embargo, la represión tuvo un efecto totalmente contrario: la sangre derramada no hizo sino inflamar los ánimos y encender la mecha del inicio de la lucha en toda España contra las tropas invasoras.
La misma tarde del 2 de mayo, llegaron a la villa de Móstoles las horribles noticias traídas por los fugitivos de la represión en la capital. Un destacado intelectual y político, Juan Pérez Villamil, fue el autor de un bando que firmaron los alcaldes del pueblo -Andrés Torrejón y Simón Hernández- un bando por el que se instaba a todos los españoles a empuñar las armas contra el invasor y acudir en socorro de la capital.
Dicho bando dio origen al levantamiento general, cuyos primeros movimientos fueron los que promovieron el corregidor de Talavera de la Reina, Pedro Pérez de la Mula, y el alcalde Mayor de Trujillo, Antonio Martín Rivas: ambas autoridades prepararon alistamientos de voluntarios, proveyéndoles con víveres y armas para acudir al auxilio de Madrid, lo que corrió como un reguero de pólvora por toda la piel de toro.
La suerte estaba echada.
La ciudad de La Coruña había experimentado una fuerte pujanza en aquellos inicios de siglo. El crecimiento industrial era el responsable de aquella bonanza. El ramo principal era el de las lencerías, y entre ellas sobresalía la Real Maestranza de Mantelería, ubicada desde muy antiguo en San Andrés, que surtía de este artículo al palacio real, compitiendo con las famosas mantelerías de Alemania en elegancia y primor de los trabajos. Había además ciento veinte telares esparcidos por la población y una importante fábrica de sombreros que daba trabajo a 140 operarios de ambos sexos y cuarenta aprendices.
Sobre la ensenada del Orzán, en el Caramanchón, en un edificio que había sido de provisiones militares, varios particulares fundaron una fábrica de vidrios planos y curvos, que se elaboraban en dos hornos de gran calidad, de los que salía un vidrio con la pureza y transparencia del cristal, lo que facilitaba su considerable consumo, con embarques de grandes cantidades a diversos puntos de la costa cantábrica y el mediterráneo, y envíos al interior de la península.
La pesca continuaba siendo uno de los pilares en que se asentaba la economía coruñesa, con unas considerables capturas anuales, entre las que destacaban las de la sardina -sobrepasaban los ochenta mil millares-, y en menor medida, aunque también trascendentes, otras especies, como bacalao, pescada y congrio.
Pero lo que realmente había dado un impulso definitivo en el avance industrial de la capital era la fábrica nacional de cigarros, inaugurada en el arenal de la Palloza un par de años antes, que ocupaba dos vastos edificios y un terreno grande y cercado, local en otro tiempo de los correos marítimos, que se decidió ocupar de esta guisa al trasladarse éstos a Ferrol en 1802. Daba empleo a casi dos mil trabajadoras, lo que la convertía en una de las principales de su clase en todo el reino.
Este crecimiento industrial había acarreado un notable incremento en la población debido a la inmigración de localidades próximas en busca de trabajo, con lo que la construcción de casas era otro de los motores que impulsaban el avance de la ciudad.
Pero al margen de la favorable evolución económica de la urbe, el panorama político no corría parejo a aquella bonanza. La Coruña y sus habitantes, quizás por el carácter que imprime el hecho de estar abierta al mar, y por ende al tráfico marítimo, siempre se distinguieron por una personalidad marcadamente abierta y liberal.
Se veía venir que la época que se estaba viviendo con inquietud, no era sino preludio de algo infinitamente peor que todavía estaba por llegar. Y en esos duros momentos es cuando el ser humano muestra su verdadera cara. Esta es la historia de unos cuantos ciudadanos que demostraron el amor que sentían por su nación y la fidelidad que mostraron a quien creían su legítimo soberano, quien de ninguna manera correspondió al sacrificio de aquellos héroes, muchos de los cuales dieron su vida en el empeño y otros no hubieran dudado en hacerlo si ello fuese menester, no por avidez de gloria, sino por el hermoso ideal de recuperar la libertad y la independencia de su patria.
CAPITULO I
EL LEVANTAMIENTO EN LA CORUÑA
En marzo de 1808, Diego de Mendoza tenía 28 años. Había gozado de una infancia y adolescencia felices, contrariamente a las vicisitudes que tuvieron que soportar por distintas circunstancias sus antecesores por la rama paterna, tanto su propio progenitor como su abuelo, temprana y trágicamente desaparecido. Su plácida existencia había transcurrido junto a sus padres, Alejandro y Mercedes, sus hermanos, Emilio e Isabel y su abuela Elisa.
Alejandro de Mendoza hacía ya algunos años que había abandonado su gran pasión de navegar, y centraba su actividad en el control de varios buques de su propiedad, dedicados unos al transporte de mercancías al norte de Europa y al continente americano y los restantes a la pesca, negocios ambos que marchaban de forma más que floreciente.
Isabel se había casado hacía algo menos de un año con Juan Montenegro, un joven y prestigioso abogado de la ciudad, y había pasado a residir cerca del domicilio familiar, con lo que continuaba manteniendo con ellos un contacto cotidiano.
No era ese el caso de Emilio, quien cinco años antes había partido hacia América a bordo de la corbeta María Pita, formando parte de su tripulación, para llevar a cabo el ambicioso y humanitario proyecto Balmis, gloriosa empresa cuya finalidad era erradicar la viruela en el nuevo mundo por medio de la propagación de la vacuna descubierta por el inglés Jenner. Una parte de los componentes de la expedición habían regresado hacía ya más de dos años, tras un periplo de 24 meses, en los que habían dado la vuelta al mundo expandiendo la vacuna, pero Emilio no lo había hecho, al formar parte de los expedicionarios que se habían quedado en el continente americano para difundir la vacuna a lo largo y ancho de aquellos inmensos territorios. Nada se sabía de él, ni siquiera si estaba vivo o muerto, y la familia estaba sumida en la tribulación que provocaba aquella cruel incertidumbre.
El mero hecho de pertenecer a la estirpe de los Mendoza imprimía un carácter aventurero, contestatario y romántico, pero también una personalidad independiente, lo que en el caso de Diego había desembocado por unos derroteros diferentes al resto de su familia y le había convertido en un bohemio con alma de artista. Contrariamente a su padre y hermano, no sentía predilección por el mar, aunque tampoco aversión alguna. Sus inquietudes estaban más vinculadas a las artes y las letras, para lo que mostraba buenas aptitudes, que a la carrera de las armas, que era lo que su padre había pretendido y esperado siempre de él. Se había empeñado en no ser militar, y lo había conseguido. Tras completar los estudios de filosofía y letras hacía ya seis años, poco después había logrado acceder a una cátedra en la escuela de gramática, y se dedicaba a la enseñanza, aunque el tiempo libre lo destinaba a sus grandes aficiones: escribir y pintar. Cuando no estaba encerrado en su estudio, pergeñando alguna historia que plasmar en el papel, no era extraño verle en cualquiera de los promontorios que coronaban la ciudad dibujando un paisaje o ante uno de sus monumentos, tratando de inmortalizarlo con el pincel.
Pese a ser elegante, apuesto, y de carácter extrovertido, no se le conocían amoríos. Cuando acudía a cualquier acto social, tales como los bailes en el círculo recreativo –la sociedad más distinguida de La Coruña- o representaciones líricas y dramáticas, a las cuales era muy aficionado, en el nuevo teatro construido por Nicolás Settaro entre las calles de la Franja, Florida y Trompeta, o simplemente paseando con sus amigos por la Reunión, eran numerosas las muchachas de la ciudad que se interesaban por él, pero Diego prefería dejarlo para más adelante, o hasta que apareciese en su vida la mujer adecuada.
Su vida social estaba vinculada a los cuatro hermanos del Barco –Diego, Agustín, Pedro y José-, que residían muy cerca de su casa, en el número 49 de la Calle Real, en pleno ensanche. Eran hijos de Pedro del Barco y España, insigne marino que había sido el sustituto de Alejandro de Mendoza, padre de Diego, como capitán de la corbeta María Pita en la expedición Balmis –al estar éste aquejado de un proceso infeccioso del que afortunadamente se recuperó poco después-. Todos los hermanos del Barco habían seguido la carrera de las armas, al tener distintas inquietudes que Diego de Mendoza, circunstancia que no afectaba ni un ápice a su profunda amistad, que era un calco de la que se profesaban sus ascendientes.
Formaba parte de aquella camarilla Juan Díaz Porlier, también perteneciente a la milicia, quien pese a su extrema juventud –contaba tan solo con 19 años- tenía la experiencia militar de un veterano. Se le apodaba El Marquesito, por comentarse entre la sociedad coruñesa que en realidad era hijo natural del Marqués de la Romana, Pedro Caro Sureda, algo que de ningún modo estaba acreditado, aunque a él nunca le ofendió aquel apelativo.
Natural de Cartagena de Indias, había llegado a España en 1802, acompañando a su tío y protector Rosendo Porlier y Asteguieta, combativo marino. Ello le hizo ser testigo, a muy temprana edad, de escaramuzas marítimas protagonizadas por su tío a través de los sucesivos destinos de éste en los buques de la armada Neptuno, Argonauta y Príncipe de Asturias. Llegó a entrar en combate durante el verano de 1805 contra la escuadra del almirante británico Calder frente al Cabo de Finisterre, y fue testigo de excepción y también combatiente en el desastre de Trafalgar el 21 de octubre de ese mismo año, viendo con sus propios ojos como la cobardía del almirante francés Villeneuve, que se batió en retirada cuando lo tenía todo a su favor, daba al traste con las posibilidades de éxito de la armada franco-española, provocando una dolorosa e inesperada derrota frente a la escuadra del inglés Nelson.
Batalla del cabo Finisterre
Todos estos avatares forjaron en él una fuerte personalidad y un profundo espíritu militar. Tras aquella amarga experiencia, en 1806 consiguió proveerse de las credenciales de capitán de infantería –su ilusión era ser marino pero no quedaban barcos de guerra en España- y obtener un destino en el regimiento de Mallorca.
A mediados de 1807 se había afincado en La Coruña, donde residían unos familiares suyos, a la espera de un nuevo destino, que iba a producirse de forma inminente.
Aquella luminosa tarde de abril de 1808, el grupo dio un paseo por la ciudad, sobrepasando sus límites por la torre de abajo e internándose por las huertas de Garás y el camino de Eirís. Mientras caminaban el tema de conversación se centró en la desconcertante situación política por la que atravesaba el país, a raíz de las noticias recibidas en aquellos días en relación con los sucesos acaecidos en Aranjuez, donde el palacio de Manuel Godoy había sido asaltado por la población, y este suceso terminó desembocando en la abdicación del Rey Carlos a favor de su hijo Fernando, Príncipe de Asturias, aunque éste se vio forzado a devolver la corona a su padre a instancias del emperador Napoleón. Finalmente, tanto Godoy como la familia real en pleno habían sido obligados a exiliarse en Francia, dejando el poder teóricamente en manos de la Junta de Gobierno de Madrid, aunque la cruel realidad era que quienes lo ostentaban eran los franceses.
Mientras los hermanos del Barco y Juan Díaz Porlier consideraban a Godoy como enemigo de la nación, mitificando enfervorizadamente la figura del nuevo rey, Fernando VII, Diego de Mendoza adoptó una actitud mucho más prudente.
-Un hombre que delata a sus compañeros de conspiración para salvarse no me parece digno de confianza- dijo recordando los acontecimientos ocurridos pocos meses antes, durante el proceso de El Escorial.
Díaz Porlier rebatió su argumento:
-Recuerda que los conjurados fueron declarados inocentes por el Consejo de Castilla, lo que indica que el entonces Príncipe de Asturias sabía que no estaba exponiendo a sus compañeros-
-Si así fuera, debería mantener su fortaleza de ánimo y apechugar con las consecuencias de sus actos sin acceder a la delación. El resultado hubiera sido el mismo pero su imagen hubiera salido reforzada ante el pueblo, aunque bien es verdad que el pueblo solo cree lo que quiere creer-
Aquellas discrepancias en torno a la figura del nuevo rey dieron lugar a una agria discusión, en la que salió a relucir la ocupación que el ejército francés estaba haciendo, de forma cada vez más descarada, sobre las principales plazas de la nación por la negligencia de Manuel Godoy.
Diego de Mendoza no daba su brazo a torcer.
-No estoy diciendo que Godoy esté exento de culpa. Ha cometido muchos errores y los está pagando, pero eso no significa que Fernando VII sea un personaje de fiar. Dios quiera que me equivoque, pero el tiempo nos dirá si tengo o no razón-
La disputa terminó sin que la sangre llegase al río, pero también sin que nadie llegase a cambiar de opinión.
Aquella noche, cuando Diego llegó a casa, notó a sus padres preocupados, cosa no habitual, porque a excepción del hecho de carecer de noticias sobre su hermano Emilio, algo que ya estaba asumido desde hacía bastante tiempo, no había otros problemas que les afectasen directamente. En un principio achacó aquel cambio de actitud de sus progenitores a los últimos acontecimientos políticos, que no invitaban precisamente al optimismo, pero pronto se dio cuenta de que había algo más.
Alejandro de Mendoza, su padre, fue el encargado de hacérselo saber.
-Tu abuela se encuentra bastante mal. Ha venido el médico y nos ha dicho que nos preparemos para lo peor. Su corazón está muy delicado-
Diego no contaba con aquello. Pese a su edad –rondaba los ochenta años- la abuela Elisa aunaba una vitalidad impropia de la senectud con una salud de hierro, y nadie recordaba que hubiese sufrido ni un solo achaque en su vida. Le cayó el alma a los pies porque, al igual que el resto de la familia, adoraba a aquella dulce anciana. Quiso ir a verla a su habitación, pero se lo desaconsejaron.
-Es preferible que la dejemos descansar. El doctor ha dicho que no debe esforzarse-
Pero Diego, temeroso de no volver a verla con vida, insistió tanto que fueron incapaces de contrariarle.
-Pasa a verla, pero solo un momento-
Diego accedió al dormitorio de su abuela con cuidado de no hacer ruido, para no interrumpir su sueño. Pero no dormía, pese a lo sosegado de su respiración. El cuarto estaba en penumbras, pero distinguió el brillo de sus ojos.
-Hola abuela; ¿cómo te encuentras?-
-Mi querido Diego. Esto se acaba-
Las lágrimas afloraron a los ojos de Diego, pero ella le sonrió.
-No estés triste por mí. Pronto me reencontraré con mi querido Álvaro, tu abuelo, que hace tantos años que me espera en el cielo. Sabes bien como lo he echado de menos-
Eso era cierto. Desde muy niño, Diego había estado escuchando de labios de Elisa todos los pormenores de la corta, pero intensa y azarosa vida de su abuelo Álvaro y aquellos relatos habían conseguido insuflar en Diego, pese a no haberle conocido, un profundo cariño y admiración por él.
Decidió dejarla descansar, y tras besarla amorosamente, abandonó la habitación.
Esa misma noche, su madre acudió a despertarle. El estado de salud de Elisa había empeorado. Tras vestirse apresuradamente, corrió a casa de su hermana para avisarla. El desenlace era inminente.
Y así fue. Antes de que salieran las primeras luces del alba, Elisa fallecía, rodeada de sus seres queridos.
Las exequias se celebraron dos días después en el cementerio parroquial de Cayón, donde sus restos mortales reposaron junto a los de su añorado esposo Álvaro, ante numerosísimos testigos.
Durante los primeros días de mayo comenzaron a llegar noticias de Madrid. El pueblo se había sublevado contra las tropas invasoras de Napoleón, alzándose en armas junto a una pequeña facción del ejército encabezada por los tenientes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde, que habían hecho caso omiso a las órdenes de no intervenir en el conflicto recibidas de sus superiores.
Pero la falta de preparación militar de los rebeldes, cuyas fuerzas estaban constituidas por ciudadanos de a pie, y la precariedad de su armamento, condujeron al desastre. Fueron contundentemente repelidos por los franceses, que provocaron una horrible masacre, inicialmente mediante una carga de los temibles Mamelucos y más tarde por el inmediato fusilamiento de los sobrevivientes y heridos. No obstante, el alzamiento no fue en vano, porque la llama de la rebelión estaba prendida, y ello comenzó a notarse en otros puntos de la nación.
Pronto se conoció que en Asturias, León y otros territorios del país se habían producido nuevas sublevaciones, aunque por lo contradictorio de las noticias no se sabía muy bien el grado de éxito de aquellas tentativas, si bien los rumores acerca del levantamiento en Oviedo hablaban de que se habían apoderado de armamento y formado la Junta del Principado, organizando un cuerpo de diez mil hombres.
En La Coruña, los ánimos de la población estaban soliviantados desde que se conocieron los sucesos de Madrid, pero se encendieron aun más con la aparición del oficial francés Mongat, comisionado para tomar posesión de los arsenales de armas y artillería de la tropa allí existente y para inspeccionar el estado del país gallego.
Desde Madrid, Murat seguía con especial interés los sucesos de La Coruña por tratarse la ciudad de la principal plaza militar del norte de España. Tratando de combinar la diplomacia con el rigor, decidió enviar a Galicia como Capitán General a alguien que gozase de su entera confianza y que al propio tiempo no despertara los recelos de los patriotas. Esta persona era el italiano Antonio Filangieri, de una de las familias más ilustres de Nápoles, que desde hacía años prestaba sus servicios en el ejército español.
En espera de la inminente llegada de Filangieri ostentaba provisionalmente el mando el mariscal de campo Francisco Biedma, hombre poco apreciado tanto por sus propios subordinados como por los vecinos de la ciudad, tanto por su carácter excesivamente orgulloso como por tratarse de un conocido simpatizante de Manuel Godoy, e inadecuado por ello para calmar la agitación, que crecía visiblemente.
Las providencias que tomó no hicieron sino aumentar aun más el ardor popular, porque sus medidas consistieron en colocar la artillería en la plaza de capitanía general y redoblar las guardias, estrechando todo tipo de vigilancia, dando a entender de este modo que se disponía a realizar algún tipo de maniobra contra la población o los soldados, que llegaron a creer que se estaba fraguando la orden de enviarlos más allá de los Pirineos y llenar su hueco con franceses.
Se llegó a rumorear que el francés Mongat había mandado fabricar en la Maestranza de Artillería miles de esposas para maniatar a los mozos y llevarlos a la frontera. Pese a tratarse de una noticia infundada, la desconfiada actitud de los ciudadanos fue un excelente caldo de cultivo para darla como cierta.
El 29 de mayo entró en la ciudad un jinete procedente de Asturias. Traía nuevas sobre la insurrección surgida en el Principado, con la intención de que las autoridades coruñesas se sumasen al levantamiento.
Se entrevistó con el señor Pagola, regente de la audiencia, pero la respuesta de éste consistió en cortarle toda comunicación con el vecindario y hacerle custodiar hasta la casa de correos, donde quedó confinado.
Pero aquellos hechos trascendieron, y la noticia corrió de boca en boca por las calles coruñesas. Diego de Mendoza paseaba junto a su grupo habitual de amigos por el paseo de la Reunión cuando alguien les comentó lo que ocurría. Asaltados por la curiosidad y la impaciencia, decidieron desplazarse hasta el edificio de correos.
Al llegar, vieron que la muchedumbre se había agolpado ante el edificio; tras informarse a través de unos conocidos, averiguaron que el desconocido mozo era un estudiante de la ciudad de Leon, donde a imitación de Asturias, la población había tratado de levantarse y crear una Junta.
Diego de Mendoza era de carácter pacífico y poco dado a aquel tipo de algaradas, pero la exaltación mostrada en aquellos momentos por los hermanos del Barco y Díaz Porlier, contagiados a su vez por el gentío, avivaron su ánimo de forma insospechada. Desde ese mismo instante, Diego pasó a querer tomar parte activa de cualquier intentona que se produjera contra el invasor. Fue el momento en que sus amigos pusieron en su conocimiento la existencia de una conjura secreta, en la que sin pensarlo, quiso participar. Esa misma tarde, el grupo se reunió con otros conjurados en una casa de la calle de la Franja. Se trataba de unos cuantos patriotas, encendidos por el deseo de conservar la independencia y el honor nacional. Se reunían a escondidas para buscar la forma de dar un impulso al descontento público. Asistían, entre otros, algunos militares del regimiento de Navarra acuartelado en la ciudad, y Manuel Pardo de Andrade, un aristócrata natural de Dorneda de reconocida tendencia liberal. El asunto a tratar aquel día era la orden dictada por el capitán general, quien enterado desde la distancia de que algunos de los militares de dicho regimiento estaban confabulando, había mandado que aquel cuerpo se trasladase a Ferrol, lo que se había producido unos días antes; aquella medida era desacertada a todas luces, porque como consecuencia de ella los tratos secretos en lugar de amortiguarse se avivaron.
Entre los asistentes se encontraba también Sinforiano López, de oficio guarnicionero, un joven de unos treinta años que a tenor de su intervención en la reunión, a Diego le pareció un hombre fogoso y dotado de verbosidad popular; su primera impresión se confirmó cuando supo que era el principal encargado de enardecer a la muchedumbre, llegado el caso.
Al día siguiente, 30 de mayo, se produjo un impensado incidente. Era la festividad de San Fernando, el rey santo, y era costumbre todos los años en esa conmemoración enarbolar la bandera en los baluartes y castillos, sin atender a que el soberano reinante llevara o no aquel nombre. La población se percató que aquel dia se habia omitido dicho acto, lo que se achacó a que como ahora desagradaba su práctica al gobierno de Madrid, al coincidir con la onomástica del actual rey, bien por orden gubernativa o simplemente por halagarle, se suspendió la antigua ceremonia.
El pueblo, al echar de menos la bandera se mostró airado, y aprovechando entonces la ocasión los conjurados, enviaron para acaudillar a la población a Sinforiano López, quien además de su innegable talento para agitar a las masas era querido por la multitud y la gobernaba a su antojo. Tras acercarse al palacio del capitán general, envió delante para tantear el ánimo de la tropa a algunos niños, que con pañuelos fijos en la punta de unos palos gritaban: “viva Fernando VII y muera Murat”, tras lo cual intentaron meterse entre sus filas. Los soldados, entre los que se contaban bastantes que estaban de acuerdo con los agitadores, se reían de los muchachos y los dejaban pasar y gritar sin interrumpirlos en su aparente pasatiempo. Alentados los instigadores, se agolparon ante el palacio, disputando con unos cuantos que pretendían impedir que, según la costumbre, se ondease la bandera. En medio del gentío e intentando azuzar a las masas estaban Diego de Mendoza y sus amigos, aunque separados entre sí para que fuese más dificultosa su identificación –los hermanos del Barco y Juan Díaz Porlier eran militares y corrían el riesgo de ser acusados de sedición-.
Ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos llegó a la ciudad el capitán general Antonio Filangieri. Este era un hombre moderado y afable, a quien apreciaban tanto los oficiales como todos los que le conocían, pero tenía la doble desgracia de haber nacido en Nápoles y ser persona de la máxima confianza de Joaquín Murat, quien además le había procurado el cargo que ostentaba, y eso, en los turbulentos tiempos que corrían, le privaba del favor de la multitud.
Tenía la difícil misión de apaciguar a los patriotas con medidas diplomáticas al tiempo que cortaba el posible brazo armado de la rebelión, que era el regimiento de Navarra.
No obstante, su decisión de quitar la artillería de delante de las puertas de capitanía y su actitud suave e indulgente hubiesen quizá logrado parar la revolución si nuevos motivos de desazón y disgusto no hubiesen acelerado su estampido.
En primer lugar, la población estaba incómoda con la actitud arrogante y desdeñosa con la que los franceses establecidos en La Coruña miraban a su vecindario desde la llegada del oficial Mongat, que los alentó con su altivez intolerable, algunas veces templada por la prudencia de monsieur Fourcroi, cónsul de su nación.
Pero el principal motivo estribaba en la noticia de las renuncias de Bayona y el internamiento de la familia real en Francia, con lo que al tiempo que el poder de la autoridad se entorpecía y menguaba, crecía el ardor popular rebosando los límites de la subordinación y la obediencia. El 5 de mayo, Napoleón, mediante una hábil estratagema, había conseguido que tanto el rey Carlos IV como Fernando VII, a quienes había llevado a Bayona, renunciasen al trono de España y se lo cediesen, aprovechando el profundo desencuentro que había entre padre e hijo. Más adelante, coronó como monarca a su hermano José, hasta entonces rey de Nápoles.
Levantamiento en La Coruña
El edificio de capitanía estaba situado dentro de las murallas de la ciudad, y ante el tumulto con que era acometido, concurrió la multitud de todos los puntos, precipitándose por la Puerta Real y la de Aires. Es de significar que el día era festivo, e independientemente de los avisos enviados a las aldeas, había acudido a la ciudad mucha gente de los contornos.
Los primeros que penetraron dentro de los umbrales del palacio, una vez que hubieron conseguido que se enarbolase la bandera, pidieron que se revocase la orden del traslado a Ferrol del regimiento de Navarra, y a medida que se condescendía en las peticiones, fueron éstas aumentando; a la vista del encrespado tumulto, Antonio Filangieri desapareció por una puerta disimulada y se refugió en el vecino convento de los Dominicos. No lo hicieron así Francisco Biedma y el coronel Fabro, su ayudante, quienes a pesar del odio que contra ambos había al saberse que eran partidarios del príncipe de la paz, osaron salir por la puerta principal. Caro hubo de costarles su temerario arrojo: a Biedma le hirieron de una pedrada, aunque levemente; y Fabro, que se puso al frente de los granaderos de Toledo, de cuyo cuerpo era jefe, dio con su espada de plano a uno de los que peroraban en nombre del pueblo, y le apalearon sin que sus soldados hiciesen ademán siquiera de defenderle, dado lo aunados que estaban militares y paisanos, saliendo muy malparado, aunque con vida.
Posteriormente la agitación se fue agravando hasta extremos incontrolables y fue asaltado el parque de las armas y los insurrectos se apoderaron de 40,000 fusiles. En esa acometida corrió gran peligro el comisario de la maestranza de artillería, Juan Várela, a quien falsamente se atribuía tener escondidas las esposas que iban a ponerles a los que se llevasen a Francia. Muy acertadamente se le ocurrió a Sinforiano López sacar en procesión el retrato de Fernando VII, artimaña con la que atrajo hacia sí a la multitud, salvando a Varela del fatal aprieto.
Finalmente, esa misma tarde se consiguió restablecer el orden y se formó una Junta. A su cabeza se puso el capitán general, interviniendo también en ella las principales autoridades y representantes de las diferentes clases civiles y eclesiásticas. Por indisposición de Filangieri, quizás afectado por los sucesos acaecidos, presidió los primeros días la Junta el mariscal de campo Antonio Laredo, hombre muy cabal y prudente, y permitió que cualquier ciudadano entrase en la sala de sesiones a proponer lo que juzgase conveniente a la causa pública. La Junta estuvo en general atinada, y tomó disposiciones prontas y vigorosas. Dio igualmente desde el principio una señalada prueba de su desprendimiento al convocar otra Junta, que elegida libre y tranquilamente por las ciudades del Reino, no tuviese la tacha de ser fruto de un alboroto y solo representar en ella a una pequeña parte de la ciudadanía.
Para alcanzar tan loable objeto, se prefirió a cualquier otro medio el más antiguo y conocido. Cada seis años se congregaba en la Coruña una diputación de todo el reino de Galicia, compuesta de 7 individuos escogidos por los diversos ayuntamientos de cada una de las provincias en que Galicia estaba dividida. Se celebraba esta reunión para conceder la contribución llamada de millones -un impuesto sobre el tráfico de mercancías-, y elegir un diputado que en unión con los de las otras ciudades con voto en cortes, concurriese a formar la diputación de los reinos, que constaba de 7 representantes, renovándose cada seis años; los elegidos residían en Madrid, aunque hay que aclarar que más bien solían dedicar su tiempo en la capital a presenciar los festejos públicos y obtener favores individuales, que a defender los intereses de sus comitentes.
La Junta expidió sus convocatorias conforme a su digna resolución, y envió a todas partes comisionados que pusiesen en ejecución las medidas que había decretado sobre armamento y defensa. Todos los pueblos respetaron la Junta de la Coruña y la juventud corría á alistarse con el mayor entusiasmo. Conmovido así todo el reino de Galicia, se aceleró la formación y organización del ejército, y agregándoseles posteriormente las fuerzas de Oporto, lo componían un total de unos 40,000 hombres. No tardaron mucho en llegar a la Coruña los regidores nombrados por los ayuntamientos de las 7 capitales de provincia en representación de su potestad suprema, instalándose con el nombre de Junta Suprema de Galicia.
Asociaron a su seno al obispo de Orense, que gozaba de justa popularidad, al de Tuy y a Don Andrés García, confesor de la difunta princesa de Asturias.
El general Antonio Filangieri, que había salido de la Coruña para cubrir las entradas del país de su mando, fue asesinado por los suyos el 21 de junio en las calles de Víllafranca del Bierzo, donde había instalado su cuartel general, a los pocos días de haber presentado su dimisión a la Junta Suprema debido a su delicado estado de salud.
El 22 de junio, a instancias de la Junta de Galicia, salió por primera vez a la luz el Diario de La Coruña, que se encargó de dirigir uno de los más relevantes sublevados del 30 de mayo, Manuel Pardo de Andrade. Las ideas de este nuevo periódico se centraban en encender los ánimos de la población contra el invasor francés.
CAPITULO II
EL MARQUESITO
Tras la constitución de la Junta, tanto Juan Díaz Porlier como los hermanos del Barco se incorporaron al ejército de la Junta General de Galicia, y fueron consignados a diferentes destinos, todos ellos fuera de las fronteras de Galicia. Diego del Barco y sus hermanos fueron trasladados a las comarcas de Leon, formando parte de las tropas de Joaquín Blake, malagueño de nacimiento e irlandés de origen, que había sustituido a Filangieri tras su trágica muerte y cuya misión era esforzarse por cortar el avance del ejército francés desde Madrid en los puertos de Manzanal y Fondecabón, puertas de entrada desde la meseta Castellana al valle del Bierzo, antesala de Galicia.
Porlier
Porlier, dada su relativa experiencia en el mando de tropas regulares pese a que acababa de cumplir los veinte años, se incorporó al ejército de Extremadura al mando del general Belveder como teniente coronel de Granaderos, con la misión de avanzar hacia el norte de España.
Diego de Mendoza estuvo a punto de alistarse en las tropas de la Junta Suprema, pero sus propios amigos le convencieron de que lo mejor que podía hacer era quedarse en la ciudad, desempeñando un tipo de misión no menos meritoria que la que ellos mismos iban a realizar: fomentar la insurrección desde su posición de persona socialmente reconocida, manteniéndose en permanente contacto con otros conjurados, como Sinforiano López, con quien además había trabado amistad a raíz de los sucesos de Capitanía.
Su padre, Alejandro de Mendoza, que se mantenía al tanto de los últimos pasos dados por Diego, que no tenía secretos para él, también le alentó para que lo hiciera así. Diego no había nacido para la disciplina de la milicia, pero desde la sombra podía ser tan válido como el soldado más aguerrido.
Las tropas de Belveder llegado a la comarca de Burgos en pleno verano de 1808, estableciéndose en el pueblo de Gamonal con parte de sus fuerzas, mientras la facción mandada por Porlier se asentó en las estribaciones de Villimar.
El diez de noviembre, El Marquesito y los suyos defendieron una estrecha franja de 370 varas castellanas hasta que las bajas superaron los cuatrocientos hombres, momento en que decidió realizar una ordenada retirada, en la que no sufrió baja alguna, refugiándose en las montañas de Burgos.
En ese momento Porlier decidió su futuro. Después de tres enfrentamientos con los franceses en que las tropas regulares que mandaba salieron siempre malparadas, resolvió preparar a sus hombres para una guerra más provechosa, la de guerrillas, con objeto de luchar con todas sus fuerzas para liberar al país del yugo francés y posibilitar el retorno de Fernando VII, El Deseado.
Durante los siguientes años, Juan Díaz Porlier deambuló, junto a sus hombres, por todo el sistema montañoso de la cornisa cantábrica, inflingiendo duros correctivos a las tropas francesas.
Durante el transcurso de la guerra El Marquesito, pese a su aislamiento, estuvo siempre al tanto de cuanto sucedía en España, manteniendo corresponsales en diversas ciudades y recibiendo periódicos de todos aquellos sitios. Para ello utilizaba el seudónimo de Juan de Cartagena, en clara alusión a su lugar de nacimiento, Cartagena de Indias.
Evidentemente, lo que buscaba en esa información era conocer la evolución de la guerra y un seguimiento de los acontecimientos políticos que se estaban desarrollando en el país.
El 25 de septiembre de 1808 se había constituido la Junta Suprema Central Gubernativa cuya sede inicial fue Aranjuez y más tarde Sevilla. Sus funciones eran las de dirigir la guerra y la posterior reconstrucción del Estado.
Se plantearon dos posibilidades sobre el futuro político español. La primera de ellas, representada fundamentalmente por Jovellanos, consistía en la restauración de las normas previas a la monarquía absoluta, mientras que la segunda posibilidad suponía la promulgación de una nueva Constitución.
Después de Sevilla, las Cortes se trasladaron a La Isla de León, efectuando su primera reunión el 24 de septiembre de 1810.
La constitución de las Cortes de la Isla de León no había sido un acto revolucionario, ni una ruptura con el pasado. Desde la legalidad del momento, la acordaron quienes eran los genuinos representantes del pueblo. Comenzaron los actos del citado veinticuatro de setiembre con procesión cívica, misa y la petición encarecida del Presidente de la Regencia, a la sazón el Obispo de Orense, a los reunidos para que cumplieran fiel y eficientemente sus cometidos.
Una de las características de aquellas Cortes era lo variopinto de los diputados que las componían, pues entre ellos había mayoritariamente eclesiásticos, pero también abogados, funcionarios, miembros de la nobleza, militares, catedráticos, escritores, marineros, comerciantes e incluso un arquitecto y un médico.
Posteriormente, tras un brote de fiebre amarilla y el avance francés, las Cortes se trasladaron a Cádiz, única plaza de importancia de la península que se mantenía libre del dominio napoleónico.
El profundo carácter liberal de Porlier hizo que aún desde la distancia, se convirtiese en un ferviente seguidor de aquella hermosa idea, que se juró a sí mismo defender hasta la última gota de su sangre.
El Marquesito, durante el tiempo en que estuvo a cargo de la guerrilla, inflingió duros correctivos a las tropas francesas. En Palencia, el gobernador francés de esa ciudad, tras sorprender Porlier y su segundo, Bartolomé Amor Pisa, a varios destacamentos enemigos, montó en cólera y le tendió una celada en la villa de Saldaña en la que a punto estuvo de caer, salvándose milagrosamente. La venganza fue cruel: varios guerrilleros fueron hechos prisioneros y clavados en postes que los franceses fijaron en el camino de Carrión de los Condes.
De Palencia los guerrilleros se trasladaron a la comarca de Aguilar de Campóo y finalmente a Asturias.
En uno de los escasísimos períodos de descanso de que disfrutó durante su estancia en Asturias conoció a Josefina Queipo de Llano, hermana del conde de Toreno, y contrajo matrimonio con ella. Esta dama sentía auténtica devoción por su marido, con quien también compartía ideales.
Durante varios años Porlier y sus hombres participaron en diferentes escaramuzas contra las tropas napoleónicas a las que acompañó el éxito, pues al profundo conocimiento del montuoso terreno en que las desarrollaban había que añadir la disciplina táctica impuesta por Porlier y frecuentemente, la colaboración de los pobladores de la comarca, quienes en muchas ocasiones tuvieron que sufrir crueles represalias por parte de los franceses, como el incendio de pueblos y matanza de sus habitantes, como sucedió en Boca de Huérgano, Pedrosa y Burón, cuya destrucción fue completa al ser la mayoría de los tejados de paja y su estructura de viga de roble.
Porlier colaboró en el asalto de la ciudad de León, gobernada por el general francés Kellerman, y posteriormente se dirigió con sus hombres hacia el noreste peninsular.
CAPITULO III
LA BATALLA DE ELVIÑA
Después de que británicos y franceses firmasen la desastrosa Convención de Sintra, mediante la cual los primeros permitieron imprudentemente la repatriación de las tropas francesas del general Junot derrotadas en la Batalla de Vimeiro, librada en las inmediaciones de Lisboa en agosto de 1808, los comandantes del ejército británico -incluido Arthur Wellesley, futuro Duque de Wellington- fueron llamados a su patria para enfrentarse a una investigación. De esta forma, las tropas expedicionarias británicas en España y Portugal fueron dejadas al mando de Sir John Moore, un militar conocido por su reforma en las tácticas de la infantería ligera.
General John Moore
La campaña siguiente estuvo marcada por las privaciones y las extremas condiciones invernales que costaron la vida de 6.000 soldados británicos. La retirada posterior, realizada durante el severo invierno, fue un completo desastre. Las marchas agotadoras, el tiempo gélido y las frecuentes escaramuzas con la vanguardia de las tropas francesas provocaron una caída en el alcoholismo de numerosos soldados, y su consiguiente abandono ante el avance francés.
Estas condiciones, unidas a la sorpresiva llegada a España del propio Napoleón al frente de un poderoso ejército, forzaron a Moore a iniciar la retirada completa hacia el puerto de La Coruña. Razones políticas, y una serie de acciones británicas tenaces y sorpresivas en la propia retaguardia francesa hicieron que Napoleón decidiera dejar la persecución en manos del mariscal Soult.
El general Moore deseaba, por lo menos, si no una completa victoria, sí un parcial éxito táctico, pero fugaz, con el fin de ganar tiempo para poder embarcar ordenadamente a sus tropas.
El 11 de enero de 1809 el general Moore y sus tropas llegaron a La Coruña. Al día siguiente empezaron los franceses a presentarse de uno y otro lado del puente de El Burgo, que los ingleses habían cortado. Continuaron ambos ejércitos sin molestarse hasta el día 14, fecha en la que contando ya los franceses con suficientes tropas, repararon el puente destruido y lo fueron cruzando. Esa noche los ingleses embarcaron los enfermos y heridos, la caballería desmontada y 52 piezas de artillería; solo se dejaron para caso de acción 8 cañones ingleses y 4 españoles. Una vez embarcados los objetos de más embarazo y las personas inútiles, en la noche del 15 estaba prevista la subida a bordo del resto del ejército.
Batalla de Elviña
El general inglés aguardaba con impaciencia aquella hora, cuando a las dos de la tarde un movimiento general de la línea francesa estorbó el proyectado embarque, iniciándose una acción bélica reñida y porfiada. Durante la noche anterior, el mariscal Soult había situado a la altura de Peñasquedo una batería de 11 cañones, en la que se apoyaba su flanco izquierdo formado por la división del general Mermet, guardando el centro y la derecha los generales Merle y Delaborde, prolongándose la del último hasta el pueblo de Palavea de Abajo. La caballería francesa se mostraba por la izquierda de Peñasquedo hacia San Cristóbal y camino de Bergantiños; el total de sus fuerzas ascendía a unos 20,000 hombres, siendo las de los ingleses de unos 10,000 que estaban apostados en el monte Mero, desde la ría del mismo nombre hasta el pueblo de Elviña. Por este lado se extendían las tropas de Sir David Itaird, y por el opuesto, atravesando el camino real de Betanzos, las de Sir John Moore. Dos brigadas de ambas divisiones se situaron detras en los puntos más elevados y estreñidos de su respectiva línea.
La reserva mandada por lord Paget estaba a la retaguardia del centro en Elviña. Mas inmediato a La Coruña y por el camino de Bergantiños se habia colocado con su división el general Fracer, pronto para acudir á donde se le llamase. Trabóse la batalla a la hora indicada, atacando intrépidamente los franceses con intento de deshacer la derecha de los ingleses. Los cierres de las heredades impedían a los soldados de ambos ejércitos avanzar con facilidad.
Los franceses al principio desalojaron de Elviña las tropas ligeras de sus contrarios, pero poco después fueron detenidos y rechazados, si bien a costa de mucha sangre. La pelea se encarnizó en toda la línea. Fue gravemente herido el general Baird y Sir John Moore, que con particular esmero vigilaba el punto de Elviña, donde el combate era mas reñido que en otras partes, recibió en el hombro izquierdo una bala de cañón que le derribó por tierra. Aunque mortalmente herido, se incorporó, y registrando con serenidad el campo, confortó su ánimo al ver que sus tropas iban ganando terreno. Solo entonces permitió que se le llevase a zona más segura. Fue trasladado a la casa del comerciante Genaro Fontenla, en el Cantón Grande, donde sobrevivió todavía algunas horas.
Los franceses, no pudiendo romper la derecha de los ingleses, trataron de envolverla. Descubierto su intento, avanzó lord Paget con la reserva, y obligando a retroceder a la temible caballería de los dragones del general La Housaye, que habían echado pie a tierra, contuvo a los demás e incluso logró aproximarse a la altura en que estaba situada la batería francesa de 11 cañones.
Al mismo tiempo los ingleses avanzaban por toda la línea, y de no haber sobrevenido la noche quizá la situación del mariscal Soult hubiera llegado a ser critica, al escasear ya en su campo las municiones; pero los ingleses, contentos con lo obrado, volvieron a su primera posición, queriendo embarcarse bajo el amparo de la oscuridad. Su pérdida fue de 800 hombres, aunque se aseguraba que había sido mayor la de los franceses. El general Hope, en quien habia recaído el mando, creyó prudente no separarse de la resolución tomada por Sir John Moore, y entrada la noche ordenó que todo su ejército se embarcase protegiendo la operación los generales Hill y Beresford. A la mañana siguiente, viendo los franceses que estaba abandonado el monte Mero, y que sus contrarios les dejaban terreno libre acogiéndose a su preferido elemento -el mar-, se adelantaron, y desde la altura de San Diego, con cañones de grueso calibre, de los que se habían apoderado en el alto de las Angustias de Betanzos, abrieron fuego contra los barcos de la bahía. Algunos picaron los cables, y se quemaron otros que con la precipitación habían varado.
Los moradores de la Coruña, no solo ayudaron a los ingleses en su embarque con desinteresado celo, sino que también les guardaron fidelidad, no entregando inmediatamente la plaza. Difícil era que después de semejante suceso resistiese la ciudad largo tiempo. El recinto amurallado solo la ponía al abrigo de un rebate, pero ni sus baterías ni sus murallas estaban reparadas, ni eran de por sí lo bastante fuertes.
Era gobernador de la Coruña Antonio Alcedo, que capituló el 19 de enero. Al día siguiente entró el mariscal Soult en la plaza, y nombró autoridades de su bando, a la cabeza de las cuales estaba el mariscal Ney, dispersando la Junta del Reino; la audiencia, el gobernador y los otros cuerpos militares y civiles se vieron obligados a rendir homenaje á José Bonaparte.
El Diario de La Coruña dejó de publicarse el mismo día de la entrada de los franceses en la ciudad.
No fue de gran duración este estado, pues en junio de mismo año 1809, viéndose el mariscal Ney abandonado de Soult, rodeado de peligros y escaso de fuerzas y recursos, resolvió salir de Galicia, y evacuó La Coruña, dirigiéndose a Astorga por el camino real; sus tropas asolaron los pueblos y ciudades que encontraban a su paso.
A los pocos días entró en la ciudad herculina el conde de Noreña, al frente de la división del Miño, siendo recibidos no solo con alborozo general y buen sentido, sino también quedándose los espectadores admirados de que gente mal pertrechada y tan variada en su formación y armamento, hubiera conseguido tan señaladas ventajas sobre los franceses.
Manuel Pardo de Andrade, ante esta nueva situación, volvió a editar su periódico, cuya publicación ya no se vería interrumpida por mor de las fuerzas de ocupación.
Poco después de hacerlo Noreña, llegó á la Coruña el marqués de la Romana, y reasumió en su persona toda la autoridad, suprimió las juntas de partido que se habían multiplicado con la insurrección, y nombró en su lugar gobernadores militares.
Sinforiano López y Diego de Mendoza fueron testigos de todos aquellos acontecimientos sin poder intervenir para enmendarlos. Seguían acudiendo a las reuniones secretas de la calle de Panaderas, pero éstas no servían de nada excepto para insuflarse mutuamente moral entre los asistentes, pues tenían las manos completamente atadas.
Al margen de aquellas tertulias, la vida social era de lo más normal dentro de la anormalidad y constantes cambios de la situación política. Diego, separado de sus antiguos amigos por mor del conflicto bélico, los había sustituido por Sinforiano, con quien solía pasear y acudir a los eventos sociales acostumbrados. Su nuevo amigo era al principio algo reacio a ver los espectáculos teatrales o musicales que se celebraban en el Teatro Nuevo de la Franja, pero poco a poco se fue aficionando mediante la influencia de Diego, y pronto llegó a convertirse en un auténtico entusiasta de la farándula.
Cierta noche en que una compañía lírica italiana interpretaba magistralmente una ópera de Tomaso Albinoni, los ojos de Diego se desviaron de la función que estaba presenciando para fijarse en una joven que estaba en la fila de asientos delantera. Aunque por la posición que ocupaba solamente podía apreciar su perfil, se percató de que era una auténtica belleza. Cuando llegó el entreacto, la joven se levantó junto a sus acompañantes, un matrimonio de edad y otras dos mozas de similar edad a la que había llamado su atención. En ese momento identificó a los primeros: eran Pedro del Barco y España y su esposa, los padres de sus amigos, y sus hijas.
Abandonando unos instantes a Sinforiano, salió a la antesala del teatro, donde solían reunirse los espectadores durante las interrupciones para comentar el desarrollo de la obra, y se acercó a la familia del Barco, con la disculpa de presentarles sus respetos, aunque sus verdaderas intenciones no eran esas. Tanto él como su familia eran muy apreciados por el matrimonio del Barco, por lo que fue recibido cariñosamente en el grupo, y descubrió que la que provocaba sus desvelos era Elena del Barco, la más joven de las hermanas, a quien por una u otra circunstancia hacía varios años que no veía, tiempo en el que había experimentado una profunda transformación, pasando de ser una niña a convertirse en una mujer bellísima.
Preguntó a Pedro por sus hijos, y éste se emocionó vivamente:
-todos continúan en el frente de batalla en tierras leonesas, excepto José, cuyo batallón se ha trasladado a Cataluña; estamos esperando con impaciencia el fin de la contienda para poder abrazarlos-
Cuando aquella noche Diego se metió en la cama, una sola idea bullía en su cabeza: tenía que buscar una disculpa para poder frecuentar la casa de los Del Barco.
CAPITULO IV
DIEGO DEL BARCO
Finalizaba 1809 y el balance de la Guerra de la Independencia era poco alentador para el ejército español. En ese año se había perdido Zaragoza y Gerona tras sendos sitios en los que, aunque el heroísmo de muchos patriotas inmortalizó sus nombres, no evitó la derrota. La campaña de Talavera, en la que Wellington había vencido a los franceses, no produjo los efectos deseados. Nuestros Ejércitos habían sido derrotados en Ciudad Real y Medellín, en Puente del Arzobispo y en Ocaña. Sólo hubo una victoria española en ese año, la de Tamames, el 18 de agosto.
Después del estrepitoso desastre español de Ocaña se paralizaron las operaciones emprendidas por el ejército de la Izquierda en la campaña tan brillantemente comenzada con la victoria de Tamames. El general Del Parque, jefe de aquella facción del ejército español, no estaba dispuesto a retirarse así como así, como debía haber hecho sin pérdida de tiempo, y acampó en las cercanías de Alba de Tormes, donde se lo encontró el general francés Kellerman que comandaba una numerosa fuerza de caballería, el 28 de noviembre de 1809.
Del Parque colocó en la margen izquierda del Tormes dos de sus divisiones y dejó en la villa, a la derecha, las fuerzas restantes con el cuartel general, artillería y bagajes; era éste un error incomprensible ya que no había más comunicación entre ambas orillas que un estrecho puente.
Kellerman se dio cuenta de que el ejército español escaparía a la otra orilla en cualquier momento sin que pudiera hacer nada para impedirlo, ya que sus tropas de a pie se hallaban todavía a muchos kilómetros de allí y por lo tanto no podía atacar más que con la caballería. No obstante, decidió arriesgarse a lanzar un ataque sorpresa para tratar de retener al enemigo hasta que llegase la infantería.
Al sonido de las cornetas francesas, los españoles se apresuraron a formar una línea defensiva. Las tres divisiones se desplegaron rápidamente, mientras que la caballería de Anglona salía a contener a los atacantes, pero todo fue en vano. Con los húsares y los cazadores de Lorcet a la cabeza, la caballería imperial francesa se abalanzó en cuatro arrolladoras oleadas que acabaron enseguida con los jinetes de Del Parque y comenzaron a causar estragos en la infantería. Tras sufrir tres mil bajas entre muertos, heridos y prisioneros, la mitad de los soldados españoles de infantería huyeron hacia el puente sobre el Tormes. El resto de la infantería consiguió formar en cuadro.
Sin embargo el comandante francés no entró en combate con los cuadros españoles. Decidido a sacar el máximo provecho del éxito de su ataque, durante casi tres horas se entretuvo en realizar una serie de maniobras fingidas que impidieron a los españoles escapar a la otra orilla. Incapaz de hacer avanzar refuerzos por entre los numerosos soldados que habían buscado refugio en el puente, Del Parque observaba la desesperada situación de sus hombres desde la ribera occidental mientras, a lo lejos, aparecían las primeras unidades de la infantería francesa.
Pero la gran victoria que Kellerman pretendía obtener no llegó a producirse. Conscientes de que serían exterminados a menos que alcanzaran el puente, los cuadros españoles se lanzaron a una precipitada retirada en cuanto comenzó a anochecer. Aunque cayeron muchos hombres, la mayoría consiguió llegar hasta la posición de Del Parque. De todas formas, sin haber perdido más que 300 soldados, Kellerman había causado a su adversario más de tres mil bajas, apoderándose, además, de nueve cañones, gran cantidad de bagaje y cinco estandartes. Si su infantería hubiese llegado tan solo unos minutos antes, el triunfo hubiera sido aun mayor; no obstante, los primeros batallones expulsaron de Alba de Tormes a la retaguardia de Del Parque y ocuparon el puente.
Aunque el comandante español se retiró inmediatamente sin oponer la menor resistencia a su victorioso adversario, no tardó en advertir que la batalla había tenido un efecto catastrófico en la moral de sus hombres: durante la noche, las tres divisiones que participaron en los combates se dispersaron y huyeron en todas las direcciones. Cuando, a finales de diciembre, Del Parque restableció por fin la cohesión de sus tropas, sólo se habían integrado a sus unidades 26.000 hombres de los 29.000 que salieron de Alba de Tormes. Obligado a pasar el invierno en las sierras situadas entre Ciudad Rodrigo y Plasencia, el Ejército de La Izquierda fue víctima de la falta de alimentos, el frío y las enfermedades y, a finales de enero, estaba formado por solo 17000 soldados, la mayoría de los cuales se hallaban enfermos.
En este desgraciado combate destacaron los regimientos españoles de Navarra, Príncipe, Princesa, Gerona y Zaragoza, que formaban parte de la vanguardia y Segunda División. En el regimiento de Navarra, Diego del Barco ostentaba el cargo de oficial de artillería de una batería a caballo. Aunque se distinguió en la lucha, fue hecho prisionero por los franceses, tras oponer fuerte resistencia.
Fue trasladado al campamento francés con el resto de cautivos; estaba muy magullado y tenía una herida de sable en el brazo izquierdo, aunque ésta no era de consideración, y se solucionó con un vendaje efectuado por uno de sus compañeros de cautiverio.
Estaba sumido en la desmoralización, pero la fortuna acudió en su ayuda cuando menos lo esperaba. Al poco de llegar a su lugar de confinamiento, sintió a alguien a su espalda que le preguntó en español, aunque con fuerte acento francés:
-Diego del Barco, ¿Pero que haces tú aquí?-
Aquella voz era indudablemente conocida; se volvió y con gran sorpresa vio ante él, vestido con uniforme francés en el que figuraban los entorchados de oficial, a Jean François Barrié D’Abadie, quien desde hacía más de 15 años residía en La Coruña, donde se había establecido como comerciante, y con el que Diego estaba unido por una gran amistad.
Olvidando ambos por un instante las dramáticas circunstancias de aquel encuentro, se fundieron en un abrazo, ante la atónita mirada de los compañeros de cautiverio de Diego, que no alcanzaban a comprender el motivo de tanta efusión.
Los dos amigos departieron durante largo rato, contándose sus respectivas peripecias desde que no se veían, hacía ya dos años. Cuando se despidieron, Jean François se comprometió a mediar ante su superior, el general Kellerman, para tratar de obtener la liberación de su amigo.
Y así fue. Al día siguiente, Diego, a quien los franceses habían facilitado un caballo y víveres, aunque no armas, partía de Alba de Tormes con dirección a La Coruña, donde tenía previsto restablecerse de sus heridas en el domicilio familiar para después reincorporarse al ejército.
Su camino de regreso al hogar fue ciertamente penoso, teniendo que desviarse por apartados senderos ante el riesgo de toparse con tropas francesas. Llegó a La Coruña el 23 de diciembre y por fin pudo abrazar a los suyos, a quienes no veía desde un año y medio antes, llevándose la sorpresa de que su amigo y homónimo Diego de Mendoza estaba iniciando relaciones amorosas con su hermana Elena.
CAPITULO V
¡VIVA LA PEPA!
Desde el inicio de la guerra contra Napoleón había ido naciendo en España un sentimiento popular de rechazo al vergonzoso acatamiento hacia el gobierno francés por parte de las instituciones.
Eso provocó el nacimiento de las Juntas Provinciales, revolucionarias en cuanto a que se sublevaban contra el poder establecido, pero legítimas por su objetivo de recuperar la legalidad rota tras las abdicaciones de Bayona.
Generalmente estaban dirigidas por ilustrados con tendencias liberales, pero se les fueron uniendo representantes de todos los estamentos sociales, y de forma muy relevante las clases populares, que hicieron oir su voz por primera vez en la historia.
La filosofía de estas Juntas se resumía en un solo objetivo: asumir el poder para trasladárselo cuando llegase el momento a quien consideraban su legítimo propietario: Fernando VII, el rey deseado por el pueblo.
Pero en esa idea había diferentes matices, en función del ideario político de quien la plantease, desde los que se decantaban por las tesis revolucionarias desarrolladas por los ideólogos de la revolución francesa, que consideraban que la soberanía residía en el pueblo, hasta los que promulgaban la monarquía absoluta en cuanto se produjese el retorno del rey, pasando por una postura intermedia menos radical, correspondiente a los reformadores ilustrados, partidarios de la monarquía constitucional.
En lo que todos estaban de acuerdo era que no se podía permitir el abandono del trono en manos extranjeras. Las Juntas ejercieron las prerrogativas de un monarca: declaración de guerra a Francia y acuerdo de paz con Inglaterra, así como aprobación de nuevas leyes y nombramiento de cualquier tipo de gobierno. Eso dio inicio a una época de transición hacia la declaración de soberanía nacional.
En agosto de 1808, el Consejo de Castilla declaró nulas las abdicaciones de Bayona y todas las actuaciones del gobierno francés, haciendo además públicas las instrucciones recibidas de Fernando VII, previas a su abdicación, para convocar Cortes Generales en el sitio que les pareciese más adecuado, para atender las necesidades de la defensa del reino.
Pero las Juntas Provinciales no confiaban en el Consejo, tras su sometimiento a los franceses, y además se consideraban legitimadas por el apoyo popular para decidir la recomposición del Gobierno Central, que más adelante nombraría una regencia y decidiría sobre la convocatoria de Cortes.
Esta propuesta tuvo su origen en la Junta Sevillana, a la que se fueron adhiriendo las demás, hasta conformar la Junta Central Suprema, que se constituyó en Sevilla el 25 de setiembre de 1808, asumiendo todo el poder de las Juntas Provinciales y continuando con la idea de éstas de reorganizar el Estado.
La convocatoria de Cortes era un acuerdo unánime, pero el modelo a adoptar fue más discutido, toda vez que se produjo una dura lid entre tradicionalistas, reformadores ilustrados y revolucionarios liberales, grupos que tenían propuestas muy diferentes, desde el pleno sometimiento al rey soberano que promulgaban los absolutistas, a las reformas radicales y pleno poder de unas cortes libremente elegidas por el pueblo, alternativa de los liberales, pasando por la de la soberanía entre el rey y las Cortes, que era la opción de los reformadores ilustrados que encabezaba Jovellanos. Había aun otro grupo ideológico, el de los afrancesados, cuyas ideas estaban muy próximas a las de los monárquicos absolutistas.
El 27 de setiembre de 1809 se nombró una Junta de Legislación, con el objetivo de reunir todas las leyes constitucionales de España y perfeccionar el sistema con alguna nueva ley fundamental si ello se considerase necesario.
En enero de 1810 se firmaron las convocatorias de Cortes y se disolvió la Junta Central para dejar paso al Consejo de regencia, que se encargó de la ejecución de lo que quedaba por hacer.
En ese momento, las Cortes se trasladaron a La Isla de León, y posteriormente, tras la aparición de un brote de fiebre amarilla entre la población y el avance de los franceses, a Cádiz, única ciudad importante de la península libre de ocupación.
Y así, las Cortes se reunieron finalmente en Cádiz el 24 de setiembre de 1810. Estaban constituidas por una cámara única de 476 diputados que representaban a todos los estratos sociales de la nación soberana.
La constitución de Cádiz no fue un acto revolucionario, ni una ruptura con el pasado. Desde la legalidad del momento, la acordaron quienes eran los legítimos representantes del pueblo. Comenzaron los actos del citado con procesión cívica, misa y la petición encarecida del Presidente de la Regencia, el Obispo de Orense, a los reunidos, para que cumplieran fiel y eficientemente sus cometidos.
La Constitución española de 1812 se promulgó en el Oratorio de San Felipe Neri el día de San José. Dicha fecha hizo que el gracejo popular bautizase con el sobrenombre de La Pepa a la nueva Constitución.
Aunque dentro de una gran profusión de Artículos, la esencia de aquel trascendental documento se sustentaba en que la soberanía residía en la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios y que la Nación era libre e independiente, no pudiendo por ello ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
Establecía asimismo una división de poderes: el legislativo, representado por las cortes unicamerales, el judicial, controlado exclusivamente por los tribunales de justicia –con lo que se disolvía definitivamente el tribunal de la Inquisición-, y el ejecutivo, que ostentaba el rey, aunque con importantes limitaciones, como la obligatoriedad de que sus órdenes fueran validadas por el ministro correspondiente, incapacidad para disolver las Cortes, así como la necesidad de que éstas refrendasen el nombramiento de ministros por parte del Monarca.
CAPITULO VI
LA BATALLA DE SAN MARCIAL
En el año 1813, las fuerzas francesas de ocupación habían ido cayendo progresivamente en el desánimo, merced a los hostigamientos sufridos aislada, pero ininterrumpidamente por parte de las guerrillas y a las derrotas en batallas a campo abierto contra las fuerzas inglesas del duque de Wellington, que les habían inflingido serios reveses, particularmente en la batalla de Arapiles en julio de 1812, tras la que los ingleses habían pasado a ocupar Madrid, lo que significó la evacuación definitiva de la capital por parte de los franceses.
Posteriormente, Wellington se dirigió con su ejército -un conglomerado de británicos, españoles y portugueses- hacia el norte peninsular, y en junio de 1813 se libró la batalla de Vitoria, contra las fuerzas francesas que acompañaban a José Bonaparte en su huida a territorio francés, cuyo resultado fue una nueva victoria de las tropas aliadas.
La plaza de San Sebastián, todavía en manos de los franceses, corría un inminente peligro para éstos por la proximidad del ejército aliado. Tropas francesas cruzaron el Bidasoa desde Hendaya para socorrer a sus compatriotas el 31 de agosto antes del amanecer, llegando al puente destruido del Camino Real, que defendía el general Manuel Freire, al mando del IV ejército español o de Galicia, apostado entre la llanura, las alturas de San Marcial, Irún y Fuenterrabía, formando la primera línea, y de reserva una división británica a espaldas de Irún, acompañada en las proximidades por la División del general Francisco de Longa y dos brigadas inglesas y otra portuguesa en unos cerros entre Vera y Lesaca.
Durante el inicio del combate, los puestos avanzados de los españoles fueron arrollados por los franceses, quienes a continuación atacaron con todo su ímpetu el frente de las tropas situadas en las alturas de San Marcial, pero fracasaron, aunque causando importantes bajas en los cuerpos que constituían aquel frente, y fueron rotundamente rechazados.
A la vista de este desastre, los imperiales echaron un puente volante a un cuarto de legua del camino real, junto al paraje llamado de las Nasas, bajo la protección de la numerosa artillería que tenían plantada en la derecha del Bidasoa, en la altura que lleva el nombre de Luís XIV, y embistieron desesperadamente el centro y parte de la derecha del ejército aliado, pero nuevamente fueron repelidos y arrojados cuesta abajo por una brigada de la división de Juan Díaz Porlier, ayudada por el segundo Batallón de Marina. Entonces dirigieron sus ataques contra la izquierda española, donde una brigada de la tercera división, comandada por José María de Ezpeleta, recibió a sus contrarios con serena y firme actitud, pese a lo cual consiguieron éstos apoderarse de las barracas de un campamento establecido en una de aquellas cimas, pero acudieron oportunamente Juan Díaz Porlier y Gabriel de Mendizábal, y arrojándolos sucesivamente de todos los puntos, les obligaron a cruzar de nuevo el río, distinguiéndose en aquella ocasión los regimientos Guadalajara, Asturias y La Coruña, así como tres batallones de Voluntarios de Guipúzcoa, mandados por Juan Ugartemendía, y la Segunda compañía del 4º batallón de Artillería dirigida por Juan Lóriga.
Muy entrada ya la noche y lloviendo sin cesar, no volvieron ya los enemigos a dar señales de vida, permaneciendo dentro de su territorio. Su malogrado intento les había costado 3.600 bajas según propia confesión pero era evidente que habían sido muchísimas más.
Fue esta una jornada gloriosa para los españoles, aunque experimentaron grandes pérdidas, elevándose según el parte oficial del general Freire a la cifra de 161 jefes y oficiales y 2.462 soldados entre muertos, heridos y desaparecidos. Los ingleses y los portugueses contaron con muy escasas bajas por haber tomado apenas parte activa en el combate. En cambio los franceses, que fueron rechazados en todos los frentes, debieron de experimentar pérdidas enormes.
Lord Wellington se presentó al final de la batalla y dió después una orden del día. La expresada alocución, que tuvo lugar en el Cuartel de Lesaca, llegó a insertarse en la prensa. La Gaceta de Madrid, del 19 de octubre de 1813, decía:
"Guerreros del mundo civilizado: aprended a serlo de los individuos del cuarto ejército español, que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño. Del terror, de la arrogancia, de la serenidad y de la muerte misma, de todo disponen a su arbitrio. Dos divisiones inglesas fueron testigos de este original y singular combate, sin ayudarles en cosa alguna por disposición mía, para que se llevasen ellos solos una gloria, que en los anales de la Historia no tiene compañera
Españoles: Dedicaos todos a premiar a los infatigables gallegos; distinguidos sean hasta el fin de los siglos, por haber llevado su denuedo y bizarría a donde nadie llegó hasta ahora; a donde con dificultad podrán llegar otros, y a donde sólo ellos mismos se podrán exceder, si acaso es posible.
Nación española: la sangre vertida de tantos cides victoriosos fue recompensada con 18.000 enemigos y una numerosa artillería que desaparecieron como el humo, para que no nos ofendan más.
Franceses: huid pues o pedid que os dictemos leyes, porque el Cuarto ejército español va detrás de vosotros y de vuestros caudillos, a enseñarles a ser soldados"
CAPITULO VII
¡QUE BREVE ES LA VIDA DE LOS HEROES!
La estancia de Diego del Barco en La Coruña fue muy corta, puesto que sus heridas no eran de consideración, y él estaba deseoso de volver a la acción.
Durante el mes escaso que duró su descanso apenas hizo vida social, pues quería recuperar el ambiente familiar, que había echado de menos durante su larga ausencia, aunque sus amigos Sinforiano López y Diego de Mendoza le visitaban a diario y en ocasiones conseguían arrancarlo de su hogar y forzarlo a dar un paseo en su compañía y en la de su hermana Elena, cuyo noviazgo con Diego se había consolidado hasta el punto de que se comentaba en la ciudad que pronto iban a sonar campanadas de boda.
Así pues, tras pasar las fiestas navideñas con sus allegados, Diego del Barco se reincorporó al ejército a mediados de enero de 1810, con gran pesar de la familia.
Recibió órdenes de la Junta para que se desplazase a las lejanas tierras de Extremadura, hacia las que partió el 14 de enero al frente de unos cuantos cientos de patriotas muy jóvenes, casi niños, que se incorporaban por primera vez al ejército de España.
Viajaron a través de Portugal, territorio que en aquellos momentos el ejército inglés dominaba mayoritariamente, y no sufrieron sobresaltos durante su largo viaje. Tras doce jornadas de ruta, llegaron a las puertas de Badajoz.
Tras entrar en la ciudad, se dirigieron a la zona donde estaban acuarteladas las tropas mandadas por el Marqués de la Romana, y Diego, entrando en el edificio donde se había instalado el puesto de mando y se presentó a su superior.
Pedro Caro y Sureda, tercer Marqués de la Romana, era un personaje cuando menos singular. Durante años había hecho creer al propio Napoleón y a sus más allegados, incluido su hermano José Bonaparte, en su sincera e inquebrantable lealtad al imperio, al tiempo que conspiraba contra los franceses. Ahora sus ideas ya eran patentes y contradecían totalmente lo que había aparentado, pues finalmente resultó ser un furibundo patriota y lo estaba demostrando, plantando cara al ejército napoleónico.
La primera impresión que Diego del Barco se llevó al presentar al que iba a ser su Comandante en Jefe las credenciales que le había entregado la Junta Suprema de Galicia fue de que se trataba de un hombre hosco y ceñudo. Rondaría los 50 años y era delgado y enjuto, de pelo canoso.
-Pura mala leche- dijo para sí Diego.
Sin embargo, tras leer la carta presentada por el recién llegado, en la que figuraba el nombramiento de éste como capitán de artillería y se glosaban las virtudes mostradas en diferentes acciones armadas, la actitud de Pedro Caro y Sureda cambió radicalmente, tornándose amable y amistosa.
Durante aquella entrevista, vinieron a la mente de Diego las habladurías que circulaban por La Coruña acerca de la paternidad que se le atribuía a aquel hombre respecto a su amigo Juan Díaz Porlier, y aunque era muy reacio a dar verosimilitud a aquellos maledicientes comentarios, tuvo que admitir que el parecido físico entre ambos era muy sospechoso.
Al cabo de unas horas, el Marqués de la Romana, tras una reunión con los jefes y oficiales que componían su estado mayor, hizo llamar de nuevo a Diego y le comunicó su nuevo destino, que iba a ser mandar el regimiento de la artillería a caballo para la defensa de la ciudad de Mérida.
Durante nueve largos meses Diego permaneció en aquella plaza participando en su salvaguardia de las persistentes acometidas de los franceses, defendiéndola con uñas y dientes con notable éxito. Finalmente, en octubre de 1810, las tropas españolas no pudieron resistir el asedio enemigo, muy superior en fuerzas, y se vieron obligados a abandonar la plaza y refugiarse en Portugal, aunque para Diego del Barco fue una situación transitoria, pues a principios de 1811 regresó de nuevo a España para unirse de nuevo a la lucha en territorios de Levante y Andalucía, de nuevo bajo las órdenes del general Joaquin Blake.
En el mes de Agosto se hallaba en Cartagena. Aunque por mor de la guerra el funcionamiento del servicio de correos era muy deficiente, aisladamente le llegaban noticias de su casa, aunque con mucho retraso.
Una de esas cartas le causó una inenarrable tristeza: su hermano José había muerto dos meses antes durante el Sitio de Tarragona. Diego estaba familiarizado con la muerte y el dolor –aparte de su propia experiencia en la contienda, su hermano Agustín había sido hecho prisionero y estaba encarcelado en Francia-, pero pensar en el sufrimiento de su pobre madre al experimentar aquella terrible pérdida le partió el corazón: se juró a sí mismo regresar a casa sano y salvo para no acrecentar aquel dolor.
Permaneció durante dos largos años por la zona levantina. Durante ese tiempo, la guerra fue evolucionando favorablemente para los intereses de España merced a diversos factores, entre los que se hallaban la ayuda de los aliados ingleses y portugueses a cuyo frente estaba el duque de Wellington, así como el abandono a mediados de 1812 de buena parte del ejército napoleónico para trasladarse a Rusia, donde el emperador había iniciado una campaña bélica, cuyo resultado acabó siendo catastrófico, al ser el ejército galo diezmado por el frío, el hambre y los hostigamientos de las guerrillas de jinetes cosacos, que hicieron auténticos estragos entre las tropas francesas, las cuales no bien habían transcurrido seis meses desde el inicio de la campaña cuando tuvieron que regresar claramente derrotadas y humilladas. Aquello significó el principio del fin del imperio napoleónico.
En mayo de 1813, la guerra de la Independencia estaba prácticamente finiquitada y los franceses se batían en retirada hacia su país. Solo quedaban algunas plazas aisladas bajo su dominio, todas ellas en las proximidades de la frontera, tanto en el principado de Cataluña como en Basconia y Cantabria. A consecuencia de ello, el destacamento que mandaba Diego del Barco recibió órdenes de dirigirse hacia el norte para colaborar con el cuarto ejército, el de Galicia, dirigido por el General Freire, en la recuperación de aquellas plazas.
Llegaron a las Vascongadas el 24 de junio. Las tropas aliadas acababan de liberar la ciudad de Vitoria y ya se preparaba el asedio de San Sebastián, que permanecía bajo el yugo francés.
Una tarde en la que paseaba por las calles de Vitoria, distinguió a lo lejos una figura de porte marcial que le resultó familiar. Según se iban acercando, confirmó que la persona que se le iba aproximando era ni más ni menos que su gran amigo Juan Díaz Porlier, a quien por circunstancias de la guerra hacía ya cinco años que no veía.
-Dios mío, Juan ¡que alegría!-
-¡Diego del Barco! mi querido amigo. Es verdad que el mundo es un pañuelo. Ni por asomo hubiera contado con encontrarte por estos andurriales-
Poco después, al amparo de unas jarras de buen vino en una taberna cercana, ambos amigos se relataban mutuamente sus vivencias desde el inicio de la guerra. Cuando Diego informó a Porlier del Fallecimiento de su hermano José y el encarcelamiento de Agustín, la emoción hizo que las lágrimas corriesen por las mejillas de los dos.
Al caer la noche, se despidieron deseándose suerte, y prometiendo reunirse en La Coruña al término de la contienda, que presumían inminente.
Durante más de dos meses y de forma paulatina, el ejército aliado fue tomando posiciones para aislar a la ciudad donostiarra, tratando de evitar con ello que, una vez llegado el ataque a la plaza, los sitiados pudiesen recibir apoyos procedentes de la frontera.
El 31 de agosto se libró la batalla de San Marcial, que significó un punto de inflexión en la contienda, encauzándola definitivamente hacia la victoria. Diego peleó bravamente defendiendo al mando de una compañía de artilleros una de las colinas.
La guerra tocaba a su fin, pero todavía quedaba una plaza importante en poder de los franceses, Santoña, cuya recuperación era vital, puesto que por su situación estratégica, en caso de consolidarse este dominio, podía significar que el estado español se encontrase con un nuevo Gibraltar en el norte.
La configuración geográfica de aquella plaza la hacía casi inexpugnable, y su puerto podía acoger naves de cualquier calado, por lo que permitía la llegada por vía marítima de nuevos recursos y escuadras que colaboraban a mantener el control del Cantábrico oriental por parte de los franceses.
El cerco de Santoña se inició en setiembre de 1813, pero la favorable situación estratégica de la ciudad beneficiaba a los sitiados, por lo que durante los cuatro meses siguientes las tropas españolas, aun sin sufrir daños de consideración, tampoco lograban avance alguno.
A principios de febrero de 1814 las fuerzas españolas se incrementaron en número con la llegada de cuatro batallones procedentes de Vizcaya y varias unidades de voluntarios llegadas del centro de la península, y se decidieron a iniciar un ataque más decidido. Con ello, el asedio comenzó por fin a dar sus frutos. La batería del Puntal, de alto valor estratégico, cayó en manos de los españoles, y a renglón seguido lo hicieron el reducto del Brusco y el fuerte del Gromo, aunque a costa de grandes pérdidas.
Durante este último asalto, cuando la posición estaba prácticamente ganada por parte de las tropas españolas, Diego, que coordinaba las baterías que ya habían logrado a base de cañonazos provocar un gran boquete en las murallas del fuerte, suficiente para que la infantería penetrase dentro del mismo, sintió una dolorosa e inesperada quemazón en el pecho: uno de los últimos defensores franceses había logrado acertarle con un disparo de su fusil. Cayó a tierra siendo inmediatamente socorrido por sus compañeros, que improvisando una camilla lo trasladaron malherido a un pequeño caserío de las proximidades, donde el médico de campaña lo atendió con urgencia.
Desde un principio, el sanitario se percató de la extrema gravedad de la herida, y su experiencia le hizo conocer lo irremediable del fallecimiento. El propio Diego fue consciente de que su suerte estaba echada y solo le quedaba ponerse a bien con Dios y despedirse de sus seres queridos. Tuvo tiempo de hacer ambas cosas durante los cuatro días que aun sobrevivió gracias a su fortaleza física. Sin fuerzas para escribir, dictó a un compañero una amorosa carta de despedida dirigida a sus padres y hermanos, y un sacerdote le visitó para darle los sacramentos, poco antes de que exhalase su último aliento. El único y pobre consuelo que tuvo su familia fue el de recibir la pequeña Cruz de la Real Orden de Carlos III, concedida a título póstumo, y una pensión vitalicia.
CAPÍTULO VIII
EL RETORNO DEL REY DESEADO
Terminada la Guerra de la Independencia y firmado el Tratado de Valençay, acuerdo refrendado en la localidad francesa del mismo nombre el 11 de diciembre de 1813 por el que el emperador Napoleón I ofrecía la paz y reconocía a Fernando VII como rey de España, como consecuencia de las derrotas sufridas en la Guerra y especialmente, del deterioro progresivo del ejército francés y de la moral de los soldados por el continuo acoso de la guerrilla. El monarca se dispuso a regresar a España para recuperar el trono que le había sido usurpado.
Los absolutistas sostenían con firmeza que el rey debía recuperar la plenitud de su soberanía, y así lo habían manifestado ya en las Cortes en febrero de 1811. Los liberales, como era natural, pretendían que el rey aceptase todas las reformas que se habían aprobado en las reuniones de Cortes y, por consiguiente, que la Monarquía se rigiese por las normas emanadas de la Constitución de 1812. ¿Cuál iba a ser la actitud del propio Fernando VII? Mucho se había especulado sobre su carácter, y al final triunfaron las expectativas más pesimistas.
Era retorcido, traidor, incapaz y escaso de visión política, pero también era muy inteligente. El sabía muy bien que la recuperación de la plenitud de su soberanía dependía del apoyo que encontrase en el pueblo a su vuelta a España y del entusiasmo con el que fuese recibido. Las Cortes y la Regencia le habían preparado un itinerario con el objeto de tenerlo cuanto antes en Madrid, y evitar así cualquier maniobra que pudiese torcer el proyecto de los reformistas. Pero Fernando cambió ese itinerario y decidió realizar un recorrido por algunas ciudades antes de dirigirse a la capital. De momento, se negó a firmar la Constitución que una delegación de las Cortes encabezada por el general Copons le presentó en la frontera el 14 de marzo de 1814, después de que el Rey y su séquito entrasen en España atravesando el puente romano del pueblecito gerundense de Besalú.
Desde allí, el cortejo real se dirigió a Zaragoza, donde Fernando se dispuso a pasar la Semana Santa. Ya desde los primeros momentos, el vecindario de los pueblos por donde cruzó la comitiva no cesó de manifestar con repetidas aclamaciones el júbilo y alegría que le causaba la presencia de Su Majestad. No resultaba difícil encontrar explicación a una actitud tan entusiasta, teniendo en cuenta lo que significaba aquel regreso, tras seis años de dominio de una Monarquía impuesta desde el extranjero, con un Rey que nunca fue considerado legítimo por la inmensa mayoría de los españoles, y después de varios años de una guerra cruel y generalizada, que había afectado, en mayor o menor medida, a todo el pueblo español.
La vuelta de Fernando VII no solamente era el restablecimiento del Rey legítimo, sino también la vuelta a la normalidad. Para esa mayoría de españoles que no entendía bien ni lo que era una Constitución ni lo que significaba el establecimiento de un orden político nuevo en el que las instituciones tradicionales serían sustituidas por otras nuevas surgidas de las reuniones de Cortes, lo único que importaba en aquel momento era que el país recuperaba la paz, y la presencia de su soberano era la mejor garantía de ello.
Desde Zaragoza, el rey se dirigió a Valencia, ciudad en la que entró el 16 de abril y donde le esperaba el general Elio, uno de los más firmes defensores del restablecimiento de la Monarquía absoluta. Allí, a la capital levantina, acudieron también los miembros de una delegación de las Cortes, liderada por Bernardo Mozo Rosales e integrada por un grupo de 69 diputados, que presentaron a Fernando VII un documento que tuvo como sobrenombre el Manifiesto de los Persas. Este documento provocó cierta controversia, favorecida sin duda por la ambigüedad de sus planteamientos. Se le conoce por esa denominación como consecuencia de las palabras de su encabezamiento: "Era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligasen a ser más fieles a su sucesor. Para serlo España a Vuestra Majestad no necesitaba igual ensayo tras los seis años de su cautividad". El resto del escrito, en el que había una sucinta narración con una visión muy parcial de los sucesos acaecidos durante los años de guerra, ponía de manifiesto el deseo de los firmantes de que el rey rechazase las reformas gaditanas y de que convocase unas Cortes a la manera tradicional, es decir, por estamentos. En el Manifiesto no se regateaban elogios a la Monarquía absoluta, lo que reflejaba claramente la adscripción de los autores de este documento a la ideología absolutista.
El documento convenció plenamente al rey, que deseoso de restaurar el absolutismo se adhirió a su contenido, y el 4 de mayo de 1814, un mes después de que las últimas tropas napoleónicas desalojasen Cataluña, promulgó un decreto por el que se disolvían las Cortes y se anulaba la Constitución de Cádiz de 1812.
Este decreto, pese a atacar con dureza la ley establecida, no tuvo gran respuesta por parte de los liberales, que cogidos por sorpresa apenas pudieron mostrar su hostilidad al monarca. Los militares y civiles leales a la Constitución se vieron obligados a exiliarse para no ser encarcelados. Se restauró el Consejo de Castilla, se destituyeron alcaldes, restableciendo las Capitanías Generales y regresó la Compañía de Jesús tras 47 años de destierro, así como la odiada Inquisición, que en ciudades como Santiago, el mismo pueblo compostelano que unos años antes había intentado quemar la casa del Santo Oficio, festejó la restauración del nefando y oscuro Tribunal a golpe de incienso y órgano, en un solemne acto catedralicio.
En Madrid se produjeron algunos disturbios, pero de escasa entidad, que fueron sofocados con anterioridad a la llegada del rey procedente de Valencia, el 13 de mayo.
CAPITULO IX
EL REGRESO DEL HIJO PRODIGO
La muerte de Diego del Barco había sumido a todos sus allegados en el dolor. Durante los meses siguientes a su fallecimiento los miembros de su familia no levantaban cabeza, muy especialmente su madre, transida por el sufrimiento de haber perdido a dos de sus hijos durante la contienda, el último de ellos cuando la confrontación estaba prácticamente finiquitada. El padre también estaba muy afectado, pero lo soportaba con mayor entereza de ánimo.
Sus otros dos hijos varones, que habían regresado al hogar después de larga ausencia, y sus hijas trataban de aliviar en la medida de lo posible las tribulaciones por las que pasaba la pobre mujer. También la familia Mendoza, con quien existía una fraternal amistad, les mostraba su apoyo, y muy particularmente Diego, prometido de Elena del Barco, aportaba su grano de arena, permaneciendo todo el tiempo posible en casa de su novia para tratar de hacer más llevadera aquella triste situación.
Una soleada tarde del mes de julio de 1814, Diego se hallaba en el salón casa de los Del Barco, junto a toda la familia, cuando su padre se presentó allí. No era extraño que Alejandro de Mendoza acudiera a aquella casa, pero su hijo percibió en su expresión preocupada que algo extraño sucedía. Tras esperar a que su padre presentara sus respetos a la señora de la casa, Diego le inquirió:
-¿Qué ocurre, papa?-
-Acabo de recibir una noticia desconcertante. Un marinero, antiguo amigo mío, me abordó por la calle y me felicitó por el regreso de tu hermano Emilio. Al percibir mi extrañeza, me dijo que hace quince días le vio en el puerto de Bayona y tuvo oportunidad de hablar con él. Acababa de desembarcar de un carguero procedente de Perú. Es persona de fiar, pero lo extraño del caso es que Bayona está a dos días de camino, a lo sumo tres, y no hemos tenido noticia alguna de Emilio en este tiempo. Temo que le haya sucedido algo-
Diego trató de animar a su padre.
-Si es cierto que ha llegado a España, es una noticia para alegrarse. Seguro que su tardanza tiene una explicación satisfactoria. Sería conveniente que nos volviésemos a entrevistar con el marinero que le vio, por si nos puede aportar algún dato que sirva para aclarar a donde se ha dirigido-
Alejandro estuvo de acuerdo con su hijo, y juntos se dirigieron a San Pedro de Visma, donde residía Felipe Pallas, el marinero que había visto a Emilio en Bayona. Tras preguntar a varios viandantes, finalmente dieron con la casa de Felipe, una modesta edificación de planta baja.
Era la última hora de la tarde. Les recibió la mujer de Felipe, que les dijo que su esposo no estaba en casa, pero no tardaría en llegar. Les atendió amablemente mientras esperaban en la pequeña sala del domicilio, sirviéndoles unos refrigerios que agradecieron después de la larga caminata.
Poco después apareció Felipe, que aunque no esperaba la visita, tampoco se sorprendió demasiado ante el cariz que habían tomado los acontecimientos aquella misma tarde, cuando se había encontrado casualmente con Alejandro de Mendoza.
Felipe, un veterano lobo de mar que rondaba los sesenta años, conocía a Alejandro de Mendoza desde hacía más de veinte años, cuando formaba parte de la tripulación de la balandra Infanta Carlota que capitaneaba Alejandro, en sus exitosas incursiones corsarias contra naves de la flota inglesa durante la guerra de la independencia de Estados Unidos.
Alejandro pidió a su antiguo subordinado que relatase con exactitud el encuentro que había mantenido con Emilio.
El mercante en el que navegaba acababa de atracar en el puerto de Bayona para recoger una carga de mármol que debían trasladar a La Coruña. Estaban subiendo la carga a bordo cuando Felipe observó la llegada de un buque de bandera extranjera. Poco después, la tripulación de aquella nave descendía a tierra. Entre los marineros llamó su atención uno que contrariamente a los demás, que iban con las manos vacías, portaba un petate. Supuso que abandonaba el barco sin completar la travesía y lo que llevaba en la mano era su equipaje, muy exiguo. Al pasar cerca de Felipe su figura se le hizo vagamente familiar, y el desconocido también se fijó en él, como si le reconociese. Eso hizo que se acercara a él para abordarle.
-Perdone, señor; juraría que le conozco- Dijo Felipe
-Sí, yo también tengo esa sensación. ¿De donde es usted?-
-De La Coruña. Por si mi nombre le dice algo, me llamo Felipe Pallas-
El rostro del desconocido se transmutó
-¡Felipe! Cuanto me alegro de verte. Soy Emilio de Mendoza- dijo al tiempo que se fundía en un emocionado abrazo con él. Hacía mucho tiempo que se conocían, desde la época en que ambos navegaban en la Infanta Carlota a las órdenes del padre de Emilio. El paso del tiempo y el hecho de que el encuentro se produjese en un lugar inhabitual, había hecho que no se reconociesen de inmediato.
-Dios mío, Emilio. Pero si estabas en América desde hace años y no se sabía nada de ti-
-Exactamente once años. Ahora mismo acabo de desembarcar procedente de Perú-
Poco después, en una taberna portuaria, Emilio contaba a Felipe todos los avatares de su largo periplo por tierras americanas. Sin embargo, se mantuvo hermético con respecto a sus planes más inmediatos. Solo manifestó, aunque de forma un tanto reservada, la prioridad que tenía por hacer algo que le debía a un amigo.
Aunque la inseguridad por el paradero de su hijo y hermano continuaba patente, las esperanzas de Alejandro y Diego aumentaron notablemente. No solo sabían a ciencia cierta que Emilio había regresado a España, sino que su no comparecencia en el domicilio familiar se justificaba por aquella misteriosa y prioritaria misión relacionada con una deuda moral. Ambos se conjuraron para no decir ni una sola palabra sobre su regreso al resto de la familia y allegados, para no crear falsas expectativas que de no cumplirse tendrían un efecto devastador en sus seres queridos, y muy particularmente en Mercedes.
Transcurrieron las jornadas sin que se volviese a tener noticia alguna de Emilio. Diego ya desesperaba, cuando Sinforiano López se presentó en su casa a primera hora de la mañana, visiblemente nervioso. Llevaba un periódico bajo el brazo, que le mostró. Era un ejemplar de la Gaceta Diaria de Madrid, fechado 12 días antes, el 23 de julio. Abrió las páginas y le mostró una escueta noticia.
“En el día de ayer SM el rey recibió en audiencia al marino Emilio de Mendoza, uno de los componentes de la segunda fase de la expedición Balmis, recién llegado a nuestra patria, que relató a nuestro soberano todos los pormenores de este acontecimiento, prolongado por espacio de más de diez años, y el éxito que les acompañó en la propagación de la vacuna por todo el continente americano, recibiendo por ello la felicitación Real”
Nada más leer aquello, Diego se abrazó alborozado al portador de la grata noticia, y fue tal el estrépito que armó que su madre acudió alarmada pensando que algo grave ocurría.
Nada más verla, le dijo simplemente:
-Madre, Emilio ha regresado-
Mercedes no acertó a articular palabra alguna, mientras gruesas lágrimas de alegría surcaban sus mejillas.
-Acabamos de saber que hace unos días estaba en Madrid y fue recibido por el rey- Dijo tendiéndole el periódico donde figuraba la noticia, omitiendo por innecesario lo que había sabido a través de Felipe Pallas
Su madre, que empezaba a reponerse de la inesperada noticia, leyó con atención la reseña, y por fin pudo hablar.
-Dios mío, cuanto he rezado porque esto sucediera. Que alegría se va a llevar tu padre en cuanto lo sepa-
Y así fue. Poco después Alejandro de Mendoza conocía a través de su esposa la buena nueva, y su corazón rebosaba de alegría.
-Ahora hay que esperar a que regrese a casa. No creo que tarde en hacerlo. Si el Diario ha viajado desde Madrid en 12 días, no creo que Emilio tarde más de uno o dos más en hacerlo-
Intervino Diego:
-Yo no pienso esperar sentado a que llegue. Me asalta la impaciencia y prefiero salir a su encuentro-
-Iré contigo- dijo Alejandro
-Padre, es mejor que te quedes por si nos cruzamos por el camino sin vernos- le contestó sin atreverse a manifestar que Alejandro ya no estaba para grandes cabalgadas. Éste hizo ademán de protestar, pero Sinforiano López salió al quite:
-No se preocupe, don Alejandro, Diego no irá solo; yo le acompañaré-
Una hora después, los dos amigos salían a caballo de la ciudad por el Camino Nuevo en dirección a Madrid, con la esperanza de encontrarse con Emilio. Durante toda la jornada, un caluroso día de principios de agosto, cabalgaron cruzando El Burgo, San Pedro de Nos, Guísamo, Betanzos, Guitiriz y Rábade, donde hicieron noche, indagando en las tabernas y posadas de cada población acerca de algún recién llegado cuya descripción pudiese coincidir con la de Emilio –aun teniendo en cuenta el cambio que podría haber experimentado su fisonomía durante su larga ausencia-, sin obtener respuesta.
A media mañana del día siguiente se hallaban ante las murallas de Lugo. Penetraron en la ciudad para comenzar una nueva búsqueda. Se alegraron de que fuese tranquila, mucho menos bulliciosa que La Coruña, lo que les facilitaría sus pesquisas. Tal y como venían haciendo desde su salida, recorrieron todos los establecimientos donde los forasteros pudieran comer o albergarse. Finalmente, en una hostería próxima a la catedral, obtuvieron de la mesonera una respuesta alentadora: un hombre con unas características similares al que buscaban acababa de alojarse y había subido a descansar a su alcoba.
Diego se vio presa de un fuerte nerviosismo, que contagió a su acompañante. Balbuceando unas palabras de agradecimiento por la información subieron las escaleras camino de la habitación que la mujer les había indicado. Una vez llegaron ante la puerta, Diego llamó con los nudillos.
Procedentes del interior, resonaron unos pasos sobre el entarimado del suelo y la puerta se abrió. Emilio había cambiado durante aquellos años. Estaba más delgado que antes, pequeñas arrugas aparecían junto a sus ojos y en la comisura de sus labios y sus sienes habían blanqueado ostensiblemente, pero no cabía duda: era él. No obstante, su mirada no era la misma que antes de marcharse. Estaba más apagada y reflejaba los sinsabores y vicisitudes que indudablemente había sufrido durante aquel calvario de once años. Era como si sus ojos transmitieran el hastío que yacía en la profundidad de su alma.
Se quedó mirando a los recién llegados, y de repente reconoció a su hermano y se arrojó a sus brazos entre sollozos. Durante el tiempo que duró el abrazo nadie abrió la boca. Sinforiano se mantenía al margen, respetando el reencuentro de los dos hermanos.
Ya era la hora del almuerzo, así que decidieron continuar ante un buen plato de comida. Mientras daban buena cuenta de un excelente cocido en la propia hostería, Emilio les relató los dramáticos avatares de su largo periplo por tierras americanas. A través de sus palabras, Diego se percató de que, en contra de las apariencias, su fe en la humanidad no había mermado, gracias a hombres como Salvany y el resto de compañeros de expedición, que le habían dado un auténtico ejemplo de solidaridad y coraje.
Después, y tras interesarse por sus familiares y entristecerse por la desaparición de la abuela Elisa, le tocó el turno a Emilio de informarse de todo lo acaecido en España durante su ausencia. Había estado en presencia del Rey y éste no le había gustado en absoluto, pero cuando se enteró del comportamiento del monarca con quienes habían constituido su apoyo y su defensa contra el invasor francés le cayó el alma a los pies. En cuanto supo que tanto Sinforiano como Diego pertenecían a un grupo de descontentos que no renunciaban a conjurarse contra el taimado monarca, no dudó en sumarse a la causa con todas sus consecuencias.
Partieron en cuanto terminaron de comer, con objeto de avanzar el mayor trecho de camino posible para llegar cuanto antes a La Coruña. Pasaron la noche en Guitiriz, y al atardecer del día siguiente llegaban exhaustos a la ciudad Herculina.
Mientras atravesaban la ciudad camino del domicilio familiar, Emilio pudo advertir el crecimiento que ésta había experimentado durante su ausencia, aunque apenas prestó atención a cualquier circunstancia que no fuera la emoción contenida durante tanto tiempo de abrazar al resto de su familia.
La sensación que Alejandro de Mendoza, su esposa Mercedes y su hija Isabel experimentaron cuando desde el balcón de su casa divisaron a lo lejos aquel grupo de tres jinetes y los identificaron es difícil de definir.
Descendieron atropelladamente las escaleras de su casa y salieron a la calle, corriendo al encuentro de los recién llegados para poder abrazar cuanto antes a Emilio.
Pocos días después, tras las celebraciones del reencuentro, llegó la hora de planificar el futuro de Emilio y para ello, por iniciativa de Alejandro de Mendoza tuvo lugar una reunión familiar entre éste y sus dos hijos varones.
En la familia Mendoza regía el patriarcado, aunque sin basar sus decisiones en el autoritarismo, sino en el profundo cariño y respeto que Alejandro inspiraba a sus vástagos.
Una vez reunida de nuevo la familia al completo había que restablecer las funciones de cada miembro. Hacía tiempo que Alejandro deseaba pasar el testigo de la dirección de sus negocios, y el retorno de Emilio le vino como anillo al dedo para liberarse de ese yugo; aun gozaba de vitalidad, pero a sus 67 años los esfuerzos en la gestión comenzaban a representar un excesivo peso para él.
Así se lo planteó a sus hijos. Como era de prever, Diego dejó claro que declinaba cualquier tipo de vinculación con el negocio familiar, así que finalmente fue Emilio quien pasó a hacerse cargo de la administración.
CAPITULO X
LA INGRATITUD DE UN SOBERANO
El decreto del 4 de mayo dio paso a una de las más grandes injusticias que se cometieron en nuestra nación, que históricamente fueron muchas. La inmensa mayoría de los héroes que con su coraje lograron liberar a España del yugo francés, peleando bravamente contra el invasor y facilitando el regreso de Fernando VII, fueron declaradas personas “non gratas” por la soberanía, que agradecía así el sacrificio y el valor con que habían luchado en su defensa, y los que no quisieron afrontar la prisión o incluso la muerte en el cadalso, no tuvieron más opción que el exilio.
Gente como Juan Díaz Porlier, héroe de las guerrillas y el ejército español y otros muchos, sufrieron represalias por parte del artero monarca y sus secuaces.
A finales de mayo de 1814, El Marquesito llevaba unos meses destinado en Madrid. Aunque nunca había ocultado sus ideas liberales, tampoco se afanaba en exteriorizarlas, dado el riesgo que ello entrañaba.
Estaba desencantado con la actitud del rey, y recordaba aquellas arduas discusiones mantenidas años atrás en La Coruña.
-Cuanta razón tenía Diego de Mendoza, y yo que ciego estaba por aquel entonces- tuvo que reconocerse a sí mismo mientras transitaba por la plaza de Tirso de Molina, camino de una casa de la Cava Baja a la que acudía a mantener una entrevista con su amigo Francisco Espoz y Mina, a requerimiento de éste, que le había enviado una misiva aquella misma mañana.
Llegó al lugar que le había sido indicado; era una pequeña casita de dos plantas. Golpeó con el llamador y al rato se abrió la puerta. Hacía ya unos cuatro años que no veía a Espoz y Mina, desde que ambos se dedicaban con bastante éxito a hostigar a los franceses por los montes de Asturias, pero apenas había cambiado.
Tras franquear la puerta, se estrecharon la mano efusivamente.
-Mi querido Juan, cuanto me alegro de verte-
-lo mismo te digo, Paco-
Pasaron a una pequeña sala donde Espoz y Mina invitó a Porlier a tomar asiento en una butaca. Tras una breve conversación de cortesía, Espoz abordó el asunto por el que lo había llamado.
-La situación es insostenible en toda la nación. El rey ha resultado ser un auténtico cabrón. No sabes como me arrepiento del apoyo y la lealtad que le prestamos durante todos estos años, mientras él se daba la vida padre en su exilio francés. Ahora la mayoría de los que le defendimos estamos perseguidos, y los que durante la guerra escondieron la cabeza bajo el ala son los que ahora tienen al país en sus manos, por el mero hecho de defender el absolutismo de la monarquía. Fíjate si no en el clérigo Juan de Escoiquiz, un conspirador nato, que era el preceptor de Fernando cuando era príncipe de Asturias, incitándole a intrigar contra su padre, el rey, y tras pasar toda la guerra en Francia, ahora ha vuelto nada menos que como Consejero de Estado plenipotenciario-
-Estoy totalmente de acuerdo contigo, Paco- repuso Porlier –y no creas que no llevo tiempo devanándome los sesos para buscar una solución, pero no la encuentro. Tanto nosotros como todos los que defienden la constitución estamos estrechamente vigilados, y salvo honrosas excepciones, como es nuestro caso, no nos podemos fiar de nadie, puesto que quien creemos que es el más acendrado liberal, puede esconder bajo esa careta a un espía del Rey Fernando y su camarilla-
-Exacto- convino Espoz –por eso a unos cuantos patriotas se nos ha ocurrido una idea para conspirar contra el rey y obligarle a acatar la Constitución de Cádiz. La hemos bautizado como la Conspiración del Triángulo. Esta denominación se basa en que para evitar el descubrimiento de todos los implicados en el caso de que se produjese una delación, hemos pensado en crear una red en forma de triángulo, de tal manera que cada iniciado sólo pueda conocer a otros dos conjurados y no al resto. ¿Podemos contar contigo?-
-Por supuesto. Estoy a vuestra entera disposición- aseveró Porlier con rotundidad, sin siquiera pensárselo.
-No lo había dudado ni por un instante, pero debía confirmarlo. Pues bien, el objetivo de la conspiración es ciertamente arriesgado: se trata ni más ni menos que de secuestrar al Rey y obligarle a disolver el actual Consejo de Regencia y jurar la Constitución ante el pueblo, para que luego no pueda volverse atrás-
-y yo, ¿que función debo desempeñar?-
-Por el momento debes mantener una actitud pasiva, salvo que los acontecimientos aconsejen cualquier tipo de acción. Y por supuesto, tu pertenencia al ejército nos puede aportar importante información, tanto del pensamiento que puedan tener los miembros de la milicia que tienes a tu alrededor, para poder captar militares leales a nuestra causa, como de cualquier confidencia que llegue a tus oídos que pudiese ser relevante para nuestros propósitos. Por otra parte, tienes que ocultar tus ideas políticas para no despertar ningún tipo de sospecha. Tus inclinaciones son del dominio público, pero debes aparentar que admites la legalidad vigente-
-De acuerdo. Eso haré-
-Uno de tus contactos voy a ser yo, que solo he venido para reunirme contigo y mañana mismo regreso a Navarra. El otro es un personaje que está muy próximo a ti. Se trata de Agapito Alconero, uno de tus amanuenses-
A Porlier le sorprendió bastante la elección de su contacto. Agapito Alconero no era precisamente santo de su devoción, ni tenía buena fama entre sus compañeros, que lo consideraban poco de fiar, pero pensó que tal vez tenía que desempeñar ese papel para no despertar suspicacias. Confiaba plenamente en Francisco Espoz y Mina, y si éste lo había elegido, bien elegido estaba.
Cuando se despidieron, Juan Díaz Porlier estaba plenamente involucrado en la conspiración, que consideraba plenamente identificada con sus convicciones decididamente liberales, lo que iba pensando mientras caminaba de regreso a sus dependencias en el cuartel de San Gil, en el prado de Leganitos•.
Al día siguiente, Porlier se puso en discreto contacto con Alconero; cuando le puso en conocimiento de la vinculación que ambos tenían en la conspiración, el amanuense, que hasta ese momento desconocía la identidad de quien iba a ser su contacto, le miró de una forma que a Porlier se le antojó extraña, y a continuación se puso a su disposición con una actitud tan servil que rozaba el empalago.
Algo en su interior seguía diciéndole que no debería fiarse de aquel hombre.
Aquella misma noche, a la una de la madrugada, unos fuertes golpes en la puerta sorprendieron a Juan Díaz Porlier, que descansaba en el lecho junto a su esposa.
Alarmado, se levantó y acudió a la puerta vestido únicamente con su camisón de dormir.
-Quien va-
-Somos los hombres del rey. Tenemos órdenes de que Juan Díaz Porlier nos acompañe-
De inmediato se dio cuenta de que había sido traicionado. Abrió la mirilla de la puerta y vio a un grupo de cuatro uniformados armados, e intuyó que no venían solos. Se hizo una rápida composición de lugar, y llegó a la conclusión de que si se resistía al arresto, no tenía ninguna posibilidad de éxito, así que decidió entregarse.
Abrió la puerta y de inmediato se le echaron encima. No opuso resistencia alguna, a sabiendas de que esa actitud hubiera resultado inútil. Ni siquiera le permitieron vestirse adecuadamente, y se lo llevaron de inmediato ante la aterrorizada mirada de Josefina, su esposa.
En el patio del cuartel esperaba una carroza y otros ocho uniformados, a quienes acompañaba un personaje cuya presencia no sorprendió a Porlier en absoluto: Agapito Alconero. Él había sido su delator. Porlier no hizo comentario alguno, pero le lanzó una mirada carga de odio que Alconero no fue capaz de sostener.
Le introdujeron en el carruaje y los cuatro que le habían apresado subieron con él. Los ocho restantes montaron a caballo. Tras arrear el cochero a los caballos, la comitiva partió con rumbo desconocido.
Tras un recorrido relativamente corto, cuya dirección no pudo conocer Porlier, por estar corridas las cortinas del carruaje, notó que se detenían y lo conminaban a bajarse. Pese a ir descalzo y vestido únicamente con su camisón de dormir, la personalidad que emanaba hizo que sus captores lo mirasen con respeto, tratándolo incluso con cierta consideración.
Se encontró ante un edificio que conocía sobradamente: la Cárcel de Corte. Paradójicamente estaba a escasa distancia del lugar donde se había entrevistado el día anterior con Francisco Espoz y Mina, dando origen al grave lío en que se hallaba metido.
Conocía el interior de la prisión por haber acudido allí pocos días antes a visitar a un amigo, preso por una acusación similar a la que ahora pesaba sobre él, y por tanto sabía de las condiciones de insalubridad y hacinamiento de la cárcel, que eran extremas.
Le confinaron en una celda ocupada por otros dos prisioneros que poco tenían en común con él, pues se veía a la legua que se trataba de maleantes, y de muy mala catadura, que a tenor del recibimiento que le hicieron no pretendían que su estancia allí fuese grata.
Al advertir que pese a lo precario de su vestimenta el recién llegado era un personaje de indudable porte aristocrático, decidieron divertirse un poco a su costa. Y claro que era un aristócrata, pero con muy malas pulgas, máxime en la situación en que inesperadamente se encontraba, que había avinagrado su ya de por sí fuerte carácter. No había transcurrido ni media hora desde su entrada en la celda, cuando los otros dos ocupantes de la misma habían comprobado en sus carnes lo exiguo de la paciencia de su nuevo compañero, al recibir una soberana paliza por parte de éste.
A media mañana del día siguiente, Josefina Queipo de Llano, tras pasar las primeras horas indagando el paradero de su marido, finalmente consiguió dar con él, y se presentó en la puerta de la prisión intentando obtener una entrevista, con resultado negativo, pues había órdenes tajantes de la superioridad –probablemente del propio Rey Fernando- en el sentido de que el prisionero debía estar completamente incomunicado con el exterior. Lo único que logró la infeliz mujer, fue que los guardianes del presidio se avinieran a pasarle un hatillo en el que le enviaba unas cuantas mudas de ropa, tras registrarlas concienciudamente.
El mes y medio siguiente fue una tortura para Porlier. A diario recibía la visita del Juez que instruía su causa y era arduamente interrogado ante el Magistrado y el Ministro de Gracia y Justicia, Pedro de Macanaz, inquiriéndole de muy malas maneras acerca de la identidad de otros conjurados y el paradero de Espoz y Mina, que al saberse traicionado por Alconero había huido de Navarra. Nada pudieron sacarle, entre otras cosas porque nada sabía.
El 16 de Julio de 1814, tras un rápido encausamiento, fue condenado a la confinación durante cuatro años en el Castillo de San Antón de La Coruña. La pena acarreaba además suspensión de empleo, goce de la mitad del sueldo y pago de las costas del proceso.
Un par de meses después llegaba a La Coruña para ser ingresado en prisión. La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la ciudad y sus camaradas en la sublevación de 1808 volvieron a reunirse en la casa de la calle de la Franja, encabezados por Diego de Mendoza y Sinforiano López. El número de asistentes había descendido notablemente con respecto a la última reunión, puesto que gran parte de las dos docenas de asistentes de entonces habían fallecido durante la contienda o bien se encontraban ausentes de la ciudad por una y otra razón, y la cifra se reducía a ocho concurrentes, pues además de los dos mencionados completaban el grupo el intelectual Manuel Pardo de Andrade, el comerciante palentino afincado en la Coruña Andrés Rojo, otro hombre de negocios de la ciudad, Alfonso Gutiérrez, Emilio de Mendoza, y los dos hermanos del Barco que continuaban vivos, Pedro y Emilio .
Sinforiano, que -como siempre- llevaba la voz cantante, expuso la situación:
-Queridos compañeros: como bien sabéis, nos hallamos aquí reunidos para tratar de buscar una solución a la desventura por la que está pasando nuestro común amigo e insigne patriota Juan Díaz Porlier, encarcelado en San Antón por orden de un miserable que tenemos la desgracia de que rija con mezquindad y malevolencia los destinos de nuestro país, y paradójicamente estamos congregados en el mismo lugar donde hace años lo hicimos para defender sus intereses. Si no fuese tan trágico parecería hasta cómico. Hemos de encontrar un remedio inmediato a esta injusticia, y ante la imposibilidad de utilizar la fuerza para liberarle, puesto que carecemos de tropa y armamento para iniciar una acción de esta índole, yo propongo iniciar una revolución silenciosa, convenciendo con nuestros argumentos tanto a civiles como a militares, hasta ganar los suficientes adeptos a nuestra causa como para salir de las sombras y plantar cara al absolutismo, todo ello con la mayor discreción. De todos es conocido que gran parte de la población de nuestra ciudad es de pensamiento liberal y otra buena parte está constituida por indecisos. En convencer a estos últimos está la clave para el éxito de nuestra empresa-
Habló Diego de Mendoza:
-Estoy completamente de acuerdo con las manifestaciones de mi amigo Sinforiano. Simplemente quisiera dejar mi opinión sobre los argumentos que debemos emplear para ganarnos nuevos partidarios, y estos se basan en que hay que convencer al pueblo de la justicia de nuestros objetivos, y para ello creo necesario hacer resaltar la indudable honorabilidad de Juan Díaz Porlier, su valiosa aportación a la causa de la nación, y por ende del rey, y la ingratitud mostrada por éste en el caso que nos ocupa y otros muchos sobradamente conocidos-
No hubo discrepancia alguna a estas opiniones por parte de los presentes, y cuando se despidieron todos estaban dispuestos a seguir las directrices marcadas en la reunión.
A la mañana siguiente, Diego y Emilio recibieron en su domicilio la visita de Sinforiano, que venía acompañado por Manuel Pardo de Andrade.
-Manuel y yo hemos estado recapacitando sobre lo comentado en nuestra reunión de anoche y se nos ha ocurrido una idea para cumplir nuestro propósito- Dijo Sinforiano –En lugar de contratar a unos cuantos correveidiles que propaguen de boca en boca lo que nos interesa, con grave riesgo de que sea descubierta la fuente de tales comentarios y las autoridades actúen contra nosotros, amén de que las noticias se van tergiversando a medida que circulan por ahí, hasta el punto de que lo que hoy es blanco, termina siendo gris o incluso negro-
Continuó Pardo de Andrade.
-Contamos con una baza importante para mantener el origen de las consignas en el anonimato y que lleguen fielmente a los ciudadanos, y es ni más no menos que editar libelos y repartirlos entre la población. Tenemos donde editarlos: las instalaciones de linotipia del periódico que dirijo, y también quien los redacte, si es que se aviene a ello. Y ese no es otro que tú, Diego. Eres un buen escritor y crees firmemente en la causa que nos mueve, de modo que con tu estilo literario y el corazón que le pondrás a tus escritos sabrás llegar al espíritu del lector. Podría hacerlo yo mismo, pero carezco de tu capacidad de convicción. No voy a negar que si aceptas esta misión correrás un riesgo, al igual que nos ocurre a los demás, pero confío plenamente en tu predisposición-
Diego no dudó en colaborar en aquella tarea, no solo por la obligación moral que sentía, sino porque creía en lo que iba a hacer. Dos días después, el primer panfleto veía la luz. Sinforiano López, junto con algunos colaboradores, se pasó toda una noche pegando anónimamente los pasquines o pasándolos bajo las puertas de numerosos domicilios. Al amanecer, la semilla de la rebelión estaba echada. El texto que reflejaban era el siguiente:
“Coruñeses: la hipocresía, el furor y la codicia de unos pocos están causando el infortunio de muchos. Hay que luchar por la constitución deseada, y derrocar al ídolo del despotismo y la ingratitud de su pedestal. Ayudadnos a liberar a Porlier, cuya vida constituye y ejemplifica una hermosa lección de heroísmo y un alma sublime ajena a las pasiones ruines y las intrigas mezquinas de quienes quieren destruirlo, y con él a su esencia y lo que ésta representa para la libertad”
Aquel corto pero encendido discurso, que periódicamente fue seguido de otros de similar contenido, provocó en poco tiempo un clamor entre la población, que si bien inicialmente fue sordo, pronto pasó a hacerse oir. Las primeras voces inconformistas que surgieron fueron las de los burgueses, básicamente comerciantes afincados en la ciudad, y en menor medida algunos miembros del clero, pero a la larga la conjura comenzó a germinar en el ejército, y la mayor parte de los militares acuartelados en la ciudad, quienes tenían un elevadísimo concepto de Porlier, tomaron partido por la sublevación.
No obstante, los partidarios del absolutismo tampoco descansaban. Las autoridades pusieron en marcha una red de espionaje para conocer la autoría de aquellos panfletos, y así, en la noche del 15 de marzo de 1815, Sinforiano López fue pillado in fraganti en pleno reparto, siendo detenido y encerrado en un calabozo de la cárcel del Parrote.
Tras un simulacro de juicio sumarísimo cuyo veredicto ya estaba previamente establecido, una auténtica farsa que poco o nada tenía que ver con la justicia, fue condenado a la pena capital, y nada pudieron hacer sus amigos por salvarle de la horca, salvo un sacrificio que hubiera resultado completamente estéril. El 17 de Abril fue conducido al patíbulo instalado en el Campo de la Leña. En medio de un silencio sepulcral por parte de la multitud que había acudido a presenciar la ejecución, subió las escaleras que conducían al cadalso con la cabeza alta y una integridad digna de encomio. Todos sus allegados se encontraban allí, acompañando a Rosa Vázquez, su esposa, quien haciendo caso omiso a quienes, con buen criterio y mejor intención, le desaconsejaron que asistiese para no tener que soportar aquel amargo trago, haciendo gala de un inmenso coraje no quiso que su marido se encontrase solo en aquel duro trance. Con lágrimas en los ojos vieron como el verdugo accionaba la trampilla por la que se colaba la vida de aquel gran hombre.
Cuando terminó la ejecución, los dos hermanos Mendoza y Manuel Pardo de Andrade acompañaron a Rosa a su domicilio, donde la esperaban sus cuatro hijos, en completo silencio. Cuando estaban a punto de llegar, la mujer no pudo soportar más la tensión del drama que estaba viviendo y se derrumbó, quedando sin conocimiento. Diego de Mendoza hizo el resto del recorrido con ella en brazos.
Después, Diego quiso quedarse solo y se despidió de sus acompañantes. Vagó durante horas por las calles de la ciudad sin percibir apenas cuanto le rodeaba, pues un velo de lágrimas le limitaba la visión. Las sombras que percibía de los edificios que le rodeaban se le antojaban siniestras. Su corazón rezumaba una mezcla de emoción, dolor y odio. En el fondo, se sentía culpable de aquella tremenda desgracia.
Llegó a casa ya entrada la noche, completamente agotado, y con un pensamiento obsesivo instalado en su mente: tenía que continuar con la labor del amigo muerto, aun a costa de su propia vida.
Las jornadas que se sucedieron a continuación fueron de actividad frenética para Diego de Mendoza. Sin abandonar su labor docente en la escuela de gramática, cada noche acudía junto con sus camaradas a las reuniones de la casa de la calle de la Franja, donde se discutían con apasionamiento las nuevas directrices a seguir después de lo que había pasado. Algunos de los reunidos consideraban que el riesgo que estaban corriendo era excesivo y debían esperar a que llegasen tiempos mejores, pero otros, entre los que se encontraban Diego, Emilio y Manuel Pardo de Andrade, estaban convencidos de que debían persistir en aquellas actividades, aunque siempre desde el anonimato, ante el considerable número de adeptos que habían ido captando durante aquellos meses, y que iban creciendo día a día, muy particularmente en los cuarteles del ejército.
Finalmente triunfó la tesis de continuar con la conjura. Pardo de Andrade y Diego de Mendoza comenzaron a efectuar visitas a San Antón para entrevistarse con Díaz Porlier, algo que no habían hecho anteriormente por considerarlo perjudicial para mantener ocultos sus propósitos, pero ahora era necesario para mantener a Porlier al tanto de sus avances al tiempo que obtenían de éste confidencias sobre otras maniobras que de forma paralela se iban gestando en los cuarteles, y de las que el Marquesito tenía conocimiento a través de visitas de compañeros de armas que recibía en el presidio.
CAPITULO XI
EL PRONUNCIAMIENTO
Unificando poco a poco la información de que fueron disponiendo, a principios de agosto consiguieron trazar un plan. La insalubridad del calabozo, provocada fundamentalmente por el alto grado de humedad reinante en el islote donde estaba ubicado el castillo, había afectado, aunque no en gran medida, a las vías respiratorias del prisionero, que sufría circunstancialmente algunos achaques de tipo asmático y accesos de tos. El médico del presidio –que estaba de acuerdo con los conjurados-, tras visitarle, recomendó su traslado durante una corta temporada al balneario de Arteijo, considerando que su estancia allí tomando baños termales produciría en el paciente una pronta recuperación de sus dolencias.
Obtenido el permiso por parte del alcaide de la prisión, Porlier salió del castillo el 19 de agosto con una escolta de cuatro hombres armados camino del balneario de Arteijo, donde le esperaba su esposa, Josefina Queipo de Llano.
Sin embargo, las intenciones eran otras. En la noche del 21 de Agosto Porlier, burlando a sus vigilantes, abandonó el balneario amparado en la oscuridad y se dirigió a pie hasta la cercana aldea de Oseiro, donde le esperaban unos amigos con monturas, y de allí partieron hacia el villorrio de Pastoriza, a la casa de veraneo propiedad del acaudalado comerciante liberal Andrés Rojo del Cañizal.
Durante casi un mes se mantuvo oculto en aquella propiedad mientras era buscado con ahínco por las autoridades, recibiendo a diario visitas nocturnas secretas de sus amigos, que le mantenían al tanto de la evolución de la conjura y del movimiento que se iba desarrollando para tenerlo todo preparado para cuando llegara el momento. Durante el día sus esfuerzos iban encaminados a preparar el Pronunciamiento.
En la noche del 18 al 19 de setiembre de 1815, Porlier entró en La Coruña a la una de la madrugada de una esplendorosa noche de luna llena. En el mismo acceso a la ciudad le esperaba una fuerza militar de más de ochocientos hombres para ponerse a sus órdenes. Nada más verlos, les dijo:
-Señores: esta hermosísima noche es un presagio de que la Providencia quiere iluminarnos, y que hemos de ser felices en esta empresa-
Poco después se inició el Pronunciamiento; tras la detención de los mandos militares contrarios a la sublevación, en menos de dos horas, las fuerzas comandadas por Porlier se hicieron con el control de la ciudad sin apenas oposición.
Tan pronto como confirmó el éxito de su misión, Porlier se dirigió al acuartelamiento del Regimiento de Órdenes Militares y se entrevistó con su jefe, el coronel Salvador Escandón. Conocía a Escandón desde los lejanos tiempos de la batalla de Trafalgar, donde habían combatido codo con codo contra los ingleses. Era otro marino frustrado por la falta de barcos tras aquel desastre y, al igual que él, había decidido continuar su carrera en el ejército.
La guerra contra los franceses le cogió en Zaragoza, donde participó activamente en la defensa de la plaza durante el primer Sitio de las fuerzas napoleónicas. Posteriormente había pasado a Asturias, donde se reencontró con Porlier, formando parte de la guerrilla a las órdenes de éste en la comarca de Cangas de Onís.
Desde el retorno de Fernando VII había sido destinado a La Coruña al mando del Regimiento de Órdenes Militares, que guarnecía la plaza.
Se reunieron en el despacho de Escandón. Éste era de edad algo superior a la de Porlier, rondaba los 36 años. Era de estampa bizarra y miraba altiva. Porlier apreciaba su valía como militar, de la que había dado sobradas muestras, aunque su opinión con respecto a la faceta personal no era tan favorable. Durante su estancia en Asturias Porlier había percibido la envidia de su subordinado por hallarse por debajo en el escalafón militar pese a ser de mayor edad y antigüedad en la milicia. Pese a ello, le pidió su apoyo.
-Salvador, vengo a pedirte algo, en aras de nuestra antigua amistad y de lo justo de la causa que me guía. Te ruego que te avengas a unir el Regimiento que mandas a nuestras tropas. Unido a las fuerzas de las que ya disponemos, podríamos hacernos con el control de Santiago, donde están concentradas las fuerzas gubernamentales, que una vez neutralizadas nos dejarían la puerta abierta para hacernos con el dominio de todo el reino de Galicia, pues las plazas de Vigo y Ferrol ya están controladas, aunque sin ruido de sables de momento, por simpatizantes de nuestra causa-
Escandón lo miró fijamente, con una fría expresión que no traslucía sentimiento alguno.
-Antes de tomar una decisión al respecto debo consultarlo con mis oficiales. A primera hora de la mañana te comunicaré la resolución que hemos tomado-
Aun con todas las reticencias que tenía hacia Escandón, poco sospechaba Porlier que nada más salir de allí, lo que hizo su antiguo subordinado fue reunir a algunos de sus hombres y evadirse de la ciudad al amparo de la noche, partiendo a caballo hacia Santiago de Compostela, donde informó a las autoridades militares de la situación en La Coruña y las intenciones de los rebeldes, para que adoptasen medidas que condujeran a la captura del propio Porlier. Cuando éste se enteró del engaño, ya era demasiado tarde.
Tres días más tarde, Juan Díaz Porlier abandonaba la ciudad al frente de una columna de 864 hombres en dirección a Santiago, dispuestos a tomar la ciudad, que estaba controlada por el clero y defendida por tropas adictas al Rey Fernando.
En la noche del día siguiente, la columna de Porlier paró a descansar en la aldea de Merelle, inmediata a Órdenes, en el Camino Real de Santiago. Cuando Porlier y sus oficiales se encontraban en el interior de un mesón conocido como de Viqueira, donde se habían reunido para tomar un refrigerio y concretar los movimientos que debían realizar al día siguiente, un grupo de 39 oficiales de marina al mando de Antonio Chacón logró cogerlos por sorpresa y hacerlos prisioneros. El resto de la tropa, al encontrarse sin jefes, vio anulada su capacidad de reacción y no opuso resistencia. La operación se inició a las 10 en punto de la noche y a las dos y media de la mañana Chacón enviaba un correo a Santiago, con un aviso dirigido al general Imaz, dándole cuenta de la victoria obtenida tras su traición.
Imaz se mostró inicialmente incrédulo ante el inesperado desenlace, llegando a creer que podría tratarse de un ardid, y solo se convenció de la veracidad del mensaje a media tarde del día siguiente, cuando Porlier y sus hombres llegaron a Santiago custodiados por sus captores; el resto de la tropa rebelde, sumida en el desconcierto, se había desperdigado y no representaba riesgo alguno.
Porlier fue enviado de inmediato a La Coruña y encerrado en la Cárcel Real, en las inmediaciones del palacio de Capitanía. Una vez allí, Felipe de Saint Marq, a la sazón Capitán General, abrió la Causa a seguir por Pronunciamiento realizado. Escandón participó en el consejo de guerra como testigo básico, y eso le supuso el inmediato ascenso a brigadier. Ningún allegado al encausado, ni siquiera su esposa, fue autorizado a entrevistarse con él mientras duraron los interrogatorios –en los que Porlier demostró su gran firmeza de carácter-, que se acabaron en cuatro días, al cabo de los cuales se dictó sentencia.
“Este tribunal, una vez examinadas las pruebas, condena por unanimidad de votos al nominado ex Mariscal de Campo Don Juan Díaz Porlier a que precediendo la degradación sufra la pena de Horca que señalan las Reales Ordenanzas”
El aislamiento con respecto a los suyos a que se vio sometido en sus últimos días no fue total, ya que a través del confesor de la prisión pudo enviar una carta a su esposa que redactó a la una de la madrugada de la víspera de su ejecución. En ella decía:
“¡Amada mía! El Todopoderoso, que dispone de los hombres según su voluntad, se ha dignado a llamarme ante sí, para darme en la vida eterna la tranquilidad y el descanso que no he gozado en este mundo. Todos estamos sujetos a esta condición tan precisa de la naturaleza, y por tanto es inútil afligirse cuando se presenta este último tiempo. En este supuesto, te suplico muy encarecidamente que recibas este último golpe de las desgracias que nos han afligido con la misma tranquilidad y serenidad de ánimo que yo conservo al escribirte ésta. Nada te aflija, ni siquiera el género de muerte que me den, porque ella no deshonra sino a los malvados; a los buenos los llena de honor y gloria. Vuelvo a repetirte que si algún consuelo llevo al mundo de la verdad es el de persuadirme, a que obedeciéndome en este momento, como lo has hecho hasta aquí, te consolarás y resignarás con la voluntad de Dios, que es la suprema ley de todos los mortales, y más adelante te entregarán mi última disposición, la que procurarás cumplir en cuanto sea posible. El padre Sánchez, religioso de San Agustín, te enterará verbalmente de otras cosas que le encargo bajo confesión. Vuelvo a encargarte la conformidad, pues de lo contrario, sobre perjudicar tu salud, no te será provechoso para el bien de tu alma. Adiós, recibe el corazón de tu esposo Juan.
Capilla de la cárcel de La Coruña 2 de octubre de 1815”
La mañana del día 3 de Octubre de 1815, bajo un cielo encapotado que presagiaba la inminencia de la lluvia, el Campo de la Leña estaba atestado de gentío ávido por presenciar la ejecución.
Entre la multitud, un Diego de Mendoza pálido y desencajado, con el alma envenenada, rodeado de sus amigos pero sintiéndose inmensamente solo, revivía los dramáticos momentos que pocos meses antes habían tenido lugar en aquel mismo escenario con Sinforiano López.
También se hallaba presente Salvador Escandón, luciendo su flamante uniforme de Brigadier. Su gesto era serio y circunspecto, pero el brillo de sus ojos denotaba una especie de malsana complacencia. Le acompañaba su fiel colaborador, Antonio Chacón, y algunos de los suboficiales que también habían participado en la encerrona a Porlier.
A lo lejos, los congregados vieron una pequeña comitiva que salía de la Ciudad Alta por la Puerta de Aires. Eran indudablemente el reo y su escolta. Según se iban acercando, comprobaron que, en un intento de minimizar y vilipendiar la figura de Porlier, éste cabalgaba a lomos de un asno mientras que quienes le custodiaban, fuertemente armados, lo hacían en elegantes corceles. Pero el empeño era inútil. La fuerza interior que emanaba de él lo agigantaba. Iba con la cabeza alta y en su mirada no había ni un asomo de temor. Era un hombre que había sabido vivir con honor y estaba dispuesto a morir de la misma manera.
Entre la muchedumbre, y repartidos por todos los puntos de la explanada, grupos de soldados armados estaban atentos para abortar cualquier posible intento de liberación del condenado.
Cuando el prisionero y su escolta llegaron ante el patíbulo, todos los murmullos cesaron y un silencio ominoso se abatió sobre todos los allí reunidos. Porlier desmontó del pollino con una elegancia digna de más noble montura y con aire digno y paso firme subió los peldaños del cadalso sin que ninguno de sus guardianes osara acercarse a él.
El verdugo le esperaba con la soga en que finalizaba la cuerda en una mano y una caperuza en la otra. Porlier se le acercó y situó los pies sobre la trampilla. El ejecutor quiso entregarle la capucha para que por pudor ocultase en ella la cabeza, pero el reo declinó el ofrecimiento.
-Prefiero que los que están aquí vean mi cara y sepan que no tengo nada que ocultar. No reniego de mis actos-
Cuando el nudo corredizo se estrechó, ciñendo la garganta del condenado, las lágrimas afloraron a los ojos de muchos de los concurrentes, y en ese mismo instante el cielo se iluminó y un estruendoso relámpago resonó en medio del silencio, y las nubes, en una especie de mimetismo, comenzaron también a llorar.
El verdugo, con el gesto displicente de quien está habituado a hacer ese ingrato trabajo, acercó su mano a la palanca que accionaba la trampilla y tiró de ella, provocando el vacío bajo los pies del condenado, cuyo propio peso provocó la mortal caída por el hueco, y el sonido de un crujido seco que helaba la sangre, anunció la muerte de Juan Díaz Porlier. Tenía 27 años. En un intento de acrecentar su deshonra y evitar cualquier tipo de homenaje a su figura, fue inhumado en una tumba anónima del cementerio de San Amaro. Su esposa fue confinada de por vida en un convento de religiosas de clausura en Betanzos.
CAPITULO XII
SEIS AÑOS EN EL INFIERNO
La ejecución de Porlier marcó un punto de inflexión en la situación política de la nación, y muy particularmente en la ciudad de La Coruña, donde la población fue testigo de excepción del duro castigo aplicado a los rebeldes.
Entre los liberales que en mayor o menor medida habían participado en el Pronunciamiento cundió el desánimo y paulatinamente fue acudiendo menos gente a las reuniones privadas, hasta que finalmente dejaron de celebrarse. Algo parecido ocurrió con los militares simpatizantes con la causa liberal: los que no fueron encarcelados, degradados o castigados con la expulsión de la milicia, estaban tan abatidos que no se atrevieron ni a levantar la voz. Intelectuales como Manuel Pardo de Andrade se vieron obligados a huir al extranjero para no perder la vida. Todo volvió a la normalidad, pero era una normalidad triste, vestida de dolor y de oprobio, impuesta y siempre con la Espada de Damocles por encima de la cabeza de quien osara protestar contra los abusos y arbitrariedades del absolutismo del Rey y su Camarilla.
Diego de Mendoza estaba hundido. En escaso margen de meses había visto morir a dos de sus mejores amigos de idéntica manera y en el mismo lugar, sin poder hacer nada por evitar su fatal destino.
Durante los últimos tiempos había dejado bastante de lado sus actividades, tanto la enseñanza como la literatura y pintura, pero sobre todo había descuidado a Elena, su prometida, con quien no había tenido intimidad, y la veía solamente para acompañarla a misa los domingos o a algún que otro acto social. Pese a que sabía que ella le comprendía y continuaba sintiendo por él el mismo amor que el primer día –ni siquiera encontraba en su mirada el más leve asomo de reproche o crítica, pese a buscarlo a conciencia-, se prometió a sí mismo recuperar el tiempo perdido, empezando por colmarla de atenciones.
Y así, poco a poco, se fue aclimatando a una nueva vida, lejos de las tensiones que le había tocado vivir, aunque sin poder evitar sentir un nudo en la garganta y una opresión en el pecho cada vez que los tristes sucesos acaecidos revivían en su memoria y le hacían sentirse culpable, algo que le reconcomía por dentro.
Durante los siguientes años, los elementos liberales, lejos de escarmentar con el ejemplo de Porlier, no se mantuvieron inactivos. La Conspiración del Triángulo, en cuya primera fase había participado el propio Porlier, habiendo representado el principio de su caída en desgracia, salió de nuevo a relucir. Su principal instigador fue también en este caso un antiguo militar de la guerrilla, Vicente Richard, que preparó en Madrid un complejo plan para secuestrar a Fernando VII durante una de sus visitas pretendidamente secretas a su amante Juana la Naranjera, en las Ventas del Espíritu Santo, y obligarle a jurar la Constitución. El intento se frustró antes de lograr su objetivo, al igual que en otros casos porque alguien denunció la Conspiración. Richard fue condenado a muerte y ejecutado, y en un alarde de crueldad, su cabeza se mantuvo durante varios días clavada en una pica en el Camino de Aragón.
Durante el mes de mayo de 1816 –transcurrido un plazo de más de dos años desde la muerte de Diego del Barco, suficiente para superar el período de luto familiar-, Diego de Mendoza y Elena del Barco contrajeron matrimonio. Diego estaba totalmente apartado de sus inquietudes políticas y su actividad se centraba básicamente en su labor docente y sus tradicionales aficiones.
En Abril de 1817 se produjo, en esta ocasión en Barcelona, el Pronunciamiento encabezado por el General Luis Lacy con la colaboración de Lorenzo Milans del Bosch. La conspiración fue descubierta y abortada, y mientras Milans del Bosch conseguía huir atravesando los Pirineos, Lacy fue detenido y pasado por las armas.
Fusilamiento del general Lacy
En 1818 hubo varias intentonas de golpe de estado por parte de diversas sociedades secretas de ideología masónica formadas por elementos burgueses y militares, aunque partiendo en cada caso de distintas ideas, pues mientras los primeros, mayoritariamente comerciantes, estaban movidos por sus intereses mercantiles, fuertemente afectados por la congelación a partir de 1808 del comercio entre América y España, a los segundos los guiaban sus convicciones romántico-liberales. Ese tipo de asociaciones proliferaban por entonces y se implicaban fuertemente, por los motivos apuntados, en los acontecimientos sociales y políticos de su tiempo; todas las tentativas también fueron contundentemente repelidas por las fuerzas monárquicas.
Un año después, en Valencia, un grupo de militares encabezados por el general Vidal tramaron una nueva conspiración, que debía iniciarse con el asesinato del general Elío, uno de los más genuinos representantes y fervientes seguidores de la causa absolutista. La sublevación fracasó, como las anteriores, y sus principales responsables también fueron ejecutados.
Pero tanto va el cántaro a la fuente que al final, se rompe. Finalizando el año 1819, el teniente coronel Rafael del Riego se hallaba en la población sevillana de Cabezas de San Juan al mando de un cuerpo del ejército, acantonado en esta localidad a la espera de ser embarcado hacia América para sofocar los movimientos independentistas que agitaban aquellos territorios.
CAPITULO XIII
EL TRIENIO LIBERAL
El descontento de las tropas era patente, y mucho más al conocerse las precarias condiciones de la flota en la que iban a viajar, cinco naves de 44 cañones en evidente estado de deterioro que habían sido compradas a Rusia debido a la carencia de barcos en España a raíz del desastre de Trafalgar. A ello había que unir la falta de abastecimientos, la escasez de dinero y varios brotes de fiebre amarilla que hicieron estragos entre los soldados, cuya moral cada vez era más débil debido a las intranquilizadoras perspectivas que se les ofrecían. Esas circunstancias fueron aprovechadas por Riego, militar de marcado carácter liberal, y otros oficiales, que poco a poco fueron ganándose a la tropa para su causa.
Rafael del Riego
El uno de enero de 1820 Riego emitió una proclama a las tropas en la que, después de renunciar a embarcarse, les anunciaba que
"Las órdenes de un rey ingrato que asfixia a nuestro pueblo con onerosos impuestos e intenta además llevaros, a miles de jóvenes, a una guerra estéril sumiendo en la miseria y el luto a vuestras familias. Ante esta situación, he resuelto negar obediencia a esa inicua orden, y declarar la Constitución de 1812 como válida para salvar la patria y para apaciguar a nuestros hermanos de América, y hacer felices a nuestros compatriotas. Unidos y decididos a libertar nuestra Patria, seremos felices en lo sucesivo bajo un gobierno moderado y paternal, amparados por una Constitución que asegure los derechos de todos los ciudadanos; y que cubiertos de gloria después de una campaña breve, los soldados obtendréis vuestras licencias y las recompensas y honores debidos a vuestros importantes servicios. ¡Viva la Constitución!"
La proclama informaba también que había sido elegido el coronel Antonio Quiroga -que sería reconocido como general- como jefe de la insurrección y que a él había que prestarle desde ese momento obediencia.
A partir de aquel pronunciamiento se inició una pintoresca peripecia de los sublevados que pronto hizo pensar que todo iba a acabar como las intentonas precedentes. Ante la imposibilidad de entrar en Cádiz, ciudad que les cerró sus puertas, alrededor de 3.000 soldados al mando de Quiroga se atrincheraron en la Isla de León, y allí fueron bloqueados por las tropas leales al gobierno enviadas desde Madrid al mando del general Freire. Entretanto, Riego, con una columna de 1.500 hombres, inició un penoso itinerario para tratar de conseguir adeptos a la causa, que le llevó por Conil y Vejer hasta Algeciras, y desde allí a Málaga para subir luego hasta Córdoba y dirigirse hacia Extremadura, ante la indiferencia de la población civil, que posiblemente harta de sublevaciones, ni siquiera se molestaba en tomar partido. El ejército de Riego no sólo no conseguía levantar a las poblaciones por donde pasaba, sino que fue perdiendo hombres a medida que iba avanzando hacia el norte. Todo parecía predecir el fracaso del levantamiento.
Sin embargo, en esta ocasión surgió un factor determinante e inesperado. En la ciudad de La Coruña se seguían con gran interés los avatares protagonizados por Riego y sus hombres. Se reanudaron las antiguas reuniones de la casa de la calle de la Franja, que hacía ya cinco años que no se celebraban, y a ellas acudían cada noche los conjurados de entonces y otros nuevos miembros, que iban creciendo día a día, la mayoría miembros del ejército. Entre ellos estaba el coronel Acevedo, buen amigo de Emilio y Diego de Mendoza y fuertemente adicto, al igual que los dos hermanos, a la causa constitucional.
Diego de Mendoza, que hacía ya tres años que había contraído matrimonio con Elena del Barco, fruto del cual pocos meses antes había nacido una niña, Elisa –en honor a su bisabuela- vivía una etapa llena de placidez, dedicado a la vida familiar, a su profesión y a sus inquietudes artísticas, pero tan pronto como llegaron a sus oídos noticias sobre el pronunciamiento de Riego, el carácter revolucionario, que estaba dormido pero no muerto, volvió a prender en él, y pasó en un abrir y cerrar de ojos de ser un burgués acomodado e indiferente a convertirse en un adalid de la sublevación en ciernes, haciendo oir su voz en las reuniones secretas.
En el local de la Franja comenzó a fraguarse el apoyo a Riego, y posteriormente la sublevación se consolidó en los cuarteles. Y así, el 21 de febrero, un grupo de oficiales, dirigidos por el coronel Acevedo, secundó la llamada de los pronunciados, encabezados por el coronel de artillería Carlos Espinosa y contando asimismo con el apoyo popular. Tras la instalación de una Junta, cuyo objeto era gobernar con arreglo a la Constitución de 1812, las autoridades fueron destituidas y la Junta se constituyó bajo la presidencia de Pedro Agar, que antes del retorno de Fernando VII había formado parte de la Regencia, y como vocales Acevedo, José María del Busto, el Marqués de Valladares, Manuel Latre, comandante de voluntarios de Aragón, Carlos Espinosa, el comerciante Vega y el hacendado Freire. Inmediatamente fueron puestos en libertad los oficiales todavía presos a consecuencia de la conspiración de Porlier.
A renglón seguido se unieron a la sublevación las plazas de Lugo, Ferrol y Vigo, y más tarde ésta se extendió como un reguero de pólvora hacia Asturias y León, y al poco tiempo, la guarnición de Zaragoza, secundada por una gran parte de la población civil, se pronunció en favor del que el Rey aceptase la Constitución. Y así, se produjo de pronto una cadena de manifestaciones de ciudades por toda España que se convirtieron en un clamor favorable a la implantación de una monarquía liberal.
En Galicia, donde se gestó la iniciativa para el triunfo de los constitucionalistas, quedaba un último reducto por conquistar, la ciudad de Santiago de Compostela, dominada por el clero, quien temeroso de perder sus prebendas con el nuevo régimen, dio asilo a las tropas leales a Fernando VII, al mando del General Pol, Conde de San Román.
Una columna de 400 hombres mandada por el coronel Acevedo partió de La Coruña hacia la capital compostelana. Al conocer la noticia, las tropas que ocupaban la ciudad huyeron en dirección a Orense, acompañados por el Arzobispo y otros miembros del clero, por lo que Acevedo entró en Santiago sin oposición alguna, liberando a los prisioneros que quedaban en la cárcel del Santo Oficio.
Posteriormente salieron en persecución de los fugados y finalmente les dieron alcance más allá de la capital orensana. Se produjo una refriega que, aunque no de mucha consideración, tuvo como resultado que una bala perdida alcanzara a Acevedo, que resultó muerto a consecuencia de la herida. Su cuerpo fue trasladado a La Coruña, donde fue enterrado con grandes honores.
El definitivo triunfo de los insurgentes se concretó en Ocaña, donde el conde de La Bisbal, que mandaba las tropas que debían dominar a los rebeldes, se unió a la sublevación. Atemorizado, Fernando VII anunció el 6 de marzo su propósito de convocar las Cortes, y el 9 decidió jurar la Constitución. –Vayamos todos juntos, y yo el primero, por la senda de la Constitución- dijo en uno de sus muchos alardes de cinismo. Se suprimieron la Inquisición, los mayorazgos y los señoríos. Y así dio comienzo una época de bienestar social, político e incluso económico, al irse recuperando el país de las funestas consecuencias de la guerra y las posteriores hostilidades internas que habían ido surgiendo.
A finales de Marzo Manuel Pardo de Andrade retornó del exilio francés, donde pese a la distancia no había cesado en su belicosidad contra Fernando VII con sus armas literarias, ya que bajo el seudónimo Leon de Parma editó una serie de composiciones –seguidillas, sonetos, romances- donde la España perdida era su fuente de inspiración. Nada más regresar, se puso manos a la obra en la creación de un nuevo periódico, El Diario Patriótico de La Coruña.
Siguiendo las disposiciones de la Junta Superior Provincial de La Coruña, el 8 de abril se procedió a la exhumación de los restos de Porlier. La función fúnebre fue supervisada por el teniente coronel y comandante de la milicia en La Coruña Leon Gil de Palacio. Asistió el sepulturero que había enterrado casi cinco años antes al malogrado militar, para señalar el paraje del cementerio donde yacía, dado el anonimato de su tumba. No costó gran trabajo localizarla. Los pocos allegados de Porlier que acudieron al acto, pues éste se celebró en la más estricta intimidad, ayudaron a la delicada operación de desenterrar el cadáver. Entre los asistentes estaban Diego y Emilio de Mendoza y los hermanos del Barco, así como Manuel Pardo de Andrade.
El cuerpo fue conducido después al Parque de artillería de San Amaro y allí se mantuvo durante breves días, hasta que fue colocado en una urna octogonal con bajorrelieves dorados sobre fondo de mármol, obra del artesano Pedro Mallo, que la realizó gratuitamente.
La Junta de Gobierno dispuso que el 4 de mayo fuera el día destinado a las exequias, y al anochecer de la víspera se reunió en San Amaro un crecido número de ciudadanos, mujeres y hombres, así como oficiales de la guarnición, quienes se disputaron el honor de trasladar el cadáver a hombros, y el cortejo, encabezado por quienes desplazaban los restos, se dirigió a la capilla de San Roque, muy cercana a la ubicación del patíbulo donde Porlier había perdido la vida años atrás.
Al amanecer, llegó a dicha capilla la Guardia de Capitanía General, y en ese momento se dio inicio a los honores militares por parte de la artillería de la plaza. Se presentó entonces el Capitán General Carlos Espinosa con la plana mayor del ejército, a quienes precedían cuatro piezas de campaña tiradas por caballos enlutados. También estaban representadas las Cofradías, las Comunidades Religiosas, el Cabildo Eclesiástico y el Ayuntamiento Constitucional. Finalizaba la comitiva un jinete vestido a la antigua usanza, con escudo y lanza, en cuya punta ondeaba una banderola azul y verde en cuyo anverso figuraba la inscripción JUAN DIAZ PORLIER, mientras que en el reverso se leía ¡HOMBRES SENSIBLES! RESPETAD LAS CENIZAS DE UN PATRIOTA DESGRACIADO.
Tras la ceremonia religiosa, que fue hondamente emotiva, pues los sacerdotes que dirigieron el acto fúnebre se esmeraron en que tuviese brillantez y ternura., los restos de Porlier fueron depositados en un carro funerario. Sobre la urna fueron colocados la espada, el sombrero, la faja y el bastón que habían pertenecido al difunto.
El carro partió, y cuando llegó frente a la horca del Campo de la Leña, que por disposición superior se había levantado en el sitio de costumbre pese a no haber ejecuciones, y ante la cual se había dispuesto una gran hoguera.
El patíbulo, que si bien había servido en muchas ocasiones para un justo castigo al facineroso, en otras fue utilizado como tormento de patriotas, fue arrojado al fuego por la enfebrecida multitud y quemado en la hoguera, para desagraviar a Porlier y a otros hombres ilustres que allí mismo y en otros lugares fueron víctimas del terrible despotismo.
Siguió luego la comitiva con pausa y solemnidad hasta llegar a la iglesia de los Agustinos. En muchas casas habían colgado crespones negros de los balcones, dando muestras del aprecio que el desventurado Porlier merecía a sus moradores.
Una vez en la iglesia, el párroco José Antonio Escario pronunció un largo y encendido discurso, que emocionó profundamente a la concurrencia, sumida en un respetuoso silencio, glosando las virtudes de Porlier y otros constitucionalistas ejecutados, como Lacy o Sinforiano López, el primero en caer en manos del verdugo.
Finalizado aquel acto, la comitiva realizó un largo recorrido por las calles de la Ciudad Alta y el Ensanche, atestadas de ciudadanos que portaban velas y hachones de cera encendidos a su paso, hasta regresar de nuevo a la capilla de San Roque, en cuyo interior la urna fue introducida en una tumba para que las cenizas del desdichado Porlier tuvieran un reposo definitivo.
La viuda de Porlier, Josefina Queipo de Llano, fue liberada de su reclusión en una celda del colegio de Huérfanas de la ciudad de Betanzos, donde había permanecido desde la ejecución de su esposo bajo la custodia de Vicente Feliciano Faraldo, uno de los absolutistas más fanáticos, que llevó su celo al extremo de no permitirle abrir los baúles donde se conservaban las ropas y efectos personales de su esposo, cosa que no pudo hacer hasta su puesta en libertad, coincidente con la fuga de Faraldo.
El Ayuntamiento coruñés decretó durante el mes de mayo de 1820 el cambio de denominación de las cuatro calles más importantes del Ensanche, y los dos cantones pasaron a denominarse de Lacy y de Porlier y la calle inmediata recibió el nombre de Acevedo , mientras que la de San Andrés2, denominada así por la iglesia del mismo nombre, pasó a llamarse calle de Espoz y Mina. También en la Ciudad Alta la plaza de la Harina cambió su denominación por la de plaza de la Constitución3.
La vuelta a la normalidad fue como un bálsamo para la familia Mendoza, que veía nacer un período de paz y prosperidad. Atrás quedaban, tal vez para siempre, unos tiempos llenos de sobresaltos, sinsabores y tragedia que ojalá no se repitiesen nunca más. Emilio y Diego retomaron sus quehaceres habituales, para satisfacción de la esposa de este último y de sus padres.
Pero no todo fue dorado en esta época. El país pronto se vio envuelto de nuevo en la inestabilidad política causada por la latente desafección del monarca al régimen constitucional y por los conflictos políticos segregados por la rivalidad entre liberales doceañistas, más moderados, y veintenos, de pensamiento exaltado y proclive a una apertura mayor de las libertades y reformas sociales. Esas disensiones se plasmaron claramente a través de los enfrentamientos entre las sociedades secretas de la Masonería -liberal moderada-, la Sociedad del Anillo –comedida- y la Confederación de Caballeros Comuneros -liberal exaltada-, atizadas desde la sombra por el monarca, un auténtico ejemplo de hipocresía y falsedad, que puso todo su empeño en alentar la discordia por cualquier medio.
CAPITULO XIV
LA DÉCADA OMINOSA
En 1815, tras la derrota definitiva de Napoleón en la batalla de Waterloo, las naciones vencedoras se habían propuesto restaurar las monarquías y establecer entre ellas un nuevo equilibrio que evitara la difusión de las ideas inspiradas en la Revolución francesa. Ese mismo año, se reunió el Congreso de Viena, en el que participaron Austria, Rusia, Prusia, Gran Bretaña, España y Francia, con el objetivo de sellar ese compromiso. Este acuerdo fue reforzado con la creación de la denominada Santa Alianza, cuyo fin era garantizar militarmente la defensa de los principios del absolutismo monárquico.
Habían transcurrido tres años desde el triunfo de los liberales, y Fernando VII, que a nadie se le escapaba que había aceptado la Constitución a regañadientes, pidió ayuda a la Santa Alianza para reinstaurar el absolutismo en España.
Desde Francia enviaron a un gran ejército al mando de Luis Antonio de Borbón, Duque de Angulema, que vino al frente de 95062 soldados, fuerza a la que se denominó Los Cien Mil Hijos de San Luis. Las intenciones de los franceses no eran solamente las de ayudar al monarca español. El gobierno galo tenía muy claras las ventajas que reportaría la expedición. Podría servir, sobre todo, para restablecer el prestigio del ejército francés después de la derrota a manos de las potencias europeas. Por otra parte, la influencia que le proporcionaría la intervención armada en favor de Fernando VII le permitiría mover los hilos de la política española con el fin de encauzarla por derroteros más acordes con el sistema de la Francia restaurada.
Pero había también unos intereses económicos y comerciales que iban a jugar un papel de gran relevancia a la hora de sopesar las ventajas y los inconvenientes de una intervención armada. La independencia de las colonias españolas en el continente americano -en vías ya de una irreversible consumación- exigía una rápida intervención si se quería evitar que Gran Bretaña fuese la única beneficiaria de este proceso. Además, el comercio que Francia seguía manteniendo con España constituía un capítulo importante en la balanza comercial de aquel país. La defensa de todos estos intereses se vería facilitada con la presencia de un ejército francés en la Península y con la presión que de esta forma podría ejercer sobre el gobierno de Fernando VII.
Angulema cruzó los Pirineos el 7 de abril de 1823, mientras las Cortes huían a Sevilla, a la cabeza de un ejército dividido en cinco facciones, cuatro de ataque y una de retaguardia, para cubrir la necesidad de apoyos. La denominación por la que es conocido el contingente de tropas enviado desde Francia tiene su origen en la exhortación dada en enero de ese año por el rey francés Luis XVIII, en la cual invocó al “Dios de san Luis”, así como a la disposición segura de “cien mil franceses” para conservar el absolutismo regio español. Sin encontrar apenas resistencia, con masivos apoyos del clero y las masas realistas –solo Espoz y Mina en Cataluña les plantó cara, aunque sin fortuna-, el duque de Angulema entró en Madrid en mayo y llegó a Sevilla el mes siguiente, lo que obligó a desplazar las Cortes a Cádiz, a donde llevaron como rehén al propio Fernando VII.
La práctica totalidad de la nación estaba controlada por el ejército representante de la Santa Alianza; aparte de Cádiz solo la ciudad de La Coruña se resistió al avance invasor.
La Coruña fue sitiada en 18 de julio de 1823 por los franceses al mando del general barón de Wort. Era gobernador de la plaza D. Pedro Méndez Vigo, quien dirigiendo con el mayor acierto las operaciones de defensa, mantuvo una heroica resistencia.
En medio del apuro a que este asedio redujo la ciudad, se extendió la voz de que varias personas de diferentes clases enemigas del régimen constitucional que estaban presas en el castillo de San Antón, habiéndose comunicado reservadamente con otros de su partido, habían tramado un plan para asesinar a una gran parte de los constitucionales de la ciudad el dia en que las tropas francesas les dieran libertad.
El gobernador, viendo la exasperación popular que producían estas voces, mandó embarcar a cincuenta de ellos con un piquete de nacionales al mando de un ayudante de la plaza en un bergantín, el Santo Cristo, que Méndez Vigo había ordenado fondear cerca de la fortaleza; el navío zarpó, y apenas se habían separado seis millas mar adentro fueron arrojados los presos al agua atados por parejas, aunque algunos de los nacionales no quisieron contribuir al asesinato. Regresó el buque al puerto y no se supo en todo el dia aquel desgraciado acontecimiento. Entre los prisioneros asesinados estaba Salvador Escandón, el delator de Porlier.
Tras el triunfo de los liberales en 1820, Escandón había sido desterrado a Puebla de Sanabria. Dos años después, el 18 de octubre de 1822 fue Escandón el que se pronunció contra el Gobierno constitucional, publicando un bando místico-político y envió proclamas a toda la provincia, aunque fracasado el movimiento fue llevado con sus hijos mayores a la cárcel de Cangas de Onís y acabó siendo trasladado a la Cárcel Real de Oviedo, a la que llegó el 4 de noviembre con objeto de que estuviese presente durante la celebración del Consejo de Guerra al que ha de someterse. Fue condenado a muerte, aunque alegándose defectos legales, gracias a la oposición a la sentencia del Auditor de Guerra, siendo revocada por el Capitán General de Castilla la Vieja. Se le volvió a juzgar y a condenar, siendo nuevamente rechazada la sentencia por el Auditor y por el mismo Capitán General. Tras la reacción absolutista, algunos liberales huidos de Asturias a La Coruña le habían llevado con ellos e internado en el castillo de San Antón, donde sufrió tan espantosa muerte.
Cuando Diego de Mendoza se enteró de aquellas muertes, y sobre todo de la forma en que se produjeron, sus ideales sufrieron una tremenda conmoción. Comprendió que aquella no era una historia de buenos y malos, sino que la ruindad y el odio irracional se habían instalado en ambos bandos. Su desengaño fue tan brutal que le hizo llegar a la conclusión final de que todo lo que le había guiado hasta entonces no eran más que burdas mentiras, y que había sido manipulado, aunque era mucho más afortunado que sus amigos, que habían pagado con sus vidas la honestidad y el amor a una causa que consideraban justa. A consecuencia de todo ello decidió abandonar de inmediato toda actividad política y dedicar su vida a su familia.
Las fuerzas defensoras de la plaza, compuestas de alguna artillería y liberales de La Coruña, Ferrol y otros puntos, tuvieron que capitular el 10 de agosto, después de haber sufrido un espantoso bombardeo y gran escasez de agua y comestibles, al estar bloqueado el puerto por buques de la armada real de Francia, que impedían la entrada de nave alguna en sus muelles. El asedio a la ciudad provocó numerosas bajas entre sus defensores; una de ellas fue la de Pedro del Barco, cuñado de Diego de Mendoza, tercer fallecido de cuatro hermanos desde el inicio de la Guerra de la Independencia.
Poco tiempo después, el 1 de Octubre de 1823, caía Cádiz y Fernando VII era liberado por las tropas francesas; una vez que el rey recuperó la plenitud de su poder, fueron ahorcados en La Coruña los nacionales que habían participado en la muerte de los prisioneros y pudieron ser apresados; entre ellos estaba incluido el Ayudante de Plaza que había conducido a aquellos desgraciados a la muerte.
Otro tanto le ocurrió a Rafael de Riego, que fue ejecutado en la plaza de la Cebada de Madrid, y a otros muchos liberales, aunque la mayoría se vieron forzados a tomar el camino del exilio, preferentemente a Inglaterra, para salvar sus vidas.
La Inquisición no llegó a restaurarse, pero en su lugar nacieron los Tribunales de Fe Diocesanos, instrumento creado por el Ministro de Gracia y Justicia, Francisco Tadeo Calomarde, para extender la represión a todos los niveles.
A finales de noviembre de 1823, ante el dramático cariz que estaban tomando los acontecimientos, Alejandro de Mendoza reunió a toda su familia con objeto de tomar una decisión sobre la conveniencia de abandonar la ciudad, pues las vidas de sus dos hijos varones, reconocidos liberales, corrían un serio e inminente peligro.
La reunión se realizó en el domicilio familiar y en ella estuvieron, junto con Alejandro y Mercedes, Emilio y Diego, junto con la esposa de éste, Elena del Barco.
Alejandro de Mendoza fue muy directo en su planteamiento:
-Hijos míos, el motivo de la presente reunión es, como creo que no ignoráis, la honda preocupación que vuestra madre y yo tenemos por vuestra seguridad, pues sabido es de todos que vuelven a correr malos tiempos para los que tienen un pensamiento distinto al de que nos gobierna desde el despotismo y la venganza. Por ello creo necesario que os ausentéis del país hasta que las aguas vuelvan a su cauce y podáis regresar sin que vuestras vidas corran peligro alguno-
Durante unos instantes, todos los presentes permanecieron en silencio, como digiriendo las palabras del patriarca, hasta que intervino Diego:
-Padre, sé muy bien cuanta razón hay en lo que nos dices, y que la amenaza que pende sobre nuestras cabezas es seria y real, hasta el punto de que yo mismo recomiendo a mi hermano que se ponga a salvo a la mayor brevedad, pero mi caso es distinto. Yo tengo tras de mí una esposa y una hija, a las que no abandonaría por nada del mundo. Cierto es que podrían acompañarme al exilio al que me veo empujado por las circunstancias, pero hay que tener en cuenta que Elena acaba de perder a un nuevo hermano, y su ausencia no haría sino incrementar el sufrimiento de sus padres. No puedo, pues, pedirle que me acompañe, y yo sin ella y mi hija no me voy. Aceptaré con resignación lo que el destino me tenga reservado-
Esta alusión hizo que tomase la palabra Elena, que con los ojos arrasados en lágrimas pero con voz firme y serena se dirigió a su marido:
-Ante todo, quiero agradecerte tu inmensa generosidad que muestras, anteponiendo el dolor que embarga a mi familia por la pérdida de mi hermano a tu propia seguridad. Ello no solo te honra, sino que demuestra la sinceridad de tus sentimientos hacia mí, algo que por otra parte nunca dudé. No obstante, debo decirte que mi lugar está a tu lado para lo bueno y para lo malo, y te seguiré allá a donde quiera que vayas. En cuanto a mis padres, todavía les quedan mi hermano Agustín y mis dos hermanas, que les darán el consuelo suficiente para amortiguar su desgracia. Así pues, deseo que sigas los sabios consejos de tu padre y prepares nuestra partida cuanto antes-
Todos quedaron impresionados por la seguridad y decisión que emanaban las palabras de Elena, y Diego se dio cuenta de que sus argumentos caían bajo su propio peso, por lo que no le quedó más opción que acceder a la propuesta paterna. Con respecto a Emilio, su soltería le liberaba de impedimentos para ponerse a salvo, por lo que no tenía problema alguno para partir. Alejandro de Mendoza había sido previsor y ya tenía organizado el viaje y pensado el destino.
-Uno de nuestros barcos está fondeado en el puerto esperando por vosotros, totalmente pertrechado para partir. Me he permitido también escoger vuestro lugar de destino, si no tenéis inconveniente. Se trata de la isla de Malta, en la que como bien sabéis yo mismo viví dos etapas, una durante mi juventud más temprana, cursando allí mis estudios de Ciencias del Mar protegido por aquel gran hombre a quien tuve la suerte de tener como padrino, Alessandro Malaspina, y la segunda, ya en compañía de vuestra madre, obligado por unas circunstancias similares a las que ahora os afectan a vosotros. Allí transcurrieron los primeros años de nuestro matrimonio y tú mismo, Emilio, naciste allí. La felicidad y el bienestar que disfruté en aquellas tierras hacen que haya pensado en ellas para que allí podáis rehacer vuestras vidas, al menos durante un tiempo. Vuestra madre y yo os echaremos de menos, pero vuestra partida será un alivio sabiendo que allí os encontraréis a salvo-
Nadie puso objeción alguna a la decisión del patriarca, y pocas horas después de aquella reunión, tras una emotiva despedida una goleta zarpaba discretamente del puerto de La Coruña con rumbo a Malta. En el muelle quedaban, transidos por el dolor, pero al propio tiempo aliviados, el resto de los miembros de las familias Mendoza y del Barco. Cuando la nave abandonaba la bahía coruñesa, a la altura de la Torre de Hércules, los pasajeros contemplaron con tristeza la ciudad que dejaban atrás, al igual que a sus seres queridos.
Diego, que pasaba un brazo sobre los hombros de Elena, estrechándola contra sí, mientras sostenía con el otro a la pequeña Elisa, pensó que también decía adiós a muchas ilusiones y sueños que el destino no había querido concederle, y aunque todavía le quedaba vida y fuerzas para volver a intentarlo, los últimos desencantos habían hecho mella en su ánimo. Sabía que algún día regresaría, pero no cuando, y ni siquiera si volvería a ver con vida a sus queridos padres, dada la avanzada edad de éstos, que aunque gozaban de buena salud, sobrepasaban los 75 años.
Realizaron el viaje sin contratiempo alguno. Tras un periplo de tres semanas divisaron la costa maltesa y, tras despedirse de la tripulación, que regresaba a La Coruña, desembarcaron en el puerto de Valletta.
Alejandro, siempre previsor, había echado mano de su impresionante fortuna les había facilitado una ingente suma de dinero en pagarés que cifraban una cantidad más que suficiente para cubrir sus necesidades, por muy exigentes que éstas fuesen, durante mucho tiempo.
Los años que siguieron fueron apacibles. Los dos hermanos, más por no permanecer inactivos que por cubrir necesidades, adquirieron una embarcación, con la que se dedicaron a la pesca en la costa maltesa e islas adyacentes. Diego encontró por fin el verdadero encanto del océano al que tanto amaban su padre y su hermano, mientras veía como la pequeña Elisa crecía. Vivieron una etapa feliz solo ensombrecida por la separación que sufrían del resto de sus seres queridos, aunque mantenían una regular relación epistolar con ellos, que les informaban de cómo transcurría su vida y los sucesos que iban acaeciendo en la inquieta España.
Hasta 1826, El Régimen se había caracterizado por una dura política represiva y un plan sistemático de depuraciones, utilizando el terror mediante los “Tribunales de la Fe”, como sustitutos de la Inquisición, que no había llegado a ser restablecida.
Ya en diciembre de 1823 la presión de las potencias europeas moderadas forzó a Fernando VII a acabar con el gobierno presidido por el confesor real Víctor Damián Sáez quien desde su cargo de Secretario de Estado dirigió la reacción absolutista con tal rigor que motivó la solicitud de su dimisión por parte del Marqués de Casa Irujo, en nombre de la Santa Alianza, y se nombró un ministerio de claro matiz reformista.
Las nuevas medidas tomadas por el gobierno se concretaron en la concesión de una amnistía, la organización del ejército y una serie de importantes reformas relativas a la Hacienda Pública, la agricultura y la administración.
Toda la política de Fernando VII estaba condicionada por la bancarrota de la hacienda.
Los primeros intentos de reforma iban dirigidos hacia una contribución general, proyecto que se impugnó por considerarlo semejante a la reforma de Martín de Garay, que había sido boicoteada por el propio monarca en 1818.
Con el nuevo gobierno surgió la figura de López Ballesteros y su sistema de hacienda, que poseía dos características esenciales: La reforma tributaria y el aumento de la deuda.
Estos dos rasgos se verían limitados por la obligación de adoptar un sistema tributario tradicional y por el aumento de las bolsas europeas. Lo más importante del sistema de hacienda era la reforma administrativa, necesaria para el buen funcionamiento de la hacienda, siendo capaz de fiscalizar la actuación de los ayuntamientos, los cuales estaban en manos de las oligarquías locales que defraudaban al Tesoro Público.
Los impuestos indirectos que gravaban el consumo supusieron una carga para los contribuyentes humildes, lo que provocó el descontento popular. Como consecuencia, surgió una crisis económica, que al repercutir en la misma situación del ejército aumentó la posibilidad de que el descontento desembocase en un movimiento insurreccional, como ocurrió en agosto de 1825 en Brihuega con unos voluntarios realistas, dirigidos por el general Bessierés, que puso de manifiesto la debilidad del gobierno y la existencia de una amenazadora conspiración motivada por el descontento de los sectores realistas más exaltados.
A raíz de estos acontecimientos se creó la Junta Consultiva de Gobierno, el Duque del Infantado sustituyó a Cea Bermúdez al frente del gobierno, y desde primeros de 1826 el Consejo de Estado sustituyó al Consejo de Ministros.
El Consejo de Estado apuntaba como solución de la crisis la reducción de gastos. Se abandonó la idea de hacer de la nación una gran potencia para conseguir mantener estable el edificio de la sociedad del Antiguo régimen, renunciando a las reformas que podían conducir a la revolución (era una censura ultra conservadora a las reformas de 1824).
Es de destacar la creación del primer presupuesto español -reflejo del establecimiento de una administración fuerte, capaz de ordenar y organizar gastos e ingresos del gobierno- no pudiéndose dar en el Antiguo Régimen, siendo la revolución liberal la que sentó las bases de las reformas que permitían una organización eficiente de la hacienda, perfeccionándose y consolidándose en la Restauración.
A comienzos del XIX la implantación del presupuesto era una necesidad ineludible para todos aquellos países que aspiraban a mantener un rango mínimo en la escena internacional. La oposición del Consejo de Estado muestra las tensiones que existían entre los consejeros y los ministros, y entre los ministros más reaccionarios y otros con afán de renovación dentro del absolutismo.
Desde este momento la gestión económica del gobierno dependería mucho menos de la voluntad real y quedaría bajo el control de los ministros.
El presupuesto, incluso en un régimen absoluto -donde sólo obligaba moralmente al rey y donde no existen las fiscalizaciones adecuadas para vigilar su comportamiento- era un paso hacia la centralización administrativa y un paso de consecuencias revolucionarias a largo plazo, como lo entendió muy bien el Consejo de Estado.
Su alternativa era una serie de medidas vagas y generales que no servían para nada en la situación del país, que se sumiría en una bancarrota total sin que el fomento de la agricultura y el arreglo de los aranceles hubiesen cambiado la situación económica del país.
El presupuesto evitó tanto la quiebra como las reformas substanciales, aunque fue un rasgo conservador, ya que huía de una modernización que barría los usos del Antiguo Régimen.
Otra cuestión económica importante era el problema de la deuda, que el gobierno de Fernando VII intentó solucionar con la medida más trascendental y equivocada de todas, la decisión de no reconocer los empréstitos de las Cortes, decisión política que puso en contra a los banqueros extranjeros, los cuales rehusaban tratar con un gobierno que acababa de declarar una bancarrota.
Todos estos problemas derivaron en un estado de conflictividad social a partir de 1826, cuando la suavización de la intransigencia de 1823 coincidió con la política de cautelosa “apertura centrista”, política que provocaría entre 1827 y 1828 la reacción ultra conservadora de los agraviados en Cataluña, partidarios de destronar a Fernando VII y que su hermano el príncipe don Carlos ocupase su lugar.
Aquella extraña rebelión, en nombre de una monarquía absoluta contra el monarca absoluto, cuyo encauzamiento ideológico corrió a cargo de determinados sectores de la Iglesia, pues temían que cualquier conexión de tipo ilustrado pudiera llevar a un replanteamiento de la desamortización de los bienes del clero, cuyo primer capítulo se había abierto durante el trienio liberal, y con especial importancia en Cataluña. Como en 1820, el elemento militar fue decisivo en la coyuntura de 1827. Los voluntarios realistas como jefes, y el campesinado catalán como soldado. La burguesía urbana y la nobleza, es decir la población más ilustrada, se mantuvo al margen, hasta la llegada de Fernando VII, cuando se adhirieron a él, sobre todo por traer consigo el decreto de 1827 confirmando el proteccionismo para la industria textil.
Vencida la insurrección, el régimen alcanzó uno de sus raros momentos de equilibrio.
Los hermanos Mendoza, una vez tuvieron conocimiento de estas noticias, que significaban que podían regresar definitivamente a España sin que sus cabezas corriesen peligro, tomaron la decisión de abandonar el exilio maltés y retornar a su tierra.
Tras liquidar todos los activos que constituían su patrimonio, que había experimentado un notable crecimiento durante aquellos años a consecuencia de los beneficios de la casa consignataria de buques de pesca de la que eran propietarios, zarparon junto a Elena del Barco y su hija una mañana de diciembre de 1828 con destino a La Coruña.
A su llegada tuvieron la inmensa satisfacción de encontrar tanto a sus padres como a los de Elena en unas condiciones de salud envidiables para su edad –en el caso del matrimonio Mendoza rondaban los 80 años, mientras que los Del Barco eran algo más de una década más jóvenes- y felices por haber recuperado a sus hijos sanos y salvos tras cinco años de exilio.
A los hermanos Mendoza la vida les había dado una dura lección con el transcurso de los años, pero ninguno de los dos estaba arrepentido de haber actuado según les dictaba su conciencia, arriesgándolo todo por aquello en lo que creían.
No obstante, estaban convencidos de que había llegado la hora de abandonar la lucha. La juventud había quedado atrás y con ella las ansias reivindicatorias, aunque siempre quedaría un rescoldo que ¿quién sabe? Quizás algún día los acontecimientos lograrían avivar.
EPÍLOGO
Y pasó el tiempo. Aunque la calma política se seguía manteniendo en la nación, aisladamente seguían produciéndose sobresaltos en forma de pronunciamientos y conatos de insurgencia. El más importante surgió en 1831 con la conspiración del general Torrijos.
José María Torrijos, Comisario de Guerra durante el trienio liberal, se había exiliado en Inglaterra a raíz de la derrota inflingida a los constitucionales por los Cien Mil Hijos de San Luis, esperando el momento adecuado para asestar un golpe definitivo al absolutismo.
En septiembre de 1830 llegó a Gibraltar donde se reunió con antiguos colaboradores. Intentaron reiteradamente penetrar en España a través de Algeciras, en dos ocasiones, y de La Línea de la Concepción , pero todas las tentativas fracasaron, obligando a Torrijos a buscar el refugio de Gibraltar.
Viendo imposible actuar en el Campo de Gibraltar por la extrema vigilancia realista, Torrijos decidió desembarcar en Vélez Málaga, confiando en que con su presencia las tropas de Málaga primero, y luego las de toda Andalucía se rebelarían contra el rey Fernando VII. Pero, al igual que había ocurrido en tantas otras ocasiones, fue víctima de un plan urdido por su antiguo compañero de armas, el gobernador de Málaga Vicente González Moreno, para conseguir su captura.
El 30 de noviembre de 1831 partió de Gibraltar junto con 52 compañeros pero a la altura del cabo de Calaburras, en Mijas, el buque de guerra Neptuno les esperaba, por lo que tuvieron que desembarcar en Fuengirola y huir hacia el interior, siendo perseguidos y apresados en Alhaurín de la Torre el 5 de diciembre y conducidos a Málaga, donde fueron encarcelados.
El día 9 de diciembre se recibió la orden de fusilamiento firmada por Fernando VII, quien escribió de su propio puño y letra: "Que los fusilen a todos. Yo, el rey." Y al amanecer del 10 de diciembre de 1831 en la playa malagueña de San Andrés fueron fusilados todos los conspiradores, incluyendo un grumete de tan solo 19 años.
Por otra parte, ya en 1830 Fernando promulgó por fin la Pragmática Sanción aprobada por las Cortes de 1789, en la que se abolía la Ley Sálica, volviendo al derecho sucesorio tradicional castellano que permitía que heredaran el Trono las mujeres; decisión oportuna, ya que en aquel mismo año nació por fin un heredero de su cuarto matrimonio con su sobrina María Cristina de Borbón, pero resultó ser hembra.
Esta situación desató las iras del príncipe Carlos María Isidro, hermano del rey, que se vio apartado de la sucesión en beneficio de su sobrina, y pasó a encabezar desde entonces el descontento de los ultrarrealistas, reacios a cualquier apertura o compromiso con el signo de los tiempos, que era inequívocamente liberal en toda Europa. Los realistas puros ya habían protagonizado una sublevación en Cataluña -la Rebelión de los Agraviados- y en los últimos años del reinado se preparaban para afrontar una contienda civil; su intransigencia hizo mella en el rey, quien en un momento de enfermedad derogó la Pragmática, para volver a promulgarla una vez recuperado de sus dolencias. Con todo ello alentó la escisión dinástica que condujo al país a una nueva confrontación, que se iniciaría a la muerte de Fernando, en 1833, cuando María Cristina actuaba como regente en nombre de su hija, Isabel II.
Los hechos ocurridos en España desde principios de siglo y sus influencias, es decir lo acaecido desde la usurpación napoleónica, siguieron actuando aún en la creación del destino y en la orientación de los impulsos del pueblo. Un período de 25 años, abundante en episodios trágicos y esfuerzos heroicos, y sin duda uno de los capítulos más emocionantes e instructivos de toda la historia universal.
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