lunes, 8 de marzo de 2010

EL DESTINO Y EL MAR (PARTES I Y II)





PRIMERA PARTE
HUIDA AL NOROESTE


CAPITULO I
TIERRA DE POR MEDIO


Definitivamente, a Álvaro de Mendoza y Núñez de Ayala las cosas no le iban nada bien. A sus 28 años, todo en su vida había ido cuesta abajo, y por si fuera poco haber liquidado un sustancial patrimonio heredado de sus padres en francachelas, burle y mujeres, a última hora se había complicado aun más la vida enredándose con una mujer casada, pero no con una mujer casada cualquiera, sino con la esposa del Conde de Hermosilla, uno de los personajes más influyentes de la corte del Rey Fernando VI, que acababa de incorporarse al trono a la muerte de su padre, Felipe V, y tras eliminar las influencias de la reina viuda Isabel de Farnesio y de su grupo de cortesanos italianos, el protagonismo del reinado pasó a manos de José Carvajal y Lancaster, partidario de la alianza con Gran Bretaña, y el Marqués de La Ensenada, francófilo convencido, con cuya íntima amistad contaba Hermosilla, privilegio que era bien gustoso en utilizar contra cualquiera que le causara el menor perjuicio, y a fe que aquello no lo consideraba un menoscabo de poco calibre.

Aquella España era un estado frágil, donde la corrupción, el robo y el fraude campaban a sus anchas sin que nadie pusiera coto a los desmanes de los poderosos. Era una España débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Baste citar como ejemplo ilustrativo el robo de los tesoros de Felipe V por parte de Nicolás de Hinojosa, Tesorero General de Hacienda, quien por el año 1720 había sustraído 4.500.000 reales a la corona española con total impunidad.

Durante los escasos tres meses que había durado el romance, que se había iniciado con un encuentro casual en un concierto en el teatro Infantas, don Álvaro, aun en la creencia de que estaba actuando con la más absoluta reserva, había cometido algunas indiscreciones motivadas por lo apasionado de su carácter, que derivaron en que las habladurías corrieran de boca en boca hasta llegar a oídos del conde. Aquella misma mañana, a través de un criado del palacio de Hermosilla, más afín a su señora que al esposo de ésta, recibió una nota de la condesa en la que le indicaba la necesidad de poner tierra de por medio, pues de lo contrario corría el inminente riesgo de trasladar su residencia al cementerio de la Almudena.

Al mediodía del 5 de octubre de 1746, don Álvaro estaba preparando apresuradamente sus avíos más elementales para partir al galope cuanto antes, cuando sintió sonar el picaporte del portón de entrada de su casa de la calle Atocha.

Inmediatamente empezó a pensar en lo peor, y ya estaba especulando con la conveniencia de entregarse o vender cara su vida; cuando se decidió a mirar por la ventana para ver de quien se trataba, observó a un mozo junto al portalón de su casa, que portaba un pliego en la mano. Se sorprendió un poco porque no solía recibir correo, pero aun así pudo más la curiosidad que la prudencia y bajó a abrir.

El mozo le entregó el legajo, indicándole que procedía de Galicia, se marchó y Don Álvaro subió nuevamente a su cuarto. Tras romper el lacre y deshacer el lazo que ataba el pergamino y desplegarlo, se dispuso a leerlo. A la izquierda del documento figuraba, cuñado en su parte superior, un sello con la corona real de su majestad el Rey Felipe V, padre del monarca actual, fallecido el año anterior, en la que figuraba la leyenda: FELIPE V HISPANIAN REX, y a su lado constaba: SELLO IV, VEINTE MARAVEDIS, AÑO DE MIL SETECIENTOS TREINTA Y OCHO.

El texto era el siguiente:

En la ciudad de La Coruña, a primero día del mes de setiembre año de mil settecientos y treinta y ocho, ante mi el Antonio Pardo de Ponte y Andrade, escribano de su magestad aparecio presente Maria Sicilia Martinez viuda de Nicolas de Calo de la villa de Cayon y dijo que desde hoy dia y para todos los de siempre jamás lega y da en propiedad real, perpetua por juro y señorio de heredad todos sus bienes a Alvaro de Mendoza y Núñez de Ayala, vecino de este reyno en Madrid, para si y sus hixos herederos y subcesores que de el vinieren. Comprende esta heredad cuarenta y seis tierras de monte y labradio compradas a los condes de Grajal en documento subscripto y legalizado ante mi el sexto dia del mes de noviembre de mil setecientos treinta, situadas en las propiedades del condado en tierras de Cayon y una casa de alto y vaxo, sita también en la villa de Cayon, confina por el nordes en otra casa en que vive Maria de Lista, mujer de Juan Freire, ausente de este reyno, pared en medio, vendabal, en la plaza y frente del convento de san Agustin, solano en otra casa de los herederos de Josefa Fraga y antes fue de los de Ambrosio Vidal, y por la travesia hace frente al palacio de la villa, camino y riego de agua en medio, por cuios limites y demarcaciones es bien conocida, propia y libre, excepto la pension de cinco reales vellon que anualmente se pagan a dicho convento de san Agustín por la limosna de dos misas rezadas impuesta sobre ella, cuia casa el explicado Nicolas en primero de noviembre de mil setecientos veintinueve la adquirio para el y su muger por escritura de venta que puso fe Antonio Garcia Suarez, escribano de Numero que fue de dicha villa


Un boquiabierto Don Álvaro releyó varias veces el documento, sin entender muy bien a que obedecía todo aquello (ni siquiera conocía a nadie en Galicia), pero cuando se paró a meditar sobre el particular, su sentido práctico, que no le abandonaba ni en las peores situaciones, hizo que se dijese a sí mismo:

-Álvaro, la situación es la siguiente: tienes que huir de aquí de todas, todas. Como no importa la dirección, sino que la velocidad de tu galope sea superior a la de los bribones que de un momento a otro van a traerte un recado de parte del marqués, ¿por qué no dirigirse hacia Galicia y tratar de descifrar este enigma?-

Como era resuelto de disposición no se lo pensó más. Terminó de empacar el escaso equipaje que cupiera en las alforjas de su caballería, entre el que incluyó el extraño documento recibido, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo partió como una centella hacia tierras gallegas. Llevaba en su taleguilla una cantidad no muy abundante, un par de reales de plata y siete de vellón, que constituía todo su patrimonio; su casa de Madrid continuaba siendo suya, al menos por el momento, pero no podía disponer de ella, y no tenía nada más hasta que se hiciese cargo de aquella misteriosa herencia otorgada por una desconocida.

En pocos minutos atravesó la parte norte de Madrid y salió por la Puerta de Hierro. Al encontrarse fuera de la ciudad se detuvo para mirar hacia atrás y comprobar si se notaba algún indicio de persecución. Respiró aliviado al comprobar que no le seguía ni un alma y podía sentirse a salvo, y reanudó el viaje.

Galopó con dureza durante un par de horas, al cabo de las cuales decidió reponer fuerzas al avistar una solitaria posada de caminantes.

Ató su caballo a una anilla que a tal efecto estaba situada entre la puerta y un abrevadero donde dejó que se refrescara el animal, y entró en la hostería. Era un local más bien pequeño, en el que había cuatro mesas alargadas dispuestas en paralelo, casi completamente ocupadas de parroquianos. Se trataba, por las apariencias, de jornaleros del campo. Aprovechó un hueco que quedaba en una de ellas y se sentó, alzando la mano para llamar la atención del mesonero, un hombre corpulento que transportaba una marmita de barro humeante hacia una de las mesas. Pronto llegó presto a atenderle. Le pidió una jarra de vino y algo de comer, y encargó que le pusieran alfalfa al caballo.

Le sirvió el vino, y al cabo de un rato, le trajo una perola con una especie de estofado de carne que Álvaro empezó a devorar con apetito. Su voracidad no le impidió fijarse en sus vecinos de mesa. Se trataba de tres hombres jóvenes y fuertes que hablaban casi a gritos en una jerga extraña, que apenas conseguía entender. Por lo poco que comprendía de la conversación, llegó a la conclusión de que eran gallegos que viajaban a su tierra, procedentes de la siega en campos de Castilla.

No tardó en trabar conversación con ellos, ya que los gallegos, aun con el fuerte acento que delataba su origen, no tenían dificultades idiomáticas y dominaban completamente el castellano. Eran gentes algo simplonas, pero compensaban sus aparentemente pocas luces –pronto se daría cuenta de lo errado de su juicio- con una retranca fuera de lo común. Se le presentaron como Fidel Rodríguez, de Baldayo, Modesto Ordóñez, de Compostela y Juan expósito, de Malpica. El, por prudencia, quiso ocultar su verdadera identidad y se presentó como un comerciante, Rodrigo Hernández, que viajaba a Galicia por asuntos de negocios. Fidel, que parecía ser el cabecilla del grupo, le preguntó hacia que sitio se dirigía, y les dijo que a La Coruña. Dada la coincidencia de destino éste le ofreció, en nombre de los tres, a unirse al grupo, para evitar ser víctima de los numerosos malhechores que pululaban a lo largo del camino. Aunque las cabalgaduras de ellos eran mulas, lo que significaba que el viaje se iba a prolongar bastante, sopesó ventajas e inconvenientes y, creyendo que podía considerarse a salvo de sus posibles perseguidores, le pareció una buena idea, y aceptó, corroborando el acuerdo con un apretón de manos.

Quedaba media jornada hasta que cayera la noche, así que emprendieron viaje rápidamente para llegar a un albergue que había junto al monasterio de El Escorial. Las mulas eran eso, mulas, pero estaban bien amaestradas y llevaban un trote vivo que hacía que la comitiva avanzara a buen paso, por lo que llegaron a su destino un poco antes de lo previsto. Era un caserón de adobe, poco atractivo visto desde el exterior pero dentro se veía limpio y acogedor. Lo regentaba una patrona colorada y regordeta, de unos cincuenta años, a la que ayudaba su hija, una lozana joven de unos veinte, que fue quien les acompañó a las habitaciones, en el piso superior. Se instalaron en dos cuartos, uno de tres camas para los gallegos y el otro de una para Álvaro, cuyo buen porte no pasó desapercibido para la hija de la posadera, que se despidió de él muy sonriente y obsequiándole con una mirada de lo más insinuante.

Tras instalarse, bajaron a cenar. Se sentaron los cuatro en torno a una mesa y pidieron jarras de vino, queso y embutidos, acompañados de una hogaza de pan, que les fueron servidos con presteza y devorados con similar celeridad. Estuvieron charlando un rato, haciendo la sobremesa, aprovechando para hacer una estimación sobre la duración del viaje, que era de 130 leguas de camino, y llegaron a la conclusión de que en unas diez jornadas estarían en La Coruña, muy cerca del destino de todos ellos.
A Álvaro, menos acostumbrado a viajar que sus compañeros, se le hizo cuesta arriba continuar con la tertulia y, tras disculparse y acordar con ellos que partirían al alba, abandonó la mesa y subió a su cuarto. Echó mano a su reloj de bolsillo. Eran las diez y media de la noche. Se preparó para acostarse, desnudándose y poniéndose un camisón de dormir, y se metió en la cama. Se fue adormilando, y no habían pasado dos minutos cuando le despertaron unos leves toques en su puerta. Supuso que sería alguno de sus compañeros y, algo malhumorado, se levantó a abrir la puerta.

Se quedó bastante sorprendido cuando, al hacerlo, vio ante sí a la joven mesonera, que alumbrada por el quinqué que portaba en la mano le dirigía una sonrisa de lo más seductora, al tiempo que le decía:

-¿Me permite que lo acompañe, señor?-

La oferta le pilló tan desprevenido que tardó un momento en reaccionar, haciéndose luego a un lado para dejarle paso, sin hacer comentario alguno. Nada más cerrar la puerta, ella, que no hay duda de que llevaba la iniciativa, se echó a sus brazos y le besó apasionadamente. Ya se las estaba prometiendo muy felices el bueno de don Álvaro, cuando un fuerte estrépito acompañado de gritos, procedente del piso inferior, le sacó de su ensimismamiento. Dejó de inmediato a su acompañante y salió a ver que pasaba. Desde el altillo de la escalera observó la causa de todo aquel estruendo: En una esquina de la taberna, sus tres compañeros gallegos hacían frente a unos hombres uniformados que los doblaban en número. Había otro más retorciéndose de dolor en el suelo. La pelea era a puñetazos, y pese a la aparente inferioridad, comprobó que sus camaradas se defendían muy bien. Luchaban codo con codo, apoyándose mutuamente para repeler la agresión de sus contrincantes. Pese a ello, Álvaro, descalzo y casi desnudo como estaba, bajó las escaleras en un par de saltos y se dirigió al lugar de la trifulca. El también sabía pelear, y de ello pudo dar fe el primer uniformado que se encontró, que vio como el puñetazo que dirigía al recién llegado se iba al limbo de los justos, y a cambio recibía un mamporro que le hizo caer en un profundo sueño. Esto, unido a que otro de los contrincantes yacía como muerto debajo de una mesa, y el de los retortijones estaba consciente, aun a su pesar, pero no era capaz de levantarse, equilibraba las fuerzas, bueno, solo en lo que respecta a cantidad, porque los uniformados comprendieron que tenían la batalla perdida, y los cuatro que quedaban en pie decidieron, sin pararse a pensar si tal determinación afectaba a su honra o no, tomar las de Villadiego. Salieron en estampida sin mirar atrás, olvidándose de sus compañeros caídos.

La mesonera, con la preocupación reflejada en la palidez de su rostro, les hizo una advertencia con voz temblorosa:

-Tenéis que partir de inmediato. Son soldados de la guardia real destinados en El Escorial, y han ido allí a buscar refuerzos. Antes de una hora estarán aquí con muchos de sus compañeros, ya ha ocurrido más veces, y si os encuentran aquí vuestras vidas no valdrán un maravedí-

Era evidente que aquella mujer tenía razón, y le hicieron caso. Quisieron pagarle la cena pero se negó a cobrarles. Prepararon las caballerías y salieron de inmediato, antes incluso de que los dos soldados que allí quedaban recuperasen el conocimiento. Madre e hija les despidieron desde la puerta de la posada.


Álvaro ni siquiera había tenido tiempo de saber cual había sido el motivo de que se montase semejante gresca, que no solo le había privado de un merecido descanso, sino también de gozar de los favores de la lozana hija de la posadera, aunque se prometió a si mismo hacer parada y fonda a su regreso para solucionarlo. Eso sí, se cuidó muy mucho de hacer el más mínimo comentario a sus acompañantes que pudiese mancillar el honor de la joven. Con todos los defectos que tenía, que eran muchos, Álvaro de Mendoza era, por encima de todo, un caballero,

En cuanto a la reyerta, se enteró por boca de Fidel que los soldados habían irrumpido en la cantina, y se sentaron alrededor de la mesa vecina a la de ellos. Al oírlos conversar en la jerga galaica adivinaron el origen de sus vecinos de mesa, y como traían ganas de jaleo y consideraron que su mayoría numérica les facilitaría un buen divertimento con aquellos gañanes, comenzaron a lanzar una sarta de comentarios de lo más sarcástico y desconsiderado hacia todo lo que tuviera que ver con aquella tierra y sus habitantes. Los gallegos hicieron verdaderos esfuerzos para no entrar en la provocación, y estaban dispuestos a una retirada prudente, así que se levantaron para subir a su aposento; justo en el momento en que uno de aquellos badulaques decía:

-Ahí los tenéis. Ni siquiera tienen lo que hay que tener. Si es lo que yo digo, que un cerdo de Castilla vale más que un garrulo de estos, que por no saber no saben ni hablar-

Aquello sobrepasó los límites de la paciencia de Fidel, que le contestó:

-Lamento no estar de acuerdo con vuestra merced, porque al tal cerdo lo estoy viendo ahora delante de mí, y tengo muchas dudas de que me supere en algo que no sea la suciedad de su lenguaje-

El soldado se puso pálido como la cera y atacó con furia con el puño en alto, buscando la sorpresa, pero se encontró con el aire. Su contrincante, con un rápido quiebro impensable para un cuerpo tan fornido, desapareció de la trayectoria del puño del soldado, al tiempo que su puño derecho descargaba toda su fuerza contra su estómago, haciendo que cayera al suelo hecho un ovillo y boqueando. Sus compañeros salieron en su defensa y fueron arrinconando a Fidel, que recibió la ayuda de sus acompañantes, y en esas estaban cuando empezaron a contar con la inestimable ayuda de Álvaro, que fue la que consiguió desnivelar la pelea.

Álvaro se rió con ganas. Su interlocutor, aparte de ocurrente en sus comentarios, tenía aquel deje que le resultaba, quizás por la falta de costumbre, de lo más cómico.

La oscuridad de la noche hacía que avanzaran muy despacio y completamente a ciegas, dejándolo casi todo en manos del instinto de las bestias que montaban, durante unas dos horas, al cabo de las cuales, decidieron acampar en una zona donde se adivinaba un claro de bosque, a pocos pasos del camino. Se repartieron varias mantas para combatir la helada nocturna, que aun no era fuerte, pero hacía necesario arroparse, se tumbaron sobre la hierba y durmieron hasta que salió el sol, sin sufrir contratiempo alguno.




















CAPITULO II
POR TIERRAS DE CASTILLA

Reanudaron viaje cuando comenzaba a amanecer. Al poco tiempo de hacerlo, abandonaron el llano e iniciaron lo que iba a ser una larga subida a la sierra de Guadarrama, con lo que el avance se hizo más lento. No descansaron hasta el mediodía, en que hicieron un alto junto a un manantial que había en las cercanías, y repusieron fuerzas con unos trozos de carne curada que los gallegos portaban en las alforjas de sus mulas, y tras descansar durante una media hora, reanudaron viaje.

Durante los dos siguientes días, atravesaron la sierra, cruzando cañadas angostas, valles y aldeas, sin sufrir sobresalto alguno ajeno a los propios avatares del viaje. No divisaron en ese tiempo nada que rompiese la pureza del paisaje, excepto algo que a Álvaro le sorprendió por su magnificencia cuando cruzaban el río Guadarrama. Se trataba de una gran represa de piedra, magnífica obra. Para mayor sorpresa, uno de sus acompañantes, Modesto Ordóñez, le explicó que se había construido unos años antes, dentro de un proyecto hidráulico utópico encaminado a unir esta cuenca con la del Guadalquivir y navegabilizar parte de la España interior. Las obras, que constaban de la represa y algunos canales, asombraron a Álvaro, que todavía quedó más sorprendido por los conocimientos de su compañero de viaje.

Al atardecer de la segunda jornada, divisaron la villa de Villacastín, donde se terminaba la montaña y comenzaba la paramera, con lo que el desplazamiento se iba a hacer sensiblemente más cómodo a partir de entonces. Decidieron descansar, ya que no habían dormido en una cama desde hacía varios días. Al llegar a la población, preguntaron donde había un alojamiento y los enviaron al centro de la villa, junto a la plaza mayor. Allí había varias casas de hospedaje, y entraron en una de ellas, donde consiguieron alojamiento para ellos y una buena cuadra y forraje para los animales.


Al día siguiente se celebraba mercado en la plaza mayor de la localidad, así que demoraron su marcha, con objeto de aprovisionarse para el camino. Se abastecieron de alimentos curados, y adquirieron también algo de ropa y mantas, en previsión de que tuvieran que pasar más noches al raso. Había algo que preocupaba a Álvaro, y era que ante el posible ataque, tanto de salteadores de caminos como de posibles perseguidores -aunque con eso no contaba al entender que había puesto demasiada tierra de por medio como para preocuparse- solamente contaban como armas de defensa con el sable que él mismo portaba, amarrado al caballo, y los cuchillos que los gallegos llevaban en sus alforjas, así que se puso a rebuscar entre los tenderetes alguno que vendiera cualquier tipo de armamento. Finalmente consiguió encontrarlo, y logró adquirir una pistola alemana de rueda, un arcabucillo o pistola tercerola y la munición que consideró suficiente, por el precio uno de los dos reales de plata que le quedaban.

Después de hacer aquellas compras, aún deambularon un poco por el mercado, curioseando entre los puestos, que ofrecían todo tipo de productos, desde remedios de botica hasta prendas de vestir, pasando por todo tipo de alimentos, en general curados o salados, tales como quesos, embutidos, pescados de mar y de río salados o secados al sol, y un surtido variopinto de frutas y hortalizas.

Como la visita al mercado les había ocupado toda la mañana, decidieron almorzar antes de partir, engullendo entre los cuatro una perola de alubias pintas con chorizo tan gigantesca, que el posadero se prometió a si mismo que a partir de entonces serviría sus guisos en platos individuales.

Partieron al mediodía con un cielo plomizo que presagiaba lluvia. El camino, además de ser llano, se ensanchaba con respecto al recorrido anteriormente, haciéndose más cómodo. Poco después llegaron a un pequeño pueblo, Labajos, que cruzaron sin detenerse, y más adelante, rodeados de un paisaje de pinares y encinas, pasaron un puente de madera sobre el río Voltoya.

Poco después atravesaron Sanchidrián, y luego Adanero. La geografía había cambiado definitivamente, transformándose en la típica de la meseta. La arquitectura humilde de barro contrastaba con la fastuosidad de las pétreas iglesias, macizas y dominadoras sobre el perfil bajo de los tejados. Modesto les explicó que aquel paisaje le recordaba mucho a su Compostela natal, con su grandiosa catedral destacando entre los edificios de la ciudad, como si fuese una representación gráfica del sometimiento del pueblo llano al poder religioso.

Era noche cerrada cuando llegaron a Arévalo, donde pararon a pernoctar. A la mañana siguiente, partieron al alba bajo un manto de lluvia, no sin antes admirar brevemente, pese a las inclemencias del tiempo, la belleza de aquella pequeña ciudad, muy especialmente la iglesia de San Martín, que Modesto, gran conocedor de la arquitectura para asombro de Álvaro, les definió haciendo hincapié en la magnificencia de las torres y el ábside triple, como una joya del arte mudéjar.

Poco después iniciaban una nueva etapa. Como tanto jinetes como monturas estaban descansados, avanzaban a buen trote por aquella inmensa llanura. Cuando pasaban junto a unos trigales recién cosechados, observaron un grupo de perdices que picoteaba entre los desechos de la reciente siega. Pararon las caballerías, ante la posibilidad de lograr un buen almuerzo. Álvaro echó mano a su pistola, pero Juan Expósito le dijo:

-No malgastes la munición, que no es necesario; éstas se cogen a la carrera-

Y sin darle tiempo a meditar si hablaba en serio o en broma, salió como una exhalación a la captura de las perdices. Éstas se hallaban como a tiro de piedra del camino. Juan avanzó velozmente hasta ellas, y cuando estaba llegando, levantaron el vuelo, pero Juan no paró de correr hacia ellas, lo que por un momento hizo dudar a Álvaro de la salud mental de su compañero, hasta que vio que las aves volvían a posarse tras recorrer unas cuatro varas (aproximadamente trescientos metros), y Juan seguía corriendo hacia ellas, que remontaron vuelo cuando estaba a punto de llegar, pero éste fue sensiblemente más corto, apenas la mitad del primer trayecto. El corredor, que parecía no cansarse nunca, persistió en su acercamiento: nueva remontada de las perdices, pero con un recorrido aún más corto que el precedente, y así hasta tres intentonas más, en que las aves, por el cansancio de los músculos de sus alas, perdieron la capacidad de levantar el vuelo y tenían que utilizar sus patas para huir de su perseguidor, maniobra que resultó vana para seis de ellas, que pronto pasaron a caer en manos del persistente Juan.

Alvaro iba de sorpresa en sorpresa. Aquella gente demostraba, en cada ocasión, que las apariencias engañan, y los que a sus ojos les habían parecido inicialmente tres gañanes que apenas sabían hablar, se habían convertido en tres personajes con una amplia cultura, y una pericia e ingenio que estaban muy por encima de sus habilidades de gentilhombre de la capital del reino. En ese momento se percató definitivamente de que ya podía valorarlos en su justa medida y se sentía protegido con aquella compañía.

Como ya pasaba del mediodía, y estaban provistos de alimentos deliciosos, dejaron a Juan descansando junto a las caballerías –que bien merecido se lo tenía- y buscaron leña por los alrededores. Luego hicieron una fogata, y mataron, desplumaron y destriparon las perdices. Tras adobarlas con sal, ajo y aceite que llevaban en sus alforjas, y tomillo y romero que recogieron mientras buscaban la leña, espetaron cuatro de las aves en otros tantos palos, y cada uno asó la suya en la lumbre. Álvaro tuvo que reconocer que no recordaba haber probado algo tan suculento en su vida, pese a cocinarse con tanta precariedad.

Tras reposar la comida durante un rato, reanudaron viaje. Su punto de destino en aquella jornada era Medina del Campo, a donde llegaron al atardecer.

Por boca -como no¬- de Modesto, supo que estaban en un lugar cargado de historia. De pasado romano y árabe, la ciudad había tomado vigor en el tramo final de la Edad Media, cuando su feria se posicionó a la cabeza de las actividades económicas de la península ibérica.
Urbe amada por Isabel la Católica, declinó a medida que el peso de la actividad económica de España se trasladaba hacia el sur y el Atlántico, con el auge de Sevilla debido al tráfico con América, y por la decadencia económica del reino.
Antes de que anocheciera, pudieron admirar el castillo de La Mota, lugar de fallecimiento de la citada reina. Un edificio medieval, de ladrillo rojizo y apariencia mudéjar, con doble hilada de muralla y una airosa torre del homenaje, que en sus tiempos había sido una sólida prisión de estado donde penó, entre otros, el caudillo Cesar Borgia, hijo del papa Alejandro VI, poco antes de su muerte a la cabeza de las huestes del Reino de Navarra.
Partieron al alba rumbo a Tordesillas, arribando a la población en torno al mediodía. Desde el airoso puente de piedra blanquecina se tenía una apacible visión del Duero, y de algunos de los monumentos de la ciudad. Allí se veía el Monasterio de Santa Clara, antiguo palacio construido en tiempos de Alfonso XI, en el siglo XIV, con intervención de maestros llegados de Sevilla y Toledo.
Este bello palacio-alcázar fue transformado en convento en tiempos de Pedro el Cruel, y era especialmente famoso –aparte de por su calidad- por el hecho de haber sido lugar de residencia de la Reina Juana. Era lo más destacado del lugar.
Pese a la belleza de la ciudad, apenas pararon a reponer fuerzas y reanudaron camino con el objetivo de pernoctar en Villalpando. Haciendo camino, nada más salir de Tordesillas llegaron a Villalar, población en la que en 1521 fueron decapitados los dirigentes comuneros Padilla, Bravo y Maldonado, que por aquellas fechas habían encabezado la rebelión contra las injustas imposiciones del emperador Carlos I; después atravesaron Mota del Marqués, Urueña y Villardefrades, y finalmente alcanzaron a divisar Villalpando cuando empezaba a caer la noche.
A pesar de la sequedad del paisaje, cerca de allí se encontraron una sorpresa. Por iniciativa de Fidel, antes de entrar en la población se desviaron por un camino de herradura secundario hacia el oeste, donde a poco más de una legua se hallaba el humedal de Villafáfila, un magnífico espacio natural donde se juntan millares de aves en la invernada. Se trataba de unas lagunas salobres en medio de un paisaje estepario, que los lugareños denominaban Tierra de Campos. La temporada aun no había alcanzado la plenitud, pero la cantidad de aves ya era ingente. Entre la diversidad de especies, destacaban sobremanera los patos salvajes y las avutardas. Pero el objetivo no era solo maravillarse con el paisaje, pese a lo atractivo que resultaba a la vista, sino proveerse de alimentos. En esa ocasión sí que les sacaron partido a las amas que Álvaro había adquirido en el mercado de Villacastín. En poco tiempo se hicieron con más de veinte piezas, que les aseguraban la cena y un buen dinero para afrontar los gastos del viaje.
En la misma posada donde iban a pasar la noche, les estofaron, regados por un buen vino de la comarca, un par de patos de los que habían cazado, adquiriéndoles la posadera el resto de la captura, a cambio de unos cuantos maravedíes y alojamiento gratuito. Tras la opípara cena, se retiraron a descansar.
Al día siguiente salieron muy temprano, decididos a alcanzar la mitad de camino entre Madrid y La Coruña, es decir, La Bañeza. Tras rebasar el pequeño pueblo de Cerecinos de Campos, al salir de una de las pocas curvas que había por aquellos caminos, se encontraron con una escena inesperada: tres enmascarados a caballo, sable en mano, rodeaban a un hombre de mediana edad vestido de negro quien, tembloroso, tenía las manos alzadas. Aquello era evidentemente un asalto, y los cuatro amigos reaccionaron al unísono, apurando al máximo sus caballerías con objeto de socorrer a aquel pobre hombre. Álvaro, con la ventaja que le otorgaba ir montado en un caballo, fue el primero que llegó junto al grupo que formaban los malhechores y su víctima. Estos, sorprendidos, intentaron atacarle al unísono, aprovechando su ventaja en tanto no llegaban los gallegos, pero quedaron frenados a pocos pasos –los suficientes para no errar el disparo e insuficientes para recibir un mandoble de sus adversarios- ante la pistola que les apuntaba. Álvaro, con una tranquilidad que delataba que no habían sido pocas las situaciones similares en que se había visto, les ordenó tirar sus armas y desmontar de sus cabalgaduras, cosa que no tuvieron más remedio que llevar a cabo.
A la llegada de sus compañeros, les dijo a éstos sin parar de apuntar a los facinerosos, que dejaran la cara descubierta y los cachearan concienzudamente. Eran individuos de mala catadura. Entre sus ropas encontraron algo de dinero, apenas unos maravedíes, y unas navajas que les fueron requisadas junto con los sables y los caballos.

Atendieron al hombre de negro, que poco a poco se había ido recuperando del tremendo susto recibido; se presentó como el padre Molinero, un franciscano que viajaba a La Coruña a tomar las riendas del convento de la Orden Tercera. Ante la coincidencia de destinos, le ofrecieron su compañía, con lo que el religioso vio el cielo abierto, máxime ante la desagradable experiencia por la que acababa de pasar.

La comitiva partió, dejando a los salteadores pie en tierra y con cara de muy pocos amigos –pero sin protestar mucho, por si las moscas- viendo a los gallegos montados en sus corceles, y tirando de las agradecidas mulas, que libres del peso de sus amos, trotaban con alegría.

Tras hacer un pequeño alto en el camino en Benavente, donde el religioso les obsequió con un excelente almuerzo, compuesto por ancas de rana preparadas en salsa de pimentón, y dos liebres guisadas con patatas, un auténtico lujo que les hizo dudar sobre el cumplimiento del voto de pobreza por parte del Franciscano. Bueno, pensó Álvaro medio en serio medio en broma, quizás el hecho de ir vestido de paisano le trueque el carácter.
Continuaron ruta hacia La Bañeza, adonde llegaron tres horas más tarde. El cambio de caballerías había conseguido una mayor rapidez en el desplazamiento, por lo que tomaron la decisión de llegar a Astorga, a pocas leguas de donde se encontraban, para pernoctar. Dos horas más tarde, con noche cerrada y acompañados de una fina llovizna, alcanzaron la ciudad.
Allí, según relató el religioso, entraban en el Camino de Santiago, ruta de peregrinación a Compostela desde tiempos inmemoriales. A partir de entonces, el viaje a Galicia iba a ser más dificultoso –tendrían que atravesar dos duras cordilleras, los montes de Leon y los Ancares- y las jornadas, agotadoras.
Entraron por una de las puertas de la muralla astorgana, y trataron de procurarse alojamiento: imposible. Era tal el número de peregrinos que coincidían en la ciudad, camino de Santiago, que no consiguieron una sola cama en las posadas y ventas que visitaron, por lo que tuvieron que optar, a instancias de un amable mesonero, a desplazarse a Castrillo de los Polvazares, a una hora de camino, donde sí encontraron hospedaje
Una vez allí, quedaron gratamente sorprendidos por la belleza de la población, situada al pie de los montes del Teleno. Sus calles, empedradas con guijarros de río, eran anchas, y los edificios, de piedra, pese a ser prácticamente idénticos entre sí, no transmitían en su conjunto sensación de monotonía, sino de equilibrio y sosiego. Indudablemente, era digno de admirar.
Al quedar un poco al margen de la ruta jacobea, no tuvieron dificultades para alojarse. La posada era acogedora y limpia en todas sus dependencias, a lo que había que añadir la amabilidad de la hostelera, una matrona muy dicharachera. Todo ello hacía que les pareciese un lugar acogedor, de donde no antojaba marcharse.
Aunque el almuerzo del mediodía había sido abundante, la larga caminata les había abierto el apetito de nuevo y aceptaron la sugerencia de la posadera de tomarse un cocido maragato, que les resultó francamente restaurador, aunque encontraron algo extraño el orden en que se servía, que era inverso a lo que estaban habituados, ya que lo primero que llegó a la mesa fueron las carnes, muy variadas y abundantes, para después servirles repollo y garbanzos, y finalizar con una excelente sopa. Ante los asombrados ojos de la posadera las fuentes repletas de suculentos manjares iban desapareciendo casi como por arte de magia, despachados por aquel grupo de personas tan heterogéneo, que iba desde el personaje de edad madura, serio y circunspecto, cuyo severo semblante y el indudable respeto que inspiraba al resto le daba apariencia de juez, hasta aquellos tres jovenzuelos con pinta de labradores, pasando por el otro joven, cuyo aspecto y atuendo eran indudablemente los de un gentilhombre.
Tras descansar, al alba regresaron a Astorga y desde allí, iniciaron una nueva etapa, que se preveía fatigosa.
Tenían opciones de cruzar los montes de León por varios puntos, y decidieron hacerlo por los valles de la Cepeda, para entrar en territorio berciano por el valle del río Tremor. La alternativa era la de seguir por la senda principal del camino de Santiago, por el puerto de Fondecabón, más al sur, pero la desecharon porque, aunque más segura, les obligaba a desviarse considerablemente.
El paisaje iba verdeando a medida que avanzaban hacia el norte. El camino iba subiendo entre pastizales, pinares y campos de arces, por caminos estrechos. Avanzaban con lentitud, porque los precipicios obligaban a manejar las monturas con la máxima cautela. En torno al mediodía alcanzaron Manzanal del puerto, y un poco más adelante, Montealegre, donde pararon, ante la falta de posada alguna en aquella zona, para almorzar con los alimentos curados y en salazón que habían adquirido en Villacastín en previsión que ocurriera algo así. Lo hicieron aprovechando una fuente-abrevadero allí existente, que en origen había sido un miliario de la vía nova romana, la que unía Astorga con la localidad portuguesa de Braga.
Tras un pequeño descanso, siguieron camino. El desnivel para bajar de La Cepeda al Bierzo era notable, pero bastante menos peligroso que la subida. A media tarde divisaron el pueblo de Torre, que atravesaron sin parar, y más tarde, Bembibre, donde hicieron noche. Las llanuras que se extendían ante ellos dejaban claro que estaban en plena comarca del Bierzo.
A la mañana siguiente partieron hacia Villafranca. Atravesaron San Miguel de Dueñas, apreciando a lo lejos la belleza del convento de monjas cistercienses de Nuestra Señora de la Asunción, y más tarde Ponferrada. Hicieron un alto en Cacabelos para almorzar, y al atardecer llegaron a Villafranca.
El conjunto urbano resultaba armónico y hermoso, con calles cuidadas y casonas palaciegas. La pequeña ciudad poseía una riqueza artística notable, según les aclaró el padre Molinero. Pronto comprobaron la veracidad de tal aclaración, al llegar a la iglesia de Santiago, de arquitectura románica, cuya sencillez –estaba construida en una sola nave- la hacía aun más atractiva a la vista. En un lateral de la iglesia estaba la puerta del perdón, con cuatro arquivoltas sobre airosas columnas. Pero lo más interesante del templo, según aclaró el religioso, estribaba en la parte mística, ya que por tradición de muy antiguo, el peregrino que llegaba enfermo o impedido a dicha puerta, recibía en ésta los mismos beneficios espirituales que merecería a su llegada a Compostela.
Villafranca era puerta de acceso a los Ancares, tierra de naturaleza virgen, donde imperaban las pallozas, viviendas circulares de piedra techadas de paja, de indudable origen céltico, aferradas a un paisaje de montañas, prados y bosques misteriosos, en los que cantaban los urogallos y subsistían osos solitarios, y que correspondía a la siguiente etapa de su viaje, cuya dureza sabían que iba a ser extremada, pero era inevitable, al ser la única puerta de acceso a Galicia.
Tuvieron suerte al encontrar hospedaje en una posada de la población. Ya estaban a mediados de octubre y la temperatura comenzaba a ser baja, por lo que agradecieron el calor de la lumbre del caserón donde iban a pasar la noche, que unido a la sopa de castañas y el estofado de alubias con rabo de buey que les sirvieron para cenar, los dejó lo suficientemente reconfortados para tener un buen descanso, que falta les iba a hacer para afrontar la próxima etapa de su viaje.
Al siguiente día no partieron temprano, sino que se pasaron parte de la mañana deambulando por el mercado semanal que se celebraba en la plaza mayor. Necesitaban adquirir algunas cosas en previsión de lo que pudiese acontecer en las siguientes jornadas, porque aun cuando existía a lo largo de la ruta una red de posadas y ventas a intervalos regulares de media jornada, ellos, para acortar viaje, preferían atajar por caminos de herradura, que estaban completamente despoblados, tal y como ya les había ocurrido en el Manzanal.
Después de gastarse unos cuantos maravedíes en provisiones, se percataron de la actuación de un grupo de titiriteros que actuaban en la feria. Una muchedumbre seguía con sumo interés el espectáculo que ofrecían los artistas. Se incorporaron al grupo de mirones, observando como un hombre joven hacía juegos malabares con un puñado de manzanas, que lanzaba al aire, moviéndolas acompasadamente con suma habilidad, mientras una adolescente, con un pequeño mono sobre el hombro, pasaba una pequeña bandeja, en la que algunos parroquianos depositaban monedas. Los titiriteros iban ataviados con prendas que hacían inconfundible su pertenencia a la raza gitana, aunque sus propios rasgos ya delataban su origen. Álvaro se fijó en la joven, cuyo moreno rostro era extremadamente hermoso. Cuando pasó junto a él, sacó un par de monedas de un maravedí y las posó en la bandeja. Ella fijó agradecida su mirada en él, y la negrura de sus ojos le impresionó. Se sonrieron con complicidad, y al instante quedó establecida una corriente de simpatía entre ambos. La escena apenas duró unos instantes, o eso le pareció a Álvaro, porque sus acompañantes no tuvieron otro remedio que reclamar su atención para seguir deambulando por la feria. Entre unas cosas y otras, el tiempo se les echó encima y las ganas de comer hicieron de las suyas, así que a su regreso a la posada donde habían pernoctado, y recordando lo bien que habían cenado el víspera, decidieron probar suerte de nuevo, almorzando allí mismo.
El condumio consistió en unas lentejas con chorizo y un estofado de carne de ciervo con cebollitas y zanahorias aderezado con hierbas aromáticas, que estaba realmente sabroso. Después de semejante pitanza, las escasas ganas que tenían de emprender camino habían disminuido hasta casi desaparecer, pero se percataron de que si seguían así, el viaje iba a prolongarse más de lo deseado, y autoconvenciéndose, tomaron la decisión de partir para dormir donde les sorprendiese la noche.
Partieron a las cuatro de la tarde. Quedaban unas cuatro horas de luz, así que calcularon que podían llegar a El Cebrero, ya en tierras gallegas.
Una vez cruzado el torrentoso río Valcarce, cercano a la recién abandonada Villafranca, atravesaron las pequeñas poblaciones de Pereje, Trabadelo, Ambasmestas y Vega de Varcalce, muy próximas entre sí. El paisaje por el que se iban adentrando era verdeante, montuoso y húmedo, con grandes praderas rodeadas de arces, abedules, castaños y cerezos. La paz era casi total, apenas soliviantada por el canto de los mirlos y las lavanderas. Poco después, el camino empeoró, haciéndose más dificultoso a medida que ascendían la montaña, con gargantas, encrucijadas donde era fácil perderse, y espesuras de arbolado en las que existía la posibilidad de que se ocultasen malhechores acechando al viajero. Afortunadamente, no tuvieron contratiempo alguno








CAPITULO III
GALICIA
Finalmente alcanzaron a divisar la aldea de El Cebrero, en la cima del monte que separa León de Galicia, cuando aun les quedaba un buen trecho para llegar. El camino se hizo desde allí sinuoso hasta llegar al pueblo, encaramado en lo alto de la montaña como si de un nido de águilas se tratase.
Tras dejar a buen recaudo en una posada las caballerías y el equipaje, a instancias del padre Molinero visitaron la capilla, y éste les mostró un cáliz y una patena de origen románico donde, cuenta la tradición, la hostia y el vino se transformaron en carne y sangre, ante el pasmo del monje descreído que oficiaba la misa al lado de un solitario campesino, un día de tempestad.
Luego fueron a cenar a la posada, y probaron el queso de la zona: era blanco, granuloso y mantecoso, con una ligera acidez que se vio compensada con el dulce de membrillo que lo acompañaba.
A la mañana siguiente iniciaron el descenso a Los Nogales. A la izquierda del camino, divisaron a lo lejos la torre medieval de Doncos, que situada en lo alto de una montaña y rodeada de verdor, aportaba un sabor histórico al hermoso paisaje. Tras superar Los Nogales, alcanzaron Becerreá, donde hicieron un alto para almorzar.
Pararon en una venta junto al camino, en las afueras de la población, degustando un guisote, mezcla de varias especies de caza mayor –jabalí, venado y corzo- que aparte de bien condimentado, contaba con la contribución de cada tipo de carne para aportarle sustancia, con lo que el resultado final era delicioso al paladar. Lo acompañaron con una hogaza de pan de color oscuro –Álvaro supo que era de centeno- recién salida del horno.
Después de comer, continuaron ruta hasta Baralla, donde pasaron la noche, y al siguiente día partieron hacia Lugo. El paisaje había dejado de ser montañoso para convertirse en una llanura, con lo que consiguieron avanzar a buen paso. La ausencia de accidentes geográficos de consideración y la anchura del camino hicieron que el trayecto fuese cómodo y sin contratiempos.
Atardecía cuando divisaron las murallas romanas que rodean la ciudad lucense. Entraron por uno de los amplios portones que horadaban la gran muralla, y llegaron a la plaza mayor. Tras instalarse en un hospedaje cercano, decidieron deambular por la ciudad. Entre el religioso y Modesto iban explicando al resto del grupo las características arquitectónicas de los edificios más notables de la urbe y su historia. Así supieron que la ciudad, la más antigua de Galicia, fue fundada por los romanos en el año 14 antes de cristo, aunque su recinto murado no se construyó hasta el siglo III.

Visitaron la catedral, donde se veneraba a la Virgen de los Ojos Grandes, y admiraron el palacio episcopal, un bello edificio de estilo barroco, así como los baños termales, otro vestigio de la ocupación romana. Luego dieron un paseo por lo alto de las murallas y finalmente, ya cansados, regresaron a la hostería con el fin de recuperar fuerzas. Mientras cenaban una taza de caldo de repollo y patatas y unos chorizos hervidos, estuvieron haciendo cábalas sobre el trayecto que les quedaba, y llegaron a la conclusión de que, avanzando a buen ritmo, en dos jornadas estarían en La Coruña, a excepción de Modesto, que a mitad de camino se tomaría un desvío rumbo a su Compostela natal. Álvaro aprovechó la tertulia para confesar a sus compañeros de viaje su verdadera identidad y los motivos que le habían obligado a escapar de Madrid, aunque no quiso mencionar lo de la herencia. Todos sus acompañantes quedaron asombrados con aquella inesperada revelación, pero no atisbó ni un asomo de crítica en sus miradas.
Aquella noche a Álvaro le costó trabajo conciliar el sueño. Pensó en muchas cosas: en las razones que le habían forzado a huir de Madrid, en la inesperada y misteriosa herencia que le había hecho tomar rumbo a aquellas tierras, y que aquel viaje, de alguna manera había conseguido hacer de él una persona distinta, menos superficial que el gentilhombre que en la capital disfrutaba de todas las licencias habidas y por haber.
Pero sobre todo pensó en las personas que el azar le había deparado como compañeros de viaje. Jamás había conocido a nadie que les llegara a aquellos gañanes a la suela de los zapatos. Eran honrados, activos, tenaces, solidarios e inteligentes, amén de valientes a toda prueba. La antítesis de los personajes que él había frecuentado hasta la fecha. El mero hecho de pensar en separarse de ellos hizo que se le pusiese un nudo en la garganta.

Partieron al filo de un alba gris, y tras atravesar Otero de Rey y Rábade, se internaron en la comarca denominada Terra Chá, zona de relieve horizontal, que hizo que el camino continuase siendo cómodo, y el cansancio no les obligase a hacer un alto, así que pasaron de largo la población de Begonte, y no pararon hasta llegar a primera hora de la tarde a Guitiriz, rodeada de un hermoso paisaje de verdes pastizales, entre los que aisladamente asomaban grandes caserones de piedra, que indudablemente pertenecían a gente muy acaudalada, y que Álvaro supo que por aquellas tierras recibían la denominación de pazos.
Como aun quedaba bastante luz del día, después de tomar un refrigerio en una cantina de la localidad decidieron seguir camino. Tras cruzar la pequeña aldea de La Castellana, llegó el momento del primer adiós. Modesto iniciaba en solitario su camino hacia Santiago, donde le esperaban su mujer y sus tres hijos. La despedida fue realmente emocionante, incluso lágrimas rebeldes aparecieron en los ojos de los cinco componentes de la expedición. Después, continuaron cabalgando hasta que apareció una posada en zona despoblada, donde pasaron la noche.










CAPITULO IV
LA CORUÑA

Salieron muy de mañana, bajaron la cuesta de la sal y pasaron por Coirós. A la derecha del camino divisaron el monte de La Espenuca, y dirigiendo su mirada hacia el horizonte, Álvaro contempló, por primera vez en su vida, el mar. Aunque estaba muy lejos de allí, le impresionó aquella masa azul, que no se parecía a nada de lo que hubiera visto nunca.

Avanzando un poco más llegaron a Betanzos. Era una ciudad antigua, con diversos edificios de interés, que no se pararon a admirar, entre el cansancio del viaje y la impaciencia por llegar a La Coruña, final de trayecto. Se limitaron a detenerse para almorzar y probar el vino del país, que era muy flojo de graduación pero afrutado y aromático. Lo acompañaron con una empanada de carne, algo que Álvaro jamás había probado. Era una masa de pan cocida en el horno, que en su interior llevaba trozos de carne aderezados de cebolla y aceite cuyo resultado era primoroso al paladar. Acostumbrado como estaba a los platos supuestamente exquisitos que degustaba en su Madrid natal, Álvaro se percató de lo que había salido ganando, gastronómicamente hablando, con aquel viaje.

Después de comer, partieron. Tras rebasar Guísamo y San Pedro de Nos, llegaron a la aldea de El Burgo, y desde allí avistaron La Coruña. Era el día 16 de octubre, y habían transcurrido once días desde la accidentada fuga de Madrid. Estaban a unas dos leguas de la ciudad, y separados de ella por una ancha franja de agua de mar, que conformaba la bahía coruñesa. Más allá se apreciaba, al mismo borde del mar, el conjunto de edificaciones que integraba la ciudad. A su derecha, muy cercano a la urbe, se divisaba un islote ocupado en su totalidad por una egregia fortaleza. Al fondo y en lo alto, se alzaba una gran torre, a la que la ausencia de construcciones a su alrededor otorgaba, si cabe, una mayor majestuosidad. De boca del fraile supo que se trataba del castillo de San Antón, un edificio cargado de historia - fue un asentamiento defensivo importantísimo para luchar contra las naves del corsario inglés Drake, que habían atemorizado a Galicia un par de siglos antes, aunque a la sazón venía siendo utilizada como prisión militar-, y la torre de Hércules, un faro edificado por los romanos en el siglo II de nuestra era para facilitar la navegación por las procelosas aguas del Atlántico.
Continuaron camino hasta superar la aldea de Elviña, y pronto el grupo se dividió en dos. Mientras el fraile y Álvaro continuaban hacia La Coruña, Fidel y Juan tomaban rumbo a sus localidades natales de Rebordelos, en Baldayo, y Malpica, muy próximas entre sí. Declinaron la invitación del religioso, que les ofreció acogida en su convento para pasar la noche, alegando la urgencia de reecontrarse con sus familias tras largos meses de ausencia, y retomar sus quehaceres habituales de invierno.
El adiós fue, si cabe, más emocionante que el de Modesto. Lo más probable es que nunca volviesen a encontrarse, pero aquellas duras y fatigosas jornadas juntos habían quedado grabadas en todos ellos como con hierro candente. Habían experimentado unas vivencias que no olvidarían por muchos años que existiesen.
Tras despedirse, entraron en la ciudad por una larga y estrecha franja de tierra arenosa, que formaba un sendero bañado por el mar a ambos lados. A su derecha estaba la bahía, con el mar calmado que contrastaba con las espumantes aguas de mar abierto que quedaban a su izquierda. Según avanzaban, el sendero se iba ensanchando y llegaron a un puerto marítimo bien construido, que en aquellos momentos estaba lleno de actividad con la carga y descarga de los numerosos buques allí fondeados.
A instancias de Álvaro, cuya curiosidad parecía inagotable, pararon unos momentos a contemplar los navíos. Independientemente de las pequeñas y numerosas embarcaciones dedicadas a la pesca, los buques que allí había eran alrededor de treinta, casi todos ellos veleros de tamaño pequeño y mediano, goletas y bergantines. Ello hacía que destacase aun más un enorme buque de guerra, con tres puentes y 114 cañones. Parecía increíble que algo tan gigantesco pudiera flotar. En la proa figuraba inscrito el nombre del barco: Real Felipe, indudablemente dedicado al primer Borbón que reinó en España, Felipe V, padre del actual monarca.
Tras dejar atrás la zona portuaria, entraron en la ciudad por la denominada puerta real. Las calles estaban enlosadas y los edificios eran de piedra, bien construidos en general para soportar la climatología, muy húmeda y fría, particularmente en invierno. Mientras avanzaban con sus caballerías al trote, se fijaron en los viandantes. Su vestimenta reflejaba claras diferencias sociales. Algunos hombres, los menos, vestían elegantes sombreros de ala colgante y capa hasta los pies y calzaban vistosas botas, e ineludiblemente llevaban una espada al cinto, mientras que otros se cubrían con ropas muy raídas y remendadas, y no llevaban zapatos ni medias, sino zuecas de madera, de las que sobresalían en su parte inferior cuatro tacos del mismo material; eran prácticas porque aislaban de la humedad, pero incómodas. Las mujeres vestían una chaqueta corta, saya y velo de lana.

Cruzaron estrechas rúas. El conjunto no tenía una forma geométrica concreta, obedeciendo probablemente a un crecimiento espontáneo durante la edad media. Los nombres de las calles se debían a las agrupaciones gremiales que las ocupaban. Finalmente, llegaron al convento de la Orden Tercera. Hacía poco tiempo que había sido construido, y aunque exteriormente no era de los edificios más destacables, su valor fundamental estaba en su interior, con unos retablos que podían considerarse auténticos tesoros. Allí fueron recibidos por los frailes franciscanos, que dieron su bienvenida al nuevo Superior y su acompañante con una frugal cena; lejos quedaban los pantagruélicos banquetes con que éstos se habían agasajado durante el transcurso de su viaje.
Álvaro pasó la noche en una celda del convento, pequeña e incómoda, pensando en buscarse alojamiento al día siguiente, pese al amable ofrecimiento del padre Molinero, insistiendo en que se quedase allí el tiempo que fuese necesario.

Se levantó muy temprano y salió a pie por la ciudad, portando el pliego relativo a la herencia, con un doble objetivo: por una parte, localizar al escribano que había redactado el documento, para poder disipar las dudas que le embargaban con respecto al legado que le había tocado en suerte, y por otra conseguir un alojamiento para los días que presumiblemente iba a residir en la ciudad para solucionar aquel asunto.
Deambuló por las estrechas calles preguntando aquí y allá, hasta que con algunas dificultades consiguió dar con la escribanía, un despacho situado a poca distancia de Puerta Real, junto a la iglesia de Santiago.
Abrió la puerta de la oficina y se dirigió a un hombre sentado frente a una mesa, que examinaba concienzudamente unos documentos. Llevaba puestos unos anteojos cuyo grosor en los cristales delataba la cortedad de su vista. Álvaro le saludó cortésmente:
-quisiera hablar con el escribano Antonio Pardo de Ponte y Andrade-
-está usted ante él-
Le mostró el legajo que portaba, así como su propia carta de identidad, demostrativa de que era el beneficiario de la herencia. El fedatario público rebuscó entre la voluminosa documentación que guardaba en sus archivos, localizando el original del documento que Álvaro portaba y algo, si cabe, más importante: un inventario de todos los bienes que había heredado de aquella desconocida, en el que se reflejaba la descripción de cada finca, así como su ubicación y medida y la titularidad de las propiedades colindantes, con lo que su localización no iba a ser problemática. Solo quedaba un requisito, y era la aceptación de la herencia por su parte, a lo que no puso objeción alguna. El escribano prometió tramitar la escritura de aceptación sin dilación, y lo emplazó a que se presentase en un par de días para proceder a su rúbrica. Aprovechó para decirle que estaba a la procura de un lugar donde albergarse, y el escribano le informó que la mejor posada de la ciudad estaba regida por un irlandés llamado O´Brien, en la calle Tabernas, muy próxima a donde se hallaban. Incluso se brindó amablemente a redactarle una nota de recomendación para que le diesen alojamiento, previendo que podía tener dificultades por tratarse de un establecimiento que estaba lleno casi todo el año.

Se dirigió hacia allí y fue atendido por el posadero, un pelirrojo de gran humanidad que hablaba un castellano fluido pero con fuerte acento extranjero, el cual a la vista de la carta de recomendación del escribano no puso objeción alguna en darle hospedaje en una habitación con vistas al puerto, pequeña pero acogedora y muy limpia. Al salir se dirigió al convento a recoger su caballo y sus enseres y se despidió del padre Molinero. Después, procedió a instalarse en su nuevo alojamiento. Una vez acomodado, se dio cuenta de que ya era la hora del almuerzo. Entre la frugalidad de la cena de la noche anterior en el convento y lo que se había movido durante la mañana, tenía un hambre atroz.
Bajó al comedor de la posada y se procuró una mesa al fondo del local. Todavía era temprano y solo había un par de comensales, a los que saludó con cortesía, siendo correspondido. Se trataba de dos hombres de una edad algo mayor que la suya, que conversaban animadamente en un idioma extranjero, mientras degustaban el humeante contenido de un amplio puchero de barro. El agradable aroma que desprendía el guiso llamó la atención de Álvaro, y cuando el mesonero se acercó para atenderlo, no esperó a oír lo que le ofrecía y se limitó a pedirle una cazuela de lo mismo que tomaban los otros dos comensales. Casi al instante, el irlandés apareció con una cazuela conteniendo el apetitoso guiso.

A requerimiento de Álvaro, desconocedor de lo que iba a comer, el posadero le aclaró que se trataba de un estofado de calamares con patatas. Lo probó, y el sabor era soberbio. Estaba muy especiado y tenía un paladar muy característico, distinto a cualquier cosa que hubiese probado hasta entonces. Pese a que la ración era muy abundante, no tuvo problemas en consumirla por completo, regándola con una jarra de vino del país. Tenía previsto retirarse a descansar a su habitación, cuando sus vecinos de mesa entablaron conversación con él sobre la buena calidad de la comida que se servía en la posada. Le recomendaron que pidiera siempre pescados y mariscos, muy frescos, en cuya preparación la cocinera, esposa de O´Brien, era muy diestra.
La tertulia siguió su curso, y a tenor del desarrollo de la misma, se percató de que se hallaba ante dos personas muy ilustradas, y pese a ser extranjeros, amplios conocedores de la ciudad en que se hallaban.

Uno de ellos, Alessandro Malaspina, era italiano. Le contó que era sobrino del Virrey de Sicilia y que perteneció a la Orden de Malta, con la que había cursado estudios sobre rudimentos de navegación, que le sirvieron para ingresar en la Marina Real Española, con la que tomó parte en diversas acciones armadas en el norte de África, siendo ascendido a teniente de Navío. Posteriormente, al tratarse de un hombre de inquietudes elevadas, propuso al gobierno español la organización de una expedición político-científica, con el fin de visitar las posesiones españolas en América y Asia, lo que fue aceptado, partiendo la expedición a bordo de las corbetas Atrevida y Descubierta. A su regreso, presentó un informe confidencial, con observaciones críticas de carácter político acerca de las instituciones coloniales españolas, y favorable a la concesión de una amplia autonomía a las colonias españolas americanas y del Pacífico dentro de una confederación de estados relacionados mediante el comercio. Ello supuso su caída en desgracia, y tras un juicio dudoso, fue condenado a diez años de prisión en el castillo de San Antón de La Coruña. Hacía escasos días que había sido liberado.
El otro tertuliano era inglés. Se trataba de Edward Clarke, clérigo, capellán del conde de Bristol, embajador inglés. Acababa de desembarcar hacía pocos días, procedente de Falmouth (Inglaterra), y estaba a la procura de transporte para viajar a Madrid. Las penurias del desplazamiento, bien conocidas por Álvaro, le impedían contratar más que unos caballos que le llevasen hasta Astorga, para continuar viaje desde allí a la capital a bordo de un carruaje.
Álvaro también les comentó los motivos de su viaje sin ocultar nada, ni siquiera los pormenores de su precipitada salida de Madrid, lo que hizo que sus acompañantes sonrieran divertidos, incluido el clérigo. Continuaron departiendo amigablemente, desviando la conversación a la evolución de la ciudad en la que se hallaban, que estaba pasando por una etapa de recuperación económica, propiciada por las actividades productoras y exportadoras de los empresarios catalanes afincados en la ciudad, así como por las numerosas actividades fabriles, expansión que venía dada fundamentalmente por las líneas marítimas de las Indias (a la Habana, a Montevideo y Buenos Aires), con salida y retorno a La Coruña como único puerto de la península. Esta bonanza –que incluso había desembocado en un importante aumento de la población, que ya se acercaba a los diez mil habitantes- venía después de una larga etapa de recesión, originada a principios de siglo, durante la guerra de sucesión a la muerte de Carlos II. La ciudad no había padecido ataques, pero el incremento de impuestos, los reclutamientos forzosos y los gastos de fortificación supusieron duros reveses a su desarrollo, de los que empezaba a recuperarse merced al comercio naval, transportando productos como lino, pieles, tabaco o sal.
Cuando concluyeron la tertulia, los dos extranjeros se brindaron a acompañarle a dar un paseo por la ciudad, lo que aceptó de mil amores. La caminata transcurrió inicialmente a través de las murallas de la ciudad.
Desde un montículo llamado San Carlos, observaron la hermosa panorámica de la bahía y el castillo de San Antón. Después se internaron por las estrechas callejuelas y entraron en una taberna, donde degustaron una jarra de vino sentados alrededor de una mesa. Álvaro derivó la conversación hacia Cayón, el pueblo donde le había tocado en suerte la misteriosa herencia, y Malaspina, haciendo gala de sorprendente erudición, sobre todo por tratarse de un extranjero, le explicó que era una pequeña villa situada a unas seis leguas de La Coruña, también al borde del mar, cuya actividad principal era la caza de la ballena. Era tierra de mucha historia, donde existía un próspero convento de agustinos, que habían desembarcado en aquellas tierras allá por el siglo XII, y un palacio que perteneció a Fernando Bermúdez de Castro, señor temporal de aquellos contornos, donde desde hacía un par de siglos se impartía justicia con cárcel y administraciones propias.
En relación con el convento y la iglesia adyacente, Malaspina le pidió que no dejase de visitarlos durante su estancia, porque el enriquecimiento con objetos sagrados, mobiliario, altares, vestuarios sacerdotales y diferentes reliquias convertían el conjunto en un auténtico museo de arte sacro.
Era ya noche cerrada cuando retornaron a la posada del irlandés. Se sentaron juntos a la mesa y Álvaro, confiando ciegamente en sus acompañantes permitió que fueran éstos los que eligiesen el menú. Pidieron langosta, un marisco muy apreciado según ellos. Estaba preparada a la marinera, con una salsa de cebolla, aceite, ajo y pimentón, y su sabor era delicioso, según manifestó Álvaro, con quien estuvo de acuerdo mister Clarke, no así Malaspina, que sin menospreciar lo que estaban paladeando, prefería el crustáceo simplemente hervido, para respetar su sabor natural. El desacuerdo provocó una encendida -aunque amistosa- discusión entre ambos, que no se pusieron de acuerdo hasta la llegada del segundo plato, besugo albardado. Se trataba de un pez de considerable tamaño, al cual le habían extraído las espinas, y en su lugar habían rellenado su interior con un picadillo de lomo de cerdo y jamón, aderezándolo con pimienta, sal y zumo de limón. En esta ocasión no hubo discrepancia alguna entre los comensales, que degustaron el plato de pescado con entusiasmo.
Cuando terminaron de cenar, mantuvieron una pequeña charla de sobremesa mientras los dos extranjeros fumaban sendos cigarros que les ofreció el posadero, y que Álvaro declinó probar.
Después salieron a dar un paseo nocturno, o al menos esa fue la disculpa, porque se dirigieron a un local sito a escasa distancia de la posada. La puerta estaba cerrada, pero Malaspina hizo sonar el llamador de hierro adosado a la misma, y casi inmediatamente alguien abrió. Era una mujer no muy joven, que al reconocerles se hizo a un lado para franquearles el paso. Nada más ver su aspecto y sobre todo su rostro, exageradamente pintarrajeado, Álvaro, conocedor de los lupanares de Madrid, se dio cuenta sin que nadie se lo dijera que estaban en una casa de lenocinio. Tras recorrer un corto pasillo entraron a una gran sala, donde pululaban no menos de diez mancebas de aspecto muy similar a la que les había abierto.
Había también media docena de hombres que zascandileaban con varias chicas. Se acomodaron en unos sofás que había al fondo de la sala, junto a una escalera de madera por la que se accedía al piso superior. Una criada de bastante edad vino a atenderlos, y le pidieron tres copas de coñac. Tan pronto se las sirvieron, y mientras paladeaban el licor, Clarke exclamó:
-Empiezo a notar un picorcillo al sur del bajo vientre que me tiene sublevado-
No bien terminó de decir aquello cuando hizo una discreta seña a una de las damas, que acudió con presteza. Clarke se levantó de su asiento y ascendió por las escaleras precedido por ella.
Tan pronto hubo desaparecido, Malaspina comentó:
-Venimos aquí todas las noches desde que llegó a La Coruña, y todas las noches sucede lo mismo, se pone a fornicar con vehemencia. Ayer mismo le pregunté si el hecho de ser sacerdote no le producía remordimientos de conciencia, y en un alarde del característico cinismo clerical, me contestó que todo lo contrario. Todas las mañanas se confiesa y después da gracias a Dios por permitirle seguir perseverando en la fe-




CAPITULO V
UN GRATO REENCUENTRO

Por la mañana, Álvaro salió temprano a la calle. No tenía nada que hacer sino esperar a que el escribano terminase sus funciones, lo que no se produciría hasta el día siguiente, pero su nueva forma de ser no le permitía estar ocioso. Sus nuevos amigos todavía no habían bajado de sus habitaciones, así que decidió salir solo a dar un paseo. Subió hasta el mercado de la Harina, en pleno corazón de la ciudad alta. En el centro de la plaza había una acumulación de gente observando algo, y la curiosidad le impulsó a acercarse. Cuando lo hizo quedó muy sorprendido, porque el espectáculo que estaba viendo todo aquel gentío era, ni más ni menos que el mismo que él había visto en Villafranca del Bierzo, el del malabarista que hacía juegos con las manzanas. Buscó con la mirada, y la encontró. Estaba, si cabe, más guapa aún de lo que recordaba. Ella también le reconoció, y lo admitió con una tímida sonrisa. Decidió esperar a que terminara la actuación, con intención de abordarla, cosa que hizo una vez que se disolvió la multitud.

Se aproximó a ella y la saludó. Ella bajó la vista con recato, pero contestó a su cortesía. Le preguntó su nombre, y ella le dijo que se llamaba Elisa. El se presentó haciendo uso de su verdadera identidad, y le contó que era comerciante y procedía de Madrid, y que iba a pasar un tiempo en La Coruña por cuestión de negocios.
Le inquirió por su lugar de origen, y ella le dijo que era de allí mismo, y que con sus padres y hermano pasaban la época de buen tiempo trabajando como feriantes por toda Galicia, y mientras los padres comerciaban de feria en feria con las frutas y verduras que iban adquiriendo en las fincas que se topaban por los caminos, su hermano Simón explotaba las innatas habilidades manuales que poseía, haciendo juegos malabares, lo que suponía un beneficio añadido a la economía familiar.
La conversación se vio cortada bruscamente por el hermano de Elisa, quien con cara de pocos amigos se aproximó a ellos y asiendo a su hermana por un brazo se la llevó de allí sin decir una sola palabra. Álvaro quedó, como suele decirse, compuesto y sin novia, y lo peor: no tenía ni idea de cómo volver a hallarla. Sin embargo, no se desanimó, pensando que si el destino le había deparado la agradable sorpresa de volver a encontrarla, ahora le tocaba a él localizarla de nuevo, al precio que fuera.
Como no le quedaba otra opción, se dispuso a ir detrás de ellos para saber a donde se dirigían. Iba a hacerlo, cuando un par de sujetos malencarados, con pinta de rufianes, se le anticiparon y comenzaron a seguir discretamente a la pareja. Le resultaron bastante sospechosos, sobre todo teniendo en cuenta que el malabarista acababa de hacer algunos ingresos con su actuación que podrían resultar golosos para cualquier amante de lo ajeno, así que decidió seguirlos con el mayor sigilo.

Sin perder de vista a los que le precedían, guardó una distancia prudencial y se puso en marcha. Desde la plaza, subieron hasta la Colegiata de Santa María y giraron hacia la izquierda. Después atravesaron un descampado, hasta llegar a una gran plaza, donde había unos puestos ambulantes que vendían leña y piñas. Siguieron por el camino de la Torre de Hércules. Mientras se internaban por el sendero, Álvaro, que estaba ojo avizor, vio como los dos individuos apretaban el paso acercándose a los dos hermanos, y echando mano al cinto sacaron sendos puñales. Cuando los alcanzaron, uno de ellos soltó una exclamación dirigida a sus sorprendidas víctimas: -¡La bolsa o la vida!-
Álvaro, que se encontraba a unos pasos, hizo acto de aparición al tiempo que desenfundaba su espada, y salió presto hacia donde se hallaban. Los asaltantes, al darse cuenta de su presencia, se giraron para hacerle frente, separándose para desconcertarle, pero se encontraron con un buen espadachín, con mucha experiencia, pese a su juventud, en aquellos fregados, que largó un mandoble con su sable al enemigo que tenía más cerca, produciéndole una fea herida en el brazo armado, que hizo que el cuchillo cayese al suelo. Según quedó desarmado, el malabarista se fue a por él y comenzó a asestarle puñetazos con saña, mientras Álvaro se enfrentaba con el segundo malhechor. Este viéndose en desventaja, lanzó su puñal hacia Álvaro, que trató de esquivarlo mediante una finta que no pudo evitar que la hoja de acero le rasgase, aunque de refilón, la carne de su brazo derecho. La herida, aunque superficial, comenzó a manar sangre en abundancia, lo que no le impidió dar una estocada certera en el hombro de su enemigo, que temiendo por su vida, se dio a la fuga. No tuvo tanta suerte su compañero, que tenía la cara destrozada a puñetazos. El malabarista no tuvo piedad de él hasta que cayó al suelo sin conocimiento.
Elisa, ya recuperada del susto, se percató de la herida de Álvaro y se acercó a él. Enseguida su hermano se reunió con ellos. Ella sacó un pañuelo del bolsillo de su saya, y tras sacar la chaqueta y rasgar la manga de la camisa, restañó la sangre de la herida, comprobando, con alivio, que ésta no era grave. Simón, agradecido, le dijo que vivían en las cercanías y le ofreció su casa para hacerle una cura que evitara cualquier infección, así que salieron de allí, abandonando al rufián, que continuaba sin sentido. Del otro, ni rastro.

Llegaron a la casa, que era una humilde edificación de planta baja, con una pequeña huerta aneja, casi al pie de la Torre de Hércules. Entraron a una sala de reducidas dimensiones, que hacía las veces de comedor y cocina, donde el pequeño mono que ya había visto en Villafranca, permanecía atado con una pequeña cadena a una estaca de madera, pegando estridentes chillidos de protesta por su secuestro. En una esquina había un lar de piedra donde se estaban quemando unos troncos. Alrededor del fuego había un trípode de hierro, y sobre él una marmita destapada humeaba, despidiendo un olor extraño para el olfato del visitante, pero muy apetitoso. El ya se estaba acostumbrando a las sorpresas culinarias desde su salida de Madrid, pero no pudo dejar de preguntar que era lo que se estaba cocinando allí. Simón le contestó que su madre estaba cociendo un pulpo capturado por su padre en las vecinas rocas para el almuerzo, y que estarían encantados de invitarlo a comer. No dudó en aceptar. Elisa les interrumpió, en un tono que no admitía réplica:
-Todo eso está muy bien, pero que lo que importa en este momento es curar la herida-
Lo pasó a una pequeña habitación e hizo que se quitara la camisa y se tendiera en una cama, donde limpió la herida y la desinfectó con alcohol, vendándola a continuación. Cuando salieron vieron a un hombre y una mujer de cierta edad, que estaban poniendo la mesa. Simón se los presentó como sus padres.

Mientras la madre sacaba el pulpo entero de la olla y troceaba los tentáculos con unas tijeras, Elisa tomó una sartén de hierro que estaba colgada en la pared, y la puso sobre la lumbre. De una pequeña alacena, sacó un recipiente de barro, en el que introdujo un cucharón con el que extrajo grasa, que volcó en la sartén para disolverla. Aprovechó ese ínterin para pelar y picar dos cebollas de buen tamaño, que sofrió en la grasa líquida, y echó el sofrito encima del pulpo, que previamente había sido adobado por su madre con un poco de pimentón. El resultado de aquella sencilla comida fue delicioso. Cuando terminaron de almorzar, departieron amigablemente, comentando el incidente con los salteadores, pero sin añadir dramatismo a la situación. Era una familia humilde, pero muy agradable. El invitado, sin parar de conversar con unos y otros, no quitaba ojo de encima de Elisa, dándose cuenta de que empezaba a sentir una simpatía muy especial por aquella joven. Desde luego, mientras tuviera oportunidad, no iba a dejar de frecuentarla.

Regresó a la hostería bien entrada la tarde. Sus amigos le esperaban, bastante preocupados por su tardanza, así que no tuvo más remedio que contarles todas las incidencias que le habían ocurrido a lo largo del día.
Esa noche no salió de la posada. Prefirió descansar para estar bien despejado al día siguiente en su entrevista con el escribano.

Se levantó al amanecer, y tras darse un baño, se dirigió a la escribanía. Ya estaba abierta, así que accionó el picaporte y se introdujo en el despacho. Antonio Pardo de Ponte y Andrade le recibió amablemente. Ya tenía preparado el documento de aceptación de herencia, que leyó en voz alta, previamente a que el beneficiario estampase su rúbrica en el mismo. Después, le facilitó una copia del documento y otra del inventario de bienes, así como una enorme llave que correspondía a la cerradura de la puerta de la casa que había heredado. Pero aún le esperaba una nueva sorpresa. El escribano le dijo que esperara un momento y se introdujo en un cuarto que había al fondo del despacho. Salió al poco tiempo trayendo en sus manos un cofre de metal, que abrió con una pequeña llave ante los ojos de un asombrado Álvaro, que vio ante sí una profusión de monedas de doblón de oro que llenaban el cofre hasta el borde. Estaban tan brillantes que parecían recién acuñadas. Teniendo en cuenta el valor de cada una de aquellas monedas, que equivalía a veinte reales de plata, se dio cuenta de que quien poseyera el contenido de aquel cofre era inmensamente rico, y todo parecía indicar que iban a ser suyas. Así se lo confirmó Antonio Pardo, que le dijo que la custodia de aquel cofre le había sido confiada en su día por la testadora, para hacérselo llegar al heredero a la hora de su muerte.

Quiso saber algo más de aquella misteriosa mujer, pero los datos que pudo aportarle el escribano no consiguieron aclarar ninguna de sus dudas.

Cuando llegó a la posada con los documentos y el cofre, preguntó por los dos extranjeros, para pedirles consejo sobre que hacer con aquel caudal. Quería actuar con la máxima cautela al respecto y sus amigos poseían la suficiente experiencia como para recomendarle lo que debía hacer. Todavía no habían abandonado sus habitaciones, así que se armó de paciencia y se dispuso a esperarles durante el tiempo que fuera menester.

Aun tardaron como unas dos horas en bajar. El primero que lo hizo fue Clarke, presto para dirigirse a su acto de contrición diario. Lo saludó cortésmente, pero entre que el capellán llevaba prisa y que Malaspina le inspiraba más confianza, decidió esperar a éste, quien bajó al cabo de pocos minutos. Le dijo que quería consultarle algo y se sentaron ante un par de humeantes tazas de chocolate que el posadero les trajo a la mesa.

Una vez solos, le comentó al italiano todos los pormenores de su visita de aquella mañana a la escribanía, y le mostró el cofre, que abrió, enseñándole los doblones. Quedó francamente sorprendido al ver el contenido. Aquella caja contenía, a ojo de buen cubero, más de trescientas monedas, lo que representaba una fortuna al alcance de muy pocos. Le pidió asesoramiento para poner a buen recaudo aquella riqueza, y Malaspina le contestó que con media docena de doblones era más que suficiente para cubrir sus necesidades, por muy exigentes que fueran éstas, para una buena temporada, y le recomendó ingresar el resto en la oficina de algún banquero de garantía. El conocía a uno en la ciudad cuya solvencia y seriedad en las transacciones estaba fuera de toda duda y se brindó a acompañarle a su establecimiento, ofrecimiento que aceptó agradecido.
Tomando todas las precauciones posibles para evitar un posible asalto, salieron a la calle. El banquero estaba en las cercanías. Cuando llegaron, fueron amablemente atendidos por el intendente bancario, que aceptó la imposición, tras efectuar arqueo del dinero y hacer un cálculo de los réditos anuales que le correspondían. Había trescientas setenta y dos monedas, más incluso de las que habían calculado a grosso modo. Depositó trescientos cincuenta doblones, metiendo los restantes en el bolsín donde portaba habitualmente su dinero. Cuando salieron de allí, Malaspina le indicó que a su juicio no consideraba prudente llevar semejante cantidad de dinero encima, pero lo tranquilizó diciéndole que aquella cantidad duraría muy poco tiempo en su poder, puesto que tenía previsto hacer de inmediato una inversión. Cuando llegaron a la posada, se disculpó con el italiano y se dirigió al convento de la Orden Tercera, donde se entrevistó con el padre Molinero, a quien relató todos los pormenores de lo acaecido desde su llegada a la ciudad. Después, entregó al sorprendido fraile dieciséis monedas de las que llevaba en su bolso, y unas instrucciones sobre el uso que debía darles a partir del día siguiente, fecha en que Álvaro tenía previsto partir para conocer sus nuevas posesiones.









CAPITULO VI
CAYON
Dos días más tarde, y poco después de que Álvaro, tras despedirse, emprendiese galope hacia tierras de Cayón, el franciscano se presentó en la posada de O´Brien y se entrevistó con Malaspina y Clarke, entregando a cada uno de ellos cuatro doblones de oro. Este último quedó gratamente sorprendido, no así el italiano, que ya se esperaba que ocurriera algo semejante. Otras cuatro monedas fueron llevadas por el fraile hasta una pequeña casa situada a los pies de la torre de Hércules, y entregadas a los padres de Elisa, quienes no cabían en sí de gozo. El dinero iba acompañado por una carta dirigida personalmente a la muchacha, en la que se despedía de ella diciéndole que unas obligaciones ineludibles hacían que tuviera que partir, pero que esperaba y deseaba que la separación fuera lo más corta posible, porque en el momento de escribir aquella carta, aun no se había marchado y ya la echaba de menos.
Los cuatro doblones restantes, siguiendo escrupulosamente las instrucciones del generoso donante, pasaron a engrosar las depauperadas arcas de los franciscanos, con gran placer de su superior, que ya estaba buscando destino a buena parte de aquel dinero en la ampliación del convento.

Tras atravesar la muralla de la ciudad y cruzar el camino entre mares que separaba la península coruñesa de la tierra firme, dirigió su cabalgadura hacia la cuesta de Santa Margarita, la salida de la Coruña hacia la costa atlántica más al sur. Siguió por el Ventorrillo y La Silva, y atravesó el poblado de Meicende, hasta llegar a una loma donde estaba el santuario de la Virgen de Pastoriza. Sin hacer alto en el camino, continuó cuesta abajo, cruzando Oseiro. Poco después llegaba a Arteijo, donde se detuvo para reponer fuerzas. Paró en una venta, donde atendieron a su caballo y le sirvieron un reconfortante almuerzo a base de sopa y ternera asada. Tras informarse sobre el camino que debía seguir, reanudó la marcha hacia su lugar de destino. Al poco tiempo, divisó de nuevo el mar, al llegar al alto de Valcobo. Para él era un espectáculo maravilloso. El azul del cielo se reflejaba en el agua, contrastando con las espumeantes olas que provocaba por doquier el viento del nordeste. Aquel, como ya le habían dicho, era un mar bravío, tanto que para enfrentarse a él había que pertenecer a una raza especial. A simple vista daba miedo. Bajó hasta el arenal de Barrañán por un peligroso camino al borde de acantilados de gran altura. Atravesó la playa y subió hasta Chamín, donde adelantó a un carruaje que iba ocupado por un personaje vestido con hábitos blancos. Durante los cortos instantes en que coincidieron, tanto el aspecto como la mirada del religioso causaron una extraña sensación de inquietud en Álvaro, quien pese a tratarse de una persona bregada, no pudo evitar un estremecimiento ante el halo de maldad que irradiaba aquel personaje.


Tras cruzar un polvoriento camino de montaña lleno de vericuetos, alcanzó la aldea de Germania, donde volvió a divisar el mar desde lo alto, y al poco de salir de allí se topó con una impresionante panorámica: allá abajo, en una minúscula península, había un pueblo anclado a las arenas de una gran playa. Era como si estuviese a punto de ser devorado por el rugiente océano, para hacerle pagar cara la osadía de haberse adueñado de un terreno perteneciente al mar.

Desmontó del caballo para disfrutar de tanta belleza durante unos instantes. A lo gratificante que aquello era para la vista se unía un olor a algas marinas que su olfato podía identificar pese encontrarse a una considerable altura sobre el mar. Pasó un largo rato en aquella balconada natural, pensando en lo que sería vivir en un sitio como ese, aunque no tenía previsto hacerlo.

Pocos minutos después bajaba al trote por una empinada cuesta que supuso que le llevaría directamente al centro de la villa. Efectivamente, pronto llegó a una gran plaza, presidida por dos destacadas edificaciones de piedra. Una de ellas era una iglesia de grandes dimensiones, máxime para un pueblo tan pequeño. Muy cerca de ella, un hermoso palacio competía con el templo en majestuosidad. Entre ambos se divisaba una franja de mar, y al fondo de la misma, a lo lejos, dos islotes. Junto a la iglesia había una fuente, que utilizó para refrescarse, tanto él como su caballo, que bebió ansiosamente.

En ese momento vio un carruaje que entraba estrepitosamente en la plaza, hasta parar delante de la puerta de la iglesia. El conductor bajó del pescante y abrió la puerta al pasajero, que no era otro que el hombre de los hábitos blancos con quien se había topado por el camino. El lacayo se inclinó ceremoniosamente ante el religioso, quien descendió del vehículo con mucho boato, dirigiendo una inquisitiva mirada a Álvaro, que se encontraba a pocos pasos. En ese instante se abrió el portón de la iglesia y salieron dos frailes, que saludaron al recién llegado respetuosamente. A continuación, mientras el cochero liberaba a los caballos, los otros tres personajes se introdujeron en el templo.

Tanto movimiento de forasteros en un pueblo aislado como aquel, no pasó desapercibido. En las ventanas y galerías de los edificios próximos, comenzaron a asomar tímidamente rostros de vecinos, que no perdían detalle de todo lo que acontecía. Álvaro, una vez saciada su sed, sacó de sus alforjas las escrituras de propiedad que le había facilitado el escribano y leyó atentamente la descripción de la casa que en ellas se hacía. No le fue difícil identificarla. Tenía que ser la casa de la esquina frente a la iglesia y separada del palacio por un callejón, tal y como se indicaba en las escrituras. Sin pensárselo mucho, tomó a su caballo por las bridas y se dirigió hacia ella. Al llegar, abrió de nuevo las alforjas y sacó la gran llave, que encajó en la cerradura y logró hacer girar con algún esfuerzo. Accionó el pomo y la puerta se abrió con un chirrido de sus goznes. Dentro estaba oscuro, pero en la misma entrada distinguió un quinqué de aceite y junto a él, una caja de cerillas. Prendió la mecha de la lámpara y distinguió una estancia bastante amplia, que supuso que hacía las veces de sala de estar y comedor, en la que había una gran mesa, rodeada de doce sillas tapizadas de color rojo, así como un sofá alargado y dos más pequeños. Todas las piezas se notaban refinadas y lujosas, y evidenciaban que los antiguos propietarios habían pertenecido a la clase alta. A la derecha había unas escaleras de madera por las que se accedía al piso superior, y al fondo una puerta, que abrió y entró en la cocina. Era espaciosa, y estaba dotada de toda suerte de trastos y enseres, tal y como si alguien continuase viviendo allí. Al final de la cocina había otra puerta, que daba a la bodega de la casa. Bajó tres escalones de piedra, y notó el frescor del recinto. El suelo era de tierra, y los muros de piedra. El techo, de madera, estaba soportado por tres grandes vigas de castaño.
A su derecha, había apiladas no menos de trescientas botellas de vino, tumbadas unas sobre otras, y al lado de las mismas, una gran artesa de madera, a la que levantó la tapa comprobando que estaba vacía. Al otro lado de la estancia, sobre unas repisas de madera, había dos grandes barriles, que trató de mover inútilmente, lo que significaba que estaban llenos.
Al fondo había una puerta, que abrió comprobando que daba a un callejón posterior.

Regresó al salón y subió al piso superior compuesto por cuatro espaciosas habitaciones y una salita de estar. El mobiliario de todas las estancias era completo y muy sofisticado, de maderas nobles, con un estilo muy similar al francés Rococó, que había visto en lujosas mansiones de Madrid, pero no esperaba ni de lejos encontrar en el lugar donde se hallaba.

Revisó primero las habitaciones, y se sorprendió al comprobar que todo su ajuar estaba completo y la limpieza era proverbial, sin que se pudiese localizar ni una mota de polvo, algo muy extraño en una casa abandonada, pero que ya le había llamado la atención a su paso por la cocina.

La sala constaba de sillones y butacas, así como una mesa camilla, y adosados a la pared había una cómoda y un secreter muy lujosos. Eran de madera de caoba con incrustaciones de nácar. También destacaba un elegante mueble-librería, completamente lleno de volúmenes literarios, la mayoría escrito en idioma extranjero, cosa que le llamó poderosamente la atención.
Sobre la cómoda, colgado en la pared, había un cuadro de grandes dimensiones, que correspondía al retrato de cuerpo entero de una mujer de unos cincuenta años, morena, de apariencia distinguida. Iba vestida completamente de negro y su rostro ovalado y sus grandes ojos negros conformaban una expresión de aparente serenidad. Por un momento le pareció que no era la primera vez que veía aquel rostro, pero no fue capaz de identificarlo. ¿Sería aquella mujer su benefactora? Supuso que no tardaría en averiguarlo.
Solo le quedaba revisar la buhardilla y el patio, y en ninguna de las dos dependencias halló nada que le pareciera importante, aunque comprobó que en el patio había habilitada una pequeña cuadra, que le pareció útil para que su caballo pudiera disfrutar un mínimo de comodidad.
-Bien merecida la tiene- se dijo.
Junto a la cuadra, colgados como si de prendas de ropa se tratase, había unos extraños peces de buen tamaño. Eran anchos y planos y con una cola alargada. Debían llevar bastante tiempo allí, porque ya estaban acartonados. Álvaro no fue capaz de discernir el objeto de aquello, pero la curiosidad le hizo prometerse a sí mismo averiguarlo.














CAPITULO VII
LA MISTERIOSA BENEFACTORA

Regresó al interior de la casa, y se sentó a descansar un rato en una butaca del salón. Ya empezaba a anochecer. Estaba ensimismado, pensando en cual era el siguiente paso que tenía que dar, cuando sintió unos suaves golpes en la puerta. Abrió y se encontró con una mujer cincuentona, limpia y afable, que le preguntó si era Don Álvaro. Le contestó afirmativamente, y ella le entregó un sobre cerrado, en el que figuraba la leyenda:

ESTE ESCRITO DEBERA SER ENTREGADO EN MANO A
DON ALVARO DE MENDOZA Y NUÑEZ DE AYALA

Se separó de la mujer, rasgó el sobre, sacó el papel que estaba en su interior y lo leyó atentamente:

Querido Álvaro:
Imagino cuantas veces te preguntarías quien soy yo desde que llegó a tus manos mi testamento, que te habrá sorprendido. Pues bien, soy María, la institutriz que te cuidó cuando eras muy pequeño. Fuiste el hijo que nunca tuve, y ni con el paso de los años me he olvidado de lo feliz que fui en aquella casa, que solo abandoné para casarme con el hombre al que estaba prometida.
Cuando leas esta carta yo ya estaré muerta, de hecho llevo bastante tiempo enferma y no me queda mucho, así que lo único que me resta es despedirme de ti. Que Dios te bendiga, y ojalá hagas buen uso de mi legado. La persona que te entrega esta carta es Manuela, la mujer que me ayudaba en las labores de la casa, y que lo hará también contigo.
Hay algo más que quiero decirte, pero no puedo hacerlo en esta carta, por miedo a que caiga en otras manos. Aunque confío plenamente en Manuela, hay gente con mucho poder y pocos escrúpulos, que está muy interesada en conocer el secreto que quiero contarte, así que hay una segunda carta, que está escondida dentro de la casa. Para localizarla tienes que hacer memoria. ¿Te acuerdas del lugar en que ocultabas tus tesoros cuando eras un niño?; pues debes buscarla en un sitio igual que ese.

Álvaro, con la sorpresa pintada en el rostro, releyó la carta varias veces. Jamás se le hubiera ocurrido que la preceptora que le cuidó en los primeros años de su vida fuese su benefactora. Ahora se daba cuenta del motivo por el que el retrato que había en el piso superior le había resultado tan familiar, pese al paso de los años.

Habló un rato con Manuela, que le dijo que desde la muerte de la señora, hacía ya casi un año, había estado cuidando la casa para que cuando llegara el nuevo dueño la encontrara en perfecto estado, y que si el señor no tenía inconveniente, seguiría haciéndolo. Álvaro, por supuesto, no puso impedimento alguno. Aun no sabía lo que iba a hacer de su vida, pero mientras estuviese en aquella casa, le vendría bien alguien que la cuidara, y eso le recordó que se aproximaba la hora de cenar, y su estómago empezaba a protestar, así que pidió a Manuela que le preparase la cena. Ella fue a una pequeña alacena que había en la cocina, y de allí sacó jamón y queso, que junto con una botella de vino de las que había en la bodega, sirvieron para que el apetito quedase saciado. Le preguntó a la sirvienta por los pescados colgados en el patio, y ésta le dijo que eran peces raya, que se curaban al sol para poder comerse durante el invierno, cuando los temporales no permitían faenar en el mar y no había pesca. Los que él vio aun no tenían el grado de curación necesario, pero le dijo que en cuanto eso sucediera le prepararía un suculento guiso.


Después, Manuela marchó, no sin disculparse por la escasez de alimentos, prometiendo que el almuerzo del día siguiente, una vez que la despensa quedara debidamente aprovisionada, sería más apetitoso.

Cuando se quedó solo, los pensamientos de Álvaro se centraron en la segunda carta. La clave que le había dado María demostraba que se trataba de una mujer inteligente y precavida. El recordaba perfectamente que cuando era un niño, escondía sus pequeños secretos y tesoros en un hueco que había en el interior de la chimenea de su casa, tras un ladrillo suelto. Entonces, ya sabía donde estaba el escondite del dichoso escrito.

Subió las escaleras a grandes zancadas y se dirigió a la sala del primer piso. Se agachó ligeramente para introducirse en el hueco de la chimenea, donde comenzó a palpar uno por uno todos los ladrillos. No tardó en dar con lo que buscaba; al tocar uno de ellos notó que se movía ligeramente, y fue solo cuestión de paciencia extraerlo de donde estaba encajado. Cuando lo consiguió, introdujo la mano en el interior del hueco, hasta alcanzar lo que buscaba. Era otro sobre, pero su grosor era mucho mayor que el que le había entregado Manuela. Se sentó en una de las butacas de la sala y comenzó a leerlo a la luz del quinqué.

Querido Álvaro:
Pido a Dios que seas tú la persona que tenga esta carta en su poder porque lo cierto es que temo por tu seguridad. A veces pienso que la herencia que te he legado es un regalo envenenado, porque el hecho de ser su beneficiario te va a convertir en blanco de quienes quieren hacerse con ella a cualquier precio, y puedo asegurarte que se trata de gente muy poderosa y que carece de escrúpulos, capaz de todo para alcanzar sus fines.
Te preguntarás como una casa y algunas tierras, junto con algo de dinero, pueden provocar que alguien no respete vidas ajenas con tal de conseguirlo, pero tengo que decirte que hay algo en juego mucho más valioso que lo que pueda representar la herencia, algo que ha logrado mover la codicia de gente tan acaudalada como los dirigentes del Santo Oficio, de quienes debes guardarte a cualquier precio.
Para no tenerte más tiempo sobre ascuas, te voy a contar una historia. Mi historia y la de mi difunto marido, hombre inmensamente rico, cuya fortuna no fue lograda por medios lícitos, sino por medio de la piratería y el pillaje.
Hace muchos años, más de cuarenta, yo era apenas una niña, cuando una goleta que viajaba de Inglaterra a Portugal tuvo que arribar al puerto de Cayón para reparar una vía de agua. La tripulación estaba formada en su totalidad por ingleses, y entre ellos había un joven marinero llamado Richard Scott. Durante las dos semanas que duró la reparación de la avería Richard y yo tuvimos tiempo de conocernos, enamorarnos y prometernos en matrimonio. No se concretó una fecha para el enlace porque la obsesión de Richard por alcanzar la riqueza antes de casarse no le permitió hacerlo, así que cuando abandonó el puerto me pidió que lo esperara, lo cual prometí hacer.

Pasaron varios años sin saber nada de él, pero nunca lo olvidé, pese a no tener noticia alguna de su paradero. Viendo que seguía pasando el tiempo y no regresaba, aun sin cejar en mi empeño de esperarle el tiempo que hiciera falta, pero al mismo tiempo pensando que el ansiado retorno no se produciría nunca, decidí dar un cauce alternativo a mi vida. Pese a no tener facilidades para acceder a una educación esmerada, al residir en un lugar tan pequeño y remoto, poco a poco fui adquiriendo una cultura, primero de forma autodidacta y después con la ayuda de un fraile agustino muy ilustrado, hasta aprender lo suficiente como para defenderme como institutriz. No me costó mucho encontrar un empleo en La Coruña hasta que la casualidad hizo que me apareciera un trabajo en Madrid, precisamente para hacerme cargo de tu educación.
En esa casa viví feliz durante cinco años, y cuando mi noviazgo con Richard no era más que un vago recuerdo, una inesperada misiva vino a turbar mi tranquilidad. Era suya; en ella me decía que tras arduos intentos por localizarme, finalmente había dado con mi paradero y quería que me fuera con él.
Al leerla, dos sentimientos contradictorios lucharon por someter mi voluntad: por una parte, estaba la agradable placidez de la vida que llevaba en vuestra casa, y por otra la pasión que sentía por Richard, a quien nunca había podido olvidar. Al final, prevaleció esta última, sobre todo una vez que le vi. Físicamente no había cambiado, pero había algo en su semblante que era distinto, aquella mirada noble e inocente se había transformado, y ahora sus ojos eran inexpresivos, pero no me importó. El amor que sentía por él pesaba más. Acepté sin siquiera pensarlo su proposición de matrimonio y me marché con él tras despedirme de tu familia.

Regresamos pues a Galicia. Durante el largo y penoso camino, Richard me contó todos los avatares que había pasado desde nuestro último encuentro.
Tras desembarcar en Lisboa, una noche, en una taberna portuaria, le ofrecieron enrolarse a las órdenes del capitán Laurent Graff, un famoso corsario inglés, con una participación en los botines que su ambición no pudo rechazar. Así pues, durante años navegó en el barco pirata por aguas del caribe, saqueando y expoliando todo lo que encontraban a su paso. Fueron el auténtico azote de las costas de Veracruz durante mucho tiempo, hasta que el pirata Graff consideró que la fortuna que habían acumulado era tan fabulosa que no era necesario continuar dedicándose al pillaje, y lo mejor era regresar a Europa y vivir a partir de entonces sin sobresaltos.
A Richard, que con el tiempo había alcanzado el grado de lugarteniente de Graff, le correspondieron en el reparto del botín tres cofres de oro y joyas que no hubiera podido gastar ni aunque viviese veinte vidas. Precavido, las había dejado a buen recaudo en un lugar que solo él conocía poco después de desembarcar en el puerto de La Coruña. De allí se dirigió a Cayon, con el afán de localizarme. El resto de la historia ya lo sabes.
Tras veinte largos días de viaje, llegamos a Cayón. A nuestra llegada, iniciamos los preparativos para contraer matrimonio, lo que hicimos al cabo de tres días en el convento de los agustinos. Para evitar contratiempos, Richard se había hecho con documentación que acreditaba una identidad falsa, Nicolás de Calo. El grueso del tesoro lo mantenía oculto, pero había dejado a su alcance un cuantioso remanente que sirvió para la adquisición de una casa y numerosas tierras, así es que nos quedamos a vivir en Cayón.

Durante quince años nada ocurrió. Con la ayuda de unos caseros que contratamos nos dedicamos a la agricultura. Nuestra vida era placentera, con la única sombra de no tener hijos, cosa que yo anhelaba. Pero un buen día Richard, al igual que había hecho otras muchas veces, se desplazó a La Coruña. Necesitaba aprovisionarse de una serie de artículos que no podía adquirir en Cayón. Por la noche, cuando regresó, su rostro estaba demudado. Le pregunté cual era la causa de su perturbación y me dijo que no era nada, simplemente se sentía un poco indispuesto por la fatiga del viaje a caballo. Le conocía lo suficiente para saber que lo que me decía no era cierto, aunque dejé correr el asunto para no preocuparlo aun más, esperando que, con el transcurso de los días, volvería a ser el de antes. Pero no fue así, sino que cada vez se fue tornando más taciturno y su carácter, antes cariñoso, se hizo arisco. Miraba por la ventana constantemente, y cada vez que algún forastero hacía su aparición en el pueblo, el susto se le metía en el cuerpo.
Una noche apareció una patrulla de la intendencia de policía formada por cuatro hombres, al frente de los cuales iba un fraile dominico llamado Bartolomé Quintanilla, un siniestro personaje perteneciente a la clase dirigente del Santo Oficio. Si aparece en tu vida, trata de cuidarte de él. Vinieron directamente a nuestra casa y se lo llevaron preso, sin dar explicación alguna.
Nunca más volví a verlo con vida. El intendente de policía, con quien me entrevisté en La Coruña, me dijo que le habían detenido porque habían descubierto su verdadera identidad; alguien le reconoció al verlo en La Coruña en su última visita, y su cabeza tenía puesto precio. Al parecer, había muerto tratando de escapar la misma noche de su detención, durante el viaje a la Coruña para su ingreso en prisión. Conseguí recuperar su cadáver -cuya simple visión desmontaba todos los argumentos del intendente, porque el deterioro del cuerpo era tal que su muerte solo podía estar originada por torturas- y lo exhumé en el cementerio parroquial del pueblo.
Pocos días después, fray Bartolomé Quintanilla se presentó en mi casa y se entrevistó conmigo. Su objetivo era conocer el paradero de los tres cofres que componían el botín que Richard había escondido en paradero desconocido. Le manifesté que lo ignoraba pero no me creyó. Me dijo que yo, aunque para la justicia fuese inocente de los crímenes de mi esposo, para la Santa Inquisición no lo era, y la única forma de redimirme era mediante la donación de aquella fortuna. No me molesté en suplicar, porque sabía que de nada me serviría. Estaba sentenciada, y si no me ejecutaron de inmediato fue porque el diabólico fraile aun tenia esperanzas de que recapacitara y le dijese el paradero del tesoro, pero sabía que me quedaba poco tiempo. Por ello, viajé a La Coruña para hacer testamento a tu favor. Y aun tengo algo más que decirte. En un lugar de esta casa, en un escondite que no conozco, hay algún dato sobre el lugar donde está escondido el tesoro. Richard nunca me lo desveló por mi propia seguridad. Encuéntralo y disfrútalo, pero ten mucho cuidado.

Aquella noche, Álvaro tardó en conciliar el sueño, porque la carta le había impresionado vivamente y no paró de darle vueltas a lo que en ella se decía. Cuando consiguió dormirse sufrió de pesadillas, en las que se le aparecía la muerte, con su guadaña, vistiendo hábitos blancos.

Al día siguiente se levantó con el alba y se dedicó a recorrer el pueblo. Visitó el puerto y desde allí rodeó la península. Le llamó la atención un gran molino de viento que había junto al cementerio, puesto que no había visto ninguno de esas características desde su llegada a Galicia. Entró en el camposanto, que era pequeño y recogido, y localizó el panteón donde reposaban los restos de María y de su esposo, depositando allí unas flores campestres que había recogido en los alrededores.

La única parte habitada del pueblo estaba en el entorno de la plaza, donde nacían callejuelas tan estrechas que en ocasiones apenas permitían el paso de una persona. Las casas eran pequeñas, con balcones de madera y pintadas de cal. Delante de muchas de ellas, en un pequeño rellano que había junto a la puerta, estaban varadas pequeñas chalupas que, por si hubiera alguna duda, pregonaban a los cuatro vientos la ligazón de sus habitantes con el mar.

Regresó a la casa al mediodía. Nada más abrir la puerta, un apetitoso olor proveniente de la cocina acentuó sus ganas de comer. Allí estaba Manuela, con un delantal puesto, preparando un delicioso asado. Mientras comía, aprovechó para charlar con la sirvienta, recabando de ella información sobre los últimos días de María, y así supo que ella no se había sentido enferma hasta que murió su marido. A partir de entonces, comenzó a desmejorar y algo que no se sabía muy bien lo que era la fue consumiendo hasta morirse. Aunque no se lo dijo abiertamente, Álvaro percibió que Manuela sospechaba que en la muerte de su señora había habido algo extraño.
































CAPITULO VIII
LOS CAZADORES DE BALLENAS


Después de comer, disfrutó de una reparadora siesta, de la que le despertó un extraño y profundo sonido. Se asomó a la ventana para ver que lo originaba y vio, en el medio de la plaza, a un hombre de mediana edad que soplaba con fuerza una caracola de mar. Estaba rodeado por algunos vecinos, que no paraban de gritar:

-¡Ahí veñen! ¡Traen balea!-

Álvaro no entendía el significado de aquellas expresiones, pero el espectáculo picó su curiosidad y salió a la calle. En el pueblo, tranquilo hasta ese momento, comenzó a desarrollarse una actividad frenética. De todos los rincones comenzaron a aparecer vecinos a pie, a caballo, y algunos montados en carro de bueyes. La campana de la iglesia comenzó a repicar. Toda la gente iba en la misma dirección, hacia la salida del pueblo, pero oyó a alguien que se dirigían hacia la playa, así que decidió mirar hacia el arenal, a ver lo que pasaba.

Regresó a su casa, donde se pertrechó con un catalejo que había localizado a su llegada, y fue a situarse en el mirador que había sobre la playa, justo enfrente de su casa, gozando de una panorámica privilegiada. La marea estaba bajando. La franja de mar que divisaba era muy grande, De frente estaba el horizonte y a la izquierda toda la línea de costa que abarcaba hasta la población de Malpica y las islas Sisargas, mientras que a su derecha se alineaba la pedregosa costa del pueblo. En medio del mar, todavía lejos, alcanzaba a distinguirse un navío con las velas desplegadas. A medida que se iba acercando a la costa apreció que el barco arrastraba algo de gran tamaño, tan colosal, que pese a estar prácticamente sumergido se apreciaba que era aun más grande que la nave. Pese a no haberla visto nunca, se percató de que se trataba de una ballena. Al poco rato, desde un camino que desembocaba en su extremo más lejano, el arenal comenzó a verse invadido por numeroso gentío a pie, a caballo y montado en carros del país tirados por una pareja de bueyes. Todos ellos portaban en sus manos afiladas hachas. Allí se acumularon al menos doscientas personas que esperaban con impaciencia a pie de playa la llegada del velero.

De repente, a su derecha, al fondo de la península, se asomó la estilizada figura de una trainera, tripulada por ocho remeros y un timonel. Luego apareció otra, y así hasta ocho embarcaciones, que surcaban las aguas con rapidez hacia el velero. Se encontraron con éste ya en las cercanías de la playa, donde el calado todavía era suficiente para que el bajel no encallara. Desde éste se desamarraron los cabos con los que se arrastraba la carga, que fueron recogidos y enganchados, uno a uno, a las pequeñas embarcaciones.

Mientras el navío se alejaba mar adentro, supuestamente para poder enfilar el canal de entrada en el puerto y hacer su arribada al mismo, las traineras, con gran esfuerzo por parte de sus remeros, arrastraron lentamente el enorme cetáceo hacia el arenal, hasta conseguir que quedase varado. Algunos lugareños, en número de unos treinta, sin miedo al frío, se introdujeron en las gélidas aguas del Atlántico, armados con sus hachas y provistos con sacos de arpillera, hasta alcanzar el cadáver de la ballena. El agua les daba por la cintura. Comenzaron a asestar machetazos, rajando la carne del animal hasta arrancar grandes trozos que iban metiendo en los sacos. Según se iban llenando éstos, otros convecinos venían de la playa y se los llevaban, los vaciaban en grandes barreños que habían traído en los carros y volvían a por más. Otro grupo separaba la piel, las vísceras y el tocino, de la carne magra. Cayó la noche antes de terminar el despiece de la ballena, que hubo que dejar para el día siguiente. Dejaron bien amarrados con cabos los restos del animal, para que el mar no se los llevara, y cargaron en los carros de bueyes la parte del cetáceo ya troceada, en unos la carne y en otros las vísceras, la piel y el tocino, y se los llevaron. Junto a Álvaro, observando todo aquello, había un hombre de mucha edad. La curiosidad le llevó a preguntarle los pormenores de lo que estaban viendo, y el hombre, muy versado y dicharachero, le explicó que el objetivo del despiece era separar la parte comestible de la ballena para su reparto entre los vecinos y donación a la iglesia parroquial –a quien entregaban la cola y las alas del cetáceo- y el resto, es decir la piel, tocino y vísceras, las destinaban a la elaboración de grasa para su comercialización, llevándolo a un edificio llamado casa de ballenas, situado en pleno puerto, donde lo cocían en hornos y calderas hasta obtener la grasa, también llamada saín.

Le explicó también que en esta casa, perteneciente al propietario y señor jurisdiccional del puerto, a la sazón el señor de los estados de Montaos, paralelamente servía de vivienda provisional, durante el tiempo de duración de la costera, a los pescadores que no residían en la localidad, que solían proceder de las vascongadas.

Álvaro, muy satisfecho con las explicaciones del anciano, no dudó en corresponderle cuando éste le inquirió sobre los motivos de su estancia en el pueblo, contestando amablemente a todas sus preguntas.

Poco después se despidió de su nuevo amigo y dio un paseo antes de entrar en casa. Llamó su atención la enorme algarabía que había en una taberna, con cánticos y música de acordeón, por lo que no dudó en entrar. La cantina estaba atestada de gente, celebrando lo que parecía una gran fiesta.
Se dirigió al mostrador y pidió un vaso de vino a la moza que estaba sirviendo. Las mesas estaban atestadas de gente cenando, aunque la actitud de los comensales era más bulliciosa de lo normal. La curiosidad le impulsó a preguntarle a la camarera que clase de fiesta se estaba celebrando allí, y ésta le contestó que se trataba de la tripulación del ballenero y sus allegados, que estaban festejando la buena captura con la degustación de la carne del cetáceo.

De repente, uno de los presentes se levantó de la mesa y se dirigió a Álvaro a grandes voces. Este, al reconocerle, apenas podía dar crédito a lo que veía, porque la persona que se le acercó para darle un fuerte abrazo era ni más ni menos que Fidel, su compañero de viaje desde Madrid. Ambos estaban tan sorprendidos por aquel inesperado reencuentro que apenas podían articular palabra, aunque por otra parte era complicado hacerse entender con el enorme jolgorio que allí había montado, por lo que optaron salir a la calle para poder llevar una conversación inteligible.

Cuando lo hicieron, Fidel le explicó que su casa estaba a poca distancia del pueblo, y su hermano formaba parte de la tripulación del ballenero y había venido a recibirlo y de paso celebrar la captura. Después le preguntó a Álvaro los motivos de su estancia allí, y éste se los explicó pormenorizadamente, sin dejar un solo detalle en el tintero. Cuando terminó su relato, en la cara de su amigo se reflejaba una honda preocupación.

-Malos enemigos te estás buscando, Álvaro. Yo no soy nadie para darte consejos, pero creo que lo mejor que podías hacer es deshacerte de tus propiedades y desaparecer cuanto antes-

-Es posible que haga eso, pero antes quiero llegar al fondo de todo lo que ocurrió, porque aquí han pasado cosas muy extrañas. Es lo menos que puedo hacer en su memoria-

-Puede que tengas razón, pero guárdate bien las espaldas, porque llegarán hasta donde sea necesario para conseguir sus propósitos, y ahora mismo lo que se interpone entre ellos y lo que buscan, eres tú-

Tras prometerle que lo tendría presente, volvieron a la taberna. La fiesta continuaba, y el trasiego de comida y bebida era incesante. Fidel invitó a Álvaro a compartir mesa con su hermano y sus compañeros, y este aceptó encantado. Le trajeron un plato con un grueso filete de carne a la parrilla que lo abarcaba completamente. Por el aroma que desprendía notó que lo habían adobado con ajo y perejil. Era carne de ballena, pero apenas se diferenciaba en su sabor a la de res. Venía acompañada por patatas asadas. Comió con apetito, mientras charlaba con los balleneros en un ambiente de camaradería que hizo que por un momento se olvidase de todas sus preocupaciones-

La celebración duró hasta altas horas. Álvaro invitó a Fidel y a su hermano a pernoctar en su casa, para no tener que desplazarse a aquellas horas de la noche, y así lo hicieron.












CAPITULO IX
LA SANTA COMPAÑA


Al día siguiente, los dos hermanos quisieron corresponder a la cortesía de su amigo y le invitaron a conocer su aldea. El cansancio provocado por el ajetreo de la noche anterior hizo que no tuviesen prisa en levantarse. Partieron a caballo ya bien corrida la media mañana, y el trayecto, al trote, les llevaría algo menos de una hora. El paraje que recorrían era montañoso, y de gran belleza. El color verde del frondoso bosque de pinos que se alineaban a la izquierda del sendero, contrastaban con el azul del océano que quedaba a su derecha, rompiendo contra los peñascos bajo el camino y provocando blanca espuma. Durante el trayecto, el sosiego solo se veía turbado por el trino de los pájaros.
Al cabo de un rato alcanzaron la parroquia de Leira, constituida por apenas una docena de casas cuya insignificancia desentonaba vivamente con la grandiosidad de la playa que tenía a sus pies. A la entrada de la aldea se elevaba una gran cruz de piedra sobre su base, uno más de los numerosos cruceiros que había visto desde su entrada en Galicia, situados en la cercanías de las iglesias y cementerios o, como en este caso, en las encrucijadas de los caminos.

A solicitud de Fidel, los tres se arrodillaron a rezar una plegaria. Álvaro se sorprendió un poco, pues durante el viaje habían pasado junto a numerosos monumentos similares y su amigo no había reaccionado de aquella manera, así que le preguntó el motivo.

-Se dice que hace unas cuantas noches un viajero vio a la Estantiga por los alrededores de aquí, y no está de más rezar una oración para apartarnos de los malos augurios-

-¿Qué es la Estantiga?-

- La procesión de los muertos o de almas en pena, no se sabe bien. Otros la llaman la Santa Compaña. En la oscuridad de la noche recorren los caminos y senderos de una parroquia-

Aunque era poco dado en creer en leyendas, y tenía claro que esto lo era, Álvaro se sintió vivamente interesado por aquella creencia, y más tratándose de un hombre tan sensato como Fidel, así que le pidió detalles. Este le reveló lo siguiente:
- Las almas en pena que la forman, van vestidas con túnicas con capucha, y esta procesión fantasmal forma dos hileras, y van envueltas en sudarios y con los pies descalzos. Cada fantasma lleva una luz invisible y su paso deja un olor a cera en el aire.
La procesión va encabezada por un vivo portando una cruz y un caldero de agua bendita seguido por las ánimas con velas encendidas, no siempre visibles, notándose su presencia en el olor cera y el viento que se levanta a su paso. Esta persona viva que precede a la procesión puede ser hombre o mujer, dependiendo de si el patrón de la parroquia es un santo o una santa.
El portador de la cruz no puede en ningún momento volver la cabeza ni renunciar a su obligación de encabezar la Santa Compaña. Sólo será liberado cuando encuentre a otra persona a quien entregarle la cruz y el caldero.
Para librarse de esta obligación, la persona que vea pasar la Santa Compaña debe trazar un círculo en el suelo y entrar en él o bien acostarse boca abajo, sin levantar la vista ni un momento-
Pese a su incredulidad, se sintió impresionado por aquella superstición, pero aun así le inquirió a Fidel:
-¿pero tú crees en estas cosas?-
-Creer no creo, pero por si acaso-fue su lacónica respuesta.

Siguieron camino, y pronto llegaron a la casa. Tras conocer a toda la familia, compuesta por los dos hermanos y sus padres, amén de la esposa y los dos hijos de Fidel, unos gemelos que apenas andaban, Álvaro fue ampliamente agasajado, con mucha amabilidad y una excelente comida, en cuya sobremesa departió amigablemente con toda la familia, tan agradables todos ellos como su amigo. Los anfitriones consiguieron que se olvidara por completo de todas las complicaciones que le habían surgido en los últimos tiempos.



CAPITULO X
LA INQUISICION


Poco imaginaba que en aquellos momentos, a poca distancia de allí, Llegaba al convento de Los Agustinos de Cayón un jinete, que desmontó de su corcel y llamó a la aldaba del portón. Le abrió el portero, a quien dijo que traía un mensaje de Madrid para fray Bartolomé Quintanilla. El portero le precedió, dirigiéndole a través de los lúgubres pasillos del convento, hasta llegar a una puerta cerrada. Llamó respetuosamente con los nudillos y desde otro lado una voz extrañamente tibia y aterciopelada contestó: -¿Quién es?-

-Un propio procedente de Madrid trae un mensaje para vuestra santidad-

- Le esperaba; que pase-

El mensajero abrió la puerta y franqueó la entrada, accediendo a una estancia de considerables dimensiones, aunque casi vacía de mobiliario, constituido únicamente por una mesa de madera rectangular, rodeada de doce sillas. Sentado a la cabecera había un hombre de mediana edad, vestido con hábitos blancos. Tras él, únicamente un gran crucifijo presidía la sala desde la parte superior de la blanca pared. El emisario se sintió estudiado por el clérigo, y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda. El fraile tenía una expresión taimada, acentuada por unos ojillos de raposo enmarcados en un rostro amarillento, insano. Casi calvo, sus pocos pelos eran ralos, de color rubio. El conjunto de su figura presentaba una facha innoble y grotesca, pero que daba miedo. Era la antítesis de la caridad y el amor que simbolizaba la santa cruz que tenía a su espalda.

El fraile recibió el pliego que portaba el emisario, y éste pidió permiso para retirarse, que le fue concedido con gran alivio por su parte, aunque le advirtió que esperase fuera, por si la carta tenía respuesta.

Una vez a solas, fray Bartolomé rompió el lacre y abrió el pliego. Era una carta bastante extensa, que leyó con calma. Decía lo siguiente:


Madrid a tres de noviembre de mil setecientos y cuarenta y seis



Reverendo padre:

Con suma complacencia he seguido sus instrucciones, investigando con la mayor discreción acerca del individuo llamado Álvaro de Mendoza y Núñez de Ayala, habiendo obtenido los siguientes datos:

Se trata de un hombre joven, nacido en Madrid el 22 de septiembre de mil setecientos diez y ocho, hijo único de una familia noble y cristiana. Su padre, Miguel de Mendoza y Carrión, era militar, combatiendo con notable valentía en la guerra de sucesión a las órdenes del duque de Berwik y el conde de Pinto en las batallas de Almansa, Brihuega y Villaviciosa de Tajuña, donde cayó malherido en diciembre de 1710, lo que le produjo una cojera crónica que le obligó a retirarse del servicio activo con honores militares. En 1715 contrajo casamiento con Adelaida Núñez de Ayala, una joven aristócrata madrileña, pasando a residir el matrimonio en una casa propiedad de la familia de la esposa en la calle de Atocha, en Madrid. Los dos fallecieron con escasa diferencia de fechas, cuando su hijo tenía dieciocho años, y desde entonces residió solo en su casa. Pese a tratarse de persona ilustrada y culta, pronto comenzó a frecuentar malas compañías, especialmente matones de taberna, adquiriendo vicios impropios de un gentilhombre, como el juego y el libertinaje. Así, no tardó en dilapidar la considerable fortuna que había heredado de sus padres, viviendo casi a salto de mata hasta quedar únicamente en posesión de la casa familiar y unos pocos dineros. Se supo también que protagonizó varios duelos a espada, de la que posee un hábil manejo, en las afueras de Madrid.

En los últimos meses se averiguó que mantenía relaciones románticas con la Condesa de Hermosilla, esposa de un aliado de este Santo Oficio, que nos sirve de probo mediador ante el monarca. Cuando el marido burlado quiso tomarse la justicia por su mano, enviando a varios espadachines para que dieran buena cuenta de su engañador, éste había desaparecido sin dejar rastro, y nada se ha vuelto a saber de él hasta que recibimos la misiva de vuestra santidad pidiéndonos información sobre su persona, aunque se sospecha de su implicación, junto a otros individuos, con una paliza recibida por una patrulla de guardias de El Escorial, en una posada cercana al monasterio.

Desconocemos el vínculo que pueda tener con la mujer llamada María Sicilia Martínez, a la cual nombráis en vuestra atenta carta.

Y eso es todo lo que hemos podido averiguar.

Esperando que nuestras pesquisas os sean fructíferas para engrandecer el nombre de Dios, se despide humildemente


Fray Jerónimo del Valle
Secretario del Santo Oficio
Madrid





Cuando el fraile terminó de leer la carta, una maligna sonrisa se reflejó en su rostro, delatando la satisfacción que sentía.
-Con estos antecedentes, no va a ser difícil domar a ese potro-
Acto seguido, mojó la pluma que tenía sobre la mesa en el tintero, y se puso a escribir:

Reverendo padre:

Acabo de leer vuestro mensaje y debo manifestaros que, efectivamente, vuestras indagaciones me han sido, como no podía ser de otra manera, de gran utilidad, tanto, que las nuevas que me enviáis son aun más alentadoras para mis intereses, que son los del Altísimo, de lo que esperaba.
Pese a ello, aun os quiero pedir un último favor, y es que busquéis la forma de hacer llegar al Conde de Hermosilla, de la forma más discreta posible, el paradero de Álvaro de Mendoza. Que sepa que ha recibido una heredad en Cayón, cerca de La Coruña, y que reside aquí. El sabrá la decisión que tiene que tomar al respecto.

Afectuosamente, recibid un cristiano abrazo de agradecimiento

Fray Bartolomé Quintanilla
Gobernador del Santo Oficio en Galicia

Una vez firmada, enrolló la carta, la ató con una cinta, y lacró el pliego. A continuación lanzó una voz al mensajero, que se presentó, tomó la misiva con mano temblorosa, marchó de allí casi sin despedirse, y salió al galope como alma que lleva el diablo, camino de Madrid. Tal era el terror que el pobre hombre tenía a los representantes de la santa inquisición.
Cuando quedó a solas, el malévolo fraile se quedó meditando el previsible resultado de la jugada de ajedrez que acababa de realizar al enviar aquella carta. A buen seguro que el conde de Hermosilla, personaje con fama de vengativo, enviaba a alguien para que ajustase cuentas con Álvaro de Mendoza. Si así era y los espadachines que viniesen cumplían su objetivo, ya nadie se interpondría entre la herencia y él, y aunque ésta era muy golosa, el verdadero interés del inquisidor estaba en lograr conocer el paradero del tesoro del inglés. No le había sido difícil deshacerse primero de éste y después de su mujer, a quien un subordinado suyo había logrado administrar un eficaz veneno, mezclándolo en las hierbas de la tisana que solía tomar a diario, que acabó con ella de una manera lenta, pero eficaz.
También contempló la hipótesis de que los sicarios del conde no fuesen capaces de llevar a término su encargo. En ese caso, los antecedentes del joven heredero ponían en bandeja de plata argumentos suficientes para que la inquisición tomase cartas en el asunto, y la mano ejecutora sería él mismo a través de un simple juicio de Dios. Llegó a la conclusión final de que Álvaro de Mendoza estaba irremisiblemente perdido.
Al anochecer de aquel día, Álvaro, ajeno a todo lo que se cernía sobre él, tras despedirse de Fidel y su familia, regresó a Cayón en solitario por la misma ruta que habían seguido en el viaje de ida. Cuando pasó ante el cruceiro de Leira no pudo evitar un sentimiento de respeto por la leyenda que le había contado su amigo. Era noche cerrada cuando llegó a su casa, donde le esperaba Manuela para servirle la cena.

Mientras cenaba, aprovechó para manifestar a la sirvienta su interés por conocer las tierras que había heredado. Ésta le ofreció la compañía de su marido, que colonizaba la mayoría de las fincas como casero de doña María y su esposo, y que era buen conocedor de todas ellas. Aceptó gustoso el ofrecimiento y Manuela le prometió que Pascual, que así se llamaba su esposo, estaría delante de la casa al amanecer, para acompañarle.












CAPITULO XI
UNA INTRIGANTE PISTA

Después de la cena, subió con intención de acostarse, pero cambió de opinión al notar que apenas tenía sueño. Fue a la sala y, tras rebuscar entre los libros que ocupaban el mueble librería sin encontrar ninguno que le llamara especialmente la atención, abrió la tapa del secreter y se puso a curiosear entre la documentación guardada en el mueble. Estaba repleto de títulos de compraventa de fincas, recibos y facturas, documentos que a priori no representaban el menor interés para el nuevo propietario, puesto que en las escrituras que le había facilitado el escribano ya figuraban reseñadas todas sus propiedades, pero el aburrimiento que sentía hizo que ojease distraídamente aquellos legajos.


Mientras lo hacía, un pequeño trozo de papel que estaba en medio de una escritura, al abrir el documento salió revoloteando hacia el suelo. Álvaro lo recogió con la intención de colocarlo de nuevo en su sitio, y se fijó en unas palabras manuscritas en el minúsculo pergamino.
Estaban escritas en un idioma extranjero, supuso que en inglés, dado el origen del anterior dueño. Decían:

THE ONE THAT GIVES NOTHING HAS EVERITHING
La curiosidad que sintió por aquella extraña frase, escrita a pluma, hizo que, antes de guardar el papel donde lo había encontrado, decidiera transcribirla a una hoja en blanco. Si el idioma era el inglés, ya sabía quien se la podía traducir.
A la mañana siguiente le despertó la claridad del alba. Se levantó de inmediato, recordando la cita que tenía con el marido de Manuela. Al poco rato salió de su casa y un hombre moreno que estaba a la puerta con una yegua agarrada por las bridas se sacó la boina que cubría su cabeza y se presentó educadamente:
-Buenos días, señor, soy Pascual, el marido de Manuela, a su servicio-
Álvaro le respondió con cortesía, y fue al patio a ensillar a su caballo, poco después, partían. Las fincas estaban diseminadas por los alrededores del pueblo, en los cuatro puntos cardinales, aunque unas más alejadas que otras del casco urbano. Poco a poco fue mostrándoselas y enseñándole los marcos que las delimitaban de las colindantes, y Álvaro se sorprendió de que todas fuesen de labradío. Pascual le explicó que algunas habían sido de monte en su día, pero poco a poco, con mucho esfuerzo, las fueron transformando en tierras de labranza, todas excepto una, la más alejada del pueblo, que el señor Nicolás, por algún motivo que él solo conocía, se negó en redondo a transformar, e incluso, tal y como le aconsejaron para sacarle algún provecho, a plantar árboles, por lo que durante los últimos veinte años se mantenía aquel trozo de terreno se mantenía intacto, invadido por una tupida vegetación que había alcanzado gran tamaño.
Pese a ello, el nuevo propietario quiso también conocer aquel montaraz terreno, carente de valor alguno. La dejaron para el final. Había que subir hasta la ermita de los milagros y las casas del Outeiro, para atravesar el denominado camino real y llegar a una gran charca conocida por la Poza das Arrans.
Pese a no recorrer una gran distancia, lo intrincado de aquellos vericuetos por los que la vegetación apenas dejaba paso, les provocó un cansancio que hizo que se sentaran a descansar y dar de beber a sus caballerías en la mencionada charca, de aguas limpias.
La propiedad que buscaban estaba muy cerca de allí. Era una gran extensión de terreno partida en dos por una torrentera que descendía raudamente hacia el mar, en tierras de Baldayo. Tal y como le había dicho Pascual, la vegetación, constituida básicamente por espinosos tojos de gran tamaño, era tan tupida que impedía el paso de una persona, salvo que fuese pertrechada con ropas gruesas que le protegiesen de arañazos.
Viendo que poco provecho se le podía sacar a aquello, a menos en un plazo razonable de tiempo, Álvaro decidió abandonarlo, así que regresaron al pueblo. Ya era mediodía cuando llegaron, y Manuela les tenía preparado el almuerzo, compuesto por unos mariscos cocidos de pequeño tamaño llamado zapatetes, de color rojo intenso y concha muy dura, con un delicioso sabor, y un estofado de conejo de caza aderezado con hierbas aromáticas, que evidenciaba una vez más la sapiencia de Manuela como cocinera.
Después de comer, se excusó ante el matrimonio por el cansancio que sentía y durmió una reparadora siesta, de la que despertó cuando anochecía. El día había sido soleado, pero el viento había cambiado y observó en el horizonte, procedentes del sureste, unas negras nubes que se cernían ya sobre el vecino puerto de Malpica y que presagiaban lluvia.

















CAPITULO XII
CUENTOS A LA LUZ DEL CANDIL

Se acercó hasta la taberna donde había coincidido la noche anterior con Fidel y entró a tomar un vaso de vino. El ambiente era mucho más tranquilo que el víspera, aunque vio a algunos parroquianos con los que había estado la noche anterior, que le reconocieron y le invitaron a compartir mesa con ellos. Ocho personas estaban departiendo en una animada tertulia, aunque cuando se sentó la conversación se desvió hacia su persona. Los paisanos, gente poco acostumbrada a novedades, comenzaron a acosarlo a preguntas comprometidas sobre los motivos de su estancia, a las que prefirió contestar de forma ambigua, y cuando el cerco se estrechó, decidió variar el rumbo del coloquio y soltó, como quien no quiere la cosa, un comentario sobre la Santa Compaña. Acertó de pleno, porque aquella cuestión interesaba mucho más que su humilde persona.
Al instante comenzaron a divagar sobre la leyenda de la Estantiga, discutiendo sobre si era lo mismo que la Santa Compaña, y formaron dos grupos que se posicionaron con vehemencia en la discusión. Hablaban un gallego cerrado, pero Álvaro ya había adquirido durante su viaje la experiencia suficiente para entender el idioma, aunque fuese incapaz de hablarlo.
En medio de la conversación, la cantinera llegó con un botellón de una bebida tan transparente como el agua y pequeñas copas de cristal. Según le indicaron a Álvaro era aguardiente, y tan pronto el primer trago traspasó el umbral de su garganta pudo verificar el porqué de la denominación, aunque tal comprobación a punto estuvo de que tuviera que echar los pulmones por la boca. Sus acompañantes, más curtidos en esas lides, se tragaron de golpe el contenido de las copas sin pestañear.
En esas estaban cuando, quizás por la calentura provocada por la bebida, de las bocas de los parroquianos empezaron a fluir truculentas historias de aparecidos. Un veterano, llamado Andrés, fue el que abrió brecha con voz lúgubre:
“En Vilar das Ameixeiras, parroquia de San Vicente de Aro, en Negreira, un labriego volvía por la noche a su casa, después de pasar varias horas moliendo maiz en el molino del lugar.

Al cruzar por delante de la iglesia, vio que la puerta estaba entreabierta y que dentro había luz. Como también sintió como una letanía, entró. Distinguió entonces a un cura diciendo misa y a varios feligreses atendiendo, todos de espaldas a él. Era muy extraño un oficio a tales horas, pero o hombre decidió sacar la boina y sentarse en el último banco.

De súbito, todos los presentes dieron la vuelta cara a el, y el paisano quedó aterrado al comprobar que ante sí no había sino esqueletos, cura incluido.
A la mañana siguiente, los vecinos lo encontraron tirado en el atrio de la iglesia, medio ido y diciendo incongruencias. No se sabe si recuperó bien el tino, pero si que pudo contarle la historia a un amigo.”
Mientras Andrés narraba aquel cuento, todos los asistentes tuvieron la extraña sensación de que los candiles que alumbraban la taberna amortiguaban su luz. Cuando terminó, lo único que rompía el silencio era el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. El que más y el que menos estaba impresionado y miraba a todos lados como si temiese una inesperada aparición, pero nadie quería marcharse de allí, y menos solo.
Para no ser menos que su compañero, otro anciano, Eulogio, se decidió a contar otro relato:
Hay un demonio encargado de recoger las almas de los que mueren pero, como es cojo, casi nunca llega a tiempo. Cuando se tropieza con él, lo mejor, para que no nos haga daño, es decir las palabras que San Juan dijo al diablo, pero al revés, si es que se saben; y si no, que haya suerte. Hefaistos y Baco también eran cojos y estaban relacionados con el infierno.
Xosé tendría veintitantos años, e iba a ver a su novia, y en el camino por donde llevaban los muertos al cementerio, le dio la gana, dispensando, de bajar los pantalones.
Así, se apartó a un lado del camino e hizo sus necesidades, y estando en ello, vio pasar a alguien cojeando en dirección a la iglesia parroquial. Era el demonio y cojeaba.
El mozo se levantó y quedó quieto y callado, y fue buena suerte, porque si le llega a hablar a lo mejor se lo lleva con él. Xosé después supo que aquel día hubo un difunto en la parroquia, y supuso que como el demonio cojo no llegó a tiempo para recibir el alma del que murió, regresaba disgustado
Después le tocó el turno a otro parroquiano, Pepe o das bestas, que relató la siguiente historia:
Cuando el auge de las minas de carbón, los mineros ganaban mucho, pero despilfarraban rápidamente sus salarios en las tabernas, que solían estar repletas. Y los mineros, que se divertían bulliciosamente, eran muy amigos del vino.
En Ribadavia solía beberse tanto vino que la producción local no bastaba. Habia que traerlo desde fuera y los mineros apreciaban especialmente el procedente de Portugal.
Lo que no gastaban en vino, los mineros lo perdían jugando a los naipes. Una leyenda narra que en el barrio judío había una pequeña taberna donde los jugadores apostaban elevadas sumas. Los mineros entraban por la noche con el bolsillo lleno y en la madrugada regresaban a sus hogares pálidos y sin un maravedí. Las mujeres de los mineros ya no sabían qué hacer para arrancar a sus maridos de las garras de su pasión por el juego.
Las esposas tuvieron una singular ocurrencia. Sobornaron al auxiliar del verdugo para que les proporcionara el esqueleto de un ahorcado. Encargaron además al mozo que colgara el esqueleto en el armario donde se guardaban en la maldita taberna los naipes

Los mineros acudieron a la taberna como todos los días, abrieron el armario para sacar los naipes y el esqueleto no les produjo la más mínima impresión. Al contrario. Hacían bromas al respecto y cuando se acercó la medianoche y el vino se les había subido a la cabeza, sacaron el esqueleto del armario, lo sentaron en una silla y uno de los mineros colocó delante de él una jarra de vino. Los demás invitaron con gran bullicio al esqueleto a que tomara la bebida y se sintiera como en casa.
La leyenda cuenta que, absorbidos por el juego, los mineros no se dieron cuenta de que después de la última campanada de medianoche el esqueleto empezó a desperezarse en la silla. Cuando se puso a beber el vino de las jarras y metió la mano en el dinero amontonado en el centro de la mesa, a los mineros se les pasó la borrachera. Se apartaron de la mesa, espantados, contemplando cómo el esqueleto vaciaba todas las jarras y arrojaba al suelo todas las monedas.
El esqueleto empezó a dar con sus huesos tan espantosos golpes en la mesa, que los mineros se dieron a la fuga, atropellándose mutuamente. Huyó también el tabernero con su familia y todos escucharon desde una respetable distancia como el esqueleto destrozaba el interior de la taberna. Cuando oyeron cómo rompía los cristales, los mineros huyeron despavoridos.
Desde entonces la casa quedó deshabitada y los mineros ya no volvieron a reunirse allí para jugar a las cartas. Y es que todos los días, a medianoche se escuchaban, procedentes del interior del tugurio, estruendosos golpes que helaban la sangre.


Pasaba de las dos de la madrugada y de allí no se movía un alma, a pesar de que algunos de los presentes tenían que madrugar para trabajar. Finalmente, y no viendo otro remedio, uno de los jóvenes que había, un tal Tomasiño, aunque tenía más miedo que vergüenza, se levantó para marcharse. Insistió un poco para ver si alguien lo acompañaba, pero nadie se quería ir.
Debido a la lluvia, las callejuelas del pueblo eran un auténtico barrizal. Tomasiño, que vivía muy cerca, en el rueiro das figueiras, salió como una flecha a pesar de los zuecos que calzaba, poco aptos para la carrera. Un par de patinazos estuvieron a punto de dar con sus huesos en el barro, pero consiguió mantener el equilibrio. A muy pocos metros de su casa, al doblar una esquina, se dio de bruces con un hombre vestido de negro. El golpe fue tan grande, que durante unos instantes perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, estaba en el suelo completamente cubierto de barro. No vio a nadie en las proximidades, lo que le asustó más, y en dos saltos se metió en su casa.
Poco podía imaginar que en ese mismo instante, otro vecino, Rosendo, que era quien había tropezado con él, entraba en la taberna, demudado y con la cara cubierta de sangre producto de la rotura de tabique nasal que había sufrido con el choque, y diciendo a voz en grito:
-¡¡¡Ahí queda un hombre muerto!!!-


CAPITULO XIII
REGRESO A LA CORUÑA

A la mañana siguiente, Álvaro partió hacia La Coruña. Sentía curiosidad por conocer el significado de la frase que había encontrado entre los papeles del secreter, y la persona más adecuada para traducírselo, si es que estaba escrita en inglés, era Edward Clarke, aunque en el fondo eso no tenía tanta prisa, y sus verdaderas intenciones eran las de ver nuevamente a Elisa.
Cabalgó con entusiasmo, sin parar ni un solo instante. Tras cinco horas de viaje, desmontó delante de la posada de O’Brien. El mesonero, muy satisfecho al verle de nuevo, le dijo que el clérigo había partido hacia Madrid aquella misma mañana, pero Alessandro Malaspina permanecía alojado allí, y estaba descansando en su cuarto.
Le pidió que lo avisara. Había pensado en pedirle la traducción al irlandés, pero prefirió hacerlo con Malaspina, por una cuestión de confianza. No sabía lo comprometedor que podía ser lo que allí había escrito.
Casi al instante, el italiano bajó de su habitación y se fundieron en un fuerte abrazo. Hicieron un aparte sentándose junto a una mesa al fondo del local. Malaspina se mostró interesado en conocer lo que había ocurrido desde que su amigo se había marchado, y este le contó pormenorizadamente todas las tribulaciones y venturas que le habían sucedido en tan pocos días. Le escuchó absorto, sin interrumpir ni una sola vez su relato, aunque su gesto se endureció cuando oyó mencionar el nombre de fray Bartolomé Quntanilla. Cuando Álvaro terminó de hablar, su interlocutor mostraba un gesto preocupado y taciturno, poco habitual en él.
-Si ese fraile hijo de puta anda cerca de ti, como todo parece indicar, debes andar con pies de plomo. Es muy peligroso por varias razones: Tiene un poder enorme, al que solo superan su crueldad y su astucia. Si aceptas un consejo de amigo, te lo daré. Deshazte cuanto antes de tu patrimonio, que entre el dinero que ya tienes y lo que te den por tus tierras, es más que suficiente para vivir con todo lujo, y márchate cuanto más lejos mejor. Tu vida corre peligro-
Álvaro agradeció sinceramente el consejo de su amigo, pero declinó seguir sus recomendaciones, y así se lo hizo saber. Estaba cansado de huir, y prefería correr los riesgos que fueran necesarios para no volver a hacerlo, máxime ahora que había conseguido estabilizar su vida y no tenía ninguna cuenta pendiente.
Malaspina lo asumió, pero le hizo prometer que a partir de entonces actuaría con la máxima cautela, guardándose bien las espaldas y estando muy pendiente de todos los movimientos extraños a su alrededor.
Después, Álvaro sacó de un bolsillo el papel donde había escrito la extraña frase hallada en el secreter, y se lo mostró. Malaspina lo tradujo al instante. El significado literal era: LO QUE NO DA NADA LO TIENE TODO.
No fue capaz de sacar sentido a aquellas extrañas palabras, pero su intuición le hizo pensar que algo tenían que ver con el paradero de los cofres del oro.
La plática entre los dos amigos continuó durante un buen rato, derivando hacia asuntos más banales. Álvaro le dijo que tenía previsto estar en La Coruña un par de días, al cabo de los cuales retornaría al pueblo, y aprovechó para invitar a Malaspina a pasar una temporada con él, lo que a éste le pareció de perlas. Después, Álvaro alquiló una habitación al irlandés, y acto seguido salió de la posada tras despedirse.
Se encaminó a buen paso hacia el camino de la Torre de Hércules, y en pocos minutos estaba ante la casita de Elisa, a la que vio tendiendo ropa en el patio. Ella, al distinguirlo, vino presta a saludarlo. Cuando la vio ante sí, tuvo que hacer un severo esfuerzo para no estrecharla entre sus brazos, pero consiguió sobreponerse y simplemente se dieron un cálido apretón de manos. Estaba realmente radiante. Entraron en la casa, donde saludó a los padres y el hermano, que derrocharon amabilidad y agradecimiento por el dinero que habían recibido. Aunque lo que deseaba era estar a solas con Elisa, su cortesía le obligó a mantener una pequeña charla con toda la familia, contándoles sus avatares desde la última vez que se habían ido, aunque a grandes rasgos para concluir cuanto antes la conversación, lo que logró en breves minutos.
Nadie puso objeción cuando invitó a la joven a dar un paseo por los alrededores aprovechando la bonanza climatológica. Salieron de la vivienda y se encaminaron hacia el cercano cabo de Punta Herminia, y desde allí siguieron por el camino que bordeaba el mar hacia el espectacular faro, subiendo luego al montículo donde estaba enclavado. La torre estaba rodeada de una rampa espiral para acceder a lo alto del faro, a donde subieron. Había una meseta de piedra que soportaba leña empapada con aceite, con la que al anochecer se prendía la hoguera que servía de guía a los navegantes. Se extasiaron contemplando la maravillosa panorámica de la ciudad y el mar que se divisaba desde lo alto.
En el transcurso de aquel largo paseo, Álvaro puso en práctica toda suerte de sus probadas habilidades de seductor, aunque en esta ocasión sus intenciones eran serias. Lo hizo con tanto entusiasmo, que cuando la caída de la noche les obligó a retornar a la casa, ya eran novios formales.
Durante las dos siguientes jornadas apenas se separaron excepto durante la noche, y cuando se despidió de la familia el último día, les comunicó su intención de contraer matrimonio con Elisa en breve plazo. Tal y como esperaba, no encontró oposición alguna al enlace, sino todo lo contrario, así que se marchó prometiendo regresar cuanto antes para realizar los preparativos de la boda.
A la mañana siguiente, partía de nuevo hacia Cayón en compañía de Malaspina. No se habían visto durante esos dos días, así que durante el trayecto le contó sus planes de matrimonio. La contestación del italiano, con expresión sombría, fue:
-Espero que la bendición no tenga que impartirla Fray Bartolomé Quintanilla, porque eso sería como recibir la extremaunción-








CAPITULO XIV
LOS PRIMEROS PROBLEMAS

Llegaron a Cayón al atardecer, y pese al cansancio dieron un largo paseo por la población, que Malaspina ya conocía de antiguo, por haber atracado alguna vez en aquel puerto en su etapa de marino. Visitaron la iglesia, admirando el arte sacro del que ya le había hablado anteriormente el italiano.
Estaban al fondo del recinto religioso, y distinguieron la figura de una persona postrada de rodillas en un reclinatorio junto al altar mayor en actitud beatífica. Los hábitos blancos que llevaba sirvieron para que Álvaro lo identificase como el viajero del carruaje que había visto el día de su llegada.
Malaspina palideció al verle:
-Válgame Dios, es él- musitó en voz baja
-¿Quién?- preguntó Álvaro
-Quien va a ser, el maldito Bartolomé Quintanilla. Si ese cabrón anda por aquí, puedes tener la completa seguridad de que su estancia tiene que ver contigo-
Para evitar que el fraile les viera, salieron inmediatamente del templo con la preocupación pintada en el rostro.

Ya anochecía cuando entraron en la casa. Su llegada no había pasado desapercibida para la hacendosa Manuela, que estaba preparando la cena para no hacerles esperar. Una vez terminaron de cenar y tras una fugaz sobremesa, subieron a sus habitaciones, vencidos por el cansancio.

A la mañana siguiente notaron mucho bullicio en la plaza al levantarse. El origen del tumulto era que se estaba celebrando la feria mensual y todo el pueblo estaba en la calle. Los puestos de venta estaban atestados de gente, que se arremolinaba a su alrededor. La curiosidad les impulsó a dar una vuelta por allí, y salieron de casa.
Había puestos de venta de ropa, cachivaches de cocina, herramientas agrícolas, aves de corral. En algunos también había pescados y mariscos, que fueron los que más llamaron la atención de Álvaro, puesto que la mayoría de las especies eran desconocidas para él. Malaspina era un buen conocedor de todas ellas y satisfizo ampliamente su curiosidad. Uno de los mariscos que abundaban era algo similar a una gran araña, que su amigo le aclaró que se trataba de centollas, uno de los productos más sabrosos sacados del mar. Adquirieron dos de buen tamaño, que Manuela se encargaría de cocinar.
También pasaron por dos recintos vallados con madera, donde se guardaba ganado destinado a su venta. En uno había reses y en el otro, caballos jóvenes, alguno de ellos de imponente estampa. Como estaban al lado de casa, se separó un instante de Malaspina para deshacerse del marisco que había adquirido, que iba cargando innecesariamente.
Cuando salió para reunirse de nuevo con el italiano, en medio del gentío notó que tres de individuos, disimuladamente, no le sacaban la vista de encima. Pese a ir elegantemente vestidos, le parecieron de muy mala catadura, con un semblante de torva mirada y facha desagradable, que hacía adivinar una vida llena de malandanzas. Un prototipo de sujetos de mal pelaje con los que ya se las había tenido que ver muchas veces en Madrid.

Solo había andado unos cuantos pasos, cuando uno de ellos, en un tono claramente desafiante, dijo, dirigiéndose a sus dos compinches:

-Vaya, no sabía que en medio de estos paletos también había señoritos de ciudad, y a fe que este mequetrefe tiene toda la pinta de serlo-

Álvaro no solía distinguirse precisamente por su paciencia, pero en aquella ocasión decidió aguantarse, porque vio claramente que aquel sujeto estaba tratando de provocarle, y pese a su habilidad en el manejo de la espada, tres espadachines con toda la facha de ser gente bregada en duelos eran demasiados para él, así que trató de seguir su camino, pero los otros tres, con rápido movimiento, se colocaron delante de él cerrándole el paso.

-Además de ser un mamarracho, es un cobarde el zascandil éste- dijo otro de ellos.

Aquel mordaz comentario acabó de colmar su escasa paciencia.

-Si de cobardía se trata, no sé yo quien se lleva la palma, el que va solo o los tres ventajistas que se aprovechan de su superioridad numérica para provocarle-

-Para meterte a ti en cintura, con uno solo de nosotros sobra- aseguró el primero que había hablado.

-Sería muy interesante comprobarlo, y ahí abajo tenemos una hermosa playa para hacerlo- repuso Álvaro

El esbirro que llevaba la voz cantante desenvainó su espada y dijo:

-Para acabar contigo no tengo por que molestarme en moverme de aquí- y atacó con celeridad, estando a punto de sorprender a Álvaro, que apenas pudo desenfundar, al tiempo que hacía un rápido quiebro para evitar el acero de su enemigo.

La gente, al percatarse de lo que estaba sucediendo, se había separado prudentemente de ellos, formando un amplio círculo a su alrededor. Esa circunstancia hizo que Malaspina, que se encontraba muy cerca, se diese cuenta de los aprietos por los que estaba pasando su amigo y acudiese en su ayuda.

Una vez superada la sorpresa inicial, las condiciones del duelo se habían equilibrado, y pese a que su contrincante denotaba una gran experiencia en el duelo a espada, la esgrima de Álvaro era muy superior a la suya, detalle que no se les escapó a sus secuaces, que blandieron sus espadas con la intención de tomar cartas en el asunto, pero no contaban con la presencia de Malaspina, que desenvainando su arma les hizo frente.

En un instante los que contemplaban la escena pudieron comprobar que el italiano era un gran espadachín, pues pese a su inferioridad numérica no tuvo problema alguno para mantener a raya a los otros dos, burlando sus acometidas con suma habilidad.

Mientras tanto, Las fuerzas del adversario de Álvaro se habían mermado de tal forma, que se vio perdido, y a la desesperada trató de lanzar una estocada que cogiese a éste desprevenido, pero falló y presentó un fácil blanco, y el joven no desperdició la oportunidad de atravesarle el pecho con su espada. Cayó al suelo, agonizante.

Álvaro acudió con presteza en ayuda de su amigo, enfrentándose al matón que tenía más cerca. Pero sus enemigos, viendo el cariz que estaba tomando la situación, decidieron emprender la huida abriéndose paso entre la multitud. No se molestaron en perseguirles. Fueron a comprobar el estado del caído, y verificaron su fallecimiento, así que pidieron a los vecinos que avisaran al enterrador para encargarse del cadáver, aclarando que ellos se hacían cargo de los costes del entierro.

Desde un discreto ventanuco del convento, unos astutos ojillos lo habían visto todo. El rostro de fray Bartolomé había perdido su habitual expresión beatífica y presentaba una desagradable mueca de disgusto.

-No me queda otro remedio que tomar cartas en el asunto personalmente, aunque de momento no puedo hacer nada contra ellos, porque todo el pueblo ha sido testigo de que estaban en desventaja numérica y los otros fueron los provocadores. Una denuncia no se sostendría, y además haría que se mantuviesen permanentemente en guardia. Tengo mucho por donde coger a ese petimetre- se dijo.

Mientras tanto, Álvaro y Malaspina abandonaron el lugar de la pelea, donde quedaba el cadáver de su enemigo que una vecina había cubierto piadosamente con una manta, a la espera de la llegada del enterrador, y se dirigieron a la taberna a refrescarse el gaznate con una jarra de vino. Cuando entraron, los parroquianos, sabedores de lo que había ocurrido, les observaron silenciosamente con una mezcla de respeto y admiración por la valentía y la destreza con la que habían luchado en inferioridad. Ocuparon una mesa y pidieron una jarra de vino.

-¿Qué opinas sobre lo sucedido?- preguntó Álvaro

-Que no fue casual, éstos venían directamente a por ti, y si quieres conocer mi opinión, ya sabes quien creo que los mandó-

-Si, el famoso fraile, yo también lo pensé, pero hay algo extraño-

-¿A que te refieres?-

-A su pronunciación. Tú no llegaste a oírlos hablar, pero éstos no eran de aquí. Tenían un acento madrileño muy marcado. Ya sé que es difícil, porque Hermosilla ignora donde me encuentro, pero casi juraría que estos rufianes tienen algo que ver con él-

-Es razonable lo que dices. Sea quien sea, mantén bien guardadas tus espaldas, porque estoy seguro de que van a volver a intentar algo contra ti-

-Así lo haré-

Estaba avanzado el mediodía cuando el vacío de sus estómagos les impulsó a dirigirse a casa para almorzar. Manuela había cocido y troceado sabiamente las centollas, acompañándolas con unas patatas sin mondar cocidas junto con el marisco. El resultado final era espectacular, con un sabor que aglutinaba la esencia del mar, digno del paladar de un rey.

Los siguientes días transcurrieron sin sobresaltos, dando plácidos paseos a pie y a caballo por los contornos, internándose por intrincados caminos llenos de vericuetos y descubriendo parajes naturales de mar y montaña de gran belleza. Visitaron también la aldea de Fidel, que volvió a mostrar gran categoría como anfitrión, causando muy buena sensación al italiano por su amabilidad y la de toda su familia.

Ya casi se habían olvidado de las contrariedades que habían sufrido con el enfrentamiento con los tres rufianes, aunque siempre estaban ojo avizor a una posible emboscada por los caminos y alerta ante la presencia de forasteros, pero nada de esto se produjo.


Manuela continuaba cocinando como los ángeles, sorprendiéndoles cada día con nuevos menús, entre los que no faltó el prometido guiso de raya
curada que resultó tan suculento como le había anunciado la sirvienta.

Por las noches no dejaban de acudir a su cita con los parroquianos de la taberna, donde no faltaban los relatos sobre aparecidos que sobrecogían a los que tenían un carácter más medroso, e imponían respeto a los restantes. Malaspina estaba encantado con aquellas historias. Como escritor que era –durante su confinamiento en San Antón había escrito varias obras-, le atraía la ficción, y contemplar a aquella gente completamente absorta mientras oían las inverosímiles supersticiones que les narraban, le resultaba fascinante. Aunque no creía ni una sola palabra sobre lo que se relataba, respetaba las tradiciones de aquellas gentes y su actitud temerosa ante lo desconocido.

Se habían cumplido un par de semanas desde su llegada y vieron llegado el momento de partir de nuevo. Álvaro para ultimar los preparativos de su boda con Elisa, y Malaspina tenía previsto trasladarse a Italia para fijar definitivamente su residencia allí, así que acordaron marcharse en dos o tres días.

La noche antes de la partida, tal y como hacían habitualmente estuvieron en la taberna, y fueron invitados por sus habituales compañeros de tertulia nocturna a cenar percebes que algunos de ellos habían arrancado de las rocas que rodeaban la península. Eran unos bichos de color oscuro y de aspecto poco atractivo. A Álvaro le parecieron plantas marinas, pero cambió de opinión en cuanto probó el primero. Álvaro se convenció de que, desde su llegada a Galicia, cada novedad gastronómica que probaba era superior a la anterior.









CAPITULO XV
UN NUEVO AMIGO

Salieron con el alba, sin apurar demasiado el paso. Hacía buen tiempo para la época del año en que estaban. Llegaron a La Coruña sin contratiempo alguno, yendo directamente a la posada, pues se aproximaba era la hora del almuerzo.

Al entrar saludaron a O’Brien y, después de subir el equipaje a sus respectivos aposentos, accedieron al comedor, que estaba ocupado únicamente por un hombre maduro, de unos 45 años. Era bien parecido, y su pelo rubio y ojos azules le daban catadura de holandés o alemán. Enseguida trabó conversación con ellos, presentándose como Diego de Torres Villarroel. Era natural de Salamanca, donde residía habitualmente. Simpatizaron enseguida con él, quien les contó, a grandes rasgos, su vida.

Había sido un estudiante excelente, pero su temperamento díscolo y escandaloso le había empujado a faltar a clase, meterse en peleas y hurtar viandas de la despensa del colegio, de donde tuvo que salir como consecuencia de sus desmanes huyendo a Portugal, donde llevó una vida aventurera en la que fue sucesivamente ermitaño, bailarín, alquimista, matemático, soldado, torero, estudiante de medicina, astrólogo y adivino.

Después de algunos años volvió a Salamanca, sentando la cabeza, emprendiendo un programa de voraz lectura de libros de filosofía, magia y matemáticas. Ello le sirvió, pocos años después, para obtener la cátedra de matemáticas de la universidad de Salamanca, que alternaba con su verdadera pasión, la escritura. En 1743 publicó su primera obra, que fue de contenido autobiográfico, titulada “vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres Villarroel”, en forma de novela picaresca, muy próxima al estilo de Francisco de Quevedo, de quien era profundo admirador, aunque tratando de ser más castizo y llano en su prosa, y con un fondo menos pesimista que el del maestro.

En la actualidad estaba escribiendo una obra titulada “el ermitaño y torres”, en la que disertaba sobre la piedra filosofal, pero a instancias de su padre, que consiguió convencerlo, había accedido a una vieja pretensión de éste, como era que se ordenase sacerdote, motivo por el que se encontraba en La Coruña, al tener prevista su ordenación en la Colegiata de Santa María del Campo, donde un tío suyo ostentaba el cargo de Abad.

Tanto Malaspina como Álvaro estaban tan embebidos en la azarosa vida de aquel polifacético personaje –que era un portento de erudición e ingenio- que no le interrumpieron un solo instante, y tanto uno como el otro encontraron bastantes paralelismos entre sus ajetreadas vidas y la de su interlocutor. Álvaro, cuando salió de su ensimismamiento, se percató de que ya pasaba de las siete de la tarde y era noche cerrada, lo que le impedía efectuar la visita que tenía prevista a casa de Elisa y tenía que dejarlo para el día siguiente.


Salieron a dar un paseo nocturno con su nuevo amigo por los alrededores. Formaban un grupo bastante homogéneo pese a la diferencia de edad. Durante la caminata, en justa correspondencia les tocó a ellos relatar sus vivencias a Torres Villarroel, a requerimiento de éste, que se mostró francamente interesado en los avatares de la biografía de ambos, que tampoco eran triviales, aunque en diferentes aspectos.

Buen conocedor del extraordinario poder religioso que imperaba en España, y que pese a su –tardía- vocación religiosa había tenido que sufrir en sus propias carnes muchas veces a lo largo de su vida -sus aficiones por el esoterismo hicieron que el largo brazo de la inquisición le pasase rozando más de una vez, teniendo que vérselas con personajes de doble moral, con un perfil muy semejante al de Fray Bartolomé Quintanilla-, cuando se enteró de las vicisitudes por las que estaba pasando Álvaro, no dudó en aconsejarlo de forma similar a la de su amigo italiano, indicándole que una discreta marcha le evitaría seguros perjuicios.

El joven, aunque era consciente de lo sabios que eran aquellos consejos, se sentía obligado momentáneamente a permanecer allí por varios motivos: uno de ellos era que estaba cansado de huir, otro era su inminente boda, y aun existía un tercero, la localización del tesoro del inglés, sobre lo que intuía que la clave estaba en la nota hallada en el secreter de su casa.

Durante su recorrido pararon en un par de tabernas, muy concurridas por parroquianos de diverso pelaje, abundando marineros uniformados que delataban la presencia en el puerto de algún buque de guerra, lo que trajo a Malaspina recuerdos de su etapa como marino, ya lejana en el tiempo, pese a lo cual no dudó en rememorar y relatar a sus acompañantes singulares anécdotas sobre sus viajes por los confines de la tierra, que fueron muy celebradas por éstos.

Ya era muy tarde cuando retornaron a la posada, pese a lo cual el irlandés no tuvo inconveniente en servirles la cena.

A la mañana siguiente Álvaro salió temprano, y dando un paseo a pie se acercó hasta la casa de su novia. Una vez allí se le recibió con muestras de alegría por parte de toda la familia.

Dedicó toda la mañana a planificar la boda y establecer la fecha de la ceremonia, que quedó fijada para el día de reyes, para el que faltaba poco más de un mes. La iglesia elegida fue, a petición del novio, la de la Orden Tercera, y el oficiante iba a ser el padre Molinero, con quien aun no había hablado, pero sabía que tendría mucho agrado en aceptar. Hicieron una lista de invitados, entre los que, además de la familia de la novia y algunos allegados, incluyeron a todos los amigos que Álvaro había hecho desde su llegada, tanto en Coruña como en Cayón. Eran un total de treinta. Para el convite, la posada de O’Brien le pareció un lugar adecuado, al tener un comedor con amplia capacidad.

A la hora del almuerzo, a falta de algunos detalles, los preparativos habían concluido. Después de comer, Álvaro y Elisa salieron a dar un paseo. Cogidos de la mano, recorrieron toda la ciudad, haciendo pequeños altos en el camino en los rincones más bellos.

Este paseo sirvió para que Álvaro adquiriera una visión distinta de la ciudad. La Coruña se dividía en dos sectores bien diferenciados. Por una parte, la Ciudad Alta, con calles tortuosas y angostas, como bien había podido comprobar desde su llegada, y abundante en iglesias y conventos, amén de casas nobles. La tranquilidad y el silencio eran denominador común de todo el barrio, habitado por autoridades, clero y nobleza.

La otra parte de la ciudad, denominada Pescadería, ocupaba parte del istmo que unía la península con tierra firme, y presentaba un aspecto mucho más moderno, con hermosas calles rectas y anchas, y altos edificios de galerías que no desmerecían en absoluto el entorno, y un ambiente mucho más bullicioso que la parte antigua de la ciudad, y que se concentraba básicamente en el paseo de la Reunión, en el que en el tiempo de asueto confluían prácticamente todos los ciudadanos.

Ambas partes estaban separadas por fortificaciones que ayudaban aun más a diferenciarlas. Las defensas de la ciudad estaban constituidas por baluartes de moderna construcción, armados con buen número de piezas de artillería, contando con el apoyo de tres castillos estratégicamente situados, San Diego y San Antón –que como ya se ha citado hacía también funciones de presidio-, y al otro lado de la bahía, el de Santa Cruz.

A media tarde, visitaron el monte de San Carlos, deleitándose con el panorama del puerto que se divisaba desde su cima.

Después, como estaban al lado del convento, visitaron al padre Molinero, comunicándole sus planes de boda y la intención de celebrarla allí, con él como oficiante. Aceptó con sumo agrado, felicitando a los futuros esposos.

Al salir del convento, acompañó a Elisa a su casa y volvió a la posada, cuando ya era hora de cenar. Torres y Malaspina estaban sentados a la mesa y los acompañó, contándoles todo lo acontecido durante el día.

Cuando se acostó, tardó en conciliar el sueño, al estar durante rato pensando en como había cambiado su vida en solo un par de meses. Aunque tenía sensaciones contradictorias, porque era conocedor de los graves problemas que le rondaban y podían cernirse sobre él de un momento a otro, en esencia se consideraba un hombre feliz.

No fue a visitar a Elisa por la mañana. No quería abusar de la hospitalidad de su familia y prefirió buscarla posteriormente para dar un paseo vespertino, así que pasó la jornada matutina con sus dos compañeros de posada. Deambularon por el puerto, viendo las descargas de pescado y la subasta en la lonja, y entreteniéndose con las sabrosas disputas que se producían entre compradores y vendedores, que parecían desafiarse a ver cual de los dos era más tramposo.

Por la tarde, Álvaro se acercó a casa de Elisa y dieron el acostumbrado paseo, que duró, como era habitual, hasta que comenzaba a oscurecer. Se despidieron con un beso de buenas noches y se encaminó hacia la posada.

CAPITULO XVI
EN LAS GARRAS DEL SANTO OFICIO

Iba por la parte más solitaria del camino de la torre de regreso a la posada, cuando cierta sensación, como de un inminente peligro que le amenazaba, le puso en vilo. Pero ya era tarde, porque cinco individuos salieron de ambos lados del camino y sin mediar palabra le encañonaron con pistolas antes de que tuviese tiempo a reaccionar. Iban enmascarados, por lo que creyó que se trataba de salteadores de caminos, pero mientras tres de ellos le seguían apuntando, los otros dos le taparon la cabeza con una capucha negra y le maniataron por la espalda.

Al cabo de unos instantes, sintió aproximarse el inconfundible ruido de un carruaje y los cascos de los caballos que lo tiraban. Le introdujeron con escasa delicadeza en el vehículo, y éste arrancó con destino desconocido. Álvaro, dentro de la desorientación que sentía, preguntó a sus captores el motivo del secuestro en diferentes ocasiones, recibiendo siempre la callada por respuesta. El camino fue largo, y en las condiciones en que iba, no fue capaz de saber la dirección que tomaba el coche, pero cuando llegaron a su destino, de madrugada, un fuerte olor a algas le hizo ver con claridad que se encontraba de nuevo en Cayón.

El portón lateral del palacio de los condes de Grajal se abrió y el carruaje se introdujo en un gran patio. Hicieron bajar a Álvaro, y lo pasaron a empellones al interior de la fortaleza. Después, oyó descorrerse un cerrojo y chirriar los goznes de una puerta al abrirse. Con malos modales, lo obligaron a pasar al interior.

Olía fuertemente a humedad dentro de aquel recinto. Notó como desataban sus ligaduras y le ponían grilletes de hierro alrededor de las muñecas y los tobillos. Trató de zafarse, pero las argollas que lo inmovilizaban estaban sujetas a la pared con cadenas, y tuvo que desistir para no despellejarse. Finalmente, le retiraron la capucha y vio que se hallaba en una lóbrega mazmorra de pequeñas dimensiones, cuyo único mobiliario consistía en un camastro de madera apolillada. La luz era muy tenue, y procedía de una pequeña antorcha. La celda, insalubre, carecía de ventilación alguna.

Ante sus preguntas sobre el motivo de la detención, uno de sus captores dijo una sola frase a modo de despedida, antes de cerrar la puerta y correr el cerrojo:

-Dentro de un rato recibirás una visita que te dará aclaraciones-

No pasó mucho tiempo cuando la puerta de la celda volvió a abrirse de nuevo, y una figura vestida de blanco pasó al interior. Por primera vez tenía de cerca de fray Bartolomé. Tuvo tiempo a considerar lo repulsivo que era aquel personaje, antes de que éste, con voz suave y aflautada, pero en la que indudablemente afloraba la maldad, le preguntase sin preámbulo alguno:

-Y bien, señor de Mendoza, ¿ya sabe usted por que está aquí?-

Álvaro sabía perfectamente que era lo que el fraile pretendía de él, pero respondió negativamente.

-Bien- dijo el dominico –se lo voy a explicar. Usted hace poco tiempo que ha recibido un legado de una mujer llamada Maria Sicilia Martínez, viuda de Nicolás de Calo. El tal Nicolás de Calo, como usted no ignorará, no es otro que el temible corsario inglés Richard Scott, lugarteniente del sanguinario Laurent Graff-

-Eso último lo desconozco- mintió descaradamente Álvaro

-No lo creo. Aquí, la cuestión es que en medio de todo hay un tesoro de incalculable valor, fruto del pillaje de estos piratas contra los intereses de España y por ende, del santo Oficio al que represento, y en virtud de ello, estoy dispuesto a llegar hasta donde sea para devolver el tesoro a sus legítimos propietarios, y la única persona que sabe donde se esconden los cofres con el oro tiene que ser usted, y va a confesarlo, de una u otra manera-

-Le aseguro que desconozco absolutamente todo acerca de ese supuesto tesoro-

El rostro del dominico, hasta ese momento serio y circunspecto, esbozó una malévola sonrisa. Metió su mano derecha en el bolsillo de su hábito y sacó una carta, que mostró a su interlocutor:

-Entonces, seguramente que no ha leído esta carta, y es extraño, porque está dirigida a usted y la hallamos en su casa- dijo al tiempo que se la mostraba.

Álvaro reconoció la segunda carta que le había dirigido María, en la que le manifestaba, entre otras cosas, la existencia del tesoro y las remotas posibilidades de dar con él. Se vio perdido, y se arrepintió de no haber destruido aquel trozo de papel, que podía constituir su infortunio. En lugar de ello, lo había guardado inocentemente en el secreter de su casa, al alcance de cualquiera, y había llegado a manos de fray Bartolomé.

Tratando de salvarse, aunque era consciente de la inutilidad de su intento, dijo:

-Si, efectivamente esa carta llegó a mis manos, pero no le di importancia, al considerar que se trataba de una de tantas leyendas que circulan por ahí. Mis testadores eran gente acomodada, pero ni mucho menos poseían semejante fortuna, o al menos yo lo desconozco-

-No se preocupe, que eso llegaremos a saberlo con certeza. En esta prisión hay personas e instrumentos con argumentos suficientes como para hacer hablar hasta a los mudos-

Álvaro no contestó. Sabía que su enemigo no bromeaba, y que se estaba refiriendo a los torturadores de la inquisición y a sus instrumentos de tormento.

-Ahora voy a dejarlo solo, para que medite sobre la conveniencia de decirnos todo lo que sabe. Consúltelo con la almohada, y piense en que si lo que nos cuenta es satisfactorio para nuestros intereses, abandonará de inmediato, sano y salvo, este lugar, donde no creo que se encuentre cómodo-

Y dicho esto, abandonó la celda.

A la mañana siguiente, en la posada del irlandés, Malaspina y Torres estaban desayunando tranquilamente un chocolate con picatostes y charlando animadamente, cuando O’Brien se acercó a su mesa y les preguntó si el joven Álvaro había salido de viaje, porque no se había presentado a dormir. Les resultó extraño, porque el víspera nada les había dicho al respecto.

Intrigados, pidieron al posadero que les abriese el cuarto de Álvaro, en el que comprobaron que el equipaje estaba al completo. Asimismo, fueron a la cuadra, donde encontraron a su caballo atado. Aquello era muy extraño. La única posibilidad era que por alguna razón hubiese quedado a pasar la noche en la casa de sus futuros suegros, algo bastante improbable, pero posible al fin y al cabo.

Decidieron esperar un tiempo prudencial antes de tomar medida drástica alguna, pero las horas fueron pasando sin que su amigo diera señales de vida, por lo que la preocupación fue en aumento hasta convertirse en alarma.

Visitaron al padre Molinero, por si éste tuviese alguna noticia sobre el paradero de Álvaro, pero este también manifestó su sorpresa por lo sucedido, y se ofreció a acompañarles a casa de Elisa, última posibilidad de que aquello no se tratase de una desgracia, pero los resultados fueron igualmente desalentadores. Había abandonado la casa a primeras horas de la noche, y después no había ni rastro de él.

Habían llegado a la desventurada conclusión de que algo malo le había pasado, y lo único que cabía esperar es que al menos no se tratase de una situación irreversible.

Sentados en torno a la mesa, los tres visitantes y la familia de la casa, nadie fue capaz de construir una hipótesis razonable acerca de lo que había sucedido. Solo Malaspina manifestó su convicción de que el fraile Quintanilla tenía que ver con la desaparición de su amigo.

Todos estuvieron de acuerdo en que lo mejor que podían hacer era investigar por su cuenta, y con la máxima discreción, pues en caso de levantar la liebre la vida de Álvaro, si es que éste permanecía vivo, corría todavía más peligro.

Lo más probable era que estuviera ingresado en alguna prisión, y el italiano mantenía buenos contactos con los carceleros del castillo de San Antón. Aquella misma tarde, se informó de que ningún preso con las características de Álvaro había sido ingresado en aquella ni en otra prisión coruñesa.

Mientras esto ocurría, en el palacio de Cayón las cosas no le iban bien a Álvaro. Ante su falta de respuesta satisfactoria, y debido a la ausencia del verdugo oficial, los oficiales de éste, acompañados de fray Bartolomé, lo sacaron de su celda y lo arrastraron hasta la sala de torturas.

Era una estancia grande, separada del pasillo por una reja de hierro. Entraron y uno de los ayudantes del verdugo comenzó a mostrar al prisionero los diferentes instrumentos de tortura que había dentro del recinto, y a explicarle el funcionamiento de cada uno de ellos.

Señaló una gruesa cuerda de cáñamo que pendía atravesando una argolla de hierro sujeta al techo:

-Esa es la garrucha. En la cuerda se amarra al preso por los brazos hacia atrás y se le sube lentamente. Cuando se encuentra a determinada altura es soltado con brusquedad, sujetándosele de nuevo fuertemente antes de que sus pies toquen el suelo. El dolor producido en ese momento es mucho mayor que el originado por la subida. Cabe la posibilidad de que si el preso no confiesa, se le coloque un contrapeso que multiplica el dolor-

A continuación le mostró un pequeño instrumento metálico formado por dos pequeñas barras dispuestas en paralelo con el interior dentado, y unidas entre sí por dos tornillos, una de los cuales llevaba adosada una manivela:

-Eso es el aplastapulgares, y su pequeño tamaño no concuerda con el inmenso dolor que produce. Su funcionamiento es muy sencillo. Los pulgares del preso se introducen entre las dos barras a la altura de las uñas, y el movimiento de la manivela, uniendo ambas barras hace el resto. Hace poco nos dio la hora del almuerzo mientras se lo aplicábamos a un reo, y se los dejamos puestos durante un par de horas. Le aseguro que durante ese tiempo aquel hombre se acordó del Señor a cada instante-

El dominico, que sonreía sardónicamente, divertido, hizo un imperceptible gesto al torturador, que finalizó su alocución, dejando la palabra al religioso:

-Creo que con lo que le han mostrado hoy es suficiente para que recapacite. Tiene hasta mañana para hacerlo. De no ser así, lo que se le acaba de mostrar le será aplicado, y si lo resiste, continuaremos mostrándole nuevos sistemas para hacerle hablar-
























CAPITULO XVII
UN ARRIESGADO RESCATE


Ante el resultado negativo de las pesquisas en torno el paradero de Álvaro, Malaspina y Torres Villarroel variaron el rumbo de sus averiguaciones, enfocándolas hacia fray Bartolomé. Pronto supieron que no se había movido de Cayón, así que junto con el padre Molinero y Simón, el hermano de Elisa, decidieron desplazarse hasta allí para indagar entre los vecinos cualquier movimiento extraño acaecido en los últimos días.

Llegaron a Cayón ya caída la noche, con objeto de ampararse en la oscuridad y evitar ser detectados, y fueron directamente a la vivienda de Manuela y Pascual, quienes al reconocer al italiano les atendieron solícitamente, invitándoles a entrar en su morada. El matrimonio, una vez enterados por boca de los visitantes de la desaparición de su amo, quedaron desolados y se ofrecieron a colaborar en todo cuanto estuviese en su mano para localizarlo. Malaspina les manifestó sus sospechas en relación con el fraile y de que, hallándose éste en el pueblo, era muy posible que Álvaro no se encontrase lejos de allí, y les instó a que indagaran a través de los vecinos con la mayor cautela cualquier movimiento sospechoso ocurrido durante los últimos días.

Hecho esto, y para no levantar innecesarias sospechas en el entorno, declinaron el ofrecimiento del matrimonio de alojarse en casa de Álvaro durante su estancia, y les indicaron que se hospedarían fuera de la población, y que cualquier cosa que averiguaran, se lo comunicaran a Fidel, a quien pensaban visitar a continuación, y éste se lo haría llegar a ellos, que estarían pendientes de recibir nuevas.

Acto seguido, montaron en sus caballos y se dirigieron a Baldayo. Llegaron a casa de Fidel a altas horas de la madrugada. El ladrido de los perros alertó a los ocupantes de la casa, que se levantaron con cierto sobresalto que duró hasta que identificaron a Alessandro Malaspina.

Amablemente, y pese a lo intempestivo de la hora, les invitaron a pasar. Una vez en el interior de la casa, y al calor del fuego del hogar, los recién llegados volvieron a relatar lo acaecido, causando una gran consternación en el seno de la familia, especialmente en Fidel, que se puso muy triste al conocer tan malas nuevas sobre su amigo.

Les ofrecieron albergue, que aceptaron por tratarse de un sitio apartado, donde no sería fácil que nadie supiese de su estancia en la comarca. Como no cabían en la casa, les alojaron en uno de los graneros, que estaba limpio y bien acondicionado. No era cómodo, pero les surtieron de mantas y sábanas con las que se las arreglaron para, cuando menos, pasar una noche de descanso después del ajetreado día que habían pasado.


No tardaron en conocer novedades. Poco después del mediodía del día siguiente, Pascual llegó a la casa. Les comunicó que a través de una vecina habían sabido que la misma noche de la desaparición de Álvaro, un ruido la despertó a altas horas de la madrugada, y asomándose a la ventana observó un carruaje que entró por la puerta lateral del palacio.

Bueno, ya sabían donde se encontraba su amigo. Ahora solo faltaba sacarle de allí para evitar que los torturadores cumpliesen con su trabajo. Había que trazar un plan de rescate antes de que fuese demasiado tarde.

Los primeros cambios de impresión que tuvieron fueron desalentadores. Por la fuerza, el rescate era realmente inviable. Fray Bartolomé, previsor ante un posible intento de liberación, había redoblado la guarnición del palacio, según manifestó Pascual.

Tras intensas discusiones sin que nadie aportara algo fructífero, la única persona que había permanecido callada durante toda la reunión, el anciano padre de Fidel, dijo algo interesante:

-Cayón es como un queso de gruyere, tiene agujeros por todos los sitios. Solamente hay que dar con el pasadizo adecuado, excavar, entrar en la cárcel y sacarlo de allí-

El resto de los presentes se quedó mirando para el viejo con expresión de incredulidad, excepto Pascual, que añadió:

-Es cierto, todo el subsuelo del pueblo está horadado por el mar y el viento, que con la ayuda del tiempo formaron un laberinto de corredores subterráneos que lo atraviesan de parte a parte en todas las direcciones-

-¿Existen planos de esos túneles?-

-Que yo sepa no, pero en el pueblo hay alguien que los conoce como la palma de su mano-

-¿y es gente de confianza?-

-Si, se trata de mi suegro, el padre de Manuela. Cuando era joven estuvo perseguido por no presentarse a filas para cumplir el servicio militar. Cada vez que venían a buscarlo, se internaba por esas galerías y ya podían buscarlo, porque era inútil intentar localizarlo. Finalmente lo dejaron por imposible y nunca más volvieron a molestarlo-

Pese a que aquella no era precisamente una tertulia alegre, no pudieron evitar reírse ante la cabezonería del suegro de Pascual, que prefería vivir bajo tierra como los topos y perseguido por prófugo antes que dejarse llevar fuera del pueblo.

Decidieron hablar con el anciano, para ver las posibilidades de éxito que podían tener en una empresa aparentemente tan descabellada. Pascual prometió acompañarlo hasta allí al día siguiente.

A media mañana vieron acercarse a lo lejos dos jinetes. Uno de ellos era Pascual, y el otro, un anciano de cuerpo menudo, moreno, de tez cetrina, pero desmentida por sus ojos, vivarachos y maliciosos. Nada más llegar, lo presentó como su suegro. El hombre, informado por su yerno, era perfecto conocedor de todos los pormenores del caso, y estaba dispuesto a colaborar en su solución al precio que fuera. Samuel, que así se llamaba, era persona de convicciones y estaba dispuesto a llegar a donde hiciera falta, dentro o fuera de la ley, para defender aquello en lo que creía. Y creía en aquella gente, pese a ser desconocidos, y no creía en sus enemigos, pese a ser conocidos -o quizás precisamente por eso-.

En esa primera toma de contacto, comprobaron que, tal y como les había anticipado su yerno, los subterráneos de Cayón no tenían secretos para él.
Malaspina le inquirió sobre la posibilidad de que alguna de las galerías pasase bajo el ala del palacio donde estaban situadas las mazmorras, y el viejo le manifestó que era muy posible, aunque no lo podía saberlo a ciencia cierta, por no conocer el interior del edificio.

-Si logramos confirmar lo que dice Samuel, y uno de los túneles pasa bajo la prisión, cabría la posibilidad de llegar hasta allí y horadar hasta tener acceso a la zona de las mazmorras- convino Fidel

-El problema es saber a ciencia cierta a que punto exacto del palacio vamos a salir si hacemos eso. Es muy arriesgado si lo hacemos a ciegas, porque las posibilidades de acertar son muy limitadas- le respondió el italiano

Intervino entonces Torres Villarroel:

-Alessandro tiene razón. Para proceder como pretendemos debemos tener garantías absolutas de éxito. Lo contrario significaría un suicidio y la perdición definitiva para el prisionero. Yo veo una posibilidad, aunque remota. Lo primero que debemos hacer es trazar un plano, con la ayuda de Samuel. Yo mismo me encargaré de confeccionarlo, si inspeccionamos “in situ” los túneles subterráneos y practicamos una medición-

-pero hay una segunda parte –añadió el matemático- necesitamos un “caballo de Troya” que tenga acceso al interior de la prisión para que nos concrete la ubicación exacta del calabozo donde se encuentra nuestro joven amigo. Si conseguimos esos datos con exactitud, os garantizo que lo más complicado estará hecho-

Esa misma noche, entrando furtivamente desde la playa en las galerías subterráneas a través de la más próxima al palacio, el viejo Samuel guió a Enrique de Torres por aquel laberinto. Éste iba trazando rudimentariamente con lápiz en un plano del pueblo elaborado por él mismo las líneas que seguían las galerías, al tiempo que medía con minuciosidad los espacios que iban desde la entrada de la gruta hasta la posición del palacio, que ya era conocida por haber efectuado una medida previa en la superficie. Antes de que amaneciese, aquella primera parte del trabajo estaba finiquitaba. Faltaba establecer el punto exacto donde horadar e introducirse cautelosamente en la celda donde se encontraba su amigo y liberarlo.

El plan de evasión era complejo y arriesgado, pero Torres Villarroel era un matemático experto y todos confiaban en él.

Únicamente faltaba localizar a la persona que pudiese acceder a la prisión, y ese problema se lo solucionó Manuela. Ella conocía a una mujer, vecina suya, a la que tenían contratada para llevar comida a los presos. Se entrevistaron discretamente con ella, y le ofrecieron una recompensa de cuatro doblones de oro –curiosamente, la misma cantidad que Álvaro había regalado a Malaspina en su día-. Ante la vista de lo que para ella era una fortuna, la mujer accedió a colaborar con ellos y escuchó atentamente las instrucciones que le dio Enrique de Torres. Estas se concretaban en contar los pasos que tenía que dar y la dirección que tomaba desde la puerta de entrada hasta la entrada de la mazmorra donde estaba encerrado Álvaro.

A primera hora de esa misma tarde, la mujer les comunicó que había dado doce pasos al frente, nueve a la derecha y cinco a la izquierda hasta alcanzar la puerta de la celda. Torres le pidió que diese diez pasos, que midió con precisión para conocer la longitud media de los mismos. Después analizó minuciosamente el plano, efectuando una serie de cálculos con los datos que poseía, y finalmente logró situar el asentamiento de la mazmorra.

Esa misma noche comenzaron a excavar. Todo el grupo, formado por ocho personas, se introdujo con sigilo en la gruta de la playa. El matemático localizó con prontitud el punto exacto para iniciar la excavación.

Armados con pequeñas y afiladas piquetas, comenzaron a escarbar. El terreno, pese a ser consistente, no resistía la constancia de los esforzados golpeteos, deshaciéndose con cierta facilidad. Para amortiguar el cansancio, se turnaban en la excavación. No pararon durante toda la noche, pero no lograron su objetivo. De día la vigilancia era más intensa, así que decidieron descansar hasta que se hiciese nuevamente de noche y de paso descansar, porque estaban agotados y necesitaban reponer fuerzas.

De nuevo al caer la noche se pusieron en faena. No faltaban ni dos horas para amanecer cuando la piqueta de Fidel atravesó la última capa de tierra y encontró el vacío. Cuidadosamente, haciendo el menor ruido posible, ampliaron el hueco hasta que alcanzó capacidad suficiente para dejar paso a una persona.

Simón, que aunaba delgadez y fortaleza física, fue el encargado de introducirse en la mazmorra, aupado por dos compañeros. Efectivamente, era la de Álvaro, que estaba tumbado en el camastro, encadenado y maltrecho. Apenas tenía consciencia y carecía de fuerzas para moverse, desfallecido como estaba por los efectos de la tortura.

Con la ayuda de una lima que previsoramente portaba, consiguió con gran esfuerzo romper varios eslabones de la cadena que lo sujetaba de pies y manos, operación que le entretuvo más de media hora hasta que finalmente quedó libre, aunque los grilletes seguían presionando sus tobillos y muñecas. Pero eso quedaba para más adelante, ahora lo importante era sacarle de allí cuanto antes.

Con la ayuda de una cuerda que le facilitaron, hizo una soga y se la pasó bajo los brazos. Después, con grandes dificultades debido a la corpulencia de Álvaro y de tratarse casi un peso muerto, lo arrastró hacia el hueco y lo soltó en brazos de los que esperaban abajo, asiendo fuertemente la cuerda para minimizar el esfuerzo de sus compañeros.

Álvaro era incapaz de dar un paso, así que entre Fidel y Simón lo cargaron en brazos y salieron de allí, en dirección contraria a la que habían entrado. La comitiva iba encabezada por el viejo Samuel, que portaba una antorcha encendida, y pese a la rémora que representaba cargar con el peso de Álvaro, avanzaba con cierta facilidad.

La distancia que tuvieron que recorrer bajo tierra no era larga, y pronto el ruido del mar les avisó de que estaban a punto de abandonar aquel laberinto. Efectivamente, casi al instante salieron a la pequeña playa que había junto al puerto, justo en la parte contraria del pueblo en relación con la gruta por la que habían entrado.

Nada más salir, se dieron cuenta de que se encontraban ante un nuevo problema, y era que solo tenían dos opciones para escapar de allí. Una, ciertamente cómoda, consistía en acceder directamente al pueblo desde la playa, pero era muy peligrosa, porque el amanecer era inminente, y probablemente ya hubiesen descubierto la fuga y los anduviesen buscando.

La otra, mucho más segura. era bordear los acantilados hacia fuera de la población hasta llegar al único camino que permitía subir hacia los labradíos que había en lo alto, pero el estado en que se encontraba Álvaro convertía en inviable esta posibilidad, debido a que no había un camino definido, sino que tenían que avanzar saltando de roca en roca.

Había que hallar una solución lo más rápidamente posible, porque allá por el este comenzaban a vislumbrarse los primeros albores del día, y la cercana claridad aumentaría el riesgo de que fuesen descubiertos.

La idea se le ocurrió al padre Molinero. La cuerda con la que habían descolgado al prisionero desde la celda hasta el corredor subterráneo seguía en su poder, y era lo suficientemente larga como para llegar desde donde se hallaban hasta el borde del precipicio que se elevaba sobre sus cabezas. Si dos o tres del grupo conseguían llegar hasta lo alto a través del camino, no tendrían grandes dificultades en izar a los restantes con la ayuda de la cuerda. No había tiempo a pensar si aquello era viable, así que los tres más jóvenes y fuertes, Simón, Fidel y su hermano, salieron de inmediato pertrechados con la cuerda. Los dos últimos conocían la situación del camino por el que se podía acceder a lo alto, al que no tardaron en llegar. La subida era bastante escarpada, pero consiguieron remontarla sin grandes dificultades, y al culminarla retornaron camino a través de las fincas y prados hasta llegar a la zona donde se hallaban sus compañeros.

Una vez allí, lanzaron la cuerda. El primero en ser izado fue Álvaro. Torres Villarroel hizo una soga con nudo corredizo en el extremo de la cuerda y rodeó su torso, a la altura de las axilas. Dada su extrema debilidad, fue alzado con la máxima suavidad posible. El precipicio, aunque prácticamente vertical, iba en cuesta, y Álvaro tuvo que apoyar los pies en la pared e ir dando pasos hacia arriba para no dañarse, lo que le obligaba a un tremendo esfuerzo, pero finalmente, casi inconsciente por el agotamiento y el dolor, consiguió llegar junto a sus compañeros.

Después subieron consecutivamente al padre Molinero, Torres y Malaspina. Samuel y su yerno regresaron a su casa, en el pueblo, pero no lo hicieron directamente, sino que volvieron a internarse en la gruta para acceder a la población por distinta zona y no levantar sospechas.

El resto del grupo emprendió camino a través de los senderos que bordeaban las fincas de labradío hacia las casas de La Pedreira, en las afueras de Cayón, donde habían dejado sus monturas a buen recaudo en un lugar discreto, una casa abandonada protegida de miradas indiscretas por la espesura de un pinar. El trayecto hasta allí fue lento y penoso, merced a su propia fatiga y al lamentable estado en que se encontraba el fugitivo, pero finalmente lograron su propósito. Ya era completamente de día.

Pese a que previsoramente habían traído un caballo para Álvaro, el estado de éste no le permitía montar en solitario, así que lo subieron al caballo de Fidel para compartir montura.

Cualquiera que los viese cabalgar juntos, se percataría con facilidad de lo variopinto de la comitiva que formaban: un religioso, un marino caído en desgracia, un intelectual polifacético que, por si fuera poco aspiraba al sacerdocio, un malabarista, un cazador de ballenas, un labriego y un maltrecho gentilhombre, personajes que obviamente ocupaban escalafones bien distintos en la sociedad, pero a los que unían dos características que tenían en común, un valor a toda prueba y su concepto de la amistad, por la que no dudaban en exponer su vida, enfrentándose en franca desventaja al enemigo más sanguinario, despiadado y poderoso por ayudar a un camarada en apuros, y si se tenía en cuenta que tres meses antes ninguno de ellos –salvo los dos hermanos- ni siquiera conocía la existencia de los restantes componentes del grupo, aquella honrosa actitud hubiera parecido todavía más extraordinaria.

Sabían que pronto saldrían en su búsqueda si es que no lo habían hecho ya. No podían transitar por los caminos más frecuentados, y mucho menos con la claridad del día, así que no les quedaba más opción que internarse en la espesura del bosque, donde gozaban de la ventaja sobre sus perseguidores de ser conocedores de los senderos más recónditos. Dando un gran rodeo para no dejar rastro de su destino, recorrieron los caminos más alejados del mar. Rayaba el mediodía cuando llegaron a la casa de Fidel.

Mientras tanto, Fray Bartolomé Quintanilla había sido informado de la fuga. Estaba tan dominado por la cólera, que su apariencia apacible y beatífica se había mudado en una expresión perversa acentuada por la palidez de su rostro y el brillo diabólico de sus ojillos. Sin pensárselo dos veces, mandó decapitar de inmediato al responsable de la guardia de la prisión. Este, al oírlo, se estremeció de espanto y se hincó de rodillas para pedirle por Dios crucificado que no hiciera tal cosa, pero el corazón del dominico era un auténtico pedernal, y no revocó la sentencia. El resto de los guardianes recibieron órdenes tajantes de localizar al prófugo so pena de morir bajo tormento si fracasaban en su misión.


El mismo granero donde ya se habían instalado con anterioridad les sirvió de escondite, excepto a Álvaro, que fue instalado dentro de la casa familiar para gozar de más comodidades. Como primera medida, procuraron las herramientas necesarias para liberarle de los grilletes, y una vez hecho esto, Enrique Torres, que poseía algunos conocimientos de medicina –como de casi todo-, le hizo las primeras curas. Las heridas producidas por el roce de los grilletes eran dolorosas, pero superficiales. Se las limpió y desinfectó, aplicándole un pestilente potingue que tenían en la casa para curar ese tipo de heridas, y después se las vendó. Pero lo que más preocupaba a Torres eran las lesiones que no se apreciaban a la vista. Los efectos de la tortura por medio de la garrucha habían producido daños de consideración en la musculatura del joven, aunque su gran flexibilidad le había salvado de roturas ligamentosas o daños irreparables. Con un tiempo de descanso y buena alimentación mejoraría, pero dudaba que se repusiese totalmente sin ayuda. Era evidente que necesitaba atención médica cualificada, pero no estaba en condiciones de desplazarse a visitar a ningún galeno, y por motivos de seguridad tampoco podían permitir que nadie viniese allí. Podría denunciar su paradero o cometer alguna indiscreción irreparable.

Comentó el caso con Fidel y éste no tardó en aportar una solución. Muy cerca de allí vivía un curandero muy reputado, de quien aunque ni siquiera conocían su verdadero nombre –desde siempre le conocían por su apodo, “o manciñeiro”- confiaban ciegamente en su discreción, así como en sus remedios, tan heterodoxos como eficaces, para curar cualquier clase de mal, desde componer fracturas hasta anular el efecto de la mordedura de una víbora.

Estuvieron de acuerdo en avisar a aquel hombre, así que Fidel salió en su búsqueda y regresó con él a las pocas horas. Se trataba de un individuo de avanzada edad, que vestía andrajosamente. Era alto y extremadamente delgado, de nariz larga y rostro completamente surcado por las arrugas. Sus ojos, aunque hundidos en las cuencas, eran vivos y transmitían vigor. El viejo, pese a su aspecto desaliñado, imponía por la dignidad que irradiaba. En una mano portaba un saco de arpillera

Sin dirigir palabra a los presentes, se acercó a Álvaro, que estaba tendido en la cama, le hizo ponerse boca abajo, y palpó lenta y concienzudamente todos los rincones de su espalda.

Luego sacó de su saco un ramillete de hierbas y otro de raíces, y ordenó a la mujer de Fidel que hirviera en agua ambas cosas por separado.

Adivinó que Torres era la persona más capacitada para atender la convalecencia de Álvaro, y le indicó que el brebaje de hierbas, del que tendría que beber un vaso cuatro veces al día, le aliviaría el dolor que sentía, y el agua de raíces debía hervirla y mojarla en un trapo, para después aplicarle cataplasmas en la espalda, lo que ayudaría a que los músculos dañados fuesen recuperando su flexibilidad. Después, el viejo se marchó sin decir una sola palabra más, ni siquiera para atender a los requerimientos de Fidel a que cobrase por sus servicios.

Los remedios de aquel extraño personaje no tardaron en dar sus frutos. En un par de días Álvaro apenas sentía ya dolor, aunque la recuperación de sus músculos era más lenta.

El granero donde estaban alojados los demás estaba adosado a una muralla de piedra que rodeaba la finca, y al otro lado, un ruidoso torrente bajaba con furia, como encabritado. Fidel les explicó que procedía de los montes cercanos e iba a desembocar en el mar, junto a la laguna salada de Baldayo. En este arroyo abundaban unas truchas arco iris de delicado sabor, cuya pesca desde el propio escondite donde se encontraban, simplemente subiendo a lo alto del granero y asomándose a un ventanuco que allí había para lanzar el sedal, podía constituir un agradable y provechoso entretenimiento para matar los días de encierro forzoso que tendrían que pasar allí, puesto que todos los caminos estarían vigilados y no tendrían más remedio que mantenerse en aquella guarida durante un tiempo prudencial, pues aunque nadie les había reconocido, la presencia de cualquier persona extraña en los contornos resultaría sospechosa para la guarnición que vigilaba la zona.

Los únicos que tenían facilidad de movimientos sin levantar sospechas eran Fidel y su hermano. Aprovechando esta circunstancia, los dos hermanos recibieron sendos encargos. Fidel debía ir a La Coruña a llevar mensajes de tranquilidad a la familia de Simón, al Abad de la Colegiata y al convento de la Orden Tercera, con el doble objetivo de que supiesen que sus deudos se encontraban bien y no se levantase un innecesario y perjudicial revuelo con su ausencia. Constante, su hermano, iría a Cayón a curiosear, para observar como estaba la situación en el pueblo en relación con la búsqueda del fugitivo. Este último retornó a última hora de la tarde con la preocupación pintada en su semblante.

-Cayón es un hervidero de soldados. Hay una gran vigilancia; un numeroso grupo de hombres armados hasta los dientes están batiendo la zona en su búsqueda hasta la extenuación. Por lo que me pude enterar, lo único que saben es que Alvaro recibió ayuda exterior, pero afortunadamente ignoran de quien-

Fidel regresó al día siguiente, tras haber cumplido su misión sin novedad alguna.

La dramática situación en que se encontraban no fue impedimento para celebrar las navidades, que coincidieron con su voluntario encierro. La cena de nochebuena transcurrió de forma familiar, degustando el plato tradicional de la casa para aquellas fechas, coliflor con bacalao, y en medio de un ambiente festivo, que sirvió para olvidarse durante unas horas de todos los sinsabores que estaban padeciendo.

Habían pasado quince largos días y era necesario marcharse de allí. Los cuidados médicos de Torres habían causado un beneficioso efecto y Álvaro ya estaba bastante recuperado de las secuelas de la tortura. Por otra parte, no era cuestión de comprometer más a aquella familia, con el riesgo que entrañaba la protección que les estaban ofreciendo. Por otra parte, Malaspina no tenía que rendir cuentas a nadie de sus ausencias pero el padre Molinero tenía que desempeñar sus labores como superior de su convento y Torres ultimar su preparación para ordenarse sacerdote, y esos asuntos no podían demorarse por mucho más tiempo.

Durante un día entero estuvieron calibrando las alternativas que había para salir de allí sin ser detectados. Se llegó a pensar en disfrazarse y formar una procesión de la Santa Compaña para ahuyentar a la vigilancia que se encontraran en caminos y encrucijadas, pero finalmente lo desecharon por ser demasiado truculento y arriesgado –Era más que probable que los vigilantes temiesen más la ira del inquisidor que a las almas en pena-

Finalmente decidieron marcharse la noche del 31 de diciembre. Aprovechando que era la más larga del año, preveían que a la hora de amanecer se encontrarían sanos y salvos en La Coruña. Se despidieron de Ricardo y el resto de la familia excepto Fidel, puesto que éste les acompañaría para servirles de guía durante el viaje. Álvaro reiteró el agradecimiento que sentía por todo lo que habían hecho desinteresadamente por él. No sabía si podría volver, pero aquella gente siempre estaría presente en su corazón, y así se lo hizo saber.

Partieron cuando anochecía, utilizando, como ya habían hecho anteriormente, atajos y vericuetos, así como zonas arboladas que dificultasen la visibilidad de sus perseguidores. Por una estrecha senda, tomaron el camino hacia la aldea de Lendo, desviándose antes de entrar allí hacia la espesa carballeira que había en los alrededores. Siguieron camino hacia Estramil, y desde allí monte a través hasta Larin. La noche era fría, pero la tensión apenas les permitió percatarse de ello.

Cruzaron por el valle de Loureda para sortear su paso por Arteijo, donde con certeza les estarían esperando pese al tiempo transcurrido desde el inicio de la búsqueda, y continuaron hacia Culleredo y Vilaboa, ya en puertas de La Coruña, a donde llegaron un par de horas más tarde de lo previsto, debido al gran rodeo que habían dado, extenuados y con los músculos agarrotados, pero felices por haber superado aquel mal trago.

Pero Álvaro no podía considerarse todavía a salvo. Los demás no corrían peligro, pero el brazo de la inquisición era muy largo y le buscaban, así que había que encontrar un buen escondite antes de por cualquier azar se descubriese su presencia en la ciudad. Tras diversas consideraciones, el ofrecimiento del padre Molinero de esconderle en su convento pareció lo más adecuado mientras no se hallaba una solución definitiva, que parecía pasar indefectiblemente por una discreta huida a bordo de alguno de los buques que zarpaban del puerto.

Así, a la espera de acontecimientos favorables, el joven pasó a ocupar una de las celdas del convento. No iba a ser cómodo, porque apenas iba a poder salir de la celda para evitar indiscreciones, pero desde luego era lo más seguro.


















CAPITULO XVIII
EN BUSCA DE SOLUCIONES


La misma noche de su llegada, en la posada de O’Brien, Malaspina y Torres estuvieron cenando y mantuvieron una posterior tertulia, en la que cambiaron impresiones acerca de todo lo acaecido en las últimas semanas, que había representado para ellos vivencias increíbles, aun teniendo en cuenta las ajetreadas vidas de ambos personajes.

En la conversación salió a relucir el futuro del joven Álvaro, quien pese a estar momentáneamente a salvo, seguía teniendo sobre su cabeza la espada de Damocles que representaba el hecho de estar perseguido por la inquisición. Si algo no cambiaba, estaba irremisiblemente destinado, como mal menor, a huir definitivamente de España.

-De todas formas- convino Malaspina –sería importante conocer que opinan al respecto las más altas instancias del Santo Oficio, e incluso, teniendo en cuenta que el fondo de la cuestión es puramente económico, saber si se avienen a una negociación, aunque eso es ciertamente peliagudo, porque lo que pretenden de Álvaro es algo que éste no posee, o cuando menos ignora su paradero-

-Te refieres, claro está, al tesoro del inglés- terció Torres

-Exacto. En ocasiones, como en este caso, cuando alguien quiere beneficiar a un ser querido, puede conseguir el efecto contrario a lo deseado. La mujer que legó su herencia a Álvaro no debía saber en que clase de arenas movedizas lo estaba metiendo. A veces tengo la sensación de que ese tesoro está maldito-

-Ciertamente. En resumidas cuentas, si no ocurre algo inesperado, nuestro joven amigo está condenado al destierro forzoso. Sería interesante que alguien mediara ante los inquisidores-

- pero ¿Quién le pone el cascabel a semejante gato?- inquirió el italiano

-Creo que tengo a la persona que puede hacerlo-

-¿A quien te refieres?-

-Pues ni más ni menos que a Ricardo Villarroel, el abad de la Colegiata. Mi tío. Una de las escasas personalidades que puede hablar de tú a tú con los miembros del Santo Oficio sin temor a represalias-

-Creo que deberíamos intentarlo-

A la mañana siguiente, madrugaron para visitar al abad. Se dirigieron a la cercana Colegiata de Santa María del Campo, y entraron en el edificio anejo al templo. El hecho de que Diego de Torres fuese familiar del abad no impidió que tuviesen que hacer antesala, aunque la espera fue indudablemente corta.

Aunque el parecido físico con su sobrino era evidente, el abad de la colegiata denotaba un carácter contrapuesto al de Diego de Torres, y eso ya lo revelaba su semblante, que lejos de la sonrisa perenne de éste, se antojaba arisco. No obstante, su amabilidad durante la entrevista fue proverbial, y profundizando un poco durante la conversación, Malaspina se dio cuenta de que se hallaba ante un hombre bondadoso, pero con escaso sentido del humor.

Después de relatarle los hechos con pelos y señales, y contestar a las comprometidas preguntas que les hizo, el religioso se mantuvo en silencio, con aire pensativo, durante unos instantes, y luego dijo:

-La única persona que os puede ayudar en Galicia es el Cardenal de Santiago. Solo él tiene el poder suficiente para enfrentarse a la Inquisición sin miedo a represalias. Es necesario ir a verlo y cuanto antes mejor. Yo os acompañaré-

A la mañana siguiente, una fina pero persistente llovizna acompañaba el traqueteo de un carruaje que salía de la ciudad con cinco personas a bordo. El pasaje lo constituían el abad, Malaspina, Torres y dos personajes ataviados con hábitos religiosos: uno de ellos era el padre Molinero y el otro Álvaro, disfrazado de tal guisa para pasar desapercibido, ya que no dejaba de ser un prófugo de la justicia inquisitorial mientras no se solventase la situación.

El camino era bueno, y tras recorrer las poblaciones de Carral y Órdenes, entre otras aldeas de menor importancia, llegaron a Santiago cuando comenzaba a anochecer. Supusieron que ya no era tiempo de ser recibidos por el Cardenal Arzobispo, así que se procuraron alojamiento para esa noche.

Muy de mañana acudieron todos ellos al palacio de Gelmírez, sede el arzobispado, situado en la plaza del Obradoiro y anejo, por la pared norte, a la monumental catedral que representaba el final de camino para los peregrinos llegados de lejanas tierras.

Tras entrar en el edificio, no tuvieron impedimento alguno para entrevistarse con el secretario cardenalicio y pedirle audiencia con el prelado. La recepción no se demoró demasiado. El cardenal arzobispo de Compostela era un hombre grueso, de unos sesenta años, muy sonriente y de ademanes pomposos. El abad le presentó a sus acompañantes, a quienes saludó haciendo gala de una exquisita amabilidad.

Tras invitarles a tomar asiento alrededor de una gran mesa, les preguntó por el motivo de su visita. El abad, tras una breve introducción, cedió la palabra a Álvaro, quien detalló pormenorizadamente todos los avatares acontecidos desde su llegada a Galicia, haciendo especial hincapié en los abusos sufridos por orden de Quintanilla. También relató su huida de la cárcel de Cayón, aunque se cuidó mucho de identificar a quienes le liberaron, por miedo a comprometerlos, ya que no estaba seguro de la actitud del jerarca eclesiástico, en cuya mirada veía algo que no le gustaba.

Cuando finalizó su narración, la expresión del prelado se había tornado adusta y malhumorada. Preguntó a Álvaro que pruebas podía aportar sobre las arbitrariedades cometidas por Quintanilla, y éste le contestó que ninguna tangible, dado el secretismo con que se habían desarrollado los hechos, pero que creía que, aparte de la declaración de los allí presentes, no sería complicado demostrarlo interrogando a los miembros de la guarnición del palacio de Grajal. El cardenal, en una clara actitud de lavarse las manos, se limitó a recomendarle con toda frialdad que en lo sucesivo se abstuviera de poner en entredicho a un alto cargo de la santa inquisición. Con ello zanjó el asunto.

El viaje de regreso fue ciertamente triste. Todos, incluido el abad, estaban decepcionados y se sentían impotentes para frenar los desmanes del inquisidor, que a todas luces tenía carta blanca para actuar como le viniera en gana. Apenas pronunciaron palabra en todo el viaje. Álvaro, que era lógicamente el más afectado, tomó una decisión; estaba cansado de huir, y la conclusión era clara: en lugar de defenderse, había que atacar, que es lo que menos se esperaba su enemigo. Aquel personaje estaba tan borracho de poder que se consideraba indestructible, y eso podía convertirse en una baza favorable si se aprovechaba su confianza. El problema es que no sabía como, y además no quería que sus amigos corriesen más riesgos por su culpa. Finalmente, tras muchas elucubraciones, se percató de que la única forma de solucionar aquello era quitar de en medio a su enemigo, cosa harto difícil, pero contaba con la ventaja de que éste no se lo esperaría. Tenía que estudiar los movimientos cotidianos del fraile y buscar sus puntos débiles y con ello la forma de acabar con él.






















CAPITULO XIX
LA VENGANZA DEL CORSARIO


A su llegada a la Coruña, pararon a reponer fuerzas en la posada de O’Brian, y allí se encontraron con una inesperada y agradable sorpresa: Edward Clarke había vuelto, y se lo encontraron en el comedor de la posada dando buena cuenta de un apetitoso guiso de pescado. Le acompañaba otra persona, a quien su elegante atuendo -levita, calzón estrecho y botas- y el donaire con que se desenvolvía señalaban como un gentilhombre. El clérigo les saludó con enorme satisfacción y presentó a su acompañante, el conde de Bristol. Les invitaron a compartir mesa.

Durante el transcurso de la comida, el capellán inglés y su acompañante y patrón les comentaron que en esa ocasión la visita iba a ser corta, puesto que al día siguiente tenían previsto zarpar de regreso a su país.

Durante la tertulia de sobremesa, ambos personajes escucharon con perplejidad todos los avatares acontecidos desde la partida de Clarke. Cuando terminaron el relato, el miembro de la nobleza inglesa tomó la palabra:

-Creo que puedo daros una buena noticia. El azar hace que sea posible ayudaros de algún modo en un plazo relativamente corto, aunque por el momento, en aras de la discreción, prefiero no aclararos la forma, puesto que no quiero involucrar a terceras personas sin conocimiento de los interesados. Lo único que os pido es que os mantengáis a la expectativa, sin realizar movimiento alguno, hasta recibir noticias mías, lo que os prometo que ocurrirá en breve-

Pese a lo inconcreto de sus palabras, había algo en aquel hombre que inspiraba a creer que su promesa no caería en saco roto, y eso fue suficiente para que la actitud pesimista de todos los presentes cambiara drásticamente, y vislumbrasen una ligera esperanza de solución a sus problemas.

Álvaro decidió continuar escondido en el convento por prudencia. Pasaron varios días, y estaba llegando un momento en que no soporta la impaciencia por la incertidumbre de su situación, cuando recibió un aviso para que se presentase en la posada del irlandés.

Al llegar a la hostería, junto con el padre Molinero, se encontró con Malaspina y Torres acompañados de un desconocido. Se trataba de un hombre alto y delgado, de figura macilenta y áspera, semblante duro y rocoso surcado de líneas profundas que sugerían una vida llena de situaciones al límite, y rematado con una larga cabellera pelirroja. Su refinada elegancia en el vestir desentonaba con su rostro, curtido por el sol, y la mirada de sus expresivos ojos negros, cuya dureza denotaba el formidable carácter del personaje. Se lo presentaron como Lord Stanley Morrison, un noble británico, unido al conde de Bristol -que era quien le había enviado- por una gran amistad, aunque algo decía a Álvaro que esa no era su auténtica personalidad. Sin más explicaciones, Malaspina le pidió que relatase, con pelos y señales, todo lo acontecido desde su llegada a Galicia. El inglés escuchó con suma atención todos los pormenores que le iba relatando y la expresión del desconocido, inicialmente amable, fue tornándose sombría a medida que conocía los hechos, permaneciendo en silencio hasta finalizar el relato, momento en que le preguntó si sabía como pudieron identificar Richard Scott, circunstancia que Álvaro manifestó desconocer.

En ese momento, el extraño dio a conocer su verdadera identidad. Se trataba ni más ni menos, que del antiguo corsario Laurent Graff, apodado Lorencito por tierras caribeñas. Se autodefinió como uno de los piratas más sanguinarios que surcaron los mares. Se había enterado en Inglaterra, a través del conde de Bristol, de lo ocurrido con su amigo y lugarteniente Richard Scott y partió de inmediato hacia la Coruña tras reagrupar a una docena de los mejores hombres de su antigua tripulación y fletar una goleta.

Con una voz que denotaba claramente sus ansias de venganza, insistió en conocer la descripción física del inquisidor Quintanilla, que no solo se le dio pormenorizadamente, sino que Malaspina, haciendo gala de una gran habilidad como dibujante, la complementó con un retrato del fraile que pese a lo apurado de su confección, identificaba claramente sus rasgos, reflejando incluso el halo de maldad que irradiaba su mirada,

Graff, una vez que tuvo el retrato en su poder, se mantuvo observando largamente el rostro reflejado en el papel, Sus ojos centelleaban cuando dijo:

-¡Por todos los diablos del infierno: es él!-

-¿A quien se refiere usted?- Preguntó Álvaro

-Hablo del individuo más cruel y despiadado que tuve la desgracia de tener a mis órdenes. Ni más ni menos que a Teodoro Sánchez-

Aquella inesperada revelación hizo que se produjera un espeso silencio que duró unos instantes hasta quedar roto por Malaspina:

-Tiene que estar usted en un error. Se trata de un fraile dominico que ostenta el cargo de Gobernador de la inquisición en toda la región gallega-

El viejo pirata esbozó una amarga sonrisa y se tomó su tiempo antes de volver a hablar, como meditando su respuesta:

-Os voy a contar una historia que se inicia mucho tiempo atrás: En un pequeño pueblo de la costa vascongada vivía una familia compuesta por un matrimonio y su pequeño hijo. El padre era pescador y la madre costurera. Pese a tratarse de gente muy humilde, viendo que el hijo estaba dotado de una elevada inteligencia, decidieron sacrificarse y pagarle estudios, así que inició sus clases en un colegio de una ciudad próxima a su domicilio, aunque no llegó a consolidar sus conocimientos porque la desgracia se cebó en aquella familia cuando el muchacho tenía 14 años, al perecer su padre en un naufragio y carecer de medios para continuar los estudios, por lo que buscando una alternativa para seguir adquiriendo conocimientos, resolvió ingresar como novicio en el convento dominico de Burgos.

Allí estuvo durante siete u ocho años, hasta que tomó los hábitos y fue destinado al convento que la orden tiene en la ciudad de Leon. Durante los dos años siguientes todo transcurrió con normalidad, incluso estaban a punto de nombrarlo superior del propio convento tras el fallecimiento del titular en extrañas circunstancias –todo parece indicar que fue envenenado-. Ciertas sospechas –o tal vez certezas que por el buen nombre de la orden no convenía sacar a la luz- sobre la vinculación de Teodoro con el asesinato, hicieron que fuera expulsado de los dominicos y excomulgado.

A partir de entonces, anduvo durante un tiempo a salto de mata por diferentes pueblos y ciudades, dedicándose a actividades criminales, pasando a estar perseguido por la justicia por falsificación, estafa y asesinato, hasta que consiguió enrolarse en nuestro barco, que estaba fondeado en Cádiz preparando avíos para dirigirse al Caribe.

Durante tres años navegó bajo mis órdenes. No era un buen marinero, y su valor en combate era nulo, pero tenía otras virtudes tanto o más valiosas para nuestro oficio: era un estratega nato y muy astuto, como demostró en diversas escaramuzas, lo que le sirvió para ser nombrado mi lugarteniente, servicio que prestó a satisfacción hasta que un día ocurrió algo que hizo que toda la tripulación quedara conmocionada, aun tratándose de gente tan bregada como mis hombres y yo.

En cierta ocasión había unido mis fuerzas con las de otros dos corsarios, Grammont y Van Horne, para atacar la ciudad de Veracruz. Entre los tres logramos reunir once naves y un total de mil doscientos hombres con los que atacamos el puerto, que por aquel entonces estaba sin fortificar y contaba únicamente con dos baluartes, bajo la custodia de unos cuantos soldados que fueron muertos a puñaladas. Una vez que nos hicimos fuertes en la ciudad, reunimos a la población en la catedral y presionamos a los ricos de la localidad para obtener un rescate de dos millones de piezas de a ocho en oro. Aunque solo logramos cuatrocientos noventa mil, mis aliados y yo decidimos ordenar a nuestros hombres que no se cometiera abuso alguno con los ciudadanos. Para asegurarnos, implantamos el toque de queda entre la población y formamos varios grupos de hombres armados para constituir retenes de vigilancia nocturna, con objeto tanto para controlar a la población como para evitar desmanes de nuestras propias fuerzas, exaltados por la euforia y el alcohol.

Uno de estos retenes, mientras recorría la parte más humilde de la ciudad, oyó como del interior de una casa salían unos gemidos débiles, casi imperceptibles. Tras unos instantes de duda, y viendo que la puerta de la vivienda estaba entreabierta, se decidieron a entrar a ver que ocurría. Lo hicieron sigilosamente y con las armas preparadas. Nada más traspasar la entrada, quedaron horrorizados al encontrarse con el cadáver de una mujer mulata con la garganta abierta con un gran tajo y rodeada por un inmenso charco de sangre. Los gemidos, que continuaban, se localizaban tras una puerta cerrada. La abrieron con sumo cuidado y se encontraron con un espectáculo que, pese a tratarse de gente más que curtida en atrocidades, les dejó paralizados: sobre una cama, un hombre, con los pantalones bajados hasta las rodillas, estaba sodomizando a una criatura de apenas dos años. La reacción del grupo fue inmediata, separaron a aquella bestia de su víctima, y tras propinarle una monumental paliza que el jefe del grupo, a la sazón Richard Scott, evitó que fuese mortal, lo detuvieron y fue confinado en una celda en la prisión de la ciudad. El niño se encontraba, como es fácil suponer, en un estado lamentable, pero su vida no corría peligro. De todos modos, con su madre muerta, no podían dejarlo allí, así que uno de mis hombres se lo llevó al barco, para que lo curaran, y después ya se vería que hacían con él. En medio de la noche, fui avisado del incidente y me dirigí a la cárcel, donde pese al deterioro que presentaba su rostro por los golpes recibidos no tuve duda alguna en identificar a Sánchez. Lo curioso es que no me sorprendió que fuese capaz de un acto así. No dudé en ordenar su ejecución: al día siguiente sería ahorcado. Cuando escuchó su sentencia, no tuvo ni la valentía de asumirlo como un hombre, así que se dedicó a chillar como lo que era: una rata.

Pero la suerte estaba de su parte, porque todavía no había amanecido cuando tropas españolas procedentes de acuartelamientos próximos, reaccionando antes de lo que habíamos previsto, iniciaron un ataque por sorpresa que nos obligó a zarpar de inmediato dejando atrás numerosas bajas. Sánchez quedó ingresado en prisión y no volví a saber nada más de él, aunque no es difícil suponer, a la vista de los acontecimientos, que utilizó su innata habilidad para la intriga tejiendo alguna historia, con cambio de identidad incluido, en la que se convirtió en nuestra víctima, cosa por otra parte fácil de creer dada su situación de preso y apaleado por los piratas. De una u otra manera consiguió, por lo que se ve, retornar a España con su nueva identidad, y buscó acertadamente un oficio que estaba hecho a la medida para un personaje de sus características: el de inquisidor.

Nosotros, por nuestra parte, nos encontramos, eso sí, vivos y con el oro del botín a buen recaudo, pues previsoramente lo habíamos embarcado nada mas hacernos con el rescate, pero con un problema importante: teníamos un niño de dos años a bordo, y no sabíamos que hacer con él, así que decidí esperar a desembarcar para buscarle un nuevo hogar, cosa que no sería difícil de conseguir a cambio de dar un buen dinero a sus nuevos benefactores. Sin embargo, el tiempo fue pasando sin que lograse resolver el asunto, y tanto la tripulación como yo mismo nos fuimos encariñando con el chiquillo, a quien bautizamos como Esteban, y decidí finalmente que se quedase con nosotros. Hoy tiene 27 años y desde hace 25 se ha convertido en mi hijo. En este momento está cerca de aquí, en el barco que nos trajo a este puerto, y a buen seguro que, en cuanto conozca la verdadera identidad del inquisidor, estará ansioso por reencontrarse con él-

Esa misma noche, en medio de la intensa niebla que circundaba la península de Cayón, una goleta enfilaba el canal de entrada al puerto y atracaba en el muelle. Un total de catorce hombres saltaron a tierra y subieron la cuesta que conducía a la plaza del pueblo. Iban embozados y armados hasta los dientes y actuaban en completo silencio y con el mayor de los sigilos. Antes de incorporarse a la plaza, uno de ellos, que no era otro que Álvaro de Mendoza, señaló un angosto callejón como camino alternativo, que llegaba a la parte trasera del palacio de Grajal. Rodearon el edificio con cautela, y viendo que la puerta principal estaba vigilada por un solo centinela, apenas les costó trabajo desarmarlo sin que profiriese grito de alarma alguno. Con idéntica facilidad, tras acceder al dormitorio de la tropa, consiguieron neutralizar al resto de la guarnición, un total de quince hombres que se hallaban descansando y fueron sorprendidos sin tiempo a reaccionar y confinados en uno de los calabozos. Dos de los asaltantes se quedaron vigilando para evitar cualquier intento de huida, y los restantes, tras obligar a desnudarse a cuatro de los soldados y vestirse con los uniformes otros tantos de los desconocidos, abandonaron el edificio con el mismo sigilo con el que había entrado, y cruzando la plaza dirigieron sus pasos hacia el convento. Al llegar al portón de entrada, hicieron sonar la aldaba, y a los pocos minutos oyeron una somnolienta voz:

-¿Quién va a estas horas?-

-A la paz de Dios. Traigo un mensaje urgente para fray Bartolomé Quintanilla-

Tras abrir una mirilla y ver a varios soldados de la guarnición del palacio de Grajal, se oyó como se descorrían perezosamente los chirriantes cerrojos, y la puerta fue franqueada.

Una leve presión con la punta de un afilado cuchillo en la garganta del fraile que abrió, y unas suaves palabras a su oído sobre las intenciones de los recién llegados, fueron argumentos suficientes para que el infeliz religioso se mantuviese callado como una tumba.

-Condúcenos a los aposentos de Bartolomé Quintanilla- le dijo el hombre que manejaba el puñal.

El agustino precedió a los intrusos a través de un largo pasillo, y se detuvo ante una puerta que permanecía cerrada. Una vez allí, uno de los hombres le acompañó de regreso a la celda donde dormía y se quedó vigilándole para que no diese la alerta.

Dos de los uniformados asieron a Álvaro por los brazos y llamaron quedamente a la puerta, mientras los otros dos presuntos soldados estaban tras ellos y los restantes miembros del grupo se alejaron hasta quedar ocultos en la oscuridad del pasillo.

Una somnolienta voz se oyó procedente del otro lado de la puerta:

-¿Quién osa molestarme a estas horas? espero que la disculpa sea buena-

-Reverendo padre, somos la guardia del palacio, y traemos un prisionero que encontramos rondando cerca de aquí. Creemos que os interesará saber de quien se trata-

Se sintió como se descorría un cerrojo y la figura de Quintanilla, vestido con un camisón de dormir, apareció en el marco de la puerta.

Una malévola sonrisa iluminó su rostro al reconocer a Álvaro:

-Vaya, vaya. Parece que el mirlo regresó a su jaula. Pero esta vez va a ser la definitiva. Llevadlo a la prisión y que lo interroguen. Si no dice nada hasta el amanecer, colgadlo, pero antes que prueben con él todos los “argumentos” posibles-

Esperó a que los guardias se llevaran al prisionero, pero como éstos no se movían, insistió:

-¿es que no me habéis oído?-

De repente, de la oscuridad del pasillo surgieron dos figuras. Una era la de un joven mulato que miraba al sorprendido inquisidor con ojos brillantes y una extraña sonrisa. Le acompañaba un hombre de mucha edad, alto y también sonriente. Al reconocer a este último, la expresión de sorpresa de Quintanilla se trocó en pánico. Su rostro estaba tan blanco como la cera.


- Hola, Sánchez, ¿no saludas a un viejo amigo?-

El dominico intentó hablar, pero su boca se había secado y se negaba a articular palabra alguna. Su desesperación le indujo a intentar una huida por sorpresa abriéndose paso entre los visitantes, pero un fuerte puñetazo en su cuello propinado por el mulato dio con sus huesos en el suelo. Un fuerte dolor le dejó paralizado y quejumbroso.

El de mayor edad volvió a tomar la palabra.

-Lamento que hayas enfadado a Esteban. Probablemente se sintió ofendido por tu falta de delicadeza al intentar abandonarnos tan rápidamente después de más de 25 años sin verte, aunque claro, entiendo tu despiste con respecto a él, porque en la época en que lo conociste tenía dos años y además, estabas demasiado ocupado matando a su madre y violándolo para fijarte en su fisonomía-

El rostro del inquisidor se había tornado ceniciento. Era incapaz de articular palabra. El viejo pirata continuó:

-Te voy a explicar tu situación actual: estás sentenciado a muerte, y eso es inevitable, pero de ti depende la forma en que vas a morir; puede ser más o menos dolorosa –tú mejor que nadie sabe lo que es la tortura-, y el modo de conseguir alivio es que redactes un escrito confesando todo el daño que has hecho durante tu asquerosa vida-

-¡Eso nunca!- consiguió decir el fraile

Esteban, con rapidez y habilidad sorprendentes, sacó un puñal y de un solo tajo cercenó la oreja izquierda de Quintanilla. El apéndice cayó al suelo y de la herida comenzó a manar sangre en abundancia.

Cuando los primeros albores del día comenzaban a despuntar, los vecinos más madrugadores de Cayón se toparon con un pequeño charco de sangre junto a la iglesia. Nadie fue capaz de identificar su origen hasta que a alguien se le ocurrió levantar la cabeza y comprobó horrorizado como un cadáver vestido con hábitos blancos colgaba por el cuello de una cuerda desde lo alto del campanario. Por si el impresionante aspecto del muerto -con los ojos salidos de sus órbitas y la lengua amoratada asomando entre sus labios entreabiertos- fuera poco, vieron que las dos orejas le habían sido amputadas.

Un lugareño corrió presto a avisar a la guarnición del palacio, pero se encontró con que los responsables de la guardia no ocupaban sus puestos. Posteriormente se comprobó que todos ellos estaban encerrados en una de las mazmorras. Algo similar ocurrió con los agustinos del convento: el fraile que hacía las funciones de portero estaba atado y amordazado en su celda, mientras el resto de la comunidad religiosa dormía plácidamente sin haberse enterado en absoluto de los dramáticos acontecimientos acaecidos durante la noche a pocos pasos de donde descansaban.

Cuando finalmente se consiguió, con grandes esfuerzos, recuperar el cadáver, comprobaron que de uno de los bolsillos del hábito sobresalía un trozo de papel. Se trataba de un escrito dirigido al cardenal arzobispo de Compostela. Pese a ello, uno de los presentes, el más osado, no pudo resistir la tentación de leerlo. El texto estaba firmado por alguien llamado Laurent Graff, y contaba una historia sobre un siniestro personaje que, según aclaraba al final de la carta, se trataba ni más ni menos que del muerto. Los presentes no dudaron ni un instante que aquello no se trataba de un asesinato, sino de una ejecución.

Mientras esto sucedía, una goleta arribaba al puerto de La Coruña para desembarcar a un pasajero agotado y maltrecho, pero tremendamente aliviado, y volvía a zarpar, esta vez rumbo a Inglaterra, con un extraño botín: atadas con hilo de pesca, dos orejas humanas colgaban del mascarón de proa de la nave.

Álvaro recorrió cansinamente la escasa distancia que había entre el muelle de atraque y la posada de O’Brien. Allí fue recibido por Malaspina y Torres, que habían pasado expectantes la noche en vela a la espera de noticias sobre la incursión. Pese a que el agotamiento apenas le permitía permanecer en pie, los puso al corriente detalladamente de los escabrosos acontecimientos sucedidos durante la noche y vio como ambos respiraban con profundo alivio. –Muerto el perro se acabó la rabia- sentenció finalmente Diego de Torres, a lo que Malaspina añadió: -si realmente tras la muerte hay un ajuste de cuentas en relación con los actos que se realizaron en vida, Bartolomé Quintanilla lo tiene que estar pasando muy mal-

Después, Álvaro pidió una habitación al irlandés y cayó en un profundo sueño nada más entrar en contacto con las sábanas.

Al día siguiente, en el palacio arzobispal de Santiago, el cardenal concertó una reunión con los representantes de las más altas instancias del santo oficio en Galicia. En dicho cónclave, el prelado comunicó a los asombrados presentes la muerte de Quintanilla y las terribles circunstancias de la misma, y a continuación dio lectura a la misiva que se encontró entre las ropas del cadáver. No hubo oposición alguna a su propuesta de que un asunto tan turbio como aquel debía permanecer en el más absoluto de los secretos, en aras de preservar la buena imagen tanto de la iglesia como de la institución inquisitorial, que no saldrían bien paradas si se aireaba.

Decidieron, pues, dar sepultura al fallecido con la mayor discreción en una tumba anónima, y enterrar con él aquella siniestra historia.

Así se lo hizo saber el arzobispo al abad de la colegiata de Santa María a través de un emisario que le visitó ex profeso. Cuando Diego de Torres comunicó la buena nueva a Álvaro, éste sintió que volvía a nacer. Aquella pesadilla había terminado definitivamente.

CAPITULO XX
EL ESCONDITE DEL ORO

Exultante, partió con celeridad hacia la península de la torre de Hércules en búsqueda de Elisa, a quien no había vuelto a ver desde su secuestro, hacía ya unos dos meses, aunque ella, a través de su hermano, se había mantenido informada del rescate, pero por razones de seguridad no había vuelto a saber nada de él desde su liberación. El reencuentro fue profundamente emotivo. Durante la visita, que se prolongó hasta bien entrada la noche, volvieron a planificar su boda, interrumpida por aquellos dramáticos acontecimientos.


Dos semanas después se celebraron los esponsales. El padre Molinero bendijo la unión en la iglesia de la Orden Tercera. Alrededor de una treintena de convidados, entre los que se encontraban todos los compañeros de correrías de Álvaro en los últimos tiempos, así como la familia de Fidel, y también sus restantes compañeros del viaje desde Madrid, Juan y Modesto, llegados de Malpica y Santiago respectivamente para asistir al acontecimiento.

Tras la ceremonia, se celebró un grandioso banquete en la posada del irlandés, quien se esmeró especialmente en que todo saliera a la perfección. En el menú se incluyeron toda suerte de mariscos, pescados y carnes, preparados tanto al modo tradicional como de cualquier forma imaginable, y regados por los mejores caldos de la región. Todo ello se fue consumiendo inexorablemente en los diferentes almuerzos y cenas que se celebraron durante los tres días que duró el inmenso ágape por parte de los invitados, pues los novios, ávidos de intimidad, abandonaron el convite la primera noche, en cuanto tuvieron oportunidad.

Álvaro y su flamante esposa fijaron su residencia en Cayón, a donde se trasladaron al día siguiente del enlace matrimonial.

Holgaron durante los primeros días de su nuevo estado. Se iniciaba la primavera y Álvaro se sentía dichoso mostrando a su esposa aquellos bellos parajes mientras daban largos paseos a caballo.

Más adelante, ya adaptados a esa situación, comenzaron a plantearse definitivamente su vida futura. Elisa se hizo cargo de la casa, contando con la inestimable ayuda de Manuela para superar su inexperiencia en las tareas domésticas, en tanto que él se dedicaría a la administración de sus fincas, con la colaboración de dos caseros encargados de las labores de labradío, bajo la supervisión de Pascual.

Transcurrieron así varios meses, en los que todo iba saliendo a pedir de boca. La adaptación de Elisa al pueblo era perfecta, y las tierras estaban a punto de dar sus frutos, que se preveían inmejorables.

No habían perdido el contacto con sus amigos, quienes les frecuentaban con asiduidad. Todos excepto Alessandro Malaspina y Diego de Torres, puesto que el primero les visitó un buen día para despedirse antes de partir hacia Italia, donde tenía previsto asentarse definitivamente, al haber recibido un ofrecimiento para ejercer el magisterio en la Orden de Malta, y Torres fue ordenado sacerdote en la Colegiata de Santa María, ceremonia a la que asistieron Álvaro y su esposa, y posteriormente fue destinado a una parroquia en tierras salmantinas.

Un hermoso día del mes de julio, Álvaro y Pascual estaban dando un largo paseo a pie recorriendo las fincas para calibrar la situación de cada una de ellas, en calidad de propietario y capataz, respectivamente.

-Bueno, parece que la cosa marcha –dijo Álvaro -¿nos queda alguna por ver?-

-Únicamente el monte que te enseñé hace algún tiempo ¿recuerdas?, pero allí no compensa plantar, porque eso no da nada-

Al escuchar esa última frase, algo hizo saltar una alerta en el subconsciente de Álvaro, aunque fue incapaz de discernir los motivos de aquel pálpito.

No obstante, durante todo el día estuvo rumiando la frase de Pascual, hasta que de repente vio la luz.

-Claro, pero como diantre he podido ser tan imbécil. Durante todo este tiempo lo he tenido delante de mis narices y nunca fui capaz de comprenderlo:

¡LO QUE NO DA NADA LO TIENE TODO!

Ahora ya sé, sin lugar a dudas, donde se halla escondido el tesoro-


Al día siguiente, muy de mañana, preparó su montura y subió la empinada cuesta hasta culminar el Outeiro. El día era radiante, y no resistió la tentación de disfrutar un rato de la panorámica que se divisaba desde la cima. Desmontó, buscó una piedra plana donde sentarse y miró hacia abajo.
En primer término, la amalgama de distintas tonalidades formada por hojas y arbustos que tapaban parcialmente el paisaje, formando una especie de velo verde que lo hacía, si cabe, más hermoso, y allá a lo lejos se divisaba la playa de Salseiras con el pueblo al fondo, rodeado de un mar azul y apacible. Aquello era un regalo para la vista, y en su caso, un bálsamo para el corazón.

Tras disfrutar un rato de todo aquello, continuó camino. La zona era boscosa, y la naturaleza se mostraba allí en su máximo esplendor. Los bulliciosos trinos de los pájaros eran un agasajo para el oído. Un poco más adelante, comenzó a sentir un pequeño rumor que fue aumentando de intensidad mientras avanzaba hasta convertirse en el potente rugido de un torrente, que permanecía completamente oculto por el agreste ramaje que crecía a sus orillas. A lo alto divisó un águila planeando majestuosa mientras escrutaba el terreno a la búsqueda de algún gazapo que le sirviese de almuerzo. Los más agradables olores generados por aquel verde regalo se entremezclaban. Daban ganas de quedarse allí para siempre.

Pese a que solo había estado una vez en aquellos contornos, el trozo de monte que le pertenecía fue fácilmente identificado. En medio de aquellas arboledas de pinos y carballos había una gran superficie completamente cubierta por tojos de enorme tamaño. Aquello realmente no servía para nada.

Estuvo deambulando un rato por aquel paraje. Allá abajo, se oía el murmullo del agua discurrir por el torrente, y, tras atar su caballo a un árbol, se dirigió caminando hacia allí por un lateral de la propiedad, ya que por el interior era prácticamente imposible el tránsito. Descendió observando el terreno, tratando de apreciar algún indicio que le diese una pista sobre lo que buscaba, pero lo único que se veía era vegetación salvaje, a excepción de una gran piedra que había en medio del monte. Llegó al fondo, y al borde del arrollo se topó con una pequeña edificación a la que faltaba poco para el derrumbe, y estaba casi cubierta por la vegetación, que parecía devorarla. Se percató de que se trataba de un viejo molino abandonado.

Avanzó hacia la maltrecha edificación. La vetusta puerta de madera estaba entreabierta. La empujó, con cierto esfuerzo para vencer la resistencia de sus oxidados goznes. Su interior estaba en penumbras –la única claridad procedía de un pequeño ventanuco que había en la parte posterior del recinto. De repente, algo se movió a sus pies y pasó con rapidez rozándole ligeramente la pernera del pantalón, en dirección a la puerta. Inicialmente creyó que era una rata, pero a la claridad de la entrada comprobó que se trataba de una ardilla, que se paró un instante en el umbral mirándole con actitud desafiante, como censurándole aquella invasión de su intimidad, y luego desapareció.

Poco a poco sus ojos se fueron adaptando a la penumbra, y consiguió distinguir en el centro de la estancia una artesa de madera sobre la que, entre el polvo y las telarañas, se observaba un candelabro con un cirio casi consumido. Lo limpió con la mano, y echando mano de los fósforos que siempre llevaba consigo, encendió la vela. No había allí nada más que la artesa, así que dedicó al viejo mueble su atención. Levantó la tapa y a la luz de la vela pudo comprobar los objetos que había en su interior, desde sacos hasta aperos de labranza, pasando por diferentes piezas de ropa muy deterioradas, y hasta unas botas viejas. Al fondo distinguió una caja de madera de pequeño tamaño. Levantó la tapa y comprobó que su único contenido era una hoja de papel amarillento doblada.

Abrió cuidadosamente la hoja de papel, muy deteriorada por la humedad, y comprobó que en ella había escrita una única frase:

LO QUE BUSCAS LO HALLARÁS BAJO LA GRAN PIEDRA

Pese a estar en castellano, se percató al instante de que aquello estaba escrito por la misma mano que había trazado la frase en inglés, y así lo verificó, pues previsoramente llevaba encima el documento hallado en el secreter de su casa.

De inmediato acudió a la mente de Álvaro la enorme piedra que había visto en el medio de su propiedad mientras descendía hacia el torrente. Tenía que ser allí.

Salió del molino y retornó camino arriba. Al llegar a la altura del pedregal se dio cuenta de la inmensa dificultad de acceder hasta él sin ayuda; los troncos de tojo eran enormes y formaban un espeso baluarte que imposibilitaba el paso. Aun así lo intentó, pero sendos arañazos de los espinos le convencieron de que se enfrentaba a una tarea ardua y completamente inútil.

Retrocedió hasta el sendero y se sentó sobre una piedra a descansar. Los pinchazos que había recibido no eran graves al estar amortiguados por sus ropas, pero sí muy dolorosos. Restañó como pudo la sangre con un pañuelo, y trató de no darle más importancia, intentando pensar en una forma de acceso.

Aquella era una más de las innumerables dificultades que había padecido en los últimos tiempos, y de inmediato le vino a la memoria la forma con la que había superado las anteriores: siempre con la ayuda de sus amigos.

-que idiota eres- se dijo –tienes todo el apoyo que puede tener una persona y te empecinas en hacer las cosas tú solo-

Y sin más se dirigió a su cabalgadura y tomó rumbo hacia la casa de su amigo Fidel.

Cuando llegó rayaba el mediodía. Accedió por el portalón, provocando los ladridos del perro guardián, que alertaron a los ocupantes de la casa, la madre de Fidel y los dos gemelos, que le recibieron con claros signos de bienvenida. La mujer le explicó que su marido, hijos y nuera se encontraban trabajando la tierra en una finca cercana, y ella se había quedado a cuidar a los niños y a preparar la comida, circunstancia que se evidenciaba por el suculento aroma procedente de la cocina. Estaban a punto de regresar, así que le invitó a esperarles para almorzar todos juntos, cosa que a Álvaro no le costó demasiado esfuerzo aceptar. Estaba hambriento.

Efectivamente, al poco rato el chirrido de los ejes de un carro de bueyes anunció la presencia del resto de la familia, que se sorprendió gratamente de encontrarle allí.

Sin muchos preámbulos se sentaron a la mesa, muy cerca del humeante puchero que emanaba aquel agradable aroma, y pronto estaban atacando con ahínco el espléndido y abundante cocido que allí se había gestado. Álvaro decidió acertadamente dejar para la sobremesa la explicación sobre el verdadero motivo de su visita.

Mientras degustaban unas copas de caña para asentar la comida en el cuerpo, les explicó todo lo relativo a su búsqueda y, tal y como suponía, toda la familia le ofreció su colaboración de forma desinteresada dando síntomas, eso sí, de que no estaban muy convencidos de la existencia del tesoro. Acordaron encontrarse al alba del día siguiente frente a la ermita de los Milagros.

A media tarde partió de nuevo hacia Cayón, y al llegar se fue directamente a casa de Pascual, a quien explicó asimismo lo que tenía en proyecto, y éste también se brindó a ayudarle.

Aun no había amanecido cuando ambos partieron hacia el lugar concertado con Fidel y su hermano, quienes, sentados sobre su carro de bueyes, ya les estaban aguardando a su llegada, pertrechados con herramientas –hachas, hoces y un pequeño serrucho- para la tala de los tojos.

Siguieron camino hacia la propiedad, a la que llegaron al poco tiempo, y tras desmontar y dejar a buen recaudo el carro y las monturas, descendieron por el estrecho sendero por el que lo había hecho él el día anterior, y que ante su sorpresa le explicaron que se trataba de un camino de paso de jabalíes.

Pronto llegaron a la altura de la gran piedra. Entre los cuatro, con bastante esfuerzo, fueron abriendo camino poco a poco hasta alcanzar su objetivo. Cuando se vieron ante ella, comprobaron que era una masa granítica de enorme tamaño, encastrada en la tierra. Era imposible que alguien hubiera podido moverla para esconder algo debajo, y sin embargo todo parecía indicar que el papel hallado en el molino hacía referencia a aquella mole, porque no existía nada parecido en los alrededores, tal y como Álvaro había comprobado y sus acompañantes, expertos conocedores de la zona, coincidían en tal apreciación.

Con objeto de explorar las proximidades de la roca, continuaron limpiando la maleza. Les llevó su tiempo y esfuerzo, pero finalmente lograron formar un gran claro a su alrededor. En uno de los bordes había una piedra redonda de tamaño mucho más pequeño, con un diámetro de parecidas dimensiones a las de un hombre adulto. No encajaba con la descripción de la clave escrita en el papel, pero aun así decidieron probar a intentar levantarla. Entre los cuatro escarbaron la tierra que había a su alrededor para buscar un punto de agarre. La tierra estaba húmeda, lo que les ayudó a hacerlo sin gran esfuerzo. Intentaron elevarla conjuntamente, pero el peso era demasiado elevado para conseguir moverla. Fidel, un hombre de recursos, recordó la pareja de bueyes que tiraban del carro, y consideró que podría servir de ayuda, así que junto con su hermano se acercó hasta donde estaban, regresando con ellos al poco rato.

Tras rodear la losa con una maroma de la que disponían, ataron ésta a los bueyes y los azuzaron, pero no lograron su objetivo: la piedra no se desplazó ni un ápice. Estuvieron pensando en utilizar una estrategia diferente, y finalmente optaron por seguir escarbando hasta alcanzar mayor profundidad en torno a la losa para liberarla de la presión de la tierra que la rodeaba.

Tras arduos esfuerzos vieron esperanzados como un pequeño hueco se abría en uno de los laterales. Debajo solo había vacío. Introdujeron un tronco de tojo por el orificio y al comprobar que debajo había una profundidad considerable, se dieron cuenta de que estaban en el buen camino.

Tratando de combinar la fuerza de las bestias con la habilidad, decidieron volver a intentarlo: mientras Pascual, el más viejo de los cuatro, se encargaba de azuzar de nuevo a los animales, los otros tres hacían palanca con el tronco introducido bajo la piedra; poco a poco y con ímprobos esfuerzos, ésta se fue desplazando a ras de tierra, dejando a la vista una pequeña cueva oscura como la boca del lobo.

Pese a la claridad del día, allí dentro no se distinguía absolutamente nada. Álvaro recordó el candelabro del molino y fue a buscarlo.

Al regresar, prendió la vela, se tumbó en el suelo al borde de la oquedad, y con la claridad de la luz vio ante sí un hueco que se iba ensanchando en dirección a la gran roca, formando una especie de galería subterránea en ligero descenso. Aquello no era obra de la naturaleza; la regularidad de las paredes revelaba que la construcción del túnel estaba hecha por el hombre, y no por uno solo, dado el esfuerzo que requería. Incluso a la entrada se habían tallado varios escalones, muy toscos pero perfectamente válidos para acceder cómodamente al interior.

El primero en entrar fue el propio Álvaro, portando el candelabro. Descendió los ocho escalones con sumo cuidado y esperó el descenso de sus compañeros alumbrándoles el camino.

La iluminación del candelabro era muy tenue, por lo que tuvieron que avanzar con lentitud, cuidando de no tropezar, dada la irregularidad del suelo.

No tardaron en alcanzar el subsuelo de la gran roca, que hacía que el techo de la caverna descendiese, obligándoles a continuar ligeramente agachados, aunque por poco tiempo, porque allí mismo, en un rincón, distinguieron los cofres. Eran tres, y no estaban cerrados con llave.

Alzaron la tapa del primero, y lo que vieron en su interior les dejó maravillados: A la débil luz de la vela pudieron distinguir a primera vista monedas y lingotes de oro que casi rebosaban su capacidad. Vaciaron parte de la carga del cofre y aparecieron además diversas joyas engarzadas en perlas y esmeraldas, así como parte de una vajilla de plata. Los otros dos cofres tenían similar contenido. No era una leyenda. Estaban ante uno de los mayores botines obtenidos por un pirata.

No se pararon mucho a pensar en lo que allí había. Era necesario ponerlo a buen recaudo a la mayor brevedad. Con gran decisión consiguieron arrastrar los baúles hasta la entrada de la cueva, y posteriormente lograron izarlos con la ayuda de los bueyes. Aun tuvieron que hacer un último esfuerzo para arrastrarlos hasta donde estaba el carro y subirlos a él.

Pasaba del mediodía cuando cansados y hambrientos, pero tremendamente satisfechos, entraron en la plaza de Cayón, con los cofres discretamente tapados con sacos de arpillera.

Los introdujeron en casa de Álvaro por la parte trasera, dejándolos a buen recaudo en el interior de la bodega, antes de asearse y devorar con gran apetito la comida que les preparó Elisa.

Más tarde, Álvaro comunicó a sus compañeros su decisión de compartir el oro con ellos, algo que no fue aceptado. Solo consiguió que se llevaran tres pequeñas bolsas llenas de monedas. Por mucho que les insistió no admitieron nada más, al considerar que era más que suficiente para levantar definitivamente sus economías, especialmente las de los dos hermanos, que ya no tendrían que separarse de su familia para buscarse la vida fuera de su entorno.

A primera hora del día siguiente, Álvaro partió a caballo hacia La Coruña con sus alforjas bien repletas, aunque el grueso de la fortuna recién descubierta permanecía guardado en su casa.

A su llegada a la ciudad, tras negociar la adquisición de un carruaje para hacer viable el traslado del resto de su caudal, se puso en contacto con el banquero en quien ya había confiado anteriormente a instancias de Malaspina. Le entregó todo lo que llevaba encima, encargándole transformarlo en dinero de curso legal, y entregárselo al padre Molinero, para que lo destinase a las obras de caridad que considerase oportunas.

Pocos días más tarde, con todas las gestiones ultimadas, Álvaro de Mendoza y Núñez de Ayala podía considerarse uno de los hombres más ricos del país. Un hombre, además, inmensamente feliz, al que si algo faltaba, lo obtuvo en uno de aquellos días mágicos, cuando recibió la noticia de que Elisa iba a ser madre. En ese mismo instante, tomó una decisión en firme, que ya venía madurando en su subconsciente desde hacía tiempo: nunca más regresaría a Madrid. No le sacarían de donde estaba ni con los pies por delante.

Se miró al espejo. Aun no había transcurrido un año desde su partida de Madrid, pero el reflejo de su imagen le hizo percibir que había envejecido. Las cicatrices de su cuerpo, y sobre todo las de su alma, habían modificado su aspecto, pero se encontraba extrañamente bien.

El anuncio de su próxima paternidad le hacía sentir tan pleno como si hubiera puesto la primera piedra de una dinastía, la de los Mendoza, y aunque con el paso de los días todo aquello se quedase en música celestial ¿a que más podía aspirar él -que había sido hasta hacía poco tiempo un ser mundano, desencantado e insensible- que a vivir al calor de aquel fuego que lo había transformado en un hombre activo, diligente y útil?

Aquel portentoso milagro se lo debía al destino, sí, pero también a las personas que habían creído en él y le habían prestado su apoyo aún en los instantes más dramáticos que le había tocado vivir, y también a aquella compañera que la diosa fortuna había puesto en sus brazos, y ¿Qué mejor nido que aquel pueblecito recóndito en que tan cercanos se veían, se sentían y se admiraban los prodigios de la naturaleza y la omnipotencia de su Creador?









SEGUNDA PARTE
LOS CAMINOS DEL MAR


















CAPITULO I
LA INFANCIA DE ALEJANDRO


El 23 de abril de 1747, Elisa, acompañada de su inseparable Manuela, regresaba de un paseo por los alrededores del pueblo, cuando se sintió repentinamente indispuesta. Pocas horas después, con la colaboración de una vecina que solía hacer las veces de comadrona, un niño varón veía sus primeras luces.

Álvaro, que mientras transcurría el parto había estado acompañado de Pascual en la antesala de la habitación, incapaz de aplacar el manojo de nervios en que se había convertido, tras el feliz acontecimiento estaba exultante. Hacía casi nueve meses que sabía de su próxima paternidad, pero no contaba con la sensación de plenitud que le invadió cuando el hecho se produjo.

Casi simultáneamente, a poca distancia de allí, se producía un suceso idéntico, pues la condesa de Grajal alumbraba otra criatura, en este caso una niña.

Ambos acontecimientos, al ser protagonizados por personas de renombre –el señor de aquellos contornos y la persona económicamente más pudiente- alteraron la convivencia durante un tiempo.

El bautizo del niño se pospuso durante unos meses, puesto que Álvaro había estado madurando la idea de que su amigo Alessandro Malaspina ejerciese de padrino. Tras comunicárselo y aceptar éste, hubo que esperar hasta que las obligaciones del italiano le permitieron realizar el viaje.

La ceremonia, en la que el niño recibió el nombre de Alejandro en honor a su padrino, se celebró en Cayón, siendo oficiada por el padre Molinero, superior de los Padres Franciscanos de La Coruña, que ya había unido a los padres en matrimonio, y fue seguida por un gran convite en el que participaron todos los amigos de Álvaro, así como los familiares de su esposa.

Transcurrieron unos años de placentera vida familiar para los Mendoza. El que más disfrutaba de ella era Álvaro, que mientras veía como su hijo iba creciendo recordaba los sobresaltos y sinsabores que había padecido en otros tiempos.

Cuando Alejandro cumplió los seis años, sus padres consideraron que era el momento de iniciar su preparación escolar. En evitación de tener que desplazar su residencia a La Coruña, consiguieron hacerse con los servicios de un preceptor, el agustino Fray Felipe, que en poco tiempo logró que el niño, muy despierto, supiera leer y escribir, e incluso alcanzara ciertas nociones básicas de aritmética. En esos menesteres, Alejandro conoció a Mercedes, de su misma edad, hija de los condes de Grajal, con quien compartió aula en su educación primaria. Al mismo tiempo, su padre se preocupaba de instruirle en otras artes ajenas a la formación académica, enseñándole las primeras nociones de esgrima, equitación, e incluso a pelear cuerpo a cuerpo. Pronto se fue revelando, pese a su corta edad, como un alumno aventajado en estas actividades.

Aun no había cumplido los siete años cuando ya sabía montar a caballo con soltura, y a los ocho, dominaba con bastante destreza la técnica de la esgrima. Al propio tiempo, la influencia del entorno marinero en el que vivía, hizo que cultivase una gran querencia por todo lo concerniente al mar, siendo conocedor gracias a las enseñanzas de los pescadores, cuya compañía siempre buscaba, de algunas artes para la pesca y el marisqueo, para lo que estaba dotado de habilidad y paciencia, las mejores armas del pescador.

A veces, cuando el mar estaba calmo, Fidel, el amigo de su padre, les llevaba a los dos junto con sus hijos gemelos, tres años mayores que Alejandro, en un pequeño velero que había adquirido; salían los cinco al mar, a largar trasmallos o nasas que posteriormente recogían con fructíferos resultados, todo ello con el más absoluto desconocimiento de Elisa, cuyo instinto de protección maternal le hubiera impedido ser comprensiva acerca de aquellas escaramuzas marítimas, pese a que no entrañaban peligro alguno.

Solo una cosa conseguía romper la profunda atracción que Alejandro sentía por el mar: la presencia de Mercedes, su compañera de estudios, que cuando estaba cerca conseguía que se olvidase de cualquier otra cosa. Era una niña rubia y con un rostro particularmente hermoso, que tampoco escapaba de la atracción que sentía por su amigo, pese a la temprana edad de ambos, y en cuanto éste aparecía abandonaba los juegos con otras niñas de su edad para acercarse a él, ante la preocupada mirada del aya que la custodiaba.

Y así fue pasando el tiempo. Los Mendoza se habían adaptado a la vida del pueblo y constituían una familia feliz. Solo abandonaban su casa para residir durante pequeñas temporadas en un pequeño palacete que Álvaro había comprado en La Coruña, en pleno barrio de la Pescadería, aunque muy cercano a la Puerta Real, frontera con la Ciudad Alta. Estas estancias eran aprovechadas para que Elisa pasara el tiempo con sus familiares y Álvaro con sus amistades, cuyo círculo se había ido ampliando con el tiempo.

Aquel aciago día de 1758, Cayón amaneció con un cielo plomizo que presagiaba tormenta. El mar, que inicialmente permanecía calmado, fue embraveciéndose poco a poco, mientras negros nubarrones procedentes del suroeste iban oscureciendo paulatinamente la luz del día.

Hacia el mediodía, el temporal de agua y viento era intenso y el mar se había tornado completamente blanco alrededor de la pequeña península.

Nadie se atrevía a salir de su casa, hasta que el insolente sonido de una bojina*, sobreponiéndose al ulular del viento y al traqueteo de la intensa lluvia, penetró en los hogares de Cayón.

Sonaba con insistencia, tanta que los vecinos de la plaza se asomaron a las ventanas y vieron que procedía de la puerta de la iglesia.

Aquello no podía ser otra cosa que una emergencia, así que la gente, desafiando a los elementos, salió de sus casas y se dirigió hacia el hombre que soplaba la caracola para enterarse de lo que ocurría. La realidad superaba las peores expectativas. En la boca del puerto, junto a la roca denominada la Pinasa, una pequeña embarcación pesquera ocupada por cuatro tripulantes, estaba haciendo agua. El velero se iba a pique irremisiblemente, y con él sus hombres.

Todo el gentío que se había reunido alrededor del pregonero dirigió sus pasos hacia la punta del muelle. Álvaro iba entre ellos. El panorama que se encontraron al llegar era desalentador. Los cuatro tripulantes, Xan de Queo, Anibal Vieites, Teodoro do Melrón y el patrón, Ramiro da Imende, hacían esfuerzos titánicos pero completamente inútiles por achicar el agua que entraba en la embarcación. Hasta la cubierta estaba inundada. Aquello se hundía sin remedio, y la furia del océano hacía inviable cualquier atisbo de salvación.

Los náufragos estaban a poca distancia de tierra. A Álvaro se le ocurrió que la única posibilidad estribaba en hacerles llegar un cabo desde el muelle, pero el lanzamiento era imposible. Incluso en circunstancias más benignas, la cuerda jamás alcanzaría la embarcación.

Cerca de donde él estaba había un bote varado en tierra. Sin pensárselo dos veces, arrojó la pequeña chalupa al agua y saltó sobre ella. Pidió a los de tierra que le arrojasen el cabo más largo que encontraran. Aun sin entender de todo su petición, alguien lo logró y le lanzó uno de los extremos de la cuerda. Cuando la recogió, la ató a una anilla que había en la proa y se puso a bogar desaforadamente en dirección al velero en apuros.

El gentío que abarrotaba el muelle se santiguaba. Aquel hombre era realmente valiente o estaba loco.

La fuerza del mar jugueteaba con el bote, que apenas avanzaba, y las fuerzas de Álvaro se iban debilitando. Nadie creía que llegaría, pero finalmente llegó. Apenas le quedaban fuerzas para lanzar el cabo a los tripulantes de la embarcación, pero tras varios intentos infructuosos consiguió hacérselo llegar. Uno a uno, los marineros fueron atándose la cuerda a su cintura, y sin pensárselo, todos ellos se arrojaron al agua.

Desde tierra más de veinte hombres comenzaron a tirar del otro extremo de la cuerda, y no tardaron en arrastrar a los cuatro tripulantes hasta las escaleras del muelle, a donde llegaron sanos y salvos.

Pero el pequeño bote continuaba a merced del oleaje. Su ocupante estaba exhausto. El esfuerzo realizado había sido tan titánico que no le quedaban fuerzas ni para bogar.

Era consciente de que ni siquiera un milagro podría salvarle, y alzó la vista hacia la multitud que se agolpaba en el muelle, tan cerca pero tan lejos de él, y pudo distinguir a su esposa, que con la angustia pintada en el rostro llevaba a su hijo Alejandro de la mano.

De repente, un tremendo bramido anunció la llegada de una ola de gran tamaño que levantó el bote hasta su cresta como si fuera una cáscara de nuez. Durante el instante en que se mantuvo en lo alto, Álvaro tuvo tiempo de enviar una última mirada de amor a sus seres queridos, justo antes de que el bote se estrellase contra la gran roca y fuese tragado por el mar, junto a su heroico tripulante.

Dos días después, la marea devolvió el cuerpo sin vida de Álvaro a la playa de la Ribeira. Contra toda lógica, el cadáver apenas presentaba deterioro alguno, como si el mar, pese a quitarle la vida, quisiera mostrar una señal de respeto al valor de aquel hombre.

Las honras fúnebres se celebraron al día siguiente. No se recordaba en el pueblo una aglomeración humana semejante. Todo el vecindario estaba en la calle, junto con otros llegados de la comarca, y sobre todo de La Coruña. Las exequias consistieron en un funeral de cuerpo presente y acompañamiento del cadáver al camposanto de la Insua. El templo estaba abarrotado, y en el exterior, no cabía un alma en toda la plaza, pero aun así el silencio era espeso. El dolor y un sentimiento de profundo respeto se palpaban en el ambiente, y las lágrimas resbalaban por las mejillas de la mayoría de los presentes.

El oficiante hizo un encendido discurso sobre el amor al prójimo y el coraje de que había hecho gala el fallecido al dar su vida por sus semejantes, y pidió a los concurrentes que jamás se olvidara el nombre de aquel hombre ni el ejemplo que había dado a la comunidad, lo que provocó un discreto murmullo de aprobación.

Después, el féretro, cargado a hombros, a petición propia, por los cuatro marineros que habían salvado sus vidas gracias a la valentía de Álvaro, se encaminó hacia el cementerio, donde recibió cristiana sepultura.

En la casa todo era tristeza y sufrimiento. Alejandro trataba de mitigar el dolor por la pérdida de su progenitor colmando de atenciones a su madre, a quien visitaba de vez en cuando en la habitación donde se había recluido desde que terminó el entierro. Su tío y sus abuelos también permanecían allí, tratando inútilmente de sacar a Elisa del estado depresivo en que se encontraba.

Con el paso de los días, llegó la hora de tomar decisiones. Elisa odiaba aquella casa, odiaba aquel pueblo, y sobre todo odiaba el mar, que le había arrebatado a su ser más querido. Sin dudarlo, determinó que debían abandonar el pueblo y trasladarse a residir en el palacete que poseían en La Coruña. Alejandro, cuando se enteró de la decisión de su madre, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Él era feliz allí. Sin embargo, sentía demasiado cariño por ella para contradecirla, y más en la situación por la que estaba pasando la pobre mujer.

Poco tiempo después, en una soleada mañana de domingo, el carruaje de los Mendoza abandonó el pueblo cargado de equipaje hasta los topes. Quedaban atrás doce años de felicidad, rotos por la tragedia. Elisa, tras despedirse de Pascual y Manuela, que la habían acompañado hasta el instante de su partida, dirigió una última mirada al pueblo, a donde solo pensaba regresar para visitar la tumba de su esposo, mientras su hijo, desde el vehículo, no separaba sus ojos de los de Mercedes, que había abandonado sus juegos para despedirle con una muda mirada arrasada en lágrimas. Posiblemente no volverían a verse.

Los primeros días de estancia en la ciudad, fueron de gran ajetreo, en teoría para dotar al nuevo domicilio de las comodidades suficientes para hacer vida permanente en él, aunque en realidad lo que Elisa buscaba con aquella actividad tan frenética era sacar de sus pensamientos los dramáticos acontecimientos sufridos. Pero era inútil. Se enfrascó en la adquisición de muebles y enseres, así como en los trámites relativos a los derechos de sucesión de su esposo, fallecido sin otorgar testamento debido a lo temprano e imprevisto de su pérdida.

Durante aquellos días Alejandro andaba desorientado. Entre el inesperado y duro golpe de la muerte de su padre, la separación de su amiga Mercedes y el cambio de residencia, habían tornado su carácter abierto y alegre en introvertido y taciturno. Apenas salía a la calle, no porque su madre se lo prohibiese, sino porque no sentía la necesidad de hacerlo, cosa ciertamente extraña en alguien como él, amante de la naturaleza y los espacios abiertos.

Poco a poco, el paso del tiempo hizo que la profunda herida fuera cicatrizando, al menos para él, ya que su madre persistía en la misma actitud depresiva y melancólica que el día en que quedó viuda.

En las proximidades de su casa, los jesuitas habían abierto hacía poco tiempo una cátedra pública de gramática para alumnos de segunda enseñanza. Aunque había cierto impedimento debido a la temprana edad de Alejandro, once años –la edad habitual para acceder a la segunda enseñanza eran los trece o catorce-, su madre consiguió inscribirlo tras un pequeño examen que no tuvo problema alguno en superar dados los conocimientos que ya poseía de la materia, impartidos por su antiguo preceptor, Fray Felipe.

La escuela era un edificio anejo a la iglesia de la orden, cercana al mercado de los Huevos. Inició su nueva andadura escolar un lluvioso día de abril de 1758. Cuando se vio en el aula, se percató de que la diferencia de edad con respecto al resto de sus compañeros era más que notable, pese a ser un muchacho bastante desarrollado. Y lo que es peor, por las miradas, risitas y cuchicheos de algunos de ellos dirigiéndose a él, también notó que no estaban demasiado dispuestos a ponerle fácil su integración.

Ello quedó corroborado al salir de las primeras clases. No bien hubo traspasado la puerta, una pierna salida de no bien sabía donde, le interrumpió el paso haciéndole una zancadilla que le hizo aterrizar en la calzada.

Al levantarse, vio ante sí al autor de la hazaña. Era un pelirrojo alto, que le miraba sonriente, con los brazos en jarras. Tras él, otros cuatro celebraban la hombrada a carcajadas.

Alejandro se levantó y se dirigió al pelirrojo:

-¿Por qué lo hiciste?-

-Yo no hice nada. Saliste sin mirar por donde ibas y tropezaste-

-Si yo tuviera tu edad y tú estuvieras solo ¿crees que también hubiera tropezado?-

-Por supuesto que sí. Tu torpeza no creo que se cure con la edad-

-Pues ya me quedo tranquilo. Por un momento pensé que eras un cobarde que, aprovechándose de su corpulencia y de estar acompañado por sus secuaces, abusa de los más débiles, pero ya veo que no- dijo Alejandro con ironía.

-Vaya, salió bravucón el infante. Me parece que va a haber que darle una buena lección-

-¿Me la vas a dar solo o necesitas la ayuda de tus compinches?-

El pelirrojo, con la sonrisa en los labios y frotándose las manos, exclamó:

-Para acabar contigo me las basto yo solo-

-Dale una buena paliza, Marcial- Dijo uno de los acompañantes.

El pelirrojo, que casi sacaba la cabeza a Alejandro, se arrojó contra éste con toda la intención de agarrarlo y tirarlo al suelo, pero no logró su objetivo, porque el muchacho en última instancia lo esquivó con una ágil finta, levantando un pie para zancadillear a su rival, que cayó al suelo cuan largo era. Se levantó bufando.

-¡Te voy a matar!- Bramó.

A la vista de la pelea, un grupo de alumnos se habían ido situando alrededor de los contendientes, pendientes de lo que ocurría, pero sin intervenir.

Marcial decidió cambiar de táctica. Acercándose a su rival con los puños cerrados, empezó a moverlos como aspas de molino, pero no fue capaz de alcanzar a su contendiente ni una sola vez, porque éste, sacando provecho de su agilidad y escasa corpulencia, se alejaba siempre del previsible camino de los puños.

Tras varias acometidas estériles, los brazos del pelirrojo empezaron a acusar el cansancio y cada vez los movía con mayor lentitud, con lo que a Alejandro ya no le suponía esfuerzo alguno burlar las trompadas que le enviaba.

Uno de los amigos de Marcial, viendo que a éste las cosas se le ponían cada vez peor, intentó intervenir en la pelea. Se acercó por detrás a Alejandro sin que éste se percatara, y levantó el brazo para darle un guantazo.

En ese momento, alguien lo agarró por el cuello con fuerza:

-Eso sí que no- sintió que le decían suavemente pero con firmeza.

Aquellos dedos apretaban como tenazas. Bajó el puño y notó como empezó a ceder la presión alrededor de su cuello. Se dio la vuelta para ver quien era y se encontró con uno de sus compañeros de clase.

-Esta pelea es entre dos, y aquí no interviene nadie más hasta que se acabe-

Desorientado, miró hacia sus amigos, solicitando colaboración, pero no encontró en sus miradas lo que buscaba, y finalmente desistió de intervenir.

Mientras tanto, la pelea cada vez iba peor para Marcial. Sus fuerzas se habían agotado y los brazos ya no le respondían. Alejandro, que había esperado pacientemente a que eso ocurriera, comenzó el ataque. Pese a su escasa corpulencia, podía haberle tumbado de dos puñetazos, pero prefirió golpearle con la mano abierta. El pelirrojo no podía protegerse, y las bofetadas restallaban en su cara como latigazos. Cuando le hubo soltado no menos de una docena, decidió dejarlo. La cara del pelirrojo tenía los dedos de su contrincante marcados. Pero lo peor era la humillación que sentía. Le habían avergonzado delante de sus amigos y de todos los compañeros de la escuela. Se marchó de allí solo.

-Esto no puede quedar así. Tengo que vengarme- masculló entre dientes, aunque sin demasiada convicción.

Alejandro dirigió una mirada agradecida al joven que había intervenido para protegerle durante la pelea. Éste se dirigió a él.

-Enhorabuena. Has demostrado mucho coraje, y te has ganado el respeto de toda la escuela, y por supuesto el mío-

Extendió su mano para estrechársela.

-Mi nombre es Emilio Cornide, y a partir de hoy puedes contar conmigo para lo que quieras-

-Alejandro de Mendoza. Lo mismo digo- Le replicó agradecido.

Y ahí comenzó a fraguarse una amistad que nunca se rompería.

Emilio pertenecía a una familia de abolengo, puesto que era hijo de José Cornide, una de las más altas jerarquías de la ciudad.

Desde ese mismo día se hicieron inseparables, y Emilio fue introduciéndolo en su círculo de amistades, donde fue aceptado pese a su corta edad. En ello pesó sobremanera el respeto que se había ganado en aquel incidente acaecido en su primera jornada escolar.

Poco a poco, Alejandro se fue adaptando al ajetreo de la urbe. Su vida transcurría en el bullicioso barrio de la pescadería. Emilio Cornide no se separaba nunca de él, en un ademán claramente protector. Sus estudios evolucionaban de forma satisfactoria, y su madre, dentro de su desgracia, tenía al menos el consuelo de que su hijo empezaba a disfrutar de la vida.

A mediados del año 1759, Alejandro había cumplido doce años. Su notable capacidad intelectual conseguía que sus estudios continuasen con buenos resultados escolares, pese a la rémora que representaba el hecho de que aprovechase cualquier momento para buscar los caminos del mar. Toda suerte de pesca o marisqueo eran válidos para llenar sus ratos libres: desde bucear en aguas del Parrote a la captura de pulpos o centollas, hasta la pesca de calamares a bordo de un pequeño bote, acompañado de su amigo Cornide, a quien había contagiado su afición, adentrándose en el mar más de una milla marina frente a la Torre de Hércules hasta situarse, tomando referencias visuales como pescadores expertos, sobre el banco de calamares, todo ello bajo la absoluta ignorancia de su madre, que tras perder a su ser más querido en el mar, estaba aterrada con que su hijo corriese la misma suerte.

Sin embargo, las precauciones que Alejandro tomaba para ocultar aquellas actividades no fueron suficientes. Durante un tiempo, tuvo suerte, y su madre no se enteró de sus odiseas marítimas, pero tanto va el cántaro a la fuente que al final rompe.

En una de aquellas escapadas, un domingo por la tarde, un descuido de Cornide hizo que perdiesen un remo, que la corriente arrastró dejándolo fuera de su alcance. Como no había repuesto, quedaron a merced del mar, sin que hubiese ninguna embarcación en los alrededores que les pudiese auxiliar. En aquellos difíciles momentos, Alejandro recordó algo que le habían enseñado los marineros de Cayón: una de las más elementales señales de socorro marítimo era mantener un remo alzado, cosa que hicieron con el único que les quedaba. Finalmente tuvieron suerte y un pesquero que acertó a pasar por las cercanías camino de puerto les remolcó.

El incidente no hubiera trascendido, pero cuando llegaron a puerto ya era noche cerrada. Elisa, preocupada por la tardanza de su vástago, salió en su busca, y finalmente se enteró del peligro al que éste había estado expuesto.

Ante estas circunstancias, tomó la firme decisión de sacarlo de la ciudad y que se trasladase a Santiago para continuar allí sus estudios, pero Alejandro se negó con tal vehemencia, que su madre optó por pedir ayuda a Alessandro Malaspina, padrino del niño, a quien éste, sabedor de todo lo que aquel hombre había hecho por su padre, tenía en la más alta estima, pese a no conocerlo personalmente.

Envió una carta al italiano relatándole la situación y pidiendo consejo. Éste, en lugar de contestar a la misiva, se desplazó a La Coruña.

Tras desembarcar en el muelle, no le costó trabajo alguno, buen conocedor de la ciudad como era, encontrar el domicilio de Elisa y Alejandro. Era mediodía cuando golpeó el llamador de la puerta, y ésta le fue franqueada por la dueña de la casa, vestida de riguroso luto. Nada más reconocerle, se emocionó profundamente y rompió a llorar. Malaspina procuró calmarla, aunque tardó un poco en conseguirlo.

Le invitó a entrar y pasaron al amplio salón. Allí Elisa le contó con pelos y señales todo lo sucedido desde el desgraciado día en que perdió a Álvaro, haciendo especial hincapié en el problema que tenía con su hijo, quien pese a ser un buen muchacho, era incapaz de contentar a su madre en el aspecto que ella más deseaba: sustraerse del mar.

Malaspina le preguntó donde estaba el joven y ella le dijo que había acudido a clase, pero que debía estar a punto de llegar para comer.

Efectivamente, a los pocos minutos sintieron abrirse la puerta y casi al instante Alejandro accedía al salón. Se desconcertó un poco al encontrar al inesperado visitante, cosa inhabitual desde que vivían en La Coruña, pero la sorpresa se tornó en alegría cuando su madre le dijo que se trataba de su padrino.

Almorzaron los tres juntos. Durante el tiempo que duró la colación, Alejandro no cesó de preguntar al invitado sobre todos los pormenores de su vida en Malta, máxime desde que supo que las materias sobre las que instruía en su cátedra eran ciencias del mar. Éste satisfizo gustosamente la curiosidad del muchacho.

Tras el almuerzo, Malaspina pidió a Elisa que le permitiese dar un paseo con Alejandro, para charlar con él.

La caminata fue larga, tanto que recorrieron la ciudad de un extremo a otro durante toda la tarde, aunque el diálogo en el que estaban enfrascados apenas les permitió distraerse en otra cosa que no fuera su propia conversación. En ella comenzaron hablando de Álvaro. Alejandro quería saber cosas sobre éste con un enfoque distinto al de su madre, y Malaspina le explicó pormenorizadamente todo lo que sabía de él, exceptuando detalles escabrosos tales como el motivo de su huida de Madrid, pero incidiendo en los avatares que habían pasado juntos. Poco a poco, y con suma habilidad, fue desviando la conversación hacia el tema que le interesaba y trató de hacer ver a su ahijado con buenas palabras lo imprudente de sus actos, no tanto por el riesgo que éstos pudieran entrañar para su propia seguridad como por la infelicidad y las tribulaciones que con ellos ocasionaba a su madre.

Alejandro le dijo que era consciente de ello y trataba de evitarlo, pero la profunda atracción que sentía por el mar siempre terminaba por imponerse.

Ya estaba a punto de ponerse el sol cuando sus pasos les llevaron hasta el puerto, por donde deambularon observando los barcos y las faenas que desarrollaban los marineros. En un momento dado, llegaron hasta una embarcación, y Malaspina se paró frente a ella. Era una goleta cuyo nombre se reflejaba en su proa: Bellvedere.

-¿Te gusta este barco?- Le preguntó

-Me encanta-

-Es el que me trajo hasta aquí desde Malta, y el que me llevará de regreso cuando me vaya ¿te gustaría acompañarme?-

-Daría lo que fuera por hacerlo-

Bueno, pues ahora toca convencer a tu madre-

Aquella misma noche, mientras cenaban, Alessandro Malaspina hizo un planteamiento a Elisa:

-Creo que sería interesante que el niño viniera a pasarse una larga temporada conmigo a Malta. Ya sé que está muy lejos, y lo difícil que resulta para ti separarte de él, aunque no tendrías que hacerlo, porque sabes bien que las puertas de mi casa también están abiertas para ti. Es imprescindible apartarle de este ambiente. Es un buen chico, pero el mar ejerce sobre él una atracción tan grande como un canto de sirena, y ahora mismo, por mucha voluntad que ponga, dentro de un par de días estaría volviendo a las andadas. Allí continuaría con sus estudios bajo mi supervisión y cuidado, al fin y al cabo soy su padrino y se lo debo a él y sobre todo a su padre-

Elisa no quería perder el contacto con su hijo, pero era consciente del peligro que éste corría allí caso de continuar con su afición al mar, y de que no era capaz de controlarle para evitarlo:

-Yo no puedo irme de aquí, porque mis padres son muy mayores y me necesitan. Créeme si te digo que me rompe el corazón separarme de mi hijo, pero reconozco que contigo va a estar bien, así que accedo a su marcha-

Con objeto de animarla y sosegar la amargura de la distancia que iba a haber entre madre e hijo, Malaspina le aclaró que podría viajar a Malta cuando quisiera y pasar largas temporadas con Alejandro.




CAPITULO II
RUMBO A LA ISLA DE MALTA


Dos días más tarde, partieron de La Coruña poco después de amanecer. Elisa, con lágrimas en los ojos, se despidió de ellos sabiendo que iba a pasar largo tiempo hasta reencontrarse con su hijo.

La Goleta, con una tripulación de doce hombres además de los dos pasajeros, enfiló la salida de la bahía y al poco tiempo ya se encontraban en mar abierto. El tiempo era bueno, el mar calmado, y el viento, una suave brisa del nordeste, estaba a su favor. Un par de horas más tarde, pasaban frente a la costa de Cayón.

Multitud de recuerdos se agolparon en la mente de Alejandro. Desde el de su padre, que reposaba en el camposanto que se divisaba en primer término, al borde del mar, hasta el de Mercedes, a quien tanto echaba de menos pese al tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron, pasando por las vivencias que había tenido en aquellos parajes de los que ahora se iba alejando, solo Dios sabía por cuanto tiempo. La emoción puso un nudo en su garganta, mientras su padrino, junto a él, guardaba un respetuoso silencio.

Durante todo el día surcaron las aguas de la costa gallega y ya era más de medianoche cuando se adentraron en las de Portugal. Durante los días que duró la travesía frente a la costa portuguesa, la climatología continuó siendo su aliada. Sin embargo, a las pocas horas de cruzar el cabo San Vicente, el tiempo comenzó a empeorar, y pronto se vieron envueltos en medio del fragor de una gran tormenta, que amenazaba con hacer zozobrar la goleta.

El capitán, conocedor de la pericia de su ilustre pasajero en el arte de la navegación, pidió a Malaspina colaboración para intentar salvar la situación, que cada vez era más comprometida. Éste, tras obligar a Alejandro a encerrarse en su camarote, se hizo cargo del timón, y ordenó plegar totalmente las velas –era preferible, en esas circunstancias, no oponerse a la tempestad, y tratar simplemente de evitar, con un buen manejo del timón, los previsibles escollos que pudieran hallar a su paso.

La noche fue dura, pero finalmente amainó el temporal y pudieron tomar rumbo al puerto de Palos de Moguer con objeto de descansar y proveerse de víveres frescos.

Partieron al día siguiente. Tras atravesar el estrecho de Gibraltar, se adentraron en el Mediterráneo, y gracias a la benignidad del tiempo, muy apacible, no pasaron sobresalto alguno hasta alcanzar su siguiente escala, Palma de Mallorca.

Apenas permanecieron medio día en la isla, y emprendieron la que iba a ser la última etapa de su ruta. Alejandro, pese a su bien probado espíritu marinero, estaba deseando llegar a su destino.

Finalmente, tras más de veinte días de navegación, consiguieron avistar la costa maltesa. Por lo que se divisaba desde el barco, allí no había grandes montañas, sino que el paisaje estaba conformado por verdes valles y suaves colinas. Mientras se acercaban a puerto, Malaspina explicó a Alejandro algunos pormenores sobre el sitio a donde llegaban:

-Malta forma parte de un archipiélago compuesto por tres islas habitadas, siendo la mayor de ellas. Las dos restantes son Gozo y Comino, dominadas, al igual que la principal, por los caballeros de la Orden de Malta-

No tardaron en arribar al Gran Puerto de Valletta, la capital. Nada más desembarcar, Malaspina alquiló un carruaje para desplazarse hasta su residencia. Tras arrancar salieron del puerto y cruzaron la población, amurallada. Las callejuelas, estrechas y empinadas, recordaban a Alejandro las de la Ciudad Alta coruñesa.

Durante el trayecto, Malaspina explicó a su ahijado que Malta era un baluarte cristiano en el estratégico canal de Sicilia. Durante los dos siglos anteriores se había convertido en una pieza fundamental en el dominio del Mediterráneo central, al constituir un obligado paso entre Europa, África y Asia Menor.

Recorrieron un buen trayecto por caminos poco transitados, hasta que finalmente el cochero tomó una desviación hacia una pista estrecha. El carruaje comenzó a subir una empinada cuesta. El trecho no fue demasiado largo, pero los caballos notaban su dureza y su paso era cada vez más lento.

Finalmente, llegaron a lo alto de la colina. Desde allí se contemplaba la residencia. La casa era una gran mansión, flanqueada a ambos lados y al frente por una gran zona ajardinada. A Alejandro le pareció increíble que su padrino viviese allí solo, tal y como él creía, pero pronto salió de su error, al ver salir por una de las puertas a varias personas que indudablemente acudían a recibirles. Descendieron del coche. Malaspina se dirigió al grupo, que eran los componentes de la servidumbre de su casa.

El servicio, que presentó sus respetos a los recién llegados, estaba constituido por un cochero que también hacía funciones de jardinería, una cocinera, dos doncellas y cuatro criadas. Tras las presentaciones, accedieron al interior de la mansión. En primer término, había un gran vestíbulo enlosado con mármol, formando un damero que estaba flanqueado por dos magníficas escaleras divergentes que indudablemente dividían las alas de la gran casa. En el centro del salón, había dos mujeres elegantemente ataviadas que les esperaban para darles la bienvenida. Tras saludarlas efusivamente, Malaspina hizo las presentaciones. Se trataba de su hermana Luisa y su sobrina Silvia. Luisa frisaría los 45 años, era una mujer agraciada, de rasgos muy parecidos a los de su hermano. La joven era un par de años mayor que Alejandro y éste, pese a su juventud, no pudo sino quedar prendado ante su belleza. Era realmente preciosa: morena, de rasgos delicados y cuerpo esbelto, todo ello aderezado con la gracilidad de sus movimientos que la hacía, si cabe, más encantadora.

Almorzaron los cuatro juntos en un enorme comedor, alrededor de una mesa alargada. La comida le pareció deliciosa a Alejandro, particularmente el plato fuerte, una dorada guisada con vino y hierbas aromáticas.

En la sobremesa, las dos mujeres se mostraron muy interesadas en que Alejandro les contase cosas sobre su tierra y su vida, tanto que éste, poco acostumbrado a ser el centro de atención, se mostró algo azorado hasta que su padrino, consciente de su turbación, acudió en su ayuda interviniendo activamente en la conversación y llevándola por otros derroteros.

Después de comer, Malaspina le acompañó hasta el que iba a ser su dormitorio, en el que el equipaje ya estaba instalado y preparado convenientemente para su uso. Era un cuarto amplio y acondicionado con lujo, pero lo que más agradó a Alejandro fue la panorámica que se divisaba desde la gran galería que casi abarcaba una de las alas de la estancia. Cuando llegaron no se había percatado de que la parte posterior de la casa estaba casi al borde de un acantilado, y la galería estaba sobre él, de tal modo que a sus pies veía el mar azul bañando suavemente las rocas, y mirando hacia el horizonte no se divisaba otra cosa que la inmensidad del océano salpicado de las numerosas embarcaciones que lo surcaban, que desde allí parecían minúsculas.

Al día siguiente, Malaspina decidió mostrar a su ahijado los contornos. Prepararon dos caballerías, dispuestos a dar un largo paseo. Cuando iban a partir, Silvia se presentó en las cuadras vestida de amazona, resuelta a acompañarles, lo que logró sin mayor esfuerzo.

La excursión fue larga, más de lo que había previsto Alejandro. Hicieron un recorrido por las diferentes poblaciones de la isla. Le llamó la atención la existencia de numerosas fortalezas aparentemente indestructibles, lo que evidenciaba un alto interés por parte de los caballeros de la Orden de Malta de no renunciar al valor estratégico de la isla. Como era la fiesta de San Pedro y San Pablo, se sentaron a almorzar en una posada a las afueras de Valletta, donde se atiborraron del plato tradicional de aquella celebración, conejo frito. Alejandro se interesó por la historia de la orden, lo que Malaspina le explicó gustosamente.

-La orden de Malta es el nombre que recibieron los antiguos caballeros de la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén tras su instalación, por concesión del rey Carlos I de España, en esta isla en 1530 –hay que aclarar que Malta pertenecía al reino de Sicilia, en posesión de los soberanos de la corona de Aragón desde el siglo XIII-

La misión de la orden, fundada en Palestina en el siglo XI, fue inicialmente hospitalaria, con objeto de atender a los cristianos que peregrinaban a Jerusalén, pero tomó pronto carácter militar en su lucha contra los musulmanes en el marco de las cruzadas.

Tras su primera sede en Jerusalén, por circunstancias bélicas pasaron al reino de Chipre, y de ahí a la isla de Rodas, tras conquistarla en 1310. La orden se convirtió, con el paso del tiempo, en una potencia naval en el Mediterráneo, y Rodas en una fortaleza inexpugnable que resistió cinco asedios durísimos, aunque tras el último dirigido en 1522 por Solimán el Magnífico, tuvieron que capitular y abandonar la isla.

Después se asentaron brevemente en Sicilia, hasta que Carlos I, con el beneplácito del Papa Clemente VII, les cedió la isla de Malta. La orden, como contraprestación, debía permanecer neutral en las guerras entre naciones cristianas. Y así se cumplió, aunque ya hace mucho que la orden abandonó las prácticas guerreras y se dedica a tareas benéficas y educativas. Otra contrapartida a la cesión de la isla era, y sigue siendo, el obsequio anual de un halcón de cetrería debidamente entrenado para la caza-

Tanto Alejandro como Silvia estaban fascinados con las eruditas explicaciones de Alessandro Malaspina.

Después, se desplazaron al interior de la ciudad y acudieron a las carreras de caballos, que formaban parte de los festejos.

Durante el siguiente mes, los recorridos a lo largo y ancho de la isla fueron constantes, siempre con la compañía de Malaspina y Silvia, con quien Alejandro se sentía cada vez más unido. Pasaba la práctica totalidad del día en compañía de ella, y había nacido entre ellos una gran amistad. Alejandro le enseñó a pescar con caña y con frecuencia bajaban por un estrecho sendero que llegaba al fondo del acantilado, de donde regresaban al cabo de algunas horas con buenas capturas, aunque no todo eran diversiones. Tanto Silvia como Malaspina dedicaban mucho tiempo a que Alejandro se familiarizase con el idioma italiano, cuyo conocimiento era imprescindible para que el joven se defendiese en los estudios que en breve iba a emprender.

A principios de agosto concluyó el asueto, pues se iniciaba el curso académico en la universidad de la orden de Malta. Faltaban solo dos días para incorporarse a las clases cuando Malaspina se reunió con Alejandro en su despacho. La seriedad de su semblante reflejaba la trascendencia de lo que le tenía que decir:

-Pasado mañana comienza una nueva etapa de tu vida. Considero que estás sobradamente capacitado para la tarea que vas a acometer, aunque no es fácil, pero antes de que empieces, quiero darte algunos consejos.

Tienes la madurez suficiente para afrontar este reto, pese a que solo tienes doce años. Ya lo hiciste en La Coruña, pero aquí cuentas con una gran desventaja, como es la falta de dominio en el idioma en que te van a impartir las clases, y si bien debo reconocer tus notables avances al respecto en el escaso tiempo que llevas aquí, es evidente que no estás en igualdad de condiciones con respecto al resto de tus compañeros. Confío en que superarás este conflicto.

Por otra parte, hay algo, si cabe, más problemático. Como bien sabes, desde hace muchos años estas tierras permanecen bajo el dominio de España. Está claro que siempre ha sido un señorío más protector que autoritario, pero hay mucha gente que no lo entiende así, y odia todo lo que de allí provenga. Eso puede acarrearte dificultades, es más, creo que vas a tenerlas, porque hay un miembro del profesorado que a buen seguro va a intentar creártelas. Se trata de Giacomo Astolfini, que va a impartirte clases de astronomía e historia de la navegación. Se trata de un antiguo marino que en su día intentó obtener un cargo en la marina de guerra española sin conseguirlo. Es un individuo envidioso y taimado de quien debes guardarte y sobre todo evitar entrar en sus provocaciones, que llegarán sin lugar a dudas. Eso sí, como sabes, yo siempre estaré lo suficientemente cerca de ti para ayudarte y protegerte-

-Te prometo que si sucede lo que me dices, sabré estar a la altura de las circunstancias, y seguiré tus consejos- convino Alejandro.

El día del inicio de curso Alejandro, elegantemente ataviado, subió junto con su padrino al carruaje de la casa. Descendieron la colina hasta Valletta y al llegar a la ciudad tomaron un desvío que les condujo hasta dos grandes edificios situados en un paraje aislado junto al mar.

Descendieron del coche y Malaspina acompaño a Alejandro hasta un gran portón, abierto de par en par. Allí le dejó solo, tras darle un abrazo sin intercambiar frase alguna. Ya todo estaba dicho.

Antes de acceder al edificio, Alejandro observó que otro carruaje paraba justo detrás del suyo, y de él descendía un personaje de una edad similar a la de su padrino, muy delgado, de pelo canoso y rostro taciturno adornado con una perilla igualmente blanca. En su mirada se detectaba inteligencia y algo más que no podía discernir. Pasó junto a Malaspina sin siquiera dirigirle un saludo de cortesía, y por la expresión de éste Alejandro supo sin duda alguna de quien se trataba.

Los primeros días de clase transcurrieron tranquilamente. Alejandro no tuvo problema de adaptación alguno, tanto con sus nuevos compañeros como con el profesorado. Tampoco las materias lectivas le presentaban más dificultades de las previstas. Captaba con avidez las explicaciones de los profesores, y las complementaba al llegar a casa con largas horas de estudio, sin concederse un respiro para el asueto.

Malaspina estaba orgulloso de la responsabilidad y la aplicación del muchacho y el talento que mostraba, pero al propio tiempo notaba que se estaba volviendo introvertido de tan enfrascado que estaba en los estudios, y eso le preocupaba, por lo que los dias no lectivos le animaba a acompañarle a montar a caballo o a navegar en un pequeño velero que Malaspina tenía fondeado en el puerto de Valletta, siempre acompañados por la inseparable Silvia. Este apoyo logró que Alejandro encontrara en poco tiempo el adecuado equilibrio entre el cumplimiento de sus obligaciones y la natural querencia de una persona de su edad al divertimento y el asueto, y volvió a mostrarse tal y como era anteriormente, comunicativo y locuaz.


Pese a las suspicacias de su padrino con respecto a la actitud del profesor Astolfini, durante las clases no advirtió palabras malintencionadas en él, antes al contrario, comprobó que era un profesor excelente, muy versado en las materias que impartía y con unas explicaciones muy sencillas de asimilar.

Pero a las pocas semanas de comenzar las clases, su actitud cambió radicalmente. Sin personalizar para nada en Alejandro, comenzaron sus comentarios vejatorios, tal y como le había anticipado Malaspina. Inicialmente solo se trataba de frases de doble sentido y chistes de dudoso gusto acerca de los españoles, pero poco a poco los comentarios se fueron haciendo más hirientes, poniendo en entredicho los valores, tanto físicos como morales, de los compatriotas de Alejandro, y por ende, de él mismo, hasta el punto de que tuvo que recordar más de una vez la promesa hecha a su padrino acerca de hacer caso omiso a las instigaciones de Astolfini.

No obstante, el profesor, viendo que sus puyas no hacían efecto en el muchacho, redobló sus esfuerzos en las provocaciones que le infligía, personalizando en él sus ataques al hacer insinuaciones acerca de que se aprovechaba de Alessandro Malaspina, e incluso que trataba de que éste le nombrara heredero suyo.

Ni siquiera esos hirientes comentarios hicieron mella en el muchacho, que logró, en un alarde de sangre fría, hacer caso omiso a todo el veneno que destilaba Astolfini. Tampoco hizo comentario alguno sobre el problema a su padrino, pero éste notó la preocupación en su semblante e intuyó que algo pasaba, así que decidió tomar cartas en el asunto, y un buen día decidió escuchar desde el anonimato lo que se decía en el aula. Aprovechando un ventanuco de comunicación con otra sala, lo abrió imperceptiblemente, pero de forma que los comentarios llegaran nítidamente a sus oídos.

Astolfini estaba haciendo un examen oral, haciendo preguntas a diversos alumnos, que contestaban a éstas con diferente éxito. Cuando le tocó el turno a Alejandro, éste contestó impecablemente a todo lo que se le inquirió, denotando un envidiable dominio de la materia. Cuando el profesor comprobó que no había por donde coger al alumno, no pudo morderse la lengua, y destilando odio, dijo:

-No entiendo que es lo que haces aquí. Tú no perteneces a estas tierras, y además vienes de un sitio donde los hombres no sirven para ser marinos. Sin ir más lejos, tengo entendido que tu padre se ahogó a poca distancia de tierra firme, incapaz de sobreponerse a una dificultad mínima. Con esos antecedentes, ¿Cómo osas tratar de obtener un título de una carrera relacionada con el mar? eres indigno de ello, y yo seré un obstáculo insalvable para tus propósitos, así que es mejor que lo dejes, porque ni siquiera tu protector, Alessandro Malaspina, podrá ayudarte-

Los ojos de Alejandro se llenaron de lágrimas. Aquel perverso comentario había rebosado el vaso de su paciencia y se preparó para una adecuada contestación, pero en ese momento sintió abrirse la puerta y Alessandro Malaspina irrumpió en el aula.

El desconcierto de Giacomo Astolfini ante aquella inesperada aparición quedó patente en su rostro, que se tornó pálido y demudado. Malaspina avanzó hasta situarse frente a él, que permanecía en pie.

-En primer lugar, voy a contarles a usted y a todos los presentes la historia del hombre más valiente y generoso que conocí en mi vida, mi amigo Álvaro de Mendoza, un hombre que no dudó en enfrentarse a una muerte segura por salvar unas cuantas vidas, algo que usted, profesor Astolfini, sería incapaz no solo de hacer, sino incluso de entender que alguien sea capaz de semejante sacrificio-

Y acto seguido empezó a relatar la historia del padre de Alejandro desde que lo conoció hasta su trágico final. El soliloquio de Malaspina duró un buen rato, sin que le interrumpiese ni siquiera el aleteo de una mosca. Cuando finalizó, dirigiéndose a Astolfini, dijo:

-Profesor astolfini, es usted la antítesis de lo que fue en vida el padre de su alumno, a quien intenta agraviar con argumentos tan falsos como malévolos. Es usted cobarde y ruin, y lo único que merece es mi desprecio…. Y esto-

Y estampó una sonora bofetada en el rostro del avergonzado profesor, que ni siquiera fue capaz de reaccionar, y a continuación abandonó la clase, entre los murmullos de aprobación por parte del alumnado, testigo de aquel acto de justicia.

Ni que decir tiene que Alejandro de Mendoza nunca volvió a tener ni la más mínima réplica por parte del profesor Astolfini.

Transcurrieron plácidamente los meses y llegó mayo, y con él la finalización del curso, con unos excelentes resultados académicos para Alejandro, para satisfacción propia y orgullo de su padrino.

El mismo día de fin de curso, Malaspina, sentado junto a Alejandro en la calesa que los llevaba a casa desde Valletta, le dijo:

-Tengo una agradable sorpresa para ti, pero no lo sabrás hasta que lleguemos a casa-

Alejandro conocía lo suficiente a su padrino como para saber que por mucho que insistiera nada iba a saber, así que se limitó a poner cara de indiferencia, aunque por dentro estaba deseando llegar para saber que era aquella intrigante novedad.

El camino se le hizo eterno, pero por fin llegaron. Entraron juntos en la casa, y allí, la cara del muchacho se transfiguró por la intensa alegría que sintió. Delante de él, a muy pocos pasos, acompañada por Silvia y Luisa, estaba ni más ni menos que su madre, a quien no veía desde hacía un año. Corrió a abrazarse a ella, y unas rebeldes lágrimas de alegría rodaron por sus mejillas. El abrazo fue intenso y prolongado.

-Pero como es que estas aquí- le preguntó en cuanto recuperó el habla.

-El viaje fue idea de tu padrino, que fletó un barco exclusivamente para traerme, y aquí estoy, feliz de poder estar contigo. Como has crecido, hijo, ya eres todo un hombre-

Esa misma noche, Malaspina organizó un ágape de bienvenida a Elisa en el que participó toda la familia y los amigos más allegados. Fue una velada de lo más agradable, en la que Alejandro, que no se separaba ni un instante de su madre, estaba de lo más locuaz, contándole todas las maravillas de la isla, y preguntándole por todos los familiares y amigos de las lejanas tierras gallegas, y que pese a ser muy feliz en Malta, añoraba profundamente.

Pocos días después, aprovechando la bonanza climatológica, Malaspina decidió emprender una travesía marítima que sirviera de práctica a los alumnos más aventajados, entre los que, suspicacias aparte, se encontraba Alejandro.

Abandonaron Valletta muy de mañana con rumbo a Túnez, a bordo de una corbeta.

Durante la travesía, Alejandro pidió y obtuvo de su padrino autorización para subir al puesto de vigía, en el palo mayor de la nave. Una vez allí, la plenitud que sintió al contemplar la majestuosidad del océano desde un lugar tan privilegiado, reafirmó totalmente su idea, largo tiempo madurada, de que había nacido para el mar, y éste era su vida.

Aquella noche, después de la cena, Alejandro estaba en cubierta conversando con uno de sus compañeros, cuando advirtió que el mar, que hasta entonces había permanecido en calma chicha, comenzaba a agitarse, al tiempo que su olfato captó un penetrante olor a pescado fresco. Sorprendido, y al ver a Malaspina en las proximidades, se acercó a él para preguntarle sobre el origen de aquel intenso aroma, y si tenía relación con la repentina efervescencia del mar. Malaspina le explicó que estaban en medio de un gran banco de pescado, probablemente de atún. Se asomó a la cubierta, y a la luz del plenilunio, observó que, efectivamente, se trataba de una enorme masa de túnidos que avanzaban a una sorprendente velocidad, entrando y saliendo del agua, lo que producía multitud de destellos plateados intermitentes cuyo conjunto regalaba a la vista un espectáculo de increíble belleza.

Dos días más tarde divisaban tierras tunecinas, concretamente la ciudad de Monastir. Pese a que los estudiantes, ávidos de conocer cosas nuevas, deseaban bajar a tierra, Malaspina no les permitió desembarcar. Túnez se hallaba desde hacía siglos bajo la dominación otomana y sabía bien como se las gastaban las autoridades turcas, que hubieran buscado cualquier pretexto para crear conflicto en el caso probable de que los muchachos, dejándose llevar por la inexperiencia y el natural espíritu aventurero de los pocos años, se hubieran metido en problemas, por mínimos que éstos fueran.

A cambio, Malaspina ordenó fondear el velero en un desierto estuario que se hallaba a una distancia prudencial de la ciudad, donde la tripulación se solazó en una tarde de descanso, dedicándose a la pesca y a la natación. Después, con ánimo de evitar sorpresas desagradables, levantaron anclas y se hicieron de nuevo a la mar, emprendiendo el camino de vuelta a Malta.

La travesía fue tan tranquila como la de la ida. Poco antes de llegar a la isla, Malaspina quiso paliar un poco el desencanto de los muchachos por no pisar tierras tunecinas, y ordenó variar el rumbo, dirigiéndose hacia la isla de Gozo.

Cuando Gozo apareció en el horizonte, Alejandro se sorprendió de lo diferente que era de Malta, mucho más verde y con colinas de cumbres planas. Según se iban aproximando a la isla, comenzó a distinguir escarpados acantilados sobre el mar que a veces se abrían en pequeñas y acogedoras calas, en una de las cuales fondearon, para después llegar a tierra firme, unos a bordo de los botes auxiliares de la corbeta y otros, entre los que se encontraba Alejandro, simplemente zambulléndose en el mar y nadando hasta la playa.

Algunos estuvieron pescando, obteniendo unas capturas más que aceptables de peces de roca. Después, encendieron un fuego, donde los asaron y zamparon con voracidad. Malaspina explicó entonces al grupo que se hallaban en la isla a la que la leyenda dice que arribó Ulises en su largo viaje de regreso a Itaca y, tras sucumbir a los encantos de la bella Calipso, permaneció allí durante muchos años, hasta que, por intercesión del propio Zeus –que atendió a los ruegos de su hija Atenea, protectora del héroe de Troya-, Calipso, llena de dolor porque amaba profundamente a Ulises, le permitió partir hacia su hogar.

Tras descansar durante la noche, al amanecer abandonaron la hermosa bahía rumbo a Malta, adonde llegaron a las pocas horas.

El verano transcurrió plácido y alegre para Alejandro, entre paseos a caballo por toda la isla y practicando la navegación y la pesca, aunque ello no le impidió seguir ejercitándose en la práctica de la esgrima, arte en el que cada vez era más experto. A primeros de setiembre Elisa abandonó la isla y partió de nuevo hacia La Coruña. Fue una despedida triste pero una serie de obligaciones, entre ellas la delicada salud de su padre, forzaban el regreso, y además tenía previsto volver de nuevo a Malta a principios del siguiente verano.

Y así pasaron ocho años. Alejandro había terminado ya sus estudios y las posteriores prácticas de navegación. Su padrino pretendía que permaneciese allí durante un tiempo para adquirir experiencia como marino enrolándose como oficial en alguna de las naves de la flota de la Orden de Malta, aunque lo que quería en el fondo era no perderlo, porque para él era el hijo que nunca tuvo.

Por otra parte, su madre ansiaba su regreso a La Coruña, y así se lo hacía saber en cada una de sus cartas. Además, no todo eran alegrías. Un año antes, y con escaso margen de tiempo, sus abuelos habían fallecido, desgracia que había hundido de nuevo a Elisa en la desolación y el dolor.

Alejandro estaba sumido en el desconcierto. Por un lado estaba el profundo cariño que profesaba a Alessandro Malaspina, que había sido para él durante aquellos años padre, maestro y amigo, y mirándose en aquel espejo se había convertido en un auténtico caballero, por lo que era perfectamente consciente de la lealtad que le debía. Pero al otro lado estaba su madre, viuda, que había pasado todos aquellos años en soledad, sacrificándose por el bien de su único hijo. Aquellos sentimientos encontrados que luchaban en su interior le tenían completamente desconsolado.

Finalmente, prevaleció el amor filial por encima de cualquier otro sentimiento, y se reunió con Malaspina para comunicarle su decisión.

-Padrino, durante estos días he meditado intensamente lo que voy a hacer con mi vida. Tengo veinte años, y mi vocación, fundamentada además en los conocimientos que he recibido mediante los estudios que tú me procuraste es la de navegar, cosa que entenderás fácilmente porque hasta en eso me parezco a ti, pero antes de dedicarme a ello, creo que mi deber es hacer compañía a mi madre, al menos durante un tiempo. Renunció a mí durante años para evitarme peligros y perjuicios, y debo compensar su sacrificio. Así pues, he decidido reunirme con ella en La Coruña, y esta decisión, lamento decírtelo, es irrevocable-

Malaspina, aun dentro de la tristeza que le embargaba, no pudo evitar comprender a su ahijado. Con una sonrisa melancólica, le dijo:

-Debo reconocer que en el fondo me decepcionarías si hubieras actuado de otra manera, aunque sabes bien que me había hecho la ilusión de que permanecieras aquí conmigo-


































CAPITULO III
EL RETORNO


Dos días después, Alejandro zarpaba del puerto de Valletta en un carguero con rumbo a Barcelona. En el muelle, tras una triste despedida, quedaban Malaspina, Luisa y Silvia. Las mujeres no habían podido contener las lágrimas cuando lo abrazaron por última vez, y su padrino había conseguido dominar su emoción con mucho esfuerzo. Alejandro estaba seguro de que iba a volver a verles, pero también sabía que iba a pasar bastante tiempo antes de que eso se produjera.

Por las noticias que tuvo de su país mientras había estado ausente, la situación política apenas había variado desde su marcha, aunque en aquella época era demasiado joven para interesarse sobre el particular. Continuaba reinando en España Carlos III, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio que había accedido al trono en 1759 sucediendo a su hermanastro Fernando VI, que había muerto sin descendencia.

Por lo que había podido saber a través de Malaspina, era un buen monarca, amante de la cultura, que impulsó, con la colaboración de su secretario de Hacienda, el marqués de Esquilache, una política reformista en todos los aspectos. Quizá su mayor error fue la liberalización comercial, que originó una subida de precios de los productos de primera necesidad a causa de las especulaciones de los acaparadores y de las malas cosechas de los últimos años, que provocó en 1766 el denominado Motín de Esquilache, originado en Madrid y trasladado después a diferentes capitales de provincia, cuyo detonante inicial fue la obligatoriedad impuesta de cambiar la capa larga y el sombrero de ala ancha de los madrileños por la capa corta y el sombrero de tres picos. Las consecuencias de este motín, que estalló con virulencia en la mañana del domingo de ramos, fueron la destitución y destierro de Esquilache y su reemplazo por el Conde de Aranda, así como el cese de los ministros extranjeros que habían acaparado el poder, y su sustitución por españoles.


No obstante, el monarca también había tenido muchos aciertos, como la creación de un ambicioso plan industrial en el que destacaban como punteras las industrias de bienes de lujo pero no faltaron muchas otras para producción de bienes de consumo, en toda la geografía española. Asimismo había impulsado un plan de caminos reales de carácter radial, con origen en Madrid y destino en Valencia, Andalucía Cataluña y Galicia, y también creó hospitales públicos, servicios de alumbrado y alcantarillado, así como recogida de basuras, todo ello en las principales ciudades del país.

La travesía, que transcurrió sin incidencias, duró cuatro días y medio, al cabo de los cuales saltó a tierra en el puerto de la Barceloneta. Buscó alojamiento en una hostería que la tripulación le había recomendado en las inmediaciones del puerto, y dedicó la jornada a pertrecharse para el largo viaje hacia La Coruña. Su equipaje era exiguo: apenas unas cuantas prendas de ropa y calzado, su espada y una bolsa repleta de reales de plata que su padrino le había dado, una cantidad más que suficiente para hacer frente no solo a los gastos del viaje, sino a cualquier eventualidad que surgiese, por muy cara que ésta fuera.

Se hizo con un buen caballo y los avíos necesarios para montarlo, algunos alimentos perdurables en previsión de cualquier eventualidad, así como alfalfa para el caballo y dos armas de fuego con la correspondiente munición. Recordaba todavía, pese al tiempo transcurrido, lo que le había contado su difunto padre acerca de lo útiles que le habían sido durante su accidentado viaje desde Madrid.

Después, dedicó el resto de la jornada a conocer la ciudad, que era la más grande que había conocido, y no por ello dejaba de ser hermosa y bien construida, además de muy mercantilizada y fabril, lo que le confirmó lo que le había comentado Malaspina acerca de ella. Durante los primeros años del siglo XVIII había conseguido un nivel económico tan elevado, cuya base se cimentaba en un conjunto de pequeñas empresas comerciales, principalmente textiles, que ni siquiera cuando vinieron tiempos peores, incluido un asedio de 14 meses en 1713 por parte de los Borbones y sus aliados los franceses, consiguió crear más que una pequeña crisis que fue superada con facilidad durante los años posteriores.

Tras una reparadora noche de descanso, emprendió viaje al amanecer.

Durante siete jornadas, divididas en otras tantas etapas, cabalgó sin prisas pese a que el camino, a través de una calzada romana que, desde tiempos inmemoriales unía Tarragona con Astorga, en las lejanas tierras de León, era ciertamente cómodo salvo algunas pendientes de escasa dificultad. Había aprendido a amar a los caballos y no quería castigar al suyo sin necesidad, así que lo mantuvo al trote.

Durante esos días, recorrió todo el principado de Cataluña, haciendo noche en posadas de caminantes, aunque hizo algún alto aislado en las poblaciones que le parecieron más importantes y dignas de ver, como Igualada, Mollerusa o Lérida.

Se adentró en Aragón y tuvo que cruzar el desierto de los Monegros, lo que, aun sin acarrearle grandes apuros, el hecho de tratarse de un paraje deshabitado hizo que tuviera que echar mano de sus víveres y provisión de agua, que repuso a su llegada a Zaragoza, dos días más tarde.

El cansancio había hecho mella en él y en su caballo, así que decidió tomarse un día sabático antes de reemprender viaje.

Tras localizar una posada en la ciudad que se le antojó cómoda y limpia, consiguió alojamiento y una buena cuadra y alimento para su caballo, y se internó por las calles de la ciudad, que recorrió con curiosidad. Llegó a la plaza del Pilar y admiró su basílica, cuyo exterior estaba siendo restaurado por el arquitecto real Ventura Rodríguez, remodelación que consistía básicamente en el añadido de cúpulas a la central, que originariamente se había previsto como única. Se adentró en el interior del templo y se sintió hondamente impresionado por su gran belleza y serena grandiosidad; con adornos clasicistas y presidiéndolo todo, estaba la Columna de la Virgen. Pese a su escasa práctica religiosa, algo dentro de él le impulsó a postrarse de rodillas en la Santa Capilla y rezar una oración.


Recorrió gran parte de los populosos barrios de la ciudad. Sabía que a raíz del advenimiento de los Borbones se les habían recortado privilegios –la supresión de los fueros de Aragón, la negativa de la existencia del reino de Aragón como ente independiente y la privación de la capacidad de Zaragoza como capital política, fueron un duro golpe para todo el reino-, pero pese a ello aquella ciudad era a todas luces próspera y bulliciosa, y con una actividad comercial más que destacable.

Al día siguiente, abandonó Zaragoza camino de Logroño, ruta que le llevó tres jornadas bien aprovechadas, aunque hizo altos para descansar en Magallón, Tudela y Calahorra. En esta última población, en pleno valle del Ebro, se entretuvo un poco más para recuperar fuerzas.

En Logroño se incorporó al camino de Santiago, la denominada ruta francesa, cuya comunicación con el vecino país era a través de los Pirineos, con los puertos de Roncesvalles y Somport como vías alternativas. Apenas paró en la ciudad riojana más allá de lo estrictamente necesario. El camino discurría entre viñedos y grandes campos de labradío, y la panorámica que se divisaba era extremadamente hermosa: una gran planicie de tierra rojiza con cientos de vides primorosamente alineadas, cuya monotonía era rota por grandes extensiones de trigales y hermosos campos de almendros que, en el apogeo de la primavera, estaban completamente en flor, provocando un bello contraste de colores con el resto del paisaje.

El tránsito, que hasta el momento había sido más bien escaso desde el inicio del viaje –excepción hecha del que fluía en las inmediaciones de las zonas pobladas- se había vuelto más intenso, sobre todo en los transeúntes de a pié, quienes casi sin excepción portaban la indumentaria de los peregrinos de Santiago, consistente en un abrigo corto que no estorbase el movimiento de las piernas, una esclavina o pelerina de cuero que protegía del frío y la lluvia, un sombrero redondo de ala ancha, y un bordón más alto que la cabeza con punta de hierro, y colgada de él, una calabaza hacía las veces de cantimplora.

Los que se cruzaban en sentido contrario, de regreso de la peregrinación, portaban además un curioso elemento: una concha de vieira que llevaban prendida a sus ropas como para autentificar su estancia en la ciudad del Apóstol.

Otros viajeros, los menos, cabalgaban en sus monturas o viajaban cómodamente en carruajes. Alejandro no pudo evitar pensar que si también se dirigían a Santiago y lo que se premiaba era el sacrificio, poco rendimiento iban a sacar de su peregrinación.

Tenía previsto hacer noche en Santo Domingo de la Calzada, pero vencido por la fatiga decidió quedarse en Nájera. Buscó donde albergarse y localizó una hostería de buena apariencia. Consiguió una limpia y cómoda habitación, y tras acomodarse en el cuarto, pese a ser una hora relativamente temprana -media tarde- notó un desfallecimiento en su estómago, ya que apenas había probado bocado a la hora del almuerzo, y bajó a cenar.

No había clientes en la taberna. Ocupó una pequeña mesa en un rincón y pidió a la amable mesonera, una mujer de unos cuarenta años que acudió solícita a atenderle, una jarra de vino y algo de cena. El vino, un tinto de la tierra, era excelente, pero la paletilla de cordero que le hacía compañía era inmejorable.

Estaba comenzando a comer el asado con deleite cuando entraron dos personas, que fueron a acodarse al mostrador. Eran jóvenes, de una edad algo superior a la suya –tendrían unos 25 años-. Analizándolos por su indumentaria, ciertamente lujosa, aparentaban ser gentilhombres, pero sus modales distaban mucho de ello. Hablaban a grandes voces, y pidieron sendas jarras de vino a la posadera con escasa cortesía. A Alejandro le desagradaron aquellos personajes, máxime al percatarse de la expresión amedrentada de la mujer, pero no le dio mayor importancia al asunto, pensando que no iba con él. Una de las recomendaciones en las que más había insistido Malaspina cuando Alejandro iba a emprender el viaje fue que no se metiera en cuestiones ajenas para evitar situaciones problemáticas.

No obstante, aquellos dos petimetres no iban a ponérselo fácil. Pasaron de las palabras a los hechos, porque cuando la mujer se acercó a ellos para servirles, empezaron a sobarla. A Alejandro comenzó a hervirle la sangre. Pese a sus buenas intenciones, aquello era más de lo que podía soportar. No podía ser testigo mudo de tamaño abuso. Se levantó de su mesa y se acercó a ellos. Uno, el más osado, tenía sujeta por la cintura a la pobre mujer, que no oponía resistencia alguna paralizada como estaba por el terror, mientras el otro reía a carcajadas las groserías sin gracia alguna que su compañero le decía a la posadera.

Alejandro tomó suave, pero firmemente, el brazo que la rodeaba, y lo separó de la cintura de la mujer. El joven, sorprendido porque no había notado que se acercara, no opuso resistencia, quedándose mirando a Alejandro, estupefacto. Se notaba bien que no estaba acostumbrado a que nadie pusiera coto a su caprichosa voluntad. Antes de que pudiera reaccionar, Alejandro lo miró muy serio y le dijo:

-Creo que se estaba usted sobrepasando un poco con esta señora, que podría ser su madre, y no he tenido más remedio que intervenir-

El otro, recuperando el aplomo, le dijo:

-Pero tú, bastardo, con quien crees que estás tratando. Esto lo vas a pagar muy caro- y lanzó un puñetazo contra él, intentando cogerle desprevenido, Pero Alejandro, muy hábil en aquellos menesteres, ya esperaba el ataque, y con un simple quiebro evitó la acometida y aprovechó que su contrincante tenía la cabeza al descubierto para asestarle una trompada con la mano abierta que dio con sus huesos en el duro suelo.

Eso le dio unos instantes para prepararse contra el ataque, claramente previsible, del compañero de su oponente, que blandiendo un cuchillo se lanzó hacia Alejandro con aviesas intenciones.

A éste, tras conseguir aferrarle el brazo, no le costó demasiado trabajo desarmarlo, y darle unos cuantos puñetazos que hicieron que fuera a hacer compañía a su amigo, en el duro suelo de la posada.

Viendo que no tenían las de ganar, pese a la ventaja numérica, optaron por una poco honrosa retirada. Alejandro, con tranquilidad, regresó a su mesa y se concentró en la cena que había dejado a medias.

La mujer se aproximó a la mesa.

-Señor, le estoy muy agradecida por haberme defendido, pero esto no le va a traer más que problemas. Los hombres con los que se ha peleado son los hijos del juez Domingo Ruiz, que aprovechan su posición de privilegio para hacer lo que se les viene en gana, y no están acostumbrados a que nadie les contradiga y mucho menos a que se enfrente a ellos y les de una paliza, como ha hecho usted. Creo que debería marcharse cuanto antes de aquí, por su propia seguridad-

-No se preocupe, señora, pasaré aquí la noche y mañana al amanecer partiré hacia Galicia. Pero gracias por la advertencia-

-Quizás debiera usted irse ahora. Le aseguro que se trata de gente muy peligrosa-

-Necesito descansar al menos unas horas, pero de todos modos me mantendré ojo avizor-

Terminó la cena, subió a su aposento y se acostó. La modorra fruto del cansancio y la digestión, no tardó en vencerle y cayó en un profundo sueño.

Al cabo de unas horas se despertó, inquieto. Algo que no podía identificar lo había sobresaltado. Se quedó quieto, con los cinco sentidos pendientes de lo que pasaba en la habitación, y en la quietud de la noche percibió un ligerísimo ruido del suelo de madera al ser pisado.

Previsoramente había dejado su espada junto a la cama, al alcance de la mano. Consiguió blandirla con cautela, y de repente se puso en pie de un salto. Ayudado por la luz de la luna que entraba por el ventanal distinguió dos sombras furtivas en la habitación, moviéndose sigilosamente. Uno de ellos, al menos, llevaba un cuchillo. Aunque no pudo confirmarlo en ese momento, supuso que el otro también iría armado.

Los asaltantes, que previsiblemente habían entrado por la ventana, puesto que Alejandro la había dejado abierta para aliviarse del calor de la época estival, al saberse descubiertos, se lanzaron al ataque. Pese a la semioscuridad, Alejandro estaba bien visible para ellos, por lo que ambos se dirigieron al unísono contra él para asestarle una puñalada, desde diferentes puntos de la habitación, con la intención de desconcertarle.

Pero no lo consiguieron. Esquivó al primero arrojándose al suelo y girando sobre sí mismo hasta quedar en un rincón, y el segundo, que quiso aprovechar la posición de desventaja de su oponente antes de que éste tuviese tiempo a reaccionar, se tiró furiosamente a por él. Alejandro no tuvo más opción que interponer su espada para evitar la agresión, y su enemigo, al lanzarse al ataque, se clavó una estocada en el pecho que lo traspasó. Lanzó un grito desgarrador, y cayó al suelo junto a Alejandro, quedándose muy quieto. Era uno de los protagonistas de la pelea en la taberna, exactamente el que trataba de manosear a la posadera.

El segundo asaltante, pese a que la penumbra no le permitía discernir muy bien que era exactamente lo que había ocurrido, se percató perfectamente de la situación. Comprendiendo que tanto la ventaja numérica como el factor sorpresa se habían ido al traste, le venció el terror, y ni siquiera el afán de venganza por lo que le había sucedido a su hermano le dio fuerzas para intentar un nuevo ataque. Se dirigió a la ventana por la que habían entrado, se colgó del alféizar y saltó a la calle. No pareció sufrir grandes daños con la caída, puesto que de inmediato se puso en pie y huyó a la carrera, despavorido.

Alejandro prendió un candil que se hallaba en la mesita, que hizo que la habitación se iluminase. Se acercó al caído y, tal como sospechaba, verificó que estaba muerto. Aunque sabía que no era culpable, no pudo evitar el remordimiento de haber privado de la vida a un ser humano, por muy vil que éste fuera. Luego analizó su situación, y ésta, aun siendo optimista, era como mínimo delicada. El que había huido daría sin duda la alarma y, si no ponía tierra de por medio cuanto antes, iban a hacérselo pagar muy caro.

Se vistió con celeridad, dejó unas monedas sobre la cama en cantidad más que suficiente para pagar la posada, y salió de la habitación. Al bajar las escaleras se encontró a la posadera, que subía, alarmada por el estrépito que habían producido durante la pelea, y le explicó lo ocurrido. La mujer le instó a huir cuanto antes ante el inminente riesgo que corría su vida.

Pocos instantes después, abandonaba el pueblo a todo galope.

Ya se había hecho de día, y había puesto la distancia de por medio para sentirse seguro, y entonces recordó a la posadera. A buen seguro que la pobre mujer a esas horas lo estaba pasando mal. No sabía nada del juez de Nájera, pero conociendo a sus hijos era fácil suponer como era el padre, y era presumible que, no teniendo a quien echar mano, aquella infeliz iba a pagar el pato.

Tras pensárselo, decidió dar la vuelta para saber que estaba ocurriendo en Nájera, pero sabía que si iba a cara descubierta, estaba muerto. Tenía que hacerlo de forma anónima. Una figura que se acercaba caminando a lo lejos le dio una idea.

Pocas horas después, tras dejar su caballo y su equipaje en una venta algo alejada del camino y hacerse con los hábitos de un peregrino a cambio de un buen dinero, emprendió el camino de regreso a Nájera. Poco después, se cruzó con un grupo de cuatro hombres que cabalgaban desaforadamente, supuso que en su búsqueda, que pararon para preguntarle si había visto un jinete, y éste les respondió que sí, que se había cruzado con un joven montado a caballo, al que imprimía un fuerte galope, a un par de leguas, en dirección a Santo Domingo de la Calzada. Aquellos hombres reanudaron la marcha furiosamente, sin molestarse en agradecer la información.

Cuando llegó a Nájera, entró en la primera taberna que encontró, con la seguridad de que era el lugar más adecuado para informarse de lo que ocurría en el pueblo. Era un local amplio, y estaba lleno de parroquianos, que estaban tan abstraídos en su discusión, que nadie se percató de su llegada. Ocupó una de las pocas mesas que quedaban libres.

Como hablaban a grandes voces, no le costó trabajo alguno enterarse del asunto por el que los lugareños estaban discutiendo, que no era otro que el que le había llevado hasta allí. Pidió una jarra de vino al mesonero, y se concentró en escuchar la conversación. Pronto se dio cuenta de que sus peores pronósticos se habían cumplido. Uno de los hijos de Domingo Ruiz, juez de aquellos contornos, había sido hallado muerto en una posada, con el pecho atravesado por la espada de un desconocido. El asesino se había evaporado y el juez, impotente para localizarlo, había descargado su ira en la posadera, al considerarla cómplice del crimen, e inmisericorde, había ordenado su ejecución en la horca, lo que iba a cumplirse al amanecer del día siguiente, y la infeliz mujer permanecía encerrada en el calabozo del juzgado a la espera de la ejecución de tan injusta sentencia.

A Alejandro, al conocer los hechos, le cayó el alma a los pies. Aquello no parecía tener solución viable. Dentro de sí tenía un sentimiento, mezcla de sensación de culpabilidad y sed de venganza, que no le permitía marcharse de allí sin hacer nada, aun siendo consciente del riesgo mortal que conllevaba permanecer en el pueblo.

Nadie le conocía allí, a excepción del segundo hijo del juez, e incluso éste, aun viéndole, difícilmente le hubiese reconocido bajo el disfraz de peregrino.

Muy interesado en conocer todos los pormenores del asunto, no le costó mucho trabar conversación con uno de los presentes, quien le relató con pelos y señales todo lo acontecido desde su marcha, a primera hora de la mañana.

El hermano del muerto había corrido a dar la voz de alarma sobre lo sucedido. La versión que había contado poco tenía que ver con la realidad. Declaró que aquel desconocido, en connivencia con la posadera, había amenazado con su espada a los dos hermanos y los había obligado a subir a la habitación para robarles la bolsa. Ellos se habían resistido y el salteador había asesinado a su hermano y pretendía hacer lo mismo con él, pero consiguió salvarse saltando por la ventana.

El juez, sin haber hecho comprobación alguna de los hechos -probablemente porque ya conocía la falsedad de la explicación de su hijo-, había ordenado la ejecución de la infeliz posadera y mandado varias patrullas a la caza del fugitivo en distintas direcciones, pero todas menos una habían regresado sin noticia alguna del paradero del asesino –supuso que se trataba de la que se había cruzado con él en el camino-

Sutilmente, Alejandro fue desviando la conversación hacia la situación familiar del juez, y se informó de que era viudo desde hacía muchos años y vivía en una mansión situada a las afueras de la población, junto con sus dos hijos. También tenía criados y campesinos asalariados que cuidaban de sus grandes extensiones de viñedos, pero todos ellos residían en un caserío algo alejado de la casa principal, con lo que durante las noches solo estaban en ésta el padre y, ahora, el hijo que quedaba con vida.

Mostró su extrañeza de que una persona con el cargo que ostentaba y las riquezas que presumiblemente poseía viviera en situación de aislamiento, sin tomar siquiera las más elementales medidas de seguridad. Su interlocutor le dijo:

-Nadie que esté en su sano juicio, ni siquiera el más fiero de los bandidos, osaría mover ni un dedo contra alguien como el juez Ruiz, cuya crueldad es conocida en toda la región, y éste lo sabe-

Durante la conversación, Alejandro había ido pergeñando una idea, que inicialmente le pareció inviable, pero luego fue tomando forma y finalmente llegó a la decisión de llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias, que bien podrían concretarse en perder su vida.

Al caer la noche, merodeó por el pueblo hasta localizar la casa del juez. Era un gran caserón de dos plantas cuyo frente estaba presidido por un jardín magníficamente cuidado. Una muralla de cierre aislaba la propiedad de los campos de viñedos que la circundaban, a cuyo fondo, bastante alejado, divisó un pequeño grupo de casas que supuso se trataba del caserío que se usaba como residencia de la servidumbre.

Rodeó la muralla y comprobó que pese a ser alta y maciza, no era difícil hallar un punto por el que se pudiera saltar sin gran esfuerzo. Todavía era pronto para lo que tenía pensado hacer, así que dedicó el tiempo de espera a orientarse para hacer más factible una posible huida. Distinguió luz en dos habitaciones de la planta alta, que presumió que eran las que ocupaban los dos habitantes de la casa.

Unas horas después, saltaba la muralla con el mayor sigilo. Nada más situarse en el jardín, sacó una pistola que portaba en la cintura, y empuñándola, se acercó a la casa.

Buscó el lugar más idóneo para penetrar en el edificio, y se llevó la gran sorpresa de que la puerta principal no estaba cerrada con llave. Tal era el grado de confianza que tenía el juez debido al miedo que imponía.

Traspasó el marco silenciosamente y tras cerrar de nuevo la puerta, se quedó inmóvil durante unos instantes para acostumbrarse a la penumbra. Una vez que lo consiguió, comprobó que se hallaba en un amplio salón en cuyo fondo destacaba una gran escalinata de mármol; avanzó muy despacio hacia ella y ascendió los peldaños sin hacer ruido alguno.

Cuando llegó al descanso de la escalera, vio que esta se bifurcaba hacia ambos lados. Haciéndose una composición de lugar con respecto a las luces que había visto desde el exterior, llegó a la conclusión de que las habitaciones ocupadas estaban en el ala izquierda de la casa, así que se dirigió hacia allí.

Llegó a un largo pasillo, iluminado débilmente por varios faroles. Estaba alfombrado, lo que le facilitó avanzar con el mayor de los sigilos. Los cuadros y lujosos tapices confirmaban la acomodada posición de los dueños de la casa.

Las puertas de las habitaciones eran numerosas y por tanto no era fácil adivinar cuales estaban ocupadas, pero tenía una referencia. De las dos que había visto iluminadas, una daba a la esquina del edificio, y por tanto tenía que ser la última habitación del largo pasillo. Avanzó hacia ella y al llegar, empujó la manilla de la puerta y la abrió, pasando a su interior. En la cama vio un bulto y sintió una respiración sosegada, indicativa de que el ocupante del lecho estaba durmiendo plácidamente.

Junto a la cama, en la mesilla, distinguió un quinqué y cerillas. Lo encendió, y pese a ello la persona que allí había seguía durmiendo profundamente. Comprobó que se trataba del hijo. Descargó un fuerte par de bofetadas en su rostro, que hicieron que se despertara muy agitado y con los ojos desmesuradamente abiertos, momento en que puso el cañón del arma en su garganta y le dijo con suavidad:

-Si dices una sola palabra eres hombre muerto-

El otro, muy asustado, hizo un gesto afirmativo, sin abrir la boca para nada. Le ordenó que se levantara y no hiciera ruido alguno. En la amplia habitación había un escritorio, y hacia él le obligó a dirigirse, con la amenaza de dispararle. Le mandó sentarse y tomar papel y pluma, y a continuación le dictó exactamente lo que tenía que escribir.

Durante un buen rato transcribió el texto que se le fue indicando, con algunas interrupciones provocadas por su poca disposición a hacerlo, pero cuando se giraba y veía el cañón de la pistola, ineludiblemente volvía a la tarea tan convincentemente encomendada. Cuando la carta estuvo finalizada, le ordenó firmarla.

A continuación, le preguntó cual era la habitación de su padre, y le obligó, siempre a punta de pistola, a precederle hasta el aposento, iluminando el camino con el quinqué. Abrieron la puerta y traspasaron el umbral. La luz hizo que el juez se despertase, incorporándose en el lecho, sorprendido por la inesperada irrupción. Era un hombre robusto, de unos cincuenta años, cuya mirada fría y resuelta y su expresión hosca, traslucían una personalidad forjada a base de cumplir hasta el más mínimo de sus deseos, disponiendo de vidas y bienes ajenos a su antojo.

-¿Qué es lo que demonios ocurre?- bramó, dirigiéndose hacia su hijo y sin prestar la más mínima atención al desconocido que lo acompañaba.

-Padre, este hombre nos está amenazando con un arma- dijo el hijo con voz temblorosa, a punto de llorar.

El juez pareció percatarse por primera vez de la presencia de Alejandro.

-¿Quién osa profanar mi casa y perturbar mi sueño?- a Alejandro no se le escapó que ni siquiera hacía alusión al hijo perdido, cosa que, de alguna manera, le hubiese ablandado el corazón.

-Alguien que viene a que se haga justicia, señor juez- y extendiendo la mano, le acercó la carta que acababa de ser escrita.

El juez, algo indeciso, la tomó y se puso a leerla. El texto era el siguiente:

Yo, Guillermo Ruiz, quiero manifestar que la declaración hecha por mí sobre el suceso que costó la vida a mi hermano Enrique no se ajusta a la verdad.

Lo que realmente sucedió fue que mi hermano y yo entramos en la posada y, como habíamos bebido mucho, comenzamos a importunar a la mesonera, y aquel hombre salió en su defensa y tuvimos una pelea con él de la que salimos malparados.

Al marchar, nos escondimos en las proximidades de la posada, esperando por él para poder vengarnos cuando saliera, pero al ver que no lo hacía supusimos que estaba hospedado allí. Poco después, desde nuestro escondite vimos como dejaba abierta la ventana de una de las habitaciones. Esperamos un largo rato para asegurarnos de que estaba dormido, y trepamos hasta la ventana, por la que nos introdujimos, armados de cuchillos.

Pese a que actuamos con la máxima cautela, no pudimos impedir que nos oyera y empuñara una espada, con la que se nos enfrentó en la oscuridad.

Tras esquivar mi acometida, cayó al suelo, aunque sin soltar la espada, y mi hermano Enrique, viéndose en superioridad, se tiró a por él para rematarlo, con la mala suerte de que él mismo se clavó en el pecho la espada, que permanecía de punta.

Esa es la auténtica realidad de los hechos, y si dije otra cosa fue por afán de venganza y cegado por el dolor de la pérdida de mi hermano. La posadera no está involucrada para nada en este desgraciado suceso.

FIRMADO
Guillermo Ruiz


El juez, pese a ser conocedor de los hechos, o cuando menos suponerlos, se quedó mirando hacia su hijo con una expresión de severa crítica. Iba a decirle algo cuando Alejandro lo interrumpió.

-Señor juez, ante lo que acaba de oir, supongo que no tendrá inconveniente en revocar la sentencia y ordenar la inmediata liberación de la posadera. Expida usted una orden-

Domingo Ruiz, ligeramente cabizbajo pero con el odio reflejado en sus pupilas, asintió con un gesto. Se dirigió al secreter que había en la estancia y redactó el documento. Tras mostrárselo a Alejandro, éste lo leyó atentamente, resultándole conforme, y se lo devolvió, quedando en su poder la confesión de Enrique, lo suficientemente comprometedora como para evitar cualquier estratagema.

Después, los tres abandonaron la casa y se dirigieron al juzgado, en cuyos calabozos estaba ingresada la posadera. La puerta estaba custodiada por un guardia, que cedió paso respetuosamente al juez y sus acompañantes. Dentro había un carcelero, a quien le fue entregada la orden de libertad sin decir palabra. Pocos instantes después la mujer, muy pálida y demacrada, y con síntomas de haber sido tratada con escasísima delicadeza, salió de la mazmorra. Alejandro se brindó a acompañarla a su casa, no sin antes hacer un aparte con el juez y su hijo.

-Espero que a partir de ahora se cuiden ustedes muy mucho de que esta mujer no sufra el más mínimo daño, porque independientemente de la delicada situación en que se vería usted, don Enrique, si su confesión se hace pública, pongo a Dios por testigo de que regresaré de donde sea para que ustedes dos lo paguen con su vida. Y yo no juro en vano-

Acompañó a la agradecida mujer a la posada, donde fue recibida por sus familiares con gran alborozo.

Poco después abandonaba caminando la población, en dirección a la venta donde había dejado su caballo y el equipaje. Por el camino se cruzó con la cuadrilla que había salido en su búsqueda, que en esta ocasión no reparó en él. Cuando llegó se tendió en una cama durante varias horas para recuperarse del agotamiento de una noche tan intensa, y después partió hacia su destino.

Los siguientes días fueron apacibles. Tuvo mucho tiempo de pensar en todo lo acaecido. Aunque lo había hecho sin intencionalidad y en defensa propia, no podía dejar de pensar en que le había quitado la vida a un semejante, lo cual le hacía sentir profundamente apesarado por su implicación en el fallecimiento de esa persona, independientemente de su mezquindad y escasa calidad humana. No obstante, tras pensar mucho en todos los pormenores, llegó a la conclusión de que en su fuero interno no sentía culpabilidad, sino por el contrario una especie de complacencia por haber actuado en todo momento tal y como le dictaba su conciencia, y una profunda satisfacción por haber logrado salvar la vida de aquella inocente mujer.

Al cabo de seis jornadas, tras recorrer todo el reino de León, llegó a Astorga. A partir de ese punto el camino era coincidente con el que había recorrido su difunto padre hacía más de veinte años, y del que éste tanto le había hablado.

Entró en la ciudad y anduvo a la procura de alojamiento, que obtuvo sin problemas en una hostería del centro. Tras aposentarse en la habitación y asearse a fondo, bajó a cenar a la cantina del establecimiento. Estaba casi abarrotada, pero consiguió una mesa. Estaba tan hambriento que no tuvo problemas en despacharse una ingente marmita de cocido maragato, un plato que ya había oído alabar a su padre.

En la mesa de al lado estaban cenando tres hombres. No pudo evitar oir la conversación, puesto que hablaban a grandes voces para poder hacerse entender entre el barullo que provocaba el resto de la concurrencia. Por lo que les entendió, procedían de La Coruña y se dirigían a Madrid. Comentaban lo difícil que se había vuelto la situación en aquella ciudad, debido a la crisis provocada por diferentes contratiempos.

Interesado por aquellas manifestaciones, consiguió trabar conversación con los desconocidos, y supo que eran comerciantes que habían visitado la ciudad por cuestión de negocios y habían regresado antes de lo previsto, toda vez que el objetivo que les guiaba no tenía trazas de cumplirse, debido a la conflictiva situación económica por la que venía atravesando la ciudadanía.

Los motivos que alegaron para aquella incómoda situación fueron varios. Por un lado estaba la escasez de cuarteles para la numerosa tropa destinada en la plaza, provocada por lo depauperadas que estaban las arcas de la Hacienda Real, lo que obligaba a instalar a los soldados en casas de los vecinos, tras forzar a éstos a acogerlos. Y como siempre suele suceder, la carga recaía sobre los coruñeses más humildes, puesto que los funcionarios de la Corona, los clérigos, los potentados, y un buen número de individuos vinculados con la inquisición o colaboradores laicos en la recaudación de limosnas escapaban a ella.

Por si eso fuera poco, durante los dos últimos años se habían obtenido cosechas deficitarias a causa de las excesivas lluvias, de modo que la hambruna era imparable.

Con estas tristes nuevas partió Alejandro al día siguiente hacia su tierra, a la que llegó siete días más tarde.



CAPITULO IV
DE VUELTA AL HOGAR

Nada más entrar en la ciudad se percató del profundo cambio que ésta había experimentado en aquellos ocho años. Había sufrido una profunda transformación urbanística. Las principales calles de la Pescadería estaban enlosadas o adoquinadas, y se habían construido numerosos edificios que la adornaban con un aspecto distinto.

Al llegar a su casa, desmontó del caballo y se quedó unos instantes en pie delante del umbral, pensando en todo lo que significaba aquel retorno. Accionó el llamador de bronce y casi al instante se abrió la puerta y apareció ante su vista la imagen de su madre. Elisa, que ni por asomo contaba con aquella visita, a punto estuvo de sufrir un vahído al reconocerlo.

-Dios mío, Mi niño, mi niño- repetía abrazándose a él entre lágrimas. Alejandro tampoco era ajeno a aquella emoción, pero hizo un esfuerzo por contenerse.

Tras acomodar al caballo en la cuadra e introducir el equipaje en el domicilio, se sentaron en la sala, donde una joven criada que Alejandro no conocía les sirvió el te, bebida a la que Elisa era muy aficionada.

A requerimiento de su madre, que hacía más de un año que no le veía, le contó todos los avatares del viaje, omitiendo únicamente todo lo sucedido a su paso por Nájera. No era cuestión de enturbiar su alegría con aquella malhadada aventura.

Después, él se interesó por como estaban las cosas en la ciudad, y ella le confirmó punto por punto las noticias recibidas de aquellos forasteros en Astorga. La situación iba empeorando día a día, y ya no se limitaba solamente a una época de vacas flacas en lo económico –circunstancia que particularmente no les hubiese afectado, siendo como eran poseedores de una de las fortunas más grandes del país- sino que había degenerado en un conflicto de seguridad, al haber sido invadida la ciudad por nutridos grupos de mendigos y campesinos pobres que huían del hambre, y muchos de ellos se habían constituido en bandas que se dedicaban al asalto y al pillaje, quedando las autoridades desbordadas para poner coto a aquellos desmanes. No era recomendable salir de casa en horario nocturno, porque más de un vecino confiado había aparecido muerto de forma violenta.

Pese a antojársele pasear por la ciudad aquella misma noche, Alejandro decidió quedarse en casa, más por no preocupar a su madre que por considerar que existía un peligro real, pese a todas sus advertencias, así que cenaron juntos y después se retiraron a descansar.

Madrugó al día siguiente para cumplir su deseo, y deambuló por la ciudad hasta la extenuación. Confirmó su primera impresión sobre el imparable crecimiento que estaba experimentando la urbe y también vio con sus propios ojos las dificultades por las que estaba pasando; grupos de desarrapados habían invadido la localidad y campaban a sus anchas. Por lo temprano de la hora pudo comprobar que dormían en las calles y los más afortunados en barracas de madera que ellos mismos habían construido, y su evidente falta de higiene provocaba un pestilente olor que lo abarcaba todo.

Tras el recorrido, y viendo que ya era una hora prudencial para las visitas, decidió acercarse hasta el domicilio de su amigo Cornide, muy próximo al suyo. Preguntó por él a la uniformada doncella que le abrió y pronto lo tuvo frente a sí. Había cambiado en aquellos años, pero lo reconoció fácilmente pese al fino bigote que le cubría el labio superior. No ocurrió así con Cornide, que se quedó dubitativo durante unos instantes sin identificar al visitante, hasta que su cara se iluminó al distinguirle, abrazándole fuertemente.

Pasaron al interior de la vivienda, donde Alejandro tuvo oportunidad de saludar a los padres y hermanos de Cornide, y después estuvieron departiendo largo rato. Alejandro le contó todas sus andanzas, tanto sobre los años pasados en Malta como sobre las peripecias de su accidentado viaje de regreso. Su amigo le explicó que recientemente había terminado la carrera de derecho en la universidad de Santiago y tenía previsto abrir en breve un despacho de abogado en la ciudad.

A instancias de la familia Cornide, no tuvo más remedio que aceptar la invitación para quedarse a almorzar. Durante la comida, que transcurrió en medio de un agradable ambiente, salió a relucir la conflictiva situación en que se encontraba la ciudad. José Cornide, hombre muy ilustrado y de gran visión, manifestó sus temores de que lo peor estuviera todavía por llegar, porque el hacinamiento y falta de salubridad en que vivían todos los pobres desgraciados que habían llegado a la capital huyendo del hambre, hacían prever un serio problema sanitario.

Pocos días después, aquellos augurios se confirmaban al declararse una terrible epidemia de peste.

En poco tiempo, las víctimas de la cruel enfermedad se contaban por centenares. El personal sanitario de la ciudad, constituido por seis médicos y once cirujanos, era insuficiente, no ya para atajar la plaga, sino para atender a los numerosos ciudadanos que habían caído enfermos. Se veían tan desbordados que tenían que echar mano de voluntarios carentes de los más elementales conocimientos de medicina.

La epidemia, unida a la hambruna provocada por la carestía de alimentos y el repentino crecimiento de la población, provocó un gran caos en la ciudad. Como suele suceder cuando se está en un callejón sin salida y no hay remedios humanos para solucionar los problemas, se recurrió al Altísimo, organizándose procesiones y novenas para implorar al cielo soluciones.














CAPITULO V
MERCEDES

Un domingo por la mañana, Alejandro acudió junto con Cornide a uno de los oficios religiosos que se celebraba en la iglesia de los jesuitas, ahora regida por los agustinos, pasando a denominarse iglesia de San Jorge; se habían hecho cargo de ella, abandonando la de Cayón, merced a la expulsión sufrida por la orden jesuita dos meses antes, decretada por imperativo del rey Carlos III, al considerárseles como los verdaderos inductores desde sus púlpitos del motín de Esquilache, y aunque amplios sectores de la nobleza y diversas órdenes religiosas estuvieron claramente en contra, el rey y sus colaboradores fueron inexorables y se llevó a cabo
Mediante Real Decreto del 27 de febrero de 1767.

Los dos amigos entraron en el templo, que estaba completamente atestado de gente, y buscaron sitio junto a una de las columnas. Enseguida dio comienzo la ceremonia religiosa. En el banco que tenía más próximo, se fijó en una joven de extraordinaria belleza que, pese a verla solamente de perfil, le resultó vagamente conocida. Iba acompañada de un mozo de una edad algo mayor que la de ella, vestido con gran elegancia. Puso todo su empeño en identificarla. Ella, al sentirse observada, giró la cabeza, y de repente el corazón de Alejandro le dio un vuelco: era Mercedes. La persona a quien más había deseado ver durante todos aquellos años estaba allí, delante de él. Ella le dirigió una mirada inquisitiva pero no hizo gesto alguno, lo que significaba que no le había reconocido.

A partir de ese momento, estuvo pendiente de ella durante la ceremonia. Solo salió de su ensimismamiento cuando llegó el momento de la homilía; el oficiante, un sacerdote de mediana edad, se dirigió a los asistentes:

-Como veis, queridos fieles, hasta en las desgracias más espantosas se ve la mano de Dios. La epidemia se está propagando entre los pobres, que son los que están en pecado, entre otras cosas porque no acuden los domingos a la santa misa, como es obligación ineludible de los buenos cristianos-

Alejandro, al oir aquello, estaba boquiabierto. La indignación que sentía al oir aquellos mezquinos comentarios era tan grande que quiso intervenir. Iba a decirle a aquel sacerdote que el motivo de que la enfermedad se cebase en los pobres no tenía nada que ver con la falta de fe, sino en la carencia de alimentos y de posibilidades para higienizarse, y lo que sobraba en aquellos duros momentos era gente malintencionada como él; pero justo cuando iba a abrir la boca para iniciar la réplica, notó que el rostro del sacerdote se demudó, tornándose ceniciento, sus ojos se quedaron en blanco y de repente su cuerpo desapareció dentro del púlpito, al tiempo que el ruido sordo producido por su caída se propagaba por todo el interior del templo. El monaguillo, un chiquillo de no más de doce años que era quien más cerca estaba de él, accedió al púlpito con ánimo de ayudarle, y de repente soltó un alarido desgarrador:

-¡Es la peste, es la peste!-

Esas palabras fueron la espoleta para que el pánico se adueñara de todos los devotos que abarrotaban el templo.

El terror hizo que todos a una buscaran la salida a empellones. Muchos, tras perder el equilibrio, rodaron por el suelo y fueron pisoteados por una multitud enloquecida, que lo único que buscaba era salir de allí cuanto antes.

Alejandro reparó en Mercedes. Su acompañante, sin preocuparse de ella lo más mínimo, se perdía entre el gentío con objeto de alcanzar la puerta, abandonándola a su suerte. Ella se quedó quieta, desconcertada, y corría un inminente peligro de ser arrollada.

De un salto se puso junto a ella, y sin pensárselo la agarró de un brazo y la arrastró a un rincón existente entre la columna y uno de los confesionarios, donde quedaron momentáneamente a salvo. Allí esperaron pacientemente hasta que consideró que el peligro ya había pasado. Solo quedaban en el recinto una veintena de personas que permanecían tendidas en el suelo, en su mayoría exhalando lastimeros quejidos. Sin pensárselo fueron a atender a los que estaban más próximos, pero poco podían hacer, ya que ni siquiera podían intentar incorporarlos ante el riesgo de dañarlos aún más. Aquellas personas necesitaban ayuda médica, y hubo que esperar bastante antes de que apareciese personal sanitario para auxiliar a aquella pobre gente.

El resultado final fue desalentador: siete de aquellos desgraciados habían fallecido aplastados por la muchedumbre y otros ocho habían resultado gravemente heridos.

Cuando salieron a la calle, Mercedes se dirigió a su salvador.

-Gracias. No sé que hubiera sido de mí si no llega a ser por usted-

-No es nada, Mercedes, lo hubiera hecho por cualquier persona. ¿Cómo no iba a hacerlo por ti?-

Ella quedó extrañada.

-Pero… ¿nos conocemos?-

Se disponía a aclarar su identidad, cuando la conversación se vio interrumpida por la irrupción del acompañante de Mercedes.

-Estaba preocupadísimo por ti. ¿Dónde te habías metido?-

-Quedé exactamente donde me dejaste, y quiero creer que nos separamos accidentalmente-

-No pretenderás decir lo contrario. Sabes bien que soy un caballero-

Alejandro, testigo de todo lo que había pasado, fue vencido por la indignación y no pudo callar.

-Es evidente que su valentía ha quedado, como mínimo, en entredicho. Cualquiera que, como yo, hubiera visto como se ha desentendido usted de una dama en peligro para ponerse a salvo cuanto antes, le identificaría más con una de esas ratas que abandonan un barco en apuros a las primeras de cambio que con un caballero-

El aludido, con el odio reflejado en sus ojos centelleantes, le espetó:

-A Cipriano de Vilanova nadie se atreve a hablarle así sin llevar su merecido. Deberá darme una satisfacción con un arma en la mano-

-Estaría encantado de hacerlo. Solo tiene que escoger usted la hora y el lugar, y le aseguro que quedará plenamente satisfecho-

Antes de que el otro contestara, intervino Mercedes.

-Cipriano, no olvides que te estás dirigiendo a alguien que acaba de exponer su vida para salvar la mía, cosa que tú, por el motivo que fuese, no hiciste. Te ruego que te marches y no empeores más las cosas-

-Está bien, es mejor que nos vayamos- replicó Cipriano malhumorado.

-No, te vas a ir solo. Yo me quedo aquí-

-Viniste conmigo y te irás conmigo. Soy responsable ante tu familia de que no te ocurra nada, y no quedaré tranquilo hasta dejarte en casa. Además, no pensarás que voy a dejarte en compañía de extraños- respondió en alusión a Alejandro y Cornide.

-No te preocupes. Quedas eximido de la obligación de cuidar de mí. Tengo pendiente retomar una conversación con este caballero y no me iré hasta que la mantenga. Estoy segura de que después él mismo tendrá la gentileza de acompañarme a casa-

-Puede estar usted segura, señorita. Nada me complacería más-

Cipriano de Vilanova se marchó, encolerizado, y tras optar Cornide también por una discreta retirada, quedaron solos. Mercedes tomó la palabra.

-Antes de nada, le ruego que disculpe a mi acompañante. Su actitud ha sido lamentable-

-No te preocupes, Mercedes, basta que sea amigo tuyo para que no me atreva a ponerle ni un dedo encima. Solo quise poner las cosas en su sitio-

Mercedes pasó al tuteo.

-Por cierto, me llamas por mi nombre y yo no recuerdo que nos hayan presentado, y tengo buena memoria ¿me equivoco?-

-No te equivocas. Cuando nos conocimos tú y yo no teníamos edad para ser presentados-

-¿Cómo es eso?-

-Pues verás: tú y yo nacimos el mismo día, estudiamos juntos desde pequeños con el padre Felipe y nos distanciamos a raíz de la muerte de mi padre, hace más de ocho años. ¿Tampoco ahora me recuerdas?-

-Dios mío, eres Alejandro- respondió rebosante de alegría. Sintió impulsos de abrazarse a él, pero se contuvo -has cambiado tanto que no te reconocería si no me lo dices, aunque eso no quiere decir que me haya olvidado de ti. Siempre recordé lo felices que fuimos durante nuestra infancia- sus frases fueron acompañadas de un ligero rubor que tiñó sus mejillas.

-Yo tampoco me olvidé de ti nunca, Mercedes. Durante todos estos años te tuve presente en todos los instantes de mi vida. ¿Puedo hacerte una pregunta?-

-Claro-

-La persona que te acompañaba, que relación tiene contigo?- se atrevió a decir

-Cipriano es hijo de unos amigos de mi familia. Su padre es un industrial catalán afincado en La Coruña desde hace años, Luis de Vilanova. Desde hace un tiempo me pretende. Viene a buscarme a casa y, aunque lo cierto es que su compañía no me agrada demasiado, accedo a que así sea por no desairar a mis padres, que ven con buenos ojos que me relacione con él-

Alejandro tuvo que disimular el suspiro de alivio que se le escapó al oir aquello. Pese a llevar tanto tiempo sin saber nada de Mercedes, no solo no la había olvidado, sino que el profundo cariño que desde niño le profesaba, se había ido convirtiendo en algo más profundo, y por si eso fuera poco, su belleza infantil se había ido transformando en la de una mujer y sus rasgos se habían pronunciado hasta convertir su rostro en un modelo para el pintor más exigente, y a eso había que añadir una piel delicada y un cuerpo esbelto pero con las formas de mujer perfectamente marcadas. En fin, una auténtica belleza.

Mercedes vivía en la Ciudad Alta, en los aledaños de la plaza de la Harina. Hasta allí la acompañó tras un recorrido por las calles de la ciudad, ignorando las amenazas latentes de la peste y la inseguridad, durante el cual Alejandro le contó todos sus avatares durante aquellos años, y ella le explicó que se habían venido a vivir a La Coruña hacía cinco años con objeto de que Mercedes completase sus estudios con Música y danza.

Entró con Mercedes en la casa, un edificio señorial de tres pisos construido en cantería, sobre cuya entrada principal estaba esculpido el escudo del señorío de Montaos, idéntico al que figuraba grabado en el palacio de Grajal de Cayón, y saludó a sus padres, quienes no le reconocieron hasta que su hija les aclaró su identidad. Fueron muy amables durante su corta visita, pero Alejandro captó entre ellos unas fugaces miradas de complicidad que le llevaron a la conclusión de que algo no andaba bien.

Al día siguiente, cuando se vio con Cornide, éste, haciendo gala de una exquisita discreción, no quiso hacer mención a lo sucedido el día anterior, pero cuando Alejandro le contó quien era aquella joven y la amistad que les unía desde la infancia, Cornide le explicó que sabía quien era ella, y que a través de comentarios oídos en el seno de su familia, su padre, el señor de Montaos, estaba atravesando grandes penurias económicas debido a que la mayor parte de su patrimonio estaba constituido por fincas de labranza que explotaba para la agricultura, dando trabajo a numerosos labradores, y la intensa crisis por la que atravesaba aquella actividad le habían obligado, para hacer frente a los salarios de los trabajadores, a echar mano de su caudal, que no era poco, pero éste estaba a punto de agotarse.

La economía familiar estaba tocando fondo, y ya habían empezado a pensar en la venta de sus propiedades inmobiliarias –las tierras de labranza apenas tenían valor- cuando se enteraron de que Cipriano de Vilanova pretendía a Mercedes; éste, como Alejandro ya conocía, era hijo único de Luis de Vilanova, industrial catalán dedicado a la exportación y venta de salazones de pescado, negocio muy en alza que le había generado una inmensa fortuna. Se decía que los padres de Mercedes habían visto en aquella posible unión la solución a todos sus problemas, y estaban presionando a la joven para que aceptase el matrimonio.

Allí, casi todo el mundo salía ganando. El potentado, constituyendo un linaje de más prosapia, que además en el futuro le abriría algunas puertas que de momento le estaban vetadas, los aristócratas, con el agua al cuello, obtener unos posibles que de otro modo estarían fuera de su alcance, y Cipriano una esposa con la que ni siquiera podría haber soñado de no mediar aquellas circunstancias. La única perjudicada era Mercedes, cuya venta estaban negociando como si se tratase de mercancía para colmar las ambiciones de todos ellos.

Alejandro entendió el escaso entusiasmo mostrado por los señores de Montaos durante su visita de cortesía. Lo consideraban un posible obstáculo para su ruin objetivo de sacrificar la felicidad de su hija por un puñado de monedas. Lo curioso es que no andaban desencaminados, porque ahora que inesperadamente había vuelto a dar con Mercedes después de tanto tiempo, no tenía ninguna intención de perderla de nuevo. Por otra parte, si lo que buscaban era fortuna, la de Alejandro superaba con creces la de la familia Vilanova, pero su madre, un modelo de discreción, jamás la había exteriorizado, sino que por el contrario, vivía cómodamente pero con austeridad, sin hacer ostentación alguna de su inmenso caudal, lo que hacía que a ojos de los demás se considerasen como una familia acomodada pero con un patrimonio poco atractivo para los cazadotes. Difícil misión, pues, convencer a los señores de Montaos de la conveniencia de permitir que se relacionase con su hija.

Lo tenía francamente complicado, sobre todo porque sabía que era harto dificultoso encontrarse a solas con Mercedes –ésta salía de casa solamente con compañía, máxime ante la dramática situación por la que estaba atravesando la ciudad- y era obvio que no sería bien recibido en aquella casa.

De repente recordó algo. Los agustinos de Cayón se habían trasladado a La Coruña, y entre ellos podría estar todavía el padre Felipe, que había sido su preceptor y el de Mercedes cuando era niños. Aquel amable fraile, que los quería mucho a los dos, bien pudiera hacer de contacto entre ellos en caso de que no hubiese sido destinado a otro convento y permaneciese todavía allí. No era fácil que se dieran aquellos factores favorables, pero era su única esperanza.

Se acercó hasta el convento anejo a la iglesia de San Jorge, y preguntó al fraile que se ocupaba de la portería por el padre Felipe. El religioso le hizo pasar a un amplio recibidor y no tuvo que esperar mucho hasta que el viejo agustino se presentó. Caminaba muy despacio, síntoma de una pérdida de vigor debido a su avanzada edad –frisaría los 70 años-. No obstante, su vista y su memoria funcionaban todavía a la perfección, pues le reconoció al instante, pese al tiempo transcurrido y al indudable cambio en la fisonomía de Alejandro. Le abrazó emocionado, y después le invitó a tomar asiento. Le dijo que recientemente había sido informado a través de su madre, que había acudido a visitarle poco después de su llegada, sobre todo lo concerniente a Alejandro durante aquellos años, así como la brillantez con que había cursado sus estudios, que hacía que se sintiese tremendamente orgulloso de él.

Alejandro le contó sus cuitas. Fue tremendamente sincero, ya que sabía que podía confiar plenamente en el padre Felipe. Éste se percató perfectamente de la franqueza con la que le hablaba su antiguo pupilo y de la veracidad de su amor por Mercedes, cosa que ya había percibido hacía bastantes años, aunque entonces le restó importancia al achacarlo a cosas de la poca edad. Se brindó pues a actuar de intermediario entre los dos jóvenes, algo poco habitual para un religioso, pero se dijo que el fin justifica los medios, y aquel era un buen fin, así que le pidió que lo que tuviera que decirle a ella lo escribiera en una carta que él entregaría personalmente a su destinataria cuando la viera en uno de los oficios religiosos a los que solía acudir.

Facilitó a Alejandro papel y pluma y después salió de allí discretamente, dejándolo enfrascado en la escritura, tanto que ni se percató de que se quedaba solo.

Al domingo siguiente, Mercedes acudió a Misa escoltada por su inseparable pretendiente Cipriano, que desde los últimos acontecimientos, además de acompañante ejercía de carabina. Al término del oficio religioso, el padre Felipe llamó la atención de la joven, que se disculpó ante su acompañante y se aproximó al fraile, con quien mantuvo una corta conversación, durante la cual éste, con disimulo, le hizo entrega de una carta, pidiéndole que la guardase discretamente y que la leyese cuando estuviese a solas.

-Es de alguien que está muy interesado en ti- fue la única explicación que dio a la intrigada Mercedes, quien no dudó en seguir las instrucciones del religioso dada la total confianza que éste le inspiraba.

Cuando Mercedes llegó a casa, tras encerrarse en su habitación, abrió el sobre y leyó la carta. En ella Alejandro, tras pedirle disculpas por su atrevimiento, tanto por el envío como la poco ortodoxa forma de hacerlo, teniendo solo en su descargo la imposibilidad de buscar una solución más convencional para comunicarse con ella, y hacer hincapié en que lo que tenía que comunicarle era muy importante, le declaraba su amor, un amor que ya había surgido durante su infancia, y que pese a la larga separación fue creciendo hasta convertirse en algo más intenso, de lo que la prueba definitiva la obtuvo durante su encuentro en la iglesia. Terminaba diciéndole que ahora que la había vuelto a encontrar no podía vivir sin ella, y le rogaba una respuesta por el mismo conducto, a través de fray Felipe.

Una semana después, el religioso recibía de Mercedes un mensaje que de inmediato hizo llegar a su destinatario. Alejandro leyó la respuesta a su declaración, en la que Mercedes le decía, de una forma mucho menos impulsiva que la que él había utilizado, que sus sentimientos coincidían con los de él, pero que había muchos obstáculos en el camino para que pudiesen iniciar una relación amorosa, ya que su familia, debido a sus bastardos intereses económicos, la presionaba para que aceptase en matrimonio a su pretendiente, Cipriano de Vilanova, y la visita de Alejandro a su casa no había hecho otra cosa que alarmar a sus padres, quienes intuyendo peligro para sus propósitos, desde ese mismo día habían impedido que saliese sola de casa ni siquiera un instante. Pese a las presiones, ella se había mantenido firme en su propósito de no comprometerse con su pretendiente, y su padre había tomado la decisión de enviarla a pasar una larga temporada a su casa de Cayón, lo que iba a suceder de forma inminente.

Alejandro, tras leer aquello, fue presa del desánimo durante unos instantes. Lo tenía todo en contra. Bueno, todo no, porque ahora conocía los sentimientos de Mercedes hacia él, y eso hizo que no cayera en el desaliento. Estuvo meditando largo rato como debía encarar el problema, y finalmente tomó la decisión de ir a pasar él también una temporada a su casa de Cayón. Difícilmente podría verla y menos hablar con ella, porque era previsible que estuviera bien custodiada, pero al menos conseguiría estar cerca de ella.
























CAPITULO VI
EL GREMIO DE MAREANTES

Algo desmoralizado, pero firme en sus convicciones, aquella misma tarde se acercó hasta la casa de su amigo Cornide para charlar y pasear con él y evadirse un poco de sus problemas, y se encontró con que estaba acompañado por un peculiar personaje. Se trataba de un joven de similar edad a la de ellos, muy alto y desgarbado, de rostro tan afilado que hacía que destacara más poderosamente una alargada nariz. El conjunto de su figura era estrambótico, pero había algo en él que despertaba simpatía a primera vista.

Cornide hizo las presentaciones. Si el aspecto del desconocido era raro, el nombre no le iba a la zaga. Se llamaba Procopio Seisdedos. Al ver la cara de asombro de Alejandro, Cornide, que apenas podía contener la risa, le dijo que podía llamarle Uno, cosa que le resultó todavía más extraña, aunque se abstuvo, por respeto, de hacer comentario alguno.

Enseguida se estableció una corriente de cordialidad y confianza entre Alejandro y Uno. Mientras deambulaban por la ciudad acompañados de Emilio Cornide, se contaron mutuamente sus vidas.

Uno, como le gustaba que le llamasen, cosa que por otra parte tampoco extrañó demasiado a Alejandro a la vista de cual era su patronímico real, era natural de Cangas de Morrazo, pequeño pueblo pesquero asentado en la lejana Ría de Vigo. Era el último de ocho hermanos, todos varones, a quienes sus padres tuvieron la osadía de bautizar como Andrónico, Fridiano, Concordio, Demóstenes, Pánfilo, Elpidio, Gualberto y el ya mencionado Procopio.

Álvaro, asombrado, se atrevió a preguntarle a que se debía tamaña retahíla de nombres inauditos, y la respuesta que recibió fue plenamente convincente. El padre de Uno se llamaba Antonio, pero como en el pueblo Antonios había muchos, al igual que Josés, Manueles, Franciscos, etc, es decir, nombres comunes, para distinguirlos al referirse a ellos la gente solía acompañar de apelativos, que en el caso del padre de Uno resultó ser el poco grato de Tiñoso, debido a que de niño había sido contagiado por esa desagradable enfermedad. Antonio Seisdedos nunca pudo superar el trauma que le provocó ese mote, por lo que tras casarse e ir naciendo sus hijos, bautizó a éstos con los nombres más estrambóticos que halló en el santoral, en un acertado intento de evitar sobrenombres para ellos, dada la dificultad que encontraría la gente en buscarles alguno más peculiar que su propio nombre. Lo consiguió con todos excepto con el benjamín, que debido a su larguirucho cuerpo acompañado por una excelsa nariz, fue apodado como Uno por su parecido con dicho dígito, para desolación paterna y regocijo del propio interesado, que prefería el mote al singular nombre con el que había sido bautizado.

Uno era marinero de profesión, y había formado parte de la tripulación de una nave dedicada a la pesca de cercanías, aunque en la actualidad había abandonado dicha actividad, al menos momentáneamente, para hacerse cargo de la secretaría de una de las cofradías pertenecientes al Gremio de Mareantes. Alejandro había oído hablar de dicho Gremio, pero no conocía en profundidad su objeto social, por lo que se interesó vivamente en ello, como venía siendo habitual en todo cuanto estuviera, de una u otra manera, relacionado con el mar.


Así pues, a través del locuaz y dicharachero Uno, se enteró de que durante el siglo XI comenzaron a proliferar en la ciudad las asociaciones de mercaderes y artesanos vinculados por la semejanza en el oficio que ejercían, estableciéndose incluso en el mismo vecindario para defender de manera organizada sus intereses laborales y comerciales, lo que dio lugar al nacimiento de los gremios.

El más antiguo de La Coruña era el Gremio de Mareantes, constituido no solo por pescadores, sino por cualquier individuo que de alguna manera tuviera relación con la pesca o su comercialización. Tenía sus propios estatutos, en los que se establecían aspectos relacionados con la identidad de las personas que podían pertenecer al Gremio, tipos de artes de pesca que podían utilizarse, reparto del producto obtenido, épocas para pescar, ayudas a los familiares en caso de muerte e incluso celebraciones de la fiesta de los patrones del gremio, San Pedro y San Andrés, aunque éste último era quien tenía mayor protagonismo.

Con el paso de los años, el Gremio de Mareantes de La Coruña sostuvo con fines piadosos tres cofradías y una hermandad. Las más antiguas eran la Cofradía de la Vera Cruz, cuya finalidad era prestar atención espiritual y material a los reos condenados a muerte, y la Cofradía de la Misericordia, cuyo objetivo era el mantenimiento y cuidado de los mareantes pobres y enfermos. Ambas cofradías tenían sus sedes en la Ciudad Alta coruñesa, hasta el asedio inglés que sufrió la ciudad en 1589, en que fueron saqueadas e incendiadas por los corsarios de Drake, quedando seriamente dañada la estructura de los edificios, y dejando a ambas cofradías muy en precario, por lo que decidieron fusionarse a partir de entonces en la llamada Cofradía de la Vera Cruz y Misericordia, pasando a tener su sede en la sacristía de la capilla de San Andrés, en pleno Ensanche.

No corrían buenos tiempos para el Gremio de Mareantes, puesto que fuertes discrepancias de todo tipo habían desembocado en duros enfrentamientos entre los pescadores y los poderosos industriales catalanes que comercializaban los productos del mar.

Los catalanes habían introducido en la pesca las técnicas de arrastre, además de un nuevo método más económico para salar la sardina, y crearon pequeñas sociedades que exportaban al mediterráneo dichas salazones e importaban vinos y aguardientes del principado de Cataluña, provocando un fuerte impacto en la economía de Galicia, fundamentalmente en la pesquera.

Este proceder originó choques con los pescadores locales, capitaneados por algunos personajes destacados de sus grupos dirigentes, entre los que sobresalían dos ilustrados coruñeses: José Cornide, padre de Emilio, quien prestaba también su colaboración a la causa, y el licenciado Francisco Javier Somoza de Monsoriú.

Cornide había denunciado los perjuicios ocasionados por las redes de arrastre –la denominada xávega- sobre la riqueza piscícola gallega, y proponía a los gobernantes la concesión de ayuda económica y técnica a los mareantes nativos para revitalizar el sector. Consiguió que se crease con ese fin el llamado Montepío de Pesca, pero resultó un fracaso y las posteriores tentativas que se estaban realizando tampoco estaban teniendo demasiado éxito.

Somoza de Monsoriú era aun más radical que Cornide, llegando a pedir la expulsión de los catalanes. En su obra Estorbos y Remedios de la Riqueza de Galicia, consideraba a los emigrantes mediterráneos como uno de los principales estorbos del progreso gallego porque extraían la sardina sin invertir los beneficios de su comercio en el reino. Según este pensador ilustrado, la expulsión de los catalanes era la única salida válida para el desarrollo pesquero de Galicia, porque si se les prohibiese el uso de la xávega, usarían la traiña o red común de los nacionales, y como dicha arte de pesca necesitaba un mayor número de brazos, si ahora había cien catalanes establecidos en las costas, mañana habría quinientos.

Por otra parte, desde hacía varios años un sector de los pescadores coruñeses había emprendido acciones violentas contra redes y embarcaciones catalanas aduciendo su derecho exclusivo a la pesca, y saboteado en ocasiones sus tinglados de salazón, situados en el arenal de la Palloza.

Los industriales catalanes se habían agrupado mediante una asociación presidida por Luis de Vilanova, precisamente el padre del pretendiente de Mercedes, que gobernaba con mano de hierro la corporación, al tiempo que utilizaba sus influencias para ejercer una fuerte presión sobre los pescadores locales, por medio de aliados suyos con poder en el gobierno de la ciudad y las autoridades portuarias, para lo que no dudaban en utilizar el pago de sobornos, que ejercían una extremada vigilancia sobre ellos, básicamente revisando intensamente sus capturas en la búsqueda de una posible sobrepesca o incumplimiento de la talla mínima del pescado, mientras que los barcos catalanes jamás eran inspeccionados. Cualquier transgresión de la ley que fuera detectada, cosa por otra parte muy fácil, acarreaba cuantiosas sanciones monetarias que había que afrontar so pena de no poder salir a faenar. Emilio Cornide y su padre trataban de paliar este daño mediante el asesoramiento legal a los mareantes y la confección de alegaciones para evitar que las multas fueran firmes, pero generalmente nada podían hacer para evitarlas.

Alejandro no salía de su asombro ante tamaña muestra de corrupción. Era una persona justiciera por naturaleza, y de inmediato la causa de los mareantes despertó todas sus simpatías, hasta el punto de que impulsivamente se ofreció a colaborar con ellos en cualquier cosa que ayudase a paliar semejante infamia. Sus acompañantes le agradecieron el ofrecimiento, pero declinaron aceptarlo para no meterlo en compromisos que pudieran complicarle la vida. No obstante, fue invitado a una reunión de tipo informal del Gremio que se celebraba al día siguiente, lunes, a las ocho de la tarde, en una taberna próxima a la iglesia de San Andrés, tal y como solían hacer semanalmente, más para charlar de cosas triviales, aunque en general inherentes a su profesión, y degustar alguna de las capturas del día acompañadas de unas jarras de vino del país, que para tratar de temas más serios, relativos a la problemática del Gremio, cosa que acostumbraban a hacer en la propia sede de la Cofradía o, cuando el número de reunidos era numeroso, en la iglesia.

Así pues, al día siguiente, una veintena de personas estaban sentadas alrededor de una gran mesa. No todas eran mareantes, puesto que además de Alejandro y Emilio, estaba el padre de éste y otros dos señores de similar edad, cuya vestimenta y aire de autoridad, así como el respeto que inequívocamente inspiraban al resto de asistentes, describían sin lugar a dudas como personajes principales.

Uno de ellos era el licenciado Francisco Javier Somoza de Monsoriú, el ilustrado de quien Alejandro había oído hablar a Uno el día anterior, y el otro, según supo a través de su nuevo amigo Uno, se trataba de Antonio Raimundo Ibáñez, Marqués de Sargadelos, a la sazón uno de los representantes más carismáticos de la burguesía comercial establecida en La Coruña, gran impulsor del reformismo económico, empresa que estaba intentando acometer un importante número de ciudadanos, entre los que también se encontraban Cornide y Somoza. La piedra angular del citado reformismo era la industria del mar, verdadero motor de la economía coruñesa.

Ya habían obtenido algunos logros importantes, tales como el establecimiento de los correos marítimos de La Coruña, cuyo puerto terminal era La Habana, lo que suponía el inicio de un ventajoso comercio para animar la actividad económica de Galicia y una situación de privilegio para La Coruña, ya que su puerto, junto con el de Cádiz, eran los únicos que canalizaban periódicamente el tráfico colonial con la Nueva España.
En aquellos momentos, las perspectivas de lucro con dicho comercio habían aumentado al estar prevista de forma inminente la ampliación del radio de acción al ámbito de la Plata o Mar del Sur, término que englobaba un extenso espacio geográfico que comprendía los mercados de Buenos Aires, Montevideo, Chile, Lima y Potosí.

Las ideas de este grupo coincidían plenamente con las de los representantes del Gremio de Mareantes, motivo por el cual había nacido entre ambos entes un sincero y mutuo afán colaboracionista.

La reunión, animada por una mesa repleta de fuentes de camarones, cigalas, y una gran fritanga de pescado menudo, acompañado todo ello de las correspondientes jarras de vino, resultó agradable y distendida. Los tres prohombres, pese a su más amplio bagaje cultural, no trataban de marcar diferencias con el resto de contertulios, interviniendo como uno más en las afables conversaciones y suculentas anécdotas que se contaban.

Alejandro se fijó en uno de sus vecinos de mesa y tuvo la impresión de que le conocía, aunque era incapaz de identificarle. Era un individuo de unos cincuenta años, cuya tez tostada por el sol revelaba su condición de marinero. Intrigado, decidió trabar conversación con él, preguntándole si se dedicaba a la pesca. El hombre le contestó que sí, que tenía una pequeña embarcación en la que la que faenaba junto con un hijo suyo, a caballo entre Malpica y La Coruña. Cuando le dijo que era natural de Cayón, a Alejandro casi le dio un pasmo.

-De Cayón?- Repitió asombrado

-Si Señor, de Cayón. Aníbal Vieites, para servir a Dios y a usted-

Ahora sí lo reconoció. Anibal Vieites era uno de aquellos marineros que, siendo Alejandro aun un niño, le habían enseñado las artes de la pesca, y que en cierto modo le habían inculcado su vocación por el mar. Por otra parte, Aníbal era uno de los cuatro miembros de la tripulación a los que su padre, Álvaro de Mendoza, había salvado de una muerte segura a costa de su propia vida.

Cuando Alejandro se identificó, el veterano hombre de mar se le quedó mirando fijamente durante unos instantes. Sus ojos se tornaron llorosos, consecuencia de la emoción que sentía, y se fundió en un abrazo con Alejandro, a quien también embargaba un sentimiento parecido.

Después, aclaró al resto de concurrentes, que se habían quedado sorprendidos por aquella inesperada y repentina demostración de afecto, quien era aquel desconocido joven, y sobre todo quien había sido su padre, y relató pormenorizadamente la actuación que le había costado la vida a éste y el impresionante valor y solidaridad que mostró aquel fatídico día. También les contó las innatas cualidades de Alejandro para la pesca, y que siendo aun un niño mostraba para la práctica de cualquier arte. Todos los presentes guardaban un respetuoso silencio ante las palabras de Aníbal, y miraban a Alejandro, que se encontraba algo retraído ante tanta atención, con consideración, valorando en su justa medida el respeto que les inspiraba la memorable acción de su difunto padre, y dándole a entender que ya le consideraban uno de ellos.

Después continuó la tertulia. Alejandro manifestó a Aníbal que tenía previsto viajar a Cayón en breve, aunque no le aclaró el motivo del desplazamiento, y éste se ofreció a llevarle en su embarcación, ya que tenía previsto zarpar hacia allí un par de dias después. A Alejandro, ansioso por navegar aunque fuese en un viaje tan corto, le pareció una excelente idea




CAPITULO VII
A FURNA DO CONDE


El miércoles levaron anclas muy de mañana en el pequeño velero propiedad de Aníbal. Alejandro portaba únicamente un petate donde llevaba un austero equipaje y una pequeña suma de dinero, además de la llave su casa, cerrada desde hacía tantos años.

La travesía duró unas tres horas, tras las cuales embocaron el canal que conduce al puerto de Cayón acompañados de una persistente lluvia. La pequeña nave avanzó hasta que los oscuros muros del puerto se alzaron delante de ellos. La marea creciente, el penetrante olor de las algas característico de aquellas aguas, las piedras mojadas, el tamborileo de la lluvia, la irregularidad del adoquinado y el viento gélido ululando en las esquinas, hizo que los recuerdos afloraran en Alejandro, haciéndole evocar los momentos pasados allí.

Por fin saltó a tierra, y tras despedirse de sus compañeros de viaje, que se quedaban en el pesquero preparando convenientemente las redes para poder faenar aquella misma tarde, subió caminando lentamente hacia la plaza. Le parecía increíble pisar de nuevo aquel suelo adoquinado. Su llegada llamó la atención de algunos vecinos asomados a las ventanas que daban al puerto, aunque no parecieron identificarle.

Cuando llegó a las inmediaciones de su casa, observó discretamente el palacio de Grajal. No se advertían señales de vida, lo que significaba que Mercedes no había llegado todavía. Buscó la gran llave en su equipaje y accedió al interior de la vivienda. Pese al tiempo transcurrido desde que habían abandonado la casa, dentro estaba todo exactamente como recordaba, y la limpieza era proverbial. La ausencia de una sola mota de polvo delataba la laboriosa mano de Manuela, que se había hecho cargo de los cuidados de la casa desde la marcha de sus propietarios tras la muerte de Álvaro de Mendoza.

Tras deshacer el equipaje, salió y se dirigió al Camposanto, a visitar la tumba de su padre. Al llegar le sorprendieron dos cosas: Sobre el sepulcro, su madre, sin él saberlo, había mandado construir un hermoso mausoleo de mármol, presidido en lo más alto por una efigie del difunto, realizada con una fidelidad tal que hasta reflejaba la intensidad en la mirada que caracterizó a su padre en vida. Por otra parte, la sepultura estaba profusamente adornada de flores frescas, lo que significaba que Manuela también se había hecho cargo de mantenerla en perfecto estado. Aquella mujer era un caso.

Estuvo allí un largo rato, en el que tuvo tiempo de rezar una oración, pensar en todo lo que su progenitor había significado para él pese a lo temprano de su desaparición, y emocionarse. Luego salió de allí con los ojos llorosos.

Sobrepasaba bastante el mediodía y su estómago pedía reparación. Preguntó a un paisano que se encontró si había algún establecimiento que sirviera comida, y éste le indicó una taberna cercana al puerto. Decidió encaminarse hacia allí, pero al pasar junto a su casa, vio que salía humo de la chimenea. Entró a ver lo que pasaba, aunque ya tenía una ligera sospecha. Percibió un delicioso aroma nada más traspasar el umbral. En la cocina se encontró con la hacendosa Manuela, removiendo un humeante puchero. Hacía casi diez años que no la veía, pero apenas había cambiado. Ella, al reconocerle, dejó lo que estaba haciendo para ir a abrazarlo cariñosamente, y le dijo entre lágrimas:

-Alejandro, meu neno, que cambiado estás-

Le explicó que se había enterado de su llegada porque alguien había visto entrar en la casa a un desconocido, y ella supuso acertadamente de quien se trataba, por lo que acudió a prepararle la comida.

Poco después, Alejandro degustaba uno de los exquisitos guisos de Manuela, que le atendía solícitamente mientras no paraba de inquirirle por todo lo que había hecho en sus últimos años, con una retahíla de preguntas que contestó gustosamente. Cuando terminó de comer, Manuela se fue, no sin antes prometerle que estaría atendiéndole durante todo el tiempo que permaneciera en el pueblo, haciendo caso omiso a las tímidas protestas del joven, que no quería ser un incordio para ella.

A partir de entonces, Alejandro se mantuvo en alerta permanente sobre cualquier movimiento que se produjera en el vecino palacio de Grajal. Pasaron dos días, en los que apenas salió de casa. Al atardecer del tercero, vio irrumpir en la plaza un carruaje, que paró ante la puerta principal del palacio. De él descendieron Mercedes y una señora de cierta edad, de la que Alejandro supuso que se trataría de una sirvienta. Entraron en la mansión seguidas por el cochero, que cargaba el equipaje. Después éste salió y partió camino de vuelta, dejando allí a las pasajeras.

Alejandro sintió una intensa alegría, paliada al instante al percatarse de las previsibles dificultades para establecer cualquier tipo de contacto con ella.


Solo gozaba de una pequeña ventaja: la criada que acompañaba y custodiaba a Mercedes no le conocía, y confiaba en que ésta no le contara nada, así que lo único que tenía que hacer era ser paciente hasta encontrar el momento adecuado para contactar con ella.

Alejandro se percató de que en el ala norte del palacio, los dos edificios estaban separados únicamente por un estrecho callejón, el Rueiro das Figueiras, de tal modo que con un simple salto se hubiese podido acceder desde una ventana de la casa de Alejandro hasta la de la mansión. Aunque no tenía previsto hacer semejante cosa, no por ello dejó de tomar buena nota de ese detalle, que podía resultar muy favorable para sus planes de comunicarse con su enamorada.

Pese a mantenerse a la expectativa, no volvió a tener noticias de ella hasta el día siguiente, en que la vio salir a primeras horas de la mañana, junto con la vieja criada que le hacía compañía. Se encaminaron hacia el sendero que nacía junto a la iglesia, y continuaba por el borde de la playa. Supuso que iban a dar un paseo matutino, pero no se atrevió a seguirlas, temeroso de cometer una imprudencia.

No obstante, esperó pacientemente el regreso de las dos mujeres, que se produjo tras dos largas horas, y en ese momento salió a la calle, consiguiendo que Mercedes le viera justo cuando se disponía a entrar en su casa. Supo disimular bien la sorpresa que le produjo aquel encuentro, ya que Alejandro apenas apreció en ella un pequeño respingo; sin embargo, su mirada le transmitió a la perfección la alegría que sintió la joven al verlo. Él se limitó a mirar hacia la zona donde los dos edificios estaban más próximos, con la esperanza de que ella captara el mudo mensaje.

Aquella misma noche, se apostó en la ventana a la espera de novedades. Tuvo que esperar mucho tiempo, pero poco después de la medianoche la ventana del palacio se abrió sigilosamente y en su marco vio aparecer el objeto de sus desvelos, que lo miraba exhibiendo una turbadora sonrisa.

Estuvieron departiendo quedamente bajo las estrellas hasta que amaneció, sin que nadie les molestase durante la noche. Comenzaron hablando de cosas poco trascendentes, y la conversación poco a poco se fue personalizando en ellos dos y se fue haciendo más profunda y entrañable. Cuando por fin se separaron para dirigirse a sus respectivos aposentos, ya se habían jurado amor eterno y estaban dispuestos a todo para lograr que nada ni nadie interfiriera en su común objetivo.

A partir de esa noche, aquellas reuniones se hicieron cotidianas, reforzando durante ellas la unión espiritual entre los dos jóvenes. Mercedes esperaba a que su acompañante, que dormía en el cuarto contiguo al suyo, quedara profundamente dormida para acudir a la cita diaria.

Al cabo de dos semanas, Mercedes recordó que siendo una niña durante los veranos iba a bañarse a la vecina playa a través de un pasadizo subterráneo que partía de las entrañas del palacio, en cuyos sótanos había una discreta puerta que accedía a las galerías existentes en el subsuelo del pueblo. Cuando se lo comentó a Alejandro en una conversación informal, éste empezó a cavilar mentalmente sobre la forma de aprovechar aquella circunstancia para acceder a una cita con Mercedes sin el callejón de por medio. Solo el hecho de poder tomar una mano de Mercedes entre las suyas se convertía en una aventura romántica inimaginable.

Tras meditarlo profundamente, al día siguiente le propuso a Mercedes la posibilidad de que pudieran verse en la playa, a lo que ella, igualmente deseosa de estar lo más cerca posible, no puso objeción alguna, y esa misma noche, tras abandonar ambos discretamente sus casas, él por la puerta de la calle y ella por el pasadizo, alumbrándose con un quinqué, se reunieron en la entrada de la Furna do Conde, tal y como se conocía a aquella gruta. Fue un encuentro de lo más gratificante para ambos.

A partir de esa noche, todas las citas fueron en ese mismo punto a altas horas de la madrugada para jurarse amor perpetuo. La intimidad era cada vez mayor. De las tímidas caricias iniciales fueron pasando a los besos y abrazos, y finalmente, casi sin darse cuenta, sucedió lo que tenía que suceder, sin más testigo que la luna y las estrellas que iluminaban la noche. Esa noche Mercedes lloró, pero no había tristeza por la pureza perdida, sino por el contrario lágrimas de felicidad, celebrando la consolidación de su amor.

Todo continuó igual durante las siguientes jornadas; ambos enamorados vivían en una nube, y aprovechaban el día para pensar el uno en el otro, y la noche para amarse apasionadamente.























CAPITULO VIII
EL ATENTADO

Cuando llevaba unos dos meses en el pueblo, una noche en que regresaba a su casa tras despedirse de Mercedes, Alejandro vio a dos desconocidos que se asomaban tras la fuente que había junto a la iglesia, asiendo por la brida a sus monturas. Alertado pensando que, dado lo intempestiva de la hora, bien pudiera tratarse de malhechores, empuñó su espada, aunque sin desenvainarla. Los desconocidos, al verle, se acercaron hacia donde estaba, aumentando con ello su desconfianza, pero pronto se percató de lo inútil de sus precauciones, cuando consiguió identificarlos: eran Emilio Comide y Uno. Satisfecho por el inesperado reencuentro, acudió a abrazarles, pero su vehemente impulso fue amortiguado cuando vislumbró en la actitud de ambos un a especie de desánimo que sugería que algo malo estaba pasando. Además, actuaban de forma sigilosa y furtiva, algo inhabitual en ellos. En voz muy queda, Cornide le dijo únicamente:

-Permítenos pasar a tu casa, ha ocurrido algo grave y necesitamos tu ayuda-


Alejandro, más preocupado que curioso, abrió la puerta principal de la casa para que sus amigos accediesen a ella, y después, él mismo se encargó de llevar las monturas hasta la cuadra existente en el patio, donde quedaron a buen recaudo, para luego retornar junto a sus inesperados visitantes.

Sin siquiera tener tiempo a tomar asiento, pese al evidente cansancio que experimentaban los recién llegados, éstos le relataron las vicisitudes en las que se había visto envueltos durante la noche.

- En la tarde de ayer- dijo Emilio Cornide -la tripulación de una tarrafa, compuesta por ocho hombres, se entrevistó con nosotros para quejarse ante la prohibición de salir a faenar que se les había impuesto por parte de las autoridades portuarias, debido a que debían hacer frente a una cuantiosa y desproporcionada sanción económica que eran incapaces de reunir. Las arcas del Gremio de Mareantes, a las que se solía acudir en aquellos casos, estaban completamente vacías. No existía una opción viable para reunir aquella ingente cantidad, por lo que el barco, bajo extrema vigilancia, no podía zarpar, y por ende las familias de aquellos pescadores, en situación económica extremadamente precaria, no tendrían ni un bocado con el que alimentarse al día siguiente.


La consternación de todos los pescadores reunidos fue tornándose cada vez más en agresividad, hasta que uno de los presentes, más impulsivo que los demás, aportó la idea de dar un escarmiento definitivo a los industriales catalanes, más que presuntos instigadores del hostigamiento que había dado lugar a aquella desesperada situación. Se trataba de Marcial el Rojo, que es el yerno del patrón y propietario del pesquero, y viene siendo aquel pelirrojo con quien hace años tú, Alejandro, solventaste vuestras diferencias a puñetazos a la puerta de los jesuitas en tu primera jornada académica.

Todos estuvieron de acuerdo en la decisión excepto Uno y yo, que pretendiendo ser más moderados y prudentes, intentábamos buscar un arreglo eventual, consiguiendo fondos de la solidaridad de otros mareantes menos desafortunados, para que las familias de los afectados pudieran hacer frente a sus necesidades básicas durante un tiempo, mientras no se buscaba una solución definitiva a través de cauces legales.

Los exaltados ánimos de todos los presentes anularon toda voluntad de resignación, y respaldaron aquella iniciativa, no quedándonos otra opción que apoyar, aunque a regañadientes, la decisión del resto, que no era otra que hacer saltar por los aires las instalaciones de salazón que los catalanes poseían en el arenal de la Palloza. Así pues, nos hicimos con cartuchos de dinamita que había escondidos en uno de los almacenes propiedad del Gremio existentes en el mismo puerto, que se utilizaba habitualmente para guardar pertrechos para la pesca en desuso, pertenecientes a embarcaciones de afiliados, y que estaban disimulados bajo varias capas de redes pendientes de reparar.

Después, nos dirigimos a la Palloza a través del puerto, guardando las máximas precauciones para no ser descubiertos. Al llegar, nos tomamos nuestro tiempo para analizar la situación: la zona estaba prácticamente desierta al encontrarse fuera de los horarios fabriles, únicamente dos vigilantes nocturnos efectuaban sus rondas por separado por los tinglados de salazón. Ello nos hizo ver que no podíamos proceder a explosionar la dinamita, exponiendo a aquellos hombres, inocentes empleados que se limitaban a cumplir con la misión que se les había encomendado, a una más que posible muerte, así que nos dividimos en dos grupos que con cierta facilidad, aprovechando el factor sorpresa y la superioridad numérica, conseguimos neutralizarles, dejándoles atados y amordazados en el interior de unas pilas de tablas que había en un lugar próximo, aunque fuera del alcance de la explosión. Posteriormente situamos la dinamita de forma estratégica, buscando los puntos donde su efecto pudiera ser más demoledor. En pocos momentos, una gran explosión sacudió la práctica totalidad de la ciudad como si de un terremoto se tratara.

Cumplido el objetivo, nos aprestamos a la huida, separándonos en parejas para no llamar la atención. Uno y yo nos fuimos juntos para dirigirnos a nuestros domicilios, muy próximos entre sí, aunque dimos un gran rodeo para despistar a un hipotético perseguidor, si bien no contábamos con que eso sucediera, dada la limpieza y discreción con que se había efectuado el sabotaje. Estábamos completamente equivocados.

Cuando llegamos a las proximidades de mi casa, oímos un tumulto que nos sorprendió, y tuvimos justo el tiempo de ocultarnos entre las sombras para no ser detectados: un numeroso retén de policías hacían guardia ante la puerta, interrogando a mi padre, e inequívocamente me esperaban a mí, circunstancia que supusimos que concurría en el domicilio de Uno.

Volvimos tras nuestros pasos, y cuando nos consideramos provisionalmente a salvo, paramos a cambiar impresiones sobre el camino a seguir en aquella difícil situación. Era evidente que nos habían identificado y pretendían localizarnos y detenernos. No sabíamos como lo habían logrado, pero la policía sabía quien estaba detrás del atentado. Finalmente decidimos huir de la ciudad.

Conseguimos dos caballos a través de un amigo de Uno, y sabedores de que no teníamos muchos sitios a donde ir, decidimos encaminarnos a Cayón, donde sabíamos que seríamos bien acogidos por ti-

Aun ante la falta de datos fidedignos sobre lo que estaba ocurriendo en la capital, era evidente lo crítico de la situación de los dos fugitivos. Alejandro decidió que necesitaban información de primera mano, y lo más práctico que podía hacer en ese momento era desplazarse a La Coruña para conocer el verdadero estado de las cosas. Así pues, tras redactar una nota dirigida a Manuela, en la que le rogaba que atendiese a sus amigos en el tiempo que él se ausentaba y le pedía la máxima discreción para que nadie en el pueblo supiera que se encontraban allí –observación que les hizo verbalmente a ellos mismos, advirtiéndoles que no abandonaran la casa ni un solo instante-, tomó uno de los caballos y partió a la ciudad.

Sobrepasaba el mediodía cuando llegó a su casa. Tras saludar a su madre, que se mostró feliz por el regreso, comió un tentempié y se acostó unas horas para eliminar el cansancio acumulado y la total carencia de horas de sueño.

Despertó a media tarde y se encaminó a la casa de los Cornide, considerando que era el lugar idóneo para informarse adecuadamente de la situación, a través de don José. Fue recibido por uno de los hermanos pequeños de Emilio, que le manifestó que su padre estaba ausente, por haber ido al castillo de San Antón a prestar asesoramiento legal a unos detenidos. Alejandro, suponiendo de quienes se trataba, decidió esperar allí mismo su regreso.

Tardó bastante en volver, y cuando por fin lo hizo, en su semblante, habitualmente amable, se reflejaba una honda preocupación. Saludó cortésmente a Alejandro y le invitó a entrar en su despacho para cambiar impresiones.


El patriarca exhaló un profundo suspiro de alivio cuando se enteró de que su hijo y Uno se encontraban a salvo, al menos por el momento. Luego le explicó pormenorizadamente la situación. Tal y como sospechaba Alejandro, había ido a la prisión a entrevistarse con los siete detenidos, los tripulantes del pesquero afectado por la sanción que había sido la espoleta para la vehemente acción que desembocó en las dramáticas circunstancias que concurrían en aquellos momentos.

A Alejandro le sorprendió el número de personas arrestadas, al considerar que los involucrados, aparte de Emilio y Uno, eran ocho.

-Es cierto- repuso don José –pero Marcial el Rojo no ha sido aprehendido. Sus compañeros creen que, al igual que Uno y mi hijo, consiguió escapar y se ignora su paradero-

En el transcurso de la posterior conversación salió a relucir la celeridad con que había actuado la policía: las detenciones se habían producido en cuestión de minutos desde la explosión, y ambos llegaron a la conclusión de que era como si las autoridades previeran la acción y en lugar de impedirla, estuvieran esperando a que se produjera para actuar. Aquello era muy extraño.

Cuando se despidieron, ambos estaban convencidos de que alguien los había traicionado.

Al día siguiente, Alejandro decidió posponer durante un día su regreso a Cayón y quedarse a pasar la jornada con su madre, con quien no había estado durante los últimos dos meses. Estuvo en casa durante toda la mañana y por la tarde la acompañó a dar un paseo por la ciudad, durante el cual estuvieron charlando acerca de los últimos acontecimientos. La epidemia de peste había sido vencida casi definitivamente, aunque dejando a su paso cerca de mil víctimas mortales; la crisis económica también estaba remitiendo y la ciudad se recuperaba lentamente gracias al tráfico de mercancías con América, que potenciaba sobremanera a las empresas locales y fomentaba la creación de empleo. También salió a relucir la grave problemática surgida con el reciente sabotaje a las fábricas de salazón. Alejandro hizo todo lo posible para un prudente cambio de conversación. No quería en modo alguno que su madre se enterara de nada relativo a los dos invitados que tenía en aquellos momentos en su casa de Cayón para no intranquilizarla.

Por aquellas fechas había sido inaugurado un negocio en las inmediaciones del paseo de la Reunión, en plena Pescadería, que se dedicaba a servir café, un brebaje muy aromático cuya raíz era una planta originaria de América. La iniciativa había sido todo un éxito, y en pocas fechas aquel establecimiento se había convertido en el principal punto de encuentro de la sociedad coruñesa.

A iniciativa de Elisa, que sentía curiosidad por probar aquella exótica bebida, entraron en el local, que estaba bastante lleno de clientela en aquellos momentos, y con algunas dificultades consiguieron encontrar acomodo junto a una de las mesas. Poco después estaban saboreando aquel negro potingue, que les pareció agradable y reconfortante.

De repente, Alejandro se fijó en dos personajes que entraron en el establecimiento. Uno de ellos era Cipriano de Vilanova, el pretendiente de Mercedes, y le acompañaba un desconocido cuyos rasgos se le hicieron vagamente familiares. Tomaron asiento junto a una mesa próxima a la que ocupaban Alejandro y su madre. Cuando los recién llegados se quitaron el sombrero y sus cabezas quedaron al descubierto, el rojizo color de los cabellos del acompañante de Cipriano hizo que lo identificase sin lugar a dudas, pese a los años que hacía que no lo veía: se trataba ni más ni menos que de Marcial el Rojo. Y entonces lo vio todo con claridad.

Marcial, cabecilla e instigador del sabotaje por el que sus compañeros estaban penando o huidos, paseaba libremente por el centro de la ciudad, acompañado por el hijo del –en teoría- principal perjudicado por aquella acción. Aquello solo podía significar una cosa: él era el traidor, la rata inmunda que no solo había delatado a sus compañeros, sino que había cometido la felonía de hacerles caer en una trampa urdida por él con la connivencia de los catalanes y las corruptas autoridades.

Fue tal la indignación que sintió Alejandro en aquellos momentos, que su rostro perdió el color, tornándose pálido y desencajado. Su madre se percató de ello y le preguntó si se encontraba bien. Haciendo verdaderos esfuerzos por contener su arrebato, le contestó que estaba bien y que el calor reinante en la sala le había provocado una indisposición transitoria y era mejor que se marcharan. Así lo hicieron, encaminándose a su domicilio.

Al llegar, Alejandro le comentó a su madre que iba a salir un rato a tomar el aire, y se dirigió a casa de los Cornide. En esta ocasión sí estaba don José, que le recibió cordialmente pese a la honda preocupación que estaba sintiendo. Volvieron a reunirse en la intimidad del despacho, y Alejandro le relató el descubrimiento que acababa de hacer aquella misma tarde.

A José Cornide, le costaba trabajo dar crédito a lo que estaba oyendo, pero cuando el visitante terminó de contarle lo que había visto y las conclusiones que había sacado sobre el particular, no tuvo otra opción que reconocer que estaba en lo cierto, pese a que no era fácil concebir que hubiese alguien tan retorcido como el tal Marcial. Su carácter apacible terminó siendo poseído por la cólera y el ansia de venganza.

Resolvieron finalmente poner las sospechas que albergaban en conocimiento del Gremio de Mareantes, para lo que, tras redactar Cornide un mensaje pidiendo la celebración de una asamblea de emergencia en la sede de la agrupación gremial, un emisario fue enviado para hacérselo llegar a los interesados.

La reunión se llevó a cabo a la mañana siguiente. Entre los asistentes, un total de veinte, se hallaban representantes del Gremio de Mareantes, así como varios armadores de pesqueros afectados por la problemática suscitada y los tres prebostes que habitualmente colaboraban con el Gremio –Cornide, Somoza de Monsoriú y el marqués de Sargadelos-, además del propio Alejandro.

La sesión se abrió con José Cornide en el uso de la palabra; se refirió a los dramáticos sucesos acontecidos en los últimos días, haciendo hincapié en el protagonismo de Marcial el Rojo en el atentado perpetrado, para continuar con el sorprendente descubrimiento hecho por Alejandro sobre la más que posible delación del pelirrojo y su complot con los catalanes y las autoridades para perjudicar a sus compañeros y hacer caer el oprobio popular sobre la causa de los mareantes locales.

El encendido ánimo de todos los presentes al informarse de aquello dio pié al intento generalizado de que se tomasen decisiones drásticas contra el traidor, pero eran opiniones distorsionadas por la ira que les embargaba, y por tanto carentes del peso específico necesario para obtener con su práctica algo positivo para los afectados.

José Cornide, que ya había recuperado su habitual frialdad, cosa de la que el resto carecía en aquellos momentos, hizo un planteamiento razonado sobre la inconveniencia de ejecutar cualquier acción de fuerza, cuando menos por el momento, y la necesidad de centrarse en un concienciudo estudio de la situación y la búsqueda de soluciones con arreglo a la ley que pudieran cuando menos amortiguar la delicada posición de los implicados, al tiempo que se procuraba ayuda humanitaria para sus familias. Su discurso fue tan resuelto y racional que terminó por convencer definitivamente a la concurrencia.

Finalmente, la decisión, consensuada entre los asistentes con voz y voto en la asamblea, que eran todos menos Alejandro de Mendoza, consistió en continuar con el apoyo legal a los responsables de la acción, organizar una colecta entre todos los miembros del gremio para hacer frente al sustento de sus familias, e iniciar un discreto seguimiento de los pasos de Marcial el Rojo, por si sus movimientos pudieran aportar algún dato que favoreciese la depuración de responsabilidades ante el juez en la comisión del delito.

Alejandro decidió partir a Cayón al día siguiente. Consideraba necesario hablar con sus dos amigos y aclararles la situación, y aunque las noticias que les llevaba no eran nada halagüeñas, era imprescindible que se enteraran, y cuanto antes mejor.

Antes de marcharse le pareció procedente despedirse de José Cornide, aunque solo fuera por cortesía, y se acercó a su domicilio a presentarle sus respetos. Cuando llegó, le anunciaron y le hicieron pasar al despacho que ya conocía. El dueño de la casa estaba acompañado por un individuo cuya apariencia no encajaba en absoluto con el entorno de lujo y comodidades en el que se encontraba. Frisaría los 40 años y era de figura menuda, afilada cara de ratón, ojillos diminutos pero penetrantes y vestía con extrema sencillez, aunque tanto su atuendo como su persona lucían correctamente pulcros. En aquellos momentos estaba paladeando una copa de anís, obsequio del anfitrión.

Cornide se lo presentó como Severino, un pescador vecino del barrio de San Roque, en las proximidades de la playa de Riazor –lugar de residencia de la mayoría de los marineros de la ciudad-, que vivía de largar sus aparejos en la ensenada del Orzán desde una pequeña chalana de remos.
Severino tenía, además, otras cualidades, entre las que destacaba su facilidad para pasar inadvertido en cualquier ambiente, haciendo gala de la más absoluta discreción, y por eso había sido designado por el Gremio de Mareantes para ejercer un discreto seguimiento sobre el avieso Marcial.

Tras recomendarle Cornide que indagara con cautela y persistencia, dado lo delicado pero urgente de la cuestión, el hombrecillo abandonó el despacho y el domicilio. Cuando quedaron solos, comentó:

-Si hay alguien capaz de hacer averiguaciones sobre este espinoso asunto, ese es el personaje que acababa de marcharse; es lo suficientemente hábil para efectuar un seguimiento exhaustivo pasando completamente desapercibido. Le apodan “el Comadreja”, y no solo por su indudable parecido físico con ese pequeño y huidizo carnívoro, sino también por la agilidad de sus movimientos y fino olfato. Su único defecto es la debilidad que siente por el anís. Ese es su auténtico talón de Aquiles-

Cuando Alejandro manifestó a su anfitrión su intención de partir de inmediato, éste le rogó encarecidamente que le permitiera ir con él. Ansiaba abrazar a su hijo y comprobar con sus propios ojos que se encontraba bien. Alejandro no tuvo valor a negarse, aunque su intuición le dijo que estaban corriendo un riesgo innecesario.

Una hora más tarde los dos hombres cabalgaban camino de Cayón. No se percataron de que desde una distancia prudencial, alguien les seguía. Llegaron a media tarde, y entraron en la casa, donde José Cornide pudo al fin abrazar a su hijo y a su compañero de infortunio. Ambos jóvenes estaban impacientes por conocer noticias sobre lo que estaba ocurriendo en La Coruña, a lo que José cornide y Alejandro dieron cumplida respuesta. La profunda preocupación que sintieron al conocer el estado actual de las cosas se vio superada por el furor que sentían hacia quien les había empujado a cometer la acción, no solo siendo consciente de la trampa en que se metían, sino que la había preparado concienzuda y premeditadamente, vendiéndose a aquellos contra quienes decía luchar.

De nuevo José Cornide tuvo que hacer gala de su talante pacificador para tranquilizarlos, mientras Alejandro salía a la puerta para echar un furtivo vistazo hacia las ventanas del palacio, esperando con aquel simple gesto saber algo de Mercedes, a quien ni siquiera había tenido tiempo de avisar en el momento de su partida. Tuvo suerte, porque la joven estaba en ese momento asomada a la ventana. La saludó con un discreto gesto, y señaló hacia el ventanal de su propia casa donde solían verse durante las noches, tratando de indicarle con ello que estaría allí a la hora acostumbrada. Ella, con un leve asentimiento, indicó que le entendía, pero a Alejandro le pareció notar una sombra de preocupación en su hermoso rostro, que le sorprendió, aunque terminó por achacarla a su inesperada desaparición durante unos días.

Volvió junto a sus amigos, quienes le manifestaron las amables atenciones dispensadas por Manuela durante su ausencia, que les ayudaron a sobrellevar el obligado encierro al que se vieron sometidos. Poco después la mujer hizo su aparición, y preparó para los cuatro una exquisita cena.

Después de que sus invitados se retiraran a sus respectivas habitaciones, Alejandro se acercó con el mayor sigilo hasta la ventana, y allí se encontró a Mercedes, que le esperaba. No eran imaginaciones suyas, ya que la inquietud estaba pintada con claridad en el semblante de la joven. Le inquirió sobre el particular y ella le respondió con evasivas, achacándolo a un malestar pasajero. Después, él le explicó los motivos de su inesperado viaje y las peripecias sucedidas durante aquella ausencia, lo que empeoró más aun el estado anímico de Mercedes.

Al despedirse aquella noche, Alejandro estaba intranquilo. A la natural preocupación por los últimos sucesos había que añadir la extraña actitud de Mercedes y el hecho de desconocer el origen de la zozobra que la abrumaba.

José Cornide se encontraba muy a gusto allí, sobre todo por el apoyo moral que daba a su hijo con su presencia, pero las ineludibles obligaciones que le esperaban a su regreso le impidieron permanecer en Cayón durante más tiempo y partió aquella misma mañana.







CAPITULO IX
EL CASTILLO DE SAN ANTON

Estaban empezando a comer cuando oyeron el ruido procedente de la calle que identificaron como el de un carruaje que entraba en la plaza. Pocos instantes después sonaron unos golpes en la puerta. Manuela acudió a abrir, y según accionó el picaporte, fue apartada de un violento empellón y ocho hombres armados irrumpieron en el interior de la casa. Rodearon a los tres comensales y les apuntaron con sus arcabuces. Sin dar explicación alguna, pero amenazándoles de muerte al menor movimiento, los obligaron a ponerse en pie y los condujeron hasta el carruaje que esperaba delante de la casa, que de inmediato partió del lugar. Alejandro apenas tuvo un instante para dirigir la vista hacia el palacio y ver a Mercedes junto a la ventana, convertida en la viva imagen del dolor.

El viaje hasta La Coruña fue duro. Sus guardianes no les permitieron ni abrir la boca. Durante el largo trayecto, Alejandro tuvo tiempo a pensar en lo contraproducente que había sido haber permitido a José Cornide, que a buen seguro estaba vigilado por la policía, acompañarle a Cayón, pero ya era tarde para arrepentirse.

Al llegar a la ciudad, atravesaron la Pescadería y se internaron en el paseo del Parrote. Allí, los esperaba una barcaza que los condujo al castillo de San Antón. Una vez en la prisión, fueron confinados en diferentes mazmorras, lo suficiente alejadas entre sí para evitar que se comunicaran.

Poco después fueron visitados uno por uno por Fernando de Ocampo Troncoso, alguacil del presidio de San Antón, que les aclaró cual era su situación: Emilio Cornide y Uno estaban acusados de haber atentado contra las fábricas de salazón de la Palloza, habiendo sido, según la declaración de un testigo fiable, los inductores de la acción. Ese testigo no podía ser otro que Marcial el Rojo. En cuanto a Alejandro, se le iba a procesar por haber colaborado en la ocultación de los dos prófugos, y la pena que se solicitaría al juez por dicha implicación iba a ser idéntica a la de los otros inculpados, es decir, pretendían encerrarlos durante muchos años.

Todos eran conocedores de lo desesperado de su situación. Alejandro con más motivo, porque casi sin comerlo ni beberlo se había visto involucrado en un asunto tan comprometido que, si nada lo remediaba, podía arruinar su vida para siempre. Estaba hundido.

Al día siguiente de su reclusión, recibieron la visita de José Cornide. Éste logró del alcaide poder reunirse con todos simultáneamente, y así, los tres recién llegados y los siete que habían sido detenidos en primera instancia se vieron por primera vez dentro de los muros del presidio.

Con un semblante que revelaba la profunda preocupación que sentía, prefirió no divagar ni dar falsas esperanzas, y fue directamente al grano: el juicio iba a celebrarse dentro de breves fechas, y ya había sido nombrado juez instructor, Nicolás del Riego, un personaje con fama de imparcial pero extremadamente severo en sus sentencias condenatorias. El fiscal acusador, Bernardo Caballero y Tinero, era claramente proclive a la causa de los catalanes, lo que significaba que iba a poner todo su afán en causarles el mayor perjuicio posible, tratando de ejemplarizar el castigo.

Un profundo desasosiego se adueñó de todos los presentes tras las palabras, sinceras pero duras, de quien iba a ser su abogado defensor. La suerte estaba echada, y todo parecía indicar que les iba a ser esquiva.

Cuando José Cornide llegó a su casa, tenía visita. Un penetrante olor a anís procedente del salón delató la presencia de Severino el Comadreja. Debía ir por la cuarta copa. José Cornide solo esperaba que estuviera lo suficientemente sobrio como para poder contarle las novedades de su investigación. Lo estaba.

Le relató como iban las cosas en los últimos días. Las primicias no aportaban nada que no se supiera o, cuando menos, se intuyera de antemano. Marcial, que hasta entonces había llevado una vida de lo más austera, dada la precariedad de sus ingresos, pasó de la noche a la mañana a hacer ostentación de importantes sumas de dinero, procedentes indiscutiblemente de la recompensa recibida por la traición hecha a su gente.

Desde el suceso de la Palloza, había abandonado su domicilio, dejando a la familia a su suerte, yéndose a residir a un hospedaje de la Pescadería, de los más lujosos y caros de la ciudad. Pasó de ser el zascandil habitual de tabernas de medio pelo a convertirse en cliente asiduo de los prostíbulos más refinados, a los que su maltrecha economía le había impedido acceder con anterioridad, acompañado siempre por Cipriano de Villanueva, de quien se había hecho inseparable. Severino relató también las frecuentes visitas, al menos dos veces al día, que Marcial hacía a la sede de la asociación de los comerciantes catalanes –Cornide supuso que era para recibir asesoramiento de cómo debía declarar en el juicio, en el que inevitablemente iba a actuar como testigo, para que las mentiras y falacias que tenía que decir fuesen lo más verosímiles posible-

Al despedirse, José Cornide agradeció a Severino su investigación, que había sido de lo más sagaz e impecable, y le entregó una pequeña suma de dinero para compensar sus desvelos, que el otro inicialmente trató de rehusar, pero finalmente aceptó, y le pidió que continuara con sus averiguaciones. Cuando se quedó solo, José Cornide llegó a la conclusión de que no habían conseguido prácticamente nada de lo que perseguían y los acusados estaban irremisiblemente perdidos.

Cuando Elisa recibió la inesperada noticia de la detención de su hijo al día siguiente de producirse, quedó transida por la desesperación y el dolor. Estaba indecisa sobre lo que podía hacer, y mandó un recado urgente a su hermano Simón, que residía desde hacía algunos años en la cercana localidad de Betanzos, donde se había casado y establecido con un negocio de venta de frutas, contándole lo que ocurría y recabando su ayuda. Éste se presentó en su casa aquella misma tarde. Era una persona resuelta, así que viendo el estado de extrema ansiedad por el que estaba pasando su hermana, decidió que el primer paso que debían dar era acudir al presidio de San Antón a entrevistarse con el prisionero.

Así lo hicieron, y tuvieron la suerte de que la incomunicación había sido ya levantada, así que pudieron llevar a cabo la visita. Elisa se tranquilizó un poco al comprobar que su hijo no había sufrido maltrato físico alguno, aunque cuando le aclaró todas las circunstancias de la detención, su preocupación fue en aumento, al darse cuenta de la negra sombra que se cernía sobre el futuro de Alejandro. Cuando regresó a casa, lo primero que hizo fue enviar una carta a Alessandro Malaspina, en la que le contaba la grave situación y pedía consejo.

El mismo día del arresto, Mercedes abandonó Cayón, presa del desánimo. Cuando llegó a su casa, sus padres, sorprendidos por el retorno, le preguntaron a que se debía. Ella, que había hecho acopio del valor que da la desesperación, les contestó que había tomado la decisión de romper todo tipo de relación con Cipriano de Vilanova. La firme decisión que se reflejaba en su rostro dejaba clara la convicción de sus palabras. Su padre se percató de ello y montó en cólera. Le manifestó que la boda había sido concertada durante su ausencia y estaba prevista para el próximo mes. La decisión estaba tomada y era irrevocable. La palabra dada por el señor de Montaos no tenía vuelta atrás, y la voluntad de Mercedes no contaba.

Pero ella no se amilanó. Antes al contrario, la indignación que sentía fue tan en aumento, que terminó confesando que estaba enamorada de otro hombre, y que solo se casaría con él, no estando dispuesta a admitir una boda contra su voluntad. Su padre perdió los estribos definitivamente y la golpeó con dureza, y tomándola del brazo, la llevó hasta su habitación, donde quedó encerrada bajo llave.

Sin embargo, Mercedes no era fácil de convencer; bajo ningún concepto estaba dispuesta a aceptar las imposiciones de su padre, que pretendía que sus egoístas intereses primasen sobre la felicidad de su hija.

-A la primera oportunidad me marcho de aquí- decidió, aun a sabiendas de que no tenía a donde ir.

Fueron pasando los días sin que se produjesen primicias significativas. La investigación del Comadreja no cejaba, pero la información que transmitía a José Cornide no daba fruto alguno, salvo comprobar que Marcial continuaba con su vida desahogada, y seguía visitando diariamente la asociación de comerciantes catalanes. Su actitud no era para nada temerosa, sino que actuaba con el mayor descaro y naturalidad, consciente de que se hallaba del lado de los poderosos y no tenía nada que temer.

En el castillo de San Antón tampoco había grandes novedades. El juez había dictado contra los prisioneros, tal y como se preveía, cárcel incondicional a la espera de juicio, que se había fijado para el 13 de diciembre, más de dos meses después de la detención. Alejandro, pese a ser consciente del embrollo en el que se había metido, no dejaba de pensar en Mercedes, de quien no sabía nada desde el día de su arresto. En una de las visitas de José Cornide, le explicó su intranquilidad sobre el particular y le rogó que tratara de informarse sobre su paradero y las circunstancias en que se hallaba, teniendo en cuenta la inquietud que había percibido en la joven durante su último encuentro con ella.

Cornide se implicó en aquella tarea, que no era fácil, y pronto supo a través de uno de sus criados, que se relacionaba con los de la casa de Montaos, el forzoso encierro a que se hallaba sometida Mercedes en su cuarto desde el retorno de Cayón, así como los motivos, información que se sintió moralmente obligado a transmitir a Alejandro, aun siendo sabedor de que aquella noticia no haría sino incrementar el pesimismo de éste.

Mientras tanto, Mercedes, en un descuido de sus padres, logró escapar de la habitación en la que llevaba recluida tanto tiempo, y aprovechó esa circunstancia para huir de su casa, con un exiguo equipaje, sin saber muy bien a donde ir, pero con la plena seguridad de que no quería regresar a su hogar. Su mayor urgencia en ese momento era ver a Alejandro, así que se dirigió al penal de San Antón. Consiguió entrar en el presidio y hablar con su enamorado, quien se llevó la primera satisfacción en mucho tiempo.

Le contó todas sus cuitas, y la situación de desamparo en que se encontraba, lo que hizo que al joven le cayera el alma a los pies, pero lo peor vino cuando le confió su mayor preocupación, algo que hacía tiempo que quería confesarle sin atreverse: sus encuentros románticos habían dado sus frutos y estaba encinta.

Alejandro se puso blanco como la cera. Lo que hacía un tiempo hubiera sido la mayor alegría de su vida se convertía ahora, por mor de las circunstancias, en una contrariedad que agravaba todavía más los serios problemas en que ambos estaban envueltos. Pese a ello, no pudo evitar acariciar la mejilla de Mercedes con ternura y tratar de animarla e infundirle todo el optimismo de que era capaz.

Tras pedirle a los carceleros papel y pluma, redactó una carta dirigida a su madre, en la que le contaba todas las circunstancias de su relación con Mercedes, incluido el involuntario embarazo, y rogándole que la acogiera en su casa como si de su hija se tratara, al menos mientras ella no solucionase de otro modo la delicada situación por la que estaba atravesando. Sabía que Elisa era lo suficientemente comprensiva como para no poner objeción alguna a esa petición.

Mercedes, un poco más tranquila, aceptó de buen grado la alternativa que le ofrecía Alejandro, y se despidió de él, para dirigirse a su casa, donde, como cabía esperar, fue cariñosamente recibida por Elisa, que cuando leyó el escrito que portaba, la acogió con los brazos abiertos.

Mientras tanto, la goleta Bellvedere arribaba al puerto de la Coruña tras una larga travesía desde Malta. Una vez que atracó, Alessandro Malaspina desembarcó de la nave y en pocos minutos se estaba presentando en el domicilio de Alejandro y Elisa. Ésta lo recibió con la lógica alegría, aunque no le sorprendió su llegada, conocedora como era del carácter decidido de su compadre y el amor que éste sentía por su vástago, así como sus deseos de protegerlo por encima de todo. Pasaron al interior de la vivienda, donde le presentó a Mercedes, al tiempo que le relataba todo lo acontecido entre los dos jóvenes en los últimos tiempos.

Después estuvieron hablando de la grave situación por la que atravesaba su hijo y las complicaciones que había, para intentar subsanarlas. Cuando Malaspina se puso completamente al día, le invadió la desmoralización. Aquello pintaba muy mal. Parecía que todas las circunstancias se habían aliado en perjuicio de los detenidos, y comprendió claramente que la única solución factible pasaba por emprender algún tipo de acción al margen de los códigos establecidos: era evidente que para poder hacer justicia había que pasar por encima de la ley.

Tenía que buscar la forma de sacar a su ahijado del atolladero a donde lo había conducido su propia generosidad, y no importaba si con ello ponía en riesgo su vida.

Pensó en el castillo de San Antón. Había pasado allí diez años de su existencia y conocía el penal como la palma de su mano. Recordaba todos los recovecos de la fortaleza, que se antojaba infranqueable, ya que al estar enclavada en un islote era prácticamente imposible acercarse allí sin ser descubierto, con lo que el factor sorpresa de una acción desesperada quedaba prácticamente descartado. Pero había que intentarlo, puesto que la alternativa era que Alejandro y sus amigos envejecieran en aquella sórdida prisión.

Para emprender cualquier acción necesitaba colaboradores, pero ¿a quien acudir?; aun recordaba la arriesgada maniobra que habían efectuado para conseguir la liberación de Álvaro de Mendoza de las mazmorras inquisitoriales de Cayón, pero habían transcurrido tantos años desde esa peripecia que los miembros de aquel animoso grupo, incluido él mismo, no estaban ya para florituras de esa índole, puesto que aunque el arrojo y la valentía perduran en las personas, no ocurre así con las condiciones físicas, imprescindibles para emprender una operación de semejante calibre.

No obstante, Elisa le había hablado del Gremio de Mareantes y de la implicación de este colectivo en los hechos. Malaspina conocía de antiguo a José Cornide, involucrado en la trama, tanto por su vinculación con el citado gremio como por figurar su hijo entre los acusados. Tenía un elevado concepto de él como persona honesta y receptiva, y aunque lo que Malaspina estaba planeando se salía de los cauces legales, Cornide era de mente suficientemente abierta y clara como para entender que en ocasiones, y no había duda de que ésta era una de ellas, es necesario ser lo suficientemente temerario para actuar de forma heterodoxa, máxime cuando una de las cosas que allí se estaban jugando era el futuro de su propio hijo.

Le visitó aquella misma tarde, siendo recibido con la habitual cortesía de la que José Cornide hacía gala. Malaspina, sin andarse con rodeos, se expresó con claridad, manifestando abiertamente su intención de llevar a cabo una acción desesperada para liberar a los prisioneros, para lo que necesitaba cuando menos diez hombres que colaborasen con él en la escaramuza, aunque no sabía a donde acudir para reclutarlos.

Cornide aceptó aquella idea con interés. Aun sabiendo las dificultades que entrañaba su materialización, era también conocedor de la capacidad del hombre que tenía enfrente para diseñar una estrategia de ese tipo y llevarla a cabo con éxito. Prometió interceder ante el Gremio de Mareantes con suma discreción para conseguir los hombres idóneos para lo que se requería.

Al día siguiente, Malaspina visitó el castillo de San Antón, no solo para poder abrazar a su ahijado, sino también para obtener información sobre algunos detalles indispensables para llevar a cabo sus propósitos, tales como conocer el número actual de componentes de la guarnición que custodiaba el Castillo, los turnos de guardia, o si se había producido durante aquellos años alguna modificación en la estructura del edificio.

A través de la larga charla que mantuvo con Alejandro durante su visita, se informó a través de éste de que la tropa que custodiaba el castillo se componía de doce centinelas que se turnaban de cuatro en cuatro, tantos como garitas había, en la vigilancia de las almenas, y otros seis que lo hacían en la puerta, tres carceleros que custodiaban las llaves por turnos, y un cocinero que solamente estaba durante el día, al igual que el alcaide responsable del funcionamiento de la prisión. El sistema de vigilancia no había experimentado pues modificación alguna desde la estancia de Malaspina en el presidio. Tampoco la estructura de la fortaleza había sufrido cambios con respecto a aquella época.

Ese mismo día, recibió novedades de José Cornide a través de un criado de la casa de éste, rogándole que acudiera allí en cuanto le fuese posible. Lo hizo de inmediato, informándose que el Gremio de Mareantes había aceptado la idea de emprender una acción contundente para liberar a los prisioneros, y ponía a su disposición cuantos hombres fueran necesarios, elegidos entre los jóvenes pertenecientes a la agrupación más capacitados para una actuación de esa índole.

CAPITULO X
EL RESCATE

Juntos se dirigieron a la sacristía de la iglesia de San Andrés, sede del Gremio, donde varios de sus dirigentes les esperaban, acompañados de una docena de hombres jóvenes y fornidos que les fueron presentados como pescadores, y constituían un grupo dispuesto a acometer la arriesgada empresa que se les encomendaba. Todos ellos eran de un perfil similar, y según les manifestó Antonio Pumar, el representante del Gremio que parecía llevar la voz cantante en la reunión, se habían puesto a disposición de la causa de forma totalmente libre y voluntaria, y con pleno conocimiento del peligro al que se exponían.

La resistencia a los atropellos sufridos por los trabajadores del mar había dejado de ser un ser un sentimiento difuso y comenzaba a tener objetivos precisos. Paradójicamente, Marcial, sin pretenderlo, con su traición había prendido la mecha de la rebelión, en lugar de, como deseaban los poderosos, escarmentar a lo que ellos consideraban chusma en cabeza ajena.

Malaspina salió de allí satisfecho con la colaboración obtenida. Ahora le tocaba a él diseñar un plan para llevar a cabo sus propósitos. Era un buen estratega, curtido en mil escaramuzas, pero lo que pretendía era de difícil consecución. De alguna manera había que utilizar la sorpresa, pues pese a que los asaltantes iban a superar en número a los miembros de la guarnición de la fortaleza, éstos gozaban de la inestimable ventaja de su posición. Era imprescindible que no detectaran el asalto hasta que fuese demasiado tarde para evitarlo, o de lo contrario era inviable.

Por ello, aparte de que la acción tenía que ejecutarse con noche cerrada, no quedaba otra opción que esperar a contar con factores meteorológicos favorables para estar amparados por la oscuridad, y el único previsible a priori era que hubiese luna nueva. Eso iba a ocurrir exactamente doce días después, así que estableció esa fecha como prioritaria, al menos de momento, puesto que podían surgir factores imprevistos que aconsejaran adelantar la operación.

También era importante determinar el medio que se iba a utilizar para acceder al islote. Pensó en hacerlo a nado, que era la forma más silenciosa y discreta, pero desechó de inmediato la idea por dos razones: por una parte, el delicado estado físico en que previsiblemente estarían los prisioneros después del tiempo de encierro, desaconsejaba obligarles al esfuerzo de regresar a tierra firme por sus propios medios, y por otra, no existían alternativas al punto de llegada, por lo que, en caso de que la guarnición del castillo consiguiera alertar a los de tierra firme, éstos estarían esperándolos, imposibilitándoles la escapatoria. Por ello, era necesario utilizar una embarcación.

Dos dias más tarde, Alessandro Malaspina mantuvo una nueva conversación con Antonio Pumar, revelándole el plan que había establecido:

-Pretendo liberar a los prisioneros cuando las condiciones meteorológicas sean favorables para nuestros intereses, es decir, en cuanto se produzca la primera noche sin luna. Eso ocurrirá dentro de diez días. No obstante, sería conveniente que los hombres que van a colaborar en la acción se mantengan en alerta y con armas al alcance de la mano -aunque espero y deseo que no sea necesario utilizarlas- por si se diesen de forma imprevista circunstancias que aconsejen anticipar el cumplimiento de la misión. También es necesario contar con una barcaza que nos lleve al islote, que deberá tener capacidad suficiente para albergar al regreso, si todo sale bien, tanto a los hombres que van a realizar el rescate como a los prisioneros, un total de veintidós personas-

Antonio Pumar le respondió:

-Sobre ese particular quería hablarle. Deberá prescindir de dos de esos hombres, puesto que son necesarios para otra importante misión, que aunque no se realizará simultáneamente, no podemos exigirles un nuevo esfuerzo. De todos modos, si lo precisara, se buscaría otros dos para el rescate-

-No lo creo necesario; será suficiente con diez. Aunque reconozco que me pica la curiosidad por saber a que obedece este cambio-

-Pues muy sencillo. Hasta ahora, pese a que ganas de atentar contra su vida no faltaron, no se hizo nada contra Marcial el Rojo por respeto a su suegro, que como usted sabe es uno de los detenidos. Bastante desgracia tiene ya el pobre Agustín, que así se llama, con lo que le ha caído para añadir la desgracia de que su hija se quede viuda. Pero ahora mismo vengo de San Antón, de entrevistarme con los prisioneros, y el propio Agustín me ha pedido que ese miserable no quede con vida, deseo que comparte con su hija- y con aire sombrío, añadió: -Esos dos hombres van a ser los encargados de satisfacer su voluntad-

Aquella misma noche, Marcial el Rojo salía, bastante achispado, de un antro de prostitución en las cercanías del Campo de la Leña que solía frecuentar con asiduidad en los últimos tiempos, cuando fue abordado por dos desconocidos:

-Buenas noches, Marcial- dijo uno de ellos –te traemos un recado de parte de tu suegro y tu mujer- y sin darle tiempo a reaccionar, sacó de entre sus ropas un cuchillo y se lo clavó en el pecho hasta la empuñadura. El pelirrojo lanzó un ahogado grito el sentir el frío metal entrar en sus carnes, que el acompañante se encargó de acallar con un escalofriante tajo en la garganta que convirtió el quejido del moribundo en un gorgoteo apenas audible.

Después, los dos verdugos abandonaron a Marcial, que expiraba tendido en el suelo en medio de un gran charco de sangre. La venganza estaba consumada.

La noticia corrió por la ciudad al día siguiente como un reguero de pólvora. Las autoridades sabían bien de donde provenía aquella acción, pero no había forma de demostrarlo, pues no había testigo alguno del asesinato.

El guante lanzado por el Gremio al ordenar la muerte de Marcial hacía prever una dura respuesta por parte de sus adversarios, pero ésta no llegó a producirse. Antes al contrario, la presión ejercida sobre los pescadores locales fue remitiendo en los siguientes días, en los que las celosas y persistentes inspecciones que se venían realizando sobre los barcos por parte de las autoridades marítimas dejaron de producirse, debido probablemente a que la capacidad de reacción de los mareantes locales provocó una postura de prudencia en los catalanes, auténticos inductores de la política de represión de las autoridades. Curiosamente, aquel violento acto de justicia había servido, si no para firmar definitivamente la paz, al menos para imponer una tregua entre ambas fuerzas.

Malaspina pensaba en lo acontecido. Empezaba a vislumbrar la esperanza, porque si se conseguía limar asperezas entre los dos grupos, podía llegarse a alcanzar una simbiosis mediante la explotación en conjunto de los recursos marinos, aportando cada uno sus mejores armas: los pescadores locales, el profundo y ancestral conocimiento de aquellas costas, transmitido de padres a hijos desde tiempos inmemoriales, y los catalanes, la excelente técnica que poseían tanto para la pesca como para la salazón. Si eso se conseguía, los resultados podían llegar a ser muy beneficiosos.

Desechó esos pensamientos, para centrarse en lo que realmente representaba su urgencia en aquellos momentos: el rescate de los prisioneros, para cuya desesperada situación los últimos acontecimientos no constituían alivio alguno.

Tres días antes de la fecha prevista para el rescate, amaneció con una fina llovizna acompañada de un manto de niebla que cubría la ciudad, obstaculizando la visibilidad hasta tal punto que hacía imposible la visibilidad a partir de una distancia superior a unos cuantos pasos. La ausencia de viento hacía prever que esa situación persistiría cuando menos unas cuantas horas. Malaspina vio llegado el momento de actuar y comenzó a mover los hilos para llevar a cabo sus propósitos.

Apenas dos horas más tarde, los diez marineros de los que disponía se reunían con él en la ensenada de San Amaro, en cuyo pequeño dique les esperaba una barcaza de ocho remos. Todos los hombres portaban, tal y como se les había indicado, armas blancas de pequeño tamaño. Malaspina había traído por su cuenta cuatro armas de fuego debidamente cargadas, y asimismo se había pertrechado con unas cuantas cuerdas de cáñamo, que preveía iban a tener que utilizar para trepar por los muros de la fortaleza e inmovilizar a los componentes de la guarnición, y capuchas de tela para cubrirse la cabeza y no ser identificados, así como una brújula.

Una vez cumplido el objetivo, si es que se lograba, quedaba la huida, quizás la parte más complicada de la operación, toda vez que una vez alertadas las fuerzas del orden, no había posibilidad de regresar directamente a tierra firme sin la casi total seguridad de ser detenidos. Por ello, había decidido que la fuga tenía que ser por mar. Una goleta presta a zarpar les estaría esperando en el medio de la bahía, para hacerse a la mar en cuanto se subiesen a ella.

Había un buen trecho entre la ensenada de San Amaro y el castillo, pero los remeros eran fuertes y estaban acostumbrados a aquella tarea, y además el estado del mar -completamente calmo- les favorecía, así que recorrieron la distancia en un tiempo relativamente corto. La visibilidad era casi nula, pero aquellos hombres conocían la costa como la palma de su mano y disponían de brújula, así que supieron orientarse adecuadamente.

Cuando llegaron a las inmediaciones de la fortificación, no fueron directamente al pequeño embarcadero allí existente, sino que, tras fondear la embarcación, saltaron con el mayor sigilo sobre una de las rocas que circundaba las murallas. Aunque no se oían ruidos procedentes de las almenas, sabían sobradamente que había cuatro centinelas apostados allí.

Una vez que todos alcanzaron la peña, se aproximaron a la muralla, a la búsqueda del sitio más propicio para trepar a las almenas. Localizaron una zona donde la erosión había dejado resquicios suficientes entre las losas para poder introducir manos y pies y coronar las murallas. Tras indicar a los hombres que se cubrieran la cabeza con las capuchas para evitar ser identificados, Malaspina buscó a la persona que le pareció más adecuada, un joven delgado y fibroso que respondía al nombre de Lorenzo, y le preguntó si se veía capacitado para escalar aquellos muros.

-Sí señor, claro que estoy preparado. He hecho cosas más difíciles- le respondió con convicción no exenta de jactancia.

-Pues adelante, Lorenzo, estoy seguro de que lo harás bien. Debes subir lo más silenciosamente que puedas, con una soga colgada al hombro. Cuando llegues a lo alto del muro, comprueba previamente que no haya ningún centinela cerca, y después deberás enrollar el extremo de la cuerda alrededor de una de las almenas, y arrojarnos el resto de la cuerda para que los demás podamos subir con más facilidad-

El joven siguió escrupulosamente las instrucciones de Malaspina. Trepó sin esfuerzo alguno hasta las almenas y, tras asegurarse de que no había moros en la costa, procedió a atar la cuerda a la almena, asegurando con firmeza el nudo, tras lo que arrojó la cuerda al exterior. Uno a uno fueron subiendo los otros diez integrantes de la incursión.

Cuando todos llegaron a lo alto, se dividieron en dos grupos de cinco. Se repartieron las cuatro armas de fuego y cada grupo enfiló en una dirección. En pocos minutos y con una coordinación casi perfecta consiguieron apuntar con sus armas y neutralizar a los cuatro centinelas de las murallas, los cuales quedaron debidamente atados y amordazados dentro de sus respectivas garitas, sin haberles provocado ni un mínimo daño físico.

Todo se había desarrollado rápida y silenciosamente. Accedieron con igual sigilo al interior de la fortaleza, cogiendo por sorpresa al alcaide, el cocinero y finalmente al carcelero, a quienes, tras obligarles a identificar las mazmorras donde estaban recluidos los pescadores, encerraron en una celda vacía.

Una vez localizados los prisioneros, fueron liberados. Tuvieron que ahogar sus muestras de alegría para evitar alertar a los guardias de la puerta, los únicos que no habían sido neutralizados. Salieron de la fortificación por el mismo sitio por donde entraron, descendiendo de las almenas con la ayuda de la cuerda. Una vez a bordo de la barcaza, Malaspina ordenó a los remeros dirigirse al medio de la bahía, donde estaba fondeado el Bellvedere, preparado para zarpar. Los prisioneros se subieron a bordo de la goleta, mientras que los restantes retornaban discretamente a tierra.

Antes de separarse, Malaspina habló con Alejandro:

-La tripulación tiene instrucciones precisas de hacia donde debe dirigirse. Tengo que resolver unos asuntos en la ciudad y nos veremos más tarde-

La maniobra había sido un éxito. El Bellvedere partió presto. La niebla se había disipado parcialmente y Alejandro pudo contemplar, tal vez por última vez en su vida, la silueta de los edificios que conformaban la ciudad.

-Todas las despedidas son tristes- pensó –Pero ésta lo es más. Ahí quedan las dos mujeres de mi vida y el hijo que no veré nacer-

Emilio Cornide y Uno, adivinando el desconsuelo de su amigo, se aproximaron a él para ofrecerle un apoyo mudo, pero elocuente.

Tras una hora de navegación, la goleta se aproximó de nuevo a tierra en las cercanías del puerto de Suevos, aunque sin llegar a arribar en el muelle, por precaución, y quedó fondeada a la espera de acontecimientos. Alguno de los pasajeros pidió explicaciones a la tripulación, pero recibió la callada por respuesta.

Por fin, a media tarde, cuando ya comenzaba a aflorar el nerviosismo fruto de la impaciencia y el desconocimiento de la situación real, pudieron ver como a lo lejos varias chalupas abandonaban el puerto de Suevos para enfilar directamente hacia ellos.

Alejandro había bajado a uno de los camarotes y se había tendido en la litera, quedándose adormilado, fruto del cansancio producido por la tensión de la huida. Le despertó un intenso barullo procedente de cubierta, por lo que subió de inmediato para conocer el motivo de aquella algarada. Al llegar, se sorprendió al comprobar que, junto a sus compañeros de fuga, más de una veintena de personas, en su mayoría mujeres y niños, se abrazaban a sus compañeros exteriorizando una incesante alegría, de la que se contagió al comprobar que, al fondo de la cubierta, estaba su padrino, el extraordinario Alessandro Malaspina, acompañado de dos figuras que reconoció al instante: Elisa, su madre, y….Mercedes. Corrió a abrazarse a ellas, tremendamente emocionado y feliz.

Poco después, el Bellvedere zarpaba y se iniciaba el éxodo de aquellas familias por los caminos del mar.



Bastantes meses después, en una de las piezas de la mansión de Alessandro Malaspina, en la isla de Malta, Elisa, Silvia y Luisa hacían compañía a Mercedes, que amamantaba a una criatura de pocas semanas de edad. Era un niño varón, a quien habían bautizado como Emilio en honor a su padrino, quien hacía pocos días había comenzado a trabajar como asesor jurídico para la Orden de Malta.

A mucha distancia de allí, un barco de carga y pasaje surcaba las aguas del canal de Sicilia. Alejandro de Mendoza, capitán de la nave, gobernaba el timón con mano firme, acompañado de su segundo de a bordo, Procopio Seisdedos, más conocido como Uno. El resto de la tripulación estaba constituido por los que habían sido sus compañeros de presidio.

Durante los cinco años siguientes, todos los esfuerzos de Alessandro Malaspina se concentraron en una sola actividad: mover los hilos necesarios para que Carlos III concediera una amnistía a aquellos hombres y pudieran regresar a sus hogares. No era tarea fácil, aunque contaba con dos factores favorables. El primero de ellos era que la acción en que se habían visto involucrados no había provocado víctimas, sino solamente daños materiales, circunstancia que concurría en la fuga del presidio de San Antón, y por otra parte, y tal y como el propio Malaspina había previsto, los pescadores locales y los catalanes habían formalizado un pacto de no agresión, y como consecuencia de ello, paulatinamente habían llegado a un acercamiento de posturas que hacía vislumbrar a corto plazo una política de cooperación entre ambas fuerzas.

Este último argumento fue el más utilizado por Malaspina ante los representantes de la realeza con quienes se entrevistó en la procura de soluciones. Pese a que había conocido personalmente a Carlos III de Borbón cuando éste, con anterioridad a su proclamación como monarca de España, ostentaba el título de rey de Nápoles y Sicilia, y gozaba de sus simpatías, nunca tuvo acceso a él, aunque sí logró visitar a su mano derecha, el Marqués de Grimaldi, quien se interesó vivamente por aquella causa, y prometió mediar ante el rey Carlos para que firmase el indulto. Y así fue. El 13 de noviembre de 1773, tras cerca de cinco años de exilio forzoso, su majestad rubricaba el decreto de amnistía por el que se les permitía regresar a su tierra.

No todos lo hicieron. Algunos, los menos, habían echado raíces en la isla de Malta y no quisieron retornar a su tierra. Alejandro, que había visto incrementado un par de años antes su prole con el nacimiento de la pequeña Isabel, ansiaba fervientemente volver a estar en casa. Tanto él como Mercedes deseaban que sus hijos se criaran en la tierra que les vio nacer.
A primeros de diciembre, el viejo Bellvedere zarpaba de nuevo con rumbo a La Coruña.

CAPITULO XI

EL CREPÚSCULO DEL SIGLO DE LAS LUCES (EL PROYECTO BALMIS)

En el último cuarto del siglo XVIII, La Coruña se vio salpicada con un nuevo conflicto, pese a que éste se desarrollaba muy lejos de allí: La guerra de independencia de los Estados Unidos, iniciada en 1776. El gobierno español, posicionado desde el inicio de la contienda a favor de los colonos americanos alzados contra los intereses del rey Jorge de Inglaterra, dispuso que desde el puerto herculino se suministrasen armas y pertrechos a los rebeldes, y a partir de 1777 los buques corsarios americanos hicieron escala en la bahía coruñesa.

En 1779, año de entrada abierta de España en la guerra, un poderoso comerciante coruñés, Jerónimo Hijosa, tomó ejemplo de los americanos y armó en corso* a varios de sus barcos, que actuaron con eficacia contra el tráfico marítimo inglés y de sus aliados. Una de estas naves, la balandra Infanta Carlota –también llamada El Halcón- estaba comandada por Alejandro de Mendoza, quien capitaneaba a su tripulación habitual, con Uno al frente de sus subordinados. Tuvieron notables éxitos en sus campañas, capturando al paquebote danés Tobías y al bergantín portugués San Cayetano, así como a cuatro mercantes, dos daneses y otros tantos ingleses.

La familia Mendoza había aumentado. Emilio e Isabel habían tenido un nuevo hermano, Diego, nacido en 1778. Pero no todo eran buenas noticias. Un día, al regreso de una escaramuza marítima, Alejandro recibió la noticia de la repentina muerte de Alessandro Malaspina. El dolor fue tan grande como si una espada al rojo vivo atravesara su alma. Tardó mucho tiempo en recuperarse de aquel golpe.

Una vez reconocida la independencia americana en 1783 mediante la firma del tratado de París por parte de las cuatro naciones en litigio –Estados Unidos, Inglaterra, España y Francia- los barcos americanos continuaron entrando en el puerto coruñés, aunque en este caso se trataba en general de mercantes con cargamento de grano.

En 1788 fallecía un gran monarca, Carlos III, y un hijo suyo, Carlos IV, pasaba a ocupar el trono de España. Accedió al poder con una amplia experiencia en los asuntos de Estado, pero la repercusión de los sucesos acaecidos en Francia en 1789 y el hecho de dejar el gobierno a manos de su esposa María Luisa de Parma y del presunto amante de ésta, Manuel Godoy, frustraron las expectativas con las que inició su reinado..

Las primeras decisiones de Carlos IV mostraron unos propósitos reformistas. Designó primer ministro al conde de Floridablanca, un ilustrado que inició su gestión con medidas como la condonación del retraso de las contribuciones, limitación del precio del pan, restricción de la acumulación de bienes de manos muertas, supresión de vínculos y mayorazgos y el impulso del desarrollo económico; pero el estallido de la revolución francesa en 1789 cambió radicalmente la política española.
Conforme llegaban las noticias de Francia, el nerviosismo de la corona crecía y acabó por cerrar las Cortes que, controladas por Floridablanca -mantenido en el poder por consejo de su padre, el anterior soberano-, se habían reunido para reconocer como rey al Príncipe de Asturias. El aislamiento parecía ser la receta para evitar la propagación de las ideas revolucionarias del país vecino a España. Floridablanca, ante la gravedad de los hechos, estableció controles en la frontera para impedir la expansión revolucionaria y efectuó una fuerte presión diplomática en apoyo a Luis XVI. También se puso fin a los proyectos reformistas del reinado anterior, que fueron sustituidos por el conservadurismo y la represión, fundamentalmente a manos de la Inquisición, que volvió a acercarse al poder tras muchos años de ostracismo, aunque afortunadamente duró poco.



En 1792 Floridablanca fue sustituido por el conde de Aranda, amigo de Voltaire y de otros revolucionarios franceses, a quien el rey encomendó la difícil papeleta de salvar la vida del rey de Francia en el momento en que éste había aceptado la primera constitución francesa.
Sin embargo, la radicalización revolucionaria y el destronamiento de Luis XVI - el rey francés fue encarcelado y quedó proclamada la República- precipitó la caída del conde de Aranda y la llegada al poder de Manuel Godoy el 15 de noviembre de1792.
Manuel Godoy, un guardia de corps, ascendió rápidamente en la Corte gracias a su influencia sobre la reina María Luisa. En pocos años pasó de ser un simple hidalgo a convertirse en duque de Alcudia y de Sueca, capitán general, y finalmente, en ministro universal de Carlos IV con un poder absoluto. De pensamiento ilustrado, impulsó medidas reformistas como las disposiciones para favorecer las enseñanzas de las ciencias aplicadas, y la desamortización de bienes* pertenecientes a hospitales, casas de misericordia y hospicios regentados por comunidades religiosas
La Revolución Francesa condicionó su actuación en la política española. Sus primeras medidas se encaminaron en salvar la vida de Luis XVI, procesado y condenado a muerte. Pese a los esfuerzos de todas las Cortes, el monarca francés fue guillotinado en enero de 1793, lo que generalizó una guerra de las potencias europeas contra la Francia revolucionaria conocida como la Guerra de la Convención, en la que España participó y fue derrotada por la Francia republicana, fruto del desastroso abastecimiento, la pésima preparación del ejército y la escasa moral de la tropa frente a los enardecidos franceses. Un ejército dirigido por el General Ricardos entró en el Rosellón y logró algunos éxitos, pero a partir de 1794 las tropas españolas se vieron forzadas a la retirada. Los franceses ocuparon los principales baluartes del norte y el noreste peninsular.
Godoy suscribió con Francia la paz de Basilea en 1795. La República francesa devolvió a España las plazas ocupadas, a cambio de un territorio hispano en el nuevo mundo, la isla La Española.
En 1796, concluida la fase más radical de la Revolución, Godoy firmó el Tratado de San Ildefonso y España se convirtió en aliada de Francia. Este cambio de postura buscaba el enfrentamiento con Gran Bretaña, principal adversario de la Francia revolucionaria y tradicional enemiga de España con la que disputaba la hegemonía marítima y, más concretamente, el comercio con América. Los desastrosos resultados de esta nueva guerra provocaron la caída de Godoy en mayo de 1798.



Hacia finales de siglo, las medidas sanitarias aplicadas habían aplacado las consecuencias de la peste, que apenas presentaba ya una seria peligrosidad para la salud pública, pero había sido relevada por un nuevo enemigo: la viruela, enfermedad contagiosa que produjo una elevada mortandad, hasta el punto de que se convirtió en el principal freno del crecimiento demográfico, que no respetó ningún estrato social. Baste decir que varios miembros de la realeza fallecieron como consecuencia de sus brotes epidémicos. Por otro lado, las secuelas padecidas por quienes superaban la viruela eran graves.

La Coruña tampoco escapó a esa plaga, de muy difícil curación, puesto que sólo podía prevenirse mediante un arriesgado método, la inoculación o variolización, consistente en la infección de un individuo sano con pus de otro atacado por una viruela benigna, pero el virus no siempre se mantenía atenuado y se podía complicar el estado del paciente hasta provocar incluso su muerte.

Pero en 1796 el inglés Edward Jenner descubrió el remedio definitivo para combatir la viruela, y los médicos y cirujanos británicos pronto la popularizaron. El hallazgo surgió casualmente, cuando Jenner observó que una granjera tenía en sus dedos lesiones frescas de "viruela vacuna", una enfermedad del ganado similar a la viruela que se contagiaba a las personas durante el ordeño. Esta fue la observación de la que nació su descubrimiento, que para recordar su origen denominó “vacuna”.

En La Coruña se estableció una sala de inoculaciones en la que en 1800, el médico municipal coruñés, Vicente Pose Roibanes, vacunó a un nieto suyo e inició la difusión del método de Jenner en el Hospital de Caridad. No obstante, la actividad de Pose se vio frenada por las dificultades para obtener y conservar el fluido vacunal puro. Por fortuna, la llegada a la ciudad en 1803 del doctor Francisco Javier Balmis con virus vacuno fresco, permitió al médico municipal continuar con su labor.

El doctor Balmis había venido a La Coruña para organizar una expedición patrocinada por la Corona, que pretendía llevar la vacuna al Nuevo Mundo utilizando para ello a 15 ó 20 niños de ocho a diez años que no hubiesen padecido la viruela a fin de inocularlos sucesivamente durante la navegación y conservar el flujo vacunal fresco. La existencia de la Casa de Expósitos fue una de las ventajas alegadas por Balmis para considerar como idónea la salida del puerto herculino, que se produjo el 30 de noviembre de 1803.

Alejandro de Mendoza, cuyas aptitudes como experto marino eran sobradamente reconocidas, tuvo el honor, a sus 55 años, de ser designado como capitán de la corbeta María Pita, de 200 toneladas, por orden directa del rey Carlos IV, pero tuvo que declinar tal designación por motivos de salud. No obstante, a instancias del monarca él mismo se encargó de encontrar un sustituto de garantía para aquella importante misión. Se trataba del teniente de fragata Pedro del Barco y España, un marinero de probada valía. Había nacido en Somorrostro, provincia de Vizcaya, y estaba consignado en la Comandancia de Matriculas de La Coruña hasta que el 23 de octubre de 1803 recibió el destino a la corbeta Maria Pita.

Emilio de Mendoza, que contaba a la sazón con 34 años, siguiendo los pasos de su padre había ingresado en la armada. Fue nombrado segundo de a bordo por Pedro del Barco, quien además de conocer sus prometedoras cualidades como marino, en un gesto que le honraba no quiso que la familia Mendoza quedase al margen de aquella gloriosa y humanitaria empresa.

En la corbeta embarcaron, además del equipo médico encabezado por Balmis, un total de 22 niños de entre tres y nueve años y la rectora de la casa de expósitos, Isabel Cendala y Gómez, además del equipo médico encabezado por Balmis, a quien secundaba José Salvany, completándose el grupo con varios ayudantes -los doctores Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo, dos practicantes y tres enfermeros-

Durante el transcurso del viaje, Emilio de Mendoza tuvo tiempo sobrado de intimar con Francisco Javier Balmis y José Salvany. El primero era un alicantino de 49 años, culto, tenaz, optimista, valiente, activo y con aptitudes para la organización y el mando. Cuando fue nombrado para esa misión había llevado una vida dedicada intensamente a la medicina y había residido en América, por lo que su elección parecía muy acertada. También era irascible, intransigente y excesivamente seguro de si mismo, pero sus virtudes sobrepasaban cumplidamente a sus defectos.

Salvany por su parte tenía 26 años cuando lo nombraron miembro expedicionario, y era un médico barcelonés desconocido pero de brillante expediente académico y profesional, y un personaje de excelente carácter y humanamente entrañable, con quien Emilio, también de naturaleza abierta, mantuvo lazos de profunda amistad.


Tras hacer escala en Santa Cruz de Tenerife, en febrero de 1804 llegaron a Puerto Rico, donde el Dr. Balmis se enteró de que las autoridades puertorriqueñas ya habían conseguido la vacuna de la colonia danesa de Saint Thomas. Unió sus esfuerzos a los del gobernador general y su médico jefe, don Francisco Oller, para organizar una junta central de vacunación que llevara un registro de las vacunaciones realizadas en Puerto Rico y mantuviera suero con virus vivo para futuras inmunizaciones. De ahí en adelante, los expedicionarios formaron juntas de vacunación en cada lugar donde estuvieron.
De Puerto Rico la expedición fue a Venezuela, donde fue recibida con manifestaciones públicas de júbilo. Allí los expedicionarios se dividieron en dos grupos. El Dr. Balmis encabezó uno que partió con rumbo a México, América Central y las Filipinas y el Dr. Salvany asumió la jefatura del otro, que se dirigió a América del Sur, tras adquirir un nuevo barco, el San Luis, que pasó a ser comandado por Emilio de Mendoza, quien asumió el cargo a título voluntario, afán motivado por su espíritu aventurero y la sólida amistad que le unía a José Salvany, a quien no quiso abandonar.

La expedición principal se dirigió primero hacia Cuba, para seguir luego a Méjico y a Guatemala, y a continuación partió hacia Filipinas y China. Desde allí regresarían a Lisboa, haciendo una parada en la Isla de Santa Elena. Finalmente llegaron a España en agosto de 1806, donde serían recibidos en olor de multitudes a su llegada al puerto de La Coruña, donde todo era júbilo, excepto para la familia Mendoza, que se enteró en el mismo muelle que Emilio no regresaba con la expedición, y no se sabía cuando lo haría.

Balmis fue recibido por Carlos IV el 7 de setiembre de 1806, noticia recogida en la Gaceta Diaria unos días después:

“El domingo 7 de septiembre próximo pasado tuvo la honra de besar la mano al Rey nuestro Señor el Dr. D. Francisco Xavier de Balmis, Cirujano honorario de su Real Cámara, que acaba de dar la vuelta al mundo con el único objeto de llevar á todos los dominios ultramarinos de la Monarquía Española, y a los de otras diversas Naciones, el inestimable don de la Vacuna. Su Majestad se ha informado con el más vivo interés de los principales sucesos de la Expedición, mostrándose sumamente complacido de que las resultas hayan excedido las esperanzas que se concibieron al emprenderla”

Para muchos, este besamanos dio por terminada la expedición, algo que no se ajustaba en absoluto a la realidad.



El inicio de la expedición vacunal de Salvany por territorio sudamericano fue catastrófico. El 13 de mayo de 1804, a los cinco días de comenzar su periplo, el bergantín San Luis encalló en las bocas del río Magdalena cerca de la ciudad de Barranquilla. Las cosas no podían empezar peor. Todos los expedicionarios se vieron afectados en el accidente.

Viendo el riesgo que corrían, desembarcaron precipitadamente en una playa desierta a barlovento de Cartagena. Su vida estuvo en grave peligro. No perecieron porque contaron con la ayuda de los nativos y de un navío de corso, La Nancy, al mando del teniente de navío Vicente Varela, que viajaba por ese tramo del río.

El incidente les había alejado del derrotero establecido por Balmis. Para retomar la ruta prevista tuvieron que atravesar por el desierto a las Ciénagas de Santa Marta y desde allí a Cartagena. La Expedición no sufrió pérdidas humanas pero sí quebrantos materiales, sobre todo en los instrumentos de vacunación.

En Cartagena los expedicionarios contaron con el apoyo político de las autoridades locales, pero también con el económico del potente consulado cartagenero, que financió todos sus gastos. La ciudad se erigió en centro difusor de la vacuna. Desde esta población se irrigó el fluido hacia Panamá por Portobello, a cargo de un religioso acompañado de cuatro niños, y hacia Buenos Aires por Riohacha, entre cristales.

Cuando Salvany, consideró que ya estaba establecida la vacuna en esos territorios, preparó el viaje para continuar su campaña de salud pública rumbo a Santa Fe de Bogotá. Les acompañaban diez niños, que conservarían el fluido fresco en sus brazos, y las comunicaciones oportunas que ordenaban a las justicias de los pueblos por donde transitasen para que atendiesen cualquier demanda de auxilio de los expedicionarios. Desde Cartagena de Indias hasta Santa Fe, la Expedición Filantrópica discurrió por el río Magdalena. La navegación se realizó en pequeños barcos, muy ligeros, que se llamaban “campanes”, y fue larga y penosa.
Esta expedición no pudo mantenerse al margen de los condicionamientos geográficos, y su discurrir por los territorios estaba más sometido a esos factores que al criterio de los expedicionarios. A las enormes distancias se unió la dificultad de las comunica- ciones, muy deficientes, cuyos obstáculos se incrementaban aun más en los caminos de la Sierra. Las montañas se convertían en barreras casi infranqueables, que retardaban el camino, al tiempo que minaban la salud física y mental de los viajeros. Para salvar esas dificultades utilizaron indios porteadores.

Pero el problema más grave en el recorrido eran los ríos, cuyo gran caudal y profundo cauce, obstaculizaban o incluso imposibilitaban la comunicación. Había puentes, pero éstos, de gran precariedad, eran casi
más difíciles de cruzar que el propio río.

Durante la travesía, Salvany se dio cuenta de la envergadura de la Expedición. Era mucho territorio para tan pocos hombres –solo cuatro facultativos-. Para no dispersar esfuerzos, y siguiendo el criterio que había ideado Balmis, se dividieron las fuerzas para abarcar mayor porción de territorio. Se crearon dos grupos, cada uno de ellos formado por dos facultativos. Emilio de Mendoza continuó, como siempre, junto a Salvany.

Se disgregaron antes de llegar a Santa Fe, para, tras proceder a la vacunación por diferentes rutas, unirse de nuevo en dicha ciudad.

En el transcurso del ascenso a los Andes, Salvany empezó a sentirse aquejado de diversos males, un calvario que le persiguió durante el resto de su corta vida.

Enterado de la enfermedad de Salvany, el virrey se alarmó. Con temor de que la vacuna no llegase a Santa Fe por la posible muerte de Salvany, dispuso la salida de dicha ciudad de un facultativo y niños, con los demás socorros necesarios tanto para su curación como para que este facultativo se hiciese cargo de la conservación del fluido si llegaba á morir Salvany. Finalmente la expedición logró alcanzar Santa Fe.

Los desastres de la viruela en la capital habían creado una opinión pública favorable a la vacuna. Las vacunaciones comenzaron de inmediato. El virrey les facilitó una sala del hospital que estaba al cargo de los religiosos de San Juan de Dios, pero Salvany rechazó la propuesta, para que no se relacionase la vacuna con la idea de enfermedad y muerte. La Expedición también contó con el apoyo de las autoridades eclesiásticas. Los párrocos desde los púlpitos recomendaron el uso de la vacuna y exaltaron la personalidad de Salvany y sus colaboradores.

La estancia en Santa Fe sirvió para reponer fuerzas, tanto físicas como psíquicas. Resultaba reparador detener la agitada marcha y poder reposar de las difíciles y peligrosas andaduras por valles y quebradas.

No menos gratificantes fueron el júbilo y el aplauso con que los recibieron. El día 8 de marzo de 1805, la Expedición Vacunal abandonaba Santa Fe con dirección al Virreinato peruano, después de haber realizado más de 55.000 vacunaciones.

A instancias de Emilio de Mendoza, que veía como día a día se deterioraba más la resistencia de su amigo, la expedición paró en la ciudad de Popayán para que éste pudiera reponerse de las fatigas del viaje y el quebranto que advertía nuevamente en su salud, con la misma enfermedad de ojos y efusión de sangre por la boca que había observado en Santa Fe.

Emilio consiguió que se retrasase la salida, pero en cuanto se enteraron de que la ciudad de Quito sufría una epidemia de viruelas naturales, el propio Salvany, casi sin fuerzas, decidió abandonar Popayán para llegar cuanto antes a territorio Quiteño. Era increíble el coraje de aquel hombre, y su sentido del deber y espíritu solidario.

El grupo de Grajales fue enviado con la vacuna a Guayaquil, para que fuera su centro difusor. Salvany encomendó a Grajales que enviase desde ese puerto la vacuna entre cristales en cualquier barco que se dirigiese a territorio panameño. Mientras tanto, Salvany y Lozano, junto con Emilio de Mendoza, se desplazaron desde Popayán a Quito por la sierra.

Las previsiones pensadas para propagar la vacuna por la costa no se pudieron llevar a cabo, fundamentalmente a causa de la falta de financiación desde las Cajas Reales; otro motivo fue la constante presencia de ingleses, que a buen seguro hubiesen tomado una actitud beligerante en caso de localizarlos, sin tener en cuenta la humanitaria filosofía de la expedición.

El grupo encabezado por Salvany llegó a Quito el 16 de julio de 1805. Contó con el apoyo tanto de las autoridades civiles como eclesiásticas, aunque la estancia en la ciudad no fue del todo perfecta. Poco antes de abandonarla, les sustrajeron 100 pesos fuertes y parte de su equipaje.

Después de este asunto tan desagradable y sin retrasar los tiempos que estaban previstos, tras dos meses de estancia en Quito, donde Salvany propagó el fluido vacuno y se repuso de sus fatigas y quebranto de la salud, salió con rumbo a Lima.

Ya hacía más de cuatro meses que Salvany había salido de Quito, cuando llegó a esta ciudad el grupo de Grajales. Como no habían podido llegar a Guayaquil, solicitó de la Real Audiencia de Quito, que les dotase de los salvoconductos oportunos para permitirles llegar hasta allí.

Esta ciudad-puerto pertenecía al Virreinato del Perú, y la Real Audiencia de Quito al Virreinato de la Nueva Granada. El trámite político era lento y se demoraban los documentos. Todo se retardaba. Grajales y Bolaños pasaron en la ciudad de Quito la Navidad de 1805 en espera de los documentos que les permitiesen pasar al Virreinato peruano.

Mientras tanto, el grupo de Salvany continuó su periplo por la Cordillera Andina. Llegaron a la ciudad de Cuenca el día 12 de octubre de 1805. Al día siguiente se celebró una misa con Te Deum de acción de gracias en la Catedral y al terminar se realizaron 700 vacunaciones.

En la ciudad de Cuenca, las manifestaciones de acción de gracias fueron fastuosas y muy concurridas por la población. Se celebraron tres corridas de toros con caballos, bailes de máscaras e iluminación de la ciudad durante tres noches. En Cuenca los expedicionarios estuvieron dos meses para partir el 16 de noviembre de 1805 con dirección a la ciudad de Loja.

Salvany estaba mermado de facultades y cada vez veía más dificultades en la realización de la campaña sanitaria. Los niños eran muchos, y la paciencia de Salvany cada vez menor. Consiguió que el padre Fray Lorenzo Justiniano de los Desamparados les acompañase para cuidarlos, cosa que hizo tratándoles con cariño y esmero, incluso ayudó a Salvany a practicar algunas vacunaciones. El camino a Loja se realizó rápidamente. En el trayecto los expedicionarios vacunaron a 900 personas y en la ciudad a 1500 personas más.


Después siguieron ruta hacia Lima, a donde llegaron a finales de Mayo de 1806. Grajales y Bolaño se presentaron en diciembre de ese año.

Salvany observó en Lima que la vacuna se compraba y se vendía como el aguardiente o la sal. No estaba controlada por facultativos, sino por comerciantes, que veían en este fluido un modo rápido y seguro de enriquecerse.


Ante este hecho generalizado y mantenido por la población limeña, Salvany no podía hacer nada. Se sentía incapaz de transformar esta realidad. Desilusionado, abandonó las vacunaciones en masa. Estas operaciones las delegó en los médicos locales de la ciudad. Dedicó sus maltrechas fuerzas a la elaboración de un reglamento, que organizase las campañas de vacunación y fuese común para todo el Virreinato peruano.

En Lima, Salvany descansaba. Tenía mucho tiempo libre. Para no perder el tiempo se vinculó a la élite intelectual de la Universidad de San Marcos y a las tertulias ilustradas que se celebraban en las casas de las elites criollas. Emilio de Mendoza tenía miedo a un deterioro de la salud mental de su amigo, porque la presión era muy fuerte, pero no fue así.

Salvany propuso a la Secretaría de Estado la creación de una plaza de Inspector de Vacuna. lo tenía claro todo: el sueldo, que debería oscilar entre 12 y 14 mil pesos; el reconocimiento, que tendría que estar autorizado con los honores del Consejo de Indias; y las funciones, que serían la obligación de celar por el plan de vacunación y su cumplimiento. Este inspector debería visitar cada tres años uno de los tres virreinatos y las Juntas Centrales se comprometerían a informarle cada bimestre de todas sus operaciones.

La propuesta no salió adelante. ¿Los motivos?: Cualquiera los sabe.

Salvany partió de nuevo desde la costa (Lima) a la montaña (Arequipa). La altura y los fríos de la sierra afectaban a la enfermedad pulmonar que padecía. En este trayecto tardó casi dos meses. El día 8 de diciembre de 1807, llegó a Arequipa enfermo. El certificado médico decía: Se confundía con la Apoplejía por la intermitencia de su pulso, y por la respiración estertorosa precedida de movimientos convulsivos; y el síncope en su cesación, nos presentaba un espectáculo de horror.

Salvany pasó la Navidad de 1807 en esta ciudad. La estancia en Arequipa era reconstituyente; pero la Expedición Vacunal debía continuar propagando la vacuna y no podía demorarse eternamente en un lugar. Salieron de Arequipa con dirección a la población de mayor altitud de toda la cordillera andina, La Paz, a donde llegaron en abril de 1809.

Después de dos semanas de total tranquilidad, en reposo absoluto, su salud no se restituyó. Si de Arequipa a La Paz tardó más de 16 meses, de La Paz a Cochabamba, parecido trayecto, tardó 13 meses. Mejoraron las condiciones climáticas pero no la salud de Salvany. Los valles interandinos se convirtieron en valles de lágrimas que presagiaban su muerte. Salvany mantuvo el entusiasmo para propagar la vacuna, pero no le acompañaron las fuerzas.


Salvany murió en Cochabamba el día 21 de julio de 1810. Dejó sin terminar la campaña de propagación de la vacuna por el territorio sudamericano. El entusiasmo que tenía supo contagiarlo a su alrededor y el resto de expedicionarios y otros facultativos tomaron la alternativa. La empresa soñada por Salvany para llevar la vacuna a la región de Mojos y Chiquitos fue realizada finalmente por un médico militar llamado Santiago Granado.

Al mismo tiempo, Grajales y Bolaños propagaban la vacuna por la Capitanía General de Chile. En 1810 Grajales pasó por la araucaria, región inhóspita y hostil donde vacunó a su población, los fieros y temidos indios araucanos, que se rindieron a la necesidad de luchar contra la viruela.

En enero de 1812, Grajales, considerando que su comisión había terminado volvió a Lima y solicitó al virrey permiso para regresar a la Península. Se le denegó por estar el territorio en guerra. A partir de este momento Grajales dejó de ser médico de la expedición y trabajó en el campo de la medicina militar. Jamás regresó a España.

Emilio de Mendoza también se había visto en similar problemática, pero su personalidad emprendedora y poco dada a doblar la testuz, lo llevaron por otros caminos. Pese a que su labor, aunque no tan meritoria como la de los facultativos –hombres de ciencia que no habían dudado en luchar hasta el límite, aun a riesgo de su propia vida- era más que suficiente como para merecer todos los reconocimientos posibles, querían quitarle hasta el derecho a poder abrazar a su familia después de tantos años.

Pero había algo, si cabe, más importante. Gentes que lo habían dado todo por llevar a cabo aquella filantrópica misión, incluso a costa de su propia vida, cual era el caso de José Salvany, no podían quedarse al margen de un reconocimiento mil veces merecido, y él, como testigo circunstancial de aquellas proezas, no podía permitir que quedaran sumidas en el olvido. Tenía que regresar a su patria como fuera.

Y así lo hizo. Su espíritu aventurero y la casta de la que provenía le habían regalado algo que no está al alcance de cualquiera: el coraje suficiente para enfrentarse a lo que fuera para defender aquello en lo que creía. Y a fe que creía en esa causa.

Se desentendió de las órdenes de las autoridades, y de lo que le dictaba la parte de su propio intelecto que se encargaba de la prudencia, y buscó la forma de retornar a España sin pararse en ortodoxias.

Y así, con el anonimato por aliado, deambuló por diferentes localidades costeras del Perú, ejerciendo diversos oficios para sobrevivir, hasta que por fin halló un navío con destino a España donde enrolarse. La travesía duró muchos meses, y el puerto al que llegó fue el de Bayona, en junio de 1814, con 47 años de edad. Esta localidad quedaba a relativamente pocas leguas de La Coruña, pero tuvo el espíritu suficiente para dejar los abrazos a su familia para más tarde, y dirigirse antes a Madrid, a entrevistarse con su Majestad. Habían pasado muchas cosas desde su marcha. La guerra contra las tropas napoleónicas había terminado dos años antes, y el monarca Fernando VII, hijo -aunque no por ello adepto- de su antecesor, acababa de tomar posesión del trono. Le llamaban el deseado antes de su nombramiento, pero ya entonces, y solo habían transcurrido un par de meses desde su coronación, ya empezaban a denominarle “el indeseable”.




No fue fácil obtener la audiencia, pero finalmente la consiguió, y logró exponerle al soberano lo que había sido la parte más oscura, pero más meritoria, de la Expedición Balmis.

Antes de terminar su exposición ante la realeza, supo que no serviría de nada, pero cuando salió del palacio real, se sentía extrañamente pleno.

Pocos días después, sus padres y hermanos abrazaban, orgullosos y felices, a un hombre que, desde el anonimato, había dado toda una lección de humanidad y gallardía.


La expedición de la viruela gozó de gran reconocimiento y valoración ya en la misma época de su realización. Edward Jenner (descubridor de la vacuna contra la viruela) afirmó en 1806 (con la segunda expedición todavía en curso): "No me imagino que en los anales de la historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y generoso como éste". Y el barón de Humboldt escribía en 1825: "Este viaje permanecerá como el más memorable en la historia de la humanidad”.










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