Nadie me mandó. Puede que fuera la suerte o cualquier otra clase de los numerosos imponderables que tiene la vida, pero lo cierto es que no puedo culpar a nadie de lo que me ocurrió.
Llevaba casi una semana sin evacuar, No es que tuviera molestias, salvo una casi imperceptible inflamación en el vientre, pero estaba preocupado, y algo de mis inquietudes debía exteriorizar, porque mi amigo Paco acabó advirtiéndolo.
-Te noto muy pensativo ¿te ocurre algo?-
- Que va, no es nada. Solo que estoy algo incómodo, porque hace unos cuantos días que no hago de vientre. Precisamente iba a acercarme hasta la farmacia para que me dieran algún laxante-
-¿Laxante, dices? no vayas a la farmacia, que te digo yo un remedio infalible. Te vas al Café Principal y pides un cafelito bien cargado. Eso sí, tómatelo cerca del servicio-
El consejo, aunque me pareció exagerado, no cayó en saco roto, máxime cuando ese día se extinguió sin que mi capacidad evacuadora hiciese acto de aparición. Al día siguiente, nada más levantarme, salí de mi casa en ayunas con rumbo al café Principal, del que distaban poco más de cien metros. Entré en el local, me acerqué a la barra y la dueña se acercó a atenderme solícitamente.
-Póngame un café solo doble. Bien cargado- pedí, tajante, tratando de no dejar flecos sueltos, con la firme decisión de solucionar mi problema de una vez por todas.
Al cabo de medio minuto tenía ante mí, humeante, un tazón lleno a rebosar con el negro y aromático elixir.
Se me hizo eterna la espera hasta que la hirviente temperatura del brebaje descendió, haciéndolo asumible para poder ingerirlo sin grave riesgo de quemadura en mi aparato digestivo.
Me lo tomé casi de penalti. Tan pronto como el último sorbo reposó en el fondo de mi estómago, me pareció notar un retortijón, pero lo achaqué a un espejismo provocado por la impaciencia de verme aliviado definitivamente.
Craso error, porque casi al instante la convulsión interna se repitió, y eso fue el inicio de una serie de espasmos en cadena que hicieron que me percatase de que la liberación de la aflicción que había sufrido en los últimos días era inminente.
Miré hacia mi derecha, y el rótulo de WC que había sobre una puerta tuvo sobre mí el mismo efecto que una tabla de salvación para un náufrago. Con paso firme, entre esperanzado y nervioso, abandoné la barra del local para dirigirme a mi providencial destino.
Abrí la puerta y mi gozo en un pozo, nunca tan bien dicho. El inodoro que esperaba mi ofrenda era del modelo arcaico, el de agacharse, al que muchos llaman 111 en un intento bastante acertado de simbolismo gráfico. No podía permitir que un momento tan anhelado se frustrase por elegir un lugar inadecuado para un acto que las circunstancias habían convertido en casi místico. Decidí descartarlo, al fin y al cabo mi casa estaba a dos minutos de allí.
Tras abonar el café, salí del establecimiento y enfilé hacia mi casa. No habían transcurrido 50 metros cuando comencé a darme cuenta de que la situación había pasado de delicada a desesperada. Hice un amago de dar la vuelta y volver al incómodo, pero seguro, retrete del café, pero finalmente, pensando que estaba casi a mitad de camino, me incliné por proseguir mi camino a casa.
A medida que avanzaba, la urgencia se iba transformando en emergencia, pero al mismo tiempo, cada vez veía la salvación más próxima. Cuando me quedaban unos veinte metros para alcanzar el portal de mi domicilio, sentía en mi interior el apremio de mis necesidades, pero tenía la seguridad de que iba a alcanzar mi objetivo. Un retortijón mayor que los que había sentido hasta ese momento hizo que las dudas me invadiesen, pero todavía creía en el milagro de llegar sano y salvo a la taza del inodoro.
Ya me consideraba vencedor en el duelo a muerte entre el triunfo, que consistía en alcanzar a tiempo mi objetivo, y el fracaso de pasar la vergüenza y el oprobio de hacérmelo en plena calle, cuando, casi a punto de empuñar el pomo de la puerta de entrada de mi edificio, una potente voz hizo que me detuviese.
-¡Hombre, a ti te quería ver yo!-
¡Joder! Era Ricardo. Si a alguien no quería ver en ese momento era a Ricardo. Era buen amigo y mejor persona, pero también el tío más plasta que te pudieras encontrar como mínimo en cien kilómetros a la redonda. Para más inri, las virtudes mencionadas superaban con mucho a sus defectos, circunstancia que minaba mi moral, impidiéndome despedirlo con cualquier exabrupto. Estaba entre la espada y la pared.
Afortunadamente, el motivo del abordaje era una cena que Ricardo estaba organizando para el sábado siguiente, y conseguí sacármelo de encima aceptando de inmediato y sin ningún tipo de negociación el menú, el restaurante y hasta el precio del cubierto.
Casi podía tocar la puerta con la punta de los dedos, cuando mis ojos se posaron en el cristal que tenía enfrente, donde se estaba reflejando un individuo semidoblado, con los muslos apretados y cara de susto, y fue en ese momento cuando mi sentido del humor me traicionó de forma inicua: el ataque de risa que me sobrevino fue el que me derrotó definitivamente.
Dos minutos después, el agua de la ducha caía sobre mi cuerpo. Bueno, no solo sobre mi cuerpo, porque entré en la bañera incluso con los zapatos puestos.
martes, 9 de marzo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario