martes, 9 de marzo de 2010
EL SUICIDIO DE SANTA MARGARITA (ROSALES II)
EL HALLAZGO
Acababan de transcurrir las navidades de 1959. La ciudad de La Coruña había abandonado, casi sin darse cuenta, los entrañables y apacibles años cincuenta para entrar en los bulliciosos sesenta. Aquella madrugada del día de Reyes, un violento temporal de viento del sur había azotado como pocas veces las arboledas de la ciudad, por entonces todavía numerosas. Serían las cuatro de la mañana cuando Amelia Troitiño, asistenta de una acaudalada familia residente en un chalet de Juan Flórez, tras la agotadora tarea de desembalar y colocar los numerosos regalos destinados a los hijos de sus jefes -el trabajo que le había costado instalar el flamante tren eléctrico del hijo mayor había sido enorme-, se dirigía con presteza a su casa, pensando con amargura que ella lo único que podía regalarle a su hija era una humilde muñeca "Pepona”.
Amelia vivía en una pequeña casita en la zona del Agra del Orzán, y con objeto de acortar al máximo el camino, dado lo intempestivo de la hora, decidió atajar por el pequeño bosque de eucaliptos que había junto a la imprenta de Roel, para después, junto al río de lavar, tomar un pequeño sendero que la llevaría directamente a su casa.
Cuando, en medio de una oscuridad total que hacía que se guiase por su instinto, cruzaba la arboleda, se dio de repente de bruces con algo que colgaba de uno de los árboles, y que aun sin verlo con claridad, identificó con una rama rota por el temporal. -menudo susto- pensó mientras con una mano trataba de apartarla para poder pasar. Pero para su desasosiego, al contacto se percató con horror que aquello no era otra cosa que un cuerpo humano que había colgado del árbol; agudizando la vista comprobó que se balanceaba con un siniestro vaivén.
En ese momento, el pánico la invadió, quedando paralizada durante unos instantes, e inmediatamente reaccionó pegando unos alaridos que traslucían claramente la situación de histeria por la que estaba pasando la mujer. Alertado por aquellos angustiosos lamentos, no tardó en aparecer por allí Ramón, el casero de la finca aneja a la imprenta y vigilante nocturno de las instalaciones de ésta, a quien acompañaba su esposa, igualmente intrigada por los gritos. El marido portando una linterna, se acercó a Amelia. Esta que era incapaz de articular palabra pero con una expresión en su rostro que lo decía todo, señaló con el dedo el objeto de su desequilibrio. El casero enfocó el haz de luz de su linterna en esa dirección y lo que vio lo dejó petrificado. La estampa no podía ser más macabra: colgado del cuello había un hombre, con los salidos ojos muy abiertos, que entresacaba la lengua entre los dientes, en una expresión, que si no fuera por lo trágico de la situación, podría parecer hasta cómica.
La mujer, que al sentirse acompañada había cesado momentáneamente en sus gritos, ante aquella nueva visión volvió a ser dominada por la histeria, siendo en este caso sus lamentos coreados por la esposa de Ramón. El griterío atrajo en pocos minutos a los habitantes de las casitas que había al otro lado de la imprenta, junto a la fuente de Santa Margarita. Allí aparecieron a medio vestir Elena Serrano, Carmen Suarez "La Morena", acompañada de sus dos gemelitas y Viqui, la pequeña, y su otro hijo, Julio Tallón -el popular Cantinflas Coruñés, que por aquella época causaba auténtica sensación en La Coruña en las charlotadas que se celebraban, con gran éxito de público, en la plaza de toros, junto con el Bombero Torero y los Carota Brothers, un grupo de "cerillitas" coruñeses que hacían honor a su nombre artístico, encabezados por Fernando Molina, "el peras"-.
Había que avisar a la policía, y como no había otro teléfono a mano, Ramón lo hizo desde el interior de la imprenta.
Rondaban las seis de la mañana cuando el inspector Hilario Rosales hizo acto de presencia, acompañando al forense y al juez de guardia, que procedieron respectivamente a un primer reconocimiento del fallecido y al levantamiento del cadáver.
El inspector había adquirido una reconocida notoriedad profesional tras haber solucionado brillantemente -un poco acompañado de la suerte, tal vez- el misterioso caso del asesinato cometido en plena sesión cinematográfica en el cine Hércules, hacía dos o tres años, y posteriormente colaborar de forma eficaz con la Brigada de Investigación Criminal de Madrid, a desentrañar los crímenes del Jarabo, caso que había consumido verdaderos ríos de tinta en toda la prensa nacional, tanto por la brutalidad de los asesinatos como por el morbo añadido de que su autor fuese un conocido miembro de la aristocracia madrileña. El concurso de Rosales resultó decisivo al haber aportado la idea de investigar en todas las tintorerías de la capital acerca de la limpieza de un traje manchado de sangre, que había finalmente desembocado en la captura del culpable, el cual terminó siendo ejecutado a garrote vil.
Rosales no se entretuvo mucho en interrogar a los descubridores del presunto suicida -era obvio que nada podían aportarle- pero sí se preocupó de revisar los objetos personales de aquel desconocido, que no portaba documentación alguna, limitándose lo que llevaba encima a unas pocas monedas y un par de llaves. Decidió esperar a que clarease el día para realizar una minuciosa inspección de los alrededores, pues aunque todo parecía indicar que se trataba de un suicidio, no quería dejar ningún cabo suelto, por si las moscas.
Pasaba de las 9,30 de la mañana cuando consideró que había luz suficiente para garantizar una correcta inspección ocular. En el suelo no encontró nada que le llamase la atención, por lo que decidió centrarse en el árbol donde había transcurrido el suceso. Pese a que en la zona predominaban los eucaliptos, el árbol no pertenecía a dicha especie, sino que se trataba de un pino viejo, que había crecido de forma caprichosa, un poco inclinado.
El inspector trató de hacerse una idea de como había ocurrido el suceso, y llegó a la conclusión de que posiblemente el difunto había subido a lo alto de la rama , de un grosor más que suficiente para aguantar el peso de una persona, o incluso de varias, ató la cuerda que portaba alrededor de la misma, y una vez hecho el nudo corredizo al otro extremo, lo ajustó a su cuello para inmediatamente arrojarse al vacío. Todo encajaba, pero le pareció prudente, para curarse en salud, que se procediese a la autopsia del cadáver.
Para corroborar su teoría inicial, decidió hacer el recorrido que presuponía había sido el último viaje del difunto. Sin gran esfuerzo, pese a estar bastante lejos de su mejor forma física, se encaramó a la rama del árbol. En un pequeño saliente observó unos hilachos de color azul, que parecían corresponder a la desgarradura de una prenda de ropa. Ese descubrimiento le llamó poderosamente la atención, porque dada la altura a la que se encontraban, era evidente que el propietario de la prenda rasgada tenía que haberse subido al árbol, y no podía tratarse del presunto suicida, toda vez que ninguna pieza de la ropa que llevaba éste puesta coincidía con aquel color -su indumentaria consistía en un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata de color marrón-. Decidió recoger aquellos hilos y guardarlos cuidadosamente en su pañuelo de bolsillo.
Hizo bien en agilizar al máximo todas las indagaciones, porque no bien había terminado, alrededor de las diez y media de la mañana, comenzó a asomarse por allí todo el vecindario -Estrella la frutera y su marido el mudo, Maruja, la pescadora de la plaza de Lugo, con toda su numerosa prole, Fiaño el barrendero y su mujer, Casal el linternero y Rosalía, dos de los franciscanos de la ermita de Santa Margarita, el padre José María y el padre Jesús, y el matrimonio encargado del vivero de plantas de los Puentes, amén, claro está, de los que ya habían estado durante la noche y, pese a lo temprano de la hora se habían encargado de propagar el suceso. Total, que en la arboleda de Roel se juntó tanta gente que más parecía aquello una comida campestre que otra cosa. Lo cierto es que allí ya no había nada que ver, pero aun así fueron formándose corrillos y comenzaron a surgir los comentarios más variopintos:
-¡Ay, pobre home!- lamentaba Carmen la Morena -seguro que tiña unha enfermedá incurable e se matou-
-Pois a min me da que foi por culpa de unha muller que o deixou- apostilló Maruja la pescadora.
-Pode ser que se arruinara e tuvera deudas que non podía pagar- terció el barrendero-
-Oxe en día por eso nadie se mata- sentenció Elena la de Monelos con convicción -Tamén pode ser que o mataran e fixeran como de quen que se suicidou-
-Eso e imposible, Elena ¿como iban a facer pa obligalo a subir ó arbol, sabendo que o querían matar?- señaló Estrella.
-Ó millor o subiron sin sentido- aseveró la autora de la hipótesis del asesinato
Allí al único que le quedaba algo por decir era al mudo. Rosales, que estaba a punto de marcharse, no dejó de prestar atención a aquellos comentarios, algunos de ellos no exentos de cierta lógica.
EL ARMADOR
La identidad del muerto se conoció aquella misma mañana. Se trataba de Delfín Montero, un contable de 45 años vecino de las casas baratas de la Sagrada Familia. Era un individuo soltero, que vivía solo y a efectos policiales carecía de antecedente alguno. Según el vecindario, se le consideraba un personaje gris y de costumbres metódicas, sin que apenas tuviese contacto alguno con sus convecinos. Trabajaba para un conocido armador, Rosendo Campos, propietario de una importante flota de pesqueros que faenaban en el Gran Sol. A éste Rosales lo conocía de referencias, y la verdad es que a priori no le simpatizaba mucho. Según sus informaciones era el clásico potentado del ambiente portuario, muy adinerado, al que gustaba como nadie la buena vida -banquetes, juergas, mujeres, y todo aquello que tuviese algo que ver con la golfería-; solía andar rodeado siempre de dos o tres vividores, a quienes a cambio de invitaciones tenía permanentemente avasallados, pero ellos aguantaban como buzos. Rosales conocía especialmente a uno de ellos, Marnotes el falangista, con quien ya había tenido sus más y sus menos una noche de hacía ya veinte años. El resto de acompañantes era gente del muelle y algunos elementos conocidos del alterne coruñés.
Quiso profundizar algo más sobre el difunto, y evidentemente la única dirección que podía tomar era investigar en su círculo profesional.
Hilario conocía bien el ambiente portuario, donde además tenía buenas amistades. De hecho, cuando le tocaba guardia nocturna era frecuente verlo a primeras horas de la mañana observando entretenido las subastas de pescado y marisco, disfrutando de todo el anecdotario que se producía en aquel peculiar mundillo, que era rico y variado. Si allí había alguien que lo sabía casi todo sobre casi todos era Macario Borrazás, un vendedor de la rindanga que guardaba una muy buena relación con Rosales. Como tenía intención de profundizar bastante en el asunto, decidió que donde mejor se soltaría Macario era fuera de su ambiente, así que lo invitó a comer, no sin antes indicarle que pretendía de él cierta información, que prefirió no concretarle. En su intento de buscar un sitio discreto donde se pudiera charlar de forma distendida, recordó el estanco de Fuenteculler, a donde él solía ir con cierta frecuencia.
Se desplazaron en un taxi, y al llegar al establecimiento, pasaron a la galería de la trastienda, que daba a la ría del Burgo. Rosales eligió su mesa habitual, junto al ventanal, desde donde se divisaba de una hermosa vista de la ría. Para iniciar el almuerzo, se metieron entre pecho y espalda una buena fuente de berberechos al vapor, continuaron con almejas a la marinera -no eran las de Muiños pero tampoco estaban mal-, y finalizaron con una sabrosa carne asada, acompañada de unas patatas más sustanciosas que la propia carne. A su alrededor solo había otra mesa ocupada; se trataba de unos camioneros, que por su conversación se veía que poco se iban a entretener, ya que tenían que seguir ruta, así que Rosales decidió posponer la labor inquisitoria hasta que los dichos comensales se marcharan. Cuando esto ocurrió, ya habían comido opíparamente y estaban por los postres.
-A ver, Macario, cóntame cousas de Rosendo Campos-
-Home...que queres que che diga: o fulano non é santo da miña devoción; demasiado chulo e abusón, e muy fullero nos negocios, e si che digo a verdá non sei de que carallo presume, porque si ten pasta non é porque a ganara él. Ven sendo fillo de D. Andrés Campos, un armador que morreu fará dous anos, e que non se parecía nada ó fillo, porque era un fulano legal e un patrón cojonudo. De feito non se levaba nada ben con él, en incluso en vida había quen decía que o heredeiro de todo o imperio que tiña iba a ser outro fillo que leva moitos anos na Argentina, pero ó último debeu de cambiar de opinión porque todo lle quedou a este, que é un berbenas. Solo atende o negocio, como che dixen, pa facer trapalladas, e anda sempre de alterne, rodeado de media docena de zánganos que non lles importan os desplantes que lles pega cada dous por tres con tal de estar de rococó todo ó día. De vez en cando papan cada mariscada de carallo. Cando chega algún barco do Gran Sol, as cigalas rodan polas mesas da cervecería dos Catro Camiños, as ventilan por caixas, e non che digo nada nas Sete Portas, donde empezan a chatos de fino e deixan aquelo seco; e pola noite, farra a tope. Reventan todo canto local de putería hay, desde os tapadillos hasta o Marux, pasando polo Papagayo e o Orzán-
-¿E quen son os outros elementos?-
-Pois mira: hay un que é oficial de unha notaría, e despois xente do muro, un par deles da Coya, Pepe o Conexo e Cholo, e un tal Periscal, que é subastador. Os outros viven do aire, dous son macarretas e outro é un falangista que ten fama de ser muy fillo de puta, un tal Marnotes. Tamén de vez en cando iba o contable que traballaba con él, que polo visto se colgou o outro día, e si che digo a verdá non me extraña moito que o fixera, porque non vín tio máis amargado na miña vida-
-Pois precisamente che iba a preguntar por él-
-No, eso xa o cheiraba, pero pouco che podo decir do fulano. Ti sabes que eu no Muro me trato con todo dios, pero con él non creo que falara máis de catro palabras na miña vida, e eso que xa leva traballando moitos anos alí. Xa era o home de confianza de don Andrés-
-Bueno ¿e non me contas nada mais?-
-Pouco máis che podo decir; non sei que é o que buscas-
-Poi muy fácil: saber si o fulano se colgou ou o colgaron-
-Pa min está claro que foi él-
-Pois pa min non tanto-
Aquello ya no daba mucho más de sí, así que la conversación derivó en otros cauces. Macario le estuvo relatando algunas anécdotas del Muro. La más graciosa fue la protagonizada por La Chata, una pescantina famosa por "cepillarse" a todo el que se le ponía por delante. Un día enganchó a uno con hambre atrasada, recién llegado de una campaña de tres meses en el Gran Sol, y en la procura de un lugar discreto, acabaron metiéndose en uno de los vagones del tren del carbón parados en la vía del puerto. Se pusieron a la faena, y en un momento dado la Chata le dijo a su partenaire: -Muy forte estás hoxe, que hasta parece que se move o vagón-. Tan ensimismados estaban en aquellos menesteres que cuando terminaron se dieron cuenta de que estaban en la estación de Betanzos.
No sabía muy bien por qué, pero todo aquel asunto del contable le olía bastante mal. Se hizo un replanteamiento sobre las pistas de que disponía. La única con algo de consistencia eran los hilos azules que aparecieron en el árbol, y que había encargado que analizasen para saber a que tipo de prenda correspondían. No obstante, aun así no estaba convencido.
Por eso no se sorprendió mucho cuando al día siguiente recibió una llamada en comisaría que le confirmó el fundamento de sus inquietudes. Era del doctor Correa, el forense encargado de la autopsia, que le comunicó que en la analítica de la sangre del fallecido se había detectado una dosis de cloroformo como para tumbar a un caballo. Imposible que en el momento del óbito estuviese consciente. Ahora ya sabía que estaba ante un asesinato disfrazado de suicidio.
No sabía muy bien que dirección tomar en la investigación. Todo en aquel hombre era hermético, salvo su vinculación profesional con el armador. Decidió mantener una entrevista con éste. Sin previo aviso, se acercó hasta sus oficinas, en la avenida de Fernández Latorre. Un gran cartelón anunciaba a grandes caracteres "NAVIERA CAMPOS - ARMADORES DE BUQUES DE PESCA". Se trataba de un local ciertamente lujoso. En una especie de antesala previa a los despachos había una señorita, en funciones de recepcionista-secretaria, que por su aspecto físico demostraba estar a la altura del establecimiento, denotando además desparpajo y soltura.
Tras identificarse con la placa le preguntó por don Rosendo. La chica consultó por el telefonillo interior, y a continuación le pidió que la acompañara. Siguiendo sus sugerentes contoneos, llegó hasta la puerta de un despacho. Era una estancia decorada ostentosamente, con maderas nobles por todas partes, tanto que hasta forraban las paredes y techos de la estancia. Los asientos estaban repujados en cuero. Tras una gran mesa de despacho se encontraba el armador. Era un hombre de unos cuarenta años, bien parecido pero con un "aquel" en su expresión que provocaba cierta repelencia, quizás su aire de suficiente. Bien trajeado, con los negros cabellos aplastados y abrillantados por el fijador, divididos en dos por una impecable raya al medio.
-Usted dirá que se le ofrece, inspector-
-Pues verá: estoy investigando sobre las circunstancias de la muerte de su empleado, el señor Montero, y quizás usted me podía aclarar algunas cosas-
-Estoy a su disposición, aunque no veo en que le puedo ayudar. Tengo entendido de que no hay dudas de que se suicidó-
-Pues lamento decirle que hay más que dudas, porque la autopsia demuestra que cuando falleció estaba inconsciente, y en esas circunstancias, difícil veo que subiera él solo al árbol y se colgara-
-Me deja usted sorprendido-
-Pues ya ve. Bueno, lo que pretendo es que me aporte usted algunos datos sobre su vida privada-
-Poco puedo decirle. Aunque llevaba muchos años trabajando para la empresa, yo no lo conocí hasta hace poco, cuando comencé a dirigirla tras el fallecimiento de mi padre. Por otra parte, era un hombre muy introvertido y reservado, y apenas mantuve relación alguna fuera de lo profesional, salvo alguna ocasional comida de trabajo-
-Tengo entendido que también le acompañaba con cierta frecuencia en salidas nocturnas-
-Pues esporádicamente- Cambió el tono, que se hizo más cortante y amenazador -Debo advertirle, inspector, que está entrando usted en terreno resbaladizo con temas sobre los que no tengo que darle ninguna explicación- dijo molesto.
Rosales cogió el recorte. -Le ruego que me disculpe. No pretendía entrar en intimidades- repuso a modo de despedida.
Salió de las oficinas convencido de que iban a verse las caras en más ocasiones.
A la mañana siguiente, recibió la llamada de Macario el de la rindanga. Era para comunicarle que en una conversación de taberna había oído un comentario sobre Delfín, en el sentido de que unos días antes de su muerte, se le había visto en el Muro discutiendo acaloradamente con un tal Álvaro, descargador de la Coya.
Quiso saber algo más acerca de este nuevo personaje, y volvió a entrevistarse con Macario. Poco le pudo decir, salvo que llevaba unos seis meses trabajando en la descarga y apenas le conocía. Hilario prefirió no precipitarse y dejarlo al margen por el momento, ya que en realidad no tenía muchos argumentos para entrarle. Además, nuevos acontecimientos dejaron a Álvaro en un segundo plano.
EL SEGUNDO SUICIDIO
Ese mismo día, un compañero de Rosales, el inspector Moscoso, conocedor de los pormenores del caso que se estaba investigando, tuvo que acudir a un domicilio de la calle de San Andrés, al recibirse una llamada en comisaría sobre otro presunto suicidio. Poco después, telefoneó a Rosales.
-Hilario, creo que te interesará conocer un suceso acontecido hoy. Un hombre se pegó un tiro en San Andrés. Hasta aquí no hay nada de especial, pero te va a sorprender quien es el muerto: un tal Manuel Marnotes ¿te suena?-
Al oír aquel nombre, Rosales saltó como un resorte
-Dame la dirección exacta que voy ahora mismo-
No habían transcurrido diez minutos desde la conversación cuando entraba en el portal del número 56 de la calle de San Andrés, en cuyo bajo estaba el establecimiento El Arca de Noe. Subió al domicilio, en el segundo piso, y se encontró a Moscoso esperándole en la puerta. Era una vivienda amplia. Le guió hasta el fondo del pasillo y entraron en una pequeña sala que hacía las veces de despacho. El cuerpo de Marnotes reposaba sobre un sillón, con la parte superior de bruces sobre la amplia mesa, la cabeza, apoyada sobre ésta, estaba ladeada de forma que su mejilla derecha descansaba contra el cristal que la cubría, y a su alrededor se había formado un charco de sangre. El brazo izquierdo del cadáver estaba también apoyado en la mesa, mientras que el derecho colgaba a lo largo hacia el suelo. Bajo su mano, sobre el entarimado de madera, había una pistola, que Rosales, pese al tiempo transcurrido, identificó como la misma que había dado origen a un altercado con aquel desgraciado hacía veinte años.
Se fijó en el ambiente del despacho. Su decoración reflejaba, por si hubiera alguna duda, el ideario político de su difunto ocupante; en un lugar preferente de la pared, estaban colgadas dos grandes fotografías enmarcadas de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera.
Sobre la mesa reparó en una serie de objetos que, aunque no llamaron especialmente su atención, mentalmente decidió tomar buena nota de ellos: a la altura de la mano izquierda del cadáver había un pequeño jarroncito de porcelana, del que sobresalían algunos puntiagudos útiles de escritorio, concretamente un par de plumillas, una estilográfica y algunos lápices. Al lado, un tintero de Pelikán, un papel secante y goma de borrar. También había un pisapapeles de bronce, que representaba el busto de un león, bajo el cual estaba depositado un mazo de cuartillas en blanco, y un cenicero, repleto de colillas de tabaco rubio.
Allí había algo que a Rosales no le cuadraba. Se acercó al cadáver y cogió su mano derecha, examinándola detenidamente. Entre los dedos medio e índice, destacaban las manchas amarillas que delataban al fumador empedernido. Sus sospechas adquirieron mayor solidez. Pensó para sí:
-Si por la posición de los útiles de escribir, y las marcas de nicotina en su mano derecha, todo indica que Marnotes era tan zurdo como Billy el Niño ¿por qué carallo se pegó un tiro con la mano derecha?-... -¡esto non pega nin con cola!- concluyó.
Pidió a su compañero que se efectuase una revisión minuciosa de todo lo que se encontrase en el despacho y en el resto de la vivienda, y le hiciese llegar una relación inventariada de todo ello. Dos días más tarde lo tenía en sus manos. Lo revisó minuciosamente; no había nada que le llamase la atención, ya que todo lo que se localizó era lo que se puede encontrar en cualquier domicilio. No obstante, en medio del manojo de llaves del interfecto, hubo una que le llamó la atención. Era un llavín pequeño que aparentemente correspondía al buzón de correos. Más por curiosidad que por sospecha alguna, lo retiró del llavero y se lo guardó en el bolsillo. Se acercaría hasta el domicilio de Marnotes para ver si en su correspondencia había algo que pudiese ser de utilidad para la investigación.
Al revisar lo concerniente al vestuario, un sexto sentido le hizo pararse en un par de camisas azules del uniforme de Falange que allí se mencionaban. Pidió examinarlas, y al hacerlo no se sorprendió en absoluto que una de ellas tuviera un visible "siete" en la parte inferior, aunque ya estaba zurcida.
A Rosales le faltó tiempo para mandar que analizasen la relación entre la camisa rota y los hilos del mismo color que había encontrado en el árbol de Roel, y que había guardado celosamente. Tal y como esperaba, la coincidencia era total.
Bueno, pues el asunto aquel se parecía cada vez menos a lo que se suponía al principio; tenía varias cosas claras: en primer lugar, alguien había liquidado al contable. Había evidencias de que Marnotes estaba involucrado, pero estaba seguro de que no había sido una actuación en solitario, ya que no había ser humano -y menos el falangista, que era un alfeñique-, que fuese capaz de maniobrar en aquellas condiciones con un peso muerto -la víctima estaba cuando menos inconsciente-, y subirlo a un árbol. Para mayor inri, el hecho de que hubiesen acabado con Marnotes daba mayor peso específico a aquella teoría. Había más gente implicada. Por otra parte, el único nexo de unión conocido entre los fallecidos era la relación que mantenían, uno como empleado y otro como compañero de juerga, con el armador Campos. Así que había que continuar por ese camino.
Aquella misma noche, de camino a su casa, pasó por San Andrés y entró en el portal de la casa de Marnotes para comprobar el contenido del buzón, y se encontró con que allí no había buzones. Se quedó mirando para el llavín que portaba, conmo si esperara que le dijera que coño significaba aquello, y finalmente, pensativo, se lo guardó en el bolsillo.
UN SEGUIMIENTO MUY HUMEDO
Dados los antecedentes, no le pareció prudente interrogar de nuevo a Rosendo Campos para no forzar la situación. Creyó más conveniente hacer un seguimiento y, de vez en cuando, hacerse el encontradizo. Para tal fin, quiso ponerse al día del itinerario habitual de la pandilla del empresario, y para eso nada mejor que echar mano de Macario. Fue a buscarlo al Muro sobre las 11 de la mañana y no lo encontró en su lugar de trabajo habitual, así que dio unas vueltas para localizarlo. Estaba entre un grupo de marineros de una tarrafa del día que acababan de desembarcar, y aprovechando la bonanza climatológica, habían encendido una "cachela" en el muelle, junto al barco, y estaban friendo, en una lata de membrillo vacía, unas barbadas que habían pescado.
Nada más verlo, Macario le invitó a participar en el almuerzo, a lo que Rosales no fue quien a negarse, más bien accedió encantado. Aquello era un auténtico manjar. Cuando terminaron, para corresponder a la cortesía, Rosales invitó a unas cañas en la cervecería de Cuatro Caminos. Tardó en quedar a solas con Macario, porque cuando se marchaban los marineros se les unió Juanito, el encargado de la cervecería, con quien departieron amigablemente un buen rato. Al quedar solos, quiso ir directamente al grano, y le preguntó por el recorrido que acostumbraban a hacer diariamente los interesados.
-Si tes que facer a ruta que fan esos, e millor que vayas preparado. Se xuntan aquí na cervecería sobre as doce da mañán. Están un pedazo e se piran pa O Nautilus, que é donde empezan o taceo. De alí van enfrente, O Cereixal. Despois suben Fernandez Latorre e se meten no Buena Sombra, o Rueda e O Lionardo, donde aparecen sobre a unha. Alí paran un pouco mais de tempo, porque as dez ou doce tazas empezan a ferver no estómago, e pican algo lixeiro: parrochas, xurelos, chipirons ou algo así. Siguen ruta hasta O Secreto, o Barlovento e Casa Enrique -alí teñen que mezclar, porque non hay Ribeiro-, e sobre as duas e pico se meten no centro. Os recorren todos: o Ordenes, O Muiños, A Esquina, A Nosa Casa, o Suarez, o Pata, o Xa Chegou, O Salto do Can, Casa Crego. Si perdonan algún e porque saben que ese día ten mal viño. Terminan sempre nas Sete Portas. Se meten chatos de Fino Marinero hasta que o corpo aguanta. Se xuntan alí con Mejuto, un fulano muy elegante que e contable no Muro, e Santiso, un coxo que e representante de orquestas. Algún día terminan comendo no Negresco, pero normalmente o fan alí a base de raciós, ou como moito se meten na Traida a tomar un pouco de queixo ou de empanada, pero sempre acaban volvendo as Sete Portas porque suele aparecer por alí o Galleguito ca guitarra, e entre él e o dueño do bar, don José, hay sesión de cante jondo. Salen de alí sobre as oito, e si o corpo aguantou a bebida, se meten no puterío. Empezan polos locales do centro, o Astoria o Lemos e o Desquite. Despois suben hasta o barrio, e van o Canosa a vacilar con Julito e Pamela, bueno, a intentalo, porque sempre salen servidos. ¡Non saben nada os dous parguelas!; se deixan querer e se fan os julais, pero o caixón da pasta crece que é unha maravilla. A veces o Campos deixa unhas cuentas que ten que pagar o día siguiente, porque non lle chega. Bueno, resumindo, a veces terminan a festa alí e algunha vez ainda siguen polos tapadillos ou no Marux. Hay algún que se ten que levantar as seis da mañán pa ir a traballar e xa vai dereito-.
Rosales estaba asombrado. ¡Menudo vía crucis que se largaban os fulanos!.
Evidentemente, no iba a seguir el ritmo de aquellos camándulas, salvo que le regalaran un hígado nuevo, así que centró su estrategia en esperarlos en sitios claves, donde su permanencia acostumbrara a ser más larga. A tal efecto, eligió O Lionardo y las 7 Puertas como locales idóneos para hacerse el encontradizo; por lo tanto, a la una estaba como un clavo en la emblemática taberna que regentaba Juanito, en Fernández Latorre. Se quedó de pie ante un bocoy, presumiendo que la espera no iba a ser prolongada. Y acertó, ya que al poco de entrar, cuando le estaban sirviendo una media ración de chipirones encebollados que pidió con la taza, aparecieron por la puerta. Eran cinco, encabezados por Rosendo Campos, que le saludó cortésmente pero con una frialdad que exteriorizaba su poca simpatía. Se sentaron alrededor de una de las mesas de mármol, y pidieron una jarra de ribero y un par de raciones de pescado pequeño, unas parrochas que daba gloria verlas y jurelitos en escabeche. La conversación que llevaban era distendida, sobre temas triviales referidos a cosas del Muro, salpicadas de alguna anécdota jocosa. La voz cantante la llevaba –como no- el armador. Pese a que el bar estaba lleno de gente, Rosales observó que cerca de su propia ubicación, un individuo de aire triste no perdía detalle de todo lo que hablaba la pandilla.
Estuvieron allí como veinte minutos, en cuyo transcurso aun tuvieron tiempo de dar buena cuenta de un par de raciones de pulpo. Cuando salieron de allí Rosales se quedó, más que nada para observar la reacción del personaje de aire taciturno, que también permanecía allí. No bien traspasaron la puerta, éste dejó el importe de su consumición sobre el mostrador y salió tras ellos. Rosales, intrigado, se quedó con la copla, tomando mentalmente buena nota de aquella circunstancia.
Sobre las dos y media de la tarde entró en Las 7 Puertas. Ya estaban allí, alrededor de una mesa, tomándose una media botella de vino fino. La verdad es que no descansaban. La pandilla había aumentado en el número de componentes, alcanzando la docena, entre los que se encontraban el propietario del establecimiento, D. José Muñoz, y un par de conocidos de Rosales, Mejuto y Lano, ambos con vinculación profesional con el Muro. Trató de pasar desapercibido, y viendo que la barra estaba llena de gente, se situó en un extremo de ésta, junto a la cocina, donde doña Clara, la esposa del propietario se esmeraba en preparar una apetitosa tortilla de gambas. No le sorprendió mucho ver en el extremo opuesto a su posición, donde el mostrador hacía un recodo, al taciturno, siempre pendiente de los otros.
Pensó que urgía informarse de la vida y milagros de aquel individuo. Pagó la caña que estaba tomando, y salió de allí, prefiriendo no tentar mucho a la suerte y evitar que le viesen por segunda vez. Decidió bajar hasta la calle de la Estrella, aunque hizo un alto en La Tacita de Oro al ver allí a Alvarito el cantante, con quien charló unos minutos al amparo de unas tazas de vino. En un momento dado, les interrumpió un fuerte barullo procedente de la calle. Al volverse, vieron a un par de mozos dándose de guantazos. Rosales conocía a ambos: uno de ellos era Suso, el hijo de Pardiñas, propietario de un bar de ambiente de la calle Hospital; éste era el más joven de los dos. Siempre le había llamado la atención, porque mientras los chavales de su edad iban siempre con los libros bajo el brazo, él llevaba colgados sus guantes de boxeo. El otro era Toñito, “cabecita de ajo”, el zapatero de San Juan. El mote que le habían asignado le hacía plena justicia; estaba originado por el desproporcionado, por menudo, tamaño de su cabeza, similar a la que pudiera corresponder a un niño de seis años. Suso, que se veía, pese a ser más jóven, mucho más bregado en lances boxísticos, era quien llevaba la iniciativa, pero como el contrincante no dejaba de mover constantemente su minúscula cabeza, que además ocultaba completamente a la vista de su contrincante con la palma de una mano , pese a todo su estilo pugilístico no atinaba ni una. Rosales tuvo la idea de salir en plan pacificador, pero en ese instante, Suso, prácticamente agotado de tirar puñetazos al aire, dijo con irritación:
-¡Mecagon a madre que me pareu. Ou deixas de mover o chícharo ou paramos a pelea-
Aquel desesperado comentario fue como un bálsamo, porque la risa que produjo a los espectadores fue tal, que rompió completamente el ritmo de los contendientes y cada uno se marchó por su lado, maldiciendo. El “cabecita” le decía, lleno de razón, a un conocido: -¡Polo carallo me iba eu a estar quieto!-.
Finalmente estuvo en la Estrella; aunque la hora del cierre ya estaba superada –ya pasaba de las tres y media de la tarde-, se le dio por parar en el Muiños. El matrimonio propietario estaba preparándose para almorzar, y como había amistad, no dudaron en invitarle a compartir el puchero, a lo que no se resistió mucho. El menú era plato único, y consistía en un guiso de raya curada que la verdad es que no se lo saltaba un gitano. Realmente exquisita, hasta el punto de que no quedaron ni los huesos. Por encima se tomaron un buen café de pota, y después acompañó a Moncho, el dueño, a jugar una partida de chamelo al café Molino. Hicieron pareja y ganaron. Cuando salió de allí, sobre las cinco y media de la tarde, se acercó hasta su casa, en Panaderas, donde se tumbó un rato, más para pensar que para dormir, de tal manera que estuvo replanteándose un enfoque del caso, y llegó a la conclusión de que tenía que cambiar un poco el manejo del mismo, permaneciendo al máximo en la sombra, para que no se levantase la liebre. Creía tener, además, al personaje idóneo para la labor de acoso a la que tenía previsto someter a aquella pandilla. Se trataba de su confidente preferido, Pacucho milaños, con capacidad más que probada para revolverse en cualquier ambiente y salir siempre airoso y con suculenta información.
EL TACITURNO
Pacucho no era malo de localizar. Sobre las ocho de la tarde caía inevitablemente en la bodega de Moreta, en la Ciudad Vieja, pese a que hacía ya bastante tiempo que no residía en aquella zona. Allí se lo encontró, tomándose un clarete en medio de unos cuantos contertulios. Paco no paraba de hablar y gesticular. Más que absortos, parecía que los tenía hipnotizados. Solo Dios y él sabían la cantidad de patrañas que les estaría contando.
Tan pronto vio al inspector, dejó la conversación o más bien el monólogo-, y se dirigió a él, saludándole afectuoso.
-Coño, Hilario, benditos os ollos que che ven. Xa creín que morreras-
-¡Mórrete ti, maricón do carallo!- contestó Rosales tocando madera.
-¿E que milagro por aquí?-
-Teño que encomendarche un traballo-
Tomaron asiento en un discreto rincón del bar y allí permanecieron hasta que Pacucho fue convenientemente puesto al día, tanto de los pormenores de lo ocurrido como de lo que Rosales pretendía de él, sin olvidar mencionar al taciturno, a quien le describió detalladamente. A priori no era fácil la labor, pero Paco tenía recursos para todo. –Si no puedes con el enemigo, únete a él-, fue lo primero que éste pensó antes de iniciar el seguimiento de los fulanos aquellos. Dicho y hecho: haciéndose el encontradizo en un par de ocasiones, y utilizando sus mejores armas, mucha gracia y mucha cara, a los pocos días le comían en la mano. Ya era uno más. Cuando al cabo de una semana se reunió con Rosales, ya traía una interesante información.
Quedaron de verse en la calle de la Torre, en el Gambrinus, donde había un pequeño reservado que les permitiría hablar discretamente sin ser molestados.
Sin mucha dilación, comenzó a contarle su periplo de todos aquellos días.
-Bueno, Hilario, pois che explico. Estuven dous ou tres días coincidindo con eles nas sete portas. Como conozco moito a don José, que é amigo deles, non me costou moito traballo irme arrimando. Un par de chistes, pagar algunha ronda de vez en cando –por certo, eso me recorda que me tes que girar algo de guita, porque ando a dúas velas- e xa era un mais deles. Bueno, pois a pandilla, en contra do que ti te crees non son sempre os mismos, ainda que suele coincidir xente do muelle. Unhas veces está Rafa o Mincha, Lano, os irmans Regueiro, Lucho e Carlos, e incluso o irmán de Luisito Suárez, Agustín O Palletas; normalmente todos boa xente, pero hay un que me gusta menos, e ese si que non falla nunca, ainda que se incorpora tarde, cando sale de traballar. Lle chaman Jaime, e traballa de oficial nunha notaría da calle Real.
O recorrido xa sabes cal é, e ó que alí se fala non lle vexo ningún interés. Bueno, eso cando están todos no rollo, porque en algún momento Rosendo e Jaime se desmarcan un pouco e falan baixiño entre eles. Nunca fun capaz a sacarlles unha conversación completa, solo unha vez conseguín oir un cachiño. Falaban sobre unha escritura. O darse conta da miña presencia, deixaron de largar, mirándome con cara de poucos amigos.
O que non falla un solo día e o que ti lle chamas taciturno. Está sempre ó acecho, pendiente de todo o que dicen e todo o que fan. En cambio, os outros nin conta se dan del. A min me parece que había que saber quen e o tío ese-.
-A min tamén, e o hei de saber-
Al día siguiente, a última hora de la noche, Rosales entró en el Canosa. Era sábado y había movimiento en todo el barrio chino. En el local el ajetreo era tremendo. Julito manejaba el abarrotado mostrador con la soltura que le caracterizaba, y Paquito Pamela atendía a las mesas. No había ninguna pebeta, que Hilario imaginó que estarían con sus ocupaciones, pensamiento corroborado por la entrada casi simultánea de Elvira la Vetorda, La Argentina y Finita la Fisterrana. Pamela lo vio y, dejando sus quehaceres, vino a saludarlo educadamente:
-Muy buenas, don Hilario, e logo que milagro usté por aquí?-
-Dando unha volta, Paquito. ¿Cómo vai a cousa?-
-Xa ve menudo follón que temos. Non damos feito. E anda encima cando cerremos aquí teño que ir a axudar á Churrería Argentina. ¡Esto non hay corpo que o aguante, coño!-
-Ti tamén sempre te estás queixando-
-Pois non me queixo de vicio-
En eso terció un cliente:
-A ver Pamela, a cerveza que che pedín fai media hora, que?-
-Ti cala a boca, que acabas de chegar, e non vas a morrer ca sed. ¡Mal tormento teñas!. ¿Non ves que estou falando con este señor?-
El otro debió reconocer al policía, porque hizo un pequeño amago de replicar algo, y finalmente achantó.
-Paco, vou a dar unha volta, e despois, cando non haya xente, volvo, que teño que falar contigo e con Julio-
-Cando queira, xa sabe que estamos a súa disposición-
UNA PISTA CASUAL
Era la una y media. Para hacer el tiempo, dio una vuelta por el barrio para ver el ambiente, y terminó subiendo hasta la calle de la Torre. Siendo sábado, supuso que algo estaría abierto a aquellas horas, pero lo único que quedaba era la vieja Lola, en el pequeño local de la calle Andrés Antelo, que permanecía habitualmente hasta altas horas. Estaba todavía semivacío. Pidió un fundador -¡como echaba de menos el Tres Cepas, que ya no se fabricaba!-
Lió distraídamente un pitillo de picadura, y se disponía a fumarlo pensando en sus cosas, cuando notó una palmada en la espalda. Se dio la vuelta y se encontró con su viejo amigo el Faneca, el percebero furtivo más famoso de La Coruña.
-Home, Andrés, canto tempo sin verte. ¿donde carallo te metes?-
-Donde sempre; o que non apareces po lo teu barrio eres ti-
-Si, a verdad e que últimamente ando bastante liado-
Estuvieron de cháchara un buen rato, hablando de los viejos tiempos. En el transcurso de la conversación salió a colación la muerte de Marnotes, a quien el Faneca también conocía.
-Ainda non fai unha semana que o vin. Estaba eu no Banco da Coruña cobrando un cheque o vin cun empleado do banco baixar ó sótano, a donde teñen as caixas de seguridad- señaló Andrés.
Aunque no hizo comentario alguno, Rosales tomó buena nota de aquel detalle, y a su mente acudió de inmediato el llavín que guardaba en su bolsillo.
Sobre las tres menos cuarto, Hilario decidió que era una hora prudente para regresar al barrio chino, así que con una disculpa se despidió de Andrés y encaminó sus pasos hacia el Canosa.
Ya casi no quedaba gente, y no tuvo que esperar mucho para que se vaciase de todo, porque Julio y Pamela, nada más verlo, espabilaron a los últimos clientes.
Un vez solos, se sentaron los tres alrededor de una mesa y Julio sirvió unas consumiciones por cuenta de la casa. Quiso ser directo, y les preguntó por el grupito del armador. Le dijeron que, efectivamente, solían pasar por allí casi a diario, aunque esa noche no habían acudido. En la conversación, incidieron en que les había llamado la atención en el cambio de compañía del tal Rosendo, porque a excepción del oficial de la notaría todos los demás componentes del grupo habían cambiado en los últimos días. De ese detalle ya había tomado buena nota Rosales, e intuía que tenía mucho que ver con los recientes sucesos.
Poco más aportaron a lo que ya sabía. Les preguntó si con ellos solía coincidir una persona, y les dio las características fisonómicas del taciturno. Pamela, que era muy observador, dijo:
-Sí que ven, sempre solo, e xa lle teño notado que está muy pendiente do que falan-
-¿Sabes quen é?-
-Non sei nada dél. Unicamente que o vin unha vez no Muro. Debe traballar alí-
Pues ya sabía por donde había que empezar a buscar. No le pareció conveniente hacerlo directamente, siendo como era conocido en el ambiente portuario, y dudó entre encomendar el trabajo a Paco o a Macario, y finalmente se decidió por este último, dada su pertenencia a ese mundillo.
Con los datos aportados, poco tardó Macario en traer noticias frescas, con una importante novedad: el Taciturno venía siendo Álvaro, el de la Coya, ni más ni menos que el que había tenido una fuerte discusión con el contable días antes del “suicidio” de éste. La acumulación de circunstancias implicaba de lleno a aquel individuo en la historia, hasta el punto de que, a priori, entraba a formar parte del grupo de sospechosos.
Aquello cada vez se complicaba más. Sopesó las posibilidades de sonsacar a Álvaro. Había dos opciones: entrar directamente a matar, es decir, detenerlo y realizarle un tercer grado en condiciones, o bien intentar de algún modo un acercamiento tendente a obtener información voluntaria del interesado. Desechó la primera, porque él mismo era contrario a dicho procedimiento y además las evidencias de que disponía eran muy circunstanciales y carecían de peso específico para considerarlas como pruebas, y a poco espabilado que fuera el individuo –y tonto no parecía-, no había nada que hacer.
De este modo, volvió a confiar en Macario, y le encomendó que tratase de conseguir un acercamiento con el Taciturno, con objeto de informarse con el mayor disimulo posible de su vida y milagros, para buscar un punto de conexión con todo lo que estaba pasando.
Pasaron más de dos semanas sin obtener noticias, hasta que un buen día recibió un aviso que le había dejado Macario para que pasase a la una de la tarde por el bar Sanín, en la calle del Orzán. Allí estaba esperándole. Buscando intimidad se situaron en una de las mesas del fondo del pequeño local, y sin más dilación comenzó su relato.
-Non te vayas a creer que non me costou Dios e axuda facer migas co fulano. Fixen por coincidir con él no alterne, e me inchei a invitalo a tazas, ainda que solo nos conocíamos de vista como quen dice. Nin así fun capaz de entrarlle; menos mal que outro día, de casualidad o vin entrando xa de madrugada no Astoria. Entrei detrás de él e me fijei que estaba bastante “montao na uva”, así que empecei a falarlle e non puso moitos reparos.
O primeiro que m sorprendeu e que non fora de aquí; según lle conseguir sacar, e che insisto en que non foi fácil, veu da Argentina fai un ano e pico, formando parte da plantilla do teatro argentino, que xa sabes que é ese que ven por aquí todos os anos e se instala na Palloza, sí home, que é parecido o teatro chino de Manolita Chen; xa sabes, putas disfrazadas de artistas. Bueno, pois entre que lle gustou a Coruña e que xa estaba cansado de andar de un lado pa outro decidiu quedarse aquí, e despois de andar varios días buscando curro, ó final o encontrou na Coya. Está solteiro e vive él solo en unha casiña pequena en Monelos. Sempre anda de malas pulgas, mismamente ese día, aproveitando que estaba bastante suelto pa falar, facéndome o tonto lle insinuei algo da pandilla de marras, pa ver si comentaba algunha cousa, pero agua: me pegou un corte que me deixou seco, e pouco mais che podo decir-
-Bueno, pois deixao xa, que me axudaches bastante- confesó Rosales al tiempo que sacaba un billete de cien pesetas de la cartera y se lo entregaba –ahora xa me encargo eu-; pero en su fuero interno no tenía nada claro el camino que iba a tomar.
Los inesperados veinte duros mejoraron el humor de Macario, ya de por sí simpático y dicharachero, y continuando la charla por otros derroteros salió a relucir una situación cómica acaecida durante la noche anterior en la casa de citas de la Apache, en el barrio chino. En ella había estado alternando Macario, acompañado por Vitorino el Torda, un amigo suyo, así llamado por ser, dícho de forma suave, poco reflexivo. En un momento dado, éste último, dejándose llevar por la líbido y aprovechando que habla sido día de cobro en la Coya, se decidió a subir a la habitación con una de las pebetas, que era una marroquí que no hablaba ni papa de español. Mientras duró la ocupación Macario estuvo esperando en el salón a que terminara, entretenido tomando una copa de coñac y charlando con doña Pilar la Apache, la dueña, y alguna de las restantes chicas. Tras un tiempo prudencial, se abrió la puerta y apareció la mora, haciendo verdaderos esfuerzos para no estallar en carcajadas. Cuando llegó hasta ellos, comenzó a gesticular insistentemente con la mano derecha, señalando primero la boca, en un ademán similar a si estuviese bebiendo y después dirigiéndola a sus partes pudendas. La Apache y Macario no se enteraban de lo que quería decir. Al momento apareció el Torda, con una expresión muy rara en el rostro, la boca extrañamente entreabierta y de la comisura de sus labios salía como una espuma verdosa. Al llegar junto a ellos, trató de hablar, pero lo que salía de su garganta eran gruñidos, siendo incapaz de articular palabra alguna, excepto vocales. Poco a poco, y tras muchos esfuerzos, fue recuperando el habla y finalmente pudo contar lo que había sucedido. Cuando llegaron a la habitación, y tras desvestirse estuvieron ejercitando una serie de prolegómenos, y Vitorino estuvo entreteniéndose pasando la boca por todo lo que había de cintura para arriba. Pero como la higiene de su pareja no era precisamente la más deseable, -quizás porque no se lo permitía su religión- en un momento dado, al notar cierto regustillo a bravío decidió lavarse la boca. Para ello le pareció idóneo un líquido verdoso que vió en un vaso depositado sobre la mesita de noche, y ni corto ni perezoso decidió darse un enjuague con él. Lo que no contaba nuestro hombre era que se trataba de un producto que, efectivamente, se utilizaba para lavarse, pero rebajado con agua, y en una parte del cuerpo muy distinta a la que él había supuesto. La consecuencia fue un inmediato acartonamiento de todo el interior de la cavidad bucal, y muy particularmente de la lengua, y la total imposibilidad de emitir palabra alguna.No hace falta decir hasta que punto se celebró aquello por todos menos el avergonzado Vitorino.
CARNAVAL SANGRIENTO
Por aquellos días se celebraban los carnavales, bueno, lo de celebrar es un decir, porque estaba terminantemente prohibido disfrazarse. No obstante, los más animosos y atrevidos se ataviaban con sus galas de choqueiros y mascaritas y pululaban por la calle de la Torre y aledaños en claro desafío a las fuerzas del orden público, que solían hacer su aparición de forma sorpresiva por el Campo de la Leña, batiendo la zona a la caza de los disfraces, aunque bien poco podían hacer ante la solidaridad vecinal, que no tenía problema alguno en abrir sus puertas a quienes vieran en peligro de que les echaran el lazo.
El martes de carnaval, la animación estaba en su punto álgido. Pese a la prohibición, eran muchos los coruñeses de otros barrios que se daban cita en la zona de la Torre para disfrutar de toda la parafernalia carnavalera. Rosales, cuya condición de vecino del barrio primaba claramente sobre la de policía, no dejaba de ser un ferviente partidario de aquellas celebraciones. De hecho, aquella misma tarde, después de haber tomado una laconada en O Salto do Can confraternizando con los de la Peña Taurina, agrupación a la que pertenecía por mor de su reconocida afición a la fiesta, se acercó hasta la Torre para disfrutar del ambiente. Toda la barriada estaba atiborrada de gente y el bullicio era enorme. Cuando llegó al cruce de la calle Marconi, vio un corro de gente que le hizo pensar que algo extraño ocurría. Abriéndose paso con dificultad, vio que había una persona en el suelo rodeada por un espectacular charco de sangre. Un hombre le estaba atendiendo. Hacia allí se acercó Rosales, y tras identificarse con la placa, le preguntó por lo sucedido.
-Solo sé que le metieron una puñalada en el estómago y está muy mal-
-¿Vio usted algo?-
-No, yo acabo de llegar. Soy médico y estoy tratando de taponarle la herida hasta que llegue una ambulancia, que ya está avisada-
El vehículo sanitario no se hizo esperar mucho. Dos camilleros bajaron de él y sin dilación lo introdujeron en la parte trasera y salieron zumbando hacia el sanatorio del Socorro.
Rosales preguntó si alguien había presenciado el suceso, y efectivamente aparecieron varios testigos. El agresor había actuado sorpresivamente y sin previa discusión. Iba disfrazado con la cabeza cubierta con un capuchón, lo que imposibilitaba su identificación, aunque todos coincidieron en que era menudo y de baja estatura.
–pouco me vai a axudar eso ca cantidad de tíos pequenos que hay na Coruña- pensaba.
Esperó un rato antes de telefonear al hospital para interesarse por la evolución del herido y, tal y como se temía cuando vio su estado, le comunicaron que no pudo superar la hemorragia y había fallecido. Lo que sí que le cogió de sorpresa era la identidad del difunto. Se trataba de uno de los componentes del grupo del armador: ni más ni menos que Jaime, el oficial de notaría.
Estaba claro que aquello no era casual. En poco más de dos meses habían muerto de forma violenta tres personas que, en mayor o menor medida tenían relación entre sí, y su nexo de unión era Rosendo Campos. Había llegado la hora de poner definitivamente las cartas sobre la mesa.
UN NUEVO INTERROGATORIO
En esta ocasión se cuidó muy mucho de no volver a jugar en campo contrario, así que lo citó en comisaría. Cuando le telefoneó, el armador quiso salirse por peteneras y comenzó poniendo objeciones, pero algo debió de notar en el timbre de voz de su interlocutor que hizo que plegase velas y apareciese por la jefatura a la hora indicada por éste.
Entró en el pequeño despacho que ocupaba Rosales, que nada tenía que ver con el lujo del suyo. Saludó con sequedad. A su desagradable actitud habitual, había que añadir lo incómodo que se sentía, prepotente como era, al verse forzado a acudir allí.
Se sentó frente a Rosales y quedaron en silencio. Tras unos instantes de silencio, mientras el policía liaba y encendía un pitillo de picadura, éste tomó la palabra.
-Parece que se está quedando usted solo, señor Campos-
-Y eso, ¿a que viene?-
-Hombre, si a mí, en cuestión de dos meses, me desaparecen tres allegados que por la edad y a poco que se cuidaran aun tendrían que estar bastante tiempo entre nosotros, y las circunstancias de su muerte son, en el mejor de los casos, poco habituales, al menos, si no preocupado, estaría extrañado-
-Mire, inspector, si usted es perro, yo soy más. Me gustaría saber si tiene algo que achacarme con respecto a esas muertes, y en caso contrario me marcho porque tengo muchas cosas que hacer-
Hizo ademán de levantarse. Rosales, en contraposición con su talante habitual, le replicó en tono imperativo, aunque sin levantar mucho la voz:
-¡Usted se va a quedar ahí sentado hasta que yo le diga!-
El otro no había cogido aun la onda del todo.
-Y si no lo hago, ¿qué? ¿Va a esposarme?- contestó en actitud algo burlona.
Rosales no se achicó:
-En el fondo me agradaría que le echara cojones y no lo hiciera-
Aunque el tono de voz del policía era ahora más bajo, tenía un hermetismo que hizo que el armador captase bien el trasfondo. Se quedó quieto, mientras su rostro perdía paulatinamente el color, hasta quedar completamente pálido.
-Veo que empezamos a entendernos. Ahora, acláreme todo este embrollo, porque el único vínculo que tenían entre sí los tres fallecidos era usted, y estoy completamente seguro de que sabe bastante sobre los móviles de estas muertes. Incluso sospecho que, por activa o por pasiva, tiene algo que ver con ellas-
El otro, superado el momento malo, volvió a recuperar la confianza en sí mismo y replicó con flema:
-Bueno, pues supongo que le será sencillo demostrarlo-
Rosales decidió tirarse un farol, recordando el comentario suelto que había recogido Pacucho.
-Quizá si localizo cierta escritura me ayude a hacerlo-
La expresión de su interlocutor, que se ensombreció al oirle, le indicó que había dado en el clavo.
Antes de que éste reaccionase, Rosales continuó:
-De todas formas, si quiere puede marcharse, pero tenga bien presente que a partir de ahora voy a dedicarme en cuerpo y alma a aclarar todo esto, así que procure evitar cualquier resbalón, porque voy a ser como su sombra. Y el que avisa no es traidor-
Rosendo, que ahora ya no las tenía todas consigo, salió de allí lo más raudo que pudo, en actitud que tenía poco que ver con la que aparentaba al entrar.
EL TESTAMENTO
Aquella noche, Hilario durmió poco. Estuvo replanteándose la estrategia a seguir, y para ello tuvo que revisar cuidadosamente todos los datos de que disponía. Llegó a la conclusión de que estaba en un punto muerto, con la excepción de un par de pistas que, aunque débiles en principio, podían llegar a dar juego si se sabían explotar convenientemente: en primer lugar, el misterioso Álvaro, y la extraña visita realizada por Marnotes a las cajas de seguridad del Banco de La Coruña.
Decidió comenzar por esta última circunstancia.
A la mañana siguiente, de camino a comisaría aprovechó para pasar por la entidad bancaria, sita en el Cantón Pequeño, y abusando de la amistad que tenía con uno de los apoderados, Germán Bonome, se entrevistó con él y le expuso lo que allí le había llevado, no teniendo otra opción que aclararle todo lo sucedido.
-Yo lo único que puedo hacer es decirte si tenía alguna caja de alquiler a su nombre, en cuyo caso para abrirla es imprescindible una orden judicial-
-No, eso ya lo sé, pero te agradezco que me lo confirmes para tratar de obtener la orden-
-¿Cómo es el nombre completo?-
-Manuel Marnotes Sánchez-
-Espera un momento- salió del despacho, apareciendo al rato con unos listados.
-Sí, aquí está. Manuel Marnotes Sánchez. Tiene alquilada una caja desde hace cerca de un año-
Rosales le enseñó la llave localizada en casa de Marnotes, y Bonome, aunque sin mucha seguridad, le dijo que podía corresponder a la caja.
Se despidió y se dirigió a jefatura. Expuso el tema al comisario, que se mostró muy interesado, y tras unas rápidas gestiones, aquella misma mañana tenía la orden en el bolsillo. Cuando llegó al banco, Germán lo acompañó al despacho de dirección, presentándole al Director de la Oficina, quien personalmente le acompañó al sótano. Bajaron, guiados por un ordenanza uniformado.
Tras abrir una puerta de hierro, se introdujeron en una antesala, pasando a continuación a otra estancia, una gran cámara acorazada donde estaban instaladas las cajas de alquiler. El director buscó la numeración de la que interesaba, metió una llave, y un ligero clic indicó que aquello estaba listo para introducir la llave del cliente. Así lo hizo en una segunda cerradura Rosales con la que tenía en el bolsillo, y la giró por completo. Abrió la puertecilla, e introdujo la mano para extraer una alargada caja de hierro que había en el interior. La depositó sobre una mesa de madera que para esos menesteres había en la cámara. No tenía cerradura, así que la abrió alzando simplemente la tapa, encontrándose con un fajo de billetes y un sobre. Cogió el dinero y lo contó cuidadosamente. Eran billetes de 500 y mil, que totalizaban exactamente cincuenta mil pesetas. Volvió a dejarlo en la caja y cogió el sobre. Estaba cerrado y tuvo que rasgarlo con un abrecartas que le facilitó el director. Dentro había una escritura. Se trataba de un testamento, con protocolo de Marzo de 1956, ante el notario de La Coruña D. Juan Gutiérrez de la Mesa Barbadillo. Se puso a leerlo detenidamente. El testador era Andrés Campos, padre de Rosendo, y mediante aquel acto legaba la totalidad de sus bienes a su hijo Joaquín.
Rosales iba de sorpresa en sorpresa, aunque tenía que reconocer que aquello era en cierto modo previsible haciendo que poco a poco fuesen encajando todas las piezas de aquel rompecabezas.
EL FRAUDE
Ahora lo que más urgía era saber como se había cambiado el testamento, y al propio tiempo, conocer el actual paradero de Joaquín Campos, si es que éste vivía todavía.
Según pudo saber por fuentes próximas a la familia, había emigrado a Argentina unos meses antes de iniciarse la guerra civil, cuando apenas contaba con 20 años de edad, tras una fuerte discusión con su padre -parece ser que por la relación que mantenía el hijo con una empleada de la consignataria- y nadie había vuelto a saber de él.
A instancias de Rosales, La comisaría contactó con la embajada de España en Argentina para intentar su localización. Tras más de una semana a la espera de noticias, llegó un telegrama. En él se decía que había llegado a Buenos Aires a finales de 1935, y tras varios empleos provisionales se estableció en las inmediaciones de la calle Corrientes, en la parte más céntrica de la capital, con una tienda de muebles. Durante algunos años las cosas le fueron viento en popa, llegando a labrarse una apreciable fortuna, pero finalmente vinieron mal dadas y acabó en la ruina. Hacia 1955 se trasladó a Rosario, donde anduvo a salto de mata. Tuvo varios empleos que apenas le duraban, y lo último que se sabe de él es que estaba de portero en una sala de fiestas. Un buen día de principios de 1958, desapareció sin dejar pista alguna, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Rosales ató cabos. Ya tenía una idea sobre el paradero de Joaquín. Ahora quedaba aclarar lo del testamento de su padre. Como primer paso se apresuró a solicitar a Madrid con carácter de urgencia un certificado de últimas voluntades de éste. No quiso esperar a la recepción del documento, e hizo que le anticiparan su contenido por teléfono. En él se daba como testamento válido el rubricado con fecha 29 de julio de 1957 –un mes antes del fallecimiento de Andrés Campos-, ante D. José Carrodeguas Santoro, Notario para el que casualmente trabajaba como oficial el difunto Jaime. Ya estaba todo claro y transparente. El policía, previsor, cuando se acercó a la notaría ya iba provisto de la correspondiente orden judicial. No se le pusieron trabas de ningún tipo para poder revisar el testamento. En él revocaba cualquier otro otorgado con anterioridad y legaba todos sus bienes a su hijo Rosendo. Firmaban como testigos Manuel Marnotes y Delfín Montero.
Rosales preguntó al notario si recordaba la firma de aquella escritura. Este le contestó que no, si bien aclaró que ello entraba dentro de lo normal, dado el elevado volumen de actas que allí se formalizaban. Le requirió también sobre la autenticidad de su firma en el documento, y no afirmó ni negó que fuese real, aunque a su juicio tenía dudas, porque le parecía que algún rasgo difería ligeramente. Se notaba preocupado.
El policía decidió encargar un análisis pericial caligráfico de la firma del notario y del otorgante. Como suponía, ambas resultaron ser falsas.
LA CONCLUSION DE ROSALES
Aquella noche, mientras al amparo de una copa de coñac miraba con fijación los leños que ardían en su rústica lareira, trató de forjarse una hipótesis sobre todo lo que había sucedido, y llegó a la siguiente conclusión:
Don Andrés Campos, previendo la cercanía de la hora de su muerte, había tomado la decisión de legar sus bienes a su hijo Joaquín, desengañado por la ínfima calidad humana y capacidad de trabajo de Rosendo, quien además de ser un inútil y un zángano, en lo personal dejaba mucho que desear.
Consecuentemente, hizo el testamento a favor de Joaquín, dejando de lado a su hermano, a quien correspondería únicamente la legítima, es decir, la calderilla. Este había debido informarse de alguna manera, y trazó un plan para hacerse con todo el patrimonio familiar, aprovechando la ausencia de su hermano. Decidió utilizar su amistad con Jaime, y se documentó convenientemente sobre los trámites que requería la confección de un nuevo testamento, y contando con la complicidad del oficial, decidió falsificarlo. Para ello, y dejado al notario al margen –incluso para la firma, que falsearon, al igual que la de D. Andrés-, se pusieron en marcha. Como era imprescindible contar con dos testigos, utilizaron a dos compinches, Marnotes y Delfín Montero, a quienes Rosendo debió “untar” convenientemente –Rosales estaba plenamente convencido de que las 50.000 pesetas halladas en la caja de seguridad procedían de ahí- al igual que a Jaime, aunque a éste presumía que debió tocarle mayor tajada.
Posteriormente habría entrado en escena Joaquín, que había regresado tras la muerte de su padre y trataba de permanecer en la sombra tras el trabajo que desempeñaba en la Coya con el sobrenombre de Álvaro. Probablemente se había identificado ante Delfín Montero para informarse de todos los pormenores sobre el asunto de la herencia, surgiendo en esa entrevista la discusión ente ambos. A partir de entonces, seguramente por miedo o por remordimientos, el contable había apretado a Rosendo, y eso acabó con su vida. Evidentemente, conociendo el estilo del armador, no parecía que éste se molestase en mancharse las manos, así que suponía que le habría hecho a Marnotes el encargo de deshacerse de él, probablemente con la ayuda de uno o dos sicarios que, yendo aun más lejos, se apostaba algo a que se trataba de antiguos camaradas ya curtidos en los “paseos” de la postguerra. Siguiendo esta línea, suponía que tras dejar inconsciente a Delfín con el cloroformo, habían consumado el asesinato simulando un suicidio. Como Marnotes era ambicioso, no era difícil que intentase chantajear al armador, en busca de más dinero, lo que le terminó costando la vida, Esta última teoría era pura conjetura, pero encajaba muy bien en la personalidad de ambos sujetos.
A partir de ahí se perdía un poco, sobre todo en lo concerniente a la muerte de Jaime, porque este era lo suficientemente inteligente, sobre todo después de la experiencia de “las barbas del vecino”, al ver –o al menos imaginar- como se las gastaba Rosendo con quien le buscaba las cosquillas, y por otra parte, éste tampoco querría acumular mas muertes “casuales” alrededor de él, que no harían sino incrementar sospechas en su contra.
Asimismo, los datos, aunque confusos, que había sobre el aspecto físico del asesino de Jaime, no concurrían en ninguno de los individuos que habían salido a relucir, de una u otra manera, en toda aquella historia.
Se decidió a profundizar más en la vida de Jaime, a la búsqueda de alguna pista. Así, tras saber que vivía en la calle Vizcaya, se interesó por sus circunstancias familiares, algo que hasta ahora no había tenido en cuanta, concentrado como estaba en su relación con Rosendo Campos.
Se enteró que estaba casado y tenía un hijo de quince años, pero hacía ya varios meses que se había separado de su mujer. Las relaciones entre el matrimonio nunca habían sido buenas, y la gota que colmó el vaso y provocó una ruptura definitiva, fue el lío que Jaime se buscó con una vecina, también casada. Así que la mujer, un buen día, abandonó el domicilio junto con su hijo, y se fueron a vivir a casa de su padre, a Santa Margarita.
En dicho domicilio consiguió Rosales entrevistarse con ella. Era una mujer que ya había entrado en la madurez, pero los años no le habían restado un ápice de su belleza. Muy guapa, con unos ojos verdes muy expresivos, ensortijados cabellos trigueños, de mediana estatura y delgada, aunque las formas, voluptuosas, resaltaban en su cuerpo. Una auténtica hembra de bandera. Se sorprendió de que alguien fuese capaz de abandonar a una mujer así.
Le contó que no habían sabido nada de Jaime desde la separación, y estaban viviendo en precario con los ingresos del padre, que apenas daban para sustentarse malamente. En ese aspecto le confesó que la muerte del marido le había supuesto un alivio económico, al heredar un depósito a plazo fijo que éste tenía en la Caja de Ahorros, con un saldo que ascendía a 150.000 pesetas, cantidad que nunca hubiese imaginado que su marido fuese capaz de ahorrar, con el tren de vida que éste llevaba, muy por encima de sus posibilidades.
El hijo, Luisito, un chavalín rubio y menudo que ni siquiera representaba la edad que tenía, con una extraña expresión de tristeza en su rostro, fue testigo mudo de toda la conversación, de la que no perdía detalle.
Ahora tocaba verse las caras con Joaquín, alias Álvaro “el taciturno”. Para Rosales aquel hombre era una incógnita. Solo conocía de él lo reservado de su carácter y fundadas evidencias sobre su verdadera identidad. Si, como presumía, ésta se confirmaba, era obvio que el hecho de retornar a España después de tantos años en Argentina no obedecía a un suceso casual, máxime teniendo en cuenta la utilización de un nombre falso. Era indudable que perseguía unos objetivos, que a juicio del policía no eran ajenos al asunto de la herencia.
LA HISTORIA DE JOAQUIN CAMPOS
Tras informarse de su dirección exacta a través de Macario, a eso de las diez de la noche tomó rumbo a su domicilio. Se trataba de una pequeña y destartalada casita de planta baja en la calle Caballeros. La puerta, de doble hoja, estaba completamente cerrada. Golpeó repetidamente el llamador de hierro sin resultado alguno. Allí no había nadie. Esperó unos instantes, y cuando se disponía a marcharse, se abrió la puerta de la casa de al lado y de allí salió una mujer de unos 50 años, que a Rosales se le hizo una cara conocida.
-Buenas noches, señora. Usted no conocerá al inquilino de esta casa verdad?-
-Pois non, señor policía, e que eu xa non vivo aquí, a que vive e a miña nai-
Rosales se sorprendió.
-¿E como sabe que son policía?-
-Usté xa non se acorda, pero fai algún tempo nos vimos no campo de Roel, o lado da miña casa, cando apareceu aquel pobre home colgado-
Rosales se dio cuenta al instante. Aquella mujer era Elena, la de Monelos, precisamente la autora de aquella hipótesis sobre el asesinato de Delfín, que parecía tan poco probable en aquellos momentos ¡que lejos estaba de saber que había dado completamente en el clavo!
-Ahora caigo- repuso el policía –Usté era unha das personas que estaban alí. Ten que perdonar que non me acordara no momento, pero e que aquello estaba tan concurrido que parecía a romería do monte de Santa Margarita. Solo faltaban as empanadas-
-Eso tamén e verdá- tuvo que admitir Elena-
-Bueno, e usté non sabrá por donde podo localizar a este home-
-A estas horas, calqueira que non esté na casa, raro seria que non anduvera polas tascas do barrio. Si non está en estas de aquí o lado, Os Belés ou o Chacolí, igual anda un pouco mais arriba, na de Ernesto o do pulpo-
-Pois vou a ver si o localizo-. Agradecido, tras un instante de duda, se decidió a añadir: -Non lle podo decir moito, porque a miña obligación e ser discreto, pero non iba usté muy desencamiñada do que dixo o día que apareceu o morto-
El rostro de la mujer denotó una intensa satisfacción por su acierto en el vaticinio ¡No iba a presumir nada delante del vecindario!
-Non se preocupe, señor policía, que eu son unha tumba. Por min nadie o vai a saber- añadió, mintiendo descaradamente.
Rosales se despidió cortésmente de ella y se dirigió a los establecimientos donde podía localizar al interesado.
Entró en el chacolí y no lo encontró, y en Os Belés obtuvo idéntico resultado. Allí le dieron ganas de quedarse, porque había un ambiente cantarín de los que a él le gustaban, pero se contuvo en su impulso, anteponiendo la obligación a la devoción, y abandonó la taberna, dirigiendo sus pasos a la de Ernesto, el del pulpo. Ahí hubo más suerte, ya que acodado en el mostrador del local, y solo, como siempre, estaba el hombre que buscaba, ensimismado y con la mirada perdida en el fondo de la taza de vino que estaba consumiendo. Se le acercó, y con total discreción, para que no se percataran el resto de parroquianos, le mostró la placa.
-Buenas noches. Soy el inspector Hilario Rosales, y necesito hablar con usted. No es necesario que salgamos de aquí para hacerlo, aunque me parece adecuado buscar un sitio más discreto-
El otro, aunque no tenía cara de contento, no puso objeciones.
-Pues podemos ir a la mesa del rincón. Allí nadie nos va a molestar-. Aunque trataba de disimularlo, se le notaba claramente el deje argentino.
Se dirigieron a la mesa indicada. Aunque el local no era grande, estaba lo suficientemente apartada del resto de la clientela como para mantener una conversación discreta, ya que a aquella hora cercana al cierre la taberna tampoco estaba muy concurrida. Se les acercó el propietario, y Rosales le pidió una jarra de Ribeiro, para acompañar al taciturno.
-Para empezar, le voy a poner las cartas sobre la mesa, y en ese sentido debo decirle que conozco su verdadera identidad, así como toda una serie de pormenores sobre su vida desde que se marchó de aquí hace veintitantos años, aun reconociendo que me quedan algunos puntos oscuros al respecto, pero que no creo que tengan mucha trascendencia para lo que a mi me interesa-
El otro no se mostró sorprendido en absoluto.
-Bueno, ¿y que más quiere saber?-
-Pues un montón de cosas. En primer lugar, los motivos que le hicieron regresar, y por que lo hizo de incógnito y con un nombre supuesto. Y quiero advertirle que no acepto evasivas, porque aquí ha habido asesinatos, y cuando hay asesinatos las intimidades tienen que dejar de serlo y los motivos personales pasan a ser del dominio público, al menos en lo que atañe a la policía. Quiere esto decir que de una manera o de otra quiero llegar hasta el fondo del asunto-
-Parece que no me queda otra opción que contarlo todo-
Rosales asintió con la cabeza.
-Pues bien, le voy a relatar mi historia, ya que no hay más remedio. En 1934, yo tenía 20 años. Había terminado el peritaje mercantil, y comencé a trabajar con mi padre. Este había enviudado recientemente, y la muerte de mi madre le había afectado profundamente y me necesitaba, más como apoyo moral que por lo que yo le pudiera aportar a la empresa, dada mi limitada cualificación profesional.
Al principio fue todo sobre ruedas, ya que me fui adaptando sin problemas al trabajo, y la relación con mi padre siempre había sido inmejorable y no tenía por que cambiar. Así transcurrió un tiempo, pero como nada dura, un suceso inesperado vino a dar al traste con todo.
Entre el personal de la empresa había una chica, Amparo, que era una belleza. Aunque algo mayor que yo –rondaba los 27 años- a mi me traía de cabeza. Tanto, que sabiendo más o menos a que sitios acudía los días de asueto, yo aparecía por allí, pero sin osar acercarme a ella, que ni se percataba de mi presencia.
Pero el martes de Carnaval, en el baile del Circo de Artesanos, entre la media docena de copas de anís que me metí en el cuerpo y la careta que llevaba puesta, fue suficiente para infundirme el valor necesario para acercarme a ella. Sin darme a conocer en ningún momento, conseguí contactar con ella y acabamos pasando juntos toda la velada, aprovechando la ventaja que representaba conocer detalles suyos sin que me identificase. Aquel día me cuidé mucho de darme a conocer, pero logré quedar con ella para el sábado siguiente en los soportales del teatro Rosalía.
Cuando llegó al lugar de la cita y me identifiqué, quedó tan sorprendida que no pudo reaccionar, y ahí me percaté de que tenía la batalla ganada. A partir de entonces, iniciamos una relación intensa, aunque discreta, ya que ninguno de los dos quería que mi padre se enterase.
Pasaron unos cuantos meses, que debo admitir que fueron los mejores de toda mi vida, hasta que una tarde en la que pasaba por la calle del Orzán, ví el coche de mi padre, un Hispano Suiza, aparcado. Me sorprendió un poco ya que no solía vérsele fuera del trabajo, o como mucho en el muelle, pero nunca en el centro de la ciudad, y mucho menos en una zona como aquella, de dudosa reputación, llena de bares y pensiones de mala nota. Estaba preguntándome que es lo que allí hacía el coche, cuando desde lejos le ví salir de un portal. Era el de una pensión, conocida por ser refugio habitual de parejas furtivas. Le acompañaba una mujer joven, de quien no distinguí la cara, al estar tapada por mi padre. Como quiera que yo estaba al lado del coche, y era evidente que se dirigían hacia él, con objeto de evitar una situación embarazosa opté por meterme en el primer sitio donde pudiera, y allí mismo había un bar de ambiente, el Mariposa, donde entré instintivamente. Una vez dentro, y tras pedir una consumición, dirigí mis ojos hacia la ventana del local, desde la que se divisaba el coche de mi padre justo enfrente. Vi como se montaban en él. Me quedé lívido. La acompañante de mi padre era Amparo. Tenía ya el coche encendido, pero antes de que arrancara, salí del bar y me dirigí a ellos. Lo que les dije y como se lo dije se lo puede usted imaginar. Ellos estaban abochornados, pero ni a explicarse les di opción. Me marché y anduve deambulando por ahí toda la noche, y a la mañana siguiente, sin dormir, me fui al banco y retiré todos los ahorros que tenía, producto del sueldo de aquellos meses. Como sabía que un paquebote zarpaba esa misma mañana para Argentina, saqué un billete y me embarqué con lo puesto.
Cuando llegué a Buenos Aires, me instalé allí y comencé una nueva vida. Con bastante esfuerzo, porque contra todo lo que se diga allí no es Jauja ni le regalan nada a nadie, conseguí salir adelante, hasta el punto de que en poco tiempo llegué a poseer un pequeño negocio que resultó bastante rentable durante largos años, hasta que una fuerte depresión económica a nivel nacional me dejó en la calle, y tan lleno de deudas que no tuve otro remedio que poner tierra de por medio y trasladarme a otra ciudad. Pese al paso de los años, ya no volví a levantar cabeza. Para ir engañando al hambre tuve que ejercer los oficios más denostados, desde limpiabotas hasta ayudante de albañil, y terminé de portero en un club nocturno. Una noche, hará unos dos años un individuo que entraba en el local formando parte de un grupo, se dirigió a mí, preguntándome por mis orígenes. El hecho de saber de donde era, confirmó sus sospechas.
Se trataba de un tripulante de un mercante español, que en sus años mozos había estado enrolado en uno de los barcos de mi padre. Su nombre era Camilo Aneiros. Quiso hablar conmigo más en profundidad y quedamos en vernos al terminar mi jornada laboral. Así lo hicimos, y después de que él abandonase la compañía que llevaba, nos fuimos a cenar a un buchinche que yo conocía. Allí me explicó todo lo que había pasado en mi ausencia.
Las relaciones de mi padre con Amparo venían de muy atrás, hasta el punto de ser anteriores a la muerte de mi madre, pero cuando pasó aquello, se cortaron de raíz; ella dejó de trabajar en la empresa y lo único que se sabía es que se casó algún tiempo después. En cuanto a mi padre, corroído por los remordimientos, trató de localizarme durante un tiempo removiendo cielo y tierra, pero con resultado negativo. Luego, se encerró en la rutina del trabajo, totalmente alejado de la vida en sociedad. También me contó que lo último que sabía de él era que estaba pasando por una larga enfermedad, que hacía prever un fatal desenlace en poco tiempo; también me dijo que mi hermano, que cuando yo me marché tenía poco más de 15 años, se había convertido en un personaje nefasto, un auténtico hampón. Mi padre no quería saber nada de él, hasta el punto de que se comentaba que lo había desheredado, otorgando nuevo testamento a mi favor.
Al conocer todos estos pormenores, me decidí a regresar, y como carecía de medios económicos para el viaje, el propio Camilo, a quien estoy inmensamente agradecido, me facilitó pasaje en su propio barco. Desembarcamos unos cuantos días después en Bilbao, y allí casualmente conseguí empleo de tramoyista en el Teatro Argentino, una de cuyas próximas actuaciones era en La Coruña. Y así llegué hasta aquí, donde tras conocer la muerte de mi padre y su cambio de testamento de última hora dejándoselo todo a mi hermano, me decidí a investigar por mi cuenta, y para ello utilicé un nombre supuesto, dado que mi acento y el cambio físico experimentado hacían que pudiera pasar desapercibido. Solo me di a conocer ante Delfín Montero, a quien conocía de la época en que había estado trabajando con mi padre. En la conversación que mantuve con él, bastante tirante, pude entrever que algo raro pasaba con el asunto de la herencia, aunque nada conseguí sacarle, quizás por el miedo que le tenía a mi hermano, que se hacía patente en su expresión cada vez que se lo mencionaba. Cuando, a los pocos días, apareció colgado, tuve la sensación de que aquello de un modo u otro, tenía que ver con nuestro encuentro.
Decidí que a partir de entonces me iba a convertir en la sombra de mi hermano y su grupo, con objeto de obtener más información, pero hasta ahora el resultado ha sido nulo-
Las palabras de Joaquín le parecieron sinceras a un sorprendido Rosales, que casi no daba crédito a toda aquella turbia historia familiar.
-¿Y volvió a saber algo de Amparo?-
-Ni supe ni quiero saber- le contestó con sequedad. Era evidente que el paso del tiempo no había ayudado mucho a borrar el intenso rencor que sentía.
Había otro detalle llamativo al que hasta ahora no había prestado atención, o al menos la necesaria, y era el cambio experimentado por los componentes de la pandilla del opulento armador a raíz de la muerte de Montero. Tenía que haber algo raro, así que se propuso interrogar a los desertores.
Pepe o conexo era un individuo alto y desgarbado, medio pelirrojo, con una cara de esas que no se le desean ni al peor enemigo. Era poseedor de un par de incisivos que sobrepasaban ampliamente el labio superior, cabalgando sobre el inferior, y eran, como es obvio, el origen de su apodo. Completaban la estampa con unos ojillos minúsculos e inexpresivos. El conjunto le confería un aspecto simpático, casi cómico, pero a un buen observador como Rosales, aun sin conocerle de nada, había algo en aquel sujeto que no le gustaba.
O conexo entró en el despacho de comisaría y el inspector le pidió amablemente que tomara asiento.
-Se preguntará usted por que lo llamé aquí-
-Si, a verdá e que non sei a que ven esto-
-Pois llo vou a explicar. Usté hasta fai pouco alternaba a diario con certa xente, e de repente deixou a compañía, e me gustaría saber os motivos-
-¿E porque teño que explicalos? Eu salgo con quen quero-
-En outra situación, e evidente que ten razón, pero aquí por desgracia hay mortos-
-Hay xente que se cansa de vivir e se colga ou se pega un tiro- replicó el otro con macabro sentido del humor.
-Pode ser, pero non e o caso. Aquí recibiron axuda. E para aclarar posturas, lle vou a decir unha cousa: ocultar datos sobre un crimen, por mínimos que éstos sean, leva implícita unha complicidad co responsable. Si quere pasar uns anos na carcel, usté siga zorreando e facéndose o loco-
El otro reculó, preocupado:
-Bueno, perdone, pero eu non sabía que a cousa era tan grave. Lle conto o que queira. Eu deixei de alternar con eles porque empezóu a haber follós, sin que eu supera os motivos, e o ambiente non era sano-
-Quen discutía-
-Principalmente Rosendo e Montero. Bueno, non eran exactamente discusiós, mais ben broncas que lle botaba, pero sin levantar moito a voz, ainda que se veia que a cousa iba en serio, e sempre eran pa que tuvera a boca cerrada, amenazando con que si non o facía se atuvera ás consecuencias. A veces metía tamén baza o falangista, sempre a favor de Rosendo. Hasta hubo unha vez que botou a man á pistola, ainda que sin sacala, pa reforzar argumentos. O outro calaba casi sempre, menos unha vez, que dixo que xa non aguantaba mais. Foi o dia de fin de ano. Desde aquela non o volvín a ver. Os poucos días apareceu colgado-
-¿E cal era o tema da conversación?-
-Eso si que non o sei, pero me imagino que algún negocio que tendrían entre mans ou algo; nunca soltaron prenda-
No consiguió sacarle nada más en limpio. Posteriormente citó a los otros dos, Cholo y Periscal, que no hicieron nada más que corroborar lo que ya le había dicho su compinche.
UN ALTO EN EL CAMINO
Rosales quiso hacer un punto y aparte en la investigación. Se tomó un par de días libres, más que nada para pensar. Tenía que hacerse una recomposición con toda la información que tenía en su cabeza añadida a las pruebas de que disponía; a excepción del asesinato de Jaime, que para él seguía siendo un total misterio, se dio cuanta de que lo sabía prácticamente todo, pero había que encajarlo correctamente para tomar una decisión sobre el camino a seguir.
El primer día, no salió de casa, excepto para hacer las compras más indispensable. Incluso él mismo se hizo la comida, faceta en la que no era primerizo. Una tortilla de patatas con chorizo y una ensalada le sirvieron de tentempié. Estuvo dando vueltas y más vueltas al asunto, tanto que ya era noche cerrada cuando consiguió llegar a una conclusión que le pareció satisfactoria.
Tenía la convicción de que a tras el testamento fraudulento, y una vez fallecido Andrés Campos, los promotores de la estafa se olvidaron del asunto, al considerarse totalmente impunes del delito cometido. Con lo que no contaban era que el armador, antes de su muerte, había manifestado reiteradamente a mucha gente su intención de dejar todo a su hijo mayor, y que por imperativos del destino había llegado a conocimiento de éste, pese a la distancia y la incomunicación.
Cuando Delfín Montero, el más pobre de espíritu de ellos, y al tiempo mejor persona, se encontró frente a frente con Joaquín, se le cayó el alma a los pies, y los remordimientos que permanecían aletargados afloraron. Ni aun así se atrevió a confesárselo a éste –tal era el miedo que le tenía al hermano, pero su conciencia, aunque tarde, le jugó una mala pasada, hasta el punto que comenzó a presionar a sus cómplices para enmendar el daño causado. Esa fue su perdición. Primero lo amenazaron, y viendo que la intimidación no surtía efecto, decidieron acabar con él, simulando un suicidio, previo adormecimiento de la víctima con cloroformo.
Conociendo a Rosendo, era evidente que había dirigido la operación, pero no se había manchado las manos. Por lo tanto, y teniendo en cuanta que eran reacios a meter a nadie más en el ajo, los ejecutores tenían que haber sido forzosamente Marnotes –hecho ya contrastado- y Jaime.
Posteriormente, posiblemente Marnotes se había dado cuenta de que se llevaba el gordo era Jaime y a él le había tocado la pedrea. Por lo tanto, le había reclamado más dinero al armador, y lo que había conseguido era un tiro en la sien de uno de los otros implicados, posiblemente Jaime.
Luego quedaba lo de la muerte de Jaime. Ahí si que estaba desconcertado. La descripción del asesino, bajo y menudo, no coincidía en absoluto con la imponente planta del único sospechoso que le quedaba, el armador Rosendo Campos, y además no veía móvil alguno para hacerlo, dado que Jaime no debiera inquietarle, al estar tan pringado como él.
Al día siguiente, decidió aparcar el tema y dedicarlo al asueto. Salió de casa sobre las once de la mañana y se fue a desayunar, con los periódicos del día bajo el brazo, a la churrería Popular, en la calle de la Franja. Se metió entre pecho y espalda un chocolate con media docena de churros mientras hojeaba la prensa. Sobre las doce salió de allí, y como estaba un día claro y de buena temperatura, decidió dar un paseo hasta los alrededores del estadio de Riazor. Se paró cerca de la coraza del Orzán a disfrutar del simpático espectáculo del baño de las Catalinas, que púdicamente utilizaban sayas y camisones en lugar del indecente bañador, sin percatarse de que cuando salían del agua sus vestimentas eran tan transparentes que se les podían contar hasta los lunares. Siguió ruta hasta el bar La Cantera, donde repuso fuerzas con unos claretes y una tapa de callos. Luego bajó al centro, y para no cambiar de bebida, entró en El Burato. Estaba hasta la bandera, pero no encontró a nadie con quien charlar, así que estuvo un rato allí, y se adentró en la calle de la Estrella. Tras un pequeño periplo tasquero, dio con sus huesos en el Xa Chegou, en la calle Mantelería. Allí se encontró con el bueno de Macario, al que por unas cosas u otras, últimamente veía hasta en la sopa; estaba acompañado por varios compañeros del Muro. Estaban ubicados alrededor de un bocoy, que a excepción del espacio justo para la jarra de vino y las tazas, estaba completamente cubierto de colas de cigala cocidas.
Al verle, Macario le llamó para que participase en la encherola –era la segunda vez en pocos días-y Rosales en absoluto hizo ascos a la gentil invitación. Salieron de allí casi hartos, pero parecía que hacía falta algo más consistente para asentar el cuerpo, y ese algo fueron unas raciones de pulpo a las que Rosales invitó en Casa Crego. Aun continuaron ruta por algún establecimiento, y cuando se despidieron eran cerca de las cuatro de la tarde, y a Rosales se le dio por ir al cine. Hacía tiempo que no veía una película, y como además entraba por la cara gracias a la placa, se metió en teatro Colón, donde proyectaban Los hermanos Karamazov, con Yul Brinner.
Se acomodó en una butaca, al fondo de la sala, y aun no había terminado el NO-DO cuando se quedó dormido como una piedra, tanto que lo tuvo que despertar el acomodador al término de la sesión.
Como tras la siesta estaba descansado, pasó por la calle de la Franja, donde hizo paradas en el bar Campos –un peculiar local donde solían colocar un cerdo en canal en el escaparate-, la Guapa y la Viuda de Rebollo, y después subió hasta la calle de la Torre, donde siguió deambulando, ya acompañado de Juan Acuña “Chanetas”, el legendario portero del Deportivo, y otros vecinos del barrio. No obstante, se recogió temprano porque al día siguiente presumía que le haría falta estar en plena forma y con la mente lúcida.
CASO RESUELTO (O CASI)
Llegó a comisaría más pronto de lo habitual –no eran no las 9 de la mañana-, y se fue directamente a por las pruebas del caso, que estaban archivadas en un armario de seguridad, en el interior de una cartera de cuero, y se las llevó a su despacho. A continuación cogió papel y pluma, y con diligencia se dedicó a redactar un escrito. Cuando terminó, citó a Rosendo Campos, que hizo acto de presencia sobre las doce y media de la mañana.
Entró en el despacho con gesto malhumorado.
-Oiga, inspector, ya es la tercera vez que tengo que venir por aquí, y quiero recordarle que yo no le toqué en una tómbola-
-Hablando de tómbolas, tengo entendido que al que le toco el sobre sorpresa fue a usted-
-No sé a que se refiere-
-Pues no se preocupe, que si toma usted asiento yo se lo explico gustosamente-
Se sentó, evidenciando una mueca de preocupación en el rostro. Rosales abrió uno de los cajones y sacó una pequeña llavecita, que depositó sobre la superficie de madera de la mesa.
-¿qué es eso?- Inquirió Rosendo
-Ya lo ve usted, una llave. Corresponde a una caja de seguridad del Banco de La Coruña-
-y eso que tiene que ver conmigo-
-Aparentemente, nada, pero si le digo el nombre de la persona que tenía la caja en alquiler igual le suena de algo. Se llamaba Manuel Marnotes-
El armador intentaba fingir tranquilidad pero estaba lívido. Toda su frialdad y prepotencia se había diluido como un azucarillo. Rosales continuó:
-Posiblemente le interesará conocer el contenido de la caja-
-En absoluto-
-Insisto en que lo conozca- dijo Rosales, al tiempo que extraía del mismo cajón el fajo de las 50.000 pesetas, que depositó igualmente sobre la mesa-
-¿le suena de algo?-
-¿A mi? No sé porque me tenía que sonar-
-A lo mejor porque se las dio usted a Marnotes-
-Pruébelo-
-Todo se andará. Pero vamos a seguir-
Rosendo estaba muy lejos de tenerlas todas consigo. Su habitual actitud dominadora y chulesca se había convertido en una especie de estado de ansiedad. Era un manojo de nervios. Una especie de tic provocaba unos movimientos de cuello, como si quisiese escaparse de la almidonada camisa. Rosales volvió a meter la mano en el cajón. Muy despacio, sacó la escritura y la depositó junto a los otros objetos.
-También apareció esto-
-¿Y esto que es?
-Pues un testamento, fechado en 1956, otorgado por su padre de usted, por mediación del cual lega todos sus bienes a su hermano Joaquín-
El otro sacó fuerzas de flaqueza:
-No sé lo que hacía eso ahí, pero tampoco me importa. Sepa usted que ese testamento está invalidado por otro que firmó mi padre poco antes de su muerte-
-Sobre eso le voy a dar otra cosa- y sacó una hoja de papel –esto es un informe pericial caligráfico sobre la autenticidad de las firmas de su padre y el notario en el testamento que usted cita. Ambas están falsificadas-
Rosendo estaba demudado. Pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. No se atrevió ni a abrir la boca. Rosales vio llegado el momento clave para meter la puntilla.
-Aun queda algo más. Esta carta manuscrita- dijo, al tiempo que se la mostraba. Y comenzó a leer:
“A quien pueda interesar:
Yo, Manuel Marnotes Sánchez, en plenitud de mis facultades mentales, quiero declarar que, si este escrito llega a manos de alguien, es que yo ya no estaré vivo, y en ese caso quiero que se sepa que el culpable de lo que me haya ocurrido es Rosendo Campos.
Voy a relatar todo lo sucedido:
El año pasado, tras conocer que su padre lo había desheredado, Rosendo, contando con la colaboración de Jaime Fraga, que trabaja en una notaría, redactó un nuevo testamento de su padre, falsificando las firmas de éste y del notario, y firmando Montero, su contable, y yo como testigos. Jaime se encargó de registrarlo y tramitarlo sin el conocimiento de su jefe, anulando así el verdadero testamento a favor de su hermano, del que yo, por seguridad, logré hacerme con una copia que esta depositada en esta misma caja de alquiler. A cambio de aquel servicio, yo recibí cincuenta mil pesetas.
Pasó algún tiempo, y cuando ya casi teníamos aquello olvidado, a Montero se le dio por arrepentirse, y Rosendo, que se jugaba mucho dinero, decidió quitarlo de en medio, así que nos dio instrucciones para liquidarlo simulando un suicidio, y así lo hicimos.
Casualmente me enteré, por una indiscreción de Jaime, que él había recibido el triple que yo por el asunto de la falsificación del testamento, así que se lo reclamé a Rosendo. Nunca lo hubiera hecho, porque ahora estoy amenazado”.
-Creo que está usted perdido, señor Campos. Es mejor que confiese porque las pruebas son abrumadoras-
El silencio del sospechoso era claramente revelador de su derrumbamiento.
Rosales insistió -¿Es cierto lo que dice ese escrito?-
-Si-
-¿está dispuesto a firmar una confesión?-
Rosendo asintió con un ligero movimiento de cabeza. Tenía la mirada perdida.
Sin dilación Rosales tocó un timbre de metal que había sobre la mesa y al instante se presentó un policía uniformado que a indicación del inspector mediante un gesto, se sentó frente a la máquina de escribir que había en una mesita anexa. A los treinta minutos, la declaración, coincidente en todos sus extremos con la teoría de Rosales, estaba firmada por el armador. Solo faltaba aclarar la muerte de Jaime, en la que Campos no quiso admitir incriminación de ningún tipo.
Quedó definitivamente detenido. El juez, a la vista de la declaración, ordenó su inmediato ingreso en prisión.
Aquello no estaba terminado del todo. Durante los siguientes días Rosales estuvo muy atareado tramitando las formalidades y diligencias derivadas de la investigación, así que decidió dar al caso un ligero paréntesis.
UNA GRAN SORPRESA
Una tarde, cuando cruzaba la calle Sánchez Bregua de regreso de comisaría, al pasar por delante del Cantón Bar miró instintivamente hacia el interior. En una de las mesas estaba sentado Joaquín Campos, y en contra de lo habitual, acompañado. Charlaba animadamente con una mujer sentada frente a él, a quien Rosales veía de espaldas. La verdad es que el cambio producido en la situación de Joaquin tras la recuperación de la herencia paterna le había sentado bien. Estaba elegante, había rejuvenecido y hasta, pese a la distancia, se notaba dicharachero y gesticulante.
A Rosales le picó la curiosidad y entró en el local haciéndose el despistado. Se situó en el extremo de la barra más alejado a donde estaba la pareja y pidió una cerveza. Ellos no se percataron de su presencia, ya que aquello estaba lleno de gente y era fácil pasar desapercibido. Cogió la prensa y se concentró aparentemente en su lectura, aunque con el rabillo del ojo no perdía detalle de sus movimientos. Al rato, se levantaron para salir, y ella se dio la vuelta y Rosales pudo por fin verle la cara. La impresión fue tan grande que casi se cae del taburete. Era ni más ni menos que la viuda de Jaime.
Entre lo enfrascados que estaban en la conversación y la propia actitud prudente de Rosales, cuya capacidad para pasar inadvertido rayaba en el mimetismo, ni se habían percatado de su presencia.
Salieron, y a través de las cristaleras del local, vio que cruzaban la plaza de Mina y se encaminaban hacia el Obelisco. Esperó un tiempo prudencial y salió detrás de ellos. Apuró un poco el paso hasta que estuvieron al alcance de su vista, a la altura del Banco Pastor. Continuaron hasta internarse en la bulliciosa calle Real, a cuya entrada estaba el hombrecillo que vendía el famoso “don Nicanor tocando el tambor”, y muy cerca los vendedores de rifas para el sorteo de un coche de lujo, que mostraban con las puertas abiertas de par en par. –Como viñera o dueño do coche non iban a correr éstos- pensaba Hilario. Continuó ruta tras la pareja y llegaron a María Pita. La conversación era animada y de vez en cuando se hacían discretas carantoñas. Ni siquiera por un momento se les ocurrió echar la vista atrás. Salieron de la porticada plaza hacia Puerta Real, entraron en la Heladería Italiana y al poco salieron con sendos helados de cucurucho, que fueron degustando andando tranquilamente por el paseo. Parecían realmente una pareja de tortolitos veinteañeros. Finalmente, entraron en el Whisky Club. Rosales dudó un instante antes de decidirse a imitarlos, pero finalmente lo hizo. Eran las nueve de la noche y ya comenzaba a haber clientela. Un conjunto musical coruñés, los Yaley, interpretaban una de las canciones de moda, Diana, de Paul Anka. Se instaló en la barra, cerca de la entrada. Pese a la semipenumbra, los distinguió al fondo de la sala, más acaramelados que nunca. Percibía que aquella relación no era fruto de la casualidad. Allí había algo más, o al menos eso detectaba su olfato, y no le gustaba nada, pero nada.
Una hora más tarde, la pareja salió de allí, escoltada a prudencial distancia por Rosales, y se fueron hasta el cine Savoy; proyectaban una película de Alfred Hitchcock, “de entre los muertos”. En la puerta de la sala decidió concluir el seguimiento, para irse directamente a su casa. Tenía mucho que discurrir aquella noche.
A las nueve en punto de la mañana del día siguiente estaba en la puerta de las oficinas de la casa de armadores. Entró, y la eficiente secretaria que lo había atendido la vez anterior, le reconoció de inmediato:
-Buenos días, inspector. Que sorpresa verle por aquí. ¿Qué desea?-
-Hola, señorita. Venía a charlar un poco con usted, que siempre es un placer, y para que me contara como van las cosas por aquí después de los últimos acontecimientos-
-Pues la verdad es que no hay queja alguna, y aunque es pronto para asegurarlo, desde que detuvieron a don Rosendo y don Joaquín se hizo cargo de la empresa, la gente está mucho más contenta porque se siente mejor tratada. De una forma más humana-
-Pues me alegro por ustedes. Tener un buen jefe en estos tiempos es como si a uno le tocara la lotería- dijo sinceramente.
-Si. Me recuerda al difunto de su padre, que era una persona encantadora, aunque éste viene menos por aquí, y nunca antes de las once de la mañana-
-Ah, pero ya trabajó usted con don Andrés, siendo tan joven?-
-Si, llevo siete años en la empresa. Cuando entré acababa de cumplir los 18-
-¿a que otros empleados recuerda usted desde que entró?-
-Cuando me incorporé, en el 51, solo estaba el pobre Delfín y un administrativo que colaboraba con él. Anteriormente sé que hubo más gente trabajando, pero yo ya no los llegué a conocer. Si tiene mucho interés, creo que anda por algún despacho un libro registro de altas y bajas de la plantilla desde que abrió la empresa-
-se lo agradecería. Me ayudaría mucho en unas comprobaciones rutinarias que tengo que hacer-
-Pues espere aquí un momento-
Se dirigió con su habitual contoneo por el estrecho pasillo, hasta introducirse en uno de los despachos. Al cabo de unos instantes salió, portando una vieja libreta de pastas gruesas, que entregó a Rosales.
-Aquí está. Siéntese para verla, que estará más cómodo-
Hilario abrió el cuaderno. Las hojas del mismo presentaban un formato con rayas horizontales, divididas verticalmente en tres apartados, de los que el central era mucho más ancho que los laterales. En estos últimos se reflejaban las fechas de entrada y, en su caso, de baja en la plantilla, destinándose el central al nombre y apellidos del empleado. La primera anotación databa de Marzo de 1921, presumiblemente fecha de constitución de la sociedad, y en ella figuraba el fundador, Andrés Campos Vecino. Posteriormente, una veintena aproximada de nombres completaban el movimiento de la plantilla en todos esos años. Pasó la vista superficialmente por los primeros, hasta pararse en un nombre: Amparo Pazos Martínez. La fecha de entrada era del 2 de Mayo de 1931, y la baja, el 21 de julio de 1935. Del resto de nombres, el único conocido era el de Delfín Montero que se había incorporado en 1932. Tomó nota de esos datos, por si en algo le podían ayudar. Cuando terminó, se dirigió nuevamente a la secretaria.
-Oiga, y no tendrán ustedes fotos del personal que figura aquí relacionado?-
-Individualmente, no, pero don Andrés tenía la costumbre de sacar una foto conjunta de todo el personal cuando celebrábamos la fiesta del Carmen, tanto de las oficinas como de la tripulación de los barcos. Están guardadas en un álbum ¿quiere verlo?-
-Si pudiera hacerlo me completaría el favor-
Esta vez tardó algo más en cumplir el encargo, pero finalmente apareció con un lujoso álbum de tapas rojas. Se lo entregó y Rosales se dispuso raudo a hojear las fotografías. Tras pasar varias páginas, de repente se paró en una de ellas. Escrutó cuidadosamente uno de los rostros que allí se reflejaba. La sospecha que le estaba comiendo desde la tarde anterior tomó cuerpo definitivamente. No había duda. Delante de él, con 25 años menos, la viuda de Jaime Fraga, Amparo, le obsequiaba con una sonrisa radiante.
Cuando menos se lo esperaba, a Rosales se le apareció una pieza clave para poder resolver aquel maldito embrollo. Tal y como acostumbraba a hacer cuando había que husmear en algún vecindario poco amigo de contar chismes a la policía, decidió encomendarle la labor de rastreo a alguno de sus confidentes habituales. El más adecuado le pareció su viejo amigo Román el afilador. Acertó plenamente. Aun no había pasado 48 horas cuando éste apareció con noticias frescas. Román le informó de que a través de alguna vecina de lengua suelta se había enterado de que Jaime y su mujer habían tenido una asistenta durante más de un año, y que ésta los había dejado poco antes de la separación del matrimonio. También se informó que la asistenta, en la actualidad, trabajaba como mandadera en los puestos de fruta de la Plaza de Lugo. Con aquellos datos, más alguno de tipo personal que también le facilitó, al policía no le costó mucho trabajo dar con ella. Se trataba de una mujer que rayaba en la cincuentena, bajita y menuda, que respondía por Pepita.
Tras identificarse el policía mantuvieron una larga conversación en la que se mostró muy dicharachera. A través de ella Rosales fue yendo de sorpresa en sorpresa hasta comprobar, una vez más, que a la gente nunca se la conoce lo suficiente.
Lo primero que le contó era que Jaime, pese a su mala fama, en casa era cumplidor y cuidaba de que a su familia no le faltase de nada. Las cajas de pescado y marisco que entraban en aquella casa, procedentes del Muro, eran tan abundantes que no se daban consumido y para no tener que tirarlo se repartían entre vecinos y parientes. Incluso la propia Pepita se llevaba su parte a casa. La mujer, sin embargo, era una larchana, tanto que en aquella casa no hacía falta asistenta para nada, pero le gustaba levantarse a las tantas y no hacer nada en todo el día, solo pasear y comprarse ropa y hasta joyas, aunque esto último no salía de la nómina de Jaime, y ella se lo achacaba a un señor muy elegante que la venía a buscar algunos días a media mañana en un "haiga", y siempre regresaba a la hora de comer con alguna alhaja nueva. En la descripción que dio de aquel caballero, Rosales se percató de que le estaban pintando el retrato de Rosendo Campos "Menuda fiera era ella -pensaba- se merendó a toda la familia”.
También le contó que Amparo, cada vez que se le presentaba la oportunidad, aprovechaba para hacer al hijo toda clase de comentarios malintencionados sobre el comportamiento de su padre y el desamparo a que los tenía sometidos con sus continuas juergas y que tenía pensado abandonarlos. Con eso fue consiguiendo que en el muchacho se fuese desarrollando un odio enfermizo hacia su progenitor. La asistenta, a la vista del panorama que se estaba pintando en aquella casa, decidió marcharse de allí para buscar otro trabajo, y encontró el que tenía ahora, más duro y peor remunerado, pero vivía tranquila. Al poco de marcharse había oído que la mujer había abandonado el hogar junto con el hijo, pero desconocía los motivos exactos.
El inspector tenía muchos datos. Ahora había que ordenarlos y leerlos entre líneas para llegar a una conclusión definitiva, aunque en su convicción todo conducía a un solo camino, y lo que era indudable, aunque a priori difícilmente demostrable, es que la muerte de Jaime era el resultado de una planificación perfecta, ideada por una mente fría y calculadora, aunada con la inmensa maldad de su propietaria, que para calmar su desmedida ambición había preparado meticulosamente la muerte de su marido sin mancharse las manos, simplemente emponzoñando la apocada personalidad del hijo, a quien había convertido en una marioneta a la que dirigía los hilos, haciendo germinar un rencor que se convirtió en odio enfermizo. Aquella noche en el patio de la casa de Hilario Rosales tocó lumbre y lingotazos de coñac. Se la pasó completamente en vela, pero al amanecer tenía las ideas tan claras como si hubiera descansado toda la noche.
UN TRISTE EPÍLOGO
Su conclusión final era tan sorprendente como trágica y dolorosa, y por primera vez en su carrera, no sabía como atacar un problema del que conocía al dedillo sus raíces y su desarrollo. Pensó en dejar la cosa como estaba y dar un carpetazo al caso, pero su conciencia le hacía hervir la sangre de semejante forma que no podía permitir que aquella atrocidad quedara impune.
Decidió, pues, permanecer al acecho, pero con la mayor discreción posible, continuando con la vigilancia de la pareja, pero alternando su seguimiento con sus colaboradores, o confidentes, habituales. Así pues, cuando no era él mismo, Pacucho, Macario o el afilador no dejaban a sol ni a sombra a los dos tortolitos –que non peguen un estornudo sin que eu me entere- les advirtió.
Pasaron bastantes días sin grandes novedades. La pareja, pese a la reciente viudedad de ella y la dramática forma en que se produjo, exteriorizaba su romance cada vez con menos precauciones. Todas las tardes a las ocho, una mesa junto a la ventana del Cantón Bar era mudo testigo de media hora de amorosa tertulia. Después, salían y recorrían las calles más céntricas de la ciudad, siempre cogidos de la mano.
Una tarde, mientras Rosales permanecía en la barra charlando con su buen amigo Luís, el camarero, pero con los otros cuatro sentidos pendientes de la pareja, descubrió, al otro lado del ventanal, un rostro casi infantil, que los contemplaba fijamente con un intenso odio reflejado en sus ojos. Ellos, ajenos a todo lo que les rodeaba, no se percataron de la presencia del hijo de Amparo, que contemplaba los arrumacos y carantoñas que su madre intercambiaba con quien para él era un completo desconocido.
Rosales era buen conocedor de las reacciones humanas, y se puso en el pellejo del muchacho, cuyo enfermizo amor por su madre, aderezado con las gotas de veneno que ésta había ido vertiendo, sabia y lentamente, en su alma, puso en su mano el arma con la que llevó a cabo el asesinato de su progenitor. Sabía por experiencia que si alguien mata por primera vez, es más que previsible que pueda llegar a una segunda.
Joaquín estaba en el punto de mira y era necesario advertirlo y protegerlo del peligro que corría.
No perdió de vista a los dos enamorados mientras éstos deambulaban por el centro de la ciudad dando un largo paseo. Del chico, ni rastro. Supuso que habría regresado a casa. Como a las diez de la noche, la pareja entró en el Whisky Club.
Pensó en acceder a la sala de fiestas, pero finalmente decidió dejarlo. Previó que iban a estar allí un buen rato, y suponiendo que al salir de allí Joaquín la acompañaría a su casa, prefirió anticiparse y esperar allí, para abordarle en cuanto quedara solo y hablar con él.
Cruzó los Cantones y Linares Rivas para acercarse hasta la comisaría a comprobar la dirección exacta de Amparo, que se encontraba entre los datos del expediente de su difunto marido, y siguió camino hacia la calle Vizcaya, y se situó frente al domicilio de Amparo. Era en el tercer piso, y las luces encendidas revelaban la presencia del hijo en la casa. Tenía la situación controlada y lo único que tenía que hacer era esperar, así que pacientemente se puso de guardia, pero la paciencia le duró hasta que vio un bar abierto a pocos metros de allí, desde donde no había problemas para, de forma discreta, tener una buena perspectiva de la puerta del domicilio que le interesaba.
Hizo bien, porque la pareja aun se hizo esperar una hora larga. Descendieron de un taxi, y Joaquín la acompañó galantemente hasta el portal, donde aun permanecieron unos minutos pelando la pava.
Cuando se despidieron, Rosales salió del establecimiento y se aproximó a Joaquín Campos, a quien sorprendió ligeramente con su inesperada presencia.
-Buenas noches, señor Campos-
-Hola, inspector-
-Perdone que lo aborde de esta manera, pero me urge hablar con usted-
Pese a sentirse algo incómodo por lo inoportuno de la situación, Campos, consciente de cuanto debía a Rosales, decidió ser amable.
-No importa. Además, ya me estoy acostumbrando a mantener conversaciones con usted en horario poco habitual- bromeó –dígame de que se trata-
Rosales, muy serio, repuso:
-Es algo sumamente importante. De vida o muerte, diría yo, y creo que bien merece media hora de su tiempo. Ahí al lado hay un bar abierto, y le invito a un café, si me lo permite-
-De acuerdo. Vamos-
Entraron en el mismo local donde Rosales había permanecido esperando y se sentaron junto a una mesa, frente a frente. El policía empezó a hablar.
-Verá usted, Joaquín, lo que tengo que decirle es muy delicado y sé además que no le va a gustar oírlo, pero mi obligación es contárselo porque le va a usted mucho en ello-
-No se corte, Rosales, y por favor vaya al grano- repuso Joaquín muy serio.
-Bien. Parece que en los últimos tiempos ha cambiado de opinión con respecto a Amparo, y vengo a recomendarle, o mejor a pedirle encarecidamente que rompa la relación. Corre usted un grave peligro-
-¿un grave peligro? No me venga con cuentos. Todo lo malo que pasó ya está olvidado, y lo único que pretendemos Amparo y yo es recuperar el tiempo perdido-
-No me malinterprete. No se trata de eso. El peligro que corre usted es de muerte. Y muy real-
Joaquín Campos, algo desconcertado por aquella manifestación, permaneció unos instantes en silencio, que Rosales aprovechó para continuar con su disertación.
Le aclaró con pelos y señales sus fundadas sospechas de que Jaime había muerto a manos de su propio hijo, influenciado éste por las intrigantes insinuaciones de su madre, tal y como le había relatado la antigua empleada de hogar de la familia, y ahora, tras enterarse el desquiciado muchacho de las relaciones que su madre mantenía con Joaquín, la espada de Damocles pendía sobre la cabeza de éste.
Joaquín campos, cuyo rostro había ido palideciendo a medida que digería las explicaciones de Rosales, abrió la boca para contestar, pero en ese mismo instante se oyó un gran estrépito en el exterior, seguido de griterío.
Salieron rápidamente del local, y vieron que quienes proferían los gritos eran vecinos que se habían asomado a las ventanas de sus casas. En la acera, justo delante de la casa de Amparo, había un cuerpo humano tendido, a quien no se identificaba claramente, debido a la penumbra de la calle. Ambos acudieron con presteza, y vieron que se trataba de Luisito, cuyo cuerpo estaba rodeado de cristales hechos añicos. Tenía la cabeza destrozada, y una gran mancha de sangre iba extendiéndose a lo largo del pavimento. Rosales le tomó el pulso, pero ya sabía que estaba muerto.
A su mente vino la luz, aunque demasiado tarde. Levantó la vista hacia el tercer piso, donde se observaba una ventana destrozada. Sabía que allí dentro había otro cadáver. Había tratado de proteger a la víctima equivocada, y este error había provocado dos nuevas muertes violentas. Tenía bien claro ahora que lo que el joven había llevado a cabo era, para su enfermiza mente, un último acto de justicia poética.
Acompañado de Joaquín, subió al piso y derribó la puerta. El panorama era parecido al de la calle. Amparo, con la garganta abierta por un gran tajo, les miraba con los ojos muy abiertos desde el entarimado suelo del salón, muy cerca de la ventana por donde su hijo se había arrojado sin molestarse siquiera en abrirla. Junto al cadáver, había una nota. Rosales la leyó. Era la explicación de Luisito de los motivos que le habían impulsado a actuar de la forma que lo hizo, adjudicándose también la autoría de la muerte de su padre. Resumiendo, nada que Rosales no supiera ya a aquellas alturas, en las que, aun siendo consciente de que lo había intentado todo para impedir la tragedia, no podía evitar sentir el peso de una losa sobre su conciencia.
Después de dar el pertinente aviso a la jefatura de policía, esperó junto a un desolado Joaquín Campos la llegada de los responsables del levantamiento de los cadáveres, y después, tras despedirse del armador, se marchó andando lentamente hacia su casa.
Se sentía cansado. Y triste. Muy cansado y muy triste.
Al día siguiente, la primera plana del periódico local reflejaba la siguiente noticia.
TRAGICO SUCESO EN LA CORUÑESA CALLE VIZCAYA. UN JOVEN DE 15 AÑOS SE SUICIDA TIRÁNDOSE POR LA VENTANA TRAS ACABAR CON LA VIDA DE SU MADRE LA MUJER APARECIÓ DEGOLLADA EN EL INTERIOR DEL DOMICILIO FAMILIAR JUNTO A UNA NOTA ESCRITA POR EL
HOMICIDA CUYO CONTENIDO NO SE
CONOCE POR EL MOMENTO, AL HALLARSE BAJO SECRETO DE SUMARIO.
SE DA LA CIRCUNSTANCIA DE QUE EL ESPOSO Y PADRE DE LOS FALLECIDOS PERECIÓ TAMBIÉN
DE FORMA TRÁGICA, AL SER ACUCHILLADO DURANTE EL TRANSCURSO DE LOS PASADOS
CARNAVALES EN LA CALLE DE LA TORRE, SUCESO QUE A DÍA DE HOY PERMANECE SIN RESOLVER
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Genial. Me hablo un amigo de tu blog y creo que se quedó corto. Enhorabuena
ResponderEliminar