domingo, 7 de marzo de 2010

la odisea de los irresponsables

PROLOGO

Nada podía hacerme pensar que aquella luminosa jornada del viernes 15 de octubre de 2004, que presuponía anodina, iba a convertirse en una de las más especiales de mi vida.

Como cada día, aterricé en la sucursal bancaria de la que ocupaba el cargo de director desde hacía casi un año, pocos minutos después de las ocho. Nada extraordinario sucedió durante las primeras horas de actividad laboral, reforzando la impresión con la que había saltado de la cama aquella mañana.

Sin embargo, poco antes de la una, sonó el teléfono. La llamada fue recogida en el mostrador por el interventor.

-Es una llamada para ti, de la Regional-

Le pedí que pasara la llamada a mi despacho, y me puse al teléfono. Era el director regional, con quien me unía una buena amistad desde más de veinte años antes, cuando ambos habíamos formado parte de los equipos de inspección del banco.

-Buenos días-

-Hola, Juan-

Juan era una persona sumamente franca y directa, algo que, al menos desde mi punto de vista, es siempre de agradecer.

-Oye, ¿a ti te interesaría acogerte a la jubilación anticipada a finales de año?-

-Solo dime a quien tengo que matar- dije, pensando que aquello era una broma.

Tras reírse ante la espontaneidad de mi contestación, su respuesta fue:

-No hace falta matar a nadie, pero si la cosa va adelante, lo que hay es que pagar una cena en condiciones-

-¿Una? Como si fueran treinta-

-Me agarro a la palabra-

Faltaban dos meses y medio todavía, y ya el transcurso del primero se me hizo eterno, sobre todo teniendo en cuenta que me llegaron rumores de que la propuesta de prejubilación afectaba a unos cuarenta empleados, pero como vino el Tío Paco –léase Banco de España- con las rebajas, finalmente los cuarenta se convirtieron en cuatro. Esos rumores se confirmaron a mediados de noviembre –en nuestra empresa la eficiencia de Radio Macuto es prácticamente infalible- pero afortunadamente yo era uno de aquellos cuatro. La confirmación oficial me llegó por correo el 17 de noviembre.

Una vez firmada la conformidad a las condiciones de prejubilación, que eran más que aceptables, y remitir el original al departamento de Recursos Humanos de la entidad, quedándome con una copia, me consideré prácticamente liberado de mis obligaciones laborales.

Aproximadamente una vez al mes, el grupo de amigos del que yo había formado parte desde mi primera adolescencia, teníamos la sana costumbre de reunirnos y con ello, además de departir amigablemente y recordar viejas anécdotas, seguir manteniendo el contacto entre nosotros, algo poco factible en lo cotidiano dados los divergentes caminos que había tomado cada uno de nosotros. Y aquella tarde en la que yo, evidentemente, me encontraba exultante, tocaba reunión. Habíamos quedado a las ocho y media de la tarde en la jamonería La Flor del Jamón, sita en la calle Cordelería, en pleno centro de La Coruña.

Allí nos juntamos aquella tarde Suso recalde, Pepe Campos, Juan Novoa, Lorenzo el de San Luis, Lelo, Eduardo, Tino, Jorge Naveira, Mateo y yo. Por uno u otro motivo ese día faltaban algunos, pero había uno que faltaba siempre, y todos le echábamos de menos: Gonzalo Viana.



En mi caso concreto, y en el de casi todos los demás, había conocido a Gonzalo hacía muchos años, cuando iniciamos juntos nuestra andadura escolar en los Maristas. Siempre fue peculiar. Su padre, Herminio Viana, era el director de Prácticos de Puerto de La Coruña, y vivían en la calle Betanzos, en el edificio que había justo frente al portalón de entrada del colegio.

Aun siendo distintos en nuestra forma de ser –yo era hiperactivo y belicoso y él tranquilo y pachorrudo- Nos identificamos plenamente desde el día en que nos conocimos, y surgió una amistad que fue acrecentándose a medida que pasaba el tiempo, y que tuvo su punto culminante cuando coincidimos como internos en los Maristas a los 14 años –los motivos era distintos, en mi caso el internado era a modo de castigo y en el suyo se debía a la larga y penosa enfermedad de su madre, que acabó provocando su fallecimiento-. Cuando se formó nuestra pandilla, fuimos de los primeros en integrarnos en ella. Era generoso, amigo de los amigos y totalmente carente de dobleces.

En 1966 se produjo la marea más baja del siglo XX. Gonzalo y yo no nos podíamos perder semejante espectáculo, así que no tuvimos más remedio que “latar” a clase ese día. Tras recorrer los acantilados de la Torre de Hércules, explorando zonas rocosas a las que hasta ese día nadie había tenido oportunidad de llegar, regresamos al centro de la ciudad con un hambre atroz provocada por el ejercicio y el aire de mar, que como es sabido estimula el apetito. Como por una parte no podíamos regresar a casa sin delatarnos, al ser horas lectivas, y por otra no teníamos ninguno de los dos una peseta en el bolsillo, tomamos una decisión drástica: tomarnos unos bocadillos “por la cara”. El lugar elegido resultó ser El Priorato, en la calle de la Franja, donde pedimos dos bocadillos de anchoas acompañados por unos porrones de moscatel. Tan pronto los terminamos, pudimos comprobar que Aníbal, el dueño del establecimiento, corría bastante, aunque por fortuna menos que nosotros.

Pese a que en buena lógica, en base a su situación familiar, social y cultural, Gonzalo debiera haber evolucionado de forma similar a la de los demás miembros del grupo, no fue así. Supongo que había algo en él que lo hacía distinto a todos. De forma casi imperceptible, fue cambiando, y su camino siguió por derroteros diferentes a los del resto, algo que se consolidó en cuanto terminó los estudios de oficial de puente en la Escuela de Náutica. De la noche a la mañana, le perdimos de vista, y a partir de entonces solo le veíamos esporádicamente, cada muchos meses.

El “modus vivendi” de Gonzalo era el siguiente: se pasaba embarcado unos cuantos meses, rumbo a los destinos más estrambóticos pero mejor pagados, hasta que lograba reunir una cantidad de dinero que consideraba suficiente para pasarse una buena temporada a su libre albedrío. Cuando se le terminaba el dinero volvía a embarcarse –no tenía problema alguno para enrolarse de nuevo, pues la condición de práctico de puerto de su padre y las amistades que éste tenía entre los responsables de las casas consignatarias de buques, como es fácil imaginarse, se lo facilitaban-.

En una de sus habitualmente prolongadas épocas vacacionales, viajando de aquí para allá apareció un buen día en la isla de Ons. Deambulando por allí, se paró ante una pequeña casa de piedra abandonada, que en ese momento le pareció idónea para vivir como a él le gustaba, en plan bohemio. Acertó a pasar por allí un paisano, a quien Gonzalo preguntó si conocía al dueño de la casa. El hombre le contestó que el dueño era él. Al preguntarle si la vendía, el hombre le dijo:

-Si me das cincuenta mil pesetas, é tua-

Y así se produjo la transacción. Sin notario ni documento privado alguno. De palabra.

A partir de entonces, comenzó a nacer en él la vena artística –probablemente siempre la había poseído, aunque aletargada- y se dedicó a cocer barro en un horno artesanal que él mismo construyó excavando en la playa y elaborar con él figuras que después vendía en tiendas y mercadillos. Posteriormente fue evolucionando hacia la pintura, y sobre todo la escultura, con tanto éxito que una de sus obras escultóricas, Hércules en la Nave de los Argonautas, ocupa un lugar destacado en el paseo marítimo coruñés, en las proximidades de la torre de Hércules.

Me lo encontré inesperadamente en verano de 1979 en Vigo, durante uno de mis viajes de trabajo. Fue cuando me contó la historia de la casa de la isla de Ons y que un buen día había aparecido el dueño –el verdadero, no el que se la había vendido aprovechando que el primero estaba emigrado en Suiza- y lo había desahuciado.

-Pero no hay mal que por bien no venga – me dijo con su peculiar sonrisa –tan pronto como mi padre se enteró de lo que había pasado, me compró un piso aquí en Vigo. Ahora mismo vengo del banco, de hipotecarlo- concluyó, para mi estupor.

Desde entonces solo volví a ver a Gonzalo Viana una media docena de veces, pese a lo cual me mantuve al día de su brillante trayectoria artística y personal, esta última con más claroscuros.

No sé muy bien en que época comenzó Gonzalo su idilio con la droga a nivel de consumidor –también tuvo algunos escarceos con el contrabando de hachís en el Estrecho, lo que le ocasionó sufrir una condena de seis meses en Gibraltar al ser inspeccionada su embarcación por los ingleses-, pero el caso es que acabó metiéndose de lleno en ese siniestro y peligroso mundo. Hasta que tocó fondo.

En los primeros años de la década de los noventa, le sobrevino una grave enfermedad hepática, todo parece indicar que originada por algún contagio relacionado con los hábitos del consumo de la droga. Lejos de amilanarse, es decir, cuidarse adecuadamente para lograr su curación o al menos aminorar lo máximo posible los efectos del mal que le aquejaba, decidió hacer lo que más le gustaba: largarse a la cuenca del Orinoco, comprar un barco que ya estaba para el desguace, repararlo y dedicarse a organizar viajes turísticos a lo largo del río. Las consecuencias de esta decisión fueron nefastas: en poco tiempo, el insano clima tropical hizo de las suyas, y la enfermedad no solo empeoró, sino que se vio acompañada de unas cuantas más facilitadas por su falta de defensas víricas. Pronto se dio cuenta de que le quedaba poco, y pese a su carácter independiente quiso que el final le llegase cerca de los suyos.

Paradójicamente, una persona como él, que amaba la vida, fue como si se dejase morir, pero al evocar su historia viene a mi mente una reflexión: Gonzalo murió demasiado joven, pero si lo que realmente se vive son los momentos que se disfrutan ¿acaso no es posible que le sacase más jugo a la vida de lo que lo vamos a hacer los demás, por mucho tiempo que dure aquí nuestra estancia? Cuando menos estoy convencido de vivió con mucha mayor intensidad, como si se tratase de uno de esos torrentes de agua clara y cristalina cuyo recorrido es efímero, pero también más enérgico que el de los grandes ríos de cenagosas aguas que discurren con lentitud hasta morir en el mar.

Regresó a La Coruña casi moribundo, y pasó sus últimos días en Sada, en casa de una de sus hermanas. Nuestro común amigo Eduardo, que fue de los pocos que se enteró, le visitó una semana antes de su muerte, quedando tan hondamente impresionado por su deteriorado aspecto, que decidió no avisar a nadie, para que pudiéramos recordarle tal y como había sido siempre. Falleció en julio de 1995, a los 45 años. Yo estaba pasando mis vacaciones en Cayón cuando me enteré del óbito a través de una reseña de La Voz de Galicia. Me sentí culpable por no haberlo sabido antes y poder despedirme de él, pero en el fondo de mi corazón siempre habrá un hueco para mi amigo Gonzalo, y él, esté donde esté, estoy seguro de que lo sabe, y eso me parece suficiente.





Como siempre, nuestra reunión fue un encuentro sumamente agradable. Al objeto de putearlos un poco, dejé caer como quien no quiere la cosa lo de mi prejubilación.

-Pues nada, ya sabéis que a finales de año, paso a mejor vida, laboralmente hablando-

La reacción, tal y como yo esperaba, fue de incredulidad. Suso, que tenía a Pepe Campos a su lado, le dijo a éste en voz baja pero que pude percibir claramente:

-No se lo cree ni él-

Lo que hizo que Pepe sonriera con complicidad.

-¿Ah, si?- dije para mis adentros –pues vais a sufrir un poco-

Seguí insistiendo sobre lo de la jubilación anticipada, relatando una serie de proyectos –totalmente irreales e imaginados sobre la marcha- que tenía para el año entrante, aprovechando el beneficio de mi inesperada libertad laboral, pero lo hice de una forma en la que percibieran que todo aquello era un invento; la verdad es que todos me seguían muy bien la presumible coña.

El juego del gato y el ratón que yo casi sin querer había organizado persistió incluso hasta bastante después de haber abandonado la jamonería y desplazarnos hasta la cervecería El Real, en la calle de los Olmos. Ya llevábamos un buen rato allí, y cuando más sarcásticos estaban todos saqué de mi bolsillo el papel que había recibido aquella mañana y se lo planté delante de sus narices. A alguno si lo llegan a pinchar no sangra.

Cuando la situación se normalizó, los imaginarios planes que mi retorcida mente había forjado sobre la marcha recuperaron protagonismo, pero en este caso no fui yo quien se lo dio. Las ideas nacieron del cerebro de Lelo, quien tampoco se quedaba atrás inventando planes utópicos.

-Joder, podíamos hacer un viaje-

-¿Cuándo?- pregunté con cierto escepticismo, pensando que ya había llegado la hora de decir tonterías.

-Después de las fiestas. A mediados de enero-

-Claro, solo hay dos pequeños problemas. El primero es que, salvo Suso y Eduardo, que están prejubilados, y yo mismo, que lo estaré en esas fechas, los demás tenéis que currar. Unos en su propio negocio, como es el caso de Juan, que no creo que tenga pensado cerrar la frutería para irse de verbena, y los demás tendríais que coger vacaciones en pleno enero y descontarlas de las de verano, lo cual no creo que satisfaga demasiado a vuestras respectivas parientas, que precisamente representan el segundo, y definitivo, problema, porque, al menos en mi caso, no veo yo a la mía saltando de alegría cuando le diga que me voy de viaje de placer, por no decir de golfería, y ella se queda en tierra-

Pero Lelo no era de los que se dan por vencidos así como así, y su espíritu aventurero empezó a buscar soluciones.

-Bueno, yo me las voy a arreglar para ir. Tengo quince días de vacaciones pendientes de este año que iba a coger en diciembre, y las pospongo para enero. Con mi mujer ya me las arreglaré inventando algo, un viaje de trabajo, por ejemplo-

-Yo también me apunto- -y yo- dijeron casi al unísono Suso y Eduardo.

Bueno, pues yo no iba a ser menos, así que me sumé a aquel extravagante y absurdo proyecto.

Los demás, por unas razones o por otras –quizás la fundamental era que eran más prudentes que nosotros- se bajaron del barco antes de que zarpase.

En mi fuero interno contaba con que aquello no cuajara.

Comenzó la planificación del viaje.

-El primer día –dijo Lelo, que como promotor del proyecto había asumido el liderazgo y llevaba la voz cantante –arrancamos a las nueve de la mañana y nos vamos hasta Friol. Comemos en un sitio que conozco yo, que preparan unos callos que te cagas-

-Entre La Coruña y Friol no hay ni una hora de viaje- dije yo -¿tienes algo pensado para ir haciendo entre las 10 de la mañana y la hora de comer?-

Lelo continuaba sin rendirse.

-No llegaremos a las 10. Vamos a ir haciendo paradiñas por el camino en plan ruta de degustación. En Guísamo, En Betanzos, en Coirós, en Guitiriz y en Parga, porque conozco unos cuantos tugurios donde tienen unos vinitos acojonantes. No creo que lleguemos a Friol antes de las tres de la tarde-

-Ya, o sea que si llegar a Friol nos lleva media jornada, suponiendo que el punto de destino fuera, pongamos por caso, Barcelona, tardaríamos más de tres meses solo en la ida, y nuestro hígado lo dejaríamos más o menos en la provincia de Leon. Recuerda que ya tenemos cincuenta y cinco tacos-

Lelo continuó pertinaz –su persistencia era solo comparable a su desbordante imaginación-

-Eso es solo el primer día, para ir haciendo boca. Después nos iremos dosificando un poco y vamos en plan tranquilo-

-Exacto- dije, y añadí un símil futbolístico: -Ahora resulta que el precalentamiento es más duro que el partido en sí. Y a esa velocidad, esa noche por lo menos llegaremos a Lugo para dormir-

Me miró impertérrito y me dijo:

-¿ves como ya vas pillando la idea?-

Eso fue definitivo para que me rindiese. El proyecto quedó en pie y decidimos ir completándolo sobre la marcha en los siguientes días.


Aquella noche tardé en dormirme, y tal y como si se tratase del moribundo que durante los últimos instantes de su vida evoca los momentos transcendentales de su pasado, una serie de recuerdos se agolparon en mi mente, retrocediendo muchos años.






Ingresé en los Maristas a mediados de los cincuenta, pocos días antes de cumplir los seis años de edad. Está perfectamente fijado en mi memoria el recuerdo de la escena en la que, de la mano de mi padre, atravesé por primera vez la entrada del portalón de hierro que daba al patio central, situado en la calle Betanzos, frente a la casa natal de Fernando Rey -quien por aquel entonces todavía era el galán por excelencia de las películas épicas sobre las grandes gestas del imperio español, que tanto gustaban a los gobernantes de aquellos tiempos-, y tras un breve paso por la administración del centro escolar, alguien me acompañó al último piso, junto a la terraza, donde estaba la clase de infantil, cuyo titular, el hermano Félix, me recibió en la puerta del aula para darme las primeras instrucciones -sobre todo estar callado-, tras lo que me mandó sentar en la primera fila, casi junto a la puerta. Me adapté con facilidad a la situación, que en realidad para mi no era nueva, al haber hecho previamente mis primeros pinitos en el Colegio Dequidt, aunque la estancia en dicho centro había sido muy corta. Pronto supe leer y escribir correctamente –en este sentido debo decir que cuando esto sucedió me apresuré a acudir a la biblioteca infantil que existía en los bajos del edificio Atalaya, en el jardín del Relleno, de donde el responsable, un señor mayor a quien teníamos por mote “Gepeto”, me había echado poco tiempo antes al detectar que yo solo le pedía los libros de cuentos para ver los dibujos que en ellos había-. Poco más puedo rescatar de mi memoria con respecto a ese curso de iniciación, salvo que hacia finales del mismo, en Mayo, nació mi único hermano. Aprobé con buena nota –igual que todos los demás-, y tras el verano comencé en primer grado, con el hermano Fabián, un religioso ya veterano. En ese curso recuerdo como compañero de pupitre a Miguel Camarero –excelente pintor en la actualidad, amén de práctico del puerto de Tarragona-. Durante ese curso hice la primera comunión, un 19 de Mayo.

También tengo otros recuerdos muy frescos de la época, como el rodaje de la película Camarote de Lujo, que se efectuó íntegramente en La Coruña, con varias escenas filmadas en la plaza de Santa Catalina, de las que fui testigo directo, y el secuestro de Pepito Mendoza en los jardines de Méndez Núñez, suceso que conmocionó y mantuvo en vilo a toda la ciudad hasta que se produjo un feliz desenlace con la recuperación del niño sano y salvo. Este suceso me afectó en cierto modo directamente, ya que uno de sus hermanos era compañero mío de clase, y por otra parte, en los primeros instantes de confusión, fui testigo directo del achique, por parte del cuerpo de bomberos, del agua del estanque de los peces del Relleno, ante la posibilidad de que se hubiera caído allí. Aun recuerdo como en plena actuación de los esforzados bomberos, un vecino mío dos o tres años mayor, Antonio Bouzas, que estaba presenciando aquello junto conmigo, Suso Recalde y Quintanilla, decía, lleno de razón: -como cayera ahí el chavalín no aguantaba sin respirar más de un cuarto de hora-.

Pasé a segundo grado con el hermano Domingo, que al siguiente curso ascendió y también fue titular nuestro en tercero. En este último curso, coincidí con José Antonio Souto Bermúdez, de las viviendas de la Sagrada Familia. En una ocasión, el hermano Domingo nos castigó a los dos a quedarnos después de clase. A mí, entre que tenía ganas de orinar y también de juerga, mientras el religioso se encontraba ausente no se me ocurrió otra cosa que hacerlo en un tintero y en la papelera. Fui muy confiado, porque nada más regresar el hermano Domingo al aula, a Souto no se le ocurrió otra cosa que contárselo: ¡Menos mal que los Maristas era el único colegio de La Coruña donde no pegaban! porque la ensalada de mamporros que me cayó aquel día fue de las que entran en los anales de la historia. Aun así, el hermano Domingo me dio una alegría, porque cuando acabó conmigo empezó con Souto, a quien no le cayeron menos que a mí. Éste gemía: -¿pero hermano, porque me pega, si yo no hice nada?- -¡por chivato!- decía el cura.

Pese a aquel incidente, guardo un grato recuerdo del hermano Domingo, cuya paciencia, aunque pudiera no parecerlo, era grande.



De ahí accedí a Ingreso, donde me tocó el hermano Gonzalo. Entre mis compañeros estaba un tal Casariego, un interno al que por poco liquido en una de aquellas tardes de paseo en Los Puentes de Santa Margarita, cuando se me ocurrió dejar caer una gran piedra por el terraplén que había entre los dos campos de fútbol, circunstancia que a punto estuvo de costarme un castigo ejemplar, del que me salvé por muy poco.

Llevé el curso bastante bien, y recuerdo que en los exámenes de finales del primer trimestre, tomé la decisión de sacar nota, y conseguí una matrícula de honor, con la mala suerte de que, también por única vez, mi padre se despistó en el pago de la mensualidad del colegio, y como consecuencia de ello, se me retuvieron las notas y para mi decepción no me las dieron delante de mis compañeros. Aunque no guardo mal recuerdo del hermano Gonzalo, aquello me pareció una humillación innecesaria, y una falta de sensibilidad impropia de un educador.



LA ODISEA - PRIMER DÍA

Decidimos establecer unas normas, así como pautas de comportamiento para que nadie se desmadrase durante el viaje, porque nos conocíamos todos. La duración sería, dia arriba dia abajo, de una semana. Iríamos en un solo coche, que sería el de Suso, el más grande y cómodo para un viaje largo, y cada día conduciría uno de nosotros, que sería el que se sacrificase sin probar gota de alcohol, dado el riesgo que entrañaban los controles de alcoholemia, cada vez más numerosos y sorpresivos. Sorteamos el orden de conducción, y me tocó a mí de primero. En cuanto a los gastos, serían conjuntos, y cada día, el que le tocaba conducir recibía de los restantes una cantidad que establecimos en 100 euros y con ella pagaría el consumo comunitario. Si nos excedíamos, cosa más que probable, se solucionaba aportando más dinero al fondo y en caso de que sobrase se acumulaba a lo del día siguiente. En cuanto al itinerario, no estaba definido, a excepción del correspondiente a la primera jornada, que ya habíamos preestablecido con anterioridad. Cada día, el conductor decidiría tanto la dirección a seguir como las paradas intermedias, aunque lo que afecta a la intendencia, es decir elección de restaurantes y mesones, pasaba a mi competencia exclusiva, por considerarme todos buen conocedor de cualquier ruta y fiarse de mí, gastronómicamente hablando. Bueno, al menos eso era la teoría; luego en la práctica ya veríamos.

Finalmente, nos quedó claro que nuestro objetivo era básicamente festivo y sibarítico y se centraba en pasarlo bien, olvidándonos de los problemas cotidianos de cada uno. Eso significaba también que aun a sabiendas de que era previsible que nuestro periplo transcurriese por zonas en las que habría muchas cosas de interés cultural, éstas pasaban a un plano secundario, salvo en el poco probable caso de que todos estuviésemos de acuerdo en perder el tiempo viendo piedras.

La mañana de nuestra partida llovía mansamente sobre la ciudad, aunque la temperatura distaba de ser invernal. Suso me recogió a las 8,45 en la puerta de mi casa, en la calle de la Torre, y tras cargar mi bolsa en el maletero, me puse al volante, tal y como habíamos acordado previamente. Poco después, sin salir del barrio, recogíamos a Eduardo en la vecina calle de Adelaida Muro, desplazándonos a continuación hasta el barrio de Santa Margarita, donde nos esperaba Lelo. Bueno, pues ya estábamos todos.

Descendimos por la Ronda de Outeiro para incorporarnos a Alfonso Molina. Paramos a repostar en la gasolinera de Elviña, y a las nueve y cuarto estábamos, por fin, en camino.

La primera etapa fue corta, pues un cuarto de hora después hacíamos la parada inicial en Guísamo, en un bar sin nombre, donde todos tomamos algo relacionado con el café, aunque en distintas versiones; yo, que conducía, uno con leche, y los restantes, para ir entrando en materia, tres lingotazos de licor café.

Seguimos ruta hasta la vecina Betanzos, donde yo seguí con el café y ellos, para variar, le metieron mano a una botella de aguardiente de guindas que vieron en el expositor del bar; estaba sin empezar, pero quedó temblando. Al salir de allí eran las diez y media de la mañana, hora en la que comencé a pensar que toda la responsabilidad que habíamos acumulado durante los últimos cuarenta años había empezado a volatilizarse.

Ni cinco minutos tardamos en hacer un nuevo alto, esta vez en La Casilla. Yo ya estaba harto de café, así que pedí un agua mineral. Ellos no estaban hartos de aguardiente, aunque esta vez se les antojó otra variante: Yerbas. Fui consciente de que a este ritmo iban a llegar a Friol más ciegos que José Feliciano. Cuando salimos de allí la conversación en el interior del coche sufrió un giro radical. Lo que inicialmente había sido un coloquio normal, hablando de nuestros planes para el viaje y otras cosas más o menos transcendentes, se había convertido como por ensalmo en una sucesión de chorradas por parte de mis compañeros de fatigas. Estuve tentado a darme la vuelta, y mejor hubiera hecho, porque lo peor estaba por llegar.

Al culminar la Cuesta de la Sal, nos topamos con una patrulla de la guardia civil, supongo que practicando un control del cinturón de seguridad. No había peligro, porque todos lo llevábamos puesto. No obstante, por si las moscas reduje la velocidad según nos acercábamos a la pareja, que estaba en pie junto a su vehículo. Nunca lo hubiera hecho. Por el retrovisor observé que Lelo, que viajaba en la parte de atrás en el asiento de la derecha, bajaba la ventanilla. Iba a decirle que no les echara el aliento a los guardias porque nos llevaban presos, cuando, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, justo en el momento de pasar delante de la pareja soltó a voz en grito:

-¡Hijos de la gran puta!-

Empecé a sudar tinta viendo como los dos agentes se metían rápidamente en su coche para iniciar nuestra persecución, mientras mi pie derecho empezaba a pesarme como una losa, con lo que la velocidad del coche pasó de sesenta a ciento cincuenta en escasísimos segundos.

-Joder, joder, joder, joder….en menudo lío nos acaba de meter este cabrón. La tenemos clara. El viaje nos lo vamos a pasar en el trullo. Quien coño me mandaría a mí meterme en este fregado, con lo tranquilo que estaba en casa- pensaba para mí, mientras los restantes no abrían la boca.

Quiso la Providencia que al salir de una curva apareciese la entrada de una estrecha pista forestal que me pareció salvadora. Antes de llegar a ella pegué un frenazo que produjo un gran chirrido de neumáticos y me interné en medio de la espesura, hasta llegar a una zona en la que no se divisaba la carretera y por tanto desde la carretera no nos podían divisar a nosotros. No pasaron ni diez segundos cuando vislumbramos entre los árboles los destellos del coche patrulla que iba en nuestra persecución a toda leche.

Entonces nos consideramos momentáneamente a salvo; no recuerdo con exactitud las palabras que tanto yo como los otros dos le dirigimos al culpable de nuestra inquietud, pero debieron ser tan contundentes que los efluvios del alcohol que habían provocado el incidente desaparecieron por completo. O al menos eso nos pareció.

Cuando conseguimos tranquilizarnos, pasamos a sopesar nuestra situación. No podíamos regresar a la carretera, porque lo normal era que los guardias civiles ya se hubiesen percatado de que nos habíamos ocultado y era fácil que nos esperasen más adelante o incluso que pidieran refuerzos por radio para localizarnos. No teníamos la seguridad de que hubiesen tenido tiempo de memorizar la matrícula del coche, pero en cuanto a modelo, marca y color, no había duda alguna. Decidimos pues continuar por la pista a la aventura. El estado del firme, de tierra, no era demasiado tranquilizador, pero lo peor era no saber hacia donde nos dirigíamos y, en consecuencia, si aquello tenía alguna salida.

Eran las doce menos cuarto. Aun no llevábamos tres horas de viaje y no habíamos recorrido ni cincuenta kilómetros y ya nos habíamos metido en problemas con los que ni soñábamos. Yo me consolaba pensando que no era mejor que ellos, y que si no me tocase conducir estaría en unas condiciones semejantes, diciendo chorradas parecidas y cometiendo las mismas estupideces, y que ya llegaría mi momento; porque era evidente que habíamos madurado en falso. Yo me incluía en el lote, porque aun cuando en ese momento mi sentido común estaba por encima del resto, era plenamente consciente que ello se debía con exclusividad a las circunstancias.

La pista era cada vez más estrecha, hasta el punto de que si hubiese intentado dar la vuelta no habría tenido espacio para maniobrar. No quería ni imaginarme lo que hubiese sucedido si nos apareciera de frente, por ejemplo, un tractor. Finalmente, tuvimos la suerte de llegar indemnes a un cruce con una pista asfaltada de mayor anchura, y respiramos aliviados. Aquello tenía que ir a dar forzosamente a algún sitio civilizado.

Efectivamente, a un par de kilómetros desembocamos en una carretera secundaria. No había ninguna señal, y estábamos completamente desorientados, pero había que decidir si tomábamos hacia la izquierda o la derecha, y tras discutirlo lo hicimos por la primera opción. El riesgo se concretaba en regresar a la carretera general y caer en las garras de la benemérita. Pero hubo suerte, porque poco después nos encontramos con un paisano que caminaba por la carretera; paramos a preguntarle en que dirección íbamos y nos indicó que unos cuatro kilómetros más adelante llegaríamos a Teixeiro, que paradójicamente sería el sitio en cuya prisión provincial hubiésemos terminado invitados por el Estado si nos localizase la guardia civil. Eso en el caso de salir vivos.

Arrancamos de nuevo, y aun no habíamos avanzado doscientos metros cuando Lelo dijo: -tengo que mear-

-Siempre tan oportuno- mascullé mientras arrimaba el coche a lo que hubiese sido el arcén si la carretera estuviera pintada.

Bajó del coche y se separó unos metros para aliviarse.

-¿nadie más quiere mear?- pregunté a los otros dos mirándoles. Ambos dijeron que esperarían a llegar a Teixeiro y lo harían en algún bar.

Cuando volví la cabeza hacia donde estaba Lelo, comprobé sorprendido que había desaparecido de nuestro campo de visión. El comentario, evidentemente poco favorable, que iba a soltar se vio interrumpido por unos lastimeros lamentos procedentes de la zona en que acababa de desaparecer.

Los tres salimos del coche, profundamente alarmados, y nos dirigimos hacia allí. Llegamos al borde de un terraplén casi vertical de unos tres metros de profundidad; distinguimos unas huellas que evidenciaban el patinazo que había sufrido nuestro amigo. Había sido tan idiota que, sin necesidad alguna, se había arrimado al borde del desnivel; en el fondo había una espesa y espinosa silveira, de cuyo interior salió una quejumbrosa voz bien conocida por nosotros.

-¡Sacarme de aquí!-

Joder, había caído por el terraplén. Sin pararnos a pensar en la increíble facilidad que tenía aquel hombre para meterse en cualquier tipo de problemas, buscamos la forma de socorrerlo lo más rápidamente posible.

A escasa distancia de donde estábamos la altura del desnivel iba menguando hasta casi desaparecer. Descendimos dando un rodeo por allí hasta llegar a donde estaba atrapado.

-¿que tal estás?- preguntó Eduardo dirigiéndose a la zona de donde salían los quejidos.

Del interior del tupido arbusto salió una voz lúgubre:

-Tengo pinchos hasta debajo de los gallumbos-

-¿No puedes salir?- dije yo

-No, que si pudiera iba a estar aquí metido. Cada vez que intento moverme, las espinas es como si me persiguieran-

-tranquilízate, porque vamos a sacarte de ahí para que puedas jodernos de nuevo-

Pero lo cierto es que no teníamos ni puta idea de como liberarlo. Menos mal que a Suso se le ocurrió una idea que se me antojó genial. Sacó un mechero del bolsillo y lo encendió.

-Voy a prenderle fuego a la silveira y así ya ves por donde puedes salir-

Santo remedio. La frase y el clic del encendedor tuvieron el efecto inmediato de una catapulta que impulsó a Lelo para que, en dos saltos que hubiera firmado el mismísimo Dick Fosbury , saliese como una flecha del zarzal. Eso sí, tan arañado y magullado en las partes visibles de su cuerpo que parecía un Ecce Homo.

Aunque su aspecto era lamentable, no sufría heridas ni golpes de consideración. En el coche había un pequeño botiquín que sirvió para hacerle una cura de urgencia. Un poco de agua oxigenada, algodón y tiritas obraron el milagro.

En cuanto terminamos, arrancamos de allí. Yo de vez en cuando miraba por el retrovisor, y al verle tan mustio y con aquella pinta lastimera, no podía evitar soltar una carcajada que era inmediatamente coreada de forma estruendosa por los otros dos. Éramos un poco crueles, pero nadie puede decir que no se lo tuviera bien merecido.

En pocos minutos llegamos a Teixeiro. Paramos delante de Casa Miraz, un prestigioso establecimiento de la localidad, donde se produjo el primer milagro del día. Suso y Eduardo abandonaron el aguardiente para dar paso a la cerveza, pero Lelo pidió un agua mineral. Se le habían quitado, aunque solo fuese circunstancialmente, las ganas de fiesta. Aprovechamos la parada para ir al lavabo, unos para aliviar nuestras necesidades y el otro para asearse y recomponerse un poco. Cuando abandonamos Teixeiro pasaba de la una y media.

Aunque la ruta más idónea para llegar a Friol, siguiente punto de destino de nuestro itinerario, era retornando a la carretera nacional, necesitábamos -por motivos que no necesito explicar dada su obviedad- encontrar una alternativa. Tras analizar un mapa de carreteras que había en el coche, decidimos dar un pequeño rodeo, dirigiéndonos a Sobrado de los Monjes para allí tomar la carretera que une esta localidad con Friol.

Así lo hicimos, y pese a no realizar parada intermedia alguna, tardamos cerca de una hora en cubrir esa distancia, pues el estado del firme era bastante deficiente y la carretera estrecha y con pronunciadas curvas. Eran las dos y media de la tarde cuando aparcábamos delante de la taberna que Lelo había elegido para la primera comida del viaje. Hice un cálculo del tiempo que nos llevó recorrer los escasos ochenta kilómetros que nos separaban de La Coruña, y tuve que llevarme las manos a la cabeza al comprobar que nos habría dado tiempo de llegar a Madrid.

-Ya veréis vaya callos. No los probasteis como estos en la puta vida-

Cuanta razón tenía. Ni los habíamos probado ni íbamos a hacerlo por el momento, porque allí, lo que es haber, no había callos ni nada que se le pareciese remotamente. Según nos indicó la señora que atendía la taberna, los callos solo los preparaban los días de la feria, y eso era una vez al mes, y lo único que podía ofrecernos era un poco de caldo gallego y unos huevos fritos con patatas y un chorizo, lo que aceptamos sin dudar y apresuradamente, temerosos de que a Lelo se le ocurriera alguna nueva idea brillante que tuviese como resultado quedarnos definitivamente en ayunas.

-Señora, y por favor, las patatas fritas como si fuera “pa” una fiesta- dijo Eduardo.

La señora cumplió. La ración de patatas era más que abundante, pero cuando llegó, el primero en acceder a la fuente fue el propio Eduardo, que asiendo el tenedor para empujar, llenó su plato hasta límites insospechados. Ante eso, no pude evitar decir:

-Eduardo, por favor, no te vayas sin probar las patatas-

No nos arrepentimos de haber aceptado el ofrecimiento de la tabernera, incluso diría que fue la primera decisión correcta que tomamos ese día, porque el caldo estaba exquisito y la calidad de los productos que componían el segundo plato era excelente, lo que unido al acompañamiento de un agradable vino del país, del que, dada mi provisional condición de conductor tuve que conformarme con un solitario vaso, nos produjo una sensación similar a la del banquete más opíparo. Por si eso fuera poco, nos cobró 16 euros por la comida de los cuatro, aunque le pagué con un billete de veinte y le dije que se quedara con el cambio. Hice un cálculo mental de lo que habíamos gastado del presupuesto del día; incluyendo los cincuenta euros de gasoil, los gastos no alcanzaban los 90 euros, con lo que, consumida la mitad del día, todavía disponíamos de un remanente de 310 euros. Claro que la parte más peligrosa de la jornada estaba por llegar.

Arrancamos hacia Lugo sobre las cuatro y media de la tarde, y en media hora estábamos ante la muralla de la ciudad. Entramos en ella y nos dirigimos al hotel Méndez Núñez, en la calle de la Reina, en pleno centro. Yo ya me había hospedado allí durante mis viajes de trabajo. Se trata del establecimiento hotelero más antiguo de la ciudad, y aunque sus instalaciones son bastante obsoletas, es económico y la atención es buena. Nos atendió un recepcionista que a juzgar por la edad que representaba debió de inaugurar el hotel, y que gozaba de un sorprendente parecido físico con Alfred Hitchcock. Pedimos dos habitaciones dobles para evitar gastos adicionales innecesarios, pero el recepcionista nos ofreció una de cuatro camas que nos saldría más barata, cosa que a todos nos pareció bien. Como era temporada baja, 80 euros bastaron para pagar el alojamiento por esa noche.

Estábamos fatigados, pese a los pocos kilómetros recorridos, porque los avatares acaecidos nos habían hecho mella, así que acordamos echar una siesta de un par de horas.

A las ocho bajamos a recepción frescos como lechugas. Tras llamar por teléfono a nuestras respectivas casas para confirmar que habíamos sobrevivido a la jornada, nos dirigimos a la calle de la Cruz, muy próxima al hotel, y deambulamos por los bares de la zona: Verruga, Mesón de Alberto, Anda, Cinco Vigas, La Coruñesa, Campos, etc, y finalizamos nuestro periplo tasquero cenando en el Cotá, sito en una callejuela próxima, donde degustamos una sabrosa empanada de xoubas y una no menos suculenta carne asada.

Eran las once y media de la noche. Al menos aquella parte de la jornada había sido tranquila. Y económica, porque deduciendo los 80 euros del hotel y los menos de 60 que había pagado por los vinos y la cena, todavía nos quedaba un “saldo” de 170 “pavos”. Ese fue quizás mi mayor error: hacer las cuentas en voz alta, porque a partir de ese momento nos animamos todos y a nadie se le ocurrió la sensata idea de regresar al hotel. Estaba claro que entre nuestras virtudes, si es que nos adornaba alguna, no figuraba la prudencia.

Decidimos, pues, tomarnos un par de copas antes de irnos a la cama. Dimos unas vueltas por las calles aledañas tratando de encontrar un sitio que nos pareciese adecuado, y hete aquí que fuimos a parar a la calle del Miño. Esa calle, por si alguien no lo sabe, es el antiguo barrio de putas de la ciudad. La zona ya no era lo que fue, pues estaba en plena fase de rehabilitación y los locales de alterne habían cerrado sus puertas hacía años, pero todavía quedaba un último reducto de tiempos pasados: el Asturias, anunciado con un farolillo rojo sobre el dintel de la puerta. No supimos resistirnos a su oscuro encanto y entramos. Aquello era un antro de la peor especie, solo superado por la catadura de la calaña masculina y femenina que nos topamos en su interior.

Pero nosotros nos encontrábamos en nuestra salsa. Ni nos paramos a pensar en que los clientes y el camarero tenían un aspecto de presidiarios que tiraba para atrás, y que las “chicas” –pese a la oscuridad y el maquillaje se podía advertir que ninguna bajaba de los cincuenta tacos- tenían pinta de meterte cualquier enfermedad de transmisión sexual solo con mirarte. Lelo y Suso pidieron whisky, Eduardo un gin tonic y yo una caña de cerveza –me apetecía un cubata pero algo me hizo recular en el último instante-.

Hasta la cerveza era de garrafón. No sé si fue algo psicológico, pero me empezó a doler la cabeza nada más probar el primer trago. Pronto comenzaron a revolotear las chicas a nuestro alrededor, comenzando con un -¿me das fuego?- y continuando con –invítame a una copa-. Bueno, el fuego al menos lo consiguieron.

El hecho de que no entrásemos al trapo no se lo tomaron demasiado bien, cosa que no nos hubiera importado en absoluto, pero el resto de personal allí presente se solidarizó con ellas, supongo que de forma interesada, y empezaron a surgir comentarios en voz alta que aparte de cuestionar nuestra hombría, enfatizaban sobre la posibilidad de que llevásemos una paliza. Eran algo más numerosos que nosotros y además estaban en su ambiente, lo que no hubiese impedido que nos enfrentásemos si eso hubiera ocurrido unos cuantos años antes, pero ya no estábamos en edad de peleas callejeras, así que pagué nuestras consumiciones y nos dirigimos a la puerta. Demasiado tarde, porque ya había dos maromos cerrándonos el paso hacia la salida.

-¿A dónde creéis que vais?- dijo uno de ellos
-¿A ti que te parece?- repuse yo, a la gallega
-Ofendisteis a las señoritas. Como no les paguéis una ronda no salís vivos de aquí-
-Saca la pistola, Lelo- dijo Suso. Era un truco que en alguna ocasión, en los viejos tiempos, había dado resultado. Lelo metió la mano rápidamente en la cazadora y la mantuvo allí; los dos matones, cuando menos desconcertados, se hicieron instintivamente a un lado, dejándonos salir, lo que hicimos de inmediato y con celeridad, mientras tratábamos de disimular un suspiro de alivio.

El susto recibido no nos cortó las ganas de continuar alternando, aunque decidimos cambiar de contexto, y terminamos en un pub de la parte nueva de la ciudad, con un ambiente más relajado y menos patibulario. Allí nos dieron las dos y media de la mañana, hora en que determinamos regresar al hotel.
























En los Maristas estudiaban los hijos de las familias más ilustres de La Coruña, gente situada en un status social y económico muy elevado, circunstancia que no concurría en mi persona, puesto que mis padres eran unos simples trabajadores que regentaban un pequeño bar, eso sí, muy popular, en pleno centro de la ciudad, en la calle de la Estrella. Por lo tanto, mis compañeros de estudios en general pertenecían a lo más granado de la sociedad coruñesa. Ello contrastaba considerablemente con las amistades que mantenía fuera del colegio, pues al residir en la avenida de Finisterre, mi lugar de diversión era la zona de los Puentes de Santa Margarita, cuyo vecindario estaba constituido casi exclusivamente por familias extremadamente humildes, que residían en pequeñas viviendas carentes de algunas de las comodidades más elementales o en alguno de los corralones tan en boga en la ciudad por aquellos años. Por lo tanto, era muy habitual que, menos de una hora después de salir de clase, me encontrase junto con mis amigos de Santa Margarita asaltando los frutales de algún chalet de Ciudad Jardín, en ocasiones pertenecientes a la familia de alguno de mis compañeros de estudios. En este sentido debo decir que mi abuela regentaba un puesto de fruta en el mercado de la plaza de Lugo, a menos de cincuenta metros de la puerta del colegio, y no tendría inconveniente alguno para atiborrarme de fruta, que en realidad no me gustaba, pero el morbo de comerme aquellos japoneses, tan verdes y duros que los tirabas de un segundo piso y no rompían, no podía compararse con ninguna otra cosa.


Como tanto mis padres como mi abuela, debido a sus respectivas ocupaciones, no podían atendernos adecuadamente a mi hermano y a mí, habían buscado a una persona que nos cuidase, más por mi hermano, seis años menor que yo, que por mí. Esa persona resultó ser Elena.

Elena era natural del barrio de Monelos, donde todavía vivía su anciana madre –a su padre, perteneciente al movimiento obrero, lo habían “paseado” los falangistas durante la posguerra-, aunque llevaba años residiendo a poca distancia de mi domicilio, en una pequeña casita junto a la fuente de Santa Margarita. Tenía unos 45 años y era soltera.

Era poseedora de una mala leche difícil de igualar, pero también la mejor persona con la que me he encontrado en mi vida. Era muy frecuente que me diera alguna tunda –muchas menos de las que merecía-, siempre en los muslos, porque decía que ahí no hacía daño pero dolía –puedo dar fe de que esto último es rigurosamente cierto, así como de los desesperados e inútiles intentos por zafarme de ella, que tenía la fuerza de una mula, además de ser muy ágil-, para poco después, en cuanto cobraba el sueldo semanal que le pagaba mi madre y sin que ésta lo supiera, meternos Elena, mi hermano y yo en la confitería Carmiña, en la calle Alfredo Vicenti, para gastarse casi íntegramente la paga en atiborrarnos los tres de pasteles. Con lo poco que le quedaba, nada más salir de allí pasaba por la librería Santa Margarita y dejaba pagadas anticipadamente las siete series de tebeos que yo coleccionaba. Así era Elena Serrano.

El último domingo de agosto de 1960 se celebraba, tal y como viene siendo costumbre desde tiempos inmemoriales, la romería del monte de Santa Margarita. El hábito de la práctica totalidad de los vecinos del barrio y muchos de otras zonas de la ciudad era acudir ese día en familia al pinar que circunda el Palacete, muy de mañana para tratar de conseguir un sitio a la sombra de los árboles y extender sobre el suelo un mantel que además de hacer las veces de título de propiedad provisional de aquella parcela, cumplía la función para el que había sido fabricado, es decir, hacer de soporte para las fiambreras que contenían la tortilla, bistés empanados o pimientos de Padrón, o bien el jamón asado y la indiscutible reina de la fiesta, la empanada.

El viernes anterior, cuando llegué a casa, Elena estaba en la cocina acompañada de mi hermano, canturreando como en ella era habitual algo de Sara Montiel mientras desplumaba unos pichones que había comprado en la plaza de Lugo.

-Ya verás menuda empanada de pichones que voy a preparar para llevar el domingo a la romería- me dijo –te vas a chupar los dedos-

No dije nada pero por mi expresión indolente debió percatarse de que maldita la ilusión que me hacía probar aquella presunta exquisitez, así que insistió:

-tú no sabes lo que es eso. Es una comida digna del Sha de Persia- Elena siempre recurría a la figura del Sha de Persia o de Onassis para argumentar algo exagerado, lo que ocurría con harta frecuencia.

Después de desplumados y limpios, cocinó los pichones, dejando para el día siguiente, sábado, la preparación del mejunje de la empanada, que le llevó no menos de tres horas a fuego lento, antes de meterlo en una pota y llevarlo a la panadería de la vecina calle Historiador Vedía, que gozaba de una bien merecida fama de elaborar la mejor masa de empanadas de La Coruña.

El domingo, mientras Elena hacía las faenas de casa, una vecina suya que solía acompañarnos frecuentemente, Carmen la Morena, junto con tres de sus hijas, las dos gemelas y Viqui, se fueron temprano al monte para coger sitio. A eso de las dos de la tarde, acudimos a la panadería, que nos quedaba de camino a la romería. Ya estaban a punto de cerrar, y la única empanada que quedaba por recoger era la nuestra. Bueno, lo de la nuestra es un decir, porque la empanada que nos dieron tenía un agujero en el centro por donde asomaba algo plateado que brillaba sospechosamente, y que poco tenía que ver con el color de la carne de los pichones.

Elena, profundamente alarmada, acercó la nariz a la empanada y aspiró profundamente:

-¡Ay, la madre que me parió! pero si esta empanada es de sardinas- clamó indignada

Pues sí. Alguien más madrugador y también más espabilado se había llevado la amorosamente preparada empanada de pichones en lugar de la más humilde de sardinas que le correspondía.

Si un terremoto se hubiese producido en ese momento en el interior de la panadería no sería más destructivo que el genio endemoniado que en ese momento poseyó a Elena. ¡Lo que tuvieron que oír las empleadas de la tahona! Sus muertos tardarían en volver a descansar en paz. Elena, presa de la indignación, quería dejar la empanada allí, pero finalmente recapacitó, pensando que si lo hacía íbamos a pasar sin comer, y se la llevó, aunque, cabezona como ella sola, prefirió pasar hambre y se abstuvo de probarla. Mientras los demás la comíamos, no paraba de mirar hacia todos lados intentando investigar lo que comían los restantes romeros, mientras decía:

-E o que mais nerviosa me pon é que algún fillo de puta está por aquí cerca comendo a miña empanada de pichons-

A mí me gustaba el riesgo, y por eso no me privé de decir que no sabía como estaría la empanada de pichones, pero que la de sardinas estaba riquísima.


Durante los veranos de mi infancia, a mediados de junio Elena, mi hermano y yo nos trasladábamos a casa de unos tíos míos, en el Lugar de Leira, un núcleo de solo cuatro casas ubicado en un pequeño valle distante una media hora a pie de Cayón, mi villa natal, coincidiendo con la proximidad de las fiestas patronales, las de San Juan, y permanecíamos allí dos o tres semanas, disfrutando de la playa, a escasa distancia de allí, y de la tranquilidad del entorno, aunque yo eso en aquellos momentos no sabía valorarlo. Lo que sí me gustaba es que coincidía con tres de mis primos, todos de la misma edad que yo y que casualmente nos llamábamos todos de la misma forma, algo curioso pero nada extraño, toda vez que nuestro común abuelo también se llamaba así. Uno vivía en Rebordelos (Baldayo), otro en Campo da Costa, cerca de Cayón, y el tercero en Malpica, donde su padre, mi tío, era guarda muelles. No sé cual de los cuatro sería el peor, pero bueno, lo que se dice bueno, no éramos ninguno.

Nuestros tíos, los dueños de la casa, y nuestros primos mayores nos tenían pavor, porque sabían que mientras permaneciésemos allí no pasaría día en el que no hiciésemos algo inconveniente o incluso peligroso, aunque trataban de disimularlo. Elena también intentaba colaborar con ellos en nuestro control, pero cuatro éramos muchos, incluso para ella.

El caserío, ubicado en una finca cerrada por una alta muralla de piedra, estaba compuesto por el edificio principal, que daba a una extensa era que lo separaba de las cuadras y alpendres. También había una capilla familiar, cuya entrada daba al exterior de la finca, y que estaba adosada por un lateral a la huerta del caserío que se elevaba a un nivel superior, de tal modo que el tejado del recinto religioso estaba prácticamente a ras de suelo por la parte de la huerta. Ello facilitaba nuestro acceso, por encima de las tejas, al pequeño campanario que coronaba el tejado de la capilla.

La única ceremonia religiosa que se celebraba en aquel pequeño templo a lo largo de todo el año era la misa del dia de San Juan, a las 12 en punto, oficiada por el párroco de Baldayo, amigo personal del dueño de la casa e invitado más ilustre de la fiesta.

Pese al reducido tamaño de la capilla, eran muy numerosas las devotas que allí acudían el día del patrón, procedentes de Cayón y de los pequeños núcleos de población del vecino valle de Baldayo, que hacían el camino a pie.

Mis primos y yo, que dormíamos en la misma habitación, nos levantábamos muy temprano, y tras apurar el tazón de leche recién ordeñada que nuestro primo Miguel nos subía desde la cuadra, todavía caliente, salíamos a hacer de las nuestras. Faltaban todavía más de dos horas para que la misa diese comienzo, cuando encaramados al campanario y tras dejar como huellas del delito unas cuantas tejas rotas, nos afanábamos en tocar la campana desesperadamente. No transcurría demasiado tiempo hasta que divisábamos a lo lejos un grupo de enlutadas mujeres mayores que con una agilidad impropia de su edad, aceleraban el paso camino de la capilla, casi corriendo, para llegar exhaustas al poco rato e informarse de que, contrariamente a lo que habían interpretado al oir el tañido de la campana, la misa no se había adelantado, sino que habían sido los “rapaces” que, como “no tiñan nada que facer”, se entretenían tocando la campana. Pero las viejas no salían de todo perjudicadas, porque mi tía trataba de compensarlas y distraer su tiempo de espera ofreciéndoles un excelente desayuno.

Mi primo el de Malpica, quizás el más atravesado de los cuatro, posiblemente por tratarse del mayor aunque fuese solo por unos cuantos meses, sentía una aversión especial por el perro de la casa, un palleiro de color negro y gran tamaño, con un aspecto en general poco tranquilizador, que gruñía amenazadoramente a nuestro paso, detalle que da buena muestra de la agudeza y el instinto del animal, y pronto pasó a corresponderle con “perrerías”, tales como tirarle piedras cuando los mayores no lo veían, aprovechando que estaba sujeto con una cadena de hierro y no podía alcanzarle, o bien acercarse hasta el límite de seguridad que marcaba la extensión de la cadena, y largarle alguna patada.

Pero el malpicán tentó tanto a la suerte que ésta finalmente terminó por fallarle. Fue como lo del cántaro y la fuente Ocurrió un día en que se ensañó especialmente con el animal, tanto que éste comenzó a tirar tan fuerte de la cadena, que finalmente consiguió arrancarla de la pared, liberándose y saliendo como una exhalación a por su objetivo. Éste reaccionó rápido. Vio que su salvación estaba en la puerta de la casa, de doble hoja y con la parte superior abierta. En dos o tres zancadas la alcanzó y consiguió dar un prodigioso salto, subiéndose al borde de la hoja inferior de la puerta; cuando estaba pensando que dejándose caer en el interior ya se encontraría a salvo, notó como los dientes del can, como afilados cuchillos, se hincaban en una de sus nalgas. Ese verano al menos, no volvió a molestar al animal.

Lo mío también iba de animales, pero en este caso la tenía tomada con las abejas que ocupaban las colmenas que había en uno de los extremos de la huerta. No había día en que no tratase de acceder al panal y hacerme con un trozo de cera repleto de sabrosa miel, pero finalmente nunca lo conseguía por miedo a las posibles picaduras. Cansado de tanto fracaso continuado, un día, en mi desesperación, me saqué la chaqueta de punto que llevaba puesta y la arrojé sobre una de las colmenas, con la quimérica idea de poder acceder al ansiado trozo de cera. Todavía recuerdo la cara de desesperación de mis primos mayores intentando recuperar la chaqueta sin sufrir picaduras.

Las comidas de la fiesta de Leira eran realmente pantagruélicas. En el amplísimo comedor del primer piso de la casa de mis tíos nos reuníamos sobre las dos de la tarde no menos de cuarenta comensales y a continuación comenzaban a desfilar los criados de la casa, que nos traían pulpo, sopa, ensaladilla, callos, estofado, carne asada, pollo y cocido con todos sus ingredientes –todo eso como mínimo-, para finalizar el banquete con pan de huevo, bizcochón y queso con membrillo. Mis primos y yo nos escaqueábamos en cuanto podíamos, pero los mayores permanecían haciendo sobremesa durante toda la tarde, hasta empalmar con la cena. No entiendo como aquella gente se podía meter todo eso en el cuerpo. Si en la época existiesen las bolsas de plástico, creo que pensaría que se lo llevaban para su casa. Y aun así, tengo mis dudas.

En primero de bachillerato nos tocó como titular el hermano José, un cura joven, bastante buena persona. También comenzaron a darnos clases de asignaturas específicas profesores seglares. Recuerdo a D. Mariano García Patiño, un excéntrico pintor, que nos daba clases de dibujo, y con quien seguí manteniendo relación como alumno durante todo el bachillerato. También estaba Salustiano Alonso Picci, de infausto recuerdo, tanto en su faceta de profesor como en la de persona, aunque no quiero entrar en matices por tratarse de alguien ya fallecido.

A título anecdótico, diré que me presenté a un concurso de canción gallega que se celebró en el colegio –la verdad es que me presentaba a todo- y gané el tercer premio. Nunca lo entendí muy bien, porque mi autoestima en esta faceta es muy limitada.

En segundo de bachillerato irrumpió en nuestras vidas el hermano Benigno, por mal nombre Pulgarcito, dado el tamaño de su estatura, solo equiparable a su ínfima capacidad para la enseñanza. Moraleja: no aprendíamos nada, pero la clase era un auténtico espectáculo, porque como él mismo era consciente de sus limitaciones para hacerse entender verbalmente, lo quería compensar –sin conseguirlo- gesticulando teatralmente. Tenía además otra peculiaridad, y es que se ponía tan nervioso que ni se percataba de que la tiza con la que emborronaba el encerado con una letra difícilmente inteligible -en un vano intento de que le entendiésemos de una vez por todas- iba manchando paulatinamente su negra sotana, al punto de que cuando finalizaba la clase, el blanqueamiento de la prenda era tal que ya no sabíamos si estábamos en los Maristas o en los Dominicos . Y que decir de su cara: cada vez que terminaba una disertación, tenía una especie de tic consistente en aplicar su dedo índice a un párpado o a la frente, como diciendo: ¡Hay que tener mucha vista!. Con ello, su tez al acabar la faena estaba bastante más próxima a la de un escayolista que a lo que realmente era. Llegado a este punto, hoy en día todavía me pregunto: ¡¿y que coño era?! Menos mal que no nos daba clases de todas las asignaturas, porque de lo contrario hubiésemos acabado locos. Tuvimos la suerte de disfrutar de profesores de la categoría de D. Antonio Fernández Canosa, de matemáticas, a mi juicio el más competente de cuantos me encontré en toda mi etapa estudiantil. Solo tenía un defecto: en una hora de clase era capaz de fumarse tantos pitillos de picadura, que al término de la misma se había formado una niebla tan espesa que casi había que andar a las apalpadas.

Volviendo a Benigno, he de añadir que tenía además otra faceta no menos negativa que las ya comentadas, y era que las clases de la tarde, que en teoría terminaban a las seis y cuarto, se prolongaban impepinablemente hasta las siete, con lo que nos pasábamos los tres cuartos de hora últimos oyendo con envidia el bullicio de los restantes cursos jugando en el patio. Y lo peor no era eso, porque como se oyese el aleteo de una mosca en el aula, se levantaba y sacaba su famosa frase: ¿Quieren hasta las ocho? Pues muy bien ¡hasta las ocho!. Creo que en alguna ocasión, si pudiera, lo hubiera matado.

En esa época –doce años- comenzaba a despertar en nosotros cierto instinto hacia el sexo opuesto, y teníamos, a falta de una, tres musas: La hermana de Gonzalo Viana, Pili, una preciosa rubia de sedosos cabellos, cuya definición física podría concretarse como un híbrido entre la actriz Marisol y la princesa vikinga Sigrid, novia del capitán Trueno; la chica de la pastelería de enfrente, una morenita de muy buen ver y, sobre todo, la criada del tercer piso del edificio que había frente al colegio, en la calle Francisco Mariño. Era una chica bastante mayor que nosotros, como de 17 o 18 años, y aunque no estaba nada mal, nosotros la teníamos tan idealizada como si su físico fuese, por poner un ejemplo de la época, el de Claudia Cardinale. Aun me parece que la estoy viendo limpiando los cristales con aquel uniforme más blanco que la sotana del hermano Benigno.

En ese curso sucedió una de las anécdotas más hilarantes de toda la historia del colegio –no las conozco todas pero dudo mucho que haya alguna que la supere-: Los días que teníamos clase de gimnasia, debido a algún problema de espacio que no recuerdo con exactitud, se celebraban fuera del colegio, concretamente en el gimnasio Juan Canalejo, sito en unas naves de la calle Comandante Fontanes, muy cerca de la coraza del Orzán. El horario de dichas clases era de ocho a nueve menos cuarto de la mañana, y como la entrada en el colegio no era hasta las nueve y media, solíamos acercarnos hasta la playa, a ver el espectáculo de las Catalinas o a intentar coger lorchos en las pozas.

Un buen día en que Gonzalo Viana, Miguel Camarero y yo le acompañábamos, nuestro compañero Miguel Alvite Bruzos, al observar algo raro en una poza entre las rocas, metió valientemente la mano y de un golpe sacó a zona seca un pulpo de pequeño tamaño; nadie sabía muy bien que hacer con el cefalópodo, pero tras deliberar decidimos que no lo íbamos a dejar allí, así que lo envolvimos en un papel de periódico que por allí había –en la época todavía no existían las socorridas bolsas de plástico- y nos lo llevamos a clase.

Al entrar, Alvite lo metió en el interior de su pupitre, ubicado en la primera fila, justo delante de la mesa del hermano Benigno. Estábamos en plena clase de latín, cuando de repente, desde mi posición, muy próxima a la del “pescador”, vi como por el agujero del tintero de éste comenzaba a asomar un tentáculo. Alvite no lo advirtió inmediatamente, y yo me levanté para tirar algo en la papelera, con objeto de distraer la atención de nuestro mentor mientras mi compañero solventaba la situación. El resto de la gente, percatándose de lo que ocurría, en actitud solidaria, hicieron otro tanto de lo mismo, hasta el punto de que aquello se convirtió en una especie de desfile –o peregrinación- a la papelera que estaba junto al encerado, que tenía completamente desconcertado al sorprendido hermano Benigno. Entretanto, Alvite se había percatado por fin del incidente e intentaba, con poco éxito, doblegar al pulpo, cuyo tentáculo se le había enroscado en un dedo y no conseguía liberarlo. Y lo peor no fue eso, sino que cuando finalmente consiguió imponerse al pertinaz octópodo, al levantar la tapa del pupitre, comprobó horrorizado como éste había soltado una carga de tinta que había dejado todo lo que allí dentro se guardaba –libros, cuadernos, libreta de tareas, etc.-, como una auténtica carbonería.

La historia terminó con la venta del bicho en el mercado de la plaza de Lugo por la cuantiosa suma de una peseta.

El bar del colegio, situado junto al patio de recreo, estaba a cargo de Benito, un peculiar personaje, cojo y dotado de una elevada carga de mala leche, aunque desde el prisma en que lo puedo ver en la actualidad, debo reconocer que estaba más que justificada. Allí, aparte de los consabidos bocadillos de sardinas, anchoas, salchichón, queso y chorizo –era increíble lo finas que podía llegar a cortar a mano las rodajas de embutido, que parecían calcomanías- había unos bombones de licor exquisitos, cuyo único problema consistía en que costaban a dos pesetas la unidad, cifra que hoy puede parecer ridícula pero entonces no lo era, ni muchísimo menos. Los retretes del patio estaban pegados pared con pared al bar, y existía un pequeño hueco entre ambas dependencias, hecho para tener acceso directo a las tuberías del agua, que abarcaba aproximadamente el tamaño de un puño. Un buen día me percaté de su existencia, y la luz que se apreciaba al otro lado hizo que me diese cuenta de que aquel pequeño agujero daba directamente al bar, a donde me dirigí para posicionarme correctamente, estudiando con discreción pero detenidamente la ubicación del agujero. Se me hizo la boca agua al comprobar que estaba semitapado por la cafetera, y junto a él estaba una caja de aquellos sabrosos bombones gritando ¡cómeme!.

Como sabía que tras los recreos Benito cerraba el bar, en el medio de la siguiente clase, levanté la mano derecha con los dedos índice y medio extendidos y separados, seña clave para pedir permiso para ir al lavabo. Benigno me autorizó con un ligero movimiento de cabeza, y me fui tan rápido como pude. Una vez allí, comprobé con cautela que no hubiese moros en la costa, y comencé la operación. Me costó bastante esfuerzo introducir el brazo, dada la estrechez del agujero, agravada con los obstáculos en forma de tuberías que me encontraba en mi camino hacia las golosinas, pero finalmente conseguí mi objetivo, y subí con los bolsillos repletos de bombones. Comí tantos durante la clase, que cuando salí los efluvios del licor que llevaban dentro habían hecho su efecto, y estaba bastante “contento”.

Aquella fue la primera y única vez que logré burlar a Benito, que los sacó para siempre del alcance de mi mano.

Al margen de estas anécdotas, el curso no lo llevé nada bien, y el resultado fueron los tres “cates” que me cayeron en Junio, aunque los recuperé en Setiembre.

En tercero nos volvió a tocar con Benigno, y la historia de ese curso fue un verdadero calco de la del anterior, incluidos los tres suspensos de junio y los aprobados de setiembre.











LA ODISEA - SEGUNDO DIA

Despertamos temprano, y tras desayunar en una cafetería cercana, reanudamos viaje sobre las nueve y media, en una mañana brumosa y fría, aunque sin lluvia. Le tocaba conducir a Eduardo, y por lo tanto marcar el itinerario a seguir. Se decidió por seguir ruta en dirección a Orense, con objeto de visitar la comarca del Ribeiro efectuando previamente, claro está, nuestras famosas paradas intermedias –aunque en teoría y tras la experiencia del día anterior, iban a ser más aisladas-, para acabar haciendo noche en la capital orensana.

Mientras abandonábamos la ciudad lucense, vino a mi memoria una suculenta anécdota que me habían relatado, acaecida hacía más de 40 años en el Banco Pastor de Lugo, situado justo enfrente del hotel donde nos habíamos hospedado, y pasé a contársela a mis compañeros de viaje.

Por aquel tiempo, ocupaba el cargo de Director de la Oficina Principal don Teótimo Merino, abuelo de mi antiguo compañero en los equipos de inspección del Banco y gran amigo, Luis Merino. Don Teótimo era de aquellos directores de la vieja escuela, que gobernaban con mano dura el timón de la sucursal. Si bien la hora de entrada al banco era a las ocho, eso solo rezaba para los empleados, pues una ley no escrita otorgaba al director el privilegio de llegar a la hora que considerase conveniente, y en su caso era a las nueve de la mañana.

Los empleados, aprovechando su ausencia, se beneficiaban de aquella hora de margen para charlar, y algunos incluso la dedicaban a la lectura de la prensa. En cierta ocasión, uno de estos últimos leía el diario El Progreso, aprovechando para comentar las noticias en voz alta.

-¡Manda carallo! mirar lo que pone aquí: Los Beatles llegan al aeropuerto de Barcelona y veinte mil personas acuden a recibirlos. Seguro que si viniera Fleming no iba a recibirlo ni Dios-

En ese preciso instante, un ordenanza pasaba por allí cargando con una batea llena de letras de cambio, y al oir el comentario, le contestó:

-E que eu na puta vida oín un disco de ese tío-

Pese a las intenciones iniciales, no había transcurrido ni media hora cuando hicimos nuestro primer alto. Tras atravesar Guntín, la siguiente población era Taboada. Poco antes de alcanzarla, el tráfico se había intensificado de tal modo que llegamos a la conclusión de que algo inusual sucedía. Efectivamente, en cuanto entramos en la localidad el bullicio nos hizo ver que era día de feria. De inmediato vino a la mente de todos una operación matemática: pueblo del interior + feria = pulpo, aunque bien pudo venirnos otra, no menos exacta: nosotros + feria = peligro.

De cualquier manera, todos estuvimos de acuerdo en que había que parar, incitados por el apetitoso aroma procedente de las humeantes calderas de cobre en las que se cocía el pulpo, un olor tan penetrante que casi se podía masticar en el interior del coche pese a la respetable distancia a la que nos encontrábamos. Conseguimos aparcamiento en las proximidades y pese a lo temprano de la hora –pasaban unos minutos de las 10 de la mañana y acabábamos de desayunar- nos fuimos como fieras en pos del preciado manjar. Había donde escoger, pues no eran menos de una docena las “pulpeiras” asentadas en el campo de la feria. Elegimos la que estaba más próxima a una taberna, pues en las casetas no servían bebida. Mientras Eduardo entraba en el establecimiento para salir con una jarra de vino tinto para nosotros y una cerveza sin alcohol para él, los demás encargábamos en la pulpeira dos raciones dobles de pulpo, que ante la momentánea ausencia de clientela, nos fueron servidas con celeridad por la rolliza señora que atendía el puesto, que demostró una encomiable agilidad cortando los tentáculos, poco acorde con su corpulencia de matrona. Cuando Eduardo apareció con la bebida, los platos de madera repletos de tajadas y la cestilla que contenía cuatro buenos trozos de pan de Cea ya estaban depositados sobre la mesa de madera.

El pulpo estaba increíblemente apetitoso: recién salido de la caldera, cocido sobre lo duro –que es como a mí me gusta-, con el punto de picante y el colorido que le aportaba el pimentón, y regado con un buen aceite de oliva. El tintorro también se dejaba beber, hasta el punto de que la jarra de un litro que habíamos encargado resultó insuficiente y el sufrido Eduardo, que ocupaba el cargo de chofer y aprovisionador que a mí me había correspondido el día anterior, tuvo que entrar a rellenarla. A él sin embargo le sobró con la cerveza sin alcohol que las circunstancias le obligaban a beber.

Tras pagar, salimos de la pulpeira satisfechos, y decidimos dar una vuelta por los puestos de la feria con intención de curiosear un poco y bajar la comida. Contrariamente a las pulpeiras, donde la clientela aun no había acudido en masa por lo temprano de la hora, el resto de las instalaciones estaba concurrido por una nube de gentío procedente de toda la comarca, gran parte de ellos afanados en regatear con las vendedoras de hortalizas, huevos, pollos o ganado, y otros simplemente deambulando por los puestos, muchos previsoramente pertrechados con paraguas que enganchaban de forma llamativa pero práctica de la parte posterior del cuello de sus gabardinas. Todo aquel conjunto confería al ambiente una parafernalia un tanto especial, al menos para nosotros, urbanitas crónicos, si bien en mi caso concreto, debido a los viajes por motivos laborales durante largos años, había tenido oportunidad de asistir a este tipo de mercados en numerosas ocasiones.

Mientras recorríamos los puestos, nos llamó la atención un punto donde se había congregado numeroso público, y nos acercamos atraídos por aquella expectación, pudiendo comprobar que se trataba de un trilero de rostro agitanado que sobre una caja de cartón estaba consumando su timo, en este caso en la modalidad de cartas.

Aunque éramos conocedores del funcionamiento del proceso, la curiosidad nos impulsó a pararnos un momento a contemplarlo. Tras un apostador que “milagrosamente” había ganado un buen pellizco, y que obviamente no era otro que el “gancho”, enseguida apareció el primer incauto. Era un paisano de unos setenta años, cuya rudimentaria y ajada vestimenta denotaba claramente su humilde condición. A todos se nos removió algo por dentro pensando que aquellos estafadores iban a desplumar al pobre viejo, pero nada podíamos hacer por evitarlo, pues lo hacía por propia voluntad. Aquello, parafraseando a García Márquez, era la crónica de un timo anunciado.

Ante la atenta mirada de la concurrencia, el trilero barajó las cartas utilizando todo tipo de aspavientos con un calculado y ágil movimiento de sus dedos, que manejaban los naipes con pericia. Finalmente, las tres barajas quedaron alineadas sobre el cartón.

El viejo apostó cinco euros, que extrajo de una vieja cartera, de la que sobresalían unos cuantos billetes de valor bastante superior al de la apuesta y que al verlos me hicieron exclamar en voz baja:
-Allá va el cuxo que iba a comprar el paisaniño. Lo va a poner guapo la mujer cuando llegue a casa con una mano delante y otra atrás-
Mis amigos asintieron resignados.
-¿Dónde está el rey de oros?- preguntó el trilero
El viejo señaló la carta depositada en el centro. El trilero, tras dejar pasar unos segundos de suspense, volteó el naipe. Tal y como todos sospechábamos, el viejo acertó. O más bien se le permitió que acertara. Era la típica maniobra de sembrar para posteriormente recoger una rentabilidad mucho mayor. Incluso era probable, a la vista del considerable grosor de la cartera del incauto, que aun le consintiera ganar otra vez para posteriormente asestarle el golpe definitivo, sacando mayor rendimiento a la operación.
El cándido anciano cobró los cinco euros y sin necesidad de echar mano a la billetera, dobló la apuesta.
El trilero volvió a hacer uso de toda su parafernalia, y situó otra vez la hilera de naipes. El viejo, asesorado por el que actuaba como gancho, que se había situado estratégicamente a su lado, esta vez señaló la carta situada a su derecha.
-Ya verás como vuelve a acertar- dijo Suso –la estocada se la van a meter la próxima vez-
Efectivamente, volvió a estar atinado, y mientras cobraba la apuesta, un brillo de codicia asomó peligrosamente a sus ojos.
-Vaya, jefe, está usted en racha. Como siga así hoy me arruina- aseguró el truhán con una expresión de desconcierto más falsa que una moneda de tres euros.
Quizás no lo debiera haber hecho, pero no pude evitarlo. Fue casi un acto reflejo. Desde donde estábamos situados, a espaldas del trilero, avancé unos pasos, rodeé la caja de cartón, así al viejo por un brazo y le dije en voz alta:
-Ven rápido, papá, que a mamá acaba de darlle un ataque alá enfrente, xunta á Caixa de Aforros, e xa están avisando á ambulancia- y me lo llevé de allí con firmeza, haciendo caso omiso a sus tímidas protestas.
Tras un instante de desconcierto por lo inesperado de mi intervención, el trilero y su acompañante reaccionaron, y se vinieron hacia nosotros con la intención de no ponernos fácil la retirada. Se situaron frente al viejo y a mí, cortándonos el paso.
-Eh, tú, a donde te llevas al viejo. Tiene que seguir jugando- dijo el tahúr con tono amenazante.
Afortunadamente, mis amigos estaban al quite y Suso, anticipándose al viejo, que empezaba a farfullar un comentario, seguramente inadecuado, dijo:
-No se puede obligar a nadie a jugar si no quiere, así que ya podéis ir buscando otro pardillo-
Los dos timadores, aunque se les notaba bregados, percibieron que no solo eran inferiores en número a nosotros, sino que intuyeron que los murmullos del público presente no parecían demasiado favorables a sus propósitos, y como de tontos tenían lo justo se decidieron por dar la vuelta y levantar el campamento, no sin que antes el que dirigía el cotarro me lanzase una aviesa mirada cargada de resentimiento mientras pasaba el dedo índice a lo largo de su cuello, en un gesto muy gráfico y claramente amenazante para la buena salud de mi yugular.
El viejo era terco y estaba convencido de que le habíamos arruinado el negocio de su vida, así que tras ponernos a caer de un burro por meternos donde nadie nos había llamado, se marchó de allí fungando sin permitir que le diésemos ninguna explicación, pese a intentarlo. Eso sí, los quince euros que llevaba de más en la cartera no había quien se los quitara. Lo cierto es que desde que habíamos salido de La Coruña el día anterior, no parábamos de hacer amigos.
Aun dimos unas cuantas vueltas por la feria, aunque afortunadamente sin que se registrasen nuevas incidencias. Salimos de Taboada sobre las once y media, y poco después atravesamos la población de Chantada, donde, milagrosamente, pasamos de largo. Llegamos a Cambeo, donde la carretera de Lugo se une con la que enlaza Orense con Santiago, poco después de las doce, y tal como habíamos acordado previamente, en lugar de continuar hacia la capital orensana nos desviamos hacia Carballino, a donde llegamos media hora después para hacer nuestra siguiente parada. Ésta no fue muy prolongada. Aparcamos en la plaza de la Alameda, delante del hotel Arenteiro, y nos dirigimos a una vieja tasca que yo recordaba de mis viajes, donde nos sentamos alrededor de una mesa de piedra que había en el exterior del local, debajo de una parra y nos solazamos con un par de jarras de buen Ribeiro acompañadas de unos apetitosos chorizos caseros picados, todos menos, claro está, Eduardo, que en lugar de vino tuvo que seguir con la cerveza.
Y bien que hizo, porque poco después, nada más reanudar viaje camino de Leiro, nos esperaba un control de alcoholemia de la guardia civil, que nos dio el alto. Paramos tras un par de coches; nada más hacerlo, los tres al unísono nos quedamos mirando fijamente a Lelo, temerosos de que montara otra como la del día anterior.
-Que, hoy te quedarás callado, ¿no?- le preguntó Eduardo
El interpelado iba a contestar, cuando algo desvió su atención y la de los demás.
La puerta del conductor del coche que nos precedía, un viejo seat 133 de al menos treinta años de antigüedad, se abrió a instancias de uno de los guardias, y de su interior bajó un paisano de unos ochenta años, con la boina calada hasta las cejas. Digo bajó, cuando lo que parecía era que el coche lo había escupido, porque según puso el pie en tierra comenzó a bandear como si la carretera que pisaba tuviera vida propia y comenzara a ondularse alocadamente. Cuando el viejo logró parar de dar tumbos, el guardia, que trataba de permanecer tan serio como correspondía al cometido que estaba desarrollando, aunque sin lograrlo completamente, le ofreció el aparato y le indicó que soplase. El viejo tomó el artefacto con mano trémula y arrimó el pitorro hasta su boca, pero según los labios entraron en contacto con él, impulsó la máquina de soplar hacia arriba con toda la intención de beberse lo que había en su interior.
Esa acción desarmó tanto al guardia como a su compañero, que en ese momento ya no pudieron contenerse más y comenzaron a soltar estruendosas carcajadas, coreadas tanto por nosotros como por los conductores que habían ido llegando durante el intervalo.
Cuando consiguieron recuperar la compostura, los agentes hicieron que el abuelete se sentase en el coche patrulla, y sacando un termo con café, le ofrecieron una taza para que se recuperase de la tremenda borrachera que llevaba encima. El viejo lo probó, y farfulló balbuceante:
-¿e logo non terán por ahí un pouco de caña pra botarlle ó café?-
Lamentablemente no pudimos continuar presenciando el espectáculo, y por tanto conocer el final de aquella historia, porque ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, uno de los guardias optó por indicarnos con un gesto a los ocupantes de los demás vehículos que continuásemos nuestro camino. Siempre nos quedará la duda de si lo llevaron directamente al calabozo o lo dejaron por imposible.
Estábamos entrando en el corazón de la comarca del Ribeiro, y eso se notaba en el verdeante paisaje, entremezclado en ocasiones con los bloques de granito que apuntalaban los bancales donde crecían las cepas, y con los pequeños núcleos de población, parapetados en suaves lomas. El tiempo había ido mejorando a medida que avanzábamos hacia el sur, y solo quedaban en el cielo algunas nubes aisladas, lo que confería al paisaje una mayor vistosidad.
Eran las dos menos cuarto de la tarde cuando llegamos a Leiro. Según bajamos del coche dijo Lelo:
-Aquí en esta zona hay un montón de cosas dignas de ver: un monasterio y tres o cuatro iglesias un mazo de antiguas, un puente medieval de estilo gótico y la peña Corneira, desde cuyo alto se divisa toda la comarca, pero nosotros a donde vamos a ir es a la bodega de un amigo mío, que tiene un vino y un licor café que te cagas- nadie puso objeción, aunque las iniciativas de Lelo siempre hay que dejarlas en cuarentena, porque a veces fallan, como habíamos podido comprobar en multitud de ocasiones, alguna de ellas no muy lejana en el tiempo.
Pero esta vez no fue así. Para nuestra sorpresa, el amigo de Lelo era un personaje real, tenía una bodega cojonuda y el vino y el licor café con los que nos obsequió eran realmente espléndidos. Además, antes de marchar nos regaló a cada uno un par de botellas de ambas cosas. Agradecidos, le invitamos a comer en algún restaurante de la población, algo a lo que declinó amablemente por hallarse ya comprometido.
Puesto que nuestro anfitrión no iba a acompañarnos y el hambre no nos acuciaba, al llevar toda la mañana picando, decidimos ganar tiempo e irnos a comer a Ribadavia, pues eran las dos y media y llegaríamos a una hora prudente para que nos atendiesen.
La primera parte del día estaba siendo movida, pero exceptuando el incidente de la feria de Taboada, no tenía nada que ver con la rocambolesca jornada del día anterior.
Aun no eran las tres de la tarde cuando entramos en la vetusta capital del Ribeiro. Tras debatir si íbamos a comer de restaurante o continuar pinchando como hasta entonces, a la vista de que nadie tenía demasiado apetito nos decidimos por la última opción. Nos internamos en el entramado de estrechas rúas que componen el antiguo barrio judío, donde vivimos la sensación de que se había detenido el tiempo.
Después de unas cuantas vueltas a la búsqueda de un sitio adecuado para entrar, finalmente localizamos la tasca Papuxa, junto a la Porta de Arriba. Era uno de esos sitios “auténticos”, casi míticos, cochambrosos y destartalados, pero acogedor, de los que si no te coincide caer por allí cuesta imaginar que todavía existan lugares tan “enxebres”. Había poca gente, dado lo avanzado de la hora, pero todavía nos atendió la dueña con amabilidad. El lema de la casa era “chejar e encher” , y podemos dar fe de su autenticidad, porque tras pedirle a la señora unas cuncas de tinto Ribeiro, nos trajo las tazas vacías y nos dijo que las llenásemos en los bocoyes que teníamos delante, cosa que hicimos con agrado. Le preguntamos que tenía para picar y nos dijo que solo queso y embutidos, así que nos conformamos con un par de raciones de jamón cortado a cuchillo que acompañamos con un moreno y delicioso pan de centeno. Repetimos con el jamón, que sin ser de cinco jotas se dejaba comer más que bien, y por supuesto con el vino, en este caso unas seis o siete tazas de tintorro, excepto Eduardo, que tuvo que conformarse con dos.
Al salir de allí, decidimos desplazarnos a Orense, distante solo a unos 25 kilómetros, para conseguir alojamiento para la noche y aprovechar para pegarnos una buena siesta, pues el cansancio acumulado empezaba a afectarnos.
Llegamos a la capital de Las Burgas poco después de las cinco de la tarde, y a instancia mía nos fuimos directamente al hotel Padre Feijoo, en el mismo centro de la ciudad, pues era un establecimiento donde me había hospedado en numerosas ocasiones y estaba muy bien, sin ser excesivamente caro.
En esta ocasión elegimos instalarnos en habitaciones individuales –los ronquidos de alguno durante la noche anterior, que más que dormir parecía que estaba llamando a los lobos, nos decidieron por esta opción, obviamente más cara- seguimos, al igual que el día anterior, el ritual de la siesta, quedando de vernos a las ocho de la tarde en la recepción del hotel.
Cuando volvimos a reunirnos, consideramos las diferentes opciones que había para continuar la jornada: por una parte, estábamos a veinte metros de la calle San miguel, donde la ruta de los vinos tiene su inicio, y por otra muy cerca también de la plaza de San Lázaro, en cuyo entorno se concentran la mayor parte de locales de ambiente de la ciudad. Pero en realidad lo que nos apetecía a todos era otra cosa. Aunque los pinchos que habíamos degustado durante toda la mañana estaban más que apetecibles, lo cierto es que no habíamos metido nada consistente en el estómago, así que lo que más urgía era una merienda-cena reconfortante. Entonces recordé a Lolo “O Pequeno de Untes”. Lolo tenía un merendero en la aldea de Untes, a ocho kilómetros de Orense, en la carretera de Vigo, cuyas especialidades son las anguilas y las truchas.
Planteé lo de acercarnos hasta allí y todos estuvieron de acuerdo menos Eduardo.
-Joder, a mi también me apetece tomar los vinos, y si hay que coger el coche voy a tener que andar de secano-
-Eso no es problema- le rebatí –cogemos un taxi para la ida y otro para la vuelta y ya está-
Asunto solucionado. Nos encaminamos a la parada de taxis más cercana y nos dirigimos a Untes.
Hacía más de veinticinco años que no me acercaba por Casa Lolo, pero el establecimiento apenas había cambiado en tan largo período. Cuando entramos allí vi a Lolo dentro de la barra, activo como siempre y pequeño como siempre, pero la edad –debía andar ya próximo a los setenta años- le había blanqueado el pelo y dotado de profundas arrugas el semblante.
El local estaba casi lleno, pero conseguimos encontrar una mesa libre. Tomamos asiento, esperando a ser atendidos. La espera no se prolongó mucho, y el mismo dueño vino a atendernos personalmente, tan simpático y dicharachero como yo lo recordaba.
-Hola amigos. Vostedes dirán o que queren tomar. Temos xamón, queixo e chourizo, troitas, anguilas e empanada de raxo, e si queren tamén lles podemos facer unha tortilla- en ese momento se me quedó mirando inquisitivamente y haciendo gala de una prodigiosa memoria me dijo: –¿e logo usted non traballa no Banco Pastor?-
-Claro que sí, Lolo. Bueno, mais ben traballaba, porque me prejubilaron a primeiros de ano- dije mientras me levantaba de mi asiento para saludarle. Mientras me daba un cariñoso abrazo me dijo: -manda carallo, che recordo como si fora ayer sendo un rapaciño, e xa retirado. ¡Hay que joderse!-
-E que vou vello, Lolo. En cambio tí sí que sigues parecendo un chaval-
-¡era boa!-
-Amigos, os presento a Lolo-
-¡O Pequeno de Untes!- se autodenominó mientras estrechaba la mano de mis acompañantes
Le pedimos unas raciones de anguilas, un poco de empanada y una tortilla, y un par de botellas de Ribeiro blanco. Cuando marchó con el pedido mis amigos me preguntaron sorprendidos de donde venía tanta confianza, y les conté que Lolo era un muy buen cliente del banco, y a través de esa circunstancia habíamos trabado una buena amistad, habiendo estado incluso junto con mis compañeros en su casa particular, un chalet sito en las cercanías del negocio, donde nos había obsequiado con unas botellas de un excelente vino que conservaba enterradas en el suelo de su bodega, para cuya recuperación había tenido que valerse de un sacho.
No tardó Lolo en traer el primer plato, las anguilas fritas –su gran especialidad-, que devoramos con avidez, seguidas por la empanada, que tampoco estaba nada mal, y una gigantesca y jugosa tortilla de patatas que nos costó trabajo despachar.
Conocía bien a Lolo y no me sorprendió en absoluto cuando, después de tomarnos unos cafés con sus correspondientes chupitos de licor café, le pedimos la cuenta y se negó en redondo a cobrarnos.
-Xa pagaredes cando volvades por eiquí dentro d’outros vintecinco anos- sentenció, haciendo gala de su conocida retranca.
Telefoneamos para pedir un taxi, y en cuanto llegó, tras despedirnos de Lolo, regresamos a Orense.
Todavía era pronto para meternos en el hotel, así que dijimos al taxista que nos dejara en la plaza de San Lázaro, para buscar algún sitio donde meternos.
Tomamos dirección hacia la zona vieja, y tras callejear un poco sin decidir donde entrábamos, finalmente lo hicimos en un bar de copas de la calle Lepanto, el John Mulligan, un local al que se accedía bajando unas escaleras. El sitio no estaba mal y había bastante concurrencia hasta femenina, algo que nos agradó, ayudándonos a soportar mejor el molesto volumen de la música. Además, la clientela estaba constituida en su mayoría por gente de cierta edad, incluso algunos se aproximaban a la nuestra, lo que hizo que nos sintiésemos cómodos.
Muy cerca de nuestra mesa había un grupo de veteranas, con una pinta de funcionarias separadas pidiendo guerra que tiraba para atrás. Como coincidían con nosotros en número y de vez en cuando alguna de ellas soltaba alguna mirada furtiva hacia donde estábamos, nos animamos a “entrarles”, más por matar el rato que porque nos hubiesen incendiado la líbido.
Las “funcionarias”, que no eran tal, sino dependientas de comercio, aunque separadas sí que estaban, no pusieron ni el más mínimo impedimento en entablar conversación, tenían tanta “marcha” como nosotros o más, y pese a que empezaban a trabajar al día siguiente a las diez de la mañana y ya eran cerca de las dos de la madrugada, cuando les sugerimos cambiar de ambiente e irnos a un sitio más tranquilo y discreto, no solo no se opusieron, sino que se ofrecieron a llevarnos al más apropiado.
No tuvimos que andar mucho. Poco después accedíamos a un local oscuro y con música suave, donde a excepción del camarero no había absolutamente nadie más. Lo cierto es que el sitio era de lo más adecuado. Pese a lo desentrenados que estábamos en esos menesteres, no fue demasiado laborioso convencerlas de que nos acompañasen al hotel a pasar el resto de la velada, después de que yo utilizase mis influencias de cliente antiguo con el vigilante nocturno, apoyadas en un argumento tan sólido como un billete de 50 euros. Mira tú por donde la noche que, a juzgar por el desarrollo del día, iba a ser la más aburrida, se convirtió en la del desenfreno. Cuestión de pura suerte.



































Al iniciar el cuarto curso, mis padres, pensando que había detrás una reválida, tomaron la decisión de meterme medio pensionista en la creencia de que ello iba a mejorar mi rendimiento. Craso error. Finalmente, como la cosa iba de mal en peor, terminé el curso como interno, decisión que no solo no evitó el tradicional desastre de Junio, sino que el número de suspensos se incrementó a cinco, aunque como venía siendo habitual aprobé en setiembre, al igual que la reválida.

El titular de mi curso era el hermano Agapito, de quien se decía que había sido boxeador, aunque creo que ello era debido a su aspecto físico, y muy especialmente a su achatada nariz. Lo que sí puedo atestiguar es que era una excelente persona. Lo que más recuerdo de cuarto eran aquellas insoportables clases de latín de primera hora de la tarde, que nos daba el hermano Justino, apodado Drácula por su aire siniestro y su gran parecido con el actor Christopher Lee. Mi ubicación en el aula era al fondo de todo, siendo mis compañeros más próximos Jorge García Mares y Manuel Rial Barral. No recuerdo cual de los tres empezó, incluso puede que fuese yo, pero lo cierto es que los tres llegamos a traer bebidas alcohólicas al colegio, ellos sendas petacas de coñac y anís, y yo aguardiente de guindas, en una cantimplora plástica de color rosa que mi abuela se había traído como “souvenir” de una excursión a Fátima que había hecho con los Padres Franciscanos, llena de agua milagrosa –que debía serlo de verdad, porque para dejar sitio al licor pasó a regar las mustias plantas del patio de mi casa, y éstas revivieron notablemente-.

Una tarde, después de habernos pegado unos buenos lingotazos, el hermano Justino, en el habitual recorrido que realizaba a lo largo del aula explicando las declinaciones, vino a caer por nuestra zona. En un momento dado, puso una cara muy extraña y enmudeció. Su larga nariz comenzó a realizar fuertes y ruidosas aspiraciones, como si se tratase de un perro de caza que hubiera olfateado a la presa. Al cabo de unos instantes que a nosotros nos parecieron eternos, le retornó el habla, exclamando en voz alta, como en un acto de autoconvencimiento: -¡¡No, no, no puede ser!!- e inmediatamente tomó rumbo hacia su mesa, negando reiteradamente con la cabeza, sin poder ver, por hallarnos a sus espaldas, los suspiros de alivio que exhalábamos.

Al hermano Máximo un problema de sordera le había apartado de las labores docentes, por lo que se le habían encomendado las tareas administrativas del colegio, que llevaba con exquisita diligencia. No obstante, en las ocasiones que la necesidad lo requería, solía hacer de sustituto de algún titular de una clase, principalmente para labores de tipo menor, como el rezo del Rosario a primera hora de la tarde. Cuando esto sucedía, existía como una especie de reto entre los alumnos para ver quien era más ocurrente en las denominaciones de los misterios, aprovechando el problema auditivo del pobre hermano Máximo, y así se podían oir cosas como estas:

-Tercer misterio: el hijo de la Verónica se va a quintas-

-Quinto misterio: Pilatos se lava las manos con jabón Samba-

-Séptimo misterio: Judas se gasta las treinta monedas en el bar de Benito-

Y un largo etcétera de títulos a cada cual más irreverente.

En cierta ocasión, el hermano Benigno me había ofrecido el levantamiento de un castigo que tenía pendiente de cumplir si acudía durante cuatro domingos a la catequesis de San Pedro de Visma a impartir el catecismo a los niños del barrio. Uno de esos domingos, Benigno no pudo ir y le sustituyó Máximo. Hicimos el recorrido de ida en el tranvía hacia Peruleiro, desde donde continuamos caminando hasta la pequeña capilla situada en el alto de San Pedro de Visma.

En cambio, el regreso lo hicimos en su totalidad andando, pese a que la caminata era considerable y el día bastante caluroso, al aducir el hermano Máximo que el recorrido era cuesta abajo, aunque su verdadero objeto se centraba en ahorrarse las tres pesetas que costaba el viaje en tranvía de todo el grupo –éramos seis, incluido él-.

El espíritu ahorrativo del hermano Máximo nos lo tomamos con escasísima nobleza, tanto es así que nos pasamos todo el camino de vuelta insultándole a voz en grito mientras él, ajeno a lo que le decíamos, sonreía complacientemente ante la incrédula mirada de los paseantes, que oían como le llamábamos lindezas tales como cuervo cabrón, rata de alcantarilla, hijo del cura Peteiro, y toda la retahíla que se nos iba ocurriendo a medida que el fuerte sol iba haciendo de las suyas.

Hubo, además, otros maristas que sentaron cátedra, tales como Santiago “Patacón” y “Carpanta”, que eran los encargados de la vigilancia de los internos, Macario y José Manuel “Barrigón”, poseedores de un sentido del humor más bien escaso.

También merecen ser mencionados los confesores, encabezados por el capellán, el Cura Peteiro, que como no daba abasto a meter en el saco los pecados de los más de mil alumnos que tenía el colegio, tenía que recurrir a la colaboración de los vecinos jesuitas, que acudían los sábados en número de tres para administrar el citado sacramento, ocupando los confesionarios de la capilla, mientras el titular de la misma lo hacía en la sacristía. Entre los primeros había uno, cuyo nombre lamento no recordar, que tenía tal afán por poner penitencias exageradas, que era muy frecuente ver los otros confesionarios atestados con una cola de diez o doce alumnos, mientras el suyo estaba completamente vacío, a la espera de que cayese por allí algún despistado. Recuerdo que acudíamos a confesión por cursos, y un día en que entrábamos a la capilla coincidimos con la salida de un grupo de alumnos de otro curso, que hacían comentarios a viva voz. Uno de ellos, denotando gran indignación, decía:

-“Mecagonlaputa”, me metió doce rosarios y yo no asesiné a nadie-

Otro le contestó:

-Pues ahora tienes que volver a confesarte, por decir “mecagonlaputa”-

Ante estos precedentes, la mayoría de los que íbamos a entrar en la capilla, dimos la vuelta y pusimos los pies en polvorosa de regreso al aula.




LA ODISEA -TERCER DÍA
A la mañana siguiente, y un par de horas después de que nuestras nuevas amistades se despidieran de nosotros abandonando nuestras respectivas habitaciones para incorporarse a sus puestos de trabajo, nos encontramos en la cafetería del hotel con la satisfacción del deber cumplido. Mientras desayunábamos, cambiamos impresiones, exponiendo cada uno su criterio sobre lo que íbamos a hacer durante la jornada, aunque la decisión final correspondía al chofer, que ese día era Lelo. Hubo discrepancias, desde dirigirnos hacia Vigo o hacerlo a Madrid, hasta entrar directamente en Portugal a través de La Notaria y hacer un interesante recorrido por la parte norte del país vecino. Lelo eligió la segunda opción, con la idea de seguir ruta por la autovía hasta Benavente, en Zamora, y allí, en lugar de continuar hacia Madrid, tomar el sentido contrario y dirigirnos a El Val de San Lorenzo, localidad cercana a Astorga, donde el propio Lelo tenía una casa donde solía pasar sus vacaciones. Propuse una variante, que era la de cambiar de ruta, dirigiéndonos hacia Monforte, Quiroga, La Rua y El Barco de Valdeorras, para desembocar en Ponferrada y tomar la autovía en dirección a Astorga. La duración del viaje era similar –al menos en teoría-, y se hacía más ameno sin la monotonía de la autovía, pudiendo además parar donde quisiésemos sin tener que desviarnos, sugerencia que fue aceptada por unanimidad. La idea y la intención eran a priori inmejorables, luego ya veríamos como salía todo.
Arrancamos de Orense a las once y media. La mañana era soleada pero tremendamente fría. Poco después, tras cruzar la frontera provincial en Los Peares, regresamos a la provincia de Lugo. La carretera estaba de maravilla –nada que ver con la que yo recordaba de hacía años, llena de baches y curvas-, y en media hora escasa entrábamos en Monforte de Lemos, donde hicimos nuestro primer alto del día. Recordaba de hacía muchos años una taberna cercana a la estación del tren, tan enxebre al menos como la Papuxa de Ribadavia, donde habíamos estado el día anterior; se trataba de un establecimiento sin nombre en la puerta, pero al que todo el mundo conocía por el nombre de su propietario, Pío, y su apodo, El Telaraña, sobre cuyo origen prefiero no divagar. Teniendo en cuenta el cuarto de siglo transcurrido desde la última vez que había pisado el local y la edad de Pío, que debía andar por los setenta años en aquella época y no tenía sucesores conocidos, era poco menos que milagroso que siguiese abierto. Como es de suponer, el milagro no se produjo, así que tuvimos que buscarnos otro sitio, cosa que hicimos en las proximidades.
Entramos en el Rianxo, en la calle Compañía, donde pedimos, aprovechando la zona en la que nos encontrábamos, una botella de Amandi. No tenía etiqueta y el tabernero nos lo adornó como si fuese una esplendidez sibarítica. Lelo, el conductor, no pidió la consabida cerveza sin alcohol, sino que se apuntó al vino, cosa que por otra parte tampoco sorprendió a nadie. El vino no es que fuese purrela, pero poco tenía que ver con el afrutado sabor que yo recordaba del añorado Telaraña. Y menos con el precio. Al menos nos puso unas cazuelitas con una fabada que se dejaba comer, en teoría gratuitas, pero puedo asegurar que iban más que incluidas en el precio de la botella.
Nuestra parada en Monforte no se prolongó más allá de tres cuartos de hora. Nos pusimos de nuevo en carretera y poco después alcanzábamos la cuenca del río Lor, a cuyas orillas discurría buena parte de la vía que une Monforte de Lemos con Ponferrada. Pasamos de largo Quiroga y La Rua, para volver a detenernos en El Barco de Valdeorras, aunque fue una parada efímera, más para aliviar nuestras vejigas que por otra cosa. Podíamos haberlo hecho al borde de la carretera, pero tras la experiencia del primer día decidimos proceder de modo más civilizado. Además, y pese al aparentemente espléndido día de reluciente y engañoso sol, el termómetro del coche indicaba una temperatura exterior de 5 grados bajo cero, lo que poco menos que hubiese hecho que el chorro se convirtiera en una varilla de cristal antes de tocar tierra –y ya no quiero pensar en la manguera-.
Eran las dos de la tarde cuando entrábamos en la autovía de Madrid. Teníamos tiempo de sobra para llegar a las tres a Astorga, donde había variedad de sitios más que suficiente para comer de forma opípara, desde el tradicional y oneroso La Peseta hasta el más humilde mesón Maragato, pasando por otros restaurantes, posadas y tabernas para todos los gustos, amén de la media docena de establecimientos que hay en la cercana y preciosa población de Castrillo de los Polvazares, especializados en cocido maragato, aunque tanto Lelo como yo conocíamos una rústica y acogedora casa de comidas en el centro de la localidad, muy cercana al ayuntamiento, en la que “bordan” los platos de la tierra maragata y los precios son módicos, y bien merecía la pena decidirse por esa opción.
Cuando pasábamos por las inmediaciones de Bembibre, sonó mi móvil. Era Luis María.
-Que, golfos, ¿por donde andáis?-
Le expliqué donde estábamos y a donde nos dirigíamos.
-Pues yo vengo de Madrid y estoy ahora mismo en Benavente. Voy a parar a comer en el mesón Quiñones, en Celada. Nos podemos ver allí y comer juntos-
-Joder, andas tres kilómetros más y entras en Astorga- y le indiqué aproximadamente el sitio donde teníamos previsto comer.
-Vale, seguramente llegaré un poco más tarde que vosotros. Esperarme en la barra tomando un vino-
Cuando les expliqué a los otros tres de quien se trataba, Suso y Eduardo no dijeron nada, pues solo conocían a Luisma de forma superficial, pero Lelo separó las manos del volante, se las echó a la cabeza, y exclamó con voz compungida:
-¡Ay, mi madre!- éramos pocos y parió la abuela-
Pero en su tono todos notamos que estaba entusiasmado.
Aun no eran las tres de la tarde cuando desembarcamos en el Cubasol, que así se llamaba el tugurio. Hacía ya diez años que no había ido por allí pero se conservaba exactamente igual que entonces. Nos situamos en la barra y pedimos unos vinos, indicando a la camarera que nos preparara una mesa para cinco mientras esperábamos por un amigo que estaba a punto de llegar, aunque no había problema para acomodarnos, pues el comedor estaba medio vacío.
A las tres y cuarto apareció por la puerta Luis María, a quien saludamos con gran efusión, dado lo inesperado de aquel encuentro. Le explicamos nuestros planes y no dudó en sumarse a la aventura. Ya daría las pertinentes aclaraciones en casa y en el trabajo. Pues ya éramos uno más. Y vaya uno.
El menú era también como lo recordaba, tradicional de la comarca y poco extenso, pues había solamente pulpo, gambas a la gabardina, mollejas guisadas, riñones, callos y rabo estofado –un tipo de comida ciertamente “pobre” en calorías, ácido úrico y colesterol-. Nos atrevimos con cada cosa a base de medias raciones, con todo menos con el pulpo, temerosos de que no resistiese la comparación con el que habíamos tomado el día anterior en la feria de Taboada, y lo regamos con un par de frascas de agresivo vino clarete de la tierra de Leon, que Lelo no se cortó de seguir tomando pese al riesgo que ello entrañaba para la conservación de su permiso de conducir, pensando quizá que solamente quedaban seis kilómetros para llegar a nuestro punto de destino, El Val, y malo sería que en un trayecto tan corto y por carreteras secundarias nos topásemos con un control.
Mientras comíamos aprovechamos para contarle al recién llegado todos los avatares ocurridos desde nuestra salida de Coruña, solo dos días antes. La reacción de cualquier otro hubiera sido no creérselo o quedar alucinado, pero Luisma conocía el percal y sabía bien por experiencia propia que eran cosas que podían pasarnos. Eso sí, en su expresión dejaba traslucir una sana envidia por no estar presente, muy particularmente durante la velada nocturna de la noche anterior.
Nadie se arrepintió de la elección del sitio: amable atención, rapidez, excelente cocina –comida fuerte y especiada pero con condimentos naturales de calidad, propios de la comarca- y un precio inmejorable: 35 euros por la comida de los cinco, más los 5 “pavos” más que merecidos que Lelo le dejó a la camarera de propina.
Diez minutos después de salir del Cubasol atravesábamos en dos coches –yo me pasé al de Luisma para que no fuese solo- el puente sobre el río Turienzo que marca la entrada en el Val de San Lorenzo, un pueblecito en el que predominaban las casas encaladas, situado en medio de una extensa llanura a cuyo fondo, en la lejanía, se eleva la nevada cumbre del monte Teleno.
La casa de Lelo era una vivienda unifamiliar de dos plantas que denotaba una antigüedad no exagerada –a primera vista y dentro de mis limitados conocimientos de arquitectura, podría datarla en unos setenta años- y estaba muy bien conservada. Nadie la ocupaba en esos momentos, así que pudimos utilizarla a nuestro antojo. Nos acomodamos en tres habitaciones, pues aunque había más, eran amplias y tenían más de una cama. Como ahora estábamos desparejados, Suso y Eduardo ocuparon una, Lelo y yo la otra y al recién incorporado le tocó la única que había con una sola cama.
Dormimos una buena siesta, tal y como veníamos haciendo desde el inicio del viaje. Despertamos hacia las ocho. Aunque había abundancia de sitios a donde ir en las cercanías, como Santiagomillas o Castrillo de los Polvazares –un precioso pueblo conservado como hace siglos- en el que yo ya había estado, pero que no me importaría volver a visitar-, teniendo también la opción de volver a Astorga, optamos por quedarnos en el pueblo en plan tranquilo.
Nos acercamos hasta la plaza mayor del pueblo, y entramos en un bar donde Lelo paraba habitualmente. El local estaba atestado de clientela masculina de edad madura, que mayoritariamente se entretenía jugando a las cartas o al dominó en las mesas. Nos sentamos en una de las pocas que quedaban libres y pedimos unos cubatas y una baraja, con objeto de jugarnos la consumición al tute cabrón.
Pronto, entre gritos, discusiones, insultos mutuos y renuncios, pasamos a convertirnos en el centro de atención de la taberna, algo a lo que por otra parte estábamos más que habituados -la clientela del bar plaza de Cayón, a donde solíamos acudir después de las comidas que hacíamos en mi casa pueden dar buena fe de ello-.
Al final el paganini fue Eduardo en la primera ronda y yo en la segunda. Después de la partida, permanecimos allí charlando un rato, y Lelo nos contó que hacía muchos años que frecuentaba aquel establecimiento, al que solía acudir con Elías, un tío de su mujer que era solterón y que había fallecido hacía dos años, siendo el último ocupante fijo de la casa.
-El tío Elías era cojonudo, aunque tenía una mala leche que no veas. Cuando estaba con él y llegaba tarde a comer o cenar y mi mujer me llamaba al móvil para que fuésemos, yo siempre le echaba a él la culpa diciéndole que me liaba, y lo cierto es que el tío Elías era de lo más cumplidor y además no probó el alcohol en su puta vida- El comentario lo había hecho en voz alta, y tanto el dueño del bar como algunos de sus parroquianos aseveraban con un gesto afirmativo, como avalando su versión.
En un momento dado, Lelo desapareció diciendo que iba al lavabo. Los servicios estaban junto a la puerta del bar, y me sorprendió que en lugar de acceder a ellos saliese a la calle, no sin antes mirarme y pedirme con una seña que guardase silencio.
Tardó un buen rato en regresar, y cuando lo hizo, volvió a pedirme discreción con un gesto, dejándome bastante intrigado.
Aunque al mediodía habíamos comido bien, nuestro estómago volvía a pedir combustible, así que poco después salimos de allí, camino del Mesón Maragato, donde Lelo nos indicó que era el mejor sitio del pueblo para cenar. Mientras caminábamos, hizo un aparte conmigo con disimulo y me dijo:
-Ya verás vaya putada que le tengo preparada a Luisma-
Una vez en el mesón, pedimos dos platos típicos de la zona, un poco de cecina de vaca y bacalao al ajo arriero, alimentos que regados con un vino peleón similar al que habíamos tomado en Astorga, constituyeron un buen tentempié.
Luego regresamos al anterior bar, donde estuvimos tomando unas copas hasta cerca de la una de la madrugada, hora en que captamos la indirecta del dueño del bar en forma de barrido del local, y como ya no quedaban en el pueblo sitios abiertos, nos fuimos a dormir.
Al llegar a la casa, nos llamó la atención que a través de una de las ventanas se veía luz en el interior. Recordaba perfectamente que todos habíamos tenido buen cuidado de dejar las luces apagadas cuando salimos.
-Luisma, esa es tu habitación. Dejaste la luz encendida- acusó Lelo
-De eso nada- dijo el interpelado –recuerdo perfectamente que la apagué antes de salir-
-No, claro, seguro que se encendió ella sola-
-Igual hay alguien dentro-
-¿Quién carallo va a haber? aquí el único que tiene las llaves soy yo- dijo Lelo sacando el llavero del bolsillo.
Entramos, algo inquietos. Yo un poco menos, porque a esas alturas tenía claro que aquello tenía que ver con el puteo que le tenía preparado a Luisma.
Subimos las escaleras aparentando una tranquilidad que estábamos lejos de tener.
Llegamos a la habitación, que además de las luces encendidas tenía la puerta completamente abierta.
-Joder, ya sé lo que pasa- dijo Lelo con voz lúgubre -ya no me acordaba de que éste es el cuarto del tío Elías y al tío Elías no le gustaba que anduviesen en sus cosas-
La cara de Luisma era un auténtico poema
-yo no duermo aquí ni de coña. Antes me voy para el coche- dijo convencido
-Como vas a dormir en el coche ¿tu estás loco?- le dije, y añadí: -si no quieres morirte de frío, tendrías que poner el motor en marcha, y en ese caso, también te morirías, intoxicado con monóxido de carbono-
-Pues cámbiame de habitación-
-Ya tengo deshecho el equipaje y ahora no voy a ponerme a cambiar las cosas. ¿Que pasa, que crees en los fantasmas?-
-Creer no creo, pero por si acaso-
Finalmente lo convencimos para que durmiera allí. Cada uno se fue a su habitación. Nos acostamos y tras comentar un poco el severo acojone que tenía el pobre Luisma con la jugada que Lelo le había hecho saliendo del bar sin que se enterase para encender la luz, enseguida me quedé dormido. Un ruido me alertó en medio de la noche y desperté sobresaltado. Abrí los ojos y encendí la luz. Ante mí, vestido únicamente con unos calzoncillos, estaba Luis María. Miré el reloj y vi que eran las tres y veinte de la mañana. En la cama de al lado, Lelo dormía como un bendito.
-Pero Luisma, coño, que haces aquí a estas horas-
-Es que no puedo dormir. Oigo ruidos raros y estoy acojonado. Hazme un sitio en tu cama, anda-
-Pero que te pasa. Te volviste maricón o que-
-Eso si que no, ¿eh? lo que pasa es que estoy nervioso-
Finalmente me apiadé de él y de mala gana me eché a un lado y le permití que compartiera mi cama, con lo que consiguió pasar la noche, al igual que yo, incómodo, pero tranquilo. El que no despertó fue el promotor del enredo, que se pasó la noche completamente relajado, y roncando como una fiera.



Aunque varios de los componentes de nuestro grupo de amigos nos conocíamos desde los 5 años, coincidiendo con nuestro ingreso en la clase de infantil de los hermanos maristas bajo la tutela del hermano Félix, la afinidad y confianza que sentíamos fueron incrementándose con el paso del tiempo y terminaron de consolidarse a los 14 años, recién aprobada la reválida de cuarto, en el lejano verano de 1964.

Fue en una de esas tardes estivales en la que andaba deambulando en solitario por las barracas del Relleno cuando, al llegar a la altura de la tómbola de caridad, me crucé con un grupo de gente de mi edad. Uno de ellos se paró a saludarme; era Lelo, un compañero de los maristas con quien me unía una buena relación, y a quien no veía desde un par de meses antes, al finalizar el curso escolar. No conocía a los que le acompañaban, y me los presentó. Se trataba de Juan Novoa, Juan Vilariño y Pablito Tallón. Me invitaron a acompañarles y acepté encantado.

Juan Novoa estudiaba en los Dominicos. Sus padres regentaban un próspero almacén de frutería en las inmediaciones del mercado de San Agustín y vivía en la calle de la Galera, justo al lado del conocido negocio de hostelería propiedad de los padres de Lelo, y de ahí provenía su amistad, que databa de la más tierna infancia.

Juan Vilariño iba a los Salesianos, era hijo de viuda y su domicilio estaba en la calle de San Nicolás, frente a la iglesia del mismo nombre.

En cuanto a Pablito, vivía en San Andrés, al lado de la administración de loterías El Gato Negro, y estudiaba por libre en la conocida Academia Herbos, perteneciente a los hermanos Boedo.

Pasamos el resto de la tarde divirtiéndonos en los coches de choque, el Gran Derby –arriba la bolita, ha comenzado la primera carrera de esta tarde…-, y otros entretenimientos propios de la fiesta, hasta que los escasos fondos de los que disponíamos se agotaron y tuvimos que limitarnos a escuchar la orquesta que tocaba en el Kiosco Bajo. Poco después, lo tardío de la hora nos obligó a regresar a nuestras casas, aunque quedamos de vernos al día siguiente en El Cerebro Electrónico, un salón de juegos recreativos de la calle de La Galera, junto al cine Coruña.

Nuestras citas se hicieron desde entonces cotidianas, y ese se puede considerar como el origen de nuestra pandilla, al menos desde mi punto de vista.

Pronto quisimos ampliar horizontes y nuestras salidas comenzaron a ser más extensas, sobrepasando los límites de la ciudad. Uno de nuestros recorridos favoritos consistía en salir de la ciudad por Los Castros y llegar al Pasaje. En cierta ocasión, bajamos al apeadero del tren para refrescarnos del calor con unos vasos de sidra en la cantina, denominada La Viña. Saciada nuestra sed, iniciamos el retorno a La Coruña por la vía del tren. Mientras caminábamos, a alguien se le ocurrió la desafortunada idea de colocar sobre la vía unas piedras, para ver el efecto que hacía el tren al machacarlas contra los raíles. Consecuencia: afortunadamente el tren no descarriló, pero la mujer del guardagujas, que nos había visto, avisó a la pareja de la guardia civil, que se presentó cuando no habíamos avanzado ni cien metros.

-Eh, chavales, venir aquí- nos gritó con voz de trueno uno de los miembros de la benemérita desde lo lejos. La pareja representaba el prototipo perfecto de lo que eran los guardias civiles de la época: altos, recios, con bigote, y sobre todo cara de muy mala uva. Por supuesto no nos atrevimos a iniciar el más mínimo conato de huida. Según íbamos acercándonos a ellos, aquellos dos mamotretos vestidos de verde se nos iban antojando más imponentes. Les acompañaba la mujer del ferroviario, que nos dirigía una mirada acusadora.

-Vaya, vaya, así que poniendo piedras en la vía del tren, ¿eh?- dijo el que parecía llevar la voz cantante.

Entonces Lelo tuvo una idea que aun hoy en día me sigue pareciendo espléndida: desviar la atención hacia un grupo imaginario.

-No, señor guardia, nosotros no fuimos. Fueron unos chavales que escaparon corriendo- -uno de ellos llevaba una camisa blanca manchada por detrás- añadió para reforzar nuestra coartada con un argumento tangible.

El guardia miró a la señora. Ella nos observó fijamente y tardó unos instantes en contestar, sopesando si decir la verdad, lo que equivalía a que nos cayera el pelo, o apiadarse de nosotros. Finalmente triunfó la segunda opción.

-Si, puede que tenga razón, yo los vi de lejos y seguramente no eran ellos- dijo mientras exhalábamos un suspiro de alivio.

Tras la marcha de los guardias, la –ahora- buena señora nos aclaró que sabía perfectamente que lo habíamos hecho porque nos vio, pero que ella también tenía hijos y eso le había hecho apiadarse de nosotros. Tras darle las gracias, marchamos de allí aun con el susto metido en el cuerpo, y con pocas ganas de causar perjuicio alguno a la RENFE.

Aquella noche soñé con dos enormes perros de color verde con las cabezas cubiertas con tricornios, que me perseguían incansablemente a lo largo de la vía del tren, mientras a lo lejos se oían los pitidos de una locomotora.

Pocos días después, habíamos cambiado de ruta. Nuestros pasos se encaminaban a la otra parte de la ciudad, hacia la zona de San pedro de Visma y el Portiño. Una tarde de principios de setiembre, subimos hasta la cima del monte Rancheiro, donde se solían hacer prácticas de tiro por parte del ejército, y las balas y casquillos que había en las inmediaciones eran piezas codiciadas para vender en las ferranchinas y sacarles unas pesetas. Pero aquella tarde alguien había tenido la misma idea que nosotros, con el inconveniente para nuestros intereses de que se nos había anticipado.

Apesadumbrados, iniciamos el camino de regreso al centro de la ciudad. Bajamos hasta La aldea de San Pedro de Visma y desde allí continuamos en dirección al estadio de Riazor. Hacía calor y estábamos sudorosos y sedientos. Daríamos lo que fuera por una refrescante Coca Cola o una más modesta gaseosa, pero el fracaso de nuestro objetivo de negocio nos obligó a conformarnos con beber agua de una fuente las inmediaciones.

Para matar el rato durante nuestras caminatas, solíamos poner en práctica una especie de apuesta que consistía en que cualquiera de nosotros ejecutaba cualquier acción que se le ocurriese, para a continuación retar a los demás:

-Hijo de puta el último que haga esto-

Con lo que los restantes, en un desesperado intento de salvaguardar nuestra honorabilidad, nos apresurábamos a imitar su acción con la mayor celeridad.

Caminábamos por las proximidades de la escuela de Náutica cuando vimos venir a lo lejos un carro cargado con verdura del que tiraba una mula de andar cansino, y que iba conducido, fusta en mano, por un hombre de edad avanzada.

Cuando el carro estaba a punto de llegar a nuestra altura, Pablito se adelantó a los demás, tocó el lomo de la caballería, y dijo:

-¡Hijo de puta el último que toque la mula¡-

Y tocó la mula. Solo la rozó, lo juro. El animal no protestó, y el viejo tampoco, pero el restallar del latigazo que Pablito recibió en el cuello todavía hoy resuena en los oídos de todos los allí presentes. El carretero continuó impertérrito su camino sin hacer comentario alguno ni volver la vista atrás. Era evidente que se trataba de un hombre parco en palabras, pero resuelto en cuanto a sus actos.

Pablito quedó estupefacto. Y dolorido. Más dolorido que estupefacto. Un rojo cardenal se iba formando en la parte derecha de su cuello. Los demás, tras la sorpresa inicial, fuimos presas de esa maldad insolidaria propia de los adolescentes, y pese a intentarlo –aunque a decir verdad tampoco es que pusiésemos demasiado interés-, nadie pudo contener la risa. Pablito, al no verse demasiado apoyado moralmente por quienes le acompañábamos, solo tuvo fuerzas para decir con voz llorosa:

-¡Sí será cabrón el viejo! ¡Qué maricón!-

Según íbamos andando, el pobre Pablito de vez en cuando se volteaba para otear el horizonte en busca del viejo y no podía evitar mascullar, mientras acariciaba inconscientemente los contornos del feo cardenal que iba adquiriendo una tonalidad cada vez más violácea en su cuello:

-¡Hijo de la gran puta!-


A mediados de setiembre se iniciaron las clases en los Maristas. Entrábamos en el bachillerato superior.

Ese curso fue para mí un auténtico desastre, visto siempre desde el punto de vista de los estudios. Los motivos hay que buscarlos en varios factores: por una parte, el relativo éxito obtenido en la reválida de cuarto, donde además de superarla obtuve unas puntuaciones brillantes, creó en mí una especie de sobrevaloración que me llevó a pensar que para aprobar no me hacía falta estudiar. Por otra, el efecto de cumplir quince años y empezar a considerarme un hombrecito, iniciando mis primeros escarceos, tampoco ayudó demasiado. Los resultados fueron, como ya he dicho, catastróficos, hasta acabar repitiendo curso, y lo que es peor, en una especie de desafío, como queriendo demostrar que el fracaso no era culpa mía, abandoné por propia decisión mi inolvidable periplo en el colegio, poniendo con ello fin a lo que hoy, después del paso de los años, me consta que fue la mejor etapa de mi vida.

En este último curso el titular de mi clase era el hermano Olegario, a quien tengo catalogado como de los de buen nivel en todos los aspectos.

Durante ese curso pasaron también cosas dignas de contar, como los ejercicios espirituales de Puentedeume, que consistía en tres días de retiro espiritual en el más absoluto de los silencios. Yo estoy convencido de que no hablamos ni hicimos el indio tanto en el resto de nuestras vidas. Nuestra estancia en la casa de ejercicios coincidió con uno de los temporales más grandes que se recuerdan en Galicia, hasta el punto de que el agua del Orzán, producto del oleaje, había alcanzado la calle Juana de Vega, que quedó completamente inundada. A nosotros apenas nos afectó, encerrados como estábamos en aquel caserón; únicamente nos dimos cuenta por los numerosos cortes de luz que sufrimos, o más bien disfrutamos, porque cada vez que quedábamos a oscuras el griterío y el cachondeo alcanzaban tales cotas, que más parecía que estuviésemos en el baile de las marmotas del Hotel Finisterre que en un lugar de recogimiento. Aun me duele la patada en el culo que me dio Olegario cierta noche que andando por el pasillo se produjo un apagón y, justo cuando comenzábamos a pintar la mona, apareció de repente un tío con una linterna, que para mi desgracia no era precisamente el acomodador.

A principios de año, falleció la madre de nuestro compañero Fernando Martínez. El hermano Olegario, impulsado por la solidaridad y la caridad cristiana que se le supone a un discípulo del beato Marcelino Champagnat , llevó a toda la clase al domicilio de la difunta, en la calle Enrique Dequidt, donde la finada yacía a la espera de su inhumación, para rezar un rosario. Juro solemnemente, tanto por mí como por mis compañeros, que lo que nos movía cuando acudimos allí eran motivos puramente emocionales y de apoyo a nuestro amigo y su familia.

Nunca tal cosa hubiéramos hecho, porque con más de treinta personas reunidas en un piso de unos cien metros cuadrados, a alguno de los reunidos le dio un ataque de risa nerviosa, que poco a poco se fue contagiando a los restantes como si se tratase de la gripe. Aun no había transcurrido la mitad del rosario, cuando aquello semejaba que, en lugar de hallarnos ante un cadáver de cuerpo presente, parecía que nos encontrábamos viendo una película de Cantinflas. Lo cuento a modo de anécdota, pero no me siento nada orgulloso de aquella actuación.

1965 era Año Santo Compostelano, y en el colegio se organizó una excursión a Santiago, ya cerca de la finalización del curso. Una mañana de Mayo los más de mil alumnos con los que contaba el centro embarcamos en la estación de San Cristóbal en un tren con destino a la ciudad compostelana. Desconozco el porcentaje de compañeros a quienes guiaban motivos religiosos, pero estoy en disposición de asegurar que era muy escaso.

Al llegar al punto de destino, la estación de Santiago, descendimos del ferrocarril y nos situamos en dos hileras divididas por cursos, que bajo la dirección de un Hermano Marista –en nuestro caso nos tocó Macario- enfilamos en dirección a la catedralicia plaza del Obradoiro, para llevar a cabo toda la tradición propia del Jubileo. Aquel fue nuestro último acto de disciplina del día, porque nada más llegar a la plaza, abarrotada por miles de peregrinos, las dificultades que nuestros vigilantes tenían para controlarnos nos dieron alas, y con ello dio comienzo una jornada espectacularmente festiva, en la que por no faltar no faltó siquiera que algunos nos cogiéramos la primera cogorza de nuestra vida.

Por fin llegó el verano. Como muchos habíamos cateado, teníamos clase por las mañanas en los Maristas, pero a partir de las doce estábamos libres, y nos íbamos todos a la playa del Orzán, muy próxima al colegio. Allí, entre pachangas futboleras y chapuzones, comenzó a fraguarse de verdad lo que en un futuro sería nuestra pandilla, a la que se fueron incorporando nuevos elementos: José Ignacio Mateo, Gonzalo Viana, Pepe Campos, José María Vázquez Albertino “Tino”, Eduardo García Iglesias y Suso Recalde. Al igual que los nombrados anteriormente, incluido yo mismo, todos residían en el Ensanche coruñés: Mateo en Juan Flórez, Viana en la calle Betanzos, Campos y Tino en la Estrecha de San Andrés, donde estaban, uno frente al otro, los negocios de sus padres, de comercio de calzados y fabricación de chocolates respectivamente, Eduardo en Panaderas y Suso en la calle Pastoriza.

Durante las tardes de ese verano, lo normal hubiera sido que nos quedáramos en casa a estudiar, pues como ya he dicho la mayoría de nosotros había suspendido, pero no. En mi caso particular, aprovechando que mis padres regentaban un hostal de tres pisos, me escaqueaba después de comer, acudiendo a un bar que el padre de un compañero del colegio, José María Vecino, había abierto recientemente en la Cuesta de la Mula, donde matábamos las primeras horas de la tarde jugando a las cartas, y ya no regresaba hasta la noche, y el resto, con o sin negocio familiar, hacían más o menos lo mismo.

Nuestros pasatiempos vespertinos consistían básicamente en jugar al escondite en el puerto, en la zona denominada “las tablas” por estar allí apiladas grandes cantidades de tableros de madera. Este juego, por infantil que pueda parecer, llevaba acarreado un importante riesgo, puesto que el lugar idóneo para pasar desapercibido era el hueco existente en el interior de las pilas de tablas, y para acceder a él había que escalar y después descender por una altura que solía superar los cuatro metros. Más de un morrazo nos tenemos pegado casi todos por el simple hecho de poner un pie en falso, afortunadamente sin que la cosa pasase a mayores.

La alternativa a este entretenimiento era la de jugar a “quedas” en el estanque de Curros Enríquez. El peligro, evidentemente inferior al de las tablas, consistía en que tanto perseguidor como perseguidos corríamos el riesgo de caer al agua que circundaba la estatua, cuyo nivel no llegaba ni siquiera a las rodillas, pero era suficiente para pegarte una buena mojadura, amén del consiguiente ridículo por parte del accidentado.

Recuerdo que en cierta ocasión le tocaba de “pandar” a Deus, un compañero de clase que no salía habitualmente con nosotros. En un momento dado, viéndome perseguido por él, tuve que saltar de la base de la estatua al bordillo por encima del agua. Aunque lo legal era no bajar del bordillo del estanque, se permitía tocar el suelo exterior con un pie, debido al impulso del salto. Deus no conocía bien las reglas y protestó. Le expliqué que cuando se saltaba, se podía apoyar el pie porque era imposible no hacerlo. Deus, que venía con ganas de discutir dijo que de eso nada, que se hacía con facilidad.

-Demuéstralo –le dije -si lo consigues, pando yo-

Lo intentó. Ya lo creo que lo intentó. Y por poco lo consigue. Durante unos segundos se mantuvo en equilibrio mientras los demás permanecíamos expectantes. Movió los brazos tratando de estabilizar el cuerpo como un acróbata sobre el alambre, pero finalmente se venció. Lo lógico era que cayese de pie en la parte exterior, o sea en seco, pero su entusiasmo era tal que en un último intento por nivelarse, se venció hacia atrás y cayó al agua cuan largo era, ante la mirada atónita del resto de compañeros y de la concurrencia que a esas horas paseaba por el jardín de Méndez Núñez.

Y llegó setiembre, y con él la debacle. Solo conseguí aprobar una de las asignaturas de junio, y por lo tanto me veía obligado a repetir curso, pero por una cabezonería de la que luego me arrepentí, preferí dejar el colegio y estudiar por libre, intentando sacar adelante en ese curso las cinco asignaturas pendientes de quinto y además sexto, con la reválida de propina. Fue un tremendo error.
















LA ODISEA -CUARTO DÍA
Mientras desayunábamos en el mismo bar de la noche anterior y Suso, que iba a ser el nuevo chofer, nos comentaba la ruta que tenía prevista para ese día –Desplazarnos a León, pasar allí parte del día y continuar viaje hacia Asturias, donde pernoctaríamos- yo no podía dejar de mirar a Luisma, a quien todavía no había abandonado el susto, tal y como traslucía claramente su rostro ojeroso y su expresión pusilánime, y tenía que hacer auténticos esfuerzos para no estallar en carcajadas, sobre todo cuando mi mirada coincidía con la de Lelo.
Teníamos un pequeño dilema, y era qué hacer con el coche de Luisma, porque éste, pese a la angustia que había padecido, no tenía ninguna gana de dejarnos y continuar ruta hasta Coruña, y por otra parte, tampoco era cuestión de viajar en dos vehículos, y en el de Suso cabíamos los cinco con comodidad. Finalmente se decidió que el coche quedase en El Val, aunque eso supusiera obligarnos a tener que pasar por allí de nuevo.
Salimos sobre las diez y media con una climatología similar a la del día anterior, mucho sol y mucho frío. Media hora después llegábamos a Trobajo del Camino, antesala de la ciudad de León.
Nuestra primera parada fue en Casa Blas, en la calle Lucas de Tuy, muy cerca del río, donde probamos sus míticas patatas picantes, cuyo efecto en nuestro paladar nos obligó a repetir hasta dos veces la frasca de clarete –continuamos con el vino peleón, al que ya le habíamos cogido gusto- que pedimos inicialmente. Suso decidió llevar a rajatabla sus obligaciones de conductor y tuvo que sobrellevar el picante con varias dosis de agua mineral.
Después, hicimos la obligada visita al célebre Barrio Húmedo. Mientras callejeábamos por sus calles llenas de sabor medieval, me vino a la memoria el legendario Genarín. Lo mencioné, pero ninguno de mis amigos tenía ni puta idea de quien era, y tuve que explicárselo.
Genarín fue un pellejero que vivió en León a principios del siglo XX, famoso en su época y ambiente, cuya mayor afición era beber orujo y frecuentar las casas de putas de la ciudad, y que murió atropellado por el primer camión de la basura de León, que lo sorprendió mientras estaba haciendo de vientre en uno de los cubos de la muralla medieval, en la llamada Calle de los Cubos, una noche de Jueves Santo. A su alrededor surgió entonces, por parte de la gente más bohemia, la costumbre de rememorar tal acontecimiento con una procesión, creando para ello una cofradía -la Cofradía de Nuestro Padre Genarín-, sustentada en el supuesto carácter milagrero del borracho (con milagros relacionados, por ejemplo, con victorias de la Cultural Leonesa, equipo de fútbol local). La procesión comienza tras una cena de los hermanos de la Cofradía en uno de los restaurantes más típicos del Barrio Húmedo, regada siempre por buenos vinos y orujos; entonces, ésta parte en un particular via crucis de borrachos, que recorre los bares del casco antiguo en dirección a la muralla, para concluir la procesión ante el cubo en que fue atropellado.
Entre las decenas de bares que conforman el Barrio Húmedo, el primer local que visitamos fue La Imprenta Casado, negocio que contra lo que su nombre indica no tiene nada que ver con la linotipia, y acompañamos los vinos con unos boquerones en vinagre aderezados con un agradable toque de picante. Luego entramos en La Bicha, donde probamos la morcilla, y La Croqueta. Pero todo eso fue para hacer boca, porque le cogimos gusto al alterne y decidimos continuar ruta.
La Gitana, El Garbanzo Negro, La Botica, fueron el inicio de un largo etcétera, en medio del cual la bebida comenzó a hacer efecto, en unos más que en otros, y comenzaron los problemas.
Fue nada más entrar en El Gaucho, un lugar que yo recordaba por su sabrosa y (como no) picante sopa de ajo. Eran las dos de la tarde, llevábamos en León tres horas y era increíble la cantidad de vino que habíamos sido capaces de trasegar en tan poco tiempo. El bar estaba prácticamente vacío, pues aparte del camarero solamente había media docena de jóvenes de unos veinticinco años que ocupaban una de las mesas del local, que estaban fumando algo cuyo olor disipaba cualquier duda acerca de su origen. Tenían pinta “amacarrada” y pendenciera, y cuando nos vieron entrar debieron pensar que éramos las victimas propiciatorias para matar su aburrimiento, porque uno de ellos dijo en voz alta:
-Joder, con lo tranquilos que estábamos aquí fumándonos un “peta” y aparecen los carcamales a dar la vara-
Iba a decir algo y se me anticipó Eduardo:
-Tranquilo, tío, que solo veníamos a ver si estaba por aquí tu puta madre, pero como debe estar ocupada comiéndose alguna polla, vamos a aprovechar para tomar algo-
-Bueno, pues ya está el lío montado- dije para mis adentros.
Y lo estaba. Vaya si lo estaba. El que había hablado y dos más se levantaron como movidos por un resorte –los restantes debieron considerar que eran suficientes para darnos una buena lección y siguieron dándole al porro-
Contaban con la importante ventaja de ser más jóvenes que nosotros e incluso podíamos suponer que una experiencia cuando menos más reciente en situaciones de ese tipo, pero en su contra estaba que el hecho de saberse superiores les hacía más confiados. Por eso el cabecilla no contó que mientras se acercaba a Eduardo con gesto de perdonavidas se encontrase sin saber como con el puño de Suso, que lo arrojó al suelo de un seco zurriagazo, mientras Luisma y yo, en un perfecto ejercicio de coordinación no estudiada, le dábamos la misma medicina a sus acompañantes. El que me tocaba a mí recibió el puñetazo en plena oreja, y aunque no llegó a caer al suelo, quedó tan dolorido y desconcertado que técnicamente se podía considerar fuera de combate, circunstancia que concurrió igualmente en el tercero de ellos, que recibió un soberbio puntapié en esa delicada zona distante como a una cuarta del ombligo en dirección sur.
La maniobra fue tan rápida e inesperada que los tres restantes quedaron desconcertados y viendo que su inicial superioridad numérica se había difuminado y que los “carcamales” no se andaban con tonterías, no se atrevieron a levantarse de su asiento. Nosotros, por nuestra parte, tampoco quisimos tentar a la suerte y salimos de allí de inmediato como si nada hubiera pasado. Suso se tocaba los nudillos de la mano derecha.
-Me cago en la puta, que dura estaba la cabeza de ese cabrón. No sé si no me jodería la mano- protestaba.
No nos cortamos de seguir alternando sin pensar siquiera que los macarras del incidente podrían salir a buscarnos una vez recuperados, y esta vez sin que contásemos con el factor sorpresa que tan bien habíamos sabido aprovechar. Por fortuna no volvimos a tener el más mínimo altercado. La aventura por el Húmedo duró hasta las tres y media de la tarde, hora en que nos percatamos de que casi sin darnos cuenta habíamos tapeado tanto con los vinos que a nadie le apetecía comer, y menos con la adrenalina generada por el follón que habíamos tenido, así que dirigiéndonos a donde estaba estacionado el coche dimos fin a nuestra corta pero intensa visita a la ciudad de León.
-Joder, este viaje como siga así podría dar para escribir un libro- comentó Eduardo cuando montábamos en el vehículo
-Nunca se sabe- repuse yo
Antes de arrancar, Suso nos indicó que, a la vista de que todos los demás íbamos ya sobrados de alcohol, no tenía previsto parar hasta llegar a Oviedo, nuestro siguiente punto de destino. Nadie puso objeción alguna, aunque como era cerca de hora y media de viaje, le dijimos que al menos había que hacer un mínimo alto para mear, en lo que estuvo de acuerdo. Hizo bien, porque a buen seguro que de negarse le hubiésemos meado dentro del coche.
Nada más salir de León me puse a dar una cabezada y quedé frito. No desperté hasta notar que el coche paraba. Estábamos ya en Mieres, muy cerca de Oviedo. Me di cuenta de que los demás habían hecho lo mismo. Bajamos del coche para aliviarnos y tomar un café. Aproveché para pedir una guía telefónica y buscar alojamiento en Oviedo. Elegí el Clarín, que ya conocía, un acogedor hotel de tres estrellas situado en el centro de la ciudad, en la calle de Gascona, lo que evitaría incómodos desplazamientos en coche. Reservé tres habitaciones, dos dobles y una individual, que Luis María se autoasignó. Deseé que en el hotel no hubiese fantasmas para poder disfrutar de una cama para mí solo durante toda la noche.
Tras instalarnos, a mí no me apetecía echar la siesta, pues tenía suficiente con lo que había dormido durante el viaje, y a Luis María le pasaba lo mismo, así que acordamos darnos una vuelta por Oviedo mientras los demás descansaban. Deambulamos por las calles del centro de una ciudad donde yo había pasado largas etapas en el pasado, y el encuentro con lugares que tenía escondidos en algún rincón de la memoria hizo que evocase buenos momentos vividos allí.
Mientras recorríamos la céntrica calle Uría, Luisma me comentó que quería aprovechar el recorrido para comprarle un regalo a su mujer a modo de compensación por la inesperada escapada que estaba protagonizando, que además no tenía trazas de terminar a corto plazo, porque necesitaba su coche para regresar a casa, y éste estaba a más de doscientos kilómetros de allí.
-Ya sé lo que le puedes comprar. Cerca de aquí hay una confitería que fabrica los bombones más exquisitos de España-
-Cojonudo, a Luisita le encantan los bombones-
Nos acercamos hasta la confitería Peñalba, sita a pocos metros de donde nos hallábamos, en la calle Milicias Nacionales, transversal de Uría, y Luisma quiso ser generoso –entre otras cosas porque le convenía- y se pulió 38 euros en una caja de un kilo de aquellas exquisiteces. Yo fui más comedido y me conformé con una de medio kilo.
Después nos acercamos hasta la cercana cafetería Logos, un lugar al que yo había acudido con frecuencia durante mis estancias en la ciudad, y a continuación a la calle Covadonga, centro neurálgico de la ruta de vinos de la ciudad, y aunque eran las siete de la tarde, hora algo temprana para el alterne, no resistimos la tentación de entrar en el Cabo Peñas, una tradicional cervecería y lugar de ambiente, donde nos entretuvimos tomando unas cañas y charlando hasta cerca de las ocho, hora en que habíamos quedado de vernos con el resto. Cuando caminábamos hacia el hotel, enseñé a Luisma el Marchica, otro local emblemático, y justo enfrente, la iglesia de San Juan el Real, donde hacía muchos años se había casado el general Franco con Carmen Polo.
Cuando llegamos, ya estaban esperándonos en la puerta.
-¿Que hacemos?- dijo Eduardo
-Hombre, ya que estamos en Asturias, lo que procede es tomar unos culines de sidra- razonó Suso.
-Pues si eso es lo que buscamos, me parece que no vamos a tener que andar mucho. Estamos en el mismísimo bulevar de la sidra- indiqué yo.
Efectivamente, a nuestro alrededor se extendían a lo largo de la calle numerosos rótulos de sidrerías. Durante las dos horas siguientes recorrimos El Rincón de Gascona, Tierra Astur, El Cachopito, Villaviciosa, La Pumarada, el Asturias y La Noceda, despachándonos en cada una de ellas no menos de un par de botellas escanciadas por nosotros mismos, cosa que en el fondo nos benefició porque no conseguimos bebernos ni la mitad. Tuvimos además la prudencia de ir pidiendo en cada sitio pinchos que suavizaron los efectos de los culines -fritos de pixín, queso de Cabrales o “bollus preñaus”- aunque al no haber hecho comida fuerte al mediodía, rematamos la faena entrando en El Cigüeña y pidiendo un arroz caldoso con bogavante y almejas. Todo eso sin salir de la misma calle.
Cuando acabamos de cenar, hicimos cuentas de cómo iban los gastos. Nos sorprendió el hecho de que hubiera un superávit acumulado de casi seiscientos euros, aunque eso tenía cierta lógica, puesto que cada uno había ido depositando religiosamente 100 euros diarios, a lo que había que añadir los de Luisma desde el día anterior, por el momento no habíamos incurrido en gastos extraordinarios y además había que tener en cuenta que durante dos días no habíamos comido de tenedor y los otros dos la comida había sido francamente barata, la cena de Untes había sido invitación de Lolo y la noche anterior tampoco habíamos pagado hotel, al dormir en casa de Lelo. Debatimos arduamente si aprovechar el saldo positivo dándonos un homenaje gastronómico al día siguiente en uno de los buenos restaurantes que tanto abundan en Asturias o nos pasábamos esa misma noche de fiesta rachada. Al final, como era de prever, y a la vista de que no triunfaba ninguna opción, en una decisión salomónica conjunta nos decidimos por las dos.
Eran las once y quedaba mucha noche por delante. La sidra en sí es una bebida floja en contenido de alcohol, y aunque habíamos bebido mucha, apenas nos afectó. Lo malo es que a partir de ese momento nos cambiamos al cubata, y eso ya es otro cantar. La mezcla es explosiva. Tanto que no había pasado una hora desde el cambio de tercio, solo habíamos estado en un par de sitios, y el que más y el que menos estaba bastante “puesto”. Continuamos por los pubs del centro, cada vez más “heridos”, y como a las dos de la mañana a alguien se le ocurrió la brillante idea de pasarnos por un puti club, a lo que nadie tuvo la sensatez de oponerse.
Nos embarcamos en dos taxis junto al parque de San Francisco y nos dirigimos a un local de las afueras, en la avenida de Galicia.
Pese a que era jueves, tradicionalmente día de ambiente, en el club apenas había clientes, y los pocos que había no tardaron en abandonar el local, dejándonos solos ante el peligro con la media docena de jamonas que pululaban a nuestro alrededor, como los buitres cuando sobrevuelan sobre el rebaño de ovejas.
Y empezó la fiesta. No voy a entrar en detalles, pero allí hubo de todo… bueno, de todo menos lo que se supone que debe haber como finalización de una velada de ese tipo, excepto para uno de nosotros –no voy a identificarlo. Prefiero que las sospechas del lector recaigan sobre todo el grupo- que fue la excepción. Algo le picaba al sur del bajo vientre y entró en un reservado para que se lo rascaran. Esperamos pacientemente por él durante media hora, y al cabo de ese tiempo salió su acompañante, una andaluza simpática, que protestaba a voz en grito por el enorme riesgo que acababa de sufrir al enfrentarse a semejantes atributos, y lo hacía de una forma tan exagerada que hacía evidente que se trataba de un montaje promovido por el propio interesado. No obstante, eso no impidió que unos instantes después, cuando se presentó nuestro amigo, fuese recibido con una estruendosa ovación.
El precio del sarao ascendió a 450 euros, lo que unido al gasto de las copas que habíamos tomado con anterioridad, prácticamente evaporaba los ahorros conseguidos durante los días anteriores con tanto esfuerzo.












Mi siguiente centro de estudios fue la academia Herbos. Tengo sentimientos encontrados sobre lo que aquel curso significó para mí. Por una parte, guardo una simpatía especial por aquella época, que representó en muchos aspectos el fin de la infancia y el principio de la ansiada adolescencia –es significativo, por ejemplo, que en el transcurso de aquellos nueve meses crecí, aunque parezca mentira, 17 centímetros, pasando del 1,61 al 1,78 actual- pero por otra supuso poner fin a una etapa, la de los Maristas que, aunque idealizada por lo que supone la depuración en positivo de los recuerdos en un plazo tan largo, estoy francamente convencido de que fue la más feliz de mi vida.

No fui el único de mi pandilla que se matriculó en la Herbos. Suso y Eduardo también ingresaron, además de Alfredo Otero, apodado Carnota por ser natural de dicha localidad costera. Procedía también de los Maristas, aunque de un curso diferente del nuestro; en poco tiempo pasó a ser uno más de nuestro grupo de amigos, al igual que Juan Catalá, “el Catalino”, que vivía en el edificio del Banco de Vizcaya de la calle Real, de donde su padre era conserje.

Aquel invierno fue, cuando menos, divertido. Todos nosotros fuimos descubriendo interesantes novedades y vivimos experiencias que un año antes ni siquiera imaginábamos protagonizar. Por ejemplo, los domingos nos veíamos a las tres y media de la tarde en el Cerebro Electrónico, normalmente para luego acudir a la primera sesión de alguna sala de cine. Después, había un pequeño abanico de posibilidades, dependiendo del estado de nuestros bolsillos, normalmente bastante depauperado; lo más habitual, en el mejor de los casos, era acudir al baile del hotel Finisterre, a la caza y captura de alguna “marmota”; lo normal era que no nos comiéramos un rosco, si bien en alguna ocasión sonaba la flauta y al menos conseguíamos bailar algunas piezas todo lo arrimados que se nos permitía, pero sin pasar de ahí.

Al margen del Finisterre, estaba, frente al mercado de San Agustín, la sala de fiestas La Granja, con su famoso Jueves Rosa, cuyo ambiente era un poco más refinado que el del anterior; a mí particularmente lo que me gustaba eran los guateques que se celebraban en la planta alta de las cafeterías Petit Lar y Linar, en la zona de los vinos.

Ese año también descubrimos el barrio chino, el viejo y legendario Papagayo, que merece un aparte, y sus personajes, a los que para nosotros rodeaba un halo de misterio; tejíamos historias acerca de ellos, por supuesto casi todo inventado o cuando menos exagerado en grado sumo, hasta elevarlos a la categoría de mitos: Elvirita la Vetorda, Marilin la gitana -“protegida” de Moncho Casal, campeón de España de boxeo por aquella época-, la Argentina, la Orensana, una mujerona de quien se decía que tenía más pegada que el propio Casal –circulaba una historia, supongo que imaginaria, sobre la soberana paliza que la Orensana había propinado a un par de marines americanos, fuertes como castillos-, los mariquitas Julito –ese todavía era más bravo que la Orensana-, Paquito Pamela y el inefable y polifacético –cantante, boxeador y portero de fútbol- Pepe Marqués.

Llegó el mes de Junio de 1966. Los resultados de los exámenes, sin ser tan catastróficos como los del año anterior, tampoco eran como para tirar cohetes, lo que supuso que mi padre me impusiese un peculiar castigo: me puso a trabajar en la oficina de un amigo suyo, en la plaza del Maestro Mateo; no es que estuviera allí a disgusto, pero eso me impidió poder disfrutar de las mañanas del Orzán, y por la tarde, cuando me veía con los amigos, no podía impedir sentir una punzada de envidia al contemplar su saludable color moreno, mientras yo parecía una gota de leche. Además, aquel verano supuso la entrada en nuestro grupo de miembros femeninos, por increíble que pueda parecer. Eran tres hermanas de Monforte que pasaban los veranos en Coruña, Livia, Mariní y Cleofé, a las que pronto se unió María José Páramo, una rubia de larga melena de Lugo que había pasado a residir en nuestra ciudad debido al traslado de su padre, inspector de Hacienda. Ni que decir tiene que me enamoré de ella nada más verla, pero sin resultado positivo alguno, excepto una buena amistad.

En esa época descubrimos los bailes del Leirón del Casino, en Juan Flórez. El problema de que algunos de la pandilla, entre los que me incluía, no fuésemos socios, no supuso ningún impedimento para acceder al parque, pues nuestros 16 años nos dotaban de agilidad y osadía más que suficiente para saltar la muralla con suma facilidad, aunque todavía está en mi memoria una chaqueta cuya mitad dejó de pertenecerme al quedar enganchada en una arista traicionera de lo alto del muro.

Algunos sábados por la tarde, subíamos un autobús de la empresa Cal Pita en La Marina y nos dirigíamos a Iñás, donde la familia de Tino poseía una casa de campo que utilizábamos para montar nuestros guateques particulares, y los domingos por la mañana nos embarcábamos en otro autobús de la misma empresa para trasladarnos a la playa de Veigue, pertrechados con la tortilla, los pimientos de Padrón y los bistés empanados que nuestras madres nos preparaban amorosamente para que devorásemos a la hora de comer en el chiringuito próximo a la playa, después de haber dado buena cuenta de unos sabrosos mejillones al vapor que pedíamos en el propio chiringuito. Las escasas ocasiones en que nos sobraba algo de comida, la consumíamos al regreso en la terraza de la cervecería Estrella de Galicia, en Cuatro Caminos, donde había que andar casi a leches para lograr hacerse con una mesa.

Uno de esos domingos, habíamos conseguido en el muelle, a través de mi padre, una caja de cigalas del día a bajo precio y tras cocerlas nos las llevamos a Veigue. Éramos un grupo de unos diez amigos, entre los que se encontraban cuatro chicas, las tres hermanas de Monforte y María José Páramo. La más simpática de todas era Livia, la mediana de las hermanas, y al mismo tiempo era la más inocentona –o aparentaba serlo-

Poco antes de la hora de la comida, estábamos todos tomando el sol cuando Lelo, incorporándose, nos dijo

-¿Quién quiere darse un chapuzón?-

-Venga, vamos- dije yo. Gonzalo Viana y Mateo también se animaron.

Llegamos al agua y nos zambullimos. Estaba buenísima. Dimos unas cuantas brazadas durante un rato, y después quedamos en pie, con el agua llegándonos a la altura del pecho. Vi que Lelo hacía un gesto extraño, y casi al instante sacaba una mano del agua, en la que llevaba el bañador que había tenido puesto, un Meyba de color marrón. Elevó la mano en el aire y se puso a agitar el bañador, al tiempo que decía a voz en grito en dirección a donde estaba el resto del grupo:

-¡Liviaaaaaa…..un pulpo!-

La aludida se levantó como una exhalación y vino corriendo hacia nosotros, ansiosa por ver de cerca el ejemplar que habíamos capturado, pero llegando a la orilla se percató de lo que era en realidad. Su reacción inmediata fue llevarse las manos decorosamente a los ojos para no ver aquella impudicia, mientras llamaba al autor de la procacidad desde guarro hasta degenerado, aunque todos los presentes pudimos comprobar que los dedos de sus manos estaban más separados de lo que parecía indicar su casta actitud.






















LA ODISEA - QUINTO DÍA
Al día siguiente le tocaba conducir a Luis María. Cuando me percaté de ello me eché las manos a la cabeza y dije: -que Dios nos coja confesados-. Y no porque Luisma conduzca mal o sea imprudente, sino simple y llanamente porque no ve un huevo.
A las doce de la mañana abandonamos el hotel, resacosos, cansados y somnolientos. Ya se sabe, noches alegres, mañanas tristes. A pesar de lo avanzado de la hora y el esplendoroso sol que lucía en el cielo, un intenso frío se hacía sentir en el ambiente.
Como Luisma no tenía muy claro a donde quería ir, al no ser buen conocedor de la zona, me pidió consejo. Como habíamos acordado darnos un buen homenaje gastronómico, le indiqué que tirara hacia Avilés, a un cuarto de hora de Oviedo, donde tomaríamos unas botellas de sidra, para después ir a comer a un sitio relativamente próximo a donde yo iba de antiguo.
Al llegar, aparcamos justo frente a la estación de RENFE, en cuyas inmediaciones había una antigua sidrería, Casa Lin, donde en otra época trabajaba un camarero que era un verdadero artista escanciando culines de sidra, hasta el punto que había ganado varios premios de la especialidad a nivel de la comunidad asturiana.
Todavía continuaba trabajando allí. Le pedimos un par de botellas y se lució en un espectacular gesto casi de contorsionista consistente en extender la pierna izquierda hacia atrás, bajando el vaso hasta la altura del tacón y elevando la botella hasta donde llegaba su mano derecha. Un verdadero espectáculo visual, pero lo mejor era la diferencia de sabor entre esa sidra y la escanciada por nosotros durante la noche anterior.
Gustó tanto que repetimos varias veces. Lelo se había aprendido de memoria el grito de guerra, y no paraba de repetirlo:
-¡Guaje, echa un culín!- decía a grandes voces con la boca llena de los huevos cocidos que nos habían servido de pincho.
Al cabo de una hora, abandonamos el establecimiento y nos encaminamos a otro similar, también tradicional, Alvarín, existente a cierta distancia de allí, en la zona de vinos.
Conocía desde hacía años al dueño del local, Ismael, que me reconoció y saludó cordialmente nada más entrar. Volvimos a la carga con la sidra, que acompañamos con unos sabrosos “oricios” hervidos, todos excepto Luis María, más repugnante para comer que la madre que lo parió, que comió una “andarica” .
Sobre las dos de la tarde nos desplazamos hasta Bañugues, cerca de la localidad de Luanco, en las inmediaciones del cabo Peñas, para ir a comer a Casa Roces, que era el lugar que había seleccionado para darnos el famoso homenaje; llegamos media hora más tarde.
-¿me dejáis que elija el menú para todos? Os aseguro que no os decepcionará- dije una vez que hubimos tomado asiento en el amplio comedor. Todos estuvieron de acuerdo.
Cuando el camarero trajo las cartas, le dije que no hacían falta.
-Nos traes un “llocántaro” a la plancha para cada uno de primero, y a continuación una caldereta de pescado y marisco para cinco, y para acompañar nos abres un par de botellas de Albariño Fillaboa-
Comimos como auténticos capitanes generales. El bogavante no era ninguna sorpresa, pues es un marisco sobradamente conocido y valorado, pero la caldereta, un especiado guiso con mezcla de pescados finos y de roca y diferentes mariscos que hace la doble función de sopa y plato fuerte, les sorprendió gratamente, pese a que alguno de ellos la había probado en un conocido restaurante de la localidad de Figueras (Castropol), muy cercana a la frontera asturiana con Ribadeo, pero comparada con ésta no había color.
Tras rematar el banquete con un arroz con leche caramelizado, pagamos la cuenta, que ascendió a más de noventa euros por barba, con lo que el presupuesto del día se iba al garete y la aparición de los números rojos era inminente, salvo que esa noche durmiésemos al raso, algo que evidentemente no iba a suceder.
-A ver, Luisma, tienes que tomar una decisión de hacia donde vamos-
-Y yo que carallo sé. Dejarme un mapa-
No quise ser quien llevara la iniciativa con respecto a nuestros siguientes pasos, puesto que ya había absorbido excesivas responsabilidades y no quería pasar por ningún tipo de liderazgo, que lo único que acarrearía sería posibles problemas de rivalidad, así que pasé el testigo a Suso.
-Podríamos ir a Santander, para finalizar viaje. Estamos a menos de dos horas de allí, y es una ciudad de puta madre, clavada a La Coruña-
-Si es clavada a La Coruña, no sé que cojones pintamos allí. No vamos a ver ninguna novedad- señaló Lelo, a quien lo que realmente le apetecía era regresar a su reducto de El Val.
-Hombre, Lelo- dijo Eduardo – el hecho de que dos ciudades se parezcan no significa que no existan distinciones entre ellas. Santander es una ciudad cojonuda, y merece la pena visitarla- remató.
Finalmente, como no se ponían de acuerdo, se llevó el asunto a votación. Ganó Santander por 4 a 1.
Nos pusimos en marcha. Después de dos horas y media de viaje con parada en San Vicente de la Barquera, llegamos al hotel Sardinero, junto a la playa del mismo nombre, a las siete de la tarde. Aunque era un poco tarde para dormir siesta, el cansancio acumulado por la movida noche anterior y la copiosa comida hizo aconsejable descansar durante un par de horas, al cabo de las cuales bajamos hasta el centro de Santander andando, lo que representó una buena caminata.
Nos internamos por las estrechas calles cercanas a la dársena que conforman el barrio de vinos de la ciudad, y que guardan cierta relación, al menos en su ubicación geográfica y configuración, con la zona de vinos de La Coruña. Después de deambular un poco por allí, entramos en La Cigaleña, establecimiento que yo ya conocía de antes y que merecía la pena visitar.
Tras una fachada antigua de mesón corriente, aunque sumamente acogedor, se esconde un auténtico museo del vino plagado de obras de arte de la enología -se pueden contar por cientos las botellas que ornamentan paredes y techo-, y una cocina sencilla y tradicional, pero de enorme calidad. Dado el homenaje que nos habíamos dado al mediodía, nadie tenía ganas de cenar, pero sí de pinchar algo. Como teníamos el cuerpo en plan sibarítico, nos ventilamos una ración de salmón ahumado Carpier marinado con trufa y eneldo –joder, que rico... ¡y que caro!-, cuya corta etapa de curación le hace preservar una intensidad del sabor digna del paladar mas exigente, y unas exquisitas mollejas de lechazo, que acompañamos con un par de botellas de Marqués de Murrieta del 82. La estocada que nos pegaron al traernos la cuenta no nos afectó en absoluto, pues todos consideramos que lo bueno hay que pagarlo, y aquello era a todas luces excelente. Con decir que hasta Luisma comió las mollejas sin protestar y no pidió, por ejemplo, un par de huevos con patatas fritas, queda dicho todo. Incluso acordamos que si al mediodía del día siguiente continuábamos en la ciudad, comeríamos allí –yo ya lo había hecho y la paletilla de lechazo es de sacarse el sombrero-
Al salir de La Cigaleña, mientras nos tomábamos unas copas en una cafetería de las inmediaciones debatimos sobre lo que hacer durante el resto de la noche. No había, a mi entender, muchas más variantes que las consabidas de continuar tomando copas o retirarnos a dormir, algo que nadie deseaba. Suso propuso visitar el casino, en la zona de El Sardinero.
Yo, aparte de tener un concepto bastante claro acerca de los casinos, las pocas veces que estuve en alguno, concretamente tres, una precisamente en Santander, otra en La Toja y la última en Vilanova e la Geltrú, siempre pesó sobre mí la incómoda sensación de que estaba en un sitio donde me querían joder. Si a ello uníamos la reciente experiencia del intento de desplume de aquel pobre paisano en la feria de Taboada –era una situación distinta, pero al mismo tiempo se trata de los mismos perros con distintos collares-, es fácil deducir que no estaba muy de acuerdo con aquella incursión, pero asumí la decisión del resto, que fue la de ir al casino para intentar recuperarnos en la ruleta de los excesivos gastos del día. ¡Que ilusos!
Tomamos un par de taxis para desplazarnos al Gran Casino del Sardinero, un enorme y hermoso edificio de estilo neoclásico, distante a pocos metros del hotel donde nos hospedábamos.
El casino cuenta con dos salas de juego, la roja y la verde. Nos decidimos por esta última, por ser el color de la esperanza.
Aportamos cada uno cien euros al fondo común, es decir un total de quinientos “pavos”. A ver cuanto duraban.
Comenzamos nuestra incursión en el tenebroso mundo del azar probando suerte en las máquinas recreativas, en las que al cabo de cinco minutos quedaron depositados nuestros primeros cien euros. A la vista del éxito, cambiamos a la ruleta, para ver si también lo hacía nuestra suerte. La experiencia con la bolita duró algo más, alrededor de un cuarto de hora, pero también creció la pérdida, que alcanzó los trescientos euros. Yo no paraba de insistir en que aquello no era lo nuestro, pero aun hubo que probar una nueva modalidad, el black jack, donde dejamos quedar los cien euros restantes. Alguno insistió en continuar para ver si nos cambiaba la racha, y yo me negué a hacerlo, siendo secundado por Eduardo y Luisma. Lelo y Suso, actuando con suma terquedad, decidieron continuar por su cuenta, con el resultado de otros doscientos euros de menos en sus bolsillos particulares.
Cuando nos íbamos, estando ya cerca de la puerta, sentí un súbito impulso y pidiendo que esperaran, me acerqué a la ventanilla de cambio, saqué de mi cartera un billete de cincuenta euros, y tras cambiarlo por fichas, me aproximé a la ruleta. Deposité todas las fichas sobre el número 31 y esperé pacientemente a que la rueda parase de girar y la bolita quedase encastrada en la casilla correspondiente al número ¡¡¡31!!!
Me habían tocado 1800 euros. La explosión de júbilo fue tan espectacular que a punto estuvieron de llamarnos la atención, pero eso nos importaba un carallo. Como si nos echaban. Cambié las fichas por dinero sin dar la más mínima opción de que a alguno se le ocurriera seguir jugando. Al salir del establecimiento, entregué quinientos euros a Luisma, depositario del fondo común, y a Lelo y Suso los doscientos que habían perdido cada uno, obteniendo a cambio la firme promesa de que durante el viaje ni a Dios se le iba a volver ocurrir entrar en un local de juego. Me quedaban todavía novecientos euros de superávit, parte de los cuales utilicé para pagar las copas que tomamos durante gran parte de la noche, hasta que cerca de las cinco de la mañana nos fuimos a dormir.






















El siguiente curso lo pasé en la Academia Azur, en la calle Real. Digamos, siendo benévolos, que fue agridulce. Tuve como mentor a Docal, de quien no dudo que tuviese méritos suficientes para la enseñanza, pero conmigo no los aplicó; incluso puedo decir que fue el más nefasto entre los nefastos profesores que tuve durante el bachillerato, independientemente de que llegara a ser presidente de Caixa Galicia y no sé cuantos cargos más.

Coincidí allí con Eduardo Mosquera, que ya había sido compañero mío en los Maristas, así como con Jorge Naveira y Jaime Páramo, hermano de María José, a quienes introduje en nuestra pandilla.

Por circunstancias personales del profesorado, teníamos entre clase y clase algunas horas muertas que nos obligaban a pasar en una sala de estudios, en teoría haciendo eso, estudiando, pero en la práctica la efectividad de tal medida era más que discutible. Con nosotros había una compañera, una chica de la zona de Betanzos llamada Esperanza, que era la única que se limitaba a estudiar. Era bastante tímida e introvertida, y por lo tanto, muy callada.

En cierta ocasión, a alguno de nosotros, no recuerdo quien -incluso puede que fuera yo-, se le ocurrió una maldad:

-¿Qué os parece si le hacemos creer a Esperanza que planeamos asaltar un banco?-

A todos nos pareció una idea excelente, y desde ese momento dedicamos en pleno las horas de estudio a planificar el simulacro de delito. Jaime vivía en la calle Durán Loriga, y en el bajo de su edificio estaba la oficina principal de Banesto. Eso nos vino que ni pintado para nuestros propósitos.

Durante los siguientes días nos dedicamos a comentar, en voz baja pero lo suficientemente audible para que a Esperanza no se le escapase detalle, todos los pormenores de lo que iba a ser el golpe, que en esencia se resumía en hacer un butrón desde la sala de calderas del edificio, que se hallaba en el sótano, a la cámara acorazada del banco, para hacernos con el botín, mientras con el rabillo del ojo veíamos como el rostro de nuestra víctima, presuntamente enfrascada en el estudio, pasaba por diversas fases de coloración, yendo desde el rojo más intenso hasta quedar blanco como la ceniza.

Un buen día, Jaime Páramo apareció con cinco paquetes de voluminoso tamaño envueltos en papel de periódico que presumiblemente contenían el botín, que según manifestó sobrepasaba el medio millón de pesetas por barba. En realidad lo que había dentro eran cajas de zapatos vacías. Entregó un paquete a cada uno de nosotros, y después se volvió hacia Esperanza y le dijo:

-Esperanza, aunque tú no participaste en el golpe, te corresponde una parte por tu silencio-

Esa fue la gota que colmó el vaso. Esperanza, en cuya cara se reflejaba la más viva indignación, se levantó como un resorte alejándose del paquete que le ofrecían como si éste contuviese un virus maligno, y nos dijo con furia:

-Allá vosotros y vuestra conciencia con lo que hicisteis, porque no pienso ni abrir la boca, pero yo no quiero saber nada de esto ¿entendido?-

Cuando acabó aquel curso, ninguno de nosotros volvió a ver a Esperanza. A veces me asaltan dudas de si todavía, esté donde esté, sigue convencida de que un día de hace muchos años fue testigo del atraco perfecto.

El padre de Jaime Páramo, como ya he indicado anteriormente en referencia a su hermana María José, era inspector de Hacienda, cargo que, entre otros privilegios, le otorgaba la posesión de una invitación de carácter permanente para entrar gratuitamente en cualquier sala de cine de la ciudad, acompañado de otra persona. Aprovechando que sus padres no solían utilizarlo, Jaime se había hecho con el preciado carné y lo empleaba con alguno de nosotros, muy frecuentemente conmigo, cuando había alguna película que nos interesaba especialmente o simplemente cuando no teníamos dinero, que era casi siempre.

Habían estrenado en el cine Riazor la película Diez Negritos, basada en una novela de Agatha Christie, cuyo argumento gira en torno a 10 personas que son invitadas a pasar unos días en una isla privada, donde su misterioso anfitrión no aparece y comienzan a ser asesinados uno por uno. Finalmente el asesino resulta ser uno de los invitados, el juez, que aparentemente estaba ya muerto. Jaime y yo fuimos a verla el mismo día del estreno, y nos encantó. Tanto fue así que pocos días después, aprovechando que al salir de clase comprobamos que hacía una tarde de perros, volvimos a verla. La película había tenido tanto éxito con el boca a boca que el cine, pese a ser día laborable, estaba casi abarrotado.

Con lo que no habíamos contado era que, una vez conocido el final, la película carecía ya de aliciente alguno. No había transcurrido ni la mitad cuando yo estaba impaciente por que terminase, tanto que le dije a Jaime que era mejor que nos fuésemos, pero él prefería seguir en el cine. La solución para forzarle a marcharse vino a mi cabeza instantáneamente. Aprovechando que las butacas que ocupábamos correspondían a la última fila y daban al pasillo, solo a un par de metros de los cortinajes que cubrían el espacio destinado a la salida, solté a viva voz, en medio de un silencio en el que podía oírse el aleteo de una mosca:

-¡¡El asesino es el juez!!-

E inmediatamente me levanté y salí de allí a toda velocidad, seguido muy de cerca por Jaime, que no paró de soltarme improperios hasta que llegamos a la calle de los Olmos.

-¡Cabrón, tenías que oir como chillaban. Si nos llegan a coger nos matan!-

Ese invierno descubrimos el estanco de Fonteculler. Era una tienda mixta –estanco, ultramarinos y bar-, regentada por una señora mayor muy amable, que estaba en la carretera de El Burgo, y en cuya trastienda había una amplia galería que daba a la ría, en la que por un módico precio podías hincharte de berberechos y almejas a la marinera. Allí solíamos acercarnos todo el grupo el domingo por la tarde en coche de línea, y tras pasar unas horas comiendo, bebiendo y cantando, hacíamos el regreso a pie, a través de la carretera de las Jubias y Los Castros. A escasa distancia del estanco, junto a unas casas, había siempre aparcada una moto vespa cuyo propietario podía dar fe de si habíamos pasado por allí o no, en función de que cuando regresase a por la vespa ésta estuviese tumbada o de pie.

Pronto comenzaron nuestros primeros escarceos nocturnos. Teníamos solo 17 años y era una época en la que estaba considerado socialmente que la noche era para las putas y los borrachos, circunstancia que dificultaba enormemente la obtención del permiso paterno, salvo en casos muy excepcionales y en fin de semana. Por eso, para conseguir una salida, era necesario agudizar el ingenio, cosa que todos tratábamos de hacer. En mi caso particular, el hecho de vivir en el hostal de mis padres, un edificio de tres pisos en el que ellos dormían en el primero y yo en el tercero, me facilitaba bastante las cosas, pues era suficiente decir que me iba a la cama y subir a mi habitación, para bajar directamente a la calle a los pocos minutos, haciendo el menor ruido posible.

Después, todo era fiesta y pasarlo bien, hasta que llegaba el momento de volver. El límite eran las cuatro de la mañana, que era la hora en que el sereno de la zona abandonaba su ronda, y como yo carecía de llave del portal, tenía no solo que llegar antes, sino también que buscarle por todo el centro de la Coruña, y así fue hasta que descubrí el refugio que se había procurado el vigilante, que no era otro que la trastienda de la farmacia Vigil, en el Cantón Grande, donde junto con los mancebos del establecimiento, que tenían guardia nocturna permanente, pasaban buena parte de la noche montándoselo en grande. Aquello en lugar de una farmacia parecía el Whisky Club; hasta preparaban queimadas. Pero antes de hacer ese descubrimiento, algún día incluso tuve que trepar por las cañerías hasta el balcón del primer piso, y otros esperar metido en el portal de enfrente a que llegaran las siete de la mañana y se abriera el portal.

Volviendo a nuestras salidas nocturnas, he de decir que con la perspectiva del paso de los años se me hace increíble que una ciudad tan pequeña como La Coruña ofreciese tantas posibilidades a los noctámbulos, pues aparte del socorrido Papagayo, existían desde los cabarets Luxor y Marux, a los cuales rara vez teníamos acceso por falta de efectivo salvo que surgiese algún alma caritativa que nos convidase, hasta las Cuevas del Búho o El Molino Rojo, en Los Mallos, donde en diferentes etapas el popular Cañoto preparaba como nadie el pollo al ajillo, pasando por el café Capitol, en Cuatro Caminos, regentado por Mariano, un hombre que solo se había emborrachado una vez en su vida –lo que pasa es que eso había debido ser allá por 1916 y todavía le duraba-. Para acceder al Capitol fuera de horas –que era cuando nosotros acudíamos- había que llamar con los nudillos en el cristal, aplicando una contraseña. Al cabo de un rato mariano abría la puerta, y pidiendo silencio con un gesto, nos dejaba pasar. Allí dentro reinaba casi la más absoluta oscuridad, pero los parroquianos, que llenaban el local, se las arreglaban para jugar al póker sin problema alguno. Lo nuestro no era el póker, sino matar el hambre con un salpicón de bonito o, si encontrábamos a Mariano de buen humor y con ganas de cocinar, con una sabrosa tortilla de patatas.

Evidentemente, los veinte duros que mis padres soltaban cada domingo y algo que caía esporádicamente durante la semana, no eran ni con mucho suficientes para poder ejercer de noctámbulo, pero la necesidad aguza el ingenio y había que buscarse otros medios de financiación, y nuestra particular gallina de los huevos de oro estaba en los tres transatlánticos que hacían escala en el muelle de aduanas de la ciudad cada dos semanas, el Montserrat, el Covadonga y el Begoña. Nada más tocar puerto uno de esos barcos, pasábamos a través del edificio de aduanas embutidos en amplias gabardinas –en mi caso usaba una perteneciente a mi padre, mucho más grueso que yo- y tras pasar unos minutos en el interior del buque, negociando con algún marinero, volvíamos a salir por el mismo sitio con las gabardinas mucho más ajustadas que al entrar, tratando de disimular al pasar ante los aduaneros los bultos de los cartones de tabaco que llevábamos encima, y que posteriormente vendíamos a las kiosqueras de los soportales del teatro Rosalía, obteniendo unos buenos dividendos

Pero en ocasiones, la carencia de fondos para hacerse con el tabaco imposibilitaba llevar a cabo el próspero negocio. Eso no impedía las salidas nocturnas, aunque había que buscar otras opciones para poder divertirse. La más socorrida era deambular por el Papagayo y terminar tomándonos un café –para eso sí nos alcanzaba- en el Canosa, donde pasábamos un rato ameno viendo por ejemplo como Paco Pamela y Elvira la Vetorda se arrancaban bailando un pasodoble o algún pardillo con ínfulas de vividor intentaba cachondearse de Julito por aquello de que era mariquita, saliendo irremediablemente trasquilado. Recuerdo frases del estilo de: -Julio, estás más acabado que Antonio Machín-, y su contestación: -y tú mas tocado que el sitio de Zaragoza-

Cuando llegaba la hora del cierre de los locales del barrio chino, sobre las dos de la mañana, la falta de recursos impedía que pudiésemos alternar en otros lugares que todavía permanecían abiertos, y la única alternativa a irnos a dormir consistía en pasear por las calle de La Coruña haciendo el indio, materia en la que estábamos todos altamente cualificados.

Una de aquellas noches, tras hacer un largo recorrido por la Plaza de España, María Pita y la Ciudad Vieja, pasamos por el Dorna Club, en el callejón de la Estacada, para ver si había alguien conocido, pero debido a lo avanzado de la hora tenían la puerta cerrada, aunque dentro seguía habiendo clientela, a juzgar por el ruido de música que llegaba al exterior.

Llamamos a la puerta pero nadie salió a abrirnos, y entonces a alguien se le ocurrió una idea para llamar la atención de los que estaban dentro. Ante la puerta, había un voluminoso jarrón de cerámica de cerca de un metro de altura, puesto allí con fines decorativos.

-Si tiramos al suelo el jarrón, seguro que oyen el ruido y nos abren- dicho y hecho. No hizo falta un gran esfuerzo para hacer que la vasija perdiese el equilibrio. Lo que calculamos mal fueron las consecuencias, porque nada más tocar el suelo con su barriga, se rompió en mil pedazos con un gran estrépito. Evidentemente, no quisimos esperar a que la puerta se abriese, así que salimos de allí por patas hacia la avenida de la Marina, aunque no lo suficientemente rápido, porque habíamos avanzado pocos metros cuando la puerta se abrió y un grupo bastante numeroso de personas salió en nuestra persecución.

La mayoría “gambeábamos” bastante y creo que nunca nos hubieran cogido, pero a Lelo le fallaron los reflejos y se entretuvo un poco, y fue retenido a la altura del edificio del Gobierno Civil. Los demás, que ya estábamos llegando al Obelisco, vimos lo que había ocurrido y regresamos, en un gesto de solidaridad.

Eran al menos siete u ocho personas las que rodeaban a nuestro amigo, todos bastante mayores que nosotros, que éramos cinco en total, o sea que ni se nos pasó por la cabeza enfrentarnos a ellos en plan agresivo, porque teníamos todas las de perder. Quisimos disculparnos diciendo que había sido un lamentable accidente, pero no quisieron entrar en razones.

-O pagáis las mil pesetas que vale el jarrón u os denunciamos en comisaría-

Les dijimos que no teníamos dinero, lo cual era completamente cierto, y nos dieron un plazo de 24 horas para conseguirlo. De lo contrario, denuncia al canto y lo más seguro era que nos detuviesen. No es que le tuviésemos mucho miedo a la policía, pero sí a nuestros padres.

Estábamos todos acojonados, pero muy particularmente Juan Novoa, que decía con voz compungida:

-Ya estoy viendo los titulares de prensa de mañana, diciendo: entre los detenidos por el acto vandálico se hallaba Juan Novoa Bascoy, hijo de un conocido industrial-

Pese al calvario que estábamos viviendo, no pudimos hacer nada por contener la risa.

Al día siguiente era domingo, día de paga, con lo que conseguimos reunir 500 pesetas. Pero quedaban otras quinientas y las horas pasaban de forma inexorable. Agotamos todos los recursos, pidiendo dinero a todo el mundo que conocíamos, y finalmente logramos 875 pesetas, con las que con un corazón en un puño nos acercamos al Dorna y se las entregamos al dueño, que finalmente se apiadó de nosotros y admitió una prórroga de dos días para pagarle las 125 restantes, noticia que recibimos todos con un suspiro de alivio.










LA ODISEA - SEXTO DÍA
Abandonamos la habitación a las doce en punto, hora límite para que no nos cargasen suplemento alguno en la factura, desayunamos en el hotel y volvimos a bajar al centro de la ciudad, esta vez en coche. Volvía a tocarme conducir. Estuvimos alternando por las tabernas del barrio pesquero, y a las dos y media nos desplazamos hasta el centro, con objeto de comer en La Cigaleña, tal y como habíamos acordado la víspera, para disfrutar de la solera del establecimiento y las excelencias de su cocina.
Nos había quedado la boca dulce del salmón ahumado de la noche anterior, así que para hacer boca pedimos algo similar, una verbena de ahumados, y de plato fuerte elegimos a sugerencia mía una paletilla de lechazo por barba, a excepción de Luisma, que se decidió por el chuletón de novilla. Repetimos bebida –el Marqués de Murrieta del 82 maridaba a la perfección con el menú y me hizo abandonar provisionalmente la cerveza sin alcohol que me había impuesto como conductor-
Coincidimos sin excepción en que comer allí había sido un auténtico lujo, y todos admitieron expresamente que yo debería seguir llevando las riendas en la elección del lugar para comer. Otro gallo cantaba en lo referente a la dirección a seguir, puesto que yo, como responsable del día, estaba decidido a seguir hasta Bilbao, a una hora de allí, y Eduardo y Lelo se opusieron, aduciendo que el viaje estaba llegando a su fin y no tenía objeto alejarnos aun más de La Coruña.
-Tenemos que pasar por El Val a recoger el coche de Luisma- razoné –y desde Bilbao lleva prácticamente el mismo tiempo llegar que desde aquí. En lugar de irnos ahora directamente y llegar allí a pasar la noche, lo hacemos a Bilbao, dormimos allí y salimos mañana a una hora prudente para llegar a El Val a la hora de comer. Al final perdemos menos de medio día-
Como Suso y Luisma estaban de acuerdo conmigo, los otros tuvieron que aceptar, aunque un poco a regañadientes.
Pasaba de las cinco de la tarde cuando abandonamos la capital santanderina en dirección a Bilbao. En nuestro recorrido por la autovía pasamos de largo Santoña y Laredo, para posteriormente hacer parada en Castro Urdiales, lindando ya con Vizcaya y distante unos 20 kilómetros de Bilbao, para tomar unas cervezas en el Mesón del Marinero, en el mismo puerto de la población.
A las seis y media, el coche entraba en el estacionamiento del hotel Nervión, muy cercano al ayuntamiento de la capital vizcaína. Pactamos descansar un par de horas, al cabo de las cuales salimos a dar una vuelta por la ciudad. Desechamos dirigirnos a las Siete Calles, pues todos sabíamos que el ambiente en ese tradicional casco viejo está muy maleado por una serie de circunstancias de todo el mundo conocidas que ahora no vienen al caso; así que cruzamos el puente sobre la ría del Nervión y nos encaminamos a la plaza de Albia, zona que había conocido hasta la saciedad durante mis casi dos años de estancia en la ciudad, a lo largo de varias etapas diferentes.
Entramos en el Iruña, que me evocó viejos recuerdos –habían transcurrido más de quince años desde mi última estancia-. El Iruña es un establecimiento de más de un siglo de antigüedad, subdividido en dos dependencias, el café propiamente dicho, que también funciona como restaurante en varios salones anejos, con una singular decoración de inspiración mudéjar, y la cervecería, que se asemeja más a los locales andaluces, con el artístico azulejo dibujado como principal motivo ornamental.
Nos decidimos por la cervecería, donde pedimos unos zuritos . De los que íbamos, solo Lelo y yo conocíamos aquel sitio. Los demás quedaron francamente impresionados tanto por la parte decorativa como por el abarrote de clientela, principalmente femenina –la hora coincidía con la de cierre del cercano Corte Inglés de la Gran Vía-. Estábamos en nuestra salsa.
Después pasamos a la calle Ledesma, zona tradicional de vinos, que estaba justo detrás, y después de entrar en tres o cuatro bares, atravesamos la Gran Vía para ir a picar algo a La Viña del Ensanche, un clásico de Bilbao.
Esa noche íbamos de locales bonitos, y La Viña lo era. Con una barra realizada en madera noble y unas mesas de mármol y asientos con más de cincuenta años de antigüedad en el negocio, y las paredes decoradas con postales enviadas por la clientela desde cualquier parte del mundo. Pero lo mejor no era la decoración, sino el producto. Abandonamos los zuritos y nos pasamos al Cariñena, tradicional de la casa. Un vino sin grandes alardes, bastante corriente, con un toque dulzón que se hacía agradable al paladar, y que nos sirvió de acompañante a los bocaditos de excelente jamón ibérico de la acreditada marca Joselito, que entraban a mansalva, y unos pinchos de bonito escabechado que tampoco lo desmerecían. Eso nos sirvió de cena, pues tampoco estábamos muy hambrientos. Lo que ocurre es que a la hora de pagar, si que parecía que habíamos cenado, y de postín. Pero a nadie le importó.
Nos dirigimos después dando un paseo a la zona de Mazarredo, a tomar las copas. Las inmediaciones de la alameda de Mazarredo constituyen una de las más reconocidas zonas de ocio de Bilbao. En dos de aquellas calles había otros tantos pubs que yo solía frecuentar: el Escana, en la calle de los Heros, y D’amicos en la vecina calle Lersundi. Me llevé una ligera decepción al comprobar que ambos habían desaparecido del mapa, aunque habían sido sustituidos por locales similares, lo que hizo que entráramos en uno de ellos.
Estaba lleno de gente, como era de suponer siendo sábado, por lo que nadie se dio cuenta de cierto detalle hasta que estuvimos en la barra pidiendo las copas, y era que la totalidad de la clientela pertenecía al género masculino. Eso no nos agradó a ninguno, pero todavía nos gustó menos que al lanzar una mirada más sutil hacia la gente que nos rodeaba nos fuéramos percatando de que el que más y el que menos tenía más plumas que un pavo real.
-Me cago en la puta- me susurró Luisma al oído –al primero que me toque le arranco la cabeza de una hostia-
-No te preocupes, neno, que como no se vaya la luz no corres peligro ninguno- le contesté en alusión directa a su apariencia física.
-¡los cojones! Yo lo que quiero es pirarme de aquí-
Los otros tres tampoco estaban de lo más tranquilo.
-Ahí hay un hijo puta que me acaba de guiñar un ojo- dijo Eduardo
-Igual es que tiene treinta y uno - le contestó Suso descojonándose de risa, lo que hizo que yo me contagiase. No así Eduardo y Luisma, que no arrimaban el culo contra la barra por miedo al ridículo.
A todo esto Lelo charlaba animadamente con uno que estaba que estaba a su lado. Luisma le hizo una seña para que se acercara, y cuando lo hizo le espetó:
-tú sigue haciendo amistades aquí, que te van a dejar el culo como la bandera de Japón-
-chaval, pero tú que eres, ¿homófobo? Solo le estaba preguntando si había por aquí cerca un sitio donde hubiera tías-
-si hombre sí, y se lo vas a preguntar a ese; es como si le preguntas donde preparan buen churrasco a un tío que es vegetariano. Mira, yo respetar, respeto a todo dios, pero aquí, en el medio de estos bujarras, no estoy a gusto, así que me abro y os espero fuera-
-vamos a tomarnos la copa tranquilamente y luego nos vamos- les pedí, añadiendo: -no me jodáis, que parece que tenemos miedo de que nos violen por estar en un bar gay- pese a mi comentario en realidad me lo estaba pasando pipa con los apuros de alguno.
De repente, un sorprendido Suso, con el trauma reflejado en la voz, dijo, señalando con el dedo hacia un punto:
-Hostia, acaban de entrar tres tías-
Miramos hacia donde señalaba y comprobamos que, efectivamente, a pocos metros de nosotros se acababan de situar dos espectaculares rubias y una morenita más menuda que sus compañeras, pero con un tipo tan apetecible como éstas, que además lucía con un espectacular y ceñido vestido mini, que dejaba a la vista unas piernas espectaculares. Era sin duda la más atractiva de las tres, pese a que no podíamos verle la cara por darnos la espalda en ese momento.
-Pero éstas que cojones pintan aquí. No pegan ni con cola- soltó Eduardo
-Igual le pasó lo mismo que a nosotros, que entraron engañadas- traté de razonar
-Hay que ver el lado positivo: si queremos ligar, aquí no tenemos competencia- señaló Luisma
-El problema es que son tres, y nosotros cinco. Hay dos que tienen que pasar lambiendo- dijo Lelo dando por hecho dos cosas: que aquellas tres estaban allí esperando a que fuéramos a ligarlas, y que uno de los tres afortunados iba a ser él.
-Nos lo podemos jugar al “chinchi” . Los tres primeros en acertar, les entran a las chorbas- resolvió Suso.
En ese momento, Luisma dijo emocionado:
-Joder, la morena acaba de agacharse para recoger algo del suelo y lleva el vestido tan corto que el doblarse le vi las bragas- y al percibir que pese a que el vestido era realmente corto no nos lo tomábamos demasiado en serio, añadió: -os lo juro-
Sacamos monedas y comenzamos a pedir. El primero en acertar fue Luisma, que empezó a frotarse las manos de satisfacción. Eduardo fue el segundo y a mí me tocó de tercero. Y allá nos fuimos, sorteando mariquitas por el camino, mientras los dos menos afortunados se quedaban en la barra mirándonos con malsana e indisimulada envidia.
Fui el primero en llegar, y me fui directo a por la morena, que permanecía dándonos la espalda. Le toqué suavemente en un hombro, y se dio la vuelta para mostrarme el rostro más horrible que había visto jamás. Casi me da un “chungo”. Y el caso es que aquella cara se me hacía conocida. Cuando al fin pude reaccionar, balbuceé la primera disculpa que se me ocurrió:
-Uy, perdona, es que por detrás te confundí con una amiga a la que hace tiempo que no veía-
-No te preocupes- me contestó con una sonrisa tan amplia que si no fuera porque la frenaban las orejas le hubiese dado la vuelta a la cabeza –me suele ocurrir-
Me fijé en las otras dos. Tenían una nuez tan grande que parecía que se habían tragado un limón. Joder, eran travestis, y habíamos entrado al trapo como pipiolos. Luisma y Eduardo no habían llegado a intervenir y estaban en un segundo plano. Me di la vuelta y vi que Suso y Lelo seguían en la barra, ahora acompañados del que estuvo hablando con éste, y en ese momento estaban los tres sufriendo un ataque de risa tan grande que parecía que iban a reventar. Sospeché que ese histerismo tenía algo que ver con nosotros.
-Vaya hombre- dijo Suso en cuanto llegamos tratando de contener la risa sin lograrlo totalmente –No solo pretendéis ligar en un sitio de ambiente gay, sino que además intentáis enrollaros con el dueño- era evidente que su nuevo amigo les había tenido informados.
En ese momento mis ojos se fijaron en uno de los posavasos que había sobre la barra, perteneciente a Lelo, que tenía la copa en la mano, y al comprobar que el nombre del bar era La Otxoa, me percaté de que con razón la cara de la “morenita” me había resultado conocida. La Otxoa es un travesti que salía hace unos años en un porrón de programas de televisión.
Ahora el que tenía prisa por pirarse era yo.
Salimos poco después, y recordé otro bar de copas muy cerca de allí, el Whisky Viejo. Ese sí que todavía sobrevivía, y con notable éxito, a tenor del maremagnum de gente que lo atiborraba –esta vez sí, hombres y mujeres, pero éstas de verdad, sin trampa ni cartón- pero el ambiente, contrariamente a la época en que lo había conocido, era demasiado “juvenil” para nosotros y desistimos de entrar. Entonces vino a mi memoria un lugar mítico que no estaba demasiado lejos de allí: el Bluesville, en la zona de las galerías Urquijo.
El Bluesville representaba exactamente lo que andábamos buscando. Era una discoteca tradicional –digamos que se había quedado anclada en los años ochenta-, con el ambiente adecuado para gente como nosotros, donde yo había pasado infinidad de veladas en otros tiempos, y además uno de sus camareros era Martín, un empleado de Banco Pastor que durante los fines de semana servía copas para complementar sus ingresos. Había trabado una buena amistad con él, que además de ser un tipo muy agradable facturaba aproximadamente la cuarta parte de las copas que tomábamos, y nos facilitaba información privilegiada sobre a quien había que atacar.
El Bluesville se mantenía exactamente tal y como yo lo recordaba: el piano en la antesala de la entrada, los cortinajes rojos que marcaban el acceso al gran salón, una gran barra semicircular adosada a la pared del fondo, y Martín, que apareció ante nosotros portando una bandeja vacía, y como no podía ser de otra manera me reconoció al instante:
-¡Ahí va la hostia! Pero mira quien aparece por aquí- dijo dejando la bandeja sobre una mesa para venir a darme un amistoso abrazo.
Le presenté a mis amigos, aunque a Lelo ya lo conocía por haber visitado en alguna ocasión la sucursal bancaria donde trabajaba Martín. Aunque había bastante gente, aun quedaban algunas mesas libres. No nos dejó elegir, sino que nos hizo acompañarle a una mesa situada casi al fondo del local.
-Aquí vais a estar mejor que bien, dijo, señalando disimuladamente a la mesa de al lado, ocupada por clientela femenina de primera clase que nos igualaban en número, que por su edad –estaban en ese tramo de entre 45 y 50 años- resultaban idóneas para tratar de trabar una buena amistad.
La labor de Martín no se limitó a buscarnos la ubicación adecuada, sino que, ejerciendo de “Celestino” a la perfección, al pasar junto a nuestras vecinas de mesa, les comentó en un tono de voz perfectamente audible para nosotros:
-Estáis invitadas a las copas por los señores de la mesa de al lado-
Nos sonrieron agradecidas y alguna alzó la copa en un brindis a distancia. Si había impedimentos a un intento de acercamiento por nuestra parte, aquello significó la apertura de una considerable brecha en su barrera defensiva.
Casi al instante habíamos juntado las mesas y charlábamos animadamente con ellas, tratando cada uno de establecer a cual de ellas dirigir los tiros. Pasaba de las dos de la mañana y el tiempo se nos echaba encima, porque si lo que pretendíamos era terminar la noche en buena compañía, había que pasar un poco de puntillas por la parte diplomática e ir a lo positivo cuanto antes, y el Bluesville no reunía las condiciones de intimidad necesarias para determinados escarceos. Y entonces me acordé del Ambassador y consideré que era el sitio idóneo para redondear la faena. Comenté lo de ir allí y ninguno de los presentes puso inconveniente alguno, así que tras despedirnos de Martín, que se negó a cobrarnos un solo euro, salimos de la discoteca.
El Ambassador era una de aquellas famosas “boites” de los años sesenta que todavía sobreviven al paso del tiempo. Ubicada frente al Bluesville, constaba de una alargada barra al lado de la puerta de entrada y una sala de baile en el sótano, que reunía todos los ingredientes necesarios para nuestros propósitos, es decir, ambiente tranquilo –apenas había un par de parejas en la mesa y otra en la pequeña pista de baile- y relajado, penumbra y música lenta. El resto corría de nuestra cuenta.
Para facilitar la intimidad, como había mesas libres más que suficientes, nos separamos por parejas. Pronto me percaté de que la acompañante que me había tocado en suerte no ponía impedimento alguno a mis acercamientos, y echando una visual me di cuenta que el resto de mis compañeros estaba en una situación tan favorable como la mía, con la única excepción de Luisma, que para su desdicha se había topado con la “estrecha” del grupo. Era el que yo tenía más próximo y podía oírle como intentaba convencerla con todo tipo de argumentos para que lo dejase avanzar, pero ella solamente tenía una frase que utilizaba a cada momento: -estate quieto-.
Pronto me di cuenta de que la cosa pintaba mal para el pobre Luisma, y me decidí a intentar echarle una mano. En un momento dado, su acompañante se levantó para ir al baño, y disculpándome ante la mía con el mismo motivo, la seguí, alcanzándola justo cuando ya tenía asida la manilla de la puerta del lavabo de señoras.
-¡Puedo hablar un momento contigo?-
-Sí, claro-
- perdona que me entrometa pero ¿por qué le pones tantos impedimentos a mi amigo?-
-Pues sí que te estás entrometiendo- me contestó con tono seco.
-No mujer, lo que ocurre es que todos los demás, tanto nosotros como tus amigas, lo estamos pasando bien y tú estás un poco rígida con él-
-Puede ser, quizás es que no tengo el día-
-Si puedes, trata de cambiar de actitud. No solo te lo agradecería él, sino también nosotros y tus propias amigas-
Su actitud se suavizó un poco:
-Bueno, voy a intentar ser un poco más comprensiva-
-¿puedo hacerte una confesión íntima, aunque sea un poco brusca?-
-Claro que puedes-
-Te garantizo que Luisma es con diferencia el que mejor folla de todos los que estamos aquí. Es una auténtica máquina sexual. Ni te imaginas lo que vas a disfrutar si te decides a acostarte con él-
-Ya será menos- dijo con una sonrisa. Al menos no se había tomado el comentario por la tremenda.
-Si me haces caso, tendrás ocasión de comprobarlo- dije a modo de despedida.
Esa noche, en cinco de las habitaciones del hotel Nervión se libraron otras tantas batallas, afortunadamente incruentas, bueno; todas menos una, porque a la mañana siguiente pudimos saber que las reiteradas negativas de la amiga de Luisma durante la noche anterior obedecían a que a ésta le había venido la regla aquella misma tarde, lo que finalmente no supuso impedimento alguno para que ambos pudieran procurarse un buen apaño.































Alfredo “Carnota” no tenía a su familia en Coruña, sino en su villa natal. Aquí vivía con dos señoras mayores que eran hermanas, Luisa y Enriqueta, ambas solteras, que regentaban el estanco de la calle Real que había junto al edificio del casino. Lo cierto es que a Alfredo lo trataban como si fuese un miembro más de la familia e intentaban ejercer sobre él un control exhaustivo, aunque con escaso éxito. Todavía recuerdo a la pobre Enriqueta, la mayor de las dos, recorriendo las calles del centro de la ciudad a las 11 de la mañana y preguntando a todo el mundo si habían visto a Alfredo, que no había aparecido a dormir.

A veces recibía la visita de su padre, don Justo, que solía venir con frecuencia a La Coruña. Don Justo era mutilado de la guerra civil –le faltaba una mano- y se trataba de una persona excelente a quien le encantaba alternar con nosotros por los bares del centro. El tiempo que pasaba en Coruña se hospedaba en una pensión de la calle de la Estrella, a donde iba Alfredo cada mañana para atarle los zapatos, circunstancia que tenía una lógica aplastante, dada su minusvalía, pero nosotros, que nos encantaba sacarle punta a todo, nos lo tomábamos como si aquello fuera puro cachondeo.

Además de don Justo, algunos fines de semana también venía Justito, su hijo mayor, que era empleado de la sucursal del Banco Pastor en Carnota. Justito era dos o tres años mayor que nosotros, pero aun así él mismo reconoce en muchos aspectos fuimos sus auténticos maestros –me refiero, naturalmente, a aspectos que no tienen nada que ver con cualquier tipo normal de enseñanza-. Llegaba algunos sábados a bordo de su flamante 600 –para nosotros, que en aquella época ni soñábamos con tener coche, era como el yate de Onassis-, en ocasiones acompañado por su primo Domingo y su amigo Michelín, y siempre venían a vernos. Nosotros, incluido su hermano, nos alegrábamos enormemente cada vez que venía, y no solo por su compañía, que era sumamente grata, sino también porque su poder adquisitivo estaba muy por encima del nuestro y en muchas ocasiones nos sacaba las castañas del fuego, pues su llegada era sinónimo de salida nocturna en días que no estábamos económicamente capacitados para hacerlo.

Como contrapartida, los visitantes disfrutaban como enanos de acontecimientos que, aunque parezca mentira, en la lejana Carnota ni siquiera hubieran imaginado que podían ocurrir, y se les abrían los ojos como a los niños que ven por primera vez un espectáculo circense. Aunque actualmente confiesan que en ocasiones pasaron auténtico miedo, al no estar ni con mucho acostumbrados a actuaciones tan osadas como las que protagonizábamos, y en las que no quiero ahondar demasiado para no escandalizar a nadie.

En cierta ocasión, Justito apareció con un seat 850 que acababa de comprarse, y para celebrar el estreno nos invitó a todos a tomar el raxo en El Burgo y después a la sala de fiestas El Seijal, en San Pedro de Nos. Éramos siete pasajeros los que embarcamos en el vehículo. Cuando paramos delante del mesón de El Burgo olía ligeramente a quemado, pero nadie le prestó mayor atención. Al reanudar viaje hacia San Pedro, el olor se fue intensificando hasta hacerse casi insoportable, y justo al llegar Justito se percató de que al salir de La Coruña se había olvidado de bajar el freno de mano. Es lo que tienen los coches nuevos mientras no te adaptas.

En la plaza de Orense existía un ultramarinos denominado Casa José Manuel, que al fondo del local tenía una trastienda en la que los propietarios permitían a la gente joven hacer guateques. No cobraban nada por el alquiler. La única contraprestación era que las bebidas había que adquirirlas allí, lo cual evidentemente era más que justo, y el tocadiscos y los discos había que llevarlos. Nosotros solíamos hacer uso del local con bastante frecuencia.

Cierta tarde de verano, habíamos organizado el guateque, equilibrando como siempre la presencia femenina con la masculina, pero a última hora dos de las chicas nos habían fallado. Decidimos que había que buscar sustitutas, y salimos por parejas a buscarlas por la calle. A mí me toco con Eduardo. Nada más salir, en la calle Sánchez Bregua, a la altura de Confecciones For, vimos paseando delante de nosotros a dos monumentos, aun sin verles la cara; una era rubia y la otra morena, y ambas vestían ceñidos trajes pantalón de pana. El de la rubia era azul y el de la morena rojo.

-Joder, si aparecemos con estas dos damos el golpe- dijo Eduardo
-pues vamos a entrarles- le contesté

Aceleramos el paso hacia ellas, y al llegar a su altura las abordamos, uno por cada lado, Eduardo a la morena y yo a la rubia. Si por detrás eran dos cañones, por delante cortaban la respiración. Eran algo mayores que nosotros, pero esa nimiedad no tenía porque constituir impedimento alguno.

Nada más verle la cara a la rubia, me dije que yo a aquella tía la conocía, y mucho, pero eso no me cortó de entrarle, porque estaba lanzado.

-Hola- le dije
-Hola- me contestó con una sonrisa encantadora.

Eduardo aun no había abierto la boca, así que me dirigí a las dos:

-Veréis- dije con toda la naturalidad de la que era capaz –somos un grupo de amigos que estamos organizando un guateque ahí al lado, en la plaza de Orense, y para emparejarnos nos faltan dos chicas, y al veros, tuvimos la certeza de que sois las más adecuadas, así que decidimos invitaros ¿os apetece?-

La rubia llevaba la voz cantante:

-Claro que nos apetece. Sois muy simpáticos y seguro que vuestros amigos también lo son, pero hay un problema, y es que son las siete de la tarde y a las ocho tenemos que estar trabajando-

Nuestro gozo en un pozo. Tras despedirnos de ellas, dimos la vuelta para seguir buscando, aunque yo estaba convencido que de ese nivel no las íbamos a encontrar, si es que había alguna.

-Joder, Eduardo, yo a la rubia la conozco-

-Claro que la conoces. Y yo, y ese que va por ahí, y aquel otro. Como que es Alma María, la cantante de Los Tres Sudamericanos, que a las ocho actúa en el Teatro Colón. Y la otra es la mujer de Casto Darío, que forma el grupo con ella y con su marido, Johnny. Por qué coño te crees que me quedé callado-

Si me llegan a da un puñetazo no quedo más grogui.

-Mira- le dije –casi mejor, de esto ni una palabra a los otros, porque se pueden estar cachondeando de nosotros durante una semana-

-más bien sí- dijo Eduardo. Y la cosa quedó en secreto.























LA ODISEA - SÉPTIMO DÍA
Todas nuestras intenciones de madrugar el domingo para ganar tiempo se fueron al garete debido a los efectos de la intensa velada nocturna que habíamos disfrutado, así que cuando nos vimos en la cafetería del hotel pasaba bastante de las once de la mañana.
Abandonamos Bilbao media hora después, con un frío que pelaba. Poco después de incorporarnos a la autopista de Burgos, a la altura del puerto de Altube comenzó a nevar, primero en forma de aguanieve y posteriormente con mayor intensidad, lo que hizo que Eduardo, a quien le tocaba conducir, extremara las precauciones, reduciendo la velocidad a menos de 100 kilómetros por hora.
Entre que el cansancio acumulado durante la semana tan ajetreada que llevábamos nos comenzaba a pasar factura, lo deprimente del paisaje y que alguno estaba deseando terminar el viaje, todos íbamos en silencio, enfrascados en nuestros respectivos pensamientos. El mío se centraba precisamente en que me apetecía continuar, pues pese a ser inicialmente el que menos entusiasmo había puesto en aquella aventura, al final le había ido cogiendo gusto, pero para eso había que contar con los restantes y además el pacto era que el viaje duraría, día más día menos, una semana.
Sin hacer parada alguna, circunvalamos la ciudad de Burgos cuando ya había parado de nevar, pese a lo que el frío persistía, y nos desviamos hacia el Camino de Santiago, desechando la autovía a Palencia, pues la carretera era buena y nos suponía un ahorro de cerca de sesenta kilómetros con respecto a la otra alternativa.
Dejamos atrás Melgar del Fernamental y Osorno, para hacer nuestro primer alto en Carrión de los Condes para tomar una cerveza, rayando la una y media de la tarde.
La interrupción duró un cuarto de hora escaso, tras el cual iniciamos la última etapa, cuya finalización habíamos establecido en El Val.
Alrededor de las tres menos cuarto llegamos a Astorga. Eduardo, responsable del día, determinó no comer allí, porque uno de los pocos temas que ese día habíamos tocado por el camino era probar el cocido maragato, y aunque en Astorga había acreditados sitios para tomarlo, Castrillo de los Polvazares representaba el marco más adecuado para degustar un plato tan tradicional, y además quedaba a tiro de piedra de Astorga.
Como ya he dicho anteriormente, en nuestras intenciones no figuraba hacer turismo cultural, pero con Castrillo hubo que hacer una excepción, porque el pueblo lo merecía. Al llegar, dejamos el coche en las afueras de la localidad, pues no se permite en ésta la entrada de vehículos. El pueblo, fundado por arrieros maragatos, se conserva exactamente igual que en el siglo XVI, con todas las casas construidas en piedra y las calles sin asfaltar, sino empedradas, formando un conjunto de enorme belleza visual, que nos obligó a recorrerlo calle por calle antes de ir a comer.
Entramos en el restaurante Cuca la Vaina, que recomendó Lelo, mejor conocedor de la zona, situado en la planta baja de un pequeño hotel rural. Aunque en la carta había varias especialidades de la cocina maragata que nos resultaban atractivas, llevábamos la idea preconcebida y los jugos gástricos preparados para meternos entre pecho y espalda un cocido maragato, y eso fue lo que pedimos. Estaba de puta madre y nos gustó a todos, aunque a alguno le sorprendió un poco el hecho de que se sirviese al revés, es decir, primero lo más sólido, las carnes, para continuar con las verduras y finalizar con la sopa.
Aprovechamos la sobremesa para cambia impresiones sobre lo que íbamos a hacer a partir de entonces. Hubo división de opiniones: mientras Suso y Eduardo pensaban que lo mejor era acercarnos a El Val a recoger el coche de Luisma y regresar a La Coruña esa misma tarde –estábamos a dos horas y media-, los demás preferíamos dormir en casa de Lelo y dejar la vuelta para el día siguiente, aunque en el fondo lo que deseábamos era prolongar el viaje unos días más.
Al no llegar a un acuerdo, la decisión salomónica consistió en que como había dos coches, Eduardo y Suso se irían en el de éste una vez que nos dejasen en El Val, y nosotros lo haríamos al día siguiente. Lo ideal hubiera sido finalizar el viaje juntos, pero la mejor opción para que todos quedásemos contentos era esa.
Eran las seis de la tarde cuando nos despedimos de nuestros amigos, quedando de llamarlos para vernos en cuanto llegásemos a Coruña. Pese a que íbamos a vernos al día siguiente, me quedó cierto mal sabor de boca de que se rompiese la unidad del grupo.
Una vez quedamos solos, Lelo y yo nos fuimos directamente a descansar. La larga sombra del tío Elías todavía pesaba sobre Luisma, que prefirió irse de bares mientras reposábamos.
A las nueve de la noche, lelo y yo nos acercamos al bar de la plaza mayor, donde habíamos quedado en reunirnos con Luisma. No nos sorprendió en absoluto el hecho de llegar y ver a nuestro amigo rodeado de toda la clientela del bar que parecía hipnotizada oyéndole. Conociendo a Luisma como lo conocíamos era fácil suponer la cantidad de patrañas que les podía estar contando, porque además de gozar de un don de gentes fuera de lo común tenía esa capacidad de hacer creer al más suspicaz las cosas más inverosímiles. Era un fabulador nato.
Y allí estaba medio pueblo dispuesto a comulgar con ruedas de molino mientras Luisma les contaba con pelos y señales todos los pormenores sobre una película que él mismo iba a producir y que se iba a rodar en el pueblo, y para la que necesitaba un sinfín de extras.
-No se preocupen, que aquí nadie se va a quedar sin trabajar en la película. Pasado mañana llega el director y los actores, que son Alfredo Landa y Pajares, y ya se pueden apuntar para hacer de extra-
-¿Y la película de que va a ser?- preguntó un veterano
-De asesinatos…. y musical- Luisma, o más bien su fecunda imaginación, acababa de inventar un nuevo género cinematográfico.
-lo que pasa es que tenemos un problema. Nos hace falta una chica para hacer el papel de protagonista, porque nos fallaron un par de actrices, y la vamos a elegir entre las del pueblo- mientras decía esto no paraba de mirar fijamente a la camarera, una cuarentona potente que escuchaba atentamente las palabras de nuestro amigo. El muy cabrón no daba puntada sin hilo.
-Este hijo de la gran puta me va a meter en un embolado de mil pares de cojones. Aquí a vosotros no os conoce ni dios, pero yo es como si fuera del pueblo- dijo Lelo, y añadió –cuando se entere Merceditas me va a montar una que no veas-
-Pues te vas a tener que joder- le contesté -esa es la venganza por la noche que le hiciste pasar con lo del tío Elías-
El caso es que, con venganza o sin ella, Luisma se las arregló para quedar citado con la camarera a la una de la mañana, cuando terminaba su turno, y después de acompañarnos hasta la puerta de casa, montó en el coche y nos dejó con un palmo de narices.


































La fiesta de Los Milagros de Cayón se celebra la segunda semana de setiembre. Durante todo el verano habíamos hablado de ir, pero el hecho de tener que ir a mi trabajo me lo impidió a última hora, con gran pesar por mi parte. Los que sí se desplazaron fueron cuatro de mis amigos: Juan Novoa, Carnota, Suso y Lelo. No soy, por tanto, testigo directo de lo que allí aconteció -gracias a Dios-, pero me lo contaron con pelos y señales.

La tarde del 7 de setiembre partieron de la calle Alfredo Vicenti en un autobús de la empresa Martínez, llegando a la plaza de Cayón alrededor de una hora más tarde, cuando aun no había dado comienzo la verbena. Nada más llegar, descubrieron que las copas de aguardiente costaban tres pesetas, y ya no quisieron tomar otra cosa. Eso fue el principio del desastre. Le robaron la boina a un paisano, subieron al palco de la orquesta con la intención de cantar y finalmente tuvieron un conato de pelea debido a la insistencia de uno de ellos por bailar con una señora a la que acompañaba su marido.

Al término de la verbena, a las tres de la mañana, se percataron de que necesitaban encontrar un sitio donde dormir. Como no conocían a nadie que pudiese alojarlos, acudieron a un primo mío, José Muiños, al que habían visto durante la verbena, pues sabían a través de mí que tenía casa en Cayón. El problema era que la casa, de dos plantas, estaba ocupada por catorce personas, mi primo y sus amigos en el bajo, y la hermana de éste y sus amigas en el piso de arriba, y no había forma humana de meter allí ni un alma más. Lo único que pudo hacer José fue indicarles la casa de unos tíos míos, a un par de kilómetros de allí, cerca del santuario de Los Milagros, donde a buen seguro les darían cobijo. Intentaron llegar hasta allí, pero entre lo cansados que estaban y que se perdieron por los caminos, desistieron de continuar –afortunadamente-, y sin saber donde se encontraban, pues la noche era completamente oscura, se tendieron a dormir sobre la hierba allí mismo.

Despertaron con las primeras luces, y descubrieron espantados que habían estado durmiendo al borde de un acantilado sobre la playa. Eran las siete de la mañana, y salieron escopetados de allí para regresar a la plaza y coger el primer autobús que los trajera de regreso a La Coruña.

La línea empezaba a funcionar a las ocho de la mañana, y como todavía faltaba cerca de una hora, entraron en un bar para matar el tiempo. Ya habían estado allí con anterioridad, por lo que el propietario los miró con bastante recelo, pero finalmente los atendió, apoyándose en que entre la clientela estaba un miembro de la guardia civil de uniforme, que presumiblemente se ocuparía de establecer el orden en caso de que surgiese algún problema.

Pidieron unas copas de aguardiente para recuperar el tono que habían perdido durante las horas de sueño, y pronto se hicieron amigos del guardia civil, a quien ofrecieron jugarse la consumición a los chinos, tras planear sigilosamente la forma de hacerle trampas para que perdiera. Les salió el tiro por la culata, porque el guardia no perdió ni una sola mano, y tuvieron que invitarlo.

Montaron en el autobús, y cuando éste arrancaba, vieron al guardia subiendo por la carretera hacia la casa cuartel. Lelo no pudo resistir la tentación, abrió la ventanilla y cuando pasaba junto a él, sacó la cabeza y le gritó:

-¡Tricornio, fillo de puta!-

Menos mal que el autobús no pinchó una rueda en ese momento.

Juan Novoa no había subido al autobús, pues sus padres iban a acudir, como venían haciendo de forma habitual, a pasar el domingo a la playa de Cayón. Ese detalle en circunstancias normales debería haber representado cierta comodidad para él, aparte de que sus peligrosos amigos se habían volatilizado, pero siendo como eran sus progenitores habituales visitantes del pueblo, el riesgo era evidente; quedaban demasiadas pruebas de la “desfeita” que habían organizado la noche anterior como para estar tranquilo. No se atrevió a moverse de la playa en todo el día.

Volviendo al resto del grupo, alrededor de las nueve de la mañana el autobús llegó a su destino, en Alfredo Vicenti. Tras apearse, se dirigieron hacia el centro de la ciudad. Delante de ellos caminaba una señora mayor, con el velo puesto y el misal en la mano, que indudablemente iba o venía de la iglesia.

No se le ocurrió a Lelo otra cosa que acercarse sigilosamente por detrás a la buena señora, ponerle un dedo en el cuello a modo de arma y espetarle:

-Mari, suelta la pasta o te mato-

A la pobre por poco le da un infarto.

Más adelante, llegaron a la calle de la Alameda. Delante de la confitería Hildita estaba aparcada una bicicleta que llevaba adosado un pequeño remolque para llevar los encargos a domicilio de la dulcería. Nada más verla, Lelo -¿Quién si no?- tuvo otra de sus “genialidades”. Cogió la bici, se montó y escapó como alma que lleva el diablo por San Andrés adelante. Suso, que fue quien me lo contó, terminó diciéndome:

-Fue increíble; de repente, llegaba un autobús. Vi que Lelo iba a estrellarse contra él, porque iba por la izquierda y no tenía margen de maniobra, y menos con el remolque, ya que estaba a dos o tres metros. Cerré los ojos para no verlo, y cuando los volví a abrir, comprobé asombrado como el autobús seguía su camino y Lelo se había pasado al otro lado. No me digas como hizo-








LA ODISEA - OCTAVO DIA
Cuando despertamos por la mañana, comprobamos que no había venido a dormir, tal y como habíamos supuesto. Pasaba de las nueve cuando le llamamos, y tardó un buen rato en coger el teléfono.
-Que, donde andas- le preguntó Lelo
-Estoy aquí en un sitio cerca de Astorga, el Motel Pradorrey- dijo con voz somnolienta
-Vaya, entonces salió bien la cosa, ¿eh, pillín? bueno, ya nos contarás. Te esperamos desayunando en el bar de ayer-
-Vale, en una hora estoy ahí, que necesito recuperar fuerzas-
Tardó en llegar aproximadamente el tiempo previsto. Por supuesto, venía solo. Nosotros estábamos en una mesa, desayunando, y se sentó a nuestro lado. Lucía una amplia sonrisa.
-¿Qué tal?- le pregunté
-De puta madre. Menuda fiera- dijo bajando la voz
No quisimos entrar en más detalles y cambiamos de conversación, entre otras cosas porque el dueño del establecimiento y jefe de la acompañante nocturna de luisma no nos quitaba ojo-
-Bueno, que hacemos –preguntó Lelo- ¿salimos ya para Coruña?-
-Vosotros diréis- le respondí –pero a mi no me apetece un huevo. Yo me tiraba dos o tres días más de turné-
-por mí no hay problema- dijo Lelo –aun me queda toda la semana de vacaciones.
-Pues por mí tampoco- corroboró Luis María –ya me las arreglaré, tanto en casa como en el chollo.
-Pues tú dirás para donde tiramos, Lelo. Te toca conducir a ti-
-Que os parece si vamos hasta Benavente y allí cogemos la autovía hacia Vigo. Podemos llegar allí sobre la hora de comer, y por la tarde nos vamos a Portugal, y podemos dormir allí-
-Cojonudo –dijo Luisma –así convertimos el viaje en internacional-
Salimos de El Val poco antes de las once, con la intención de no parar salvo para emergencias hasta llegar a Vigo
Poco después de las once y media estábamos tomando el desvío para entrar en la autovía. Quedaban 316 kilómetros para llegar a Vigo que previsiblemente recorreríamos en menos de tres horas.
Solo hicimos una parada intermedia en las proximidades de Allariz, para calmar la sed con unas cervezas y aliviar la vejiga.
Cuando quedaban unos veinte kilómetros para llegar a Vigo, vimos la señal de salida a As Neves, y recordé que ya estábamos en temporada de lamprea.
-Que os parece si paramos en As Neves para tomar la lamprea. Conozco un sitio que la preparan de maravilla, Casa Calviño-
A Lelo se le hizo la boca agua nada más mencionársela, pero Luisma, como era fácil suponer, torció el morro.
-Yo eso no lo tomo ni de coña. Es como una serpiente-
-Ya contaba con que dijeras eso, pero no te preocupes, que tienen más cosas-
Tomamos la salida de la autovía, y en pocos minutos estábamos en As Neves. La suerte no nos acompañó, porque Casa Calviño estaba cerrado por reformas. Como no conocíamos otro sitio en As Neves, decidimos acercarnos hasta Arbo, distante a escasos kilómetros, y una vez allí nos fuimos directamente al restaurante La Mezquita, de gran prestigio entre los “lampreeiros”.
Lelo y yo pedimos, evidentemente, una lamprea para los dos, mientras Luis María se conformaba con una ración de carne asada.
A mí, aparte de que la lamprea es uno de los alimentos que más me gustan, al nivel incluso de los percebes de la Corbal de Cayón, que sin riesgo de caer en el chauvinismo considero que son los mejores del mundo, hay algo que la hace todavía más atractiva, y es esa especie de ceremonia ritual de los aficionados a ella, mayoritariamente gente de edad, que con frecuencia acuden a comerla en solitario, y cuando les sitúan en la mesa la humeante cazuela de barro con la lamprea en su oscura salsa que contrasta con la blancura del arroz, y los costrones de pan frito, se toman su tiempo, colocándose la servilleta en el cuello y sirviéndose el vino tinto del condado, sin parar de mirar hacia el preciado manjar que les espera, como haciendo el tiempo para que el glorioso momento de la degustación dure más, para después comerla muy despacio, paladeando largamente cada bocado. En el restaurante había más de media docena de ese tipo de comensales, cuyos gestos estudié mientras esperábamos a que nos sirvieran, con la sana intención de imitarlos.
Pero no lo conseguí, porque nada más tener ante mí la cazuela de lamprea, sucumbí al atractivo de su aroma y me puse a zamparla con voracidad, sin tener siquiera en cuenta que casi quemaba el paladar.
Comimos como auténticos marqueses, pero nada más acabar, la digestión comenzó a hacer de las suyas –la de la lamprea es de las más pesadas que se conocen-, y comenzamos a sentir su efecto más inmediato: la urgente necesidad de encontrar una cama donde tumbarnos. Como no teníamos previsto pernoctar en Arbo y Luisma no había probado la lamprea y por tanto su digestión era más normal, decidimos que él llevara el coche y nos desplazásemos hasta Valença do Miño, ya en tierras portuguesas, donde sería fácil conseguir hotel.
Así lo hicimos. Lelo y yo fuimos durmiendo profundamente durante el viaje, que fue corto. Ni nos dimos cuenta de que Luisma había entrado en Portugal por Salvaterra do Miño. Cuando abrimos los ojos estábamos delante de la fachada del hotel.
Eran las seis menos cuarto cuando entramos en nuestras respectivas habitaciones con la clara idea de complementar la mini siesta que habíamos disfrutado en el coche con un par de horas más. Luisma, más fresco que nosotros, prefirió irse a dar una vuelta por las tiendas de la Fortaleza y hacer algunas compras. Quedamos de vernos a las ocho en recepción.
Cuando bajamos, llamamos a Eduardo y a Suso. Les dijimos que habíamos decidido finalmente prolongar un par de días más el viaje, y que el miércoles estaríamos en Coruña.
-No hace falta que lo juréis- dijo Suso –no hacía falta más que mirar para vosotros para saber que teníais pocas ganas de terminar la escapada-
Luego nos contó que durante el regreso se habían tropezado con la pareja de guardias del primer día cerca de Betanzos, y les habían dado el alto.
-Menos mal que no se quedaron con la matrícula y solo veníamos los dos y ellos recordaban a cuatro, pero mosqueados sí que estaban. Nos pidieron la documentación y la miraron a fondo, pero como no tenían por donde pillarnos, no tuvieron más opción que dejarnos marchar. Eso sí, el susto no nos lo quita nadie-
Después de hablar con ellos salimos a dar una vuelta por Valença, pero nos dimos cuenta de que una vez cerradas las tiendas la gente se mete en sus casas y aquello parecía poco menos que una ciudad fantasma. Estaba claro que había que cambiar de aires, así que nos marchamos a Tuy, donde el ambiente, sin ser para tirar cohetes, mejoraba bastante, pese a ser lunes.
La lamprea había dejado poco espacio en nuestro estómago, y Luisma, que no la tomó, es de poca comida, así que decidimos no cenar, ni siquiera unos pinchos. Tomamos la primera copa en el café Amadeus, situado en un viejo edificio de piedra restaurado, con una decoración interior en madera que lo hacía muy acogedor.
Después estuvimos en un par de pubs, mientras cambiábamos impresiones sobre lo que íbamos a hacer al día siguiente. Le tocaba decidir a Luis María, que iba a ser el chofer, y decidió pasar la mañana en Vigo, visitando La Piedra, comer en Arcade y pasar la noche en Santiago. Entre que todavía quedaban rescoldos de la digestión de la lamprea y que el ambiente no resultaba demasiado atractivo como para invitar a trasnochar, nos metimos en el hotel poco después de las doce de la noche.



Una vez aprobada la reválida de sexto, tomé la decisión de estudiar aparejadores. Puesto que la escuela oficial más cercana estaba en una ciudad tan distante como Burgos, quise hacerlo por libre, y para ello me matriculé en una academia de la calle Rubine, C.E.N.I.C., siglas que correspondían al rimbombante nombre de Centro de Estudios Nacional de Ingeniería y Ciencia. Nada más alejado de la realidad, puesto que el profesorado dejaba bastante que desear en cuanto a conocimientos, y que decir del director, un tal Juan Nosequé, cuya primera impresión era que se trataba de un híbrido entre una estrella de Holliwood y un ejecutivo de nivel, con una voz grave y penetrante, bien maqueado y encorbatado, indumentaria que complementaba con sus inseparables gafas de sol Rayban y una buena dosis de gomina en el pelo, pero era todo pantalla. Decía que tenía no sé cuantas carreras, pero no había que ser muy vivo para ver claramente que no había terminado ni el bachillerato elemental. Eso sí, osadía no le faltaba, porque se atrevía a darnos clase -más bien aquello era un simulacro- de una asignatura tan compleja como el Álgebra. Ni nos enterábamos de que iba la cosa. A los dos meses de iniciar el curso, le vio las orejas al lobo, convencido al fin de que aquello le quedaba grande, y fichó un licenciado, pero éste de verdad.

La calle Rubine era por aquel entonces la calle de moda de La Coruña, hasta el punto de que era conocida como Rubine Street. Estaban las cafeterías Wimpy, Manhatan, Richard y Guaraní, y justo al lado de la academia C.E.N.I.C. se inauguró aquel invierno el primer local de perritos calientes de la ciudad, el Pepe’s Bar, propiedad de José Mier, personaje muy conocido en La Coruña, y muy particularmente por la alta sociedad de la ciudad, por regentar la cafetería del Club Náutico.

Los domingos de aquel invierno acostumbrábamos a hacer un recorrido que se iniciaba sobre las siete de la tarde, y nuestra primera parada era la cafetería Wimpy, junto al cine Riazor, donde solíamos tomar un Gin Kas, para continuar hasta el Taboo, en Alfredo Vicenti, recién inaugurado por aquellas fechas, donde repetíamos consumición. Luego nos acercábamos al bar El Pincho, establecido en un sótano de la calle Fernando Macías, donde consumíamos una cerveza acompañada de una tapa de sabrosos callos, y de ahí a la Cueva del Murciélago, en Rey Abdullah, donde tomábamos la especialidad de la casa, la Leche de Pantera, un combinado cuyos ingredientes básicos eran leche, azúcar y sobre todo ron. Regresábamos después a Alfredo Vicenti, la Vinícola Manzanara, donde cualquiera de los gemelos que lo regentaban nos servía una cerveza y unas deliciosas croquetas, para finalizar ruta en un escondido rincón distante a pocos metros, el Gurpegui, donde rematábamos con un clarete de la casa.

Como es de suponer, cuando salíamos de allí estábamos ligeramente montados en la uva, lo que significa que a partir de ese momento comenzábamos a ser potencialmente peligrosos. Continuábamos hacia el centro, pasando por nuestro viejo y añorado colegio, Los Maristas, donde el antiguo vestuario de gimnasia, que daba a la calle Francisco Mariño, tenía rota parte de la cristalera del ventanal. Así pudimos saber que el vestuario lo habían convertido en almacén, y lo más cercano a nuestras manos era el saco de cebollas que habían puesto allí, como para provocarnos.

Una de esas tardes, se nos dio por meter la mano y coger unas cuentas cebollas. Evidentemente, no íbamos a usarlas para cocinar, así que la siguiente utilidad era tirarlas unos a otros, que fue lo que hicimos. Jaime Páramo tuvo la mala suerte de recibir un cebollazo en la espalda enviado por mí. No digo que no fuera doloroso –no quería ser yo quien lo hubiese recibido-, pero lo tomó con tan escasa deportividad que, recogiendo la cebolla del suelo, comenzó a perseguirme con aviesas intenciones. Salí como una bala para evitar la agresión, atravesando a gran velocidad las calles Betanzos y Fonseca, perseguido por mi víctima, cuyos propósitos eran de lo más perversos. Yo por fortuna era más rápido que Jaime, quien viendo que no podía pillarme, hizo un último intento por alcanzarme, arrojando la cebolla desde lejos. La mala suerte volvió a cebarse con nosotros, porque la cebolla trazó un arco y se encontró en su camino con el letrero luminoso de Droguería Garrote, que rompió en mil pedazos con un estallido de cristales seguido de una espesa cortina de humo y un oscurecimiento que afectó a toda la calle, circunstancia que hizo que todavía corriésemos más.


















LA ODISEA - NOVENO DÍA
A las nueve de la mañana estábamos en pie, frescos como lechugas, y tras desayunar y pagar la factura, abandonamos Portugal con dirección a Vigo. En media hora entrábamos en la ciudad olívica, y nos fuimos directamente a La Piedra. Era algo temprano para tomar las ostras, que era el objetivo que nos había llevado hasta allí, así que matamos un poco el tiempo dando una vuelta por los alrededores. Entramos en el famoso mercado de La Piedra con objeto de curiosear un poco, pero no había más que “purrela” y nos marchamos enseguida.
A las once de la mañana consideramos que había llegado el momento de tomar unas ostras, así que nos fuimos a la calle de las Ostras, encargamos un par de docenas del sabroso molusco a una de las “ostreiras”, y las degustamos en una terraza acompañadas de una botella de Albariño. No nos pareció suficiente, y aun pedimos dos docenas más y otra botella de vino. Al terminar, vimos que aun era pronto para marcharnos a Arcade –eran poco más de las doce y media-, así que nos fuimos dando un paseo hasta el centro. Estuvimos en la calle del Príncipe, viendo escaparates, y nos acercamos a una taberna que yo recordaba de otros tiempos, muy cerca del emblemático olivo de la ciudad, casa Andrés.
Era una tasca de las clásicas, decorada con multitud de fotos antiguas, con un vetusto mostrador de madera y mesas de mármol, en una de las cuales nos sentamos y pedimos una jarra de Ribeiro. Preguntamos que tenían para pinchar –en otra época era habitual que algunos marineros que el dueño tenía a mano le trajeran “peixe” pequeño recién pescado-. No tenía más que chipironcitos de la ría, pero a nosotros nos pareció suficiente, así que le pedimos una ración. Eran encebollados, y sabían a su puta madre, tanto que repetimos, aun con el riesgo de perder el apetito, cosa que no sucedió.
Eran las dos de la tarde cuando salimos para Arcade, a donde llegamos media hora más tarde. Había muchos sitios donde elegir –Arcade tiene profusión de restaurantes, y en casi todos se come bien-, y finalmente optamos por el Arcadia.
Yo no me había cansado de las ostras, así que volví a pedirlas, aunque en esta ocasión escabechadas, completando el menú con unos chocos en tinta. Lelo y Luis María escogieron otra alternativa no menos prometedora, ya que ambos pidieron cigalas a la plancha y caldeirada de rape y sanmartiño. En lo que sí coincidimos los tres fue en la bebida, una botella de Albariño Gran Bazán. Fue una comida en la línea de las que habíamos disfrutado durante todo el viaje, excelente y cara.
Salimos para Santiago después de comer. Lo lógico hubiera sido que nos fuéramos directamente a Coruña, pero todos nos resistíamos a poner fin a aquella aventura. Nos hospedamos en el hotel Compostela, en la plaza de Galicia, donde dormimos nuestra tradicional siesta hasta las ocho de la tarde.
A esa hora nos acercamos hasta el inmediato casco viejo compostelano y nos adentramos en el Franco, yéndonos directamente al Gato Negro, la tasca más “auténtica” de Santiago, donde tomamos una jarra de ribeiro acompañada de unas zamburiñas y mejillones en escabeche. Después seguimos ruta y entramos en el Negreira y el Trafalgar, donde volvimos a la carga con los mejillones, en este caso en la modalidad de “tigres rabiosos”.
A continuación, recordando la sabrosa tortilla de Cacheiras, nos acercamos hasta allí en coche. Había bastante gente, pero conseguimos una mesa, y pedimos una tortilla con ensalada y una jarra de tinto de barril. La tortilla seguía estando excelente, tanto que hasta Luisma no protestó porque estuviese cruda por dentro.
Nos desplazamos posteriormente a la parte nueva de Santiago, en las inmediaciones de la plaza roja. Eran las doce de la noche, y les tocaba el turno a las copas. Tomamos unas cuantas, y a las tres de la mañana, sentados en un pub y con nuestras mentes algo perturbadas por el poderoso influjo de los cubatas, comenzamos a trazar planes sobre lo que haríamos al día siguiente.
-Entonces que decís ¿mañana nos vamos directamente a Coruña?- dijo Luis María con un tono que expresaba claramente las pocas ganas que tenía de hacerlo.
-Hombre, directamente no- le contestó Lelo -podemos hacer una turné por la zona de Muros, saludar a los amigos de Carnota y llegamos a dormir a Coruña-
Yo sabía perfectamente que sus verdaderas intenciones no eran esas, sino prolongar el viaje cuanto más mejor, pero como los tres cojeábamos del mismo pie, nadie puso impedimento alguno.




























En 1968 hubo una pequeña escisión en nuestra pandilla. Seguíamos siendo amigos –y lo seguimos siendo a día de hoy- pero alguna circunstancia que no acabo de concretar hizo que dejásemos de formar la unidad que hasta ese momento habíamos sido; quizás fue la entrada de elementos externos, o tal vez el problema fuese que cada uno evolucionó de diferente forma. El caso fue que “Carnota” se marchó de Coruña –en su marcha, que no fue por decisión propia, tuvo mucho que ver el hecho de que el día de la inauguración de la discoteca Mackinlays de Perillo, tras tomarse una cantidad exagerada de whisky, que era de geta, Lelo y él desaparecieron del mapa durante tres días y esa fue la gota que colmó el vaso de don Justo-, Suso empezó a salir con otro grupo, Eduardo, Tino, Mateo, Jorge y Juan Novoa hicieron también nuevas amistades, Campos cogió novia, Jaime Páramo se hizo asiduo del refinado ambiente del Real Club Náutico, Gonzalo Viana se metió de lleno en su “rollo” bohemio y Lelo y yo nos fuimos por nuestro lado.

Comenzamos a frecuentar otras compañías: Luis María, que trabajaba en Finanzauto, y que con el tiempo pasaría a convertirse en uno de nuestros mejores amigos, Luis Villar, empleado de Seguros Galicia, Quique Castell, empleado del Banco Pastor y batería del grupo Géminis, así como gente de bastante mayor edad que la nuestra, habituales de las 7 Puertas -el bar que regentaban los padres de Lelo y que había pasado a ser nuestro nuevo centro de reunión- como Albertito, Jaime Corral, Luis el del Muro, Domingo Naveira o Miguel, el hermano de Lelo.

También estaba Francisco Díaz Monteagudo, conocido bajo el sobrenombre de Pacucho Mil Años. A ese había que darle de comer aparte. Hablaba un dialecto al que había que habituarse para entenderlo. En mi opinión, fue un auténtico precursor del “Koruño” . Había tenido multitud de empleos, pero no cuajaba en ninguno de ellos, porque aun cuando era espabilado -en realidad en demasía-, la verdad es que no destacaba por su laboriosidad. Incluso había estado emigrado en Francia un par de años, de los que había trabajado los tres primeros meses, dedicándose al zascandileo y a la picaresca durante el resto de su estancia. A su regreso había andado un poco a salto de mata. Hoy actuaba disfrazado de romano en una ópera en el teatro Colón, mañana de cabezudo en los desfiles de las fiestas, pasado iba a los percebes al Portiño, y así sucesivamente. A mayores era sableador profesional de cantidades pequeñas, aunque era tal la magnitud que no había persona que alternara habitualmente por el centro de la ciudad que no pudiera presumir de ser acreedor suyo. Era todo un personaje, poseedor de una gracia innata. Nacido y criado en la Ciudad Vieja, finalmente había ido a parar a la barriada de Labañou. Cuando lo conocimos trabajaba en Frigoríficos Diz, aunque nunca llegamos a saber cuales eran sus verdaderas funciones.

Solíamos tomar café y jugar a los dados en las 7 Puertas, para jugar posteriormente una partida de tute cabrón un poco más abajo, en el Café Candado. Hacia las siete de la tarde, salíamos del Candado y hacíamos la ruta de los vinos tomando tazas, empezando por la Tacita de Oro y Las Catorce Tetas –en realidad el nombre del bar era Puerto del Son, pero la sabiduría popular lo bautizó de nuevo en honor a las siete hermanas que lo regentaban. Incluso llegó a llamarse el Quince debido a la incipiente joroba de un empleado-, y continuando por el Ribadavia, O Salto do Can, el Otero, el Pazo, Xa Chegou, Agripino, Anduriña, Jalisco, O Leon, O Rincón, A Nosa Casa, Lois, A Esquina, Muiños –antiguo negocio de mis padres- y Órdenes. Puede parecer una exageración, pero rara vez perdonábamos un solo local en ese recorrido.

Uno de los lugares más populares de la noche coruñesa era la discoteca PomPom, ubicada en un sótano de la calle Emilia Pardo Bazán. No es que la frecuentásemos demasiado, pero de vez en cuando nos dejábamos caer por allí. Cierta noche de sábado, entramos Luis María, Lelo y yo. El abarrote era tan grande que solo con grandes esfuerzos conseguimos situarnos en la barra y pedir unas consumiciones. Luisma fue al servicio, y al regresar dijo:

-joder, menudo cuadro más bonito que tienen en el báter. Me dan ganas de llevarlo para casa-
-si lo quieres llevar, lo llevamos- le dije yo
-Claro que quiero-
-Eso está hecho- sentenció Lelo

Apuramos las consumiciones y nos dirigimos hacia los lavabos sorteando al numeroso público que llenaba la sala. Aprovechando que no había nadie en el servicio, descolgamos rápidamente el cuadro, que era de reducidas dimensiones, y lo metimos entre la gabardina y el jersey de Lelo, que era quien llevaba el vestuario más adecuado para la operación. Aun así, cantaba más que Julio Iglesias, así que temerosos de que nos cazaran nos dirigimos hacia la salida.

El tramo de escaleras era largo y estrecho, y había un gran movimiento de gente que subía o bajaba lentamente. Nosotros nos situamos dejando a Lelo en el medio, que era quien llevaba el cuadro; yo iba delante de él, y Luisma detrás.

Cuando habíamos subido aproximadamente la mitad del trayecto, Lelo tuvo una de sus típicas reacciones imprevistas. Sin que ocurriese nada entre ellos, súbitamente le arreó un fuerte pescozón a uno de los que bajaban. La inmediata respuesta por parte del otro, casi en un acto reflejo, fue largarle un sopapo al autor de la acción, pero como no lo había visto, el receptor del guantazo, sin comerlo ni beberlo, fue el pobre Luisma. La cosa no pasó a mayores porque tampoco había espacio para ello.


En la calle Andrés Antelo, transversal a la de la Torre, existía un pequeño bar, cuyo nombre oficial era el café bar Torre, aunque era conocido en toda la ciudad por el nombre de su propietaria, la Vieja Lola. Era un bar normal, pero con una peculiaridad, y es que permanecía abierto durante la práctica totalidad de la noche, algo que significaba, como cualquiera entenderá, que allí se reunía lo mejor de cada casa. Uno de los clientes habituales de la Vieja Lola –y del resto de locales de ambiente nocturno de La Coruña- era un individuo bastante mayor que nosotros, como de unos treinta años. Era natural de Costa Rica, y nadie llegó a saber nunca que es lo que pintaba aquí, pese a que sus dos metros de altura y su cuerpo ancho y musculoso llamaban poderosamente la atención.

Hay un estereotipo fijado sobre el tamaño de la gente que dice que cuanto más menuda es, más mala leche tiene, y por el contrario, los grandullones son pacíficos y están llenos de buenos sentimientos. Puede que eso sea atinado en lo que se refiere a la regla general, pero aquel mamotreto hijo de puta la rompía por completo. No solo era atravesado, sino que además tenía mala bebida –y estaba casi siempre borracho-, y por si eso fuera poco llevaba siempre encima un revólver del 38 que le encantaba lucir a la primera de cambio, y que pese a que en sus manos semejaba un juguete, no era difícil imaginar el agujero que sería capaz de hacer.

Presumía de que era capaz de beberse la cerveza más rápido que nadie, algo en lo que coincidía con Monchito, un habitual de las 7 Puertas que salía frecuentemente con nosotros, aunque solo se parecían en eso, porque Monchito apenas sobrepasaba el metro y medio de estatura y era bastante enclenque.

Una noche se nos dio por ir al bar de la vieja Lola a las dos de la madrugada. Íbamos Luisma, Lelo, Monchito y yo. El local estaba lleno de gente, pero el tremendo cabezón del mamotreto de Costa Rica sobresalía completamente del resto.

Nos acercamos a la barra, justo al lado de donde el grandullón estaba esbardallando.

-Acá en La Coruña no hay nadie que tenga cojones a beber la cerveza más rápido que yo- decía a quien le quería oir.

-Pues yo creo que lo hago- terció Monchito de forma improvisada, justo a su lado.

El americano se le quedó mirando con ojos bizcos, mientras a su alrededor todo el mundo se quedaba en silencio.

-¿Quién, tú, microbio?-

-Si quieres hacemos una apuesta- dijo Monchito.

-Lo que quieras-

-¿Te parece bien veinte duros?

-Okey, aquí están los míos- y depositó un billete de 100 pesetas sobre el mostrador.

Monchito hizo lo mismo, y a continuación pidió a Lola doce cañas de cerveza, seis para cada uno.

-El que se las beba más rápido se lleva las doscientas pesetas, y el perdedor paga las consumiciones de los dos-

Ambos se situaron delante de los vasos, profundamente concentrados.

-Cuando mi amigo diga ¡ya! empezamos- dijo Monchito señalando a Luisma.

Un par de segundos más tarde la seña era dada, y comenzaron. En un abrir y cerrar de ojos, Monchito se había despachado la media docena de cañas, mientras el grandullón iba por la cuarta. Quizás fuese porque la estatura le favoreció, ya que su cabeza apenas sobrepasaba la altura de la barra, mientras que su contrincante perdía un tiempo precioso en el recorrido del vaso hasta su boca, pero el caso es que ganó por goleada y en consecuencia agarró los dos billetes casi tan rápido como había hecho con las cervezas y se los metió en el bolsillo. Pero aquello todavía no estaba zanjado, porque el gigante no tenía buen perder.

-Deja el dinero donde estaba-

-el dinero es mío porque me lo gané-

-Has hecho trampas- sentenció. Y a continuación echó mano del cinturón que llevaba puesto, lo desabrochó y tiró de él, al tiempo que los ojos volvían a ponérsele oblicuos y proclamaba verbalmente sus intenciones:

-Os voy a despellejar, hijos de mala madre-

No hizo falta que nos pusiésemos de acuerdo para ganar la puerta cuanto antes y echar a correr calle de la Torre abajo. No paramos hasta la plaza de España. Allí tomamos resuello y miramos hacia atrás. Lo vimos venir a la altura del bar Odilo, blandiendo el cinturón en su mano derecha y pegando unos escalofriantes berridos, así que reanudamos la carrera, subiendo la calle San Roque y continuando por la calle Hospital, hasta llegar a Zalaeta, donde nos consideramos completamente a salvo, aunque durante las siguientes semanas tuvimos buen cuidado de no tropezar con él.

La cafetería Torre Esmeralda, en La Palloza, era un local seminocturno, puesto que aunque cerraba a lo largo de la noche, tenía su apertura a las cinco y media de la mañana, de modo que la clientela de primera hora estaba constituida por noctámbulos. Era muy frecuente que acudiésemos allí cuando Mariano el del Capitol, situado casi enfrente, cerraba sus puertas.

Una de esas noches, yo no había salido. Lelo y Luisma estaban con Domingo y Albertito, y se encontraron a altas horas con dos de los componentes del legendario grupo Los Tamara, el cantante Pucho Boedo y Perillo, el batería, que pasaron a formar parte del grupo, que poco antes de las seis de la mañana irrumpió en Torre Esmeralda.

Todos llevaban encima una cantidad de copas más que suficiente, lo que ocurre es que unos lo saben llevar bien, y otros no. Domingo y Lelo eran de los que no. El local estaba casi vacío; ocuparon una mesa cercana a la barra y pidieron una ronda a Ramiro, el encargado de la cafetería. Se pusieron a cantar. La portentosa voz de Pucho destacaba muy por encima de las del resto, que al menos no desentonaban.

Muy cerca de ellos, en la barra, dos individuos charlaban animadamente. Eran el trapecista y el lanzador de cuchillos del Circo Americano, que estaba instalado a pocos metros de allí, en la plaza de la Palloza.

En un momento dado, Domingo se percató de la conversación de los otros dos y decidió por su cuenta que estaban molestando. Se levantó con afán justiciero y se acercó a la pareja, que permanecía ajena a todo lo que no fuera su diálogo.

-¿Os queréis callar?-
-¿Cómo?- preguntaron los otros sorprendidos.
-Ese que está cantando es Pucho Boedo; y cuando Pucho canta, hay que estar callados-
-Ya, pero esto no es ninguna sala de fiestas- le contestó uno de ellos
-pues como no os calléis os voy a meter unas hostias-

Y ya no tuvo tiempo a decir nada más, porque uno de ellos, no sé si el trapecista o el de los cuchillos, le asestó un puñetazo en el ojo que lo lanzó contra la pared, con la ceja partida y chorreando sangre. Lelo se levantó entonces de su asiento, y cogiendo lo primero que encontró a mano, una botella de whisky, se acercó con ánimo vengador a los que habían agredido a su amigo. Además de un puñetazo en el mismo ojo, idéntico al recibido por Domingo, se llevó de propina una fuerte patada en el culo, que si no fuera por el escaparate donde aterrizó lo hubiera mandado directamente a la Casa de Socorro, aprovechando que estaba justo en la acera de enfrente.

A través de Quique Castell, manteníamos una excelente relación de amistad con todos los componentes del grupo Los Géminis, que aparte del propio Quique eran Manolo el cantante, Tino el guitarrista y Santi el bajista.

En cierta ocasión, ante la inminente incorporación de Tino a la mili, organizamos una comida para homenajearle, que se celebró un domingo en el hostal de mis padres. Tras el convite, y aprovechando que Los Géminis tenían actuación por la tarde en una sala de fiestas de Pontedeume, nos desplazamos hasta dicha localidad. La actuación era a partir de las ocho de la tarde, y nosotros llegamos al pueblo sobre las cinco, o sea que Luisma, Lelo, Tito y yo tuvimos tres horas para aclimatarnos mientras los miembros del grupo musical se iban a la sala donde iban a actuar a fin de preparar el instrumental y hacer un ensayo previo, tomándonos unos cuantos cubatas por diversos bares de la localidad, hasta el punto de que cuando llegó la hora de ir a la sala de fiestas, estábamos bastante “puestos”.

El baile estaba abarrotado de gente aunque, como suele suceder siempre, predominaba el elemento masculino. Pronto fuimos entrando en el ambiente, bailando algunas piezas lentas con chicas del pueblo, algo que hizo que los mozos comenzaran a mirarnos con cara de pocos amigos. Para acabar de rematarla, a Luisma se le dio por intentar subir al escenario a cantar, con la mala suerte de que al estar calzado con zapatos de suela y poner uno de los pies en la tarima, éste se le resbaló hacia fuera y se encontró con la boca de alguien del público. Fue inútil tratar de explicar que se trataba de un mero accidente. La que allí se montó fue espectacular. Éramos ocho –los cuatro del grupo y los que les habíamos acompañado- contra doscientos tíos con sed de sangre.

No tuve tiempo para ver muy bien como les iba a los demás, porque bastante me llegaba con lo mío, aunque pude ver fugazmente a Tito enzarzado con un par de ellos. Me puse contra la pared que tenía más próxima, con la intención de vender caro mi pellejo sin que nadie me atacara por la espalda. La suerte, sin embargo, estuvo de mi parte a través de un “listo” que se me acercó amenazante. Probablemente sería un tío con un físico normal, pero a mí en ese momento me pareció que quien se me aproximaba era el doble de Steve Reeves

-Te voy a partir la cabeza- dijo
-Eso si tienes huevos me lo dices en la calle- le respondí
-Cuando quieras. Vamos-

Pasé hacia la salida seguido por el otro, con ojo avizor por si alguno de los que me rodeaban me soltaba un puñetazo mientras pasaba, pero no ocurrió nada. Alcancé la puerta de la salida y según pisé la calle me di la vuelta. El otro no tuvo tiempo a reaccionar. Utilicé todas mis fuerzas para arrearle un hostión seco en pleno mentón que hizo que, tras tambalearse, diese con sus huesos en el pavimento, cayendo como un saco, e inmediatamente, sin pararme a comprobar si estaba vivo o muerto, salí a la carrera tan rápido como me daban las piernas justo en el momento en que los acompañantes de mi contrincante salían de la sala de fiestas.

Pateé las calles de Pontedeume a toda velocidad, hasta llegar a la orilla del río. Casi media hora tuve que esperar hasta que mis amigos aparecieron escoltados por una pareja de la guardia civil. Afortunadamente, y salvo leves magulladuras por parte de alguno, todos estaban bien. Nos prometimos todos que pasaría bastante tiempo antes de regresar a aquel pueblo.

Pocos meses después, el que se iba a la mili era Lelo, que con 18 años se alistó como voluntario partiendo para Figueirido a hacer el campamento.


















LA ODISEA - DÉCIMO DIA
Abandonamos Santiago a las 11 de la mañana de un miércoles soleado. La verdad era que, a excepción de un par de días, el buen tiempo nos había acompañado durante todo el viaje, lo cual es de agradecer. Conducía yo.
Aunque había opciones más cortas para llegar a Carnota, me decidí por la más larga pero también más agradable, yendo hasta Noya y viajando por la costa hasta llegar a Muros, y de allí directamente a Carnota.
Paramos en la medieval localidad de Noya, donde había un par de tugurios de esos tan interesantes que solo Lelo conoce, y los visitamos, lo cual nos rompió un poco la mañana, pues la parada se prolongó más de una hora. Desde luego el paisaje, lleno de contrastes entre el suave mar y el estuario del río Tambre con las agrestes montañas que rodean la ría y la cierran a los vientos, compensaba sobradamente el rodeo que estábamos dando.
Aun hicimos otro alto en Sierra de outes, en casa Feliciano, aunque más corto que el anterior, al igual que en Esteiro, y finalmente llegamos a la preciosa localidad de Muros, con sus casas de piedra y sus serpenteantes calles llenas de sabor medieval, en torno a la una y media de la tarde.
La idea de hacer una nueva “paradiña” resultaba atractiva, pero dado lo avanzado de la hora corríamos el riesgo de que cuando llegásemos a Carnota, que quedaba muy cerca, nuestros conocidos estuviesen comiendo, así que tras debatirlo decidimos no interrumpir la marcha, y un cuarto de hora después llegábamos a nuestro destino.
El bar de Michelín, nuestro antiguo amigo, quedaba en pleno centro de la población. Aparcamos ante la puerta y entramos.
No había nadie en la barra. Distinguimos a Michelín en una de las mesas, departiendo con los clientes, y al unísono nos pusimos los tres a cantar:
Cando eu marche de Carnota
As pedriñas chorarán
Chorar de noite pedriñas
Que eu marcho po la mañán
Era una vieja canción que habíamos aprendido hace muchos años, cuando los carnotanos encabezados por Justito, entre los que se encontraba Michelín, nos visitaban en La Coruña. Al oírnos, éste se dio la vuelta y nos reconoció de inmediato. Se levantó y cruzó el local corriendo como un gamo, abrazándonos alborozado. Tras él apareció otra cara conocida. Era Dominguiño, el primo de Alfredo y Justo, que también solía acudir con frecuencia a la ciudad en aquellos años.
El resto de los clientes del bar estaban completamente sorprendidos por la algarabía que había provocado nuestra aparición. Michelín abrió una botella de champán para festejar la imprevista reunión, al tiempo que decía a los presentes:
-Señores, este establecemento pecha as suas portas dentro de dez minutos, así que vayan apurando que nos temos que ir-
La clientela, aunque reacia al principio a abandonar el local, toda vez que les picaba la curiosidad por saber quienes éramos y a que venía tanta juerga, finalmente obedecieron y fueron marchándose, a excepción de un par de paisanos, que se sumaron al jolgorio con la disculpa de que nos conocían, por haber acompañado en alguna ocasión a Justito en aquellos míticos viajes a la capital, pero no nos acordábamos de ellos, por lo que supuse que se lo habían inventado para no perderse la fiesta que previsiblemente se avecinaba..
Poco después, tras haber confeccionado Michelín un cartel de “cerrado por asuntos personales”, nos fuimos a comer los siete. El lugar, elegido por los improvisados anfitriones, resultó ser Casa Manolo, en la vecina localidad de Caldebarcos.
El menú consistía en un entrante de mariscos –una fuente de camarones de un tamaño que hacía mucho tiempo que no recordaba y unas centollas repletas de corales-, para finalizar con una caldeirada mixta, de lubina y sanmartiño, que estaba impresionante, todo ello regado con unas botellas de Viña Mein.
Mientras comíamos, estuvimos contando a nuestros amigos tanto los motivos de nuestro alucinante viaje como todos los avatares acaecidos durante su transcurso, que fueron muy celebrados.
-Si non vos conocera dende hai tantos anos e non vira o que vin, non creía que vos pasaran esas cousas nin de coña- decía Michelín descojonándose de risa, añadiendo Dominguiño: -o medo que teño pasado vendo as actuacions destes camándulas. Mira que erades peligrosos-
Después de comer regresamos a Carnota, y mientras tomábamos café nos encontramos con Antonio “Columbriña”, antiguo amigo nuestro que, aunque natural de Carnota, había pasado muchos años estudiando en Coruña, y que tras saludarnos cordialmente se unió al grupo.
Carnota no nos era suficiente, así que nos desplazamos a Muros, donde estuvimos dándole al cubata durante toda la tarde, mientras rememorábamos viejas anécdotas.
Por primera vez desde que iniciamos el viaje no habíamos dormido siesta. Ni siquiera habíamos tenido la precaución de procurarnos alojamiento, pero tampoco estábamos preocupados, porque estando en temporada baja no preveíamos que hubiera problema alguno para lograrlo.
A las doce de la noche, después de pinchar algo en uno de los mesones de la localidad muradana, regresamos de nuevo a Carnota, aunque no llegamos a entrar en la población, sino que paramos en la discoteca que hay a las afueras, en la carretera de Muros.
Desde que habíamos quedado los tres solos, el viaje había sido más tranquilo y sin incidentes, pero eso no iba a durar siempre.
Al traspasar las puertas del local, nos percatamos de que aquello estaba más animado de lo que habíamos previsto, sobre todo para tratarse de un día entre semana.
Nos ubicamos en la barra. Nuestros acompañantes dominaban el ambiente, algo que ya presuponíamos.
-¿Vedes aquelas tres “jacas” que hay alí?- dijo Columbriña señalando discretamente hacia una de las mesas, ocupadas por unas cuarentonas con pinta de pedir guerra –pois si queredes dormir quente, entrádelles. Son enfermeras do hospital de Cee e veñen por aquí a menudo. Andan medio liadas con tres macarras de Muros, pero oxe non están, así que aproveitade-
No tuvo que repetir la insinuación, porque Lelo, Luisma y yo ya estábamos encaminándonos hacia la mesa.
Tras una introducción torpe pero efectiva por nuestra parte, conseguimos que aceptasen que nos sentáramos junto a ellas sin tirarnos nada a la cabeza, pero no logramos que se rompiese el hielo hasta que Luis María les dijo que pertenecíamos a la rama sanitaria y formábamos parte de un equipo médico que al día siguiente procedería a una delicada y dificultosa intervención quirúrgica en el hospital de Cee. Las patrañas que su cerebro fabricaba a velocidad vertiginosa iban directamente a su boca y salían de ésta como expulsadas por una manguera, pero era tal su seriedad y la naturalidad con que se expresaba, que cualquiera que no le conociese hubiera jurado que había hecho el juramento hipocrático hacía décadas, dando detalles que a mí mismo casi me hicieron dudar de su auténtica profesión.
A partir de ese momento, y tras ponérseles a nuestras tres circunstanciales acompañantes los ojos como chiribitas, todo fue pan comido. En menos de un cuarto de hora, estaban tan embebidas con el discurso de Luisma, que continuaba llevando la voz cantante, que no se percataron –y nosotros tampoco- de que tres individuos habían entrado en la discoteca y se habían plantado delante de la mesa.
-¿Qué pasa aquí?- espetó uno de ellos a mi espalda.
Me giré y vi ante mí a tres prototipos del macarra rústico, vestidos de manera casi idéntica: chupa de cuero, pantalón vaquero, botas, y un casco de moto en cada mano derecha. No dudé de que teníamos ante nosotros a los “novietes” de nuestras acompañantes
-Ya os estáis largando de aquí- añadió el que parecía ser el cabecilla.
-Y eso es por algún motivo concreto o solo porque os caemos gordos?- le contesté yo.
-Eso es porque estáis con nuestras novias, y es mejor que os levantéis, porque si no os levantamos nosotros-
-Lo de levantarnos vosotros lo voy a poner en “stand By”, pero si ese es el deseo de las señoritas, no tenemos inconveniente alguno en hacerlo-
Una de ellas salió en nuestra defensa: -a nosotras nadie nos está molestando, y además no queremos líos-
Pero el tipo no se daba por vencido: -lo dicho, os vais de aquí por las buenas o por las malas- sentenció con tono amenazante.
Intervino Lelo: -Mira, va a ser mejor que habléis con nuestros representantes-
-¿Con vuestros representantes?-
-Sí, aquellos que están en la barra- dijo señalando al nutrido grupo que había entrado con nosotros en el local, y que se mantenían expectantes desde que los macarras hicieron acto de aparición, sabedores de que iba a haber problemas.
El tono del cabecilla cambió. Dirigiéndose a las tres enfermeras, les dijo que fueran con ellos para Muros, que había mejor ambiente. La misma que había hablado anteriormente, le contestó:
-Mira, nosotras estamos a gusto aquí. Iros vosotros y ya nos veremos otro día-
La cara de los motoristas era un poema cuando salieron de la discoteca.
Todo se ponía a nuestro favor. La noche iba a ser genial. Y lo fue, pero no de la forma que luis María y yo esperábamos, porque Lelo decidió por su cuenta que estábamos más a gusto con nuestros antiguos amigos que con aquellas petardas, y en uno de sus clásicos arranques, se puso a contarles con pelos y señales quienes éramos exactamente y lo que hacíamos allí, desmontando de un plumazo la truculenta historia que Luisma había ido construyendo sobre la marcha. El mosqueo de las enfermeras fue de los que encienden el pelo, pero casi no tuvimos oportunidad de comprobarlo, porque no tardaron ni un minuto en desaparecer, no sin antes hacer hincapié en lo satisfactorio que hubiera sido para ellas que sus novios, los motoristas, nos hubieran dado nuestro merecido.
El caso es que regresamos a la barra echando pestes contra Lelo, que nos había jodido el plan. Nuestra vuelta fue ampliamente celebrada por quienes nos esperaban, comentando jocosamente que no habíamos perdido ni un ápice de nuestras antiguas facultades para meternos en los problemas más variopintos.




El verano de 1968 fue pródigo en eventos de relumbrón en la ciudad: La actuación de Massiel, recién proclamada vencedora de Eurovisión, en Las Tetas de María Pita , o la de Los Canarios, grupo de moda de aquel verano, en la plaza de toros portátil instalada en la plaza de Portugal –el viejo coso taurino de la avenida de Finisterre acababa de ser derribado-, pero el acontecimiento que más nos marcó fue el último baile del Leirón del Casino, que estando también próximo a la demolición quisieron que se despidiese a lo grande, con la espectacular actuación de uno de los mejores grupos de samba de los carnavales de Río de Janeiro.

Desde principios de verano contábamos los días que restaban para aquel fastuoso acontecimiento, quen prometía ser espectacular… y lo fue, pero de manera muy distinta a como esperábamos.

La noche del 14 de agosto, el parque estaba a reventar, pese a sus más que considerables dimensiones. Serían las doce y media cuando entramos y la noche era espléndida. Formábamos un grupo bastante heterogéneo, puesto que aparte de Lelo, Emilio Carballés, y yo, venía también la hermana de Lelo con su novio y una amiga suya de Madrid.

La orquesta que hacía de telonera del grupo brasileiro interpretaba piezas lentas que eran aprovechadas por no más de media docena de parejas que se repartían por la pista de baile, único lugar del vasto parque que no estaba abarrotado.

Decidimos acercarnos hasta el bar, pese a que era donde más aglomeración había, o quizás precisamente por eso.

Apenas quedaba espacio en la barra, así que tuvimos que dividirnos: Emilio Lelo y yo por un lado y el resto por otro. Tras un buen rato intentando llamar la atención del camarero, logramos hacernos con unos gin kas. Pagamos las consumiciones y salimos a codazos de la barra, donde corríamos grave riesgo de morir aplastados por el sediento gentío. En el momento de alcanzar con alivio una zona segura me llamó la atención un extraño y sospechoso abultamiento que se apreciaba en el interior de la chaqueta de Lelo, justo bajo el sobaco.

-¿Que llevas ahí?- le pregunté, aun a sabiendas de la respuesta.

Entreabrió la chaqueta y me mostró, tal y como suponía, la botella de ginebra MG que el camarero acababa de abrir para servirnos los combinados.

-Esto es para que nos tomemos unas copas por gentileza de la casa- dijo

-Joder, aun nos van a echar fuera- señaló Emilio

Y mejor hubiera sido, porque lo siguiente que hicimos fue irnos a la zona más aislada, junto a la pista de tenis, para dar buena cuenta de los gin kas que llevábamos en la mano y después del resto de la botella.

Una botella para tres no era para volverse locos, pero si a eso le añadimos una vuelta previa por el centro de La Coruña a base de tazas, podía ser preocupante. Y todavía más encontrándose Lelo y su “mala bebida” en el medio.

Una vez terminada la botella, yo sabía que iba a ocurrir algo poco agradable, no sabía el qué, pero estaba convencido.

Nos trasladamos a la zona de la pista de baile, donde el comienzo del espectáculo brasileño era inminente. Muy cerca de donde nos situamos estaba un conocido nuestro, Manolo, acompañado de su novia. No es que mantuviéramos con él una amistad íntima, pero había muy buena relación –en aquella época en La Coruña se conocía todo el mundo y era muy fácil coincidir de forma esporádica-.

El caso es que aquella noche a Lelo, o más bien a la media “juma” que llevaba, por alguna razón oculta que ni siquiera conoce él, se le metió en la cabeza amargarle la noche a Manolo, así que se acercó a la pareja y dijo:
-Hombre Manolo, ¿tú sabias que tu novia es una puta?-

El interpelado se puso blanco como el papel, pero supo sobreponerse, aunque con esfuerzo, a la ofensiva frase.

-Lelo, por favor, déjate de coñas, que eso que acabas de decir es de muy mal gusto-

-No, que no es coña. Tu novia es una puta-

-Lelo, que yo no quiero problemas, y tú parece que los estás buscando-

Pero no había forma de parar la terquedad de Lelo, que continuó insistiendo. Viendo venir lo que iba a pasar, me acerqué al grupo para tratar de ayudar a controlar la situación, pero ya era tarde. No había dado ni dos pasos cuando Manolo, ya definitivamente fuera de sus casillas, le estampó un cabezazo a Lelo, de cuya nariz comenzó a manar sangre como si se tratara de una fuente.

Terminamos la velada en la casa de socorro de Cuatro Caminos, con un diagnóstico de fractura de tabique nasal.

En otoño abrió sus puertas la escuela de aparejadores en unos galpones situados frente a la tribuna del estadio de Riazor. Yo me matriculé y empecé la carrera con entusiasmo, que poco a poco se fue enfriando. Lelo estudiaba en la escuela de comercio, muy cerca de allí, y nos reuníamos en el bar Estadio, junto con varios compañeros suyos de clase: Luis Piedrahita, Lorenzo López Vázquez, hijo del dueño de los almacenes San Luis, y Pacheco, entre otros, con quienes trabé una buena amistad.

Eran muy frecuentes las salidas nocturnas en la furgoneta de Lorenzo, que protagonizó unas cuantas juergas y con la que a punto estuvimos de pegárnosla un día en que Lorenzo nos quiso hacer una exhibición sobre como hacer el “doble embrague”.

Al llegar el verano, aprovechando la furgoneta, una vieja DKW donde cabía un regimiento, no había fiesta en las cercanías de La Coruña que nos perdiésemos: Cambre, Elviña, Mera, Sada, Betanzos, etc. En una ocasión, durante la tradicional sardiñada de Oleiros, sucedió algo muy parecido a un milagro: Lelo y yo ligamos con dos forasteras. Eran de Toledo y estaban pasando unos días en las instalaciones de la Universidad Laboral, en El Burgo. Pasamos un par de semanas muy románticas con ellas, pero no todo debió salir bien, porque la de Lelo acabó metiéndose monja.


El 15 de octubre de 1969 fue una fecha que quedará grabada para siempre en mi vida. Era el veinteavo cumpleaños de Lelo, y para celebrarlo nos fuimos a Santiago Luis Piedrahita, Lorenzo, lelo y yo en el flamante 1500 del padre del primero. La primera parada, obligada, fue en Carral, donde a las once de la mañana nos pusimos ciegos de una pócima denominada vino con miel, que entraba como la coca cola. Aun hicimos otro alto en Órdenes antes de aterrizar en Santiago, lo que ocurrió a eso de las doce y media.

Mientras esperábamos a que la novia de Luis, que estaba estudiando en Santiago, saliera de la facultad, nos dimos unas vueltas por el Franco. Como habíamos empezado con fuerza, continuamos con la misma fuerza, o sea tomándonos unos combinados en el Carballeira y pasándonos al gin kas, lo que hizo que hiciésemos nuestra entrada triunfal en la zona universitaria con Lorenzo y yo sentados a ambos lados del capó del 1500.

Regresamos a La Coruña a la hora de comer, pero en las condiciones en que estábamos, decidimos no pasar por casa hasta estar medianamente recuperados. Después de tomar unos cafés en el Hércules, en la calle de los Olmos, y echar unas partidas de tute cabrón, Luis y Lorenzo se fueron, mientras Lelo y yo continuamos la fiesta.

Estábamos en la calle de la Galera, a la altura del cine Coruña, cuando vimos venir a dos chicas: una de ellas era una rubia llamada Cristina, que era amiga mía, y la otra era una pelirroja desconocida. También se llamaba Cristina, y nada más verla, después de decir las cuatro tonterías de rigor, vaticiné:

-Tú el domingo sales conmigo-

-Eso no te lo crees ni tú- me respondió.

-Te digo que sales conmigo-

Y no sé como lo conseguí, pero ese domingo, a las cinco de la tarde, estaba esperando por ella en los soportales del teatro Rosalía. Y apareció. Y la cosa salió tan bien, que tras un noviazgo de cinco años, me casé con ella. Y todavía seguimos.







LA ODISEA - ONCEAVO DÍA
Y la noche continuó. Hubo que aprovechar influencias para posponer el cierre de la discoteca, que no se produjo hasta pasadas las cinco de la mañana. A partir de ahí no recuerdo nada más hasta que abrí los ojos y me encontré tumbado en una cama en un sitio desconocido. Estaba en penumbras y no sabía si había luz, así que me dirigí a una persiana que acerté a distinguir y la levanté. Era pleno día; miré el reloj y comprobé que era la una de la tarde. A través de la ventana se divisaba la plaza principal de Carnota. Calculé que estaba justo encima del bar de Michelín, así que imaginé que se trataba de su piso. Al girarme hacia el interior de la habitación vi a alguien en la misma cama donde yo había estado durmiendo. Era Lelo. Luisma yacía sobre un sofá que había al fondo de la habitación. Los tres estábamos completamente vestidos, circunstancia que hacía patente el estado en que habíamos llegado los tres.
La habitación atufaba a alcohol. Me acerqué a mis amigos para comprobar si estaban vivos o muertos, y luego procedí a la dura tarea de despertarlos. Al igual que yo, ninguno se acordaba de cómo habíamos llegado hasta allí.
En la casa no había nadie. Localizamos el cuarto de baño y nos aseamos malamente, y después bajamos a la calle.
Efectivamente, junto al portal estaba la entrada del bar de Michelín, al que accedimos. La barra estaba llena de gente, que se nos quedó mirando como si fuésemos extraterrestres, supusimos que por nuestro aspecto, aunque luego supimos que más bien era porque nuestras aventuras de la noche anterior habían trascendido ampliamente.
Michelín estaba tan activo que no parecía que hubiera pasado la misma velada que nosotros. Nos saludó efusivamente y casi al instante nos sirvió tres vasos de zumo de naranja y otros tantos humeantes cafés en tazas de desayuno, acompañado por sendos croissant.
-Menuda festiña ayer, ¿eh?- dijo con una sonrisa cargada de sorna, y al comprobar nuestras caras de extrañeza, añadió: -claro, non vos acordades de nada-. Y entonces nos explicó que después de muchas copas en la discoteca, apareció por allí la patrulla de la guardia civil haciendo la ronda, y que Lelo –su obsesión contra la benemérita es proverbial, como se habrá podido comprobar a lo largo de esta narración- se hinchó a lanzarles puyas, con la suerte de que nuestros acompañantes eran amigos del cabo y el guardia, y eso ayudó a calmar los ánimos de éstos, hasta el punto de que como no cabíamos todos en uno solo de los dos coches que llevábamos, pues el de Luisma había que dejarlo allí al no estar ninguno de nosotros ni de lejos en condiciones de conducir, los propios guardias civiles nos acercaron hasta Carnota, donde quedamos alojados en casa de Michelín, a donde nos tuvieron incluso que ayudar a subir las escaleras, dejándonos una vez que nos tumbamos a dormir vestidos.
Mientras desayunábamos, y utilizando todo el raciocinio que nos permitía nuestro embotado cerebro, debatimos sobre la inminente finalización del viaje. Era jueves y el lunes Lelo tenía que trabajar, Luisma ya no sabía si cuando llegase a casa tendría las maletas en la puerta, y yo poco menos, porque el viaje ya se había prolongado cuatro días más de lo previsto, o sea que la Espada de Damocles pendía sobre nuestras cabezas. En una decisión unánime y salomónica, llegamos a la conclusión de que esa noche dormiríamos en casa, pero aprovecharíamos del resto del día para dar los últimos coletazos.
Tras despedirnos de Michelín y Dominguiño, que en el último momento había aparecido por el bar, y agradecerles todas las atenciones que nos habían dispensado, cogimos un taxi el la parada inmediata, que nos llevó hasta la explanada de la discoteca donde había quedado aparcado el coche de Luis María. Afortunadamente, no había sufrido percance alguno durante nuestra ausencia y el maletero con nuestras pertenencias estaba intacto.
Conducía Luisma. Como siempre, tenía atrofiada la capacidad de decisión de hacia donde dirigirse.
-¿Que os parece si nos acercamos hasta Finisterre y comemos allí? Hay algunos sitios cojonudos y además el tiempo ayuda- dije yo, advirtiendo por primera vez desde que desperté que el día era soleado.
Estuvieron de acuerdo. Arrancamos e iniciamos el itinerario a través de un maravilloso paisaje costero. Al cabo de veinte minutos, tras pasar El Pindo y Ézaro, atravesamos Cee y Corcubión y poco después llegábamos a Finisterre.
Pasaba de las dos de la tarde y era algo temprano para comer, así que tras aparcar el coche dimos una vuelta por el pueblo. Pese a que el cuerpo no nos pedía alcohol, no nos resistimos al encanto de un par de tugurios próximos al puerto con ambiente marinero, y estuvimos “taceando” un poco.
Hacia las tres decidimos que había llegado el momento de ir a comer. En mi época solía frecuentar Os Tres Golpes, un mesón con buen marisco y pescado, escondido entre las intrincadas rúas de la parte alta del pueblo, pero habíamos oído hablar tanto de las excelencias del Tira Do Cordel, ubicado en una antigua fábrica de salazón de la vecina playa de Langosteira, que decidimos probar suerte, así que montamos en el coche y nos dirigimos hacia allí.
Como era de prever, no tuvimos problema para conseguir mesa, pues aunque el sitio tiene habitualmente mucha demanda, la época en que estábamos, a mediados de enero, restaba considerablemente la afluencia de clientes.
Tras mirar la carta, donde había bastante variedad de pescados y mariscos, pedimos para empezar unos entrantes variados, zamburiñas, camarones fritos, percebes y navajas, seguidos por una lubina a la sal. Todo estaba soberbio, pues el producto era de primera y bien preparado, y si a eso unimos la celeridad del servicio, se podrá comprender mejor que no pusiésemos ni mala cara por los casi 180 eurazos que nos “calcaron”. Además, había que despedir el viaje a lo grande.
Después de una inhabitualmente prolongada sobremesa a base de café de pota y chupitos de caña, abandonamos el restaurante camino de La Coruña a las cinco y media de la tarde, cuando ya casi era de noche.
La verdad es que no teníamos prisa, así que fuimos haciendo paradiñas en Corcubión, Cee, Vimianzo y Coristanco, de donde salimos a las nueve de la noche para tomar la autovía que nos llevaría directamente a casa.
Al sobrepasar el último peaje y divisar desde el alto la silueta de nuestra ciudad, a mí particularmente me asaltó una sensación agridulce: por una parte, era muy grato reencontrarme con la familia, pero por otra, e independiente de los “morros” que iba a tener que soportar durante unos cuantos días debido a la demora, se terminaba aquel viaje que había dejado muy cortas las expectativas con las que lo habíamos iniciado.





















EPÍLOGO
No quisiera terminar sin expresar en voz alta mis pensamientos, que creo que pueden hacerse extensivos a todos mis compañeros, en cuanto a lo que ese viaje quijotesco y estrambótico significó para nosotros. Aquello constituyó una experiencia única, que iba mucho más allá del puro divertimento representado tanto por los disparates cometidos que muchos considerarán -no digo que sin razón- inadecuados para nuestra edad y situación familiar y personal, como por las experiencias sibaríticas y festivas que habíamos disfrutado; y es que además habíamos experimentado sensaciones sorprendentes e inolvidables: disfrutar del auténtico sabor de la amistad, consolidando aun más nuestros vínculos afectivos, paladear una libertad sin ningún tipo de restricción –por unas u otras razones, en las diferentes etapas de nuestra vida siempre había estado coartada por diversas ataduras, familiares o profesionales- y lo que todavía tiene más valor, la recuperación, aunque fuese de manera provisional, de la ilusión de la juventud perdida, porque puedo jurar que durante aquellas jornadas ninguno de nosotros fue consciente de que ya peinábamos canas. Y es que hay cosas que pueden parecernos superficiales bajo la dictadura de los relojes, pero que pasan a ser sublimes en los momentos definitivos.
Todos teníamos más que claro que aquella increíble odisea había quedado tácitamente institucionalizada y no tardaríamos en repetirla, pero si por no concurrir las circunstancias adecuadas no fuese así, siempre nos quedará la ilusión de soñar con ello.

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