LAS TASCAS ANTIGUAS CORUÑESAS
A modo de introducción de la narración que se relata un poco más adelante, cuya acción se desarrolla a mediados de los años 50, y en la que se trata de plasmar lo que era el ambiente urbano de la época, estima conveniente hacer un pequeño recorrido a título de recordatorio por las tabernas de aquel entonces, para entrar un poco en situación.
Decir que La Coruña es una ciudad eminentemente tasquera, es algo que no sorprende a propios ni extraños. Cierto es que existen ciudades con gran tradición tabernera en el resto del pais, entre las que pudiéramos destacar las del norte, tales como Bilbao con sus siete calles y la zona de Licenciado Poza, San Sebastián (Parte Vieja), León (Barrio Húmedo) y Logroño, así como las sidrerías y chigres de las ciudades asturianas, pero difícilmente son equiparables con la nuestra, y si no analicen el coeficiente bares/habitantes, en el que salimos claramente airosos (yo diría que ganamos por "goleada").
La época de mayor esplendor se centra en las décadas de los 50 y 60, en que el predominio correspondía a los locales de la zona centro, ubicados mayoritariamente en la arteria formada por las calles Estrella, Los Olmos, La Galera y La Franja, con sus respectivas transversales, Mantelería, Torreiro, Barrera y Oliva, teniendo además continuidad, con la plaza de Maria Pita de por medio, en la calle Troncoso, zona presidida por el Yéboles, local emblemático en la hostelería coruñesa.
En los barrios, con la salvedad del de La Torre, de honda raigambre tasquera, y el de Cuatro Caminos, altamente influenciado por la proximidad del muelle pesquero (sabidas son las querencias tabernarias de las gentes del mar), poco hay que destacar, salvo excepciones puntuales de locales como, por citar algunos ejemplos, el Chacoli en Monelos, Bodegas Alonso (La Paloma), con sus famosas campanas de vino de Rueda, en la Gaiteira, el bodegón de Los Castros; La Cantera, en Santa Margarita: el Bar Orense, en Los Mallos; el Gasógeno, famoso por sus callos, en Juan Flórez, Donde también hay que mencionar la tienda-tasca de Marcelino, frente a los trolebuses de Carballo, y el Gurpegui y la Vinícola Manzanara, en Alfredo Vicenti. También Casa Ponte y la Bodega Ribadavia, hacia el final de Juan Flórez, junto al cine Doré, y en el Orzán, el Sanín, la Pulpeira de Mellid y Casa Marquínez, regentada por un ex-jugador vasco del Deportivo.
Volviendo a la zona centro, donde confluía, sin excepción, toda la gente de la Coruña que salía a la Calle, todavía persisten algunos, los menos, de los negocios de entonces. Tanto éstos como los ya lamentablemente desaparecidos, marcaron una época inolvidable en la historia de la ciudad.
Ateniéndome a su situación geográfica, comenzaré por la Calle de la Alameda, donde se ubicaba A Vosa Casa, también conocido por Casa Enrique -no confundir con el del mismo nombre en la calle Compostela, aun existente en la actualidad-, cuyos propietarios oriundos de la Villa de Cayón, preparaban como nadie el pulpo encebollado. Un poco más adelante, en la Calle de las Huertas -la del puente de Hacienda-, estaba casa Pepe, también llamado el Avion, por el aeroplano en miniatura colgado sobre el techo a modo de lámpara, y aún tenía un tercer sobrenombre, éste un poco más delicado, el Paspán, mote que creó más de un pequeño altercado a algún cliente con el propietario, al tomárselo éste con escasísima deportividad. En este local, de reducidas dimensiones, se expedía un excelente Ribero de barril, favorecido por las óptimas condiciones de conservación del vino de una pequeña bodega aneja. Cerca de allí, O Burato, en el Callejón de San Blas, junto al Banco Pastor, refugio de buenos bebedores, donde se trasegaban diariamente cientos de litros de vino clarete del Bierzo, mayoritariamente en vasos "sin aire", y los jueves se podían paladear unos excelentes callos.
Ya adentrándonos en la calle de la Estrella, el primero era el Ordenes, al frente del cual estaba Jesus Martínez Recouso, apodado cariñosamente "la besta brava" por su escasez de "mano izquierda"; después de allí, el Muiños, donde se tomaba Ribero de barril y vino de Rueda y, debo manifestarlo, posiblemente las mejores almejas a la marinera del mundo. El propietario había sido un conocido jugador del fútbol modesto, circunstancia que tenía una alta influencia en el ambiente del bar, donde el mundillo del futbol tenía amplio protagonismo, amén de que el local era parada (y muchas veces fonda), de los jugadores del Deportivo de la época (Acuña, Carlitos, Polo, Botana,Juananco, Manín, Veloso..., solo por citar algunos). A continuación, el Somoza, la Esquina, A Nosa Casa (primero regentado por dos hermanas y luego por Manolo, gran profesional y mejor persona, que cuando había partida de chinchimonis se inventaba sobre la marcha un verso dedicado al perdedor, que le recitaba en el momento de pagar las consumiciones, colaborando con ello a incrementar el recochineo del resto de jugadores), el Suarez, (que despues pasó a ser el Lois), regentado por un matrimonio de la zona de Laracha, de donde en una ocasión se trajeron una chica para ayudarles en el bar. Como quiera que después de comer se cerraba, y el matrimonio se iba a echar la siesta, le dieron a la muchacha unos pitillos y le dijeron: -mentras vamos a dormir a siesta, vai matando as angulas que están en ese cubo-. Cuando regresaron para abrir el local, al cabo de unas dos horas, la chica estaba en la cocina; le preguntaron: -¿mataches as angulas?- -hasta agora solo puden matar tres, porque se me revolven e non as dou collido co cuchillo pa cortarlles o pescozo- -pero muller, pa que crees que che dimos os pitillos- -os pitillos os fumei, pa tranquilizarme- contestó.
Más adelante, estaba el triángulo formado por El Rincón, el Leon y el Agripino; casi al lado, Casa Pura, regentado por Plácido Pata de Palo, uno de los personajes más entrañables de las tabernas coruñesas que, pese a la tosquedad habitual de su carácter, cuando se lo pedía el cuerpo, se pertrechaba con su casco de vikingo y su sable, y pegaba un amenazante grito de guerra, que proporcionaba más de un susto, y no solo a los niños. Es conocida y celebrada una anécdota acaecida al Pata a mediados de los años cincuenta, protagonizada por el "pata" y un carretillo del reparto de La Estrella de Galicia, que se comenta más detalladamente en la narración posterior.
En la calle Mantelería, de las cuatro o cinco existentes, la más popular era el Xa Chegou, cuyo propietario era Tito, "el furarredes" (el mote le venía de que había sido jugador del Orense, habiendo protagonizado una "desfeita" en el campo de El Couto, en el que el mal estado de las redes de la portería unido al potente cañonazo de Tito, tuvo como resultado la rotura de éstas y del tabique nasal de un aficionado que veía el partido desde detrás de la portería).
Siguiendo ruta, ya en Los Olmos, y sin olvidar otros tipos de nogocio, tales como los cafés Derby y Hércules, el local de pebetas Astoria (en franca competencia, dada su proximidad, con el Lemos, en La Galera, y el Desquite, en El Torreiro), las tascas más reconocidas eran el Ribadavia, Casa Crego (buen pulpo, vive Dios), el Somozas y el Argentino, éste último con ambiente de fuera de hora, al ser su clientela habitual procedente de los bares de alterne, al cerrar éstos.
En la Galera, en el tramo hasta el cine Coruña, La Tacita de Oro, punto de reunión de la gente relacionada con el mundillo de las orquestas, el Suso, buen tapeo, el Ariete, más restaurante que bar, y el Corinto, con un marisco extraordinario. En el callejón existente frente al mencionado cine, que comunica con la calle Real, estaba (y aun está, aunque muy venido a menos, el pacovi, con su famosa tapa de perdiz (lomo de sardina rebozado) y su peculiar agradecimiento cantarino a las propinas recibidas.
En el segundo tramo de esta calle, y a mi entender el más atractivo, hay que citar el Villanueva, el Puerto del Son, también llamado el 14 tetas, en homenaje a las 7 hermanas que lo atendían (llegó a llamarse el 15, al añadírsele la prominente joroba de un empleado que pasó a prestar allí sus servicios), y A miña Casa (o Casa Antón), cuyo propietario se decía que había sido guardaespaldas de Al Capone, y a fe que, con todos los respetos, al ver su aspecto malencarado ofrecía pocas dudas, aunque los que tuvimos la suerte de tratarlo podemos dar fe de que era una excelente persona.
A Las 7 Puertas había que darle de comer aparte. Propiedad de Don Pepe Muñoz, andaluz de pro y gran "cantaor", cuya esposa, doña Clara, cocinaba de maravilla, en aquella época paraba en el local lo más saleroso de La Coruña, desde Pucho Boedo hasta Moncho Casal, el boxeador, por citar ejemplos representativos, pasando por lo mejorcito de la aristocracia local. Allí se trasegaban cantidades ingentes de vino fino andaluz, en lo que D. José, el propietario, tenía una alta cuota de participación. Es muy comentada una suculenta anécdota sucedida allí hace casi 40 años. Un cliente pidió al camarero con el vino una patata rellena y a éste, al rescatar el tubérculo de la pota, se le cayó la carne en el interior de la misma, quedando la patata hueca. El cliente la pinchó con el palillo, y al ver la patata vacía le preguntó: -¿e o relleno?- a lo que el otro contestó, en plan servicial: -salindo á man dereita-.
como prueba irrefutable de la popularidad de este local, ahí va esta letra de pasodoble herculino de la época, rescatado del olvido por mi buen amigo Hipólito Guillemet "Poli", coruñés de la Atocha:
"Cuando salgo de los toros
la partida o el "futból"
por la calle La Galera
a las Siete Puertas voy.
Cantan por taranta y soleares
hasta el vino de Jerez ya brilla más.
Cantan por taranta y soleares
allí se para la gente
para poder alternar.
Vamos a las Siete Puertas
que te quiero convidar.
Después estaba el bar de Paco Trigo, Antiguo portero del Deportivo, y en el callejón del cine París aun existe, y que sea por muchos años, La Traida, también denominada Cátedra del Mus por ser cuna de este juego en nuestra ciudad. Local regentado por la misma familia desde el año cuarenta y tantos, destacando por su excelente ambiente, marcadamente coruñés.
En el Torreiro estaba, entre otros, casa Fernando, especialista en marisco menudo "a precio", y en La Barrera, el Disco, el Tarabelo, el Beade y el Patata, con sus apetitosas tapas de bisté.
A continuación, en La Franja, el Fouciño, la viuda de Rebollo y el de La Guapa, así denominado por estar regentado por la familia de Rosita Meiriño, ex guapa de La Coruña y actual concejal de nuestro Ayuntamiento por el Partido Popular. Más adelante O Xestal, cuyo propietario fue triunfador como "contacontos" en el popular programa radiofónico de la época Desfile de Estrellas, y posteriormente tuvo su éxito como intérprete de "gallegadas", llegando a grabar algunos discos. También destacable en las proximidades de la zona, en Riego de Agua, estaba el Submarino.
En la calle de La Oliva, Casa Ramón (As Boas Cepas), bar de taceo y partidas, donde en cierta ocasión, después de jugar durante horas al Mus los populares Lucho Barros y Paco Rama contra otra pareja, le preguntaron al propietario lo que le debían, y este contestó: -me da vergonza....- y despues de un pequeño lapsus añadió: -¡duascentas vinte tazas-!.
Saliendo de la zona, y cruzando la frontera marcada por la plaza de los Huevos (hoy del Humor), donde estaba casa Juan, último reducto del centro, tras subir las escaleras de San Agustín, está el campo de la leña (plaza de España). En su antesala (calle del Mercado) estaba Casa David (aun existe, pero con diferentes propietarios). A David se le apodaba "Collons de Plomo", por su peculiar concepto de la rapidez al servir las tazas. Después, ya en plena plaza, estaban las denominaciones numéricas, el 8, el 10, el 15 y el 17, también llamado el Toril por su decoración relacionada con al arte de Cúchares.
Abandonando la plaza, en San Juan, el Huevito, con buen vino y buen jamón. En este local, muchos de los ciudadanos que preveían cercana su hora dejaban pagadas las tazas para las amistades que acudieran al entierro, y que las tomaran “a su salud”. Se cuenta que era muy habitual que en el momento de tomar la primera, inmediatamente después de la inhumación en San Amaro, se glosaban exageradamente las virtudes del finado, pero a medida que iban cayendo nuevas cuncas en las tabernas de las proximidades, ya por cuenta de cada uno, dichas virtudes se iban depauperando y comenzaban a asomar los defectos del interfecto, de tal manera que era muy habitual que, a ultima hora, y con la lengua algo trabada por el taceo, alguno sentenciara: -¡Sabedes o que vos digo: que pensándoo ben, era un fillo de puta!-.
Introduciéndonos en la calle de la Torre, tras subir el repecho inicial, donde estaba el Seijo, nos encontrábamos con Casa Paz, que después fue Odilo; enfrente, la Cuba Grande, que descendía hasta la categoría de tugurio, porque la verdad es que, sin ofender a nadie, tenía una clientela que dejaba bastante que desear. Un poco más arriba, Pepe o da Costa con marisquito menudo muy a precio, en un pequeño pero acogedor local de puertas batientes, donde predominaba el mármol en mesas y mostrador. En el principio de la Calle Atocha, Pancho, refugio de bebedores empedernidos, donde se sucedían las anécdotas más variopintas. Como ejemplo, aunque ciertamente luctuoso, un tal Juan, por una apuesta, se tragó el contenido de una garrafa de 5 litros de clarete en menos de 5 minutos. Nada más terminar, por motivos que desconozco, empezó a encontrarse mal. Pancho lo sacó a la calle para que le diera el aire, lo sentó en el escalon de la casa de enfrente, y allí se murió, no sin antes haber cobrado la apuesta. Ante el suceso comenzó a arremolinarse el gentío con morbosa curiosidad, y al rato acertó a pasar por allí Toñito "cabecita de ajo", el zapatero, que preguntó por los pormenores del suceso; le contestaron: -nada, o Juan, que bebeu un garrafón de cinco litros de clarete e palmou- - ¡Que tome polo saco, así non o fai mais, que e un merendas!- sentenció Toñito lleno de razón.
Siguiendo la Torre, y ya en la zona de los cafés de partida (Pigal, Imperial, Cervera, Olímpico y Satélite), estaban el Gambrinus y Lola (café bar La Torre), que abría prácticamente toda la noche. Poco más que mencionar hasta la zona de San Amaro, donde estaban el Karlú, con muy buen marisco, bien de precio además, pero a cambio había que aguantar el genio de Carmiña, y la Parra y el Trolebús, aun existentes, al igual que el Manda Truco, excelente marisco, y el Fiuza, el del Pulpo, en la Avenida de Navarra y Calle Camino de la Cárcel (curioso nombre), respectivamente.
En lo que respecta al barrio de los Cuatro Caminos, al inicio, entrando por Fernández Latorre, estaba O Lionardo, regentado por Juanito, embajador del Athletic de Bilbao en la Coruña, el Rueda y el Buena Sombra. En la calle Primavera, O Cereixal y el Nautilus (bonito nombre), y para finalizar, en la calle Concepción Arenal, aun saliéndose del concepto clásico de tasca, La Cervecería de la Estrella, donde se podía saborear una cerveza difícilmente superable en aquella terraza cuyo recuerdo me llena de nostalgia, al rememorar aquellos domingos de verano, en los que al regreso de la playa, y tras conseguir una mesa en lucha casi fratricida, las pandillas devorábamos el sobrante de la tortilla y los bistés empanados de la comida playera, en un ambiente de auténtica fiesta.
En todo este delicioso recorrido, es probable que se me hayan quedado en el tintero algunos locales que también tuvieron su historia, pero entiendo que los que se mencionan son los más relevantes.
En la actualidad, el auge de los barrios ha generado una diversificación en el ambiente, repercutiendo negativamente en el de la zona centro, quizás ayudado por la escasa profesionalidad de algunos tasqueros de nuevo cuño, que no pararon hasta que consiguieron matar a la gallina de los huevos de oro. Hoy, salvo la esporádica visita de los madrileños en el verano, poca gente para en el centro. Entre todos habría que hacer algo para recuperar aquel maravilloso ambiente.
ACLARACIONES DEL AUTOR
Este relato gira alrededor de un trágico suceso, afortunadamente imaginario, a través del cual trato de hacer un recorrido a través del anecdotario de la ciudad de La Coruña de mediados de los años 50 y plasmar su pintoresco ambiente, en un momento en que las carencias económicas y las miserias derivadas de la relativamente reciente guerra civil, no impedían que la convivencia de la gente, aun con esas limitaciones, fuese de lo más agradable, y fruto de ello se produjesen numerosas situaciónes anecdóticas, algunas de ellas, con mayor o menor fortuna, se plasman en esta obra, pudiendo garantizar, al igual que los coruñeses que disfrutaron de aquella época, que se ajustan -con los consabidos adornos, claro está- a la realidad , circunstancia que concurre en la mayoría de los personajes que se reflejan -a algunos, aunque reales se les ha hecho viajar en el tiempo- los cuales gozan absolutamente de las simpatías del autor, y a los que quiero, además de dedicar estos textos, pedir disculpas anticipadas por una posible mala interpretación de mis intenciones, que están muy lejos de ser ofensivas ni peyorativas hacia ellos. Lo único que se pretende es reflejar la peculiaridad de sus personalidades, y hacer llegar, aunque sea de lejos, aquella maravillosa época a los que por razones de edad no la disfrutaron.
También quiero hacer constar mi profunda admiración y cariño por el protagonista de esta narración, un inspector de policía, lamentablemente desaparecido, cuyo verdadero nombre prefiero guardar en el anonimato, aunque los que le conocieron pueden fácilmente identificarle por detalles personales que salen a relucir, y cuya enorme profesionalidad no le impidió granjearse la simpatía y el afecto de todos sus conciudadanos, aun con las dificultades que ello entrañaba debido al cargo que ocupaba en una etapa tan difícil.
Por otra parte, pido la comprensión del lector por el simplismo con que se relatan estos hechos y que se tenga en cuenta que, aun no siendo hombre de letras, trato de narrarlos con la mayor sencillez posible, para que llegue al lector con claridad, que es de lo que realmente se trata.
Asimismo, quiero hacer constar que el idioma gallego que se utiliza en los diálogos, y que no dejo de reconocer que dista mucho de ser académico, es el que se habla en los barrios de La Coruña en que transcurre el relato desde tiempos inmemoriales, por lo que he tratado de utilizarlo con la máxima fidelidad para acercarme a la realidad cotidiana.
Otro posible punto de discrepancia con el lector, puede estribar en la crudeza y altisonancia de muchas de las expresiones que se reseñan y que pueden caer en lo chabacano, pero es un riesgo que prefiero asumir en aras de un mayor realismo, dado el contexto en que se desarrollan los hechos.
Deseo, por otra parte, expresar mi más sincero agradecimiento a todas las personas que han colaborado conmigo al aportarme información acerca de aquella época, dado que yo la viví de forma muy sesgada por mi corta edad. En este sentido, debo significar que la mencionada información se ha obtenido mayoritariamente de coruñeses de los considerados en algún círculo como gremio de las tabernas, y no de gente posiblemente con mayor envergadura cultural, pero con unos conocimientos del anecdotario de nuestra ciudad más distorsionados, al no ser de primera mano, porque ello sería, por hacer un símil, algo así como preguntarle al Papa por el ambiente callejero de la ciudad de Roma.
CAPITULO 1
LOS PROLEGOMENOS
Aquel lejano 23 de octubre de 1956, sobre las 9 de la fría y lluviosa noche, en el interior del bar Canosa, un pequeño local sito en la esquina de las calles Tabares y Hospital, en pleno barrio chino coruñés, en la vieja radio, la quebrada voz de Juanito Valderrama, desgranaba, llena de sentimiento, los siguientes versos:
MANUEL TORRES, DE JEREZ
GITANO DE ARISTOCRACIA
CANTAOR DE CANTE GRANDE
FLAMENCO EN SUS CUATRO RAMAS
LLEVA UNA ESTRELLA EN LAMENTO
PRISIONERA EN SU GARGANTA
LA SEDA NEGRA EN SU PELO
EL BRONCE LIMPIO EN SU CARA
Y SUS MANOS QUE PARECEN
DE UN CRISTO MUERTO EN TRIANA
El local estaba prácticamente vacío, excepción hecha, claro está, de la media docena de pebetas que medio dormitaban o jugaban a las cartas a la espera de que cayera algún cliente.
Desde el interior de la barra, Julito, el encargado, charlaba animadamente con Pepe Marqués, alias "el choco" (mote originado por su apodo boxístico, Kid Chocolate), que estaba acodado en el mostrador, bien maqueado con un reluciente terno azul marino, camisa blanca y corbata roja, de tal modo que era como si los versos de Valderrama lo estuviesen describiendo a él. Estaba tan a su aire, que solo le faltaba cantar "mi jaca",tal y como hacía en la terraza del kiosco bajo durante el verano para deleite de la clientela (he de reseñar para quien no lo sepa, que Pepe, uno de los personajes más polifacéticos de nuestra Coruña de aquellos años, era, además de pugilista, cantante de orquesta, amén de portero de fútbol y, sobre todo, maricón -dicho sea con todos mis respetos, pero en este contexto, no se me ocurre un sinónimo adecuado-, destacando en todas estas facetas).
El Choco hacía poco tiempo que había regresado repatriado de Inglaterra, a donde había ido contratado por un coruñés afincado en Londres, un tal Calvete, que allí poseía un restaurante, actividad que alternaba con la de promotor de orquestas. Para cantar en una de ellas había ido allí el bueno de Pepe. Tras desembarcar del tren en la Estación Victoria, en el centro de Londres, tomó un taxi para dirigirse al restaurante, lo que consiguió tras enseñarle al conductor un papel donde figuraba la dirección del establecimiento. Una vez allí, se encontró con Calvete, y tras los saludos de rigor, le preguntó:
- Que, ¿cando empezo a cantar?
El otro lo cogió amistosamente del brazo, y dirigiéndose hacia la cocina del local, le dijo:
- Tes que ter un pouco de paciencia, Pepe, e que ahora mismo estamos en temporada baixa e de momento non hay actuaciós previstas-
Ya en la cocina, le señaló el fregadero lleno de platos sucios, le puso en la mano un estropajo, y añadió:
-Pero mentras tanto vai grabando esos discos, que en unhos días falamos-
Moraleja: la ensalada de mamporros que se comió el citado Calvete fue de las que entran en la leyenda.
A consecuencia de ello, y tras ser presentada una denuncia contra Pepe por agresión, dio con sus huesos en los calabozos de Scottland Yard, y tras un rápido juicio, fue condenado a una cuantiosa multa que no se hizo efectiva ante su presunta insolvencia, y a ser deportado, cosa que se cumplió aunque era lo que él quería. Cuando ya estaba en el compartimiento del tren que lo llevaba a Caláis, donde tenía que transbordar al Ferry que cruzaba el estrecho, apareció en el andén Calvete, casi irreconocible por las huellas de la paliza, acompañado por tres secuaces, (se supone que en función de guardaespaldas), quien, desde cierta prudencial distancia le gritó, a través de la ventanilla:
- ¡Que..., xa de volta..., ves como ainda encima de ser maricón eres tonto. Xa lle dixen o juez, que é cliente meu do restaurante, que che metera caña pa que escarmentaras. E me fixo caso! -
Marqués le contestó sin titubeos:
-Home, eso depende do punto de vista con que o mires, pero tendo en conta que eu aquí non pinto nada, e que como estou sin "guita" o viaxe de volta a España me sale de "rococó", tampouco o vexo tan mal-
Luego, endureciendo un poco el tono, añadió:
- De todalas maneiras, cando vexas o teu amigo o juez, aproveitas pa decirlle que che quite as hostias que levaches; e cando salgas de vacaciós, cuidate moito de aparecer pola Coruña, porque a ración que che caeu o outro día vai a ser un aperitivo comparado co que che espera, ¡paspallás do carallo!.
Calvete trató de reír, aunque muy forzado, tanto por la amenaza como por el insufrible dolor que se le producía cada vez que tenía que mover los músculos de la cara. Se notaba claramente que la "recomendación" recibida no iba a caer en saco roto.
Pero volvamos a la conversación que el Choco mantenía con Julito:
- Que, ¿vas a ir, Julio?
- Si me da tiempo y no hay clientela, sí. A ver si embarco al bueno del Pamela pa que me haga la barra. Total, las chicas también van a ir.
- Pois eu desde logó non a perdono. E que a min., ver o cargable vestido de explorador... ay, si o collera; lle poñia o cú como un bebedero de patos.
- No me lo digas así que me das envidia, Pepiño. Mira, pensándolo bien, voy de todas todas. Total, con este tiempo y siendo lunes, quien carallo va a aparecer por aqui.
Miró hacia la cocina del bar y allí estaba el "Pamela", lavando vasos y copas diligentemente, al tiempo que canturreaba haciendo dúo con el cantante de la radio. Julio se dirigió a él:
- Paquito, hoy te tienes quedar aquí hasta tarde, que yo me voy al Hércules a ver Mogambo.
- ¡E que mais!. Que te crees ti que non vou eu a ver a Cargable. ¡Te poñas como te poñas, que eu teño a miña "personalidá"!- replicó el Pamela poniendo los brazos en jarras para demostrar su firmeza.
El Choco quiso meter baza:
-Veña Paco, non te fagas o estreito e deixa ir o chaval-
La respuesta fue categórica:
-Mira, Choco, deixa de mandar "recadías" que a ti nadie che deu vela en este enterro, así que ¿por qué non te vas a tomar polo cu?-
-Dios te oiga, Pameliña-
Ahí terció Julito drásticamente:
-Pues sabéis lo que os digo: cerramos y vamos todos. Total, a las 11 no queda un alma-.
Dicho y hecho. A las once menos cuarto, Julio cerraba la puerta del bar, acompañado de los otros dos compinches y dos de las fulanas más conocidas del barrio, Elvira "la vetorda", genio y figura, una auténtica "pavesa", cargada de tronío, y "la corrosca", famosa por el reparto de purgaciones que hizo en el cuartel de artillería de Zalaeta, que afectó a la práctica totalidad de la tropa allí acuartelada, que a punto estuvo de agotar las existencias de penicilina de la farmacia militar.
Cuando llegaron a la taquilla del cine, situada en la vecina calle de San José, faltaban cinco minutos para el inicio de la sesión. Debajo del cartel anunciador de la película, la cola sobrepasaba los 20 metros, alcanzando la esquina de la calle de la Torre. Enseguida localizaron, entre los primeros, a gente del barrio chino, que les sacó entradas de entresuelo, localidad más barata y donde mejor se pasaba, porque si no te gustaba la película, te entretenías lanzando todo tipo de chascarrillos en alto o metiéndote con el acomodador, el inefable Chouzas (deformación de su verdadero apellido, Chousa). Accedieron a la abarrotada sala, y allí estaba lo mejor de cada casa, Clemente el ciclista, Alfonso "el pichas", Pepe Postillas, los hermanos "Cria" y "chipirón",los "limpias" Chispa, Felipe y el Nin, y Manolita la del Relleno, entre otros.
Nada más sentarse, y como si estuvieran esperando por ellos, se apagaron las luces y comenzó a sonar la familiar marcha presentadora del NODO. En ese momento, aprovechando la oscuridad, comenzaron a oirse voces anónimas: - ¡Chouzas, aquí se cagan!- -¡E a mín que carallo me importa!-, contestó el aludido también en alto -!pero es que se cagan en tu puta madre¡-. -Toda esa fila, á puta calle- sentenció el acomodador. Al poco se encendieron las luces entre los pitidos del respetable, y los ocupantes de la mencionada fila se fueron levantando de mala gana para salir, pero uno de ellos, un gitano de los arcones del cementerio, bigotudo y con cara de muy mala leche, se quedó sentado: -de aquí no me mueve ni dios, que yo pagué los dos reales de la entrada- dijo; Chouzas, ni corto ni perezoso, se acercó a él y le arreó un linternazo en el oido que lo hizo resoplar: -ti te vas á puta calle porque cho digo eu- . El gitano saltó como un resorte y cogió a Chouzas por el cuello con aquellos garfios que tenía por manos, entrenados en la dura descarga diaria de la Coya -te parto el alma, cabrón- le decía. Enzarzados, perdieron el equilibrio y cayeron a rolos por las escaleras. En medio del descomunal follón que se montó, con la ayuda del acomodador de butaca y del portero, que subieron prestos al oir el barullo, consiguió reducir al calorro y chimparlo a la calle. Una vez solventado el incidente, que fue ampliamente celebrado por la concurrencia dada su espectacularidad, se apagaron de nuevo las luces y la gente volvió a prestar atención a la pantalla, percatándose de que la película ya había comenzado, aun con la luz encendida (el responsable de la cámara ni se había enterado de la bronca, habituado como estaba a ellas), y se habían perdido el principio. Consecuencia, otro follón, que en este caso tuvo menos trascendencia, al darse cuenta de que cuanto más insistieran en hacer ruido menos película iban a ver, porque el cameraman no estaba dispuesto a dar marcha atrás y trabajar un solo minuto gratis.
En el transcurso de la proyección, aun hubo tiempo a más conatos de jaleo cuando, tras el intermedio, varios chavales comenzaron a meterse (aunque de la forma más anónima posible, dadas las conocidas cualidades pugilísticas de algunas de las presuntas víctimas) con los mariquitas y sus acompañantes. El sistema era de que uno lanzaba preguntas al aire y los otros le contestaban a coro:
- ¿Cual es el nombre del ave que no vuela?
- ¡El ave tordaaaa!
- ¿Como se llama el sombrero de ala ancha que llevan las mujeres?
- ¡La pamelaaaa!
- ¿Como se llama la hembra de lo que lleva en la parte de arriba el pan de Carballo?
- ¡La Corroscaaaaa!
- ¿Como se llama el equipo de futbol de Redondela?
- ¡El Chocoooooo!-
Por las venas de Marqués -entre cuyas virtudes más destacables no figuraba precisamente la paciencia- la sangre comenzó a fluir con más intensidad. El hecho de que le insultaran y le faltaran al respeto casi le daba lo mismo, pero que le quitaran de ver a su "Cargable", eso no lo podía tolerar, así es que se levantó, y dirigiendo su dedo índice hacia la zona donde presuntamente estaban los alborotadores, bramó:
- ¡Xa me vou a cagar na puta zorra da madre que vos pareu, e vades a probar o puño, como non vos caledes. Eu solo aviso, sei quen sodes, e a min non me jodedes a pelicula!-. Excuso decir que no se volvió a oir el aleteo de una mosca en toda la proyección.
CAPITULO II
HALLAZGO MACABRO
Una vez terminada la sesión, Chousa, que era algo así como el cacique de la zona de entresuelo, armado de escoba y recogedor, comenzó a barrer la sala. Al llegar a la sexta fila, observó que del hueco existente entre el último sillón y la pared sobresalía un pequeño objeto negro, que al observar con más detenimiento distinguió como un zapato: -si serán fillos de puta. Hasta os zapatos deixan no cine- pensó para sí. Se acercó a recogerlo, y al agarrarlo distraidamente y tirar de él, se asombró de que dentro del zapato había un pie, que venía acompañado de la correspondiente pierna, pertenecientes a Manuela Rodríguez, La Navarra, dueña de un chambo existente en el campo de la leña, cuyo cuerpo inerte aparecía a continuación, encajonado entre la madera del asiento y la pared, a quien Chouzas conocía e identificó por su atuendo pese a estar de espaldas.
El acomodador, tras el susto inicial, que como el lector comprenderá fue morrocotudo, salió como alma que lleva el diablo por la puerta lateral, que daba a la calle de la Torre, y se metió en la vecina panadería, que a aquellas primeras horas de la madrugada estaba iniciando su actividad: -¡socorro, hay un cadaver no cine. E horrible!- gritaba. Al principio no le hicieron mucho caso, acostumbrados como estaban a las habituales bromas del acomodador, pero pronto se percataron de que la cosa iba en serio. El ayudante del panadero, un joven de unos 20 años, a indicaciones de Chouzas entró en la sala seguido de éste, subieron las escaleras que conducían al entresuelo, y se acercaron al cadaver. Al observarlo detenidamente, el panadero vio que debajo del cuerpo se apozaba un charco de sangre que había manado del gran tajo que había en la garganta de la mujer. Pese a su indudable atrevimiento, no pudo evitar pegar un respingo, quedandose completamente blanco, al tiempo que las arcadas invadían su garganta, teniendo que hacer verdaderos esfuerzos para no vomitar. Con respecto a Chouzas, ya nada, estaba paralizado por el canguelo, en una situación cercana a la crisis diarréica, y no se atrevió ni a mirar.
A los pocos minutos estaba allí la policía, desplazada desde la comisaría de Garás. Al frente del grupo venía el Inspector Hilario Rosales, un veterano policía, profundo conocedor del barrio de la Torre y de sus gentes, variopintas donde las hubiera. Le acompañaban dos miembros de la policía armada, que se mantenían en un discreto segundo plano, a la espera de instrucciones.
Hubo que esperar un buen rato hasta la llegada del forense y el juez de guardia, para proceder al levantamiento del cadáver. En el intervalo, Rosales aprovechó el tiempo para interrogar concienzudamente al acomodador sobre la identidad de los espectadores de la localidad donde había ocurrido el trágico suceso, y así fueron saliendo a la palestra nombres sobradamente conocidos por el inspector:
Pamela, Julito, el Choco y Pepito el de la farmacia: -arre carayo, solo faltan Marculeta y Cervigón, y ya teníamos a lo más granado de la mariconería- penso para sí el inspector. fuera de aquel gremio aparecían Américo, Manolo Tiro-Liro, Moncho Casal el boxeador, Elvira La Vetorda, la Argentina, y otras yerbas que no se cultivan en el campo -¡Joder! e de segundo plato, macarrós- continuaba diciéndose. Resumiendo, allí estaba lo mejor de cada casa; la golfería y la picaresca en su grado mas supino, pero al honrado entender del policía, y aun con las reservas propias de una situación tan atípica, entre aquella gente no había ninguno con instinto de asesino.
Cuando Hilario Rosales regresó a la comisaría, ya al día siguiente, después de supervisar todos los trámites burocráticos relativos al suceso, mantuvo una entrevista con el comisario jefe, quien le comunicó oficialmente que el caso le quedaba definitivamente adjudicado, así que cuando salió de allí, al amparo de un buen vaso de clarete del Burato, comenzó a hacer un planteamiento previo sobre la forma de enfocar el asunto. El primer paso, era, evidentemente, identificar a la totalidad de los espectadores de entresuelo, tarea que entrañaba serias dificultades dado el elevado numero de espectadores, que ascendía a 160 al estar abarrotada aquella parte de la sala. A ello había que unir la previsible oposición del autor del crimen, que lógicamente trataría por todos los medios de permanecer en el anonimato.
Inicialmente realizó los primeros sondeos en los sitios donde estaba más familiarizado, es decir, las tascas de la zona: Pancho, Pepe o da Costa, La Cuba Grande, Gambrinus, y allí, además de tomar buena nota de los nombres que fueron surgiendo en conversaciones aparentemente intranscendentes, fue completando datos acerca de la opinión de la gente del barrio sobre la finada, a quien él mismo conocía superficialmente, y corroboró su criterio de que no era ningún dechado de virtudes. Aquella mujer había llegado a la ciudad a poco de finalizar la guerra civil, siendo natural de un pueblo cercano a Pamplona, de ahí el apodo. A su llegada no traía un patacón, así que estuvo dando tumbos por pensiones de mala muerte, hasta que acabó en un tapadillo de la calle San Lorenzo, en Monte Alto, en el que comenzó ejerciendo el Oficio y terminó a los pocos años de madame, tras la muerte de la dueña en circunstancias poco claras.
A finales de la década de los 40 dejó aquel local y abrió un negocio en el campo de la leña, donde aprovechando la coyuntura (eran épocas en que la gente tenía que malvender los pocos objetos de valor que poseía para poder subsistir), se hizo con una apreciable fortuna, al reunir los pingües beneficios obtenidos en la explotación del lupanar con los del actual negocio. Las malas lenguas decían incluso que el origen de buena parte de su patrimonio procedía del chantaje, utilizando secretos íntimos de sus antiguos clientes, en general gente de posibles. También se comentaba que en su tierra había dejado abandonados a un marido y tres hijos de corta edad, de los que no había vuelto a saber.
CAPITULO III
EL INSPECTOR ROSALES
Hilario Rosales era un hombre de unos 45 años, más bajo que alto y de complexión fuerte. Vestía indefectiblemente traje y corbata, siempre en colores discretos, en un acertado intento de pasar lo más desapercibido posible, manteniendo cubierta la canosa cabeza en invierno y verano con un elegante sombrero de fieltro adquirido en Dandy, en la calle de San Andrés.
En conjunto, en un análisis superficial, tenía mucha más pinta de empleado de consignataria o de vendedor de La Espuma o Almacenes Simeón que de policía, pero cualquiera que se fijara en sus ojos menudos apreciaba aquella mirada escrutadora que por si sola revelaba una notable capacidad inquisitiva. Además, el hecho de haberse criado en un ambiente de barrio humilde, le había dotado de esa singular astucia de los perros callejeros, que sin necesidad de estudios son licenciados "cum laude" en gramática parda.
Desde muy pequeño, cuando durante el verano, acompañado de sus amigos de la calle de la Torre, se dedicaba a "guindar" patatas y espigas de millo en las leiras de Punta Herminia, que asaban en luminosas cachelas, había sentido una irresistible atracción por el fuego, hasta el punto de que era su auténtica fuente de inspiración. Cada vez que se encontraba con un problema de difícil solución, la buscaba sentado frente a una rústica lareira que había hecho construir en el patio trasero de su vivienda de la calle de Panaderas, permaneciendo horas enteras entre soliloquios y disquisiciones, hasta vislumbrar una salida airosa. Llegaba a pasarse noches en vela frente a la lumbre, liando un pitillo de picadura tras otro -para Rosales la picadura era lo que la pipa para Sherlock Holmes, aunque en modo alguno desdeñaba las faria de La Coruña hechas a mano con las que de vez en cuando le obsequiaba la señora Paca, la cigarrera de la Ciudad Vieja- acompañado de alguna buena botella de su bodega particular, que -al menos a su entender- le despejaba la mente, colaborando con ello a una eficaz solución.
Gran aficionado a los toros desde muy niño, era un profundo admirador de la maestría de El Litri -se declaraba litrista acérrimo-, e indefectiblemente cogía las vacaciones en primavera, concretamente en mayo, para poder acudir a la feria de San Isidro, donde, gastándose un buen dinero en localidades de sombra, disfrutaba de la fiesta y de toda su parafernalia, aprovechando además para saborear durante aquellos días el ambiente castizo de Madrid.Se hospedaba en una pensión de la céntrica calle del Pez, cuya propietaria era originaria de la coruñesa Vereda del Polvorín -calle de la mierda, en el argot del barrio-, y desde allí realizaba sus recorridos por la Plaza de España, Gran Vía -con visita obligada a Chicote y el Abra, locales ambos de dudosa reputación, pero con una clientela de lo más selecto, y donde se respiraba categoría y educación-, plaza de Tirso de Molina y el Rastro, y muy especialmente la zona de tascas de la Puerta del Sol: La Taurina, el Sol y Sombra, el Abuelo, las Bravas, la Gaditana, etc, finalizando ruta en la terraza de la Cervecería Alemana, en la plaza de Santa Ana. Otro punto de referencia en las estancias de Hilario en el foro, eran las carreras de galgos en el canódromo de Vista Alegre -"O Hipódromo dos cans", como solía denominar a aquel recinto su amigo Argimiro, un paisano natural de Payosaco que presumía de que él hacía muchos años que había entrado en Madrid, pero Madrid jamás había entrado en él.
Era bastante sibarita en el comer -o mejor dicho bastante "larpeiro"-, con una gran afición a los asados, aunque, al no ser de ideas fijas -al menos en lo gastronómico-, valoraba en su justa medida cualquier otro manjar. Como genuino representante de la estampa del solterón empedernido, solía diversificar sus almuerzos entre las diferentes casas de comidas de aquel entonces, en las que la buena cocina y el trato familiar predominaban muy por encima del lujo y el servilismo hacia el cliente, siendo asiduo, entre otras, de la Villa de Lage, Casa Naveiro, la Viuda de Alfredín, Casa Peon, y un largo etcétera.
Dentro de la simpleza que pudiera aparentar su estilo de vida y su supuesta despreocupación por temas trascendentes, el que lo conocía a fondo sabía que ello ocultaba una personalidad totalmente opuesta, con un profundo nivel cultural del que jamás hacía gala, y una sensibilidad que en nada se correspondía con la de sus colegas en general, haciendo propios, pese a su supuesta frialdad, problemas ajenos que en nada le atañían.
Además, que hay que aclarar que Rosales poco tenía que ver con el estereotipo del policía de la época, ya que evitaba los terceros grados tan habituales por aquel entonces, inhibiéndose además en participar en las palizas que otros compañeros daban a los detenidos. Más bien utilizaba su faceta de conversador y hombre pausado, y con buenos amigos en todos los estratos sociales. Lo curioso es que dicho estilo se traducía siempre en unos resultados inmejorables.
Solamente en una ocasión había roto esa norma, en una circunstancia que paradójicamente definía a la perfección su personalidad.
A los pocos meses de finalizar la guerra civil, Hilario, que por aquel entonces tenía 27 años, hacía poco que se había incorporado a la comisaría coruñesa, procedente de Leon, su primer destino.
Eran tiempos aquellos en que el oscurantismo, la injusticia y la sinrazón campaban por sus respetos, disfrazados con aquellas siniestras camisas azules.
Cerca de las 12 de la noche, estaba de servicio en la inspección de guardia, en una noche aparentemente tranquila que le hacía prometérselas muy felices con su par de bocadillos y otras tantas cervezas, de lo que pensaba dar buena cuenta antes de enfrascarse en la lectura de un buen libro que le ayudaría a matar el tiempo de la guardia. Pero su gozo en un pozo, porque una llamada procedente de un bar de la zona de los Castros, para denunciar un altercado que allí se estaba produciendo, le devolvió a la cruda realidad.
Cuando llegó al lugar, se encontró con que el promotor de la gresca era un tal Marnotes, un jefecillo de la falange local, a quien conocía de vista. Este individuo, que ya de por sí era un fantoche, estaba crecido por el curso de los acontecimientos, pese a que él no había pegado un tiro en toda la contienda
,aunque se comentaba que sí lo había hecho en las cunetas de los alrededores de la ciudad. Había más gente, que inicialmente tomó como noctámbulos curiosos, y luego supo que se trataba de los clientes del bar, los cuales arropaban a la desconsolada propietaria del local, una viuda que se deshacía en lágrimas. El cristal de la puerta del establecimiento estaba roto.
Nada más verlo llegar, Marnotes, que estaba acompañado por un sacerdote de sotana, y ambos muy exaltados, se dirigió a él con ademán imperativo.
- ¡Inspector, detenga a esa mujer y precinte el bar, por falta de respeto a la autoridad civil y eclesiástica! - Demandó con chulería.
Rosales le miró muy serio:
- De momento vamos a aclarar lo que pasó, y luego miro a quien detenemos -
- ¡Usted no debe saber con quien está hablando!
- Pero usted sí, y como lo sabe, por la cuenta que le tiene va a esperar aquí sin moverse a que yo me entere, y luego hablamos -
Se acercó a la pobre mujer, y se introdujo con ella en el local. Esta, entre sollozos, le contó que cuando ya tenía cerrada la taberna, alrededor de las 11 de la noche, y los últimos clientes estaban apurando sus consimiciones para marcharse a sus casas, desde fuera comenzaron a aporrear la puerta con violencia. Se trataba del cura y el falangista; desde dentro, sin abrir la puerta, les dijo que ya estaba cerrado, y la reacción de este último fue la de coger una piedra del suelo, y no corto ni perezoso, romper el cristal. Como quiera que los clientes del bar, indignados, habían salido a por él, no se le ocurrió otra cosa que sacar una pistola que llevaba oculta, con la que los mantuvo a raya. La propietaria era quien había llamado a la policía, a cuya llegada Marnotes volvió a ocultar el arma.
Solar salió a la calle y se dirigió a él:
- Enséñeme su licencia de armas -
- Ni la tengo, ni me hace falta. Soy una autoridad -
- Bueno, autoridad, pues me va usted a entregar la pistola inmediatamente -
- De eso nada -
A Rosales se le escapó la mano y le arreó una bofetada que resonó como un latigazo.
- ¿Como dice? -
El otro sacó el arma y se la entregó sumisamente al policía. Tenía los cinco dedos marcados en la cara.
- Esto no va a quedar así -
Terció uno de los divertidos clientes:
- ¡No, como non lle poñas un poco de hielo, che vai hinchar! -
Rosales comunicó al falangista:
- Queda usted detenido -
- ¿por que? -
- Por alteración del orden público, resistencia a la autoridad, daños a la propiedad privada y posesión de arma de fuego sin el permiso correspondiente. Podría añadir que por imbécil, pero eso todavía no es delito -
Se lo llevó de allí, y mientras lo montaba en el coche, le dijo al cura, que quería acompañarles:
- No hace falta que venga, padre. Si necesitara la extremaunción, ya le avisaremos-.
El tal Marnotes pasó la noche en el calabozo, aunque al día siguiente salió pronto en libertad tras mover alguna influencia. No se sabe a ciencia cierta lo que pasó durante esa noche, pero lo que sí queda claro es que a partir de entonces su actitud cambió drásticamente, por lo que se sospecha con cierto fundamento que la bofetada recibida delante del bar fue solo un pequeño aperitivo de lo que le cayó durante toda la madrugada. Esta evidencia era corroborada por el hecho de que, a partir de entonces, cada vez que el falangista se cruzaba por la calle con Rosales, cuando no le daba tiempo a cambiar de acera bajaba la cabeza de una manera tan acusada que más parecía que estaba buscando alguna moneda que se le había caido al suelo.
CAPITULO IV
LOS INTERROGATORIOS
Una vez identificados mayoritariamente los espectadores, procedió al inicio de los interrogatorios.
PAMELA
Uno de los primeros personajes con quien se entrevistó fue el "Pamela". Era un individuo algo rechoncho, de estatura más bien baja, y con una calvicie incipiente, pese a que no sobrepasaba los 30 años.
Irradiaba simpatía por los cuatro costados, y su evidente amaneramiento, lejos de parecer un defecto o hacerse desagradable, le hacía aun más simpático y entrañable.
Natural del barrio del Gurugú, desde muy joven había comenzado a trabajar en el barrio chino, en una época en que aun no existían prácticamente los locales de alterne y lo que estaba en boga eran las "casas". Comenzó de chico de recados, ascendiendo poco después al servicio de habitaciones (hablando en plata, "palanganero"). Merced a este oficio, conocía muchas intimidades de gente influyente de la ciudad que hubiesen puesto colorado a cualquiera, pero siempre tuvo la discreción por bandera, y jamás se le pasó por la cabeza hacer público nada de lo que sabía. Se jactaba, sin dar nombre alguno, de que en numerosas ocasiones le habían invitado a participar en algun "número", pero siempre se había negado y había mantenido su líbido al margen, al impedírselo una especie de código ético que él mismo se había impuesto.
En la actualidad, como ya se ha reseñado anteriormente, era la mano derecha de Julito en el Bar Canosa, donde hacía funciones desde camarero hasta fregona, pasando por animador de ambiente cuando se arrancaba con aquellos pasodobles, que cantaba e incluso bailaba con Elvirita la Vetorda de partenaire, tan puestos los dos que Fred Astaire y Gingers Rogers parecían aficionados en la comparación.
- ¿Da usté su permiso, don Hilario?
- Adelante, Paquito, estás na tua casa. ¡Que, como vai eso!.
- Tirandillo solo, don Hilario, usté xa sabe que os do meu gremio non estamos ben vistos.
- Según por quen, Paquito, xa sabes que se che aprecia.
- Ay, si fora por usté si que non había problema, pero os señores non abundan en esta época.
- Bueno, deixa de dar xabón, que estou investigando un asesinato. Por certo, ¿que tal te levabas ca Navarra?.
-¿Usté cree que hay alguien que se levara ben? pero eu non teño nada que ver co que lle pasou.
- Non o dudo, Paco. ¿Con quen estabas no cine?
- Con quen iba a estar... cos de sempre: Julio, o Choco, A Vetorda e outra pebeta do barrio.
- ¿viches a alguien conocido?
- Moitos. Mismamente detrás miña había xente conocida do barrio chino: Manolo Tiroliro, Casal o boxeador, Marilin e a Asturiana; despois pola nosa zona era todo chavalada. Menudos follós que montaron.
- Sinceramente, Paco, ¿ti quen crees que o fixo?
- Mire, don Hilario, non o sei, pero o que si lle digo que si ten que trincar os que tiñan motivos, había que alquilar o Estadium pa encerralos, porque no talego non collían.
Tras confirmar que no le iba a portar nada nuevo, siguieron charlando distendidamente de temas ajenos al asunto. Así, le contó una anécdota ocurrida el víspera en Casa Paz, en la calle de la Torre, adonde había ido Pamela portando un garrafón de cinco litros, con objeto de rellenarlo de vino del Ribero. Entró en el local que en aquellos momentos estaba abarrotado de parroquianos, y se situó en el principio del mostrador, junto a la puerta. Al reconocerle los clientes que tenía al lado, instintivamente se desplazaron para evitar malentendidos. La respuesta de Paquito, más rápido de reflejos cuanto más cabreado estaba, fue contundente: -¡Oigan señores, que eu viñen aquí a por un garrafón de viño, non a quitar un corner!-. Rosales, imaginando la escena, lloraba con la risa.
EL FANECA
Otro de los personajes curiosos que pasaron por el "confesionario" fue Andrés "el faneca", un percebero furtivo, conocedor de las piedras de la Torre como de las paredes de la habitación alquilada que tenía en el corralón del cementerio. Había sido capturado "in fraganti" por la comandancia de marina y la guardia civil en innumerables ocasiones, aunque las multas no las pagaba porque era insolvente.
La última ocasión en que lo habían pescado, la guardia civil le "bailó" un saco con más de treinta kilos de percebes en la sartén de la Torre, en plena época de veda. Por todos los medios trató de que hiciesen la vista gorda, pero fue inútil. Los guardias montaron el marisco en su vehículo, y ya se las prometían felices de la percebada que iban a comerse junto con sus compañeros del cuartel, pero no contaban con que el enemigo era duro de roer. Cuando iniciaron la marcha hacia el acuartelamiento de El Birloque, lo que menos sospechaban era que el faneca
, cogiendo la vieja bicicleta Orbea que tenía cerca de alli, se había lanzado en persecución de la pareja. Entre que el coche de la benemérita andaba poco, y que el ciclista pedaleaba como un desesperado, enseguida los alcanzó, y los transeuntes de la calle de la torre, entre divertidos y boquiabiertos, veían como si fuese en un mundo al revés al furtivo persiguiendo a la guardia civil y gritándoles: -¡Devolvedeme os percebes, que co que lles quite vos pago todas as multas!-. Los guardias, cogidos de sorpresa, trataron de acelerar, pero no daban despegado, por la estrechez de las calles y la afluencia de peatones y carros de reparto.
La pintoresca persecución duró hasta el cuartel, donde los guardias, con un suspiro de alivio, entraron considerándose ya a salvo; pero al momento se dieron cuenta de lo lejos que estaban de la realidad al ver entrar al Faneca
y su bicicleta en el patio del cuartel como alma que lleva el diablo, y ante eso, con la colaboración de los dos guardias que vigilaban la puerta, y que no se habían enterado, y de otros ocho más que pululaban por el patio, intentaron detenerlo, pero entre todos eran incapaces de reaccionar ante las continuas fintas del percebero. Durante un buen rato los volvió locos, hasta que la rueda trasera de la bicicleta pegó un derrape sobre la arenilla del patio, y perdió el equilibrio , cayendo al suelo, circunstancia que aprovecharon para echársele encima.
Aun asi no pudieron dominarlo de inmediato, puesto que en una violenta reacción se sacó de encima a los dos guardias que lo estaban sujetando por los brazos y pegó un puñetazo a un tercero que cayó al suelo redondo. A partir de entonces se agotó la paciencia de los miembros de la benemérita y la paliza que llevó el pobre faneca fue de las que hacen época. Y no solo eso, sino que esa noche la pasó en el cuartelillo, y además le plantaron una denuncia que le obligó a visitar varias veces el palacio de justicia, acabando la cosa con un arresto domiciliario de dos semanas, que tuvo que cumplir porque lo iba a visitar la pareja todos los días.
Hilario Rosales conocía al Faneca desde su infancia, ya que eran de una edad aproximada y se habían criado juntos en el barrio de Atocha.
Aun recordaba, hacía más de 30 años, cuando no eran más que dos randas que se pasaban todo el día en la calle, como volvían loca a la pobre de doña Bernardina, la vecina del piso de arriba de Hilario, una señora de unos 70 años a la que la faltaba la pierna derecha, en sustitución de la que le habían colocado una ortopédica con la que que se manejaba a la perfección, pero al moverse hacía un ruido infernal sobre el suelo de madera, de modo que desde el piso de abajo podían controlar todos sus movimientos, sabedores además de que cuando nada se oía significaba que la buena de la señora, de costumbres metódicas, se encontraba haciendo calceta en la galería. La puerta de la calle estaba justo al otro lado del pasillo, y para llamar había que tirar de una cuerdecilla que salía por un agujero hecho al efecto en la puerta, la cual hacía sonar una campanilla que estaba en el interior del piso. Pese a que la pobre mujer no les hacía ningún daño, y aun siendo patente que era poseedora de un mal genio respetable, cierto día en que los padres de Hilario no estaban en casa se les ocurrió hacerle una pequeña maldad a la vieja, y ataron una tanza de pescar a la cuerda que tiraba de la campanilla, tan larga que bajaba las escaleras y se introducía en el piso de abajo, de tal forma que tirando desde allí se accionaba el llamador.Por lo tanto, despues de haber comprobado que estaba calcetando, comenzaron a hacer sonar de forma ininterrumpida la campanilla de la puerta. De repente comenzaron a oirse golpes secos encima de ellos -toc, toc, toc...- que se iban desplazando hasta la puerta. según oyeron que se acercaba diciendo:-xa vai, xa vai-, pararon de tirar, con lo que la buena de la señora abrió la puerta y comprobó extrañada que no había nadie, retornando a sus cuarteles de invierno, es decir,a la galería, con el sonido característico : -toc, toc, toc...-. Repitieron la operación otras dos veces con idéntico resultado, aunque en la última no oyeron los estacazos que daba al regresar, deduciendo que tal era su mosqueo, que se había quedado al lado de la puerta, para cazar in fraganti al atorrante que le estaba haciendo la trastada.
Llegado ese momento, pensaron en abandonar, pero Andrés, sacando lo mejor de su repertorio, dijo: -¡esto ainda pode ser millor!-, y pegó un tiron seco de la campanilla. Al momento se oyó abrir la puerta y la voz de la vieja: -¡esto e cousa do demo!- y bajar las escaleras a una velocidad impensable en una persona de sus carencias, ya que salieron detrás para ver el espectáculo y no consiguieron averiguar su paradero (más tarde supieron que se había encerrado en la iglesia de Santo Tomás y solo quería hablar con el cura).
Hilario no consideraba ni mucho menos indispensable aquel interrogatorio, toda vez que aun lo veia con frecuencia por las tascas de la zona de San Amaro, y cualquier cosa que tuviera que preguntarle se la contestaría mucho más suelto con un par de tazas de vino delante de ellos, pero las formas eran las formas, y había que guardarlas, máxime en una situación como la actual, en la que además de hilar muy fino había que ir por lo oficial, porque la transcendencia social que había alcanzado el caso era tan grande que no permitía "alegrías", al estar sus superiores muy pendientes de como evolucionaban las investigaciones.
Se abrió la puerta del despacho y entró. Se trataba de un individuo de unos 45 años, alto, espigado y muy fibroso al que, aun siendo bastante desgarbado, se le adivinaba una gran fortaleza física. Tenía el pelo ensortijado y nuy negro, aunque comenzaban a despuntar algunas canas.
-¿Se pode?
- Pasa, Andrés, ¿desde cando che fai falta permiso pa pasar?
- No, a mi non me fai falta nada, por non facer falta non me faltou levar hostias o outro dia dos teus compinches-
- Non eran os meus compinches, que era a guardia civil, e as levaches porque as buscaches, Andrés; non me jodas ¿ti te crees que os podes perseguir por toda a Coruña e meterte con eles no cuartel?. O raro e que non che deran mais-.
- Porque non lle daban pa mais as mans, non te jode, porque caer, caían a repiñota. Eu os perseguía porque me bailaron un saco de trinta kilos de percebes, que si fora un cesto de dous kilos me daba o mismo-
- Pero Andrés, coño, e que daquela estaban en veda, e xa sei que me vas a decir que vives d'eso e que a tua panza non sabe de vedas, pero terás que encontrar outra cousa, e si fai falta cha busco eu. Ahora mismo hay un amigo meu que ten un taller de pintores e necesita xente-
Mira, Hilario, o teu amigo e mais ti metedes o chollo ese no cu, que eu solo traballo no mar-
-Pois vai os berberechos o Pasaje, ¡non te jode¡. Desde logo, está visto que contigo non se pode e ó carallo, Andresiño. Xa non discuto mais. Bueno, cambiando de tema, contame algo do outro dia no Hercules ¿con quen estabas?-
-Fun eu solo, pero na cola me encontrei co Polaco e vin a película con él-
-Vaya dous pés para un banco. Con vos os dous xuntos, os percebes dormirian tranquilos esa noite. ¿Donde vos puxechedes?-
-Donde mais costa...subir as escaleiras. No entresuelo-
-¿En que fila?
-Na fila sete
-¿Da izquierda ou da dereita?-
-Da izquierda
-¡Coño! xusto detras da interfecta. ¿e non viches nada?
-Como que nada. Follós a mazo.
-Si, pero do outro.
-Do outro, nada, e e rarisimo, porque xa sabes que a min non se me escapa unha.
A la vista de que poco más había que rascar sobre el particular, el inspector pegó un cambio de tercio y pasaron a dialogar sobre temas más intranscendentes y cotidianos.
CASAL
Moncho Casal era en aquellos momentos la máxima promesa del pugilismo gallego (más tarde llegaría a ser campeón de españa de los pesos ligeros). Dotado de una excelente técnica, era rápidísimo en el golpeo, y un consumado especialista en la utilización de las cuerdas para zafarse del contrario después de cada golpe, evitando con ello un cuerpo a cuerpo que le sería perjudicial dada su menuda complexión física, inferior a la de sus contrincantes pese a la similitud de peso. Nacido y criado en pleno barrio chino, las peleas callejeras cotidianas habían sido su iniciación boxística.
Alternaba el deporte con una profesión mucho más prosáica, puesto que era al propio tiempo macarra de la Marilin, una belleza gitana que mostraba sus encantos en Casa Eulogia, un local de alterne de la travesía del Papagayo, mientras esperaba a su clientela, curiosamente más fiel que su propio novio, el cual cada vez que tenía la más mínima oportunidad se la pegaba con la primera que se ponía a tiro.
Moncho entrenaba a diario en el gimnasio de la Fábrica de Tabacos, que compartía con otros boxeadores y tenía además como vecinas a las jugadoras del Tabacalera de Baloncesto, que entrenaban en la pista del citado recinto, y cuya capitana, Maribel, una pelirroja con un cuerpo que quitaba el hipo, traía por la calle de la amargura al bueno de Casal.
- Vaya polvazo que vai a levar esa oxe pola noite - Comentaba con su característica voz al verla pasar.
- ¿E quen llo vai a botar? - le preguntaba algún compañero.
- Coño, pois eu. Cando colla a Marilin por banda, cerro os ollos e me imagino que e esta -
Estaba tan obsesionado que al estar los vestuarios masculino y femenino de las instalaciones deportivas separados por un simple tabique, armado con un berbiquí hizo un hueco en la pared, que luego fue ensanchando, con objeto de disfrutar visualmente de los encantos de la hermosa hembra mientras ésta y sus compañeras se duchaban. Pero su gozo en un pozo, porque lo único que se veía era una mampara que las previsoras baloncestistas habían mandado instalar delante de la pared, al olerse la maniobra.
Tanto se cabreó por lo inútil de su esfuerzo. que no se le ocurrió otra cosa que introducir en el hueco, hasta la empuñadura, el alargado símbolo de su exhacerbada masculinidad, con la mala suerte de que cuando quiso sacarlo, le había quedado atrancado. Entre lo nervioso que se puso y la estrechez del agujero, era totalmente incapaz de solucionar el problema. Lo que en principio era una fiesta, se fue complicando hasta adquirir tintes dramáticos, ya que cuanto más tiraba, , más se le inflamaba la cuestión al acumularse la sangre y complicaba más la situación.
Finalmente, hubo que tomar una decisión drástica. Como solución de emergencia llamaron a un operario de la cercana fábrica de hielo, que presentó rápidamente portando un punzón y un martillo. Se puso a picar en la pared, y aun con la lógica limitación de los esfuerzos que estaba haciendo el improvisado albañil para contener la risa, finalmente consiguió liberarlo.
Moncho Casal fue el siguiente testigo en dejarse caer por el despacho de Rosales. Hacía muy pocos días que había ocurrido el jocoso suceso de la fábrica de tabacos, circunstancia que evidenciaba la extraña forma de andar del boxeador, con las piernas muy separadas. Era un joven menudo, de pelo rizado y rubio y ojos pequeños y vivarachos. En conjunto se hacía agradable, si no fuera por la cara de vinagre que tenía.
- Coño Moncho - le dijo Rosales nada más entrar - Así que querías taladrar a fábrica de Tabacos -
- Deixate de coñas, Hilario, que ben mal que o pasei -.
- No, que che tuven eu a culpa, chaval. Eso pasa por metela donde non debes. Por certo, ¿como o tomou a Marilin?-
El otro hizo un gesto simulando protegerse la cabeza con el brazo ante una imaginaria agresión
-Por pouco me mata. Deixou a casa sin vajilla, a tia -
Aun con lo bien que se lo estaba pasando, Solar consideró que procedía un cambio de tercio: -Bueno, que me contas do famoso asesinato-
- Que carayo che vou a contar... o que sabe todo o mundo. Que acuchillaron a
fulana esa diante de todo dios e nadie se enterou, ou calaron a boca porque o que o fixo, si merece algo, e un premio.
- Bueno, home, tampouco será pa tanto -
- ¿non será pa tanto, mecagon a madre que me pareu, e deixou na puta calle a un montón de xente facéndolle firmar engañados? menuda pola que era a elementa esa-
Solar plegó velas al darse cuenta que el pugilista tenía más razón que un santo.Continuaron la conversación un buen rato, pero ya derivando en otros cauces, obviamente mucho más amenos.
EL MIÑOCAS
Entre los testigos presenciales se encontraba también Pepe "Miñocas", famoso por su gran facilidad para colarse en cualquier clase de evento donde hubiera que pagar por asistir. En el último Teresa Herrera, disputado entre el Deportivo y el Atletico de Bilbao habia utilizado como sistema aprovechar el momento de la entrada de la banda municipal, que hacía su aparición entrando por uno de los arcos olímpicos del estadio de Riazor y atravesaba, tocando una marcha, el campo de entrenamiento, hasta situarse en el centro del terreno de juego en los instantes previos al partido. El miñocas, luciendo un pantalón azul marino y una camisa celeste similares a los del uniforme de la banda, se colocaba detrás, con un bombín de su bicicleta, que se llevaba a los labios y seguía a la banda manejandolo a modo de flauta como un auténtico virtuoso, hasta llagar al borde del campo, donde, rápido como una centella, abandonaba las prácticas musicales y se sentaba en una de las sillas destinadas a los camilleros de la cruz roja.
Tenía tanta cara, que en el trolebús se colaba un día sí y otro también, de tal modo que era famoso entre los cobradores, que andaban a su caza y captura, pero no había nada que hacer. Un día, un revisor de la compañia de tranvías, que lo conocía por ser vecino suyo, se lo encontró en la parada de Monelos y le dijo: -¡Coño, Miñocas!..., que, hoxe pagarás, ¿no?- ; Pepe le contestó impertérrito: -non, pa Garás non, pa San Amaro, como sempre-.
El miñocas entró por la puerta. El mote le venía de perlas. Era un fulano de unos 40 años, menudo y escuchumizado.
- Que hay, Hilario -
- Buenos días chaval. Non che digo que pases porque a ti non che fai falta permiso. Seguro que na porta te colaches -
- Aqui non fai falta colarse; hasta che botan unha man os grises da porta -
- Si, pero o teu xa e vicio. E si non, dime a ver como entraches no Hercules o outro día. Porque me xogo o sueldo a que non foi pagando a entrada-
- Eso nin ainda que me tocara a lotería. Xa sabes que Máximo, o porteiro, ten unha filla que está muy boa -. Me acerquei a él e lle dixen: "coño, Máximo, así que a tua filla colleu chaveo". Me contestou: "Ti estás de coña". "De coña sí", lle repliquei, "¡menudo lotazo que se está pegando con un maromo no portal do lao!". Se puxo como unha fiera: "¡mecagon a madre que a pareu, a mato!", e saleu como unha flecha. Cando se deu conta de que todo era unha caroca, xa estaba eu sentado en entresuelo. ¡Que me botara un galgo! -.
El inspector a duras penas podía aguantar las carcajadas.
- ¡Mira que tes cara!. Si non fora po lo que che aprecio, me daban ganas de meterte no caldeiro -
- Xa será menos-
-Oye, e por certo: a ver si deixas de colarte no trole, que tes a os cobradores hasta o gorro. Como te enganchen che van poñer fino. Si non tes pasta, vas andando, que e muy sano-.
-¿Andando?; mira, Hilario, teño as suelas dos zapatos tan gastadas, que si piso unha moneda, sei si está de cara ou de cruz-
- Bueno, xa sabes o que pasou o outro día, e ti estabas alí. Cóntame o que viches -
- Do asunto ese pouco che podo decir. Entre que me gustaba a película e os cirios que se montaron, non tuven tempo pa estar pendiente de mais. Pero espera... ahora que recordo, mais ou menos no medio da sesión, un tio que pasaba con moita prisa po lo pasillo, me pisou un callo. Botei unha maldición e me caguei na puta madre que o pareu, e o fulano parou en seco e deu a volta. Cando xa estaba eu cagado pensando que me iba a arrear un estacazo, se me quedou mirando un momento, e ainda que ca oscuridad non lle podía distinguir ben a cara, notei que o cabrón se reia, e de seguido se pegou o piro -
- ¿E como era? -
- Me pareceu un tio xoven, pero ainda que ahora mismo estuvera aqui diante non o identificaba nin de coña -
- Todo canto espabilao hay na Coruña estaba no cine e nin dios se entera de nada. Pois si que me servides de axuda. Solo tedes picardía pa as vosas comenencias-.
- Que se lle vai a facer, Hilario. Que ¿pagas un clarete? -
- Pa eso si que andas listo.... bueno, vamos hasta ahi abaixo, a O Secreto.
EL PICHAS
Alfonso "el Pichas" presumía de haber recorrido más de medio mundo, ya que tras alistarse en el tercio de Melilla y participar en diversas escaramuzas contra los moros, desertó, enrolándose en un mercante en el que llegó a Buenos Aires, punto de partida para las inmumerables aventuras que corrió por toda América del Sur, según contaba a quien quería oirle, relatando sus andanzas con pelos y señales. Pero la auténtica realidad se resumía en que lo más lejos que había llegado era a San Pedro de Nos a robar fruta, colgado de la parte trasera del "Siboney", y además tuvo que volver andando, porque se perdió y no llegó a tiempo de engancharse al último tranvía.
Alfonso era, al igual que "el Miñocas" y otros elementos de la época, un consumado especialista en el arte de colarse, solo que en este caso tenía centrada su actividad en las corridas de toros y novilladas, al ser muy aficionado al arte de Cúchares, aunque sin despreciar otros espectáculos que se celebraban en el coso taurino, tales como las charlotadas del bombero torero o de Julio Tallón, el cantinflas coruñés. No utilizaba nunca la puerta para pasar por la cara. Dotado de una habilidad que le hacía infalible en localizar puntos idóneos para saltar al interior de la plaza desde el anejo Garaje Madrid o el Leirón del Casino, era por contra un auténtico desastre en el cálculo de las distancias y en medir los efectos de la ley de la gravedad, puesto que cada vez que saltaba la valla para acceder a los tendidos, cuando no se dislocaba un hombro, sufría un esguince de tobillo u otro percance de similares características, que inevitablemente daban con sus huesos en la casa de socorro, de tal manera que Vicente, el encargado de la plaza llegó a pensar seriamente en situar dos ambulancias: una en previsión de una posible cogida de algun miembro de la cuadrilla, y la otra, ya con el motor permanentemente encendido, para "El Pichas". Finalmente, en una decisión ciertamente salomónica, solucionó el problema dejándolo pasar gratis.
Entró en el despacho de Rosales con gesto resuelto. Se conocían de siempre, aunque era bastante más joven (no sobrepasaba los 30 años). Era bajo, de cara algo agitanada, cabezón y paticorto, y andaba con el pecho exageradamente hinchado, lo que, al ser bastante cargado de espaldas, le confería un aspecto realmente cómico, realzado por su indumentaria, que constituían un pantalón y una camisa de color verde, ésta de manga larga pero remangada al límite, y desabotonada casi hasta la altura del ombligo.
- Pasa, Alfonso: ¡Joder, que caluroso te vexo!.
- E que os que estuvemos na legión pasando as noites á "vintemperie", xa non sabemos o que e o frio- dijo con ademán marcial.
- Desde logo, e unha pena que quedaras pequeno, porque ca estampa que tes, facías un gastador cojonudo-
- Mira, eu a os altos os partía pola mitad. ¡Pois non me tiñan respeto a min na legión!. Ainda me acordo un día no ambigú do cuartel, que un vasco mais grande que Pepiño Camión, que estaba con unha pandilla, se meteu conmigo, e empecei a hostias e me quedei solo- le contestó con tal convicción que parecía que lo estaba viviendo.
- Si, e despois despertaches. Non me contes batallas que nos conocemos, Alfonso-
El otro cambió de tercio, viendo que pinchaba en hueso.
- Bueno ¿que me queres?-
- Que me contes con pelos e señales todo o que viches no Hercules o dia do asesinato, que sei eu que ti eres muy observador-.
- Por non ver non vin nin a película, que non me deixaron os atorrantes que había no cine-
- ¿Donde te puxeches?-
- Primeiro detrás de todo, pero como non me enteraba fun cambiando de sitio. Estuven en varias filas, e quedei hasta os huevos. Porque e ahora, que si me colle cando era boxeador na Argentina, lles meto unhos fogonazos que lles arranco a cabeza-
- Así que boxeador. Era o que me faltaba por oir. ¡Manda carallo a imaginación que tes!-
-¡Imaginación! ¿e logo estas duas marcas de que son?- Dijo
señalando con el dedo índice dos cicatrices que tenía en la nariz y en una ceja.
- Pois mira: a do ollo, de unha pasada que che pegou teu pai por mexarte na cama un dia que chegaches borracho como unha prea, e a outra, dos mocazos que che meteron cando te cacharon andando os nortes na Torre-
Dicho esto, al "Pichas", a la vista de lo bien informado que estaba el otro, se le acabó la cuerda y ya no volvió a por más. Cuando se marchaba le preguntó al policía por el excusado. Este le contestó: -Salindo á man dereita. Encima da porta hay un cartel que pon "CABALLEROS", pero tí pasa igual-.
LA VETORDA
A Elvira la Vetorda, temeroso de que si la entrevistaba en comisaría se le cerrara en banda, porque era muy suya, tomó la decisión de hacerlo en su propio ambiente. Con tal objeto, a última hora de la noche se acercó por el Canosa, lugar habitual de alterne de la mujer. Ya casi era la hora del cierre, y en el local quedaban solamente Julito y Pamela haciendo la limpieza.
Pidió un coñac y preguntó por Elvira. Le contestaron que los últimos días se marchaba antes de lo habitual, porque estaba atendiendo como encargada provisional -ante la ausencia de la titular por enfermedad- la alcahuetería de la parte baja de Tabares. Optó por hacerle una visita, aceptando el ofrecimiento de Julito de acompañarle. Pamela no quiso ir, ya que no se hablaba con la Vetorda, porque un par de semanas antes, encontrándose ésta en el bodegón de la calle del Hospital en compañía de un tal Ordóñez, destacado miembro de la guardia de Franco con quien solía relacionarse durante la visita estival del Caudillo -que se encontraba circunstancialmente en La Coruña para atender a asuntos particulares- y de un joven amigo de éste, Paquito acudió al establecimiento a comprar vino, y viendo lo guapo que era el muchacho, no se le ocurrió otra cosa que hacer a este respecto un comentario casquivano en voz baja a Elvira. A ésta, que a donde no llegaba mandaba recado, le faltó tiempo para contárselo al interesado, quien ni corto ni perezoso -¡como se las gastaban aquellos elementos!- le cruzó la cara con un soplamocos al pobre Pamela que, aparte del lógico desasosiego, le dejó los cinco dedos marcados en la cara por espacio de una semana. El incidente no tuvo más transcendencia que su mosqueo con la doña, que todavía perduraba.
Acompañado, por tanto, de Julito, bajó la cuesta de Tabares, internándose por el estrecho y húmedo callejón, que era como una especie de submundo dentro del barrio chino. Predominaba en el sombrío ambiente un fuerte hedor a orín. Al llegar a la mancebía, llamaron a la puerta. Les abrieron y el policía pudo comprobar que aquello era un cuchitril y las pebetas que allí estaban de servicio en poco o nada mejoraban el panorama. Nada más traspasar el dintel de la puerta, había una pequeña salita, cuyo único mobiliario lo constituían unas sillas de formica y una mesa camilla, sobre el desnudo suelo de cemento. Al fondo de la pieza, que en realidad venía siendo una habitación de estilo italiano, había un cuartucho separado con unas cortinas -en aquel momento abiertas- donde estaba instalado un camastro, y recostada sobre él, en postura similar a la de la maja de Goya, estaba Elvira la Vetorda, vestida con una bata de boatiné azul. Parecía una reina en precario, con los negros rizos de su agitanada melena caidos en parte sobre su malhumorado rostro. Sentados en las silla había tres clientes, preocupados mucho más por vacilar que por una posible ocupación con las chicas -bueno, al menos lo habían sido en su día-. Se trataba de muchachos jóvenes, posiblemente estudiantes en una de sus primeras noches de farra y consecuentemente, poco habituados al ambiente del barrio.
Rosales se dió cuenta de que no había llegado en buen momento, porque en aquel preciso instante, y pese a haberse percatado de la llegada del policía -o quizás precisamente por eso-, el temperamento de Elvira hizo explosión:
-¡Aquí no hay más cojones que los míos, así que a la calle!- bramó dirigiéndose a los "cerillitas", apoyando su comentario con un gesto señalando la puerta con el índice.
Los chavales, que evidentemente no sabían con quien estaban jugándose los cuartos, se tomaron la orden a choteo. Incluso el más atrevido se acercó a Elvirita, diciéndole con remarcado recochineo, al tiempo que le pellizcaba un moflete:
-No te pongas así, churriña, que nos vamos a portar bien-
Ante tamaña osadía, la Vetorda agarró por el pecho al mequetrefe y lo arrimó contra la pared: -Pero tí, palomo, ¡con quen carallo te crees que estás falando!-
No hizo falta más. A los dos minutos, y previo pago de las cervezas que habían consumido, no quedaba ni rastro de la pandilla.
-Joder, Elvira, hoxe estás de mal pronto- le dijo Julito.
-E que me levan encabronando desde que cheguei, os polos esos- contestó con indignación, como disculpándose por el espectáculo.
-Mira, aquí el inspector que quiere hablar contigo-
-Ya conozco a don Hilario. Dígame- suavizó su expresión,al tiempo que hacía una seña a las pupilas, que desaparecieron rápidamente de la sala.
Ya sabes por lo que vengo, Elvira. Aver si por lo menos tú me cuentas alguna novedad-
-Pois non sei que lle contaron os outros, pero eu a verdá é que non me enterei de nada-
-De verdad que a min esto me ten superado. ¿E que opinión tiñas tí da Navarra?-
-Era unha rata de alcantarilla. Un verdadeiro bicho. Eu a tratei bastante fai quince anos, cando empezou a traballar na casa de Encarna, na calle San Lorenzo e eu tamén estaba alí. O principio tuven bastante trato con ela, incluso me daba algo de lástima, porque me contou que a botaran da casa e se meteu no punto porque non tiña a donde ir, pero volao lle vin ó plumero. Cando marchei eu de alí xa se fixera co mando do negocio, e o pouco tempo me enterei de que Encarna se puxo enferma e morreu. Foi unha cousa muy rara, porque non era mayor e era forte como un roble. A min nadie me quita da cabeza que a envenenou ela pa quedarse co negocio e o capital, que era moito.
Ante estos comentarios, añadidos a los que ya había oido anteriormente, a Rosales no le sorprendía nada, visto el cariño que le tenía a la asesinada todo bicho viviente, que el día del entierro en San Amaro él fuese el único asistente al sepelio.
EL TATA
Rosales temblaba como una vara verde nada más pensar quien era el siguiente testigo que le había tocado en suerte -o más bien en desgracia-: ni más ni menos que el Tata. Como mejor definición del citado elemento, decir que tardaba más en dar los buenos días que Baamontes en subir el Tourmalet.
Un guardia de la puerta apareció por el despacho y le dijo:
-Don Hilario, hay un tio ahí fora que eu creo que pregunta por usté, pero lle patina o embrague de semejante forma que non se entende muy ben o que dice-
-Si home si. Xa sei que e. Dille que pase-
-Pois non sabe ben o que lle ven encima. ¡Que non lle pase nada!-
-Por desgracia, sí que o sei- contestó compungido. Y es que el Tata, además de sus limitaciones verbales, era un "plomadas" de cuidado.
Apareció por la puerta. Era un individuo de mediana estatura, de moreno pelo rizado, y extremadamente delgado. Los ojos apenas se le veían, ocultos tras aquellas gafas de culo de vaso.
Le costó algo arrancar:
-¿Sssssse po-pode, don Hilario?-
-Pasa, Suso, ¿que contas?-. Se arrepintió antes de haber terminado la frase.
-Na-nada. Veeeeeño de xogar un dominó na Ba-barra cccon Ra-ramon o das Boas Cepas, Lu-lucho Barros e Pa-paco Rama.....- siguió narrándole con su peculiar berborrea toda la partida con pelos y señales, confundiendo su expresión absorta con un vivo interés por lo que le estaba contando. Cuando ya parecía que iba a terminar aquella tortura, y antes de que Hilario pudiera reaccionar, cambió repentinamente de tercio y, sin venir para nada a cuento, comenzó a contarle la vida de uno de los mirones de la famosa partida, a quien, para mayor escarnio, éste no conocía. En medio de aquel suplicio, el policía esbozaba una leve mueca que quería parecer una sonrisa. El Tata aún intentó variar el rumbo hacia otro tema, pero ahí el policía dijo basta:
-Oye, corta o rollo, que levas mais de unha hora largando e ainda non empezamos a falar do asunto polo que viñeches. O dia que se jubile Enrique Mariñas che vou a recomendar pa Radio Nacional-
-Sssssin co-coñas, ¿eh?-
-¡Pa coñas estou eu, aguantándote aquí!- replicó desmoralizado.
Comenzó a interrogarle sobre el suceso, pero las declaraciones que a duras penas consiguió sacarle no le aportaron absolutamente nada. Eso sí, a lo largo de otra media hora se enteró de todas las comidillas del barrio de la Torre, aunque solo a medias, dada la casi ininteligible verborrea del tatexo, que aparentaba no ser consciente de sus limitaciones. Cuando consiguió terminar aquello, Rosales sudaba tinta. Era un auténtico calvario.
-Bueno, Jesús, che teño que despedir porque estou esperando otra visita-
Cuando el otro salía por la puerta, no pudo evitar añadir, con mala uva:
-¡E pa outra vez, te traes un traductor!-.
Tanto los posteriores interrogatorios a testigos como las restantes indagaciones por la zona de influencia del suceso, apenas aportaron dato alguno que acercara la investigación a una solución aclaratoria del caso, así que viendo que por ese camino estaba abocado al fracaso, decidió dar un nuevo cauce a sus pesquisas. De todas formas, se quedó con la copla del incidente del "Miñoca" con aquel desconocido, y aun cuando no pensaba despreciar ninguna otra posibilidad, algo le dijo que aquello tenía que ver con el misterioso crimen.
CAPITULO V
UN DIA DE ASUETO
Al cabo de unos días, el Inspector Rosales, psíquicamente agotado por la tensión de la labor investigatoria, decidió hacer fiesta por su cuenta. Se levantó a las 10, con un magnífico dia de Sol. Ya en la calle, pasó por el kiosco de Juan "el chosco", en la calle de los Olmos; su propietario era un viejo comunista, ciego de un ojo. Había estado muy baqueteado durante los años de la postguerra por el bando vencedor, y aunque la cosa no pasó a mayores, todavía, pese al largo tiempo transcurrido desde la finalización de la contienda, la represión continuaba, aunque de forma puntual, puesto que durante el mes largo de estancia veraniega del Caudillo en el Pazo de Meirás, era confinado, junto con otros antiguos compañeros de partido, en la prisión provincial, en base a un hipotético atentado contra el jefe del estado,y a pesar de que solo había que ver al presunto implicado para percatarse de que aquello era totalmente inviable; es más, se antojaba hasta cómico -bueno, para cualquiera menos para el chosco, a quien no hacía ni pizca de gracia-. La referida situación no impedía que guardase una amistosa relación con Rosales, pese a la condición de policía de éste. Juan era, aunque pueda parecer contradictorio, un excelente observador, y además, enriquecía cualquier vivencia con adornos semánticos que transformaban como por arte de magia cualquier situación cotidiana en una graciosa historieta, relatada además con una alta dosis de mala leche. Para máyor inri, sacaba mucho jugo de la privilegiada perspectiva que, sin salir de su negocio, disfrutaba de los vecinos locales de alterne, el Astoria y el Lemos. Se reía hasta de su sombra. Una de las últimas que le había contado a Hilario, cuando éste le había preguntado por la familia, era que su mujer tenía la cara quemada, porque unos días antes, al cocinar unas cariocas, recordó que le habían recomendado que había que freirlas con el rabo en la boca, y así lo hizo...
Tras departir un buen rato con el kiosquero, compró "El Caso", que se leyó mientras desayunaba un chocolate con churros en Bonilla a la Vista. Despues, una limpieza de zapatos en la plaza de Santa Catalina, junto a la fuente de Neptuno, y se entretuvo un rato viendo las hábiles maniobras de un charlatán para engatusar a los mirones ¡qué pico de oro tenía el fulano!:
-Distinguido público, yo les hago una pregunta ¿hay acaso algo más doloroso y desagradable que el dolor de muelas?. Me dirán que no. Pues bien...este humilde servidor siempre atento a todos los inventos mundiales, ha conseguido en exclusiva la fórmula del nuevo ungüento del doctor Foenfagen, de Alemania, buen amigo de quien les habla, antes de que se ponga a la venta en las farmacias-.
-¿Y cuanto creen que podría costarles este maravilloso elixir? ¿que no lo saben? pues yo estoy aquí para decírselo. No voy a pedirles las 50 pesetas que les costaría en las farmacias. Ni tampoco veinticinco, ni quince, ni diez, incluso ni siquiera cinco miserables pesetas. Se lo voy a dejar ni más ni menos que por 2,50 pesetas como premio a la extraordinaria fidelidad que tradicionalmente vienen mostrando hacia mi persona....-
En esto entraron en acción un par de "ganchos" que había entre el público, los cuales adquirieron presurosamente el producto, rompiendo la timidez inicial del resto de la concurrencia, que se tornó inusitadamente entusiasta, quitándole literalmente de las manos los frasquitos del brebaje al locuaz ambulante, que no daba abasto a cobrar.
-A ver si po lo menos non lles perfora o estómago- pensaba el inspector, admirado por otra parte de la técnica del vendedor.
Luego empezó el recorrido por el centro, Lo que por aquellos tiempos constituía un auténtico placer, con aquel constante movimiento de gente paseando al son del organillo, que solía situarse en plena calle de la Estrella, entre A Nosa Casa y La Esquina, interpretando el cancionero de moda de la época, especialmente chotis y pasodobles. Alrededor del piano mecánico solía pulular la pintoresca fauna coruñesa de entonces: el negrito de las corbatas, Marcelino, y, sobre todo, Manolita la del Relleno, peculiar personaje que con sus exagerados contoneos al ritmo de la música añadía un cierto aire de coreografía a aquella castiza estampa, colaborando a ello los limpiabotas y vendedores de lotería y prensa ambulantes que con aire cantarino por allí anunciaban sus servicios: -¡Limpiaaaa, se limpiaaaaa.....!- -¡Para hooooy, los últimos me quedan para hoy; lleeeevo el premio para hoy.....!- -¡Hay el riazooor. Seeeemanario deportivo Riazooor!- todo ello como si de una representación de zarzuela se tratase, confiriendo al ambiente una parafernalia especial.
Como era Jueves, estuvo en el Burato tomando los callos. Allí se encontró a Chunguito, personaje tan asíduo a dicho local que más que un cliente parecía formar parte de la decoración, quien le contó una jugosa anécdota acaecida el día anterior en la calle de la Estrella, más concretamente en la taberna del Pata de Palo, nombrada así porque su propietario, Plácido, perdió una pierna en la guerra y había sido sustituida por un hermoso tranco de castaño.
La tarde anterior, durante el horario de cierre al público, los repartidores de la Estrella de Galicia habían llegado a servir, como siempre, la mercancía en su carromato tirado por un caballo. Uno de ellos se bajó, cargó en un carretillo un par de cajas de cerveza y se introdujo en el local. Situó la mercancía dentro del mostrador, donde asimismo quedó provisionalmente el carretillo. Salió a escribir la factura, y le dijo a su compañero, que venía de repartir en otro bar: -mentras fago a nota, vai collendo o carretillo- el hombre entró en la taberna, y al no estar lo que buscaba a la vista, ni se le ocurrió mirar dentro de la barra, puesto que de una puerta entreabierta vió sobresalir un taco de madera. Automáticamente se dijo: -ahí está o cabrón do carretillo- al tiempo que lo asía y tiraba con fuerza. Desdichadamente, aquella no era el mango del carretillo, sino la pata de palo de Plácido, que estaba haciendo sus necesidades, y como no la podía doblar y el espacio era corto, tenía que hacerlo con la puerta abierta -¡Soltame a pata, maricón, que nin cagar deixades!- espetó Placido con voz de trueno ante el estupor del repartidor. Ni que decir tiene que la noticia corrió como un reguero de pólvora por todo el centro de La Coruña.
El susodicho Pata de Palo, ya de natural no tenía buen carácter, pero cuando Hilario y Chunguito llegaron al bar la mala leche estaba en su punto máximo de ebullición.
Era un local pequeño, que hacia esquina en las confluencias de las calles Estrella y Mantelería, con mesas y mostrador de madera. Este último estaba situado frente por frente a la puerta de entrada. Plácido, con las manos apoyadas sobre la barra, parecía que la ocupaba en su totalidad. Era esa sensación que los futbolistas tienen sobre el portero contrario cuando van a tirar un penalty y apenas ven hueco. Tras él, y como únicos elementos decorativos, colgados de la pared estaban un casco de vikingo y un alfanje de sarraceno, instrumentos que el Pata utilizaba para montar su particular espectáculo cuando estaba de mejor humor que aquel día. Blandiendo el Alfanje, y con el casco bien calado -tanto que tapaba completamente la bola de billar que tenía por cabeza-, se liaba a mandoblazos contra enemigos imaginarios, entonando los gritos de ritual:
¡adelante, Aviles
has de pagar inglés
las que hiciste en Far West!
Las mesas del local, con profundos cortes, eran mudo y sufrido testigo de sus actuaciones "pirateriles". Era el único establecimiento donde los sablazos no se daban en el momento de cobrar la consumición.
- Que vai a ser -
- Pon duas tazas, Plácido. Tes mala cara -
- A ti que carayo che importa -
- Home, non te poñas así. Por certo, me dixeron que ibas a cambiar de negocio
- ¿Quen, eu? -
- Si, que ibas a montar unha empresa de transportes -
El otro cogió la indirecta al vuelo.
- ¡Mala chispa te coma! mira que nos está o forno para bolos, Rosalito-
En esas estaban cuando entró por la puerta otro parroquiano que debía llegar sediento, porque nada más arrimarse al mostrador, dijo, de forma imperativa:
-¡Oye tí, pon aqui unha taza!-
Evidentemente, había escogido el momento inadecuado. El pata, con los ojos inyectados en sangre, le apuntó con el dedo índice:
- ¿E tí, Julai, de que carayo me conoces para chamarme Oyetí?. Xa estás salindo pola porta e non che quero ver mais por aqui-.
Remató diciendo:
-Hala, a chiflar pola vía-
Algo debió de percibir el fulano de que el aviso no iba en vano, que no tardó ni tres segundos en desaparecer, farfullando algún insulto ininteligible.
-Que fino lle pegaches, Plácido- le espetó Rosales, con sorna.
El vacile continuó aun un buen rato. Luego fueron de allí a Muiños a tomar las almejas, y allí se encontraron con Carlitos, jugador del Deportivo, que les acompañó en su ruta por A Esquina, el Suarez, el Derby, La Tacita de Oro, Casa Crego, La Traida, el Disco y parada final en El Submarino, en el Riego de Agua, donde coincidieron con Amoedo, flamante fichaje del Deportivo, aunque por causa de una lesión aun no había llegado a jugar.Iba acompañado por dos chicas.
Carlitos, al verlo, le saludó efusivamente y quiso interesarse por la evolución de su lesión -que, Amoedo, ¿debutas?-, le inquirió. la genial respuesta fue: -que va, son as miñas primas- excuso decir que aquello fue ampliamente celebrado.
Como eran ya las tres y pico de la tarde, acordaron todos ir a comer en el coche de Carlitos a una taberna que había en Monelos, junto al río, regentada por un matrimonio de la parte de Santa Comba, ella de muy buen ver, de quien las malas lenguas decían que tomaba un poco de coña al marido, hasta el punto que se decía que este no llevaba sombrero porque no los hacían con mangas.
Pero lo cierto es que allí se comía muy bien, con mención especial para el pulpo, realmente exquisito. Al respecto, comentaba el propio paisano que el secreto de la preparación estaba en la calidad del agua de la cocción que él mismo sacaba diariamente en baldes del río que había en las proximidades:
-esta agua e muy boa. Habia que embalsamala-, sentenciaba, entre el jolgorio general.
La sobremesa la pasaron en la terraza del Kiosko Alfonso, , donde tomaron café, solazándose con el ambiente y las melodías de la orquesta Oriente, y más tarde, para desentumecer el cuerpo, se acercaron hasta la calle de la galera para jugar una partida de bolos en el local de Labordeta. Allí coincidieron con los millonarios del wolfram de la zona de Carballo, Jacinto Amigo "Chinto" y compañía, que ya anunciaban su presencia en la propia puerta de la Bolera, al dejar sus "haigas" aparcados delante de la entrada, en un claro desafío a la estrechez de la calle y a las ordenanzas municipales en materia de tráfico. Se trataba de una pandilla que tenía el dinero, como suele decirse "por castigo", y la verdad es que lo fundían a manos llenas, yendo siempre acompañados de un numeroso séquito de gorrones. Vestían a la última moda, bueno, o al menos eso creían, porque dejaban el vestuario en manos del propietario de la tienda de alta confección Agary, sita en la calle de Santa Catalina, quien les colocaba lo que le interesaba, que no siempre era lo más selecto ni lo último de sus stocks pero inevitablemente lo más caro y, eso sí, lo más espectacular. A veces destacaba entre ellos alguna chaqueta que hubiese hecho poner colorado al cantante de orquesta más audaz.
En los establecimientos hosteleros de alto nivel del centro de la Coruña, llámese El Rápido, Fornos o El Coral, por citar algunos, se frotaban las manos cuando veían llegar a aquella numerosa cuadrilla, que a buen seguro que les iba a solucionar la semana, circunstancia quer también concurría en los locales de alterne de la zona, que en numerosas ocasiones cerraban para organizar sus saraos, por supuesto con la consiguiente compensación económica, muy superior al previsible quebranto que pudiera ocasionar la ausencia de los restantes parroquianos.
Terminaron la jornada como la empezaron: de tascas. Rosales se decía a si mismo: -teño que deixar a bebida, que me estou poñendo fondón- pero seguía tomando tazas. En el recorrido coincidieron también con Marcelino, un simpático joven de unos 20 años, natural de la cercana villa marinera de Cayón, que alternaba su actividad profesional como buzo perteneciente a la plantilla de Obras del Puerto, que desarrollaba en el muelle pesquero coruñés, con la defensa de los colores del club de futbol modesto Sporting Ciudad. Aunque de apariencia algo endeble para la práctica del futbol, por tratarse de una persona alta y espigada, destacaba no obstante por su contundencia y su osadía con el adversario aun en las circunstancias menos favorables, demostrando una enorme raza y mala uva.
Era sobradamente conocida en los mentideros futbolísticos de la ciudad una anécdota ocurrida el mismo día de su debut en el Sporting, hacía unos dos años. El partido, correspondiente a la Copa de La Coruña, era contra el Silva C.F., denominado equipo de los "Mau Maus" por la agresividad de su afición, que bajaban en masa de La Silva hasta Lavedra a presenciar los partidos al campo de la Granja, a donde llegaba una hinchada formada mayoritariamente por mujeres, bien pertrechadas con piedras en los bolsillos de sus mandilones.
En el vestuario antes del inicio del encuentro, los compañeros de Marcelino le advirtieron, como novato que era, que tuviese mucho cuidado con Pacheco, un veterano muy aguerrido, famoso por la leña que repartía a diestro y siniestro, que jugaba en el centro del campo, ocupando una posición de volante similar a la de aquel.
La verdad es que el tal Pacheco imponia respeto. Se trataba de un hombrón de más de 1,80 de estatura y 90 kilos de peso, con la cara de mala leche adornada con un gran mostacho que impresionaba aun más.
Nada más iniciarse la contienda, que a priori ya se adivinaba emocionante, el balon le llegó a Pacheco, que consiguó controlarlo. Marcelino, rápido como una centella le metió una tarascada que lo levantó por el aire, cayendo con estruendo y produciendo una gran polvareda. La grada era un intenso griterío, lo que contrastaba con el terreno de juego, donde el silencio se cortaba con un cuchillo. Pacheco se levantó lentamente. Su cara era un poema, y echaba espuma por la boca: -Chaval, non me doeu, e ahora me vas a conocer. Xa te podes ir preparando. Che vou sacar os ollos-. Ante esas amenazas, terció Marcelino con voz pausada: -mira, eu estou loco e me da o mismo vivir que morrer. Xa matei un home por menos do que estás decindo, así que ti verás-.
Ni que decir tiene que el mangallón aquel fue una malva durante todo el partido, ante la incredulidad de jugadores y aficionados.
Aquella noche, cuando Hilario se iba ya de retirada atravesando la calle del Orzán, distinguió a la altura de la calle del Vista un gentío que le hizo deducir que allí ocurría algo anormal. Abriéndose paso entre los curiosos vió a Bienvenido, un popular mandadero vecino de la zona, que utilizaba para hacer los recados una burra de carga, bautizada como Toñita, cuya diferencia básica con su propietario estribaba en el sexo y en que éste llevaba ropa.
Bienvenido, trasluciendo evidentes signos de euforia etílica -o metílica, ya no se sabe dada la calidad de los controles sanitarios de la época-, discutía acaloradamente con un guardia municipal, mientras la pobre Toñita permanecía derreada en el suelo. Rosales, que conocía sobradamente al mandadero, decidió intervenir para apaciguar los ánimos.
-¿Que pasó?- le preguntó al municipal, mostrando su placa para identificarse.
-Nada, que venía de ronda por esta calle, y me encuentro al fulano este a puñetazos con el pobre animal-
-¿E certo eso, Bienvenido?-
El otro bajó la cabeza avergonzado.
-Si, e "verdá"-
-¿e por qué o fixeches?-
-E que empezou ela- replicó con indignación
El divertido inspector, conteniendo a duras penas la carcajada, le dijo al guardia:
-Déjalo ir, hombre, al fin y al cabo esto no es más que una discusión familiar- y remachó sentenciando con humor:
-A este, lle cortas as orellas, o soltas no monte, e non se sabe que clase de animal é-
CAPITULO VI
LA PRIMERA PISTA
En la mañana de aquel frio y húmedo lunes, al llegar a la Jefatura le dieron recado de que el juez que llevaba el caso deseaba que se pusiera en contacto con él. Como quiera que la inmensa mayoría de los magistrados evitaban involucrarse en los casos antes de que la policía los tuviese resueltos, le fue facil deducir que este le habia sido adjudicado a su íntimo enemigo D. Salvador Armental, a quien Rosales conocía dentro y fuera de los juzgados, pudiendo certificar gracias a ello la profunda transformación de aquel hombre, que cuando estaba en el ejercicio de sus funciones era seco y parco en palabras, amén de un intenso apego a los formalismos y a no sacar los pies fuera del tiesto, en un claro choque de caracteres con el policía, y tan pronto salía a la calle, se transformaba en una persona encantadora y amena, con quien era un auténtico placer tratar.
Su carácter desconfiado hacía que siguiera punto por punto la evolución de las investigaciones desde el inicio, exigiendo a la policía, que le consideraba un auténtico torturador, rendirle cuentas de todos los pormenores de las mismas.
Con no mucha predisposición, el inspector se acercó hasta el palacio de justicia, donde pudo constatar que aquella mañana el horno no estaba para muchos bollos.
Entró en el despacho. La estampa del juez era imponente. Muy alto y delgado, su pelo, completamente encanecido, contrastaba con sus negras y espesas cejas, unidas entre sí sobre aquel rostro, pálido y enjuto. Todo ello en su conjunto le confería un impresionante aire de severidad
El motivo del malhumor de aquel día había que buscarlo en dos factores distintos, ya que por una parte la aclaración del crimen apenas avanzaba, y por otra el Deportivo, de quien el juez era un furibundo seguidor, había perdido en Riazor la víspera.
Rosales aguantó estoicamente el aluvión de feroces críticas que dirigió a su -al entender del magistrado- escasa diligencia. Dejó que se desahogara y cuando terminó, le contestó, con parecido tono de voz, que bajo ningún concepto le permitía que dudara de su actitud profesional, en una postura rayana en la insubordinación. Cuando terminó lo dejó con la palabra en la boca. La batalla había comenzado....
Salió de allí con mal cuerpo, y quiso solucionarlo pegándole un buen lingotazo de aguardiente en la taberna-ultramarinos de la esquina de la calle Betanzos con el Camino Nuevo (Juan Flórez), frente a los trolebuses de Carballo, pero fue peor el remedio que la enfermedad, porque lo que le sirvieron era auténtica trilita. Notó el paso por su garganta como si de fuego se tratase, y cuando llegó al estómago le cayó como una puñalada trapera. El efecto fue tal, que aguantó como pudo el imparable acceso de tos, porque temió que si empezaba, no terminaría hasta vomitar.
Cuando se recuperó, se percató de que entre los parroquianos estaba Tomás, un taxista vecino suyo. Comenzaron a charlar, y entre dimes y diretes le contó alguna habladuría que había llegado a sus oidos sobre un individuo que tenía deudas con Manuela, la cual había enviado a unos rufianes a darle un escarmiento, y tras recibir una severa paliza, se presentó en el negocio de la prestamista y le formó un gran espóleo, en el cual no faltaron las amenazas de muerte, con un claro gesto indicativo de rebanarle el cuello. -El mundo es un pañuelo- pensó Rosales cuando supo la identidad del sospechoso. Se trataba del charlatán de la explanada de Santa Catalina.
Inicialmente dedicó unos días a indagar datos sobre aquel sujeto. Su nombre era Baltasar Romerales, Natural de Madrid, a quien también se conocía con el sobrenombre de Malaquías, aunque ya llevaba unos tres años residiendo en La Coruña, adonde llegó procedente de su ciudad natal escapando de la policía, con quien tenía cuentas pendientes por estraperlo y algunos pequeños timos, aunque desde su llegada aparentemente estaba limpio, salvo algunos pufos de escaso calibre que había ido dejando en diversas pensiones de mala muerte de la zona de El Orzán, los cuales ni siquiera llegaron a denunciarse. Vivía a salto de mata, comiendo en instituciones de caridad, tales como la Cocina Económica o el Comedor de San José.
En la actualidad residía como realquilado en una habitación del corralón de Juan Florez.
Allí le visitó el policía una tarde. El portalón del edificio daba acceso a un patio descubierto, donde se hallaban varias vecinas tendiendo ropa en las cuerdas colocadas a tal efecto en la balconada de la primera planta, comentando a grito pelado todos los comadreos del vecindario. Acercándose a ellas, les preguntó por Malaquías y le indicaron donde lo podía localizar. Vivía en la casa de Ricardo el Barrendero, situada en una esquina de la planta baja del corralón. Allí se dirigió Rosales cruzando el enlosado patio. Prudentemente llamó a la puerta, pese a que ésta, de doble hoja, estaba abierta por su parte superior. Al cabo de unos instantes, de una de las habitaciones vio salir a una mujer gruesa, de edad indefinida, que bien pudiera ser de unos 40 o 45 años, bastante desaliñada, abrochando apuradamente los botones de la blusa. Le preguntó por el interesado, y antes de que le contestara, se oyó una voz masculina, de marcado acento madrileño, desde el interior de la estancia de la que había salido la mujer.
-¿Quien leches viene a incordiar?-
Rosales replicó:
-Lo que tengo que hablar con usted es mejor que lo hagamos en privado-
El charlatán no contestó. Salió del cuarto, arreglándose el vestuario con no menos apresuramiento que la otra, la cual presumió Rosales que se trataba de la mujer del barrendero. No hacía falta ser muy perspicaz para percatarse de lo que había interrumpido.
Era un individuo menudo, de unos 45 años, con afilada cara de hambre, adornada con un ridículo bigotillo. Llevaba el pelo engominado, y su vestimenta consistía en un pantalón gris, sujeto con tirantes, bajo los cuales llevaba una camiseta de felpa de color rosado. Corroboró que efectivamente se trataba del vendedor de elixires de Santa Catalina.
Le mostró la placa identificativa, y la primera consecuencia fue una drástica bajada de humos del interlocutor. Este, señalando una puerta, le dijo:
-¡Ah! perdone "usté". Pase aquí a mi habitación, que podremos charlar tranquilos, señor inspector-.
-Vale, gracias-
Se introdujeron en un cuartucho interior cuyas dimensiones no sobrepasaban los 6 metros cuadrados, de paredes ennegrecidas y desconchadas, cuyo único mobiliario lo constituía un pequeño camastro y una desvencijada silla, sobre la cual había una maleta barata, también muy destartalada. La sensación de aquel cuchitril era de tanta miseria que incluso desentonaba con el sórdido ambiente del conjunto de la edificación.
Malaquías retiró la maleta de la silla, depósitándola en el suelo de cemento, y ofreció el asiento al inspector, acomodándose él al borde de la cama.
-¿y que es lo que se le ofrece?- inquirió.
-Pues nada bueno... usted conocía a La Navarra, la prestamista de la Plaza de España-
-Si, señor- contestó nervioso.
-¿Y que relación tenía con ella?-
-Le juro que ninguna-
-Pues no son esas las noticias que yo tengo-
-Bueno, verá "usté", yo lo único que he tenido con esa señora fue una pequeña deuda, pero ya la he "pagao" hace tiempo-
Rosales decidió que era el momento de tirarse un farol. Sacó bien doblada del bolsillo una participación de lotería de navidad que le habían regalado, y se la enseñó:
-Entre los recibos impagados que encontramos en el negocio estaba éste, que parece que le corresponde a usted-.
El otro no encajó bien el golpe. Tras un silencioso paréntesis, confesó:
-Está bien. hace unos meses le pedí prestadas quinientas pesetas para poder pagar a mis proveedores, que ya sabe usté que no fian. Yo en esa época vendía peines, y me había quedado sin un céntimo. así que necesitaba "tela" para comprar la mercancía. Si no, el negocio no funciona-
-Hombre, me sorprenden un poco sus carencias, porque la verdad es que casualmente lo ví trabajando el otro día, y su capacidad para el camelo me dejó asombrado-
-¡El puto juego, señor inspector!- se lamentó -Me levantaron todo lo que tenía jugando un julepe-
-Pues volviendo a lo de la deuda, creo que la cosa no quedó en agua de borrajas-
-La muy hija de puta me mandó tres macarras que me machacaron- dijo dolido. Los moratones que todavía tenía en la cara evidenciaban la veracidad del comentario.
-Si, y por eso se vengó ¡no?, y de paso se ahorró pagar la deuda-
El charlatán pegó un respingo:
-Por lo que más quiera...yo no he sido. Bien es verdad que cuando me pegaron fui hasta el chambo y la amenacé, pero fue para disuadirla de que me mandara de nuevo a esa gente. Le juro que no hubo más-
-Pues si eso es verdad, dígame lo que hacía usted la noche del 23 de octubre, entre las 11 y la una-
No se lo pensó mucho:
-Todas las noches a esas horas estoy en el café Hércules, en la calle de los Olmos, jugando la partida o de mirón, según tenga o no tenga "pasta". Si no me cree, pregúntele "usté" al dueño, que bien que me conoce-
Hilario tomó buena nota.
Al salir de allí, se quedó mirando para las vecinas, que continuaban con sus cotilleos: -¡Joder que non iban a ter comida estas si superan o que se coce ahí dentro¡- pensaba, acordándose del asunto que tenía entre manos el madriles con la mujer del pobre barrendero a su llegada.
Se acercó hasta el café Hércules y habló con Moncho, el encargado, quien le corroboró punto por punto la veracidad de la versión de Baltasa, cosa por otra parte con la que Hilario ya contaba. -Si unha noite non aparecera por aquí, ben que o notaría. Non falla nunca. Ten o vicio tan metido no corpo que non se vai hasta que cerramos, e ainda encima xoga con dous fulanos que son tan tramposos, que si xogan man a man non perde ningún-
CAPITULO VII
EL VIAJE
Centrado como estaba en la búsqueda de testigos y sospechosos, se había olvidado un poco de la víctima. Se dió cuenta de que apenas sabía nada de su vida, salvo lo que le aportaban las habladurías populares, que como hemos dicho antes no la dejaban en muy buen lugar. Tampoco sabía nada acerca de su vida anterior, previa a su llegada a la ciudad, así que como complemento a las investigaciones que estaba realizando por otros cauces, ordenó una exhaustiva revisión de los enseres de la difunta en su negocio y domicilio, sitos ambos en el mismo edificio, a lo que él mismo colaboró. En una pequeña caja fuerte oculta en un hueco que habia en el suelo de la tienda, disimulado bajo un pesado baul de madera, y que hubo que forzar al no hallarse la correspondiente llave, aparecieron algunos documentos -básicamente cartas y fotos- que cualquier lego en la materia se daría cuenta de lo altamente comprometedores que podian ser para una serie de gente, entre las que se incluía a personalidades de tan alto rango, que su conocimiento público hubiera supuesto un escándalo social de dimensiones imprevisibles. Rosales ya había sufrido fuertes presiones para, en previsión de dicha localización, proceder a su inmediata destrucción. No obstante, la posibilidad de que parte de aquella documentación pudiera estar directamente relacionada con el caso y, consecuentemente, ser clave para una posible solución, le llevó a hacer caso omiso a tales recomendaciones, si bien tomó todas las medidas posibles para su salvaguarda.
También se obtuvo un interesante dato, al comprobar que la finada en realidad no era natural de Navarra, sino de la localidad Riojana de Haro. Hasta allí decidió viajar Rosales, al ver que sus investigaciones llegaban a un punto muerto, debido sobre todo al exceso de sospechosos, por lo que enfocó la búsqueda de pistas en la vida anterior de Manuela. Así es que un buen día preparó la maleta, se fue a la estación de San Cristobal, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo cogió el expreso de Hendaya y apareció en Burgos, donde hizo noche, y al día siguiente, tomando como medio de transporte un autobús de la línea regular se dirigió a Haro.
Nada más llegar a la citada localidad, un pueblo de bastante entidad distante a pocos kilómetros de Logroño, cuya principal actividad, al igual que el resto de la zona, era la viticultura, lo primero que hizo fue procurarse un lugar donde dormir, y no tuvo que buscar mucho, ya que encontró una pensión muy arreglada en la plaza Mayor. Luego bajó a tomarse unos tintos para aclimatarse a la zona y aprovechó para husmear un poco. En sus primeros sondeos no logró demasiados datos, porque la gente con la que habló no identificó a la primera de cambio a la familia de que se trataba, pero tras unas cuantas rondas y tomarse un café torero (para quien no lo sepa se denomina así el acto de pasar de los vinos al café y las copas sin comida de por medio), se enteró de que el marido de Manuela había muerto hacía ya algunos años, dos de los hijos habían emigrado, uno a Bilbao y el otro no se sabía muy bien a donde, y el único miembro que allí mantenía su residencia era la hija, que estaba casada con un joven del pueblo y trabajaba en el restaurante Terete, el asador más concurrido de la localidad.
Aprovechando la hora de cenar, y el apetito acumulado por no haber probado bocado en el almuerzo, se dirigió al citado local. Allí, rodeado de gigantescas cubas de vino, se sentó en una de las mesas comunitarias, que compartían gentes que de nada se conocían, y lo atendió con presteza una guapa moza que sospechó que era quien buscaba. Le tomó la comanda, en la que encargó un asadillo para hacer boca, y de segundo una paletilla de lechazo con ensalada, regado todo ello con un tinto de la casa, del año, que pese a su carencia de solera presumió que haría un buen maridaje con la carne. Acertó plenamente en la elección, ya que todo estaba exquisito. Al acabar de cenar, pidió de postre unas peras al vino, y cuando la muchacha vino a servírselas, aprovechó la momentánea escasez de clientes para entablar conversación con ella. Quiso ser directo, y tras identificarse, le habló abiertamente de los motivos que le habían llevado hasta allí.
Begoña, que así se llamaba la chica, pese a no haber conocido casi a su madre, ya que tenía solo siete años cuando ésta se fugó, quedó muy afectada al conocer su muerte, sobre todo por las circunstancias en que se produjo. Durante la extensa charla mantenida le manifestó que ella era la única que sentía algo de cariño por su madre, pese a que ésta jamás se interesó por ellos. A sus hermanos no se les podía ni hablar de ella. Cuando murió el padre, a los pocos meses de ser abandonado por su esposa, los tres hermanos se criaron con la abuela paterna, la cual contaba con muy escasos medios, limitados a lo que ganaba con su oficio de costurera, pero supo defenderlos hasta que se valieron por sí mismos. Cuando falleció, al cabo de unos años, los dos hermanos varones emigraron del pueblo y ella se casó con tan solo 17 años. En la actualidad tenía 27 y dos hijos de corta edad. Una vez que el inspector logró su confianza, le invitó a seguir la conversación en su domicilio, a donde acudió al dia siguiente. Allí le enseñó fotos antiguas de la familia, que vió con detenimiento, apercibiéndose de que el rostro de uno de sus componentes le recordaba a alguien, aun cuando no era capaz de identificar a quien. Se trataba de Julián, el más pequeño de los hermanos, precisamente aquel cuyo paradero se ignoraba. Aprovechó también para conseguir la dirección del segundo hermano, Domingo, que residía en Bilbao y trabajaba en la empresa Euskalduna, ubicada en la ría del Nervión, junto al puente de Deusto.
Sobre las 11 de la mañana del dia siguiente, se bajó del tren en la estación de Bilbao. Siguiendo sus hábitos, buscó alojamiento en el centro de la ciudad, en una pensión de la calle Ledesma, junto a la plaza de Albia. Seguidamente se pegó un recorrido de tascas para ambientarse, metiéndose por las 7 calles, donde trasegó por diversos locales.El vino era purrela, pero entraba bien. Comió en el Arritxu, un restaurante de la zona, humilde pero con una cocina excelente. De primero se metió unas berzas con ajada y de segundo un pescado "a la espalda". Salió de allí revivido, y despues de una buena siesta en la pensión, se metió en faena; cogió un taxi y se dirigió al domicilio de Domingo, en el barrio de Santutxu, cercano a la basílica de Begoña. Cuando llegó a la vivienda, sita en una zona de la barriada conocida popularmente como la Campa del Muerto, el interesado acababa de regresar del trabajo. Ya era conocedor de todos los pormenores, toda vez que su hermana lo había puesto al corriente a través de un telegrama, en el que le comunicaba tanto la muerte de su madre como de la inminente visita del policia.
Nada más iniciarse la conversación, confirmó la sinceridad de las manifestaciones de Begoña en lo referente a los sentimientos de sus hermanos con respecto a la madre, ya que sus comentarios rezumaban un odio mortal, denotando incluso una malsana satisfacción por el trágico final que había tenido. En un momento dado, Rosales se interesó por el paradero del tercer hermano.
-Y de Julián, ¿que fue?-
Notó claramente cierto aire de crispación ante la pregunta.
-Pues no lo sé. Hace cuatro años, cuando me casé y decidí buscarme aqui la vida, nos lo trajimos con nosotros y aquí vivió durante un año largo, tiempo en que estuvo trabajando de camarero en varios sitios, porque su mal carácter y su afición a las faldas le impedía encontrar un empleo estable. Un buen día, cuando llegué a casa, me encontré a mi mujer llorando en la habitación. Tras preguntarle lo que le ocurría, me confesó que Julian había intentado forzarla, pero ante su tenaz resistencia, había desistido. Al oir aquello, sin pensármelo cogí un cuchillo en la cocina y me dirigí al cuarto de mi hermano. Estaba tumbado sobre la cama. Intenté asestarle una puñalada, pero consiguió evitarme y desarmarme. Mantuvimos una pelea que no llegó a acabar con alguno de nosotros porque terminamos agotados antes de que la cosa fuese a mayores. Finalmente, se marchó de allí, jurando y perjurando que mi mujer mentía, y que quien había intentado provocarle era ella. No le creí. Nunca más he sabido nada de él desde entonces-.
En la entrevista, que se prolongó por espacio de una hora, el inspector poco más sacó en limpio, aunque se dio cuenta de que su interlocutor le ocultaba cosas. No le dio mucha importancia, porque entendió que eran asuntos privados que en poco o nada afectaban a la investigación. Leyendo un poco entre lineas se percató de que Domingo finalmente se había dado cuenta, aunque quizás demasiado tarde, de que su hermano no había mentido el día de la disputa familiar. Esta teoría quedaba corroborada por la ausencia de la esposa del domicilio, viéndose claramente además que no era circunstancial, ante la evidente falta de una mano femenina en los cuidados de la casa, que daba muestras de abandono.
Como quiera que allí poco tenía ya que hacer, decidió regresar a La Coruña y esperar acontecimientos sin abandonar el caso, porque intuía que la clave estaba en el lugar de autos, aunque sin descartar en absoluto a la familia de la muerta.
Finalizados sus quehaceres en la Villa del Bocho, preparó el retorno, no sin antes, aprovechando el viaje, saludar a su amigo Telmo Zarra, a quien había conocido hacía unos veranos, durante el transcurso de un Teresa Herrera, por mediación de un común amigo, Juanito el de O Lionardo. Le visitó en el campo de San Mamés, y se fueron a comer junto con Luis Arteche, a quien también conocía. Sabedores de la afición de Hilario a los asados, se acercaron hasta el asador de Aranda, donde comieron opíparamente y pasaron una agradable velada que compensó en cierto modo los sinsabores de aquel engorroso asunto.
Ese mismo día, tras despedirse de sus anfitriones, inició viaje de retorno a Galicia. Tomó el tren rumbo a Burgos, donde transbordó al expreso de Hendaya, con rumbo a Marineda. Allí ocupó un compartimento de coche-cama, en el que se metió despues de cenar en el vagon restaurante, bien acompañado por una botella de coñac Tres Cepas, que se ventiló en el transcurso del viaje, al pasar toda la noche en vela maquinando como armar aquel rompecabezas, y sobre todo con el recuerdo de aquel rostro infantil de las fotos, que no se le quitaba de la cabeza pero era incapaz de concretar de quien se trataba.
A las diez de la mañana del día siguiente, con la botella vacía y la cabeza llena de ideas contradictorias sobre el caso "piojo" (como él le llamaba en "petit comité", ya que bien sabido es que dicho apodo le había quedado al cine Hércules por la abundancia en la sala de aquellos pequeños insectos) que le traía por la calle de la amargura, llegó a la Coruña.
CAPITULO VIII
UN ENCUENTRO INESPERADO
Tras un fugaz paso por la Jefatura para emitir un pequeño informe, se fue a descansar a su casa de la calle Panaderas. Lo necesitaba, porque además, los constantes cambios de temperatura sufridos durante los viajes, le habían provocado un enfriamiento que había desembocado en un fuerte resfriado. Como no era muy partidario de ir al médico, optó por una fórmula heredada de sus ancestros, consistente en hervir agua y meterse en la cama bien abrigado, depositando en la mesilla de noche el agua, todavía caliente y una botella de caña, tomándose cada dos o tres minutos un vaso mitad agua, mitad caña, para a continuación quedarse mirando fijamente el crucifijo colgado de la pared de enfrente. A las diez o doce tomas, consiguió ver dos crucifijos, señal inequívoca de que el catarro estaba milagrosamente curado.
Estuvo durmiendo hasta las 9 de la noche, y cuando se levantó se acercó hasta el inicio de la calle del Orzán, junto a la Cuesta de la Mula, donde se ubicaban dos tabernas cantareiras, el Varela y el Bujía, locales muy en boga entonces, que venían a ser como una especie de antesala para los jóvenes aspirantes a cantantes de orquesta. En aquellos dos establecimientos hicieron sus primeros pinitos figuras de la talla del gran Pucho Boedo, Tomás o Alvarito. Cuando entró en el Varela estaba semivacío (la verdad es que era algo temprano para los horarios de estos locales), por lo que estuvo allí cinco minutos tomando un clarete y se marchó. En el Bujía ya era otra cosa. Allí estaban dos de los tres componentes del trío Marineda, Pipo y Tatín, que acompañados por sus guitarras cantaban a dúo boleros de los Panchos, el Trío Calavera y Lucho Gatica. Posteriormente se deleitó con la guitarra de Constantino Diaz, Tino, hijo de El Galleguito, que había heredado la maestría de su padre en el manejo del citado instrumento, el cual ante numerosa concurrencia interpretó algunas piezas instrumentales flamencas. Tras pasar allí un buen rato, hizo un recorrido por los tugurios de las vecinas calles de Papagayo y Tabares.
Sentía cierta debilidad por aquel barrio, que conocía en profundidad desde muy niño, y donde había pasado en su juventud momentos realmente divertidos, protagonizados por los peculiares personajes que lo habitaban o frecuentaban. La configuración del barrio se centraba en sus dos arterias principales, la calle del Papagayo y el callejón de Tabares, que iban en paralelo, naciendo ambas en la calle panaderas y concluyendo en la confluencia con la calle Hospital. Estaban unidas interiormente por la travesía del Papagayo, formando todo el conjunto una especie de "H". Fuera de este entorno, pero también perteneciente al barrio chino estaba el callejón, una calle ciega que corría paralela a Papagayo, iniciándose en la calle San Roque. Allí existió en los años previos a la guerra civil un cine, el Hueso, donde también se celebraban combates de boxeo, que posteriormente dejó de funcionar, pasando a convertirse en algo tan distinto como un molino.
En la calle principal, que daba nombre al barrio estaba, entre otros, la Olegaria, local histórico desde cuyo piso alto, allá por los años de la postguerra, se comenta que el preclaro hombre de letras e inefable noctámbulo, D. Camilo José Cela, con la ayuda de su inseparable Mariano Tudela había arrojado a la calle ni más ni menos que un piano, aunque dicha anécdota tiene -lamentablemente- más visos de ser fruto de alguna imaginación desbocada que real, toda vez que la única noticia sobre la existencia de un piano en el barrio chino se centra en el que había en la casa de la Media Teta, pero difícil era que el bueno de D. Camilo tuviese acceso a él, porque su ubicación era el salón donde estaba la cubertería de plata y la vajilla de porcelana de Sevres, al que solo tenía acceso para celebrar sus banquetes -y lo que después cayera- gente con un altísmo poder adquisitivo, circunstancia que no concurría en el eximio escritor, al menos en aquellos críticos años cuarenta. O sea, que con ello se pierde una excelente ocasión de magnificar la ya de por sí notable historia del Barrio, pero hay que consolarse con que todavía nos queda la leyenda, donde sí puede quedar registrada a perpetuidad aquella memorable anécdota. La única posibilidad alternativa que cabe es que el arrojadizo objeto se tratase de una gramola, que sí la hubo, pero en casa de la Apache, de quien además el renombrado Premio Nóbel fue ilustre cliente en aquellos tiempos.
Durante los años 40 y principios de los 50, proliferaron las casas de alterne, una especie de antecesoras de los tapadillos, que eran edificios de dos plantas que albergaban a la práctica totalidad de las profesionales del "punto" de la época, las cuales tenían terminantemente prohibido salir del burdel. Las casas más populares eran la de la Apache, la Media Teta y la Taboada. El resto de los edificios de aquel entonces eran, salvo alguna taberna aislada, viviendas familiares que poco a poco fueron dejando paso a los bares de alterne.
También resulta destacable que existió una especie de tablao flamenco de andar por casa, en el bar "Maypu", que mandó poner su propietario, Marcelino, para cumplir el capricho de una querindanga, que funcionó durante algunos años y tiene también su historia.
Como no se encontró con nadie interesante, continuó su ruta por el Campo de Artillería,y entró en la calle de La Torre. Delante del bar de Paz, en la esquina de la calle Atocha, un ciego, acompañandose de su acordeón, le sirvió de recordatorio al entonar la siguiente copla:
Hace tres meses y un día
En el cine de la Torre
mientras el público "vía"
la sesión de por la noche
a una mujer degollaron.
desangrada la dejaron
Nadie sabe como fue
no apareció el asesino
era un tipo tan ladino
que nada se sabe de él.
La guardia civil lo busca
la policía también
pero el caso es que el misterio
continúa sin resolver
Se detuvo en el Pigal a jugar un dominó, pero no continuó porque era incapaz de centrarse en la partida, absorto como estaba en sus pensamientos. Notó un vacío en el estómago y se dirigió a la taberna de Pepe o da Costa, donde se ventiló una de mejillones en escabeche y un pulpo encebollado, regado con una palomita de Ribero blanco. Después, un cafe y una copa en el Imperial, y sobre las doce inició un recorrido por las casas de mala nota de las proximidades:Tina y Maruja Valteiro, en las inmediaciones de la calle de la Torre, Marina, en Orillamar, frente al hospitalillo, y finalmente Sira, en la cuesta de Santo tomás. Como noctámbulo empedernido que era, le gustaba visitar aquellos locales, donde siempre había gente con conversación amena, y si se terciaba, podía sacar tajada sobre información de índole profesional. Desechó la visita a la casa de Lucita, en el Campo de Artillería, a la que le desagradaba ir desde que habían tenido sus más y sus menos por un asunto relacionado con la estancia de menores en el prostíbulo, y pese a que Rosales le había querido meter el diente a la dueña, se lo habían impedido instancias superiores, síntoma dse la corruptela que imperaba en aquel entonces.
Como no era de piedra, también le gustaba ver caras nuevas entre las profesionales que afloraban por aquellos locales, aunque hay que decir que no era ni siquiera un poco putero, en el más amplio sentido de la palabra, o al menos no se le conocía "affaire" alguno, pese a las evidentes facilidades que le confería para ello su situación profesional. No obstante, su "modus vivendi" no estaba socialmente bien visto, dado el puritanismo imperante en la época. Claro que este era un extremo que le traía totalmente sin cuidado.
Aquella noche, poca cosa había por aquellos locales; cuando llamó a la puerta de la casa de Sira, en la calle de Santo Tomás, 21, donde habitualmente abría la dueña o su hija, se sorprendió de que lo hiciera un joven cuya cara se le hizo familiar. Aunque inicialmente quedó un poco confuso, pronto le vino la luz: -¿tu no eres el panadero de la calle de la Torre?- le inquirió recordando además que era precisamente quien había ido a comprobar el cuerpo de la asesinada.
- Si, pero ya no soy panadero -
- ¿Y eso? -
- Para lo que pagaban era mucho trabajo. Había que carretar sacos y pasar la noche en vela. Eso último también pasa aquí, pero me pagan más y me lo paso mejor y sin esfuerzos -
Continuaron charlando distendidamente, ya con una copa en la mano, en la salita de estar de la casa, donde Rosales, pese a su condición de policía, era persona de confianza. Allí había a mayores dos chicas y un cliente que acabaron entrando en la conversación, que aunque aparentemente carecía de transcendencia, iba sirviendo al inspector para hacerle "la foto" al ex-panadero. Así supo que tenía 22 años, era de Burgos y había llegado a la Coruña hacía dos años para hacer el servicio en el cuartel de infantería. Le había gustado la ciudad, y al licenciarse, hacía unos cuatro meses, se quedó en ella y se buscó la vida. A Rosales le llamó la atención la facilidad de palabra con que estaba dotado aquel muchacho, que tenía una conversación fluida y amena, adornada con expresiones que denotaban un nivel cultural impensable para el cutre ambiente en que se desenvolvía.
trabajó poco más de un mes en El Desquite, un local de alterne de la calle del Torreiro, propiedad de un tal Ordoñez, pero a raiz de una bronca con unos clientes perdió el empleo, entrando provisionalmente en la panadería. De allí, al tapadillo, donde aprovechando su buena planta y desparpajo, entre lo que cobraba de propinas abriendo la puerta y sirviendo copas, y lo que le sacaba a una de las chicas, que se había encaprichado de él, le iban las cosas viento en popa.
Si una cualidad destacaba en Rosales era el oficio y el olfato de investigador, que no le abandonaban ni en los instántes más lúdicos de su vida, que eran muchos y variados. Así, cuando salió del garito, más de dia que de noche, mientras bajaba fumándose una picadura por la Vereda del Polvorín y el campo de Marte, estaba firmemente decidido a profundizar al máximo en la vida de aquel muchacho.
CAPITULO IX
LOS CONFIDENTES
Entre los medios utilizados por Rosales para su trabajo adquiría gran protagonismo la figura del confidente. Tenía a varios de mano, que podrían clasificarse dentro de las distintas esferas sociales donde se desenvolvían y de los que obtenía interesantes datos. Uno de ellos era Luis, el sereno del centro, persona muy observadora e intuitiva, a quien no se le escapaba nada de lo que sucedía durante las horas de madrugada en los concurridos ambientes nocturnos de la zona. El único problema de Luis era que la farmacia de Vigil, en el Cantón Grande, estaba permanentemente de servicio nocturno, y cuando el oficial de turno era su amigo Pepe, montaban en la trastienda unas tertulias mojadas con un toque etílico, que inevitablemente provocaban que ya no se supiese más del bueno de Luis en toda la noche. Ya podían batir palmas los clientes rezagados de la pensiones de Santa Catalina y la Estrella hasta que se les quemasen las manos, que lo único que iban a conseguir con eso, aparte de no dejar dormir a un solo vecino, era matar el frio. Rosales, aun sin ser asiduo, acudía de cuando en cuando a aquellas veladas, que eran ciertamente amenas.
También estaba Román, el afilador, que con toda su industria montada sobre una rueda, anunciaba su presencia tocando la característica flauta mientras pateaba las calles de la ciudad, que conocía palmo por palmo, aprovechando su facilidad para ganarse la confianza de criadas y amas de casa para sacar buena tajada informativa sobre las "comidillas", aparentemente banales, que se cocinaban por los barrios. No era la primera vez que aquellas informaciones tenían más transcendencia de la prevista, colaborando incluso en alguna ocasión a desvelar actividades delictivas.
Era este un individuo peculiar. Oriundo de Luintra, el legendario pueblo de los afiladores, dominaba como nadie el barallete, dialecto de dicho gremio, tan enrevesado que para un profano era imposible desentrañar cualquier diálogo practicado a través de dicha jerga. Rosales, que en ocasiones alternaba en el taceo con Román y un tal Cipriano, paisano y colega de éste, lo pasaba fatal cuando consciente o inconscientemente -él presumía lo primero-, se enfrascaban en una conversación en aquel diabólico lenguaje. Poco a poco, a base de mucha atención, iba cogiendo el sentido de frases sueltas de sus contertulios, identificando aisladamente alguna palabra. También de vez en cuando, si estaban solos, le preguntaba a Román lo que significaba esto o aquello:
-A ver, Román, ¿como se dice viño?-
-Mouga- le contestaba a regañadientes.
-¿E agua?-
-Oreta-
-Esta mouga está oretada-, sentenciaba Rosales, señalando la jarra de Ribero. A Román, maldita la gracia que le hacía.
-¿E como e pan?-
-Se dice brote, e vaya a saber ó carayo, que xa non lle digo nada mais-. A Rosales no le gustaban mucho aquellas contestaciones, pero tenía que achantar.
El afilador le apareció un buen día con una sorpresiva noticia.
-¿Ainda sigue co asunto do asesinato do cine?-
-¡Home claro!-
-Pois traballando pola zona do Campo da Leña me enterei de que o que andaba ahí era don Daniel-
A Rosales no le hizo ninguna falta matizar de quien se trataba ni a lo que se refería con lo de "andar ahí".
El padre Daniel, párroco de San Pedro de Visma, era un personaje en el que se reunían todas las cualidades habidas y por haber para ser un buen cura: inteligente, afable, dotado de una excelente oratoria y con un don de gentes innato, de tal manera que su congregación, que no destacaba precisamente por su religiosidad, le profesaba auténtica devoción.
Solo tenía un pequeño defecto: le gustaban demasiado las faldas, y aunque de todos es sabido que debajo de cada sotana hay un hombre con todos sus instintos latentes, lo de don Daniel era, se mire como se mire, excesivo. No había mujer en toda la barriada, independientemente de su estado civil o edad -aunque esto último dentro de un orden- que con mayor o menor éxito no hubiese sido tentada por sus requerimientos amorosos, todo ello a pesar de no tratarse precisamente de un neófito, ya que don Daniel sobrepasaba con creces la cincuentena. Esta peculiaridad, aun siendo del dominio púbilco, no le restaba ni un ápice de popularidad.
Para encontrar el origen de aquella devoción había que remontarse a la guerra civil, época en que don Daniel tuvo que abandonar la parroquia y desplazarse fuera de La Coruña, a realizar unos menesteres que solo él sabía, y en ese período dejó bien claro a su ocasional sustituto, el párroco de Santa Margarita, que bajo ningún concepto quería que mataran a nadie de su congregación. Y así fue:los feligreses de San Pedro de Visma fueron respetados por los cuneteros, convirtiéndose en la única parroquia que salió indemne de aquella carnicería.
Genio y figura, era muy polifacético en cuanto a sus actividades, hasta el punto de ser incluso entrenador de un equipo de fútbol infantil que él mismo había creado en el barrio, el Portiño F.C., que servía de vivero para el histórico club modesto Sin Querer, S.D.. Sobre ese particular había una curiosa anécdota acaecida durante un encuentro de rivalidad contra el equipo infantil del barrio de San Roque, en el que, tras discutir con el trencilla de turno, fue expulsado del banquillo. Al terminar el choque, don Daniel, en contradicción con su tradicionalmente orgulloso carácter, se deshacía en disculpas con el árbitro, actitud que chocó mucho a quienes lo conocían, aunque a posteriori tuvo su explicación: había sido expulsado por blasfemar y, por motivos obvios, intentaba por todos los medios que no se reflejase en el acta.
Rosales conocía al sacerdote desde hacía unos cuantos años, al coincidir alternando por el centro con amigos comunes, donde quedó asombrado por sus prodigiosas dotes de cantante de taberna, y si bien no había argumentos suficientes para una amistad íntima, no dejaba de existir una mútua simpatía entre ambos.
La noticia que le había dado el afilador, aun no causándole gran extrañeza, conocedor como era de las peculiaridades del cura, no le resultó agradable en ningún aspecto. Decidió coger el toro por los cuernos y afrontar la situación de forma directa, así que tras comprobar que aquella tarde estaba luciendo el sol, renunció a pedir un coche y decidió acercarse hasta Visma dando un paseo.
Aunque considerado como barrio por su proximidad a la ciudad y estar encuadrado dentro del ayuntamiento herculino, San Pedro de Visma tenía la idiosincrasia de una aldea, con la práctica totalidad del vecindario dedicado exclusivamente a la agricultura en la extensa franja de terreno que iba prácticamente desde la última parada del tranvía, en Peruleiro, hasta las proximidades del Portiño. La pequeña población estaba constituida por dos hileras de casitas unifamiliares, a ambos lados del camino que conducía hasta el alto donde estaba el pequeño pero hermoso templo parroquial, circundado de una arboleda. Pasó al interior, donde se encontraba un reducido número de beatas que, pacientemente, esperaban la hora del Rosario. En voz baja preguntó a la que tenía más a mano por don Daniel, y le indicó que seguramente estaría todavía en su casa, situada a pocos metros de la parroquia. No le costó trabajo dar con ella. Se trataba de una casita de reducidas dimensiones, rodeada de una pequeña cerca de madera. Al llegar, golpeó el llamador de la puerta. No tardó en abrirle el propio don Daniel, el cual aunque bastante sorprendido, se alegró de verle.
-Hombre, Rosales, tú por aquí. No me digas que vienes a confesarte-
-No, don Daniel, más bien vengo a confesarlo a usted-
El cura le contestó con naturalidad:
-Mucho me temo que ya sé lo que te trae por aquí. Se trata de la investigación por la muerte de Manuela, ¿no?-
-Pues sí. Me encargaron el caso, y estoy tratando de entrevistarme con todas las personas que tenían alguna relación con la difunta. Parece ser que usted la conocía-
-Si; y también, aunque no lo dices, te habrán comentado que la conocía bastante a fondo ¿o no es así?-
-Efectivamente, eso me dijeron-
-Pues es cierto, y como no hay forma de evitar que te enteres, prefiero que la información te llegue de primera mano.
Hace algunos meses, no sé si te habrás enterado por tu trabajo o a través de la prensa, los rateros entraron una noche en la capilla y, aparte de vaciar los cepillos, se llevaron varios objetos religiosos de valor. Como la parroquia carecía de medios para adquirirlos nuevos y me era indispensable conseguirlos, dediqué un tiempo a recorrer las casas de compraventa para ver si localizaba algo que al menos me permitiera salir del paso.
Tras pasar por diversos establecimientos con resultado negativo
-aun con los tiempos que corren no es muy normal que los curas empeñen este tipo de cosas- fuí a parar al negocio de Manuela. Al preguntarle si tenía algo de lo que yo buscaba, me contestó que algo había. Me hizo pasar a la trastienda del local, donde me mostró un cáliz de plata que, ante mi sorpresa, identifiqué como el mismo que me había sido sustraido pocos días antes. Así se lo manifesté indignado, amenazándola con denunciarla si no me lo devolvía. Me miró muy tranquila y me dijo descaradamente que podía hacer lo que quisiera, que ya se ocuparía ella de hacer desaparecer el objeto, desafiándome a que después lo demostrara.
Me di cuenta de que por aquel camino tenía poco que hacer, así que, al no existir alternativa, tuve que cambiar de actitud y acepté negociar la compra.
Finalmente llegamos a un acuerdo que me pareció razonable, y di por zanjado el asunto.
El domingo siguiente, mientras oficiaba la misa de doce, la distinguí entre mis feligreses. Al terminar la ceremonia, me estaba esperando en la puerta de la sacristía. Me invitó a dar un paseo por los alrededores, que acepté, esperando con cierta curiosidad que me aclarase los motivos de su visita, cosa que no ocurrió, así que no me quedó mas remedio que pensar que se debía a un interés personal. Mis sospechas se vieron confirmadas y, sin entrar ya en detalles, la cosa terminó donde tenía que terminar. Durante un par de meses largos mantuve relaciones con ella, que de buena gana hubiera continuado, pero algo me dijo que tenía que dejarlo, quizás, y aun sin conocer todos los pormenores de su vida privada -detalle en el que era hermética-, el hecho de comprobar que se trataba de una persona caprichosa y carente de escrúpulos de cualquier tipo. En definitiva, que me asustó.
Consecuentemente, le manifesté mi decisión de acabar con aquello, y no supo encajarlo. A ella nadie la dejaba. Tras un primer intento de convencerme por las buenas, al no obtener el resultado apetecido, le sobrevino un ataque de furia y terminó amenazándome de muerte, mostrando su verdadero carácter. Salí de allí algo preocupado, prometiéndome no volver a saber más de ella, y así lo hice hasta que me enteré de su muerte por los periódicos. Curiosamente no me sorprendió. Vivía en un mundo de odios que ella misma se había creado, y en cierto modo entraba dentro de lo lógico que terminase así.
A Rosales el relato del cura le pareció veraz.
-Don Daniel, ¿me permite que le dé un consejo?-
-Por supuesto-
-Cuelgue usted la sotana y dedíquese a otra cosa, que lo suyo no es la castidad-
-Bien que lo sé y no lo puedo remediar, pero me gusta mi profesión-
-¡Usted sabrá!. Bueno, volviendo a lo de antes, lo que me dijo me parece sincero, pero eso no deja de ser una opinión personal. Los hechos le hacen entrar a usted en cierto modo en el círculo de sospechosos, y va a ser complicado que no salga usted a relucir ante la opinión pública-
-Eso casi no me preocupa. Todos los que me conocen saben de mi defecto, aunque no niego que si el tema adquiere carácter oficial me puede causar bastantes perjuicios-
-Lo único que le puedo prometer es que, si está en mi mano, trataré de mantener la máxima discreción posible, y a ver si hay suerte-
-Te lo agradezco-
Salió de allí convencido de que don Daniel, pese a su aparente tranquilidad, tenía el miedo en el cuerpo.
A Paco (Pacucho) milaños había que darle de comer aparte. Había tenido multitud de empleos, pero no cuajaba en ninguno de ellos, porque aun cuando era espabilado -en realidad lo era en demasía-, la verdad es que no era muy trabajador. Incluso había estado emigrado en Francia un par de años, de los que había trabajado los tres primeros meses, dedicándose al zascandileo y a la picaresca durante el resto de su estancia. En la actualidad andaba un poco a salto de mata, es decir, a lo que caía. Hoy actuaba disfrazado de romano en una ópera en el teatro Colón, mañana de cabezudo en los desfiles de las fiestas, pasado iba a los percebes al Portiño, y así sucesivamente. A mayores era sableador profesional, de tal magnitud, que no había persona que alternara habitualmente por el centro de la ciudad que no pudiera presumir de ser acreedor suyo. Y como complemento a todo ello, era el principal confidente del inspector Rosales, estando su eficacia en dichos menesteres fuera de toda duda, ya que utilizaba su profundo conocimiento de la ciudad y de la mayoría de sus habitantes, y muy particularmente de los bajos fondos herculinos. Poseedor de una gracia innata y muy hábil con el diálogo, no le costaba trabajo alguno, entre chiste y chascarrillo, sonsacar al más desconfiado cosas interesantes que posteriormente "cantaba" a Rosales a cambio de buenas propinas. Era todo un personaje. Nacido y criado en la Ciudad Vieja, finalmente había ido a parar a la barriada de Labañou. Formaba una pareja inseparable con Mundiña "el topo", al menos hasta que alcanzaban juntos un registro de unas 15 o 20 tazas, circunstancia que impepinablemente hacía que el diálogo derivase en discusión y acabaran enfadados, aunque sin llegar a las manos. El mote de este último, algo cruel, tenía su origen en su limitadísima visión, que sin sus gafas de culo de vaso era casi nula, hasta el punto de que en cierta ocasión, despues de bañarse en la dársena, al cambiarse se puso el calzoncillo del revés, y exclamó indignado: -¡Me cago na madre que me pareu. A ver quen carallo me cambiou o calzoncillo po lo pantalon de deporte!-.
Pero volvamos a Paco. Las anécdotas que de él se cuentan son innumerables, y siempre basadas en su innata picaresca y gracia.
En el tren que los trajo de Francia, él y Mundiña coincidieron con dos chicas francesas que venían de vacaciones a La Coruña. Con suma facilidad entablaron conversación, y al preguntarles ellas por los atractivos que tenía la ciudad, les hablaron, entre otras cosas de lo delicioso de los mariscos de la zona. Fueron tan convincentes, que nada más arribar a la estación de San Cristobal, las chicas les dijeron que las llevaran a algún sitio dende pudiesen disfrutar de aquellos preciados manjares, que ellas invitaban. Ni cortos ni perezosos, se metieron en un taxi y se dirigieron a "El Rápido". -Vamos aquí, que tienen buen marisco y está bien de precio- repuso Paco. Devoraron cantidades ingentes de percebes de los denominados "para un capricho", camarones, nécoras, santiaguiños y, para finalizar, un centollo. Las francesas estaban entusiasmadas, pero el encanto fue bruscamente roto por el camarero cuando trajo la cuenta. Las pobres francesas quedaron tan desoladas que casi les da un pasmo. Paco las animaba: -no os preocupeis, que mañana invitamos nosotros-. Dicho y hecho: al día siguiente, las llevaron hasta A Nosa Casa, en la calle de la Estrella, donde dieron buena cuenta de una sabrosa -y económica- fuente de berberechos.
Una de las citas cotidianas de Pacucho, pese a no encajar en absoluto en aquel ambiente, era el Café Galicia, donde departía con su buen amigo Fito el camarero, ex-jugador del Deportivo y una institución en aquel emblemático local, santo y seña de la aristocracia coruñesa de la época.
Fito y Pacucho, lo que es llevarse, se llevaban bien, pero al propio tiempo, como ambos eran perros viejos curtidos en barrios con una idiosincrasia tan peculiar como el de la Torre y la Ciudad Vieja, donde la picardía alcanzaba la categoría de elemento indispensable para la supervivencia, mantenían una especie de desafío para evidenciar cual de los dos superaba al contrincante en el dominio de aquel difícil arte. Como quiera que se trataba de una guerra incruenta, utilizaban la malicia y el sentido del humor para hacerse mutuamente todo tipo de guasas, que muchas veces se centraban en el envío de obsequios malintencionados, tales como una lápida mortuoria de mármol, remitida por Pacucho a fito con sus mejores deseos, o la recíproca cuando aquel fue obsequiado con un paquete de suculentas filloas que había preparado una hermana de Fito, excelente cocinera, y que que tuvieron como consecuencia que el Topo Mundiña, invitado por Pacucho a su degustación, por poco muere atragantado por los hilos que las filloas llevaban dentro.
El punto álgido de aquel toma y daca llegó un buen día en que Pacucho apareció muy temprano por el café, tanto que no había un solo cliente, solo estaba Fito y Pepe, el limpiabotas que prestaba sus servicios en el local, personaje dotado de una de las caras más difíciles que uno se pueda imaginar, acomodada de la mejor manera posible alrededor de aquel enorme apéndice nasal en forma de gancho. Pidió un café, y mientras lo consumía, se entretuvo conversando con Fito, quien en un momento dado, y señalando al limpiabotas, que estaba al fondo del local matando el tiempo con la lectura de La Voz de Galicia, le dijo en voz baja:
- Ahí tes ó Pepe, que ten un pai que e un fenómeno, o Ambrosio. Con o vello que é, é o tio mais simpático do barrio de San Roque, sempre de coña e contando chistes. Se colle cada perica de medo, e se disfraza ainda que non sean carnavales. ¡Anda que non está orgulloso Pepe do seu pai!. Tí pregúntalle, xa verás. Si lle queres dar unha satisfacción, dille que o conoces-.
Paco no conocía de nada al tal Ambrosio, pero por complacer al bueno de Pepe, se avino a hacer el paripé. Se dirigió a él en voz alta:
-Coño, Pepe, así que teu pai e Ambrosio o de San Roque... ¡que suerte tés!. Non hay tio mais farreiro e carallán en toda a Coruña. Vacila calao ¡non o debes pasar ben con él nin nada!-
-¿pero que carallo dices?- le espetó el limpia visiblemente cabreado -oye, que meu pai e cego, e nunca anduvo de carallada na sua vida, e non lle consinto a nadie que se cachondee dél-
Pacucho se quedó repentinamente lívido. Perdiendo por un momento su habitual flema, balbuceó:
-Coño, perdona, porque aquí ten que haber un malentendido-
-Nin malentendido, nin farrapos de gaitas. O que hay e que respetar-
El pobre Paco no cabía en la camisa. Mientras seguía, con nulo resultado, deshaciéndose en disculpas, miró de soslayo a Fito, que se retorcía dentro de la barra. Hizo un amago de decirle algo gordo, pero su impulso quedó repentinamente abortado por la entrada de varios clientes en el café. Tuvo que limitárse a lanzarle una mirada de las que funden los plomos, antes de marcharse dominado por un sentimiento mezcla de vergüenza e indignación, lo cual, en una persona con la cara dura y sangre fría de Paco, estaba muy próximo al milagro.
Unos días más tarde se enteró a través de terceros de que todo aquello había sido una pantonima montada por Fito con la colaboración de Pepe, cuyo padre no se llamaba Ambrosio, ni era de San Roque, y por supuesto no era ciego. Bueno, al menos que él supiese, porque era hijo de soltera y jamás había sabido quien era su padre, pese a que si había heredado su cara sería bien fácil de identificar.
¡Pues se iban a enterar de quien era él!.
El primero en caer fue el limpiabotas.
Al margen de las funciones propias de su oficio, éste se ganaba unas pesetas haciendo recados para la clientela del café, desde ir a comprar tabaco o lotería hasta hacer de mensajero de amores furtivos, pasando por otros servicios de diversa índole.
La ferretería El Clavo estaba situada casi al inicio de la cuesta de Santa Margarita, muy próxima a la plaza de toros. Al frente de la misma estaba su propietario, que también lo era de una mala uva pública y notoria, y cualquiera que desconociese tal extremo lo comprobaba en el mismo instante de traspasar el umbral de la puerta del establecimiento. Era la auténtica antítesis de la amabilidad, y como es de suponer, uno de los tipos menos adecuados para gastarle una broma.
Aquella mañana Pacucho había telefoneado a la ferretería:
-Oiga, ¿es usted el que colecciona cajas de cerillas?-
-No, está equivocado- le contestaron con sequedad al otro lado.
-¡Como que equivocado! ¿no es la ferretería El Clavo?-
-Si, pero aquí nadie colecciona cerillas-
-Bueno, hombre... que no colecciona cerillas. Deja de tomarme de coña o voy por ahí y te meto un par de hostias, cabrón-
-El cabrón lo serás tú, y a ver si tienes huevos a venir-
-Pues voy ahora mismo- dijo antes de colgar.
Se acercó hasta el Galicia. Nada más entrar, vio al "limpia" asl fondo del local, haciendo un servicio. Este desconocía que Paco estaba al tanto de todos los pormenores de la pesada broma que le habían gastado hacía unos días.
-Pepe, ¿queres ganar un "pavo"?-
-¡Home, dille a un cego si quere ver! ¿a quen hay que matar?-
-A nadie, home, e un chollo fácil. Tes que ir hasta a ferretería que hay o lao da plaza de toros, e lle dices o dueño que eres o das cerillas que acaba de chamar, e que vas a que che de o que che prometeu. Eso sí, tes que ir canto antes, que se ten que marchar-
-Vou ahora mismo, en canto termine aquí- contestó con predisposición.
Dicho y hecho. Pepe cobró el duro y salió como una flecha hacia su punto de destino. Al llegar, entró en el establecimiento, y vió tras el mostrador a un fulano alto y corpulento, de facciones anchas, chato y con la tremenda cara de mala leche adornada con un tremendo mostacho con las guias hacia arriba. Con mencionar que aun era más mal encarado que Pepe ya está todo dicho.
-Hola buenas ¿es usted el dueño?-
-Si ¿que quiere?- le contestó el otro, cortante.
-Soy el que acaba de llamar, el de las cerillas, y vengo a por lo que me prometió-
-¡Hay me cago en la puta de tu madre. Y aun tienes cojones a venir, cabrón!-
-¡Pero que dice!- repuso Pepe, desconcertado.
El otro no contestó. Pilló una tranca que tenía a mano, y de un salto pasó el mostrador. Pepe, viendo que las cosas se ponían feas, salió del local como alma que lleva el diablo, no sin antes recibir un vareazo en las costillas que lo dejó dolorido, lo que no le impidió bajar la cuesta a gran velocidad; no giró la vista atrás hasta que llegó a la plaza de Pontevedra y se sintió a salvo.
Cuando apareció por el café, jadeante y totalmente desencajado, Pacucho lo estaba esperando.
-¿que, me traes eso?-
-¿Che traigo que? ¿pero adonde me mandaches?. ¡Estou vivo de milagro!-
-¿pero que che pasou?- preguntó con cara de inocente.
Le explicó con pelos y señales lo sucedido.
-Pois non o entendo. Lle encarguei unha rapa pa ir ós percebes e lle dixen que iba a mandar a por ela. O que pasa e que padece un pouco dos nervios e o debiches de coller en mal momento-
-Dos nervios... ¡está loco perdido!-
-Bueno home, vai outra vez e ganas outra propina-
-Si, e me rompe o lombo. Mira, eu non volvo alí nin por nada do mundo-
Bueno, pues ahora le quedaba Fito. Ante las escasas posibilidades de conseguir camelarlo debido a su actitud expectante, y sobre todo a que Fito no era Pepe, se propuso idear un plan de acoso tal que impidiese argumento defensivo alguno. Estudió a conciencia sus debilidades, y llegó a la conclusión de que en realidad tenía pocos puntos flacos, pero acabó percatándose de alguno de ellos:
A la una de la tarde de cada día, la alta sociedad coruñesa se daba tradicionalmente cita en la terraza del Galicia para tomar el aperitivo. Fito, pese a estar habituado a tal circunstancia, no podía evitar, quizás por algún oculto complejo, sentirse incómodo a la hora de atender a la alcurnia, y muy particularmente a aquellas señoras tan atildadas que formaban parte de ella.
Otro punto endeble de Fito era el pánico cerval que sentía hacia los perros, cualquiera que fuese su raza y tamaño, como consecuencia de un suceso acaecido durante su juventud con un perro rabioso que lo tuvo acosado durante horas.
Lolo era un chaval que aun no había cumplido los doce años, pero ya tenía su historia. Natural y vecino de la calle del Trabajo, ya llevaba cuatro años haciendo honor a su lugar de residencia, practicando el aprendizaje de diversos oficios, obligado por la penurias de la economía familiar -su madre era viuda y era el segundo de sus cinco hijos-. Ello no le supuso trauma alguno, más bien todo lo contrario, porque de esa forma conseguía eludir las pasadas que recibía en la escuela del caldo. En aquella época venía prestando sus servicios como chico de recados en la Farmacia Sanitaria, sita en la confluencia del Cantón Grande con la Rua Nueva, frente al Obelisco, negocio regido por tres hermanas, una casada y dos solteras. Estaba más contento con la primera, porque las otras le obligaban a limpiar diariamente los no menos de 20 metros cuadrados que medían los cristales de los grandes escaparates del establecimiento.
Las actividad laboral comentada la combinaba, como cualquier chaval de su edad, con los clásicos momentos de ocio, pero había un pequeño problema, porque como quiera que las horas del día son limitadas y el propio trabajo las ocupaba casi todas, había que arañarle horas a la noche, y consecuentemente al sueño. Lo de dormir poco aun lo iba llevando bien, pero otra cosa era llevar los estacazos que le daban su madre, y sobre todo su hermano, cuando llegaba tarde a casa. En una ocasión en que se despistó mucho en el horario (por supuesto no tenía reloj, ni falta que le hacía, porque tampoco lo entendía), estaba subiendo la cuesta de San Agustín camino de casa. Estaban sonando las cinco de la mañana en el reloj del ayuntamiento, cuando vio a una señora muy mayor empujando a duras penas un pesado carrito de castañas. Lolo, compasivo y solidario, ni corto ni perezoso agarró el carrito y empezó a empujarlo -xa che darei unhas castañas, meu neniño- decía la castañera. Cuando estaba coronando la cuesta, notó que una mano se le posaba con fuerza en el hombro. Al darse la vuelta vio que se trataba de una pareja de la policía armada -¿eres tú Manuel Vázquez Miramontes?- al contestar afirmativamente, ya le cayó la primera andanada -levamos toda a puta noite buscándote, cabrón-. Lo acompañaron a casa, no sin antes birlarle todas las castañas que le dió la vieja. Los mocazos que le dio el policía no fueron más que el prólogo de lo que le cayó al llegar a casa. Su madre, con el disgusto no tenía fuerzas para zumbarle, pero su hermano cogió el relevo, y le metió tal zapatillazo con un botín en la cara, que le quedaron impresas las estrías de la suela, de tal manera que la mejilla de Lolo podría perfectamente pasar a formar parte del escaparate de Segarra, en la calle Real.
La experiencia adquirida en una forma de vida tan diferente a la que le hubiera correspondido en función de su edad de no mediar especiales circunstancias familiares, unida a su propia naturaleza despierta, le habían dotado de una precoz madurez.
A Pacucho le pareció el colaborador idóneo para dar a Fito una cumplida respuesta. Bien aleccionado, Lolo comenzó, bajo la supervisión de aquel, la operación de acoso.
Un buen día, en el momento más álgido de la mencionada tertulia de la terraza, el chaval se acercó a Fito justo cuando más agobiado estaba, en el incómodo instante de tomar nota de las consumiciones de aquellas insoportables damas de la aristocracia, cuando más agobiado estaba. Le tiró de la blanca chaquetilla para reclamar su atención:
-Papá, dice mamá que me des cinco duros para ir a la compra-
Fito, que además de ser un soltero recalcitrante, jamás había visto al mocoso aquel en su vida, quedó desconcertado.
-¿Como?- respondió, mirando por el rabillo del ojo a las clientas, que no perdían detalle de lo que ocurría.
El otro, al percibir su inseguridad, se envalentonó:
-¿Que pasa, que no oyes? que me des cinco duros-
De buena gana lo hubiese mandado a su casa con un buen puntapié en el trasero, pero tuvo que contenerse porque la situación le obligaba a guardar las formas, así que, disimulando como pudo su crispación, metió la mano en el bolsillo y soltó los cinco duros. Pacucho, sentado en un taburete junto a la barra, veía, a través del ventanal, los toros desde la barrera, pasándose un rato de lo más agradable al ver los apuros de su contrincante.
Escenas similares se repitieron hasta la saciedad durante las siguientes jornadas. Fito salía a la terraza temblando, sabedor de que en el momento más inesperado aparecería el mequetrefe aquel a incordiar. Raro era el día en que Lolo no aparecía, con el consiguiente quebranto pecuniario para el pobre Fito.
Lo peor fue cuando, percatándose de que entre la clientela testigo de la "tierna escena paterno-filial" se encontraba uno de los hijos de Aniceto Rodríguez, que habitualmente ayudaba a su padre en el negocio de ultramarinos finos propiedad de éste sito en el Cantón Pequeño -dicho sea de paso, el más caro de una ciudad especializada en ultramarinos caros-, el chaval aprovechó para presentarse aquella misma tarde en la citada tienda, diciendo que su padre, Fito el del Galicia le mandaba a por unas cosas y que ya pasaría a pagar. No le puso pega alguna al ser reconocido por el vástago del propietario.
La cara que le quedó al pobre Fito cuando le enseñaron la tremenda factura fue de las que hacen época. Pacucho, compasivo, y recordando que al fin y al cabo era un amigo suyo, decidió no prolongar más aquel suplicio; pero a cambio, se propuso atacarle por otro lado para que el escarmiento fuese definitivo.
Pocos días más tarde, Pacucho pasó por el Galicia sobre las ocho de la tarde. Sabía que Fito finalizaba su turno a esas horas.
-Que, Fito, ¿che sigue gustando o coñac?-
-Sabes ben que sí-
-Pois vou a ter un detalle contigo. he vou a convidar a unha botella de Napoleón que ten Secundino Bravo, o armador, na chabola do Muro. Aproveitando que está de viaxe, e como sei donde a ten gardada, lle metemos uns bos lingotazos-
El otro aceptó entusiasmado. Cruzaron hacia el puerto y se fueron andando hacia la chabola, situada en una zona, aunque cercana a la plaza de la Palloza, aislada de las instalaciones portuarias.
Era un pequeño edificio de dos plantas rodeado de un cierre de cemento, junto al cual se apilaba una ingente cantidad de cajas de pescado vacías. El piso bajo se utilizaba como almacén, y el de arriba, al que se accedía por una escalera exterior, estaba habilitado como oficina.
Abrieron una pequeña cancela de madera y accedieron al patio que rodeaba la chabola. Subieron las escaleras hasta el piso alto. La puerta no estaba cerrada con llave. Entraron y Pacucho giró el interruptor de la luz; era un cuarto de reducidas dimensiones, poco pretencioso, en el centro del cual había una mesa de madera , rodeada de tres sillas, sobre la que había depositada una vieja máquina de escribir marca Underwood, muy cascada. Tras la mesa, unas estanterías metálicas llenas de archivadores. Un viejo chinero completaba el cutre mobiliario. Paco lo señaló y dijo:
-Ahí ten apalancado o coñac- se acercó y tiró de la puerta inferior, comprobando que estaba cerrada con llave.
-¡Mira que e "desconfiao"!. Ten cerrada a porta. Pero non te preocupes porque sei donde ten a chave. Tí espera aquí-
Inmediatamente salió del despacho y bajó las escaleras, dirigiéndose hacia una caseta de perro que había junto a la cancela de entrada, con la puerta cerrada. Abrió ésta y de inmediato salió como una flecha hacia el exterior, cerrando la cancela. Casi de forma simultánea se abrió violentamente la puerta de la perrera, y un enorme bulto negro hizo su aparición. Era un perro, pero por su tamaño y fiereza bien pudiera pasar por un oso. Debía llevar mucho tiempo encerrado, porque salió montando una gran escandalera y empezó a dar nerviosas vueltas alrededor de la edificación.
Fito, al oir los ladridos, se asomó preocupado a la puerta del despacho, y lo que vio no le hizo gracia alguna. El can lo miraba desde el inicio de las escaleras rosmando amenazadoramente, y Pacucho, apoyado en la cancela de madera, sonreía con socarronería:
-Vou a facer un par de recados. Si ves que tardo, vaite e non me esperes-
El otro imploró:
-¡non me deixes aquí solo!- Fue inútil. Se alejó caminando pausadamente.
Salió del recinto portuario, y cruzando La Palloza, se acercó hasta la cervecería de la Estrella de Galicia, en Cuatro Caminos, y allí se entretuvo unas cuantas horas bebiendo 6 ó 7 bocks y charlando animadamente con gente del muro, habitual del establecimiento cervecero. Cuando se cansó, regresó a la chabola.
Al llegar, le pareció como si el tiempo no hubiara pasado desde su marcha. Fito continuaba en el altillo de las escaleras mirando atemorizado al chucho, que continuaba en la misma posición y actitud que cuando lo había dejado, rosmando amenazadoramente.
Al percatarse de su presencia, Fito varió su expresión temerosa por otra de intenso odio:
-¡Fillo de puta! ¡sácame de aqui ou cando te colla te mato!-
-¡Non!-
-¡Que me saques de aquí, cabrón!-
-Como non seas mais amable, te vas a quedar a dormir-
-¿Amable? che vou a dar eu a ti a amabilidad-
-Bueno, como vexo que non eres razonable, me vou- hizo ademán de marcharse.
-¡Non te vayas!-
Se volvió para mirar para él:
-Pois pídemo por favor-
-¡Nin de coña!-
-Bueno...- hizo otro amago de ausentarse
-Está ben. Por favor ¡sácame de aqui!- imploró forzadamente
-No, así non me vale. De rodillas-
-¡Eso sí que non! ¡non me pidas eso!- exclamó ofendido
-Pois como non o fagas, xa sabes donde durmes-
El otro, desesperado, terminó por claudicar. Se hincó de rodillas, unió sus manos en actitud oratoria, y suplicó, casi con lágrimas en los ojos.
-Por favor, Pacucho, sácame de aquí-
En el rostro de éste último asomó una sonrisa maligna:
-¡Pois ahora non che saco!-
Después de hacerlo sufrir unos minutos más, llamó al perro:
-Roque, ven aquí- el chucho se acercó sumisamente. Lo agarró por la correa que llevaba al cuello y lo introdujo en la caseta. Más trabajo le costó apaciguar a Fito, que lo quería asesinar. Estaba tan cabreado que para reconciliarse con él no le quedó más opción que dejar a Secundino sin la botella de Napoleón, de la que dieron buena cuenta lejos de la chabola (y de Roque).
Hilario había encomendado a Paco que, con la mayor discreción posible, tratase de obtener datos del mancebo de Sira, ya que él no quería intervenir directamente, al menos de momento, para no levantar la liebre. Para ello, además del correspondiente anticipo para gastos, le facilitó los datos que conocía. Junto con Mundiña, efectuó un recorrido por los ambientes que anteriormente había frecuentado el mencionado ex-panadero, es decir, el Desquite y su ámbito de influencia. En dicho local, a través de Manolo, el encargado y una de las chicas, protegida de este último, solo sacó en limpio que se trataba de una persona algo taciturna y con bastante mala leche. En el poco tiempo que había trabajado allí, solo sabían que se dejaba ver por la zona del Campo de la Leña, alternando en diversos bares de dicho entorno. Antes de entrar a trabajar gustaba de tomarse un chato en Las Siete Puertas, disfrutando con el ambiente flamenco de aquel local y los cantares de su propietario, D. José Muñoz, frecuentemente acompañado a la guitarra por El Galleguito, uno de los reyes de la noche coruñesa de aquellos años, a quien solía contratar la gente pudiente para animar el recorrido por los locales de ambiente. En ocasiones también acudía, aunque ya a altas horas, al Patio Alvear, en Los Olmos, que era emplazamiento de la peña taurina coruñesa.
Paco y Mundiña arribaron a las Siete Puertas sobre la una de la mañana. Aquella noche había en el local un fiestazo impresionante que se improvisó en homenaje a dos invitados de excepción que casualmente acertaron a pasar por allí, y que no eran otros que Lola Flores y Manolo Caracol, que habían estado actuando en el Rosalía y al terminar, dando una vuelta por las proximidades del teatro, oyeron el rasgueo de la guitarra andaluza de "el Galleguito" que, sentando cátedra, rompía el silencio de la noche coruñesa, y que los atrajo como un imán. ¡la que allí se montó!. Cuando Paco, acompañado del Topo, entró en el local, iba totalmente resuelto a realizar el trabajo que le habían encomendado, pero sus buenas intenciones se quedaron justo en la puerta de la entrada. El local estaba de bote en bote. Nada más entrar se encontraron con Pucho Boedo, por aquel entonces no muy conocido, aunque ya era vocalista de Los Satélites y deleitaba al numeroso público que se daba cita en las sobremesas de la terraza del Kiosko Alfonso, en El Relleno. Acompañando a Pucho en la degustación de una media botella de Fino Marinero disfrutaron con el cante del D. José Muñoz, que acompañado por el Galleguito deleitaba a la concurrencia con unas seguidillas.
El ambiente del sarao fue "in crescendo" hasta altas horas. A las cinco en punto, hora de apertura de la churrería La Popular, en la calle de La Franja, se fueron a tomar un chocolate con churros, continuando allí la fiesta. A aquellas horas, Paco, mientras intentaba con mucha cara y poco éxito un "zapateao" teniendo como partenaire a una Lola de España que no podía contener la risa, ya no se acordaba ni de Rosales, ni del panadero, ni de las señoras madres que los parieron a ambos.
Despues de pasarse en la cama todo el día, Paco salió a la calle anocheciendo, y retomando el trabajo encomendado, anduvo dando un recorrido, esta vez solo, por las tabernas del Campo de la Leña. Paró a tomar unas tazas en el David, luego estuvo en el Toril, y finalmente se acerco hasta el Campo de Artillería, entrando en las Cinco Puertas y en Casa Juan. Pese a emplearse a fondo en sus pesquisas, poco o nada pudo averiguar sobre el sujeto en cuestión. Luego bajó al centro y estuvo en el Patio Alvear, en Los Olmos, obteniendo idéntico resultado, aunque ahí por lo menos lo pasó bien, porque al poco de aterrizar apareció por allí una pandilla conocida, procedente del Astoria, a quienes acompañaban dos de las chicas que alternaban habitualmente en dicho establecimiento, Aurorita y La Coyota, y estuvo departiendo con ellos hasta las cinco de la mañana, repitiéndose luego, aunque con otros matices mucho mas obscenos, al menos en la intención, la consabida visita a la Popular -Che vamos a nombrar cliente do ano- le llegó a decir el propietario. Consecuentemente, Paco nada pudo averiguar, pero finalmente, a través de un primo suyo, que era cabo furriel en el cuartel de infantería, logró obtener datos personales del investigado, después de una laboriosa búsqueda ante la escasez de referencias sólidas.
Cuando Paco se entrevistó con el policía para darle cuenta del resultado de sus pesquisas, en el concurrido "Gasógeno", al amparo de un par de claretes y unos platillos de callos, lo primero que le dijo fue:
-Coño, Hilario, me levaches o jardín, que o fulano non e de Burgos-
Antes de que le dijera su población de origen, su instinto de sabueso salió a relucir: - No me lo digas, se llama Julian, es de Haro y su segundo apellido es Rodríguez -.
Su interlocutor, sorprendido, le preguntó que como lo sabía, y él le contestó, con un movimiento de cabeza: -Cousas miñas-.
El crimen del piojo no estaba resuelto, pero sí aclarado. Bueno, o al menos él estaba seguro de quien lo había cometido, pero claro, faltaba lo más complicado: demostrarlo, y como el autor no cantara era harto difícil. Antes de levantar la liebre y que el presunto asesino se pusiese a la defensiva, decidió completar datos al máximo con objeto de estrechar el cerco. Supo que residía en la pensión Morán, el el Riego de Agua, donde tenía alquilado un pequeño cuarto interior. Hasta allí se dirigió nuestro hombre, y convenciando a la propietaria, quien estaba en deuda con él por algunos favores derivados de hacer la vista gorda acerca del uso que se les daba a los cuartos de hospedaje, que no era precisamente el de dormir, sino todo lo contrario, aprovechó la ausencia del inquilino y entró en la habitación, por supuesto sin orden de registro, para echar un vistazo a lo que allí había: una pequeña maleta, las botas de la mili, ropa y útiles de afeitar, entre los que le llamó la atención una pequeña navaja barbera. Su intuición le dijo al instante que aquella era el arma homicida.
Posteriormente, se acercó a la panadería de la Torre, manteniendo una pequeña charla con el propietario, a quien conocía de antiguo. Este le indicó que Julián era un chico trabajador y estaban muy contentos con él; por ello precisamente le había sorprendido su repentina marcha, a los pocos días del trágico suceso del cine, pero sin que relacionaran en ningún momento una cosa con la otra. Con respecto a la noche de autos, había entrado a trabajar, como todos los días, a la una de la madrugada.
Bueno, pues ya disponía de evidencias más que suficientes para poder justificar la detención del presunto culpable, pero a su entender era una medida un poco prematura, porque tenía plena seguridad de que estaba ante un tipo frío y duro, que no cantaría con facilidad. Rosales era consciente de que iba a tener que quemar mucha leña hasta llegar a una solución satisfactoria. Sabía, además, por experiencia, que para condenar a una persona no era suficiente con intuiciones ni suposiciones.
CAPITULO X
UNA PEQUEÑA TREGUA
En comisaría tenía un nuevo aviso del juez Armental, con la orden de que pasara urgentemente por su despacho. Todo el optimismo con el que se había levantado aquella mañana desapareció como por arte de magia. Encaminó pausadamente sus pasos hacia el vecino palacio de justicia. Cuando entró en el despacho lo encontró, como era previsible por habitual, cabreado.
-Hombre, Rosales, ¡benditos los ojos que le ven!-
-Si no me ve más es porque no quiere, don Salvador. Con avisarme como hizo hoy, lo tiene todo arreglado-
-Ahí discrepo abiertamente. El que debiera tomar la iniciativa para tenerme al corriente del caso, es usted-
-Lo haría si lo considerara oportuno, pero hay tan pocas novedades por el momento que no creí conveniente molestarle-
-Pero la investigación habrá avanzado algo desde nuestra última entrevista, ¿no?-
- Menos de lo que me hubiera gustado, pero algo hay-
-Pues cuénteme-
Le expuso pormenorizadamente los interrogatorios y su nulo resultado, así como la visita al charlatán y el viaje a la Rioja y Bilbao, pero seleccionó la información cuidándose muy mucho de ponerle al día sobre la localización de Julián y las sospechas que recaían sobre éste, así como de mencionar a don Daniel. Era tan oficialista y tenía tanto afán de protagonismo que si se enteraba de todo levantaría la liebre con el consiguiente perjuicio con respecto a la investigación y a imagen del cura -esto último en función de lo innecesario de dicha información, al tener claro que nada tenía que ver con el suceso-, así que sin soltar prenda, aguantó estoicamente el aluvión de improperios que le lanzó el desquiciado juez. Cuando éste dió por finalizada su alocución, pasaba de la una y media de la tarde. Al percatarse de que ya era hora de marcharse, su actitud cambió súbitamente -cosa que no sorprendió a Hilario, buen conocedor de su peculiar carácter- tornándose apacible, tanto que hasta se permitió el lujo de invitar al policía a un aperitivo. Así que se fueron hasta la vecina calle Compostela, y en casa Enrique estuvieron degustando unos Huelvas y departiendo amigablemente sobre temas ajenos a la profesión, haciendo "pelillos a la mar" de la agria entrevista mantenida poco antes.
En esta texitura, dejó el caso algo aparcado durante una temporada, dedicándose más de lleno a tareas de menor entidad, tales como vigilar a los carteristas, fauna muy de la época, que aparecían como moscas allá donde hubiese cualquier aglomeración de gente. Ello no le suponía esfuerzo alguno, ya que se trataba de elementos perfectamente controlados, que además, en cuanto se olían su presencia por las proximidades del estadium, la plaza de toros o cualquier cine o berbena, se esfumaban con rapidez.
Pero siempre había algún despiste. El día de la actuación en la plaza de toros de Xavier Cugat y Abbe Lanne, aquello era un hervidero de gente. Remigio "el guantes", un carterista de la calle San Luis, de los más habilidosos de la ciudad, estaba tan concentrado en su trabajo que Hilario lo pilló con la cartera en la mano. Se identificó con la placa, aunque no hacía mucha falta, y lo detuvo, devolviendo la cartera a su sorprendido propietario. Rápidamente le mandó poner las manos a la espalda y lo esposó, más por escarmentarlo con el escarnio público que ello representaba -pese a que el tal Remigio estaba dotado de una extraordinaria cara dura- que por miedo a una posible fuga. Mientras esperaban por el coche celular, en medio de una nube de curiosos, tres señoras de edad hacían comentarios criticos sobre el presunto exceso de celo del funcionario - e logo, ¿facia falta esposalo? - comentó una de ellas. - ¡E pa que non fume, señora! -repuso el inspector.
Como era verano, otro punto conflictivo era la tómbola de Caridad, que se instalaba durante los meses de Julio y Agosto en el jardín del Relleno, entre el Kiosko Alfonso y el Hotel Atlántico. Aquello estaba infestado de cacos, que aprovechaban el barullo que allí se formaba, particularmente en las horas vespertinas, para hacer de las suyas. Y es que entre los ilusionados aspirantes al sobre sorpresa y la chavalada que les rodeaba a la caza del cromo, entonando aquella monótona y repetitiva cantinela: "si no le toca me la da", se mezclaban numerosos carteristas que tenían copada la zona; extraña era la jornada en que diez o doce billeteras no cambiaban de manos, pese a los ímprobos esfuerzos de la policía, en vigilancia permanente por los aledaños de la tómbola. El inspector Rosales, que llegó a tomar el problema como algo personal, era el más persistente, pero era inútil: aquellos chorizos estaban muy bien organizados, en una perfecta y sincronizada labor de equipo, lo cual, unido a su depurada técnica, les hacía casi infalibles.
Otro de los puntos problemáticos que requerían la intervención policial, aunque por diferentes motivos, eran los salones de baile, y muy especialmente la fábrica de tabacos, donde cada domingo se montaban grandes tumultos que desembocaban casi siempre en peleas multitudinarias, cuyo origen estaba indefectiblemente ligado a la vieja costumbre de solicitar la "cesión del lote". La orquesta Spallant bajo ningún concepto dejaba de tocar, y daba gloria ver a su batería marcando el ritmo de los mamporros que allí se repartían.
También por aquellos días tuvo que atender una denuncia por una curiosa estafa, que el conocido propietario de un café del centro presentó en comisaría. Declaraba que aquella misma mañana, un indivíduo que había estado desayunando en su negocio, le pidió que le guardase un violín que portaba mientras hacía unos recados, a lo que accedió, situándolo en una alta estantería que había tras la barra. Al cabo de un rato, apareció por el local un caballero de mediana edad, muy elegante y atildado, quien tras pedir una consumición se interesó vivamente por el citado instrumento, preguntando si lo podía observar más de cerca. Tras examinarlo cuidadosamente, comentó:
-Oiga, le compro el violín-
-No está en venta-
-Le doy trescientas mil pesetas por él-
Al otro se le puesieron los ojos como platos
-¿Como trescientas mil pesetas?- inquirió sorprendido.
-Mire, no le quiero engañar. Soy fabricante de violines y por tanto experto en la cuestión, y puedo asegurarle que estamos ante un auténtico "Stradivarius"-
El sorprendido hostelero se cuidó mucho de decir que no era suyo.
-Bueno, es que tengo que consultarlo con mi mujer, pero si se acerca por aquí esta tarde es muy posible que podamos llegar a un acuerdo-
-Muy bien, pues entonces aquí estaré a las cinco en punto con el dinero-
Al poco de salir el comprador, regresó el propietario del violín, el cual se lo pidió.
-Oiga, le compro el violín-
-No puedo vendérselo, porque es un recuerdo de familia-
-Venga, hombre, que le doy veinticinco mil pesetas por él-
-Reconozco que es mucho dinero, pero me es imposible vendérselo porque es un recuerdo de mi padre, que falleció anteayer-
-Pues le acompaño en el sentimiento. De todos modos, subo mi oferta: le doy cincuenta mil-
-Ya le digo que no lo vendo. No insista. ¿Por qué le interesa tanto?-
-Es que tengo un hijo que es músico, y quería regalárselo. Le doy setenta y cinco mil pesetas-
Al llegar a tan alta cifra, el otro claudicó, por lo que nuestro hombre se acercó con él hasta la Caja de Ahorros de San Andrés, retirando en efectivo de su cuenta el suculento importe, y se lo entregó, despidiéndose de él con efusividad en la misma puerta de la oficina bancaria.
Como el sagaz lector habrá adivinado, el último eslabón de la transacción no llegó a materializarse al no aparecer a su cita el interesado comprador, compinchado como estaba con el "violinista". Consecuencia: tras comprobar que aquello de Stradivarius nada, el burlado hostelero llegó a comisaría hecho un basilisco, y aprovechando su amistad con el comisario jefe se despachó a gusto ante Rosales, despotricando contra la policía, a quien responsabilizaba en cierto modo del hecho por su ineptitud en la vigilancia de los delincuentes habituales.
Rosales, haciendo gala de su habitual paciencia, aguantó el chaparrón de improperios hasta que el otro finalizó su discurso. A partir de ahí, empezó él a largar:
-Mire usted: lo primero que tengo que decirle es que los dos delincuentes que lo han timado me merecen bastante más respeto que usted, porque la intención de engañar y aprovecharse del prójimo es la misma por ambas partes, con la diferencia de que usted es más tonto que ellos. Comprenderá además que estos dos señores a efectos legales están completamente limpios de polvo y paja. El primero de ellos lo único que ha hecho es venderle un violín que como mucho vale tres mil pesetas en setenta y cinco mil, pero como usted mismo reconoce lo ha hecho ante su insistencia, y el otro le hizo una oferta, meramente verbal, que además él podría negar -sería una palabra contra la otra- pero aún en el caso de que lo admitiera, no dejaría de ser una de esas muchas negociaciones que finalmente quedan en agua de borrajas. Resumiendo: que contra el único que tenemos algo es contra usted, que en su declaración reconoce su intención de engaño, y mucho me temo que como siga por ese camino va a salir seriamente perjudicado-
El "julai", que incialmente estaba colorado como un tomate, consecuencia de la indignación, fue perdiendo color paulatinamente hasta quedar blanco como el papel. Cuando salió de allí, era una malva.
Pese al semiabandono en que tenía el asunto de la "chambera", rara era la noche que no hacía la visita de rigor a la casa de la Sira, donde las charlas con Julián ya se habían convertido en una especie de tertulia. Este se notaba confiado, y cuando de forma superficial el policía tocaba algo referente al caso, no incurría nunca en contradicción alguna.
El tiempo continuaba pasando, y al presunto culpable no se le apreciaba el menor atisbo de flaqueza, siendo invulnerable al acoso al que estaba siendo sometido. Por lo tanto, al ver que eran inútiles todos los esfuerzos realizados hasta el momento, a Rosales se le ocurrió que la única forma de llegar a buen fin era tenderle una trampa que rompiera de alguna forma su insultante seguridad. Después de pasarse varios días devanándose los sesos para idear algo al respecto, sus esfuerzos fueron recompensados y una idea iluminó su mente, y decidió tomarse un tiempo para terminar de madurarla.
CAPITULO XI
LA TRAMPA
Aquel día de mediados de marzo de 1957, sobre las nueve de la noche, Hilario Rosales entró en el edificio de La Voz de Galicia, en Puerta Real. Los rotativos ya estaban en plena actividad; se dirigió al conserje de la puerta, y le preguntó por el redactor jefe.
Hilario ya conocía al periodista, puesto que habían ido de la mano hacía un par de años en un feo asunto relativo al asesinato de un anciano por parte de un sobrino suyo, en el barrio de Monelos. Se introdujeron en su despacho, y cuando el policía salió, al cabo de un par de horas, su cara de satisfacción denotaba que había conseguido su objetivo.
Durante otro par de horas mató el tiempo dando un paseo por el Parrote y tomándose un café en el Triana, en los soportales de La Marina. Luego regresó al edificio de La Voz, de donde salió al cabo de un rato con un ejemplar del diario debajo del brazo.
Pasaba de las tres de la madrugada cuando Hilario Rosales hizo su aparición en la casa de Sira. Julián le abrió la puerta y le saludó cordialmente:
- Buenas noches, don Hilario. Que, ¿como va eso? -
- Que hay, Julian, muy bien -
Pasaron a la salita. En aquellos momentos había solo clientela, por lo que dedujo que las dos o tres chicas estarían con alguna ocupación.
-¿quiere tomar algo?-
-Ponme un Tres Cepas-
- ¡Al momento! -
Mientras Julián iba a buscar la botella a la cocina, se fijó más en la concurrencia. Había cinco parroquianos, que tomaban su consumición sin hacer comentario alguno. Dedujo que el silencio estaba provocado involuntariamente por él mismo, ya que percibía miradas de soslayo que indicaban desconfianza e incomodidad por el circunstancial vecino que la fortuna les había deparado.
Fijándose más en ellos, reconoció al Cotobelo, un macarra del barrio chino, protector de Carmiña la "tres tetas", así apodada porque aparte de las dos naturales, tenía una media chepa. Tenía, no obstante, bastante éxito con la clientela, porque aparte de satisfacer la líbido, permitía a los clientes pasarle décimos de lotería por la joroba, y decían que raro era que no te cayera una pedrea.
- Coño, Coto, canto tempo sin verte -
- Buenas, don Hilario -
- ¿E logo a parienta? -
- Xa non teño nada que ver con ela. Se meteu ó bolo e ahora solo lle van as jas-
- Me deixas boquiaberto. Con o ben que vos levábades -
- Si, pero se meteu no medio a zorra da Catalana, e ma levantou -
- Pois ben que o sinto -
- Gracias, don Hilario -
Al rato se había quedado solo en la sala con Julian, puesto que la pandilla había desaparecido rápidamente, y las chicas, una vez que salieron de hacer el servicio, viendo que no había posibilidades de reenganchar, se habían marchado. Sira y su hija estaban en la cocina, charlando de sus cosas.
- Lo veo animado, don Hilario -
- Si, es que hoy me quité un buen problema de encima. Se aclaró lo del Hercules-
- No me diga - le respondió, denotando, aunque de forma casi imperceptible, síntomas de inquietud.
- Pues si. Hoy mismo localizamos al culpable, o mejor dicho, a la culpable -
- ¡Coño! ¿y de quien se trata?
- Miralo tú mismo - y le acercó el periódico doblado.
Lo cogió y lo abrió nerviosamente. En primera página y a grandes caracteres figuraba el siguiente titular:
DETENIDA EN HARO (LOGROÑO) LA PRESUNTA
AUTORA DEL CRIMEN DEL CINE HERCULES
SE TRATA DE LA HIJA DE LA VÍCTIMA
"Efectivos de la brigada de investigación criminal de la capital logroñesa, en colaboración con la de La Coruña, detuvieron en la mañana de ayer en Haro a Begoña Aganzo Rodríguez, vecina de dicha localidad, como presunta autora el pasado 23 de Octubre de la muerte de su madre, Manuela Rodríguez Sánchez, suceso acaecido en el cine Hercules coruñes, que conmocionó a la opinión pública. La citada se encuentra en estos momentos en prisión incomunicada y se le están realizando interrogatorios. Se espera su confesión de un momento a otro, ya que se sabe a ciencia cierta que en los días inmediatamante anteriores al crimen viajó a La Coruña, donde pasó un periodo de una semana, coincidente con la fecha del suceso."
Según iba leyendo aquel texto, a Julian se le iba echando el mundo encima. Primero se puso pálido y su mente empezó a perlarse de sudor. Finalmente, se quedó mirando fijamente para el policía, y con los ojos llenos de lágrimas, exclamó:
- Suelten a mi hermana, porque el culpable soy yo -
Rosales, que tenía una leve esperanza de que se produjese una reacción parecida, contestó, poniendo un gesto de incredulidad lo más aparente posible:
- ¿Tu hermana? pero que me dices. No gastes bromas que esto es un asunto muy serio -.
- Por desgracia no es broma, don Hilario - dijo, ya entre sollozos, -y para demostrárselo le voy a contar toda la verdad -
El policía no dijo nada. Sacó su petaca del bolsillo de la chaqueta y con gesto pausado se puso a liar un pitillo de picadura, esperando pacientemente a que su interlocutor comenzase a contar su historia, lo que hizo cuando se tranquilizó:
- "Lo primero que tengo que decir es que me tocó en suerte una madre, para mi desgracia, que no se la deseo ni a mi peor enemigo. Yo no guardo recuerdo alguno de ella, ya que cuando nos abandonó no tenía más que dos años; tampoco me acuerdo de mi padre, que se nos murió de tristeza a los pocos meses. Mis dos hermanos y yo nos criamos con mi abuela, quien con el paso del tiempo nos contó que mi madre se había fugado con todos los ahorros de la familia, junto con un vecino, también casado, con quien desde hacía tiempo mantenía relaciones, situación que conocía todo Haro excepto mi padre. Este fulano era un tal Honorio, que trabajaba como jornalero en unas bodegas de la zona.
Con el paso del tiempo, y ante la falta de oportunidades para conseguir un trabajo estable, mi hermano y yo decidimos trasladarnos a Bilbao, junto con la zorra de mi cuñada. Al poco tiempo mantuvimos una disputa por culpa de ella y me marché de allí, no sin antes pelearme con el estúpido de mi hermano, ofuscado como estaba con su mujer, que lo engañaba con todo quisque, y como suele ocurrir, lo sabía todo el mundo menos él, sobre todo porque yo creo que en el fondo no quería saberlo. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Hasta que, según supe, se la encontró en la cama con un vecino, y entonces tomó medidas. Ahora están separados, ella se dedica a su profesión natural y él está solo como un perro.
Así de triste es la vida.
Pero volvamos a lo nuestro. Al marchar de Bilbao, me busqué la vida en Madrid, donde conseguí un empleo de camarero en el local de Perico Chicote, en la Gran Via. Allí aprendí muchas cosas, entre ellas a mejorar mi léxico prestando mucha atención a las tertulias de los cultos prohombres que allí alternaban. También, por casualidades de la vida, coincidí con el amante de mi madre, que era el limpiabotas del local. Sin saber realmente mi identidad, solo mi lugar de origen, me contó su historia.
Cuando marcharon de Haro, viajaron por todo el norte de España, viviendo estupendamente a cuenta de las veinticinco mil pesetas que mi madre se había llevado de casa. Cuando llegaron a La Coruña, prácticamente habían fundido todo el capital, con lo que Honorio, que a esas alturas se había cansado de ella, se pegó el piro y se fue a Madrid, en busca de fortuna, que no le acompañó, porque desde aquel entonces estuvo dando tumbos hasta que se encontró, gracias a la caridad de Perico Chicote, con aquel empleo de limpia que le permitía vivir en una modesta pensión de la calle Hortaleza, y tomarse un potaje de garbanzos de vez en cuando.
Casualmente se había enterado de que a Manuela le habían ido bien las cosas por la Coruña y estaba en situacion acomodada. Había estado a punto de viajar allí para buscar una reconciliación, pero desistió cuando se enteró de que estaba dispuesta incluso a pagar matones para que fueran a por él.
Viendo aquella caricatura de individuo, costaba trabajo entender como cualquier mujer podía tirar su vida familiar por la borda por él. Mientras me iba contando todo aquello, tuve que hacer muchos esfuerzos para no matarlo alli mismo, pero conseguí contenerme pensando que estaba ante una piltrafa con quien la vida había hecho justicia, tratándolo como se merecía. Además, toda mi capacidad de odiar estaba concentrada en mi madre. En ese momento empecé a pensar obsesivamente en acabar con ella.
A los pocos meses de conocerle, Honorio empezó a desmejorar, y la enfermedad, que ya de por sí se adivinaba grave, unida a la merma de defensas originada por la desnutrición y los excesos en la bebida, aceleraron el desenlace. Murió como había vivido: como un perro.
Con el paso del tiempo, me llegó la hora de hacer el servicio militar. Aunque el destino que me tocó en suerte fue Africa, por medio de un alto cargo del Ministerio del Ejército, buen cliente de Chicote, conseguí un cambio de destino para La Coruña, con la disculpa de que allí tenía familia. Así, despues de tres meses de campamento en Parga, di con mis huesos en el regimiento de Infantería Isabel La Católica.
En las horas que tenía disponibles para el paseo, me dediqué a investigar el paradero de mi madre. Entre los datos que me había aportado Honorio y mis propias pesquisas, pronto di con ella, sorprendiéndome el hecho de que su domicilio, en el Campo de la Leña, estuviese a menos de 100 metros del cuartel.
Como quiera que se dice que la venganza es un plato que se sirve frio, me armé de paciencia, ya que me pareció prudente preparar un plan para cuando me licenciase, por si había que desaparecer de súbito.
Tras obtener la absoluta, encontré, previo paso por un bar de mala nota, trabajo en la panadería. El dia del crimen, sobre las 10 de la noche, estaba en un café jugando una partida de dominó, haciendo el tiempo para entrar a trabajar, cuando el destino se puso de mi parte. La vi entrar, con una amiga, y se sentaron en una mesa próxima a la mia. Me mantuve atento a su conversación, y así supe que se iba a la sesión de las 11 del Hercules, y además que iría sola. Ella, aunque miró alguna vez para mi, naturalmente no me conocía. Como yo no entraba hasta la una a trabajar, rápidamente tomé la decisión que llevaba tanto tiempo meditando. Me fui a la pensión, cogí la navaja de afeitar, y esperé frente al cine a que viniera a sacar la entrada.. Cuando apareció por la calle de la Torre, me puse en la cola detrás de ella. Al llegarle el turno, pidió una entrada de butaca, pero como estaban agotadas, un poco a regañadientes la adquirió de entresuelo. Hice lo mismo, y entré con ella en el cine. Al llegar a la localidad, como no estaban numeradas, no me fue dificil situarme justo detrás de ella.
Aprovechando uno de los innumerables líos que se montaron con la sala a oscuras, abrí la navaja que llevaba, le tapé la boca con una mano para evitar que chillara, y con la otra le asesté un tajo en la garganta. No pude evitar que ya con el cuello cortado, se levantara del asiento como un resorte, pero ello me favoreció, porque me costó menos esfuerzo tirarla en el hueco existente entre el sillón y la pared. Antes de dejarla caer, tuve tiempo de musitarle al oido: -Recuerdos de tu marido y de tus hijos, zorra -. En la sala era tal el jaleo que ni dios se enteró de nada.
En medio de toda aquella confusión, salí del cine sin que a nadie le llamara la atención, dado el trasiego de gente que había. Bueno, excepto a uno que le pisé el pie al salir y se cagó en mi madre. Despues de lo que había ocurrido, me pareció paradójico, tanto que hasta me hizo reir. No le hice más caso al faltón, que creo que esperaba una reacción violenta por mi parte, porque se encogió. Al salir a la calle, observé que tenía la ropa salpicada de sangre, por lo que me acerqué, cuidando de que nadie se fijase en mí por la calle, a la pensión, donde me lavé y cambié de ropa, y regresé para el trabajo. El resto ya lo sabe" -.
El policía, no por ser conocedor del tema estaba menos impresionado. Parecía increible que un ser humano tuviese acumulado tanto odio como el que desprendían las palabras de Julian, que no mostraba signo alguno de arrepentimiento por su acción.
- Tienes que acompañarme a la comisaría - le dijo.
- Cuando usted quiera -
No creyó necesario esposarle ni avisar al coche celular. Sabía que no se iba a escapar. Mandó llamar por teléfono un taxi a la parada de la calle de la Torre, y en él se dirigieron ambos a la Jefatura de Policía.
Una véz allí, se le tomó declaración, que firmó sin rechistar, pasando a continuación al calabozo de la propia comisaría, no sin antes aclararle que la noticia del periódico se trataba de un montaje para forzar su confesión. Sorprendentemente, denotó cierto alivio al saberlo.
Cuando salió de allí el policía apuntaban las primeras luces del alba. Por su cabeza pasaban ideas ciertamente encontradas, ya que pese a que consideraba el parricidio realmente execrable, en su fuero interno no dejaba de admitir que aquello había sido un auténtico acto de justicia. Además, había que reconocer que la actitud del asesino al confesar la autoría en la creencia de que se le estaba achacando el crimen a su hermana, en cierto modo dejaba ver la parte noble de una persona atormentada y traumatizada por el infortunio y la difícil vida que le había tocado en suerte. Por todo ello, y pese a considerar que había resuelto el caso, se dirigió cansinamente hacia su domicilio, con un gesto de hastío en su rostro. No, realmente no se sentía nada satisfecho. Además, algo en su fuero interno le decía que aquello todavía no estaba terminado.
CAPITULO XII
EL DESENLACE
La noche siguiente fue muy larga para él. Se la pasó en vela, quemando leña y fumándose un pitillo de picadura tras otro. Había algo que no le encajaba en todo este asunto. Aunque desde que supo su verdadera identidad llegó a la conclusión de su vinculación con el crimen, ni el perfil de Julián se correspondía con el de un asesino, ni el "modus operandi" era el de un suceso prácticamente casual. Aquello estaba tan bien hecho que solo podía ser el producto de una planificación. Durante las horas que pasó en vela, estuvo desgranando punto por punto todos los detalles del suceso, y algo inconcreto le hizo centrarse en una persona a la que hasta el momento no había prestado atención alguna. Se trataba de la protectora de Julián en la casa de la Sira, una tal Dolores. Quiso conocer algo más sobre ella, y al comprobar que no constaba en los archivos policiales, contactó con Paco Milaños y le encomendó indagar a fondo sobre el particular.
Así lo hizo Pacucho, y esta vez, intuyendo la importancia del mandado, con mucha más predisposición que las anteriores, circunstancia que tuvo fiel reflejo en los resultados obtenidos.
Un par de días más tarde, Rosales recibió la llamada del confidente, que le dijo tener noticias frescas. En esta ocasión, con objeto de dar un poco más de oficialidad al asunto, prefirió entrevistarse con él en el despacho de comisaría.
Una vez allí reunidos, Paco comentó, con su peculiar léxico, todos los avatares de aquellos dos días:
-Carallo, Hilario, menudo encargo que me fixeches. Mira que conozco xente metida na golfería, pero como esta elementa non vin nada na miña vida.
Antes de ayer pola noite estuven na Sira. A fulana xa non traballa alí, e fixen un sondeo ca dueña e a filla. pouco sabían dela, únicamente que antes estuvera alternando no Desquite, e que ó pouco de entrar no tapadillo pediu darlle chollo ó querido, que veu resultando que era o famoso Julian. Entre que era boa profesional e lles enchía a casa de xente, e que alí se necesitaba un home que impuxera un pouco de respeto, porque últimamente oubera bastantes follós, aceptaron collelo, e según dicen non presentou problemas, sinon todo o contrario. Outra cousa era ela, que sentíndose ahora mais protegida, montou cada marabunta de carallo, porque cliente que atendía, cando non lle faltaba a pasta ou o reloj, ela se cansaba do "dalle que te pego" e o deixaba a medias ¡era mala como a puta que a pareu!. Cando se supo o asunto do querido, non levou disgusto ningún. Todo lle resbalaba. Sira, con todo o fría que e, estaba tan indignada que me dixo que a iba a botar á puta calle, pero non fixo falta. Ela misma se abreu sin despedirse de nadie. Deixou de aparecer por alí e non saben nada dela, únicamente que marchou da ciudad, según lle dixeron os da pensión donde paraba.
Ayer aparecín polo Desquite. Fun a media tarde, cando ainda non había clientes. Enganchei ó encargado por banda. Eu a Severino o conozco ben, é o clásico macarra que parece que che anda sempre perdonando a vida, pero no fondo non e mais que un jiñao. Non fun, como a outra vez, en plan amistoso. Lle entrei pola brava, decíndolle que tiña unha mala noticia para él, porque había indicios na policía que o complicaban no asunto do cine Hércules, porque él sabía bastante do "tomate" e non "cantou a galiña", e que tiña moitos boletos pa que o empapelaran, e a cousa non era de coña, porque había un asesinato polo medio. Como esperaba, se acojonou e cantou todo o que sabía.
Un día, fará un par de anos, Dolores apareceu pola porta do Desquite. Era un pedazo de jaca impresionantre de máis ou menos 25 anos. Preguntou polo dueño, e como Ordóñez non estaba, a Severino non lle costou moito traballo decir que era él. A fulana lle dixo que era de Bilbao e acababa de chegar á Coruña, e que pretendía traballar alí. Non puxo ningunha pega cando Severino lle dixo que antes de aceptala tiña que probar a mercancía. Así que, despois de convencer a Ordóñez, Severino a meteu no ambiente. O principio intentou chuleala, pero a outra, que era de armas tomar, lle enseñou as uñas, e Severino, que pode ser un julai pero non e idiota, volao se deu conta de que alí non tiña nada que facer.
O cabo de un tempo, unha tarde entrou no local unha pandilla de sorchos de infantería. No medio deles viña un chaval que cando se encontrou con Dolores, quedou pasmado, igual que ela. Se veía á legua que se conocían moito. Estuveron un pedazo cuchicheando en voz baixa, e ó final, se pegaron o piro os dous xuntos. O día siguiente, cando apareceu a traballar, Severino quixo enterarse de quen viña sendo o militar, pero ela non soltou prenda. Adivinarás que se trataba de Julian.
Co tempo, Dolores se converteu na vedette do Desquite. Mandaba casi mais que Ordóñez, e non digamos que Severino. As compañeiras lle tiñan pánico. En canto ó sorcho, seguía aparecendo por alí frecuentemente, falaba con ela, que en esos momentos non estaba pa nadie, e consumía como os mellores clientes, pero nunca pagaba un patacón.
Por esas fechas, Severino, que as veces iba a tomar un café despois de comer ó Español, se encontrou alí a Dolores falando con Manuela a do chambo, a quen él conocía desde facía anos. ¡Menudas duas víboras xuntas!. Lle picou a curiosidad ¿de que carallo se conocerían?, e sin que ningunha se percatara, tratou de enterarse da conversación. Non foi capaz, porque estaban en unha mesa do rincón e falaban muy baixiño, pero pola forma de falar e os gestos, non notou que discutiran; ó contrario, parecían levarse ben.
Pouco tempo despois, Julian se licenciou, e a Dolores non lle foi difícil convencer a Ordóñez pa metelo a traballar de camarero. Desde que empezou, se lle notaba un desparpajo que facía ver ás claras que tiña experiencia na profesión. Era rápido no servicio e non se lle escapaba unha, ademáis de saber tratar educadamente ós clientes.
Pero todo cambia. As duas semanas de empezar a traballar, apareceron por alí catro mariñeiros italianos de unha fragata que había fondeada no muelle. Viñan "colocaos", e un deles, se meteu con Dolores, empezando a sobala; ela, que o que lle sobraba de mala leche lle faltaba de paciencia, se revolveu e lle meteu un vaso na cara. O tio empezou a sangrar como un cerdo. Os compañeiros saltaron a por ela e Julian saleu da barra con ánimo de defendela. Se montou un "tinglao" impresionante. O camarero empezou a pegar hostias e parecía unha máquina. Algo tamén recibiu, ¡pero como quedaron os outros...!; consecuencia: ó día siguiente, Julian, á puta calle. A chorba, solidaria, se pirou con él, e Severino supo que estaba traballando na casa da Sira. O resto xa e sabido.
Rosales había seguido sin pestañear el relato de su confidente. Al concluir éste se percató de que aquella historia, si bien no daba un vuelco definitivo al planteamiento de los hechos, como mínimo aportaba una serie de variantes que volvían a dejar algunos cabos sueltos.
Salieron de comisaría y tomaron algo rápido en el vecino Bar Bazán. Sin muchas ganas de tertulia, se despidió de Paco tan pronto como pudo. Quería estar solo para meditar.
En contra de su costumbre, dada la temprana hora que era, se metió en su casa, pero como no se sentía a gusto, salió a hacer un recorrido por la calle de La Torre, tratando de evitar compañía que le apartara de sus pensamientos.
En el sitio de costumbre, estaba el dichoso ciego cantando.
Ya se conoce el final
de aquel trágico suceso
el hijo, que ya está preso
era, al fin, el criminal.
Su madre lo abandonó
cuando aun era muy pequeño
y por eso la mató.
poniendo todo su empeño
¡de un tajo la ajustició!
Continuó deambulando por toda la zona de Atocha, y al fin, sentado frente a una taza de vino en Pancho, tomaron forma varias preguntas sin respuesta sobre las novedades más relevantes de aquel espinoso asunto:
¿Quien era en realidad Dolores?
¿Por qué no convivía con Julián, si su relación era pública y notoria y no tenían a quien rendir cuentas?
¿Qué relación tenía con la asesinada?
Se dijo que para saber todo esto, primero era necesario conocer su paradero.
Después de mucho madurarlos, sus pensamientos consiguieron forzar una hipótesis, más producto de una corazonada que de la lógica pura.
A la mañana siguiente, con objeto de reforzar su teoría, se puso en contacto telefónico con un viejo conocido suyo. Se trataba de un colega, recientemente adscrito a la comisaría del Barrio de Indauchu, en Bilbao, a quien encomendó una gestión, rogándole la mayor celeridad en su realización. No tardó ni 24 horas en obtener una respuesta que vino a corroborar su corazonada.
Su siguiente paso fue acercarse hasta el presidio de la Torre para entrevistarse con Julián, que allí permanecía desde el mismo día de su detención, a la espera de juicio.
Entró en la penitenciaría y, tras proceder a identificarse, uno de los funcionarios uniformados de la puerta le condujo a través de un largo y estrecho pasillo hasta una pequeña sala, donde no tuvo que esperar mucho tiempo hasta que julián hizo su aparición, , seguido de cerca por el mismo agente que le había acompañado a él.
La expresión sorpresiva que su rostro reflejó al verle dejaba claro que no se esperaba aquella visita.
-Buenos días, Julián-
-Hola, don Hilario, ¿como por aquí?-
-Nada, hombre, vine a ver que tal te encontrabas y a charlar un poco contigo. Espero que no me guardes rencor.
-No tengo nada contra usted, al fin y al cabo, lo único que hizo fue cumplir con su trabajo. Brillantemente, por cierto, por lo que lo felicito-
-¿que tal te tratan?
-No tengo queja. Aquí estoy bastante bien, solo un poco intranquilo por saber lo que me puede caer.
-Bueno, Julián, ¿y que fue de tu cuñada?-
Este salto como un resorte.
-¿Como mi cuñada?-
Aun sin elevar la voz, el tono del policía se hizo más hermético.
-Si, hombre, tu cuñada. Dolores. La mujer de tu hermano. La que te buscó trabajo en el Desquite y en Sira. La que acabó de convencerte para matar a tu madre, y colaboró contigo en el asesinato, conduciéndola a la trampa que le habíais tendido. Enfín, la que ahora, en compañía de tu hermano, va a disfrutar de la fortuna que Manuela amasó con sus negocios, porque no pensarás que, siendo artista como es, no se las arregló para volver con él, pegarle un par de meneos de cadera y convencerlo para hacer las paces y manejarlo a su antojo. Porque sabrás que, según te trincamos, se largó a Bilbao tan rápido como pudo-
Aun antes de que terminara de hablar, Rosales vio por segunda vez en poco tiempo el cambio de actitud experimentado por Julián, aunque a diferencia de la anterior ocasión, lejos de derrumbarse, se desquició completamente, y en un inusitado ataque de furia, trató de arremeter contra él como un poseso; la mesa que había entre ellos sirvió como baluarte defensivo, y con la ayuda del guardia, que se mantenía expectante a una distancia prudencial, consiguió reducirle y ponerle las esposas. Sus ojos traslucían un odio feroz y de su boca salían espumarajos.
Rosales esperó pacientemente a que se tranquilizara, sabedor de que era solo cuestión de tiempo. Cuando esto sucedió, al cabo de unos minutos, le preguntó si estaba dispuesto a prestar una nueva declaración. Asintió con un gesto, y tras una pequeña pausa, comenzó a hablar, ya más sereno:
"-Lo que le conté la primera vez no se aleja mucho de la realidad. Simplemente omití algunos detalles, aunque no niego la importancia de los mismos. Hasta mi entrada en el servicio militar, todo transcurrió como ya le conté la primera vez, pero cuando llevaba un par de meses en el cuartel, una tarde tuve un inesperado encuentro, que a la postre resultó decisivo para los posteriores acontecimientos. Dando una vuelta por el centro de la ciudad con unos compañeros, ya que estábamos celebrando el licenciamiento de uno de ellos, después de haber visitado varios locales, se nos ocurrió entrar en El Desquite, más para ver el ambiente que para otra cosa, dada la tradicional precariedad económica de la tropa de reemplazo. Allí me llevé, para desgracia mía, la sorpresa de mi vida, ya que nada más entrar me topé cara con cara con mi cuñada, a quien no había vuelto a ver desde la gresca que había tenido con mi hermano por su culpa. Dolores, que ya de por sí era una mujer bandera, estaba espléndida con aquel provocativo vestido de lentejuelas; se quedó tan sorprendida como yo. Aunque la última vez que nos habíamos visto no habíamos quedado precisamente como amigos, estábamos ante una situación completamente nueva, así que echamos pelillos a la mar y nos enfrascamos en una animada conversación sobre nuestros respectivos avatares desde que no nos veíamos. De este modo supe que ella, una vez que su marido la había pillado "in fraganti" con un vecino, tuvo que marcharse de casa y se buscó la vida en el ambiente de la golfería de Bilbao, en el Barrio de La Palanca. Callejeó un tiempo por San Francisco y aledaños, hasta que algunas jugarretas que hizo por allí, sin calibrar adecuadamente la peligrosidad del mundillo en el que se desenvolvía, le creó enemistades que la obligaron a poner tierra de por medio para salvaguardar su integridad física. Por pura casualidad vino a parar a La Coruña, aterrizando en el local de la calle Torreiro donde la encontré.
Ella no sabía absolutamente nada acerca de mi madre -de hecho se sorprendió mucho al conocer su residencia en la ciudad, así que la puse al día de todo con respecto a ella, incluida su desahogada situación económica. Tras aquella conversación y unas copas para celebrar el reencuentro, salimos del establecimiento para pasar la noche juntos, olvidándome del riesgo de arresto por dormir fuera del cuartel y de mis anteriores escrúpulos con respecto a ella, al fin y al cabo, mi hermano y Dolores ya nada tenían que ver. Así es que nos fuimos a su pensión.
A partir de entonces, mis visitas a aquel local se hicieron casi diarias, y nuestra relación se fue intensificando. Ella, por su cuenta y riesgo y sin decirme nada en un principio, quiso entrar en detalles sobre la presunta solvencia de mi madre. No le costó mucho trabajo ponerse al día, sorprendiéndola el hecho de que la fortuna de Manuela era muy superior a la que se suponía, al ser poseedora de un cuantioso patrimonio en dinero y propiedades. Como sabía que yo la odiaba, y que en mi cabeza rondaba la idea de acabar con ella, aprovechó para meter toda la cizaña que pudo, convenciéndome para trazar un plan para eliminarla, de tal manera que mataríamos dos pájaros de un tiro: cumplir con mi venganza y hacernos con su capital, más que suficiente para pegarnos la gran vida, aun viéndonos forzados a compartirlo con mis dos hermanos.
No le costó gran trabajo conocer a mi madre y granjearse su amistad, al fin y al cabo ambas estaban cortadas por el mismo patrón, aunque por prudencia, se las ingenió para coincidir con ella fuera de su entorno habitual.
En este tiempo, ocurrió lo de la pelea en el Desquite y mi pérdida de empleo. Ella también aprovechó para marcharse de allí, y buscar un sitio más discreto, por precaución, a la vista de lo que teníamos previsto hacer.
El día de autos, todo estaba planeado cuidadosamente, sin olvidar ni el más minimo detalle. Decidimos hacerlo en un lugar público, ya que la desconfiada naturaleza de Manuela y las precauciones que tomaba impedían buscar situaciones teóricamente más idóneas.
Dolores, muy en contra de su costumbre, no se maquilló y se vistió con un atuendo de lo más discreto, poniéndose incluso un pañuelo en la cabeza, para pasar lo más desapercibida posible. Tras citarse con Manuela para ir al cine, recogió, con bastante antelación tres entradas (una era para mí); las pidió de entresuelo, porque acertadamente pensó que los habituales "fregados" de aquella localidad, provocarían alguna situación caótica que ayudaría a disimular la agresión.
Se acercó al negocio de mi madre y, comprobando previamente que no había clientes que luego la pudiesen identificar, le entregó la entrada y le puso una disculpa para esperarla ya dentro de la sala. Luego vino a buscarme a mi pensión y nos acercamos al cine. Al llegar ella se situó cerca de la esquina del banco, dejando un sitio a Manuela, y yo me coloqué justo detrás de donde ésta se iba a poner.
Todo salió según lo previsto. Cuando creí llegado el momento oportuno, actué en la forma que ya le había comentado, con la diferencia de que Dolores colaboró conmigo al abrazarse fuertemente a mi madre para mantenerla inmovilizada. Tras comprobar que estaba bien muerta, ella se marchó de inmediato y yo la seguí a los pocos minutos.
Pudimos haber abandonado la ciudad de inmediato, pero nos pareció imprudente, ya que si por cualquier circunstancia vinculaban a alguno de nosotros con Manuela, y podían hacerlo, no tardaríamos en caer con todo el equipo, así que decidimos continuar haciendo vida normal, como si nada hubiera ocurrido, y de hecho yo esa noche acudí a mi trabajo en la panadería, y aun aproveché para ser el primero en revisar el cadáver, por si quedaba alguna pista que borrar.
Con todo, como yo en el fondo no me sentía cómodo trabajando al lado del cine, no sé si por miedo o remordimiento, dejé mi empleo y me fuí, como ya sabe, a donde estaba Dolores, con la mala suerte de que apareció usted por allí y eso fue mi ruina-"
-No, tu ruina fue encontrarte con tu cuñada. Estoy convencido de que tú no hubieras sido capaz de hacerlo por tí mismo. Quizás le hubieras dado un escarmiento, pero matarla, no lo creo.
-Es posible. No lo sé-
-Bueno, Supongo que no tendrás inconveniente en firmar una nueva declaración-
-Ninguno. Todo lo contrario. Ahora, sabido lo sabido, ya no estoy dispuesto a cargar yo solo con todo ¡que pringue la zorra esa!-
Se le notaba más que dolido por la traición de Dolores, que lo había utilizado a su antojo, para dejarlo luego tirado como una colilla y largarse con su marido, mejor dicho, con el futuro capital que iba a heredar éste.
Cuando Rosales salió de la cárcel, un par de horas más tarde y con la declaración de Julián bajo el brazo, se dirigió, tan raudo como pudo, a la estación de Santiago a tomar el expreso de Irún, que salía en poco tiempo. De ningún modo era necesario aquel viaje, pero por nada del mundo quería perderse la cara que iba a poner Dolores cuando le pusiera las esposas.
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Wow! Pepe Marques era mi tio. Me acabo de enterar que era boxeador!
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